Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Novena parte, centésima vigésima primera historia.

Se oyó un disparo, era mío. El eco se oyó por todas las montañas. Inmediatamente, se escuchó otro, era de Ranavalona. Ella esquivó, se agachó y apuntó a mí. Rodé por el suelo. Así empezó nuestra pelea.

Llena de barro y nieve, me alejé de ella, yendo en zigzag. Ella me disparó dos o tres veces. Al ver que era incapaz de aceptarme, salió a por mí. A ochenta metros de ella, apunté con mi arma, con la intención de que retrocediera. Cayó hacia atrás y dio una voltereta. Intenté acercarme, pero ella me hizo retroceder. Aún así, le mandé una de mis balas. Estuvo a punto de atravesarla.

— Su puntería es asombrosa, Mi Señora…— Aún en estas condiciones, esta idiota aún seguía adulándome.

— Si fuera asombrosa, la bala ya estaría en tu cabeza…— Recinché los dientes. Esa maldita se movía más que un mono.

Al momento, me disparó de nuevo, me moví rápidamente y la bala cayó unos metros de mí. Volvió a disparar. E intentó de hacerlo, pero se detuvo de golpe. Se dio cuenta de algo, y yo también:

— ¡Ranavalona, no deberías desperdiciar así tus balas, tú sólo tienes una pistola! —

Ella saltó hacia atrás, al intentar esquivar mi disparo. Salió corriendo hacia la suave pendiente del puerto de montaña que crucé, ¿¡intentaba utilizar la altura para acertarme o ir hacia las rocas para esconderse y dispararme!?

Cogí la pistola con el calibre con más alcance que tenía y me dispuse a seguirla. En nuestra subida, me detuve varias veces para dispararla. Los cuatros disparos que lancé casi la alcanzaron, pero ella seguía corriendo por la ladera.

Al alcanzar el final de la ladera, ella se giró hacia mí y se agachó para apuntarme. Estaba a más de cien metros de ella, pero me detuve, maldiciendo mi lentitud. Dio un grito y disparó. Yo disparé. Calculé mal el retroceso, ya que fui empujada por la salida de la bala y rodé por la pendiente hasta llegar al final. Mi cuerpo se resintió por el dolor.

Me levanté como pude, escupiendo tierra y nieve de mi boca, y miré hacia la pendiente. No veía a Ranavalona.

— ¡¿La habré dado!? — Me preguntaba, mientras me limpiaba un poco la cara.

Adolorida, subí por la cuesta. Me pegue a las rocas que delimitaban con la suave ladera, con la idea de que ella se estaba haciendo la muerta para disparar mientras subía.

A los pocos metros de alcanzar el final de la pendiente, ella apareció de frente ante mí, con la pistola a pocos metros de mí.

— ¡Lo siento, Mi Señora! — Se mordía los dientes, temblando como un flan, ¿aún seguía en ese plan? Ya era demasiado tarde para arrepentirse.

— ¡Eres una estúpida, Ranavalona! — Actué sin pensar. — ¡No tendré piedad por ti! — Me lancé hacia ella, quién no pudo reaccionar.

Le di un cabezazo contra el estomago. Ella dio un grito de dolor. Luego, cayó al suelo y rodó por el otro lado de aquella colina incrustada entre montañas. Y yo con ella. Nuestros chillidos se escuchaban mientras rodábamos hasta llega al llano en dónde se encontraba aquella extraña estructura hecha por el hombre. A poco estuvimos de tocar las piedras.

Cuando me intenté levantarme, recibí un golpe en la nuca, era de Ranavalona. Intentó atacarme de nuevo, pero me protegí.

— ¡Pelear con las manos, que deshonor hacer esto, Ranavalona! —

— Mi Señora usted aún tiene pistolas, no puedo permitirme que vos vaya a usar otra. —

Eso quería decir que había perdido su pistola. Yo también, pero aún me quedaban otras debajo de la falda, ella intentaba evitarlo.

