Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Séptima parte, centésima vigésima primera historia.

Empezamos a introducirnos en profundos bosques de coníferas en donde los rayos del sol apenas llegaban a tocar el suelo. Subíamos poquito a poco, por un pequeño sendero que nos llevaban en lo más profundo de las montañas, cuyas cimas eran tan altas que un mar de nubes las tapaba bajo nosotras.

Para no ser sorprendida, le ordené a Ranavalona que estuviera andando a mi altura, no por detrás. Yo le miraba de reojo una y otra vez, con cierta incomodidad. Se le veía muy seria y pensativa, y su silencio sepulcral, que era roto por el grito de los animales, sólo me producía más nerviosismo. Daba la idea de que ella también estaba planeando algo, ¿pero el qué?

Le pedía a mi cabeza que ocultará esos pensamientos, porque lo primero que tenía que hacer era llevarla a una cueva que sólo yo y mi madre conocíamos. Estaba situado en lo más fondo de un valle estrecho, en el cual sólo se podría acceder subiendo y bajando por las laderas de las montañas. Era un lugar que incluso los del mismo pueblo no se atrevían a entrar, ya que los más ancianos decían que eran un lugar sagrado y pisarlo era peligroso. El sendero apenas se distinguía nada del bosque, así que tardamos mucho más en llegar al lugar, dos o tres horas aproximadamente. Por un momento, creí ver huellas de osos, pero no le di mucha importancia.

Finalmente, llegamos a un claro en el bosque, que era separado en dos por el pequeño rio que pasaba por el valle. Éste caía desde una impresionante cascada, el claro estaba abierto alrededor de ella. Estábamos antes los pies de una enorme pared rocosa, un desfiladero que parecía superar los diez metros o más. Cientos de piedras, de todo tipo de tamaños y colores, se apilaban en torno al agua. Al otro lado del rio se encontraba una larga grietas, llena de objetos y artefactos de origen indio que debían ser usado para controlar la maldad que se ocultaba ese lugar.

El momento había llegado, aquel lugar era perfecto para la eliminación de Ranavalona, me detuve de golpe, sin decirle nada a Ranavalona. Con sigilo y rapidez saqué una de mis pistolas, mientras la miraba de reojo.

« ¡Ha llegado tu final, Ranavalona! ¡Ya no me sirves, adiós! »

Con esto en mente, alcé mi pistola hacia su cabeza, sonriendo. Aunque tardé un segundo más de lo que debería, algo en mí se resistió en hacer aquella orden que le pedí a mi cuerpo.

Entonces, ocurrió algo que me dejo boquiabierta, puso mis ojos como platos y me paralizó por un momento.

Ella estaba temblando, con una expresión totalmente desconocida para mí, me miraba con rabia y se mordía los labios. Al momento, rompió a llorar. Pero eso no era lo que me sorprendió, sino el hecho de que ella me estaba apuntando con una pistola. Una de mis propias armas. No me lo podría creer.

— ¿¡Cómo…!? — Me costó segundo en asimilarlo. — Ya veo, ¡ya veo! —

Borré aquella expresión estúpida que puso mi cara y me empezó a dar un verdadero ataque de risa. Carcajeé a pleno pulmón, como si había perdido la razón. Tardé en callarme y mirarle la cara a Ranavalona de forma desafiante.

— He pecado de ingenua contigo. Jamás me hubiera creía que serías capaz de robar una de mis armas. — Mantenía la calma, aunque dentro de mí estaba ardiendo de ira contra mí misma, por haber dado aquella obvia posibilidad de que iba a defenderse. Luego, me di cuenta de algo: — Pero no perdí ninguna de las que me he llevado conmigo en el viaje, ¿eso quiere decir…? —

Suponer eso sólo provocó que mi sangre ardiera más de lo que estaba. Esa desgraciada robó una de mis queridas niñas antes de que fuéramos de viaje. Con la clara intención de eliminarme.

Ranavalona tragó saliva y, a pesar de su notable nerviosismo, intentó hablarme con calma y normalidad.

— Mi Señora, la ingenua he sido yo. No he sido capaz de engañarla. —

Lanzó unas pequeñas carcajadas llenas de amargura y de dolor.

