Centésima séptima historia

Una africana muy hiperactiva: Última parte, centésima séptima historia.

Alsancia dio un gran suspiro de alivio y de felicidad, cuando llegaron a la puerta de la casa de Mao. Había tenido unos de sus paseos más horribles y estresantes de su vida, mientras intentaba controlar a una Martha Malan totalmente fuera de sí, la culpable de que hubieran tenido un viaje muy movidito:

— ¡Genial, realmente genial! ¡Por fin, hemos llegado! ¡¿Mao, Mao, estás ahí!? ¡Soy yo, Malan! ¡Y Alsancia está conmigo! ¡Bueno, nos fuimos a tomar café, jejeje…! —

Eso decía la africana, quién se soltó de la napolitana, y empezó a golpear la puerta sin parar, mientras no dejaba de temblar y de reír tontamente. Una voz, procedente del interior, les decía:

— La puerta está abierta, no hay necesidad de pegar. —

Era Leonardo, quién estaba limpiado un poco el mostrador de la tienda; y un poco sorprendido de que pegaran en la puerta. No se esperaba, para nada, lo que iba a presenciar con sus propios ojos.

— ¡Ah, es verdad! ¡Qué torpe por mi parte, jejeje…! ¡Pues vamos, a abrir la puerta! — Abrió la puerta de un golpe y entró a toda velocidad, cruzando la tienda.

— ¡Buenas Leonardo! — Le saludó a gritos, sin detenerse; y cuando iba a entrar en el pasillo que le iba a llevar al interior de la casa, chocó y calló.

Alsancia entró, incapaz de seguirle el ritmo y con ganas de decirle que se tranquilizara y de preguntarle si estaba bien. Leonardo se le adelantó y se acercó a ella a ayudarla, pero ésta se levanto y añadió:

— ¡No es nada, nada grave! — No paraba de soltar carcajadas. — ¡He sido muy cuidadosa con la caída, no me he roto nada! — Lo decía con muchísima seguridad, aunque se notaba que incluso le costaba andar bien.

Tras decir eso, se levantó de golpe y corrió por el pasillo, mientras se zarandeaba de un lado para otro, parecía que en cualquier momento se volvería a caer al suelo. Alsancia y Leonardo se quedaron mirando la escena, sobre todo éste último. Estaba de piedra, incapaz de asimilar lo que estaba pasando.

— ¿Esa es Malan? — Le preguntó a Alsancia. — ¿Qué le ha ocurrido? —

Alsancia sólo le pudo decir que le sentó muy mal el café, antes de dirigirse al salón. Leonardo se quedó muy pensativo, porque parecía más que había tomado alcohol antes que eso. Al entrar, se encontró con esta escena:

— ¿Qué te pasa? — Eso preguntaba Jovaka totalmente aterrada. — ¡¿Por qué actúas de esa manera!? —

En aquel salón, a excepción de Alsancia, estaba Jovaka y Malan. La serbia estaba en una esquina, temblando de miedo; mientras observaba cómo Martha cayó sobre el kotatsu y reía como loca.

— ¡No lo sé, realmente no lo sé, jejeje! ¡Solo me siento muy animada! — Se giró y cayó al suelo, mientras añadía: — ¡No importa, no importa! ¡¿Quieres qué sea tu psicóloga, Jovaka!? ¡No pediré dinero, sólo haré por el amor a la ciencia, jejeje…! —

Al oír esto, Jovaka gritó como una furia:
— ¿¡Qué dices!? ¡Por nada del mundo voy a ver un psicólogo! ¡Lo oyes! ¡Tú sí que deberías al psicólogo, o al médico, o lo qué sea! —

Malan sólo se rió tontamente, sin levantarse del suelo; y Jovaka se dio cuenta de que Alsancia estaba de pie, en la entrada del salón, incapaz de cómo actuar. Le pidió explicaciones a ella, al ver que la otra no era capaz.

— ¡¿Qué le ocurre, Alsancia!? ¡Antes de salir contigo, no estaba así! ¡¿Qué le ha pasado!? — La napolitana se lo iba a decir, pero Martha se adelantó:

— ¡Yo te lo diré! — Se levantó del suelo, con mucha dificultad. — ¡Porque ya sé el porqué de todo este asunto! — Señaló con el dedo el techo. — ¡Al parecer, hemos descubierto que soy muy sensible a la cafeína y cuando ha llegado a mi cerebro, pues me tiene toda alterada! ¡Leí en un libro que le efecto puede durar seis horas jejeje…! — Al final, cayó al suelo, después de luchar por mantenerse de pie. Alsancia se le acercó para ayudarla a levantarla.

— Más que sensible, parece que estás borracha…— Añadió Jovaka, con un rostro lleno de terror.

