Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Tercera parte, centésima vigésima primera historia.

A continuación, miré la hora y vi que era muy temprano, incluso para mí. Ni siquiera había salido el sol. Pero no iba a volver a dormir así como así, decidí utilizar aquel tiempo sobrante para pensar en cómo descubrir lo que le estaba pasando a mi sirvienta.  Me levanté de la cama y me dirigí hacia al primer lugar en dónde podría pensar tranquilamente, en la biblioteca. Así que me vestí, salí de mi habitación y atravesé velozmente los pasillos hasta llegar ahí.

Al entrar, no me esperaba para nada encontrarme a alguien en aquel lugar, ojeando unos libros tranquilamente bajo la luz de una lámpara de petróleo. Ni menos que esa persona fuera Antonina Aleksándrovna Freud.

— ¡Qué curioso! — Y ella, al darse cuenta de mi presencia, empezó a hablar, con una expresión burlona. — ¡No me esperaba verte aquí, mi querida Zarina! — Le repliqué que era mutuo.

Y se levantó del sillón en dónde estaba sentada y me hizo una reverencia, mientras me decía esto: — ¡Saludos, mi majestad! ¡Es todo un honor encontrarnos en este lugar, a esta hora! —

Tras saludarme, cerró el libro y lo dejo en la mesita, para seguir hablando:

— Siempre has sido muy madrugadora, pero esta vez has marcado un record, le felicito, de verdad. — Y aplaudió un poco, como si se estuviera burlando de mí. Como siempre, sabe hacer cómo ponerme de los nervios.

Esta mujer es mi médico personal y también ostenta el título de “chamán real”. Reconozco que suena absurdo, pero existe. Mi madre lo creo, solo para Antonina, quién aprendió y se relacionó con los chamanes y brujos de los pueblos del Zarato. Es más, fueron ellas las que dejaron que existiera tal posición hasta el día de hoy, haciéndolo oficial, y también lo modernizaron, en cierta forma, convirtiéndolos en una mezcla entre psicología, medicina y supercherías. En fin, es una figura muy importante para el Zarato.

Tengo que reconocerlo, también es una de las pocas personas de confianza que me ayudan con los asuntos de estado. No solo me da consejos, sino que ella se encarga de controlarlo todo desde las sombras, junto con Sophie Friederike, para que no haya problemas. Además, podríamos decir que es el “autor intelectual” del reino, es la que planea todos los puntos necesarios para alcanzar mis objetivos  y los del Zarato, a largo, medio y corto plazo.

Aún así, parece que disfruta mucho tomándome el pelo y me molesta. No solo eso, también lo ambigua que puede llegar a ser. A Antonina le encanta, como sentenció una vez, mantener conversaciones confusas y poner delante cuestiones un poco desagradables para las personas que le hablan, para que se enfrenten contra lo que no quieren enfrentarse y elijan una gran decisión transcendental para sus vidas.

En realidad, eso una forma edulcorada de decirlo. En realidad, lo que hace esa mujer es manipularlos a su antojo con su parloteo y arrastrarlos hacia lo que ella desea que hagan. Pero no entiendo para nada cómo actúa, ni menos que es lo que le motiva. Si le preguntan, solo les dirán esta respuesta muy ambigua: “Solo lo hago para observar lo hermoso que puede llegar a ser el ser humano.”

Por eso, desconfío de ella, a pesar de que hasta ahora ha sido muy leal a mí y a mi madre.

— Seguro qué te estarás preguntando por qué estoy aquí. — Ella siguió hablando. — Yo también me pregunto lo mismo contigo. Para levantarte tan temprano, fuera de tu horario, debe haber pasado algo. —

Intenté decir algo para terminar con aquella conversación rápidamente, pero no me dejo ni decir ni una palabra.

— No hace falta que lo digas, mi majestad. Quiero adivinarlo…— Se acercó a mí y me tocó los labios con el dedo para hacerme callar. — A ver… ¿Qué le habrá pasado a nuestra querida Zarina para despistarse a estas horas? — Ella se puso a actuar como si estuviera pensando. — Lo primero que se me viene a la mente es que hayas tenido un mal sueño. Una pesadilla o algo parecido, supongo…— Fue algo fastidioso ver cómo lo adivinaba y no dije nada.

