Centésima novena historia

La falsa cita: Última parte, centésima novena historia.

Según el plan apresurado que se sacó Josefina, lo primero que tenía que hacer era ir a al centro comercial, dónde irían primero a mirar ropa, solo mirarla porque no había dinero suficiente para eso; y luego cenar en algún restaurante, jugar en las recreativas, ir al cine y finalmente dar un paseo por el parque. A Jovaka, todo eso le parecía demasiado agotador, pero había que aguantarse.

Y ahora estaba sentada en un banco, en medio de una tienda de ropa, con una cara que expresaba puro aburrimiento, mientras observaba como la mexicana se estaba vistiendo en el mostrador. Ella estaba viviendo en vivo el típico estereotipo del novio aburrido que tenía que soportar un día de compras.

— ¿Aún no has terminado de ponerte la ropa? — Le preguntó a Josefina, después de estar un buen rato escuchando a Josefina quejándose y lanzando gruñidos.

Este era el quinto conjunto que se estaba probando la mexicana, después de ir a tres tiendas, perdiendo casi dos horas; y pues no le quedaba bien, por lo menos la parte de abajo:

— ¡Es que aún no me entra el maldito pantalón! ¡Vamos, entra! — Gritaba desesperadamente. A pesar de eso, intentaba ponérselo a toda costa.

— ¡Oye, déjalo a ver si lo rompes! — Le replicó Jovaka, antes de dar un fuerte suspiro.

— ¡Pero debería entrar, es de mi talla! ¡Lo miré, de verdad! — Lo que no sabía Josefina, es que su trasero estaba algo grande para aquel pantalón ajustado. Jovaka no dijo nada más, solo esperaba que se cansara y lo dejara antes de romperlo.

A los pocos minutos, ella se hartó y le dijo esto a Jovaka, mientras sacaba el pantalón del vestidor: — ¡Jovaka, búscame unos pantalones que me entren, por favor! —

— ¡Oye, oye! ¡No me mandes eso, no soy tu sirvienta! — Protestó Jovaka y Josefina le replicó.

— Pero hoy tienes el papel de “novio”. —

— No creo que los novios hacen eso. — Jamás había escuchado que la novia le pidiera a su enamorado que hiciera tal cosa.

— ¡Vamos, por favor! ¡Hazlo por mí! — Le empezó a suplicar Josefa y Jovaka, que sabía lo insistente que llegaba ser ella, decidió hacerlo.

Cogió el pantalón de mala gana y añadió: — ¡Lo haré, lo haré! ¡Pero, antes dime tus medidas! —

— ¡Pero, Jovaka…! ¡Eso no es algo que un “novio” diría! ¡Ni menos en medio de una tienda de ropa, ¿no ves que eso es vergonzoso?! — Josefina se quejaba, con la cara completamente roja.

— Pero como voy a elegir un pantalón para ti, tengo que saber eso. —

Josefina se quedó callada durante unos segundos, pensando que ella tenía razón. Por eso, le dijo a Jovaka que se acercará y le susurró sus medidas en su oído. Ésta lo memorizó y se fue en busca de un pantalón perfecto para Josefa, malhumorada.

Mientras se quejaba y se maldecía sin parar, miraba cada pantalón de mujer que había en la tienda, buscando algunos, que podrían contentar a Josefina. Se aseguró de coger unos cuantos, por si no le quedaban bien. Al llegar, anunció su llegada:

— ¡Por fin, has llegado! ¡Jo, me estaba aburriendo, no deberías dejar que una dama espere tanto, ¿sabes?! — Protestó Josefina, mientras sacaba su cabeza de entre las cortinas.

— ¡Toma todo eso, a ver si te convence alguno! — Añadió Jovaka, mientras le tiraba todo esos pantalones, con harta indiferencia.

— ¡Buena idea, si uno no me queda bien, entonces tengo más que usar! — Decía alegremente Josefina, al ver que Jovaka perdió bastante tiempo coleccionando pantalones para ellas.