— ¡Eso parece! ¡Debo de ser realmente sensible a la cafeína, jajajaja…! — Y soltó Martha con sonoras carcajadas, mientras se apoyaba en Alsancia para estar de pie.
Y entonces, cuando la napolitana pensaba en sugerirle en llevarla a las habitaciones para que descansara y no molestara a nadie, ésta puso de repente muy mala cara.

— ¿Ahora qué ocurre? — Preguntó Jovaka, cuando se dio cuenta de eso. Se adelantó a Alsancia, quién le iba a preguntar a la africana si estaba bien, mientras observaba cómo intentaba escupir algo.

— S-sólo tengo ansias, jejeje… — Respondió Malan, intentando mantener una sonrisa.

Lo dejó completamente claro, estaba teniendo ganas de vomitar. Alsancia se puso realmente nerviosa, quedándose paralizada, mientras no dejaba de preguntarse qué tenía que hacer. Jovaka tuvo que gritarle esto, al ver que no se movía:

— ¡No te quedes ahí parada, Alsancia! ¡Llévala al cuarto de baño, cuanto antes! —
Movió afirmativamente la cabeza y empezó a andar, arrastrando a Malan, subiendo a las escaleras que le llevaban al segundo piso, directas al baño:

— ¡Me está empezando a doler el cerebro muy fuerte! — Mientras tanto, Malan cada vez se ponía peor, aguantando todo lo que podría por no vomitar. — ¡Mi sistema digestivo se siente fatal! —

Alsancia se dio toda la prisa del mundo, a pesar de que le costaba mucho esfuerzo en trasladar a su amiga y de que a ella le estaba entrando también ganas de potar. Al llegar ante la puerta, que estaba cerrada, intentaba abrirla, pero sus nervios no dejaban que cogiera bien el pomo de la puerta del baño, apenas podría controlar los exagerados temblores de su mano.

— ¿¡Qué estás haciendo, Alsancia!? — Le gritaba Jovaka, desde el primer piso. — ¡Abre la puerta de una vez! — Ya se estaba desesperando, porque la napolitana tenía la puerta en sus narices y no podría abrirlo por culpa del temblor de su cuerpo. Ésta le quería replicar que lo intentaba, mientras lo maldecía todo.

— ¡No puedo más, mi cuerpo me lo pide desesperadamente! — Malan le gritaba esto. Su estomago ya estaba escupiendo todo la comida que devoró ella por el esófago.

Y Alsancia, al ver que ésta ya estaba a punto de potar la comida, le dio tanto asco que le entraron ganas de vomitar también.

— ¡Mierda, no te pongas a vomitar tú también! — Eso gritó Jovaka, cuando vio que Alsancia quitó su mano del pomo y se pusiera a escupir saliva.

Jovaka, con pocas ganas de acercarse a ellas, decidió tener que echarles una mano, antes de que ensuciaran con su vomito el suelo.

— ¡Ya les abro la puerta! — Gritó, mientras subía corriendo las escaleras lo más rápido posible.

— ¡No lo hagan! — Pero no pudo llegar a tiempo. — ¡Aguanten un poco más! — Se detuvo, al ver la escena, y miró hacia al otro lado, para no sentir ganas de vomitar. Alsancia y Martha expulsaron mutuamente lo que habían comido en el café contra el lindo suelo que fregó Clementina, formando un enorme charco de una asquerosa y desagradable papilla delante de la puerta del cuarto del baño.

— ¡Qué mal me encuentro…! — Decía Malan, cuando terminó de vomitar y se recuperaba del esfuerzo. — P-perdón, Alsancia…. —

— ¡Q-qué a-as…! — Ella sólo soltó esto, incapaz de pensar en algo, salvo del dolor que le produjo vomitar, mientras recuperaba el aliento.

Al ver cómo estaban ellas, aunque fuera de reojo, Jovaka comentó en voz baja: — En serio, parece que habéis vuelto de una juerga universitaria de esas, no de una simple cafetería. —

Tras eso, Alsancia se levantó del suelo, mientras evitaba ver el vomito; y ayudó a Malan a levantarse. Ella se quedó pensando qué podrían hacer, mientras la africana no dejaba de quejarse. Entonces, Jovaka habló:

— ¡Qué fastidio! ¡Hasta os habéis llenado la ropa! — Alsancia se miró y vio que ella tenía razón. — ¡Llamaré a Leonardo, para que lo limpié! — Pensó en hacerlo ella misma, pero le daba mucho asco y no sabía fregar. Antes de ir a buscarlo, les recomendó esto: — ¡Deberíais cambiar de ropa o bañarse o algo!—

— En estos casos, hay que bañarse. — Dijo Martha, tras escucharla.

Alsancia movió afirmativamente la cabeza y, liberada de la presión que estuvo sometida antes y la cuál era la culpable de que estuviera temblando como un flan, abrió fácilmente la puerta con mucho cuidado. Luego, ella levantó a la africana y las dos se metieron en el cuarto de baño.