— Por tu reacción…— Aún así, vio a través de mí. —…y tu silencio, creo que he adivinado. — Y puso una gran sonrisa de satisfacción. — Y bueno, déjame adivinar una vez más, ¿eso tiene que ver con lo que pasó ayer? —

Ahí es dónde me enteré que ella sabía lo que me paso ayer con Ranavalona, y yo pensando ingenuamente que nadie se había enterado.

— No pasó nada fuera de lo usual. — Le respondí nerviosamente, al ver que ella me estaba llevando a dónde quería.

— ¡¿Ah, de verdad!? — Me replicaba burlona, como si sabía que me tenía cogida por los cuernos. — Pues los gritos que te dio Ranavalona ayer no eran muy usual. Para nada. — Puse un gesto de molestia, al ver que no podría esquivar la conversación. Ella solo se río y continuó:

— No pongas esa cara. Se pudo oír por todo el palacio, y no solo sus gritos, también los tuyos. No era muy normal eso, si te digo la verdad. Es decir, me sorprende que la más leal a la Zarina, la que más adora a tu persona en todo el Zarato, e incluso más allá de nuestras fronteras; te gritara a ti, algo que en condiciones normales no haría; y tuviera la osadía de recriminarte que le das mejor trato a otra que no sea ella…—

Mientras esa maldita me dejaba claro que ya lo sabía todo, me maldecía por haber gritado tan fuerte o por no haber callado a Ranavalona a tiempo. A continuación, tuve que reconocer la verdad y decirle esto:

— No hace falta añadir más,… — ¿Para qué explicarle algo que ya sabe? Ni modo alguno, le voy a satisfacer a contarle lo que pasó. —…se nota que ya estás muy enterada con el asunto. —

— Eso es lo que me dijeron los sirvientes y los criados, nada más. Sería mucho más hermoso oírlo por la voz de las protagonistas. En fin, parece que te molesta, así que vamos a hablar de otra cosa. —

Eso, en mi cabeza, sonaba como una mala señal. Aún así, decidí dejarla hablar y me atreví a preguntarle qué tema quería hablar. Esta fue su respuesta:

— Solo estoy interesada en algo, una cosa que me gustaría profundizar y que es realmente digno de mi atención, mi querida Zarina. — Le exigí que fuera directa al grano, y me arrepentí mucho de haberlo dicho. — Si ese es su deseo, te lo explicaré…—

Dio una pequeña pausa, como si estaba preparándose; y luego continuó:

— Es sobre vuestra relación con la sirvienta personal Ranavalona, me parece altamente interesante. Lo que ella es para ti, lo que eres tú para ella, todo lo que habéis superado juntas, y sobre todo está crisis que estáis sufriendo ahora mismo. Todo esto, es digno de mi atención. —

Eso fue suficiente para colmar mi ira, que le repliqué furiosa esto:

— Esos son más que tonterías. Ella y yo no somos nada, salvo en el hecho de que es solamente mi sirvienta personal, quién solo tiene el deber de hacer cumplir todos mis órdenes. Tal vez me adora demasiado, pero nada más. —

— ¿¡Tal vez te adora demasiado!? — La muy maldita se rió. — Usted, mi querida reina, no es una ciega, sabe perfectamente que esa chica te ve de una forma bastante inusual. Decir que está enamorada de ti sería quedarse poco, más bien, para sus ojos, tú eres completamente su mundo, solo tú y solamente tú. Eso puede sonar muy romántico, pero visto desde otra perspectiva, suena muy aterrador. Algo que también tuviste que darte cuenta, pero en vez de alejarla de ti, lo utilizaste a tu favor. —

Esta mujer siendo tan perspicaz como siempre. No podría negarlo, todo lo que ella decía era cierto. Así que decidí afirmarlo, y a lo grande.

