Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Última parte (Versión de Mao), centésima historia.

Horas después, Mao entraba en la habitación en dónde su padre había sido ingresado, después de que le pidiera que llamara a unos amigos para que cuidasen su hogar y su tienda.

Se había pasado todo la tarde en la sala de espera, esperando noticias de su anciano padre y cuando le dijeron que ya podría visitarle, que ya estaba en una de las habitación del hospital ingresado; salió corriendo y lo primero que le dijo su viejo al verle era hacer aquella llamada, con mucha frialdad. Mao, mientras volvía de hacer aquella petición, estaba muy molesto con su actitud, ya que estaba muy preocupado por lo que le pasó y éste ni siquiera le consoló, diciéndole que ya estaba bien o no se preocupara, o cosas parecidas.

Al volver a entrar en aquella habitación, se encontró con su viejo, mirando desde la ventana el atardecer. Su rostro no mostraba ninguna reacción al observar aquella puesta de sol y ni siquiera movió la cabeza cuando oyó que Mao había llegado.

— Viejo, ¿qué te ha pasado? — Le decía Mao muy preocupado. — Por favor, di algo, que es bien molesto no saber lo que te ha pasado. — Mientras se acercaba a la cama en dónde su padre estaba acostado.

Entonces, su padre giró la cabeza hacia Mao y le miró por unos segundos de una forma muy seria, haciendo que su hijo sintiera una incomodidad bastante molesta y desagradable. Entonces, su viejo le cogió con mucha rapidez los hombros y empezó a zarandearle sin parar.

— ¿Por qué no eres una chica? — Le gritaba con gran enfado a Mao, mirándolo con odio.

— ¿Y ahora lo preguntas? — Eso le decía Mao, aterrado. — Ni yo mismo lo sé. — Pero capaz de decirle estas palabras, a pesar de que le temblaban las piernas. — No nos dan a elegir entre chica o chico. —

Mao no entendía aquel drástico cambio de actitud y le estaba dando mucho miedo, porque su padre parecía muy enfadado por algo que en aquellos momentos  no tenía sentido mencionarlo.

Entonces su padre le soltó de repente, y su hijo se alejó con unos pocos pasos, mientras su viejo miraba cabizbajo, diciendo estas cosas en voz baja:

— E-eso era lo que más deseaba ella, tener una niña, solo eso. Incluso murió en el parto, creyendo esto. — Mao supo enseguida de quién estaba su padre hablando, de su madre, pero se preguntaba por qué empezaba a ponerse a hablar de eso ahora.

A continuación, al terminar sus palabras, su padre, añadió un grito más de furia: — ¿¡Por eso, por qué no eres una chica!? —

Eso le gritaba, mientras se levantaba de la cama y parecía que le intentaba coger del cuello a Mao. Éste cayó de rodillas, mientras miraba con horror a su padre, pero su viejo se detuvo y se quedó mirándolo.

— ¿Qué te pasa, viejo? — Eso le soltaba Mao, totalmente alterado. — Nací chico y lo seré, por mucho que intenté vivir como una. —

Entonces, Mao se preguntó una y otra vez, por qué su padre estaba tan obsesionado con tener una niña y, después de ver que le salió otro chico más, le obligó a vivir y actuar como una chica. A pesar de que se sentía como un hombre, vivió como quiso su viejo para complacerle. Y ahora mismo, éste se estaba poniendo como una furia por tal cosa. No podría entender qué le había pasado para que se pusiera de esa forma. Y deseaba preguntárselo, pero, entonces, su padre puso una de sus manos sobre su pecho y empezó a apretarlo, mientras empezaba a gritar de dolor y temblar sin parar. Su hijo, al verlo así, rápidamente se acercó y le gritaba esto:

— ¡¿Viejo, viejo!? — Y luego, al darse cuenta de que era algo grave, empezó a gritar lo más máximo posible: — ¡Ayuda, doctores, a mi padre le está pasando algo! —

Los médicos tardaron más de lo previsto, pero pudieron acudir a tiempo y salvar a su padre, quién estaba sufriendo un ataque de corazón. Después de eso, tuvieron que llevarse a Mao, por orden de su viejo, ya que su “hija” no podría dormir en el hospital; a la casa, unos amigos suyos se lo llevaron. Tras llegar, bajo la oscuridad del salón y sin nadie más, éste se tiró al suelo y empezó a mirar a las musarañas, mientras se cuestionaba varias cosas.

— ¿Tiene sentido seguir actuando como una niña…? — Eso se preguntó en voz alta, tras pasar un buen rato pensando sobre eso.

Su vida siempre fue así: Una farsa continua, engañando a los demás e, incluso, por un tiempo, a sí mismo, de que era una chica. No tenía apenas recuerdos en dónde no le trataba cómo era él realmente, un chico. Y desde hace poco, sentía ganas de mostrarse a todos quién era de verdad. Pero había algo que le decía que no podría hacerlo. Tal vez era el miedo de que hubiera una reacción negativa contra él, ya sea por su padre o por el resto del mundo; o que era incapaz de que romper el último deseo de su fallecida madre.

Se preguntó si todo podría haber sido distinto si él hubiera sido una chica de verdad, si podría haber mantenido su amistad con Nadezha o su padre podría estar feliz si Mao fuera hembra. Estuvo pensando en eso, a pesar de que sabía que era más que conjeturas y su realidad no se podría cambiar. Al final, terminó durmiendo en el salón y lo único que consiguió fue coger un resfriado.

Y pasó el tiempo, y Mao tuvo que cambiar. Al volver su padre a casa, que fue tras el día de Navidad, éste no quería trato de nadie, ni siquiera de su propio hijo. Cogió una enorme depresión y se encerró en su cuarto, y jamás volvió a salir de ahí. Ni siquiera para comer, tenía que darle la comida en la puerta, para que la cogiera. Le preguntó varias veces qué le pasaba, pero nunca respondía, tanto que a veces parecía que estaba más muerto que vivo.

Y Mao, al ver que su padre ni siquiera tenía la capacidad de salir para pagar los impuestos, decidió hacerse cargo de todo, tanto de la casa como de la tienda. Aprendió rápidamente varias cosas sobre la burocracia y entendía los papeles que firmaba, mientras se pasaba por su viejo.

Pasaba todo el día en la tienda y lo organizaba a su gusto, aunque se le hacía aburrido estar allí y pensaba en la idea de contratar a alguien. Se volvió bastante atento con el dinero e intentaba ahorrar todo lo posible, mientras descubría la cantidad de dólares que su padre tenía en bancos y escondidos en la casa.

Tras terminar las vacaciones de invierno, estudiar y trabajar en la tienda se le hacía insoportable y empezó a olvidarse de los estudios, y  poco a poco de todo lo que había sufrido en los meses anteriores, en torno a su asunto con Nadezha, hasta que él y ella se encontraron de casualidad en un parque, cuando estaban yendo al instituto, en la mañana de un catorce de febrero.

Aquel día empezó todo normal para Mao, siendo despertado por su reloj despertador, que dejó que sonara durante un buen rato, mientras intentaba dormir un poco más. No tenía ningunas ganas de salir de la cama ni de siquiera abrir los ojos.

— ¡Qué mierda! ¡Otra vez, ir al instituto, maldición! — Y se quejaba sin parar.

Al final, se hartó de su despertado y le dio una patada, mientras le soltaba esto, bastante irritado: — ¡Deja de sonar despertador! —

Después de eso, con harta dificultad, empezó a levantarse de la cama y luego se vistió y preparó el desayuno, tanto para él como para su padre. Después, dudó entre comer el suyo o darle la comida a su viejo, eligiendo lo segundo, al final. Así que cogió una bandeja y se lo llevó hasta a su puerta, dejándolo en el suelo.

— ¡Papá, aquí tengo el desayuno! — Eso le gritó Mao, cuando lo hizo.

Esperaba que su padre le dijera algo o le soltara algo, pero solo abrió la puerta, cogió la bandeja y la metió en su cuarto sin decirle nada, como siempre.

— Por lo menos, salúdame. — Protestó Mao en voz baja, bastante molesto y muy preocupado por la actitud que últimamente estaba teniendo su padre.

Al final, volvió al salón y comió su desayuno. Luego, antes de irse a la escuela, cogió un papel y lo puso en la puerta de la tienda, que decía que necesitaba un ayudante para el local.

— ¡Espero que venga alguien a coger el trabajo! — Exclamó, tras soltar un suspiro, antes de dirigirse hacia al instituto.

Salió corriendo, como loco, al ver la hora que era y pensó en coger un atajo, aunque era yendo a un lugar que no deseaba visitar, porque le daba malos recuerdos. Después de todo, era el lugar en dónde se reunía con Nadezha para ir al colegio hasta hacia poco, y el mismo sitio en dónde él le soltó que la odiaba, rompiendo definitivamente su amistad. De todas formas, se convenció de pasar por allí porque tenía muchas prisas y no quería soportar la regañina de sus profesores, ya que, últimamente, siempre llegaba tarde a las clases.

Y entonces, cuando se introdujo en el parque, se encontró con una sorpresa desagradable: Era Nadezha, quién estaba de pie frente a un banco en mitad del lugar. Él se detuvo rápidamente y se quedó paralizado, viéndola fijamente con una cara de espanto, al igual que ella, que estaba teniendo la misma reacción. Se preguntó, unas cuantas veces, por qué se tuvieron que encontrar en ese mismo instante. A diferencia de las clases, estaban solos y no había ninguna manera de poder evitarse.

El parque, a continuación, estuvo dominado por un silencio muy incomodo. Ninguno de los dos se movían, ni se hablaban, solo se veían fijamente. Mao intentaba evitar ver los ojos de enfado que estaba poniendo Nadezha, que, tras poner una cara de espanto, su rostro cambió a uno lleno de rabia.

Mao, incapaz de moverse por el miedo, se preguntaba a sí mismo por qué estaba actuando de esa manera, cuando no tenía ningún asunto pendiente con ella. Podría quitarse del medio, antes de que la situación empeorase, pero sus piernas no reaccionaban. Entonces, Nadezha le empezó a hablar, terminado con el silencio incómodo que había durado demasiado:

— ¿Por qué…?— Lo dijo en voz baja. — ¿Por qué? — Para luego, empezar a gritar. — ¿Por qué ha ocurrido esto? ¡Explícame! — Se lo decía con tal enfado, que Mao, al ver eso, dio un paso hacia atrás. Aún así, no quería acobardarse y le soltó esto:

— ¡No te tengo que explicar nada, Nadezha! — Con un tono serio y algo cabizbajo, intentando dar la apariencia de que no quería mantener una charla con ella. Pero ella, mientras apretaba muy fuerte los puños, le gritó esto, mientras se acercaba poquito a poco hacia Mao:

— Me da igual, necesito saberlo, ¿cuál ha sido la razón por el cual me estás odiando, te he hecho algo malo, hiciste algo malo? — Le cogió del cuello, mientras le soltaba aquellas palabras, llenos de rencor. — ¡Solo te exijo eso y nada más! Es algo que no te interesa, así que déjame tranquilo…—

Y Mao apartó las manos de Nadezha hacia otro lado con mucha hostilidad, mientras deseaba que ella le dejara en paz y se fuera.

Y entonces, un puñetazo hizo volar a Mao, uno que realizó Nadezha, quién no pudo más y explotó como un volcán.

— Si no me lo dices, ¡te lo sacaré a la fuerza, te golpearé, una y otra vez, hasta que lo saque! — Nadezha le soltaba esto, mientras Mao se levanta del suelo.

— Pues, entonces…— Y le dijo Mao en voz baja, después de ponerse en pie, con una expresión de rabia, tan intensa como la de Nadezha. No iba a tolerar aquella agresión, por mucho que la había querido en el pasado.

— ¡¿Y ahora qué, Mao!? — Y Nadezha le gritó como loca, tras escuchar aquellas palabras.

— Ya, ya me has enfadado. — Y entonces, Mao se lanzó hacia ella. — Te haré morder el polvo, ¡si eso es lo que quieres! — Y le golpeó muy fuerte, aunque Nadezha se cubrió su estomago para evitarlo.

A continuación, Mao decidió hacerlo otra vez, pero Nadezha se dio cuenta de sus intenciones y lo esquivó, dando un salto para atrás. Después de hacer eso, corrió hacia él e intentó darle una patada pero le salió mal, ya que le detuvo la pierna con las manos y la tiró de la forma más violenta posible.

Y vio que tenía una oportunidad para atacarla y la iba a aprovechar, pero, entonces, se detuvo, incapaz de hacer tal cosa a Nadezha. Se quedó mirándola, recordando todos los buenos y malos recuerdos que tuvo con ella, aquellos ratos en que lloraron y se divirtieron juntos, en dónde se ayudaron mutuamente y en todo el tiempo que estuvieron juntas. Empezó a cuestionarse una y otra vez, sin parar, cómo habían terminado de esta forma. Se preguntó si todo esto estaba predestinado o eso era una de las consecuencias de su acción. Pero, se dio cuenta de que esta pelea no tenía sentido y solo se estaban haciéndose mucho más daño.

Y todo eso que estaba pensando se esfumó, cuando vio que Nadezha se levantó y casi le iba a dar un puñetazo en toda la cara, pero se detuvo a pocos centímetros. Se quedó paralizada por unos segundos. Bajó aquel brazo y dio unos pasos para atrás, mientras le miraba a Mao con una cara aturdida. Luego, miró al suelo con una expresión muy triste, y hasta que pasaron unos segundos, soltó esto:

— Solo quiero que me lo digas. — Y empezó a llorar descontroladamente y con una cara de enorme tristeza, que hacía mucho daño a Mao. Con solo verla de aquella forma, le entraban ganas de llorar.

— ¡Jamás, jamás, te lo diré! — Pero, aún así, aguantaba aquellas ganas de llorar, mientras decía esto en voz baja.

Incapaz de poder decirle la verdad y de quitarle aquel rostro que tenía ella, solo deseaba terminar aquella pelea sin sentido. Y él se acercó poquito a poco, mientras luchaba por no derrumbarse, pensando en darle el golpe final, levantando el brazo para hacer tal cosa.

— ¡¿Eres idiota o qué?! — Entonces Nadezha gritó esto, mientras se lanzaba hacia Mao con el puño en alto, para golpearle bien fuerte.

Pero reaccionó a tiempo, deteniendo su puño con su brazo: — ¡La idiota eres tú, y solo tú! — Mientras le gritaba esas cosas: — ¡No hay nadie más idiota que tú! —

Luego, intentó golpearla con la otra mano, pero Nadezha le detuvo con la que tenía libre: — Deja de soltar estupideces, estupideces. —

Entonces, Mao y Nadezha se observaron mutuamente, mientras intentaban empujar los brazos de la otra persona para liberarse. Ella seguía llorando descontroladamente, totalmente destrozada. Aquella expresión que ponía fue capaz de destrozarlo, finalmente el empezó a llorar, mientras recordaba todo lo que pasaron juntos.

Se sintió miserable por haber hecho todo eso, romper su amistad con ella; porque se dio cuenta de que Nadezha le quería mucho como amiga. Y le hizo cosas horribles, solo para cortar por lo sano y evitar que  tuviera que sufrir en un futuro por su culpa, al descubrir las mentiras que le ocultó y le estaba ocultando. Pero, al final, acabó haciéndole más daño de lo que quería, la destrozó una y otra vez. Por tanto, se insultó a sí mismo por haber sido tan imbécil.

— ¡¿Cómo pude hacerme amiga de alguien cómo tú!? — Eso preguntó en voz alta, mientras observaba a Nadezha y se preguntaba por qué ella tuvo que haber conocido a alguien como él, que le había hecho mucho daño y aún lo estaba haciendo.

Aquellas palabras, fueron un shock para Nadezha, quién dejó de empujar y fue tirada al suelo por Mao, mientras en su cabeza, con mucha pesadumbre, le decía que lo sentía, que fue un completo estúpido.

Entonces Nadezha, para sorpresa de Mao, se levantó como si fuera un rayo y le dio un gran golpe en el pecho que le hizo muchísimo daño. Él, por un momento, creyó que no podría respirar, mientras caía al suelo.

— ¡Maldita desgraciada…! —  Le gritó como loca. — Lo mismo digo, ¡¿por qué me hice de amiga de alguien como tú!? — Mientras lloraba, totalmente destrozada. — De una chica, que de la noche a la mañana, decide romper nuestra amistad y mandarme a la mierda de esta manera, sin saber lo que ha ocurrido para que hemos llegado a esto. —

Mao, harto de todo, decidió levantarse y terminar con todo esto. Decidió ir a por Nadezha, golpeándola, sin parar, con los dos puños.

— ¿¡Y qué pasa!? ¡¿Por qué tengo que contártelo, hay alguna regla especial o qué!? ¡Porque me apetecía y ya está! — Eso le decía, mientras la atacaba.

— ¡Eso es una mentira, una estúpida mentira! —  Pero ella le esquivaba. —   ¡Sé que hay algo, porque tú no harías tal cosa, solo por un capricho! — Y luego, dio un salto para atrás. — En realidad, nadie. —

Mao no quería por nada del mundo contarle sus verdaderos razones, a pesar de todo. Los que no podría contar a Nadezha, los que le obligaron a hacer todo eso, la verdad sobre su verdadero género, sobre el culpable de la muerte de sus padre o de que le veía más que una amiga. No podría, no se atrevía a hacerlo y estaba muy harto de ellos, ya quería olvidarlos para siempre y no saber nada más de ellos.

— ¡Cállate, cállate, de una vez! — Por eso, gritó lo más fuerte posible, mientras se tapaba las orejas, para no escuchar las palabras de Nadezha. Solo quería que esto terminara de una vez.

—  Entonces, ¡dime la verdad! — Y le gritó Nadezha, mientras corría hacia Mao y le daba una patada tan fuerte que lo mandó, de nuevo, en el suelo.

Él, quién seguía llorando, se quedó en el suelo, creyendo que aquella pelea por fin había terminado. Ahora, solo esperaba que ella se fuera de ahí y le dejara en paz. Ya no quería saber nada más del tema, ni siquiera de la misma Nadezha, que la estaba odiando por ser tan obstinada. Se preguntaba si había acabado todo este asunto, porque estaba harto de sufrir.