— Desde el momento en que me dijo lo del viaje, supe lo que deseabas hacer conmigo…—

— ¿Te adelantaste, entonces? — Lancé un gruñido, molesta por haber creído que le había engañado. Tuve que reconocer que no era tan tonta como yo pensaba. — Ya lo entiendo, lo de drogarme, ¿era un plan para inmovilizarme y matarme? —

— No, era mi última oportunidad para evitar matarla, Mi Señora. — Puso una expresión propia de una loca como ella. — De que fueras mía de una vez para siempre. — Hizo un gesto con la mano libre para simular que me quería atrapar como si fuera un simple muñeco. Siguió hablando:

— Pensaba simular nuestra desaparición, cortarte los miembros y llevarte a lo más escondido de las montañas. Pero fui muy idiota al hacer eso. —

— Una completa imbécil, ¡eso eso lo que eres! — Me reí en toda su puta cara, me pareció tan gracioso lo que había escuchado. ¿¡Cortarme los miembros, a mí!? Había perdido el juicio. Estaba mucho más enferma que yo.

— Ya estoy harta de ser tu perra fiel, Mi Señora. Te adoro, te amo, con todas mis fuerzas. Y no he podido luchar contra este dolor. — Se agarró el pecho con fuerza. — No he conseguido seguir aguantando que no ames como lo hago yo. Por eso, por eso mismo, he hecho todo lo posible, pero…—

Dio una pequeña pausa, era incapaz de hablar con las lágrimas saliendo como ríos de sus ojos, ¡qué patética se veía ella!

— Parece ser que no ha sido suficiente. Así que he decidido dar este paso, ¡si tú no eres mía, no eres de nadie! —

Gritó con todas sus fuerzas, llena de ira hacia mí. Se extendió por todo el lugar como si fuera un eco. Eso ya no me hizo gracia, sino me llenó de cólera, me hizo recordar cosas desagradables, a aquellas palabras de mi madre.

“¿Sabes por qué te atraparon? Porque parecías tan débil y tan controlable, como una muñeca, que al cogerte podrían conseguir lo que desean y hacer lo que le diesen la gana contigo. ¿Quieres eso? Si sigues así, cerrándote a los demás, seguirás siendo una niña controlable y débil, una muñeca. ¿No lo deseas, no?”

No, no iba a ser una muñeca de nadie. Eso fue lo que decidí, ser la que juega a las muñecas para no ser controlada por nadie.

Su amor enfermo y estúpido no iba a dominarme, aún cuando me cortarse las piernas y brazos; yo no iba a ser una herramienta de nadie, debo de estar en lo más alto de la cadena para no repetir aquello.

Ya perdí mi ojo, no iba a perder nada más de mi cuerpo. No seré aquella ingenua e indefensa Elizabeth que fue raptada y usada como muñeca. Ni menos por alguien como esa maldita de Ranavalona.

No sé si fue por los terribles recuerdos de aquello o por otra razón, pero el lugar en dónde ya no estaba mi ojo derecho empezó a dolerme muy fuerte. Me agarré media cara y seguí hablando:

— Supuse que este día llegaría tarde o temprano. — Empecé a alejarme de ella poquito a poco, Ranavalona hizo lo mismo. Las dos teníamos el arma en alto, a punto de disparar. — Creía poder controlarte, pero he fallado. Has salido de control y te has vuelto inútil, así que te quitaré del medio…—

— ¡Ni lo sueñes, Mi Señora! —

Apreté el gatillo tan rápido como pude, mi buena puntería conseguiría matarla de un golpe, pero fallé. El estruendo de la bala se escuchó por todo el lugar, pero el cuerpo de Ranavalona no calló.

Ella, temblando como un flan, se quedó paralizada, sin poder reaccionar. Perdí unos segundos valiosos, intentando comprender por qué fallé.

No fue un error, lo hice de forma inconsciente. Algo de mí hizo evitar que esa bala fuera directa a la cabeza de esa desgraciada. Un sentimiento atroz me invadió e impidió hacer mi trabajo. Me preguntaba a mi misma qué estaba haciendo, que ese error iba a costar mi vida, pero los recuerdos que había pasado con Ranavalona no se detenían, no podría conseguir que parasen.

Ella aprovechó el momento para dispararme y yo pude reaccionar, girando mi cuerpo hacia mi izquierda. Como estaba poco acostumbrada a las armas de fuego, cayó al suelo, dándome otra oportunidad genial para eliminarla.

Grité, pidiéndole a mi cuerpo, a mi mente, o lo que fuera; que no me auto saboteara el asesinato. Intenté pensar en blanco, sólo concentrada en disparar, hacia aquella indigna criada. Ranavalona intentó levantarse del suelo tan rápido como pudo, pero ya le daba tiempo.

