Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Última parte, centésima tercera historia.

— ¿Qué te paso? Me dijeron que minutos antes saliste corriendo de la sala como un cohete y volviste enseguida. — Me preguntó Klara, después de terminar el concierto, cuando nos volvimos a encontrar en la sala principal.

Ella lo decía burlonamente, como si yo hubiera hecho algo gracioso. Así que se lo pregunté: — ¿Tan gracioso fue? —

— Yo no te vi, estaba más ocupada en el concierto que con otra cosa, pero el profesor me lo comento. — Me respondió.

Al parecer, fue uno de las varias personas que veían el espectáculo que vieron como salí corriendo de la sala como si había fuego. Un pequeño espectáculo que me arrepentí de haberlo hecho, porque al salir del lugar, vi que no tenía sentido buscar a Malia, ya sea por tener que terminar el concierto o no tenía saldo para llamarla.

Así que avergonzada, volví a la sala del concierto y a sentarme a esperar a que terminara. Y como sabía que si le contará a esa, estaría todo el día molestando, le mentí y le di poca importancia eso:

— No es nada, sólo tenía que ir a los servicios urgentemente, nada más. —

Aunque ella me miró con cara de que le estaba ocultando la verdad, decidió callarse y no decir nada más.

Como no tenía saldo para llamar ni quería que Klara supiese lo que iba a hacer, aunque ésta se iba a enterar pronto o temprano; decidí llamar a Malia, para decirle que se reuniera conmigo, cuando llegará a mi casa.

— ¿Quién es? — Eso fue lo primero que me contestó Malia cuando la llamé desde el teléfono de mi casa.

— Soy Sally McGargle, ¿me recuerdas? —

— Pero si nos vimos ayer. Bueno, yo…— Interrumpí lo que me iba a decir lo más rápido posible, no quería sus disculpas, después de todo. Y le dije lo que me interesaba:

— ¿Estás libre para hablar conmigo el lunes, mañana? — Necesitaba hablar con ella lo más rápido posible.

— Pues tengo trabajo por la mañana, pero por la tarde. — Lancé un suspiro de alivio, tuve suerte.

— Entonces, está bien. — Luego, le dije el lugar y la hora en dónde nos íbamos a encontrar y corté la llamada tan rápido como llamé.

Al soltar el móvil, Klara apareció detrás de mí y me soltó esto, dándome un buen susto: — ¡¿Entonces, vas a disculparte, te has arrepentido!? —

Giré la cabeza, grité y caí al suelo, mientras ponía la mano en el pecho. Tras ver que era ella, quién empezó a morirse de la risa, le dije gritando esto:

— No me des esos sustos. — Recuperé la compostura y añadí: — En verdad, le quiero dar una lección de vida. —

Ella se quedó bastante extrañada con mi respuesta, pero no dijo nada más.

Al día siguiente, ella apareció en el lugar en dónde la estaba esperando desde las cuatro de la tarde, en un parque cercano a mi casa y casi vacío.

— ¡Buenos días! ¿Cómo estás? — Me saludó amablemente, mientras se me acercaba.

Entonces, tras segundos de puro silencio, al ver mi cara de seriedad y enfado, ella se detuvo, extrañada, y decidí contestarle: — Déjate de formalidades, no estoy para nada bien. Estoy bastante molesta. —

— ¿Ha pasado algo malo? — Se quedó con la boca abierta, actuando como si no sabía lo que estaba pasando.

— No te hagas la idiota, por favor. Tú lo sabes muy bien. — Le señalé con el dedo. — Es sobre el otro día, y el otro. Tú sabías perfectamente que te llamábamos para humillarte, pero no dijiste nada de nada, te callaste sin más. —

Ella puso una cara que me decía claramente que lo sabía, pero decidió hacerse la estúpida:

— ¿De qué estás hablando? No creo que…— No quería escuchar tonterías de las suyas, así que la interrumpí:

— Mentirosa, mentirosa. — Gritándole a Malia como nunca había hecho en mi vida. — Deja de engañarte a ti misma, intentando creer que yo no tengo nada contra ti y que todo eso que te hemos hecho ha sido solo más que puras casualidades. —

Malia, con cara de preocupación y llena de dudas, se quedó en blanco por unos segundos, antes de añadir:

— Pero no existe ninguna razón para que estés contra mí, ¿verdad? —

Eso me enfureció, aún más de lo que estaba. Debió darse cuenta, de que sólo la odiaba porque me caía muy mal. Así que se lo dejé muy claro:

— Sí, hay alguna: No te aguanto, eres insoportable. Eres el tipo de persona que más odio en este mundo. Sobre todo por esas tonterías de querer agradar a todos los demás, sin excepción, aún a pesar de que haya gente, como yo, que odian a las que son como tú. —

Mientras seguía hablando, empecé a patear al suelo de la rabia.

— ¿Por qué no te enfadaste? ¿Por qué no intentaste darte cuenta de que todo eso que hicimos era a propósito? ¿¡Por qué intentas hacerte la amable cuando sabías perfectamente que me caías mal!? —

Tras soltarle eso último a gritos, ella solo volvió a quedarse en blanco, incapaz de atreverse a decir algo tras varios segundos después:

— Yo, la verdad es que…— Bueno, para decir tonterías, mejor yo la interrumpía y le soltaba las mías.

— ¿Por qué no me odias? Odiar, sentir rencor, todo eso es natural, por el amor de Dios. Enfadarse también, ¿por qué intentas reprimir todos esos sentimientos, aún cuando hay momentos en que lo normal es sacarlos? —

Estaba tan alterada que llegué a cogerla del cuello, mientras le decía con toda mi furia esas palabras. Luego, vino unos cuantos segundos de silencio, mientras la cara de Malia ponía un gesto que nunca había en ella, la cual daba mucho miedo. Entonces, me dijo esto, poniendo una forzosa sonrisa:

— No puedo, no lo haré, por nada del mundo, no odiaré a nadie. No me puedo permitir eso. Ni aunque quieras que lo haga. —

Aquellas palabras y el rostro que puso eran muy desafiantes, como si ella quería dejar claro que no iba a ceder ante mí. Eso sólo hizo que me pusiera de mal genio y la tirará del suelo, cayendo violentamente a la nieve.

— ¡Maldición, me exasperas! — Le grité como loca. — ¡Eres una completa estúpida! — Mientras me ponía a patear al suelo como una niña chica.

Jamás, en toda mi vida, me sentí tan fuera de mí, ya que me dieron ganas de darle un tortazo y levanté la mano para hacerlo.

Pero inesperadamente, ella fue la que me dio un tortazo, mientras me gritaba con enfado: — ¡Pues, lo siento mucho si soy estúpida! —

Fue un golpe muy doloroso, me dejo la mejilla totalmente roja.

Y lo más gracioso de todo, es que cuando se dio cuenta de lo que hizo, ella puso una cara de pura traumada y se puso a pedir disculpas:

— ¡Perdón, lo siento mucho! ¡No era mi intención hacerlo! — Decía sin parar, haciendo todo tipo de gestos de arrepentimientos, como si había cometido una cosa muy mal. Eso sólo me fastidió, muchísimo.

— ¡Otra vez, qué fastidio, qué fastidio! — Yo ya no podría parar de gritar. — ¡¿No lo entiendes!? ¡No lo sientas, yo te provoqué, es normal que me pegues un tortazo! — Casi me iba a quedar ronca con los chillidos que hacía.

Y ella me replicó con esto, en voz baja: — Yo, debería controlarme…—Para luego subir la voz poquito a poco. — No entiendo tus razones, porque me parecen imposibles de entender, pero no quiero enfadarme, ni siquiera odiarte, así no hago las cosas. —

Entonces, con esa sonrisa forzada, alzó la mano hacia mí en son de paz y añadió: — Prefería hacer las paces conmigo. —

Entonces, comprendí que esa estaba peor que yo. No solo intentaba forzase a ser amable con los demás, aún cuando era con gente que le hicieron daño; además lo hacía consigo misma. Yo por lo menos no me obligaba a creer mi propia fachada, no como ella. Y en aquel momento me di cuenta que esta estúpida conversación no tenía sentido.

— Jamás de los jamases. Tú no has entendido realmente nada. — Es por eso, que violentamente le rechacé la mano, golpeándolo fuertemente con la mía, además añadí:

— ¡Nunca te vuelvas a acercarme! ¡No haré las paces contigo, nunca! ¡Desde ahora, somos enemigas! —

Estaba harta de ella y de su estúpida personalidad, solo le vi para decirle que no debería reprimir esos sentimientos, ni menos hacia ella misma. Pero cómo no lo entiende, pues le mando a la mierda. Después de esto, decidí no encontrarme con ella nunca más, y eso iba a hacer.

Y tras decirle eso, me di la vuelta y empecé a caminar, directa hacia mi casa. Esto había terminado y estaba de muy mala leche. Pero, a pesar de todo, sentía en lo más fondo de mí como si me hubiera quitado un peso de encima, tenía un gesto de alivio.

— Yo jamás pensaré en ti como una enemiga, ¡nunca, lo oyes! — Mientras tanto, Malia me gritaba con estas palabras, aunque yo hacía como si no la escuchaba.

Y nunca más volví a ver a Malia, o eso espero.

