Centésima sexta historia

El paquete olvidado: Centésima sexta historia, última parte.

― Bueno, creo que ya nos hemos lamentado bastante. ― Eso dijo Jovaka, unos cuantos minutos después de actuar de esa forma tan exagerada. Las dos ya se habían tranquilizado y se dieron cuenta de que hicieron el ridículo.

― S-sí… ― Y eso añadió Alsancia, muy avergonzada por haber actuado de aquella forma, sobre todo por el hecho de que era la adulta.

― ¿Y qué hacemos entonces? ― Le preguntó Jovaka y Alsancia, viendo que no podría explicarle eso con las palabras, se lo explicó con el lenguaje de los signos, de que tenían que preguntar a otra persona. La serbia lo entendió perfectamente.

― Ya veo, eso parece fácil… ― Añadió Jovaka, un poco preocupada, ya que para alguien normal le podría parecer facilísimo, pero para ellas eran algo totalmente diferente.

― P-perdón s-s-señ… ― Llamó Alsancia la atención a un hombre calvo y trajeado que pasaba por ahí e iba deprisa. No podría terminar la frase porque se quedó trancada, como siempre; y era incapaz de preguntarle dónde estaba la oficina de correos.

― ¿Qué quieres niña? ¡Qué tengo prisa! ― Y el hombre, quién estaba impaciente y quería terminar de una vez, le soltó con un tono desagradable.

-P-pues…- Eso solo provocó más nerviosismo en Alsancia, que ya era incapaz ni de pensar en lo que le iba a decir.

― ¡Vamos, Alsancia! ¡Di algo! ― Y Jovaka, quién estaba detrás de ella, le pidió que lo dijera de una vez.

― ¡¿Qué quiere tú amiga!? ― Entonces el hombre se dirigió a Jovaka.

― P-pues verás… ― Y ella también se quedó paralizada, incapaz de decirle algo al impaciente hombre. Le entró el miedo y no sabía qué hacer o decir, le temblaba todo el cuerpo y le entraron ganas de salir corriendo.

Alsancia se quedó boquiabierta, mientras se decía sin parar maldición; al ver que ella no solo tenía pánico a las chicas desconocidas, sino también a los hombres que no conocía. Así, ninguna de las dos le pudo decir dónde estaba la oficina de correos.

― ¡No me molesten, chiquillas! ¡Qué tengo cosas qué hacer! ― Eso les gritó molesto, antes de mandarlas a la mierda. Y esto solo era el primer intento.

A continuación, lo intentaron con otras personas, que tuvieron diferentes tipos de reacciones. Algunas de ellas le dijeron cosas como estas:

― Lo siento. ― Eso decía una muchacha intentando ser amable. ― No entiendo nada. ―

― ¡Déjenme en paz! ― Gritó una vieja gruñona que pasaba por ahí.

― ¡Qué tías más raras! ― Eso añadió un niñato que soltó lo que pensando, hiriendo a las dos chicas cruelmente.

Ninguno de las personas con las cuales habían preguntado no tuvieron ni la capacidad ni la paciencia de saber que querían Jovaka y Alsancia. Después de todo, eran incapaces de decirles los que querían, siendo en el caso de la napolitana sus problemas del habla y en el de la serbia aquel inexplicable y molesto miedo.

― ¡Mierda, mierda! ― Al final, Jovaka estalló con gran furia y gritaba estas cosas. ― ¡Maldición, tan difícil no es! ¡Solo tenemos que preguntar dónde está la maldita oficina de correos! ―

― ¡T-tranqu…! ― Eso intentó decir nerviosamente Alsancia, antes de su maldita garganta se volviera a atrancar de nuevo y no podría terminar ni siquiera la palabra. Incapaz de hablar, deseaba gritar de furia, maldiciendo su voz una y otra vez. Si no fuera tartamuda, esto no estuviera pasando.

Entonces, una chica que pasaba por ahí, escuchó gritar a Jovaka y les dijo amablemente: ― Si quieren, puedo decirles dónde están la nueva oficina de correos. Lo trasladaron hace poco. ― Fue la salvación para las dos chicas.

Tras explicarles con pelos y señales dónde lo habían puesto, ellas les pidieron nerviosamente las gracias y fueron yendo hacia sus indicaciones, sin saber realmente que ella sin darse cuenta se había equivocado torpemente.

― ¡¿No decía que girábamos hacia la derecha!? ― Eso decía Jovaka, tras mirar  la próxima calle que tenían que cruzar supuestamente. ― No hay salida y no veo ninguna oficina. ―

En ese momento, tras un buen rato dando vueltas cerca de la plaza en dónde había estado la antigua oficina de correos, se dieron cuenta de que había algo raro en esas indicaciones.

― Q-qué raro… ― Eso soltó Alsancia, bastante preocupada. Le aterraba que sus peores sospechas fueran cumplidas, que metería de nuevo la pata, a pesar de que la verdadera culpable no era ella.

Jovaka al ver el rostro de terror que tenía Alsancia, decidió intervenir y soltar esto: ― Tal vez, se habrá equivocado y dijo a la izquierda. ―

Y así, yendo sin rumbo aparente, Jovaka y Alsancia intentaron buscar la oficina de correos ellas solitas, dando rodeos sin parar y alejándose del centro cada vez más, hacia al noreste de la ciudad. Al final, acabaron a los pies de un barrio desconocido.

― ¡¿En serio, dónde estamos!? ― Eso preguntó Jovaka consternada y lo mismo se preguntaba a sí misma Alsancia, en ver que estaban en un sitio que jamás habían estado, que parecía ser lo primero que se veía desde los coches que viajaban desde la autopista que lo conectaba con Bogolyubov. Aparte de eso, no tenía nada de especial.

