Centésima vigésima segunda historia

La araña: Quinta parte, centésima vigésima segunda historia

— ¿Tanto te gustan las arañas, Carleen? — Me preguntaba Charlie, mientras ojeaba unos de los libros que tenía yo en mi cuarto, era uno sobre las diferentes arañas que habían en el mundo, algo que mi madre me regalo, después de olvidarse de mi día de cumpleaños.

Yo estaba acostada en mi casa, mientras le miraba fijamente. Le dije esto:

— A mi parecen lindas, ¡no entiendo por qué a los demás no le gustan! —

Desde que era pequeña, siempre me gustaron. Cuando veía alguna en la casa, la dejaba en paz. No me hacían daño y era lo más cercano que tenía como compañía en mi casa. Me daba pena cuando mi madre se dedicaba a matarlas.

— Pero algunas tienen veneno, y atrapan a sus comidas con tela  y las envuelven. Es normal que dan miedo. — Dijo Charlie.

— ¿Pero no te parecen bonito las telarañas que hacen? —

Eso era lo que más me fascinaban de ellas, que fueran capaces de tejer redes con los cuales atrapaban otros bichos. Leí en algunos libros o en internet que los que caían eran incapaces de escapar y que podría ser muy resistente.

Charlie tardó un poco en contestar. Añadió esto: — Eso creo…— Y no dijo nada más.

Había pasado un buen rato desde que salimos del colegio. Con el fuerte miedo a dejarlo solo, le pedí que me acompañará a casa. Me contestó que sí, aunque tuvimos que ir hasta la suya y hacer que le pidiera permiso a sus padres. Por suerte, ni Vladimir ni otros de sus amigos aparecieron, me sentía muy aliviada. Después de eso, al llegar a casa, nos pasamos el rato jugando y ahora estábamos descansando.

Me sentía tan relajada y tranquila, a pesar de todo, el miedo y el aburrimiento que sentía en mi soledad parecía no existir, y deseé que estar así para siempre. Unos minutos después, Charlie habló:

— ¿Tienes jugo en casa? ¡Me estoy muriendo de sed! — Mientras él guardaba el libro y se acercaba a mí.

— Pues claro que sí, siempre hay jugo para ti. —

— ¡Genial! ¡Jugo, jugo! — Y él salió hacia a la cocina gritando eso, y yo le acompañé, sin saber nosotros que alguien estaba llegando a la puerta.

Mientras estábamos ocupados en tomar los jugos de melocotón que teníamos en la nevera, unos ruidos casi imperceptibles atrajeron mi atención, parecía los sonidos de tacones.

— ¿Has oído eso? — Me preguntó Charlie. — Parece que alguien ha vuelto…—

Entonces, oí ruido de llaves y de alguien quejándose. Me puse pálida, era muy temprano para que ella volviese a casa.

— ¡Oh, no! ¡Es mi madre! — Grité en voz baja, mientras le decía esto, mientras le empujaba. — ¡Ve a mi cuarto ahora mismo! ¡No puedo dejar que mamá te vea! — Asintiendo con la cabeza, él salió corriendo hacia allí.

Segundos después, salí al pasillo para recibirla.

— ¡Buenos días, mamá! — Le dije esto, intentando actuar como si yo estuviera feliz de que ella hubiera vuelto.

— Buenas tardes, dirás…— Frunció la ceja, mirándome de una forma extraña, como si se dio cuenta de que yo escondía algo. Luego, añadió esto: — Yo creía que tú habías entrado en tu cuarto. —

— ¿Pero qué dices mamá? ¡Yo estaba en la cocina! — Me puse a temblar, le había visto. Ella sospechó aún más de mí.

— Pero si acabo de ver a alguien cerrando la puerta de tu cuarto…— Me dijo muy perpleja, mientras señalaba mi cuarto.

— Debe ser tu imaginación…— Empecé a mover los brazos de arriba para abajo como idiota.

— No, ¡lo he visto con mis propios ojos! — Y ella intentó acercarse a mi cuarto, pero yo me puse en medio e intenté distraerla.

— ¿¡Por qué no vas a la cocina a beber algo!? ¡No pareces tener buena cara! ¡¿El trabajo ha sido muy duro?! ¿¡Por qué has vuelto tan pronto!? — La cogí de la mano e intentaba llevarla a la cocina.

