Centésima décima historia

La discusión: Última parte, centésima décima historia.

— ¡¿Por qué mi cuarto está mojado, qué hace ese cubo ahí!? — Eso gritaba Miguel, muy sorprendido, al ver su cuarto. — ¡No mames! ¡¿Es esto lo que me querías enseñar!? —

— ¡Esas chamacas, lo han arruinado todo! — Maldijo en voz baja Noemí, enfadada por el hecho de que la broma no le había salido para nada bien.

Después de todo el esfuerzo que hizo para sacarlo del garaje, mientras él limpiaba su querido carro con mucho amor; y dirigirlo hacia su cuarto, vio con sus propios ojos como su venganza había sido totalmente arruinada.

— ¡¿Decías algo!? — Le preguntó su hermano, que la oyó.

— Nada, nada, bro. A mí también me ha sorprendido ver esto, esto es un verdadero desmadre. — Y ésta lo intentó disimular, pero lo hizo fatal.

— ¿¡Has sido tú, no!? — Así era fácil que su hermano supiese cual era el cerebro de aquel estropicio.

— No, no me eches la culpa. — Aún así, ella intentó defenderse.

— ¡No te pases de vergas! — Y se hubieran puesto a pelearse, sino fuera porque alguien les interrumpió.

— Noemí, ven aquí. — Le decía tímidamente Josefina, desde la lejanía, mientras le movía la mano para que se acercará. Y ésta, para quitarse del medio a su hermano y a la vez pedirle explicaciones a Josefa, la hizo caso.

Cuando alcanzó a Josefina, le dijo esto al oído, muy enfadada: — ¡¿Por qué no habéis puesto la trampa bien!? ¡La broma está toda arruinada! —

— Eso ahora me la pela. Necesito que me ayudes con una cosa. — Le replicó Josefina.

Ese tono le molestó mucho a su hermana Noemí, quién se puso muy fanfarrona: — ¡¿Y si digo que no!? —

— ¡No mames! ¡Yo te he ayudado, ahora es tu turno! — Infló los mofletes muy molesta, recordando que su hermana, siempre le pedía ayuda y luego cuando le llegaba el turno a Josefina, se la negaba, con múltiples excusas.

— Pero no lo hiciste bien, fin del asunto. — Y esta no era una excepción. Pero Josefina tenía un as en la manga, que podría obligarla a ayudarla:

— ¡¿Y si le digo al hermano la verdad, de que me convenciste para hacerle una broma?! — Le dijo maliciosamente, y Noemí se puso blanca de terror, al escucharlo.

Y entonces, aquella conversación subidamente dio una pequeña pausa, al darse cuenta las dos que su hermano Miguel se acercaba poquito a poco a ellas para escuchar su conversación.

— ¡Oye, tú! ¡No espíes una conversación de damas! — Le gritaron como si fueran leonas.

— ¡Órale! ¡No tienen que ponerse así! — Y éste, al ver que le habían atrapado, decidió alejarse de ellas, mientras mentalmente no dejaba de insultarlas.

Tras irse, Noemí le preguntó: — ¡¿Bueno, en que cosa quieres que te ayude!? —

Empezó a contarle todo lo que pasó y el malentendido que había creado ella, provocando que las gemelas se pelearán entre ellas. Tras terminar, le soltó esto a su hermana: — ¡¿Y ahora qué hago, hermanita!? ¡¿Debería decirles la verdad!? —

— ¡No, no! — Le replicó su hermana. — ¡Jamás hagas eso, solo harás que se enfaden mucho más, y vayan contra ti! ¡Lo mejor que puedes hacer es que se olviden del tema! ¡Después de todo, solo una pelea tonta, no tienes que darle importancia! —

— ¡¿De verdad!? — Añadía Josefina muy desconfiada, porque su hermana era la número uno en destrozar amistades. — ¡No sé yo…! —

— ¡De verdad, soy una experta en esto…! — Le dijo esto, inflando su pecho de orgullo, para intentar dar la apariencia de que su hermana la tomase en serio.

