Centésima vigésima segunda historia

La araña: Epílogo, centésima vigésima segunda historia.

Habían pasado más de dos semanas, desde entonces. Ya era Julio. Me encontraba en un hospital, uno que funcionaba de verdad, saliendo de un ascensor, yendo hacia una de las habitaciones del sexto piso. Estaba cargada, llevaba una mochila encima y entre mis brazos un ramo de flores. Al entrar, vi a ella, Nadezha, mirando la ventaja desde su cama con una expresión de aburrimiento, bajo la luz de la tarde. Cuando oyó mis pisadas, giró la cabeza, emocionada:

— ¡Por fin, llega algui…! — Pero cuando vio que era yo, se le cambió la cara y con mucha sequedad me dijo: — ¡Ah, eres tú! —

Me corté un poco, al escuchar su respuesta. Pero decidí no darle importancia y hablarle.

— Hola, hermana, he venido a visitarte. — Aunque lo dije muy bajito.

— Ya te lo dije, ¿no? ¡No soy tu hermana! — Me replicó.

— ¡Te he traído galletas y flores, para felicitar que mañana va a ser tu alta, hermana! —

Le mostré las flores que traía, eran Shvédova. Según me dijo Charlie, a ella le encantaban. Y luego puse la mochila en una silla y le mostré la cajita llena de galletitas caseras que hice junto con mi novio. Esperé ver su reacción, aunque me daba mucho miedo. Dio un fuerte suspiro y se tapó la cara, para luego añadir esto:

— ¿¡Crees que puedo aceptar tus regalos, después de lo que pasó!? — Me lo dijo de la forma menos desagradable posible. — Si he acabado en el hospital, ha sido por tu culpa. —

Agaché la cabeza, no podría negar eso. Después de nuestra caída, los gordos, trajeron a unos adultos con aspecto de indigentes que se llamaban a sí mismos payasos anónimos o algo parecido, y la llevaron a cuestas hacia un hospital operativo, que sorprendentemente estaba muy cerca del que estaba abandonado. Ella me protegió con su cuerpo y se hizo muchísimo daño, pero dejo sorprendido a los médicos. Su cuerpo tenía un par de rasguño y una enorme herida que le tuvieron que coser, ningún hueso estaba dañado. Ellos también me examinaron, pero estaba totalmente ilesa, gracias a Nadezha.

Aunque presumía de estar bien, la obligaron a permanecer en reposo durante una semana, pero se notaba que quería irse de allí.

Al parecer, ya estuvo más veces en el hospital, las enfermeras me contaron que estuvo la otra vez ingresó porque salvo a otra niña de ser aplastada por una viga, con una pierna destrozada. Me quedé alucinada, no era la primera vez que arriesgaba su vida por otra persona. Por otra parte, Jackie y Vladimir obtuvieron el alta al día siguiente.

— Ya lo sé, por eso estoy viniendo…— Continuando con nuestra conversación, le intenté decir esto con toda mi sinceridad. — Quiero hacer algo para que te sientas mejor…—

Con el paso de los días, cada vez que recordaba todo lo que hice, más mal me sentía conmigo misma e para calmar estos horribles sentimientos, que me costaba tanto entender, la visitaba cuando podía.

— Lo que quieres es el perdón. Y no te voy a perdonar tan fácilmente, después de todo, heriste a Vladimir, es algo que no te perdono. — Me replicó muy seria.

— Es verdad…— Añadí, entristecida, con los hombros caídos, e incapaz de ver su rostro.

Hubo un momento de silencio entre nosotras. Mi tristeza incomodó tanto a Nadezha, que ella me hizo un gesto para que le diese la cajita. Se lo di enseguida:

— Pero desperdiciar estas galletas estaría mal, así que puedo comer unas cuantas. — Abrió la caja y las observó con detalle. — Son galletas con forma de animales… Bueno, sólo hay arañas y osos. —

— Charlie dijo que a ti encantan los osos…— En su momento, me explicó que ella luchó contra osos, pero no le creía. Pero después de ver como saltó de un edificio para salvar mi vida, ya lo creía todo de ella. — Así que hicimos unas cuantas así, espero que nos haya salido bien. —

— ¿Y las arañas? —

— A mi me encantan las arañas…— Se quedó boquiabierta. Yo empecé a reírme tontamente, muerta de la vergüenza. — Me parecen bonitas, no sé porque a la gente no le gusta…— Escondí mi rostro entre mi pelo rebelde.

— Ah, vale…— Añadió con sequedad, para luego cambiar de tema: — A mi no me encanta los osos. Bueno, por alguna razón, siempre acabó rodeada de ellas. Ni siquiera me salvo con las galletas. —

Lo dijo algo molesta, mientras comenzaba a comerse las primeras galletas.