Y decidió probárselo cada uno de ellos, y para desgracia suya, ninguno le cabría. Más bien, le entraban, pero cuando llegaba a la altura de su trasero ya no podría continuar.

— ¡¿Este tampoco!? ¡¿Por qué no me cabe ninguno!? ¡Qué pedo, si son todos supuestamente de mi talla! ¡Vamos! —

Josefina no paró de gritar y quejarse, mientras intentaba desesperadamente ponerse un pantalón que le quedaba bien.

Jovaka, mientras esperaba aburrida que ella terminara de una vez ponerse toda esa ropa, entre suspiros, se decía que tuvo que haber buscado ropa que no fuera tan ajustada. Luego, decidió añadir algo: — ¡¿No crees que tus medidas podrían estar algo incorrectas!? —

— ¡No, lo están! — Replicó Josefina.

— Pues parece que te ha crecido un poco el trasero. —

Hubo un pequeño silencio, antes de que la mexicana le gritara: — ¡Eso no es verdad! —

— Si no te entra, es porque te ha crecido el trasero. —

Josefina se quedó callada, con la cara algo roja; y con el pantalón que se estaba probando subido a medias, empezó a tocarse el trasero para comprobar algo:

— ¡¿De verdad, tengo el culo tan gordo!? — Eso se preguntaba Josefa, totalmente acomplejada.

— No es eso lo que quería decir…— Añadió Jovaka, al ver que Josefa empezó a malinterpretar sus palabras e iba a montar un molesto numerito.

Aunque ya era un poco tarde, Josefina ya empezó a desvariar un poco:

— ¡Es enorme! ¡¿Cómo no me di cuenta antes de esto!? ¡Y he salido a la calle con este culo! — Estaba muerta de vergüenza, quería que la tierra la tragase viva. — ¡Es por eso que la gente últimamente me mira tan raro! ¡Ay, virgencita, ¿por qué se me ha puesto tan grande?! —

Jovaka dio un gran suspiro de fastidio, al ver como se puso Josefina, y se arrepintió bastante de decir aquellas palabras. Quería pararla, ya que hasta le estaba dando vergüenza ajena. Además, ella pensaba que no lo tenía tan grande, o eso creía, porque no es como que se fijara en su trasero. De todas formas, tenía que hacer algo para tranquilizarla y tras mucho pensar esto fue lo que se le ocurrió:

— ¡¿Por qué no nos vamos a comer algo!? ¡¿No decías que había un lugar en dónde los pasteles estaban deliciosos!? —

Josefina de repente se calló por varios segundos y Jovaka por un momento creyó que esa frase podría haberla molestado.

— Es verdad… ¡Me está entrando hambre con solo pensarlo! — Al final, no fue eso ni nada parecido. — ¡Vamos a comer, Jovaka! — Le decía eso, mientras se ponía la ropa que estaba usando y olvidándose totalmente sobre el asunto de su trasero.

Jovaka suspiró de alivio, al ver que Josefina tenía una mente tan simple; y también de alegría, porque por fin podrían salir de la tienda de ropa. Tras salir de ahí, la serbia se empezó a preguntar una cosa:

— ¿De verdad, la tiene tan grande…? — Se decía Jovaka en voz baja, mientras intentaba mirar disimuladamente al trasero de Josefina. Le entró la curiosidad e intentaba comprobar cómo de enorme se había vuelto.

— ¿Has dicho algo? — Le preguntó Josefina, que lo oyó, más o menos. La serbia nerviosamente le respondió que no y la mexicana siguió con lo suyo y la serbia decidió olvidarse sobre eso.

A continuación, llegaron a la pastelería que quería ir Josefina para la cita.

— ¡Bueno, vamos a pedir algo…! — Y lo primero que hizo fue coger el menú y la serbia la imitó. — ¡Todo se ve tan rico…! — Jovaka le dio la razón.