— ¡Jamás! — Y eso le dijo finalmente. — ¡Olvídate de todo esto, de una maldita vez! —

Mientras recordaba todos sus buenos momentos que tuvo con su querida Nadezha.  — Desiste de una puta vez, ¡¿qué vas a conseguir con toda esta estupidez!? ¡Déjame en paz y olvídate de mí, por favor! —

Eso le dijo con toda la sinceridad del mundo, mientras se preguntaba si podría volver atrás en el tiempo y solucionar todo el daño que él había hecho. Pero sabía perfectamente que eso era imposible y lo único que podría hacer era olvidar y enterar aquel tema, para siempre. Pensaba que eso era lo mejor para los dos.

— ¡Pues, muy bien, que te jodan, Mao! ¡Tú para mi estás muerta! — Al final, Nadezha desisto, la pelea terminó.

Y salió corriendo a toda velocidad, llena de dolor y dejando a Mao en el suelo. Él ni se dignó a observar cómo se alejaba, el sufrimiento ya era suficiente grane para poder verla. Se quedó en el suelo durante un buen rato, intento olvidarlo todo. Al cansarse, se levantó y empezó a andar hacia su casa con todo el desánimo del mundo. Con todo lo que había pasado, no deseaba soportar las clases y quería pasar una temporada encerrado en su casa.

Al entrar en su barrio, llegó a esta conclusión, tras pensar sobre todo lo que le había pasado:

— Supongo, que todo esto me lo merezco, la verdad. — Fue su conclusión, antes de soltar un suspiro.

Y al decir eso, vio como alguien estaba mirando fijamente al papel que había puesto en la puerta de su tienda y el cual ponía que se necesitaba un ayudante para el negocio de Mao. Éste, a pesar de toda la tristeza que tenía, decidió hablar amablemente con aquella persona y convencerla de aceptar el trabajo.

— ¡Buenos días! ¿Estás interesado por ese anuncio? — Eso le dijo, con falsa alegría, a aquella persona mientras se le acercaba.

Éste se sorprendió un poco por su aparición repentina y volteó su cabeza, mientras le intentaba responder:

— Ah, pues, la verdad…— Pero no podría terminar la frase.

Mao, a continuación, observó a aquella persona. Era un chico que parecía una edad que rondaba por alrededor de los veinte años y rubio. Aunque era obvio, era bastante largo, superando un poco la media. Estaba mal afeitado y no tenía una apariencia muy saludable, porque estaba casi en huesos vivos. Su ropa tampoco está mejor.

Aquellas pintas le hicieron dudar a Mao por unos segundos, preguntándose si estaba bien en contratar tal persona. Pero, de todas maneras, decidió seguir hablando con él:

— Yo vivo en esa casa y aunque no lo parezca, lo estoy manejándolo todo, pero aún así es mucho trabajo y necesito a alguien. — Y sin rodeos, le explicó lo que quería.

Entonces, aquel chico, le abrazó y empezó a llorar de forma descontrolada, mientras le pedía con mucha desesperación esto:

— ¡Por favor, se lo pido, necesito que me dé el puesto! ¡Es cuestión de vida o muerte! —

Mao se quedó boquiabierto al ver eso, que no se lo esperaba para nada. Por unos segundos no sabía qué hacer y decidió invitar, para tranquilizarlo, a aquel hombre que se llamaba Leonardo Churchill. Así termina esta historia, la que dio fin a una gran amistad que no fue para siempre; para empezar otra que no vamos a contar, por ahora.

FIN

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Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Quinta parte (Versión de Mao), centésima historia.

Después de eso, Mao y Nadezha, a pesar de que estaban en la misma clase, no se hablaron durante meses. Siempre la evitaba, sobre todo cuando ella se le intentaba acercar, e incluso faltaba días enteros solo para no poder verla. Aunque, a pesar del dolor que le provocaba su misma presencia, a veces intentaba observarla sin que ésta se diera cuenta, durante las clases.

Por otra parte, Mao casi siempre estaba solo en el instituto, casi todos le evitaban. La única que se le acercaba a su sitio era Lafayette, para decirle cosas como estas:

— ¡Oye, Mao! ¡Esta tarde voy a darle una paliza a un chaval! ¿Te apuntas? — Esto le soltaba, después de una clase de lengua inglesa.

— Ha sido genial lo de esta mañana, le hemos dado una gran paliza a esa niñata de mierda. — O esto otro, después de la tercera clase, diciendo una gran mentira, porque Mao no había participado con ella en tales cosas.

— ¿A qué somos las más chungas de todo el barrio? — Incluso le decía esto, al terminar la penúltima clase.

Y Mao nunca le respondía, solo la ignoraba, haciendo que algunas veces enfadara a Lafayette. Pero, a pesar de eso, dejó que ella dijera mentiras sobre él, diciéndoles a los demás que era su cómplice y le ayudaba en golpear a los demás y tratándolo como si fuera tal cosa. Todo el mundo empezó a cogerle miedo y no se acercaban. Esto no le importaba porque esperaba que eso le diera asco a Nadezha y decidiera no acercarse a alguien tan horrible.

Mao, por aquella época, se volvió bastante solitario, no solo en el instituto, también afuera. Solo volvía a su casa y ayudaba a su anciano padre a cuidar de la casa y del negocio, con poca ilusión. Y su viejo cada vez se estaba volviendo más frío y distante. Así que la única compañía que tenía eran los clientes que pasaban por la tienda.

Y, entonces, algo ocurrió en un día de Diciembre, poco antes de que empezara las vacaciones de invierno. Tras salir rápidamente de las clases, anduvo tranquilamente por el camino hacia su casa, quejándose del frío que hacía, hasta encontrarse con una escena que le sobrecogió.

Sin darse cuenta, terminó en el parque en dónde él y Nadezha siempre se reunían para ir al colegio, en aquel entonces, estaba cubierto de nieve. Pero no había tiempo para ponerse nostálgico porque vio, cerca de los columpios, como una niña estaba siendo abusada por otra, que conocía muy bien.

— ¡Mi mochila devuélvamela, por favor! — Eso gritaba la pobre niña, después de que la abusona le quitara de sus manos su mochila y empezara a jugar con él como si fuera una pelota.

— ¡¿Tanto te encanta esta mochila?! ¡Pero si es bien fea! — Le replicó la abusona con un tono de burla muy desagradable. No era nada más ni nada menos que Lafayette.

La niña, que parecía menor que Lafayette, intentaba acercarse a ella y recuperar desesperadamente su mochila, pero ésta la empujaba una y otra vez con mucha violencia, mientras se burlaba de ella.

—  Allí están mis libros y todas mis cosas importantes. — Eso le gritaba, entre lágrimas, a Lafayette.

— ¡¿Ah, sí?! ¡No lo sabía! — Y ésta, tras replicar sarcásticamente, le dio otro golpe a la mochila y cuando esta caía al suelo, le dio una patada muy fuerte y lo mandó volando, haciendo que chocará violentamente contra los columpios.

— ¡Mi mochila! — La niña dio un gran chillido de horror, al ver eso, mientras se acercaba rápidamente para cogerlo.

Pero, entonces, Lafayette se fue a por aquella chica y la tiró violentamente al suelo de una patada. Ella le gritó esto, mientras le ponía el pie su espalda y empezaba a presionarlo:

— ¡No tan rápido, niñata! ¡Aún no me he desquiciado contigo! —

Mao, quién se quedó paralizado al ver esa escena, vio en los ojos rabiosos de Lafayette, una verdadera y horrible furia, unos deseos enormes de destrozar a la primera cosa que veía. Algo le puso de esa manera y ésa solo se estaba desquiciando de una persona inocente, que no tenía nada que ver.

— ¡M-mamá, mamá…! —  La chica chillaba esto desesperadamente, mientras sufría. No dejaba de llorar descontroladamente y parecía pedir ayuda desesperadamente.

Mao quería pasar de eso, ya que, después de todo, eso no tenía importancia con él. Pero una parte de él le gritaba desesperadamente que tenía que ayudar a aquella pobre chica. No podría tolerar tal cosa y dejar que aquella estúpida de Lafayette le hiciera mucho daño.

— ¡¿Le estás llorando a tu mamá!? ¡Qué patético! — Y Lafayette, mientras tanto, se burlaba cruelmente de aquella chica, mientras la pateaba una y otra vez sin piedad.

Al final, Mao decidió entrar a la escena, porque aquella escena ya le parecía demasiado vomitiva para poder tolerar. Tenía que salvarla de los abusos de Lafayette y pensaba darle una buena lección a ésta, para que aprendiera de una vez no tratar a los demás de esa forma tan horrible.

— ¡¿Pero qué le estás haciendo a aquella niña!? — Entonces, Mao le gritó con todas las fuerzas, mientras se acercaba a Lafayette y ésta giró, hacia a él.

Al ver a Mao, entonces, sonrió macabramente y dejó a aquella chica, que ni siquiera podría atreverse a levantar la cabeza. Luego, le soltó esto:

—  Buenas, mi amiga. —  Eso le dio escalofríos a Mao. — Solo estaba jugando con ella, ¿te quieres unir a la fiesta? —

— ¿Qué quieres decir? — Le preguntó Mao, mientras la observaba con ojos totalmente llenos de odio.

Lafayette se agachó y le cogió la cabeza a la pobre chica, con una mano. Y con la otra, la señalaba, mientras le soltaba esto a Mao:

— Solo te estoy proponiendo que te unas conmigo y darle palizas hasta dejarla hecho polvo. Es un buen plan, ¡así Nadezha realmente te odiara! —

Mao reaccionó poniendo una cara de asco, al escuchar eso. No quería participar en algo tan horrible. Apretó el puño, con ganas de mandar de paseo a Lafayette por proponerle algo así.

— ¡¿Qué estupidez estás diciendo!? — Aún así, Mao se contuvo y solo le gritaba. — ¡No te voy a ayudar en algo así! —

— Bueno, también vale que te quedes mirando, a ver cómo hago papilla a esta subnormal de mierda. — Entonces, Lafayette cogió un brazo de la niña que estaba abusando, mientras se sentaba encima de ella.

— ¿Qué intentas hacer? — Eso le gritó Mao, al ver que le iba a hacer algo muy malo a la niña.

—  No te preocupes, solo quiero romperle el brazo. — Le respondió con una sonrisa.

Entonces la niña, al escuchar esas palabras, se puso pálida y empezó a intentar moverse, en un desesperado intento de escapar de su abusona, pero lo único que conseguía era tragarse la fría nieve, mientras le pedía a gritos esto:

— ¡No, eso no, por el amor de Dios! ¡Te lo pido, no me hagas más daño, no te he hecho nada! —

A Mao, al seguir viendo aquella escena, decidió prepararse para evitar que Lafayette iría a hacer algo tan cruel como eso.

— Solo me está entrando más ganas de romperlo. — Y Lafayette le gritaba de forma burlesca a esa niña, antes de empezar con estirar todo lo más fuerte y violento posible el brazo izquierdo de esa chica.

Al final, Mao actuó y le dio un buen puñetazo a Lafayette que la hizo volar y dio tres vueltas por el suelo, antes de comerse la nieve.

— ¡¿Pero, qué haces!? — Le gritó muy enfurecida, mientras se levantaba y se daba cuenta de que le estaba saliendo sangre por la boca.

— ¡¿Qué hago!? ¡¿Eso es todo lo que me dices, solo eso?! ¡Si es bien fácil, darte una paliza! — Eso le dijo Mao, mientras gritaba con un enfado, igual o parecido del de Lafayette.

— ¡¿Y nuestra alianza!? — Y ésta le preguntó eso. A Mao eso le hubiera dado risa eso, si no estuviera tan enfadado en aquel momento.

— Ya me da igual. Es más, me arrepiento de haberme unirme a un monstruo. — A continuación, mientras soltaba aquellas palabras, le hizo un gesto obsceno.

Pero a Lafayette, lo que le afectó realmente fue otra cosa: — Monstruo… ¡¿Monstruo!? ¿¡Me estás vacilando o qué!? —

Y aquellas palabras hicieron encolerizar de verdad a Lafayette que empezó a gritar como un animal salvaje, mientras se le acercaba como un tren hacia Mao, para pegarle.

— Es la puta verdad, eres una salvaje y una perra odiosa, que solo disfruta con destrozar a los demás. — Y Mao decidió echar más leña al fuego, gritándole eso, mientras decidía a lazarse contra ella.

Así es como comenzaba otra pelea más entre Mao y Lafayette. Los dos se acercaron, al uno a otro, con la máxima velocidad, mientras preparaban sus puños para golpear, mientras gritaban como locos.

Cuando estaban delante del uno a la otra, Mao, quién mantenía el puño en alto, decidió saltar hacia atrás y esquivar el puñetazo de su enemiga. Ésta casi se cae al suelo, pero pudo mantenerse en pie. Lafayette perdió unos segundos preciosos y su adversario lo aprovechó para darle una patada contra uno de sus costados, pero no sirvió de nada, porque fue esquivado con mucha agilidad.

— ¡Te daré la paliza de tu vida! — Le gritó Lafayette a Mao, encolerizada, mientras se alejaba de él, buscando desesperadamente en los bolsillos de su abrigo algo.

Mao no dijo nada, solo decidió correr, lo más rápido posible hacia ella y evitar que cogiera lo que estaba buscando, porque se dio cuenta de que Lafayette tenía algo que podría usar como arma. Pero no llegó a tiempo y su enemiga lo sacó.

— ¡¿Qué haces con esa cosa!? — Eso le gritó Mao con espanto, al ver lo que había sacado Lafayette de sus bolsillos.

Rápidamente, dio unos pasos para atrás, mientras Lafayette le mostraba lo que tenía.

— Es solo una pistola de mentira. — Le dijo con una macabra sonrisa, mientras le apuntaba con una pequeña réplica de un arma de fuego, que parecía una de verdad.

Mao, sin pensarlo dos veces, intentó correr para evitar ser disparado, pero no le dio a tiempo y Lafayette apretó el gatillo. Algo chocó contra su pierna con tal fuerza que se cayó al suelo y soltó un enorme grito de dolor.

— Aunque sus balas son de goma, pueden ser muy peligrosa, sin la ropa adecuada. — Añadió Lafayette, mientras se le acercaba con una sonrisa y observando cómo gritaba de dolor.

Y sin mediar palabra, apuntó a su cara, soltando una risa siniestra. Mao quería reaccionar lo más rápido posible, pero el dolor no le dejaba, ni para proteger su rostro de un disparo que le podría dejar tuerto. Él solo apretó los dientes, mientras la miraba con furia, desafiante hacia lo que le iba a pasar. Entonces, algo chocó contra el cuerpo de Lafayette y la hizo rodar por el suelo, otra vez. Mientras ella gritaba quién le había hecho eso, su atacante le dijo esto:

— ¡Usar un arma es trampa, maldita tramposa de mierda! —

Mao reconoció aquella voz rápidamente, era de Nadezha y empezó a maldecir una y otra vez el hecho de que hubiera aparecido en este mismo momento, a pesar de que le había salvado de tener una pelota de goma en su cara. No quería verla y darle explicaciones, deseaba evitar a toda costa que ella le exigiera la verdad. Aún así, él se alegró mucho de escuchar su voz y que ella le estuviera defendiendo.

Fue incapaz de observar la pelea que tuvieron esas dos, ya que estaba sumergido en sus propios pensamientos. Tras mucho pensar, decidió que debía irse de allí o huir cuando Nadezha terminara de luchar contra Lafayette. Pensó salir de allí mientras ellas se peleaban, pero el dolor y hacer un acto tan cobarde le impedían hacerlo.

Y cuando se dio cuenta, la pelea había terminado. Lafayette acabó huyendo, lanzado amenazas que Mao no dio importancia. Éste decidió levantarse del frío suelo, mientras se preguntaba con mucha desesperación qué tenía que hacer en aquel momento, cómo podría librarse de que Nadezha decidiera preguntarle la verdad, algo inevitable y que le aterraba.

Nadezha solo se quedó mirándole fijamente con unos ojos de tristeza y de incomprensión.  Mao era incapaz de verla, intentaba esquivarlo, por la vergüenza que sentía.

— ¿Era todo mentira, no? — Entonces, Nadezha decidió preguntarle. — ¿Lo de haberte aliado con Lafayette? —

Mao, a pesar de que sentía que se iba a hundir de un momento para otro, siguió haciéndose el fuerte, como si hablar con ella no le causara nada.

— ¿Y qué pasa? — Por eso, se atrevió a decirle eso.

Y al decir aquellas palabras, Nadezha le gritó, muy fuerte, estas palabras de rabia: — ¿Por qué hiciste eso, por qué? —

Mao se quedó en silencio, incapaz de dar una respuesta clara. Tenía que seguir con lo planeado, con que Nadezha le odiaría y dejarlo en paz, a pesar de que realmente no lo deseaba. No quería pronunciar aquellas palabras, pero tenía que hacerlo y se llenó de valentía para pronunciarla.

— Porque te odio, y quería que te alejarás de mi. — Tras mucho dudar, pudo soltarle aquellas palabras, mientras mentalmente se decía que esto tenía que pasar pronto o temprano, para no sentirse muy culpable.

Entonces, Nadezha se puso muy pálida, con una cara de conmoción que provocó en Mao un enorme y feo sentimiento de culpa por hacerla poner de esa manera. Aún así ella, a pesar de que se le notaban las ganas de llorar, intentó mantener la compostura. Aunque, al final, no pudo conseguirlo:

— ¿De verdad, estás diciendo eso? — Le gritaba, encolerizada. — ¿En serio me has mentido de esa manera, solo porque querías que me alejará de ti? —

Mao, aún a pesar de que no podría más, siguió intentando parecer fuerte y le respondió con estas palabras. Sabía que solo provocarían más dolor y rabia a Nadezha, pero no se le ocurría nada más:

— Sí, ¿qué pasa? — Ésta fue su respuesta.

Y Nadezha, al oír esas palabras no pudo y no pudo contenerse: Mandó a volar a Mao con un fuerte puñetazo. Éste ya se esperaba aquella reacción, pero lo sintió más doloroso de lo que era, porque vio como su mejor amiga rompió a llorar y se alejaba de él, todo por sus palabras.