— Ah, están muy ricas, no me lo esperaba. —

— ¡Hemos practicado mucho! ¡Hicimos muchas galletitas, e hicimos que los chicos lo probarán! —

Después de aquella noche, Charlie me llevó a la casa de Nadezha, en donde habían ido sus amigos a pasar el rato, a pesar de que ella no estaba en casa. Cuando me vieron, se llevaron una horrible sorpresa.

— ¿¡Por qué la has traído, Charlie!? — Le gritó Sheldon, temblando de miedo. — ¡¿Quieres que nos electrocute de nuevo!? —

Todos, al verme, se escondieron detrás del sofá.

— ¡No dejes que se nos acerqué! — Añadió Jackie, que ni siquiera asomaba— Aún recuerdo esa horrible sensación, ¡y además se burlo de mí, y de mi virilidad! — Parecía más enfadado por haberle menospreciado como hombre que por haber sido electrocutado por mis manos.

Di un resoplido, ya sabía que no me aceptarían tan fácilmente, y me sentía muy incómoda, quería irme. Pero Charlie, puso su brazo sobre mi hombro e dijo esto con total normalidad:

— Chicos, ¡pelillas a la mar! ¡Ella ya está arrepentida! —

Traerme ante sus amigos fue idea suya y a pesar de todo lo que les hice, me tragó como si nada.

— Lo siento mucho, de verdad, ¡chicos! — Intenté ser lo más sincera posible. — ¡Perdónenme! —

Vladimir, quién fue el único que no se escondió y me miraba lleno de furia, me soltó esto:

— ¡¿Cómo si eso lo arreglase todo!? ¡No voy a perdonar lo que le hizo a mi Nadezha! ¡Si no estuviésemos en su casa, le destrozaría la cara! — Me escondí detrás de Charlie, aunque entendía muy bien a Vladimir.

— ¡Qué exagerados sois, chicos! — Aún así, Charlie intentó quitarle hierro al asunto, como si lo que pasó no fue gran cosa. — Ella ya está bien, no va a hacer más daño. —

— ¡¿Exagerados!? ¡Nos mando al hospital a casi todos! — Gritaron todos al unísono, muy enfadados.

A pesar de todo, me dejaron estar con ellos, aunque la incomodidad estaba muy presente entre nosotros. Pero, al cabo de un o dos, ya aceptaron mi presencia.

— ¡Dejen de darse mimos, ahora mismo! ¡Váyanse a un maldito hotel, pervertidos! —

Nos gritaba un Sheldon encolerizo, mientras veía como yo le mandaba besitos en la cara de Charlie, y frotaba mi mejilla con la suya.

— ¿¡En qué estás pensando, cabeza de chorlito!? ¡No estamos haciendo nada malo! ¡¿A que sí, cariñito!? — Le repliqué, sin detenerme en seguir dándole mimos.

— ¡Sólo está envidioso, porque yo tengo novio y él no! — Charlie añadió esto con uso tono burlón, yo le seguí el juego: — ¡Pobre, Sheldon! —

— ¡¿Por eso, te la traes!? ¡¿Para darme envidia cochina o qué!? — Era gracioso rabiar a ese repelente. Se puso tan alterado, que intentó imitarnos. — ¡Ahora, verán! — Obligando a otro que hiciera lo mismo que nosotros: — ¡Vamos, Jackie, tú eres lo más parecido a una chica, dame mimos! —

— ¿¡Qué estupideces dices!? — Jackie dio un chillido de horror, mientras intentaba alejar a Sheldon todo lo posible de él. — ¡Aléjate de mí, me das asco! ¡Ni loco te hago eso! — Ver a esos idiotas, me hizo el día, no pude dejar de reír por un buen rato.

— ¡Pobres chicos, lo que deben haber pasado! — Dijo en voz baja, Nadezha.

— ¡¿Decías algo!? — Le pregunté, y con mucho nerviosismo, respondió esto: — Nada, nada. —

Luego, cambió de opinión, y preguntó esto: — ¿Y qué tal tu familia, todo bien? — La pregunta me pilló por sorpresa. Tardé en responder.

— Pues…—  Añadí, algo dudosa. — Bien, creo…—

Cuando llegué al hospital, llamaron a mi madre y a los padres de Charlie. Fueron directos hacia allí. Esperé a mi madre, en la sala de espera. Aunque me daba muchísimo miedo verla de nuevo, me aterraba saber cómo reaccionaría.

Ella entró como un tornado, buscándome con desesperación. Al verme, se quedó muda, mirándome fijamente. Yo me quede igual, observando cómo su rostro estaba envuelto en dolor, con los ojos repletos de lágrimas. Ninguna se atrevió a hablar, nos habíamos quedado en silencio.

