Centésima decimocuarta historia

El príncipe y la paria: Cuarta parte, centésima decimonovena historia.

Tras varios segundos de silencio, después de ver mi reacción, ella rompió a reír, intentando dar delicadas carcajadas mientras se tapaba la boca, como si intentaba ser alguien inocente. A continuación, habló:

— ¡¿Tanto te he sorprendido!? ¿¡A qué no esperabas que apareciera de esta manera!? Creo que ha salido muy bien mi sorpresa…— Puso una sonrisa, mientras jugaba con su pelo. Por algo motivo, eso me dio escalofríos.

A continuación, pude salir de mi asombro y, entre titubeos y risas nerviosas, dije: — Pues sí, me he sorprendido bastante, ¡me has dejado con la boca abierta! B-bueno, tú… No quiero ser grosero, pero no recuerdo…—

— ¡¿Acaso no me recuerdas!? — Me interrumpió y soltó esto con voz de pena, poniendo una cara triste. — Con todo el tiempo que hemos pasado juntos y ahora que he venido a visitarte, ¡¿no me recuerdos!? Eso me pone bastante triste. — Parecía que estaba a punto de llorar, atrayendo así la atención de todos los que pasaba por mí.

Entonces, para no quedar mal, tuve que mentir y decirle esto: — Pues claro que te recuerdo, muy bien. Solo que tu sorpresa ha sido tan grande que me has dejado la mente en blanco. — Solté risas nerviosas, mientras en mi mente me preguntaba seriamente quién era esa chica. La única persona que podría parecerle era aquella limpiadora, pero era imposible, no había manera de que eso tuviera sentido.

Y para el colmo, esas dos borrachas, al darse cuenta de la presencia de ella, me preguntaron con mucha seriedad, como si fuera un interrogatorio:

— ¿¡Quién es esta chica y de qué la conoces!? — Lo decía con el tono más grave que podrían. — Eso, eso, ¿¡dinos quién es y qué relación tienes con ella!? ¡¿Y por qué habla de una forma muy… rara…!? —

Ah, sí, se me olvidaba de que esa chica estaba hablando en hindú y no me di cuenta hasta que me lo dijeron ellas. Yo instintivamente se lo respondí en mi idioma materno sin caer en ese hecho.

— ¡Solo es una vieja amiga, nada más! — Sentía como mi nariz me crecía por todas las mentiras que estaba soltando. — ¡Ha venido para darme una gran sorpresa después de tanto tiempo! ¡Y ella no es de aquí, es de fuera, por eso no habla nuestro idioma…! —

— Ah, ¡perdón! ¡Es que no sé inglés! — Rió de forma leve. Luego, juntó mis manos y añadió: — ¡¿Puedes traducirles mis palabras a ellas, si eres tan amable!? —

Tardé un poco en responder, ya que aún seguía aturdido, buscando alguna explicación a aquella absurda situación; pero no me negué y le dije que sí, moviendo mi cabeza para de arriba abajo. Entonces, esa chica dijo esto:

— Dejadme que me presente, chicas. Me llamo…—

Entonces, aquí vino la guinda del pastel, algo que me trastornaría de pies para abajo y que me hizo sentir estar atrapada en una terrible pesadilla. El nombre que pronunció, con el que se presentó, no debía estar usándolo.

—…Kasturba Makhanji, encantada de conoceros. —

Ese no podría ser su nombre, era imposible, porque era el mío, el nombre que mis padres me habían puesto, ¡¿cómo era posible!?

Al oír esas palabras, se sintió como si fuera en cámara lenta, mientras abría los ojos como platos y me quedé con la boca muy abierta. Todo empecé a dar vueltas, sentía nauseas y los nervios estaban a flor de piel. Tuve que agarrarme, porque me costaba estar de pie.

— ¡¿Estás bien, Nehru!? — Gritaron las dos borrachas, que intentaron ayudarme, aunque ni ellas podrían mantenerse de pie y cayeron al suelo.

— ¡¿Ocurre algo!? — Y esa chica me dijo esto. Por un momento, vi en ella una maliciosa sonrisa, antes de ocultarlo con una fachada de preocupación.

Lo tenía planeado, no sabía quién era, pero se había preparado para decir eso y alterarme.

Entonces, un gran sentimiento de ira se llenó de mí, arqueé lo máximo mis cejas y apreté fuertemente los dientes, me levanté e, incapaz de controlarme, le grité esto:

— ¡Eso es imposible, no puedes llamarte Kasturba Makhanji! —

— ¡¿Pero, por qué dices eso, qué te pasa!? ¡Es el nombre que mis padres me honraron con todo su amor! ¡Así siempre me he llamado y tú siempre me has llamado así! ¡¿Por qué te pones así!? —

Esa mujer estaba actuando, intentaba dar pena y lástima. Empezó a mostrar lágrimas de cocodrilo, comportándose como una ardillita asustada. Eso me puso más alterada y perdí los estribos. Me acerqué a ella sin tener ni idea de qué tipo de estupidez iba a cometer e incapaz de controlarme. Se puso detrás de los hombres fornidos que la acompañaban, cuyas presencias había olvidado.

— ¡¿Y tú quién eres para comportarte así ante la señorita Makhanji!? — Me gritaron con una actitud hostil y violenta. — ¡¿Quieres recibir una paliza o qué!? —

— ¡Yo soy…! — Casi les iba a gritar mi verdadera identidad. — Y-yo s-soy…— Pero, entonces, me pude controlar.

Miré a mi alrededor, las chicas que me acampaban estaban muy asustadas al verme así, la gente me miraba con cara de estupefacción, había destruido aquel ambiente de fiesta, e incluso el mismo DJ se escondió en la mesa de mezclas; los de seguridad se apresuraron a nosotros, al ver que iba a haber pelea. Me observé a mí misma y me veía como un Asura descontrolado, mis bajas pasiones me habían controlado y mi imagen de caballero se había agrietado. A continuación, hice como si me hubiera tranquilizado y entre forzadas risas, dije esto, volviendo a comportarme de forma gentil:

— Nada, nada… ¡Perdonen señores, el alcohol hace cosas como ésta! Creo que me he pasado un poquito con la bebida. No era intención, ni nada de eso, actuar de esta manera tan fea con la señorita Makhanji. Lo siento, querida dama, he deshonrado a mi familia al comportarme así delante de una mujer, no puedo sentir más que vergüenza de mí mismo. —

Me agarré de la oreja y puse mi mejor cara para hacerles creer que estaba muy arrepentido. Sus guardaespaldas, eso era lo que parecían, bajaron las manos.

Luego, para intentar corregir mi error, les dije a las chicas:

— También me siento muy mal por haber mostrado este comportamiento delante de ustedes, espero que me perdonen. —

Ellas tardaron en reaccionar, se lo pensaron mucho, antes de decirme esto:

— Oh, claro, claro. — Lo dijeron con un enorme nerviosismo. — ¡O sea, aquí no ha pasado nada! —

— Dejando de lado este lamentable incidente, les voy a traducir lo que quería decir esta dama. Ella se llama Kasturba Makhanji y está encantada de conoceros. — Añadí, a continuación.

Después de eso, esas dos se presentaron y se lo traduje a esa maldita mujer, con toda la normalidad del mundo. Tras esto, se quitaron de medio lo más rápido posible, dejándome a mi solo.

— Vaya susto me has dado…— Eso no se lo creía ni ella, en el fondo me daba cuenta de lo disfruto con muchas ganas, quería arruinar mi reputación. — ¡Debes saber controlarte, no es bueno actuar como un estúpido, podrías haber acabado fatal! — La muy condenada rió por lo bajo, a veces se le veía su perversidad, a pesar de sus intentos de mantener esa imagen de niña buena.

Me enfurecía, pero, por suerte, yo soy también alguien que sabe disimular muy bien, creo que incluso mil veces mejor que ella; y me contuve.

— Hasta los hombres más sabios cometen errores de vez en cuando. De todas maneras, es bueno verte, a ti y a tus… — Miré de reojo a los hombres que le acompañaban. Todos iban vestidos muy elegantes, con trajes muy occidentales, pero aún así, sus rasgos dejaban claro que eran hindús como yo y aquella chica. Y parecían unos matones de primera. —…amigos. —

— Yo los llamaría mejor trabajadores temporales, me sirven como escolta en mi visita a los Estados Unidos… —

— ¡¿Y qué te trae por aquí, señorita Makhanji!? ¡Es muy curioso que hayas aparecido por aquí, en esta ciudad pequeña, en mitad de una tierra tan poco conocida como es Shelijonia! ¡Si uno visita los Estados Unidos, hay que ir a Nueva York o a California, no a esta isla en mitad de la nada! — Menos mal que estaba hablando en hindú, o sino todos los shelijonianos que me oyeran me iban a matar por decir eso. Luego, me puse en la barra y añadí:

— ¡¿Quieres tomar algo!? Yo invito. Pero solo a ti, espero que no les moleste a tus trabajadores, pero no tengo dinero para todos. —

— Soy sobria, no tomo alcohol. — Esas palabras se sintieron muy familiar. Luego, dijo algo más: — Además, si vine aquí era para hacerte una visita, quería volver a verte. — Sentí escalofríos, sonaron muy desagradables.

— La Kasturba que conozco siempre disfrutada de la bebida como la más, me sorprende un cambio tan radical. — Pedí agua al camarero y luego continué: — Y me sorprende que hayas sabido dónde me encontraba, no pude decirles a dónde iba. No solo eso, sino que incluso supieras que yo estaba aquí mismo, a estas horas de la noche. Es como…— Tragué saliva y con palabras graves, añadí: —…si me hubieras espiado. —

Ya era una obviedad, esa persona se estaba pasado por mí y vigilo mis movimientos durante muchos días, además de que cortó mis transacciones bancarias, para luego presentarse aquí mismo y jugar conmigo. No sabía quién era, pero sus intenciones, aún desconocidas, eran malignas, no había nada bueno en esa chica. No entendía qué quería de mí, pero era peligroso.

¿¡Entonces, por qué estaba hablando tan tranquilamente con ella!? Tenía que salir corriendo de aquí lo más rápido, no era el momento para tener que comportarme como un caballero.

— Es que quería darte…— Y enfatizó demasiado estas palabras: — ¡…una grandísima sorpresa, mi príncipe! — Me dirigió una sonrisa burlona y llena de odio, poniéndome la piel de gallina. De nuevo, sentí escalofríos.

Jamás había sentido tanto rencor en una chica, si eso lo que transmitía al verme. Ni siquiera los hombres que más se encolerizaron al saber que yo hablaba con sus chicas transmitieron vibraciones tan oscuras y aterradoras. Era como si yo le hubiera matado a sus padres o algo igual de grave.

— ¡Pues lo has conseguido, tu sorpresa ha sido…— Di una pequeña pausa. —…increíble! ¡Me dejaste sin palabras! — Volví a mostrar risas nerviosas.

— ¡Me hace tan feliz de haberlo conseguido! — Ella soltó una especie de sonrisa inocente, o eso parecía, porque cualquier gesto que veía en ella era muy sospechoso. — ¡Para celebrarlo, podría invitarte yo a una copa! —

— ¡Gracias, no te molestes! ¡No voy a beber más, o me va a sentir fatal! —

Presentía que aquel ofrecimiento ocultaba algo aterrador y las alertas tenían que ser disparadas. Tenía que evitar ante todo cualquier ofrecimiento que ella me diera, como si mi instinto decía que cualquiera gesto debía ser entendido como peligro.

— Ah, ¡entiendo! Por la ilusión que me hacía hacerte ese favor…—

Casi iba a decirle que ni se molestará, pero me callé, no quería mostrarme borde.

Yo miré por todas partes, a continuación, registrando de forma visual el terreno para idear la mejor salida. Intenté hacerlo por cautela, pero se me salió el tiro por la culata.

— ¡¿Pareces nervioso!? — Me preguntó con aquella risa, de nuevo, que tanto escalofríos me daba tanto. — ¡¿Ocurre algo!? —

— Ah, no solo estoy aún muy consternado por la sorpresa, ¡es la emoción del momento! —

— ¡Sí, la emoción del momento…! — Se sintió como si fuera una burla acida y desagradable contra mí.

Para intentar ocultar, mi nerviosismo intenté distraerla con preguntas, soltando la primera que se me ocurrió.

— ¡¿Y ahora qué estás haciendo!? ¡¿Estás trabajando en algo o qué!? —

— ¿¡El trabajo!? — Saltó a reír. — No lo necesito, ya lo tengo todo…— Dio una pausa siniestra, antes de añadir: — Aunque falta algo…—

Entonces, soltó una mirada que, aunque duró unos pocos segundos, me puso la piel de gallina y provocó que empezara a temblar como un flan.

¡¿Qué intentaba decir con eso!? ¡Me daba muy mala espina!

Mi aturdimiento solo duró por unos segundos, para luego poder sentir una necesidad de comprender de una vez lo que estaba ocurriendo. Entonces, decidí interrogarla, tenía que saber más de esa mujer que se estaba pasando por mí:

— Y bueno, señorita Makhanji, eso quiere decir que ya estás casada…— Afiné mis oídos todo lo pude, necesitaba encontrar algo que me ayudara a comprender. — Es decir, yo había oído que usted iba a casarse…—

— Bueno, sí, me casé. Más bien, me había casado. Ahora soy viuda. El karma me ha tratado mal, me llevo a mi querido esposo, que debe haber alcanzado el nirvana, muy pronto. Me siento muy solita sin él…— Lo dijo con una pena y con una lástima que causaba muchísimas suspicacias.

Me sentí como si hubiera estado en un universo alternativo en dónde me había casado. Y lo peor del asunto es que me aturdía el hecho de que le haya durado tan poco el marido. Tragué saliva, intentando no pensar el hecho de que aquel hombre no fuera el mismo con el cual mis padres me obligaron a casarme. Bueno, era feo, pero aún así parecía joven y cercano a mi edad, era imposible que se muriera tan pronto, salvo si hubiera sido por el colesterol o algo parecido. Aquí había gato encerrado.

A continuación, tuve que llenarme de valor para preguntarle quién fue su marido, aunque lo primero es que tenía que recordar su nombre. Tras varios segundos de silencio, finalmente lo hice y ésta fue su respuesta:

— Sí, ese mismo. No fue bendecido por los dioses con una gran belleza, ni interior ni exterior, pero puse todo mi corazón en amarlo…—

— ¡Q-qué bien, h-he acertado! ¡M-menos mal…! — Estaba boquiabierta, lanzando algunas carcajadas, que me hacían parecer como si fuera una persona traumada. — ¡M-menos mal que a-aún recuerdo cosas…! —

El nerviosismo casi me domino el cuerpo, era incapaz de asemejar todo lo que estaba ocurriendo. Parecía como si yo no fuera Kasturba Makhanji, como si alguien me hubiera quitado mi verdadera identidad. Alguien me había robado mi propia existencia y me lo estaba echando en cara, se reía de ella, se pavoneaba de esto. El mundo se sintió absurdo, que todo se había puesto al revés, llegando al punto de la paranoia.

Yo me pregunté sin parar si era el mundo real, o si estaba metida en una horrible pesadilla, o había acabado en otra dimensión. Después de todo, esto no era nada normal, no lo podría comprender, era como si estuviera en una serie de televisión y ésta realizaba un salto de tiburón.

Ya, a punto de darme un ataque, cogí mi agua y me lo tragué toda, como una medida desesperada para tranquilizarme. De golpe, empecé a sentirme mareado y la visión, en cuestión de segundos, empezó a hacerse borrosa.

Entonces, iba a perder el equilibrio y ella me cogió del brazo.

— ¡¿Te sientes mal, Nehru!? — Me preguntaba ella con una aparente preocupación. Cada vez me costaba más mantener la conciencia.

Intenté forzar mi cerebro para decir algo, pero no podría soltar ninguna palabra. Ella empezó a llevarme a rastras, mientras seguía diciendo cosas:

— No pareces que estés bien…— Me costaba saber lo que estaba diciendo. — T-tal vez…— Aún así, veía en su rostro algo malicioso, oculto entre esa carita de niña buena que ponía. — Deberíamos…— Ahí, a pesar de que estaba a punto de perder la conciencia, me di cuenta de la situación. — L-llevarte a casa…—

Metí la pata, no debía haber dejado el agua sobre la mesa por tanto tiempo, me habían drogado. Y ya era demasiado tarde, perdí la conciencia y no pude recordar nada más.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

El príncipe y la paria: Tercera parte, centésima décimonovena historia.

Después de recuperar mis fuerzas, mientras daban rodeos por la ciudad, por si aquel extraño me estuviera siguiendo en secreto; pude llegar a mi casa. Lo primero que hice fue acostarme en el sofá, tras lanzar gritos de alivio y de fastidio.

Me puse a mirar por mi alrededor, viendo aquel estropicio que aún no había arreglado, di gestos de desánimo. Era un horror para mis ojos observar el desastre, pero ni muerta quería arreglarlo. Por desgracia, esto solo era mi preocupación más liviana, se me había venido encima un problema muy gordo.

— ¡¿Y ahora qué hago!? — Me decía a mí misma, dando grandes suspiros. — No tengo el dinero necesario para salir de aquí cuanto antes, y también debo cambiar de identidad, ya saben de mí…— Y di media vuelta, solo para coger el mando y ver la televisión, fue de forma instintiva, no tenía ganas de verlo ni era el momento.

Muerta de aburrimiento, cambiaba de canal cada segundo, mientras me ponía a pensar en torno lo que estaba pasando.

Bueno, algún día tenían que pillarme, tampoco es que sepa muy bien cómo iba a esconder mi rastro ni nada de eso. Incluso creo que fue un milagro hacerme una falsa identidad en el extranjero e irme de la India sin ser pillada. Al final, me había confiado demasiado y estuve viviendo la vida loca sin que pudiera prepararme un plan alternativa. Parecía que ya llegó el momento y, al ver que me sería muy complicado escapar de nuevo y crear otro nombre, empecé a pensar que lo mejor era rendirme.

— En verdad, ¿¡por qué huí de mis padres!? — Di otra vuelta en el sofá y volví a hablar en voz alta, de forma apática. — ¡Ah, sí, para evitar ese horrible matrimonio que me prepararon…! —

Puede sonar a cliché de película de época, puede ser increíble para algunos en este siglo, pero, al haber cumplido los dieciocho años, me dieron aquella horrible noticia al volver de la escuela, después de volver abatida de la escuela de señoritas que asistía, por culpa de un puñetero examen.