— ¿Nos vamos a bañar juntas? ¡Eso me trae tantos recuerdos…! — Eso gritó Malan alegremente, antes de cambiar de tema y decir esto con muy mala cara: — ¡Qué mal me siento! —

Alsancia no dijo nada más, sólo empezó a intentar quitarle la ropa a Malan, y estuvo un buen rato liada con el yukata que llevaba la africana, no sabía por dónde se tenía que empezar para desajustar aquel vestido, y además tenía que contener a su amiga, quién intentaba ir a la bañera rápidamente y meterse en él así sin más. Al final, lo consiguió, no sabe cómo.

— ¡Oh, la ropa! — Eso dijo muy sorprendida Malan, cuando vio que el yukata se le cayó al suelo. — ¡Se me había olvidado de que la tenía puesta! ¡Muchas gracias, Alsancia! — Y empezó a reír, olvidándose el hecho de que no estaba muy bien. Se puso las manos sobre la cabeza, quejándose del dolor, mientras se balanceaba de un lado para otro, apenas podría estar de pie.

— ¡C-cuidad…! — Gritó Alsancia con terror, cuando que Malan iba a caer de cabeza hacia la bañera, quién ya perdió totalmente el equilibrio.

Reaccionó rápidamente, atrapó a Malan y evitó que su cabeza chocase contra la bañera. Cuando vio que la pudo salvar, dio un suspiro de alivio, antes de darse cuenta de la parte del cuerpo de la africana que ella había agarrado.

Se preguntó qué estaba tocando al momento, mientras los estrujaba con sus pequeñas manos. Eran bultos de carnes blanditas, suaves, y no eran ni muy pequeñas ni tampoco muy grandes. Supo enseguida lo que estaba manoseando.
Como tenía los ojos cerrados, para no ver la escena que iba a presenciar si Malan se hubiera estrellado contra la bañera; los abrió poquito a poco, con toda la cara totalmente roja. Y vio cómo la estaba agarrando por su pecho, la cual estaba desnuda.

— ¿Y e-el sostén? — Eso preguntó realmente conmocionada, porque se dio cuenta de que ella había estado todo el rato sin sujetador.

— ¡Ah, eso! ¡A veces, cuando uso el kimono, ya sea usando el yukata o el komon, no me pongo el sostén! ¡Sobre todo cuando me aprietan y tengo que comprarme otros! — Le respondió Malan, que parecía no importarle el hecho de que Alsancia le estuviera agarrando el pecho. Ésta, tras oír la explicación, se quedó en blanco.

Más bien, estaba totalmente absorta en otra cosa e ignoró aquellas palabras, ella estaba comprobando el hecho de que sus pechos siguieran creciendo a pasos agigantados. Sabía que siempre los tuvo muy grandes comparados con las demás chicas de su edad, así que no debería sorprenderse. Pero aún no podría asimilar que Malan los tuviera así, mientras que ella, que era una adulta, era más plana que una tabla de planchar. Acomplejada, se hundió en el desanimo, al recordar que ya no podría crecer más. Entonces, Martha la devolvió a la realidad:

— Por cierto, cada vez me siento peor, ¡quiero bañarme de una vez! — Eso decía Martha con voz cansada, con un rostro que parecía al de un zombi.

— ¡P-perdón! — Eso dijo Alsancia totalmente colorada, mientras soltaba sus manos de su pecho.

Martha, liberada de las garras de la napolitana, se metió en la bañera y se iba a sentar en él. Entonces, Alsancia la detuvo:

— ¡E-espera! — Con un débil chillido. Martha se detuvo y le preguntó:

— ¿Qué ocurre? —

Alsancia la señaló, ésta se miró y vio que aún le quedaban los calcetines, las bragas y soltarse el moño que siempre usaba.

— Ah, ¡aún me quedaba ropa por quitarme! — Eso dijo, riéndose sin ganas, y empezó a quitárselas.

Entonces, Alsancia dio un gran suspiro de cansancio. Ni habían empezado a bañarse y ya estaba agotada. Ella jamás pensó que Martha sería capaz de darle tantos problemas, ni menos que la razón de que se pusiera de esa manera fue sólo porque tomó café. Las ganas de quitarse del medio eran realmente grandes, pero era una adulta y su responsabilidad era de cuidarla. Así que decidió dar un pequeño esfuerzo y aguantar esta situación un poco más. No dejaba de decirse que siguiera así, que iba por el buen camino; mientras se quitaba la ropa. Entonces, sintió como un fuerte chorro de agua fría se estrelló contra su cuerpo violentamente.

— ¡M-Malan…! — Gritó Alsancia, después de aquel ataque sorpresa.

Giró su cabeza hacia ella y veía como la manguera de la bañera se movía como una serpiente, llenando de agua todo el cuarto de baño.