Le cogí de los pelos e intenté arrancárselos, ella, con gestos de dolor, aprovechó el momento para pegarme en toda la cara. Yo le hice una patada para quitarla de encima y liberarme de ella. Dio un chillido y se encogió de dolor. La empuje y cayó hacia atrás.

Me levanté e intenté sacar mi arma, pero, con el brazo, me hizo caer de nuevo al suelo y empezó a empujar con fuerzas mi falda.

— Suelta mi falda, ¡pervertida, enferma mental! — Le gritaba, encolerizada.

Ella intentaba coger mis pistolas. Puso el pie contra mi cara, aplastándome contra la fría tierra. Me destrozó el vestido, pero no pudo alcanzar mis armas. Le di unas patadas que le hicieron chillar.

Me levanté e intenté sacar una de mis armas, ella volvió a la carga, intentando inmovilizarme y quitármela.

— Parece ser que…— Di una carcajada, me parecía muy gracioso que ella me estaba siendo tan duro de roer. —…te han enseñado bastante bien. —

— Tantas aventuras con usted ha valido la pena, Mi Señora. —

En nuestro forcejeo, lanzamos el arma unos cuantos metros de nosotras. Yo intenté coger el otro que tenía, pero la funda no tenía nada. Al parecer, se salió durante nuestra pelea.

— ¡Maldición! — Grité con fuerzas, salí corriendo hacia la pistola. Y la alcancé y la cogí.

Al momento, Ranavalona me gritó: — ¡Deténgase, Mi Señora! —

Miré hacia ella, mantenía una pistola en sus manos. Entonces, me di cuenta en dónde había terminado la pistola que cayó de su funda.

— ¡Vaya por Dios! De alguna manera, has conseguido inmovilizarme. —

Levanté las manos, intentando mantenerme tranquila, aún cuando en mi interior me maldice sin parar por el error fatal que había cometido. Estaba a su merced.

Ranavalona tardó en contestar, no dejaba de expulsar y sacar aire a lo loco, estaba muy agotada. Yo igual. Me mirada con gestos de miedo.

— ¿¡Esto es lo que se llama una tragedia, Mi Señora, no!? — Ella intentaba, al decir esto, una forma de tranquilizarme. Más bien, para libarse de la culpabilidad que iba a sentir con mi muerte.

— ¿¡Tragedia!? — Me forcé a reír. — ¿¡Acaso me estás diciendo que voy a morir!? —

Tenía que mantener la calma, no podría dejar que ella me viera nerviosa, porque sabía que ella estaba a punto de matarme. Tenía que intimarla o ganar tiempo, de alguna forma.

— Estoy a punto de dispararla…— Su cuerpo estaba temblando de nuevo. — Morirá…— Su cara decía que no quería hacerlo. — Y cuando l-lo haga… Y-yo me mataré a-a su l-lado…— Empezó a reír como una loca, parecía que estaba perdiendo el poco juicio que tenía. —…como Romeo y Julieta. —

— No sabía que Romeo mató a su amada, o viceversa. — Lo dije con un tono lleno de burla. — ¿¡Estás tan segura de que voy a morir aquí, y ahora!? — Ranavalona no respondió.

Entonces, otro recuerdo de mi pasado apareció en mi mente, cuando yo estaba de luto por la muerte de mi madre, encerrada en mi habitación. Alguien entró en mi habitación a oscuras, se trataba de Antonina.

— ¿¡Qué haces aquí, por qué no te vas afuera, como he ordenado!? ¡Déjame sola, no quiero ver a nadie! — Le grité.

— Pero, Futura Majestad, he venido para animarla y ayudarla a soportar el gran peso que ha significado tener que conocer la muerte de nuestra querida Zarina Sajonia de Shelijonia. — Se puso la mano en el pecho, con una cara llena de supuesta lastima hacia mí.