Habían cientos de pasteles y dulces con aspectos tan deliciosos que solo con mirarlo se les hacia la boca agua. No solo eso, también estaban muy indecisas, no sabían que elegir. Y tras ver que llevaba un buen rato sin decidirse, Josefina soltó esto: — ¡¿Ya sabes lo que quieres, Jovaka!? —

— No. — Eso le respondió francamente Jovaka y ella, al que estaban en las mismas, infló sus mofletes con una mirada que molestó un poco a la serbia, quién le preguntó esto: — ¡¿Por qué pones esa cara!? —

— No es nada…— Y luego, añadió: — Entonces, ¿tenemos que echarlo a suerte? — Jovaka, que no se enteró de nada, le preguntó qué quería decir con eso y Josefina se lo tuvo que explicar. Mientras se lo decía, la serbia encontró algo en el menú:

— ¡¿Y qué te parece eso, Josefina!? — Se lo enseñó y Josefina se quedó de piedra.

— ¡¿En serio, quieres que elijamos eso!? — No se podría creer que Jovaka eligiera tal cosa, reaccionando exageradamente a ojos de la serbia.

— ¡¿No es algo que hacen los “novios”!? Además, si lo conseguimos, será gratis. — Le replicó Jovaka, aunque dudaba realmente que lo que había dicho tenía sentido.

— Es verdad, pero hacer eso es un poco vergonzoso… — Estaba bastante roja con solo pensarlo.

— ¡Como hacer cita de mentira! — Dio un suspiro de molestia. — ¡No, eso es incluso más vergonzoso aún! —

— ¡Es verdad! — Añadió Josefa, convencida. — ¡Será una buena práctica para cuando tenga una cita de verdad! —

Así las dos chicas decidieron empezar un reto gastronómico propuesto por el mismo local: Enfrentarse al enorme parfait “The Indegora”, llamado así en honor de unos de los picos más altos de toda Shelijonia. Dos personas, compartirán un enorme postre de dos pistas de alturas, situado en una copa  enorme, totalmente repleto de todo tipo de frutas, galletas, helados y otros postres, más unas cuantas cosas más. Deben devorar a aquel gigante en menos de una hora, si lo consiguen no pagarían nada, tendrían una camiseta para cada una y unos cupones para la pastelería. Y a Josefina, quién le daba un poco de vergüenza comer del mismo plato que Jovaka, al final era la que estaba emocionada y preparada para el asalto.

— Bueno, ahora que lo pienso,… ¡creo que eso ha sido una mala idea, un poco,… tal vez! — Por el contrario, Jovaka se arrepintió en el último momento, después de que ellas pidieron hacer el reto. No solo era porque no creía poder comer algo tan grande, sino por la gente que las rodeaban, cuando vieron que habían aceptado el desafío. Estar rodeada de tantos extraños mirándola fijamente la hacían temblar mucho de miedo.

— ¡¿Ahora, te vas a arrepentir!? ¡Ya no hay vuelta atrás! ¡No te preocupes, si no puedes, yo lo haré por ti! ¡Porque seguro que lo conseguiré, soy toda una experta en comer! — Josefina, estaba muy confiada.

Aquella gran confianza se fue en un periquete, cuando le trajeron el parfait gigante. Al ver su tamaño, esas dos se quedaron con los ojos bien abiertos y boquiabiertas.

— ¡Es enorme! — Eran incapaces de creer que podrían devorar tal cosa en menos de una hora. Aún así, tenían que intentarlo.

— ¡Preparadas, lista, ya! — Gritó el camarero, mientras pulsaba el cronometro, comenzando así la dura prueba para Josefina y Jovaka.

Al escucharlo, lo primero que hicieron fue coger la cuchara y empezar a comer como locas, mientras gritos de ánimos se escuchaban en todo el local. Jovaka y Josefina se olvidaron de todo lo demás, para solo centrarse en una sola cosa: devorar aquel enorme postre.

“Lo conseguiré, está chupado”, se animaba a sí misma Josefina con cada bocado que probaba. “¡Esto es demasiado, no podré aguantar por mucho tiempo!”, se decía Jovaka, cada vez que miraba aquella gigantesco postre, mientras le daba un bocado. Aún así, lo intentaba lo mejor que podría. A los diez minutos, las dos ya mostraban signos de agotamiento.