— ¡Sólo abrí el grifo y la manguera no deja de moverse violentamente! — Le explicaba la situación, mientras torpemente intentaba coger la manguera. Sin querer, lo abrió al máximo y despertó a la bestia.

Alsancia tuvo que actuar y coger la manguera, al ver que Malan estaba tan mal que le costaba poder atraparla. La atrapó y apagó el grifo, en cuestión de segundos. Las dos chicas miraron fijamente a su alrededor:

— Todo el cuarto de baño ha quedado empapado… — Añadió Martha secamente.
Alsancia no dijo nada, tenía una cara de leve preocupación, porque creía que todo el mundo se iba a enfadar con ellas, sobre todo Mao; por haber puesto el cuarto de baño perdido. Dio un suspiro, tras pensar en que lo podría arreglar más tarde, porque lo primero era bañarse.

Después de llenar la bañera con agua caliente, la situación mejoró, Martha ya estaba mucho más relajada, aunque tenía muy mala cara. Aquel baño tranquilo les sintió muy bien a ambas, sobre todo a Alsancia, quién sentía que se había quitado todo el estrés y el cansancio que acumuló.

Al salir de cuarto de baño, Malan, que ya le era imposible mantenerse de pie, tuvo que apoyarse en el hombro de Alsancia para salir del cuarto de baño. Con harta dificultad, ella la sacó de ahí. Al verlas, Jovaka le preguntó esto:

— ¿¡Ya está mejor ella!? — Alsancia movió la cabeza afirmativamente. Luego, Jovaka añadió:

— ¡¿También lo habéis liado en la bañera!? — Durante todo el rato, no sé dejaba de preguntar qué rayos hacían en el cuarto del baño. — ¡No habéis parado de hacer ruido! —

Alsancia volvió a mover la cabeza afirmativamente, mientras deseaba que ella terminara de hablar, porque la toalla que estaba usando para taparse se le estaba cayendo poquito a poco.

— ¡Dejen de hablar, qué quiero dormir! — Entonces, una Martha que no dejaba de exclamar quejidos y gestos de molestias intervino.

Jovaka se calló y se dirigió hacia la tienda para decirle a Leonardo que tenía que mirar el baño, mientras ellas dos se metían en el dormitorio de Mao. Alsancia sacó el futón y le puso ropa, mientras Martha se quedó dormida del tirón.

Al verla dormir tan plácidamente, dio un gran suspiro de alivio, mientras la tapaba. Por fin, Alsancia podría descansar tranquilamente. Entonces, pensó en lo que ha ocurrido, después de vestirse.

Había sido bastante fastidioso y agotador hacerse caso de la pobre Martha, que probó el café y se comportó como si se hubiera emborrachado; pero ella se sentía satisfecha. Había cuidado a alguien y, más bien que mal, pudo sentir que lo hizo bien, como lo haría un adulto. ¿Esto era responsabilidad, la carga por la cual las personas que han madurado tienen que soportar y aguantar, la misma que muchos desearían librarse de ella y volver a ser niños? No lo sabía a ciencia cierta, la verdad; y le daba un poco de miedo pensar cómo sería ser una verdadera persona adulta, aún así, se sentía muy feliz de haber podido hacer algo bien.

Y entonces pensó en sus padres, preguntándose cuánto tuvieron que aguantar, cuánto esfuerzo y sacrificios hicieron, qué sintieron; mientras la cuidaban y la mimaban. Tuvo que ser algo tan titánico que ella jamás podría ni imaginar. Por eso, en lo más profundo de su corazón, con un sincero agradecimiento; les decía mentalmente que muchísimas gracias por soportarla y aguantarla todos esos años, y les pidió perdón por todo.

Por otra parte, se sentía algo mal por Martha, la pobre tuvo que pasarlo muy mal y ella estaba feliz, a pesar de todo. Con una débil voz, le dijo perdón, mientras se acostaba a su lado y se quedaba dormida.

Al día siguiente, por la mañana, aquellas dos estaban totalmente hechas polvos, parecían que estuvieran teniendo una resaca. Mao y la canadiense estaban en la cocina preparándoles comida caliente, ya que cogieron un buen resfriado por haberse quedado tanto tiempo en la bañera.

— ¿Sabes, Alsancia? — Dijo Martha, mientras temblaba de frío e intentaba aguantar el fuerte dolor de cabeza y de cuerpo que tenía encima. Estaba tan destrozada que ni fue capaz de ponerse al móvil, cuando su madre llamó preocupada por las noticias que le dieron Mao y compañía.

— ¿S-sí? — Le replicó Alsancia, quién no dejaba estornudar y usar cientos de pañuelos para sacarse los mocos.

— Odio el café, jamás volverá a tomar eso. —

Alsancia se quedó en silencio unos segundos. Al final, añadió: — Yo c-creo igual… — Ella ya empezó a repudiar el café.