Después de salir del parque y tras dar unos cuantos pasos, Klara apareció detrás de mí, diciéndome esto: — ¡¿Ya te sientes satisfecha!? —

Esta vez no me asusto, porque me lo esperaba y le respondí esto con mucha indiferencia:

— Creo que sí. — Eso le dije. — Ya, da igual. Olvidamos este asunto. —

— Ha sido una conversación muy, pero muy pelotuda. — Ella seguía hablando. Puso tono de burla hacia mí. — ¿¡Vos dándole a alguien consejos sobre reprimir sentimientos!? ¡Es realmente irónico! — Y luego, se puso a reír.

— Tú eres mucho peor, siempre te encanta espiar las conversaciones de los demás. — Yo, algo molesta, le repliqué con el mismo tono burlesco que usaba ella.

— Sólo es curiosidad, nada más. — Intentaba no darle importancia, para luego soltar esto: — Aunque, la verdad es que somos personas horribles. —

— ¿¡Y ahora te das cuenta!? — Me pareció tan gracioso que dijera eso que iba a reír.

Entonces, un pensamiento se me pasó por la cabeza. Algo que tenía que decirlo, al momento:

— ¿Por cierto, Klara por qué estás casi todo el rato conmigo? — Se lo pregunté seriamente. — ¿Qué tengo de especial para que me molestes, ser tan horrible como tú? —

Ella me respondió, burlona: — En verdad, yo soy más horrible que vos. — Pero luego, se detuvo y quedó callada por unos segundos, mirando al cielo con un rostro totalmente deprimente.

Añadió en voz baja esto: — Después de todo, yo…—

Pero se calló tan rápido como habló y volvió a ponerse burlona, diciéndome esto: — Nada, nada. —

Después salió corriendo, como si intentará hacer como si no hubiera dicho nada. Eran unas palabras que resonaron en mi  cabeza durante un buen rato, ¿qué era? ¿Tenía algo que ver cuando dijo ella que era más horrible que yo?

Aquellas preguntas solo hizo que me diera cuenta de una cosa: No sabía casi nada sobre ella, era alguien demasiado misteriosa. Rara vez me ha contado cosas suyas y siempre intenta esquivarlo si le preguntó, salvo raras excepciones. Había muchas cosas que quería conocer sobre Klara, pero sabía también que era mejor no saberlas. Después de todo, notaba que aquella chica tenía un aura siniestra y que su pasado sería igual que eso. Y lo mejor era dejarlo así, mientras la maldita niña corría directa hacia mi casa para colarse en mi habitación y ponerse a ver porno en mi ordenador.

FIN

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Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Doceava historia, centésima tercera historia.

Miré el reloj por unos segundos, después de sentarme en una de las cientos de butacas que había en la sala en dónde iban a tocar. Solo faltaba cinco minutos para que el telón se abriera y para calmar mi espera, decidí mirar un folleto que había conseguido.

Según eso, lo que se iba a tocar era una cosa llamada Le quattro stagioni, traducido al inglés como “Las cuatros estaciones” de un músico llamado Vivaldi. Al parece estaba a punto de escuchar algo italiano. Iba a estar interpretado por una orquestra sinfónica e infantil de una escuela de música muy prestigiosa de la cuidad, en la cual estaban seleccionado los mejores niños para hacer tal tarea. No me sorprendió que Klara estuviera con ellos, aunque me molestó que no me lo contara. Y dejé de leer cuando vi que iban a contar sobre la historia del concierto y su compositor.

Y entonces la sala se oscureció y el telón empezó a levantarse poquito a poco, mientras una voz nos decía lo que iba a comenzar. Y en el escenario lo primero que vi fue a Klara con su querido violín entre aquella multitud que iba a tocar para el público.

Concerto n. º 1 en mi mayor, Op. 8, RV 269, La primavera. — Y con esto dicho, todos comenzaron a tocar. Una melodía alegre y animada empezó a sonarse por toda la sala, la primavera había comenzado.

Un sentimiento de calma y alegría empezó a inundar mi corazón, pero eso provocó que recordaría nuestra conversación, antes de que ella se fuera con sus compañeros.

— ¿Sabes una cosa? La música da mucho miedo. — Soltó ella de repente y me dejó algo boquiabierta.

Creía que era otra burla, pero su cara seria me decía lo contrario. Por eso, le repliqué esto: — ¿Qué tonterías quieres decir con eso? —

— La música manipula a las personas, puedes incitarles a luchar, haciéndoles sentirse héroes invencibles; o encerrarlo en una burbuja, huyendo de sus problemas. Enloquece a artistas, obsesionados con la fama; y puede controlar tus sentimientos. —

No sé si tomarlo en serio o no, porque me parecía bastante gracioso lo que estaba oyendo. Nunca pensé que alguien diría que la música daba miedo, y sobre todo una chica que tocaba el violín como un profesional.

— Eso es exagerado…— Añadí secamente, no me atreví a ponerme a burlarme de ella.

Y ella, entre una mezcla de resignación y burla, dijo como conclusión:

— Tal vez. Pero es lo que creo. Pero a la vez la música es maravillosa. Porque con ella puedo expresar lo que siento, las cosas que jamás podré decir. —

No pensé en nada más, mi mente se quedó en blanco, salvo una cosa:

— Por cierto…— Aunque me daba algo de vergüenza decírselo.

Ella me miró y me preguntó qué quería, yo le respondí:

— Puedo… ¿puedo escucharte antes del concierto? — Pausé un segundo y continué.  — Puedes tocar lo quieras. —

Luego, vino silencio, y ella se quedó con un gesto de sorpresa, como si no se lo esperaba. Pero puso una sonrisa y sacó su violín del estuche:

— Aún falta como que una hora y media, así que con cinco minutos bastará. Si tardó mucho más los profesores me regañarán. — Eso me dijo, antes de ponerse a tocar.

Era una melodía totalmente opuesta a la que estaba escuchando en aquellos momentos, una melodía triste y melancólica, también se me hacía conocida, como si lo había oído en otra parte. De todos modos, comprobé en primera lo que decía ella, porque aquella música me estaba poniendo incómoda, pero a la vez no dejaba de escucharlo.

Y bueno, no pudo terminar la melodía, porque apareció alguien de repente, interrumpiéndolo:

— ¡Realmente, has mejorado muchísimo la Marcha fúnebre de Chopin! —Era de un hombre, cuya voz me sorprendió.

Ella se detuvo y le habló: — ¡Ah, hola, profesor! — Le hizo una reverencia y le explicó lo que estaba haciendo:

— Solo le estaba mostrando esto a mi amiga. —

— Me parece bien, pero no tenemos tiempo.- Eso decía nerviosamente aquel hombre. — Tenemos que prepararnos.

Tras decir esto, él se disculpó conmigo a la vez que se presentaba y Klara educadamente se despidió, mientras se alejaban rápidamente.

Mientras recordaba y pensaba sobre todo lo que nos había pasado, la primavera pasó y la parte del verano ya estaba terminando. Habíamos pasado de un ritmo tranquilo y pacifico a uno que se volvió cada vez más violento, lentamente pero sin causa; hasta llegar al punto de que parece que explota todo, o eso me parecía haber escuchado con mis oídos.

Y al empezar el otoño, una vieja conversación entre ella y yo volvió a mi mente.

— ¿Sabes, cuál es el origen de la palabra “persona”? Nos lo explicó mi profesor el otro día. — Ella me soltó esto un buen día, mientras estaba usando mi ordenador, descargando porno y acostada en mi cama.

— Ni lo sé ni me importa. — Eso le repliqué. Estaba más ocupada haciendo los deberes que en notarla.

— De todos modos, te lo voy a decir. —  Pero, por desgracia, no quería callar la boca. — Dice que deriva de la palabra griega “prósópon”, la cuál era una máscara que usaban los actores para dejar claro a quién representaban en la obra. —

— Ya veo. — Eso dije por decir, porque intentaba ignorarla y seguir con mis estudios. Ella siguió hablando.

— Eso me dejo pensando… ¿No todos usamos una máscara antes los demás e incluso a nosotros mismos? —

Intenté ignorarla lo máximo posible.

— Tú y yo fingimos ser otras personas, como si fuéramos actores de la Antigua Grecia, ocultando nuestro verdadero rostro a través de falsas máscaras. —

Pero era imposible, no podría ignorar sus palabras.

— Tal vez, los demás lo tengan, aunque sea para ocultar las cosas horribles que tienen, e incluso para negar todo eso. —

Al final no pude más y le dije como burla: — Pues para ser tan enana, dices cosas demasiadas complicadas. —

No era muy normal escuchar a una chica de doce u once años explicar de reflexiones tan extrañas como esa.

— Los niños aprendemos, sabes. Además, un adulto me hablo de esto. Una persona que examina las mentes de los demás, llamada Antonina o algo así…— Me replicó.

En aquellos momentos, lo único que deseaba era que se callase y eso se lo dije bien claro, aunque ella se lo tomó a burla. Ahora aquellas palabras no dejaban de sonar por mi cabeza y empecé a reflexionar sobre ellas y sobre todas las cosas que habían ocurrido estos días.

Por fin, al llegar la última estación, llegué a una conclusión, sobre cuál era la razón que me molestará tanto lo de ayer: Es simple, no soportaba el que  intentase ocultar los verdaderos sentimientos que tenía por todas las cosas que les estábamos haciendo. Seguro que deseaba pedirnos que dejáramos de molestarla, preguntarnos por qué le estábamos haciendo a ella todas esas estupideces, golpearnos por tratarla de una forma tan fea y gritarnos qué si les caíamos mal, pues desaparecería de nuestras vidas. Pero en vez de hacer todo eso, hizo todo lo posible por controlarse, negarse a sí misma que todo era puras casualidades y reprimir sus emociones.

