Centésima vigésima segunda historia

La araña: Décima parte, centésima vigésima segunda historia.

Tras caminar por un buen rato por el bosque, nos encontramos ante un gran y terrorífico edificio, que parecía estar abandonado.

— ¿Lo ves? No ha sido para tanto cruzar el bosque. — Me dijo Charlie, tras dar un resoplido.

Le dije que sí con la cabeza, con una sonrisa de idiota. No me arrepiento de nada haber cruzado el bosque con él, eso fue una genial excusa para poder agarrarle del brazo y estar pegada a mi amor. Ni me acordaba de que nos perdimos en el bosque y de los ruidos que escuchábamos a nuestro alrededor. A continuación miré con detalle el edificio que estaba delante de nosotros.

Lleno de grafitis y con un aspecto ya grisáceo y la pintura ya caída, era un edificio con cuatro pisos. Parecía que estábamos en la parte de las urgencias, ya que, ante nosotros, que cruzábamos con paso tranquilo el aparcamiento, había una puerta y sobre ella estaba un cartel que decía eso en inglés y ruso.

Al llegar ante la puerta, pregunté esto: — ¿Dónde estamos? —

— En un hospital, pero ya no hay nadie. —

Eso de que era un hospital era obvio, al ver el cartel, pero yo lo preguntaba por otra razón, quería saber en qué lugar de las afueras estábamos, porque todo me era muy desconocido.

— Parece salido de una película de terror. — Y añadí, mientras le abrazaba de nuevo.

— Y dicen que aún viven los fantasmas de las personas que no pudieron salvar. — Me entraron escalofríos, al oír eso.

— Para eso, me hubiera quedado en las piedras. Esto parece peor. — Le repliqué, temblando como un flan.

— Pero tiene techo…— Charlie me señaló hacia al tejado del edificio.

— Eso es cierto…— Lo dije en voz baja, muy pensativa. No quería dormir en un lugar con fantasmas, pero tampoco deseaba dormir al aire libre, eso me daba mucho más miedo. Bueno, tener fantasmas y sin nada que me cubriese era peor que estar en un edificio embrujado.

Volví a observar el hospital por unos cuantos segundos más. Entonces, me di cuenta de que no sólo daba miedo, sino que también me daba otra cosa, que me costaba entender. Su aspecto estropeado, el silencio que emanaba de él, la oscuridad que lo invadía provocaron sentimientos muy dolorosos en mi interior.

— No sé, pero me siento triste al verlo…— Hablé, en voz alta, mientras me caía lágrimas por mi cara. — Como si estuviera muy solo…—

Me daba muchísima pena el edificio, hace largo tiempo debió un lugar lleno de personas y ahora era más que ruinas en donde lo único que dominaba era la soledad, la misma que tanto me aterraba.

— ¿Cómo si estuviera solo…? — Charlie no dejo de poner caras raras, en un intento de comprender mis palabras. — No entiendo…—

No supe decirle nada, yo tampoco me entendía. A continuación, toqué con mis manos, como si fuera una dulce caricia, la pared del hospital y dije esto, con un gesto de compasión, una triste sonrisa:

— Ya no me da tanto miedo el hospital…— Entonces, le cogí de la mano y le solté esto a Charlie: — ¡Vamos a entrar! —

Tras introducirnos en el lugar, recorrimos por un buen rato los cientos de pasillos que tenía. Aquello era como si fuera un laberinto, estaba lleno de habitaciones y salas casi vacías, peladas. Solamente, en algunas de ella, encontramos instrumentos médicos, muebles e incluso camas. En unas de esa, decidimos sentarnos, después de limpiar la cama.

— ¡Ya me duelen los pies, hemos andado muchísimo! — Protesté, mientras me tiraba sobre la cama y me quitaba los zapatos. — Esto es muy grande, ¡enorme, monstruoso! —

Rara vez me he enfermado, así que nunca estuve mucho tiempo en un hospital para darme de lo enorme que era. Andar por los pasillos no parecía tener fin y  muchas veces terminamos entrando en un pasillo sin salida. Eso me hizo recordar algo sobre un tal Minotauro, en un programa de televisión se hablo de él, que estaba encerrado en un laberinto y algo así.