Poco después, los médicos nos dijeron que podríamos marchar a casa, y las dos salimos en taxi del hospital, en total silencio, envuelto en un silencio tan incómodo que agobiaba. Al llegar a los pies del edificio en donde nos vivíamos, ella habló:

— ¡¿Todo esto es una forma de castigarme, no!? ¡Cómo no he sido una buena madre, te has ido de casa y has intentando matarte, ¿verdad?! ¡¿Por no hacer bien mi trabajo, no!? Pues, creo que los has hecho genial. — Era muy doloroso escuchar aquellas palabras. Parecía estar destrozada y muy decepcionada conmigo.

Tardé en responder. Me sentía fatal, le hice a ella mucho daño también, y no sabía cómo responderle.

— No, es eso, mamá. — Intenté mirarle fijamente a los ojos, pero no me atreví, me quedé mirando al suelo. — Tenía tanto miedo de estar sola, que perdí la cabeza. E-estar sola es horrible, y él era la única persona que lo entendía, nadie más. Yo no quería que nadie nos separase, pero…— Conteniendo las ganas de llorar, la abracé con fuerza. — Lo siento. —

— No, lo siento. — Note como sus lágrimas caían sobre mí. — No me di cuenta de que estabas sufriendo…— Luego, me rodeó con sus brazos con fuerza. — No, me centré tanto en mi felicidad que me olvide de que tenía una hija a quién cuidar. Yo también estaba aterrada de estar sola, de no tener a alguien a quién amar, incluso destruí amistades valiosos por mi egoísmo. Lo cierto es que no soy un buen ejemplo a seguir…— Rió con mucha amargura. Y luego, con una expresión tierna, me miró y me dijo estas palabras:

— Pero, con todo lo que ha pasado en estos días, me he dado cuenta de que no me hace falta eso, porque ya tenía a alguien más a mi lado, eres tú. —

Ella no me estaba mintiendo, decía la verdad, con todo su corazón. Luego, me prometió esto:

— ¡Pasaremos más tiempo juntas, te lo prometo! ¡Intentaré no dejarte sola, aunque creo que será un poco imposible! — Le respondí con la cabeza, toda feliz.

Ella intenta cumplir su promesa, intenta pasar conmigo todo lo que puede, ahora cocinamos y vemos series juntas. Sigue buscando trabajo, aunque le cuesta encontrar uno en donde le deja horas libres para estar conmigo. Ahora ya puede tolerar que Charlie venga a mi casa, aunque a ella le cuesta mucho decirle algo, aparte de hola y adiós. Al parecer, el problema que mi madre tiene con los padres de mi novio le impide tratarlo como desearía.

Creo que la situación entre ellos, tras años de verse, se volvió mucho peor, pero no nos afectó a nosotros. Porque Charlie me mostró antes sus padre y les dijo que era su novia, quedaron estupefactos:

— ¡¿Entonces, Charlie, huiste de casa para buscarla y te quedaste a acompañarla!? — Le preguntó su padre.

— No podría dejarla sola, papá. — Respondió mi novio, inflando su pecho de orgullo.

— Eso se hace, ¡qué hijo tengo…! — Su padre le gritó feliz, pero la aterradora mirada de su mujer, lo hizo callar y cambiar de tono: — Eso está mal, niño. Debiste haber llamado a la policía y algo. —

Mi futuro suegro parecía aceptarlo de buena gana, pero la madre me miraba con mucho desprecio y sospecha: — No me puedo creer que mi niño tenga novia. — Y luego soltó estas palabras, muy conmocionada. — ¡Sois demasiados jóvenes! — Añadió, llena de rabia: — Y además, es hija de esa…— Pero su hijo se le quedó mirando, poniendo en ataque, me di cuenta de que se estaba preparando para defenderme, y su madre se dio cuenta. Dio un gran suspiro y se dirigió hacia mí: — Se nota que te quiere mucho. Por favor, no le metas en más problemas. — Le respondí tímidamente que sí, y con algo de miedo.

A partir de ahí, las cosas empezaron a calmarse. Dimos las últimas clases del año, y todo el mundo pasó de nuestra relación, más centrado en aprobar y poder salir del colegio, para saltar a la secundaria. Habían muchas dudas entre ellos, algunos emocionados por el cambio, otros aterrados. A mí me daba igual, de todas formas, lo único que me importaba era pasar tiempo con Charlie, aparte de que pude aprobar los exámenes que nos quedaban.

Aún así, todo el mundo deseaba saber que me había pasado, y vino alguna que otra persona intentando cotillear sobre mí, como Klara Ben-Gurión.

— ¿¡Qué te pasó, mina!? — Entre clases, ella se puso delante de mi escritorio y me empezó a hablar: — Vos desapareciste y todos tuvimos que buscarte. Dicen que acabaste en un hospital abandonado y todo, y que te hicieron algo chungo. —

— No fue nada grave. — Le respondí de mala gana. — Nada de lo que te interese. — No iba a decirle nada a una cotorra como ella.