En cierta forma, ella intentaba usar una máscara para reprimir lo que no le gustaba enseñar a los demás. Todos lo tienen, al fin y al cabo.

Y yo, por el simple hecho de que no soportaba el hecho de que ella fuera más verdadera que mi persona, le obligué a que lo soltara lo que ocultaba. Más bien, las dos. Bueno, no es novedad que descubra que Klara y yo somos seres horribles, que querían desplumar a alguien que parecía ser un ángel. Ni tampoco creo estar arrepentida ni deseaba disculparme, pero sentía algo dentro de mí, que tenía que hacer algo más.

Quería liberar aquellos sentimientos que le habíamos creado a Malia y que ésta celosamente impedía sacarlos a flote.

No sólo eso, por una vez en toda mi puta vida deseaba ser sincera con alguien que odiaba mucho, decirle sin indirectas ni nada, lo que yo pensaba realmente de su persona.

Y, en cierta forma, estaba comprobando con el compás de la música, que las canciones podrían manipular a las personas. Por lo menos, influirlas, porque sentí estar en un momento de acción, gracias a aquella música tan enérgica y dramática.

Llegué a una decisión, mientras apretaba el puño fuertemente: Solucionar las cosas cara a cara con Malia, y sintiéndome como si hubiera llegado al clímax de una película, cuya protagonista era yo; me levanté con toda la rapidez del mundo y salí corriendo como si mi vida estuviera en peligro, ante las miradas de algunos curiosos.

FIN DE LA DOCEAVA PARTE

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Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Onceava historia, centésima tercera historia.

Al día siguiente, cuando me desperté a las nueve y media de la mañana, lo primero que vi fue la cara de Klara. Ella estaba acostada, a mi lado.

— ¡Por fin despertarse, princesita! — Me dijo ella con falsa inocencia, cuando vio cómo abrí los ojos.

Lo primero que hice al ver era levantarme con rapidez de la cama, dando un gran chillido. Eso no me lo esperaba para nada y era lo menos que quería ver en este mundo. Luego, con los nervios alterados, empecé a preguntar cosas:

— ¡¿Qué haces en mi cama!? — Le gritaba, intentando comprender qué estaba pasando. — ¡¿Espera un momento, qué haces en mi habitación!? ¿Qué hora es? —

Miré la ventana, que estaba tapada, salía un poco de luz por mi ventana. Eso me hizo salir de mi adormilamiento. Entonces, Klara se dignó a contestar:

— Es mañana por la mañana y no quise despertarte, así que decidí esperar como buena niña que soy. — No se levantó de mi cama. Es más, la maldita niña se estaba poniendo cómoda, estirazándose los brazos y las piernas sin parar, tirando las sabanas al suelo.

Molesta, decidí preguntarle: — ¡¿Y qué quieres!? —

— Si es fácil de imaginar. — Me respondió.

Si aparecía así como así, tan pronto, era porque deseaba hablar conmigo. Y supe al momento lo que quería, recordando todo lo que pasó ayer.

Salí corriendo de la tienda y luego del centro comercial, dejando a Klara sola en los probadores. Corrí hasta llegar a casa. Bueno, solo la mitad del camino, porque me cansé de tanto correr y empecé a descansar.

Después de volver a casa, lo primero que hice fue volver a mi habitación. No entendía lo que me estaba pasando, sentía mucho enojo tanto contra Malia, como contra mí misma. Y estaba muy decepcionada y asqueada, aunque aún no comprendía bien las razones para ponerme así.

Tal vez, mi reacción fuera muy exagerada, pero no tenía ganas de saber nada del mundo, incluso de mi propio hermano, hasta despertar al día siguiente. Ni comí nada y me costó mucho dormirme.

Sobre eso, pensaba que iba a preguntarme por qué huí como loca de allí y a decirme que estropeé el plan que tenía, entre burlas.

— ¿Por lo de ayer? — Le pregunté.

Entonces, poniendo un gesto muy atípico en ella, me cogió los cachetes de la cara y me las empezó a estirar.

— ¿¡Qué haces!? — Le preguntaba, muy sorprendida con esa reacción.

— ¡¿Por qué me dejaste sola!? — Se le oía muy molesta conmigo. — Saliste pitando como un cohete sin mí. —

Tenía enfado en su rostro, pero tenía que reconocer que eso se veía lindo, porque estaba inflando los cachetes como si fuera una niña pequeña de verdad y parecía que iba a llorar. No solo era la primera que la veía así, sino además me sorprendía que el hecho de abandonarla le molestaría muchísimo.

De todos modos, aquella cara me hizo olvidar por unos segundos que tenía que contestar. Y cuando me di cuenta, le solté esto:

— Bueno, no sé…— Tenía la mente en blanco. — Ahora deja mi cara en paz, por favor. —

Y ella siguió estirando aún más mi cara, diciéndome esto: — Dilo, dilo…—

No se creía lo que dije, pero era verdad. Agregué, mientras pensaba en mi respuesta:

— Vale, vale. Pero, por favor, deja de estirar mi cara. —

Y ella paró, esperando lo que le iba a decir. Yo no tardé mucho en explicárselo.

— Bueno, no pude aguantar más y le dije unas cuantas verdades y me sentí tan mal que no aguanté estar ahí. —

Aún no entendía muy bien aún por qué me sentí tan mal en ese momento y hasta ahora. Y Klara, que volvió a ser la misma de siempre, algo que me alivió mucho por alguna razón; me dijo esto:

— ¿¡Te arrepentiste!? — Me preguntaba esto con su típica sonrisa pícara. — ¡¿Vos te sentiste mal por intentar fastidiar a esa chica!? —

— No lo sé, ni me importe. Déjame tranquila, por favor. — Le repliqué.

Luego la saque de mi cama, cogí las sabanas y me escondí en ellas. Aún me sentía muy mal anímicamente.

Y Klara me sacó las sabanas de encima mientras me decía esto:

— No creo que esconderte en las sabanas va a ayudar mucho. —

Y también se sacó una cosa de los bolsillos de su vestido, me estaba enseñando una entrada:

— ¿Qué es esto? — Le pregunté, mientras cogía eso y lo observaba. Parecía ser una entrada a un concierto de música en el auditorio de la cuidad.

Y ella dio unas vueltas sobre sí misma, antes de decirme alegremente esto, con una radiante sonrisa: — Mi academia de música va a interpretar un concierto y yo estaré junto con ellos tocando. Debes venir sin falta, no tienes ninguna excusa. —

Miré de nuevo aquella entrada, no tenías ganas de ver un concierto, pero, por alguna razón, sentía que tenía que ir. Suspiré y le dije:

— Deberías haberme avisado antes. — Le repliqué. — No sabía de esto. —

Después de todo, la función era aquella misma tarde, tenía que habérmelo dicho antes. Ella sólo se excusó con esto:

— Era una sorpresa. — Decía inocentemente, mientras sacaba la lengua.

No era necesario decirle que sí, porque ella sabía perfectamente que iba a ir, pero había algo que me parecía raro y no me dio tiempo a preguntárselo: ¿Por qué yo? ¿Por qué deseara que fuera a verla ahí? ¿Y por qué le sintió tan mal el hecho de que le dejará sola?

En realidad, al intentar responder todas esas cuestiones en la mente, sólo llegué a formular una gran pregunta: ¿Por qué me había elegido cómo amiga? Es decir, les recuerdo que ella descubrió mi secreto y prometió no revelarlo siendo su amiga. ¿Tenía algún interés en mí, o sólo me eligió por qué estaba bien sola y escogió lo primero que lo vio?

No estaba segura, pero había algo que sí sabía y que me costaba asimilar: A pesar de todos nuestros problemas, ya me encariñado, tal vez demasiado, con esa niña, por mucho que me negara a aceptar tal hecho.

Por eso, no me atrevía decirle a no, además en lo más fondo de mi ser deseaba verla tocar. Ahora me tocaba la tiránica tarea de buscar el mejor vestido que tenía en mi armario.

Unas horas después, cuando el sol ya estaba despareciendo en el horizonte, yo llegué junto con Klara a las puertas de un edificio situado en el centro de la ciudad. Tras soportar un viaje en taxi, aguantando atascos y al taxista, que no dejaba de preguntarme cosas y soltarme piropos; salí de un salto del automóvil y di un suspiro de alivio.

— Bueno, ¡ya hemos llegado! — Gritaba feliz, luego miré al edificio y añadí: — ¡¿Aquí es, no!? —

Lo observé fijamente por algunos segundos, era un edificio muy raro e enorme, rodeado de un parque lleno de grandes árboles. Tenía un aspecto muy futurista, parecía una especie de cúpula blanca y simple, con una cresta en el centro que recordaba a una ola gigante.

Mientras lo miraba, Klara le pagaba al conductor y salía del coche con el estuche en dónde guardaba su violín entre sus manos, como si estuviera cuidando un tesoro. Ella me respondió esto, con un poco de burla.