Entonces, se dieron cuenta de lo obvio. Jovaka le preguntó a Alsancia: ― ¡¿Nos hemos perdido!? ―

Y ésta, sintiéndose muy mal por no haber hecho nada bien, tuvo que afirmarlo con la cabeza. Jovaka casi cayó de rodillas dando un gran suspiro de fastidio, mientras Alsancia, que le deseaba pedir perdón por no poder haber sido de ayuda, se puso a descansar, apoyándose las manos sobre las rodillas. Llevaron casi tres horas caminando, les dolían los pies y estaban realmente cansadas. Y al ver un banco a los lejos, las dos corriendo hacia él para sentarse y estar un rato recuperando el aliento.

Tras un rato en silencio, Jovaka, incapaz de aguantar su enfado, abrió la boca: ― Esto no es normal, para nada; se están burlando de nosotras o algo. Es imposible que nosotras tengamos tantos problemas para ir solo al maldito correos. ― No sabía de quién hablaba, pero se sentía muy frustrada y enfadada, harta de aquel paseo. Luego, siguió hablando sola y añadió: ― Debe ser una señal de que no deba coger ese dichoso paquete. ―

Mientras Jovaka hablaba sola, Alsancia no dejaba de pensar una y otra vez en lo inútil que había sido en este paseo hacia a la oficina de correos. Había metido la pata unas cuantas veces y demostró que era una adulta desastrosa. No solo deseaba perdirle a la serbia perdón, sino que tenía ganas de llorar porque siempre le pasaba lo mismo.

Llegó a preguntarse si en verdad ella estaba maldecida o es que había nacido con la estrella de la mala suerte. Miles de pensamientos tontos interrumpían en su pobrecita cabeza y la ponían peor de lo que estaba.

― Se preocupa demasiado… ― Eso dijo en voz baja Jovaka, al darse cuenta de que Alsancia se estaba calentando la cabeza. No sabía el porqué, pero a ella le molestaba eso, que siempre se pusiera muy triste porque se pensaba demasiado las cosas.

En realidad, si lo sabía pero no podría explicarlo en palabras; aquella faceta suya solo conseguía que atrajera la atención de Mao, que haría todo lo posible para que ella estuviera feliz y no se centrará tanto en lo malo. Dio un gran suspiro de molestia. Ahora mismo, lo único que le importaba es que Alsancia no estuviera triste.

Entonces, se levantó de repente y le dijo: ― ¡No es hora de ponernos tristes, tenemos que llegar a la maldita oficina de correos, o si no se nos hará de noche! ―

Y sin poder reaccionar, cogió a Alsancia de la mano y pareciendo estar molesta le añadió: ― ¡Me molesta mucho que estés así! ¡No sé el porqué pero me molesta, así que no te pongas de esta manera! ¡¿Entendido!? ―

― P-perdón,… ― Le dijo entrecortada Alsancia, sintiéndose un poco culpable. Eso solo provocó que Jovaka, que estaba bastante roja, le gritara esto:

― No, eso no. Solo que no te pongas así, ¡es mi problema, no el tuyo! ¡Yo solo debo ponerme así! ¡Por eso, deja de sentirte mal! ―

Entonces, comprendió lo que intentaba hacer Jovaka, quién lo hacía a su manera. Intentaba animarla, aunque de una forma un poco inusual. Eso le hizo mucha gracia, preguntándose por qué no lo decía de forma normal, tanta vergüenza le daba reconocer que quería levantarla la moral.

Y rápidamente, con Alsancia siendo arrastrada por Jovaka, ellas dos empezaron a caminar hacia algún lado. La serbia empezó a buscar una manera de poder preguntar a alguien, porque había gente por las calles, pero era incapaz de dirigirles la palabra. Al final, se centró tanto pensado en eso que no se dio cuenta de que le tuvieron un enorme golpe de suerte. Tras andar sin rumbo por tres o cuatros calles, pasaron al lado de una oficina de correos.

― ¡J-jo..Jov…! ― Pero Alsancia se dio cuenta de su presencia e intentó llamar atención a la persona que la estaba llevando de la mano, intentando decir su nombre, aunque no podría ni vocalizar ni la mitad.

― ¡Ya te he dicho que no pasa nada! ― Y Jovaka, creyendo que era otra cosa mientras seguía en lo suyo, no se daba cuenta de lo que realmente quería ella.

― N-no es eso… ― Pero Alsancia se esforzó en que se diera cuenta. ― ¡A-a-atrás! ― Intentó gritar con todas sus fuerzas con su débil voz, mientras le señalaba hacia atrás.

― ¡¿Atrás!? ― Le preguntó Jovaka, deteniéndose al momento. ― ¡¿Qué pasa con eso!? ―  Y hizo lo que Alsancia le pedía desesperadamente.

― ¡¿Desde cuándo está esa oficina de correos ahí!? ― Eso gritó boquiabierta al ver el local que tanto buscaban. ― ¡¿Cómo no me he dado cuenta de eso!? ― Y se maldijo por el hecho de haber pasado al lado de eso y no darse cuenta.

Tras gritar como loca, hubo un corto silencio entre las dos, que tenían cara de póker. Se miraron mutuamente, intento asimilar lo que estaban viendo.

― ¡Bueno, eso no importa! ― Y Jovaka fue la primera en reaccionar, dando un grito de alegría.- ¡Por fin lo hemos encontrado!- Y abrazó fuertemente a Alsancia, mientras no dejaba de repetir aquella frase.

― ¡P-por fin! ― Y añadió Alsancia, mientras les entraba las ganas de llorar.

Tras muchas vueltas y caminatas, habían llegado a su destino, el cuál creyeron por un momento que no iba a llegar.

Por eso, estaban tan eufóricas que protagonizaron de nuevo una reacción muy exagerada por parte de la gente que pasaban por el lado. Lo que no sabían es que aquella felicidad no les iba a durar mucho.

― ¡¿Espera, qué!? ― Eso gritó fuertemente Jovaka, totalmente incrédula. ― Pero,… ― Luego, iba a decir algo más pero se calló. Alsancia se quedó con la boca abierta, incapaz de asimilar lo que oyó.

― No te pongas así. Solo digo que este paquete no es de nuestra zona postal y os habéis confundido de lugar. ― Eso añadió una mujer que parecía tener más de cuarenta años, una empleada que estaba en el mostrador.