— Tengo que reconocerlo, es verdad. Odio a los homosexuales, y por tanto a Ranavalona. Pero su lealtad y su absoluta adoración hacia mí me son muy útiles. Por eso la soportó y utilizo su amor, o cómo queremos decirlo, a mi favor. —

Para mi Ranavalona solo es un objeto muy útil, una muñeca; como todos los demás. Puede que para ella yo lo sea todo, pero para mí, solo es eso. Y fue su culpa, además, que le odiase a ella y a los que sienten atracción hacia al mismo sexo. Intenté bloquear esos recuerdos de cuando me intentó besar, mientras me mostraba tiránica y maléfica.

Eso era lo que creía, lo que pensaba hasta aquel entonces; y entonces, ella me preguntó esto:

— ¿¡De verdad, odias a los homosexuales, a Ranavalona!? — Esa pregunta me dejó compuesta, ¿no lo había dejado claro?

— Sí, ¿y qué, dudas de algo? —

— Dudo que esas afirmaciones que haces sean realmente sinceras. — Me quedé boquiabierta, jamás esperaba haber oído eso.

— No te entiendo, explícamelo bien. — Añadí, esperando que lo había escuchado mal.

— Sabes perfectamente que quiero decir. O tal vez me equivoco, algo que puede ser muy probable. En fin, mi teoría es que usted, mi querida reina, se está mintiendo a sí mismo. El odio que presuntamente sientes, es solo una excusa, una tapadera; que pones para evitar lo que sientes de verdad. —

— Antonina, si eso fuera así, ¿¡con qué propósito haría algo así!? ¡¿Qué quiero evitar!? — Sin darme cuenta, me metí en su juego.

— Eso sería digno de estudiarlo, pero lo único que tengo son conjeturas. Si deseas, puedo explicártelos, aunque dudo mucho de que le guste oírlas. —

— Haz lo que quieras, ya llevas un buen rato diciendo burradas. —

— Gracias por haberme concedido este gran honor. No se va a arrepentir, mi querida reina. — De eso no estaba tan segura yo.

— Primero, antes de todo, ¿cómo considera usted la homosexualidad, aquello que tanto odias, suponemos? —

— Pues, es una enfermedad. — Añadí directamente, mostrándome lo más incorrecta posible. Y a ella le pareció muy gracioso mi comentario.

— ¡Si tú hubieras dicho eso en medio de una universidad, rodeada de público; no solo te hubieran llamado de todo, desde retrasada hasta cavernícola; incluso te tirarían piedras! —

Dio una pequeña pausa, para guardar el libro que estaba leyendo.

— Bueno, en mi facultad, en mi época de estudiante; la mayoría de mis profesores de psicología y medicina pensaban eso, salvo uno. Era uno bueno, recuerdo. Decía que la homosexualidad no era una enfermedad, ¿y sabes por qué creía eso? Porque para él era un trastorno de personalidad, y los trastornos de ese tipo no podrían categorizarse como enfermedades mentales. Y si me permite, hablaré de la homosexualidad como si “fuera” un trastorno de personalidad. Estoy suponiendo, nada más; no debes entender como si yo pensará así, yo soy muy progresista y estoy a favor de ese pobre colectivo. — Se notaba a leguas que ella mentía, pero era un chiste tan bueno que me reí. — En términos psiquiátricos, se le conoce como “trastorno egodistónico de la personalidad”, o así se le llamó en el pasado. Tal vez, me lo estoy inventando. No deberíamos fiarnos mucho de mi memoria. En fin, usted, mi querida reina; se estará preguntando qué consiste o cómo funciona tal cosa. —

Le quería decir a gritos que no, que no deseaba que me calentará la cabeza; pero decidí seguir callada y que terminará con su maldita conversación. Si le digo algo, solo le doy más cuerda, disfruta demasiado hablando.