— Por supuesto que sí. ¡¿Nunca has estado en el auditorio!? — Lo decía como si no era normal que yo nunca hubiera ido a visitar tal sitio, aunque lo hacía a conciencia para molestarme. De todas formas, ignoré eso y le respondí:

— Estas cosas nunca me interesaron. — Le decía, mientras nos dirigíamos hacia al edificio. — Es decir, la música clásica y todo eso me parece un rollo. —

En cierta forma, le dije la verdad, pero sólo a medias, porque amaba cómo ella tocaba el violín.

A veces, la escuchaba tocar desde mi habitación, mientras ella practicaba desde su jardín o desde su casa. Tocaba todo tipo de melodías, desde unas con un ritmo tranquilo y acogedor hasta otras muy agresivas. Y siempre lo hacía muy bien, sin apenas desafinar ni nada parecido.

Recuerdo la primera vez que la escuché. Me pareció molesto que la niñata se pusiera tocar e iba a cerrar la puerta de la ventana pero no pude hacerlo porque aquella melodía me pareció realmente hermosa, no pude evitar escucharlo en silencio. Desde aquel entonces, cada vez que veía que ella se ponía tocar, yo dejaba todo lo que estaba haciendo y lo apreciaba.

Eso sí, sin que ella se enterase realmente de que me gusta cómo toca.

— Crees que es de esa música aburrida que solo sirve para dormir, ¿verdad? — Eso me dijo luego ella. Yo la repliqué con esto:

— Prefiero el silencio. —

— Si eso dices…— Y con esto ella se calló, mientras entrabamos en el auditorio.

Al entrar, vi que estábamos en una gigantesca sala realmente lujosa que se parecía mucho a de los cines. En realidad, no tenían ninguna diferencia, me sentía en el cine, aunque con conciertos, musicales y óperas como parte de la cartelera.

Aunque dije eso de que me gustaba el silencio, el que teníamos en aquel momento no me gustaba nada. Así que decidí sacar un tema de conversación:

— ¿Te gusta tocar? — Le pregunté y ella se quedó callada durante unos segundos. Es más, se detuvo, mientras miraba al suelo.

-Lo odiaba, con toda mi alma…- Entonces, dijo esto en voz baja.

Yo me quedé boquiabierta. ¿Cómo era posible que algo que dominaba tan bien “lo odiaba con toda su alma”? ¿Y por qué se puso tan seria de repente?

— ¿En serio? — De todos modos, decidí con la conversación, obviamente incrédula.

Y con estas palabras me lo dijo, en un tono muy extraño, como si le enfurecía muchísimo solo el hecho de recordar esas cosas, algo que jamás deseaba volver a ver: — Mis padres fueron músicos y deseaban que lo fuera también. Fueron tan estrictos conmigo que empecé a odiarlo con todas mis fuerzas. —

Entonces, dio una pausa y cambió totalmente de actitud, volviendo a la Klara de siempre, con su típico tono burlón y molesto: — Pero eso ya ha quedado en el pasado… Ahora me gusta. —

Decidí cállame y no seguir con aquel tema, porque se veía que deseaba cambiarlo porque le parecía muy incómodo. Me puse a pensar de qué otra cosa íbamos a hablar, pero no se me ocurrió absolutamente nada. Sólo en aquellas palabras sobre su antiguo odio a la música y sus padres.

Y entonces recordé algo, de que ella estaba viviendo con su tía, la cual ni se dignó a ver en el auditorio. ¿Dónde estaban sus padres? Porque esta vez fue la primera que oí hablar de ellos, y no de una manera bonita. No parecía que ella tuviera cariño a sus padres, aquel tono que soltó me decía todo lo contrario.

Pero intenté olvidar esas cosas por ahora, porque no deseaba que el silencio volviera, tenía que cambiar de conversación para seguir hablando con ella, que faltaba un buen rato para que el concierto comenzara.

FIN DE LA ONCEAVA PARTE

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Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Décima parte, centésima tercera historia.

Tras eso, le mandé un mensaje a Malia y nos reunimos un poco después, delante de los mismos servicios en dónde estuvimos.

Con unas disculpas tan falsas como la persona que las estaba diciendo, Klara le pedía perdón a Malia.

— Perdón, perdón. Es que vi esa tienda…— Señaló una tienda de chucherías que estaba a nuestro lado. —…Y no podría evitar comprarlos. — Luego, le mostró lo que compró.

Malia aceptó las disculpas como si nada, así que decidimos, esta vez las dos, nuestros próximos movimientos. Primero, nos fuimos a una tienda de videojuegos, aunque a ninguna nos interesaban tales cosas. Mientras yo la distraía, Klara se lo arregló para tirar los videojuegos de la estantería y que nos echarán la culpa a nosotras. Le miré de reojo a ella con muy mala leche, mientras me sonreía burdamente y los dependientes nos regañaban.

Después de eso, pasamos por varias tiendas de ropa, en los cuales Klara hizo todo tipo de travesuras. No solo volvió a perder y tirar cosas sin querer queriendo, también cosas como estas:

— ¡¿Ya estás lista!? — Eso le gritaba con falso tono de aburrimiento mientras abría “sin querer” las cortinas del mostrador en dónde Malia se estaba probando ropa.

— ¡No abras la cortina! — Le decía toda avergonzaba, mientras se tapaba el pecho, el cual solo estaba tapado por el sujetador. — ¡Qué estoy medio desnuda! —

— Ah, perdón, perdón. — Se disculpaba, mientras se hacía la inocente.

O cuando le pidió a Malia que le comprará una falda roja y llena de volantes que le gustó mucho, con la excusa de que se le había olvidado el dinero en su casa.

— ¡Vamos cómpramelo! ¡Por favor! — Su plan era insistirle un montón hasta que se hartase, pero ella accedió fácilmente.

— Vale, vale. Eso será un regalo de mi parte, ¿ok? — Eso le decía amablemente.

Y después de ponernos en la cola y tras esperar un buen rato hasta llegar al lugar para pagarlo, ella cambió de idea:

— ¡Mejor, cambiemos otro! ¡Ya no me gusta! — Le dijo, mientras le señalaba otra falda que estaba en la entrada.

Yo casi iba a explotar de la rabia, pero Malia seguía con la misma actitud que antes, aunque con un poco de cansancio. Ella le intentó convencer para comprar lo que habían cogido, pero Klara insistió sin parar. La verdad es que así estaba yendo por tan buen camino, que yo me harté y le dije esto:

— ¡Compremos esto de una vez y vámonos! — Esto grité como loca, mientras cogía la falda violentamente y se lo daba al que estaba en el mostrador, quién se puso aterrado al ver mi reacción. Dio un chillido y se puso a temblar, mientras me decía con tartamudeo el precio. Mirarle de forma amenazante no ayudo mucho.

Al salir, me quería matar porque había mostrado algo muy feo que sólo hizo que mi imagen de buena chica se ensuciara. Y lo peor es que la culpable de ponerme de esa forma me recriminó, diciéndome en voz baja:

— ¡¿Vos sos boluda!? El plan era enfadarla, no que tú lo hicieras. —

— Lo siento mucho, de verdad, pero tus métodos son demasiados efectivos. — Le repliqué, bastante molesta por hablarme en ese tono.

Y solo siguió recriminándome aún más: — ¡Ah, pues entonces hazlo vos! ¡Qué no estás ayudando en nada! —

— ¡¿Y cómo lo hago!? — Le grité.

— Vos debes saberlo muy bien. — Me respondía. — Con lo que te encanta hacer indirectas…—

Ella me había mandado una indirecta, dándome una pista de cómo actuar. Después de todo, estoy acostumbrada a decir cosas horribles de forma agradable y amistosamente. Así le decía a una sus verdades, sin abandonar mi fachada de buena chica. O eso creía yo.

Mientras tanto, Malia, quién estaba delante de nosotras, nos oyó y nos preguntó esto:

— ¿¡De qué están hablando, chicas!? —

Nosotras rápidamente le dijimos nerviosamente que no era nada, sólo simples tonterías. Y con eso en mente, nos fuimos hacia la próxima tienda de ropa, situado en la otra punta del centro comercial.

Tras entrar, Klara cogió un montón de ropa y nos dijo que se lo iba probar en el probador, con la clara intención de dejarme sola con Malia, quién le replicó que no se fuera sola. No se dio cuenta de los probadores estaban a nuestro lado.

Y después de meterse Klara ahí, había llegado la hora de que yo actuase, aunque al principio no sabía cómo hacerlo. No me dejaba de preguntar qué podría decirle para que fuera a molestar a Malia, pero sin que se notara que era mi intención realmente.

Y fue ella misma, quién me dio la oportunidad perfecta; cuando cogió una camiseta y me preguntó cómo le podría quedar. Yo le respondí:

— Pues no sé, creo que no te favorece. Esa camiseta es demasiado bonito para ti. — Se lo dije con una sonrisa en la boca, aparentando ser amable mientras le decía indirectamente que era fea.

— Ah, ya veo. — Y ella reaccionó como si no le hubiera dicho nada malo. — Con lo bonito que era…— Devolvió la camiseta en dónde estaba.

No me podría creer que ella no puso ni un simple gesto de molestia o de preocupación por cómo se veía. Lo aceptó sin más y buscaba otro para coger. No sabía si no se hubiera dado cuenta de la indirecta o lo ignoró, pero de todos modos, tenía que seguir diciéndole cosas.

— ¿Y éste? — Me preguntó de nuevo cuando cogió otro.