— Eso me deja claro que no…— Aunque, fue en vano.

Después de soltar eso, la hermana decidió cambiar de tema y a demostrarle a su hermana que ella era una experta en reconciliar amistades.

— De todos modos, si quieres vamos a crear un plan para unirlas, sin que se den cuenta que ha sido tu culpa. — Añadió esto.

Josefina aceptó la propuesta, quería arreglar el malentendido que creó, sin necesidad de confesar el crimen, con una pequeña duda en mente, ¿cómo lo harían? Porque ella no tenía ni idea y se lo preguntó a su hermana.

— ¡Bueno, yo tampoco, pero se nos ocurrirá algo pronto! — Eso le respondió Noemí, con una actitud muy despreocupada. Josefina empezó a arrepentirse de haberle pedido ayuda.

Después de eso, Noemí se fue directa al cuarto de baño, con la excusa de que allí se le podría ocurrir alguna idea mientras hacia sus necesidades, sin saber que su hermano Miguel ya estaba metido ahí y parecía que iba a estar un buen tiempo ahí. Josefa, mientras se preguntaba si fue una buena idea haberle pedido ayuda a su hermana, volvió a su cuarto con la esperanza de que las gemelas estuvieran ahí, reconciliadas.

Al entrar, las vio, habían vuelto a su cuarto, pero cada una estaba en una esquina, muy alejadas de la una a la otro y con cara de disgusto y enfado.

— ¡¿Aún siguen peleadas!? — Josefina, tras ver que aún seguían así, decidió hablar, a ver si podrían hacerlas reconciliar fácilmente.

— Pues sí, hasta que ella no me confiese que ha sido su culpa, no la perdono. — Le respondió Alex.

— No ha sido culpa mía. Tú eres la que tienes pedirme perdón. — Le replicó Sanae y Alex añadió:

— ¡Ni hablar! — Luego, después de mirarse con muy mala leche, giraron la cabeza al otro lado, como gesto de disgusto.

Josefina, al ver que parecía que la cosa había empeorado, se puso muy nerviosa, totalmente aterrada, e intentó decir algo:

— ¡Eso no está bien, no deberían pelearse por una tontería! —

— ¡Esto no es una tontería, para nada! — Le replicaron las dos chicas con mucho fastidio.

Josefina no se atrevió a decir nada más, porque parecían estar de muy mal humor, tanto que podrían enfadarse con ella por cualquier tontería. Al ver lo que provocó su estúpido malentendido, solo consiguió que se pusiera mucho más nerviosa y aterrada que antes.

— ¡¿Has encontrado una buena idea!?  — Le preguntó a su hermana Noemí, después de que esta saliese del baño. — ¡Es peor de lo que había pensado! —

Ella, al ver que su hermana, que apareció de golpe, de una forma tan repentina que casi le dio un gran susto; seguía con eso, decidió a poner su cerebro en marcha para tener un plan. No quería que Josefina se sintiera decepcionada, después de que le había prometido tener una idea mientras hacia sus necesidades; su orgullo estaba en juego.

— Pues, esto… —  Le pedía desesperadamente a su cerebro que le diese un plan. — Verás… — Y éste empezó a darle uno, por suerte. —Teengoo uno en mente…— Aunque no le parecía algo muy bueno.

— ¡¿Y cuál es!? — Le preguntó rápidamente Josefina.

— ¡Una cena de reconciliación o algo así! — Lo dijo de una forma muy dudosa, con la idea de que su hermana lo iba a rechazar.

— ¡Es una buenísima idea! —  Pero fue todo lo contrario. — ¡Eso no me lo esperaba para nada de ti!—

— ¿¡En serio!? — Añadió incrédula Noemí, antes de reír nerviosamente, mientras se preguntaba si eso último que dijo su hermana se lo tenía que tomar bien o mal.

— ¡Vamos a prepararlo ahora mismo! — Eso decía repentinamente, mientras se dirigía hacia la cocina.