Me hizo gracia escuchar eso de “querida”. Intenté búrlame, pero no tenía ni ganas. Con dolor, añadí: — Yo, yo la odiaba, pero, pero…— No pude continuar, rompí a llorar, incapaz de controlar mis emociones. — ¡¿Por qué, por qué!? ¡Mamá, mamá, mamá! ¡Fuiste imbécil, estúpida, loca, enferma, ese es el final que querías, ¿estás contenta?! — Escondí mi cabeza entre las almohada, no quería que ella me viera así. Me decía mentalmente una y otra vez que me controlará, que me estaba viendo muy patética y estúpida, que no tenía sentido llorar por una desgraciada como mi madre. Pero era imposible, echaba de menos su violencia, sus locuras, su tiranía.

— Yo te abrazaré y te consolaré, mi Futura Majestad. — Antonina se me acercó con los brazos en alto, para abrazarme. No quería ser tratada como una niña pequeña

— ¡Que me dejes en paz! — Le grité con todas sus fuerzas.

— Sajonia fue una mujer realmente interesante, es una lástima que ya no éste entre nosotras. Pero ha dejado el puesto vacio. —

— ¿Y qué? — Le pregunté.

— Es tu deber como su hija aceptar el trono y heredar el reino que ha construido con tanto ahincó. —

— Pero no quiero, le dije mil veces que jamás sería la reina. Ni menos ahora, que sólo soy una…—

Me mordí la lengua, al ver que estaba a punto de reconocer que no era más que una cría. Creía hasta entonces que era muy madura, incluso participaba con cierta inteligencia en tareas que sólo los adultos con poder hacían. Pero al desaparecer mi madre, me hundí, todo se derrumbo ante mí. Después de todo, seguía siendo una niña, ¡qué patética!

— Ella te gestó con una intención, que fueras su heredera. Lo que deseaba construir, lo que estaba construyendo, necesita un sucesor. Y esa eres tú. Aunque no lo reconoces, amas a tu madre. Y sabes perfectamente que su creación, que el Zarato, necesita que seas su líder. —

— ¿¡Por qué, por qué tengo que aceptar esto!? — Levanté mi cabeza y le pregunté esto. No quería ser reina, ni menos en aquellos momentos, en que sentía que era demasiado para mí.

— ¿Sabes? Los muertos nos dejan cargas muy pesadas, que tenemos que continuar para el beneficio de los vivos y de las generaciones futuras. Gracias a esa carga, se han construido grandes y maravillosas cosas. Yo creo en vos, de que usted será una reina única e insuperable, superara todas las expectativas que tenía tu madre de ti. Eres racional y calculadora, tu visión del poder es muy diferente al que tenía ella. Estás muy verde, es verdad, pero puedes aprender sobre la marcha. Yo te ayudaré, haré todo lo que pueda para que soporte esa carga, porque no sólo soy su médico personal, sino tu más fiel súbdita. —

No supe que decirle, no entendía por qué me decía que esas cosas, ¿¡eso era para animarme solamente o era realmente sinceridad por su parte!? Sentía algo de desconfianza en ella, aunque se viera muy confiable, con aquella aura de santa que provocaba que todo el mundo la viera como si fuera el mismo mesías.

Entonces, ella, al ver que no respondí, añadió esto: — Y además, ¡¿no quieres vengar tu ojo!? — Le pregunté qué intentaba decir exactamente con eso. Aquellos horribles recuerdos volvieron, haciendo que me doliera la parte derecha de mi cara. Ella continuó hablando:

— Los mismos que intentaron destruir la creación del Zarato, lo que construyó tu madre, fueron a ti y arrancaron tu ojo, te arrebataron la infancia. Nunca pudiste ser la misma. Tú madre dejó de tratarte bien a tratarte con dureza, por tu propio bien, para que fueras capaz de defenderte de aquellos que la atacaron de la forma más ruin posible, hacerte sufrir. Ellos se beneficiaran si este lugar desaparece, ¿¡pero tú no querrás que se vayan de rositas, verdad!? —