— No, no, tampoco…— Me esforcé para que la indirecta quedará más clara. — Tú eres demasiada esquelética para esa ropa, parecerías un muerto de hambre, más de lo que pareces. —

Y ella esta vez puso un gesto de sorpresa, pero como si le hubiera dicho una cosa nada grave. Le insulté, le dije que parecía una muerta de hambre, cualquiera se molestaría con eso y me gritaría qué quería decir con eso.

— ¿Tan delgada estoy? — Pero ella se puso a comprobar su cuerpo y luego añadió: — Creo que estoy bien, aunque la verdad es que es demasiado ancho para mí. —

Empecé a apretar el puño de la rabia, mi paciencia ya estaba al límite y de un momento iba a explotar. Pero tenía que aguantar, por nada del mundo iba a mostrar mi verdadero yo antes aquella chica que era mil veces más auténtica que mi persona. Quería sacarla de sus casillas antes de eso.

Y mientras estaba ocupada en mantener a mi ira bajo control, ella cogió otra camiseta y me preguntó: — ¿Y qué tal está? —

Tardé unos segundos, preparándome para decirle algo que de poco tenía de indirecta, la verdad:

— También te queda fatal. — Le decía con una sonrisa y mi falsa amabilidad. — Realmente, tienes un gusto horrible. —

Pensé que definitivamente con eso iba a herirle tan fuerte que le iba a enfadar, que por fin la iba a enfadar. Pero ella volvió a reaccionar como antes, tomándolo como si no fuera ningún ataque gratuito contra ella.

— Oh, ¿de verdad? — Decía con una cara de pena. — Me entristece tener eso, pero que se va a hacer. —

Eso fue la gota que colmó el vaso, ya no pude más.

— ¿En serio, sólo dices eso? — Le pregunté totalmente seria, con mi mirada llenándose de ira.

Y ella soltó esto, con un gesto de extrañeza, como si no sabía de que le estaba hablando: — ¿Tengo algo más que decir? —

Decidí dejárselo muy claro, gritándole lo más fuerte posible y explotando como si fuera un volcán.

— Te he llamado fea, delgaducha y que tienes mal gusto…— Pisoteé el suelo con todas mis fuerzas, mientras le señalaba: — ¿Y así reaccionas? —

Ella se quedó sin hablar, sin saber cómo reaccionar, con una cara de enorme extrañeza y preocupación. Tal vez se estaba preguntando qué me estaba pasando o algo parecido. De todas maneras, ella actuó así por varios segundos, mientras yo seguía gritándole como loca, con todo el mundo mirándonos:

— Por el amor de Dios, cualquier persona se enfadaría y me gritaría por qué le estoy insultando. — Di una pequeña pausa.

— Y tú deberías estar de los nervios, porque ella y yo te hemos estado fastidiando todo el día para ponerme de mal genio. —

Entonces, sus ojos se le abrieron como platos, como si hubiera descubierto algo, con un estúpido gesto de sorpresa. Y se puso a decir en voz baja:

— Entonces, ¿todo era hecho a conciencia? Yo creyendo que era mi imaginación…— Eso decía, agachando la cabeza. Pero luego se calló rápidamente y me dijo a mí con mucho nerviosismo:

— No es nada, olvídalo. No sé qué pasa exactamente, pero deberías tranquilizarte primero. —

Me dijo, mientras ponía esa dichosa sonrisa. Entonces, me di cuenta de algo, que me hizo abrir los ojos. Aquel gesto que me mostraba era falso, ella intentaba poner esa expresión de forma forzosa, intentando ocultar sus sentimientos.

¿Y si hubiera sido así todo el rato? Intentando ser amable y controlarse con personas horribles que llevaron toda una tarde fastidiándola a conciencia sin parar e incluso intentaron culparla de ser una ladrona, contener sus ganas de mandarnos a la mierda y actuar lo más bondadosa posible.

Eso me era tan familiar que no me lo podría creer, me recordaba a mí y a Klara. Ella también era una farsa, en cierta forma: Intentando ser amable con todos detrás de una máscara que intentaba ocultar una parte suya.

En realidad, no podría decir que fuera una falsa. Más bien, intentaba ocultar aquellos sentimientos que le parecían negativos hacia los demás, por alguna u otra razón. No ocultaba su verdadero yo, sino sólo una parte. Y ella no lo hacía porque tenía miedo de los demás, no intentaba parecer buena persona para que la gente no pensará mal; sino que intentaba serlo una de verdad. Aún cuando eso significase intentar ser amables con personas que le odian. Seguía siendo más auténtica que nosotras.

Aquel simple gesto se sintió como si me hubiera revelado una gran verdad del universo y llenó mi interior de sentimientos realmente desagradables y que en aquellos momentos no entendía qué eran exactamente. Sólo sentía deseos de alejarme de ella, que para el colmo se me estaba acercando para ayudarme.

Y cuando me iba a tocar, yo le grité esto loca: — ¡No me toques! — Y luego salí como loca de la tienda, como si estuviera escapando desesperadamente de algo, directa hacia mi casa.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

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Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Novena parte, centésima tercera historia.

Al día siguiente, yo estaba con Klara en su habitación, quién me iba a explicar nuestro próximo plan contra Malia. Más bien, estaba esperando a que lo hiciera, porque estaba buscando algo en su mesa de estudio.

— ¿Cuál es el plan? — Eso le decía, mientras me sentaba en su cama. —Estoy harta de esperar. —

La verdad es que no había pasado ni dos minutos, pero estaba realmente impaciente, quería saberlo de una vez.

— Bueno, lo estoy buscando. — Ella me respondía, mientras se ponía a buscar entre los cajones. — ¡Debe estar por aquí! —

Y parecía ser una buena ocasión para molestarla, ya que para buscar lo que estaba buscando se puso a cuatro gatas y movía el culo de un lado para otro. Casi le iba a hacer una burla sobre eso, pero no tenía imaginación ni ganas para hacerlo.

Sólo le dije esto: — ¿Qué estás buscando ahí? —

Pero cuando le pregunté eso, ella gritó: — Ya lo encontré. — Y sacó algo de los cajones, que parecía más un basurero que otra cosa. Era un simple trozo de papel.

Ella añadió esto, mientras me lo enseñaba: — Apunte el plan que se me ocurrió anoche, antes de acostarme, en este papel. A veces, necesito hacer eso porque se me olvida después. —

Eso me dejó algo perpleja, ya que no me esperaba que ella hiciera lo mismo que yo cuando se me ocurría algo y lo ponía en un trozo de papel. Bueno, seguramente es algo que mucha gente hace, pero tener algo en común con ella me era una idea muy molesta. De todas formas, es una tontería.

Mientras tanto, Klara por fin se dignó a decirlo: — Y es…— Tuvo que hacer una pausa para leerlo: — Hacerla enfadar. —

— ¿Hacerla enfada? — Eso pregunté extrañada.

— Fastidiarla tanto hasta poder sacar lo peor de su persona. — Señaló con el dedo hacia ninguna parte.

— Ya sabes, atacar sus debilidades sin respiro hasta que explote y luego, gracias a eso, la dejaremos en muy mal lugar, haciéndonos las víctimas inocentes. —

Parecía un buen plan, pero había una pega:

— ¿Y cómo haremos eso? Eso es lo primero. —

Le pregunté y ella se puso muy pensativa, dudando por varios segundos. Yo di un pequeño suspiro, mientras me acomodaba en su casa y esperar que improvisara aquella parte del plan. Tardó dos o tres minutos, cuando se le encendió la bombilla:

— Pues, ya sé lo que haremos. — Eso gritó, antes de decirme cómo haríamos eso.

Al llegar el sábado, pusimos en marcha aquel plan.

— ¡¿Podrías haber elegido un día mejor!? Esto está repleto de gente. — Le decía yo, mientras entrabamos en un centro comercial abarrotado. Con esa toda esa multitud allí, me empezaba a sentir agobiada.

— Es un sábado, es lo normal. — Me replicó Klara.

Al entrar y sentir el cálido aire del lugar, ya que el centro comercial estaba cubierto, nos quitamos las chaquetas rápidamente y entonces una voz muy animada nos saludó, asustándonos al momento: — ¡Buenos días, chicas! —

Casi dimos un grito, pero giramos las cabezas hacia dónde provenía la voz y vimos a Malia, saludándonos con la mano amistosamente. Como fue la segunda vez que nos hizo eso, pensé que si lo estaba haciendo a propósito.

— ¡No nos des esos sustos! — Eso le dije yo.

— Perdón, perdón, no quería asustarlas. — Luego de eso, añadió con gesto de alivio: — De todos modos, por fin habéis llegado, ya me estaba preocupando por vosotras, porque estabais tardando un poco. —

¿Tardar un poco? Si nosotras habíamos llegado más de media hora tarde y lo hicimos a conciencia, para hacerla rabiar. Después de todo, esperar es una de las peores cosas que existen, cualquiera persona normal estaría de mala leche. Pero ella, seguía mostrando una sonrisa y amabilidad con nosotras, a pesar de haberle hecho eso.

¿Y por qué lo hicimos? Pues eso era parte del plan de Klara, conseguir hacerla rabiar hasta que explotará, poner en prueba su paciencia, utilizando como tapadera ir de comprar al centro comercial.

Aunque, ya estamos empezando y en vez de darle rabia, me lo dio a mí, y en gran cantidad. Aquello me hizo preguntar si mi paciencia podría aguantar hasta hacer que el suyo explotará. Pero sentía que el plan podría salirnos genial, ya que a Klara se le daba demasiado bien molestar a los demás y hacerlos rabiar. Lo sé por experiencia propia.