— ¡¿En serio!? — Y se hizo la sorprendida.

Aún así, no podría negar que le hice algo malo, me sentía mal por haber perdido la compostura y haberle tirado de los pelos. Aunque parecía como si ella no lo recordaba, me dio igual, necesitaba decirle esto:

— Lo siento…— Aunque fuera a regañadientes.

— ¿¡Por qué!? — Hizo como si no lo recordaba. Entonces, abrió la boca y añadió: — Ah, ¿por lo del otro día? —

Moví la cabeza afirmativamente. Entonces, con un tono de voz muy bajita, pronunció estas palabras:

— No te lo perdono, boluda. Te lo devolveré, pero hoy no…— Eran sinceras, eran verdades que salían de una mentirosa y cotorra como ella.

Luego, sonrió como si nada, movió la mano en señal de despedida y se alejo de mí. Ignoré eso, me dio poca importancia. De todas maneras, pronto la iba a dejar de ver. Dicen que, por sus buenas notas, podría tener las becas suficientes para entrar en el instituto más caro de toda la ciudad. Me quedé mirando al cielo, preguntándome qué podría hacer en el verano.

Volviendo a la conversación con Nadezha, yo le pregunté esto:

— ¿P-puedo referirme a t-ti, como hermana? — Jugaba con las manos, algo avergonzada. — P-parece que no te gusta, pero a mí me encantaría llamarte así…—

Después de conocer a más profundidad a Nadezha, me di cuenta de que ella es genial e increíble. A pesar de su aparente seriedad y del miedo que transmitía, es alguien amable y valiente. A pesar de llevar el pelo blanco, es una chica hermosa y femenina. Es dura, pero tiene buen corazón, como si fuera una mama Osa o algo así, pero en versión humana. Deseé ser su hermana, desde entonces, ser protegida por ella.

— No creo que nadie normal aceptaría que la chica que les atacó con una pistola eléctrica les llame hermana o hermano por la cara…— Me replicó con una cara muy seria.

Yo me quede cabizbaja, tristona, pero consciente de que ella tenía razón. Pero, al ver mi reacción, ella se sintió y añadió esto: — Pero, creo que, por desgracia, no soy normal. —

Aceptó, y me puso eufórica: — ¡Muchísimas gracias, estoy tan feliz, hermana! — Intenté abrazarla, pero ella me detuvo con la mano, mientras decía esto: — ¡No me abraces! —

— ¡Lo siento! — Me aleje de ella, y luego añadí, emocionada: — ¿Ahora, podemos hablar cosas de chica, cierto? —

Ella se quedó con la boca abierta, extrañada. Yo decidí explicárselo:

— En verdad, incluso hay temas que cuesta hablar con Charlie, y creo que sólo pueden ser habladas por las chicas. Nunca tuve realmente a una amiga. Sería genial hablar de esas cosas contigo, hermana. —

Ella dudó por uno momento, mirándome raro. Pero luego, lanzó un resoplido y añadió esto: — Bueno, no tengo más remedio, me aburro como una ostra en este lugar. —

Y me puse a hablar un buen con ella, le dije de todo, desde mis preocupaciones sobre el cuerpo de las chicas hasta de cómo podría enfrentar a mis futuros problemas amorosos. Y ella me escuchó tranquilamente, y me respondió todas las veces que hubo falta.

Llegué a preguntarle cosas que no tenían nada que ver con las chicas, pero asintió y me escuchó. La hora se paso volando y disfrute con la conversación, una de las mejores que tuve en toda mi vida.

Entonces, vino alguien inesperado, que hizo terminar nuestra conversación:

— ¡Buenas tardes, osa rusa! — Giré mi cabeza hacia la puerta y la vi, me quede sorprendida.

— ¿¡Carleen de Valera!? — Y ella se quedó igual que yo, no se esperaba mi existencia.

— ¿¡Martha Malan, qué haces aquí!? — Pregunté, a continuación.

La chica número de mi clase había aparecido ante nosotras, y llevaba una ropa extraña, que parecía ser asiática, muy linda, con estampas de florecitas y un mono sobre la cabeza. Parecía una completa extranjera.

Ella ni me contestó, pasó de mí. Más bien, lo único que tenía a mente era Nadezha, a quién se le acercó y le dijo esto:

— Nadezha, te quiero pedir un gran favor. — Juntó las manos con desesperación y añadió: — ¡Ayuda a Mao, tú eres la única que puede conseguir que él se enfrente a sus propios fantasmas! ¡Él se ha ido a las montañas, sal en su búsqueda y enfréntate a él! ¡Te lo suplico, por su propio bien! —

Las dos nos quedamos boquiabiertas, no nos esperaba esto. Me quedé preguntando de qué trataba todo esto.

FIN

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