Centésima vigésima segunda historia

La araña: Epílogo, centésima vigésima segunda historia.

Habían pasado más de dos semanas, desde entonces. Ya era Julio. Me encontraba en un hospital, uno que funcionaba de verdad, saliendo de un ascensor, yendo hacia una de las habitaciones del sexto piso. Estaba cargada, llevaba una mochila encima y entre mis brazos un ramo de flores. Al entrar, vi a ella, Nadezha, mirando la ventaja desde su cama con una expresión de aburrimiento, bajo la luz de la tarde. Cuando oyó mis pisadas, giró la cabeza, emocionada:

— ¡Por fin, llega algui…! — Pero cuando vio que era yo, se le cambió la cara y con mucha sequedad me dijo: — ¡Ah, eres tú! —

Me corté un poco, al escuchar su respuesta. Pero decidí no darle importancia y hablarle.

— Hola, hermana, he venido a visitarte. — Aunque lo dije muy bajito.

— Ya te lo dije, ¿no? ¡No soy tu hermana! — Me replicó.

— ¡Te he traído galletas y flores, para felicitar que mañana va a ser tu alta, hermana! —

Le mostré las flores que traía, eran Shvédova. Según me dijo Charlie, a ella le encantaban. Y luego puse la mochila en una silla y le mostré la cajita llena de galletitas caseras que hice junto con mi novio. Esperé ver su reacción, aunque me daba mucho miedo. Dio un fuerte suspiro y se tapó la cara, para luego añadir esto:

— ¿¡Crees que puedo aceptar tus regalos, después de lo que pasó!? — Me lo dijo de la forma menos desagradable posible. — Si he acabado en el hospital, ha sido por tu culpa. —

Agaché la cabeza, no podría negar eso. Después de nuestra caída, los gordos, trajeron a unos adultos con aspecto de indigentes que se llamaban a sí mismos payasos anónimos o algo parecido, y la llevaron a cuestas hacia un hospital operativo, que sorprendentemente estaba muy cerca del que estaba abandonado. Ella me protegió con su cuerpo y se hizo muchísimo daño, pero dejo sorprendido a los médicos. Su cuerpo tenía un par de rasguño y una enorme herida que le tuvieron que coser, ningún hueso estaba dañado. Ellos también me examinaron, pero estaba totalmente ilesa, gracias a Nadezha.

Aunque presumía de estar bien, la obligaron a permanecer en reposo durante una semana, pero se notaba que quería irse de allí.

Al parecer, ya estuvo más veces en el hospital, las enfermeras me contaron que estuvo la otra vez ingresó porque salvo a otra niña de ser aplastada por una viga, con una pierna destrozada. Me quedé alucinada, no era la primera vez que arriesgaba su vida por otra persona. Por otra parte, Jackie y Vladimir obtuvieron el alta al día siguiente.

— Ya lo sé, por eso estoy viniendo…— Continuando con nuestra conversación, le intenté decir esto con toda mi sinceridad. — Quiero hacer algo para que te sientas mejor…—

Con el paso de los días, cada vez que recordaba todo lo que hice, más mal me sentía conmigo misma e para calmar estos horribles sentimientos, que me costaba tanto entender, la visitaba cuando podía.

— Lo que quieres es el perdón. Y no te voy a perdonar tan fácilmente, después de todo, heriste a Vladimir, es algo que no te perdono. — Me replicó muy seria.

— Es verdad…— Añadí, entristecida, con los hombros caídos, e incapaz de ver su rostro.

Hubo un momento de silencio entre nosotras. Mi tristeza incomodó tanto a Nadezha, que ella me hizo un gesto para que le diese la cajita. Se lo di enseguida:

— Pero desperdiciar estas galletas estaría mal, así que puedo comer unas cuantas. — Abrió la caja y las observó con detalle. — Son galletas con forma de animales… Bueno, sólo hay arañas y osos. —

— Charlie dijo que a ti encantan los osos…— En su momento, me explicó que ella luchó contra osos, pero no le creía. Pero después de ver como saltó de un edificio para salvar mi vida, ya lo creía todo de ella. — Así que hicimos unas cuantas así, espero que nos haya salido bien. —

— ¿Y las arañas? —

— A mi me encantan las arañas…— Se quedó boquiabierta. Yo empecé a reírme tontamente, muerta de la vergüenza. — Me parecen bonitas, no sé porque a la gente no le gusta…— Escondí mi rostro entre mi pelo rebelde.

— Ah, vale…— Añadió con sequedad, para luego cambiar de tema: — A mi no me encanta los osos. Bueno, por alguna razón, siempre acabó rodeada de ellas. Ni siquiera me salvo con las galletas. —

Lo dijo algo molesta, mientras comenzaba a comerse las primeras galletas.

— Ah, están muy ricas, no me lo esperaba. —

— ¡Hemos practicado mucho! ¡Hicimos muchas galletitas, e hicimos que los chicos lo probarán! —

Después de aquella noche, Charlie me llevó a la casa de Nadezha, en donde habían ido sus amigos a pasar el rato, a pesar de que ella no estaba en casa. Cuando me vieron, se llevaron una horrible sorpresa.

— ¿¡Por qué la has traído, Charlie!? — Le gritó Sheldon, temblando de miedo. — ¡¿Quieres que nos electrocute de nuevo!? —

Todos, al verme, se escondieron detrás del sofá.

— ¡No dejes que se nos acerqué! — Añadió Jackie, que ni siquiera asomaba— Aún recuerdo esa horrible sensación, ¡y además se burlo de mí, y de mi virilidad! — Parecía más enfadado por haberle menospreciado como hombre que por haber sido electrocutado por mis manos.

Di un resoplido, ya sabía que no me aceptarían tan fácilmente, y me sentía muy incómoda, quería irme. Pero Charlie, puso su brazo sobre mi hombro e dijo esto con total normalidad:

— Chicos, ¡pelillas a la mar! ¡Ella ya está arrepentida! —

Traerme ante sus amigos fue idea suya y a pesar de todo lo que les hice, me tragó como si nada.

— Lo siento mucho, de verdad, ¡chicos! — Intenté ser lo más sincera posible. — ¡Perdónenme! —

Vladimir, quién fue el único que no se escondió y me miraba lleno de furia, me soltó esto:

— ¡¿Cómo si eso lo arreglase todo!? ¡No voy a perdonar lo que le hizo a mi Nadezha! ¡Si no estuviésemos en su casa, le destrozaría la cara! — Me escondí detrás de Charlie, aunque entendía muy bien a Vladimir.

— ¡Qué exagerados sois, chicos! — Aún así, Charlie intentó quitarle hierro al asunto, como si lo que pasó no fue gran cosa. — Ella ya está bien, no va a hacer más daño. —

— ¡¿Exagerados!? ¡Nos mando al hospital a casi todos! — Gritaron todos al unísono, muy enfadados.

A pesar de todo, me dejaron estar con ellos, aunque la incomodidad estaba muy presente entre nosotros. Pero, al cabo de un o dos, ya aceptaron mi presencia.

— ¡Dejen de darse mimos, ahora mismo! ¡Váyanse a un maldito hotel, pervertidos! —

Nos gritaba un Sheldon encolerizo, mientras veía como yo le mandaba besitos en la cara de Charlie, y frotaba mi mejilla con la suya.

— ¿¡En qué estás pensando, cabeza de chorlito!? ¡No estamos haciendo nada malo! ¡¿A que sí, cariñito!? — Le repliqué, sin detenerme en seguir dándole mimos.

— ¡Sólo está envidioso, porque yo tengo novio y él no! — Charlie añadió esto con uso tono burlón, yo le seguí el juego: — ¡Pobre, Sheldon! —

— ¡¿Por eso, te la traes!? ¡¿Para darme envidia cochina o qué!? — Era gracioso rabiar a ese repelente. Se puso tan alterado, que intentó imitarnos. — ¡Ahora, verán! — Obligando a otro que hiciera lo mismo que nosotros: — ¡Vamos, Jackie, tú eres lo más parecido a una chica, dame mimos! —

— ¿¡Qué estupideces dices!? — Jackie dio un chillido de horror, mientras intentaba alejar a Sheldon todo lo posible de él. — ¡Aléjate de mí, me das asco! ¡Ni loco te hago eso! — Ver a esos idiotas, me hizo el día, no pude dejar de reír por un buen rato.

— ¡Pobres chicos, lo que deben haber pasado! — Dijo en voz baja, Nadezha.

— ¡¿Decías algo!? — Le pregunté, y con mucho nerviosismo, respondió esto: — Nada, nada. —

Luego, cambió de opinión, y preguntó esto: — ¿Y qué tal tu familia, todo bien? — La pregunta me pilló por sorpresa. Tardé en responder.

— Pues…—  Añadí, algo dudosa. — Bien, creo…—

Cuando llegué al hospital, llamaron a mi madre y a los padres de Charlie. Fueron directos hacia allí. Esperé a mi madre, en la sala de espera. Aunque me daba muchísimo miedo verla de nuevo, me aterraba saber cómo reaccionaría.

Ella entró como un tornado, buscándome con desesperación. Al verme, se quedó muda, mirándome fijamente. Yo me quede igual, observando cómo su rostro estaba envuelto en dolor, con los ojos repletos de lágrimas. Ninguna se atrevió a hablar, nos habíamos quedado en silencio.

Poco después, los médicos nos dijeron que podríamos marchar a casa, y las dos salimos en taxi del hospital, en total silencio, envuelto en un silencio tan incómodo que agobiaba. Al llegar a los pies del edificio en donde nos vivíamos, ella habló:

— ¡¿Todo esto es una forma de castigarme, no!? ¡Cómo no he sido una buena madre, te has ido de casa y has intentando matarte, ¿verdad?! ¡¿Por no hacer bien mi trabajo, no!? Pues, creo que los has hecho genial. — Era muy doloroso escuchar aquellas palabras. Parecía estar destrozada y muy decepcionada conmigo.

Tardé en responder. Me sentía fatal, le hice a ella mucho daño también, y no sabía cómo responderle.

— No, es eso, mamá. — Intenté mirarle fijamente a los ojos, pero no me atreví, me quedé mirando al suelo. — Tenía tanto miedo de estar sola, que perdí la cabeza. E-estar sola es horrible, y él era la única persona que lo entendía, nadie más. Yo no quería que nadie nos separase, pero…— Conteniendo las ganas de llorar, la abracé con fuerza. — Lo siento. —

— No, lo siento. — Note como sus lágrimas caían sobre mí. — No me di cuenta de que estabas sufriendo…— Luego, me rodeó con sus brazos con fuerza. — No, me centré tanto en mi felicidad que me olvide de que tenía una hija a quién cuidar. Yo también estaba aterrada de estar sola, de no tener a alguien a quién amar, incluso destruí amistades valiosos por mi egoísmo. Lo cierto es que no soy un buen ejemplo a seguir…— Rió con mucha amargura. Y luego, con una expresión tierna, me miró y me dijo estas palabras:

— Pero, con todo lo que ha pasado en estos días, me he dado cuenta de que no me hace falta eso, porque ya tenía a alguien más a mi lado, eres tú. —

Ella no me estaba mintiendo, decía la verdad, con todo su corazón. Luego, me prometió esto:

— ¡Pasaremos más tiempo juntas, te lo prometo! ¡Intentaré no dejarte sola, aunque creo que será un poco imposible! — Le respondí con la cabeza, toda feliz.

Ella intenta cumplir su promesa, intenta pasar conmigo todo lo que puede, ahora cocinamos y vemos series juntas. Sigue buscando trabajo, aunque le cuesta encontrar uno en donde le deja horas libres para estar conmigo. Ahora ya puede tolerar que Charlie venga a mi casa, aunque a ella le cuesta mucho decirle algo, aparte de hola y adiós. Al parecer, el problema que mi madre tiene con los padres de mi novio le impide tratarlo como desearía.

Creo que la situación entre ellos, tras años de verse, se volvió mucho peor, pero no nos afectó a nosotros. Porque Charlie me mostró antes sus padre y les dijo que era su novia, quedaron estupefactos:

— ¡¿Entonces, Charlie, huiste de casa para buscarla y te quedaste a acompañarla!? — Le preguntó su padre.

— No podría dejarla sola, papá. — Respondió mi novio, inflando su pecho de orgullo.

— Eso se hace, ¡qué hijo tengo…! — Su padre le gritó feliz, pero la aterradora mirada de su mujer, lo hizo callar y cambiar de tono: — Eso está mal, niño. Debiste haber llamado a la policía y algo. —

Mi futuro suegro parecía aceptarlo de buena gana, pero la madre me miraba con mucho desprecio y sospecha: — No me puedo creer que mi niño tenga novia. — Y luego soltó estas palabras, muy conmocionada. — ¡Sois demasiados jóvenes! — Añadió, llena de rabia: — Y además, es hija de esa…— Pero su hijo se le quedó mirando, poniendo en ataque, me di cuenta de que se estaba preparando para defenderme, y su madre se dio cuenta. Dio un gran suspiro y se dirigió hacia mí: — Se nota que te quiere mucho. Por favor, no le metas en más problemas. — Le respondí tímidamente que sí, y con algo de miedo.

A partir de ahí, las cosas empezaron a calmarse. Dimos las últimas clases del año, y todo el mundo pasó de nuestra relación, más centrado en aprobar y poder salir del colegio, para saltar a la secundaria. Habían muchas dudas entre ellos, algunos emocionados por el cambio, otros aterrados. A mí me daba igual, de todas formas, lo único que me importaba era pasar tiempo con Charlie, aparte de que pude aprobar los exámenes que nos quedaban.

Aún así, todo el mundo deseaba saber que me había pasado, y vino alguna que otra persona intentando cotillear sobre mí, como Klara Ben-Gurión.

— ¿¡Qué te pasó, mina!? — Entre clases, ella se puso delante de mi escritorio y me empezó a hablar: — Vos desapareciste y todos tuvimos que buscarte. Dicen que acabaste en un hospital abandonado y todo, y que te hicieron algo chungo. —

— No fue nada grave. — Le respondí de mala gana. — Nada de lo que te interese. — No iba a decirle nada a una cotorra como ella.

— ¡¿En serio!? — Y se hizo la sorprendida.

Aún así, no podría negar que le hice algo malo, me sentía mal por haber perdido la compostura y haberle tirado de los pelos. Aunque parecía como si ella no lo recordaba, me dio igual, necesitaba decirle esto:

— Lo siento…— Aunque fuera a regañadientes.

— ¿¡Por qué!? — Hizo como si no lo recordaba. Entonces, abrió la boca y añadió: — Ah, ¿por lo del otro día? —

Moví la cabeza afirmativamente. Entonces, con un tono de voz muy bajita, pronunció estas palabras:

— No te lo perdono, boluda. Te lo devolveré, pero hoy no…— Eran sinceras, eran verdades que salían de una mentirosa y cotorra como ella.

Luego, sonrió como si nada, movió la mano en señal de despedida y se alejo de mí. Ignoré eso, me dio poca importancia. De todas maneras, pronto la iba a dejar de ver. Dicen que, por sus buenas notas, podría tener las becas suficientes para entrar en el instituto más caro de toda la ciudad. Me quedé mirando al cielo, preguntándome qué podría hacer en el verano.

Volviendo a la conversación con Nadezha, yo le pregunté esto:

— ¿P-puedo referirme a t-ti, como hermana? — Jugaba con las manos, algo avergonzada. — P-parece que no te gusta, pero a mí me encantaría llamarte así…—

Después de conocer a más profundidad a Nadezha, me di cuenta de que ella es genial e increíble. A pesar de su aparente seriedad y del miedo que transmitía, es alguien amable y valiente. A pesar de llevar el pelo blanco, es una chica hermosa y femenina. Es dura, pero tiene buen corazón, como si fuera una mama Osa o algo así, pero en versión humana. Deseé ser su hermana, desde entonces, ser protegida por ella.

— No creo que nadie normal aceptaría que la chica que les atacó con una pistola eléctrica les llame hermana o hermano por la cara…— Me replicó con una cara muy seria.