— ¡¿Por qué no esperamos a mamá y a los gordos!? Aún es demasiado pronto. — Además, apenas sabían cocinar algunos platos. Pero Josefa le dijo que no podrían permitirse ese lujo, tenían que actuar antes de que fuera demasiado tardo. Noemí suspiró molesta, al ver lo exagerada que llegaba su pequeña hermanita a veces.

Noemí tardó unos varios segundos en ir a la cocina y vio como Josefina estaba sacando un montón de comida precocinada.

— ¡¿En serio, les vas a dar eso para comer!? —

Eso le preguntó, era algo muy cutre y vago para hacer una cena de reconciliación.

 

— Ninguna de las dos sabemos cocinar, como Dios manda. Así que esto es lo mejor que podemos hacer. — Le respondió su hermana, a quién le dio la razón. Además, le daba pereza hacer de comer, así que agradecía usarlo.

A continuación, Noemí empezó a coger la comida precalentada que necesitaban y Josefina preparaba la mesa y empezaba a poner notas sobre ella, pidiéndoles a las dos que se reconcilien y se olviden del asunto, con mensajes cursis. Tardaron poco tiempo y tras prepararlo todo, era hora de llevarlas a la mesa.

— ¡Hey, chicas, les tengo una pequeña sorpresa! ¡Bajen al salón! — Eso les gritó Josefina, que entró de golpe en su habitación, a las gemelas.

— Más tarde, ahora no estamos de humor para eso. — Intentaron oponer un poco de resistencia, pero al final tuvieron que hacerle caso y ella las llevó rápidamente al comedor.

— ¡¿Qué es esto!? — Eso dijeron cuando vieron la mesa llena de comida precalentada con unas pintas que no despertaba muchas ganas de comer. — ¡¿Esto es la sorpresa!? —

— Pues sí, una cena especial, solo para vosotras dos. — Pusieron una muy mala cara. — ¡Vamos, sentaros! — Hicieron caso a Josefina.

— No tienen una pinta muy deliciosa, la verdad. — Decían sinceramente, mientras observaban con asco toda la mesa.

— ¡¿Y todas estas tonterías qué son!? — Comentaba Sanae, al ver todos esos papeles llenos de mensajes cursis.

— ¡No son tonterías! — A Josefina le molestó un poco que le dijeran eso de sus mensajes, porque puso mucho esfuerzo y dedicación.

— ¡Entiendo! ¡¿Intentas que nos reconciliamos de golpe, no!? — Le preguntó Alex, mientras dejaba la comida a un lado.

— ¿¡Crees que una cena puede hacer que nos damos las paces!? — Añadió Sanae, usando el mismo tono de voz que su gemela.

Nerviosamente Noemí intentó decirles que no con la cabeza, pero Josefina hizo sus esfuerzos en vano, moviéndolo de forma afirmativa. No paraba de decirle tonta a su hermana, iba a provocar que se enfadaran con ella.

— Hasta que ella no reconozca que sea culpa suya, no la voy a perdonar, ni un poquito. — Entonces, Alex volvió a decir de nuevo esto.

— ¡Te he dicho mil veces que no es mi culpa! — Y su hermana Sanae la volvió a replicar, gritándoselo.

— ¡¿Y de quién es la culpa, listilla!? — Y ésta se la devolvió con un grito mucho más fuerte. Así empezó una lluvia de replicas que se volvían cada vez más graves.

Con cada replica, la intensidad de la discusión aumentaba, poniendo a Josefina realmente nerviosa, incapaz de buscar alguna solución para detener lo que estaba viendo. Y Noemí, al ver que no estaba aguanto la presión le intentaba decir esto en voz baja: — ¡No lo digas, no lo digas! —

— ¡Te lo he dicho miles de veces, no es culpa mía! —

Josefina intentó detenerlas de forma tímida, mientras les decía que se tranquilizaran, que estaban peleando por cosas tontas.