Mientras yo y Klara, actuando cada una nuestro papel, le hablamos como si fuéramos sus amiguitas, la llevamos primero hacia a la heladería.

— ¡¿No creen que es un poco pronto para los helados!? Estamos en Enero. ¿¡Y si nos refriamos!? — Nos preguntó algo temerosa, al ver que íbamos a pedir en la heladería.

— No te preocupes, mis defensas son fuertes. No me voy a resfriar así como así. — Klara le soltó esto para convencerla, inflando el pecho de orgullo.

— Además hay gente que lo está comiendo. Si tendremos cuidado, no nos podrá pasa nada. — Yo añadí esto por mi parte, señalándole las personas que estaban comiendo helados en los asientos que estaban en las puertas de la heladería. Al observarlos por varios segundos, nos entraron ganas.

— La verdad es que me apetece un poco de helado. — Ni siquiera Malia se puso a resistir a sus encantos.

Y tras comprarlos, aquí vino el segundo intento para hacer enfadarla.

— ¡Ten cuidado, a ver si te cae el helado! — Eso le decía yo a Klara, mientras se acercaba a nosotras.

— No pasa nada, está seguro en mis manos. — Y me replicó esto, mientras se hacía la fuerte, antes de fingir que se iba a caer y tirar el helado hacia la ropa de Malia. Era de chocolate, algo que deja manchas muy difíciles de quitar.

— ¡Oh, no! — Gritó exageradamente, cuando lo tiró hacia Malia, mientras ella se dejaba caer por la gravedad. — ¡Mi helado! — Iba directo hacia la camisa.

Pero entonces, con unos reflejos impropios de una persona normal, Malia cogió el helado con una mano y cogió a Klara. Ni siquiera pude ver cómo hizo eso. Pareció como si fuera un ninja, nos dejo boquiabiertas.

— ¡Menos mal! — Eso le decía aliviada Malia. — Casi te ibas a caer. —

— ¡Qué torpe soy, eh! —Y Klara fingió reír de su desgracia. Pero se le veía muy molesta, al ver que el plan no había salió como lo planeado.

Es más, salió peor de lo esperado. Malia, mientras sostenía a Klara en uno de sus brazos, perdió el equilibrio, al ver que no tenía la postura correcta para mantenerla. Tiró el helado y la cogió con las dos manos. Recuperó la postura y puso de pie a ella. Luego, vieron que el helado cayó en mi cabeza, teniendo todo el pelo perdido.

Malia se puso pálida y la enana de Klara, que hizo aquel numerito de tirarle el helado a ella para nada, se tapaba la boca, intentando contenerla, porque estaba a punto de partirse de la risa.

— Lo siento mucho, de verdad. — Eso decía toda nerviosa, mientras yo me limpiaba la cabeza en los servicios del centro comercial.

— No pasa nada. — Le replicaba, con un tono sereno, ocultando mis ganas de matarla. — Fue un accidente. —

No sólo tenía ganas de matar a Malia, sino a Klara, que le miraba de reojo a veces con una mirada de pura enfada, aunque se lo tomaba con cachondeo. Por lo menos, me consolé, pensando que teníamos otras oportunidades para fastidiar a Malia.

Y sin haber salido de los servicios, Klara hizo el siguiente movimiento, sin decirme ni una palabra. Entró en uno de los váteres y se quedó ahí durante un buen rato:

— ¡¿Aún no has terminado!? — Yo le preguntaba impacientemente, con los brazos cruzados y dando pequeños golpes con el pie.

— Pues, no sé…— Aquella respuesta casi iba a provocar que le gritara como loca.

— ¡¿Pero cómo no sabes eso!? — Aunque me contuve y le solté eso con aparente tranquilidad.

— Tal vez, ella esté estreñida. — Por su parte, Malia estaba diciendo eso muy pensativa.

— No es eso. — Le replicó, con un tono bajito, de niña avergonzada. — Es que…da vergüenza decirlo…—

Ahí me di cuenta de que ella estaba actuando, haciendo otro numerito para poner de los nervios. Yo decidí seguirle la farsa y solté esto:

— ¡¿No tienes papel!? — Eso le pregunté y ella asintió.

— ¡¿Por qué no lo dijiste antes!? — Le repliqué esto, antes de mandarle a la otra esto:

— Malia, busca papel. — Y como era normal, ella asintió y salió corriendo en busca de eso.

Tras desaparecer de nuestra vista, decidí dejar la farsa por un momento:

— Ni siquiera habrás estado haciendo tus necesidades, ¿verdad? — Eso le dije con una sonrisa bellaca en el rostro.

— ¿Qué creéis vos? Yo siempre hago mis cosas antes de salir. — Y eso me respondió, entres leves risas.

Malia tardó poco al volver y llevaba un rollo de papel en sus manos. Llegó toda apurada y le dijo a Klara que aquí lo tenía. Entonces, ella le soltó esto:

— Gracias por buscar papel, pero es que he descubierto que lo tenía. —

Yo me reí por dentro y mire atentamente su cara para ver algún signo de enfado o algo parecido. Después de todo, le hicimos perder el tiempo inútilmente, tendría que ponerse como una furia. Eso es lo que cualquier persona haría. Pero ella se lo tomó muy bien, demasiado; y con una gran sonrisa nos dijo esto:

— No pasa nada, todos tenemos descuidos. — Se lo metió en el bolso. —Además, el papel me podrá ser de utilidad. —

Pero no perdimos las esperanzas, porque nosotras teníamos un montón de oportunidades más para hacerla enfadar. La maldita de Klara ni siquiera nos dejó descansar, cuando nos salimos del baño, aprovechó el momento para hacer otro movimiento:

— ¿Por cierto, dónde está Klara? — Eso me preguntó, nada más salir del cuarto del baño. Nos dimos cuenta rápidamente de que ella se había esfumado.

— ¿Klara? Ahora que lo dices, no la veo por ninguna parte. — Le respondí yo, mientras miraba por otros lados.

En aquellos momentos, sentí un nudo en la garganta, al darme cuenta de que ella no estaba a plena vista. Me puse tan nerviosa, que le dije esto a Malia:

— ¡Oh Dios mío, se ha perdido! — Demasiada asustada estaba y no podría creérmelo. — ¡Tenemos que encontrarla! —

Ella asintió y las dos nos separábamos para buscarlas. Cuando yo iba a llamarla a gritos, un mensaje llegó a mi móvil.

— ¿Quién debe ser ahora mismo? — Pregunté molesta, abriendo el mensaje rápidamente y cuando lo leí, añadí: — ¡Será maldita! —

El mensaje decía nada más ni nada menos esto: “¡Qué linda te pusiste cuando te diste cuenta de que no estaba! Pero no te preocupes, que no me he perdido, estoy cerca de ti. Esto es parte del plan.” Era de Klara, quién seguramente me estaba viendo desde alguna parte con una cara de pura burla hacia mi reacción.

Me puse colorada como un tomate y deseosa de darle unos cuantos golpes por haberse ido sin avisarme. No es que estaba preocupada por ella ni nada parecido, pero me iban a liar la gorda si le pasaba algo malo.

Y cuando dejé de mirar el móvil, ella estaba delante de mis narices, sonriendo. Me dio un susto de muerte:

— ¡¿Cómo has aparecido!? — Eso le grité.

— Che, he usado trucos de magia. — Y con una molesta ironía me respondió, antes de añadir esto: — De todos modos, sólo estaba comprando chucherías. —

Eso mientras me enseñaba una bolsa transparente lleno de chucherías. ¿Cómo le dio tiempo para comprar eso?

De todos modos, cuando le iba a preguntar eso, se adelantó y me dijo:

— Volvamos con ella, ya creo que es suficiente. Además, haz algo de tu parte, que no puedo hacerlo todo yo sola. —

FIN DE LA NOVENA PARTE

 

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Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Octava parte, centésima tercera historia.

Tras pasar cuatros minutos y medio, Malia y Klara volvieron de los servicios. Al verlas, yo les dije esto: — ¡Han tardado más de lo que esperaba! —

— Pues creo que no hemos tardado mucho. — Me replicó Malia.

— ¡Es que ella es una exagerada! — Y añadió la maldita de Klara, entre risas, mientras se sentaban.

Ahora la farsa podría comenzar, aunque teníamos que disimular un poco más, hablando con ella, sobre temas realmente aburridos. Cuando ya pasó unos quince minutos aproximadamente, Malia se levantó:

— Bueno, creo que es hora de que me marche, tengo unas cosas que hacer. Me alegro de poder haber pasado un rato con vosotras. — Eso nos dijo, tras hacer una reverencia.

— Sobre todo contigo. — Y luego añadió esto, dirigiendo a Klara.

— Yo también. — Le soltó ella poniendo una gran sonrisa, aunque sabía que en el fondo de su ser le estaba maldiciendo e insultando.

Tras decir aquellas palabras, ella se dirigió hacia la salida y en el preciso instante en que iba a cruzarlo, yo la detuve un momento:

— ¡Espera un momento! — Le grité mientras me acercaba a ella, mostrándome muy preocupada. Al momento me preguntó:

— ¿Qué pasa? —

— ¡¿Has visto mi móvil!? — Como buena actriz, puse una cara de terror muy realista, que ella se lo creyó totalmente. Negó la cabeza.