Yo me quede cabizbaja, tristona, pero consciente de que ella tenía razón. Pero, al ver mi reacción, ella se sintió y añadió esto: — Pero, creo que, por desgracia, no soy normal. —

Aceptó, y me puso eufórica: — ¡Muchísimas gracias, estoy tan feliz, hermana! — Intenté abrazarla, pero ella me detuvo con la mano, mientras decía esto: — ¡No me abraces! —

— ¡Lo siento! — Me aleje de ella, y luego añadí, emocionada: — ¿Ahora, podemos hablar cosas de chica, cierto? —

Ella se quedó con la boca abierta, extrañada. Yo decidí explicárselo:

— En verdad, incluso hay temas que cuesta hablar con Charlie, y creo que sólo pueden ser habladas por las chicas. Nunca tuve realmente a una amiga. Sería genial hablar de esas cosas contigo, hermana. —

Ella dudó por uno momento, mirándome raro. Pero luego, lanzó un resoplido y añadió esto: — Bueno, no tengo más remedio, me aburro como una ostra en este lugar. —

Y me puse a hablar un buen con ella, le dije de todo, desde mis preocupaciones sobre el cuerpo de las chicas hasta de cómo podría enfrentar a mis futuros problemas amorosos. Y ella me escuchó tranquilamente, y me respondió todas las veces que hubo falta.

Llegué a preguntarle cosas que no tenían nada que ver con las chicas, pero asintió y me escuchó. La hora se paso volando y disfrute con la conversación, una de las mejores que tuve en toda mi vida.

Entonces, vino alguien inesperado, que hizo terminar nuestra conversación:

— ¡Buenas tardes, osa rusa! — Giré mi cabeza hacia la puerta y la vi, me quede sorprendida.

— ¿¡Carleen de Valera!? — Y ella se quedó igual que yo, no se esperaba mi existencia.

— ¿¡Martha Malan, qué haces aquí!? — Pregunté, a continuación.

La chica número de mi clase había aparecido ante nosotras, y llevaba una ropa extraña, que parecía ser asiática, muy linda, con estampas de florecitas y un mono sobre la cabeza. Parecía una completa extranjera.

Ella ni me contestó, pasó de mí. Más bien, lo único que tenía a mente era Nadezha, a quién se le acercó y le dijo esto:

— Nadezha, te quiero pedir un gran favor. — Juntó las manos con desesperación y añadió: — ¡Ayuda a Mao, tú eres la única que puede conseguir que él se enfrente a sus propios fantasmas! ¡Él se ha ido a las montañas, sal en su búsqueda y enfréntate a él! ¡Te lo suplico, por su propio bien! —

Las dos nos quedamos boquiabiertas, no nos esperaba esto. Me quedé preguntando de qué trataba todo esto.

FIN

Anuncios
Estándar
Centésima vigésima segunda historia

La araña: Decimocuarta parte, centésima vigésima segunda historia.

El silencio dominó el lugar por unos cuantos segundos más, como si Nadezha y el resto esperasen una respuesta mía. Pero fue roto por la voz de Sheldon, quién gritó:

— ¡Se está moviendo! — Miré hacia ellos, vi como él empezó a lanzar quejidos de dolor, mientras empezaba moviendo los brazos. — ¡Charlie está vivo! —

Di una expresión de alivio, al escuchar eso. Nadezha y los gordos se acercaron a ellos, preguntándole si estaba bien. No les contestaba, sólo intentaba ponerse de pie. Sheldon le ayuda a levantarse, dejando que Charlie se apoyará sobre sus hombros. Luego, me miró hacia mí.

— Charlie, yo…— Intenté decir algo, pero desistí al momento.

No había excusas que valieran, todo lo que hice se volvió en contra mía. Me había dado cuenta de que había hecho mucho daño sin necesidad y no podría ocultarlo, ni menos a mí misma.

Una expresión de tristeza se vio en su rostro, mientras me observaba. Luego, puso una de horror, como si estuviera viendo un monstruo. Dio unos pasos para atrás, como si se quería alejarse de mí, con muchísima dificultad, y se escondió detrás de Nadezha. Ver su reacción, hizo trizas mi corazón.

— ¡L-lo siento, de verdad, yo sólo quería ayudarte, q-que no estuvieses más sola…! — Empezó a pedir disculpas. — ¡Pero no puedo…! — Miró hacia otro lado, ya incapaz de verme. — Después de esto, me das miedo…—

— ¡Te lo dijimos, todo el mundo te lo dijo, esa niña estaba flipada, en una noche ha electrocutado a casi todos! — Le reprochó Sheldon.

— ¿No deberíamos quitarle eso, ya que no tiene en la mano? — Preguntó uno de los dos gordos, mientras señalaba la pistola eléctrica.

El otro intentó acercarse, para quitarme el arma, pero Nadezha le detuvo y me volvió a preguntar:

— Respóndeme, Carleen de Valera, ¿esto es lo que deseabas? — El silencio volvió ser mi respuesta. Ni tenía ganas de decir algo.

Empecé a preguntarme cómo había a este punto, rememorando todo lo que me había pasado estos días. Y no entendía cómo terminé de esta manera, cómo llegué al punto de huir de mi casa y electrocuté a todo aquel que se interponía en mi camino. Yo era una simple niña, que no hacía daño ni una mosca, y en cuestión de días, me convertí en algo horrendo. No dejé de repetir para mis adentros que lo sentía mucho, que no era mi intención. Pero el daño ya estaba hecho, con mis propias manos, cerré mi futuro brillante, y caería derecha en la total soledad. No sólo perdería a Charlie, sino que además nadie se acercaría a mí y todos me mirarían con miedo. Mi propia madre también estaría asustada y me mandaría a una cárcel para niños, encerrada en una habitación sin nadie más a mi lado. Mi telaraña de amor fue destruido por mis propias manos y ante mí sólo estaba el abismo.

Las palabras de Nadezha resonaron con fuerza en mi cabeza: “Tú ves a Charlie como un medio para salvarte, un simple muñeco para evitar sentir el profundo miedo a estar sola y dormir tranquila por las noches”, “has confundido tu necesidad de estar sola con estar enamorada”. Ya no sabía en qué creer. Empecé a pensar que ella tenía razón, que él sólo era un seguro de vida para no sentirme sola. Pero todo lo que viví junto con él, todo lo que nos habíamos divertido y disfrutado juntos, era real, yo sentía verdadero amor hacia él. Cogí mi colgante y lo miré detenidamente, era un símbolo real de que él me amaba. Pero ahora había perdido todo su significado, porque la persona que me lo dio se iba a marchar de mi vida, y no podría soportarlo.

¿Este dolor se acerca al que sintió mi madre cuando se dio cuenta de que había dejado marchar el amor de su vida? ¿Yo estaría, como ella, buscando un sustituto de mi primer amor y sufrir por toda la vida por no aceptar que se termino? No quería eso, no deseaba ese futuro por nada del mundo.

Mi pecho ardía de sufrimiento, quería llorar, pero no me quedaba lágrimas. Todo lo empecé a ver negro, como si una oscuridad me empezase a rodearme. Sólo había un pensamiento en mi mente: Desaparecer.

Si ese era el futuro que me deseaba el destino, pues, entonces, me quitaría del medio.

Mirando al cielo, empecé a dar pasos para atrás. Detrás de mí, no había barandilla.

— ¡¿Espera, qué está…!? — Preguntó Sheldon, extrañado. Nadezha gritó horrorizada: — ¡¿No me digas qué…!? —

Dijeron más cosas y gritos, pero decidí pasar de ellos, a este punto ya me daba igual. Ya estaba en el filo. Ni siquiera tuve que llenar de valor para saltar.

La sensación de caer hacia abajo era muy desagradable, se me revolvió el estomago y el viento era molesto. Aunque pensaba que eso pasará muy pronto, no sentiría nada al tocar suelo. Miré la luna, por un momento, estaba preciosa. Y luego cerré los ojos para no ver lo que me pasaría.

Tal vez esto sea lo mejor para todos, y para mí, me dije a mí misma.

Ya no sería un peligro para Charlie y sus amigos, mi madre se libraría de mí y yo no me tendría que enfrentar a la soledad nunca más.

— ¡No pienso permitir que te suicides! — Pero, entonces, oí esta voz.

Y algo me atrapó y me agarró con todas sus fuerzas, en mitad de la caída. Luego, nos abalanzamos hasta chocar contra la pared del hospital, oyendo el choque que sufrió aquella persona que me había atrapado. Abrí los ojos la momento, y me quedé perpleja.

— ¿¡Por qué, por qué me has salvado!? —

Era la mismísima Nadezha, que se había atado ella misma  con la cuerda y saltó para atraparme. Tenía una expresión de dolor en su rostro. Yo era incapaz de comprenderlo. Después de todo lo que hice, de haberla amenazado y de electrocutar a su novio y a ella, debía haber dejado que desapareciera.

— ¿¡Crees que voy a vivir con la conciencia tranquilo después de ver cómo una chica se suicidará delante mía!? — Me gritó con fuerza, mientras me agarraba con muchísima fuerza. — ¡Ni en broma! —

¿Suicidarme? Era la primera vez que oía esas palabras, pero me dio igual. La cuerda se tambaleó fuertemente y bajó un poco. Se escuchó gritos en lo alto del edificio:

— ¡Subid de una vez! ¡Pesáis una barbaridad! — Era la voz de Sheldon, nos estaban sosteniendo. — ¡Charlie, deja de chillar, ayúdanos! —

Y Charlie estaba gritando, fuera de sí. El estrés le había puesto en ese estado y era incapaz de actuar.

Con sólo escucharle, me sentí fatal conmigo misma, le estaba haciendo muchísimo dolor.

— Pero me lo merezco, después de todo lo que hecho…— Le repliqué, mientras recordaba con asco y horror lo que hice.  — Debería desaparecer, eso sería lo mejor para todos. —

— ¡Idiota! ¡Charlie jamás se lo perdonaría, a pesar de todo, él te quiere, y ver morir a alguien querido es algo horroroso! ¡Sólo le provocarías más daño a él! ¡Y no sólo eso, destrozarías a tu familia, a tu madre, y a muchas más personas! ¡¿Crees que eso va a recompensar lo que has hecho!? —

La cuerda bajó de golpe y di un chillido de sorpresa, mientras escondía mi cabeza entre el pecho de Nadezha, muy asustada. Al pasar eso, pude pensar sobre su respuesta y me di cuenta de que ella tenía razón. Sólo estaba produciendo más dolor. Entonces, las lágrimas pudieron salir de mis ojos.

— Lo siento, de verdad, yo sólo tenía mucho miedo, de estar sola toda mi vida y morir así. No quería se le alejará de mí, él es la única persona que me entendía y me comprendía, no se quitaba del medio como mi mamá, ni me iba hablando cuando le convenía como los demás compañeros de clases. Si lo perdía, creía que sería el fin para mí. …— Fui interrumpida por otro brusco balanceo de la cuerda. — Tú parecías mucho más interesante, hablaba de ti como si fuera lo más, creía que me lo quitarías. Pero, pero…— Reí con amargura. No pude continuar.

Nadezha se balanceó con la cuerda, con una mano sobre ella y la otra conmigo, mientras yo me agarraba como podía. Intentó subir para arriba, pero no hubo manera, conmigo le era imposible.

— ¿¡Qué haces, Nadezha!? — Le gritaron desde arriba. — ¡No te pongas a mover la maldita cuerda! —

— Intento subir, ¡maldición! Pero es imposible. — Luego se dirigió hacia mí, diciéndome esto:

— Si crees que él se alejaría de ti de una forma tan fácil, creo que no le conoces realmente. —

— ¿¡Por qué dices eso!? — Pregunté, sorprendida. Ella intentó subir de nuevo, pero se resbaló e caímos un poco, la cuerda daba señal de que se estaba rompiendo. Luego, me respondió:

— Iba a tu casa cada vez que siempre podría, te defendió de sus amigos, siempre busco tu bienestar, incluso se fue de casa contigo para no dejarte sola, ¿¡crees que él te abandonaría, después de ver todo lo que hizo por ti!? Si piensas así es que eres más tonta de lo que creía. —

Abrí los ojos como platos, mientras recordaba todos los ratos que habíamos pasado junto. Nadezha tenía razón. Aún cuando tenía amigos, siempre buscaba un rato para estar conmigo. Cuando lo necesitaba, él aparecía para darme apoyo. Pudo haberse quitado en cualquier momento, pero no lo hice. Mi miedo me cegó, él no se hubiera separado de mí. Me sentí tan estúpida, ¿¡por qué me di cuenta antes!?

— ¡Las cuerdas nos está quemando las manos! ¡Subid de una vez! — Gritó Sheldon.

La cuerda volvió a moverse bruscamente y caímos un poco más. Estaba muy inestable Miré hacia abajo, el suelo se veía muy alejado. De un momento para otro, íbamos a caer contra él. Sentía que ya estábamos sentenciadas.

— Es verdad…— Pero ya no me sentía agobiada ni aterrada. — A este caso, ¿caeremos y moriremos, cierto? Por lo menos, no moriré sola. — Me sentí feliz por tener a alguien conmigo en mis últimos minutos, aunque no fuera Charlie.

Nadezha me replicó fuertemente: — ¡No digas tonterías! ¡Por nada del mundo voy a morir, aquí y ahora, por una estúpida niña! —

Entonces, ella se balanceó y se pegó a la pared, mientras gritaba esto:

— ¡Cambiamos de planes, chicos! ¡Soltad poquito a poco la cuerda, que iremos bajando! —

— ¡¿Estás loca!? ¡¿Y si se nos escapa la cuerda!? — Le gritó Sheldon.

— ¡No hay más remedio! — Miró de abajo para arriba el edificio. — ¡Estamos alrededor del tercer piso y la cuerda debe tener casi veinte metros o algo, podemos llegar! —

Y la cuerda empezó a bajar poco a poco. — ¡Voy a sobrevivir de esta! ¡Como siempre he hecho! —

Nadezha empezó a apoyarse en la pared para bajar.

— ¡Tengo muchas que hacer, muchos objetivos que cumplir! ¡Una familia que crear y seguir disfrutando de la compañía de mi Vladimir! ¡Cumplir la promesa que le hice a mi tía! ¡Solucionar mis problemas con un estúpido amigo! Por eso mismo, ¡no voy a dejarme morir por los caprichos de alguien como tú! —

Miré su rostro, sus ojos decididos, dispuestos a enfrentarse a lo que fuera. Empecé a entender por qué le caía bien a Charlie, con ella yo me estaba sintiendo segura, se veía como si fuera una hermana mayor confiable.

Habíamos bajado al primer piso, cuando la cuerda se detuvo. Nadezha tiró de ella para avisarles de que debían bajar más.

— ¿Qué pasa? Ya estamos a punto de conseguirlo. — Luego, les gritó.

— ¡No podemos más! — Apenas nos costaba oír las palabras de Sheldon. — L-la cuerda es corta. — La cuerda empezó a tambalearse. — Estamos casi en el filo…— Entonces, se les escapó de las manos. — ¡Mierd…! — Y nosotras caímos al suelo.

Chillé con fuerza, con los ojos cerrados. Y finalmente choqué contra el suelo, sintiendo un dolor atroz, dando fuertes alaridos. Entonces, tras pasar unos segundos, abrí los ojos. A pesar de lo que sentí, había sobrevivido a la caída. Y me di cuenta de que estaba ilesa, gracias a alguien.

— ¿¡Nadezha!? —  Le pregunté, toda preocupada. — ¡¿Estás bien!? —

Ella me había protegido con su propio cuerpo, había caído de lado y estaba rabiando de dolor, con sangre saliendo de ella.

— ¡Primero, me electrocutan, y luego caí de un edificio, esto no parece ser mi día de suerte! — Entonces, ella empezó a reír.

Yo, llena de culpabilidad, solté esto, abrazándola con fuerza:

— Lo siento, Nadezha, ¡lo siento mucho! ¡Perdón por haberte amenazado, por haberte electrocutado, por haber hecho que me salves! ¡Perdóname! —

Aún así, estaba aliviada por el hecho de que ella siguiera viva. No me lo hubiera perdonado jamás si hubiera muerto.

— ¡En vez de pedir perdón, llama a una ambulancia! — Me gritó, entre gemidos de dolor, moviendo su cuerpo de un lado para otro.

Entonces, Sheldon y los gordos aparecieron, llorando a moco prendido, con cara de horror.