— ¡¿Y quieres que me lo crea!? ¡Te vi entrando en la puerta, después de que se cayó el maldito cubo en mi cabeza! ¡¿No es eso suficiente prueba, hermanita!? —

Noemí ya se rindió, sabía que su hermana no iba a aguantar más y les iba a decir la verdad. Y su hermano Miguel, al ver que había comida y nadie se los estaba comiendo, aprovechó para llenarse el apetito, ignorando aquella pelea que iba a llegar demasiado lejos.

— ¡Para nada, es una prueba! ¡Estuve en el momento equivocado, nada más! ¡Y esta es la verdad, la pura verdad! —

Cuando Sanae soltó esto, gritando lo más histéricamente posible, Alex se levantó de golpe y añadió esto:

— ¡Verdad te daré yo! — Lo decía con el puño en alto, mostrando como si la quería golpear, ante la sorpresa de todos. Entonces, Josefina no pudo aguantar, tenía que parar la pelea y decirles la verdad:

— ¡Parad, parad! ¡Yo fui la que empujó la puerta y tiré sin querer el cubo de agua! ¡No era mi intención, de verdad! ¡Vosotras no sois así, no podréis pelear por una tontería como ésta, sois las hermanas que más se quieren en el mundo! ¡Por eso, por favor, dejar de pelearse, esto no está bien! —

Aquel grito desesperado de Josefina que se escuchó por toda la casa y casi la dejó ronca, hizo que todos se quedasen quietos y callados durante varios segundos, como si el tiempo en el comedor se hubiera congelando. Solo Noemí reaccionó, poniendo la mano sobre su mano como señal de disgusto.

Entonces, las gemelas, que hacía unos segundos casi se iban a darse una paliza entre ellas, empezaron a reír y se chocaron los chicos, dejando a los presentes estupefactos.

— ¡Por fin, has confesado! — Decían alegremente las gemelas. — ¡Has tardado demasiado, Josefina! —

— ¡¿Espera, qué…!? — Josefina apenas no lo podría entender, tenía en su rostro una mezcla de sorpresa y confusión. — ¡¿Qué está ocurriendo!? ¡¿No estabais enfadadas!? —

— Todo fue una farsa, solo para hacerte confesar. — Le explicó Alex y su Sanae añadió: — ¿¡De verdad, creías que íbamos a pelearnos por una tontería como esa!? ¡O eso o nuestra actuación ha sido perfecta! —

Desde el primer momento, sabían que fue Josefina. Cuando Sanae le dijo por primera vez que no fue su culpa, ella creyó en su hermana y utilizando signos, le preguntó si fue la Josefa. A pesar de desconocer por un momento porque hacía eso, mientras le decía otra cosa, le devolvió el mensaje de la misma forma, diciéndoles que sí, que  la vio irse corriendo al cuarto del baño, mientras subía por las escaleras. Entonces, se dio cuenta de las intenciones de su gemela.

Iban a actuar como si estuvieran peleadas entre ellas para hacer que Josefina saliese de su escondite y les dijera la verdad. Al ver que ésta no salía, tuvieron que hacer como si cada una iba por su lado, llenas de odios y rencor; y reunirse en el comedor para planear cómo hacer que fuera mucho más creíble. Así que, tras poner algunas ideas, y ver que su amiga le pedía ayuda a Noemí, siguieron con la farsa, llegando al punto de levantarse la mano la una a la otra de mentira. De eso, dieron una explicación breve, a desgracia de Noemí, que dijeron su plan, delante de su hermano Miguel.

— ¿¡Así que lo del cubo fue toda obra tuya!? — Añadía Miguel, muy enfadado, aunque ya sabía obviamente que era ella.