Yo añadí esto: — Lo he mirado en mis bolsillos, en los asientos y nada. —

Klara se nos acercó y con cara de sorprendida soltó esto: — ¡Qué rápido se te ha perdido! —

— ¡Pero si hace si un momento que lo tenías en las manos! — Y Malia también soltó otro comentario, mientras se acercaba a nuestros asientos:

— ¡Vamos a revisar de nuevo en los asientos!  — Eso nos decía.

Yo, mientras tanto, en mi mente me burlaba de ella. Iba a ser en vano, supuestamente el móvil no iba a estar ahí.

— Ya lo hemos hecho por segunda vez y no hay nada. — A continuación, dije esto después de buscar, o hacer como si buscáramos,

Y Klara, por fin, había sacado el tema del robo: — ¿Y si tal vez te lo hayan robado? —

Yo puse cara de puro terror, como si me iba dar un ataque de corazón: —No, eso puede ser. —

Entonces, cuando iba a ser el momento en dónde íbamos a acusar a Malia de robo, cuando la íbamos a dejar en ridículo delante de todos; ella soltó esto, en el preciso momento en que Klara iba a sugerirlo: — Pero si está aquí. —

Las dos miramos hacia ella. Le pregunté esto, muy trastornada: —¿Qué dices? —

— ¡Pues ahí está! — Y eso nos decía ella, quién estaba al lado del lugar en dónde estábamos, señalándolo.

Nosotras nos acercábamos y lo vimos. Mi móvil estaba ahí, sobre los sillones. No me lo podría creer: — ¡¿Cómo es posible!? —

Me quede boquiabierta, mientras Klara me miraba mal en silencio, por unos pocos segundos. Al ver mi reacción, ella decidió decir esto:

— ¡Mira que torpes somos! — Decía entre risas. — ¡No nos dimos cuenta de que estaba ahí! —

— ¡Es verdad! — Y yo la imité.

— No pasa nada, a todo el mundo le ocurre eso. — Eso nos decía Malia con una sonrisa que me ponía de mala leche, mientras cogía el móvil y me lo daba.

Así fue como nuestro plan se fue todo al garete. Tras esto, nos despedimos definitivamente de Malia y volvimos a casa.

— ¡Maldición, maldición! — Estábamos más ardidas que nunca. — ¡Pero si lo había metido dentro de su bolso, ¿cómo es posible que haya estado en el sillón todo el rato!? —

Estaba realmente enfadada y llena de rabia contra Malia, y me costaba poner controlarme. Luchaba desesperada por no gritar como una loca y mover violentamente los brazos de un lado para otro.

— ¡De verdad, es muy extraño! — Klara, estaba más tranquila. — Yo no me di cuenta de que estuviera ahí cuando volvimos a sentarnos. —

También estaba enfadada, pero se concentraba en entender lo que había ocurrido, cómo falló nuestro plan. Por eso estaba tan pensativa mientras nos dirigíamos hacia mi casa. Tras pasar un rato caminante, le pregunté esto:

— ¿¡Y ahora que hacemos!? — Le decía, bastante frustrada, a Klara. — Me siento peor que antes, tengo más ganas de humillarla que antes. —

La verdad es que estaba cansada de hablar sola y de que ella estuviera tan pensativa. Quería un poco de charla para no sentirme ignorada, aparte de pensar qué podríamos hacer.

— Yo también, pero…— Ella me respondió, pero dejó la frase a medias y se calló de golpe, mientras se detenía.

— ¿¡Pero qué…!? —Y yo le solté esto, intrigada por lo que estaba pensando ella. Y tras pasar unos segundos, gritó esto con gesto de sorpresa:

— Ah, ¡debe haberse dado cuenta de que le metimos el móvil y ella lo sacó sin que nos diésemos cuenta. — A lo primero, me pregunté de que estaba hablando, pero rápidamente me di cuenta de que hablaba sobre cómo Malia pudo haber desbaratado nuestro genial plan.

— ¿¡Y cuando ha sido eso!? — Eso le repliqué. — Yo no la vi observar en su bolso en ningún momento. —

— Yo tampoco, pero se debió dar cuenta. Tal vez, segundos antes de irse y dejó el móvil en entre los sillones del café. — Calló por un segundo. — Eso debe ser. —

Y luego estuvimos en silencio hasta volver a nuestras respectivas casas. Y al llegar la noche y a punto de irme de mi habitación, desde la ventana de su cuarto; Klara me habló, dándome un susto de muerte:

— ¿¡Ya vos le vas a dar una visita a tu hermano!? — Eso me preguntó de forma burlesca.

Yo me acerqué a la ventana y le respondí: — Sí, ¡¿y qué pasa!? —

— Nada, parece que se ha olvidado toda la rabia que tenías por lo que nos ha pasado esta tarde. — Me dijo a continuación, mientras sentaba la cabeza sobre el marco de la ventana con expresión molesta.

— Por supuesto que no…— Le repliqué, mientras apretaba el puño. — Por algo me voy a ver a mi hermano, para olvidarse de eso por un rato. —

En fin, seguía furiosa y enfadada y quería colarme en la habitación para estar un buen rato con él y sentirme bien. Klara sólo replicó con un pequeño grito de sorpresa, tan falsa como ella misma.

Pero antes de irme y de que ella se fuera a la cama, decidí decirle algo que llegué como conclusión: — Pero te diré una cosa, que voy a bajar a esa idiota de su pedestal, sea como sea. —

Estaba decidida a hacerlo, no podría dejar las cosas tal como están. No estaría en paz hasta conseguir humillarla. Y ella me dio la razón, moviendo la cabeza afirmativamente.

— Lo haremos, sin duda alguna. — Añadió Klara.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Séptima parte, centésima tercera parte

Aunque dije eso, no tenía ni idea de cómo íbamos a hacerlo y por eso le pregunté a Klara, que parecía que tenía un plan:

— ¿Y qué vamos a hacer? —

Y me respondió esto con una sonrisa burlona hacia mí: — Por ahora, no te lo diré. —

Se estaba haciendo la misteriosa y yo, que no tenía ganas de secretos, le solté esto: — ¿Y por qué no? —

— Porque no tengo ninguno. Pero ya se me ocurrirá. — Dijo esa respuesta entre risas, mientras yo daba un suspiro de desilusión al creer que la maldita de Klara tenía alguna idea.

Tras esto, ella decidió cambiar de tema y empezar a molestarme con otras cosas. Pero, al día siguiente, volvió a aparecer por mi casa de forma inusual y clásica, con una idea en mente.

Tras volver de clases, vi a mi querido hermano en el salón y me lo llevé a mi cuarto.

— ¿Qué quieres ahora? — Me preguntaba mi hermano con seriedad y amabilidad, mientras me abrazaba lentamente.

— ¡Qué frío estás! — Me quejé con burla, mientras yo también le abrazaba: — ¡Hace días que no lo estamos haciendo y estoy bastante deseosa…! —

Era una pequeña indirecta para que me llevara a la cama. Y lo entendió perfectamente, pero él se negó:

— ¡No podemos ahora, nuestra madre ya a volver pronto! — Eso me molestó, porque creía que era una buena oportunidad. — Está hablando con la vecina. —

— Sólo un poco…— Intenté persuadirle, mientras acercaba mi cara a la suya. Se negó de nuevo. — O tal vez, un beso. — Tras permanecer en silencio, mirando hacia la puerta de la habitación muy asustado, lleno de dudas; me respondió con la cabeza que si podríamos hacerlo.

Entonces, acerqué mis labios a los suyos para besarlos. Pero, entonces, mi madre arruinó el momento tan especial que iba a haber entre nosotros, gritando a mi hermano para que viniera abajo a ayudarla.

— Lo siento mucho, la otra vez será…— Eso me dijo, mientras se iba de la habitación y me dejaba sola.

— ¡Será oportuna mi madre! — Dije para mis adentros, muy molesta, apretando los puños.

— ¡¿Otra oportunidad perdida, eh!? — Y entonces, oí esto y me dio un susto de muerto.

Inconscientemente, me tape la boca para no chillar y luego miré por todas partes muy apurada. Entonces, vi a Klara detrás de mí y me dio otro buen susto. Casi caí al suelo por la sorpresa.

— ¿De dónde has salido? — Pregunté, mientras contuve mis ganas de gritar.

Ella, con una molesta sonrisa, me señaló con el dedo hacia cama, dejando claro que se volvió a esconder debajo de ahí.

— ¿Otra vez? — Me pregunté si se estaba volviendo una manía suya. Ella no dijo nada, sólo se sentó en mi cama. Luego, habló:

— Eso da igual, mujer. — Cambió de tema. — No es nada comparado contigo, que solo quieres sexo y más sexo. — Para ponerse a burlarse de mí. Me lo decía, mientras hacía gestos muy vulgares para una niña de su edad.

Y yo esta vez decidí tomarlo con cachondeo, soltándole esto con un tono burlón: — ¡Qué me lo digas tú, que solo eres una niñata…! —

También le iba a decir que era una adicta a la pornografía, pero no tenía ganas. Ella volvió a cambiar de tema rápidamente, para decirme esto:

— Pero no he venido a aquí para eso, sino porque tengo un plan, che. —

Y una media hora después, estábamos caminando hacía una cafetería situado fuera de nuestro barrio.