— ¡Hija mía, te voy a comunicar que dentro de un año te vas a casar! — Así me lo anunciaron mis padres. — ¡Por fin, vas a hacer algo útil en tu vida, no te quejes! ¡Además, es muy rico y te dará buena vida! — Recuerdo que me quedé boquiabierta, incapaz de traducir aquellas palabras.

Además, creo que tardé unos cuantos segundos en reaccionar, soltando un gran chillido de horror, que fue tan fuerte que se escuchó por todo el barrio.

Bueno, hicieron algo muy grave sin consultármelo y acabé sin saber que iba a ser la prometida de un don nadie. Y sabía que, por mucho que les dijera que no me interesaba ser una esposa, que me daba terror ser algo así tan pronto; no me escucharían, tenía que obedecerlos y ya está. Porque me quieren y hacen lo mejor para mi, y todas esas feas excusas que usan para quedar bien; o porque, como no me interesaba estudiar ni trabajar, mejor me hacen la prometida de un desconocido, eso será lo más útil que puede hacer, al parecer. Y podría haberme consolado un poco si hubiera sido un hombre guapo y hermoso, pero era un bicho horrendo.

Cada vez que recuerdo su foto me pongo mala, y no entiendo cómo sigo manteniéndolo, debería haberlo quemado o algo así. Su cara parecía la de un cerdo, con unos mofletes enormes que parecía estar a punto de explotar, los granos le invadían toda la cara, sonreía como un psicópata, con unos ojos siniestros y se le veía indicios de que estaba ya medio calvo. Espero que no se sientan ofendidos, pero creo que nadie se casaría con tal bestia, por muy que digan que la belleza está en el interior y esas tonterías.

Miré el techo y seguí pensando, dándome cuenta de que nunca intenté realmente oponerme a esa decisión, aunque sabía lo cabezotas que son y que no hubiera nada que los pudiera detener. En verdad, ni decidí intentar convencerles de que lo que estaban haciendo estaba mal. Solo salí corriendo, disfrazada como niño, eso fue lo único que hice. ¡¿Estaba bien hacerlo!? No lo sé. En su momento, no vi más salida que aquello.

— Tal vez sea hora de que me entregue y deje de huir, es muy difícil. Esta vez intentaré hablar con ellos, convencerles que no me interesa casarme. —

Tras pensar mucho, esa fue mi conclusión. Me levanté de golpe del sofá y dije esas palabras en voz alta, decidido a ir al día siguiente a la policía. Preferiría rendirme antes de ser perseguida como un delincuente, parecía muy agotador.

Pero, antes de todo, tenía que prepararme mentalmente para la situación, a pesar del problema que estaba teniendo, aún necesitaba de forma urgente a tomar unas cañas y hablar en algún pub o discoteca. Sí, no es algo que una personal cuerda haría, pero me daba igual, tenía que ir sí o sí, necesitaba divertirme y disfrutar del momento, antes de entregarme.

Y con esto decidido, salí de mi casa y me fui a la discoteca más cercana, después de comprobar que tenía suficiente dinero. Solté un gran suspiro, al ver que tal vez iba a ser la última vez que lo pasaría a lo grande. Pensé con nostalgia que fue muy divertido mi estancia en Springfield.

— Ha sido un año, o ¿dos?,  ya ni sé; que he estado en esta ciudad, parecía sosa al principio, pero me he divertido mucho aquí. — Decía en voz baja, mientras estiraba mi cuerpo. —Y lo mejor ha sido Mao, espero poder verle de vez en cuando, si al final tengo que volver a la India. —

Me sorprendía lo bien que me lo estaba tomando, ni ganas tenía de llorar, aunque me sentía un poco tristona, mostrando una cara muy larga y unos ánimos propios de un anciano. Me golpeé un poco mi rostro, mientras me decía unas cuantas sutras para levantar mis ganas de fiesta. Me forcé para mostrar una sonrisa y gritar esto:

— ¡Esta noche me voy de fiesta y será una muy grande! — Lancé risas, que parecieron de hienas, mientras me ponía lo más elegante que tenía en mi armario. Después de esto, salí a toda velocidad, la noche no durará para siempre, tenía que empezar lo más rápido posible.

Al salir, volví a notar a aquel molesto y extraño sentimiento de que me estaba persiguiendo algo. Miré por todas partes, aterrada con la posibilidad de que ese hombre me hubiera encontrado, pero no veía nada. Me dije a mi misma que solo era pura paranoia, por culpa de lo que pasó esa tarde, que no debería preocuparme tanto, que solo importaba ir a la discoteca y nada más.

A medio kilometro, o menos, de distancia de mi casa se encontraba una de las mejores discotecas de la ciudad en mi humilde opinión. Situado a los márgenes del centro urbano, en una calle habilitada para ese tipo de locales, era un edificio de dos pisos lleno de luces de neón, con una gran terraza en el piso superior para el disfrute de sus clientes. Es algo llamativo, pero está bien controlado, apenas ocurren cosas ilegales detrás de esas puertas. Y lo mejor es que, siendo viernes, no iba a aburrirme.

— ¡¿Y tú sabes lo que me dijo mi novio!? ¡Me insulto en toda la cara, me destrozo mi corazón y hundió mi autoestima, no tuvo piedad ninguna! ¡Me llamo gorda! Bueno, lo insinuó, pero supe enseguida aquella indirecta, ¿a qué ha sido horrible conmigo, Nehru, a que sí? —

A los pocos minutos, ya estaba hablando con chicas. Como siempre, acabé rodeado de mujeres que buscaban consuelo o diversión en las discotecas, en busca de bebidas y desconocidos con quién pasar un buen rato. Aunque, en este caso, eran unas conocidas. La que dijo esas palabras, estaba sentada a mi izquierda, a punto de llorar.

— Pues sí, tu novio se ha pasado tres pueblos. Debería haber tenido más delicadeza, tratar a una dama tan hermosa como usted de esa manera es algo que ningún hombre debería hacer. —

Y yo hacía mi trabajo, animarlas y decirles las cosas que solo le interesaban oír, para que siguieran creyéndose como las buenas de la película. No es por amor al prójimo, en lo más fondo de mí me partía de la risa al ver lo ridículas o lo ilusas que llegaban a ser. En este caso, su novio tenía mucha razón, tenía unos kilitos de más, se le notaba.

— ¡Pero el mío es super-peor, tía! — Entonces, la chica que tenía a mi derecha habló, como si intentaba competir con la otra. — ¡O sea, el otro día descubrí que les decía a sus amigos que yo soy insoportable, detrás de mis espaldas! Jamás me sentí tan traicionada, viendo como dice cosas horribles de mí y que no tienen nada de verdad. Me pongo a llorar cada vez que lo recuerdo, ¡seguro que tú nunca me harías lo mismo, Nehru! —

— ¡Por supuesto que no, calumniar a las damas detrás suya es de cobardes! Unas flores tan frágiles y hermosas como ustedes deben ser cuidadas con mucho amor, sus novios son unos brutos que apenas entienden qué es la delicadeza. —

Las dos chicas, rojas como tomates, gritaron de emoción, alabándome a lo alto. Aquellas palabras que les dedicaba, llenas de gentileza y amabilidad, daban la apariencia de que yo las escuchaba y las comprendía, de que las trataba cómo se merecían de verdad. Pero, en el fondo, solo me burlaba de ellas, me hacía gracia sus problemas y el cómo caen de una forma tan fácil en mis presunta seducción. Sí, sé que esto que hago puede ser horrible, pero a mí no me parecía que sea para tanto.

— ¡No se pongan así, que me van a poner colorado! No creo ser tan genial como decís, solo dijo lo que pienso. Vosotras sois unas muchachas muy lindas, ser humilladas por sus amores de esa forma es algo que apenas yo puedo entender. —

Solo estoy jugando al príncipe azul, como el hombre de sus sueños, pero jamás va a llegar al punto de que vaya a decirles que ellas son el amor de mi vida. Solo las dejo hablar conmigo un rato, o que me abracen o cosas parecidas, les dijo todo tipo de cosas bonitas y que se pongan a fantasear si quieren, que al final les dejo claro que no quiero nada con ellas.

— ¡O sea, es la verdad! Y deberían haber muchos más chicos como tú, que este mundo está lleno de idiotas y sinvergüenzas.  —

Además, tengo que decir que esto es muy gratificante, te sientes el rey, o la reina, o como sea; del mundo con toda esa gente alabándote y tratándote como si fueras lo más perfecto que hay en este mundo.

— Lo sorprendente es que aún no tienes novia, con lo atento, simpático y guapetón que tú eres…—

Empezaron con las insinuaciones muy pronto, me abrazaron fuertemente los brazos y pusieron sus cabezas sobre mis hombros y acariciando un poco mis piernas. Estaban mostrando demasiadas confianzas conmigo, me estaba sintiendo muy incómoda.

— ¡Molas mazo y estás macizo! ¡Si por mí fuera, dejaría tirado a mi novio y saldría contigo! —

Entonces, la otra, sacando su mal genio y mirándola con malas maneras, le dijo: — ¡Oye, no te adelantes! ¡Eso lo iba a decir yo! —

— Pues lo siento, chica. Quién va primera, gana. — Le replicó con un tono igual de desagradable.

Empezaron a mirarse la una a la otra y parecía que estaban echando chispas. Así de golpe, en cuestión de segundos, dejaron de ser amigables para estar a punto de pelearse. Yo tuve que intervenir.

— ¡Cálmense, dulces damas! Sería todo un honor recibir vuestro querido amor, pero yo no quiero hacerles daños a vuestros pobres novios, que solo deben comprender cómo cuidaros como los dioses mandan. Sed pacientes con ellos, enseñarles cómo os deben tratar y creo que serán comprensibles y amables. Yo prefiero estar soltero, por el momento. —

Aproveché para levantarme y separarlas de mí, haciendo como si iba a llamar al camarero para que nos trajera más cerveza. Ahí les deje claro que no me interesaban, aunque no sabía muy bien si lo decían en broma o no; utilizando a sus novios y algunos consejos malos, que, con seguridad, podría abarcar la ruptura. A mí, eso me daba igual.

— ¡Es super fuerte oír eso, pero lo entiendo! ¡Es una pena! — Mostraron una gran cara de decepción, tras escuchar mis palabras. Al parecer, lo de dejar sus novios era en serio.

— Yo también lo entiendo, el amor es cruel y horrible. Pensaría lo mismo. Es más, desearía estar soltera, pero habrá que aguantar. — Aún así, esas dos intentaron disimularlo, hacerme creer que se lo habían tomado bien, más mal que bien.

— ¡Bueno, vamos a olvidarnos del asunto! ¡Aquí tenéis más cervezas para vosotras, en vuestro honor! —

Como aún tenía dinero de sobra, pues las invité y se lo tragaron de un golpe, poniéndose borrachas en un santiamén. Parece que eran igual de brutas que sus novios.

Yo aún ni terminé mi pequeño vaso, el alcohol hay que tragárselo poquito a poco, saborearlo de vez en cuando, o acabarán como esas chicas, gritando lo horrible que son sus feos novios, sus padres, la universidad, el mundo en sí, cualquier cosa que se les ocurría; mientras golpeaban las mesas como si fueran bebés, daban vueltas por el sofá en dónde estábamos sentados y hacían insinuaciones muy subidas de tono a mí y a casi todo desconocido que pasaba por nuestro lado. Me arrepentí mucho de haberlas invitado a tomar un trago.

Aún así, me estaba divirtiendo mucho, viendo a esas tontas humillarse ellas solitas y viendo a muchos otros a hacer el ridículo. Y no sé cómo a la gente le puede entrar ganas de beber alcohol cuando ven a los demás tomarlo y comportarse como burros, que yo he visto algunos; no lo entiendo. Estar sobrio, más o menos, mientras observas a otros cayendo en la borrachera es mucho más gratificante, te partes de la risa, no pierdes la memoria, no te duele la cabeza y no acabas haciendo el ridículo.

Entonces, en ese momento, cuando las dos chicas se levantaron del sofá y me intentaban llevar a la pista de baile, aún cuando ni se podrían mantener en pie; y el DJ se emocionó tanto que empezó a gritar como desquiciado, me di cuenta de que alguien, una chica, se me estaba acercando. Y estaba acompañada, pero eso no es lo importante. Al ver aquella figura, yo me quedé muy estupefacta, incapaz de ver lo que estaba viendo, hasta me froté los ojos a ver si era un espejismo o algo parecido. Estaba horrorizada, era como ver un fantasma.

No, eso no. Era como verse en un espejo. Mejor dicho, como en una foto antigua. Se veía igual que cuando yo iba a la escuela superior. Parecía casi una copia de mí misma, pero en el pasado, ¡¿cómo era posible esto!? ¡¿Estaba soñando o qué!? El asombro era tan grande que ni siquiera tenía palabras para expresarlo.

Quitando el vestuario, ya que esa chica llevaba un impresionante sari lleno de tonalidades azules y motivos geométricos, y yo jamás usé alguno; todos los elementos de su cara eran muy parecían a las mías, salvo la barbilla o el color de los ojos, tal vez. Su altura casi rozaba el mío, teníamos la misma piel de color marrón y su cabello castaño emulaba lo largo que lo tuve en aquellos tiempos, aunque mejor cuidados. Mi mente fue ocupada por un torrente de recuerdos que llegaron de forma rauda y veloz, entre ellos uno que me dio una gran sensación de déjà vu, como si hubiera vivido una situación parecida a la actual.

Sí, había vivido algo parecido a esto, había conocido a alguien que se parecía demasiado a mí.

— ¡Es increíble, parecemos como dos gotas de agua! — Lo primero que recordé es que grité pasmada, al ver el espejo de mi habitación y observar a una chica que estaba a mi lado. Luego, añadí esto: — Podrías pasarte por mí y engañarías hasta mis propios padres. —

Esto era meses antes de conocer la noticia de que me iba a casar y de huir de casa, yo le vestí con mis mejores galas a la trabajadora del hogar que teníamos contratada. Una chica de mi edad o incluso menor, que limpiaba mi hogar cada tarde por 339 rupias, creo que son cinco dólares más o menos. En fin, era la típica pueblerina que había llegado a la gran ciudad a conseguir trabajo y la pobre tenía unas pintas horribles. Como siempre usaba ropas andrajosas y una cola de caballo en el pelo, no me di cuenta de nuestro parecido hasta que la vestí como yo.

— Es verdad, ni yo misma lo puedo creer. — Y ella se quedó mucho más sorprendida que yo, e incluso se puso muy feliz por ello. Esbozó una gran sonrisa, sus ojos parecían brillar de emoción y se miraba al espejo como si se sintiera toda una superestrella. Me quedé un poco pillada por aquello, porque si fuera ella estaría horrorizada por parecerme a alguien como yo. Hasta hace poco, no tenía una buena opinión de mi aspecto, odiaba ver ese rostro que tenía yo cada vez que me veía.

— Aunque fuiste la que me pediste hacer eso. Pero me da un poco de pena, la verdad. A mí, los niños siempre me han molestado por mi aspecto, siempre diciéndome que de chica no me parecía nada y tenían razón, es mirarme al espejo y sentirme de todo menos femenina. Y mira, al igual que yo, pareces como si fueras un travesti. —

— ¡¿Cómo que un trav…!? — Se sobresaltó un poco, al escuchar eso. No le dio tiempo a terminar la frase, porque seguí hablando.

— La verdad duele, chica. Mira tu nariz, es enorme, no es nada delicado, al igual que el mío. Y esa frente es enorme, un elefante podría sentarse ahí. Y las orejas son muy largas, pareces un elfo con ellos. Ninguna se atrevería a sentir alegría por tener unos labios tan pocos femeninos. Y esas enormes cejas parecen algas. Hasta creo que tienes un poquito de bigote. Y no voy a hablar de lo demás, sobre todo de que apenas tienes pechos, ni cadera, ni culo. En fin, ¡qué mala suerte tenemos! ¡Los dioses, bueno, la naturaleza o el karma o lo que sea nos han dado un cuerpo tan horrible! ¡Habrá que aguantarse! — Ella se quedó mirando al espejo, con el rostro ensombrecido, para luego ponerse las manos sobre la cara y romper a llorar. Toda su alegría se fue al garrete y ahora que lo pienso, fue demasiado dura. No lo decía con mala intención, se lo comentaba de buen rollo, pero toqué una parte muy sensible y quizás no me di cuenta.

En mi defensa, al verla llorar, le intenté animar, diciéndole que no era para tanto, que había mucha gente más fea que nosotras; pero ella me ignoró, estaba muy cabreada conmigo. ¡¿Cómo era su nombre!? Apenas lo recordaba en aquel entonces.

Entonces, me pregunté si era aquella misma criada, sentía que era ella. Pero era imposible, era una chica pobre que no se podría costear ni un vestido y que debe seguir en la India, trabajando sin descanso en múltiples casas de Calcuta. Debía estar confundiendo cosas, podría ser posible que hubiera una tercera persona en el mundo que se pareciera a mí, que incluso debía haber una cuarta o hasta una quinta; no debería ponerme tan alterada, tenía que ser una simple coincidencia. Además de que parecía ser muy rica y, a pesar de su parecido conmigo, se veía muy femenina.

Y para el colmo, ella me miró como si fuera una presa y sentí escalofríos, no me veía como alguien con el cual iba a ligar, como si fuera un enemigo a abatir. Aquella aterradora mirada solo duró segundos, pero su presencia fue tan fuerte en mí que lo sentí eterno. Todo lo sentí incómodo y siniestro y me costaba reaccionar. A continuación, esa se dirigió hacia mi persona, preguntándome con horror por qué se estaba acercando. Y me hablé con estas palabras, mostrando una sonrisa que parecía ser amable y grácil:

— ¡Cuánto tiempo ha pasado, Nehru! —

Me quedé atónita, aquella frase provocó que me quedara inmóvil, incapaz de lanzar respuesta alguna, como si me hubiera paralizada o convertida en una estatua.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Última parte, centésima decimacuarta historia

En lo más profundo del bosque se encontraba ese hombre llamado Roman Pilsudki, buscando entre la maleza y los árboles algún tipo de rastro, como si fuera un cazador que perseguía a su presa. En realidad, eso era lo que él estaba haciendo. Sus presas no eran simples animales, sino personas, que no eran nada más ni nada menos que sus propias hijas y su amiga, unas pobres niñas que decidió ejecutar por motivos estúpidos y fuera de toda lógica. Fastidiado por llegar más de dos o más horas buscándolas, aquel monstruo no dejaba de soltar insultos y de exigirles a gritos que saliesen de su escondite. Llegó al punto de desperdiciar una bala con la intención de asustarlas y provocar que saliesen corriendo como ciervos asustados.