Tras aguantar una cola infernal de una casi una hora, les llegó su turno a Alsancia y a Jovaka. Como la serbia, quién no soltaba el brazo de la napolitana por nada del mundo mientras temblaba de miedo como un flan, no se atrevía a hablar, la otra, a sabiendas de que le era imposible decirle algo a aquella mujer, les dio el aviso y ésta lo revisó cautelosamente y lo que concluyó es que equivocaron del lugar.

Y al ver la reacción de desosiego que provocó sus palabras a aquellas dos niñas, dio un suspiro de molestia y les dijo amablemente:

― Oye, no es para tanto. Solo ha sido una equivocación. ― Pero eso no ayudó en nada, ellas ni reaccionaron.

― ¡Vamos niñas, qué hay gente detrás de vosotras! ― Y los que esperaban detrás de ellas, ya les estaban dando prisas. Entonces la empleada decidió

― Qué remedio. ― Se levantó y buscó entre los papeles de su mesa. Con mucha rapidez, encontró lo que buscaba y se los dio, antes de poner algo en él: -Os daré un mapa para que sepáis dónde está eso.-

Alsancia y Jovaka reaccionaron de muy buena manera, cuando oyeron eso. Observaron el mapa detalladamente y mostraban las oficinas de correos que habían en la cuidad de Springfield. Había uno que había sido rodeado por un círculo y que fue señalado como el sitio en dónde estaba el paquete.

Los ojos de aquellas chicas brillaron de emoción y felicidad, al ver que tenían algo para llegar al dichoso paquete. Ellas aceptaron aquel gesto de amabilidad con muchísimo gusto. La napolitana le dio las gracias por las dos, ya que a la serbia le daba mucha vergüenza y salieron de ahí. No sin antes escuchar una advertencia de la empleada de la oficina del correo.

― Deben darse mucha prisa, porque falta una hora para que cierren. ―

Lo malo es que estaba en la otra punta de la cuidad, mucho más cerca de la casa de Mao que en dónde estaba antes. No sabían cuánto tiempo tardarían, pero tenían que darse prisa. Así que salieron corriendo, aunque esa carrera no duró ni diez minutos.

― ¡V-vamos, Alsancia! ― Decía Jovaka, jadeando, cuando se detuvo y vio que dejó a la napolitana detrás suya. ― ¡Tenemos que llegar a tiempo! ―

Entonces vio como ella estaba de rodillas en el suelo, jadeando fuertemente y tenía la cara como si le iba a dar algo.

― ¡¿Oye, qué te pasa!? ― Jovaka le preguntó aterrada y se acercó a ella rápidamente.

― N-no… ― Le intentó decir que ella no podría más, pero incapaz de expresárselo en palabras. -N-no…-

― ¿¡Qué intentas decir!? ― Preguntó nerviosamente Jovaka, a punto de llorar por lo asustada que estaba. Alsancia no le pudo dar respuesta alguna.

― ¡Oh, mierda! ― Eso gritó desesperadamente, mientras miraba a todos lodos. ― ¿¡Qué hago!? ―

Quería pedirle auxilio a alguien, pero era incapaz de hacerlo; y los estaban pasando por delante de ellas, absortos en sus problemas y en sus teléfonos móviles, no se dignaba ni siquiera a pararse.

― E-estoy… ― Entonces, Alsancia, sintiéndose culpable de preocuparla de estaba manera, reunió fuerzas y se levanto, mientras le intentaba decir que estaba bien. ― b-bien… ―

― Eso no lo parece. ― Le replicó Jovaka, que estaba a un paso de entrar en pánico.

Alsancia, quién sabía que correr no le sentaba muy bien, pero que de todas maneras corrió; utilizó el lenguaje de los signos para decirle que lo estaba de verdad y que deseaba seguir.

― ¡¿Quieres seguir!? ― Preguntó Jovaka para confirmar lo que le decía Alsancia. ― ¡¿No quieres abandonar, ahora que estamos cerca?! ―

La napolitana le respondió afirmativamente con la cabeza, mientras intentaba hacer como si estuviera bien.

― Pero, ¡no te ves bien! ― Pero Jovaka ya estaba reacia a seguir con eso.

Entonces, Alsancia le dijo en el lenguaje de los signos que quería seguir corriendo, tal vez ir caminando a largas zancadas, pero ir lo más rápido para llegar a la oficina del correos a tiempo. No quería volver a ser una carga, ya que solo le había provocados más que problemas extras, no solo en este fastidioso viaje, sino en todo lo demás.

― Oye, oye, ¡no eres una carga, de verdad! ― Le replicó Jovaka muy molesta, mientras la ayudaba a mantenerse en pie.

― Me has ayudado mucho. ― Y luego, añadió con toda su sinceridad: ― No sería capaz de haber podido hablar con nadie, no podría haber salido a la calle si no fuera por ti. ― Estaba roja, porque era la primera vez que le decía esas cosas. Aún así, continuó: ― Así que… ― Finalmente le gritó: ― ¡No digas eso! ―

― ¡¿Q-qué…!? ― Y para sorpresa de Alsancia, Jovaka intentó cogerla y levantarla en brazos.

― Lo que hace Mao siempre. ― Eso le gritó, mientras intentaba emular a Mao, cuando éste la cogía como una princesa. Alsancia, muerta de vergüenza, no se quedó en blanco.

A pesar de lo ligera que era la napolitana, Jovaka no era tan fuerte como Mao y no la pudo sostener ni medio minuto. Ésta, tras rugir del esfuerzo que le suponía hacer tal cosa, dejó que sus piernas se derrumbaran, con cuidado de no hacer caer a Alsancia mientras sus brazos caían al suelo.

Mientras Jovaka jadeaba desesperadamente, Alsancia, quién aún no se podría asimilar lo ocurrido, vio un autobús parando cerca de ellas y se dio cuenta de que había una solución muchísima más fácil que correr como locas.

― ¡¿Podríamos darnos cuenta de esto antes!? ― Protestó Jovaka, bastante molesta, después de recordar aquel espectáculo que montaron hace unos minutos. Alsancia, con su cara totalmente roja, movió afirmativamente la cabeza.