Y Mao se quedó sobre la nieve, casi más de un minuto. No importaba el hecho de que la humedad del manto blanco le atravesara todo el cuerpo, éste no tenía ganas de nada, salvo de llorar una y otra vez, mientras decía en voz baja, esto:

— Lo siento, Nadezha, de verdad. —

Cuando terminó de llorar, se levantó y tras limpiarse el abrigo, se fue cabizbajo hacia su casa, mientras se preguntaba esto sin parar:

— ¿Y ahora qué hago? —

Ya no tenía ni ganas de seguir viviendo, se le hacía muy pesado, pero necesitaba hacer o tener para superar lo de Nadezha. Y pensó sin parar, hasta que se cansó. No se le ocurría nada, solo el sentimiento de haber perdido algo.

Y entonces, se dio cuenta de algo: Él no tenía ninguna meta o esperanza, solo vivía el día a día, sin que le importaba nada el futuro. Y ahora que sentía que aquella amistad y aquel amor habían llegado a su fin, necesitaba algo para ocupar su vacio, que le estaba torturando lentamente.

— ¡Qué cansado me siento! — Se decía una y otra vez, al notar que solo sentía culpa y arrepentimiento.

Al volver al barrio, entonces, se dio cuenta de que algo había pasado porque a la entrada de la barriada estaba una ambulancia, rodeada de personas que se acercaba para ver que estaba ocurriendo.

Al parecer, habían llamado a una ambulancia, y al ver que ésta no podría entrar, los enfermeros entraron y estaba sacando a la persona que se había puesto mala.

Él, que apenas le interesaba a quién iban a llegar al hospital, ya que estaba más preocupado en sí mismo; solo quería entrar en la pequeña calle en dónde estaban sacando al enfermo, para ir a su casa. Por eso, se introducía entre la masa que lo rodeaba y se coló, hasta llegar al centro que rodeaba aquella multitud. Entonces, vio a quién estaban llevando en la camilla y casi le dio un ataque de nervios, porque ese, no era nada más y nada menos que su padre.

— ¡¿Viejo, viejo!? — Gritó como loco Mao, mientras se abalanzaba sobre su padre.

— ¡¿Y esta niña!? — Y esto dijo una de los enfermeros que estaban llevando al padre de Mao, con un gesto de sorpresa. Rápidamente se dieron cuenta de que eran familia, por lo nervioso que se había puesto.

— ¡¿Qué te ha pasado, qué te ha pasado!? — Mao le gritaba sin parar, totalmente aterrado por lo que le estaba ocurriendo a su anciano padre.

— ¡Tranquilízate, pequeña! ¡Tu abuelo se pondrá bien! — Los enfermeros le intentaban tranquilizar.

— ¡Es mi padre, mi padre! — Pero era en vano, Mao estaba demasiado alterado, lleno de una angustiosa preocupación.

Y entonces, su anciano padre, quién tenía agarrado muy fuerte, con una de sus manos, su pecho; abrió los ojos y, mientras soportaba el terrible dolor que tenía, intentó decirle esto a Mao:

— ¡N-no hagas espectáculo,… h-hija mía! ¡S-solo cállate…! —

Al soltar aquellas palabras, Mao se calló, mientras empezaba a llorar de nuevo y les pidió a los enfermeros, mientras que estos metían a su padre dentro de la ambulancia, que le dejaran ir con ellos.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Cuarta parte (Versión de Mao), centésima historia.

Se levantó muy tarde, a las dos de la tarde. Salió muy somnoliento de su habitación, con la intención de ir al cuarto de baño y mojarse su cara para despertarse. Su padre, al darse cuenta de que estaba despierto, le gritó:

— ¡Por fin te has despertado, princesita! — Eso le soltaba con burla, mientras veía la televisión. —¡Has dormido más que una leona! —

Mao no le replicó nada, solo estaba atento a una cosa, había algo en la televisión que atrajo su atención. Bajó las escaleras y se acercó mucho a la caja tonta. Eran las noticias y estaban hablando de que hubo una explosión en un bosque situado en las mismas afueras de la ciudad, en la falda de una montaña.

Mao, al ver las imágenes del lugar, se dio cuenta de que era el mismo sitio en dónde había estado la noche anterior y se quedó con la boca abierta.

— ¿Por qué tienes esa cara? Eso ha explotado en plena noche y no ha muerto nadie. No tienes nada de qué preocuparte. —

Eso le dijo su padre al ver su cara y éste le replicó que no era nada, solo estaba un poco sorprendido y se calló. Se preguntó si su sobrina lo habría provocado y cuál era la razón para haber hecho eso, si lo tenía. Tal vez, ¿era por eliminar pruebas?

De todos modos, si esa podría ser la razón, entonces, no entendía por qué ella se lo enseñó. En realidad, se dio cuenta de que lo que hizo su sobrina no parecía tener sentido, ¿por qué hizo tal cosa, cuál fue la razón? Pensó que tal vez era para empeorar, aún más, su relación con Nadezha, pero eso le pareció algo descabellado, porque a su sobrina no le beneficiaría nada en que rompieran su amistad, ¿o sí? En todo caso, Mao solo llegó a la simple conclusión de que era una idiota que no sabía lo que hacía.

A continuación, en los próximos días, los pasó bastaste decaído, por culpa de aquella verdad que le contaron. Le costó mucho asimilarlo y lo intentó negar varias veces, sin éxito. Al final, no solo le ocultaba el hecho de que no era una chica, ni de que estaba enamorado de ella; sino que, además, su propio hermano había matado a sus padres, ¿cómo podría seguir siendo la mejor “amiga” de Nadezha, después de todo?

Así que, tras pensarlo mucho, Mao decidió poner punto y final a esa amistad, lo más rápido posible, ya que cuanto más tardase, más doloroso sería para los dos.

Y, tras semanas de incomunicación, decidió llamarla y decirle que ya no podría ser su amiga. Pero, antes tenía que reunir mucho valor, ya que era incapaz de decírselo. Después de todo, él deseaba conservar su amistad y no quería hacerla llorar.

Después de comer y tras ver que su padre estaba distraído viendo series de televisión de acción, se acercó con mucho miedo al teléfono del pasillo. Al llegar, se quedó mirándolo durante unos segundos y luego intentó cogerlo con su mano, temblando como un flan. En realidad, a Mao le temblaba todo el cuerpo. Tras luchar consigo mismo, intentando convencerse a sí mismo para llamar a Nadezha de una vez y decírselo; lo consiguió. Lo cogió y rápidamente la llamó, tragando saliva.

Mao, quién había estado un rato preparando sus palabras, se quedó en blanco y no le dio tiempo para saludar a Nadezha, ya que ésta habló nada más contestar la llamada.

— ¡Por fin, era hora de que me llamases! — Se lo dijo de una forma tan alegre que Mao quiso terminar con la llamada, no quería arruinar aquella felicidad que se oía desde el otro lado del teléfono, pero no podría echarse el culo para atrás.

— Pues sí…— Fue lo único que se le ocurrió decir Mao. Pensaba saludarla, pero eso no tenía sentido si le quería decir que no podría ser más su amiga.

Y lo dijo con una voz tan débil y triste que Nadezha se dio cuenta de que a él le pasaba algo raro:

— ¿Ocurre algo? ¿Por qué hablas de esa forma? — Le preguntó con un tono de preocupación y serio.

Mao deseaba salir corriendo o corta la llamada, pero sentía que no tenía que dudar más. Tenía que decirlo de una vez sí o sí:

— Lo siento mucho, de verdad… — Le costaba mucho decir aquellas palabras que deseaba usar. — Yo… — Se calló por unos segundos y cerró los ojos, intentando llenarse de valentía para soltarlo:

— No puedo seguir siendo tu amiga. —

Lo dijo con mucha rapidez y cortó la llamada al momento, no podría haber soportado lo que veían a continuación. Aunque ni siquiera se atrevió a imaginarse su reacción, a causa del dolor que sintió.

Volvió a su cuarto con ganas de llorar y allí intentó no hacerlo. Fue en vano, ya que no pudo más y lloró mucho, durante horas, mientras no paraba de decir que lo sentía, que no quería hacerlo, pero que era necesario para los dos.

Así es cómo, oficialmente, esa gran amistad que tenían Mao y Nadezha había llegado a su final, pero la Osa rusa no iba a dejar que las cosas terminarán de esta manera. Aunque no actuó hasta que llegó Septiembre y entraron en la secundaria.

Mientras tanto, Mao pasó el resto del verano con una gran tristeza encima. Intentaba librarse de eso, olvidándose de su amiga Nadezha, pero aquello le ponía más triste de lo que estaba, volviendo en un molesto circulo vicioso. Hasta su padre le preguntaba una y otra vez qué le pasaba, al ver que dejó de ser tan activo como era antes. Solo pasaba el tiempo viendo la tele, junto con él, con muy mala cara.

Intentó convencer a su padre para que cambiara el instituto en dónde iba a ingresar, porque Nadezha iba a estar allí y no podría verle la cara después de todo lo que pasó. Pero éste no le hizo ni caso, ya que le daba pereza hacerlo. Y Mao al final desistió y rezaba para que la secundaria nunca llegara. Pero el día llegó, por mucho que rezara.

— ¡Vamos, hija mía, qué vas a llegar tarde al colegio ese! — Le gritaba su anciano padre, mientras despertaba a Mao con gritos y zarandeos, pero la verdad es que éste ya llevaba rato despierto, solo que simulaba seguir durmiendo para no levantarse e irse al instituto.

— Vale, vale, ya voy. — Mao le respondió molesto, mientras se levantaba de la cama.

Tras desayunar, salió a la calle, directo hacia al nuevo lugar en dónde iba a estudiar los próximos años. No tenía ganas y más se le quitaban mientras se imaginaba que Nadezha se encontraba allí.

Por eso, decidió pasar de las clases, después de luchar consigo mismo entre ir o no al dichoso instituto, y se sentó en un banco de un parque cercano.

— ¿Y ahora qué voy a hacer? — Eso se preguntó Mao, mientras miraba el cielo con desesperación y se aireaba con las manos, porque tenía calor. Su uniforme, que era un conjunto de una camisa de color azul con mangas largas y una falda blanca que le llegaba hasta los pies, era demasiada calurosa para el día caluroso que estaba viviendo.

Entonces, alguien respondió aquella pregunta retórica, con un tono de burla muy desagradable: — Pues joderte, china de mierda. —

Mao rápidamente miró hacia aquella persona que le dijo eso, esperando que no fuera la que estaba pensando. Pero sus esperanzas se desvanecieron, cuando vio que era ella, Lafayette. Y tenía una cara de felicidad que asustó a Mao, por lo siniestra que le parecía.

Aunque, al principio, dudó de que si fuera ella, ya que había cambiado bastante en poco tiempo. Antes de terminar la secundaria, tenía un cabello que parecía una melena de león, pero ésta ya estaba cuidando su cabello y había crecido un montón para haber pasado meses. Antes no le llegaba a la altura de los hombros y, en aquellos momentos, ya le llegaba a la barbilla. De todos modos, viéndola actuar de esa manera, supo enseguida que era Lafayette.

— ¡¿Qué quieres de mí, ahora, pajarraca!? — Le gritó, sobresaltado, Mao, mientras se levantaba del banco y se ponía en posición de combate.

— ¡Qué solitas estás, chinita! ¡¿Llamo a tu amiga Nadezha para que te haga compañía!? — Aunque Lafayette, a continuación, se dedicó a burlarse de él. — No me acordaba, ¡ya no sois amigas! —

Y terminó riendo de forma descontrolada, como si fuera el malo de la película cuando cree que le está ganando al bueno.

— ¿¡Cómo sabes eso, maldita!? — Y Mao se quedó boquiabierto al ver que Lafayette sabía tal cosa.

— Nadezha me buscó, creyendo que yo era la culpable de que mandaras todo a la mierda. — Eso le decía, mientras se acercaba a él con malas intenciones. — No sé qué te ha pasado, pero me llevo todo el merito. —

Mao se quedó perplejo al escuchar eso y se preguntó si Lafayette hizo algo que no debía. También se cuestionó cómo Nadezha terminó creyendo que ella fuera la culpable. Aunque lo último le parecía razonable, ya que ella deseaba destruir aquella amistad que habían tenido.

— ¡¿Qué intentas decir!? — Pero, aún así, no entendía lo que estaba soltando Lafayette.

— Qué yo te he ayudado a dejar esa mierda de amistad, te he abierto los ojos. — Eso le soltó Lafayette con mucho orgullo, como si creía que ella les había separado.

— Deja de decir tonterías. — Y le gritó, antes de lanzarse hacia ella. Y cuando decidió atacarla mandándola al suelo con un puño, añadió esto:

— Ha sido mi propia decisión. Tú no tienes nada que ver. —

Entonces, Lafayette le esquivó, yendo a un lado,  y Mao estaba tan distraído que no pudo predecir que ella le pateara y le tirara al suelo.

— ¿Y qué, pasa algo si me meto en vuestros problemas de mierda? —

Eso le gritó Lafayette, mientras Mao se levantaba del suelo, y éste, con toda la rabia del mundo, intentó a continuación golpearla con los dos puños, pero ella los esquivó y se puso detrás de él, para atacarlo con la espalda y hacerlo caer al suelo, de nuevo.

— ¡Es hermoso, genial, haciéndote morder el polvo, sabes! Ahora, que no tienes a tu amiguita del alma no eres nada, ¡payasa! —

Le gritaba Lafayette de pura felicidad, mientras le golpeaba una y otra vez a Mao con la pierna, mientras esté, que estaba en el suelo, se intentaba recuperar del dolor.

Mao solo pensaba en una cosa, que Lafayette, de alguna manera, se estaba aprovechando de que la amistad entre él y Nadezha hubiera sido roto y se estaba vengando; y no deseaba que usara esa desgracia en su favor. Por eso mismo, cuando vio el momento oportuno, decidió morderle la pierna como si fuera un perro.

— ¿¡Pero qué mierdas estás haciendo, subnormal!? — Le gritaba Lafayette, mientras chillaba de dolor e intentaba librarse desesperadamente del gran mordisco que le estaba dando Mao.

Pasaron varios segundos para que soltara la pierna de Lafayette. A continuación, Mao le soltó esto:

— ¡Deja de meterte en nuestros asuntos! —  Eso le gritó antes de salir corriendo, mientras Lafayette comprobaba la herida que le había hecho la dentadura de Mao.

— Ni una mierda. — Le soltó esto, mientras se quedaba agachada en el suelo, incapaz de moverse.

— No te cansas de usar esa maldita palabra. — Y Mao la replicó, mientras huía de ella lo más rápido posible.

— ¡No huyas, maldita! ¡Cobarde! — Fue lo último que oyó Mao de Lafayette, mientras se perdía de su vista.

Mao sentía que no podría ganar a Lafayette en aquella vez, y no era porque era más débil sin Nadezha, sino que su mente estaba distraída en otras cosas y no podría pelear de la forma que él quería. Sus dudas sobre ir al instituto o no seguían en su mente y no podrían irse. Al final, decidió que lo mejor era faltar, ya que tenía una excusa conveniente para eso: huir de aquella chica odiosa que le estaba persiguiendo por la cuidad.

— ¡No importa cuánto corras, te pillaré y te daré un mordisco que te arrancará la piel! ¡Lo juro! — Eso le decía una Lafayette muy enfadada, mientras intentaba alcanzar a Mao.

Así pasaron casi toda la mañana, dando vueltas por todo el barrio. Mao, sorprendido por la obstinación de Lafayette, que no se cansó de buscarlo durante horas, solo por darle una paliza. Y éste, cansado de correr, se puso a esconderse en múltiples sitios e yendo de un lado para otro con máxima discreción. No podría volver a casa, porque su viejo le regañaría y le podría castigar, ni tampoco ir al instituto, porque él no podría encontrarse con Nadezha.

Y cuando Mao se cansó de esconderse de ella, decidiéndose plantarle cara; la campana sonó, finalizando las clases. Entonces, se dio cuenta de que estaba cerca del instituto del que tenía que haber asistido.

— ¡¿Y ahora qué hago!? — Se preguntó Mao, con el miedo de encontrarse con Nadezha, ya que ésta debía estar saliendo de ahí.

Y su temor se hizo realidad, porque cuando se dio cuenta de ese hecho, escuchó a alguien gritar su nombre, la voz de la misma persona que quería evitar a toda costa.

— ¡Mao, Mao! — Eran las palabras de Nadezha, quién se acercaba corriendo hacia él, como si fuera un tornado.

Mao se quedó paralizado, sin saber qué decir o qué hacer, mientras ella se detenía y se recuperaba de la carrera que había hecho.

Eso le gritaba con ganas de llorar y Mao, quién también le iba a salir las lágrimas, estaba tan alterado que ni podría pensar. Quería correr o decirle algo, pero era incapaz de hacerlo, solo le estaba mirando fijamente.

Mientras Nadezha estaba agachada, con las manos sobre las rodillas, recuperando de la energía que gastó en correr; se quedó deslumbrado ante ella. Había dejado que su cabello blanco creciera y alcanzará sus hombros, y eso, a Mao, le pareció hermoso. Y no solo eso, su piel, que le parecía de porcelana, le atraía y deseaba tocarlo y todo su rostro le había hipnotizado. También se dio cuenta de que su cuerpo se había más femenina que antes y parecía más hermosa que nunca.  Por eso, le entraron ganas de darle un beso, en la boca, con gran pasión; y luego pensó en cosas más fuertes.

Rápidamente, se puso rojo e intentaba quitarse esas tonterías de su mente. Lo peor que podría hacer era hacer esas cosas que estaba imaginando, se tenía que controlar. Empezó a dar pasos hacia atrás, con la intención de seguir huyendo. Luego, Nadezha le miró y al observar su cara, ésta le iba a decir algo:

— Pero, M-mao…— Sus palabras fueron interrumpidas por la persona que menos deseaban ver. La misma que llevaba horas persiguiendo a Mao, con la intención de pegarle.