— ¡Mi pobre cabecita, el frío me está congelando la cabecita! — Eso gritaba Josefina, dejando de comer por un segundo, después de devorar medio helado, ya le estaba doliendo la cabeza.

— ¡No hables, tienes que seguir comiendo! — Le replicó Jovaka, mientras se llevaba en la boca los últimos trozos de plátano. Ya estaba reventada y sentía muchas ganas de vomitar, se sentía muy mal.

No duraron ni cinco minutos más.

— ¡Ya no puedo más! ¡Si sigo así, siento que echaré la pota! — Eso le decía Jovaka, quién apenas ni podría hablar.

— ¡¿Tan pronto te rindes, ni siquiera hemos llegado ni a la mitad!? — Le gritó Josefina, quién también sentía ganas de vomitar.

— ¡Es que no puedo más! — Eso le decía, mientras dejaba su cuchara en la mesa, poniéndose a descansar de todo eso que había comido.

— Entonces, seguiré yo. — Pero Josefina no se iba a rendir e iba a dar otro bocado más. — ¡Allá voy! — Entonces, se puso morada. Le empezaron a dar ansias y tuvo que salir corriendo al cuarto de baño para echar la pota.

Al final, ni siquiera pudieron llegar a devorar medio plato y salieron de la pastelería, totalmente arrepentidas de tomar tal desafío.

— ¡Es la última vez que te hago caso, Jovaka! — Le decía Josefina a la serbia, mientras caminaban sin rumbo.

Al final, se tuvo que tachar varias cosas que Josefina planeaba hacer y terminaron haciendo un corto paseo por el parque. Estaban agotadas y aún sentían pesadez en su estomago. Y cuando las dos se sentaron en un banco, mientras miraban el atardecer, Josefa protestó:

— Al final, no ha salido como lo planeaba, Ya es muy tarde y yo quería experimentar varias cosas más.  Me gustaría haber ido al cine. —

— Es normal, las cosas nunca salen como planeas. — Le replicó Jovaka, recordando las palabras que una vez oyó a Mao. Luego, se quedó callada por varios segundos, preparándose para decir esto:

— La verdad es que…— Aunque no se atrevía. —…todo esto ha sido muy extraño. —

— ¡¿Extraño, el qué!? — Le preguntó Josefina.

— Estar contigo haciendo una “cita de mentira”, o cómo quieras llamarlo. Es bien obvio. —

Josefina se quedó en silencio, muy pensativa. Después, dijo: — Pues es verdad. —

Jamás habría creído hacer una cita de mentira con una amiga, ni menos con la fastidiosa de Jovaka. Y ahora que lo pensaba, le estaba dando vergüenza haberle pedido hacer eso, menos mal que no hicieron, como práctica, varias cosas que hacían habitualmente los “novios”, o si no hubiera deseado que la tierra la hubiese tragado.

Las dos se quedaron en silencio de nuevo. Josefina, pensando sobre lo que había pasado hoy; Jovaka, preparándose para decirle esto:

— Yo pensaba… — Le daba mucha vergüenza. —Bueno, pues que me odiabas…—

— Bueno, me caías mal. Siempre poniéndote histérica y violente cuando me acercaba a ti, y diciendo esas estupideces todo el tiempo. Tampoco es que seas muy agradable y siempre me molestas. Pero, últimamente, ya no me caes tan mal. —

Le contestó inmediatamente Josefina, con toda naturalidad y con una sonrisa. Jovaka le costaba entender que tuviera ese rostro feliz, a pesar de que estaba con alguien que supuestamente a ella le caía mal. Y tampoco que ella también lo tuviera, cuando creía todo este tiempo que la odiaba.

Ya no estaba tan segura de eso, tal vez ya le tenía algo de cariño a esa molesta charlatana, cuya mente iba más despacio que una tortuga.

— Tú…— Tardó mucho en decírselo. — Bueno, tú tampoco me caes muy mal. — Estaba tan roja que deseaba que la tierra la tragase.