Apreté los dientes con fuerzas, mientras recordaba con odio a aquellos que me arrancaron el ojo. No habló de aquellos secuestradores, cuyos restos fueron devorados por los cerdos. Sino de los que le pagaron para secuestrarme, con la intención de destruir mi propio cuerpo. Sí, lo hicieron por venganza a mi madre, por hacerle ver quién mandaba de verdad en esta puñetera isla. ¿Los iba a dejar tranquilos, después de conocer que la loca de mi madre había muerto?

— No, no lo haré. — Lo decidí. — Yo ocuparé el lugar de Sajonia de Shelijonia, mi madre y la Zarina de este reino. — Miré hacia al techo con determinación. — Te lo prometo, madre. —

Con aquellos recuerdos rondando en mi cabeza, le dije a Ranavalona esto:

— Tengo una misión que cumplir, heredé un objetivo que debo de cumplir. Sí, se lo prometí. Tú te has vuelto un incordio. Si me eliminas, ¿¡qué será del Zarato, Ranavalona!? — No podría morir aquí.

Empecé, con disimulo, a mover el pie hacia atrás, para coger la pistola. Ella me replicaba, mientras tanto:

— Me da igual el Zarato, el mundo exterior o lo que sea, sólo me importa tu amor… No, mi amor propio, mi razón de existencia, como usted ha dicho. — Agarró su pecho con fuerzas.

— ¡Ya veo…! — Noté la pistola bajo mi pie. Poquito a poco, la arrastraba, mientras seguía distrayendo a mi sirvienta. — Veré esto como una apuesta, voy a arriesgarlo todo, espero que los designios del cielo, si existen, me protejan. —

Después de todo, he visto la muerte cientos de veces y he salido ilesa de todo lo que me pasó. Podríamos decir que tengo muy buena suerte, ¿sería esta la excepción o no? Era hora de tirar los dados. A todo o a nada.

Entonces, le di una patada a la pistola que arrastré y la cogí.

— ¡Mi Señora! — Ranavalona gritó y estuvo a punto de apretar el gatillo. Estaba a menos de cincos metro de mí, yo no tenía posibilidades de sobrevivir. Pero ella se quedó paralizada, fue incapaz de dispararme. Eso me hizo mucha gracia. A pesar de todo, su supuesto amor le impidió dispararme, había ganado la apuesta.

— ¡Vas a pagar ese error muy caro, Ranavalona! — Grité con alegría, la victoria era mía. — ¡Prepárate para morir! — Por fin, me iba a librar de ella.

Entonces, apreté el gatillo, pero pasó algo dentro de mí. Todos los recuerdos que tuve con Ranavalona se me pasaron por mi mente en cuestión de segundos, volví a recodar su exagerada fidelidad, su amor enfermo y obsesivo, todos los momentos que estuve con ella. No podría negarlo más, a pesar de todo, del miedo que le tenía, de mi propósito de hacerla matar a toda cosa, no quería verla muerta.

«Tengo que matarla, hay que eliminarla. Es mi deber, si no lo hago seré su muñeca, mi misión estará acabada. Pero, pero…», no dejaba de repetir estas palabras en mi mente.

Entonces, Ranavalona gritó de repente: — ¡No, lo hagas! — Estaba aterrada, cerró los ojos con fuerzas, incapaz de ver su final: — ¡No quiero morir! —

Yo disparé, pero fallé. Conscientemente, mi bala pasó muy a la izquierda de ella. Pero sentí como algo me perforó con una velocidad increíble, con mis entrañas ardiendo por el dolor y el impacto. Era una bala. Ranavalona, presa del miedo, había disparado y acertó. Caí al suelo, mientras pensaba:

« ¡Qué irónico, qué irónico! Al final, mi suerte ha fallado. Me han disparado. Entonces, ¡este duelo ha acabado en mi derrota! »

Me reí para mis adentros, perdí de la manera más estúpida posible, por un disparo de alguien que gritó de miedo.