— ¡Por fin te he encontrado, Mao! — Eso gritó Lafayette, quién apareció de repente, y se acercó con normalidad hacia ellos dos, con una mirada burlona.

— ¡¿Lafayette!? — Eso gritaba Nadezha muy sorprendida, mientras Mao miraba hacia atrás y comprobaba, con terror, de que la situación en dónde estaba se volvió peor de lo que imaginaba.

— ¡Pues sí, la misma de siempre, desgraciada! — Y Lafayette, con su comportamiento de siempre, se burló de Nadezha, mientras soltaba aquellas palabras.

— ¡¿Qué haces aquí!? — Y Nadezha, ignorando eso, le exigía eso, mientras se preparaba mentalmente para pelearse con ella.

— Pues estando con mi amiga Mao. — Le respondió con un tono altanero, mientras ponía su brazo sobre los hombros de él.

Los dos se quedaron de piedra, cuando oyeron eso. A Mao le dio asco que Lafayette le llamará “amiga”, porque ni en mil años desearía tener una amistad con alguien como ella.

— ¿Qué? ¿Amiga Mao, pero qué tontería es esa? — Eso gritó Nadezha, conmocionada.

— Lo que estás oyendo. Nos hemos vuelto amigas. — Y Lafayette se lo volvió a repetir, con un tono de burla que parecía muy insoportable.

Mao deseaba decir que de ninguna manera eran amigas y jamás lo serían, pero entonces se dio cuenta de algo. De que la única manera que podría hacer para que Nadezha se alejará de él, porque sabía que ella intentaría descubrir por qué rompió su amistad; era seguir la corriente a Lafayette y asquearle tanto a la Osa rusa, que ni siquiera le volvería a dirigir la palabra. No deseaba hacer aquella farsa, pero por su bien, pensaba que tenía que hacerlo. Así, con asco y resignación, soltó esto:

— No, digas tonterías. Somos aliadas, solo eso. — Le decía Mao, poniendo cara de malvado, mientras se quitaba el brazo de Lafayette de encima. Le daba asco decir eso, pero, por lo menos, no era peor que añadir que era su amiga.

Nadezha se quedó pálida, al oír aquellas palabras, y puso una cara de conmoción que rompió el corazón de Mao, al verla. Aún así, intentó mantener la compostura para seguir manteniendo la cara de malo que estaba poniendo.

— ¿Aliada de Lafayette? — Eso gritó Nadezha. — ¿¡Cómo puede ser posible eso!? Tú jamás haría algo así como aliarte con tal individuo. —

Mao se sentía muy mal y quería decirlo que no, que eso eran más que estúpidas palabras, pero ya era demasiado tarde y tenía que seguir.

— ¡Así son las cosas, Nadezha, tenemos asuntos en común! ¡Y lo mejor que debes hacer, es alejarte de mí, porque seremos enemigos! —

Eso le soltó rápidamente, antes de darse la vuelta y empezar a andar. No quería verla llorar, porque parecía que ella no podría aguantar más. Le decía mentalmente que lo sentía mucho, pero, pronto o temprano, esto tenía que suceder, que era lo mejor para los dos.

— ¡¿Enemigas, qué!? — Gritó Nadezha, quién seguía conmocionada antes sus palabras, e intentó acercarse a Mao, pero Lafayette la detuvo.

— Da igual. — Eso le soltaba con una gran y desagradable sonrisa. — Lo importante es que ella ha dejado de ser tu amiga, ya no le caes bien, estúpida de mierda. —

— E-eso es imposible.- Nadezha le gritaba a Mao, desesperada. -¡¿Me estás mintiendo, verdad Mao!? — Pero éste intentaba ignorarla, porque si no se podría derrumbar. — ¡Dime la verdad! —

Y Mao no le dijo nada y Nadezha decidió callarse, mientras veía como él se alejaba, siendo seguido por Lafayette. Al girar hacia una calle y perderse de su vista, ella empezó a reírse descontroladamente:

— ¡Mira la cara que se le ha quedado a esa estúpida de mierda! ¡Ha sido glorioso! — A ella le parecía muy gracioso, pero a Mao eso le enfureció tanto que se dio media vuelta e intentó golpearla.

— ¡No te burles de Nadezha! — Eso le decía, mientras intentaba golpearla, pero ésta lo esquivó y lo tiró al suelo de una patada.

— Tú ni tienes ningún derecho a soltar eso. Sobre todo porque le has mandado a la mierda. — Le soltó Lafayette, con una actitud denigrante contra Mao.

Mao, solo se quedó callado, mientras Lafayette empezará a andar, mientras soltaba esto con toda la felicidad del mundo.

— Será divertido esto. Me encargaré de que nuestra alianza sea fructífera y destrozarle la vida a esa perra de Nadezha. —

Y Mao utilizó ese momento para contraatacar. Se levantó rápidamente y éste le dio una buena patada a las rodillas de Lafayette haciendo caer de cara contra el suelo. A continuación, se puso encima de ella y le cogió del cuello, totalmente fuera de sí.

— Intentas hacerle algo a ella y te rompo la alianza y tu cara. Mientras sea posible, evitaré que no te acerques a ella ni un metro, ¿entendido? —

Eso le gritaba Mao, mientras la estaba ahogando y ésta intentaba librarse de sus garras. Entonces, varios adultos se acercaban a ellos para separarlos, gritando. Mao pudo volver a sí mismo y la soltó, antes de salir corriendo como loco.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Tercera parte (Versión de Mao), centésima historia.

Mao volvió corriendo a casa llorando, mientras se decía una y otra vez que era un idiota. Después de lo que pasó en los probadores y sentarse en un banco para tranquilizarse, Nadezha se acercó hacia él para preguntarle qué le había pasado y éste solo salió corriendo.

Sabía que no tenía que hacer eso, pero lo hizo y se odiaba por hacer tal cosa. Sentía que no podría ni mirarle a la cara a su amiga tras aquel lamentable suceso. Y al llegar a la puerta de su casa, salió, entonces, alguien que no deseaba ver por nada del mundo.

— ¿¡Tú, qué haces aquí!? — Eso gritó Mao al verla, muy sorprendido. No esperaba encontrarse con ella, era el peor momento para eso.

Era Chiang Mei-ling, la misma persona que, en un futuro muy lejano, le secuestraría e intentará matarlo; y la que intentaría usar a Josefina para provocar el atentando en contra de Elizabeth von Schaffhausen.

— ¿Cómo que “tú”? Soy tu prima, un poco más de respeto. — Y por aquel entonces, estaba muy enfadada. Al parecer, tuvo una discusión con su abuelo, el padre de Mao.

— Eres mi sobrina. — Mao se atrevió a replicarla, a pesar del miedo que le daba aquella chica, ya que ella le encantaba intimidarle y hacerle daño.

— Bicho insolente, soy mayor que tú. Es humillante para mí. — Le gritó enfadada su prima, mientras le levantaba una mano para darle un puñetazo. Por poco se pudo controlar, pero en el rostro se le notaba un enorme rencor y un odio. Mao se dio cuenta de lo enojaba que estaba y decidió entrar en la casa rápidamente, intentando ignorarla.

Entonces, ella le detuvo, poniendo su mano sobre su hombro, y le dijo esto:

— Otra vez que intentes ignorarme, te romperé el pito que tienes ahí, ¿te enteras? — Mao se quedo helado, tras oír eso, mientras que su sobrina se alejaba de él. Al recuperarse, entró en la casa y se dirigió hacia su cuarto.

Al pasar por la tienda, vio a su padre, poniéndoles los precios a algunos productos, y pasó por detrás de éste, sin que se diese cuenta. Al llegar a su habitación, lloró en silencio hasta hartarse.

A continuación, durante los próximos tres días, estuvo en su casa muy desanimado. Era incapaz de llenarse de valentía para volverse a ver con Nadezha, ya que sabía que la volvería a mentir otra vez, una mentira más que incrementará que las cosas solo serían mucha más dolorosas cuando llegará la hora de la verdad, algo que creía que ya estaba cercano.

Mao se imaginaba, aún cuando intentaba no hacerlo, cuáles serían las reacciones que pondría Nadezha al descubrir que él era un chico y estaba enamorado de ella. Y todas eran negativas, consiguiendo que solo se pusiera aún más triste y enfadado consigo mismo.

Aunque Mao intentó ocultar eso a su padre, para que no se diese cuenta; al final, éste lo noto y le preguntó esto en el tercer día, mientras estaban cenando:

— ¿Nadezha y tú os habéis peleado? — Eso lo dijo al terminar el arroz y sorprendió a Mao, que se le cayeron los palillos a la mesa. No se esperaba que le preguntara eso.

— No es nada de eso. — Mao intentó mentirle lo mejor posible, aunque su rostro lleno de tristeza y sus bajos ánimos no le ayudaron, a pesar de que intentó ocultarlos con todas sus fuerzas.

— Pues eso parece, porque desde tu última cita con ella, estás bastante deprimida. —

Lo soltó de una forma bastante sarcástica que enfureció muchísimo a Mao, tanto que le dio un golpe a la mesa, mientras le gritaba esto:

— ¡No era una cita! —

No quería que su padre hablase más del tema, porque sentía que eso no le ayudaba en nada, solo empeoraría la situación. Esperaba que aquel grito lo hiciese callar.

— ¡No te pongas así, que vas a tirar la comida al suelo! — Protestó su anciano padre con una notable normalidad.

Entonces, el teléfono del pasillo empezó a sonar y Mao se quedó quieto, mejor dicho, paralizado. Él tuvo el pensamiento de que tal vez aquella llamada era de Nadezha y deseaba cogerlo, pero a la vez no quería hacerlo. Tenía miedo de que, tuvieran una conversación que podría acabar muy mal, pero, necesitaba hablar con ella.

Y mientras dudaba, su anciano padre se levantó, entre diciendo estas palabras: — ¡Ya voy, ya voy! —

Mao decidió que su padre cogiera el teléfono y lo contestase él. Tal vez no era Nadezha y si ese fuera el caso, se llenaría de valor para poder hablar con ella.

— ¡Es una llamada para ti! — Entonces, su padre le gritó esto a Mao. Y él se fue directo hacia al teléfono, a una velocidad increíble, muy ilusionado. Deseaba hablar con ella, a pesar del miedo que le producía entablarlo. Le quitó el teléfono de las manos a su padre y soltó esto:

— ¡Nadezha, Nadezha, soy yo, perdón por lo del otro día! — Se lo decía muy ansioso, ignorando las quejas de su padre por lo brusca que fue en quitarle el teléfono, mientras volvía al salón para seguir comienzo.

Entonces, toda aquella alegría que sentía se esfumó como el polvo, cuando escuchó quién era, con estas palabras llenas de desagrado:

— ¡Eres idiota, no soy esa enana albina! — Quién le había llamado era Chiang Mei-ling, casi se le cayó el mundo encima.

— ¡¿Tú, por qué!? ¡¿Qué quieres de mí!? — Mao gritó de la desilusión. Era la primera vez que su sobrina le llamaba por teléfono y eso le alteró muchísimo, porque sabía que no estaba tramando nada bueno.

— Solo te quiero enseñar una cosa que te resultará interesante, es sobre tu amiga Nadezha. — Y ella le dijo lo que quería, con una voz tan siniestra que a Mao se le puso la carne de gallina. Esperaba que ella no le hubiera hecho nada malo.

— ¿Qué quieres decir? — Le gritó, no entendía qué quería hacer y por qué metía a Nadezha por media.

— Haz lo que te digo o le cuento a ella que eres un niño. — Y ella le amenazó.

— ¡¿No te atreverás…!? — Eso se dijo Mao, rabioso por la molesta actitud de su sobrina.

— Pues sí, y lo haré ahora, si no te callas. — Y Mao no tuvo más remedio que hacerlo.

A continuación ella le dijo en dónde y cuándo tenía que irse y reunirse con ella, después de que ésta le avisara:

— Y antes de todo, no se lo digas a tu padre, el muy bobo ni me ha reconocido cuando he llamado. —

Tras eso, colgó la llamada y Mao se quedó en blanco y volvió al salón, como si nada hubiera pasado.

— ¿Quién era? — Le preguntó su padre, mientras terminaba de comer.

— Pues una amiga, papá. — Y eso le respondió Mao, mientras se sentaba para terminar la comida que le faltaba.

— Pues tiene una voz muy fea. — Añadió su padre y eso le hizo gracia a Mao, porque estaba insultando a su propia nieta, aunque no la adoraba mucho.

Tras terminar de comer, Mao hizo como si se acostará, esperando que su padre se durmiera. Cuando supo que ya estaba acostado, con el menor ruido posible, bajó al salón y cogió las llaves. Salió rápidamente de su casa, para irse al parque más cercano posible.

Al llegar, se la encontró allí fumando un cigarrillo, mientras lo esperaba de pie, bajo a la luz de una farola. Mao se acercó a ella y se atrevió a decirle esto:

— ¿No eres menor de edad para tomar esas cosas? — Le preguntó, esperando que no le hiciera nada malo.

— Cállate, ¡qué estás más guapa así! —Y eso le respondió su sobrina muy borde, y mientras apagaba el cigarrillo. A Mao aquel tono le molestó y le gritó esto:

— ¿Qué es lo que quieres? — Quería saber, de una vez, qué estaba tramando su familiar.

— Sé una buena niña y sígueme. — Finalizó la conversación con estas palabras, más una sonrisa siniestra. Luego, empezó a caminar.

Mao, sin añadir nada más, solo la siguió y anduvieron por un buen rato por la cuidad, llegando a los límites surestes de la misma. Su largo paseo terminó en la falda de una montaña, por una carretera que parecía que no llevaba a ninguna parte y casi tragado por la vegetación. Estaban a los pies de un enorme y siniestro bosque.

Mao tenía mucho miedo y se había arrepentido mucho de haberla hecho caso, porque le estaba llevando a un sitio extraño y sus intenciones no parecían para nada nobles.

— ¿Puedes decirme de una vez qué es lo que quieres? — Le preguntó Mao, cuando ya se hartó de tanto misterio.

A continuación su sobrina se paró y lo miró. Luego, le preguntó esto:

— ¿Recuerdas a mi padre, tu hermano mayor? —

Mao se preguntó qué tenía eso que ver con lo que estaba pasando, pero decidió responder su pregunta:

— Él murió hace unos años, pero ni le recuerdo, solo lo sé por mi padre. —

Mao había escuchado de su padre que él tenía muchos hermanos, cientos más bien, repartidos por todo el globo. Se lo creía, aunque nunca vio a ninguno, y lo único que había conocido era la misma Chiang, la hija de uno de ellos. Su viejo le mencionó varias veces sobre aquella persona, solo lo típico.

Entonces, de repente, su sobrina empezó a hablar sobre su padre, con total seriedad:

— Era un subnormal, que creía en la revolución comunista, aún cuando había caído hace décadas…—

— No te entiendo, ¿de qué estás hablando? — Mao la interrumpió, al no entender las cosas que estaba diciendo, que le parecían de otro mundo.

— Nunca fue un tipo legal, y servía a las mafias del lugar. Por eso, su organización terrorista siguió existiendo, hasta que se atrevió a desafiar a los más poderosos de la cuidad. — Pero ella le ignoró y siguió hablando.

— ¿Qué tonterías estás diciendo? ¿Mafias? ¿Organosequé? — Y Mao otra vez la interrumpió, estaba bastante perdido y con la falsa sensación de que le estaban tomando el pelo.

— ¡Cállate tú, deja hablar a tu mayores, maldito maricón! — Su sobrina le gritó como loca, mientras levantaba furiosamente el puño, con ganas de darles un buen golpe.

— Vale, vale, perdón. Lo siento mucho. — Y él, totalmente dominado por el miedo, se agachó y se protegió la cabeza, con el miedo de recibir el golpe.

Entonces, su sobrina siguió adelante y le gritó que moviera su culo de una vez. Mao le hizo caso, bastante molesto, y la siguió, mientras deseaba que a ella le ocurrieran un montón de cosas malas.

Al final, ésta se detuvo, y miró por todos lados, para luego, introducirse por el profundo bosque. Mao la siguió, con pocas ganas de meterse ahí dentro. Tras caminar por lo que parecía un estrecho sendero, llegaron ante una enorme e impresionante pared rocosa. Su sobrina, utilizando una linterna, buscó durante un buen rato por aquel sitio, hasta encontrar lo que buscaba. Era un agujero situado entre las rosas, un poco más grande que ella. Se introdujo ahí y estuvo ahí, en silencio, durante unos minutos.

— ¡Esto es lo que estaba buscando! — Eso gritó, a continuación, con siniestra alegría y luego llamó a Mao.

Éste se acercó y se introdujo dentro de aquel abrigo rocoso. No veía nada, salvo la luz de la linterna. Su sobrina se reía, como si fuera una villana de una serie de televisión cómica, mientras sacaba cosas de una pequeña fisura situada entre las rocas del abrigo.

— ¿Qué coño es esto? — Le preguntó Mao, mientras cogía una de las muchas cosas raras que estaba sacando su sobrina.

— Granadas. — Y cuando le contestó eso con toda la normalidad, Mao gritó de terror y lo tiró afuera:

— ¡Esas cosas explotan! ¡¿Pero, qué hacen ahí!? —

Chiang le ignoró a lo primero, ella estaba muy ocupada, sacando del lugar rifles y pistolas. Al terminar, le dijo esto:

— Y no solo eso, hay un montón de armas, listas para matar y todo eso. —

Cogió uno de los rifles que sacó y simuló que disparaba a algo, que no era nada más ni nada menos que la cabeza de Mao.

— ¡No me apuntes con esa cosa! — Le gritó muy aterrado, con la cara blanca, mientras escondía su cabeza entre sus brazos.

Ésta, al ver su reacción, se rió de él y tiró el rifle, y siguió buscando por aquel agujero. Entonces, sin que nadie se lo pidiera, empezó a contar esto:

— Todo esto era de mi padre y sus amigos. Un escondite en dónde guardaban sus herramientas para provocar miedo y hacer daño. Con esto mataban y secuestraban personas. —

Mao no podría creer lo que estaba escuchando. Su propio hermano se dedicó a hacer cosas muy malvadas y le daba asco que tuviera la misma sangre que él.

