Centésima vigésima segunda historia

La araña: Tercera parte, centésima vigésima segunda historia

El sol estaba anocheciendo, mi madre iba a venir pronto y Charlie tenía que volver a su casa. Era, para mi desgracia, la hora de la despedida.

— Como eres mi novio, deberías venir todos los días a mi casa, ¿sabes? — Le decía, sosteniendo la puerta, mientras él salía de la casa. — La verdad es que no quiero estar solita mucho tiempo, necesito estar a tu lado. — Le iba a extrañar muchísimo.

— De acuerdo. — Movió la cabeza.

— Ten cuidado…— Añadí, con un poco de preocupación. — Sobre todo de tus amigos. —

— ¿¡Y eso por qué!? — Me preguntó, extrañado.

— Tú mismo lo dices. Ellos quieren novia, si ven que tú tienes una, pueden liarla mucho. —

Abrió la boca con expresión de sorpresa y añadió: — Entendido…—

Me pregunté si eso sería suficiente para que él se alejara de esos niños estúpidos, y de esa tal Nadezha.

Al ver que empezó a alejarse de mí, mientras mis deseos me pedían que lo detuviese y que estuviese junto conmigo un poco más, le empecé gritar como una idiota: — Te amo, te amo muchísimo. —

Él se detuvo y me miró. Con la cara muy roja, me dijo esto: — Yo, igual…—

Y observé cómo se alejaba hasta que su figura se esfumó entre las escaleras, fijamente, con mi corazón doliendo por su ida. Y todo se volvió silencioso y triste en mi casa. Ante la soledad, me di cuenta de lo que hice:

— ¡No me puedo creer que me he confesado! — Chillé, muerta de vergüenza: — ¡Se lo he dicho de verdad! —

Fui a mi cama y empecé a dar vueltas por ella, mientras no paraba de recordar aquella confesión, que lo imaginaba como si había salido de una película romántica. Estaba avergonzada, pero también estaba feliz. Pero lo mejor de todo era esto: — Pero, pero, me ha aceptado…— Abracé con fuerza uno de mis muñecos, chillado: — Charlie ha aceptado mi amor. —

No paré de repetirlo, una y otra vez, mientras me imaginaba cómo sería nuestra vida juntos, un mundo en que yo no estaría sola, en que alguien más estaría a mi lado hasta que yo muera. Veía un futuro esperanzador, en donde la soledad no estaría persiguiéndome:

— Ya no estaré sola, aunque…— Pero, dentro de mí, había un miedo muy aterrador. Él ya era mi novio, pero eso no significaba que no se iba a alejar de mí.

— Esto es sólo el inicio, tendré que hacer muchas cosas para que no se vaya…— Susurré, mientras veía el techo, intentando evitar aquellos pensamientos horribles.

Aún así, no me sentía segura, necesitaba hacer algo más. Entonces, decidí pedirle una cita. Me costó, tuvieron que pasar varios días para que me atreviera a decirlo:

— ¿Una cita? — Me preguntó eso, después de que se lo dije. Su cara me hizo pensar que no lo había entendido.

— S-sí. — Yo estaba roja como un tomate. Tartamudeaba un montón, jugando con mis manos y moviendo las piernas de un lado para otro. Mi corazón no dejaba de palpitar muy fuerte, era muy vergonzoso. — Q-quiero una cita contigo…—

— ¿Cómo las del médico? — Charlie siguió sin entenderlo y, muerta de la vergüenza, le tuve que aclarar:

— ¡No! C-como novios…— Él se quedó callado tras oír eso, para luego abrir la boca y dar un pequeño grito. Eso me asustó, creía que me iba a rechazar o pensar algo mal de mí, pero aceptó la cita.

En los próximos días, estuve planeando cómo sería nuestra primera cita, fue más difícil de lo que creía, porque se me ocurrían tantas cosas que no sabían por donde pensar. También me ponía tan nerviosa que ni podría pensar bien y sólo no paraba de imaginarme todo tipo de escenas. Estaba tan emocionada, mi corazón no dejaba de palpitar. Charlie no vino mucho, durante esos días, a mi casa porque me decía que se estaba preparando. Lo estaba tomando en serio, él quería que todo saliera bien, y eso también me hacia tan feliz. Todo parecía marchar bien, pero algo estuvo a punto de arruinarlo este momento inolvidable.

Llegó el día de la cita y me encontré con Charlie en el lugar indicado, en medio de un centro comercial. Me puse tan feliz de verle, que salté hacia él para darle un enorme abrazo. Ni me había dado cuenta de que no se dio cuenta de mi presencia.

— ¡Ah, Carleen, eres tú! — Me dijo.