— ¿Os creísteis muy listas, no? Pues, lo siento mucho, pero sé que estáis cerca, ¡Vuestras huellas os delata! ¡Seguid escondidas, no pasa nada, porque os encontraré! —

Eso dijo él, después de disparar aquella bala; y luego soltó unas risas muy aterradoras. Y al pasar quince minutos, Roman no vio ninguna reacción, aún no las había encontrado.

— ¡Mierda, ¿por qué no salen de una puta vez?! — Comentaba, muy molesto. — ¡¿Por qué me tienen que obligar a buscarlas!? —

Gracias a las pocas huellas que ellas dejaron en su precipitada carrera, él pudo suponer que se fueron al sur y poquito a poco se acercaba hacia la cueva en dónde ellas tres se escondieron. Aún así, estaba de muy mala leche, tener que buscar sus rastros en medio de la noche, a pesar de que tenía una linterna, le ponía de los nervios.

Y estaba tan absorto en buscar cualquier huella de niña en el suelo que ignoraba que él estaba siendo observado desde unos pocos minutos.

Entonces, ahí fue cuando una de esas personas se mostró y le dijo esto:

— ¡Ya puedes dejar de buscar, papá! ¡Aquí estoy! —

El padre, que estaba agachado en el suelo, se levantó y observó como su hija Aleksandra se interpuso en medio de su camino, intentando mostrarse desafiante y valiente, aunque se le notaba el miedo que le tenía, ya que temblaba como un flan. Éste rió siniestramente, antes de hablar:

— ¡No sé si eres realmente estúpida o valiente…! Pero me alegro de que hayas aparecido, así puedo matar a alguien. —

Sanae no dijo nada, solo estaba observándolo, mientras recordaba lo que habían acordado antes:
— ¡Es un plan estúpido y suicida! ¡Papá te matará al momento! — Le gritó Sanae a Alex, tras escuchar el plan que ella decidió hacer. Le horrorizó, ya que su querida hermana iba a ponerse en peligro.

— Es verdad, es bastante arriesgado… No podemos dejar que actúes como cebo. — Y Malan le dio la razón a Sanae. Era un plan decente, pero quería evitar riesgos innecesarios.

— Yo, la verdad… — Las replicó con muchísima duda. — Sé que es una locura y una tontería, quizás…— Ni ella misma confiaba que saliera bien. — Aún así, creo que es nuestra última oportunidad. Por alguna razón, sé que papá no me matará de repente. —

Hubo varios momentos en que su padre perdió el tiempo o cometió errores tan tontos que parecían haber sido a consciencia, como si una parte de él se negaba a matarlas. Con esa débil certeza, ella pensaba que podría salir ilesa. Aún cuando el padre de las gemelas perdiera un minuto o dos, armándose de crueldad para darle una bala en la cabeza; tenía tiempo para sobrevivir.

— La otra vez, cuando entró en el cuarto a apuñalarnos, perdió un tiempo muy valioso. También cuando estábamos en el coche y escapamos de esa forma tan tonta…— Malan se también se dio cuenta de eso. — Pero, no podemos garantizar que haga lo mismo por tercera vez. —

Al ver que no podría convencer a Sanae y a Malan, Alex, que creían que no tenían más oportunidad, salió corriendo hacia dónde estaba su padre.

A pesar de que intentaba creer que podría sobrevivir y de su miedo a morir, a dejar sola a la persona que más quería en este mundo; en su interior crecía poquito a poco una especie de sentimiento que ella apenas entendía, que le decía que tenía que hacerlo, era su deber como hermana, y como amiga.

Si con ella como cebo, aunque cuando resultase herida o muriese, podría salvar la vida de Sanae, no le importaría. Tampoco con Malan, que con ella tenía una gran deuda. Decidió ponerse en peligro, ir a la boca del lobo, solo para poder salvarlas. Y eso hizo, evito que las hubieran acuchillados mientras dormían tranquilamente en la cama. Sin la africana, a pesar de que no pudieron escapar, estarían muertas.

Aún así, sabía que no debía morir. Sanae la necesitaba, le prometió que iban a estar juntas siempre. Todo el esfuerzo de Martha sería en vano. Le daría un gran disgusto a su jefa. Josefina y las demás se deprimirían.

— Entonces, ¡vamos a demostrarlo! — Eso les gritó a las otras dos, totalmente decidida a acabar con esta pesadilla.

Sanae le dijo que no lo hiciera y Malan que se detuviera. Al ver que no tenían más remedio que comenzar con su alocado plan, la empezaron a seguir.

El padre, tras ver su sepulcral silencio, siguió hablando de forma altanera:

— Y bueno, ¡¿has venido aquí a detenerme o dejarte morir, mientras dejas que las otras dos se escapen!? Eso es muy noble de tu parte, pero será en vano. Morirás como un perro, completamente sola…— Entonces, alguien le interrumpió.

— Ni una mierda…— Era Sanae, quién salió de entre los árboles y cogió de la mano a su hermana y miró hacia su padre. — Alex no morirá sola, si lo hace será junto a mí. —

— ¡¿Por qué!? — Preguntó consternada Alex. Su plan era que ella fuera el cebo, no que su hermana se le uniera.

— Tú lo prometiste, íbamos a estar juntas como siempre. — Le respondió con lágrimas en los ojos. — Hasta que la muerte nos separe. No, estaremos juntas hasta después de morir. —

Emocionada por las palabras de su hermana, Alex movió afirmativamente la cabeza, mientras empezaba a llorar sin parar. Éstas se miraron la una a la otra durante varios segundos, decidiendo con la mirada que iban a hacer.

— ¡Papá, es tu última oportunidad! — Entonces, le dijeron al unísono estas palabras.

— Sabemos que lo has pasado muy mal, que no pudiste soportar el peso que te pusieron. No sabemos qué es lo que realmente te ha pasado ni de cómo perdiste la cabeza, pero nosotras hemos intentando no huir de ti, de soportar algo que no entendíamos y que era demasiado para unas niñas. Al final, fue demasiado, te volviste de un padre amoroso y amable a un loco que podría acabar con nuestras vidas. —

Dieron una pequeña pausa para ver si su padre reaccionaba. Éste no dijo nada y ellas continuaron:

— Pudimos aguantar mucho tiempo, porque eras nuestro padre, porque te queríamos y éramos una familia. Y después de todo lo que hemos pasado, no podemos odiarte, porque lo sigues siendo… —

Entonces, le gritaron esto, apelando desesperadamente al padre que ellas tuvieron una vez, a los restos de cordura que quedaban dentro de aquel loco llamado Roman Pilsudki:

— ¡Por eso, te pedimos, te rogamos, que pares esta locura! —

Aquel grito se oyó por todo el bosque y como un débil eco en las montañas más próximas, y dejó al padre de las gemelas sin hablar, con la boca abierta y con los ojos abiertos como platos. Esas palabras lo paralizaron, lo dejaron en blanco; como si hubieran atravesado a su podrido corazón como si fuera una bala. Las gemelas rezaban fuertemente, mientras seguían cogiéndose de la mano, apretándolos con más fuerza que nunca, como si estuvieran pidiendo un deseo a una estrella. Pasó varios segundos, hasta que él pudo reaccionar.

Puso una sonrisa enferma, para luego reír monstruosamente. Las gemelas, con un rostro lleno de horror y de tristeza, supieron que no podrían hacer nada por él. Hace tiempo que su padre murió, ese solo era un monstruo que llevaba su cuerpo:

— ¡¿Os creísteis que me vamos a ablandar con esas tonterías!? — Gritaba de forma perversa y burlona, mientras cogía la pistola, decidido a hacer una locura. — Os tengo que matar, es la única manera…—

Entonces, mientras se ponía en posición para dispararlas, algo chocó contra él y le tiró al suelo de forma muy violenta, destrozándole el hombro con el sostenía la pistola. Dio grandísimos gritos de dolor, mientras comprobaba como el hombro le sangraba por la herida que le dejo aquel artefacto, que era solamente una piedra.

Entonces, giró la cabeza hacia atrás y la vio:

— ¡¿Qué decías, qué tenías que matar a tus hijas!? — Alguien le soltó esto, con una sonrisa desafiante. — Si es así, entonces tendré que detenerlo, señor Pilsudki. —
Era Martha Malan y llevaba la honda que había preparado con sus propias manos. Con él, lanzó una piedra que salvó a las gemelas, y ella se estaba preparando para lanzar otra hacia al padre de las gemelas.

Y este era otra fase del plan que se le ocurrió a Alex. Ésta no iba a aparecer delante de su padre a ejercer de cebo, así como así. Era una distracción para que Malan se pusiera detrás del padre y ésta le atacará con piedras. Parecía que todo estaba funcionando como lo habían planeado.

— ¡Serás hija de puta, maldita niñata insolente! — Le gritó muy enfurecido Roman, mientras intentaba llegar a la pistola, que estaba a medio metro de él.

Malan tiró otra piedra a la velocidad del rayo con la intención de alcanzar la pistola y que ésta se rompiera o, por lo menos, se alejará. Al ver que falló y el padre pudo coger la pistola, ella les gritó a las gemelas:

— ¡Chicas, escondeos, rápido! — Y éstas le hicieron caso, escondiéndose detrás de unos árboles lo más rápido posible.

Martha perdió el tiempo en coger otra piedra y lanzárselo al padre, el cual se levantó del suelo y la disparó. La bala salió volando hacia la cabeza de la africana, mientras ésta se tiraba al suelo. La piedra se dirigía hacia la frente de Roman, quién apenas pudo soportar el retroceso del arma. Iba a caer al suelo, pero se mantuvo en pie, mientras se lastimaba aún más el hombro. Esa fue su perdición. Las gemelas gritaron de horror, porque creyeron que habían alcanzado a su amiga.

La bala literalmente la pasó por los pelos, sin sufrir daño alguno; mientras chocaba contra el suelo y caía sobre la maleza. Sin embargo, Roman no tuvo tanta suerte. La piedra chocó contra su cabeza y lo tiró contra al suelo, provocándole la segunda herida que tenía en esa parte del cuerpo en aquella noche; mientras gritaba de dolor.
Las gemelas estaban paralizadas, creyendo que Martha murió, pero ésta se levantó, incapaz de creerse de haber salido viva. Lo primero que dijo fue gritarles esto:

— ¡Coged la pistola, rápido! ¡Antes de que se levante! —

Gracias a eso, pudieron salir de la parálisis y se acercaron a su padre. Alex cogió la pistola y la puso sobre él. Martha también se acercó con la honda preparada.

— ¡Papá, ya es momento de rendirse! — Le gritó Alex. — ¡Podemos matarte! —

— Nosotras no queremos ensuciar nuestras manos de sangre, ¿lo entiendes? Esto es cuestión de defensa propia. — Comentó Malan.

— No queríamos llegar a esto…— Añadía Sanae, llena de tristeza. — Por eso, ríndete. Si sigues en ese plan, no podemos tener más remedio que matarte. Y yo no quiero eso…—

Todo había terminado, ahora Roman estaba en desventaja. Si se resistía o decidía seguir su idea de matarlas, no tenían más remedio que convertirse en asesinas. Ninguna lo deseaba, sobre todo las gemelas, que querían a su padre, aunque estuviese tan loco para querer matarlas. Rezaban con todo su corazón para que él se rindiera de una vez, esperando su respuesta.

Tardó casi un minuto en reaccionar, mientras se tapaba con las manos la herida que le dejó aquella piedra, poniendo una cara de sufrimiento que desgarraba a las gemelas, las cuales intentaba mostrarse fuertes.

Entonces, empezó a gritar como loco, diciendo una y otra vez lo mucho que le dolía la cabeza. Y empezó a salir lágrimas en sus ojos.

— ¡¿Por qué!? ¡Duele mucho! ¡¿Por qué, por qué!? ¡¿Qué son todos estos recuerdos…!? ¡Son horribles,…! ¡Duelen, estos recuerdos…! —

— ¡¿Qué te ocurre, papá!? — Le gritaron muy asustadas las gemelas.

— Es tan gracioso, muy gracioso…— Y empezó a reírse. — ¡¿Por qué, por qué hice eso!? — Con una expresión llena de dolor y horror. — ¡¿Por qué maté a mi mujer, por qué!? —

— Espera, ¿¡qué!? — Las gemelas, horrorizadas, apenas comprendían nada.

— Ya lo recuerdo todo… No, siempre lo supe… — Miles de toneladas de información torturaban su cabeza. — Yo fui el que puse la bomba, yo fui el que motivara a mis hijas a jugar con el mando a distancia del coche, que ella las matará, porque no me atrevía…—

El hecho de oír de que su padre les confesará que, en realidad, él fue quien ideó el atentando e usar a sus propias hijas para matar a su madre, destrozó los corazones de Sanae y Alex.

— No puede ser verdad…— Comenta incrédula Sanae. Alex añadió, llena de furia: — Y luego, tú nos hechas en cara que fuimos nosotras… —

Y casi iba a apretar el gatillo, incapaz de controlar su rabia y odio; pero Malan la detuvo, diciéndole que no hiciera una locura.

— Yo la amaba, de verdad. La quería tanto…— Reía amargamente. — Eso me pregunto yo. Eso me pregunto yo…— Se puso las manos en la cabeza, mientras ponía cara de psicópata. — pero fueron órdenes… de la CIA…—

— ¡¿Cómo que órdenes!? — Ya no sabían si perdió definitivamente la razón o la piedra le traumó tanto que le hizo ver la verdad.

— Supongo que no lo sabéis, pero no hay nada más horribles y enfermo en este mundo que las agencias de inteligencia. Los espías somos muñecos de usar y tirar, personajes que solo pueden estar en la sombra y solitarios. Yo me uní por desesperación. Creía que solo iban a robar y pasar información de mafias y organizaciones malignas. Pero fui usado, engañaba y me aliaba con mafiosos y otros monstruos, para provocar monstruosidades en todas partes de Europa del Este y Oriente Medio, por presuntos intereses de unos pocos, que ni siquiera eran de la nación. Mis malditos superiores creaban y se montaban operaciones sucias de todo tipo para hundir países y regiones solo por motivos económicos. A veces, ni eso, necesitaban crear problemas para justificar su propia existencia. Yo tenía que participar, marcharme las manos una y otra vez. Era vomitivo. No sé cómo aguante, pero todo llegó a tener su sentido cuando la conocí en una misión… —

— ¡¿A nuestra madre!? — Gritaron las gemelas. Éste no dijo nada, ya que era bien obvia la respuesta; y siguió hablando:

— Era inteligente, perspicaz, culta, adorable, con una fuerza de voluntad de hierro. Además de que era muy buena en la…— Cambió de tema, aunque las chicas sabían exactamente a qué se refería. Se pusieron rojas. — Bueno, eso no importa. Nos juntamos en varias misiones y nos enamoramos. Ya sabeís, nosotros estuvimos mucho tiempo juntos, nos hicimos novios y nos casamos…Y tuvimos adorables hijas. Aún así, seguimos trabajando para nuestras agencias de inteligencia, hasta que un buen día…— Mostró un gesto de puro dolor, al recordarlo. — Ella había descubierto los trapos sucios de varias organizaciones, entre ellos, la suya y la mía; e iba a sacarlo todo a la luz. Iba a crear un escándalo que podría afectar a todo occidente, así que me obligaron a hacerlo…— Todos recuerdos no paraban de hacerle daño. — Tenía que matarla, fuera lo que fuera, y si les desobedecían yo también me volvería una objetivo. No tuve más remedio. —

— Por eso, ser espía es horrible. Las agencias de inteligencia son una horda de enfermos que solo crean un mundo horrible. Es un estado dentro de un estado que destruye todo lo que toca. Naciones, personas, vidas…—

Y volvió a reírse, después de levantarse del suelo y gritar esto:

— Son horribles, ¿¡por qué participe con ellos?! —

— Alex y Sanae, ¿¡por qué queréis ser espías!? — Luego, se dirigió hacia ellas, que apenas pudieron reaccionar. — Vosotras, estáis locas…—

Malan quiso replicarle que no era la persona más adecuada para eso, pero no dijo nada, intenta seguir escuchando lo que estaba diciendo.

— Os dije que mi excusa para mataros era por qué asesinasteis era vuestra madre, ¿no? Era mentira, como todo lo que dije…—

Dio una pequeña pausa, para soltar un suspiro de fastidio, mientras se limpiaba las lágrimas. Luego, continuó:

— ¿¡Por qué quería mataros!? ¡¿Es por qué yo tenía miedo de vosotras, al querer ser espías como yo!? ¿¡Es por qué eráis mi propia sangre, el de un asesino, creyendo que así podría purgar por todas las cosas que hice!? ¡Yo, ahora, no lo sé! Ni siquiera entiendo por qué lo odio todo y deseo matar todo lo que pueda. — Por primera vez en mucho tiempo, sentía una especie de liberación y se dio cuenta de lo que era. — ¡¿Cuándo me convertí en esto!? ¡¿Cómo empecé a ser un psicópata, que solo deseaba matar a gente, ya sea montando un suicidio colectivo en una secta o eliminar a punta de pistola a mis propias hijas!? —

Ni él mismo entendía lo que le pasaba, era como si esos sentimientos de odio y de rabia hacia todo lo que quería quemar habían desaparecido de golpe.

— Papá…— Para ellas, era como si su padre, el verdadero; había vuelto de su encierro. — Nosotras…— E iban a decirle algo, pero las interrumpió:

— ¡Odiarme, yo lo llevo hace tiempo! — Esa era la única certeza que tenía, él se volvió en un ser horrendo, que perdió la cordura hace tiempo. ¿Fue por la depresión que le causo la muerte de su esposa, la culpabilidad de haberla matado o el deseo de sus hijas por ser espías? ¿O todos a la vez? No lo sabía, pero entendía muy bien que hizo mucho mal al mundo.