Tuvieron otro golpe de suerte, en el que había un autobús que pasaba por la oficina de correos y que paró ahí, unos minutos después de que ellas dos se dieran cuenta.

Y ahí estaban, sentadas juntas en el final del autobús, mientras éste iba directo hacia su parada a su ritmo, que era bien lento.

― ¡¿Cuánto falta!? ― Y Jovaka estaba muy impaciente, deseosa de llegar rápido a la parada en dónde quería bajar. Alsancia le señaló con el dedo un reloj que había en una parte del gran vehículo.

― Solo tenemos media hora. ― Eso dijo Jovaka, mirándolo. ― Espero que este cacharro llegué. ―

Y entonces observó y vio que iban a meterse con una calle muy transitada.

― Odio el tráfico. ― Protestó Jovaka, quién maldijo la existencia de tantos coches en la cuidad.

El trayecto que tuvieron les pareció eterno, no dejaban de observar el reloj y cada minuto que pasaba se les hacia insoportable, sobre todo cuando veían como el tráfico impedía que el autobús llegará a su destino.

Y cuando llegaron, bajaron como locas del autobús.

― ¡Vamos, vamos! ― Jovaka le gritaba a Alsancia mientras ésta sacaba el mapa. ― ¡¿Dónde está!? ―

Pero Jovaka se dio cuenta de que estaba a unos metros de ellas y de que había un hombre que estaba cerrando el local.

― ¡No lo cierres, maldito cartero! ― Entonces, gritó como psicópata y se fue directa a toda velocidad hacia la oficina de correos.

― ¡Ah, policía! ¡Una loca viene a por ti! ― El empleado cuando la vio, casi le dio un ataque de corazón y salió corriendo. Paró, cuando se dio cuenta de que Jovaka se detuvo súbitamente en las puertas del correo.

― ¡¿Estás bien!? ― Le preguntó Alsancia, cuando la alcanzó y vio que estás estaba jadeando de todo aquel esfuerzo que hizo.

― Yo soy ninguna loca. ― Luego, le gritó al empleado. ― ¡Solo quería entrar! ―

Éste puso una risa nerviosa, al ver que hizo el ridículo y empezó a acercarse a esas niñas con normalidad. Aunque no quería acercarse mucho a Jovaka.

― ¡No te acerques demasiado! ―  Y ésta, creyendo que ese hombre estaba molesto con ella y que le podría hacer algo, le soltó aquello mientras se apresuraba a ponerse detrás de Alsancia, temblando como un flan.

Ésta le mostró el aviso y él lo leyó tranquilamente:

― ¡Ah, ya veo! ― Soltó esto, con gesto de sorpresa. ― Les daré su paquete. ―

Miró a las dos niñas con una cara extraña para ellas, como si se preguntaba algo que no parecía buena cosa. Ignoraron, ya que por fin iban a conseguir el dichoso paquete.

Pues entonces, abrió las puertas de la oficina y las dejaron entrar. Después de encender las luces y pedirles que se sentaran, les dijo esto:

― ¡Esperen un segundo! ― Ellas movieron afirmativamente la cabeza de forma tímida y el empleado salió a la calle y llamó a alguien por el móvil. De vez en cuando, miraba como si las dos chicas fueran sospechosas de algo y Alsancia se daba cuenta, aunque decidió ignorarlo.

― ¡Por fin, por fin, hemos terminado! ― Jovaka, por su parte, soltaba esto feliz. Y luego le dijo a Alsancia esto: ― Y todo gracias a ti. ―

Ella se puso muy contenta y roja, al oír eso.

― ¿¡E-en serio!? ― E intentó confiarlo, porque no sé podría creer que había sido de ayuda.

-Sí, si no hubieras visto el autobús nunca hubiéramos llegado a aquí. ― Le explicó Jovaka. -Así que siéntate contenta de ti misma. ―

Alsancia, quién siempre sentía que era un estorbo para los demás y no servía para nada, al ver que alguien le decía que había sido útil, de que había ayudado; se puso realmente feliz, tanto que empezó a llorar de la emoción:

― ¡¿Por qué lloras!? ― Eso preguntó Jovaka, quién no se lo esperaba. ― ¡¿He dicho algo malo!? ―

Alsancia le tuvo que decir en el lenguaje de los signos que no estaba triste, sino contenta. Y Jovaka, aunque lo entendió a medias, supo cómo se sentía ella realmente.

― ¡¿Estás feliz!? ― Le preguntó extrañada. ― ¿¡No crees, qué eso es algo exagerado!? ― Luego, puso una sonrisa y añadió: ― Bueno, no importa… ―

Al pasar unos minutos más, el empleado dejó de hablar por el teléfono y les dijo con una sonrisa forzada que lo iba a buscar. Ellas dos solo movieron la cabeza afirmativamente, aunque Jovaka deseaba gritarle que se diera prisa, que ya le hicieron perder mucho tiempo por culpa de su llamada.

Volvió con una caja enorme y pesada, diciendo que esto era el paquete que estaba buscando. En el destinatario estaba escrita mal la dirección de la casa de Mao y el nombre de Jovaka, mientras que el remitente dejaba claro que era de su madre que lo envió desde la cárcel que estaba encerrada.

― ¡E-es gran…! ― Eso intentaba decir Alsancia, que se quedó sorprendida por el tamaño de aquella caja y se preguntaba qué había ahí dentro.

― ¡Pues sí! ― Añadió Jovaka, con una mueca de molestia. ― ¡No sé si podemos cogerlo entre las dos…! ― No tenía ni idea de cómo llevar eso a casa de Mao.

Y ellas se dieron cuenta de algo muy raro, el empleado de correos estaba sudando de nerviosismo y temblando de terror, mientras no dejaba de mirar lo que había detrás de esas dos chicas.

― ¡De todos modos, aquí tienen su paquete! ― Y además éste intentaba darle el paquete a la fuerza, como si se quería librar de eso rápido.