Al recordar lo laberintico que era el hospital, un temor me dominó por un segundo y provocó que le preguntará esto a Charlie:

— ¿Tienes alguna idea de dónde estamos? —

Charlie, quién estaba mirando desde la ventana, giró su cabeza hacia mí y movió la cabeza negativamente, de un lado para otro. Tragué saliva, preguntándome si podrías salir del hospital con vida.

A continuación, él silencio dominó la habitación por unos cuantos minutos, mientras yo me puse a mirar el techo y ponerme a contar todas las humedades que había en ella.

Entonces, sin que me lo esperara, Charlie, sin despegarse de la ventana, me lanzó esta pregunta:

— ¿Por cierto, te has sentido sola alguna vez? —

— ¿Por qué lo preguntas? — Le dije esto, muy sorprendida.

— Siempre te veo en tu casa, nunca te ve visto salir con amigas y tu madre, hasta ahora, llegaba siempre tarde. Yo si fuera tú, me sentiría muy solo…—

Tardé en reaccionar, en mi mente me puse a preguntarme si estaba bien decírselo o no. Por alguna razón, me daba un poco de miedo decírselo, pero era mi novio, después de todo. Y además, tenía razón. Por eso, cerré los ojos por un momento y se lo dije con toda mi sinceridad:

— Muchas veces me he sentido así…— Me levanté, para sentarme en la cama. Luego, junté mis piernas y me abracé a ellas. Y con una expresión de tristeza en mi rostro, yo añadí esto: — Y lo odio mucho, estar sola es un asco. — Di una pequeña pausa. — Pero tú…—

Tuve que reorganizar mi cabeza, porque no tenía ni idea de cómo decírselo. Tras hacerla, le dije con una sonrisa:

— Gracias a ti, yo no me siento sola. Es divertido estar contigo…— Esta vez me levanté de la casa y lo abracé con todas mis fuerzas. Él giró su cabeza y me miró fijamente, mientras entrelazamos nuestras manos. Entonces, le supliqué esto:

— Por eso, no me dejes sola, ¡no importa lo que pase, tú siempre debes estar contigo! Así que no me abandones, ¿vale?! — Eso era lo que me pedía el corazón en aquellos momentos.

Después de oír la confesión de mi madre, aquel temor a la soledad creció en mi interior y necesitaba que él me dijera muy claro que nunca haría tal cosa, que estaría conmigo hasta que la muerte nos separase.

Entonces, él se puso bastante rojo y mostró una pequeña sonrisa en su rostro. Se quedó mudo, sólo movió la cabeza afirmativamente. Al pasar varios segundos, fue capaz de abrir la boca:

— La verdad es que estar solo es un asco. ¿Sabes? Yo también estuve así, cuando era un niño pequeño, sufrí eso. Los niños pasaban de mí y nadie jugaba conmigo. Y me di cuenta de que tú sentías lo mismo que yo, en aquel tiempo cuando te volví a hablar. A pesar de que te hablabas con las compañeras, siempre te veía sola al entrar y salir del colegio. Además, estuvimos en preescolar, así que pensé que sería una buena idea hablarte de nuevo. —

Él se quedó cabizbajo, parecía muy pensativo, como si se estaba preguntado si lo que dijo estaba bien. Por mi parte, me sentí muy feliz. Él compartió la misma desgracia, él también se sentía solo. Éramos como almas gemelas, definitivamente.

— Eres tan tierno…— Añadí, mientras le abrazaba con todo el amor y la felicidad del mundo. Una sonrisa idiota se asomo en su rostro.

— ¡Tan tierno como, como…! — Se puso tan nervioso que soltó esto a gritos. — ¡…como un oso polar! —

Me quedé un poco extrañada, preguntándome que tenían los osos polares con nosotros. Pero, entonces, él aprovechó para darme un beso fugaz. Ahora yo era la que estaba avergonzada. Los dos, mutuamente, nos separamos.

— E-espero que te guste, a-aún no entiendo c-cómo funciona esto de besar…— Me dijo Charlie, mientras se rascaba la cabeza, con un tono entrecortado.

— Me gusto, pero…— Añadí, poniéndome un dedo sobre mis labios, con una expresión pícara. —…¡quiero más! — Y me abalancé hacia él, pidiéndole más besos. Durante un buen rato, estuvimos besándonos como si no hubiera mañana, y otros tipos de cosas.