— ¿¡Qué te pasa!? ¡Estás muy rara…! — Me preguntó con mucha seriedad, mientras se soltaba de mi mano.

Tardé en responder, no se me ocurría ninguna cosa para replicarla, pero los nervios impedían que pudiera pensar bien. Al final, caí en la cuenta de que su pronta aparición era igual de sospechosa que yo. La miré desafiante y le solté esto:

— ¿Y tú, mamá? ¡Es raro que hayas vuelto tan pronto! ¡¿No me dices siempre que tienes muchas horas de trabajo!? —

Ella hizo una mueca, mientras esquivaba mi mirada. Esa reacción me dejo claro que yo no era la única que estaba ocultando algo.

— Eso da igual, sólo he terminado más pronto, nada más…— Intentó esquivar mi pregunta.

— Ayer llegaste pronto también, ¡ya van dos veces, es muy extraño! — No iba a dejar que se quitará del medio tan rápido. Llevaba dos días seguidos así, no debía haber sido casualidad.

Ahí es donde ella perdió el control y me gritó esto muy enfadada:

— ¿Qué te importa lo que haga yo? —

Eso sólo me enfado más y le repliqué esto a gritos: — Entonces, ¿qué te importa a ti lo que yo haga? —

— Soy tu madre. —

Eso me hizo mucha gracia y me llenó de rabia, ¿y ahora lo dice? ¿Cuándo su hija la réplica? ¿Y no cuando dejaba a su hija sola, excusándose por el trabajo, mientras se iba de juerga con sus amigos y ligando con otros hombres? ¿Acaso no odiaba ser madre y soportarme? Ella no tenía derecho. Apreté los puños con fuerzas, miré al suelo llena de furia, intentaba controlarle, pero me dolieron muchísimo aquellas palabras. Necesitaba soltarlo, decirse en su cara que no venía a contarme el cuento de que era mi madre.

— ¿Y? Las mamás deben estar el rato con sus hijas y tú no lo haces. —

A ella le sentó muy mal oír eso, aunque era toda la verdad.

 

— Pues, ¡claro que lo hago! — Intentó excusarse. — Pero el trabajo me quita tiempo, ya lo sabes…— Pero yo ya no iba a creer en ella. A pesar de que ya le había pillado, seguía diciéndome mentiras. Tenía ganas de llorar.

— ¿Por el trabajo? — Grité. — ¡Como si yo te creyera…! — Y, fruto de mi enfado, le intenté tirar al suelo. Luego, salí corriendo. No quería saber nada más de ella.

— ¡Oye, no me empujes! — Tenía el puño en alto, pero no me pegó ni nada parecido. — ¿Adónde vas? —

Yo me fui a mi cuarto y me encerré en él, poniendo el pestillo en la puerta. Mi madre pegó en la puerta primero, y después intento abrirla, diciéndome esto:

— ¡¿Pero qué te pasa, Carleen!? ¡Vamos, abre la puerta! ¡¿Por qué has dicho eso!? —

Inspiré y respiré varias veces, mientras intentaba ignorar sus palabras. Al final, cuando me sentí preparada, abrí la boca:

— ¡Es un fastidio cuidar a una niña sola, una nunca tiempo para ella mismo! —

Eso la detuvo de empujar la puerta. Con voz perpleja, dijo: — ¿Qué estás diciendo? —

— A veces me amarga tanto ella, mejor estaba viviendo sola. — Continué.

— E-eso no es verdad…— Ella ya se dio cuenta de lo que estaba hablando, pero aún intentaba mantener su farsa de buena madre.

— Tener niños es un engorro. —

Ella sólo me repitió lo mismo, ¿no se cansada de tanto mentirme?

Lo que yo le decía, todas esas frases que le soltaba, y muchas más, salieron de su boca, lo escuché con mis propios ojos, mientras ella creía que yo estaba durmiendo, mientras hablaba con sus amigos por las noches. Lo oí cientos de veces, por mucho que me lo negará. Harta de escuchar sus excusas, le grité esto con mis fuerzas, mientras rompía a llorar:

 

— ¿Acaso todo no es verdad, mamá? ¿Soy una molestia, cierto? —

Ella se calló de golpe, tardó casi un minuto en contestarme.