— ¿¡En serio, hacía esas cosas tan feas!? — Le gritó, muy trastornado ante la noticia. Y su sobrina, solo soltó unas risas que le molestaron mucho: — ¡No te rías! —

Le estaba molestando que su sobrina estuviera tan sonriente, a la vez que  le daba terror verla así. Tenía miedo de que ella pensara hacer algo malo. Ésta siguió hablando, sin importarle lo que pensaba Mao:

— Y todo lo descubrí por casualidad, mientras miraba los últimos escritos de mi papá. Y lo más divertido del asunto fue encontrarme este cuaderno, que estaba junto con las armas, en dónde ponían sus objetivos. —

Aquella extraña y siniestra felicidad que mostraba mientras lo decía con esas palabras se detuvo cuando ella empezó a intentar sacar un cuaderno. En cuestión de segundo, empezó a insultar y maldecir aquella cosa, al ver que era incapaz de sacarlo, por mucho esfuerzo que le estaba poniendo.

— ¡Maldita sea, no puedo sacar esta mierda de aquí! — Gritaba muy enfadada.

Y a Mao eso le pareció gracioso, pero intentaba no reír, para que su sobrina no fuera a pegarle.

Al final, pudo sacarlo y empezó a buscar entre sus hojas, lo que quería enseñarle a Mao. Tras encontrarlo, se lo enseñó:

— ¡Mira, mira, léete esto! — Eso le decía, mientras reía malvadamente. Mao, preguntándose por qué se estaba riendo de esa forma, empezó a mirarlo, después de darse cuenta de que las líneas que le quería enseñar su sobrina eran la razón de sus molestas risas.

Mao leyó aquellas dos hojas, varias veces. Primero, porque él no entendía muy bien la letra y segundo, porque lo que decía era algo horrible y que le parecía muy familiar, no sabía cómo.

En esas hojas, se explicaba un macabro plan, el cual era poner una bomba bajó un coche y hacerlo explotar cuando sus dueños subirían en él, con una especie de control remoto. Al parecer habían estudiado el comportamiento del que iban a asesinar, apuntando todos los viajes que hacían con el coche y poniendo los posibles momentos para realizar su cometido, tachando los que no servían. Había varios dibujitos en dónde decían cómo ponerlo y cómo hacer el artefacto.

Al final, Mao, observó sin parar el nombre del objetivo a matar, quién se llamaba Igor Vissariónovich. Aquel nombre le sonaba muchísimo, pero no recordaba de dónde. Ni tampoco sabía por qué aquel plan le sonaba tanto, pero sentía que se arrepentiría mucho si lo descubría. Por eso, intentó no pensar en nada y tener su mente en blanco.

Su sobrina, quién le observaba con bastante impaciencia, esperaba una gran reacción por parte de Mao, al descubrir una gran y terrible verdad sobre él y Nadezha. Pero, al ver que éste no se daba cuenta, decidió decírselo, ya harta de esperar.

— ¡¿Aún no te has dado cuenta!? — Le gritó con muy mala leche, mientras le quitaba el cuaderno de sus manos y le tiraba al suelo con una patada.

Mao, sorprendido ante tal acción, se levantó y le dijo esto: — Sí me he dado cuenta, mi hermano es un hijo de puta que hacia planes para matar gente. —

— ¡No es eso, idiota! ¡¿No te suena de algo el plan, al ver el nombre de la víctima!? — Con harto enfado, le volvió a gritar, mientras le mostraba lo que había en el cuaderno.

— Pues, la verdad, no lo sé…— Y Mao se puso muy nervioso, un poco aterrado por la actitud de su prima, mientras se preguntaba qué quería decir  exactamente. Ni siquiera podría mirarla hacia los ojos, solo deseaba escapar de ella.

— ¡¿Tan idiota eres!? ¡¿No te diste de que escribiendo el atentando contra los padre de tu amiga!? — Entonces, su sobrina le gritó lo que quería enseñarle.

Y él, al oír aquellas palabras, se quedó boquiabierto, con una expresión de terror. Entonces, recordó aquel día, en dónde él se volvió “amiga” de Nadezha, tras animarla y sacarla de la depresión que sufrió por las muertes de sus padres. Volvió a recordar todo lo que le contó ella sobre aquel día, en dónde el coche en dónde se montaron sus padres explotó, delante de sus ojos.

— ¡N-no puede ser, e-es imposible! — No podría creérselo, gritando con todas sus fuerzas. — ¡¿Entonces…!? ¿¡Q-quieres decir q-que mi p-propio hermano los mató!? — Aquella revelación fue, para él, un golpe demasiado fuerte.

— Eso es. Mi padre los mató. — Le soltó su sobrina y esto añadió, antes de reír macabramente: — ¡Qué gran ironía, ¿verdad?! ¡Ella se hizo amiga del hermano pequeño de los asesinos de sus padres! —

Le parecía muy gracioso, tanto que sus carcajadas eran lo único que se oía. Estaba disfrutando de la reacción de Mao, que quedó destrozado al oír eso. Pero lo que no esperaba es que él, al verla reír, se llenó tanto de rabia que le dio una gran patada en todo el estomago y la tiró al suelo.

— ¡Es mentira, es absolutamente mentira! — Eso le gritó Mao, antes de salir corriendo.

— ¡Serás hijo de puta, te voy a arranca la mano, maldito maricón! — Y le gritaba su sobrina, mientras él salía del abrigo rocoso y volvía a la carretera.

Mao se arrepintió mucho de haberla hecho caso a su sobrina, tuvo que haber ignorado aquella llamada, así no hubiera sabido aquella verdad tan horrible e irónica. Intentaba negarlo, una y otra vez, pero era imposible. Y cuando más lo pensaba en eso, más peor se ponía.

Se sentía indigno para volver a ver a Nadezha, para seguir siendo amigos, porque alguien de su misma sangre mató a sus padres. Ya no podría verla con la misma cara. Sabía que él nunca tuvo la culpa de la muerte de sus padres, ni siquiera lo sabía; pero, aún así, no podría evitar sentir aquellos sentimientos.

Tampoco, entendía como el destino, si existía, fuera capaz de ponerlo en esta situación, hacerse amigo de una chica que perdió a sus padres por culpa de su propio hermano. Era tan irónico como cruel.

Y mientras corría sin parar, sin pensar hacia dónde se dirigía, empezó a cuestionar su propia amistad hacia Nadezha. Tuvieron buenos momentos, siempre se divertían juntos y se ayudaban mutuamente. En fin, fue una relación que él no podría olvidar nunca y que lo recordaría con cariño.

Pero sintió que aquella amistad no sería para siempre, que no era una verdadera y real, que iba a durar para siempre. Porque iba a tener un final muy pronto, y el principio del fin comenzó desde que Mao se enamoró de ella.

Sabía que Nadezha la veía solo como “amiga” y que no sentía lo mismo que él. Pensaba que, tarde o temprano, sería descubierto, que ella no solo conocería aquellos sentimientos, sino además el hecho de que era un chico haciéndose pasar por una niña. Todo eso solo provocaría que se alejara y dejaría ser su amistad. Creía que esto era inevitable, y eso le hacía llorar aún más, porque quería que, aunque siendo solo “amigas”, su relación duraría mucho más, hasta el fin de sus días.

Aquellos pensamientos no le dejaban de atormentar y él, para intentar no pensarlos, corría, aún más de lo que estaba haciendo.

Y cuando se dio cuenta, llegó a su casa, sin saber cómo. Había estado corriendo durante horas, o eso tenía la impresión; yendo de un lado para otro, sin saber realmente adónde iba. Mao podría preguntarse cómo había llegado, pero su mente estaba agotada y solo quería descansar, sin saber nada más de lo que había pasado, lo que había ocurrido y lo que iba a ocurrir. Solo quería dormir y olvidarse de todo eso.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Segunda parte (Versión de Mao), centésima historia.

A Mao le costó mucho asimilar eso, ya que, después de darse cuenta, se decía una y otra vez que eso no podría ser posible. Y entonces, pensó en preguntarle a su padre cómo se enamoraba una persona. Aunque no se atrevía preguntárselo, porque tal vez su viejo se daría cuenta y por algún motivo que no entendía, le daba miedo que lo supiera. Al final, incapaz de encontrar alguna respuesta satisfactoria por sí mismo, decidió decírselo en la cena.

— Viejo,… — Le dijo, entrecortado, al terminar el primer plato.

— ¿Qué? — Le preguntó con un tono bastante antipático, mientras paraba de comer para escucharlo.

— Bueno, yo…— Mao no podría terminar la frase, porque no encontraba una buena manera para preguntárselo sin que sospechase.

Y éste, mientras le observaba intrigado, soltó esto:

— Si me preguntas por la comida, te diré que has echado demasiada sal para mi gusto. — Eso le mencionó, mientras miraba su comida, creyendo que éste le estaba preguntando cómo de buena le salió la cena que preparó.

— ¡No es eso! — Le gritó Mao, mientras se daba cuenta de que había estado muy despistado durante la preparación de la cena, pensando en muchas cosas.

— ¿Y, entonces, qué? — Le replicó su padre.

— Tengo que preguntarte algo bastante importante. — El pobre estaba bastante tenso.

— Te escucho. — Al terminar la frase, su padre cerró su boca y lo miró fijamente.

A pesar de que su mirada le daba escalofríos; se tranquilizó y pudo soltarle lo que quería preguntarle desde hacía rato:

— ¿B-bueno, c-cómo es que una persona se enamora de otra? —

Su padre se extrañó por tal pregunta, mientras le soltaba estas palabras:

— ¿Por qué me lanzas una pregunta tan complicada a estas horas de la noche? — Al terminar, soltó un gran suspiro. A Mao eso le molestó un poco, aunque creía que su padre no estaba sospechando nada raro.

— Bueno, es algo que me llevó preguntando hace tiempo. — Le mintió, a continuación.

— ¿Por qué no miras alguna película romántica de esas, por la tele? —

Su anciano padre le sugirió eso, mientras le enseñaba la televisión. Aquella sugerencia solo molestó a Mao, aún más, quién no creía que fuera tan vago.

— ¿Por qué crees que ver eso me dará respuestas a lo que te estoy preguntando? — En verdad, no tenía ganas de ver ese tipo de películas, porque le aburrían mucho.

— Porque no tengo ganas de pensar. — Y su padre le dijo esto con toda su sinceridad.

— Pues, piensa. No es tan difícil. — Protestó Mao y su padre le dijo que lo haría, después de soltar un suspiro de molestia. Éste, tras pensar en silencio por unos segundos, le soltó esto:

— Bueno, enamorarte de una persona es pensar todo el día en ella, querer estar siempre a su lado. Sufres mucho cuando está con otro que no estás tú, o cuando no te nota. Sentirte feliz cuando estás a su lado. En fin, sientes que es alguien muy importante para ti, demasiado. O algo así. —

Mao se quedó sin habla, mientras escuchaba cada palabra que soltaba su padre. No tenía dudas, ya estaba seguro del todo, porque todo lo que decía su padre le estaba pasando. Ya no podría negarlo, y estaba tan estupefacto, que no sabía cómo reaccionar.

— Ya veo. — Entonces, decidió levantarse e ir a su cuarto a toda prisa. —De todos modos, me voy a la cama. Muchas gracias por eso. —

Pero fue detenido por su padre, quién le obligó terminar de comer y luego a lavar los platos. Por su mirada, se dio cuenta de que Mao estaba raro, pero decidió no decirle nada.

Por su parte, Mao, rezaba para que padre no se hubiera dado cuenta de que él se había enamorado de una chica.

Al día siguiente, después de salir de su casa, se fue al lugar de reunión, mientras intentaba pensar cómo podría actuar delante de su mejor amiga, después de descubrir que estaba enamorado de su mejor amiga. Y no se le ocurría nada, apenas podría pensar bien.

Y tras llegar al parque, intentó tranquilizarse, pero no podría. Estuvo así durante un buen rato, poniendo todas sus fuerzas en relajarse. Entonces, un saludo mandó a la basura toda su concentración y le dio un gran susto de muerte:

— ¡Buenos días! — Mao, tras girar y ver que era Nadezha, se quedó de piedra, mientras su cara se ponía como un tomate.

— ¡B-buenos d-días! — Intentó actuar normal, soltando estas palabras, pero se veía que le pasaba algo bien raro.

Sobre todo para Nadezha, que observaba cómo le temblaban las piernas, su cara estaba bien roja y le miraba bien raro. Tras observarlo detenidamente, le preguntó esto: — ¿Te pasa algo raro? —

— N-ada, nada. — Le respondió nerviosamente Mao.

— Pareces que tienes fiebre o algo. — Replicó Nadezha, antes de poner su mano sobre la frente de Mao para comprobarlo. A continuación, tras hacer eso, dijo esto como conclusión:

— Pues no, parece que no tienes. —

— N-no te preocupes, no estoy enferma, para nada. — Mao le gritó esto, antes de salir corriendo.

Corría tanto que parecía que le estaba persiguiendo un guepardo y estaba tan fuera de sí que ni siquiera se tomaba la molestia de mirar antes de cruzar las calles o de evitar chocarse con alguien.

Se preguntaba a sí mismo, por qué actuaba así, de esa manera, solo por el simple hecho de que sabía cuáles eran sus sentimientos sobre Nadezha. Debería actuar normal, como todos los días, pero no podría, era incapaz de hacerlo, por alguna razón. Solo fue suficiente el simple hecho de conocer la verdad o de darse cuenta para actuar de esa forma.

Y en vez de dirigirse hacia la escuela, se fue hacia su casa, con ganas de darse un puñetazo por actuar de esa manera. Entró, gritando como loco, algo que dio un buen susto a su abuelo, quién estaba en el mostrador de la tienda esperando clientes:

— ¿Pero qué te pasa ahora? — Eso gritó el anciano, sin moverse del sitio.

Mao lo ignoró, solo tenía en mente que había hecho el ridículo, o, por lo menos, hizo sospechar a Nadezha de que había algo raro con él. Y entró en su habitación, solo para dar vueltas por la habitación, siguiendo gritando como loco durante un buen rato.

— ¡Maldita sea, maldita sea! — Eso soltaba sin parar.

Y estuvo así, hasta que su padre pegó en la puerta, mientras soltaba estas palabras: — ¿Pero qué te pasa hoy, hija? —

— Nada, nada. — Le gritó Mao con mucha brusquedad y nerviosismo.

— Pero si es bien obvio que te pasa algo, idiota. —Le replicó su anciano padre, antes de entrar en la habitación.

Mao sabía que ya no podría mentir más, así que soltó esto: — B-bueno, la verdad es que sí…— Ni aún así, podría contarle lo que le ocurría. — Pero solo es una pequeña tontería. —

— ¿Está relacionado con la pregunta que me hiciste ayer, sobre de cómo sabes si estás enamorado de alguien, o algo así? — Aquellas palabras dejaron de piedra a Mao.

— ¡No es eso! — Eso le gritó Mao muy avergonzado, antes de tirarle un cojín a la cabeza de su padre.

— Ya veo. — Concluyó su padre, sin mostrar ninguna reacción, antes de salir de la habitación y dejar en paz a Mao.

Durante las horas siguientes, Mao intentaba tranquilizarse y lo consiguió, quedándose dormido. Pero, entonces, algo le hizo despertar.

— ¿Q-quién será? — Eso soltaba, mientras abría los ojos y buscaba lo que estaba escuchando. Su móvil no paraba de sonar, alguien le estaba llamando. Y tras encontrarlo y cogerlo, preguntó quién era.

— ¿Ya estás mejor? — Eran las palabras de Nadezha y Mao, por unos segundos, quedó en blanco. Pero, a pesar de eso, pudo poder hablar con normalidad y naturalidad.

— P-pues sí. P-perdón si te he preocupado. En verdad, estaba algo enfermo. — Le dijo a continuación, entre risas.

— Ya veo, espero que te mejores. — Mientras oía esas palabras, Mao se aliviaba, esperando que ésta dejara de preocuparse por él.

— Puede que mañana pueda volver a clases. — Y eso le soltó, intentando parecer bastante animado, a Nadezha.

— Por cierto,… — Ella se quedó callada, tras pronunciar esto.

— ¿Qué pasa? — Y Mao preguntó con algo de miedo. Y tras esperar un poco, Nadezha, le dijo esto:

— ¿No me estarás ocultando nada, verdad? — Al oír eso, Mao se quedó aterrado.

— P-pues claro que no, para nada. — Rápidamente lo negó.

— Lo siento mucho, no era mi intención decir aquellas palabras. — Y Nadezha le pidió disculpas por eso.

A continuación, para relajar la conversación, Mao empezó a preguntar por la escuela y por otras cosas. Al final, pudo mantener la normalidad y aquel nerviosismo que tenía desde ayer se había esfumado. Estuvieron hablando durante horas.

Tras colgar, Mao dio un suspiro de alivio, al ver que podría hablar con ella con naturalidad y que había solucionado el asunto, aunque sentía que algo estaba mal, pero no le dio importancia, es más, intentaba ni pensar en eso.

Después de aquel día, todo volvió a la normalidad, como si aquel incidente nunca hubiera existido, o eso parecía. Seguían estando juntas, ya sea en el colegio o por las tardes; se mimaban y se ayudaban mutuamente, Lafayette las desafiaba a las dos a la vez y siempre era derrotada. En fin, Mao y Nadezha siguieron siendo las mejores “amigas”, pero él sentía que algo estaba mal y se negaba a pensar qué era eso lo que tanto le preocupaba.

Y el tiempo pasó, la primaria terminó y empezaron las vacaciones de verano. Entonces, tras llegar Julio, tuvo que aceptar qué era eso que estaba mal con su relación con Nadezha.

Empezó cuando Mao, bajó rápidamente de su habitación al salón, directo hacia la calle. Era por la mañana, una hora después del desayuno y su abuelo estaba viendo la tele, acostado en el suelo.

Al oír los pisotones que daba su “hija”, decidió preguntar:

— ¿Vas a salir? —

— Pues claro, he quedado con Nadezha. — Y esto le respondió Mao, tras detenerse. Había quedado con ella para ir al centro comercial para comprar ropa.