— Pues claro que sí, ¡¿quién iba a ser, si no!? — Hablé. Luego, añadí: — ¡Lo siento, lo siento muchísimo! ¡He llegado tarde, espero que no hayas esperado mucho! — Estuve casi una hora probándome todo lo que tenía mi armario, necesitaba verme preciosa.

Mientras seguíamos hablando, preguntándole cómo de bonita me veía, me di cuenta de que nos estaban observando. A lo lejos, detrás de las escaleras mecánicas, espiándonos, vi a varios chicos, que los reconocí rápidamente, a pesar de que estaban disfrazados.

Sheldon, feo y horrible como su propio nombre. Un baboso de mierda que se ponía a mirar a las demás chicas como un cerdo y que hablaba como un retrasado. Miraba a mi Charlie, lleno de rabia y envidia. Si no fuera porque nadie quería ser su amigo, no se había juntado con mi querido. Me daban ganas de darle una patada y que fuera lloriqueando a su mamá.

Jackie está en otra clase, pero me daba mucha mala espina. No me gustaba como me había mirado, era como si yo fuera odiosa para él. Además, me daba mucho mal rollo que se viera tan femenino siendo un chico. Pero lo que me dejo cuadrada es que él estaba vistiendo como una niña, al final tenían razón los rumores que tanto había escuchado en la escuela.

Y esos dos gordos que casi se parecen a dos gotas de agua, pero que no son hermanos ni nada parecidos. Ni me acuerdo de sus nombres ni me da igual saberlo, son feísimos y son unas bolas de grasas.

Vladimir, quién también estaba en mi clase. Es uno de los chicos más populares de la escuela, pero tampoco me gusta la forma en cómo me ve. No sé que le ven, está bien, pero me repele que su pelo sea blanco, sólo las personas mayores tienen eso. Además, él tuvo un problema serio con Martha Malan, una chica muy popular que, al final, descubrimos que fue una horrible acosadora. Me lo esperaba de ella, era demasiada perfecta.

Pero, aparte de todos ellos, había alguien más, una persona que jamás yo había visto en mi vida. Era una chica, eso me alertó. Parecía mucho mayor que nosotros, una plena adolescente. Su largo cabello sobresalía de la boina que llevaba y era igual de blanco que el de Vladimir. Y ella compartía la misma ropa que él. Sí, debía ser ella. Temía que esa Nadezha o Nadezhda, o como fuera. ¿Pero no era algo mayor para ser su novia?

Intenté actuar con normalidad, pasar de ellos: — ¿Cómo me veo, estoy bien linda? —

— ¡Oh, estás bien! — Di un chillido de emoción al escucharlo, olvidándome por un momento de la existencia de esos imbéciles.

¿Por qué estaban ahí? ¿Querían fastidiar mi cita? Me dije a mi misma que no lo iban a conseguir, no iban a arruinarlo. Por eso, decidí ignorarlos, sobre todo los gritos que soltaba el baboso ese de Sheldon, que me estaban poniendo de los nervios; y centrarme sólo en Charlie.

Primero fuimos directo al cine a ver una película. Charlie era tan caballeroso que me dejó elegir. Fue una película sobre superhéroes. Me costaba estar atenta a la peli, estaba más ocupada en observar a mi amado novio, era tan hermoso, podría estar todo el día contemplándole. Además, estaba esperando el momento en el cual él bajara el brazo en el posabrazos y poner mi mano sobre la suya. Me daba muchísima vergüenza, pero quería hacerlo, necesitaba coger su mano.

Y esos imbéciles nos habían seguido hasta ahí y fueron tan idiotas de sentarse detrás nuestra, no sabían ni espiar como Dios manda. Y lo peor de todo es que uno de ellos, el baboso ese, intentó poner su brazo en el posabrazos de Charlie, creyendo que yo le agarraría su mano sin darme cuenta.

— ¡Quita la mano de ahí, basura! — Susurré, antes de cerrar mi mano y golpearlo con todas mis fuerzas. Dio un fuerte grito de dolor, se lo merecía, aunque me dio mucho asco el hecho de haberlo tocado. Y lo mejor es que todos ellos fueron echados de la sala, dejándonos solos, al poco tiempo, mientras yo y Charlie juntábamos nuestras manos.

Me puse rojísima, pero llena de felicidad. Sentir su calor y palmar su piel me hacían sentir tan feliz, ¿esto era lo que estar junto con alguien? Si así fuera, desearía que aquel momento durase para siempre.

Al terminar la película y salir del cine, ellos siguieron espiándonos. Bueno, sólo el baboso y esos asquerosos gordos, que empezaron a pelearse entre ellos. Al poco tiempo, esa maldita chica y Vladimir aparecieron. Intentaba no mirar hacia atrás, pero sus gritos no dejaban de ponerme de los nervios. Finalmente, Sheldon estaba detrás de nosotros, se estaba acercando tanto que me estaba dando muchas arcadas.