— Gracias, chicas. — Dijo sarcásticamente Noemí en voz baja, antes de soltarle con falsa dulzura y amabilidad: — Solo era una pequeña broma, bro. No te pongas así. —

— ¡Se lo diré a mamá! — Pero él la amenazó, y ella hizo lo mismo, empezando una lluvia de insultos  y de acusaciones muy fuerte

Por otra parte: — ¡¿Es decir, sabíais que fui yo, desde el principio!? — Josefina no se lo podría creer, se sintió muy humillada. — ¡¿Y me engañasteis solo para que dijera la verdad!? —

— Si no te hubieras escondido, nada de esto hubiera pasado. — Dijeron como si no pasará nada. — ¡No nos íbamos a enfadar por tu torpeza ni nada parecido! —

— ¡Pues entonces, haberme dicho la verdad a lo primero! ¡Lo que habéis hecho ha sido muy cruel y feo! — Josefina estalló, gritándoles de furia, mientras empezaba a llorar. Entonces, las gemelas se dieron cuenta que se habían pasado.

— ¡Vamos, Josefa! ¡No era nuestra intención, de verdad! ¡Perdónanos! — Y empezaron a pedirle perdón, llenas de culpabilidad, mientras Josefina les decía muy furiosa que le dejaran en paz, mientras se dirigía hacia su cuarto. Al final, no hubo un malentendido, solo le tomaron el pelo a la pobre.

FIN

Estándar
Centésima décima historia

La discusión: Primera parte, centésima décima historia.

Mediados de marzo, aún quedaba nieve, pero el calor de la primavera ya estaba llegando y lo derretía sin compasión, siendo aquel día como uno de los calurosos del mes. Era por la tarde, cuando en la habitación de Josefina entraron de golpe tres niñas.

― ¡Me da poco de pena! ― Protestaba la propietaria del cuarto. ― ¡Mao podría haberse unido a nosotras! ―

― La jefa dijo que tenía que hacer otras cosas… ― Añadió una de ellas, mientras se sentaba sobre la cama de Josefa. Era Sanae, una de las gemelas.

― Bah, seguro que es echarse la siesta, como siempre. ― Y le replicó graciosamente su gemela Alex, mientras se tiraba sobre la cama.

Entonces, las tres dieron unas inocentes carcajadas, mientras se imaginaban a Mao acostándose de nuevo en el salón.

― Eso sería típico de ella. ― Les soltó Josefina.

Josefina volvió de la casa de Mao con las gemelas, y siendo acompañadas por el dueño del hogar. Entonces, tras las risas y el comentario de Josefa, Alex añadió esto con una cara seria:

― No hacía falta que actuara como nuestra guardaespaldas… ―

Había una razón para que Mao las acompañara hasta la casa de Josefina y después volvía a la suya, y que hacía sentir a Alex algo molesta, porque no quería preocuparle de esa manera; a la vez que se sentía un poco feliz y algo agradecida por esa preocupación. Hace dos días, ocurrió algo con su padre y ellas se pusieron bajo la protección de su jefa. Y con el miedo de que él apareciera mientras se dirigían hacia la casa de Josefa, decidió hacer de guardaespaldas para evitar que no les pasara nada malo.

Aquella cara seria duró unos segundos, porque se dio cuenta de que estaba preocupando a su hermana gemela y a Josefina; y para rápidamente actuó para evitar que hubiera un ambiente feo en la habitación, mientras ponía una sonrisa traviesa.

― ¡¿Pero, qué haces!? ― Entonces, Josefina le gritó muy molesta, cuando Alex le dio una palmada en su trasero de repente.

Con una sonrisa en la cara, ésta le respondió:

― Perdón, perdón, ¡no pude resistirme! ―

― ¡Eso ha dolido! ― Eso le replicó, mientras inflaba sus mofletes, en señal de que no le gustó nada eso. Alex empezó a decirle que le perdonase, antes de que un comentario de Sanae hizo que hubiera silencio en la habitación:

― Realmente, tienes un buen culo…― Dijo ella, después de mirar fijamente el trasero de su amiga por unos segundos.

Las dos se quedaron pilladas, Josefina se puso muy roja, mientras se tapaba su trasero inconsciente; mientras que Alex se quedó muy sorprendido por oír aquel comentario. Al ver la reacción de su hermana gemela y de su amiga, ella tuvo que enfriar la situación: ― No es nada, ¡olvídenlo! ―

Y en aquel preciso momento, alguien entró en la habitación de Josefina, abriendo la puerta violentamente de golpe, era su hermana Noemí, que tenía cara de pocos amigos.