Entonces, salió otro maldito improvisto. Un gran rugido de oso se escucho por todo el lugar, dejándonos paralizadas por el momento. Las dos miramos hacia la cueva, de donde procedía aquel grito.

— ¡Maldición, este no es mi día de suerte! — Maldije al ver que de la cueva salió un oso, a escasos metros de nosotras.

Un enorme oso pardo, que parecía medir acerca de dos metros, se levantó del suelo ante nosotras. Parecía muy molesto. Sin pensar, le dispare para asustarle. Y Ranavalona hizo lo mismo. Éste huyo rápidamente a la cueva.

Sin perder ni un minuto, olvidándome del hecho de que debía asesinar a Ranavalona, salí corriendo de ahí. Subiendo por la ladera tan rápido como pude. A continuación, con paso ligero, me alejé hasta alcanzar aproximadamente un kilometro, subiendo por las laderas, utilizando las raíces de los arboles como apoyo.

Al llegar a un terreno casi liso, me detuve y, llena de ira, golpeé con fuerzas contra el tronco de un árbol. Empecé a observar que ya estaba en una altitud en donde ya apenas se veía arboles, había llegado al límite del bosque, debía estar a más de 1.500 metros sobre la altitud del mar.

— ¡Verdammt, ¿cómo he podido meter la pata?! ¡Todo me estaba saliendo bien! — Gruñí, mientras recordaba con rabia cómo, de forma inconsciente, fallé el disparo contra Ranavalona.

Luego, le di una patada al árbol y me senté sobre las raíces, ahí es cuando empecé a observar el cielo.

— Y para el colmo el día se estaba nublando…— Nubes negras estaban apareciendo de golpe, tapando el cielo. — Parece que se nos va a caer una fuerte tormenta. — Se notaba la humedad que traía dentro de las nubes.

Me levanté y decidí mirar a mí alrededor, no sabía si volver atrás era una buena idea o ir adelante sin nada para protegerme del mal tiempo. El viento empezó a ser un gran incordio.

— No creo que ese oso haya salido de su refugio. Maldición, esa maldita cueva me vendría muy bien. — Miré hacia atrás y me mordí los labios.

Por un momento, pensé en Ranavalona, me pregunté si ella estaba bien. Me estire de golpe la mejilla, al ver que me preocupé por esa imbécil.

— ¡¿Eres idiota o qué, Elizabeth von Schaffhausen!? ¡Hubiera sido una suerte que ella hubiera muerto a zarpados! ¡Tengo que matarla, no puedo sentir ese tipo de sentimiento! — Me grité a mí misma.

Pero mi sirvienta no era tan tonta para acabar siendo eliminada por un estúpido oso. Hubiera salido corriendo como yo y debía estar en la otra punta de la montaña.

Entonces, me pregunté si ella hubiera decidido volver a la aldea. Pero me respondí, diciéndome que esa, igual que yo, no pensaba salir hasta conseguir su objetivo.

— Ella se pondrá a buscarme. — Miré la pistola que aún llevaba en mi mano. Cerré los ojos por un momento, con la idea de estar calmada y dominar esos malditos sentimientos. — Entonces, yo haré lo mismo. Pero antes…— Miré hacia al bosque y volví a entrar en él, mientras empezaba a oír rayos.

Intenté centrarme, en pensar en que lo único que tenía que hacer era eliminar a Ranavalona, nada más. Debía borrar toda cosa inútil que me impediría matarla. Pero los recuerdos no dejaban de torturarme.

— Mi Señora, ¿¡cómo le parecen los caballeros andantes!? —

¡¿Cuánto pasó desde aquella conversación!? Recuerdo que fue tiempo antes de que esta energúmena intentara besarme. Ella había venido a mi cuarto y se sentó en mi cama, mientras agarraba con fuerzas un libro. En aquel tiempo, le dejaba entrar en mi habitación con mi permiso, incluso cuando estaba a punto de acostarme.

— Y a que viene esa pregunta…— Giré la cabeza hacia ella y le repliqué. Yo estaba sentada en mi mesa, leyendo como me había ordenado mi madre. — ¡¿No ves que estoy intentando leer esto!? — Luego, volví mi mirada hacia al libro, pero con sólo verlo, me puso de los nervios, no aguantaba más. — No entiendo nada, ¿¡por qué la gente de antes escriben cosas tan complicadas!? — Grité enfurecida, tirándome de los pelos.