Intenté olvidarme de su presencia y centrarme sólo en mi Charlie, mientras estábamos cogidos de las manos:

— Te quiero mucho, ¡¿lo sabes!? — Él me respondí que sí, y que él también me quería.

— ¡Seremos tan felices! — A pesar de todo, yo me sentía muy feliz por estar junto a él, y deseaba que así fuera todo lo que me quedaba de vida. No, tenía que conseguir que esto fuera posible. Él me replicó y yo añadí esto:

— No importa, siempre habrá obstáculos en el camino, pero nosotros lo podemos superar con nuestro amor. —

Esto era una advertencia al imbécil que estaba detrás de nosotros, que ni él ni nadie de esos falsos amigos, ni esa zorra, iban a separarnos. Estaba decidida a expulsarlos de nuestra vida antes que me lo robasen.

Entonces, Sheldon hizo algo con su mano, no sabría el que, pero era para separarnos. Sí, eso era lo que pensaba. Él me lo intentaba quitar a la fuerza, no deseaba que estuviéramos juntos. Y no lo iba a permitir. Alce mi pierna hacia atrás y le di una buena patada, directa a sus partes privadas. Se lo merecía, aunque me dio muchísimo asco haber hecho eso, deseaba desinfectar mis zapatos cuanto antes.

Mientras chillaba de dolor, yo me apresuré, empujando a mi Charlie, a alejarnos de él.

— ¡¿Qué ha sido eso!? — Me preguntó, algo desconcertado.

— ¡No te preocupes! No ha sido nada, solo que alguien ha estado haciendo el idiota. Ignóralo, no tiene nada que ver con nosotros. — Me hizo caso. Luego le hablé en el oído: — Ignora a todo lo que no tenga nada que ver con nosotros, mi amor. — Y con esto dicho, salimos del centro comercial y finalmente pudimos perderles de vista. Por fin, podríamos tener nuestra cita en paz.

Después de pasear un poco, llegamos a una heladería. Ahí nos pusimos a hablar y a disfrutar los dos juntos de unos buenísimos helados. El tiempo se me pasó volando, jamás pensé que me iba a divertir tanto en una cita.

No, lo cierto es que junto con él todo era divertido, aquellas aburridas y solitarias tardes, esas noches aterradoras en donde esperaba la llegaba de mi madre, el miedo a acabar sola, todo eso era olvidado junto estaba con Charlie. Tan atento, tan amable, tan gracioso, él era mi príncipe azul. Entonces, algo maravilloso ocurrió.

— ¡Ah, por cierto! — Me mostró un pequeño paquete. — Te he comprado esto. Espero que te guste. — Se le veía tan avergonzado.

Mi corazón se puso a mil, era incapaz de contener mi emoción. Lo abrí rápidamente. Lo que vi me hizo chillar.

— ¡Oh, qué bonito! ¡Es hermoso, realmente hermoso! —

Un colgante con una triqueta de plata. Sí, mi madre me lo explicó una vez, era algo que simbolizaba la vida, muerte y renacimiento, o a la Santa Trinidad, aunque no sé qué es eso. Pero me dijo que en la tierra de nuestros antepasados era normal que un hombre le diese a su amada un collar con ese símbolo. No me lo podría creer, era demasiado bonito para ser real. Él me amaba y quería estar toda su vida junto a mí. Me entraron ganas de llorar.

Lo cogí con cuidado, junte mis manos con el colgante y me lo puse sobre mi pecho, en donde estaba mi corazón, cerrando los ojos. Quería guardar este momento para siempre. Y me lo puse en el cuello.

— ¿Me veo bien?  — Le pregunté, llena de felicidad.

— Sí…— Asentó con la cabeza.

Tras decirme que su intención anteriormente era darme unas flores, yo le dije esto, con todo mi corazón:

— ¡Gracias por el detalle, es el mejor regalo de toda mi vida! —

Este colgante parecía ser la prueba definitiva de que íbamos a estar juntos, de que yo jamás estaría sola. Rompí a llorar, mientras le decía esto llena de emoción: — ¡Te quiero mucho, muchísimo! —

Aún así, a pesar de toda mi felicidad, había algo que me daba temor, esa chica, Nadezha, y esos idiotas. ¿Qué hacían en mi cita, por qué querían arruinarla? Tenía que comunicarle a Charlie que sus amigos intentaron fastidiarnos.

— Por cierto, antes he sentido que nos han estado siguiendo. No, nos estaban siguiendo. Había un grupo de chicos y…— No me dio ni tiempo de terminar la frase.