— Hermana, ¡no entrés así, sin permiso! — Eso le gritó Josefina, mientras se preguntaba qué quería ahora su hermana. — ¡Casi me das un susto! —

— Perdón, perdón. — Y Noemí se lo dijo de una forma tan desagradable que tanto a ella y a las gemelas le dieron ganas de mandarla a la mierda. Aún así, Josefina decidió no decir nada sobre su fea actitud y saber qué le pasaba: — ¡¿Y qué ocurre!? —

— Quiero que me ayuden a darle una lección al pendejo de Miguel. — Noemí se lo dijo claramente, sin rodeos; y con una clara ansia de venganza.

Josefa se quedó algo pillado, porque no sabía qué le había pasado ahora con él. Es verdad que nunca se llevan bien, pero ni siquiera estaba ahí.

— ¿¡Por qué!? — Volvió a lanzar otra pregunta. — ¡¿Ahora qué te ha hecho!? —

Y como se le hubiera invadido de repente el demonio, su hermana le gritó histéricamente, como si Josefina fuera el enemigo:

— ¡¿Qué ha hecho!? ¡¿No lo recuerdas!? ¡El otro día, cuando el pinche cabrón me hizo esa broma! —

Las tres se quedaron con una cara de susto, al ver como se puso la señora, y Josefina, entonces, recordó lo que había pasado días atrás.

Hace una semana o más, su hermano Miguel, hizo una apuesta estúpida con sus amigos, de hacerle una broma pesada a alguien de su familia. Tras estar pensando en uno genial y sorprendente durante mucho tiempo, se le ocurrió uno muy desagradable. Por la noche, él puso un plástico transparente en el inodoro y bajó la tapa. Así, la primera persona que se metía en el cuarto de baño e hiciera sus necesidades, tuviera una desagradable sorpresa.

Y al llegar la mañana, la primera persona que entró en el baño fue Noemí, que iba a orinar y lo puso todo perdido. Tras descubrir asqueada que un idiota tapó el wáter con plástico transparente y ver cómo el hermano mayor se partía de risa al ver la escena, a pesar de que su madre le regañó y le castigó duramente, no iba a perdonarle esto, jamás de los jamases. Se lo iba a devolver, costará lo que costará.

— ¡Ah, ese! — Exclamaba Josefa, tras recordarlo. — ¡¿Aún estás ardida por eso!? — Aún se sorprendía de lo rencorosa y vengativa que podría ser Noemí.

Las gemelas ni preguntaron, porque ya supieron de esto por parte de Josefina, que se lo contó a casi todos; e intentaban evitar no ponerse a reírse de ella.

— ¡¿Cómo no puedo estar ardida, después de lo que me hizo ese puto!? ¡Es más, hizo la pendejada de recordármelo esta mañana! — Ponía una cara de venganza que daba mucho terror, mientras recordaba cuando esta mañana, vio como éste le hablaba chistosamente a sus amigos en el garaje sobre la broma pesada que le hizo, mientras fardaba de las cosas nuevas que le había puesto a su querido y amado automóvil.

— ¡Y se lo voy a devolver, se va a arrepentir! — Añadió, con unos ojos que parecían echar fuego.

Josefina dio un gran suspiro, al ver que su hermana la quería meter en un problema gordo; y le iba a decir que no. Pero las gemelas se adelantaron:

— ¡Por supuesto que te vamos a ayudar! — Les decían al unísono a Noemí, totalmente motivadas. — ¡Le daremos una gran lección a ese feo de tu hermano! — Estaban deseosas de hacerle una broma pesada a alguien, como esos que salían en la televisión. Además, como le caían muy mal los hermanos de Josefina, no se sentían muy mal por hacer tal cosa.

Luego, se dirigieron hacia a Josefa: — ¿A qué sí, Josefina? —

Josefina se quedó callada por varios segundos. Ésta no sabía que decir, porque no estaba muy segura de participar en la venganza de su hermana, temía mucho las consecuencias de hacer tal cosa.