— ¡Mi Señora, Mi Señora! — Y la muy estúpida de Ranavalona, se me acercó y puso mi cabeza sobre sus piernas, gritando con horror — ¡¿Está bien!? ¡Contéstame! — Estaba llorando como nunca, sus lágrimas no dejaba de mojar mi cara.

— ¿¡E-esto no era lo q-que querías, Ra-ranavalona!? —

Intenté hablar. El dolor era insoportable, no había manera de ignorarlo. Deseaba desmayarme. Pero, a pesar de todo, intentaba forzar a mi cerebro, a darme una explicación ante lo que estaba viendo. No entendía porque ella actuaba así después de intentar matarme.

— ¡No, no! ¡Yo no quería llegar a estos extremos! ¡Pero estaba tan desesperada! ¡Necesitaba tu amor! ¡Necesitaba que la única persona que tenía a mi lado me aceptara! ¡Vuestra Merced, he ardido en celos, en el sufrimiento, en la desesperación! ¡Pero, pero…! —

Su cara era todo un poema, era la primera vez desde que fui salvada por mi madre que veía a alguien llorar de esa forma por mí. Me daba tanta rabia.

— ¡E-eres estúpida, pero muy, muy…! — Empecé a levantar mis brazos, mientras intentaba reír.

— ¡Sí, lo soy! ¡Lo soy de verdad! — Movió afirmativamente con la cabeza, con la cara llena de dolor.

— Y-yo ajajajaja, q-quería matarme, ¡¿por q-qué tienes que llorar por alguien que quería matarte!? ¡Eres estúpida! —

— Me dan ganas d-de ahogarte, por l-lo estúpida que…— Alcancé con dificultad su cuello, con la intención de hacerlo.

— Puede castigarme, ¡me lo merezco! — Me gritaba de forma desconsolada.

Pero en vez de apretar con fuerzas su cuello, lo empujé hacia mí. La acerqué a mi cara. Ella se veía confundida, no entendía nada. Yo tampoco, quería ahogarla, pero lo que hice fue otra cosa. Acerqué sus labios a los míos, y la besé, como pude. Sí, estaba besando la boca de una chica, de la misma enferma que me quiso matar.

— ¡¿Mi Señora!? — Me quedó con la boca abierta, totalmente roja. Era incapaz de reaccionar.

— Y-yo quería ahogarte, ajajajaja. Pero en vez de eso…— Me daban ataques de risa, haciendo que me doliera más el cuerpo. — Deseaba tu muerte, pero…— Ya era incapaz de mantener mi propia cordura. — ¡No entiendo nada, esto es absurdo! —

— Yo sólo me amo a mí misma, a nadie más, ni menos a ti…— Di una pausa, para dar alaridos de dolor. — P-pero, ¿¡por qué!? —

Ranavalona me gritó algunas cosas, pero ya era incapaz de escucharla con claridad.

— ¡E-estúpidos sentimientos! ¡Estúpido amor! ¡Estúpida Ranavalona! ¡Me habéis confundido, ya no entiendo l-lo que…!— No pude continuar más.

Cerré los ojos, empecé a respirar con dificultad. Parecía que, de un momento para otro, mi corta vida iba a terminar.

Lo sentí mucho por mi madre, por no haber continuado su legado. Por mí misma, para vengarme de los que me hicieron perder el ojo. Pero, sobre todo, por esa idiota de Ranavalona, no quería dejarla sola, esa imbécil se embolaría después de ver mi muerte. Al final, no pude negarme más a mí, sentía algo por esa sirvienta, por esa obsesiva y estúpida chica, ¿¡es esto lo que llaman amor!? Me pregunté antes de perder la consciencia.

FIN DE LA NOVENA PARTE

 

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s