— Esos eran Nadezha, Vladimir y el resto del grupo. —

— ¿Lo sabías? — Me quedé boquiabierta, tapando la boca al instante.

— En verdad, les pedí ayuda, estaba asustado por el hecho de tener una cita y me ayudaron. —

Ya pude entenderlo, ellos se aprovecharon de la ingenuidad de mi Charlie para interponerse entre nosotros. Ellos no aceptaban nuestro amor.

— Pero, ellos intentaron interponerse entre nosotros. No creo que nos estuvieran ayudando. Yo vi a unos de tus amigos, a ese Sheldon, intentan hacernos algo raro. Realmente me dio mucho miedo, no quería imaginar que quería de nosotros. —

— Estaba muy molesto, porque no quiere que yo tenga novia. —

Lo que yo ya sabía, ese Sheldon era un asqueroso de mierda que le ardía el culo al ver que otros tenían novia. Me quería quitar a Charlie solamente porque él jamás iba a tener a nadie a su lado por ser tan basura. Tenía que hacerle entender que le alejara de ellos como fuera:

— Es porque no es un amigo de verdad. Sí, los amigos no hacen eso. Tú no debería acercarte a él, también deberías tener cuidado con el resto. Sobre todo con ella…—

Me mordí los labios con sólo pensar en ella. No sólo era una vieja que salía con gente más pequeña que ella, sino que intentaba quedarse con mi novio. No lo podría permitir.

— ¿Nadezha? Ella es buena gente. — Le había engañado, seguro que ella era una sinvergüenza.

— Yo sólo digo que tengas cuidado con ella…— Solté un pequeño suspiro. — Aunque dices que a veces da miedo, debe ser por algo. —

— La verdad es que ni a Vladimir ni a Jackie le caes bien. No sé por qué, no eres mala. — Añadió, algo cabizbajo.

No dejaba de confirmarme una y otra vez que sus amigos odiaban nuestro amor.

— Por eso mismo. Ellos te engañaron, en verdad no vinieron a ayudarte, sino a fastidiar nuestra cita. Como no les gusto, ellos quieren separarnos, eso es algo muy feo. Estamos enamorados, no nos deberían separar, no hay derecho. —

— No creo que sea eso… — Intentó replicarme.

— Deberías creerme, yo te conozco mejor que nadie, ¿verdad? — Él no supo responderme, se quedó callado.

Aquella reacción me dio mucho miedo, él confiaba en sus amigos y ellos se aprovecharían de eso. No lo iba a permitir, por nada del mundo.

Decidí cambiar de tema y seguimos hablando un buen rato. Después de eso, nos levantamos y nos fuimos derechos hacia mi casa, con nuestras manos juntas. Debería estar muy feliz de caminar junto a mi querido Charlie, pero el miedo me impedía disfrutarlo.

Al llegar a la puerta de mi casa, le pedí un favor a él.

— ¿¡Podrías llamar a Nadezha por mí!? Quiero reunirme con ella. —

— ¿¡Por qué quieres hablar con ella!? — Abrió un poco la boca, debía estar sorprendido.

— Son cosas de chicas, además como tú siempre hablas de ella tan bien a mí me entra ganas de conocerla, en persona. — Le respondí amablemente.

Como buen caballero que es, no quiso decir nada más. Le expliqué lo que tenía que decir y llamó rápidamente a Nadezha. Se lo dijo todo claro.

Al terminar la llamada, me dijo esto: — Pues yo ya me tengo que ir. — Oír eso me puso muy mala, era demasiado pronto para que se fuera a su casa. — Mis padres me esperan, y me van a castigar si llego tarde. —

Iba a salir corriendo y yo le detuve: — ¡Espera un momento…! — Le di un pequeño beso en toda la boca. Él se me quedó mirando y yo di un pequeño chillido, muerta de la vergüenza. Aún no estaba acostumbrada a hacer este tipo de cosas. Tardé un poco en hablar, intentando calmarme. Al hacerlo, le dije esto:

— ¡Gracias por todo, me lo he pasado genial, vuelve a mi casa mañana, todos los días, por favor! ¡Me siento tan sola sin ti, eres tan divertido y genial! ¡Promételo! — Le supliqué, juntando mis manos. Necesitaba verle más, quería evitar a todo lo que podía la horrible soledad de mi casa.

— Lo haré…— Tardó en hablar, para luego despedirse con esto: — ¡Slán agat! —

— ¡Slán agat! — Repetí sus palabras, mientras lo veía alejarse de mí.

Al estar sola, hablé en voz alta: — Es hora de ver a esa zorra…— Me puse muy seria. — Le voy a decir las cosas bien claras. — Y me fui hacia al lugar acordado, ella no me iba a robar Charlie, ni ella ni nadie.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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