Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Novena parte, centésima vigésima primera historia.

Se oyó un disparo, era mío. El eco se oyó por todas las montañas. Inmediatamente, se escuchó otro, era de Ranavalona. Ella esquivó, se agachó y apuntó a mí. Rodé por el suelo. Así empezó nuestra pelea.

Llena de barro y nieve, me alejé de ella, yendo en zigzag. Ella me disparó dos o tres veces. Al ver que era incapaz de aceptarme, salió a por mí. A ochenta metros de ella, apunté con mi arma, con la intención de que retrocediera. Cayó hacia atrás y dio una voltereta. Intenté acercarme, pero ella me hizo retroceder. Aún así, le mandé una de mis balas. Estuvo a punto de atravesarla.

— Su puntería es asombrosa, Mi Señora…— Aún en estas condiciones, esta idiota aún seguía adulándome.

— Si fuera asombrosa, la bala ya estaría en tu cabeza…— Recinché los dientes. Esa maldita se movía más que un mono.

Al momento, me disparó de nuevo, me moví rápidamente y la bala cayó unos metros de mí. Volvió a disparar. E intentó de hacerlo, pero se detuvo de golpe. Se dio cuenta de algo, y yo también:

— ¡Ranavalona, no deberías desperdiciar así tus balas, tú sólo tienes una pistola! —

Ella saltó hacia atrás, al intentar esquivar mi disparo. Salió corriendo hacia la suave pendiente del puerto de montaña que crucé, ¿¡intentaba utilizar la altura para acertarme o ir hacia las rocas para esconderse y dispararme!?

Cogí la pistola con el calibre con más alcance que tenía y me dispuse a seguirla. En nuestra subida, me detuve varias veces para dispararla. Los cuatros disparos que lancé casi la alcanzaron, pero ella seguía corriendo por la ladera.

Al alcanzar el final de la ladera, ella se giró hacia mí y se agachó para apuntarme. Estaba a más de cien metros de ella, pero me detuve, maldiciendo mi lentitud. Dio un grito y disparó. Yo disparé. Calculé mal el retroceso, ya que fui empujada por la salida de la bala y rodé por la pendiente hasta llegar al final. Mi cuerpo se resintió por el dolor.

Me levanté como pude, escupiendo tierra y nieve de mi boca, y miré hacia la pendiente. No veía a Ranavalona.

— ¡¿La habré dado!? — Me preguntaba, mientras me limpiaba un poco la cara.

Adolorida, subí por la cuesta. Me pegue a las rocas que delimitaban con la suave ladera, con la idea de que ella se estaba haciendo la muerta para disparar mientras subía.

A los pocos metros de alcanzar el final de la pendiente, ella apareció de frente ante mí, con la pistola a pocos metros de mí.

— ¡Lo siento, Mi Señora! — Se mordía los dientes, temblando como un flan, ¿aún seguía en ese plan? Ya era demasiado tarde para arrepentirse.

— ¡Eres una estúpida, Ranavalona! — Actué sin pensar. — ¡No tendré piedad por ti! — Me lancé hacia ella, quién no pudo reaccionar.

Le di un cabezazo contra el estomago. Ella dio un grito de dolor. Luego, cayó al suelo y rodó por el otro lado de aquella colina incrustada entre montañas. Y yo con ella. Nuestros chillidos se escuchaban mientras rodábamos hasta llega al llano en dónde se encontraba aquella extraña estructura hecha por el hombre. A poco estuvimos de tocar las piedras.

Cuando me intenté levantarme, recibí un golpe en la nuca, era de Ranavalona. Intentó atacarme de nuevo, pero me protegí.

— ¡Pelear con las manos, que deshonor hacer esto, Ranavalona! —

— Mi Señora usted aún tiene pistolas, no puedo permitirme que vos vaya a usar otra. —

Eso quería decir que había perdido su pistola. Yo también, pero aún me quedaban otras debajo de la falda, ella intentaba evitarlo.

Le cogí de los pelos e intenté arrancárselos, ella, con gestos de dolor, aprovechó el momento para pegarme en toda la cara. Yo le hice una patada para quitarla de encima y liberarme de ella. Dio un chillido y se encogió de dolor. La empuje y cayó hacia atrás.

Me levanté e intenté sacar mi arma, pero, con el brazo, me hizo caer de nuevo al suelo y empezó a empujar con fuerzas mi falda.

— Suelta mi falda, ¡pervertida, enferma mental! — Le gritaba, encolerizada.

Ella intentaba coger mis pistolas. Puso el pie contra mi cara, aplastándome contra la fría tierra. Me destrozó el vestido, pero no pudo alcanzar mis armas. Le di unas patadas que le hicieron chillar.

Me levanté e intenté sacar una de mis armas, ella volvió a la carga, intentando inmovilizarme y quitármela.

— Parece ser que…— Di una carcajada, me parecía muy gracioso que ella me estaba siendo tan duro de roer. —…te han enseñado bastante bien. —

— Tantas aventuras con usted ha valido la pena, Mi Señora. —

En nuestro forcejeo, lanzamos el arma unos cuantos metros de nosotras. Yo intenté coger el otro que tenía, pero la funda no tenía nada. Al parecer, se salió durante nuestra pelea.