— Has hecho cosas horribles, pero sigues nuestro padre…— A pesar de todo, las gemelas tenían la esperanza. — Aún así, a pesar de todo, no podemos…—
Tenían la esperanza de que pudieran ser una familia de nuevo, de que su padre, que pudo escapar de la demencia, podría volver el de siempre. De poder superar esta horrible pesadilla que tuvieron con él. Después de todo, aún cuando él mató a su madre, intentó provocar un suicidio colectivo e intentó asesinarlas querían perdonarlo, aunque pensaba que tenía que pagar por sus crímenes o ir al manicomio.
Pero él las interrumpió drásticamente, diciendo esto con una voz amarga y desoladora:

— Lo siento mucho, pero ya he hecho demasiado daño. No es seguro que sigan estando conmigo. Saben, no solo quería matarlos, también deseaba suicidarme. Mi plan, desde el principio, también era acabar conmigo mismo. Y es lo que haré. —
— ¡¿Papá!? — Gritaron las gemelas. — ¿¡Qué vas a ha…!? —

Ni siquiera tuvieron tiempo para poder reaccionar a tiempo, él sacó una pistola, mostrando que tenía dos en realidad; y se pegó un tiro en la cabeza con total frialdad. La bala atravesó la cabeza y el cuerpo sin vida cayó al suelo.

Alex y Sanae, que fueron salpicadas por la sangre de su padre, dieron un fuerte grito de horror que se oyó por todo el bosque. Luego, empezaron a decir su nombre una y otra vez, con la falsa esperanza de que siguiera vivo, mientras lloraban desesperadamente. Malan, sobrecogida por la escena, no pudo sostenerse y cayó al suelo, mientras se ponía a vomitar. No importaba cuanto intentaban creer las hijas que se pudiera salvar, la realidad es que había fallecido. Roman Pilsudki se suicidó en pleno amanecer, delante de los ojos de unas pobres niñas.

Dos horas más tarde, la policía llegó al lugar, junto a una ambulancia que vino para darles asistencia médica a las niñas. Estaban en el mismo claro dónde Roman dejó el coche. Fueron llamados gracias al móvil de éste, que Martha encontró dentro del coche, evitando que tuvieran que recorrer un largo camino hacia la civilización, ya que apenas podrían andar, después de todo lo que había pasado.

Y ellas se encontraban dentro de la ambulancia, sentadas en cada lado del automóvil y con mantas. Pasó unos pocos minutos desde que un psicólogo habló con las chicas. Había un silencio bastante incómodo, ya que ninguna estaba en condiciones de hablar.

Martha Malan no dejaba de mirar de reojo a las pobres gemelas. Con una expresión triste, se sentía muy preocupada por sus amigas. A diferencia de ella, que intentaba desesperadamente olvidar aquella escena que vivió, cuya mente no dejaba de recordárselo y le provocaba más que horror y ganas de vomitar; Alex y Sanae parecían no tener vida, como si se hubieran vuelto unas muñecas. El choque que les causó la muerte de su padre obviamente fue muy fuerte para ellas. Apenas reaccionaban y hablaban, solo miraban cabizbajas al suelo, mientras se sostenían fuertemente las manos. Si no fuera por la africana, que las cogió de las manos y se las llevó, sin que estás mostrarán resistencia; seguirían abrazadas ante el cuerpo inerte de su padre.
Se sentía muy enfadada por cómo habían terminado las cosas y no dejaba de preguntarse si hubiera podido haber evitado esta fastidiosa situación. Se preguntaba sin parar qué hubiera hecho Mao en su lugar, que haría él para poder consolar a las gemelas; porque se sentía incapaz de hacerlo. Por lo menos, consiguió haber protegido a Alex y Sanae, tal y cómo le prometió.

Entonces, ella escuchó a alguien gritar su nombre. La reconoció enseguida, era su madre que corría como una condenada hacia su preciosa hija.

— ¡Martha, Martha! ¡Gracias a Dios qué estés bien! ¡Oh, no me vueltas a dar ese susto otra vez, jamás de los jamases! —

Saltó sobre ella y la abrazó con todas sus fuerzas, mientras lloraba como un bebé.

— ¡Menos mal! — Y su padre también estaba, dando un gran suspiro de alivio y felicidad al verla sana y salva. También lloraba a mares. — ¡Estás bien! —

Martha no sabía cómo explicarles los que les paso. Ella solo les dijo que iba a pasar unos cuantos días en la casa de unas amigas. No se atrevía que, en realidad, tenía la sospecha de que el padre de las gemelas iba a matar a sus propias hijas y ella intentó evitarlo, poniéndose en peligro. El problema no era que la historia fuera absurda, sino que a sus padres les daría un gran infarto si se los contará. Aún no se sentía preparada para decírselos.

— Papá, mamá, yo…— Intentó decirlo. — ¡Lo siento mucho, de verdad! ¡Yo no quería preocuparos! ¡Ha sido horrible, realmente horrible! ¡H-he, pasado muchísimo miedo! ¡Creía que iba a morir!—

Pero, al recordar todo lo que sufrió y todo el miedo que pasó, ella no pudo evitar ponerse a llorar, mientras abrazaba fuertemente a su madre. Fue demasiada fuerte durante toda aquella noche, a pesar de todo; pero aquella fortaleza tenía un límite y se rompió. Después de todo, seguía siendo una niña, a pesar de su madurez y sangre fría.

Y aquel llanto desgarrador, que no dejaba de pedirles perdón a sus padres por haberles preocupado de esta manera; hicieron reaccionar a las gemelas, las hizo volver a la realidad.

— ¡¿Podrías explicarnos lo qué ha pasado!? — Le preguntó su padre, con mucha seriedad, como si se preparaba para regañarla. — ¡Tú jamás nos has dado un disgusto, no entiendo cómo has terminado así…! —

Y eso que no sabía que ella ha pasado por un montón de cosas que podrían darles más de un disgusto, pero ella era una experta en ocultarles cosas a sus padres.
Entonces, las gemelas intervinieron, para ayudar a Martha Malan:

— ¡No la regañen! — Le decían al padre. — ¡Ellas nos salvó! ¡Es nuestra culpa! ¡Solo nuestra! —

— ¡¿Chicas!? — Decía una Martha algo sorprendida, al ver que ellas pudieron volver del choque emocional.

— ¡Vuestra hija es una heroína! — Gritaban al unísono. — ¡Sí, una de verdad! —

— ¡Ella fue increíble! — Intentando actuar muy enérgicas, apenas de lo deprimidas que estaban. — ¡Deberían estar muy orgullosos de ella! —

— Creo que están exagerando…— Les replicó, mientras se limpiaba las lágrimas.
Después de todo, ella no podría tener todo el crédito. Las tres colaboraron e hicieron todo lo posible para poder sobrevivir a aquella pesadilla.

— ¡Es la pura verdad! — Gritaron fuertemente. — ¡De la buena! —

— Si lo decís, entonces, es verdad. — Eso les decía amablemente a las amigas de Malan. — No, la regañaré, os lo prometo. Aunque quiero que me expliqué todo lo ocurrido y darles unos cuantos consejos para que no se ponga en peligro inútilmente. —

— ¡¿Eso quieren decir que la van a regañar…!? — Protestaron las gemelas, ya que dejaba claro que iba a regañar de forma muy sutil.

— No importa, yo asumí los riesgos…— Les respondió Martha Malan, mostrándose muy confiada. — Los soportaré. —

— ¡Pues, yo también te voy a regañar como Dios manda! — Gritaba la madre de Malan, muy enfadada. — ¡Darle estos sustos a tu madre debería estar prohibido, ahora más que estoy embarazada! —

Las tres niñas se quedaron de piedra al oír lo último que dijo la madre, algo que no esperaban para nada. Al unísono, gritaron:

— ¡¿Estás embarazada!? —

En definitiva, Martha Malan iba a tener una hermanita, ¿qué mejor noticia se podría traer después de la muerte de alguien que una nueva vida?

FIN

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Octava parte, centésima decimocuarta historia

— ¡Ya he vuelto! — Les decía Roman con un tono siniestro y burlón, mientras se acercaba al coche. — ¡Preparaos, que ya estáis cerca de ir al cielo…! —

Y se quedó con la boca abierta, al ver que no estaban ellas en el automóvil. Entonces, se dio cuenta de su grave y estúpido error y gritó de rabia a todo volumen, mientras empezaba a golpear violentamente contra la carrocería.

A pocos metros de ahí, las tres chicas corrían sin descanso por el bosque, sin saber a dónde dirigirse, solo tenía en mente alegarse lo más rápido del peligro. A veces miraban hacia atrás en su huida, para espantar el miedo de ser perseguidas por aquella persona que quería matarlas. El final de aquella precipitada carrera fue cuando llegaron a los pies de la ladera de una gran montaña que parecía elevarse hasta tocar las mismísima nubes.

— ¡C-cuánto hemos corrido! — Decía Alex, mientras se recuperaba. Cayó de culo al suelo solo para poder sentarse, mientras inspiraba y respiraba sin parar. — ¡C-casi me da algo! —

— Y me duele mucho los pies, creo que me he hecho heridas. — Añadió su hermana Sanae, que también se sentó por el cansancio, mientras observaba sus piecitos desnudos. Había muy poca iluminación, pero se los tocaba y comprobaba que se había hecho daño.

— Es normal, estamos descalzas. — Comentó Alex. — ¡Ya entiendo lo importante que es el calzado en nuestra vidas! —

Después de todo, ellas estaban en pijama y el padre ni siquiera les dejó la posibilidad de cambiarse de ropa y ponerse los zapatos. Y como no tenían tiempo para ir cuidado, pues sus pies sufrieron todo tipo de daño. Mientras ellas dos se quejaban, Malan estaba observando todo el lugar, intentando averiguar a qué dirección habían ido y en dónde estaba exactamente. Tras mucho suponer, Malan les avisó, al verlas muy tranquilas:

— No debemos estar tan relajadas, vuestro padre podría aparece en algún momento. —

Le dieron la razón, mientras se levantaban del suelo con toda rapidez. No era hora para descansar, estaban en peligro de muerte. Le preguntaron a su amiga qué podrían hacer y ésta empezó a hablar:

— Primero les diré que nos hemos dirigido hacia al sur, es fácil de adivinar por el hecho de que hemos llegado ante las grandes cordilleras que separan la llanura que ocupa el norte de Shelijonia con el resto de la isla. También por el hecho de que la Estrella Polar, que siempre indica el norte, ésta por esa dirección. — Eso les decía, mientras les señalaban a las gemelas hacia al cielo, a aquel pequeño punto luminoso.

— Ahora, bien… Deberíamos ir directas hacia la dirección opuesta, si queremos pedir ayuda. Por solo ver cómo de brillantes están los astros, estamos situados muy alejados de la civilización. Si nos adentramos más en la cordillera, apenas encontraremos algún sitio para poder cobijarnos. —

— Tienes razón…— Le dijeron las gemelas, muy maravilladas ante cómo pudo averiguar dónde estaban. — Pero,… — Y no se atrevieron a hablar.

— Sí, lo sé. — Aún así, era lo mismo que pensaba la africana. — Si nos volvemos a adentrar al bosque, volveremos a encontrarnos con vuestro padre. Aunque sea un sitio muy frondoso, no podemos correr el riesgo de ser atrapadas. —

Estaban en una situación desesperada, se convirtieron en las presas de un loco que las estaría buscando por todo el lugar para matarlas, en mitad de ninguna parte, incapaces de pedir auxilio o encontrar un buen refugio.

— Seguramente… — Continuó Malan. —… debe pensar que nos hemos dirigido hacia al norte, seguro que debe estar peinando la zona por esa dirección. — Entonces, ella vio sobre la ladera una pared rocosa y lo que parecía una cueva y tuvo una idea. — Tal vez, lo mejor es escondernos y esperar un poco. — Y se las señaló a las gemelas.

— ¡¿Estás segura de que ahí podemos estar a salvo!? — Le preguntó Alex un poco dudosa.

— Creo que hay más posibilidades de supervivencia ahí dentro que estando fuera, además está en un sitio alto, podemos vigilarlo y avistar su posición si está cerca. — Concluyó su amiga y estas decidieron hacerla caso.

Las tres subieron rápidamente por la ladera hasta llegar a la cueva. Alex y Sanae se iban a meter de golpe, pero Malan las detuvo. Antes tenían que comprobar si había algún animal salvaje dentro de ahí. Al final, la africana pudo saber que no había nadie más en aquel lugar y se metieron poquito a poco en aquel lúgubre lugar.

Con un poco de hierba seca, que Malan cogió por el camino de la ladera; y usando las múltiples piedras que se encontraron en el lugar, ellas pudieron encender una pequeña flama que no querían agrandar por el miedo de que el padre las encontrarían por el humo. Por lo menos, le permitían alumbrar, aunque fuera un poquito, el lugar. Alex se puso en la entrada del sitio, ya que se propuso voluntaria para ser la vigilante y aceptaron su proposición. Tras pasar unos cuantos minutos en silencio, Martha decidió hablare a la gemela que estaba vigilando, preguntándole si había visto algo sospechoso. Ella le contestó con esto:

— Apenas se ve algo…— Le decía, mientras forzaba a sus ojos ver entre la oscuridad. —Todo esta tan oscuro…— Y rió nerviosamente. — Bueno, es normal, sigue siendo de noche. —

Se preguntó cuánto quedaba para que el sol saliera, antes de que Malan le dijera esto:

— Él no irá a oscuras, supongo. Estará usando una linterna o algo parecido mientras cruza el bosque. Con solo ver una tenue luz en entre esos árboles, es señal de que llegó. Más bien, espero que lo haga así, porque podemos avistarlo y prepararnos a tiempo. —

Alex se quedó pensando cómo podrían prepararse para evitar la muerte, pero entonces recordó que Malan comentó que las piedras de la cueva podrían servirles y ella preguntó:

— ¡¿De verdad, nos servirá todas estas piedras!? —

— Con solo lanzarlas con la fuerza suficiente pueden hacer mucho daño. No es nada comparado con su arma de fuego, pero es algo, por lo menos. Además, gracias a que no nos hemos deshecho de las cuerdas, yo estoy haciendo una honda. —
Alex se quedó algo extrañada, porque era la primera vez que escuchaba algo así y le preguntó a su amiga qué era. Ésta le explicó que era un arma bastante simple y primitiva, que consistía en el uso de dos cuerdas en cuyos extremos se sujeta una especie de receptáculo más o menos flexible desde el que disparaba un proyectil, que normalmente eran piedras. Aprendió a hacerlos, gracias a su padre, mientras vivían en las sabanas de Sudáfrica, como medida preventiva de protección y por otras razones menos cruciales.

Al final, terminó su explicación, mientras terminaba con muchísima rapidez la honda y se lo mostraba a su amiga, con esto:

— Creo que nos será más útil que la navaja, ya que es un arma a media o larga distancia y podemos tener algo de ventaja frente a armas como una pistola. —
Alex estaba tan asombrada que exclamó: — En serio, ¡eres increíble, Malan! — Malan le replicó avergonzada que no era nada. Luego, ésta se dirigió a su gemela para que le diera razón: — ¿A qué sí, Sanae? —

Ahí es dónde se dieron cuenta de que Sanae se quedó dormida, acostada sobre el suelo al lado del fuego.

— ¡Pobrecita…! — Añadió Malan compasivamente. — Debe haber estado muy exhausta, después de todo lo que hemos pasado…—

— ¡Qué envidia, yo también tengo mucho sueño! — Se quejó, antes de abrir la boca para soltar un sonoro bostezo. Luego, siguió hablando: — Se va a resfriar, si tuviéramos algo para taparla…—

Aunque estaba en verano, la noche en Shelijonia siempre es muy fresca y tenían un poco de frío. Sanae estaba muy acurrucada, intentando mantener calentita; y a Alex le entró tanta lástima verla así que no vio más remedio que quitarse la parte superior de su pijama y ponérsela como manta.

— ¡¿Estarás bien así!? Puedes coger también un resfriado…— Comentó Malan algo preocupada, a la vez que aquel gesto le causo ternura. Alex iba a estar media desnuda, con solo un sujetador en la parte de arriba.

— ¡No te preocupes! — Le replicó la gemela, mientras intentaba mostrarse fuerte. — ¡No hace tanto frio para ponerme a moquear! —

A pesar de que se jacto de eso, rápidamente se abrazó con los brazos para no perder calor, mientras empezaba a temblar un poco. Luego, siguió a seguir con la vigilancia y Malan decidió seguir hablando con ella, porque había algo que llevaba tiempo preguntándose y creía que era un momento oportuno para soltárselo:

— Por cierto, Alex, hay una cosa que llevo yo preguntándome desde hace tiempo…— Alex le preguntó qué era y Martha le respondió:

— ¡¿De verdad tu padre fue un espía!? Vosotras siempre habláis de cómo fueron sus aventuras, pero siempre era bastante contradictorio, si te digo la verdad. Una vez dijisteis que vuestro padre fue un gran espía de la Polonia comunista en la Alemania comunista, en otra ocasión decíais que fue un espía americano que estuvo en la URSS antes de la caída del muro o que participó en la guerra de Afganistán. También que él trabajada como un agente de la CIA en Europa del Este, luchando contras las mafias. En fin, hay muchísimas cosas que se contradicen una y otra vez. No es que confíe en vosotras, pero llevo dudando si lo que decís es verdad. —

Alex se quedó callada, muy pensativa. Parecía como si no sabía qué decirle o no se atrevía. Al final, solo se demoró en contestar varios segundos:

— Siempre nos inventábamos gran parte de lo que decíamos sobre nuestro padre. O lo exagerábamos. Pero, pero, es cierto, era un espía. La verdad es que nunca no los contó, jamás digo nada. Lo descubrimos nosotras hace varios años, cuando venidos de Polonia a Estados Unidos, después de que nuestra madre muriera. En aquellos tiempos, él estaba bien de la cabeza y nos cuidaba bien, intentando que nosotras pudiéramos superar la horrible muerte que tuvo mamá. — Dio un pequeño suspiro de tristeza. — Cuando lo descubrimos, tuvo que aceptarlo y nos lo contó que lo era…—
Dio una pequeña pausa, solo para ponerse algo más cómoda mientras estaba sentada en el suelo. Malan no se atrevió a preguntarle cómo lo descubrieron. Luego, continuó: — Y lo más increíble es que nuestra madre también lo era, eso nos dejó muy boquiabiertas. Nos sentíamos tan orgullosas de ser hijas de unos espías que quisimos serlo de mayor, se lo decíamos a todo el mundo, a pesar de que papá nos pedía que no se lo dijéramos a nadie. —

Malan le preguntó si les contó algo sobre su actividad, ella le respondió:

— No nos contó nada más, salvo que estaba en Polonia, como agente de la CIA, con la intención de dar apoyo e información contra varias mafias de Europa del Este. Mamá también ayudaba con ese cometido, pero era de los servicios de inteligencia rusos. Nosotras nacidos frutos de su amor en suelo polaco. —

— ¡¿Algún vez os atrevisteis preguntarle cómo murió vuestra madre!? —

— Bueno, sabíamos que estaba muerta y que murió de una forma horrible. Pero jamás nos preguntamos cómo fue, ni nos atrevíamos, teníamos miedo de conocerlo.