— Esperen, yo…— E intentó decir algo.

— ¡Hazlo por todas las cosas malas que te ha hecho ese pendejo! — Pero su hermana la interrumpió, utilizando un as en la manga. Siempre que hacía recordar a Josefa todas las burlas y peleas con sus otros estúpidos hermanos, siempre accedía.

— Es verdad…— Empezó a recordar cuando siempre se comía los dulces que eran para ella, la engañaba con mentiras bien obvias solo para burlarse de su ingenuidad, le cogía sus cosas sin permiso, le echaba la culpa por cosas que provocaba o le daba tareas que le dieron a él. Se llenó de rabia y frustración.

— ¡Adelante, chicas! ¡Tenemos que darle lo que se merece a ese wey! — Gritó ella, llena de ira y de ganas de venganza.

Noemí sonrió maliciosamente, al ver que pudo manipular a su hermanita pequeña para que se uniera a la causa.

— Y bueno, ¿qué es lo que vamos a hacerle? — A continuación, le preguntaron las gemelas.

— Tengo un plan buenísimo, digna de un genio. — Y ésta soltó estas palabras con todo el orgullo del mundo.

Unos minutos más tarde, Josefina y las gemelas estaban en la habitación de Miguel, preparando una trampa para él; mientras que Noemí se quitó del medio, con la excusa que iba a llamarlo y atraerlo como si fuera una mosca.

— ¡Sí, un plan digno de un gran genio! — Ironizaba Josefa, muy molesta. — ¡De genio tiene poco! — Estaba un poco enfadada por su hermana.

— No te pongas así, Josefina. Ya le haremos esto a tu hermana la próxima vez. — Le replicaba alegremente Alex. — Por otra parte, es bueno volver a los clásicos. —

— Y se siente tan nostálgico. — Añadía su hermana Sanae.

Al final, aquel plan, “digno de un genio”, no era nada más ni nada menos que poner un cubo de agua sobre una puerta entreabierta. Subida en la escalera, Alex ponía con cuidado el cubo, mientras su hermana la apoyaba. Josefina, quién estaba en el pasillo, intentaba poner la puerta en la mejor posición para aguantar la trampa, a la vez que la apertura de la puerta fuera lo suficiente grande para que las gemelas podrían salir de la habitación sin problemas. Y en un momento determinado, Josefa empezó a tener ganas de orinar. Tras aguantarse mucho tiempo, ya que no quería dejarlas solas hasta terminar de perfeccionar la broma; les tuvo que decir esto:

— ¡Chicas, creo que tengo que ir al cuarto de baño! — Les gritaba, mientras no paraba de temblar, luchando las ganas por no orinar.

— ¡¿Y qué esperas!? Ve al servicio. — Le replicó Alex. Luego, ella añadió: — ¡¿Podemos coger dulces, por cierto!? —

Las dos estaban muertas de hambre, incluso el estomago se les rugía.

— Sí, pueden coger lo que quieran. Aunque no sé si queda algo. — No estaba segura de que hubiera dulces sobrevivientes en la cocina, sus hermanos los devoraban sin piedad egoístamente, ya que apenas conocían el arte de compartir.

— ¡Vamos, Sanae! ¡Ve a coger alguno, yo estaré pendiente de que esto no se caiga, mientras sales con cuidado de aquí! — Le respondió con la cabeza afirmativamente, mientras salía con mucho cuidado. Josefina se dirigió con muchísima rapidez hacia al cuarto de baño y Alex, al parecer que la trampa ya estaba perfecta, decidió bajarse de las escaleras.

— ¡Parece que ya está todo listo! — Eso se decía, mientras daba un suspiro de alivio, al ver que habían terminado a tiempo. Ahora tocaba a esperar la merienda tranquilamente, o eso haría si no fuera porque no tenía ganas.