— ¡¿Estás bien, Nadezha!? — Gritaba con desesperación Sheldon, ignorando mi presencia. — ¡Por favor, sigue viva! —

La miraron y dijeron esto, con cara de alivio y de alegría:

— ¡Parece que sí! — Gritaron eufóricos los gordos, abrazándose mutuamente. — ¡Menos mal! —

— ¡Esta tía es muy dura de pelar! — Y Sheldon le dio un abrazo a ella.

— ¡No me abracéis, llamad a una maldita ambulancia! — Les gritó con fuerzas. Sheldon le dijo que vale y ordenó a los gordos esto:

— ¡Llamad a esos mugrosos, los que se han llevado a Jackie y a Vladimir al hospital! —

— ¿Los mendigos esos, que se dicen llamar Payasos anónimos o alguna tontería así? —

— ¡Sí, daros prisa, por el amor de Dios! — Les gritó Nadezha, desesperada, rabiando de dolor. Intentó levantarse.

— ¡No te levantes, mujer! — Sheldon intentó detenerla. — ¡Te has caído de un edificio, deberías estar casi muerta! — Y los dos empezaron a pelearse.

Di un fuerte suspiro de alivio y tristeza. Decidí quitarme del medio, pensaba ir a los policías y entregarme. Después de todo, hice daño a mucha gente. Al girarme, me encontré frente a frente a Charlie. Me quedé paralizada, no sabía qué hacer.

Y sorprendida, era la primera vez que le veía llorando un mar de lágrimas había corría por sus mejillas, su rostro se había vuelto tan expresivo que me quedé sin palabra. No parecía ser él.

Yo agaché la cabeza, me era imposible verle a la cara después de lo que hizo. Entonces, empezó a repetir estas palabras como un loro:

— ¡No lo vuelvas a hacer! ¡Por favor…! ¡Por favor…! — Y me dio un buen guantazo que dejo rojo mi mejilla. — ¡No lo vuelvas a hacer! — Luego, un abrazo, mientras seguía balbuceando palabras.

Estaba preocupado por mí, aterrado por la posibilidad de que yo me hubiera muerto.

— ¡Lo siento mucho, de verdad! ¡No volveré a hacerlo…! — Y yo también le abracé con fuerza, llorando como magdalena. — ¡Ya me he dado cuenta, todo lo que he hecho ha sido un error! —

Los dos estuvimos así durante unos cuantos segundos, llorando y abrazándonos a la vez. Esto se sintió como si fuera una recolocación

— ¡No la perdones así como así, mira todo lo que ha provocado, ha electrocutado a casi todo el mudo! — Nos gritó Sheldon, mientras observaba la escena.

— ¡Llamad a alguien, que necesito asistencia médica! — Y replicó Nadezha, quién seguía en el suelo.

Lo solté y le miré con los ojos, diciéndole esto: — Tiene razón, no te merezco…— Miré para otro lado, avergonzada, sintiéndome incapaz de ver su cara.

Pero me agarró de los hombros e evitó que no esquivara su mirada. Esbozando una pequeña sonrisa en su rostro, me dijo esto:

— ¡Si te dejo sola, provocarías el apocalipsis o algo así!  Eres demasiado peligrosa, así que debo a tu lado. Así que, pelillos a la mar. — E hizo como si cogió pelos y los tirará al viento.

— ¡Me vas a poner roja! — Me tapé la cara con mi pelo, avergonzada. Se sintió como si fuera un halago.

— ¡No me lo puedo creer! ¡Hay que ser imbécil! — Gritó Sheldon.

— No hace falta que llamen a la ambulancia, creo que esto no es tan grave como creía. — Habló Nadezha, que se levantó del suelo y empezó a moverse.

— ¡Pero si has caído de un puto edificio! — Sheldon intentó hacerla sentar en el suelo.

Nosotros, ajenos a esto, seguimos mirándonos el uno al otro. Charlie se acordó de algo y sacó una cosa de su bolsillo.

— Además, se te ha caído esto. — Era el colgante que me había regalado.

— ¡Mi colgante! — Yo sorprendida, palmeé mi cuello. Me di cuenta de que se me había caído. Tuvo que ser durante la caída.

Iba a cogerlo, pero entonces Charlie me lo puso él misma, mientras me decía esto: — Te ves mucho más linda con ese colgante. —

— ¡Gracias! — Le dije esto, muy colorada, antes de darle un grandísimo abrazo: — ¡Te quiero mucho, muchísimo Charlie! ¡Gracias por perdonarme! —

No hacía falta que tuviera que tejer una telaraña, nuestro amor no necesitaba algo así, ¿por qué no me di cuenta de eso antes?

FIN DE LA DECIMOCUARTA PARTE

Estándar
Centésima vigésima segunda historia

La araña: Treceava parte, centésima vigésima segunda historia.

— ¡Espera, espera, un momento! ¿¡Podemos hablar tranquilamente esto!? ¡¿No crees que estás yendo demasiado lejos!? —

Me gritó Sheldon, protegiéndose con sus brazos, después de que yo le hubiera dicho que le iba a dejar frito con el poder del amor.

— No. — Le respondí esto rotundamente.

Él, sin levantarse del suelo, tragó saliva, no dijo nada por unos cuantos segundos, sólo se quedó mirando cabizbajo. Yo me quedé dudando si atacarle o no de una vez. Estábamos separados unos metros del uno al otro, así que si me lanzaba hacia él de golpe, tal vez huiría. Más bien, deseaba que se comportara como Jackie y Vladimir, y se lanzase hacia mí sin pensar. Por eso, esperé.

— Ya veo…— Entonces, lanzó una molesta carcajada y se levantó poquito a poco del suelo. — No puedo  dejar que me electrocuten sin luchar primero. Quedaría fatal. —

Me preparé, creía que él se iba a lanzar hacia mí, como el resto.

— ¡Prepárate, allá voy! — Me gritó, por su rostro y actitud, parecía decisivo. Luego, salió corriendo hacia mí.

— ¡¿No has aprendido nada de tus amigos, eh!? ¡Mejor para mí, sufre el poder del amor! — Alcé la pistola en su dirección, dispuesta a dejarle frito.

Pero, entonces, a mitad de camino, él cambió de dirección, dobló a mi izquierda y se fue derecho hacia un pasillo. Me sentí abochornada, me había engañado. Con los mofletes inflados y las cejas fruncidas, le grité con todas sus fuerzas:

— ¡¿No decías que ibas a luchar!? —

— ¡Ja, te mentí a medias, no iba a dejar que esa taser, o como se llame, me toqué, pero ni en sueño iba a luchar! ¡Después de todo, soy un perdedor, huir es lo mío! — Él lanzó risas burlonas hacia mí, mientras corría como una gallina. Ese chico no tenía vergüenza, ni dignidad.

— ¡Vaya maricón! — No me quedé quieta, lo empecé a perseguir. — ¡Tengo que detenerlo! —

Me di cuenta de que si se encontraba con Charlie, lo usaría como escudo contra mí, o algo parecido. Era imprescindible pararle los pies.

Corrí a toda velocidad. En cuestión de segundos, lo alcancé. Cuando está cerca suya, él se dio cuenta. Me miró por un momento y dio un chillido.

— ¡Oye, ¿cómo puedes correr tan rápido?! — Giró la cabeza e intentó correr más rápido. — ¡Mierda, mierda, me va a alcanzar! —

Gruñí, ya me estaba costado correr a su velocidad, lo cierto es que él era muy rápido. A pesar de la distancia, intenté disparar la pistola.

— ¡Muere! —  Grité. Por poco, la descarga lo alcanzó, pero lo esquivo, entre chillidos. — ¡Por poco! —

— ¡Toma esa, bruja! — Se burló, pero luego pidió disculpas, al ver que le ataqué de nuevo: — ¡Perdón, perdón! —

Nuestra carrera fue frenética. Si no fuera por la luz de la luna, no se vería nada, aunque el pasillo seguía estando muy oscuro. Hubo alguna que otra vez que casi me iba a caer, porque choqué con algo. Él también estuvo a punto de dar un castañazo. Al final, se veía el final del pasillo. Unos metros atrás, se veía unas escaleras. Si Sheldon no las cogía, quedaría atrapado en un camino sin salida. Por tanto tenía que doblar, tiempo que perdía y que yo podría aprovechar para electrocutarlo. Forcé a mis piernas a correr más y alcé la pistola, preparándome para el momento.

— ¡De aquí no vas a salir! — Grité, cuando llegamos a las escaleras, y él estaba a punto de doblar.

Dio un chillido de horror, pero mis descargas no lo alcanzaron, por muy poco. Caí al suelo, agotada por la carrera que me di. Sheldon, igual de agotado que yo, subió a gata las escaleras.

— ¡E-eres peor que una cucaracha! — Balbuceé, no podría ni hablar, necesitaba recuperar el aliento. — ¡P-para ser un perdedor, estás durando demasiado! —

— Eso es un elogio, ¿no? — Él se levantó del suelo. Yo también hice lo mismo. — ¡Supongo que a los perdedores le dan bien esto de correr como ratas! — Subió las escaleras que le quedaban como pudo. Yo le perseguí, apoyada a la pared, ya que apenas veía nada.

Él siguió hablando: — No tengo nada bueno, las chicas me ven como un bicho, los chicos como un payaso, y siempre muestro lo peor de mí. No sé por qué tengo amigos. — Lanzó una dolorosa carcajada.

Así llegamos al segundo piso. Yo le intenté atacar, pero estaba muy lejos de mí. Me puse más nerviosa que antes, estábamos en el piso en donde se encontraba mi Charlie. Tenía que electrocutarlo, o sacarle del piso.

Él, incapaz de salir corriendo, mientras se ponía a una distancia segura de mí, añadiendo esto:

— Es cierto, Charlie me parece un bicho raro y al principio me junté con él porque no tenía más remedio, pero…— Puso una expresión extraña para mí. —…hacemos un buen dúo cómico. Yo digo tonterías y él se burla de mí. En cierta manera, aunque me molesta y me enfada, es algo que echó en falta, ¡sin él, las cosas serán menos divertidas! — Dio un paso para atrás, preparado para salir corriendo por el pasillo que llevaría a la habitación en donde estaba mi amor. — No puedo dejar las cosas así. —

Lo dijo como si a él realmente le importará Charlie, como si realmente fuera alguien querido por él. Me negué aceptar esas palabras que salieron de su boca, eran completas mentiras.

— ¡No digas tonterías, para ti, mi Charlie no es nada! ¡Sólo te hiciste su amigo para no estar solo! —

Salí corriendo hacia él, y se dispuso a huir. Pero lo alcancé, lo pase y me puse en medio, deteniendo su avance.

Moví la pistola eléctrica, sin apretar el botón, él cayó de bruces al suelo y se alejo como pudo de mí.

Entonces, recordé las palabras de Nadezha, y grité: — Y-yo, ¡yo soy diferente! — Dominada por la furia, intentaba golpear a Sheldon como si él fuera esa chica con pelo de vieja: — ¡Maldita Nadezha, Charlie no es un seguro de vida para mí, él es mi media naranja, estamos unidos por el destino, vamos a permanecer unidos toda la vida! —

— ¡La que dice tonterías eres tú! — Me gritaba confundido, intentando esquivarme. — ¡No entiendo lo qué dices! —

— ¡Cállate, cállate, tú no lo entiendes! ¡Repelente de mierda! — Incluso le intenté patear, pero se levantó del suelo.

Entonces, volví a mover la pistola de un lado para otro, sin apretar el botón, empujando a Sheldon hacia atrás, alejándolo así de la habitación en donde estaba Charlie. Él, al no tener escapatoria, tuvo que subir las escaleras. Yo seguí persiguiéndolo. En el tercer piso, nos movimos de un pasillo para otro, con él esquivando todos mis ataques, chillando como loco. Era frustrante, ese maldito repelente era muy escurridizo, no encontraba forma de alcanzarlo, y ya me encontraba exhausta.

Al final, subimos piso a piso, llegando hasta al final de las escaleras, la azotea.

— ¡Mierda, ¿ya no hay salida?! — Gritó de horror, mientras miraba hacia abajo del edificio. — Mi plan de subir escaleras hasta al final para luego ir al otro lado y bajarlas ha sido un fracaso…—

Intentó dar la vuelta y bajar las escaleras, pero se encontró conmigo, obstaculizando la única salida. Me reí de él, para luego decirle esto:

— ¡Imbécil tenías que ser! ¡No importa, por fin, te daré lo que mereces! —

Inspiraba e respiraba sin parar, estaba destrozada, todo el cuerpo me dolía de tanto correr y atacar. Me sentía aliviada de que por fin podría acabar con Sheldon.

— Pensaba salir de aquí y avisar a Nadezha…— Rió nerviosamente. — O llamar a la policía, o algo así. Pero…— Gritó, lleno de desesperación, poniéndose las manos a la cabeza. — ¿¡En serio, tengo que luchar!? —

Se me quedó mirando por unos segundos. Después, soltó un gran suspiro y añadió esto:

— ¡Eres una chica, no debería golpearte! ¡Pero, soy un perdedor, y los perdedores no respetan a las chicas! — Se puso en posición de ataque. — ¡Así que lucharé! —

— ¡No me hagas reír! — Solté varias carcajadas. — Si una vez llorarte, porque una chica te pillo mientras le veías las bragas, y te pegó. — Ni siquiera era capaz de ganar a una chica, así que debía estar callado.

— ¿Oye, cómo lo sabes? — Gritó sorprendido, y muy avergonzado. Luego, añadió con desvergüenza: — Aunque la verdad es que sus braguitas eran muy bonitas. — Me dio mucho asco oír eso.

Al ver mi reacción, me señaló con el dedo e intentó actuar como si fuera un héroe de acción:

— Te quitaré esa cosa de encima, ¡cuando lo haga, ya dejarás de ser un peligro, Carlina de Valeria! —

— Mi nombre es Carleen de Valera, imbécil. — Le repliqué con furia.

Se lanzó hacia mí, dando gritos patéticos de guerra, como si no hubiera aprendido de Jackie. Alcé la pistola eléctrica y él saltó para atrás, alejando todo lo que pudo de mí, sin darse cuenta hasta chocar con la barandilla. Yo fui hacia él y éste lo esquivo por los pelos, de nuevo. Me era incomprensible, me preguntaba con rabia si yo era muy lenta o él era muy exageradamente ágil esquivando las descargas.

Así estuvimos un buen rato, yo atacaba y él esquivaba como podía, llegando a dar vueltas por el suelo o chocándose por la barandilla, chillando a gritos como idiota. Como la azotea era enorme, tenía espacio suficiente para huir de mí.

— ¡Maldición, deja de moverte, niño rata! — Le grité, cuando ya estaba cansada de perseguirle como idiota.

— ¡¿Crees qué lo voy a hacer!? — Se atrevió a burlarse de mí, mostrándose el culo de forma vulgar.

— ¡Eres un inmaduro de mierda! — Casi estuve a punto de electrocutarle, aprovechando aquel gesto que me hizo para alcanzarlo. Gruñí de ira.

— ¡Ay, Dios, casi me alcanza! — Chilló de terror, mientras salía corriendo.

Yo me centré tanto en atacarle que se me olvido de que la puerta de la azotea estaba abierta. Pero en ningún momento se atrevió a huir de ahí. Entonces, me di cuenta de lo que estaba haciendo, que estaba luchando de verdad. Me reí para mis adentros, había caído en su tonto plan.

A continuación, yo caí al suelo, poniéndome a inspirar e respirar como si estuviera agotada. Dejé la pistola eléctrica y empecé a decir estas cosas:

— ¡En serio, eres muy rápido! ¡Yo ya no puedo más! —

— ¡Has caído, bruja estúpida! ¡Ahora la pistola es mía! — Gritó a los cuatro vientos, saliendo corriendo hacia mí, con cara de victoria.

Y cuando estaba a medio metro de mí. Le dije esto: — El único idiota eres tú. — Cogí la pistola y se la puse sobre la garganta. Él, que se paró en seco, totalmente paralizado. Su jugada le había salido mal, ahora iba a ser electrocutado de un momento para otro.

— Ya veo, ¿¡entonces, deseabas agotarme, no!? — Añadí, con un tono burlón, mientras le miraba con una sonrisa, que le perturbaba.

— N-no, no era ese es el plan. — Sudando como un cerdo y con su cuerpo temblando, me intentó mentir.

— Es muy obvio, idiota. — Le replicó.