— Le respondió Alex, que puso una cara de enorme tristeza al recordar lo que les contó su padre y lo que ocurrió con su madre.

— O de volver a recordarlo. — Intervino Malan. — Vosotras enterrasteis lo que visteis en lo más profundo de vuestra inconsciencia y vuestro padre lo ha sacado a la luz a la fuerza, culpándoos de algo terrible que no podéis ser culpables. Sois unas victimas más. — Así, la africana intentaba hacer que su amiga no se sintiera mal por lo que dijo aquel hombre. — Aún así, no lo podréis recordar con claridad, porque erais muy pequeñas. Vuestro padre seguramente habrá deformado gran parte de esa historia que nos contó en el coche a su favor. —

Eso creía firmemente Malan, ya que había muchas cosas que no parecían encajar en su narración. Además de que él ya había demostrado antes lo que sus palabras no eran de fiar. Por su parte, Alex añadió esto:

— Yo ya no sé en qué pensar. —

Y con esto dicho, el silencio volvió a la cueva. Martha terminó de hacer la honda y la probó, tirando una piedra. Comprobó su eficacia y empezó a llenar la mochila de piedras. Alex dio varios bostezos, mientras seguía vigilando el lugar. Entonces, se oyó un disparo lejano que las alarmó.

— ¡¿Q-qué, qué ocurre!? — Gritaba Sanae, mientras ella se despertaba sobresaltada. Luego, se dio cuenta de su hermana no tenía la parte de arriba y le preguntó: — ¡¿Qué haces media-desnuda!? —

— No hay tiempo para preguntas…— Le respondió Alex, mientras observaba hacia al exterior muy aterrada. — Papá está cerca. —

Luego, ella cogió la parte de arriba que le había dejado a su hermana Sanae para que lo usara como manta y se lo puso. Malan, que cogió el arma y la mochila, observó hacia al exterior en busca de alguna señal misteriosa:

— Aún está en el bosque. — Concluyó, mientras oía a los pájaros volar despavoridos. — Seguro que ha disparado para asustarnos y que salgamos de nuestro escondite. —

— ¿¡Él ya sabe dónde estamos!? — Le preguntaron al unísono las gemelas.

— No lo sé, la verdad es que no lo sé. Habrá que esperar un poco. — Les respondía nerviosamente Malan. Luego, dijo esto: — ¡Tenemos que apagar el fuego! — Y las gemelas lo apagaron.

Martha Malan no dejaba de observar el bosque en busca de alguna señal que le podría indicar la posición del padre de las gemelas, a pesar de la oscuridad reinante. Entonces, vio una débil luz entre aquel enorme mar de árboles y no tenía duda. Era de una linterna, que era portaba por la persona que quería matarlas. Tuvo que decirles a sus amigas que era él, su padre.

— ¡¿Y qué haremos!? — Preguntó desesperadamente Sanae y Malan le respondió esto:

— Creo que lo mejor será esperar y a rezar para que no se acerqué. —

Y entonces escucharon una horrible voz que parecía ser lejana, cuyo eco llegaba a su oídos. No había duda era del padre de las gemelas:

— ¿Os creísteis muy listas, no? Pues, lo siento mucho, pero sé que estáis cerca, ¡Vuestras huellas os delata! ¡Seguid escondidas, no pasa nada, porque os encontraré! — Y terminó la frase con una risa psicópata.

— ¡Maldición, nuestras huellas! ¡No me había dado cuenta de eso! — Se maldijo Malan, que no creía que él sería capaz de localizar las pisadas que dejaron sus pies desnudos en mitad de la oscuridad.

— ¡¿Y ahora qué haremos!? — Les preguntó Sanae, que parecía que iba a tener un ataque de pánico. — ¡Papá nos encontrará y nos matará! —

Sanae estaba temblando de puro terror y de nerviosismo, mientras lanzaba un sudor frio. A punto de llorar y de caer al suelo porque los pies no les sostenían, su hermana tuvo que tranquilarla:

— ¡No te preocupes, Sanae! ¡Yo te protegeré, no haré que te pasa nada, absolutamente nada! — Le dio un abrazo muy fuerte, mientras juntaba su frente con la de su hermana. — No dejaré que mueras, por nada del mundo. Sin ti, yo no sería nada. Me quedaría sola y abandonada en el mundo. Por eso, te lo garantizo, ¡saldremos las tres vivas de esto! —

Sanae gritó su nombre, tras oír esas palabras; y rompió a llorar, mientras abrazaba fuertemente a su querida hermana.

No dejaba de gritar que tenía mucho miedo, que no quería morir, ni ella ni su hermana ni a Malan, a la vez que ponía su rostro lloroso sobre el pecho de Alex, la cual no dejaba de decirle palabras dulces. La africana se quedó mirándolas, observando con mucha ternura lo afectuosas que llegaba a ser aquella relación que mantenían aquellas chicas que crecieron en el mismo útero. Cuando Sanae se pudo tranquilizar, su gemela, con una mirada seria, le dijo a Martha:

— No podemos escondernos todo el día ni huir de él todo el rato, al final llegará a nosotras y nos esconderá…—

— Tienes razón. — Añadió Malan, muy pensativa. — Pero no nos podemos enfrentar cara a cara con tu padre. —

Después de todo, él era un adulto y ellas eran unas niñas, aunque fueran tres; tenía un arma de fuego y ellas una simple honda y nada más. Tenían grandes desventajas y pocas posibilidades de sobrevivir. Entonces, Alex, comportándose como si fuera una especie de estratega, les soltó esto:

— Por eso mismo, se me ha ocurrido un plan. —

FIN DE LA OCTAVA PARTE

Estándar
Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Séptima parte, centésima decimacuarta historia

No era tiempo para quedarse para inmovilizada por el miedo, su vida y la de sus amigas estaban en peligro. Malan tenía que actuar rápido, encontrar un plan para evitar las evidentes intenciones que tenía el padre de Alex y Sanae, que se quedó en la puerta, riendo macabramente, con cuchillo en mano. Tenía que aprovechar ese momento antes que decidiera acercarse a ellas y apuñarlas sin que ella pudiera evitarlo. Después de todo, estaban en una situación desesperante, las chicas estaban indefensas y él portaba un arma, su siniestra figura bloqueaba la única salida, que era la puerta, ya que no podrían escapar por la ventana; y también estaba el hecho de que era un adulto y era obvio que sería capaz de noquearlas fácilmente si se tenían que enfrentar directamente. No tenían muchísimas posibilidades de salir vivas. Entonces, recordó que sobre el pequeño escritorio que estaba a su lado se encontraba su móvil, que lo puso ahí antes de dormir. Ahí es cuando se le ocurrió algo muy arriesgado, pero, en el caso de que funcionaria, podría salvarlas. Y para suerte de Martha, Roman estaba distrayéndose:

— Vamos a ver, tengo todo el tiempo del mundo, así que debería ponerme cuál sería la mejor forma de quitarles la vida…— Se puso a hablar en voz alta, a espaldas de las niñas que deseaba asesinar. — No tendré suficiente con acuchillarlas, debo hacer más…— Y él se calló y se puso a pensar, imaginándose varias cosas perversas, mientras soltaba alguna risita.

Sin que éste se diera cuenta, Malan poquito a poco sacó su brazo de la cama y cogió su móvil de una forma muy discreta y rápida. Entonces, decidió actuar y gritarle: — ¡Mira aquí, señor asesino! —

Y Roman, sobrecogido por esa voz, miró hacia atrás y un objeto chocó contra su propia cara de una forma muy violenta. Era el móvil de Malan que ella lo tiró como si fuera un shuriken o una carta, una idea que se le ocurrió gracias por el hecho de que fuera tan plano. La africana no sabía si funcionaría, pero tenía que intentarlo. Y fue bastante efectivo, porque se le incrustó unos pocos milímetros en la frente, provocándole una herida que le hizo gritar a toda velocidad. Luego, El teléfono salió de su frente y cayó al suelo rompiéndose la pantalla, mientras el padre se arrodillaba y no dejaba de chillar de dolor, mientras se tocaba el lugar en dónde fue herido.
Y él no se esperaba recibir otro golpe más, no pudo reaccionar a tiempo cuando recibió una fuerte patada en toda la mandíbula que lo tiró al suelo, rompiéndole incluso un diente. Era de Malan que aprovechó ese momento.

Todos esos gritos y ruidos obviamente hicieron despertar a las gemelas, que gritaban sobresaltadas al unísono: — ¡¿Qué está ocurriendo!? —

Entonces, vieron la escena que estaba delante de sus ojos, a su padre en el suelo, sosteniendo un cuchillo en la mano y con sangre en la frente; y a una Malan que les gritaba esto, al ver que se despertaron:

— ¡Alex, Sanae, hay que salir corriendo, ahora! —

Ellas no preguntaron nada ni se quedaron en shock, no entendían nada de lo que estaba pasando; pero supieron enseguida de que estaban en peligro y saliendo a toda velocidad de la habitación.

Corrieron por el pasillo hasta que oyeron un chillido de Martha y una voz aterradora las hizo detener: — ¡No deis un paso más, o vuestra amiga morirá! —

Ellas se detuvieron en seco y miraron hacia atrás, y vieron a su querido padre sosteniendo fuertemente a la africana con un brazo, mientras con la otra ponía su cuchillo sobre su cuello. Él pudo levantarse y aprovechar el momento en que Martha Malan intentó coger su arma mientras las gemelas escapaban. Al ver que sus hijas se quedaron paralizadas, éste habló:

— ¡Te tengo que felicitar, Martha Malan! Creía que solo eras una mocosa insolente, pero has demostrado un ingenio fuera de lo común. ¿¡A quién se le ocurría usar un móvil como arma!? ¡Me podrías haber matado! Aún así, no ha servido de nada. — Y empezó a reír como malnacido.

Las gemelas, incapaces de asimilar que su padre las intentó matar y de que estaba poniendo un cuchillo sobre el cuello de Martha Malan, tardaron en poder reaccionar y solar estas palabras:

— ¡¿P-por qué estás haciendo esto, papá!? ¡¿N-no te habías v-vuelto una buena p-persona!? — Gritó Sanae, con lágrimas en los ojos, temblando de miedo. Su padre no había mejorado, sino se había vuelto en un verdadero psicópata que iba a matarlas.

— ¡Puto mentiroso, nos has engañado! ¡Eres un malnacido! — Por su parte, Alex, que también empezó a llorar, estaba llena de rabia, quería golpear a su padre por haberlas mentido. Se maldecía a sí misma por haber creído en él, había metido la pata hasta al fondo. Y ahora no solo ella y su hermana estaban en peligro, también su amiga.

— ¡No me hables en ese tono, Aleksandra! — Le replicó furiosamente su padre. — ¡¿No ves que podrías rajarle el cuello a tu amiga!? —

Una Alex rabiosa y enfadada tuvo que callarse, aterrada ante el hecho de que Malan muriera. Sanae, intentó decirle algo, pedirle que se tranquilizara y soltará el cuchillo; pero éste ni la dejó hablar, diciéndole a gritos que tapará su estúpida boca.

— ¡No se saldrá con la suya! — A pesar de que podría morir, Martha tenía la osadía de decir esto, algo que el padre se lo tomó muy bien.

— ¡Tienes razón, yo tenía un buen plan! ¡Pero tú lo arruinaste, estúpida niñata! ¡Aún así! ¡Aún así! ¡Creo que el resultado sí que me saldrá bien! ¡¿A qué es gracioso, Martha Malan!? ¡Al final, voy a salir ganando! —

— ¡¿De qué estás hablando!? — Preguntó Sanae, incapaz de comprender sus palabras. Más bien, su cerebro intentaba bloquearlo desesperadamente.

— ¡¿Plan…!? ¡¿No querrás decir…!? — Alex lo entendió a la perfección y quedó más horrorizada que nunca. — ¡Somos tus hijas, ¿por qué quieres hacernos esto?! ¡Estás loco! — Y Sanae observando a su hermana, con la esperanza de que lo que estaba pensando no fuera lo mismo que ella creía y se negaba a aceptarlo. Entonces, el papá hundió sus esperanzas con esto:

— Sí, es eso cierto. Aprovechando que esa estúpida china se quitará del medio, aproveché lo que yo tenía que hacer, ¡vengarme de vosotras dos, eliminaros de este mundo! Yendo al grano, quería matarlas. Y no es algo que se me ocurrió el día siguiente, sino hace años que lo tenía en mente. —

— ¡No puede ser! ¡Eso es mentira! ¡¿Estás de broma, verdad!? ¡Los papás no hacen eso, ellos aman a sus hijas, jamás le harían eso! — Sanae se tapó las orejas y gritaba lo más fuerte posible, como si eso evitara que las cosas que dijo su padre fueran falsos. Casi parecía que le iba a dar un ataque, sino fuera por su hermana:

— Sanae, ¡tranquilízate, por favor! — La cogió de los hombros y le decía con una mirada seria: — Yo tampoco puedo creérmelo, pero es verdad…—

Ésta se quedó callada mientras susurraba el nombre de su hermana y pudo aceptar la horrible realidad. Por mucho dolor que le producía aceptarlo, se pudo tranquilizar, aunque fuera un poco. Alex, por su parte, decidió decirle esto: — ¡¿Por qué, qué te hemos hecho nosotras!? —

— ¡No os preocupéis por eso ahora! Es más, vosotras no tenéis ni derecho a exigirme nada, yo soy el que va a cortarle el precioso cuello de esta chica. Así que, seáis buenas niñas, y haced todo lo que yo diga, ¿¡entendido!? —

Y acortó la poca distancia que el cuchillo tenía con el cuello de Martha para dejarles claro que pasaría si desobedecían y las gemelas no tuvieron más remedio que acometer sus órdenes.

Lo primero que les dijo a sus hijas fue que se dirigieran hacia la cocina y sacarán unas cuerdas que habían en uno de los cajones del mueble. A continuación, les pidió que se ataran las manos la una a la otra un nudo muy fuerte. Luego, que cogieran otras para atar a Malan. A pesar de que era imposible hacerlo con las manos inmovilizadas, tuvieron que hacerle caso y lo consiguieron, de alguna manera.
Después de eso, el padre buscó entre los cajones y sacó una pistola, que sustituyó al cuchillo que llevaba. Tras observarlo palmo a palmo, con una mirada psicópata, que dejaba claro a las tres pobres chicas que antes de que terminará la noche él las iba a matar. La frase que pronunciaría después de guardarse el arma solo alimentó aún más aquella terrible premonición:

— ¡Bueno, niñas! ¡Hoy vamos a salir a dar un paseo! —

Con la pistola sobre la espalda de Malan, dispuesto a dispararla si sus hijas saliesen corriendo; salieron a la calle. No sabían si era pura estupidez o una osadía, pero éste se atrevió a salir afuera, en medio del barrio. Esperaban que alguien les viera y llamará a la policía, pero se dieron cuenta de cuál era la razón para que no tuviera miedo de ser pillado. Apenas las farolas de la calle funcionaban y ni se veía un alma, además de que solo anduvieron unos pocos metros, hasta llegar a un automóvil, que el padre abrió con la llave. Las gemelas se quedaron boquiabiertas, su padre jamás tuvo un coche, ya que era mucho dinero para él. Esté, al ver su reacción, mientras las obligaba a meterse en los asientos traseros; les dijo:

— ¡¿Os sorprende tanto que tenga un cochecito!? No os preocupéis, no es mío, es robado. — Luego, él se puso a reír como maniático, mientras se burlaba del pobre que le robo hace semanas y se metía en él. Y añadió:

— Por cierto, modifiqué un poco este coche… Yo puedo, con un solo botón, impedir que mis pasajeros puedan abrir las puertas traseras, tampoco pueden romper el cristal, es muy fuerte. Así que no hay escapatoria. —

Y tenía razón, las gemelas lo comprobaron, a pesar de que era una odisea hacerlo con las manos atadas; no podrían abrir las puertas del coche. Luego, encendió el coche y éste empezó a andar. Tras salir del barrio en dónde ellos estaban, las chicas empezaron a atreverse a hablar, después de golpear histéricamente las ventanas para avisar a alguien de que iban a matarlas:

— ¡¿Qué quieres hacer con nosotras!? — Le preguntó Malan y éste le respondió, riéndose de forma desagradable:

— Creo que lo sabéis perfectamente…—

— ¿¡Sabe que está cometiendo un delito!? Si matas a tus hijas y a mí, se volverá perseguido por la policía y acabará en la cárcel, ejecutado en el peor de los casos. —
Sus palabras enfadaron a Roman que golpeó de una forma muy violenta el cristal de su ventana. Luego, le dijo esto lleno de furia:

— ¡Pues claro que lo sé, niñata! ¡¿Crees que a estas alturas me importa la legalidad o no de las cosas!? — No soportaba que esa niña le replicará, solo era una estúpida niña. — ¡Ya ni me importa la ley y llevo esperando hacer esto desde hace muchísimo tiempo! —

Las tres callaron, al ver que podría cometer alguna locura solo porque alguien le estaba yendo la contraria. Y éste, tras tranquilizarse, se puso a hablar:

— A estas alturas de la película, ya debe ser hora de que cuente algunas verdades, ¡¿no creen!? Seguro que estáis deseosas de por qué yo estoy haciendo todo esto. Es más, lo pedisteis antes y os prometí que lo iba a decir más adelante…— Dio un pausa. — En primer lugar, es verdad que decidí que esta noche fuera vuestra muerte o, mejor dicho, que cuando volvierais a la casa iba a asesinarlas. Eso se me ocurrió después de descubrir que vuestra insolente amiga se fuera, la única que podría detenerme. Pensaba engatusar a vuestras amigas para darles lástima y convenceros para volver. Pero Martha Malan no fue engañada y la muy tonta destruyó mis planes, para aparecer en la misma casa. Aunque fuiste muy estúpida, la verdad. Eso no evito que siguiera con mi plan, que no era otro que hacerlas dormir con somníferos y apuñalarlas hasta la muerte. Por ahora, he tenido que reescribirlo todo y ahora vais a morir de un balazo y con vuestros cuerpos enterrados en lo más profundo del bosque. —

Tras soltar eso, volvió a reír de forma demente y las gemelas dijeron:

— ¡Eso es horrible! — Exclamó Sanae, sabía que su padre perdió la cabeza hace tiempo, pero jamás podría creer que fuera capaz de ser alguien tan horrible y monstruoso.