Ya me dolía la cabeza por intentar avanzar unos cuantos párrafos de Fausto, cumbre de la literatura alemana para mucho, un infierno para alguien que aún no estaba muy acostumbrada a la lectura. Al final, lo cerré, lo iba a dejar para otro día.

— Pues, por nada. Sólo que…— Ranavalona intentó replicarme, pero se quedó a medias.

Yo salté de la silla y miré lo que sostenía en sus manos.

— Ese libro es difícil de leer, Ranavalona. — Ella estaba llevando un libro de Amadís de Gaula. — Y también es estúpido. —

— Bueno, a mi no me lo parece…— Recibí una leve replica. — En que sea estúpido. — Ella lo miraba con mucho entusiasmo, como si fuera un tesoro.

Ni lo recordaba, pero, desde que mi madre empezó a leernos en voz alta libros de los clásicos y antiguos, ella tomo muchísimo cariño a esos libros de caballeros andantes y sus aventuras.

— Vuestra honorable madre me ha estado leyendo este libro, un caballero andante que siempre está luchando y sirviendo a su dama, cuya hermosura y bondad es infinita. El corazón de Amadís siempre ha estado pensando en su querida Oriana. — Abrazó el libro con mucha fuerza. A mí eso sólo me hizo mucha gracia.

En aquellos momentos, yo sólo creía que ella quería ser la dama, ser querida por un caballero andante. Le mandé un aviso realista, sin darme cuenta de lo que pasaba por su mente realmente:

— No te ilusiones, nunca encontrarás a tu caballero andante…—

— No es eso…— Me lo negó con la cabeza muy rojo. Luego, calló por un momento y me preguntó: — ¿Y usted? — Se puso el libro en la cara, como si lo intentaba ocultar.

— A mi no me interesa esas cosas, ahora sólo estoy molesta por este estúpido libro…— Lo más cercano que deseaba era que mi madre me dejase unos cuantos días tranquila, sin hacerme la vida imposible.

— Cuando termine su honorable madre de leer esto, le pediré que me lea otros. La Zarina dice que hay tales como Tirante o el Rey Arturo. — Me siguió hablando del mismo tema: — Además, tiempo antes de que existir los libros de caballería, también hubo señores que le cantaban sobre sus enamoradas, le decían que sólo la servían por amor, aún cuando ésta fuera imposible de llegar, ¡que romántico! Bueno, es lo que dice su madre. —

— Ella dice muchas cosas, como mandarme a leer a este libro apestoso. —

Ranavalona pasó de mi comentario y empezó a dar vueltas por mi cama, diciendo cosas inentendibles, dando chillidos de emoción.

— ¡¿No cree, no cree que es genial, Mi Señora!? — Me lo decía muy feliz, parecía que se había encerrado en su propio mundo de sueños.

— ¡Vaya cría que eres, poniéndote así por una cosa tan estúpida como esa de los caballeros andantes! —

¿¡Ella acaso se plasmó en aquellos valerosos caballeros andantes que corrían por el mundo, fieles al amor de una dama que era la encarnación de la perfección!?

— No es eso…— Me replicó en voz baja. — Ya soy una adulta, hace poco que tuve la regla, y estoy sintiendo muchas cosas nuevas, puedo comprenderlo cuando veo a los caballeros andantes. —

¿¡Fue acaso capaz de confundir su fidelidad ante mí y el amor cortés de aquellos libros!?

— ¡Que te salga sangre de los ovarios cada mes no te hace mujer! Yo soy más madura que tú y aún no me ha salido eso. —

Me quejé, harta de escucharla. Empezó a chillar como una idiota, parecía muy avergonzada y fuera de sí.

Sea lo que fuera, no pudo conseguir emular a sus queridos caballeros andantes, al final descubrió que el objeto de su amor, aquel al que servía con tanto orgullo y fidelidad, jamás le iba a recompensar por sus servicios. A diferencia de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco, quienes fueron recompensando al final por su amor, ella se rompió.

— Aunque no me hace falta. Ya no soy una niña, dejé de serlo cuando lo perdí…— Agregué en voz baja, mientras me tapaba la cara, en el lugar en dónde debía estar el ojo que me faltaba.

Reí amargamente, al volver de mis recuerdos, mientras agarraba con fuerzas la parte derecha de mi cara.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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