Jovaka y Alsancia se quedaron pensando qué había algo raro y no se atrevían a cogerlo. Pero al final intentaron ignorar eso y lo tocaron.

― ¡Policía, policía! ― Entonces, cientos de policías, armados hasta los dientes, salieron de todas partes. ― ¡Las manos contra la espalda! ―

― ¡¿Qué está pasando!? ― Gritó Jovaka, boquiabierta. ― ¡No hemos hecho nada! ― Mientras las obligaban sentarse en el suelo con las armas sobre sus cabezas. Alsancia haría lo mismo que la serbia, quién gritaba como loca, sino no fuera porque sintió como su garganta le impedía hacer algún sonido. Estaban tan aterradas, que podrían haberse meado del miedo.

Algunos policías abrieron la caja, sacaban el paquete de ahí y lo rajaban violentamente para ver su interior. Cayó una carta y encontraron una cosa extraña, una bolsa de plástico, con imágenes de personajes de series infantiles de algún país del este de Europa, cuyo interior habían cientos de dólares. Al ver esto, uno les gritó esto:

― ¡Quedan detenidas, por tráfico de influencias! ―

― ¡¿Qué!? ― Jovaka gritó eso por las dos, incapaces de entender lo que estaba pasando ni siquiera qué era eso con lo cual la estaban acusando.

A pesar de todo, Jovaka supo enseguida quién era la culpable y empezó a gritar llena de ira: ― ¡Maldita estafadora! ¡Sabía que no tenía que haber venido! ¡Lo sabía! ―

Todas las molestias que le habían ocurrido durante el viaje, ahora tenían sentido. Les estaba avisando de antemano que iba a ocurrir esto y ella se maldigo una y otra vez por no haberlas hecho caso.

Y mientras tanto, la carta que cayó al suelo era ignorada por todos. Su contenido, escrito en serbio y por la mano de la madre de Jovaka era este:

Hija mía, hazme un pequeñito favor, manda este paquete a un conocido mío de Rusia, cuyo dirección lo he dejado escrito detrás de este papel. Es algo muy importante y sin falta. No veas su contenido, no se lo enseñes a nadie ni menos a la policía, ¿vale?

Con amor desde la cárcel, tu mamá.

FIN

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Centésima sexta historia

El paquete olvidado: Primera parte, centésima sexta historia.

En una mañana de inicios de Febrero, mientras en el salón de la casa de Mao casi Jovaka y Alsancia veían embobados la televisión, observando una película que las había absorbido. Junto a ellas, estaba el chino y Diana, que se habrían quedado dormidos porque lo que estaban viendo era bastante aburrido para ellos.

Y en el mismo momento en que el clímax de la película llega, apareció por la puerta Clementina con la intención de decirle algo importante a alguien con una cosa en las manos. Cuando se lo iba a decir, sin querer pisó el mando y apagó la televisión.

Tanto Alsancia como Jovaka, quienes estaban totalmente entregadas a la película, se quedaron en blanco. La primera en reaccionar fue la serbia, quién dijo esto: ― ¿Qué ha pasado, por qué se ha apagado la tele de repente? ―

Clementina al haberse cuenta de que fue ella la que lo apagó intentó hacer como si no hubiera pasado e inconscientemente, sin saber cómo lo hizo, lanzó el mando hacia la pared tan fuerte que se rompió.

― ¡¿Qué ha pasado!? ― Eso gritó Jovaka, al ver cómo el mando se rompió en mil pedazos y sin darse cuenta de la presencia de Clementina.

― El m-mando… ― Y esto era lo único que pudo decir Alsancia, quién tuvo la misma reacción que la serbia.

― ¡¿Cómo ha aparecido de repente!? ― Eso pronunciaba Jovaka, incapaz de entender lo que había visto. ― ¡¿Qué está pasando aquí!? ―

― ¡Es u-un fant…! ―  Y entonces, temblando del puro terror, Alsancia intentó decir que había un fantasma. Eso solo empeoró la situación.

― ¡No digan esas cosas, me estás asustando! ―  Le decía Jovaka eso, mientras estaba temblando de miedo.

Clementina para evitar que el malentendido fuera a peor, se acercó a ellas para explicarles lo que pasó: ― ¡Verán, he sid…! ―

Y les iba a decir a algo, sin darse cuenta de que le tocó el hombro a Jovaka. Clementina al momento se dio cuenta de que metió la pata, mientras la serbia empezó a dar un gran chillido e inconscientemente agarró con todas sus fuerzas a Alsancia, quién daría también lo mismo si pudiera hacerlo.

Eso despertó a Mao, que se levantó de golpe, gritando que estaba pasando, totalmente preocupado y aterrado; y a Diana, que se puso a llorar con todas sus fuerzas por haber sido despertada de esa manera. Allí se provocó un gran revuelo en cuestión de segundos y costó minutos en tranquilizarse.

― ¡Perdón, perdón! ¡No era mi intención de verdad! ―  Eso le decía Clementina a todo el mundo, tras explicarles lo que pasó realmente.

― ¡Malditas seas, casi me matas del susto! ― Protestó Jovaka, muy molesta. Estaba muy avergonzada y fastidiada por haber actuado de esa forma.

― ¡Lo que habéis liado en un momento! ―  Mao suspiró, aliviado por el hecho de que no fuera nada grave. ― ¡Hasta habéis roto el mando! ―  Aunque algo molesto de que hubieran roto algo por culpas de las tonterías.

― Podle mando, ¡¿qué has hecho pala mercer esto!? ―  A Diana, le afectó muchísimo la muerte del pobre mando, lloraba sin parar recordando los buenos tiempos que pasó con él.

Y su madre totalmente culpable de haberla puesto triste, le pedía perdón sin parar a su hija y ésta la ignoraba, realmente enfadada con ella.