FIN

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Centésima séptima historia

Una africana muy hiperactiva: Primera parte, centésima séptima historia.

Mediados de enero, había pasado una semana desde que Alsancia perdió definitivamente a sus padres. Varios días más antes de eso ocurrió aquella gran pelea que tuvo Mao con Nadezha, por el cual hizo que el primero cayera bastante deprimido. Los últimos acontecimientos que le ocurrieron a la napolitana pudieron distraerlo de sus propios problemas, quién intentó animarla. No podríamos decir que sus esfuerzos no eran en vano, ya que junto con los demás, ella poquito a poco se recuperaba de aquel golpe. A veces, se ponía a llorar sin parar o se le quitaba el hambre, pero, al ver que todo el mundo intentaba con todas sus fuerzas hacer que se sintiera mejor, decidió poner todos sus esfuerzos en volver a la normalidad.

Y una de esas chicas que puso un gran esfuerzo por animarla la estaba llevando hacia un lugar. Era Martha Malan, quién le pidió el pequeño favor de que le acompañará a una cafetería que abrieron hace poco y estaba en mitad entre el camino a su casa y el de Mao, con la excusa de que no podría ir con un adulto.
Alsancia sabía perfectamente que ella se podría cuidar sola y que esto era sólo para hacerla sentir como una verdadera adulta, para animarla y a la vez salir a tomar a algo. Después de todo, ella ya pasado de los veintes años y asombrosamente parecía a una chica de doce y siempre le han tratado como una niña pequeña, algo que le acomplejaba. De esta forma, Martha, quién tenía once años; quería subirle la autoestima. Aceptó encantada.

Mientras se dirigían hacia su destino, Malan no paraba de hablar, contando cientos de curiosidades y datos interesantes sobre cualquier cosa que veían mientras caminaban por la calle. Alsancia estaba abrumada, a pesar de que conocía muy bien lo inteligente que era la africana. Se comparaba con ella y se desanimaba mucho, se sentía muy ignorante. La rubia se daba cuenta de eso y decidió hablar de cosas más típicas, como el clima:

— Realmente, está siendo un invierno bastante más suave que el año pasado. Mirando los registros del enero del otro año, llegar a seis grados cómo máximo parece un milagro. —

— ¡A-aún así,…— Tiritaba Alsancia. —…h-hace frío! — El enorme abrigo de color marrón que había elegido no le protegía del frío, a pesar de lo gruesa que parecía. Tenía ganas de llegar a la cafetería y sentir el calor de nuevo. Se dijo a sí misma que jamás podrá acostumbrarse al horrible invierno de Shelijonia, echando de menos el clima cálido de Nápoles.

Y Malan cambió de tema, para decir esto:

— Por cierto, la cafetería a la que vamos se llama Rabbit House café. — Alsancia, al escuchar el nombre, se imaginó un lugar tierno y adorable, lleno de conejos a los cuales tocar, mientras tomaba tranquilamente un café. Puso una sonrisa tonta que iba de oreja a oreja, Eso sería algo parecido al cielo para ella.

Entonces, cuando se dio cuenta de que estaba fantaseando, se quitó esos pensamientos, mientras movía rápidamente la cabeza. Sus expectativas eran muy altas y por tanto, podría llevarse un chasco. Es algo que le había ocurrido varias veces, como si estuviera en una comedia o, a veces, un drama que le hacían sufrir solo porque sí. Por eso se serenó, respirando e inspirando varias veces, para asimilar que lo que se imagino sería mil veces en la realidad, como siempre. Martha Malan, quién estaba hablando científicamente sin parar sobre los conejos, la miraba de reojo y se preguntaba qué ideas tenía por su cabeza. La dejó en paz, porque deseaba seguir con su genial charla sobre aquellos animales, aunque no pasaba más que un larguísimo monólogo.

Al llegar ante las puertas del local, Alsancia miró fijamente el exterior. Situado en un pequeño edificio de tres plantas con un gris muy apagado, sobresalía totalmente, parecía como si lo habían arrancado de un edificio del centro de una ciudad europea y lo encajaron en aquel lugar. Ese lugar era totalmente elegante y lujoso, con sus cuatros columnas imponente y hermosas sobresaliendo, con esos enormes ventanales impresionante y su gran puerta de madera. Y el interior también era algo igual.