— Estás enganchado con ella, todo el día con esa niña. Es como si…—Entonces, su padre le soltó aquellas palabras, que molestaron mucho a Mao.

— Es mi mejor amiga, papá. Es bien obvio que esté así. — Tanto que lo interrumpió con bastante mal genio. No quería oír, por nada del mundo, la palabra con la cual su padre iba a terminar la frase.

A continuación, en el salón hubo un silencio muy incómodo durante varios segundos. Mao se preguntaba si irse ya o esperar, porque parecía que su padre le iba a decir algo:

— Sabes, ¿recuerdas cuando me preguntaste cómo se enamoraba o algo así? — Entonces, Mao se puso bastante nervioso, más de lo que estaba, al oír aquellas palabras.

— Pues no, la verdad es que no. — Le mentía descaradamente.

— Ya soy bastante viejo para oír mentiras bien obvias, ¿sabes? — Y su padre le dejó claro que eso no le ayudaba. Se sintió tan acorralado e incapaz de soltar una buena respuesta que solo soltó estas palabras:

— ¿¡Y bueno, qué pasa!? — Eso le gritó con valentía, aunque, en el fondo, estaba temblando como un flan.

— Nada, solo te quería avisar de que deberías rendirte con ella. Después de todo, eres para ella su “amiga”, solo eso. Has elegido a la peor persona posible. —

Aquellas palabras le sentaron como un jarrón de agua fría a Mao. Se dio cuenta de que su padre sabía la verdad y de que le estaba diciendo lo que él ya sabía. Había aceptado que solo sería su “amiga”, así podría estar junto con ella. De otra manera, solo se separarían y eso no lo quería. Pero, aún así, eso le dolía, lo bastante para gritarle muy fuerte a su padre:

— ¿¡Qué tipo de estupideces estás diciendo!? — Eso le soltó.

Tenía ganas de llorar, porque le dolía pensar que solo era una “amiga” para Nadezha, pero se aguantaba, porque no quería que su padre le viera llorar. Éste le siguió hablando con total normalidad y frialdad:

— Lo mejor es que le digas tus sentimientos y te diga que no, que te destrocé el corazón. —

Mao solo se quedó callado, incapaz de soltar una  respuesta a su padre. Deseaba que se callara y que no le hubiese dado tal consejo, porque pensaba era la peor opción de todas. Sabía que Nadezha no correspondía sus sentimientos y que si se lo decía, no solo sería rechazado, también conseguiría que se alejara de él y eso no lo deseaba por nada del mundo.

Por eso, decidió ignorar aquella conversación, como si nunca hubiera existido, y salir a la calle. Y al entrar en el pasillo, su padre, quién seguía comiendo, le soltó esto:

— Ni siquiera ella sabe que tú no eres una verdadera chica, ¿no? —

Aquellas palabras detuvieron a Mao, que lo dejaron pensando. El padre siguió hablando:

— Y aquella niña, según me has contado varias veces, no tolera las mentiras, ¿qué pensaría ella si tú no eres una verdadera chica? —

Entonces, Mao recordó aquellas palabras que le dijo Nadezha, cuando le llamó aquel día: “¿No me estarás ocultando nada, verdad?”

Claramente Mao le mintió a su amiga. No solo escondía su amor por ella, sino de que era un chico. Eso era lo que estaba mal. Nadezha le contaba todo y él le ocultaba cosas muy importantes. La engañó, y siempre lo hizo desde que se conocieron. Si ella lo descubría, le odiaría para siempre.

Se sintió mal y estaba furioso consigo mismo y por otra persona, la que le obligó a ser una chica, su padre. Por eso, le gritó al anciano, mientras le levantaba la mano:

— ¿Y ahora dices que soy un chico, ahora? — Él pensaba en aquellos momentos que, si no fuera por su padre, no tendría que ocultar que era un chico intentando ser una niña.

Y, entonces, lleno de ira, se acercó hacia su padre con la intención de pegarle. Éste ni se inmutó, solo le soltó aquellas palabras:

— Solo te quiero decir, que no tienes futuro con esa chica, ni como novias ni como amigas. Y cuanto antes os separéis, mejor para vosotras.-

Mientras decía aquellas cosas, Mao se controló y decidió salir corriendo, hacia a la calle, antes de soltarle esto a su padre:

— ¡Deja de decir tonterías! —

Corrió, corrió sin parar, durante un buen rato, como si estuviera huyendo de algo. Estaba tan distraído, intentando olvidar aquella conversación, que se perdió en su propio barrio. Tras salir, se dirigió hacia al parque en dónde le estaba esperando Nadezha.

Al llegar a allí, él se detuvo de golpe cuando la vio de lejos. Le estaba esperando, sentada en un banco sobre la sombra de un árbol y no se dio cuenta de la presencia de Mao. Éste, tras observarla detenidamente, se dio cuantos tortazos en la cara para despejar su mente. No quería actuar como lo hizo en aquel día, o ella se daría cuenta de que estaba pasando algo raro.

Entonces, Mao, al ver que solo seguía escondiéndole las cosas, tenía ganas de darse un buen puñetazo, por ser alguien horrible. Le estaba ocultando, desde el primer momento, miles de cosas a su mejor amiga, quién confiaba ciegamente en él; y le seguía engañando, ya que era incapaz de decirle la verdad. Más bien, sentía que no tenía ninguna salida más que la de seguir mintiendo, pero, aún así, le daba asco lo que le estaba haciendo.

Mientras pensaba en todas esas cosas, Nadezha se dio cuenta de que Mao estaba allí, y le saludó. Al escucharla, actuó rápidamente: Le respondió el saludo con normalidad y se acercó a ella.

Al momento, se fueron al centro comercial, y, mientras tanto, estuvieron hablando de todo tipo de cosas, incluyendo esto:

— Bueno, ¿qué vas a comprar, Nadezha? — Le preguntó Mao, a mitad de la conversación.

— Pues debo comprar sujetadores, los que tenía se me han quedado pequeño. — Eso le contestó y Mao en blanco.

— ¿Sujetadores? — Le soltó a continuación, mientras intentaba mantenerse sereno. Y Nadezha, al ver su reacción, le preguntó esto:

— Sí, ¿pasa algo? — Se dio cuenta de que le pasaba algo raro.

— Nada, nada. — Y Mao lo negó rápidamente, antes de darse un pequeño tortazo en la cara sin que Nadezha le viese, para tranquilizarse.

Se puso bastante nervioso, tras escuchar lo del sujetador, porque pensó en cosas indebidas. Se preguntaba sin parar, por qué se ponía de esa manera, cuando antes la vio desnuda varias veces.

A continuación, Nadezha le contó las demás cosas que necesitaba comprar y, tras eso, Mao le soltó:

— Pues bueno, me gustaría comprarme nuevos lazos para atar mi pelo, los que tengo están bastante descoloridos o se han perdido. — Era lo primero que deseaba comprar.

— ¡En verdad, eres una despistada! No deberías perder esas cosas. —

Nadezha le soltó un pequeño sermón, tras escuchar eso. Mao solo se rió, antes de decirle que los accesorios para el pelo eran muy fáciles de perder.

Y tras decir aquellas palabras, entraron en el centro comercial. Era tan grande y tenía tantas tiendas de ropa que Mao y Nadezha estuvieron bastante rato preguntándose en cuál entrar, mientras recorrían sus pasillos, llenos a reventar de personas.

Al final, tras comprar casi todo lo que necesitaba, entraron en otra tienda para coger los sujetadores, que Nadezha los dejó como lo último de la lista.

— ¿Cómo te parece? — Eso le preguntó a Mao, mientras le enseñaba dos sujetadores que había cogido.

— Muy bien lindos los dos. — Le respondió Mao, quién estaba metido bastante en sus pensamientos. Aquella respuesta no le satisfecho, en absoluto, a Nadezha.

— ¿Pero, cuál es el mejor? — Le lanzó otra pregunta.

— Y yo qué sé. Tú eres la única que lo sabes. Son tus gustos, no los míos.  — Mao le respondió eso, porque le parecían los dos casi iguales.

Tras escuchar eso, Nadezha soltó: — No me estás ayudando. En fin, me los probaré. —

Y se introdujo en un probador de la tienda, mientras Mao se acercaba dónde estaba puesta la ropa interior de mujer, observando con especial interés hacia algunas bragas.

Mientras éste se debatía con comprarlos o no, ya que había cogido más cosas de lo que quería, Nadezha, quién sacó su cabeza de entre las cortinas que cubrían el probador, le empezó a llamar, algo avergonzada: — ¡Oye, Mao! —

— ¿Qué quieres? — Le contestó Mao.

— Entra. — Nadezha, con algo de vergüenza, le soltó esto.

— ¿Cómo? — Y Mao se sobresaltó, poniéndose rojo al instante.

— Necesito tu ayuda, así que entra en el probador, ¡por favor! — Le suplicó Nadezha bastante molesta y Mao le tuvo que decir que sí, con pocas ganas de entrar.

Él entró en el probador, dónde estaba Nadezha, intentando no mirar hacia al cuerpo de ella, cuyo torso estaba casi desnudo, con solo uno de los sujetadores que había cogido para probarlos.

— ¿Y bueno, qué? — Eso le respondió Mao, mientras maldecía al que creó el probador, porque estaban rodeados de espejos y él no podría evitar ver a Nadezha.

— No me puedo quitar este sujetador, el cierre se ha quedado atascado o algo así y me duele. — Le decía bastante molesta Nadezha, mientras le intentaba señalar el cierre del sujetador.

Mao miró hacia la espalda de Nadezha, mientras ponía una cara de alivio, porque era una cosa fácil de hacer. Soltó esto, antes de decidir abrir el cierre: — ¡Ah, ya veo! —

— ¡Además de que me queda demasiado ajustado!—Por su parte, Nadezha le decía esto, mientras Mao intentaba abrirle eso y, por alguna razón, no podría hacerlo, no había manera de sacarlo sin romperlo.

— No deberías jugar al tun tun con los sujetadores. — Eso le soltaba Mao, mientras se preguntaba qué había hecho Nadezha con el cierre. Se estaba enfadando con el sujetador, que lo maldecía.

— Pero es que no entiendo cómo funciona eso de las tallas. — Y Nadezha  seguía hablando. Al terminar sus palabras, Mao pudo abrirle el cierre y sus pechos fueron liberados de aquel sujetador.

Y Mao se quedó ahí parado, mientras se preguntaba irse rápido de allí o quedarse con ella. Se decía a sí mismo, una y otra vez, que ya había estado con Nadezha varias veces en el probador antes y él actuaba normal; por eso mismo, no tenía que estar tan rojo y nervioso en aquellos momentos.

Entonces, ella se giró hacia él, con el pecho descubierto. Mao se quedó abobado, observándolas. Vio que se había vueltos más grandes desde la última vez que las observó. Su cara parecía que estaba ardiendo y sentía cosas raras en el cuerpo. Nadezha, por su parte, le pidió las gracias:

— ¡Muchas gracias, qué alivio! — Entonces, vio que Mao tenía una extraña mirada y le preguntó: — ¿Qué te pasa? —

Mao, con el mayor de los nerviosismos, le respondió esto: — Pues nada, de nada. — Y salió corriendo cómo loco.

— ¡Oye, no salgas de esa forma, que me van a ver! — Eso le gritó Nadezha, después de que Mao salió corriendo del probador e hiciese volar las cortinas por unos segundos.

Mao corrió como loco, para luego, sentarse en una silla de la tienda de ropa. Con sus manos, él intentaba tapar algo que le estaba creciendo en la entrepierna. Casi iba a revelar, por culpa de sus instintos, que no era más que un chico que se hacía pasar por niña.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Primera parte (Versión de Mao), centésima historia.

La primera vez que Mao conoció a Nadezha fue cuando entró en el colegio. Iban a estar en la misma clase, pero no se dio cuenta de su existencia, hasta que ella se presentó ante los demás. Era algo que el tutor les mandaba hacer a los alumnos. Aquel pelo blanco le atraía la atención, que no era el único, y se preguntaba porque tenía el cabello de ese color si no era una anciana. Por lo demás, no le producía ningún interés, así que era solo una simple conocida.

En los primeros días, los demás niños le miraban raro por ser un asiático, pero tal vez, gracias a su personalidad, los infantes le aceptaron y poco a poco se volvió popular. Eso me dijeron antiguas compañeras de clases de Mao, ya que éste me negó que hubiera sido tal cosa.

De todos modos, cada uno iba por su cuenta y nunca se dirigían la palabra. Entonces, en un día de Octubre, Nadezha, quién vivía felizmente el día a día, sufrió una tragedia. El coche de sus padres explotó delante de sus ojos con ellos dentro.

Según lo que me contaba, eso le destrozó la vida a Nadezha y se puso muy deprimida. Aunque venía a clases, se la pasaba viendo las musarañas, con una tristeza que le molestaba a Mao. Y no solo eso, no deseaba hablar con nadie y no quería que le hablasen. Se pasaba el patio en silencio, mientras escondía la cabeza entre sus piernas.

Los profesores no supieron qué hacer para animarla y los niños, aunque tuvieran pena de ella, ni lo intentaban. Y Mao cada vez se sentía menos tranquilo con cada día que pasaba. Me explicó que se decía una y otra vez que la dejara en paz, pero no podría soportar que una compañera de clase estuviese así, le ponía malo.

En un recreo, mientras jugaban a la pelota con unas chicas que ni conocía, Mao se quedó mirando a Nadezha, quién se había sentado en un banco, mientras se abrazaba las piernas con la típica depresión que tenía desde hace días. Sentía un sentimiento muy horrible, mientras la observaba. A continuación, le dieron sin querer un balonazo en toda la cara.

— ¿Estás bien, Mao? — Gritaron las niñas de pura preocupación, mientras se le acercaban. Le pedían perdón, pero Mao, a pesar del dolor, no le importó eso. Es más, les señaló a Nadezha y les soltó esto:

— Aquella chica me molesta…— Esas niñas se quedaron algo confundidas, preguntándose qué quería decir con eso.

— ¿Hablas de ella? Está así porque perdió a sus papás. — Eso le dijo una de esas chicas, mientras observaban a la persona que Mao estaba señalando.

— Eso lo sé. — Les respondió Mao.

No soportaba que esa chica estuviese en ese estado y necesitaba animarla de alguna forma. No entendía la razón, pero si no lo hacía su conciencia no estaba tranquila. Las demás chicas se miraron entre ellas, para luego decirle esto: — No te preocupes por ella, ya se pondrá contenta. Tenemos que seguir jugando. —

Mao no les dijo nada, solo se dirigió hacia ella. Las niñas les preguntaba, sorprendidas, esto: — ¿Adónde vas? —

— Voy a hacer algo. Ahora vuelto. — Les contestó Mao y al estar delante de Nadezha, le preguntó esto:

— ¿Vas a estar así todo el día? — Eso le dijo.

— Déjame tranquila. — Y esto le contestó Nadezha, con un tono muy desagradable.

— No puedo, haces que el recreo se vuelva triste y es molesto. — Entonces, Mao le replicó con estas palabras, para dejarle claro que no iba a irse, así por así.

— ¿Y qué quieres que haga? — A Nadezha ya se le notaba molesta.

— Tus papás deben estar triste, al verte. Yo, si fuera tu mamá, no me gustaría que estés así por mí. — Mao lo decía pensando en su difunta madre, que murió cuando éste nació. Su padre le había contado que sus últimas palabras eran que no se pusiera mal por ser ella quién se moría la primera.

— Ellos están muertos. — Eso le soltó Nadezha con una voz rabiosa.

Entonces, Mao decidió sentarse a su lado y soltar una frase que su padre siempre le decía, de buena manera: — Por eso, no pongas tristes a los muertos. Haz el favor de vivir por ellos, te lo agradecerán. —

A continuación, Nadezha se quedó callada por unos segundos, mientras miraba al cielo. Y en un minuto, toda esa tristeza se transformaba en una tranquilizadora y tímida sonrisa. Aliviado al verla así, se sintió muy feliz de contemplar eso. Luego, la chica del cabello blanco se dirigió hacia él y le dijo esto:

— Tienes razón, sería una vergüenza hacer que los muertos estén triste. —

Y así comenzó la amistad entre Nadezha y Mao que, con el paso de los años, se volverían “las mejores amigas”, un dúo inseparable que se volvió casi famoso entre sus compañeros. Siempre estaban juntos en las clases, siempre jugaban e iban de compras por las tardes, siempre se decían cursilerías y cariños la una a la otra. No había una amistad igual en toda la ciudad.

Y con el paso de los años, Mao se estaba enamorando de aquella chica poquito a poco y no se dio cuenta de tal cosa hasta un buen día, mientras cursaba en el último año de primaria.

Era en un día de mayo, uno muy soleado, aunque Mao me dijo que la noche anterior había llovido. Estaba durmiendo tranquilamente entre su futón, cuando una voz ronca le gritó esto: — ¡Oye dormilona, despierta de una vez que ya es de día! —

Era de su padre, quién había entrado en su habitación para despertarlo.

— ¡Solo déjame cinco minutos más! — Mao protestó y su anciano padre dio un pisotón muy fuerte contra el suelo, mientras le soltaba esto:

— ¡Ni hablar, ya son las siete de la mañana y tenemos que hacer el desayuno! —

Por aquel tiempo, su padre le dio por enseñarle el arte de la cocina a Mao, quién no tenía muchas ganas, pero eran sus órdenes y tenía que cumplirlo. Por eso, se levantó del futón, mientras daba grandes bostezos. Adormilado, se fue al cuarto de baño, después de coger el uniforme.

— ¿Ya has terminado de bañarte y lavarte los dientes? — Eso le preguntó su padre, quién estaba viendo la tele, cuando lo vio salir de ahí.

— Sí, viejo. — Le respondió.

— Bien, entonces, dile las buenos días a tu madre. — Y al escuchar aquellas palabras, se dirigió hacia un pequeño altar que tenían en el salón, dedicado a su madre.