— Ya veo. — Lo reconoció. Al ver su rostro, se notaba que se dio cuenta que había perdido. — La verdad es que no tengo más…—

Estaba acorralado. Yo empecé a empujarle, yendo él para atrás hasta chocar contra la barandilla, mientras le decía esto.

— Por fin, me ha costado mucho detenerte. — Empezó a caminar paralelamente por ella, hasta llegar a un lugar dónde no había, ahí se detuvo. — Te lo dije, ¿no? El poder del amor iba a vencer. No hay escapatoria. —

Sheldon parecía mudo, sólo me miraba con muchísimo miedo. E incluso no se percató de que se había alejado medio metro de mí, porque se lo permití yo. Ya ni era incapaz de intentar huir. Aunque, al verle así, comportándose como un cordero a punto de ser degollado, me hizo sentir un poco mal. Parecía como si yo fuera la mala de la película. Solté un fuerte suspiro, y añadí.

— Lo siento, yo no quería a esto, pero vosotros, y Nadezha, no me habéis dejado más salida que esta. Y eso que os lo dije, os lo avisé, ¡pero nada! Es vuestra culpa, por no escuchar. — Esto era más dirigido hacia mí misma que al propio Sheldon.

Respiré e inspiré fuertemente, preparándome para lo que iba a hacer. Luego, antes alcé la pistola y gritarle con todas mis fuerzas esto:

— ¡Ahora, disfruta de las descargas de mi telaraña de amor, repelente de mierda! —

Y apreté el botón, y los dardos alcanzaron a alguien, que no era Sheldon. Alguien, de repente, se interpuso entre nosotros dos y se electrocutó, dando un gran chillido de dolor, que estremeció mis oídos. Su cuerpo cayó al suelo.

— ¡No puede ser! — Dije, horrorizada, con los ojos bien abiertos. La pistola eléctrica se me cayó al suelo, y yo también. — ¿¡P-por q-qué!? — Ni siquiera era capaz de hablar bien.

— ¡Charlie, ¿m-me has p-protegido?! — Sheldon se abalanzó hacia él, y lo levantó del suelo. — ¡¿Colega, por qué!? — Estaba llorando a mares, con una verdadera sinceridad. — ¡Vamos, despierta! ¡Di algo! ¡No te me mueras, imbécil! ¡¿Ahora quién se va a burla de mí!? — Lo azuzaba, fuera de sí.

Charlie se interpuso entre nosotros y se sacrificó por aquel repelente de Sheldon. Me quedé en blanco, incapaz de asimilarlo. Había atacado al amor de mi vida, a mi media naranja, a la única persona que me podría salvar de la absoluta soledad.

— ¡¿Por qué!? — Rompí a llorar, repitiéndome estas palabras una y otra vez: — ¿¡Qué he hecho!? —

Luego, pasaron varios minutos que se sintieron como si fuera eternos. Con mi cara oculta por mis manos, lloraba desconsoladamente, ignorando todo lo que estaba alrededor, entre ellos los gritos desesperados de Sheldon.

Al final, lo que me hizo volver a la realidad, fue una voz, la de cierta chica.

— ¿¡Estáis bien!? — Alcé la mirada hacia la puerta de la azotea. Ahí se encontraba Nadezha, junto con los dos gordos que dejaron a sus amigos encerrado en el hospital y salieron pitando.

— ¿¡Nadezha!? — Gritó de alegría, Sheldon. — ¡Estás aquí! —

— ¡La hemos traído! — Dijeron los gordos. — ¡No pensábamos en abandonaros, venimos en busca de ayuda! —

La miré por un momento, ella llevaba una especie de enorme chaqueta de plástico, como las que usaban los pescadores. Y también llegaba en sus manos unos guantes y unas cuerdas. Se había preparado para enfrentarse a mí y atraparme.

— ¡Mierda, os dije que estuvierais sin mover un musculo! — Le gritó enfurecida, golpeando con tanta furia la pared que le salió sangre. Sheldon calló, entristecido. — ¡Mirad lo que ha pasado! ¡Hemos llegado tarde! — Ella le señaló a Charlie.

Y luego se dirigió hacia mí, con una voz llena de rabia y dolor:

— Carleen de Valera, ¿¡esto es lo que deseabas!? Te lo repito de nuevo, ¿¡esto es lo que querías, hija de puta!? —

Lo único que pude hacer fue quedarme en absoluto silencio.

FIN DE LA TRECEAVA PARTE

Estándar
Centésima vigésima segunda historia

La araña: Doceava parte, centesima vigésima segunda historia.

Por unos cuantos minutos, creía realmente que ella estaba muerta. Luego, su cuerpo ya empezó moverse, con muchísima dificultad. Intentaba levantarse, pero no tenía fuerzas. Entonces, pronunció estas palabras:

— ¡¿C-cómo e-es p-po-posible… q-qué tú tengas una pistola eléctrica!? —

Sólo le dije esto, antes de salir corriendo: — ¡E-esto no es mi culpa! ¡Y-yo no quería hacer eso! ¡Has s-sido tú! ¡Por tu culpa, te he atacado! ¡¿Por qué no hiciste caso cuando te dije que ni tú ni esos estúpidos se volvieran a acercarse a mi Charlie!? ¡¿Por qué!? —

Corrí tan rápido como pude, incapaz de asimilar lo que había hecho, había atacado a una persona. Para mis adentros, no dejé de repetir, una y otra, que no era culpa mía, fue ella, la que me provocó con aquellas palabras. No me detuve hasta llegar a las puertas del hospital abandonado, a pesar de que me había caído al suelo varias veces. Al llegar, caí de rodillas, intentando recuperar el aliento con desesperación. Estaba agotada.

— ¡Gracias a Dios que no la he matado…! — Balbuceé, cuando pude recuperar un poco el aliento, con un gesto de alivio.

— Pero,… — Continué hablando, mientras miraba la pistola eléctrica, conmocionada. — Esto se ha vuelto peor de lo que imaginaba, ¿cómo saldré de ésta? — Tenía ganas de llorar, había metido la pata hasta al fondo.

No sólo me había escapado de casa, y hacer que Charlie hiciera lo mismo, ataqué a una chica con un arma y casi muere por ello. Todas estas acciones me habían llegado a un camino sin salida, me alejarían de él a cualquier precio. Entonces, mientras estaba atrapada en esos pensamientos, me acordé de él.

— ¡Es cierto! — Grité, mientras me levantaba del suelo y me introducía dentro del hospital. — ¡Charlie sigue estando malo! —

Esta vez pude reconocer el camino y llegar pronto en la habitación en donde se encontrada. Él estaba acostado en la cara, con cara de dolor.

— ¿¡Estás mejor, Charlie!? — Pregunté en voz baja, pero él no me contesto. Dormía plácidamente. No quise preguntarle más y me acosté a su lado, observando cómo su rostro era iluminado con la luz de la luna, era realmente hermoso. Sin darme cuenta, empecé a hablar sola:

— ¿Sabes? Yo te amo, de verdad. No es como dice esa maldita de Nadezha, yo no te veo como un seguro de vida ni nada estúpido parecido…—

Con sólo recordar aquello, me llenaba de furia. Ella no era nadie para decir aquellas cosas, no me conocía ni a mí ni a Charlie, ni a nuestro amor. Todo lo que dijo eran tonterías.

— Tú has prometido que vas a estar a mi lado todo el tiempo, ¿cierto? ¿No me vas a dejar sola? — Recordé todos los momentos bonitos que había pasado con él, y todas las veces que me prometió que íbamos a estar juntos. — Yo lo sé, no lo harás. —

Era como si intentaba convencerme a mi misma de que lo que sentía por él era amor verdadero, como si una parte de mi creía que tal vez lo que decían los demás era cierto. Moví la cabeza de forma brusca, al pensar en eso, para quitármelo de la cabeza. Seguí hablando:

— Pero todo el mundo quiere lo contrario. Mi madre, Nadezha, tus amigos, todos quieren separarnos. — Di una pausa, para evitar que me subieran los humos. — Nuestro amor es más que eso, ¡nadie, absolutamente nadie nos alejará del uno al otro! —

En aquellos momentos, sentía como si el mundo no deseaba que siguiéramos juntos, conspirando en todo momento, como si mi destino era terminar sola, perder mi príncipe azul y buscar el resto de mi vida un sustituto. Por supuesto, no iba a aceptar aquello tan fácilmente. Reí, de alguna manera, esto me parecía gracioso.

— Ya he llegado muy lejos, ¡no puedo detenerme ahora! — Miré la pistola y añadí: — Si los demás quieren separarnos, ¡los electrocutaré a todos! — La alcé hacia al techo, actuando como si estuviera haciéndole una declaración de guerra al destino.

Aún cuando no veía la salida, no quise rendirme. Es más, decidí atacar con uña y diente a todo aquel que nos separase. Ya no me importaba matar o dejar herido a alguien, eso no sería nada comparado con el futuro que me esperaba si Charlie se fuera de mi lado. Le acaricié la cabeza y le dije esto, mientras me levantaba:

— ¡No te preocupes, mi amor! Nadie nos va a molestar, todo aquel que quiera acercarnos a nosotros lo pagará caro. Quédate descansando. —

Era cuestión de que alguien aparecería buscándonos, Nadezha no se quedaría callada. Mi cabeza, llena de dudas y temores, me hacia imaginar todo tipo de situaciones en donde mi lucha sería imposible. Intentaba no pensar en esas cosas, necesitaba tener esperanzas. Me quedé vigilando desde la ventana, esperando a mis próximos enemigos. Al pasar unas horas, con la luna en lo más alto del cielo, los vi. Hacían tanto ruido que notaba con claridad lo que decían.

— ¿Por qué no dejamos esto para mañana? ¡Mis padres me matarán si ven que he salido de la casa a estas horas de la noche! — Reconocí aquella voz, era de aquel repelente de Sheldon.

— ¡Tengo mucho miedo, volvemos a casa! ¡Este lugar no me trae buena pinta! — Y éste era del afeminado de Jackie.

Estaban cruzando el aparcamiento. Había venido toda la patrulla. Además de Sheldon y Jackie, estaban también los dos gordos esos, diciendo cosas que ni  importaba, y Vladimir, quién iba a la delantera y en completo silencio.

— ¡Volveré pronto, quédate aquí, mi amor! — Le dije a Charlie, antes de darle un pequeño en la boca.

No espere ni un momento, salí corriendo de la habitación y me fui derecha hacia la entrada. Ahí, delante de las escaleras, me quedé, con la cabeza bien alta y esperando su llegada. Mis nervios estaba a flor de piel, pero los escondía como podía, intentado mostrarme fría y decidida.

— ¡Oye, allí está ella! — El repelente de Sheldon me señaló, cuando me vio. El resto del grupo se detuvo a pocos metros de mí, inmóviles. Tardaron en hablarme, mientras yo les miraba en completo silencio. Se miraban los unos a los otros, incómodos, sin saber qué hacer. Todos salvo Vladimir, que también estaba callado, con la cara seria y las cejas fruncidas al máximo

— ¿D-dónde está Charlie? — Balbuceó Jackie. Sheldon añadió: — ¿No lo habrás matado, verdad? — Intenté no darle mucha importancia y pasé de aquella pregunta. Sólo estaba esperando el momento en que ellos actuarán primero.

— ¡No dice nada…! — Dijo uno de los dos gordos esos, tragando saliva. — ¡Da mucho miedo! — Añadió el otro, temblando como una gallina.

Luego, el resto del grupo miró a Vladimir, como si esperaban que él dijera algo. Al ver su silencio incómodo comentaron esto:

— Vlamidir también…— Mencionó Jackie, con un rostro lleno de miedo hacia su amigo. Sheldon intentó llamar su atención, mientras le zarandeaba el hombro: — ¡Di algo, hombre! —

Se quito la mano de Sheldon de su hombro con mucha violencia, siendo tan desagradable que lo dejó boquiabierta y el resto protestó por su exagerada reacción. Él los ignoró, porque decidió hablarme a mí, con un tono lleno de ira:

— ¿Tú has atacado a mi novia, verdad? —

No le respondí, el silencio era mi mejor respuesta. Él insistió.

— ¿Tú has sido quién la ha dejado tirado en el parque, inmovilizada? —

Apretó el puño, al ver que no abrí la boca. En voz baja, añadió:

— Nadezha nos dijo que estuviéramos a los alrededores, que esperásemos, que ella iba a hablar contigo. Pero oídos un grito y la vimos tirada en el suelo. — Luego, gritó con toda su furia: — ¡Responde de una puta vez! ¡¿Qué les ha hecho a mi linda Nadezha, puta zorra!? —

Estuve a punto de dar un paso para atrás. Me estaba dando mucho miedo, parecía estar fuera de sí. Era muy diferente al chico indefenso, tranquilo y amigable que todos veíamos en la escuela. Ahora parecía un ser sediento de sangre. Incluso sus propios amigos, recelaban de él, en sus rostros se veía claramente los deseos de calmarlo.

Aún así, seguí inmóvil, ya no podría echarme para atrás. Además, no importaba si eran chicos y muchos, no resistirían ante mi pistola eléctrica.

— Eso es cierto, ¿qué le has hecho? — Los demás me exigieron hablar.

Entonces, yo decidí abrir mi boca: — ¿Ella no les dijo nada? — Sólo quería asegurarme de que Nadezha no le hubiera dicho nada sobre mi arma.

— ¡No estaba en condiciones de hablar, hija de puta! ¡Le dijimos que tomará un descanso y así lo hizo! — Me respondió a grito Vladimir.

— Pero hubiera sido de útil…— Sheldon intervino, pero no pudo terminar la frase.

— ¡Tú cállate! — Porque Vladimir le cogió del cuello y le soltó esto. Los demás con gran rapidez le separaron. Luego, el novio de Nadezha se dirigió de nuevo contra mí:

— ¿¡Crees qué me voy a contener contigo, aunque seas una niña!? ¡Te voy a romper la cara, y a Charlie también, le daré un puñetazo tan fuerte en el estomago tan fuerte que se oirá incluso en Moscú! —

— ¡Pero si él no ha…! — Jackie fue empujado de golpe por el mismo Vladimir. Los gordos le preguntaron a gritos, indignados, si estaba bien de la cabeza.

— ¡Me da igual! ¡Si no se hubiera juntado con ella, Nadezha no hubiera, no hubiera…! — Miró al suelo, lleno de ira, mientras apretaba sus dos puños con fuerzas. — Me la pela lo que digan los demás, pero quién ose hacerle daño a mi novia, ¡se va arrepentir de por vida! —

Contuve la respiración por un momento, me di cuenta de que estaba a punto de explotar. Ahí vi mi oportunidad, pero tenía que provocarlo para que viniera. Di un paso adelante, mientras ponía mi mano sobre el bolsillo en donde tenía mi arma, y le dije con toda mi seriedad y valentía:

— Pues entonces, ¡ven aquí, golpeador de niñas! —

Vladimir no se pensó ni dos veces. Ante el estupor de sus amigos, salió directo hacia mí, con el puño en alto. En cuestión de segundos, me alcanzó. Casi no me dio tiempo a reaccionar, estuvo a punto de darme un buen golpe en la cabeza. Pero, por un momento, dudó, seguramente porque aún le daba cosa pegarle a una niña. Ese fue mi momento, y lo aproveché.

— ¡Vladimir, va a sacar algo de su bolsillo! — Le gritaron sus amigos al notar que lo iba a sacar. — ¡Aléjate de ella! — Pero fue en vano.

Ni terminaron sus frases, cuando Vladimir chilló del dolor y la electricidad recorría por todas sus venas. Cayó como plomo. El resto chilló de horror al verlo.

— ¿Qué mierda ha pasado? — Sheldon gritaba como un mono, con las manos en la cabeza. — ¿Qué ha pasado? —

— ¡Oh, Dios mío! ¡Ella tiene un taser! — Jackie se tapó la boca, horrorizado. Tras decir esas palabras,  Sheldon le preguntó qué era esa cosa. — Es una pistola que lanza electricidad, lo utiliza la policía. —

— ¡No me jodas, ¿por qué ella tiene eso?! — Su cara se puso morada, mientras me señalaba.