― No pasa nada. ―  Pero Mao actuó rápidamente para calmar a Diana.  ― Se puede comprar. ―

― ¿¡En selio!? ―  El enfado y las lágrimas que tenía la hija de Clementina desaparecieron súbitamente para paso a pura alegría. ― ¡Bien, vanos a tenel un mando nuevo! ―

Mientras tanto, Alsancia estaba perpleja, no por el hecho de haber sido asustada tan fácilmente sino porque Jovaka la agarró como si nada y no se puso histérica ni nada parecido, como siempre hacía cuando alguien del mismo sexo se le acercaba. Y entonces se dio cuenta de que últimamente no pasaba eso. Ya no se ponía así cuando una chica estaba realmente cerca de ella. Es más, había momentos en que rozó o tocó a alguna de ellas y no paso nada. Aunque, seguía diciendo que aún le daba miedo las mujeres, con el alivio de que ya no decía cosas muy feas hacia las demás.

Para Alsancia todo estaba claro, Jovaka había dejado de sentir miedo a las mujeres, aunque por alguna razón intentaba mantener eso. Y estaba más consternada antes el hecho de haberse dado cuenta tan tarde que de descubrirlo.

Y estas palabras volvieron a Alsancia a la realidad: ― ¡Ah, por cierto! ― Aunque no eran dirigidas hacia ella. ―  ¡Toma esto, Jovaka! ―

Clementina le estaba dando aquel papel que llevaba en las manos desde que entró, con cuidado para que ella no se pusiera alterada por tocarla. Pero, para su sorpresa, Jovaka lo cogió así sin más, con una actitud normal.

― ¡¿Qué es eso!? ―  Eso le preguntó, cuando empezaba a leer el contenido y no se enteraba de nada.

―  Pues parece un aviso de correos de que tienes un paquete en tu nombre esperándote ahí. ― Le explicó Clementina, antes de añadir esto: ― Perdón por leerlo. ―

― ¡En serio, ¿es para mí?! ― Jovaka se puso muy emocionada. ― Nunca he tenido un correo. ― Su cara brillaba como si fuera una niña pequeña que recibió un regalo que le encantó, una reacción un poco inesperada y exagerada para el resto.

Ella se puso a leerlo seriamente, intentando comprender lo que ponía el aviso, mientras los demás le miraban fijamente, llenos de curiosidad por aquel aviso que le habían mandado. Jovaka, al sentir que le miraban, se puso muy nerviosa y les dijo:

― ¡¿Qué os pasa!?- Les decía roja, con una voz gruñona. ― ¡No puedo leerlo así! ―

Y Mao, harto de la esperar, le cogió la carta mientras le decía esto: ― De todos modos, estás tardando mucho. ―

Jovaka protestó, pero no hizo nada para recuperarlo, y Mao se puso a leerlo, dándose cuenta de una cosa.

― ¡¿Y esto qué es!? ―  Eso gritaba consternado. ― Es puro ruso, no entiendo ni jota. ―

Los avisos de correos siempre se mandada por dos, una en inglés y otra en ruso, y Mao estaba leyendo el que no podría leer.

Por eso, Jovaka tampoco entendía nada, a pesar de que su idioma natal, el serbio, usaba el mismo alfabeto que el segundo.

Entonces, Clementina se dio cuenta del error que cometió y sacó un papel que había guardado en el bolsillo, bastante avergonzada.

― Ah, perdón. Me he equivocado, está es la que están en inglés. ―  Y se la dio a Mao, quién se puso a leer la carta, después de decirle que hoy estaba muy torpe. Con mucha concentración, leyó rápidamente hasta al final.

― ¡¿Qué pone, qué pone!? ―  A pesar de que Jovaka no le dejaba en paz, quién deseaba saber qué era eso impacientemente.

Al entender el contenido de la carta, dio un gran suspiro de pura molestia, al saber quién le habían mandado la carta. Imaginándose la cara que ponía Jovaka, le resumió el contendido de la carta:

―  Pues verás, tu mamá te ha mandado un paquete por correo desde la cárcel y tienes que recogerlo. Puedes hacerlo cuánto quieras. ―

Toda la emoción y felicidad que sentía Jovaka desapareció de golpe, fue como si le hubieran tirado una jarra de agua fría:

― ¡¿Esa maldita estafadora!? ―  Gritaba enfadada. ―  ¡Esto es sospechoso! ¡No voy a ir a recoger eso, seguro que me mete en problemas! ―  Y se alejó de ellos y se sentó en el suelo para ponerse a jugar a los videojuegos, con la intención de olvidarse de aquella carta.

― Eso sería típico de ella. ― Añadió Mao, quién tenía curiosidad por saber qué cosa le había mandado esa maldita vieja y a la vez el miedo de que aquella cosa le metieran en problemas.

― No creo que sea eso. ―  Entonces, Clementina intervino. ― Tal vez, te quería dar un regalo o algo así. ―  Pensaba que como era madre como ella, pues creía inocentemente que le iba a dar un regalo, con el motivo de mejorar su relación.

― Está en la cárcel, será imposible que le hayan dejado mandar algo peligroso. ―  Y Mao argumentó esto, enfadando a Jovaka.  ― Así que no crea que sea tan mala idea. ―

― ¡¿Lo estás diciendo en serio, de verdad?! ―  Sentenció Jovaka, incapaz de creer erróneamente que Mao estuviese confiando en su madre.  ― Yo, jamás de los jamases, iré a buscar a ese paquete. ―

Al final, aquellas palabras que soltó firmemente se desmoronaron como un castillo de arena, un día después. Y Jovaka al recordarlo, se puso a gritar muy enfadada esto en mitad de la calle: ― ¡¿Por qué seré tan bocazas!? ―

Salió a la calle unos quince minutos antes, después de tener que soportar a Clementina intentando convencerla de que se fuera a buscar al dichoso paquete:

― ¡Pero me da pena! ¡¿No deberías tal vez solo ir a la oficina de correos a comprobar qué es!? ―  Eso le decía, bastante apenada.

―  No, no y no. ―  Le repetía Jovaka, moviendo la cabeza repetidamente.

― Ella tal vez se arrepiente, deberías darle una oportunidad. ― Pero ella insistía.

― ¡¿Pero me puedes dejar en paz!? ¡Por nada del mundo iré a recoger un paquete de esa vieja! ― Eso le gritó, harta de soportarla.