Como mencioné antes, su madre murió, tras dar a luz a Mao. El hecho fue bastante irónico, porque ella era dos décadas más joven que su padre, quién quedó afectado profundamente, ya que la amaba muchísimo. Su historia de amor, según mi Ojou-sama mencionó brevemente, parecía de película.

Al sentarse de rodillas delante del altar, mientras cerraba los ojos y rezaba por ella, no dejaba de pensar en una cosa: En su último deseo. Al abrirlo, decidió preguntarle a su padre una cosa que le llevaba tiempo rondado por la cabeza:

— Por cierto, ¿ella quería una niña, no? — Eso le preguntó.

Ese era su último deseo, según su padre. Ella, y también él, deseaban tener una chica.

— Sí, eso era lo que más deseaba. Ya estaba harta de parir chicos. Y se cumplió, porque ella te tuvo a ti. —

Pero había una mentira en esa frase, porque Mao, a pesar de vestir lindos kimonos y vestidos, de ser “legalmente” hembra ante los ojos de las instituciones, de ser tratado como tal y ser conocido por los demás de esa forma; no era una chica.

— Pero yo soy un hombre. — Eso le dijo Mao con voz tenue, mientras miraba al suelo algo molesto.

No entendía, por qué tenía que pasar por chica. Él se sentía un hombre y ya se estaba cansando de actuar como una niña.

— Para mis ojos, no. Tú eres una chica y punto. — Y su anciano padre le escuchó y le soltó aquello con voz de enfado.

Mao, resignado y molesto, se calló, porque no quería enfadar a su padre y éste, quién estaba en el suelo, se levantó y le dijo que fuera a la cocina, a practicar con el desayuno.

Tras salir de su casa, se dirigió hacia al lugar en dónde se reunía con Nadezha cada día antes de ir al colegio, un pequeño parque. Y allí se la encontró, esperándolo mientras estaba en un columpio. Entonces, al ver que ella no se dio cuenta de su presencia, quería sorprenderla.

Y solo se le ocurrió esto: Salir corriendo hacia ella para dar unas volteretas delante de sus ojos mientras le decía los buenos días.

Y lo intentó. Primero, se preparó para salir mientras ponía una posición de salida. Luego, salió disparado mientras le gritaba a Nadezha, quién se sorprendió tanto que se cayó del columpio. Y cuando Mao saltó para hacer la voltereta, solo se cayó de bruces contra el suelo. Eso le fue muy doloroso.

Y, entonces, mientras Mao se tapaba la cara del dolor, Nadezha, quién se pudo levantar, se acercó hacia él y le daba la mano para ayudarle:

— Otra vez haciéndote la payasa. No tienes remedio. — Le decía con una sonrisa en la cara. Mao cogió la mano y se levantó.

— Pensaba que me iba a salir. — Eso le dijo, riendo avergonzado. Tras ver el resultado, se dijo a sí mismo que era un idiota.

Rápidamente recuperó la compostura y repitió otra vez estas palabras:

— Por cierto, ¡buenos días! — Mientras intentaba imitar a la presentación de una chica mágica de una serie que vio hace tiempo. Eso le hizo gracia a Nadezha.

Por aquel entonces, según Mao, era una persona mucho más activo que ahora. Casi siempre tenía energías y no podría dejar de mover, y le gustaba siempre tonterías, para hacer reír a Nadezha o para molestarla un poco. Me sorprendió mucho eso, porque yo nunca me imaginaría a él haciendo esas cosas.

— Eso ya lo has dicho. — Le replicó su amiga.

— Oh, es cierto. — A continuación se giró, observando hacia el resto del camino que les llevaba al colegio. — Bueno, ¿vamos hacia allá? —

Tras decir eso, Nadezha, dijo esto antes de dar un suspiro: — No hay más remedio. —

Se le notaba que no tenía ganas de ir al colegio, o eso me dijo Mao. Él también me contó que él tampoco, eso era todos los días.

Y mientras caminaban juntos hacia la escuela, charlaban tranquilamente como hacían siempre. Mao le decía alguna que otra broma que Nadezha, la cual a veces se reía, y otras se lo creía. Y ella le mencionaba los sueños que había tenido, o le hablaba sobre ir algún sitio por la tarde.

Aquella escena cotidiana a veces, cuando el silencio aparecía, hacia que Mao empezará a darse cuenta de que con Nadezha le pasaba algo raro que no le ocurría con nadie más. De eso se dio cuenta hace algún tiempo.

Se preguntaba qué le pasaba con él últimamente. No dejaba de pensar en Nadezha, de necesitar hablar o estar con ella cuando no podrían estar juntas, incluso sentía un poco de miedo al pensar si estuviese interesado en algún chico. No entendía aquellos sentimientos que estaba teniendo.

Y cuando vio que solo se estaba amargando de forma inútil, él intentó quitarse esos pensamientos de su cabeza y le dio de repente un gran abrazo a Nadezha:

— ¡Te quiero mucho, muchísimo! — Eso le gritaba a Nadezha.

— Yo también, mujer. — Le decía a Mao. — ¡¿Pero no es demasiado temprano para darme un abrazo!? —

— Nunca es temprano para darte abrazos. — Le gritó Mao, antes de darse cuenta de que todo el mundo les estaba mirando.

— ¡Maldita sea, qué vergüenza! — Se puso muy rojo, mientras soltaba a veloz a Nadezha y se tapaba la cara.

— No tienes remedio, de verdad. — Le soltó Nadezha, después de reír un poco mientras veía a Mao corriendo hacia al colegio, muerto de vergüenza. Ella decidió hacer lo mismo, correr hasta llegar a su clase.

Y al entrar los dos en su clase, se encontraron con una sorpresa bastante desagradable. Una chica estaba ahí estaba ahí, dándole patadas a todas las mesas y sillas que veía. Era obvio que estaba enfadada, porque no dejaba de gritar insultos sin parar.

Ninguno quería estar allí, es más, deseaban alejarse de ahí lo más rápido posible sin que aquella persona se diese cuenta de que estaban ahí.

— ¡¿Pero ya se van!? ¡Ni siquiera ha empezado la clase! — Pero ya era demasiado tarde. Porque ella supo que habían llegado y se dirigió hacia a Mao y Nadezha, mientras se estaba preparando para golpearlos.

— ¿Y tú has venido muy temprano, eh? — Le soltó Mao con mucho desprecio.

— Yo pensaba que ya te habían expulsado para siempre. — Y añadió Nadezha, con mucho desagrado hacia aquella chica.

Ella se puso a reír frenéticamente, para luego gritarles esto: —  Estos putos tienen mucho aguante, la verdad. Yo estoy cansada de apalear tontos y que no hagan nada. — Lo dijo con mucha ira, antes de patear a otra silla.

Aquella chica, según Mao, era la persona más odiosa y desagradable que había conocido en toda su vida. Se llamaba Marie Luise Lafayette. Yo nunca la conocí, ya que llevaba tiempo desaparecida en las montañas cuando conocí a mi Ojou-sama. Aún así, ha sido mencionada muchas veces, y ninguna vez era para hablar bien de ella. Y me dicen que he tenido mucha suerte por no haberla conocido.

Y se había vuelto frecuente que Lafayette siempre intentaba hacerles daño a Mao y a Nadezha, quienes se volvieron sus peores enemigos en aquellos tiempos. Por esa razón, se acercaba hacia ellos para darles una paliza y lo sabían muy bien.

— Si tanto quieres irte, ¿por qué no te vas? — Eso le soltaba Mao, mientras se ponía en posición de combate.

— ¡Eso, eso! — Y añadió esto Nadezha, gritando, mientras hacía lo mismo.

Ya estaban preparados para golpear a Lafayette, a quién miraban con mucha rabia y rencor.

— Hay un pesado que me impide hacerlo. Y, ahora mismo estoy enfadada por su culpa. ¡Y vosotras vais a pagar el pato, subnormales de mierda! —

Gritó Lafayatte, antes de lanzarse hacia ellas, mientras levantaba la mano para darles un puñetazo.

Y así inició una pelea que acabó con la derrota de aquella chica de color negro, quién no parecía aprender que siempre estaba en desventaja al luchar contra dos personas a la vez.

Aunque, más bien, había que estaba siendo derrotada en vez de haber perdido el combate, ya que el profesor y unos cuantos alumnos tuvieron que detenerlas, al ver lo que estaban haciendo en la clase.

Tras eso, acabaron esperando delante de la puerta del despacho del director, ellos dos solos, porque Lafayette se había quitado del medio. Estaban muy aliviados por ese hecho, ya que no soportaban la presencia de aquella chica, aunque les molestaba acabar ahí de nuevo por su culpa.

— ¿Por qué siempre acabamos así? — Eso soltaba Mao bastante molesto, mientras no dejaba de patalear el suelo sin parar. Quería levantarse de la silla y irse de allí, pero si hacía eso solo empeoraría las cosas. Lo peor es que no podría estar tranquilo ni estando sentado.

— Si no fuera por esa niñita abusona no estaríamos aquí, ¿cuándo la van a echar? ¡El colegio no tiene paz desde que está! — Y estas palabras fueron la respuesta que dio Nadezha, quién estaba más relajada, aunque bastante molesta y cabreada con Lafayette, a quién no paraba de maldecir.

Mao, al ver la cara de Nadezha, le soltó esto con la intención de que se olvidara de Lafayette por unos momentos. Le molestaba que ella estuviera con ese cabreo, por culpa de aquella estúpida, y quería ponerla contenta.

— Olvidémonos de ella, por ahora. — Nadezha le dio la razón y le dijo que eso era lo mejor. A continuación, se quedaron en silencio por unos cuantos segundos, hasta que Mao se cansó.

— Por cierto, ¿esta tarde podemos ir al centro comercial? Necesito comprar nueva ropa. — Le preguntó a Nadezha.

— ¿Esta tarde? — Eso le soltó ella algo sorprendida, como si se hubiera acordado de algo importante.

— Pues sí. — Aunque Mao ignoró eso y luego, Nadezha se quedó callada por unos segundos, para luego soltarle esto:

— De hecho, necesito decirte algo…— Al oír esas palabras, a Mao le entró algo de miedo.

— ¿El qué? — Le preguntó, ante de tragar saliva.

— Hoy estaré con mi tía, así que no podré salir contigo. — Eso le soltó Nadezha con miedo de que le sentara eso mal, ya que era la primera vez que no iban a estar juntos en una tarde.

Aunque, por una parte, fue un alivio para Mao, ya que no parecía nada malo o grave; por otra, se puso un poco triste, porque esta tarde no iban a estar juntos.

— ¿En serio? — Y eso soltó con una cara molesta.

— ¡No pongas esa cara, solo será un día, nada más! — Nadezha lo notó y Mao, para no hacer que se sintiera culpable, intentó disimularlo.

— ¿¡Pero qué dices!? ¡No me pasa nada malo ni nada parecido! — Se lo soltaba muy nervioso, mientras movía las manos de un lado para otro, y la cabeza también, para negarlo.

— Se te nota en la cara. — Aunque Nadezha no se lo tragó.

— ¡De todos modos, como dices, solo es un día, nada más! — Concluyó Mao, intentando convencerla de que a él no le pasaba nada con estar una sola tarde sin ella.

Al final, después de terminar las clases y volver a casa, estaba bastante desanimado, pensando en lo aburrido y solo que iba a estar sin Nadezha, mientras daba vueltas por su habitación.

— ¡¿Cuánto tiempo falta para mañana!? — Soltaba cada cinco minutos, mientras miraba el reloj fijamente, esperando que las horas pasaran volando mágicamente; pero solo conseguía frustrarse.

Harto de esperar las horas, decidió pensar en otras cosas. Por ejemplo, en pasar el rato con otras chicas, ya que era popular en el colegio, más de una podría aceptar su sugerencia. Pero no quería hacer eso, porque lo que deseaba era estar con Nadezha. Se sentía un traidor si iría con otras niñas que no fuera ella.

También pensó en pensar en un buen rato con su padre, pero desechó rápidamente la idea. O en dormir, pero no tenía sueño. O ver la televisión, pero no tenía ganas. Lo único que quería era estar con Nadezha, no podría dejar de pensar en ella.

— ¿Pero, qué me pasa? ¡Nadezha esto, Nadezha lo otro! — Gritaba Mao, al final, mientras se ponía las manos en la cabeza. — ¡Es solo una amiga, solo eso…! —

Entonces, se quedó callado por varios segundos. Al pronunciar aquellas palabras, se dio cuenta de que Nadezha se había vuelto algo más que una amiga. Estuvo un buen rato intentando negar que eso fuera verdad, pero al final tuvo que asimilarlo.

— ¡Me he enamorado de Nadezha! — Eso soltó con los ojos bien abiertos.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Prólogo de Malan (Versión de Mao), centésima historia.

Nadezha Vissariónovich Dzhugashvili, una chica caucásica de orígenes rusos, tan blanca como la nieve, algo que nos lo muestra su pálida piel así como su pelo albino, recogido por una diadema que muestra su enorme frente y que le llega a la altura de los hombros. A punto de cumplir los dieciséis años, es alguien con unas ideas políticas e ideológicas muy particulares, las cuales no mencionaremos aquí; y bastante ruda, pero de buen corazón. Alguien que no se queda sentada cuando otra persona cometa, a su juicio, una injusticia.

Mao Shaoqui, un chico asiático que se hace pasar por una chica, que siempre llevan ropajes de origen japonés, aunque es descendiente de chinos. De cabello rubio natural, bastante largo para hacerse una coleta, se pasa viviendo el día a día con tranquilidad, mientras ve la televisión. Aunque no la puede disfrutar mucho, porque siempre tiene que ayudar a sus amigas, a las que trata como si fueran sus hermanas, aún cuando no tenga ganas de involucrarse en el asunto.

Estas dos personas han tenido una relación muy extraña. Se odian, cuando se encuentran cara a cara solo se dedican a pelearse, pero aún así algunas veces se hacen favores y se han ayudado entre ellos. Se podría decir que tienen una relación de amor-odio. En fin, detrás de su presunta rivalidad se esconde algo más. Hace largo tiempo, fueron grandes amigos de la infancia, se consideraron los mejores. Esta historia es sobre los acontecimientos que hicieron romper aquella gran amistad, contado por mí, Martha Malan, que tengo el placer de ser la narradora.

Ahora bien, antes de contarla, hay una introducción, de cómo Nadezha decidió abrir las heridas del pasado que Mao, mi Ojou-sama, había ocultado con mucho ahínco, en busca de la verdad. Sin esta situación, no podría haber sabido lo que les ocurrió cuando eran niños.

Fue en el último día del año, cuando mi Ojou-sama recibió una llamada suya mientras quedaba una hora para anochecer.

— ¿Quién es? — Eso preguntó Mao al coger el teléfono, después de haber sido llamado por Clementina.

— Quiero hablar contigo sobre algo muy importante…— Supo, al oír aquellas palabras, que era Nadezha.

— Pero saluda antes de soltarme eso, por favor. — Eso le replicó bastante molesto, preguntándose qué quería ella.

— Lo siento mucho. — Esas palabras no lo esperó Mao.

— Eso no es normal en ti. — Soltó esto, algo sorprendido.

— De todos modos, necesito hablar contigo sobre un asunto muy importante. —

Mao no sabía de qué asunto quería tratar ella, pero le estaba dando escalofríos, porque parecía más seria de lo normal.

— ¿Y si me niego? Tampoco tengo muchas ganas de salir con este frío. —Pero no dudó en oponerse contra sus palabras.

— Iré a por ti, no importa en dónde te encuentres. — Le respondió Nadezha, con una amenaza que le dejó boquiabierto.

— ¿Qué quieres? Me estás asustando. — Se estaba preguntando qué le estaba pasando.

— Tienes asuntos pendientes conmigo, necesito saber la verdad. — Le gritó Nadezha y Mao ya supo de que estaban hablando. Era algo relacionado con su pasado y que no quería volver a recordar.

— No quiero hablar sobre eso…— Le dijo, poniendo una mueca de molestia. No quería hablar sobre el pasado, solo deseaba olvidarlo.

— Me importa una mierda tu opinión. Solo necesito que me digas toda la verdad, de una vez por todas. — Mao no evitó expulsar un quejido, con ganas de colgar el teléfono. Pero se dio cuenta de que le sería imposible escapar de ella. Después de todo, la conocía y sabía que si la ignoraba, iría a su casa a arruinar la Nochevieja.

— Eres bastante testadura. ¡Iré, pero solo para callarte! — Mao le gritó esto, a continuación. Nadezha le dijo el lugar en dónde tenían que reunirse y éste cortó la llamada de una forma muy brusca. Estaba enfadado.

Esto me lo contó con todo lujo de detalles después, no pude observar la conversación, ya que estaba en el cuarto de baño, a diferencia de las demás chicas, que le espiaron desde el salón para saber qué era aquella llamada que le estaba enfureciendo. Aún así, pude escuchar sus gritos y darme cuenta de que algo no iba bien. Al salir yo del aseo, vi que le estaban preguntando quién le llamó, pero Mao les respondía con esto:

— Ha sido un niño molesto que intentaba burlase de mí. — Intentaba mantener un tono tranquilo, pero se le notaba enfadado.

A continuación, se dirigió hacía a mí: — ¿Quieres que te acompañé a tu casa? Ya has perdido mucho tiempo y ahora es casi de noche. — Yo le respondí que sí, extrañada. No era normal que Mao se ofreciera a llevar a alguien a su casa en un día helador.

Tras salir, me di cuenta de que Mao estaba raro, desde que le llamaron, iba con una cara que mezclaba preocupación, enfado e incluso miedo. Esa era mi impresión al ver su rostro mientras caminábamos, eso confirmaba que había algo raro.

— ¿Por cierto, esa llamada de quién era? — Le pregunté esto a Mao.

— ¿Lo dije, no? — Miró para otro lado, esquivando mis ojos, como si se diera cuenta de que rostro era fácil de adivinar.

— Si fuera algún niño que se dedique a gastar bromas con el teléfono, tú cortarías la llamada de inmediato, o eso creo. Pero hay algo raro. —

Yo le miré fijamente con mucha seriedad y él movía los ojos de un lado para otro, como buscando alguna vía de escape. Al ver que no podría librarse, se atrevió a mirarme y nos quedamos así por unos cuantos segundos. Entonces, él dio un suspiro y soltó esto:

— No puedo mentir con esa cara que pones. — Eso me decía, mientras ponía una pequeña sonrisa. Me quedé callada y algo roja, preguntándome qué cara había puesto.