Cuando entró con Malan, se quedó con la boca abierta, mirando por todas partes. Desde el techo, que tenía una lámpara de araña y estaba lleno de escenas idílicas, de niños jugando con conejos en mitad del jardín de una casa adinerada; hasta el suelo que tenía baldosas con la imagen en blanco y negro de aquellos animales. Las mesas, cubiertas con hermosos manteles de encajes, eran grandes y robustas y las sillas eran de terciopelo y muy cómodas. La barra daba la misma apariencia que todo lo demás. Pero lo que más le fijó la atención, era que en cierta parte del local, había una especie de cerca, y en el cual estaba lleno de unos cuantos conejos, siendo acariciados o alimentados por algunos clientes. Alsancia, no se lo podría creer, era todo tal como había imaginado y casi iba a dar un grito de alegría ante tal milagro.
Lo primero que quería hacer era salir corriendo hacia los conejos y acariciarlos. Iba a hacerlo, pero se contuvo, actuaría como una niña pequeña, y no como la adulta que era. Así que le preguntó a Martha si ella deseaba ir a acariciarlos, utilizando en el lenguaje de los signos, intentando verse como si no le interesaban. Ésta le respondió con gestos , diciéndole que antes iba a pedir algo. Alsancia pensó en que debería hacerlo ella, ya que era la mayor; aunque sabía que eso era una estupidez por culpa de su tartamudez. Malan observó un gesto de desánimo en el rostro de su amiga y le preguntó: — ¿Pasa algo? —

Alsancia le dijo con gestos que tal vez ella debería ir a pedir algo, porque era la mayor. Malan le respondió con esto:

— ¡Olvídate de eso! ¡Sólo me dices lo que quieres y punto! Piensa en esto: La pequeña tiene que obedecer, hacer caso en todo lo que dice la grande. —

Alsancia se quedó pensado, con mucha seriedad, pensó que había algo en esa argumentación que no le gustaba. Al final, no le dio importancia y le dijo que sí, pero antes tenían que sentarse y mirar en el menú. Había toda clase de cafés y té, también zumos de toda clase y dulces y otros alimentos.

Mientras la napolitana intentaba decidir, ya que quería probarlo todo y solo debía elegir uno, se acercó una de las camareras, una chica que parecía ser de su edad y con el pelo corto y naranja. Les preguntó qué querían tomar.

— Pues y-yo…— Alsancia, quién aún no se había decidido, se puso muy nerviosa y no sabía que decir.

— Yo quiero café con leche y un pastel de fresa con chocolate. — Soltó Martha con tranquilidad. Luego, se dirigió a Alsancia: — ¿Tú qué quieres? ¿Ya has elegido? ¡Si no has elegido aún, podemos esperar! —

Alsancia se tranquilizó y miró detenidamente el menú, eligiendo lo primero que viera y le apetecía. Había elegido café solo y un bizcocho de manzana. Al irse la camarera, Malan le dijo:

— Estoy algo emocionada, es la primera que pruebo el café. Espero que sea una buena experiencia. — Aunque decía eso, parecía bastante calmada y tranquila, para Alsancia.

La napolitana le respondió con signos que ella ya lo había probado cuando tenía diez años y la primera vez fue horrible, era demasiado amargo para su pobre lengua.
Lo recordaba como si fuera ayer, mientras sus padres charlaban con otras personas, observando el mar mediterráneo; ella y una amiga llamada Francesca decidieron probar a hurtadillas el café que tomaban los adultos. Cuando descubrieron su sabor, sacaron su lengua, diciendo sin parar que asco en italiano y todo el mundo poniéndose a reírse de las pobres. Al recordarlo, sintió mucha nostalgia y miró al cielo, preguntándose cómo estará su vieja compañera de juego en el cielo. Y luego, se acordó de sus dos padres. Casi iba a ponerse triste al recordar a todos los seres queridos que perdió en el pasado, cuando Martha intervino:

— Ya me hablaron de lo amargo que es y de que puede tolerar el sabor, ya sea con leche o con azúcar. También he leído mucho sobre su adicción. —

Eso le decía, después de escuchar la primera experiencia que tuvo Alsancia y atraer su atención, para que no pensara en esas cosas tristes. Y añadió, además:
— ¿Estarás bien tomando café solo? —

Alsancia se quedó muy pensativa cuando escucho esas palabras, porque se dio cuenta de que hacía años que no probó el café solo. Ella siempre pudo tomarlo con mucha leche y hubiera elegido lo mismo que Malan, si no fuera por las prisas. Ahora, después de años sin atreverse a probarlo, con la creencia de que cuando fuera más grande podría tolerar lo amargo; había llegado el momento de volver a tomar eso y esperaba no arrepentirse.

Y cuando se dio cuenta de que estaba tardando mucho en decirle algo a Martha, tuvo que soltar lo primero que se le ocurría, que estaba bien, que creía que podría tolerar el sabor.

Vino otra camarera, que parecía tener la misma edad que Martha, algo que empezó a intrigar a Malan y a Alsancia. En el café habían dos chicas que parecían menores de edad trabajando como camareras, se preguntaban si eso era legal. Pero otra cosa les distrajo de esos pensamientos, había algo sobre el el cabello azul clarito de la pequeña camarera, había una extraña bola de pelo, tan blanco como la nieve. Era un animal que despertó la curiosidad de la africana y la napolitana.