Yo sólo mostré una mueca de desprecio hacia ellos, mientras ponía mi pie sobre la cabeza de un Vladimir inconsciente. A continuación, con la mayor claridad posible, les dije esto:

— ¡Quién se acerca a nosotros, quién desea separarnos, a mí y a Charlie, le pasará lo mismo que a vuestro amigo, y con Nadezha! —

Con paso firme y tranquilo, empecé a acercarme a ellos, con la pistola eléctrica en mano. Ellos se quedaron paralizados y temblaban como flanes, dando pequeños pasos hacia atrás. En mi cabeza, sólo pensaba en una cosa: Electrocutarlos a todos.

— ¡Tranquila, mujer! — Sheldon, moviendo las manos de un lado para otro con desesperación, intentaba hacerme entrar en razón. — ¡Baja ese arma y no nos hagas daño! ¡Podemos llegar a un acuerdo! — Pero no iba a piedad con ellos, ya era demasiado tarde para eso.

Al ver que no había respuesta por mi parte, Jackie, con lágrimas en los ojos, se puso detrás de Sheldon, abrazándolo y usándolo como escudo, y le dijo:

— ¡Protégeme, Sheldon! ¡Tengo miedo! —

— ¡Oye, no te pongas detrás de mí, ¿me quieres matar o qué?! — Le replicó ese feo repelente, mientras intentaba librarse de su amigo, que añadió esto: — ¡Sacrifícate tú, demuestra al mundo que no eres un nerd asqueroso, con tu valentía! —

Yo seguí progresando con tranquilidad y en total silencio, con el sólo pensamiento de electrocutar.

Aquellos dos gordos no aguantaron más la presión y salieron corriendo hacia afuera del edificio y cerraron las puertas, mientras Sheldon y Jackie se estaba peleando. Yo me detuve y me quedé mirándolos. Al oír el sonido, el afeminado y el repelente se detuvieron y giraron hacia atrás.

— ¿¡Qué hacéis, Howards!? — Les gritaron con fuerzas, mientras intentaban abrir la puerta. — ¡¿Estáis imbéciles o qué!? —

Pero las puertas no se movían, como si se hubiera quedado atrancado al cerrarse. Desde afuera, los dos gordos intentaron abrirla, mientras decían esto:

— ¡No era nuestra intención, se nos fue la mano! ¡El miedo nos posee! —

— ¡Eso son excusas, hijos de puta! ¡Nos las habéis jugado! — Sheldon y Jackie golpeaban con  violencia la puerta, llenos de ira hacia aquellos dos gordos. — ¡Sois unos desgraciados de mierda! —

Ellos se miraron el uno con el otro y salieron corriendo.

— ¡No os vayáis! — Gritaron, boquiabiertos, con ganas de llorar. — ¡No os abandonéis! —

Yo me reí, ¿esos eran los amigos que estaban tan preocupados por mi Charlie, esas mísera panda de ratas? En aquel momento, sentí que tenía la razón, de que ellos eran amigos horribles. Era la única que realmente quería a mi amor.

— ¡Qué patéticos sois! ¡Esos chicos os han dejado tirado! — Solté un tono burlón. — ¡Ante una simple y débil niña como yo, qué triste! ¡Si fuera yo, empezaría a llorar como un bebé! — Luego, volví a reír. — Al final, yo soy la única que merece estar al lado de Charlie. Nosotros somos almas gemelas, nuestro amor es eterno. — Estaba tan feliz que di una vuelta sobre mí misma, alzando los brazos.

— ¡Estás loca, te deberían meter en la casa de los locos! — Sheldon me replicó esto, señalándome con el dedo.

— No estoy loca, sólo protejo lo mío. — Le grité, mientras alcé el brazo en donde llevaba el arma hacia ellos. Sheldon dio un chillido de horror, agachándose y tapándose la cabeza, creyendo que les iba a atacar. Jackie sólo cerró los ojos, temblando.

A continuación, él tragó saliva y dio un paso hacia delante, diciendo esto:

— Entonces, y-yo, y-yo, y-yo no me dejaré ser electrocutado. —

Sus piernas temblaban tanto que parecía que se iban a caer de un momento para otro, apretaba los dientes con fuerza y me miraba muerto de miedo. Aún así, fue capaz de plantarme cara. Yo añadí esto, con cierta admiración.

— Hace un momento, estabas poniendo detrás de ese repelente, comportándote como la damita que quiere ser salvada, ¿ahora deseas ir contra mí? ¡Qué lindo! —

— ¡Te d-demostraré que s-soy un hombre! — Balbuceó Jackie.

— Pero los hombres no pueden pegar a las mujeres…— Le replicó Sheldon, quién aún escondía su cabeza.

— S-somos iguales. Entonces, puedo pegar a una mujer, porque somos iguales. Ella nos quiere matar, no podemos huir o dejarnos ser freídos, o… Lo que sea, pero no me dejaré matar fácilmente. —

Él empezó a rodearme, con una distancia prudente de mí. Yo le seguía con paso tranquilo, mirándolo fijamente, y él a mí. Dimos vueltas alrededor de la entrada, con él buscando un hueco para atacarme. Pero el miedo le superaba y no encontraba el momento perfecto. Yo decidí esperar con paciencia, pensando en que se iba a hartar y se lanzaría a mí sin pensar.

Entonces, él gritó esto, señalando con el dedo el otro extremo de la entrada: — ¡Mira, mira, ahí está Charlie! —

Hice como si mirará.

— ¡Eres imbécil, ya eres mía! — Gritó, creyéndose el ganador.

No me hizo ni falta hacer que el arma tocara su cuerpo, la pistola lanzó unos dardos, a medio metro, que le dieron una descarga, que lo hizo caer al suelo. No le dio ni tiempo a chillar.

— ¡Jackie! — Gritó Sheldon de puro espanto, con lágrimas en los ojos. Se tapo la cara y empezó a repetirse que esto no podría estar pasando, que todo era más que una simple pesadilla.

Feliz con los resultados, le grité esto, mientras le señalaba con mi pistola eléctrica:

— ¡Ahora sólo quedas tú, repelente de mierda! ¡Te dejaré frito con el poder del amor! —

Vladimir y Jackie habían caído, los gordos huyeron y sólo faltaba el imbécil de Sheldon. Si le quitaba del medio, pensaba; mi amor con Charlie jamás finalizaría.

FIN DE LA DOCEAVA PARTE

Estándar
Centésima vigésima segunda historia

La araña: Onceava parte, centésima vigésima segunda historia.

Nos quedamos paralizados al verla, no sabíamos qué hacer, sólo la estábamos mirando fijamente por varios segundos. Y ella a nosotros, con una cara realmente intimidante y que provocó que nos temblará, a los dos, las piernas. Era como dijo Charlie, ella podría dar mucho miedo. Pero tragué saliva y le lancé una mirada desafiante, llenándome de valentía, no podría dejar que mi principal enemigo me viera temblando como una ardilla asustada. Tras varios segundos de silencio, ella pronunció estas palabras:

— Perdonad, creo que me he confundido de personas…—

Tardamos en reaccionar, miré a Charlie y él a mí, preguntándonos si nuestro disfraz había funcionado muy bien. A continuación, los dos le hicimos un gesto con la mano para decirle que no pasaba nada. Ella dio un fuerte suspiro, pero aún mantenía esa cara seria, como si aún sospechaba de nosotros.

— ¡Los niños deberíais estar en la escuela! ¡Hasta luego!  —

Y se dio media vuelta y se alejó de nosotros. Nosotros, al momento, salimos corriendo a toda velocidad, como locos, de nuevo hacia al hospital abandonado.

Al llegar a la entrada, caímos al suelo, muertos de agotamiento.

— C-casi íbamos a ser pillados…— Dije con una voz entrecortada.

— ¡Ha sido divertido! ¡Quiero repetirlo…! — Gritó con una sonrisa. Yo le miré, algo molesta, y él se arrepintió de haberlo dicho: — ¡En otra ocasión, claro…! — Rió nerviosamente.

Nos fuimos hacia la habitación en donde nos habíamos instalado, aunque nos perdimos por el camino y habíamos tardado un buen en encontrarlo. Al llegar, lo primero que hicimos fue comer:

— ¡Por cierto, ¿lo que estás comiendo no era malo para ti?! — Le estaba mirando fijamente, mientras comía con muchísima felicidad lo que él compró. — Digo, ¿no me dijiste una vez que probaste dos veces una hamburguesa de salmón y en las dos te pusiste malo? — Recuerdo que me contó que le dolió la barriga muy fuerte y que le duró hasta que pudo vomitar unas cuantas horas después.

— ¡Ah, ¿en serio?! — Abrió la boca, al recordarlo. Pero no le dio mucha importancia y añadió esto, tras terminar el último trozo de la hamburguesa. — La tercera va a la vencida, además está muy bueno. — Le hice caso, y seguí comiendo mi ensalada.

Al final, me arrepentí de hacerle caso, y eso que sabía que él a veces era muy impulsivo y no se controlaba. Horas después, ya en plena tarde, se acostó en la cama con muy mala cara, y empezó a lanzar quejidos de dolor.

— ¡Mira que te lo dije! ¡Tenías que hacerme caso! ¡¿Ahora qué hago!? —

Le dije esto muy asustada y nerviosa, se veía muy mal y no sabía qué hacer. Sólo estaba dando vueltas por la habitación como loca, con las manos en la cabeza.

— Pero esa hamburguesa de salmón estaba tan deliciosa…— Intento mostrar una sonrisa. — No me arrepiento de nada…— E incluso me iba a hacer un gesto con el dedo para decirme que todo estaba bien. Pero, entonces, su estomago le hizo chillar de dolor y se abrazó fuertemente a él, mientras gritaba esto con desesperación: —  Me arrepiento, ¡cómo duele esto! —

Hasta yo me estaba poniendo mala con verle así, empecé a sentir mal el estomago.

— ¡Deberíamos ir al hospital o algo! —

— P-pero estamos en el hospital…— Me replicó Charlie.

— ¡Uno de verdad, quiero decir! — Miré cabizbaja al suelo. — Pero…— Sabía que tenía que pedir ayudar, pero eso sería mostrarme y no quería eso, nos separarían para siempre, pero tampoco deseaba que Charlie estuviera así. No me lo perdonaría si le pasase algo grave, perdería mi última oportunidad para escapar de la soledad. Era incapaz de elegir una decisión y solamente terminé muy agobiada, a punto de ponerme a llorar.

Al verme así, a pesar de todo el dolor que sentía, decidió mostrar buena cara y me intentó tranquilizar con estas palabras: — ¡N-no te preocupes! ¡Y-ya se me pasará! — Intentó aguantar un quejido de dolor. — ¡Descanso, y l-list…! — Forzó una sonrisa, apretando los dientes. Eso no me ayudo a que me sintiera más tranquila, sino al contrario.

A continuación, él pareció calmarse y estuvo sufriendo en silencio. Después de estar mirándolo en silencio, atrapada en mis pensamientos; oí de pronto una voz, que provenía del exterior, y que ya había escuchado esta mañana, poniéndome más asustada de lo que estaba:

— ¡Salid de donde estéis! ¡Sé que os escondéis dentro! —

Aquello me provocó un sobresalto, me acerqué rápidamente a Charlie, avisándole de esto:

— ¡Charlie, Charlie, nos han descubierto! — Le gritaba, muy aterrada.

— ¡D-dile que se calle, que intento dormir! — Movió la mano, como si estuviera espantando moscas. — Además, d-dile que es…— Dio quejidos de dolor, y luego siguió hablando. — ¡Imposible, duele, no puedo moverme,…! ¡Quedo aquí! — Empezó a hablar de forma incompresible, como si fuera un marciano.

Aquella persona siguió gritando, repitiendo una y otra vez las mismas palabras, y yo estuve un buen rato indecisa. No sabía si ignorarla o no. Pero cada vez gritaba más fuerte y si se cansaría, iría a entrar a buscarnos. Por tanto, decidí mirar por la ventana y ver quién era, con mucho cuidado, para que Nadezha no me viera.

Ahí estaba ella, en mitad del aparcamiento, gritándonos con esa cara tan aterradora que hasta el mismísimo diablo salía corriendo al verla. A pesar de todo el esfuerzo que puse en no ser notada, ella se dio cuenta de mi presencia.

— ¡No te creas que no te estoy viendo, Carleen de Valera! ¡Sal de tu escondite, ahora mismo! —

Gritó tan fuerte que todos los pájaros que estaban a nuestro alrededor salieron volaron, asustados. Yo no lo dudé ni un momento, me mostré ante ella, con valentía.

— ¿¡Qué quieres de mí!? — Y le grité esto con todas mis fuerzas.

— ¡¿Y Charlie dónde está!? — Miré hacia él por un momento. Dudé por un momento si decirle que él estaba conmigo muy enfermo o no.

— ¡Eso a ti que importa! — Dije con toda la claridad del mundo. Ella se tapó la cara con una mano y continuó hablando:

— ¡¿Sabes lo qué estás liando!? ¡No tienes ni derecho a replicarme así! — Noté que lanzó un fuerte suspiro. — ¡De todos modos, mi intención es hablar, hablar contigo! —

— ¿¡Por qué!? — Sospeché de eso, me aterraba saber de qué quería hablarme aquella bruja con pelo de vieja. Aún así, se lo pregunté.

— ¡Preferiría terminar este asunto charlando, sin atraparte contra tu voluntad ni nada parecido! — Dio una pequeña pausa. — ¡Sobre todo, seguir con aquella conversación que tuvimos el otro día! ¡Tengo mucho que decir! —

Lo recordé al momento, cuando le dije que se alejará ella, y el resto de esa infame pandilla, de mi Charlie, o se iban a arrepentir. Me quedé pensativa, preguntándome si esto era una especie de trampa para capturarme o realmente deseaba hablar conmigo. Pero, de todas maneras, no quería tener trato con Nadezha, ya le dije todo lo que quería.

— ¡Es tu elección, o apareces ante mi o iré hacia ti! —

No tuve más remedio que hacerle caso, no deseaba por nada del mundo que se acercará a Charlie, me defendería con uñas y dientes antes de que ella pusiere un mano en él y me lo robaría. De eso, estaba yo muy seguro. Por tanto, le dije que esperase un poco, que me encontraría con ella al momento.

— ¡No te preocupes, regresaré pronto aquí! — Me acerqué a Charlie, acariciándole un poco la cabeza. Él se había quedado dormido, aunque seguía manteniendo la mala cara. — Así que aguanta…— Le vi un beso en la boca.

Me dirigí hacia al pasillo, pero antes de cruzar la puerta, me di cuenta de algo. Me detuve y quedé pensando.

— No debería ir así sin más…— Tenía la sospecha de que ella iría hacia mí y me pegara. Por lo que me contó Charlie, ella podría luchar contra osos. Creía que era una exageración suya, pero al ver su rostro de ser lleno de ira, se veía muy peligrosa. Una niña como yo no tendrían oportunidad contra algo así. — Pero no tengo nada para protegerme…—

Entonces, me acordé de que guarde algo que me podría servir en la mochila y lo busqué. Era el arma eléctrica. Al sacarlo, me entraron escalofríos. No me podría creer en lo que estaba pensando, en atacarla con eso. Me sentí muy mal, no era una asesina, no debería pensar en matar a alguien.

Con la mano temblando, intenté dejarlo dentro de la mochila. Pero no pude, me resistía a hacerlo. No podría ir indefensa contra ella. Tras varios segundos dudando, al final tomé una decisión.

— Bueno, no creo que lo vaya a usar…— Lo decía, mientras miraba con miedo al arma. — No la quiero matar tampoco…— La guardé con rapidez en el bolsillo de mi vestido, como si no quería que nadie me viese con aquella cosa. — Tal vez asustarla un poco, y ya está. —

Pensé que sería suficiente mostrarle aquella arma, tal vez Nadezha saliese corriendo como una gallina.

A continuación, salí de la habitación y fui directa hacia la entrada en donde estaba ella, yendo a toda velocidad.

Al llegar, me la encontré a las puertas del edificio, a pocos metros de mí. Con sólo verla, me eché un paso para atrás, pero decidí lanzarle una mirada desafiante, mientras le decía esto con toda mi valentía:

— ¡Aquí estoy, Nadezha! —

En completo silencio, ella, con su cara llena de una seriedad aterradora, me empezó a hacer gestos, indicándome hacia un lugar en donde estuviéramos más cómodas para hablar. Asentí, sin rechistar, aunque me extrañó mucho.