Entonces, Josefina dio un salto y le miró a Jovaka, con una cara sonriente, mientras le decía esto: — Bueno, entonces la próxima vez que lo haremos, ¿iremos al cine? —

— Oye, oye… ¡ya no quiero tener más citas de mentiras! — Ya tenía suficiente con esa.

— Pero necesito practicar, para estar preparada para el primer amor. — Añadió Josefina, mientras Jovaka se levantaba y empezaba a caminar, mientras le decía que no sin parar.

Así las dos se dirigían de vuelta hacia la casa de Mao.

FIN

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Centésima novena historia

La falsa cita: Primera parte, centésima novena historia.

Josefina, harta del aburrimiento de su casa y de sus fastidiosos hermanos, salió de su casa hacia a la de Mao. Cuando llegó, entró por la tienda como un rayo:

— ¡Buenos días, Leonardo! — Le gritó al único empleado de Mao, quién estaba viendo videos de gatos en su móvil y no le dio tiempo a saludar a Josefina, quién ya estaba en el salón. Ni siquiera a decirle que casi nadie estaba en la casa.

— ¡Buenos días a todos! — Eso gritó a todo pulmón, pero la única persona que estaba ahí era la que menos quería ver Josefina: Jovaka.

Ésta, quién estaba jugando a un videojuego retro, detuvo el juego y la miró por unos segundos. Al ver quién es, dio un gran suspiro de fastidio y le soltó esto:

— Hola. — Eso le dijo de forma seca, antes de seguir jugando y añadir esto: — Mao y las demás están fuera, jugando al parque, creo. —

Josefina se quedó bien molesta, al ver que la única que estaba ahí era Jovaka, quién no le caía muy bien y siempre se peleaban. Ésta, que sabía muy bien lo mal que se llevaban, también estaba fastidiada por el hecho de que apareciese cuando no había nadie más que ella.

— Pues, ¡voy a esperar aquí hasta que ellas vuelvan! No tengo ganas de buscarlas. — Josefa gritó esto, antes de caer al suelo para acostarse y soltar aullidos de fastidio y de aburrimiento, durante varios minutos. También se ponía a dar vueltas y a mover sus piernas sin parar.

La presencia de Josefina y las tonterías que hacía mientras esperaba la vuelta de los demás, provocaron que Jovaka se sintiera muy incómoda jugando a aquel juego, quién se preguntaba qué debería hacer.

A medida que pasaban los minutos, el silencio que reinaba el salón se volvía tan incómodo, y Josefina se aburría tanto; que la mexicana decidió romper el hielo:

— ¡¿Qué juegas!? — Le preguntó a Jovaka.

— Un videojuego. —

La seca respuesta que le dio Jovaka, solo sirvió para que ella protestara:

— ¡Eso lo sé! ¡Se ve a simple vista! ¡Qué desagradable eres, de verdad! —

Jovaka no le respondió, intentaba estar tan absorta en el juego, ya que estaba a punto de matar al jefe de una mazmorra y no podría distraerse. Josefina, al ver que le estaba prestando más atención a eso que a ella, se acercó y empezó a zarandearla sin parar.

— ¡¿Pero, qué haces!? — Le gritaba Jovaka, al ver cómo era eliminada por el jefe por culpa de Josefina.

— ¡Hazme caso de una vez, estoy muy aburrida! — Eso le gritaba Josefa, totalmente fastidiada. Jovaka le gritó que no, que quería seguir jugando al videojuego y que le dejará tranquila.

— ¡No, es un fastidio! ¡Tú estás jugando, mientras yo me aburro! ¡Eso no es justo! ¡Para nada! —

— ¡Ahora te voy a hacer caso! ¡Te vas a arrepentir! — Y ésta gritó eso, con ganas de darle una lección

Entonces, Jovaka soltó el mando del videojuego y puso a Josefina contra al suelo, y ésta se puso sobre ella, mirándola fijamente. Por la forma en que ellas dos estaban posicionadas, la serbia tardó unos segundos en reaccionar, pensando que estoy era raro; y Josefina se preguntaba con mucho miedo qué le quería hacer a ella.