Pero lo que Jovaka no esperaba era ver la ira de Clementina, quién le replicó y le regañó como un demonio. No iba a tolerar que fuera tan insensible con su madre y la serbia no pudo seguir negándose, totalmente aterrada.

― Clementina da mucho miedo cuando se enfada… ― Eso dijo, tras dar un largo suspiro.

Y observó a la persona que le estaba acompañando, ésta que la observaba desde un rato giró la cabeza hacia al otro lado, al darse cuenta de que la estaba observando. Se le notaba muy nerviosa, como si no sabía qué hacer, y Jovaka, quién se sentía igual, se preguntaba qué le pasaba y sí había algo para relajarla. Y luego, se puso a pensar en la razón por la cual Alsancia la estaba acompañando, mientras recordaba.

― Vale, vale, iré. ―  Eso le decía bastante atemorizada Jovaka, tras ser regañada por Clementina.

― Así me gusta, seguro que vuestra relación va a mejorar. ―  Y ésta soltó eso bastante contenta, con una expresión angelical.

― ¡Pero no sé dónde está eso! ― Entonces, Jovaka soltó esto. Iba a aprovecharse de eso para no ir.

― ¿¡Y Mao!? Él sabe dónde está. ― Eso añadió Clementina, a punto de buscarlo, pero su hija le dijo que se fue hace rato, acordándose del hecho de que unas amigas vinieron en su busca y le pidieron ayuda.

― Entonces, no iré. ― Sentenció Jovaka, quién creía que podría librarse de esta.

― Bueno, te llevaría yo o Leonardo si supiéramos dónde está, pero no sabemos. ―  Eso decía pensativa Clementina, antes de que Alsancia levantara la mano y decirles que ella sí sabía dónde estaba.

No dejaba de recordar eso una y otra vez, para intentar ver los motivos de Alsancia por querer llevarla hacia a la oficina de correos. Después de todo, siempre fue muy desagradable con ella, diciéndole cosas muy hirientes; debido a que la napolitana recibía bastante atención de Mao. Entonces, ¿por qué quería acompañarla, era para fastidiarle el día o ayudarla?

Por otra parte, Alsancia se preguntaba una y otra vez qué decir o hacer para que Jovaka se sintiera cómoda con ella. Alzó la mano, no solo porque ella conocía la oficina de correos más cercana, sino que sería un buen momento para actuar como adulta y ser responsable, a pesar de todos sus intentos anteriores fallidos; de saber si sus sospechas eran reales y de que podría ayudar a acelerar el enfriamiento que últimamente estaba tenido su relación.

Así, las dos chicas eran incapaces de romper la atmosfera incómoda que habían creado, hasta que salieron del viejo y laberíntico barrio en dónde vivían y se introducían en una amplia avenida que les llevaba hacia al centro de la cuidad. Al llegar, Jovaka chocó contra una mujer que estaba hablando a gritos por teléfono, quién casi cayó al suelo.

― ¡Oye, tú! ¡Ve por dónde vas! ―  Eso le gritó como una leona a Jovaka, quién temblando totalmente de miedo, se puso instintivamente detrás de Alsancia. Ésta se quedó paralizada, incapaz de pedirle disculpas a la mujer antes de que la serbia hiciera alguna locura.

― ¡Ah, no era mi intención! ―  Eso soltó Jovaka, antes de añadir esto:  ― ¡Bruja! ―

― ¡¿Qué me has dicho!? ― Eso enfureció más que antes a la mujer, mientras Alsancia se decía mentalmente maldición y Jovaka se tapaba la boca, al darse cuenta de lo que dijo.

― Eso tampoco era mi intención. ― Eso le dijo para intentar tranquilizar las cosas, y decía la verdad porque no deseaba decírselo.

― ¡Maldita niña insolente! ― A pesar de lo mal que se lo tomó, decidió irse, mientras la insultaba. ― ¡Vete a la mierda! ― Y volvía a gritarles insultos y maldiciones con la persona que estaba hablando por teléfono.

Cuándo la vieron irse, Jovaka con un gesto de alivio dijo: ― ¡Ya se ha ido, menos mal! ― Y añadió molesta: ― En verdad, no quería decirle eso, me prometí no ser tan desagradable con las demás mujeres… ―

Y se acordó de que tenía a Alsancia detrás de ella y ésta le miraba totalmente abobada. Dio un pequeño grito y dio unos cuantos pasos:

― Esto no es lo que parece. ― Gritaba cómo si le hubieran descubierto. ― Yo sigo odiando a las mujeres, y a t-ti no… ― Y no sabía qué decir.  ― Bueno, eso no eres mala persona pero,… ―  Se lió totalmente. ― ¡No era mi intención ponerme detrás de ti! ―

Entonces, Alsancia, quién no se estaba dando cuenta de nada, soltó con una débil voz: ― ¡¿Qué ocurre!? ―

Ya estaba perdida, no sabía que le pasaba a Jovaka, y ésta que se dio cuenta de que se había delatado ella misma, soltó un suspiro de fastidio y decidió contarle por qué se puso así.

Era porque se creyó que Alsancia le había descubierto, cuando se aferró a ella, sin sentir terror irracional por el hecho de que fuera mujer; y de haber dicho eso de que no deseaba decirle cosas tan desagradables a las demás de su sexo. Después de todo, le reveló que ella ya no les tenía miedo, o eso creía.

― ¡¿N-no tienes miedo!? ¡P-pero antes…! ― Dando todos sus esfuerzos para soltar aquellas palabras, recordándole el hecho de que se puso a temblar como un flan cuando chocó contra aquella mujer.

― Bueno, ya no las odio. Temerlas, al parecer me he dado cuenta que solo me pasa a con los desconocidos,… ―

Como nunca salía de casa, no se dio cuenta de aquel hecho hasta ese mismo momento. ―…no con la gente que me rodea. ―

Entonces, las sospechas de Alsancia se confirmaron, a medias, porque ésta ya estaba superando su temor hacia las mujeres.