Salimos del recinto del hospital y llegamos a un parque extenso y largo, que estaba situado al lado. En unos de sus extremos sobresalía un muro tan alto como imponente, oculto entre cientos de enormes arboles, hecho de enormes piedras y era tan extenso que ni siquiera veía el fin. Me quedé mirándolo muy embobada, preguntándome si ese era el tan famoso muro que se extendía por todo el sur de la ciudad, que nadie sabía exactamente por qué estaba ahí. El parque en sí estaba muy estropeado, los bancos y los carteles se caían a trozos, y los caminos estaban invadidos por las malas hierbas.

— ¿¡Por qué me has traído hasta aquí!? — Le pregunté, sospechando de sus intenciones. No me gustó que me hubiera alejado bastante de Charlie, ya que él no estaba bien. Deseé con todas mis fuerzas que no le pasará nada, con ganas de terminar esta conversación cuanto antes.

— ¡¿No te lo dije antes!? — Me hablaba tranquilamente, pero con voz severa. — Es para hablar, no quiero que nadie nos moleste… No me interesa que Charlie se interponga. — Dio un gesto de pequeña sorpresa y añadió esto: — Es verdad, debía haberte dicho eso. —

— Da igual, no iba a venir de todas formas. — Le repliqué. Me pregunté si estuvo bien decir eso, no quería que ella intentara interrogarme.

— Te lo voy a decir muy claro, ¿tú crees realmente que estás enamorada de Charlie? —

Me dejó sin palabras, me sentí insultada. Llena de indignación, le grité esto:

— ¡¿No es obvio!? ¡Por supuesto que sí! —

— Lo dudó sinceramente. — Apreté los dientes, no podría permitir que ella dudará de mis sentimientos. — Tú puedes creerlo que lo estás, pero puede que lo están confundiendo. —

— No lo entiendo, ¡¿es una broma!? ¡Deja de burlarte de mí! — Le repliqué.

— ¿¡Crees que con esta cara me gustan las bromas!? — Le miré el rostro fijamente, su rostro serio e intimidante no había cambiado en la conversación. — He venido a avisarte. Mejor dicho, a hacerte dar cuenta de algo. — Nadezha se sentó en un banco podrido y miró al cielo, con un gesto de molestia. — Aunque supongo que va ser misión imposible…—

Miré al cielo por un momento, ya estaba naranja. Estaba sorprendida, no creía que el día hubiera pasado tan pronto. Ella dio una pausa y continuó hablando:

— ¿Sabes que ayer él se peleó con sus amigos, cierto? Supongo que te contó que fue por ti. — Asentí con la cabeza, callada, con las cejas fruncidas y en posición de alerta. — ¿Charlie te contó cómo fue exactamente eso? — No respondí, sólo me quedé en silencio. Lo cierto es que no me contó mucho, sólo lo esencial. Tras varios segundos, abrió la boca. Por cómo se expresó su rostro, parecía que iba a ser largo:

— El mismo Charlie les escribió en un papel durante las clases, pidiéndoles que se reunieran con él en el tejado de la escuela durante el recreo. Al estar ahí, les dijo que perdonasen las cosas que tú me dijiste, que sólo habías hablado sin pensar. Sus amigos se quedaron boquiabiertos. “Ella se lo dijo totalmente en serio”, dijo Vladimir. “Nos amenazó a todos, no podemos pasar por alto eso”, añadió Jackie. El resto dijo tonterías que ni vienen al cuento ahora. Pero él siguió defendiéndote, “sólo tiene un poco de miedo o algo así, si se lo explico, lo entenderá”. Le replicaron que debe darse cuenta de la realidad, que esa chica deseaba aislarte de todo y dejarle solo. Tardó en responder, para decirles que eso no era verdad, que era ella la que no deseaba estar sola, por esa razón estaba a su lado.

“¡Pero si ella siempre está en la escuela hablando con otras personas, eso es estúpido!”, Charlie, al escuchar eso, se puso de mala leche. Les gritó muy fuerte, con el puño en alto, que ella lo estaba en el fondo. El imbécil de Sheldon lo empeoró todo al decir esto, “¡No nos engañes, es porque ella, con esa carita de niña buena, te mintió para tener a alguien embobado detrás suya!”. Eso enfureció tanto a tu novio que le dio un gran puñetazo e hizo llorar a ese bocazas. “¡Ella es una buena chica, deberíais entenderla, sólo un poco, ¿pido mucho?! ¡Y además, no me mintió, lo supe al momento, Carleen estaba tan sola como yo! —

Entonces, recordé la conversación que tuvimos la noche anterior, en cuando él me contó que estaba solo, al igual que yo.

— No recuerdo muy bien cómo me lo contó Vladimir. — Siguió hablando ella. — Creo que ni él se acuerda muy bien, pero aquello le dejó una impresión muy fuerte. Charlie explotó como un volcán, más o menos, le soltó lo siguiente: “¡No lo entendéis, para nada! ¡Estar solo es un asco, yo lo sufrí, y ella también! ¡Lo ponía en su cara, pedía que alguien se hiciese su amigo! Ella fingía que estaba bien, hablando con los demás, ¡lo sé por qué yo también fingía, de forma diferente, como si me daba igual tener amigos, pero fingía! Por eso, quise ser su amigo, para que no sintiera lo mismo que yo”.

Ellos se quedaron callados, mientras Charlie se ponía las manos en la cabeza, estaba a punto de ponerse a chillar como loco. A continuación, sólo hubo silencio. Y él, entonces, pronunció estas palabras: “Tal vez ella tenga razón, puede que vosotros no sois mis verdaderos amigos”. Sus amigos estaban consternados, gritaron al unísono, qué tonterías estabas diciendo. “¡Imbécil, enfríate la cabeza, ella te está comiendo el coco!”, “¡Sólo queremos ayudarte, ella no te está haciendo nada bien, es una bruja, una niñata egoísta que te ve como un juguete!”, “¡Haznos casos!”, eso y mucho más le decían. No lo pudo soportar más. Le dio una patada a Jackie, pero Vladimir le protegió, siendo golpeado su estomago dando un alarido de dolor. “¿¡Qué haces, capullo de mierda!?”, le gritó el defendido. Pero, fuera de sí, se lanzó hacia a Vladimir, dándole puñetazos. “¿¡Estás loco!?”, “Sólo queríamos ayudarte”, eso gritaron el resto, que intentaron ayudar a mi chico. Charlie se lanzó a pegarles a todos, lleno de ira. Como es obvio, ellos ganaron en número, dejaron a él con el ojo morado.

“¡¿Sabes qué?, que te jodan! ¡Si prefieres creer antes en la zorra de tu novia que en nosotros, peor para ti!”, le gritó Jackie, mientras se alejaba de él. Vladimir, a pesar de fue el más golpeado, se quedó mirándolo con tristeza, no quería abandonar a su amigo así como así. “¡Vladimir, vámonos de una vez, no lo va a aceptar, cuando estás colado por una chica, eres incapaz de ver la realidad!”, le dijo Sheldon a mi novio. Él intentó resistirse, pero Jackie añadió, muy enfadado, que se olvidará de él, que se fastidiará. Los dos Howards asintieron con la cabeza. Luego, todos se fueron de ahí, dejando a Charlie acostado y destrozado en el suelo. —

Y tras finalizar, calló por unos segundos, mirándome fijamente. Al parecer, estaba esperando mi reacción.

— Charlie…— Murmuré en voz baja su nombre, mirando al suelo cabizbaja. Me sentía confundida, mi cabeza estaba lleno de todo tipo de pensamientos y sentimientos que era capaz de diferenciar a cada uno.

— Lo conseguiste. — Entonces, ella, sin eliminar su actitud de seriedad, empezó a aplaudirme. — ¿¡No era eso lo que deseabas, qué sus amigos se alejarán de él!? ¡Lo hiciste! —

— Vosotros no sois sus verdaderos amigos, yo soy la única que le entiendo, ¡y él a mí! Nosotros estamos unidos, incluso mucho más tiempo que vosotros. — Le repliqué.

— Y lo tuyo no es verdadero amor. — Apreté los puños con fuerzas, al escuchar estas palabras. — Tú no ves a Charlie como la persona que más quiere en este mundo, sino como un flotador para evitar que te hundas en el fondo del mar. —

— ¿Charlie es un flotador? ¿Qué? ¡Ya eres una chica muy grande para decir tonterías! — Le grité con desprecio, mientras deseaba que se muriese, repitiéndolo dentro de mi cabeza unas cientos de veces.

— Pensaba decir “seguro de vida” o algo así, pero creo que tú no lo entenderías. Lo que quiero decir es tú ves a Charlie como un medio para salvarte, un simple muñeco para evitar sentir el profundo miedo a estar sola y dormir tranquila por las noches. Sí, eso debe ser. —

Me quedé cuadrada, era incapaz de asimilar lo que estaba diciendo ella. Continuó hablando:

— Has confundido tu necesidad de estar sola con estar enamorada. Si no hubiera sido Charlie, hubieras elegido a cualquiera con tal escapar de aquello. Y estarías haciendo lo mismo que con él. Lo alejarías de sus amigos, después de su familia, harías todo lo imposible por hacerte ver que eres la única que le entiende y dejarlo sin nadie, convertirte en lo único que debe ver. Y luego lo dejarías. Tal vez le darías daño, pero él seguiría su vida. Tú seguirías yendo de persona en persona, buscando huir de aquel estúpido temor. —

— ¡Eso es mentira! — Le grité con toda mi ira.

Ella se estaba burlando de mis sentimientos, los insultaba y los tiraba al suelo como si fueran basura. Todo lo que sentí a su lado, las experiencias y todo el tiempo que vivimos juntos, los besos que nos dimos, toda la diversión que habíamos pasado, todo lo que teníamos en común; no se produjeron por mi miedo a estar sola. No, era verdadero amor. Se estaba equivocando en todo, esa maldita de Nadezha no sabía de lo que estaba hablando. Yo la miraba llena de odio, quería que algo o alguien le diera una paliza muy fuerte por decirme esas cosas.

— Charlie se apiadó de ti, y ha hecho todo lo posible para ayudarte. Incluso llegando al punto de perder amigos y de escapar de casa, sólo para complacer a una egoísta como tú. Él se volvió ciego, todos le dijimos que tú no le irías a hacer nada bien, pero no escucha. —

Ya era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en hacerla callar, aunque eso fuera matarla en el proceso. Metí mi mano en el bolsillo en donde estaba aquella cosa.

— Dime, Carleen de Valera, ¿cómo puedes ayudar a una persona que está cometiendo un error, y se lo dices, pero aún así sigue empeñado en hacerlo, por qué cree con todo su corazón que está haciendo lo correcto? Jackie y el resto llegó a esta conclusión: Qué se fastidiara, que cometiera el error y que sufriera todas las consecuencias. Después de todo, uno tiene libertad de elegir tanto lo malo como lo bueno, y no deberías obligarle a no meter la metedura de pata. Pero yo elegí otra opción, bastante desagradable, a decir verdad. —

— No entiendo lo que dices,… — Contuve un poco más mis ganas de electrocutarla. — ¡Deja de decir tonterías! — Aún había una parte de mí en donde me pedía que no hiciera esa locura.

— Perdón, perdón, creo que estaba hablando conmigo misma. — Ella hizo un gesto y se levantó del banco, mirando de nuevo al cielo, absorta en él. — Hace poco tuve una conversación que me hizo replantear muchas cosas y me puse a pensar en eso. —

Hubo silencio entre nosotras. Entonces, me fije en que todo ya estaba oscuro, el sol había desaparecido y algunas farolas del parque, ya que muchas estaban estropeadas, emitían luz. A continuación, ella abrió la boca, diciéndome esto:

— ¿Quieres saber lo que decidí? A pesar de que parezcas inofensiva, siento que eres peligrosa. Desde que me amenazaste, supe que serías capaz de hacer cualquier cosa por conseguir tus objetivos. Desde aquel día consideré que Charlie está en peligro…— Bajo el tono de voz, tras suspirar. —…por mi culpa, sin mi existencia, no hubieras iniciado todo esto. —

La luz de la farola que estaba a nuestro lado parpadeó, y ella con una cara decidida, me dijo estas horribles palabras:

— Romperé esta relación, aunque sea a la fuerza. Creo que esto es lo correcto, aunque, lo cierto, es que es desagradable. No, lo que voy a hacer es horrible, pero necesario. —

— ¡Eres una imbécil! — Me dio, entonces, un ataque de risas. — ¡Sabía que querías robarme a Charlie! ¡Quitarme al amor de mi vida! ¡No lo permitiré! — Grité enfurecida.

Sólo se estaba haciendo la digna aquella maldita chica con pelo de vieja. No iba a permitirlo, la telaraña de amor que había creado no sería rota, por nada del mundo. No iba a perder mi última oportunidad, no acabaría como mi madre, quién perdió al amor de su vida por su mejor amiga, yo estaría aferrada a alguien toda mi vida. Y para eso tenía que quitarla del medio. La ira y el miedo se entremezclaron en mi cabeza y lo llenaron de un solo pensamiento, matar a Nadezha, hacerle pagar caro su intención de separarnos. Eso era lo único que pensaba, y lo que me motivo a hacer lo que hice.

— La imbécil eres tú, ¿podrías dejar de actuar como tal? —  Me siguió hablando, sin saber lo que le iba a pasar. —  Sabes, no sé cómo es tu vida ni nada parecido, pero te fuiste de casa y has montado un gran lio. Tu madre, los padres de Charlie, sus amigos, vuestros compañeros de clase, profesores, vecinos, todos os están buscando, desde ayer. Y pronto lo hará la policía, ¡deja de dar la nota! ¿Los dos podéis volver a vuestras casas tranquilamente? Quiero terminar esto de forma pacific…—

Ahí es cuando actué. Sin pensar, lo saqué del bolsillo y se lo puse en el vientre, mientras le gritaba que era una mentirosa, repitiéndolo como si estuviera chalada. Apreté el botón y ella dio un gran chillido de dolor, entremezclado con un sonido electrizante, todo su cuerpo se estremeció ante las descargas que salieron del arma. Cayó al suelo, con los ojos en blanco.

Cuando volví en mí misma, supe lo que había hecho, la había atacado con aquella arma y un horrible sentimiento se apoderó de mí. Había llegado al punto de no-retorno.

FIN DE LA ONCEAVA PARTE

Estándar
Centésima vigésima segunda historia

La araña: Décima parte, centésima vigésima segunda historia.

Tras caminar por un buen rato por el bosque, nos encontramos ante un gran y terrorífico edificio, que parecía estar abandonado.

— ¿Lo ves? No ha sido para tanto cruzar el bosque. — Me dijo Charlie, tras dar un resoplido.

Le dije que sí con la cabeza, con una sonrisa de idiota. No me arrepiento de nada haber cruzado el bosque con él, eso fue una genial excusa para poder agarrarle del brazo y estar pegada a mi amor. Ni me acordaba de que nos perdimos en el bosque y de los ruidos que escuchábamos a nuestro alrededor. A continuación miré con detalle el edificio que estaba delante de nosotros.

Lleno de grafitis y con un aspecto ya grisáceo y la pintura ya caída, era un edificio con cuatro pisos. Parecía que estábamos en la parte de las urgencias, ya que, ante nosotros, que cruzábamos con paso tranquilo el aparcamiento, había una puerta y sobre ella estaba un cartel que decía eso en inglés y ruso.

Al llegar ante la puerta, pregunté esto: — ¿Dónde estamos? —

— En un hospital, pero ya no hay nadie. —

Eso de que era un hospital era obvio, al ver el cartel, pero yo lo preguntaba por otra razón, quería saber en qué lugar de las afueras estábamos, porque todo me era muy desconocido.

— Parece salido de una película de terror. — Y añadí, mientras le abrazaba de nuevo.

— Y dicen que aún viven los fantasmas de las personas que no pudieron salvar. — Me entraron escalofríos, al oír eso.

— Para eso, me hubiera quedado en las piedras. Esto parece peor. — Le repliqué, temblando como un flan.

— Pero tiene techo…— Charlie me señaló hacia al tejado del edificio.

— Eso es cierto…— Lo dije en voz baja, muy pensativa. No quería dormir en un lugar con fantasmas, pero tampoco deseaba dormir al aire libre, eso me daba mucho más miedo. Bueno, tener fantasmas y sin nada que me cubriese era peor que estar en un edificio embrujado.