— ¡Qué Oryctolagus cuniculus tan bien cuidado y curioso! — Añadió Martha, bastante emocionada.

Alsancia y la camarera se quedaron en blanco, incapaces de comprender qué soltó Martha. La chica del pelo azul respondió, con una voz débil:

— Es un conejo de Angora. —

Alsancia se quedó más sorprendida, porque no se esperaba que esa cosa también fuera un conejo, con todo ese espeso pelo que tenía, apenas podría distinguirlo.

— Es el nombre científico del conejo común, incluyendo a los de Angora. — Mientras Martha le replicaba esto y la chica abrió la boca, diciendo que lo entendía, antes de irse.

Después de echar el azúcar y mezclarlo, Alsancia empezó a soplar con todas sus fuerzas para hacer que el café se enfriará más rápido, mientras Martha empezaba a comer el pastel que le dieron. Cuando vio que ya no estaba tan caliente, lo probó y casi se quemó la lengua:

— ¡A-ay! — Dijo, mientras sacaba la lengua y ponía cara de asco. — Estaba tan amargo que casi no pudo tragarse el poco líquido que se tragó. Ya pudo comprobar que jamás podrá soportar la amargura del café.

Para quitarse el mal sabor de encima, empezó a tomar el bizcocho, mientras Martha terminaba de comer y empezó a tomarse su café de un sorbo.

Mientras Alsancia se preguntaba qué podría hacer con el café, si dejarlo así o pedirles que le echaran leche; no se dio cuenta de que a Martha le sentó algo raro el café. A los pocos minutos de tomarlo, su cara empezó a ponerse roja y empezó a actuar de una forma extraña:

—Ajajajaja…— Empezó a reírse tontamente, mientras soltaba una voz rara. — ¡Ya lo sabía, ya lo sabía! ¡Jejeje! — Y movía su cuerpo de un lado para otro, como si se hubiera puesto hiperactiva de repente.

Alsancia se quedó mirándola con extrañeza, era la primera vez viendo a Malan actuar de esa manera. Súbitamente, cambió de parecer, no parecía la misma de siempre.
— Debiste poner leche en tu café, jejeje…— Se levantó y empezó a dar vueltas como una tonta, mientras añadía esto: — Lo amargo no es un sabor muy querido en el paladar humano. — Dejó de dar vueltas y hizo un gesto extraño, casi obsceno, que provocó la atención de todo el mundo. A la pobre Alsancia casi le dio algo, movía las manos como si le intentaba decir algo.

Alsancia no sabía qué estaba pasando, no podría comprender cómo la tranquila y racional Martha Malan se había vuelto así de la nada.

— ¡Qué raro se siente esto, jejeje! — No dejaba de ir de un lado a otro del local. — ¡Me siento muy animada, tanto que podría ser capaz de adelantar un Acinonyx jubatus! — Se acercó a Alsancia y le señalaba con el dedo. — ¡En otras palabras, hablo del animal terrestre más veloz de todos! ¡Alcanza una velocidad punta entre noventa y cinco y ciento quince kilómetros por horas, en carreras de hasta cuatrocientos o quinientos metros! —

Alsancia, incapaz de seguirle el ritmo, intentó preguntarle sí le ocurría algo malo, pero Martha no la dejo, ya que tomó su café solo y se lo tragó entero:

— ¡Qué asco, de verdad, lo amargo es muy desagradable! — Gritaba ella con una cara de completo asco, para luego añadir con una aterradora alegría, como si hubiera conseguido una victoria: — ¡Experimento completado! —

Y rápidamente se acercó al lugar en dónde estaban los conejos, mientras le gritaba a Alsancia: — ¡Vamos, ven conmigo a ver a los Oryctolagus cuniculus! ¡Rápido! —
Alsancia, sin pensarlo dos veces, la siguió, mientras intentaba comprobar lo que le estaba pasando. Y ahí se quedó un buen rato, concentrada más en observar a Martha que a acariciar a los conejitos. Los pobres tuvieron que soportar como la hiperactiva africana no dejaba de cogerlo y molestarlos, mientras explicaba como una cabra muchas curiosidades sobre ellos. La napolitana le pedía que tuviese cuidado con ellos, pero no había manera, no la escuchaba. También vio como su amiga dio vueltas por el césped, daba saltos y giraba como una peonza, alrededor de Alsancia, diciendo que ella era como la tierra, dando vueltas sobre sí misma y en torno al sol. O como empezó a hacer ballet y ejercicios de elasticidad tan exagerados y difíciles de ver que le dolía a la napolitana con sólo verlo.