Para distraerse, miró por toda la habitación del hermano de Josefina en busca de algo interesante. Observaba los posters de chicas en bikinis y de automóviles que tenía y le entraba ganas de dibujarles bigotes y garabatos. Luego, hacia el armario, abierta de par en par, que estaba lleno de ropa amontaba, aunque eso también se aplicaba a la cama y al escritorio. En este último, aparte de ropajes que olían fatal, no había gran cosa, solo revistas de coches y nada más. Se preguntó si había algo interesante debajo de dónde dormía Miguel, tal vez varias cosas vergonzantes para reírse.

Mientras ella ocupada en cómo distraerse, Josefina ya volvía del cuarto del baño, mientras decía esto:

— ¡Uf, qué alivio! ¡No debería haberme aguantado mucho! — Añadía tranquilamente en voz baja, mientras abría de par en par la puerta de la habitación de su hermano, olvidándose de la trampa que tenían ahí para él.

Entonces, ocurrió lo inevitable, cayó el cubo de agua, pero no sobre Josefa, sino que casualmente fue sobre Alex, en toda la cabeza, dándole un gran chinchón y cayendo al suelo; mientras el cubo mojaba todo el cuarto.

Josefina se quedó blanca del terror, cuando vio que había estropeado toda la broma y le había mojado a Alex. Aterrada, la culpable volvió hacia atrás y se escondió en el cuarto de baño, esperando que ella creyera que cayó solo.

— ¡Ay, qué daño! ¡¿Qué ha pasado!? — Se decía Alex, mientras se quejaba del dolor y se levantaba del suelo. Al girar la cabeza, vio cómo su hermana Sanae entraba.

— ¡¿Qué ha pasado!? — Preguntó ella consternada, con las manos llenas de dulces que encontró escondidos por toda la cocina.

— ¡Pues que has fastidiado toda la trampa! ¡No solo has tirado el agua, también me has hecho daño! — Le replicó Alex, muy enfadada.

— ¿Yo? ¡No ha sido mi culpa, cuando llegué ya estaba así! — Se defendió su hermana.

Mirando desde el cuarto de baño, Josefa se encontraba media escondida, al ver que, por su culpa, empezaba una pelea entre las dos gemelas. Se sentía fatal, pero no se atrevía aparecer y decirles la verdad, no quería que se enfadaran con ella.

— ¡Eso no pudo caer solo, alguien tuvo que empujarlo! — Y la cosa entre ellas dos se estaba calentando.

— ¡Y ese alguien no soy yo! — Por primera vez en mucho tiempo, esas dos se estaban peleando, y todo por culpa de Josefina.

— ¡¿Ahora, qué hago!? — La pobre no sabía qué hacer. — ¡¿Debería aparecer y decirles la verdad!? —

Alex no paraba de decirle que lo admitiera, que no pasaba nada; y Sanae le replicaba a gritos que no era culpa suya. Así estuvieron un buen rato.

— ¡Oh, Dios! ¡Si sigue así la pelea, podría acabar muy mal! — Y Josefina estaba preocupada, creyendo exageradamente que esta pequeña discusión fuera capaz de resquebrajar la hermosa relación de hermana que tenían Alex y Sanae.

Al final, esta fue la conclusión de la pelea:

— ¡Estúpida! — Le soltó Sanae a Alex.

— ¡Igualmente! — Añadió Alex, y cada una se fue por su lado. Sanae iba a la cocina y la otra al salón.

Josefina, tras terminar de ver la discusión, salió del cuarto de baño y con una cara traumada, se decía:

— ¡Por la virgen de Guadalupe, la he cagado! —

Había provocado un horrible malentendido y conocía bastante bien lo que estas cosas podrían causar. Después de todo, empezó a recordar que ella había provocado uno en el pasado, que le costó una buena amistad. Movió la cabeza frenéticamente, intentando olvidar eso, ya que era agua pasada. Ahora, tenía que solucionar el embrollo rápidamente, antes de que todo se complicara y la relación de hermanas entre Alex y Sanae acabe muy mal.

No iba a dejar que un malentendido provocado por su culpa, una de las peores cosas que existían, según creía Josefina; lo arruinase.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

Estándar