Volví a observar el hospital por unos cuantos segundos más. Entonces, me di cuenta de que no sólo daba miedo, sino que también me daba otra cosa, que me costaba entender. Su aspecto estropeado, el silencio que emanaba de él, la oscuridad que lo invadía provocaron sentimientos muy dolorosos en mi interior.

— No sé, pero me siento triste al verlo…— Hablé, en voz alta, mientras me caía lágrimas por mi cara. — Como si estuviera muy solo…—

Me daba muchísima pena el edificio, hace largo tiempo debió un lugar lleno de personas y ahora era más que ruinas en donde lo único que dominaba era la soledad, la misma que tanto me aterraba.

— ¿Cómo si estuviera solo…? — Charlie no dejo de poner caras raras, en un intento de comprender mis palabras. — No entiendo…—

No supe decirle nada, yo tampoco me entendía. A continuación, toqué con mis manos, como si fuera una dulce caricia, la pared del hospital y dije esto, con un gesto de compasión, una triste sonrisa:

— Ya no me da tanto miedo el hospital…— Entonces, le cogí de la mano y le solté esto a Charlie: — ¡Vamos a entrar! —

Tras introducirnos en el lugar, recorrimos por un buen rato los cientos de pasillos que tenía. Aquello era como si fuera un laberinto, estaba lleno de habitaciones y salas casi vacías, peladas. Solamente, en algunas de ella, encontramos instrumentos médicos, muebles e incluso camas. En unas de esa, decidimos sentarnos, después de limpiar la cama.

— ¡Ya me duelen los pies, hemos andado muchísimo! — Protesté, mientras me tiraba sobre la cama y me quitaba los zapatos. — Esto es muy grande, ¡enorme, monstruoso! —

Rara vez me he enfermado, así que nunca estuve mucho tiempo en un hospital para darme de lo enorme que era. Andar por los pasillos no parecía tener fin y  muchas veces terminamos entrando en un pasillo sin salida. Eso me hizo recordar algo sobre un tal Minotauro, en un programa de televisión se hablo de él, que estaba encerrado en un laberinto y algo así.

Al recordar lo laberintico que era el hospital, un temor me dominó por un segundo y provocó que le preguntará esto a Charlie:

— ¿Tienes alguna idea de dónde estamos? —

Charlie, quién estaba mirando desde la ventana, giró su cabeza hacia mí y movió la cabeza negativamente, de un lado para otro. Tragué saliva, preguntándome si podrías salir del hospital con vida.

A continuación, él silencio dominó la habitación por unos cuantos minutos, mientras yo me puse a mirar el techo y ponerme a contar todas las humedades que había en ella.

Entonces, sin que me lo esperara, Charlie, sin despegarse de la ventana, me lanzó esta pregunta:

— ¿Por cierto, te has sentido sola alguna vez? —

— ¿Por qué lo preguntas? — Le dije esto, muy sorprendida.

— Siempre te veo en tu casa, nunca te ve visto salir con amigas y tu madre, hasta ahora, llegaba siempre tarde. Yo si fuera tú, me sentiría muy solo…—

Tardé en reaccionar, en mi mente me puse a preguntarme si estaba bien decírselo o no. Por alguna razón, me daba un poco de miedo decírselo, pero era mi novio, después de todo. Y además, tenía razón. Por eso, cerré los ojos por un momento y se lo dije con toda mi sinceridad:

— Muchas veces me he sentido así…— Me levanté, para sentarme en la cama. Luego, junté mis piernas y me abracé a ellas. Y con una expresión de tristeza en mi rostro, yo añadí esto: — Y lo odio mucho, estar sola es un asco. — Di una pequeña pausa. — Pero tú…—

Tuve que reorganizar mi cabeza, porque no tenía ni idea de cómo decírselo. Tras hacerla, le dije con una sonrisa:

— Gracias a ti, yo no me siento sola. Es divertido estar contigo…— Esta vez me levanté de la casa y lo abracé con todas mis fuerzas. Él giró su cabeza y me miró fijamente, mientras entrelazamos nuestras manos. Entonces, le supliqué esto:

— Por eso, no me dejes sola, ¡no importa lo que pase, tú siempre debes estar contigo! Así que no me abandones, ¿vale?! — Eso era lo que me pedía el corazón en aquellos momentos.

Después de oír la confesión de mi madre, aquel temor a la soledad creció en mi interior y necesitaba que él me dijera muy claro que nunca haría tal cosa, que estaría conmigo hasta que la muerte nos separase.

Entonces, él se puso bastante rojo y mostró una pequeña sonrisa en su rostro. Se quedó mudo, sólo movió la cabeza afirmativamente. Al pasar varios segundos, fue capaz de abrir la boca:

— La verdad es que estar solo es un asco. ¿Sabes? Yo también estuve así, cuando era un niño pequeño, sufrí eso. Los niños pasaban de mí y nadie jugaba conmigo. Y me di cuenta de que tú sentías lo mismo que yo, en aquel tiempo cuando te volví a hablar. A pesar de que te hablabas con las compañeras, siempre te veía sola al entrar y salir del colegio. Además, estuvimos en preescolar, así que pensé que sería una buena idea hablarte de nuevo. —

Él se quedó cabizbajo, parecía muy pensativo, como si se estaba preguntado si lo que dijo estaba bien. Por mi parte, me sentí muy feliz. Él compartió la misma desgracia, él también se sentía solo. Éramos como almas gemelas, definitivamente.

— Eres tan tierno…— Añadí, mientras le abrazaba con todo el amor y la felicidad del mundo. Una sonrisa idiota se asomo en su rostro.

— ¡Tan tierno como, como…! — Se puso tan nervioso que soltó esto a gritos. — ¡…como un oso polar! —

Me quedé un poco extrañada, preguntándome que tenían los osos polares con nosotros. Pero, entonces, él aprovechó para darme un beso fugaz. Ahora yo era la que estaba avergonzada. Los dos, mutuamente, nos separamos.

— E-espero que te guste, a-aún no entiendo c-cómo funciona esto de besar…— Me dijo Charlie, mientras se rascaba la cabeza, con un tono entrecortado.

— Me gusto, pero…— Añadí, poniéndome un dedo sobre mis labios, con una expresión pícara. —…¡quiero más! — Y me abalancé hacia él, pidiéndole más besos. Durante un buen rato, estuvimos besándonos como si no hubiera mañana, y otros tipos de cosas.

¿Cuánto tiempo había pasado? Ni Charlie ni yo trajimos móvil, así que no teníamos ni idea qué hora era. Pero la luna estaba en lo más alto, cuando nos cansamos de besarnos.

— La luna se ve muy bonita, ¿no crees, Charlie? — Le dije esto, mientras miraba embobada al cielo, apoyada en la ventana. Él estaba a mi lado.

— Bonita y redonda como un queso. — La miraba como si fuera comida, se le salía la baba, ¿acaso tenía hambre? Luego, se le cambió la cara y me miró, preguntándome esto: — ¿Y ahora qué tienes pensado hacer? ¿Vas a vivir aquí toda la vida? —

— ¡Por supuesto que no! — Le replicó, mientras sentía escalofríos en el cuerpo. Tal vez, podría dormir unos días ahí, pero no toda la vida, por nada del mundo. Luego, añadí esto: — Pero, la verdad es que no lo sé. Lo único que no quiero es volver a mi casa. —

Si volvía a la casa, mi madre me separaría de Charlie. Además, yo creía que para ella yo era más que una molestia y pensaba que se alegraría de verme desaparecer. Si eso era lo que creía, pues le iba a cumplir ese deseo.

Lancé un suspiro, incapaz de pensar en algo. Pero, entonces, una duda se me vino a la cabeza.  — ¡Espera un momento…! — Me di cuenta de algo y le pregunté esto a Charlie. — ¿Cómo sabias que yo me había ido de casa? ¿Cómo supiste que estaba en las piedras? —

— Tú madre apareció en mi casa buscándome. Ellas les grito y les preguntaba cómo loca dónde estabas, ellos se quedaron blancos como las gallinas, creo que ni recordaban quién era. Después, empezaron a soltar insultos y a punto de pegarse. — Charlie empezó a dar puñetazos al aire, con un tono de voz muy exagerado. Luego, volvió a hablar normal. — Al momento, yo salí de casa y te busqué por toda la ciudad. — Empezó a señalar por todas partes, mientras simulaba que estaba corriendo. — Me fui por allí, después por allá, al final llegué a las piedras, sin pensar, ¡¿a qué soy un genio!? — Infló su pecho de orgullo.

Sus exageraciones me hicieron reír, pero no evitó que me preocupada.

— Entonces, ¡deberías volver a casa! — Él había desaparecido y sus padres debían estar buscándolo. Nuestra situación había empeorado, no sólo mi madre, sino también los padres de mi Charlie nos separarían.

Después de todo, no creía que tolerarían que la hija de la mujer que intentó interponerse y romper su sagrado matrimonio fuera la novia de su hijo.

Pero, por otra parte, y empecé a dudar si era cierto eso de que yo era una molestia. Ella fue capaz de ir a la casa de los padres de Charlie, sólo por mí. Y ahora estaría buscándome con desesperación por toda la ciudad, ¿entonces, mi madre me quería de verdad, yo no era una molestia? Me negué a aceptarlo, pensé que debía haber alguna excusa que la empujará a buscarme, que no me quería de verdad.

— Sí, debe estar muy preocupados. — Su cara parecía indiferente al decir eso, pero creo que se le notaba que se sentía un poco culpable por irse sin decirles nada. Luego, me miró: — ¿Pero estarás bien sola, aquí? —

Miré al suelo por unos cuantos segundos, mis pensamientos estaban muy confusos. Me sentía muy mal por hacer que Charlie me buscará, sus padres se enfadarían mucho con él y nos separarían. Tenía que volver pronto a casa. Pero tampoco quería que se fuera. Con toda mi sinceridad, le dije con mucha tristeza:

— No quiero que te castiguen más por mi culpa, pero tampoco quiero que me dejes sola en este lugar. —

Él se me quedo mirando por varios segundos, luego se fue a la cama del hospital y se acostó en ella. Entonces, habló: — ¡Pues, entonces, me quedaré aquí! — Bostezó. — Además, tengo mucho sueño para volver a casa. —

Una sonrisa de discreta alegría se esbozo en mi rostro: — Gracias…— Y con esto dicho, yo me acosté junto a él, después de sacar la manta y taparnos los dos juntos. Fue nuestra primera noche durmiendo en pareja.

Al día siguiente, el escuchar de los pájaros y los rayos del sol hicieron que abriera los ojos. — ¡¿Ya es de día!? — Pregunté, abobada, mientras me levantaba de la cama.

— ¡Sí, hoy es día de San Patricio! — Charlie se levantó de la cama con muchísimos ánimos, tanto que se cayó y se dio un buen golpe contra el suelo, se oyó muy fuerte, me asustó un poco. Pero, se levantó de golpe, como si no hubiera pasado nada, haciendo un gesto de victoria.

— Pero si ya pasó hace mucho tiempo…— Le repliqué, mientras me levantaba de la cama con tranquilidad. — Era el ¿17 de marzo?, ya ni me acuerdo. — Estábamos a mediados de junio, ya pasaron muchos meses desde entonces.

— ¡Ah, ¿en serio?! Bueno, lo cierto es que ha sido lo primero que se me ocurrió. — Charlie se puso a estirar su cuerpo. — ¿Y a qué día estamos, por cierto? —

No pude responderle, yo tampoco me acordaba. Pero nos olvidamos al momento de eso.

— ¡¿No hay más dulces!? — Al poco tiempo de despertar, habíamos desayunado. Y él no quedó satisfecho. — ¡Aún tengo hambre! —

— Entre los dos nos lo hemos comido todo…— Había buscando en la mochila, pero no encontraba. — ¿Y ahora que vamos a hacer? — No podría creer que mis reservas de comida hubieran durado tan poco.

— Pues vamos…— Se quedó pensativo por unos segundos. Después gritó esto, muy entusiasmado. — ¡A cazar, a pescar y coger frutar, a sobrevolar la naturaleza! —

Él quiso decir sobrevivir en vez de sobrevolar, aunque en aquellos momentos, no me di cuenta de su equivocación. Puse mala cara, no quería salir al bosque a cazar bichos.

— ¡No hace falta! ¡Mira, tenemos dinero! — Saqué el dinero de la mochila y se lo mostré. — ¡Podemos comprar comida! — Me sentí muy aliviada de haber tenido la brillante idea de cogerlo.

— Ya que nos hemos escapado de casa, ¿estará bien que vayamos a comprar comida en la ciudad? —

Di un grito de sorpresa, se me había olvidado de aquel detalle. Lancé un fuerte suspiro. — Es cierto,… — Añadí, desolada. Pero, al momento, se me ocurrió otra cosa. Me quite mi lazo y empecé a buscar en la mochila.

— ¿Qué haces? — Me preguntó Charlie, lleno de curiosidad. Le respondí esto, mientras sacaba lo que estaba buscando. — Vamos a pasar desarapercibidos. — Lo dije mal, pero me dio igual.

Más tarde, salimos del hospital abandonado, teniendo que rodear una verja que impedía la entrada del lugar desde la ciudad hasta encontrar un agujero en él, y andamos hasta entrar en un pequeño supermercado. Lo cierto es que no pasábamos desapercibidos, todo el mundo nos miraba.

— ¿Qué pasa? Esto no está saliendo como esperaba…— Le dije en voz baja a Charlie.

— Ni idea, pero me gusta ir así. — Charlie añadió muy contento.

Me di cuenta de que nos habíamos pasado con nuestros disfraces. Charlie usaba un tapabocas y unas gafas de sol, que encontró en el hospital, y usando mi manta como si fuera un poncho. Yo use unos de mis lacitos de repuesto para taparme la boca y otro para taparme la cabeza, y me cambié el vestido, que era verde, por otro de color blanco y simple. Eso era lo único que teníamos para ocultarnos y que ningún conocido se diera cuenta de que éramos nosotros. Al ver nuestra imagen reflejado en los cristales del supermercado, me di cuenta de que estábamos ridículos, era normal que todos nos mirasen. De todas maneras, pudimos comprar comida para merendar y cenar muy rápido, apenas había nadie.

Pero, entonces, al salir del establecimiento.

— ¡¿Vosotros no sois…?! — Escuchamos de golpe una voz, giramos hacia ella.

A cinco metros de nosotros, estaba Nadezha, esa maldita chica con pelo de vieja que ponía en peligro mi amor por Charlie.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

 

Estándar
Centésima vigésima segunda historia

La araña: Novena parte, centésima vigésima segunda historia

El silencio se volvió tan incómodo e insoportable que hasta Charlie no pudo soportarlo más, y tuvo que romperla:

Dia dhuit, madre de Carleen. —

Movió la mano de un lado para otro, de forma muy tímida. Vi un gesto de terror en la cara de mi madre y se acercó hacia nosotras con paso ligero, pero intimidante. Luego, cogió mi brazo con tanta fuerza que me hizo daño:

— ¡Vamos a casa, ya! — Empezó a arrastrarme, yo intenté resistir.

— ¿¡Pero qué te pasa, mamá!? — Le grité.

— ¡Aléjate de ese chico, ahora! — Estaba muy alterada, no esperaba que verme junto con Charlie provocase que actuará tan loca. Luego de decírmelo a mí, se dirigió a mi novio: — ¡Aléjate de ella, ahora! —

Yo iba a aceptar eso tan fácilmente, seguí resistiéndome, a pesar del dolor que me estaba provocando en el brazo. Empecé a caminar dirección contraria a ella, hacia Charlie:

— ¡Mamá, suéltame! ¡No quiero! —

— ¡Vamos, hazme caso! —

Él, después de quedarse paralizado, me agarró e intentó ayudarme. Se le notaba, muy poco, estaba preocupado por mí. E incluso le decía esto a mi madre:

— ¡Señora, ¿podría parar?! — Se dio cuenta de que mi madre me estaba haciendo mucho daño. Pero mi madre siguió a lo suyo:

— ¡Tú, cállate! ¡Y suéltala! — E empujó con mayor fuerza que antes, haciéndome tanto daño que chillé, pidiendo esto:

— ¡Parad, me duele! —

Mi grito fue tan fuerte que se escuchó por toda la calle e hizo que atrajésemos la mirada de la gente. Aún así, mi madre no me soltó, pero dejó de apretar mi brazo y de arrastrarme. Ella se quedó callada, con un gesto lleno de tristeza. Charlie me soltó al momento y observaba la situación muy confundida.