¿Cuánto tiempo había pasado? Ni Charlie ni yo trajimos móvil, así que no teníamos ni idea qué hora era. Pero la luna estaba en lo más alto, cuando nos cansamos de besarnos.

— La luna se ve muy bonita, ¿no crees, Charlie? — Le dije esto, mientras miraba embobada al cielo, apoyada en la ventana. Él estaba a mi lado.

— Bonita y redonda como un queso. — La miraba como si fuera comida, se le salía la baba, ¿acaso tenía hambre? Luego, se le cambió la cara y me miró, preguntándome esto: — ¿Y ahora qué tienes pensado hacer? ¿Vas a vivir aquí toda la vida? —

— ¡Por supuesto que no! — Le replicó, mientras sentía escalofríos en el cuerpo. Tal vez, podría dormir unos días ahí, pero no toda la vida, por nada del mundo. Luego, añadí esto: — Pero, la verdad es que no lo sé. Lo único que no quiero es volver a mi casa. —

Si volvía a la casa, mi madre me separaría de Charlie. Además, yo creía que para ella yo era más que una molestia y pensaba que se alegraría de verme desaparecer. Si eso era lo que creía, pues le iba a cumplir ese deseo.

Lancé un suspiro, incapaz de pensar en algo. Pero, entonces, una duda se me vino a la cabeza.  — ¡Espera un momento…! — Me di cuenta de algo y le pregunté esto a Charlie. — ¿Cómo sabias que yo me había ido de casa? ¿Cómo supiste que estaba en las piedras? —

— Tú madre apareció en mi casa buscándome. Ellas les grito y les preguntaba cómo loca dónde estabas, ellos se quedaron blancos como las gallinas, creo que ni recordaban quién era. Después, empezaron a soltar insultos y a punto de pegarse. — Charlie empezó a dar puñetazos al aire, con un tono de voz muy exagerado. Luego, volvió a hablar normal. — Al momento, yo salí de casa y te busqué por toda la ciudad. — Empezó a señalar por todas partes, mientras simulaba que estaba corriendo. — Me fui por allí, después por allá, al final llegué a las piedras, sin pensar, ¡¿a qué soy un genio!? — Infló su pecho de orgullo.

Sus exageraciones me hicieron reír, pero no evitó que me preocupada.

— Entonces, ¡deberías volver a casa! — Él había desaparecido y sus padres debían estar buscándolo. Nuestra situación había empeorado, no sólo mi madre, sino también los padres de mi Charlie nos separarían.

Después de todo, no creía que tolerarían que la hija de la mujer que intentó interponerse y romper su sagrado matrimonio fuera la novia de su hijo.

Pero, por otra parte, y empecé a dudar si era cierto eso de que yo era una molestia. Ella fue capaz de ir a la casa de los padres de Charlie, sólo por mí. Y ahora estaría buscándome con desesperación por toda la ciudad, ¿entonces, mi madre me quería de verdad, yo no era una molestia? Me negué a aceptarlo, pensé que debía haber alguna excusa que la empujará a buscarme, que no me quería de verdad.

— Sí, debe estar muy preocupados. — Su cara parecía indiferente al decir eso, pero creo que se le notaba que se sentía un poco culpable por irse sin decirles nada. Luego, me miró: — ¿Pero estarás bien sola, aquí? —

Miré al suelo por unos cuantos segundos, mis pensamientos estaban muy confusos. Me sentía muy mal por hacer que Charlie me buscará, sus padres se enfadarían mucho con él y nos separarían. Tenía que volver pronto a casa. Pero tampoco quería que se fuera. Con toda mi sinceridad, le dije con mucha tristeza:

— No quiero que te castiguen más por mi culpa, pero tampoco quiero que me dejes sola en este lugar. —

Él se me quedo mirando por varios segundos, luego se fue a la cama del hospital y se acostó en ella. Entonces, habló: — ¡Pues, entonces, me quedaré aquí! — Bostezó. — Además, tengo mucho sueño para volver a casa. —

Una sonrisa de discreta alegría se esbozo en mi rostro: — Gracias…— Y con esto dicho, yo me acosté junto a él, después de sacar la manta y taparnos los dos juntos. Fue nuestra primera noche durmiendo en pareja.