― Eso es genial… ― Soltó esto, muy feliz. ― E-es un buen avance… ―

― ¡Ya veo! ― Y Jovaka, incapaz de entender por qué a ella le alegro eso, soltó esto con mucha desgana. Alsancia, al notarlo, se preguntó por qué no estaba feliz con eso. Es más, ¿por qué estaba ocultando el hecho de que seguía odiando las mujeres?

A continuación, siguieron su camino, en total silencio. Alsancia, quién se preguntaba aquella cuestión una y otra vez, maldecía el hecho de que no poder ser capaz de romper el hielo y tranquilizar a Jovaka, que con cada mujer desconocida se agarraba fuertemente a su brazo totalmente aterrada y llegando a hacerle daño. Ésta no dejaba de mirar de reojo a la napolitana, ya que le asaltó una duda que no la dejaba en paz y que necesitaba saberlo pronto. Quería preguntárselo, pero no se atrevía.

Así que usó todo el trayecto para llenarse de valentía, mientras Alsancia intentaba pensar desesperadamente qué hacer para mejorar el ambiente que había entre las dos. Y cuando llegó el momento de hacerlo, estaban cerca de dónde se encontraba la oficina de correos.

― Bueno,… ― Eso dijo Jovaka bastante cortada, deteniéndose de repente. Alsancia, al darse cuenta, paró y la miró, tragándose la saliva porque sintió que ella quería decirle algo que parecía incómodo y no se sentía bastante preparada.

― Tú,… ― A Jovaka, mientras miraba compulsivamente por todos lados, le costó unos cuantos segundos poder decírselo: ― ¿Me odias? ―

Alsancia, al escuchar eso, casi dio un grito, si pudiera hacerlo; se puso muy nerviosa, preguntándose por qué Jovaka pensaba que ella le odiaba, no hizo nada que podría resultar un gesto de odio o de desprecio. En realidad, antes no le caía muy bien, ya que le trataba muy mal y le llegó a decir cosas muy feas; pero poquito a poco comprendió que solo era una pobre chica que tuvo fuertes traumas en el pasado y que estaba empezando a ser cada vez más abierta y más agradable a los demás.

Nunca llegó a odiarla y siempre intentó mostrarse amable, o eso parecía. Mientras pensaba en todo eso, la serbia al verla de esa forma, decidió explicarle la razón de que dijera eso:

― ¡Bueno,…! ― Aunque le siguiera costando un poco contarle estas cosas: ― Es que siempre te he tratado muy mal y he sido muy desagradable… ― Al recordar el pasado, se sentía bastante mal.  ― Sería normal que lo hicieses… ―

Entonces, Alsancia al saber eso, esbozó una sonrisa y le movió la cabeza negativa, antes de decirle esto: ― N-no, no te odio. ―

A continuación, Jovaka, totalmente roja, rió nerviosamente y añadió:

― Perdón, por todo eso… ― Estaba muy avergonzada y habló de más. ― No eres mala persona, a pesar de que… ―

Detuvo la frase, porque terminarla sería un error. Después de todo, no debería sentir que Alsancia sea su rival en el amor, solo porque Mao siempre le trataba muy bien.

― No pasa nada. ― Y soltó esto para que Alsancia ignorará esa frase. ― ¡De todas formas, vamos rápido al correos para recibir ese maldito paquete! ―

Y ella, algo sorprendida, decidió callarse y olvidarse de eso. Luego, las dos siguieron lo que le quedaban de camino hacia la oficina de correos. Pero lo que Alsancia no esperaba, es que eso no estaba en dónde debería estar.

― D-debería estar aquí… ―  Eso decía ella totalmente boquiabierta, al ver que la oficina de correos que ella visitó algunas veces para mandar paquetes o cartas a sus familiares o a su amiga fallecida Francesca se había convertido en una hamburguesería con una estatua de un payaso en la entrada tan aterrador y deforme que alejaba a los potenciales clientes.

― ¡¿Qué pasa!? ― Eso le preguntó Jovaka muy preocupada. ― ¡No decías que estábamos casi al lado! ― No solo quería terminar de una vez y alejarse de aquel aterrador payaso, sino que se dio cuenta de que algo pasó por la cara de pánico que tenía ella, mientras tardaba en reaccionar.

Ella sin decir nada, decidió buscar nerviosamente por toda la plaza en dónde estaban la existencia de aquella oficina.

― ¡¿Pero qué ocurre!? ― Jovaka no entendía que ocurría, solo la siguió. ― ¡No te alejes, por favor! ― No quería que la dejara sola en un sitio tan lleno de desconocidos.

Alsancia buscó y miró por todas partes pero no lo encontró, y volvió al punto de partida. Se quedó mirándolo fijamente.

― A-aquí…― Soltaba esto en voz baja. Su memoria le decía que allí estaba la oficina de correos.

― ¿Qué? ― Y Jovaka que lo oyó, le soltó esto. Ya estaba totalmente aterrada.

― E-era aquí…― Alsancia no podría asimilarlo. ― D-debería… ― De que hubiera metido la pata de nuevo. Cayó de rodillas, mientras no paraba de maldecirse. ¿¡Por qué tuvo que cometer tal error, ahora que las cosas entre ella y Jovaka le iban bastante bien!? ¡No solo la fastidió y fracasó como adulto, sino que la serbia se iba a enfadar con ella y todo lo anterior quedaría en vano!

Y lo peor es que no sabía cómo explicárselo a Jovaka.

― No puede ser…―  Pero ella también se dio cuenta y lo dijo: ― ¡¿Te has equivocado!? ―

― No lo sé… ― Eso le replicó, mientras luchaba contra las ganas de llorar.

―  Entonces,… ― Cayó al suelo y gritó: ― ¡¿Qué hacemos!? ―

Aquella exagerada reacción que tuvieron esas dos era observaba por todos los transeúntes que pasaban cerca de ella para luego volver a seguir con lo suyo, que solo pensaba que aquellas niñas solo estaban haciendo el ridículo.

Pero, para Jovaka y Alsancia, este simple paseo hacia la oficina de correos se volvería en algo realmente horrible.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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