— Tú no eres una molestia, ni nada de eso. —

Lo dijo con un tono de alguien totalmente destrozado, pero ya era incapaz de creerla. Es más, eso me puso más furiosa. Le di una patada a la puerta y le grité esto:

— ¡Eres una mentirosa! ¡Nunca me dices la verdad, sólo dices más que mentiras! —

Luego, salté a la cama y me escondí entre las sabanas, llenándola con mis lágrimas, mientras no dejaba de decir, en voz baja, que mi madre era tonta y no me quería; sin saber que me había olvidado de algo.

— ¡No llores! ¡No estés triste! — Entonces, sentí como alguien me abrazaba con delicadeza,  mientras me decía palabras de ternura. Eso me hizo sentir mucho mejor.

— Gracias por el abrazo. — Le dije a Charlie. Entonces, me di cuenta de algo y di un sobresalto. — ¡Espera,…! — Le miré y le grité esto: — ¡Tú sigues aquí! —

Él movió la cabeza de un lado a otro en señal de extrañeza, luego añadió: — Sí, ¿o no? —

Yo me levanté de la cama y empecé a dar vueltas por la habitación, muy preocupada: — ¿¡Y cómo te saco de aquí!? —

Después de la pelea que tuve con mi madre, no deseaba salir de la habitación y verle la cara, pero no podría dejar a Charlie en mi habitación con ella en mi casa. Tenía que hacer algo, pero no se me ocurría nada:

— No lo sé, ¡y tengo que volver pronto a casita! ¡Me van a castigar si no llego antes de la cena! — Y él, que también se dio cuenta de la gravedad de la situación, empezó a imitarme.

— ¡No alces mucho la voz! — Le repliqué.

 

Él se tapo la boca con las manos y no dijo nada más. Y después de pasar un rato, decidí echar un vistazo, al escuchar las pisadas de mi madre. Abrí la puerta, mientras Charlie se escondía debajo de la cama, y la vi yendo hacia al cuarto de baño. Ella también me observó:

— Sólo voy al baño por un momento. —

— ¡Como si me importara, espero que te quedes atrapada en el inodoro! —

Le saqué la lengua. Quise cerrar la puerta de golpe, no quería ni verla, pero me quede paralizada, mirándola con mucho enfado. Mi madre soltó un suspiro y se giró. Entonces, me dijo esto:

— La verdad es que la semana pasada, perdí el trabajo. Por eso vuelvo muy pronto. Busco trabajo, no intento pasar de ti… — Se calló por un momento, sospeché que eso de que no intentaba pasar de mi era una mentira más de las suyas. — Carleen, has armado mucho escándalo por muy poca cosa…—

Yo me quedé en silencio, no quise pensar más en lo que dijo. Ella esperó por unos segundos, pero, al ver que no hubo respuesta de mi parte, entró en el cuarto de baño.

— ¡Vamos, vamos! — Le decía en voz baja a Charlie.

Él salió de su escondite y se fui corriendo hacia la puerta de mi casa, intentando ir de forma silenciosa. Al abrirla, miró hacia mí y se despidió con la mano.

— ¡Nos vemos en la escuela! — Añadí, entristecida de que se fuera.

Al estar sola en mi cuarto, mientras observaba embobada al techo, empecé a recordar la conversación que tuve yo sobre las arañas con mi Charlie. Luego, me puse a pensar sobre en sus telarañas, aquellos delgados hilos que parecen tan frágiles, pero, entrelazados, eran capaces de atrapar a cualquier insecto.

En cierta forma, así sentía mi relación con Charlie, nos unían pequeños y débiles hilos, que podrían romperse de un momento para otro. La única manera de que no se rompieran era formar fuertes redes, poderosas telarañas en torno a él. Hacer todo lo posible para que se quedara conmigo, fuera como fuera, más que nunca.

Ya éramos novios, y les deje claro a todos que lo éramos, pero aún faltaban muchas cosas que hacer, aún no me había librado del todo de sus falsos amigos y de esa bruja.

— ¡Ya verán! — Hablé en voz alta, mientras alzaba el brazo hacia arriba, con una expresión de esperanza.  — Nadie será capaz de romper la telaraña de amor que estoy creando. —

Tardé un momento en comprender lo último que había dicho:

— ¡¿Telaraña de amor!? — Empecé a reírme tontamente. — Eso suena muy romántico…— Me gustó eso, pensé que debía utilizarlo más a menudo.

Después de eso, decidí cerrar los ojos y dormir de una vez, deseosa de que llegará el mañana, para poder ver mi querido Charlie.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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