— Trata de que el cuerpo y la personalidad no están en sintonía. Es decir, el cuerpo es de un sexo, pero su inclinación sexual es del opuesto. Por eso, a la heterosexualidad se le considera “personalidad sintónica”, ya que tanto lo uno como lo otro están sintonizados. No parece tan sencillo como lo he descrito, porque este trastorno puede presentarse en diversos grados y que puede aceptarse como tal o rechazarse. Y además, para embarrar aún más la cosa, las palabras “egodistónico” y “egosintónica” también se utilizan para describir la homosexualidad. —

Mi cabeza empezó a dolerme un poco, con tantas palabras y explicación.

— La “homosexualidad egosintónica” es aquella en dónde la persona que lo sufre, acepta su homosexualidad. La “egodistónica” es todo lo contrario, en dónde no acepta su sexualidad o llega al extremo de rechazar su propio cuerpo. ¿A qué te parece esto sumamente interesante, a qué es hermoso? Debería haberlo estudiado antes de que lo hubieran quitado de la lista de enfermedades y trastornos, ¡qué lástima! —

— Gracias, profesora. Es una valiosa lección que jamás olvidaré. — Ironicé, no necesitaba que me explicarán algo que no me importaba.

— Se te olvido preguntar qué tiene todo esto que ver con nuestra humilde conversación. No se preocupe, yo se lo explicaré. Siguiendo usando la homosexualidad como si “fuera” un trastorno de la personalidad, podemos decir que se puede producir durante nuestra etapa de crecimiento, en la niñez y en la adolescencia. Recuerda, son solo suposiciones, nada de esto debe tomarlo como verdaderas afirmaciones. — Ya no podría entender si  lo que ella decía era realmente suposiciones u otra cosa. — En fin, me atrevo a decir que hay ciertas condiciones que pueden ayudar o no florecer este trastorno. Y no sólo Ranavalona, que nunca tuvo una figura paterna; sino también usted, que jamás tuvo un padre que se preocupó por ti. Tampoco se han relacionado con más niños, sobre todo varones, de su edad, y de que…— La interrumpí.

— ¡¿Estás diciendo qué yo…!? — No me lo podría creer. — ¿¡Estás insinuando qué yo…!? — ¿¡Cómo se atrevía a decirme algo así!?

— No se ponga así, mi querida reina. Pero no es tan raro ver romances homosexuales en la corte. Y si lo piensa bien, la persona con quién más intimidado es la misma a quién dices odiar, siempre le ha seguido hasta en los rincones más inhóspitos del Zarato. Una relación que daría muchas sospechas.  —

¡Qué ganas tenía de saltármela al cuelo y ahogarla! Aún así, controlé mi ira e intentaba no ponerme violenta. Aunque mi rostro dejaba claro que estaba realmente muy enfadada, algo que se dio cuenta Antonina enseguida, que añadió burlonamente esto:

— De todos modos, mi querida Zarina, son solo simples suposiciones sin ningún fundamento, no tienes que creer en ellos. Al igual que todo eso que he dicho sobre la homosexualidad, táchalo de una simple loquera de una servidora suya. A los jóvenes de hoy en día no les gustan mucho llamar trastorno a un trastorno, después de todo. —

Y terminó la frase, riendo elegantemente; dejando claro que le encanta decir que era políticamente correcta, mientras suelta lo incorrecto.

— Realmente, tú sabes cómo ponerme de los nervios…— Comenté sinceramente. No esperaba menos de alguien que fue amiga de mi madre.

Ella se rió alegremente, mientras se dirigía hacia la salida de la biblioteca. Y cuando abrió la puerta, añadió un comentario final:

— Y ser homosexual, ¿tiene algo de malo? En cierta manera, sí y no. No, para aquellos que lo aceptan como tal, viven una vida normal y corriente. Pero para los que no se aceptan como tales, sólo les trae muchísimo daño. Espero que ese no sea su caso, mi querida Zarina. —

Y así se fue Antonina Aleksándrovna Freud, cuya fastidiosa conversación sólo provocó que estuviera más alterada de lo que estaba antes. Realmente tenía muchísimas ganas de demostrarle lo contrario, de que ella estaba muy equivocada.

Después de todo, Ranavalona no es nada para mí, realmente yo no tengo ningún sentimiento de cualquier tipo hacia ella. O era lo que intentaba creer.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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