Al día siguiente, el escuchar de los pájaros y los rayos del sol hicieron que abriera los ojos. — ¡¿Ya es de día!? — Pregunté, abobada, mientras me levantaba de la cama.

— ¡Sí, hoy es día de San Patricio! — Charlie se levantó de la cama con muchísimos ánimos, tanto que se cayó y se dio un buen golpe contra el suelo, se oyó muy fuerte, me asustó un poco. Pero, se levantó de golpe, como si no hubiera pasado nada, haciendo un gesto de victoria.

— Pero si ya pasó hace mucho tiempo…— Le repliqué, mientras me levantaba de la cama con tranquilidad. — Era el ¿17 de marzo?, ya ni me acuerdo. — Estábamos a mediados de junio, ya pasaron muchos meses desde entonces.

— ¡Ah, ¿en serio?! Bueno, lo cierto es que ha sido lo primero que se me ocurrió. — Charlie se puso a estirar su cuerpo. — ¿Y a qué día estamos, por cierto? —

No pude responderle, yo tampoco me acordaba. Pero nos olvidamos al momento de eso.

— ¡¿No hay más dulces!? — Al poco tiempo de despertar, habíamos desayunado. Y él no quedó satisfecho. — ¡Aún tengo hambre! —

— Entre los dos nos lo hemos comido todo…— Había buscando en la mochila, pero no encontraba. — ¿Y ahora que vamos a hacer? — No podría creer que mis reservas de comida hubieran durado tan poco.

— Pues vamos…— Se quedó pensativo por unos segundos. Después gritó esto, muy entusiasmado. — ¡A cazar, a pescar y coger frutar, a sobrevolar la naturaleza! —

Él quiso decir sobrevivir en vez de sobrevolar, aunque en aquellos momentos, no me di cuenta de su equivocación. Puse mala cara, no quería salir al bosque a cazar bichos.

— ¡No hace falta! ¡Mira, tenemos dinero! — Saqué el dinero de la mochila y se lo mostré. — ¡Podemos comprar comida! — Me sentí muy aliviada de haber tenido la brillante idea de cogerlo.

— Ya que nos hemos escapado de casa, ¿estará bien que vayamos a comprar comida en la ciudad? —

Di un grito de sorpresa, se me había olvidado de aquel detalle. Lancé un fuerte suspiro. — Es cierto,… — Añadí, desolada. Pero, al momento, se me ocurrió otra cosa. Me quite mi lazo y empecé a buscar en la mochila.

— ¿Qué haces? — Me preguntó Charlie, lleno de curiosidad. Le respondí esto, mientras sacaba lo que estaba buscando. — Vamos a pasar desarapercibidos. — Lo dije mal, pero me dio igual.

Más tarde, salimos del hospital abandonado, teniendo que rodear una verja que impedía la entrada del lugar desde la ciudad hasta encontrar un agujero en él, y andamos hasta entrar en un pequeño supermercado. Lo cierto es que no pasábamos desapercibidos, todo el mundo nos miraba.

— ¿Qué pasa? Esto no está saliendo como esperaba…— Le dije en voz baja a Charlie.

— Ni idea, pero me gusta ir así. — Charlie añadió muy contento.

Me di cuenta de que nos habíamos pasado con nuestros disfraces. Charlie usaba un tapabocas y unas gafas de sol, que encontró en el hospital, y usando mi manta como si fuera un poncho. Yo use unos de mis lacitos de repuesto para taparme la boca y otro para taparme la cabeza, y me cambié el vestido, que era verde, por otro de color blanco y simple. Eso era lo único que teníamos para ocultarnos y que ningún conocido se diera cuenta de que éramos nosotros. Al ver nuestra imagen reflejado en los cristales del supermercado, me di cuenta de que estábamos ridículos, era normal que todos nos mirasen. De todas maneras, pudimos comprar comida para merendar y cenar muy rápido, apenas había nadie.

Pero, entonces, al salir del establecimiento.

— ¡¿Vosotros no sois…?! — Escuchamos de golpe una voz, giramos hacia ella.

A cinco metros de nosotros, estaba Nadezha, esa maldita chica con pelo de vieja que ponía en peligro mi amor por Charlie.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

 

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