— Perdón, ¡no era mi intención! — Segundos después, con tono amable, intentó disculparse. — No quería hacerte daño, de verdad. — Aunque aún no me soltaba el brazo.

Ni siquiera le miré a los ojos, no quería ni pedirle perdón. Entonces, miré a Charlie, mostraba una cara muy angustiada, que me hizo recordar lo que le pasó en la mañana. No quería que se pusiera a gritar como loco, así que desistí.

— Vale, si tanto quieres eso, iré a casa. — Le dije esto a mi madre, cabizbaja. — ¡Pero no me hagas más daño! —

Ella no se atrevió a decir nada más. Luego, me dirigí hacia Charlie, muy preocupado por mí:

— ¡No pasa nada, no te preocupes por mí! — Le saludé con la mano, intentando esbozar pequeña sonrisa. — Nos vamos a ver más tarde. —

Él sólo me devolvió la despedida y con preocupación se alejo de nosotros. Mi madre decidió llevarme hacia a casa. Llegando ya a las escaleras del edificio, le dije esto, llena de hostilidad:

— ¡Suéltame la mano, no me voy a ninguna parte! —

Ella se quedó callada por unos segundos. Incapaz de mirarle la cara, pensé en repetirle lo que dije, pero, entonces, dijo algo:

— ¿Entonces, por eso estás tan rara? ¡Aún sigues en la primaria, y ya estás saliendo con chicos, eres muy joven para eso! ¡Y además con ese…! —

Ella se detuvo por un momento, yo la miré por un segundo, viendo como se tapaba la cara. Su rostro no parecía indicar rabia, sino miedo. Tragué saliva y le dije:

— ¿Qué te pasa con ese chico? ¡Es hijo de unos amigos tuyos que ya no son tus amigos, ¿y eso es algo malo?! —

— No lo es, pero es…— Me replicó, para luego frenar en seco.

— Cosas de adultos, ¿no? — Yo me adelanté, diciéndole estas palabras. — Siempre diciendo esa tontería. — Estaba harta de que me ocultará la verdad, ¿por qué no me lo podría decir? ¿Por ser una sólo niña no me daba derecho a saber aquello? Eso no era justo.

Mi madre dio un suspiro, antes de continuar: — ¿Sabes? Hay muchas cosas que tú no puedes entender a tu edad, y no son cosas que me gustan decir. Si te lo dijera, no lo comprenderías. —

— Es lo que siempre dices, ¡estoy cansada de tus cosas de adultos! ¡Si no me lo vas a contar, pues seguiré saliendo con Charlie! — Le repliqué con mucha ira.

— ¡Pero aún eres muy pequeña! — Ella me lo dijo con mucha más intensidad, parecía mucho más enfada que yo. Aún así, ya me daba igual, estaba tan harta que decidí búrlame de mi madre diciendo esto:

— ¡Son cosas de niñas, tú no lo entenderías! —

Si ella me decía que lo suyo era cosas de mayores y yo no podría entenderlo, pues entonces no iba a entender mi amor por Charlie.

— ¿¡Pero, qué…!? — Por un momento, se quedó confundida. Luego, dio un gruñido de fastidio y añadió esto: — A ver si me explico, deja de jugar a los novios, la relación que he tenido con la familia de ese chico ha sido mala, si te juntas con él, puedes…—

Calló al final de la frase, como si estaba a punto de decir algo malo. Yo decidí seguir con la conversación:

— Pero antes, ¡erais mejores amigos, ¿no?! —

— Sí, pero…— Añadió dubitativamente.

Ella se quedó cabizbaja, sus ojos eres incapaces de mirar hacia mí, como si mi madre hubiera hecho algo malo. Mis pensamientos se volvieron confusos por un momento, me había dado cuenta de algo en su rostro, pero me costaba entenderlo. Ya lo había visto antes, cuando me peleé con ella el otro día. Al pasar unos segundos, conseguí comprenderlo. Tardé en reaccionar, dudando en decirlo o no. Aunque, al final, lo solté sin darme cuenta, en voz baja:

— ¡¿Fue tu culpa, cierto!? —

Mi madre me miró muy sorprendida, por su rostro daba la impresión de que había acertado. Seguí insistiendo, señalándola con el dedo:

— ¡Tú les hiciste algo, seguro! —

— Eso es algo que…— Intentó decirme algo, pero se quedó bloqueada. Aquello me puso más enfadada y empecé a exigirle esto:

— ¡Dímelo, dímelo de una vez! ¡No me lo quieres contar porque eres una mentirosa, seguro! ¡Mentirosa, más que mentirosa! —

Me volvió a repetir, con actitud defensiva, que eran cosas de adultos y no me lo podría decir. Yo seguí insistiendo, descontrolada:

— ¡¿Piensas qué voy a creerte!? ¡No dejas de utilizar la tontería de que soy una niña para acallarme y no decirme la verdad! ¡Mamá, siempre haces lo mismo! —

— ¡Cállate de una vez! ¡Estoy harta de esa estúpida actitud tuya! —

Entonces, ella soltó un chillido tan fuerte que me dio la impresión de que retumbó por toda la entrada del edificio. Luego, sentí un dolor horrible en unas de mis mejillas, tan fuerte que cerré los ojos por un segundo. Me la acarició, me picaba y parecía estar roja. Al momento, rompí a llorar. Mi mamá me había dado un guantazo en toda la cara. Mi madre, ignorando mis lamentos, me gritaba esto como loca:

— ¿¡Crees que te contaría el hecho de que me intenté robar el hombre de mi mejor amiga, después de que ella lo hiciera!? —

Cayó de cruces al suelo y, con lágrimas en los ojos, empezó a decir cosas en voz alta. No parecía que me estuviera hablando a mí, sino con ella misma:

¡Después de ser tirada y usada por muchos otros, porque era una pobre desesperada, que necesitaba tener un hombre como fuera! ¡Después de quedarme embarazada y ser una madre soltera! ¡Me volví una idiota y cometí la mayor estupidez de mi vida! ¡Le intenté seducir, enamorarlo! ¡Pero todo me salió mal! Sí, éramos muy amigas, pero tuvimos que enamorarnos del mismo hombre. Ella me ganó, y yo lo tuve que aceptar, ¡maldita, todo lo que hice para que se fijara en mí fue en vano! ¡Él era el chico perfecto, pero…! —

¿De qué estaba hablando? Me sentí abrumada, me costó asimilar lo que dijo, mientras golpeaba el suelo con furia. Tardé en reaccionar. Al final, sólo pude decir esto, boquiabierta:

— ¿Entonces, intentaste ligarte con el padre de Charlie? —

 

Cuando ella me escuchó, se dio cuenta de que me dijo. Se levantó y se puso a chimarme:

— ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Por eso no quería decirlo, no era que debería contar a mi hija! ¿¡Estás contenta!? ¡¿Por qué he abierta la boca!? — Se tapo media cara, como si le estuviera doliendo la cabeza.

Por una parte, ella se veía muy lamentable, me daba mucha pena. No, más bien pavor, me veía reflejaba en mi madre, observaba lo que podría ser mi futuro. Me negué con fuerza, no quería convertirme en alguien así. Luego, recordé aquella frase que dijo mientras me observaba, creyendo que yo estaba dormida, y que me dejó tan marcada:

“¡Ojalá pudieras ser capaz de aprovechar el momento cuando llegues a encontrarte con el amor de tu vida, no como yo, que lo perdí y ahora jamás llegaré a la felicidad, moriré sola!”

¿¡No era eso lo que estaba haciendo yo, aferrarme todo lo que pudiera a mi amor de mi vida y no soltarlo por no nada!? ¿¡Ahora, por qué ella deseaba que yo dejará de ser su novia!? ¡Eso fue su problema, no el mío! ¡Nada en este mundo iba a evitar que me quedara sola, aún cuando fuera mi propia madre!

— ¡Lo siento, olvida todo lo que dije! Mamá sólo está muy frustrada, lleva tanto días sin hacer nada, sólo vagueando en la casa que estoy fatal, esto de no tener trabajo me está afectando…—

No dije nada, sólo estaba ocupada pensando. Ella, al verme con la cara tan serie, debió pensar que hablarme ahora no tenía sentido y desistió. Me cogió de la mano y me dejé llevar a casa.

Tras entrar en la casa, después de preguntarme cosas cómo si quería merendar o si deseaba ver la tele junto con ella, me encerré en mi cuarto, esperando el momento justo para que ella estuviera distraída. Eso fue en el momento que estaba haciendo la cena.

— ¿Cómo se cortaba esto? — Ella estaba en la cocina, tenía un cuchillo con la mano y con la otra el móvil, viendo lo que parecía ser un tutorial sobre una receta. — ¿Así? Pero si parece muy difícil…— Lanzó un grito de frustración. — Debía haber aprendido con mi madre cuando tenía oportunidad. — La miraba, medio escondida, detrás del marco de la puerta.

Y estaba claro que estaba lo suficientemente distraída para que no se diera cuenta de mi presencia. Me dirigí rauda y veloz a la puerta y la abrí con precaución. Y con la llave en la mano, lo cerré desde fuera y lo metí por la ranura de la puerta. Ella no se dio cuenta de nada.

Y conseguí irme de casa, salí corriendo y bajé las escaleras tan rápido como pude. Lo primero que quería hacer fue estar lo más lejos de ahí y luego contactar con Charlie, como fuera. ¿Pero dónde tenía que ir, y cómo podría encontrarme con él? Lo cierto es que no tenía ni idea, sólo deambule por las calles de mi barrio sin rumbo.

Y en cuestión de una hora o más, llegué a aquel lugar que me mostró Charlie el otro día, ese sitio con aquella atmosfera tan mágica, aquel circulo de piedras. Me subí a una y me senté, abrazando mis piernas.

— Ahora, ¿qué hago? — Miré hacia arriba, preocupada. El cielo ya estaba en proceso de volverse en naranja. — Aquí no hay techo ni nada para pasar la noche. Además, hace frio. —

Lo cierto es que no sabía adónde ir y no deseaba estar en medio de un lugar como ese. A pesar de saber de que no había animales salvajes, los gruñidos y rugidos de los domésticos me ponían la piel de punta. Miré por todas partes, estaba rodeada de bosque. Vi primero rio abajo, con la imagen de la ciudad oculta entre los árboles, era el lugar por donde había venido, no tenía sentido ir por ahí. Luego, observé rio arriba, enormes y monstruosas montañas, con impresionantes precipicios, se alzaban ante nosotros, pues no creo que caminar hacia allí me llevará a alguna parte. Es más, me daba mucho miedo ir allí. A continuación, miré por los lados, intentando observar lo que había al otro lado del bosque, pero no había manera, todo estaba muy oscuro, ni loca me hubiera metido ahí sola. Lancé un fuerte suspiro, pensando que no hay más remedio que dormir sobre las piedras.

Cogí la mochila que me llevé y miré las cosas que me traje.

— Aunque no me tengo que preocupar con la comida. —

Había cogido dinero del bolso de mi madre, unos cuantos billetes y monedas para comprarme algo en el supermercado. Y lo único que cogí para comer era unos míseros dulces. También me llevé otras como una de mis mantas preferidas, una linterna para ver en la oscuridad y una cosa extraña, que saque de la mochila para observarlo mejor.

— ¿Y qué será esto? — Me preguntaba, mientras lo observaba por todos los lados posibles. No entendía por qué lo saqué de ahí, no parecía que me iba a ayudar. Pero, por alguna razón, sentía que lo necesitaba y lo cogí. Tal vez, porque me parecía curioso, porque era de color rosita.

Parecía un mando de televisor, pero en unos de sus extremos habías dos cosas de metal, paralelas unas a otras. Y había un botón, así que decidí probarlo. De todas maneras, no tenía otra cosa que hacer.

Toqué el botón, alzando aquella cosa hacia al bosque. Entonces, salió electricidad de eso. Al momento, grité asustada, tirando al suelo con violencia. Salí corriendo y me escondí detrás de una columna de piedra, temblando y sudando un montón.

— ¿¡Qué ha sido eso!? — Pregunté, tras superar el susto, sin alejarme mucho de la piedra. — ¿Esa cosa hacia electricidad o qué? —

Me quedé pensando, me era algo familiar aquello, sentía que lo había visto en alguna parte, lo tenía en la punta de la lengua, pero no entendía muy bien que era. Al pasar unos minutos, lo recordé:

— Debe ser un arma de esas. Lo he visto en la tele. Un arma que lanza rayos. —

Me acerqué a ella y la cogí, luego la guardé con cuidado en la mochila. Me pregunté esto, muy confundida:

— ¡¿Por qué mamá tenía esto!? ¡¿No es poco peligroso tenerlo!? —

Jamás me había imaginado que mi madre tuviera un arma. Tragué saliva, algo asustada por el hecho de tenerlo yo.

— ¡¿No será peligroso llevarlo dentro!? ¡Esto sería como tocar el enchufe, pero mil veces peor! —

Entonces, oí una voz y me sobrecogió. Tapándome la boca para evitar soltar un chillido de sorpresa, me volví a esconder detrás de la columna y empecé a observar.

Así estuve durante más de cinco minutos, mirando por todas partes, pero no encontraba a nadie. Parecía que la voz me la había imaginado. Entonces, volví a escuchar algo, esta vez detrás de mí:

— ¡Estás aquí, Carleen!  —

Me dio un susto de muerte, chillé como loca y caí al suelo, de culo, tapándome los ojos. Con muchísimo terror, intenté ver a través de los dedos que me tapaban la cara y vi que era una persona. Lo reconocí enseguida, era Charlie.

— ¡Qué susto me has dado! — Le grité molesta, con los mofletes inflados. — ¡¿Por qué lo has hecho!? — Dándole golpecitos en el pecho.

— ¡Quería darte una sorpresa! — Charlie me dijo muy orgulloso, inflando el pecho de orgullo y haciendo el gesto de la victoria con la mano. Pero, al ver mi cara de enfado, se sintió bastante

— Ha sido demasiada sorpresa, ¿no? — Sus ojos miraron para otro lado, con un gesto casi indistinguible en su rostro de culpabilidad.

— ¡No puedo enfadarme contigo! — Dije esto, a continuación, al ver que se sintió mal por lo que hizo.

A continuación, nos sentados los dos, muy pegados el uno al otro. Yo apoyé mi cabeza sobre su hombro, mientras observábamos como el cielo ya estaba totalmente naranja.

— ¿¡La voz de antes fuiste tú!? — Le pregunté esto.

— No. — Respondió con toda la normalidad del mundo.

— Entonces, ¿quién fue? — Le miré con los ojos muy abiertos y la cara se me puso morada. Él movió la cabeza y los brazos en señal de que no lo sabía.

Entonces, oímos susurros en el aire, sólo paso unos cuantos segundos, pero me puso la piel de gallina. Parecían provenir del mismo infierno.

— ¿Qué ha sido eso? — Grité sobresaltada, abrazando fuertemente a Charlie.

— O el viento o los fantasmas. Papá dice que aquí se escuchan voces de los muertos o algo así. — Me lo dijo como si no pasaba nada.

— ¿¡Por qué no me has dicho eso antes!? — Le repliqué, temblando de miedo. — ¡Ahora tengo más miedo que antes! — Ahora quería irme de ahí como fuera.

— No pasa nada. Podemos ir ahí, hay un lugar en donde puedes estar. —

Me señaló hacia la dirección en donde el sol se estaba poniendo, hacia al otro lado de un bosque y aterrador. Trague saliva, no quería ir por ahí.

— ¿Tenemos que cruzar el bosque? — Le pregunté.

— Sí, algo así, ¿te da miedo? ¡Si no quieres, puedes quedarte aquí! —

— ¡Ni en broma! — Chillé. Luego, me quedé callada por unos segundos y me lo reconsideré. Entonces, le cogí de las manos y le dije esto: — ¡No pasa nada, puedo ir ahí, si tú estás a mi lado, estaré a salvo, estoy seguro de eso! — Era cierto, tenía a Charlie, a alguien de mi lado, no debería tener miedo. Me llené de valor, dispuesta a cruzar el bosque. Además, era la excusa perfecta para poder estar abrazada junto a él, y sentirme protegida.

FIN DE LA NOVENA PARTE

 

Estándar