Alsancia empezó a rezar al patrón de su ciudad para ayudar a Malan a recuperar su cordura, al ver que no encontraba ninguna explicación que le ayudase a entender su drástico cambio de comportamiento. Entonces, escuchó una conversación que tenía las dos camareras, que la observaron por un momento:

— Me recuerda a alguien. — Eso dijo alegremente la chica del pelo naranja.

— A ella también le afecta la cafeína. — Y añadió secamente la del pelo azul. Esas dos chicas recordaban a una amiga que también sufría el mismo problema, no espera que hubiera otra igual en toda la ciudad.

Y al escuchar esas palabras, Alsancia tuvo una revelación, poniendo una cara de sorpresa y dando un pequeño grito de sobresalto: — ¡E-el café! —

¿Por qué no se dio cuenta antes? Era bien obvio que Martha se puso así después de tomar el café y Alsancia se sentía bastante idiota por no haberse percatado. Y ahora se le vino a la mente una cuestión: ¿Qué debería hacer? No podría dejarla así, pero no se le ocurría absolutamente nada. Así es cómo empezó a dar vueltas por la zona de los conejos, forzando su pobre cerebro a encontrar una buena solución.

— Esas chicas son raras. — Dijo la del pelo azul, mientras seguía mirando.

— Pues a mi parecen divertidas. — Y añadió la camarera de color naranja, antes de volver las dos al trabajo.

Los demás clientes y trabajadores también pensaron que eran algo extrañas, pero volvieron rápido a lo que le interesaban. Y Alsancia, al ver que estaba haciendo el ridículo, se detuvo y se tranquilizó, dándose unos pequeños tortazos a la cara. No podría perder la calma, ella era la adulta y debía ser responsable de Malan. Tras eso, pudo encontrar una solución y decidió aplicarla al momento. Llamó la atención a su amiga y le dijo, usando señas, que debían volver a la casa de Mao.

— ¿Irnos a casa? — Replicó Martha, tras poner un feo gesto de molestia y hablando como una niña caprichosa. — ¡No tengo ganas, quiero seguir con los Oryctolagus cuniculus! — Y siguió molestando al pobre conejito que había capturado.

Alsancia pensó si lo mejor era esperar un rato más y ver si se calmaba, pero, por otra parte, sentía que ella tenía que volver a casa a descansar. Eligió lo segundo, pensando que podría provocar algún problema a la gente del café. Y buscó la forma de convencer a Martha, para que se dejase llevar a casa.

— ¿Quieres volver a casa? ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo? — Eso le decía hiperactivamente Malan, mientras la empezaba a examinar y a tocarle todo el cuerpo, como si ella se creía un médico. — ¡¿No te sientes bien!? ¡Ya veo, ya veo! ¡Tu cuerpo siempre dando problemas, es un fastidio, la verdad! —

Alsancia le dijo que ella no se encontraba bien y que esa era la razón por la cual deseaba volver a casa de Mao, y no era una simple excusa que se le ocurrió de repente para cambiar de idea a Martha, porque le empezó a doler de verdad el estomago y la cabeza.

Tras eso, Malan se fue corriendo hacia al barman para decirle el precio de todo y chocó de forma torpe contra al suelo con una de las sillas que estaban al lado de la barra de la cafetería. Alsancia se acercó a ella para ayudarla, pero ésta se levanto del suelo como si nada, riéndose como una loca. La napolitana se preguntó si podría mantener a la africana sana y salva. Después de eso, pagaron y se fueron.

— ¡T-ten cuidado! — Eso le gritaba Alsancia a Malan, quién no dejaba de correr y dar vueltas alrededor de ella, mirando por todas partes a la vez que no miraba por dónde iba.

— ¡No te preocupes, yo estoy bien, realmente bien! — Y además, le decía esto, con una sonrisa tonta en la cara. — ¡La que debes cuidarte eres tú! —
El viaje a regreso a casa de Mao se volvió todo un suplicio para Alsancia, quién estaba alerta e intentaba controlar a Martha, sin mucho éxito.

— ¡Qué curioso, todo se ve doble, jejeje…! ¡¿Eso produce normalmente el café!? — Y lo peor es que iba como un pato mareado, apenas podría andar bien, no dejaba de tambalearse de un lado para otro. Alsancia no se podría creer que la cafeína le fuera afectar tanto, parecía una completa borracha.

Al final, cuando vio que ésta iba a cruzar por la calzada, sin importarle los coches que pasaban por ella, le cogió fuertemente del brazo a Martha y no la soltaba por nada del mundo:

— ¡¿Tan mal te encuentras!? ¡Perdón, perdón, jajaja…! ¡Puedes usar mi brazo tanto como quieras, pero no me agarres tan fuerte, que se me corta la circulación! ¡Eso es malo, muy malo! — Martha se lo tomó muy bien, mientras Alsancia, cansada y agotada, deseaba llegar a casa de Mao cuanto antes. Lo que no sabía es que aún no había llegado la peor parte.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

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