— ¡¿Q-qué me vas a hacer!? — Eso le preguntó Josefina, tras mucho silencio.

— ¡Esto! — Pero eso ayudó a Jovaka a salir de sus pensamientos y hacer ese castigo, antes de que alguien llegase y malinterpretará esa escena.

Y empezó a hacerle cosquillas a Josefina, quién se puso a reír como loca, mientras le pedía desesperadamente que parase, llegando a soltar lágrimas por las risas. Jovaka le gritaba que ese era su castigo por haber molestado con una sonrisa maléfica, mientras le toqueteaba varias partes del cuerpo de Josefa sin parar.

Y esto duró unos segundos hasta que Jovaka paró de repente. Josefina, quién suspiro de alivio, le preguntó que ocurría, sin darse cuenta de nada.

— Nada, nada. — Se levantó y se alejó de ella. — No es nada. —

Josefina tardó en darse cuenta de que se había acercado a Jovaka, e incluso la había tocado con sus propias manos; y ésta ni se inmutó, no se puso nada histérica ni nada parecido. Y la serbia, que intentaba hacer que ella seguía temiendo a las mujeres, había metido la pata y no se acordó de actuar.

— Es verdad…— Gritó, unos segundos después, al darse cuenta del hecho. — ¿¡Tú no te ponías como loca demente cuando me acercaba a ti!? —

— A-aún sigo temiendo a las mujeres. — Le replicaba nerviosamente Jovaka. — Lo de antes, lo de antes…— No pudo explicarlo y solo se quedó callada, incapaz de decir una mentira para escapar de eso.

Hubo un silencio incómodo que solo duró segundos, cuando Josefina recordó algo, que fue para ella toda una revelación.

— Entonces, es verdad…— Dijo esas palabras totalmente sorprendida.

— ¿El qué? — Y preguntó Jovaka con mucho nerviosismo.

— De que ya no tienes miedos a nosotras. — Ella apenas podría asimilarlo. — Siempre te pones mal cuando sales a la calle y te acercas a desconocidos. Pero no, cuando están las demás. La verdad es que no me lo creía, pero es verdad. —

— ¿Todo el mundo se ha dado cuenta? — Decía Jovaka avergonzada, al ver que sus intentos de parecer que seguía teniendo esa aquella fobia había fracasado. — En verdad, Alsancia y las gemelas lo saben, ¿pero todos los demás? —

— Pues sí…— Luego, intentó ocultar un hecho, pronunciando estas palabras: —Yo también sospechaba, la verdad. N-no es como que ahora me doy cuenta ni nada parecido. —

Estaba muerta de vergüenza por no haberse cuenta antes y ser la última de todos. Porque todos los demás ya lo sabían, salvo ella, a pesar de que se lo dijeron unas cuantas veces. Por eso, intentó parecer que también lo sabía.

— Se te nota en la cara, no mientas. — Le replicó Jovaka, al ver esa reacción. — Supongo que siempre era la última en darte cuenta, después de todo. — Al terminar, dio una risa burlona.

Esas últimas palabras fueron un gran golpe para Josefina, quién se sentía humillada y tonta, y se sentó bajo el kokatsu, con muy pocos ánimos.

Así es como volvió el silencio en la habitación, aunque duró nada más ni nada menos que casi cinco minutos, ya que Josefina empezó a protestar sin parar, no tenía deseos de esperar silenciosamente.

— ¡Jo, jo! ¡¿Cuándo van a venir!? ¡Esto es muy aburrido! ¡Con Jovaka, esto es muy aburrido! — Decía Josefa sin parar, mientras observaba la hora de su móvil. — ¡Vamos, es muy triste esto! ¡Esto es como estar sola, con estar hablando con la pared! —

También es que estaba protestando a propósito para hacer que Jovaka la hiciera caso y se pusiera a hablarla o a molestarla otra vez, en vez de seguir jugando con el maldito videojuego. Y Jovaka, que ya estaba poniendo una cara de puro enfado y con ganas de darle un puñetazo en la cara; intentó aguantar e ignorarla. Al final, no pudo conseguirlo y le gritó:

— ¡¿Por qué no te busca un novio, maldición!? ¡Eres una pesada! — Eso le decía furiosamente y Josefina se calló de repente, con una cara pensativa.