— ¡¿Ni siquiera puedes tener piedad de Malan!? — Le replicó Alex, que deseaba haber golpeado hasta la muerte a su propio padre.

— Si no se hubiera entremetido, ésta pequeña zorra podría seguir viviendo. Se atrevió a desafiarme, así que ella será la que menos piedad va a recibir de mí. — Y volvió a golpear con todas sus fuerzas la ventana de su asiento, mostrando la ira que le daba Martha Malan.

El coche ya había salido de la cuidad y estaba en la zona industrial, con la intención de dirigirse hacia al suroeste, hacia un profundo bosque situado en los pies de las montañas.

— Siguiendo con lo de antes…— Continuó Roman. — Ese no era mi plan original, el verdadero el que gesté durante meses fue arruinado. Más bien, era parte de otro, o los fusioné para formar uno. No sé…— Rió como un villano. — En fin, lo que quería hacer, para acabar con vuestras vidas, era meteros en la secta y hacer que vosotras acabarías como los demás…—

— Yo nunca fui un miembro menos de aquella secta, es más, yo era el líder, el que lo controlaba todo en las sombras. La Doncella, otra niñata estúpida; era solo mi peón. En realidad, todo eso era una farsa que ella montó con sus amigos y para burlarse de los que entraban ahí. Una broma cruel y horrible, pero que poquito a poco se volvía realidad. Muchísimos de sus miembros iníciales huyeron de él y la muchacha se negaba a terminar. Y ahí entré yo, como uno más pero que terminó siendo lo que dominaba todo el cotarro y convirtiéndolo en algo verdadero. Conseguí que se financiara, extenderlo por todo el norte de la isla y que miles de estúpidos desesperados entraran, terminando trabajando en unas casuchas en unas de las mansiones de la familia de la niña, volviéndolo. Y lo mejor era el final que preparé, que todos íbamos a montar un suicidio colectivo y que no quedará ni uno. ¿¡Y que tienen que ver vosotras con todo esto!? —

Las tres chicas no dijeron nada, estaban boquiabiertas ante lo que habían escuchado, literalmente el padre de las gemelas era un vil monstruo.

— Quise meterlas en eso, aunque fuera a la fuerza o no, para que vosotras murierais con los demás idiotas esos, ¡es decir, ir al planeta de las personas felices! ¡Así mataría dos pájaros de un tiro! — Y además añadió esto, con una actitud burlona que solo provocaba asco entre sus propias hijas, que se sentía horrorizadas antes el hecho de que hubieran vivido bajo el mismo techo que aquel psicópata.

— ¡¡Estás loco!! — Gritaron las gemelas, indignadas. — ¡Matar a cientos de personas, eres peor que Hitler! —

El padre golpeó violentamente contra el cristal del coche y las hizo callar, pero Malan que no se atrevió a hablar, porque no sabía cómo reaccionar y estaba llenas de interrogantes y dudas; decidió preguntarle esto:

— No lo entiendo… ¡¿Por qué querías condenar a esas pobres personas!? Tampoco entiendo porque deseas matar a tus hijas, pero aún así…—

¡¿Qué pasaba por la mente de ese hombre!? Desde el principio, sentía que mostraba claros signos de sufrir algún trastorno, como el antisocial de la personalidad o la psicopatía, pero no esperaba que llegara a este punto. ¡¿O le pasó algo grave en el pasado qué lo llegara a este nivel de peligrosidad!? Las gemelas siempre se jactaban de que fue un espía, aunque no les hacía mucho caso, porque no dejaba de modificar su pasado. Tal vez, decían la verdad y le ocurrió un suceso que lo trastornó. Necesitaba saber que le motivaba a montar un plan con la intención de provocar la muerte de cientos de personas. Y esperó un poco la respuesta de Roman.

— Odio este asqueroso mundo, a todas las personas en general…— Tras varios segundos en silencio, habló. — Me irritan, no los soporto. No sé realmente el por qué ni me importa. Solo quería hacer daño, satisfacer mis deseos de verlos a todos arder. Me conformaría solo con provocar el suicidio indirecto de cientos de personas. Tal vez, es una razón estúpida y poco racional, ¡me importa una mierda! — Lo único que comprobó Malan era que éste era un misántropo de cuidado. Tras dar una pausa, continuó:

— Aún así, me salió mal. — Apretó de la rabia el volante. — Vosotras no quisisteis ir a la secta e incluso cuando lo intenté hacer a la fuerza vuestra amiga Mao os salvó el trasero. Me conforme con no matarlas hasta otra ocasión. Luego, otra niñata me arruinó mi plan y no hubo suicidio colectivo. Pero esta vez, saldré airoso, me conformaré con mataros. —

Y luego volvía a reír de forma demente y enferma, mientras golpeaba de nuevo violentamente contra el cristal. Tras esto, siguió hablando:

— Y ahora os diré algo más…— Soltó unas risitas. — Sobre mi razón de querer matar a mis propias hijas…— Dio una pausa dramática. — Después de todo, ellas mataron a la persona que yo más quería en este mundo, su propia madre. —

Un silencio extremadamente incómodo apareció de repente en el automóvil y las chicas se quedaron atónicas, con unos rostros llenos de incredulidad. Al ver que no pudieron responder, al padre de las gemelas le entró un gran ataque de risa que ayudo a que las niñas le pudieran responder:

— ¡¿Te estás burlando de nosotras, papá!? — Le gritaban las gemelas, con ira. — ¡Mamá murió cuando nosotras éramos muy pequeñas! ¡¿Crees que unas niñas pequeñas pueden matar a su propia madre!? ¡Es absurdo! —

Malan se preguntaba qué intentaba decir con aquellas tan acusaciones tan fuertes, ¿intentaba trastocar a sus propias hijas echándoles la culpa de algo horrible o se estaba burlando cruelmente de ellas, o quizás él creía que ellas fueron realmente las que provocaron la muerte de su propia madre? Ella iba a intervenir, a exigirle que se explicara y dejará de reírse como loco; pero no tuvo tiempo. Éste reaccionó fatal antes las palabras de las gemelas que, en mitad de la carretera, paró en seco y giró la cabeza con un rostro que daba tanto terror que parecía que las iba a dar unos balazos ahí mismos:

— ¡No es una puta broma! ¡Es la pura verdad! ¡Vuestra madre murió gracias a vosotras! — Eso les decía mientras les mostraba la pistola.

— ¡E-es mentira…! — Las gemelas se negaban a creerle. — ¡N-no, no es verdad! — Estaban tan asustadas que cerraban los ojos para no presenciar lo que llegaría a hacer aquel loco, mientras luchaban por no llorar.

Malan, la única que se le atrevía a mirarle, con gran seriedad le preguntó:
— Si es la verdad, entonces, ¿¡por qué no la cuentas!? ¡Explícanos cómo ellas mataron a su propia madre! ¡¿O solo es una pobre excusa para poder justificar tus viles actos!? —

— ¡Maldita insolente…! — Iba a darle un disparo ahí mismo a Malan, pero se tranquilizó. — Si tanto lo deseas, lo diré…. —

Malan, que cerró los ojos, creyendo que iba a morir; dio un fuerte suspiro de alivio. Alex y Sanae, que llegaron a rezar con todas sus fuerzas para que no la mataran, mientras abrazaban aún más a la africana; al ver que había pasado el peligro, abrieron poquito a poco los ojos. El padre de las gemelas puso el coche en marcha y empezó a hablar:

— Todo ocurrió en un octubre de 2005, en Varsovia, Polonia. Nosotros habíamos viajado desde el sur del país hacia la capital para tener unas pequeñas vacaciones. — Las chicas cuestionaron eso, pero decidieron callarse y seguir escuchándole. — Estábamos en unos de los hoteles más caros de la ciudad, después de un largo recorrido en coche. Al pasar varias horas de que hubiéramos llegado, ella bajó al parking junto con vosotras. Mientras bajáis por la escalera alguien me llamó diciéndome que habían puesto una bomba bajo el automóvil y que si lo encendían con el mando de apertura explotaría. Yo corrí a toda velocidad para evitar el desastre, pero fue demasiado tarde…— Apretó el volante fuertemente, como si intentaba evitar no recordar algo: — Cuando llegué os vi en el suelo, con el mando de apertura entre vuestras manos. Os levantasteis y, al ver el automóvil en llamas, os pusisteis muy alteradas, llorando y gritando sin parar, pidiendo ayuda desesperadamente. Yo también me puse así, incapaz de creer lo que había pasado. Después de que ella abriera con la llave manual y estuviera buscando lo que se le había olvidado, os pusisteis a jugar con esa cosa, intentando ver cómo de lejos llegaba. ¡Si no hubierais hecho eso, ella tal vez seguiría viva! ¡Pero no, fue vuestra culpa por jugar con esa cosa! —

— ¡¿E-es, es eso verdad….!? — Decía Sanae destrozada, sintiéndose muy culpable. Empezó a recordar cosas que su subconsciente había ocultado por larguísimo tiempo. Solo eran pequeños recuerdos, tan débiles que parecían una ilusión, pero que no paraban de aparecer sin parar en su cabeza y que empezaba por relacionarlo por lo que dijo su padre.

— No puede ser…— Y a su hermana Alex también le estaba pasando lo mismo. — Creo que lo yo estoy recordando, hubo una explosión, era un coche…— No dejaba de murmurar cosas. — Murió alguien…— Mientras ponía una cara de horror. — ¡¿Entonces, de verdad, nosotras hemos matado a nuestra madre!? —

Malan, que encontraba muchísimas lagunas en esa historia, no iba a dejar d que sus amigas fueran torturadas por una falsa culpabilidad e intervino:

— ¡¿Por esa estúpida razón quieres matarlas!? — Le replicaba con mucha seriedad. — Si aunque fuera cierto, ellas no tienen la culpa. No sabían la existencia de una bomba en el automóvil ni que el mando de apertura lo activaba. Es más, tuvieron la suerte de salir vivas de morir en la explosión. Culparlas es injusto para tus propias hijas, que perdieron a su propia madre; y no tengo que decir cuál de horrible es querer matarlas por tal motivo. —

Aquellas palabras que pronunció Martha Malan dejaron un gran silencio incómodo y angustioso, callando al padre de las gemelas, que parecía que iba a estallar de un momento para otro. Éste no mostró alguna reacción, solo siguió conduciendo, mientras se adentraba en lo más profundo del bosque por un caminito de tierra. Alex y Sanae con el miedo de que su papá se pusiera violento e incluso matará a su amiga, se quedaron muy pensativas sobre lo que dijo ella.

Malan tenía razón, no eran culpables de nada, aún cuando se arrepentían de haber pulsado el mando de apertura, si realmente eso fue lo que les contó su padre.
Poco tiempo después, llegaron al final del presunto camino, que era más que un simple claro en mitad del bosque, a los pies de grandes montañas. Paró el coche en el centro de aquel lugar y dijo secamente:

— Ya hemos llegado a nuestro destino, señoritas. — El padre se levantó de su asiento. — Aquí es dónde estarán nuestras tumbas, pero antes… — Y salió del automóvil. — Me voy a estirazar un poco afuera, que los viajes en coche me destrozan. — Y se alejó un montón del coche y se puso a tomar un cigarrillo.

Al ver que se alejo lo suficiente, las gemelas empezaron a hablar en voz baja:

— Ni que lo crees tú…— Eso decía Alex, mientras mostraba sus manos libres de cuerdas.

— ¡No nos vamos a morir tan fácilmente! — Y añadió su hermana Sanae, que también estaba liberada de las ataduras.

— ¡¿Chicas…!? — Exclamó muy sorprendida Malan, quién era la única cuyas manos estaban atadas. No habían perdido el tiempo, se desataron durante el recorrido.

— Perdón por no poder desatarte los nudos, pero nos podría notar. — Le dijo a continuación Alex, mientras juntaba sus manos en señal de que lo sentía y observando desde la ventana qué estaba haciendo su viejo.

— Tampoco lo podríamos soltar, él habrá puesto un nudo imposible de desatar. — Comentó Sanae, mientras comprobaba cómo era el nudo que hizo su padre para atar las manos de su amiga.

Malan comprendió rápidamente que ellas se hicieron un nudo fácil de desatar y cuyo padre no se dio cuenta. Rió un poco ante la astucia de sus amigas y les respondió que no pasaba nada.

— Aún así, papá se cree muy listo, pero siempre mete la pata en el momento más oportuno. —

Se burlaron de su propio padre al unísono, mientras sacaban varias cosas que había debajo de los asientos. Muchas de ellas eran bastantes inútiles para la situación, pero encontraron cosas como una navaja que cortó las cuerdas que ataban las manos de Malan. Tras coger algunos objetos y meterlo en una pequeña mochila que encontraron, se escabulleron de la forma más fácil y estúpida posible, pasaron a los asientos delanteros y salieron del coche.

El padre que se estaba tomando más tiempo de lo necesario, ya que se introdujo un poco en el bosque para hacer sus necesidades; se olvidó de cerrar todo el coche y mantenerlas atrapadas, creyendo que estaban tan aterradas que ni siquiera intentarían escapar. Estaba tan confiado en que todo le estaba saliendo bien que no se dio cuenta de sus meteduras de pata.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Sexta parte, centésima decimacuarta historia

Al día siguiente, tras una mañana algo ajetreada en la casa de Mao, ya que las gemelas empacaron algunas cosas que tenían ahí, más otras que fueron regalo de Clementina; ellas se dirigieron hacia su casa, bien entrada la tarde. Y no estaban solas, alguien más les estaba acompañando.

— ¡¿De verdad, realmente estás segura de dormir con nosotras!? ¡Aún no es demasiado tarde…! — Y a mitad del camino, Alex le preguntó esto a aquella persona. Aún le seguía aterrando el hecho de que le pasará algo malo si ella iba a dormir en su casa.

— Sí, estoy totalmente segura y no voy a cambiar de idea…— Eso le respondió Malan firmemente, ya no podría echarse para atrás.

Después de andar una media hora llegaron al barrio en dónde estaba la casa de las gemelas. Rodeado por barrios residenciales de alta y media gama por el norte y el sur, casi tocando la zona industrial del condado por el oeste y el centro de la cuidad por el este, estaba situado una especie de barriada obrera, que parecía ser un lugar muy deteriorada y humilde.

— ¡¿Así que aquí es dónde vivís!? — Eso preguntó Malan, mientras observaba por primera vez el lugar en donde vivían sus gemelas.

— Sí, es uno de los lugares más pobres y más baratos de la cuidad, por eso el rácano de nuestro padre se instaló aquí. — Le respondió Alex.

— Es verdad, pero no es un mal sitio. No hay apenas violencia y la gente no es horrible como en otros sitios. — Y añadió su hermana Sanae.

Y Malan les dio la razón, porque esa era la impresión que estaba teniendo. Luego, Alex soltó esta pregunta con mucha malicia:

— ¡¿Cómo se siente que alguien que vive en una barrio para ricos visita una de pobres!? —

— Pues igual que si estuviera en un barrio rico, si os digo la verdad. —
Las gemelas pusieron una cara de decepción al oír esa respuesta, esperaban que Malan estuviese muy sorprendida de cómo es el mundo de los plebeyos, como si estuviera descubriendo un nuevo mundo.

Al adentrarse ellas en aquel lugar, siguieron hacia al norte hasta llegar a las líneas de ferrocarril que separaba la cuidad en dos, llegando así a la casa de la gemelas, que estaba al lado.

Era una pequeña casita de solo un piso, rodeado de bloques de edificios, con un estado muchísimo más deteriorado que todo lo que le rodeaba. Sus muros blancos estaban llenos de grafitis y sus ventanas parecían ser de mediados del siglo pasado, con una madera casi podrida, y rodeados por unas rejas descoloridas y oxidadas. Su techo rojo a cuatro aguas era lo único que parecía estar en buen estado. Las gemelas se detuvieron para observar la casa que llevaban meses sin ver y comentaron:

— ¡Está peor que cuando habíamos venido! — Decían, algo asombradas. Creían que era imposible que la casa estuviera peor, parecía que estaba abandonada o algo parecido. — ¡¿De dónde han salido esas pintadas!? —

Se quejaban amargamente del estado en que estaban su casa, avergonzadas por el hecho de que una amiga la estaba observando. Malan las comprendía, pensando que ella también estaría muerta de vergüenza si su hogar, aunque fuera por el exterior, tuvieran tales pintas. Después de esto, se acercaron poquito a poco hacia la casita, con mucho sigilo y preocupación, como si estuvieran a punto de pegar en la puerta de un demonio.

Después de que Alex tocará dos o tres en la puerta de la casa, tragaron saliva y esperaron con mucho nerviosismo a que se abriera. A los pocos segundos, se abrió y se escuchó una voz: — ¡Por fin, habéis vuelto mis queridas hijas! —

Era el padre de las gemelas, Roman Pilsudki, que salió a escena con una sonrisa tan poco natural que daba miedo. Siguió hablando:

— ¡Habéis tardado un montón…! — Pero, entonces, se dio cuenta de algo que no esperaba ver y se quedó callado, mirándola fijamente de una forma muy desagradable. Era Martha Malan. Solo duró un segundo y algo, porque tenía que disimular; pero ella lo notó, aumentando sus sospechas.