— Aún me sorprende que hayas contactado con ella y hacer que se reúna conmigo. — Eso le decía, aún incrédula, y llena de enfado.

Me contó que consiguió haber hablado con ella por teléfono y se hizo pasar por mí para reunirnos y hablar sobre Lafayette. Luego, me sacó de la casa, mientras yo le preguntaba si era cierto lo que me dijo. Me costaba mucho aceptar que ésta lo hubiera hecho sin consultármelo a mí primero, y por esa razón estaba muy enfadada y molesta.

— A pesar de decírtelo mil veces, parece que aún no te enteras, pareces boluda. — Suspiró. Le quise replicar que sí lo sabía, pero no deseaba aceptarlo. Ella añadió esto: — Espero que vos tengas en mente cuál es el plan, ¿no? —

— Sí, eso lo sé. Espero que funcione. — Eso le respondí mientras pensaba de nuevo en aquella idea que se le ocurrió. Me parecía un plan absurdo, pero que podría funcionar. Se trataba de convertir en aquella chica que actuaba como una santa en una ladrona. ¿Cómo? Pues la acusaríamos de robar mi móvil de última generación, el cual deberíamos de introducir discretamente en su bolso. Yo tuve varias dudas como, por ejemplo, qué podríamos saber si iba a traer un bolso, aunque Klara me dijo que le exigió traerlo, porque iba a entregarle algunas pertenecías que fueron de Lafayette.

Al llegar a las puertas de la cafetería, lo observé por unos segundos. Parecía un buen lugar, limpio, tranquilo y muy elegante. No me acuerdo muy bien del nombre, pero era una frase escrita en francés.

— ¡Sabes elegir bien! — Y por primera vez en mi vida la elogié de verdad y de forma inconsciente, ya que elogiarla era algo que no se lo diría por nada del mundo. Al darme cuenta de lo que dije, me tape la boca y añadí que no era para tanto, que yo había estado en mejores.

— Entiendo, entiendo. — Me replicó, con un tono y una sonrisa burlones hacia mis palabras. Luego, añadió esto: — Mi tía y yo siempre pasamos por aquí, a veces. —

Entonces, alguien ajena a nosotras soltó esta frase: — Yo solo he estado una vez, pero fue una buena experiencia, la verdad. —

Las dos miramos hacia nuestra izquierda y nos encontramos cara a cara con aquella chica tan santa que nos repugnaba, la que deseábamos humillarla con nuestro estúpido plan: Malia, y tenía una gran sonrisa en la cara. Aquella repentina aparición casi nos dio un ataque al corazón.

— ¡Lo siento, no era mi intención asustaros! — Y ella, al ver que nos dio una sorpresa, puso una molesta cara de pena y se disculpó.

— ¡No pasa nada, no pasa nada! — Eso decíamos las dos nerviosamente, mientras agitábamos las manos de un lado para otro.

Y luego, me preguntó por Klara: — ¿Y quién es esta niña tan linda?  ¿Tu hermana? —

Casi me iba a morir de la risas al oír eso, porque por nada del mundo desearía tener una hermana como ella. Pero me contuve y Klara decidió presentarse:

— Eso me gustaría, pero somos amigas. — Le dijo, actuando como una niña pequeña. — Me llamo Klara, y es todo un placer conocerte. — Y con una sonrisa de oreja a oreja, le hizo una reverencia.

Bueno, es lo que hace siempre cuando está delante de los adultos, se pone a actuar de esa forma. Y la maldita siempre consigue una buena impresión, y aquel momento no fue una excepción.

— ¡Qué educada y linda eres! ¡Tus padres deben estar muy orgullosos de ti! —

A ella le encantó. Después, empezó a acariciarle la cabeza muy feliz. Aunque, cuando ella mencionó la palabra “padres”, pareció que Klara, por unos míseros milisegundos, puso mala cara, como si esas palabras le hubieran afectado en algo. Creo que fue mi imaginación, porque ella a continuación se puso a jactarse de eso:

— Después de todo, soy una buena niña. — Le soltaba eso, mientras inflaba su pecho de puro orgullo. Eso sólo hizo reír a Malia. A mí también me pareció gracioso aunque contuve la risa, pero por lo irónico que sonó eso.

Luego de eso, las tres entramos en el café y nos fuimos a la mesa más apartada y recóndita de todo el establecimiento. Esto no era coincidencia porque el camarero nos dijo que ahí estaba el sitio que habíamos reservado, otra cosa que hizo ella y que no me dijo ni pio. La miré molesta por unos pocos segundos, mientras me ignoraba y estaba charlando con Malia. Por lo menos, los sillones en dónde nos íbamos a sentar estaban muy cómodos.

Según su plan, para conseguir la máxima discreción posible, teníamos que colocarnos en lugares específicos de la mesa en dónde íbamos a sentar a tomar el café. Yo tenía que ponerme al fondo y en la parte izquierda de la mesa Malia y Klara se sentarían, poniendo a nuestra victima a mi lado y con mi compinche sentada en la otra parte de ella. Y para asegurarnos de eso, ésta la convenció fácilmente de hacer eso, mientras actuaba en su fachada de niña buena. Además, trajo un bolso como habíamos pedido. A continuación, deberíamos, durante un rato, hablar tranquilamente.

— ¿¡Ah, en serio!? ¡¿Tocas el violín!? — Eso dijo Malia maravillada, en mitad de nuestra conversación.

La maldita de Klara se estaba luciendo en nuestra conversación, hablando de cosas sobre ella misma con falsa inocencia y amabilidad para dejar al adulto de turno embobado antes sus adorables encantos:

— Sí, es muy divertido. Hasta estoy en una escuela de música y todos los profesores no dejan de decirme que soy muy buena. — Aunque fuera nuestra enemiga a destruir, me daba rabia que intentará presumir delante de otra persona.

— ¡Me encantaría escucharte, de verdad! — Y lo peor es que esa estúpida era muy fácil para impresionar.

De todos modos, mientras esperaba mi oportunidad para lucirme, seguía el ritmo de la conversación. No era buena idea callarme mientras Klara se llevaba toda la atención: — Yo lo he escuchado y es muy buena, es como Beethoven en potencia. —

— Beethoven nunca ha sido un violinista, sino un pianista. — Me soltó Klara con una sonrisa que me decía explícitamente que era una total ignorante.

— Eso da igual, va a ser un genio de la música. — Me molestó, pero me contuve y seguía hablando, soltando tonterías que incluso me arrepentía de decir.

Entonces, dio comienzo una nueva etapa de nuestro plan:

— Por cierto, ¿ya tienes tu nuevo móvil? — Me preguntó Klara. Ya era hora de que nuestra farsa comenzase, era hora de enseñar el objeto con el cuál íbamos a acusar de ladrona a Malia.

— Pues sí, lo he comprado ayer. — Lo saqué y se lo enseñé a las dos muy bien.  — ¿Cómo os parece? —

Sobre el hecho de que lo compré ayer, era una cochina mentira.

— ¡Realmente increíble, es el último que ha salido al mercado! — Klara actuó como si fuera lo mejor del mundo. Algo irónico, porque cuando me lo compré, no dejó de decirme lo feo y horrible que era mi móvil.

— ¿Te gusta, señorita? — Luego, se dirigió hacía Malia. — ¿A qué es realmente bonito? —

— Pues sí. — Y eso respondió ella simplemente, pero lo veía como si no fuera algo que le interesará.

Y como estaba planeado, decidí hablar sobre lo caro que era eso que me compré.

— Y costó mucho dinero, casi novecientos dólares. — Era otra mentira, lo compré de segunda mano, a mitad de precio.

— ¡Ten cuidado, a ver si te lo roban! — Me soltó Klara.

— No seas pájaro de mal agüero. Me daría un infarto si pasará eso. — Y le repliqué eso, mostrándome muy “indignada” con tal afirmación.

La maldita de Klara actuó como si le hubiera afectado esas palabras y le pidió a Malia para que me regañase. Ésta solo le dijo que no pasaba nada y que no se lo tomará tan mal, que no yo no tenía mala intención. Después de eso, seguimos hablando de otras cosas hasta llegar a la otra etapa de nuestro plan.

— Me han entrado ganas de ir a hacer pipí. — Eso le empezó a decir Klara en voz baja, actuando como si le daba vergüenza eso; a Malia, mientras le zarandeaba el brazo.

Ella se levantó y le señaló hacia una vieja puerta: — ¿Ah, de verdad? Los servicios están allí. —

— Pero me da un poco de miedo ir, ¿me puedes acompañar, por fa? —Ponía una cara de pena, mientras le miraba fijamente a Malia. Un típico truco para enternecer a los demás.

— Por supuesto que sí. — Y era bien obvio que funcionaría.

Entonces, las dos se levantaron y Klara, por unos míseros segundos, me miró y me guiñó con el ojo. Era el momento para actuar.

Miré discretamente por todos lados y observé a los demás que estaban en el lugar. Nadie miraba hacia mí, así que cogí mi móvil y lo metí dentro de la bolsa que tenía, con toda la rapidez del mundo. Luego, me quedé en silencio hasta que volvieron.

Todo estaba preparado para nuestra farsa y en mi interior estaba sonriendo de oreja en oreja, deseosa de empezar esto para humillar a aquella maldita buena chica.

— ¡Prepárate, Malia! — Eso me decía en voz baja. — Todos los de este lugar recordarán que eres una puta ladrona…—

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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