Jovaka, al ver que ya estaba en silencio, intentó seguir con el videojuego, pero el silencio le empezó a ser incómodo. Empezó a sentirse un poco mal por gritarla de esa manera, a pesar de que intentaba pensar que fue culpa de Josefa, que se le merecía. Al pasar casi un minuto, la miró.

— ¡No pongas esa cara, qué es la verdad! — Eso le decía, al ver su rostro, que parecía, a ojos de Jovaka, una mezcla de enfado y fastidio contra ella.

En realidad, las palabras de Jovaka hicieron pensar a Josefina, que estaba reflexionando sobre eso de tener novio. Y de repente, empezó a hablar:

— La verdad es que si que me gustaría tener un novio, pero… — Dio un suspiro, antes de tirarse al suelo y mirar al techo. Jovaka dio una pequeña exclamación de sorpresa, al ver que sus palabras dieron un efecto que no esperado. Josefina, tras esa pequeña pausa, siguió hablando:

— Pero parece bastante molesto tener uno. Quiero que me den mimos y me cuiden, me den besos y todo eso, pero no quiero tener que soportar a algún chico. —

— Como si alguien podría soportarte a ti… — Añadió burlonamente Jovaka. Le parecía irónico que Josefina, quién era la persona más insoportable que había conocido, dijera eso.

— ¡Qué mala eres! — Respondió Josefa, muy molesta, antes de tirar un cojín a Jovaka. Ésta lo esquivo y le soltó que no le tirase cosas. Ella siguió hablándole:

— En fin, lo que quiero decir es que… los chicos de mi edad son unos inmaduros y me da cosa salir con alguien mayor que yo. Y además, todos seguramente querrán hacerme “eso”, y me da miedo. —

Jovaka, al principio, se quedó preguntando qué quería decir con “eso”, luego se dio cuenta de que estaba hablando ella y decidió ignorarlo.

— Además, no me gustaría sufrir todo lo malo del amor. — Josefa seguía hablando. — ¡Ya sabes! ¡No quiero que me rompan el corazón, sufrir cuando te peleas o te engañen, o que mi novio sea megaceloso y mandón, y muchas cosas más! Cuando pienso en eso, se me quitan las ganas de tenerlo, ¡pero luego, veo a parejitas felices, y deseo tener uno! —

— ¡No seas tan impaciente! ¡Ya te llegará la hora de tener uno o, por lo menos, gustarte a alguien y sufrir de lo lindo! — Añadió indiferentemente Jovaka, mientras jugaba con el jefe final.

— ¡Es verdad, mejor debería esperar…! — Se puso a pensar y, tras varios segundos de silencio, exclamó: — ¡Tal vez, debería practicar, para poder aguantar todo ese sufrimiento cuando llegué mi primer amor! —

Y ella miró a Jovaka por un buen rato, mientras se estrujaba su cerebro. Estaba teniendo una idea que podría usar para poder pasar la tarde y a la vez prepararse para el amor. Se acercó a ella, mientras le decía esto:

— ¡Buena suerte! —

Entonces, provocando que ella perdiera la batalla, Josefina empezó a tirarla del brazo muy fuerte para levantarla: — ¡Ayúdame a practicar, ahora! —

— ¡¿Espera, qué haces!? — Le gritaba la serbia, enfadada.

— ¡Vamos, tú pareces un chico! ¡Juega videojuegos, no te gusta arreglarte, ni siquiera ir de compras! ¡Eres perfecta para simular una cita! ¡Solo es eso, una cita de mentira, una práctica! — Jovaka se preguntaba si ella había tenido un cortocircuito, porque estaba proponiendo algo absurdo.