— ¡Hola Martha Malan, no me esperaba encontrarte aquí! — Le saludó con aparente amabilidad. Luego, le preguntó: — ¡¿Estabas acompañando a mis hijas hasta su casa?! —

Las gemelas no supieron que responder, no querían saber cómo iba a reaccionar si les dijera eso. Pero Martha se llenó de valentía y le dijo:
— No solo eso, también quería conocer su casa, y quizás quedarme a dormir con sus hijas. —

— ¡¿Espera qué!? — Soltó esto, boquiabierto. Esta reacción alertó a las gemelas, y también a Malan, que aún se atrevió a repetir lo que dijo. Después de tardar algunos segundos, con su típica sonrisa, decidió replicarlas:

— ¿¡No creen que es poco temprano para eso!? Habéis vuelto a casa después de estar fuera de ella por meses y traéis a una amiga…—

— ¡Por supuesto que no! — Le dijeron las gemelas al unísono. Luego, su hija Alex añadió:

— Nunca hemos invitado a una amiga a dormir en nuestra casa. —

— ¡Es verdad! ¡Por una vez no pasa nada, y sobre todo ahora, que hemos decidido volver a casa! — Y Sanae también intervino.

Mientras intentaba mantener su falsa sonrisa, intento hacerlas cambiar de ideas:

— ¡Entiendo, pero ni siquiera la casa está preparada para invitar a alguien! ¡¿Y no os daría vergüenza enseñarles la casa a tus amigas, con lo fea y estropeada que está!? —

Sanae y Alex no supieron que decir, la verdad es que les daba un poco de vergüenza. Y también no se atrevían a decirle que no importaba eso, con el miedo de enfadarle. Malan, al prever que el padre quería alagar lo máximo posible la conversación, llenándolo de excusas, hasta que ellas se cansaran y aceptaran que la africana no durmiera en su casa; decidió jugar con fuego y decirles sus verdaderas intenciones:

— Señor, le diré la verdad. He decidido dormir con ellas esta noche en su casa por la seguridad de sus hijas, para comprobar que no les hace nada malo. No confió en usted para nada. Si de verdad ha cambiado, puede demostrarlo dejándome estar con mis amigas esta noche; y si se niega, entonces — Cogió el brazo de cada gemela como señal de que se las llevaría si su padre no aceptará. — iremos por dónde hemos ido. —

Las gemelas se volvieron a quedar muy sorprendidas por la valentía de Malan y a la vez estaban temblando del miedo al ver la reacción de su padre. Éste se quedó en silencio, mirando a la africana con una cara que daba miedo, mientras respiraba e inspiraba violentamente.

Luego, el papá rompió a carcajadas, tan desagradables que a las gemelas le quitaron las ganas de volver a la casa de Mao. Tras eso, él habló, intentado mostrarse amable y tranquilo:

— Tienes razón, pequeña. Es normal que no puedan confiar totalmente en mí. Me da un poco de tristeza, pero lo entiendo. Yo haría lo mismo. En fin, os demostraré que ya estoy bien, aceptando tus condiciones, pequeña. —

— ¡¿Entonces, quieres decir que dejas a Malan dormir con nosotras!? — Le preguntaron las gemelas con algo de miedo. Él movió la cabeza y ellas empezaron a gritar eufóricamente, mientras abrazaban a Martha. Estaban muy felices, olvidando por un momento por la reacción extraña que mostró su padre cuando la africana le dijo esas palabras. Por su parte, su amiga no podría olvidar aquella reacción y se decía a sí misma que urgía prepararse mentalmente lo que podría ocurrir a continuación.
Tras esa calurosa bienvenida, entraron en la casa. Estaba peor de lo que creían, todos los muebles estaban roto y llenos de polvo, la pintura caía de las paredes e incluso había goteras en el techo y feas humedades por todas partes. Las gemelas no podrían creer que se hubiera deteriorado tanto en tan poco tiempo, ¡¿qué había pasado en su humilde hogar para llegar a ese lamentable estado, mientras ellas no estaban!? Igualmente Martha Malan estaba sorprendida por cómo estaba ese lugar, parecía como si estuviera abandonado desde hace años. Después de pasar por el pasillo en silencio, llegaron al salón y el padre de las gemelas les dijo:

— Perdón por todo este desastre, pero han pasado muchísimas cosas y, por desgracia, toda la casa ha sufrido las consecuencias. Tengo pensando poder reformarla un día de estos… — Él dio una pequeña pausa y añadió. —Si tengo dinero, claro…— Y se puso a reír.

Es decir, las gemelas tradujeron esas palabras como el hecho de que jamás iba a reparar la casa. Más bien, dejaría que se pudriera con ellas dentro. Le entraron muchísima ganas de salir y de volver a la casa de Mao, porque él seguía siendo el tacaño de siempre. Martha Malan le quiso decir que, con el estado tan deteriorado que tenía la casa, lo mejor sería mudarse o derribarla y construirlo de nuevo, pero decidió no hacerlo. A continuación, después de observar el lamentable estado del salón, las chicas se dirigieron a toda velocidad hacia su cuarto, con la intención de saber cómo estaba.

Al abrir la puerta del cuarto, que no estaba en tal mal estado como los demás, se quedaron muy sorprendidas. No porque estuviera en malas condiciones, sino por el hecho de que estaban muy bien, como lo dejaron cuando se fueron corriendo de la casa meses atrás. La gran cama que tenían seguía ahí, con las mismas sabanas cutres de un garabato de una cerdita que era popular entre los niños y que su papá lo compró en un mercadillo. El suelo de baldosas estaba muy bien cuidado, igual que la pared y el papel pintado, que era un fondo rosa llena de corazones. Al lado de dónde dormía, estaba su pequeño escritorio, igual de limpito que lo demás.

— ¡Menos mal! — Gritaron muy aliviadas, mientras entraba y la miraban palmo a palmo. — ¡Nuestro cuarto está como siempre! — No les gustaban mucho su cuarto, les parecía cursi y pobretón; pero estaban felices de que estuviera en buenas condiciones.

— Es muy curioso que este sea el único lugar de toda la casa que no está tan deteriorada. — Añadió Malan, que no entendía entre el gran contraste ente este cuarto y el resto de la casa, mientras entraba también en el cuarto.

— ¡¿Cómo os parece!? Lo he estado cuidando como si fuera mío desde que os fuisteis…— Y entonces le padre le dijo esto, apareciendo en la puerta de repente y dándoles un gran susto a las chicas, tanto que Sanae se sobresaltó y dio un gran chillido, mientras que Alex y Malan se ponían en posición de combate.

— ¡¿Os he asustado!? — Eso les preguntó de forma burlesca, mientras las chicas se relajaban al ver que no había hecho nada peligroso. Le dijeron que sí, antes de añadir esto a gritos:

— De verdad, ¡¿tú los has estado cuidando!? — No se lo esperaban.

— ¿¡De que se sorprenden, hijas mías!? Soy vuestro padre, es normal que haga eso. —

Ese simple comentario alegró bastante a las gemelas, porque el padre de hace unos meses jamás diría eso. Ellas sentían que él ya estaba volviendo a la normalidad, y se relajaron un poco. Malan desconfió mucho de aquellas palabras, después de comprobar cómo sabía manipular a los demás, esto era pan comido. Aunque, por otra parte, el hecho de que éste había cuidado la habitación de sus hijas durante meses le hacía dudar sobre sus sospechas.

A continuación, después de darle las gracias a su padre y que se fuera de la habitación, las gemelas le dieron sus primeras impresiones a Martha Malan:

— Parece que papá se ha vuelto mejor persona. Y eso, después de ponernos esas malas caras cuando supo que Malan iba a estar con nosotras. —
Eso dijo Sanae bastante contenta, luego su hermana Alex intervino:

— Eso parece, nuestro papá está mejor…— Y le preguntó a su amiga: — ¿¡Qué piensas Martha!? —

Ésta se quedó callada durante unos segundos, poniendo una mano cerrada bajo la barbilla como señal de que estaba pensando. Al final, les dijo:

— Bueno, no lo he conocido antes, así que no sé si ha mejorado, pero aún así desconfió mucho de él. No podemos estar seguras. — Y aunque querían creer en su padre, le dieron la razón a Malan. Aún era pronto para llegar a una conclusión.
Luego, el padre de las gemelas les preguntó qué querían ellas de comer, sorprendiendo a Alex y Sanae, ya que él iba a encargar alimentos de verdad por teléfono. Eran tan rácanos que lo único que compraba era comida preparada y rebajada del supermercado, e incluso hubo veces en dónde se traía cosas que tiraron a la basura. Tampoco les hacía de comer, les decía que se buscarán la vida y a veces tenían que mendigar en la iglesia más cercana. Aquella actitud les dejó tan desconcertadas que le preguntaron si tenían fiebre:

— ¡¿Tan raro os parece!? Ya os he dicho, soy una nueva persona. De todos modos, díganme que quieren de comer. —

Eso les respondió, sus hijas le dijeron rápidamente lo que querían, una gran pizza de cuatro quesos de una de las pizzerías más caras de la ciudad. Le preguntaron a Malan si ella también quería y ésta les dijo que sí. Roman se quedó boquiabierta, temblando como un flan; pero se recompuso y no les negó eso. Tardó un poco, pero la pizza pudo llegar a casa salva y sana, y calentito:

— En serio, esto esta buenísimo. — Eso decía Alex, mientras se tragaba un trozo de pizza con la mayor felicidad del mundo. — Jamás de los jamases pensaría que nuestro papá nos compraría algo tan bueno. —

Ella sentía que estaba en el paraíso con cada trozo que se llevaba a la boca, tanto que incluso le entraban ganas de llorar. Sanae también le pasaba algo parecido, añadiendo esto:

— Y tienes razón, parece que se ha vuelto bueno, por fin. —

A diferencia de las caritas llenas de felicidad que tenían ellas, Martha comía las pizzas poquito a poco con una cara llena de seriedad. Al notar eso, Alex le preguntó:

— ¡¿Aún desconfías de él, Malan!? —

Martha tardó un poco en contestar. No se atrevió a decirles que vio a su padre buscar algo cuando llegó la pizza. Si no fuera porque ella lo cogió antes que él, cuando sacó una pequeña bolsa sospechosa.

— ¡¿Ibas a echar alguna cosa para darle más sabor?! — Eso le preguntó Malan con la pizza entre las manos, haciéndose la inocente.

El padre escondió instintivamente la bolsa, poniendo muy mala cara. Luego, recuperó la compostura y le respondió:

— Pues sí… — Se le notaba algo nervioso. — Es algo que le da mucho más presencia a la pizza. —

— Pero creo que sería muy innecesario, ya está llena de ingredientes. —

Y el padre no tuvo más remedio que darle la razón a Martha, mientras ésta se lo llevaba al salón para ser devorado por las gemelas, muy aliviada.

Eso no solo fue muy sospechoso, sino que la alarmó al máximo. Y no se atrevía a arruinarles la esperanza de las gemelas por ver que su padre había mejorado. Tras pensar eso un poco, dijo:

— Bueno, algo así… — Luego, miró por todas partes en busca de su presencia, mientras notaba algo muy raro en la casa, y les preguntó esto:

— ¡¿Pero dónde está vuestro padre!? —

— Se fue al baño hace unos minutos, decía que estaba un poco estreñido y que iba a estar mucho tiempo ahí, así que podemos comerlo todo. —

— ¿¡En serio dijo eso último!? — Dijo Sanae, al recordar lo que les dijo su padre, dándose cuenta de sus últimas palabras fue invención de su hermana. — Bueno, si es eso es lo que dijo, entonces habrá que aprovecharlo. —

Y es ahí cuando Sanae y Alex se dieron cuenta de lo que estaba notando Malan. Sonaban leves ruidos que parecían ser fuertes golpes. La africana preguntó a continuación, muy consternada:

— ¡¿Y esos ruidos!? ¡Parece como si algo está destrozando cosas cerca de nosotras o golpeándolos violentamente! —

— Seguramente serán los vecinos. — Pero las gemelas no les dieron mucha importancia. — O el tren que pasa por aquí cerca. —

Lo que no sabían es que el padre de las gemelas estaba golpeando con una barra de hierro baldosas del cuarto del baño de una forma muy violenta y aterradora. Gracias a que estaba la puerta cerrada y a las paredes que eran muy gruesas apenas se daban cuenta de lo que estaba pasando ahí dentro.

Tras terminar la comida, decidieron ir a la cama y se dirigieron hacia la habitación de las gemelas, encontrándose al padre saliendo del cuarto del baño.

— ¡Has tardado mucho papá! — Se burlaba las gemelas de la pobre dieta de su padre.

— Deberías comer más fibra de esos, dicen que son buena para hacer tus necesidades en condiciones. —

— Tienen razón, debería comer más frutas…— Éste rió alegremente, antes de preguntarles: — ¡¿Y vosotras vais a dormir!? —

— ¡Qué buenas niñas sois! — Y luego se despidió de ellas, antes de pasar a su lado: — ¡Qué tengáis buenas noches! —

Entonces, añadió en voz baja, mientras le ponía la mano sobre el hombro de la africana, de una forma muy desagradable y casi amenazador: — Y sobretodo tú, Martha Malan…—

A ésta le dio muchísimo escalofríos, tanto que se quedó paralizada y se paró. Las gemelas, al darse cuenta de su reacción, le preguntaron si le pasaba algo y está les dijo que no era nada, mientras movía la cabeza negativamente.

Después de entrar en su cuarto y de ponerse sus pijamas, empezaron a hablar de cientos de temas hasta que le entraron sueño y decidieran acostarse, pasando así una hora. Se divirtieron tanto que incluso Malan se olvido de sus terribles sospechas sobre el padre de éstas.

— ¡No me lo puedo creer! Ha sido muy divertido, eh. — Eso decía Alex, mientras las tres se acoplaban en la misma cama.

— Y hasta ahora papá no está actuando tan raro y aterrador. Debe ser cierto que ha mejorado. — Y añadió Sanae. Luego, su hermana le dijo a Martha:

— Así que no sospeches de él, ha demostrado que ya es bueno, Malan. —

Martha solo les dijo que tal vez tenían razón de forma dubitativa y poco convincente. Ellas no le dijeron nada, ya que entendían porque daba esa respuesta; y las tres se dieron mutuamente las buenas noches.

Alex y Sanae se quedaron dormidas en cuestión de segundos, Malan no pudo hacerlo. Se sentía incapaz de hacerlo, alertada por sus sospechas, por todos los indicios siniestros que había mostrado el padre de las gemelas. Se hacía la dormida, intentando comprender qué es lo que deseaba hacer aquel hombre y cómo detenerlo.
Entonces, una luz empezó a filtrarse por la puerta, dejando claro que habían encendido la lámpara del pasillo. Y empezó a oír pisadas muy tétricas que parecían acercase poquito a poco a la habitación. Le puso la piel de gallina, ya que se sentía de repente en una fea película de terror.

Y después de oír cada siniestra pisada, alguien empezó a abrir la puerta, también yendo con cuidado y de forma silenciosa, después de observar por la rejilla. Al estar abierta de par en par y mostrarse toda la luz del pasillo, Malan, consiguiendo que no se diera de que estaba despierta, divisó una figura aterradora, que soltaba una risa enferma a bajo volumen.

Era Roman Pilsudki, el padre de las gemelas; y en su mano derecha llevaba algo que mostraba a Malan que ellas estaban en peligro. Tenía un cuchillo de cocina y uno podría adivinar fácilmente qué quería hacer con ella.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Quinta parte, centésima decimacuarta historia

— ¿¡De verdad te has encontrado con papá!? — Le gritaban las gemelas, muy sorprendidas y preocupadas. — ¡¿No te habrá hecho daño, no!? —

Josefina les respondió que no le hizo daño y luego empezó a explicarle cómo fue su encuentro con él. En resumen, apareció delante de ella, le preguntó su nombre y le explicó que era el padre de las gemelas. Cuando ella oyó se puso tan pálida que no pudo atreverse a correr, mirándolo con una cara de puro horror. Éste, al notarlo, le dijo que no le iba a hacer nada, solo le quería pedir un favor, que les dijera a sus queridas hijas de que se volvió buena persona, dejó la horrible secta y se dio cuenta de todo el mal que les hizo y que desearía tener una nueva vida con ellas, empezar de cero. Ya no iba a volverse loco nunca más, ni les iba a amenazar, ni se olvidaría de comprarles todo lo necesario. A partir de ahora, sería un buen padre.

Como era de esperar, pudo conmover fácilmente a Josefina, que incluso le entraron ganas de llorar mientras escuchaba sus palabras. E incluso se puso a soltar lágrimas, mientras se los explicaba a sus amigas Alex y Sanae.

— ¡¿Entonces, es eso lo que te ha dicho nuestro papá!? — Le preguntaron las gemelas, cuando terminaron de escuchar a Josefina. No sabían cómo reaccionar.

— ¡En serio! ¡Él está muy arrepentido, de verdad! ¡Denle una nueva oportunidad! — Les respondió Josefa.

Alex y Sanae se quedaron muy pensativas, con las cabezas cabizbajas y muy serias. Malan se quedó observándolas, preguntándose qué estarían pensando, seguramente estaban enfrentándose a un gran dilema. Entonces, Jovaka intervino inesperadamente, solo para decir esto:

— Yo si fuera vosotras, no debería confiar en ese hombre. —

— ¡¿Por qué, dices eso!? ¡Él está muy arrepentido, de verdad! ¡Me lo dijo! ¡Ya no harán más cosas malas y vivirán como una familia feliz! — Le replicó duramente Josefina. Jovaka suspiró y continuó:

— Como siempre, no te has dado cuenta de que esto es muy raro. — Josefa le preguntó qué quería decir con eso y Jovaka cambió de tema: — De todas formas, hagan lo que quieran, pero yo desconfiaría y mucho. —

Con esto dicho, Jovaka volvió hacia lo que estaba haciendo, es decir, seguir jugando a algún videojuego, mientras Josefa se quejaba de su actitud.

Entonces, Malan habló: — Aunque me sorprende, estoy de acuerdo con la chica ex-misógina. — Jovaka protestó, preguntándole qué quería decir con que le sorprendía. — Yo también dudaría. —

— ¡¿Tú también, Malan!? — Le preguntó Josefina, algo consternada. No se lo esperaba. Ella solamente le movió afirmativamente la cabeza muy seria.