— En realidad, esa fue Nadezha. — A continuación, empezó a explicarlo. — Ella quiere hablar de algo muy importante conmigo. —

— ¿Ha pasado algo? — Eso le pregunté muy preocupada, parecía que el asunto era de extrema gravedad para que Nadezha se atreviera a llamarle.

— La verdad es que ella quiere hablar sobre cosas del pasado, algo que ocurrió entre nosotras hace años. Eso creo. — Me respondió, mientras miraba al cielo con nostalgia y tristeza.

Se quedó callado, incapaz de decir algo más. Yo me quedé muy pensativa, porque, si se trataba de hablar de cosas del pasado, creo que lo estaban exagerando. Entonces, recordé que Josefina me dijo hace tiempo una cosa, sobre de que ellas eran buenas amigas y que, por alguna razón, eso se volvió odio. Entonces, replanteé mi impresión y pensé que ese tema que quería tratar Nadezha era muy doloroso y podría decirse que es una especie de tabú. Debió de ser algo lo bastante grave para que Mao se sintiera tan incómodo y molesto. Y yo no pude ocultar mi curiosidad, quería saberlo.

— ¿Antes erais amigas, no? — Entonces, le pregunté esto.

— ¿Cómo sabes eso? — Se sorprendió un poco. — Bueno, no importa. — Luego, añadió con desgaña.

Yo le iba a explicar que Josefina me lo dijo, pero él siguió hablando: — Sí, nosotras éramos las mejores amigas, o eso nos creíamos. Al final, se tuvo que destruir de la peor manera. Es algo demasiado doloroso y que debería haber sido olvidado. — Y con esto dicho, se calló con una mueca de molestia. Tal vez intentando olvidar todo lo que había sufrido.

Yo deseaba saber lo qué les pasó, pero entendía que Mao no me lo diría, tal vez porque era demasiado privado y persona para que me lo contara. Por esa razón, no dije nada y seguimos caminando hacia mi casa.

— ¿Y qué harás? — Y tras al llegar al barrio en dónde estaba viviendo, le pregunté. Se detuvo y tras estar en silencio, me respondió.

— Pues tengo que ir a un parque, me está esperando allí. Cuando llegamos a tu casa, iré para allá. — En su cara se veía que no lo deseaba por nada del mundo, que la última cosa que haría sería ir ahí.

Yo dejé de andar. Parecía que miraba adelante, pero estaba absorta en mis pensamientos. Mao, con los hombros caídos, tardó en darse cuenta y, al mirar hacia atrás, iba a preguntarme por qué me había parado. Entonces, me adelanté: — ¿Puedo acompañarte? —

 

Mao se quedó callado, tal vez algo molesto al ver que yo me quería unir, pero incapaz de rechazar mi propuesta así como así. Yo sabía que, fuera lo que fuera aquel acontecimiento, él estaba muy avergonzado y arrepentido por lo ocurrido. No deseaba recordarlo ni menos que los demás lo supieran. Yo debía respetar esos deseos y ni atreverme a formular tal pregunta, pero no podría estar tranquila, me era imposible al ver el estado de ánimo que mostraba, sentía como si se iba a desmoronar de un momento para otro.

— Es algo privado entre nosotros, no creo que ella quiera que venga alguien más… En verdad, tampoco me gustaría llevarte…—

Al pasar unos cuantos segundos, soltó esta respuesta con toda su sinceridad, aunque entrecortado y con un tono que mostraba todo su desánimo. Su cara mostraba un evidente malestar y un dolor profundo. Aquello solo provocó que sintiera que no podría dejarle solo. Continué:

— P-pero siento que debería acompañarte. Tal vez, necesitas alguien para consolarte y para dar ánimos, o algo así. —

No se me ocurrió ningún otro argumento, en mi cabeza no encontraba ninguna buena argumentación para poderle convencer. Fue de golpe, era como si mi cerebro se quedará en blanco. Me avergoncé al momento, sorprendida de que hubiera soltado algo tan pobre. Es algo que raramente me pasa. Supongo que se debía porque mi lógica me decía que eran un asunto suyo y que no debería interferir, porque él no lo deseaba y debí respetarlo. Mis sentimientos, por el contrario, dictaban otra cosa, y ellos estaban hablando por mí.

Él volvió a callarse. Yo también, mientras esperaba impacientemente su respuesta. Pensaba que me diría que no, eso era lo lógico. Por otra parte, no quería recibir aquella respuesta negativa. Yo quería estar a su lado para poder serle de ayuda cuando se enfrentaría a aquello, porque se veía que él no podría solo.

—  Haz lo que quieras. De todos modos, no quiero esconderlo, solo olvidarlo. —

Al final, más o menos, me dijo que sí. Me sentí bastante feliz, por un lado bastante sorprendida por la respuesta, porque la lógica me dictaba que se iba a rehusar.

— ¿De verdad? — Aún así, solté esto sin pensarlo, como si no estaba ya confirmado. Mao se dio la vuelta y empezó a caminar hacia una dirección contraria a la de mi casa. Entonces, añadió:

—  Si quieres hacerlo, pues bien, pero no te vayas a arrepentir. —

Con paso ligero, le alcancé y le empecé a seguir, directos hacia al parque en dónde se encontraba Nadezha.

Sorprendentemente el lugar elegido era un parque que estaba cerca de mi colegio. Y ahí estaba Nadezha, de brazos cruzados, en el centro de aquel lugar, bajo la luz de una farola. Ya era de noche.

—  Al parecer, has traído a Malan. —  Eso nos dijo al vernos, mirándonos con pura determinación.

— ¿Y qué, pasa algo? — Le replicó Mao. Nadezha solo se quedó callada unos segundos, antes de soltar esto:

— No te recriminaré, mi Vladimir me está acompañando. —  A su lado, estaba su novio. Al parecer, él y yo íbamos a ser los invitados.

—  Entiendo. —  Añadió con sequedad Mao.

— ¿Sabes por qué estoy aquí, no? —  Los dos empezaron a mirarse el uno al otro, con una hostilidad que parecía cortar el aire.

—  Desgraciadamente, sí. —

—  Quiero saber lo que te pasó para decidir traicionarme y romper nuestra amistad. — Nadezha apretaba los puños, mientras  lo decía. — No, ¡debo saber las razones! —

— ¿Y por qué lo quieres saber? ¡Eso es más que agua pasada! — Esto le gritó Mao, poniendo una cara de pura malestar. Se notaba que quería cortar la conversación.

—  Llevó preguntándomelo desde aquel día las verdaderas razones para que tú hubieses hecho todo eso, ¡no podré estar tranquila hasta que me digas toda la verdad! — Nadezha le gritó mucho más fuerte. Su mirada daba mucho miedo, parecía que deseaba ir contra Mao de un momento para otro.

— ¿Y qué vas a conseguir con eso? Es un esfuerzo inútil y estúpido. No tienes sentido. —  Le replicó Mao, mientras se cruzaba los brazos y miraba para al otro lado lleno de incomodidad.

— ¿Y entonces por qué los escondes de mí? ¿¡Qué razón hay!? — Nadezha gritó como una leona.

—  No hay ninguna, nada de nada. ¡Y si lo tuviera, no te lo diría! — Pero Mao no se dejaba intimidar. Entonces, por unos segundos, hubo un silencio, helador, era la calma antes de la tempestad.

Nosotros, yo y Vladimir, al presentir el feo ambiente que había entre ellos dos nos alejamos rápidamente, porque sabíamos que iban a dar una pelea. No sé de él, pero yo sentía que era imposible detenerlos, era inevitable, como si fuera una fuerza de la naturaleza. Se miraban con un odio inmenso, dando la impresión de que deseaban exterminar a la otra persona.

— ¡Ya veo!… — Entonces, Nadezha gritaba esto. — ¡Entonces, lo haré a la fuerza! — Mientras ponía una posición de combate.

— ¡Mira qué eres testadura! — Mao hizo lo mismo. — ¡Te voy a mandar al hospital! —

Y con esto dicho, la batalla comenzó. Mao se lanzó hacia Nadezha, y ésta también. Los dos alzaron los brazos para darse un puñetazo mutuo en todo el rostro. Cuando iban a darse el golpe, la osa rusa esquivó el puño que iba a dirigir contra la cara de su adversario y le dio en toda la cara a mi Ojou-sama. Yo grité su nombre, pero incapaz de acercarme a esas fieras.

— ¡Mierda, mierda! —  Gritaba Mao, mientras se levanta, tras dar unas vueltas por el suelo después de ser golpeado.

Nadezha esperó a que se levantara para ir hacia él y cuando le iba a golpear, Mao lo esquivó y la hizo caer, mediante una patada hacia sus rodillas.

La osa rusa no perdió ni un segundo, y mientras caía, usó las piernas para darle en el pecho de mi Ojou-sama, pero éste la esquivó y se alejó de ella. Nadezha se levantó rápidamente y cargó contra Mao.

Vladimir estaba boquiabierto, deseoso de detenerlos. Estaba lleno de preocupación por su novia, pero era incapaz de entrometerse, al igual que yo.

— ¡Te haré confesar, aunque sea a golpes! — Eso le decía encolerizada Nadezha, mientras corría hacia Mao.

— ¡Ni lo sueñes! — Le replicó Mao, también encolerizado, mientras esperaba al golpe de Nadezha.

Las miradas que se mostraban el uno al otro eran propias de psicópatas deseosos de sangre. No paraban de gritar. Estaban fueras de sí mismos y aquella violencia que demostraban nos hacían pensar que esto iba a acabar peor de lo que nos podríamos imaginar.

— ¿Qué podemos hacer, qué podemos hacer? — Eso decía yo en voz baja, mientras observaba la pelea.

Mao pudo detener con sus brazos el puñetazo de la osa rusa y ésta se echó para atrás, para evitar recibir una patada de mi Ojou-Sama. Nadezha, a continuación, intentó hacer lo mismo.

Mao lo detuvo, bloqueándolo con una de sus piernas y se echó para atrás, pero no le dio tiempo para esquivar un puñetazo que iba hacia su cara. Tuvo que protegerse con sus brazos del golpe y le dio una patada a la osa rusa que la hizo tirar al suelo. El ruido que provocó fue muy fuerte, por un momento creí que se le rompió algún hueso.

Mao, en vez de ir a por ella, se quedó mirándola, con ganas de llorar.

— ¿Por qué, por qué, haces esto? — Le gritaba esto, con todas sus fuerzas.

— Yo solo…yo solo…—  Y Nadezha intentaba decir esto, mientras se levantaba.

— ¡Deja de remover la mierda de una vez! — Mao le dio un puñetazo que hizo volar a Nadezha. — ¡Idiota, idiota, eres un gran idiota! —

Pero se Nadezha pudo levantarse y fue a por él, mientras le gritaba: — ¡El idiota eres tú! — Y con esto, iba a lanzar un puñetazo hacia su estómago. — Solo quiero saber lo que ocurrió. —

— Olvida eso de una vez. — Le gritó Mao, mientras se protegía el cuerpo del golpe que iba a recibir. Entonces, Nadezha le dio una patada en unas piernas y lo hizo caer al suelo.

— Solo quiero confirma lo que alguien me dijo. Quiero saberlo de tus palabras. —  Intentó darle una patada, pero Mao lo esquivó, rodando por el suelo, alejándose de Nadezha. Luego de levantarse, las dos se quedaron mirándose. Sus caras mostraban rabia y dolor, no solo por los golpes que se habían lanzado, sino también por las viejas heridas del pasado que se estaban abriendo.

— ¿Por qué decidiste alejarte de mí, por qué destruiste aquella amistad, rompiendo nuestros lazos, por qué…? — Entonces, Nadezha empezó a hablar, gritándole desesperadamente. Deseaba llorar, pero intentaba aguantarse.

— No digas nada, absolutamente nada. Déjalo de una vez. — Mao la intentaba interrumpir, lanzándose hacia ella y tirándola al suelo de un puñetazo.

Pero Nadezha siguió hablando, sin levantarse de aquel suelo nevado: — ¿Es por qué estabas enamorado de mí? —

Eso me dejó muy sorprendida, más bien, conmocionada. Casi iba a soltar un grito por aquella revelación y mi mente intentó interpretarlo de otra forma, como si era incapaz de creer eso, o lo intentaba negar. No sé cómo se lo tomó Vladimir, pero Mao no lo negó, solo tapó sus orejas.

— ¡Cállate! —  Y le gritaba con mucha virulencia. No quería escucharlo.

—  Sabías que yo te veía solo como una amiga, y creías que te odiaría si descubriese de que eres un chico, de que estuviste engañando todo ese tiempo. — Pero Nadezha siguió hablando.

— ¡Cállate! — Mao le gritaba desesperadamente esto mientras le cogía del cuello a Nadezha tan veloz como un rayo. Entonces, la osa rusa le lanzó un puñetazo que lo hizo volar.

— No solo eso, me ocultaste que tu familiar era un terrorista, el mismo que ideó y acabó con mis padres. — Pero no se detenía.

— ¡Qué te calles, por favor! — Y Mao se ponía cada vez más histérico, lanzando gritos cada vez más fuertes, mientras se levantaba. Intentaba ocultar su rostro con las manos, más bien, sus ojos. Era doloroso verlo así, era la primera vez que lo veía de una forma tan lamentable.

—  Pensaste que lo mejor era cortar de raíz. De que nuestra amistad estaba acabada de antemano, ¿es eso verdad? — Y Nadezha terminó sus palabras, después de levantarse poco a poco del suelo.

Mao no le contestó, él seguía con la cara tapada. Estaba gimoteando y sollozando. Era bien obvio que no se ocultaba el rostro por dolor, sino para que no le viéramos llorar, a pesar de que era inevitable ocultar las lágrimas que caían de su rostro.

Nadezha se le quedó mirando. Había desaparecido de su rostro aquella rabia y se había transformado en consternación. Ver a Mao llorar fue lo único que consiguió detenerla. Entonces dijo estas palabras sin pensar, incapaz de salir de ese asombro: — ¿Estás llorando? —

— ¿Y a ti que te parece? ¿Es esto lo que querías? Pues lo has conseguido, bravo por ti. Gracias por haber removido el cajón de mierda. — Le gritaba Mao con rabia, mientras dejaba de ocultar aquella cara llorona, parecida a la de un niño al que le partieron el corazón.

Aquel rostro también me afectó a mí. Nunca le había visto así y no me gustó nada, sentí en mi pecho una enorme aflicción. Debe ser lo mismo para Nadezha que se quedó callada y quieta, con un gesto de consternación y culpabilidad. Se notaba en el rostro que no quería haber llegado a estos extremos.

Entonces, Mao salió corriendo, mientras la insultaba. Yo le perseguí, antes de darme cuenta de que Nadezha decidió mirar al suelo, con los ojos llorosos.

Corrió sin parar, hasta llegar al parque que estaba cerca de su casa.  Se sentó en un banco, antes de quitarle la nieve que tenía encima. Cuando llegué, lo vi mirando al suelo cabizbajo.

— Perdón por dar este espectáculo tan lamentable. — Eso me dijo, cuando se dio cuenta de mi presencia, sin mirarme siquiera. No se atrevía.

— No pasa nada. Ahora sé lo doloroso que puede ser para ti este asunto. — Eso le dije, mientras me sentaba junto a él.

No sabía si indagar más, callarme o animarle de alguna manera. La verdad es que no tenía ni idea de cómo poder aliviarle aquel dolor, por mucho que lo pensaba, por mucha psicología que había leído, no podría.

En verdad, quería preguntarle muchas cosas, deseaba conocer esa parte de su pasado, pero yo no quería echarle más sal a la herida. Profundizar en el asunto en aquellos momentos sería algo contraproducente. Pero Mao, para mi sorpresa, me soltó esto, respondiendo a algunas de las preguntas que tenía formulando en mi mente:

— Cometí estupideces y más estupideces. Metí la pata hasta al fondo. Eso es todo y no quiero recordarlo. —

Hubo un silencio que duró unos segundos, hasta que yo le solté la siguiente cuestión:

— ¿Es verdad todo lo que dijo? — Estaba recordando todo lo que le dijo a Nadezha. Aún no podría asimilar lo que dijo. Me costaba creer que Mao estuviera enamorado de ella. Mi cerebro sufría un cortocircuito con solo pensarlo.

Entonces, me tapé la boca, recordando que Mao no deseaba recordarlo. Sentí la pata y tuve que añadir esto: — No era mi intención hacerte recordar esa mala época. —

— Pero deseas saber lo que pasó, ¿no? — Entonces, Mao me soltó esto.

— No puedo mentir sobre esto, la verdad. — Le dije. Mao volvió a estar callado. Se quedó mirando al suelo muy pensativo, antes de seguir hablando:

— Tal vez, me pueda servir de algo contarte la verdad. Tal vez, así me consuelo o algo parecido. — Dio un suspiro, mientras se limpiaba las lágrimas, antes de añadir esto: — Pero, antes te tengo que decir algo que puede trastornarte…— Sabía lo que iba a decirme.

— Si eso es lo que quieres, adelante, pero, antes…— Entonces, yo, hice algo que le sorprendió, se quedó boquiabierto. Le di un abrazo. Creo que era lo que necesitaba en ese momento. Además, quería darle mi apoyo de alguna manera y notar la calidez de su cuerpo. Fue incapaz de reaccionar y pude estar aferrada a él durante largo tiempo. Entonces, tras un pequeño intervalo de tiempo, decidí romper el silencio con estas palabras:

— Si te refieres a que eres hombre, lo sé. Así que no te preocupes…—

A Mao casi le faltaba dar un grito de sorpresa, en su rostro había un gesto de conmoción, con ganas de preguntarme cómo yo lo sabía.

Pero, al final, soltó una carcajada y concluyó: — A ti no se te puede engañar, ¿eh? —

Y después de aquel comentario, me contó aquella historia que, a continuación, empezaré a narrar.

FIN DEL PRÓLOGO

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