— ¡No voy a hacer algo así, ni menos contigo! ¡Tengo que pasarme este maldito juego! — Se lo dijo bien claro.

Solo le interesaba terminar el maldito juego de una vez, que se le estaba haciendo realmente eterno. Entonces, Josefina empezó a protestar:

— ¡Entonces, déjame jugar un poco a mí! ¡O a eso o a cualquier juego, qué me aburro muchísimo! — En esas palabras Jovaka vio las verdaderas intenciones de Josefa.

— Solo quieres hacer eso, porque te aburres, ¿no? — Aunque ella no lo ocultaba.

— ¡Por supuesto! — Le gritó Josefina, mientras miraba a la consola con ganas de jugarlo.

O era hacer una cita de mentira o dejarla jugar videojuegos, Jovaka tenía solo dos opciones, y eligió la menos mala de las dos.

Una media hora después, esas dos salían de la casa, con ropa bonita cogida del armario y directas hacia al centro comercial más cercano. Jovaka dio un gran suspiro de fastidio, al ver que, al final, tenía que participar en aquella idea estúpida de Josefa. Pero, por lo menos, era mucho mejor que dejarla toquetear sus videojuegos, podría poner en peligro todas sus partidas.

Al salir del barrio, para romper el hielo, Josefina empezó a hablar, antes de reír nerviosamente: — ¡Qué suerte que había tanta ropa mía en casa de Mao!—

— Siempre dejas tus ropas allí cada dos por tres… — Jovaka le replicaba esto, mientras la observaba. La veía muy nerviosa y bastante roja, mirando por todos lados, como si tuviese miedo de algo.

Bueno, ella estaba igual, que estaba agarrando fuertemente el brazo de Josefina, con el miedo de que algún extraño, ya sea hombre o mujer, pero sobre todo lo último; se acercase a ella.

— Eso lo hacen todas. — Añadió ella, antes de decirle esto: — Aunque,… Ahora que llevo la falda, me da mucha vergüenza… —

Josefina llevaba un conjunto más lindo que pudo encontrar, una camisa negra con lunares blancos, más una falda del mismo color que le llegaba a las rodillas. Ella creía que era buena idea usarlo, hasta que salió a la calle.

También había otra razón y es que le daba mucho corte, que Jovaka le cogiera del brazo de esa manera, mientras miraba compulsivamente por todos lados, como si alguien quería matarla. Es verdad que propuso que iban a hacer una cita de mentira, pero no tenía que llegar a estos extremos, además de que ese papel lo tenía que hacer la “novia”, no el “novio”. De todas formas, le daba mucho más corte el llevar falda que eso.

— ¡¿No decías que eras la chica y por tanto querías usar falda o vestidos lindos!? Además llevas medias…— Josefa se lo puso porque no deseaba congelarse las piernas, hacia mucho frio para eso. —…nadie te va a ver las bragas. — Jovaka dio otro suspiro, ya que sabía que iba a pasar algo así.

Por su parte, ella tuvo que vestirse como un chico, según como Josefa le mandó hacer. Llevaba unos pantalones vaqueros de color negro, más una camisa azul. Además, llevaba una gorra, parecida al que usaban los niños useños durante la primera mitad del siglo veinte, para ocultar su larga melena.

— Sí, pero… — Protestó Josefa. — ¡¿Y si se levanta el viento o alguien me lo ve, mientras subo por la escaleras!? ¡No estoy acostumbrada a usarlo! —

— Podrías haberte puesto unos pantalones, entonces. — Añadió Jovaka, que no deseaba soportarla de esta manera durante toda la presunta cita.

— No, yo quería usar falda. — Ya que se lo había puesto, tenía que soportarlo. — Solo que da vergüenza. —

— Pues, ¡vaya cita tan problemática voy a tener! — Decía en voz baja Jovaka, con una cara de cansancio. Sabía que esto solo era el preludio de lo iba a pasar a continuación, mientras Josefina no seguía hablando sobre lo vergonzoso que era ir en falda por la calle.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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