Malan no se atrevió a contarles lo sospechoso y aterrador que les pareció su padre cuando se encontraron, de que parecía planear algo oscuro. Solo se quedó de nuevo en silencio, al igual que las gemelas, que apenas dijeron nada. Alex y Sanae estaban llenas de dudas, se miraban mutuamente, con unos rostros que decían claramente qué iban a hacer. Josefina, al ver como el silencio se volvió tan incómodo, intentó decir algo:

— Por cierto, hace un buen tiempo hoy, ¿a qué sí? — Pero nadie contestó.
Entonces, las dos gemelas se levantaron de repente y le preguntaron a Josefina esto:

— Bueno, ¿papá te ha dicho algo más? —

— Pues, él me dijo que cuando os decidías, él os estará esperando en la casa. Bueno, tenéis que llamar antes y todo eso. — Les respondió.

— Entonces tenemos que pensarlo. — Le dijeron las gemelas a Malan y a Josefina. — Así que vamos a subir a la habitación de Mao a hablar entre nosotras, ¿vale? —

Y tan rápido como dijeron eso, se fueron a la habitación de Mao. Luego, Josefina, al ver el feo ambiente que provocó aquella gran noticia, empezó a sentirse algo preocupada:

— ¿Estarán bien, verdad? — Le preguntó a su amiga Malan, pero ésta no contestó.
Estaba preguntándose qué podría hacer con esta situación. Deseaba que las gemelas decidieran no volver con él, pero sabía que era su padre y que ellas le querían, a pesar de todo. Si un ser querido te dijera que había cambiado para bien y deseaba rehacer su relación contigo y empezar de nuevo, lo normal es que aceptarás. Por esa razón, creía que ellas aceptarían volver a su casa.

Mientras no hayas sido engañado con la misma promesa varias veces o el odio hacia esa persona, aunque haya sido querida, no sea muy fuerte, entre otras ciertas condiciones, cualquiera aceptaría eso, volver a empezar con alguien querido.

— ¿Malan? ¡Tierra llamando a Malan!— Por otra parte, Josefina no dejaba de llamar a su amiga, que estaba tan concentrada en sus pensamientos que parecía que estaba en otro mundo.

Y ésta seguía pensando, preguntándose aún qué podría hacer. Intentó dudar sobre sus sospechas, creerse que solo fue una impresión errónea, y de que realmente había cambiado y quería volver con sus hijas. Josefina podría tener razón y que ella solo estuviera imaginando cosas y no debería estar tan preocupada por las gemelas. Aún así, le era imposible, su intuición le decía que aquel hombre era peligroso y que deseaba hacerles algo malo a sus amigas. ¿¡Entonces, qué podría hacer!?

— ¡Vamos, Malan! ¡Respóndeme! — Al final, esas palabras devolvieron a Martha a la realidad, después de que Josefina se pusiera a balacear los hombros de la africana de un lado para otro.

— ¡Ah, ¿qué quieres lenta simpática?! — Le preguntó Martha y ella le dijo esto:

— ¡¿Crees que estarán bien!? —

— Eso espero…— Eso fue lo único que pudo responder la africana.
Durante las próximas dos horas el silencio, que solo era roto por la música del videojuego que estaba jugando Jovaka; dominó el lugar. Martha no dejó de pensar sobre la situación y Josefa se quedó dormida, esperando a que la situación dejara de ser tan seria. Entonces, fue cuando las gemelas salieron del cuarto. Al notarlo, Malan se levantó, las miró y les preguntó:

— ¡¿Cuál es vuestra decisión!? —

— Pues verás, lo hemos estado pensando detenidamente…— Les decían las gemelas, algo avergonzadas. — Y nosotras creemos en nuestro padre, esto puede ser una locura, pero vamos a volver a nuestra casa. —

Malan no pudo evitar ocultar su cara de desánimo, al ver que había acertado. Luego, añadió, ocultando lo apenada que estaba:

— Ya veo, así que eso lo que habéis decidido. — Si esto era lo que habían elegido, no se sentía capaz de hacerles cambiar de opinión y que denegaran de esa opción. Tenía que respetar la decisión que acordaron ellas.

— Realmente nosotras queremos mucho a nuestro papá y si él nos dice que ha cambiado, es que tiene razón. — Comentaron las gemelas, justificando su elección. — Él es nuestra única familia, después de todo. —

Dieron una pequeña pausa y observaron detenidamente toda la casa de Mao, recordando los buenos momentos que pasaron entre estas paredes y una parte de sus corazones les decía que no querían irse. Luego, siguieron hablando:

— Aunque bueno, nos hemos divertido mucho en la casa de Mao. — Se dieron cuenta de que parecía una despedida y modificaron sus palabras: — De todas maneras, iremos a dormir aquí cuando sea posible. —

Exageraban un montón, pero es que no solo iban a echar de menos dormir todos los días en aquella casa, sino también las deliciosas comidas que se preparaban, porque tendrían que aguantar la pobreza que había en la suya.

— ¡Qué bien por vosotras, me alegro mucho! ¡Espero que seáis muy felices con vuestro padre! — Eso les decía una Josefina muy somnolienta, que se frotaba los ojos mientras bostezaba; pero muy feliz, por ver que una familia se había reunido de nuevo.

Entonces, Diana apareció en escena, que se levantó de su larga siesta y lo oyó. Bajó las escaleras como un huracán, gritando como loca:

— ¡Espelan, ¿Alex y Sanae se ban? — No se lo podría creer.

Josefina le explicó lo qué pasó y lo que consiguió fue esto:

— ¡N-no se vallan, no se vallan! — Eso gritaba descontroladamente Diana, mientras lloraba como una magdalena. No quería que ellas se fueran de su casa, se divertían mucho con las gemelas e incluso las estaba considerando como sus propias hermanas. Mientras que Alex, Sanae y Josefa intentaba consolar a la pobre niña desesperadamente, Martha Malan tuvo una idea para comprobar si sus sospechas estaban en lo cierto y a la vez proteger a sus amigas si sus temores se hacían realidad. Con la futilidad de un rayo, el berrinche de Diana provocó, de alguna manera, que diera con la solución.

— ¡No te preocupes, mujer! — Las gemelas seguían intentando consolar a la pequeña Diana. — ¡Seguiremos yendo por aquí! —

Pero aún así ella no paraba de llorar, Alex y Sanae, algo felices porque Diana les había cogido mucho cariño, les daba tanta pena que no tuvieron más remedio que decir esto:

— Además, estaremos una última noche aquí, ¡así que no llores! — Le dijeron al unísono.

— ¿¡En serio!? — Y Diana soltó esto, mientras se limpiaba las lágrimas.

— Sí, no nos iremos así como así. — Las dos chicas se pusieron a hacer poses ridículas, mientras decían esto al unísono. — Mañana volveremos a casa, pero ahora vamos a celebrarlo a lo grande, con una gran fiesta y una pijamada inolvidables. —
Gracias a Diana, tuvieron esta idea. Quería una despedida a lo grande, una cena inolvidable; antes de volver a vivir con su padre.

Aunque Mao parecía un poco rácano y algo obsesionado con el dinero, con él siempre podrían comer bien y comprar algunos caprichos y no era nada comparado con el padre de las gemelas, que era la mezquindad en persona.

— ¡Es una buena idea! ¡¿A qué sí, Diana!? — Le dijo Josefa a la pequeña, muchísimo más entusiasmada con la idea que ella, que movió la cabeza afirmativamente.
Mientras las cuatro chicas empezaron a hablar de cómo montarlo, muy animadas y felices; Malan las observaba con una mirada de intranquilidad, convenciéndose de que no era el momento más indicado de decirle a las gemelas lo que tenía planeado hacer, podría fastidiar todo el buen ambiente que se habían montado. Jovaka, que tampoco recibió muy entusiasmada lo que querían hacer ellas, la observó durante unos segundos, antes de volver a sus videojuegos. A continuación, ellas decidieron llamar a Clementina y a Alsancia por teléfono para decirles la noticia y que compraran lo necesario:

— Me alegro muchísimo por vosotras, la verdad. Por fin, esa horrible secta dejó de controlar a vuestro papá, ahora podréis vivir felices. — Eso decía una Clementina eufórica a las gemelas, antes de rebañar su plato de comida. Hasta le estaba entrando muchísimas ganas de llorar de pura felicidad.

Eran las nueve y media de la noche, habían pasado varias horas de que las chicas le dijeron a Clementina y a Alsancia por teléfono la buena noticia. Ésta se puso tan feliz que compró tanta comida que iba a sobrar para los días siguientes. Con estas inesperadas compras, mentalmente le pedía perdón a Mao por utilizar más dinero del que iban a necesitar.

La comida, que fue preparado junto con todas las chicas, salvo Jovaka; le salió perfecta y todas estaban disfrutándolo. Y para que fuera una fiesta, pusieron un canal en dónde solo salían videoclips, a un volumen apropiado para no molestar a los vecinos.

— ¡¿A qué sí!? ¡Al final, las cosas han acabado muy bien! — Comentó Josefina, igual de feliz que ella, mientras le echaba un poco de jugo a Diana.

Clementina se acordó de algo y le preguntó a Josefina y a Malan si habían llamado a sus familias. Después de que las dos chicas le dijeran que sí, la mexicana observó la expresión de intranquilidad que tenía Alsancia, que estaba a su lado; y le preguntó esto:

— ¡¿Por qué esa cara tan larga, Alsancia!? — Ésta quiso mentirla, pero no pudo hacerlo, así que dijo la verdad. Utilizando el lenguaje de los signos, le dijo que esto le parecía muy raro y extraño. No quería aguar la fiesta que estaban teniendo ni la felicidad de las gemelas, pero ella también tenía un mal presentimiento.

— ¡¿Tú también!? Malan y Jovaka también han dicho eso… — Protestó Josefina, quién se preguntaba por qué todas desconfiaban tanto de aquel hombre.

— No te preocupes, Alsancia. Tienes que ser positiva. —

— ¡Estaremos bien! — Intervinieron las gemelas, poniendo poses ridículas, para tranquilizar a su amiga. — ¡Seguro que sí! —

Alsancia no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa, aunque esas palabras no ayudaban mucho a que dejara de sentirse inquita. Además, había otra razón que le ponía algo triste, algo que todas las chicas tenían en mente, pero intentaban ignorar, hasta que Jovaka dijo cabizbaja y en voz baja:

— Ojalá Mao estuviera aquí…— Al darse cuenta de que dijo esto sin pensar, se tapó la boca y les soltó a los demás que no había dicho nada. Ellas que lo habían oído perfectamente comentaron muy apenadas:

— Tienes razón, ojalá que Mao estuviera aquí…— Comentó Josefina con tristeza, como si él estuviera muerto.

— Es un poco aburrido sin sus quejas. — Añadieron las gemelas. — ¡¿Por qué se tuvo que ir!? —

Ellas aún no habían asimilado que Mao se había marchado a un viaje de autodescubrimiento y las dejarán en casa.

— Tampoco Leonardo está aquí,… —Y Clementina añadió esto, mientras se acordaba de su primo. — Me preguntó cómo estarán…—

Echaba de menos a Mao, pero muchísimo más a su primo, ella se sentía realmente sola sin él y no dejaba de preguntarse cómo estaba y cuándo volverá. Le entraron ganas de llorar, con solo recordarlos.

— Jo, yo quielo estal con el tío Leonardo y Mao. — Y Diana también estaba así, y muy enfadada con ellos, por no haberla llevado a aquella aventura.

Al ver que el buen ambiente que consiguió tener aquella fiesta empezó a desaparecer, Josefina actuó e intentó animarlos:

— ¡No os pongáis así! ¡A Mao no le gustaría que os pongáis tristes porque se fue! —

— Mao volverá, así que nosotras no debemos entristecernos. Es más, ¡hay que celebrarlo más que nunca en su honor, y el de Leonardo también! —

Y Martha Malan ayudó a Josefina, animando la fiesta con una actuación tan sobreactuado que hizo reír a los presentes. Todas las demás chicas le dieron la razón y decidieron, con una gran sonrisa, celebrar esta fiesta a lo grande.

Y después de dos horas de pura diversión, y tras ser regañadas por los vecinos por el ruido que provocaron, todas las chicas empezaron a preparar los futones para dormir:

— Hoy ha sido muy divertido. — Eso decía Alex, mientras terminaban su cama. Añadió su gemela: — De verdad, debemos repetirlo. —

— Cuando vuelva Mao, le haremos una gran fiesta a su honor. — Comentó Josefina, quién se tiró al futón así sin más, y se quedó dormida tan rápido que ni le dio tiempo ponerse entre las mantas.

Al ver eso, las gemelas se sorprendieron con su rapidez y lo comentaban. Malan la tapó con las mantas, para que no tuviera frío, con mucho cuidado para que no se despertara. Después de eso, las gemelas le preguntaron esto:

— ¡¿Lo has pasado bien, Malan!? —

— Sí, ha sido divertido, aunque os habéis pasado un poquito. — Les respondió Malan.

— No nos eches la culpa, no pudimos evitarlo. — Le molestaron un poco eso, pero no le dieron mucha importancia. — Pero lo importante es que nos hayamos divertido. —

— Tal vez…— Y las tres empezaron a reírse, tapándose la boca al darse cuentan de lo que estaban haciendo. No querían despertar ni a Josefina ni a Alsancia, que también se había quedado dormida como un tronco.

Entonces, Martha Malan se dio cuenta de ya era hora para comentarles algo importante: — Por cierto, tengo que deciros una cosa…—

— ¡¿Qué es!? — Preguntaron muy curiosas las dos gemelas. — Eso, eso, ¿¡qué es!? —

— No me sentiré segura con el hecho de que volváis con vuestro padre, así que me iré a dormir mañana a vuestra casa…—

Esas palabras llenas de seriedad dejaron a las gemelas muy boquiabiertas, no se esperaban que su amiga fuera capaz de hacer eso por ellas.

— ¡¿Malan…!? — Decía Sanae, incapaz de soltar algo más. Su hermana dijo a continuación esto: — ¡No te preocupes, nosotras estaremos bien! ¡Así que no hace falta…! — Intentó convencerla de lo contrario, pero Martha la interrumpió:
— No, no puedo, estoy muy preocupada. A decir verdad, yo…— Y decidió decirles lo que le pasó, con el siniestro encuentro que tuvo con el padre de las gemelas, con todo lujo de detalles.

— ¡¿De verdad, pasó eso!? — Eso gritó Alex, después de escucharlo.

— Es por eso que pudiste adivinar lo que quería decirnos Josefina, cuando volvió. — Añadió su hermana Sanae.

Se sintieron un poco mal por el hecho de que su padre tuviera que comerles el cerebro a sus amigas para convencerlas. Más bien, les daba rabia que no se atreviera acercarse a ellas para que le pidieran perdón.

— Eso ya nos parecía muy sospechoso. — Continuó Alex.

— Es normal, Mao se fue a viajar y al día siguiente nuestro padre aparece, meses después de que aquel incidente y sin contactar con nosotras; eso es muy sospechoso. — Le entraron ganas de llorar. — Pero aún así creíamos que tal vez nuestro padre se volvió bueno. —

Malan recordó cuando dijeron que aún querían a su padre y entendía un poco sus sentimientos. Después de todo, era un ser querido para ellas, a pesar de todo el mal que les haya causado; y no hay mejor alegría que el hecho de que hayan cambiado para mejor.

— Tal vez haya mejorado como persona, pero aún así creo que sería mejor que os acompañase. — Añadió Malan muy compasiva, pero dejando claro que no iba a las iba a dejar solas con ese hombre.

— No sé,… — Decía Alex, muy indecisa. — Sería divertido llevarte con nosotras a nuestra casa, aunque sea muy pobre…—

— Pero si papá sigue siendo el mismo de siempre, te pondremos en peligro. Si te pasará algo, nos sentiríamos muy tristes. — Y Sanae terminó la frase.

Por esa razón, intentaban negarle a Malan esa idea. Jamás invitaron a sus amigas a su casa por el miedo de que su padre, a pesar de que él siempre intentaba mantener las apariencias, se volviera loca y les hicieran daño. Ni menos ahora, que no sabían cómo iba a actuar. Aún así, esa idea de llevarla a dormir a su hogar era muy tentadora y deseaban decirles que sí.

— Entiendo. De todas formas, seguiré insistiendo. Seguro que si estoy con vosotras, puede evitar que vuestro padre pierda la razón, tal vez. Además, he aprendido algunas cosas de autodefensa y técnicas de diferentes artes marciales. Podré defenderme yo sola. — Comentó Malan, decidida a convencerles.

— ¡¿En verdad…!? — Dijeron al unísono las gemelas. Se miraron la una a la otra, preguntándose qué podrían hacer, qué iban elegir. Así estuvieron unos cuantos segundos, hasta que finalmente cedieron:

— ¡No tienes remedio! — Decían alegremente. — Esperemos que no tengas que arrepentirte de esto…—

— ¡No se preocupen, no lo haré! — Añadió Malan, intentando mostrar una imagen de seguridad.

Entonces, apareció Jovaka, que tuvo que dejar el videojuego por órdenes de Clementina, y ya se iba a acostar. Les preguntó de qué estaban hablando y ellas le respondieron nerviosamente que no era nada, extrañando un poco a la serbia, pero que no le dio mucha importancia.

Y tras esto, se acostaron en los futones y apagaron las luces. Martha Malan se quedó observando el techo, con los ojos abiertos. No dejaba de pensar en todo lo que había pasado aquel día y las cosas que le podrían ocurrir en los siguientes. No podría dejar de recordar aquella última frase que pronunció el padre de las gemelas:

— Bueno, ya no te molestaré más, Martha Malan. Solo espero que no te arrepientas. —

Con solo recordarlo, ya le entraba escalofríos. Sabía que aquel hombre no iba a hacer algo bueno y necesitaba detenerlo. Intentó asimilar el hecho de que podría acabar muy mal, sobre todos los riegos que ella iba a sufrir; y al pensar en esas cosas solo le provocaba mucho miedo y pánico. Algo que le frustraba, porque sabía que eligió aquella decisión por su propia voluntad y tenía que aceptar todas las consecuencias.
Aún así, estaba decidida a soportar cualquier problema, no solo por sus amigas, sino por Mao, porque le pidió que protegiera a esas chicas en su lugar y no quería defraudarlo.

— ¡¿Qué haría Mao!? — Se preguntaba en voz baja, antes de cerrar sus ojos y ponerse a dormir.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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