— ¡Maldición! — Grité con fuerzas, salí corriendo hacia la pistola. Y la alcancé y la cogí.

Al momento, Ranavalona me gritó: — ¡Deténgase, Mi Señora! —

Miré hacia ella, mantenía una pistola en sus manos. Entonces, me di cuenta en dónde había terminado la pistola que cayó de su funda.

— ¡Vaya por Dios! De alguna manera, has conseguido inmovilizarme. —

Levanté las manos, intentando mantenerme tranquila, aún cuando en mi interior me maldice sin parar por el error fatal que había cometido. Estaba a su merced.

Ranavalona tardó en contestar, no dejaba de expulsar y sacar aire a lo loco, estaba muy agotada. Yo igual. Me mirada con gestos de miedo.

— ¿¡Esto es lo que se llama una tragedia, Mi Señora, no!? — Ella intentaba, al decir esto, una forma de tranquilizarme. Más bien, para libarse de la culpabilidad que iba a sentir con mi muerte.

— ¿¡Tragedia!? — Me forcé a reír. — ¿¡Acaso me estás diciendo que voy a morir!? —

Tenía que mantener la calma, no podría dejar que ella me viera nerviosa, porque sabía que ella estaba a punto de matarme. Tenía que intimarla o ganar tiempo, de alguna forma.

— Estoy a punto de dispararla…— Su cuerpo estaba temblando de nuevo. — Morirá…— Su cara decía que no quería hacerlo. — Y cuando l-lo haga… Y-yo me mataré a-a su l-lado…— Empezó a reír como una loca, parecía que estaba perdiendo el poco juicio que tenía. —…como Romeo y Julieta. —

— No sabía que Romeo mató a su amada, o viceversa. — Lo dije con un tono lleno de burla. — ¿¡Estás tan segura de que voy a morir aquí, y ahora!? — Ranavalona no respondió.

Entonces, otro recuerdo de mi pasado apareció en mi mente, cuando yo estaba de luto por la muerte de mi madre, encerrada en mi habitación. Alguien entró en mi habitación a oscuras, se trataba de Antonina.

— ¿¡Qué haces aquí, por qué no te vas afuera, como he ordenado!? ¡Déjame sola, no quiero ver a nadie! — Le grité.

— Pero, Futura Majestad, he venido para animarla y ayudarla a soportar el gran peso que ha significado tener que conocer la muerte de nuestra querida Zarina Sajonia de Shelijonia. — Se puso la mano en el pecho, con una cara llena de supuesta lastima hacia mí.

Me hizo gracia escuchar eso de “querida”. Intenté búrlame, pero no tenía ni ganas. Con dolor, añadí: — Yo, yo la odiaba, pero, pero…— No pude continuar, rompí a llorar, incapaz de controlar mis emociones. — ¡¿Por qué, por qué!? ¡Mamá, mamá, mamá! ¡Fuiste imbécil, estúpida, loca, enferma, ese es el final que querías, ¿estás contenta?! — Escondí mi cabeza entre las almohada, no quería que ella me viera así. Me decía mentalmente una y otra vez que me controlará, que me estaba viendo muy patética y estúpida, que no tenía sentido llorar por una desgraciada como mi madre. Pero era imposible, echaba de menos su violencia, sus locuras, su tiranía.

— Yo te abrazaré y te consolaré, mi Futura Majestad. — Antonina se me acercó con los brazos en alto, para abrazarme. No quería ser tratada como una niña pequeña

— ¡Que me dejes en paz! — Le grité con todas sus fuerzas.

— Sajonia fue una mujer realmente interesante, es una lástima que ya no éste entre nosotras. Pero ha dejado el puesto vacio. —

— ¿Y qué? — Le pregunté.

— Es tu deber como su hija aceptar el trono y heredar el reino que ha construido con tanto ahincó. —

— Pero no quiero, le dije mil veces que jamás sería la reina. Ni menos ahora, que sólo soy una…—

Me mordí la lengua, al ver que estaba a punto de reconocer que no era más que una cría. Creía hasta entonces que era muy madura, incluso participaba con cierta inteligencia en tareas que sólo los adultos con poder hacían. Pero al desaparecer mi madre, me hundí, todo se derrumbo ante mí. Después de todo, seguía siendo una niña, ¡qué patética!

— Ella te gestó con una intención, que fueras su heredera. Lo que deseaba construir, lo que estaba construyendo, necesita un sucesor. Y esa eres tú. Aunque no lo reconoces, amas a tu madre. Y sabes perfectamente que su creación, que el Zarato, necesita que seas su líder. —

— ¿¡Por qué, por qué tengo que aceptar esto!? — Levanté mi cabeza y le pregunté esto. No quería ser reina, ni menos en aquellos momentos, en que sentía que era demasiado para mí.

— ¿Sabes? Los muertos nos dejan cargas muy pesadas, que tenemos que continuar para el beneficio de los vivos y de las generaciones futuras. Gracias a esa carga, se han construido grandes y maravillosas cosas. Yo creo en vos, de que usted será una reina única e insuperable, superara todas las expectativas que tenía tu madre de ti. Eres racional y calculadora, tu visión del poder es muy diferente al que tenía ella. Estás muy verde, es verdad, pero puedes aprender sobre la marcha. Yo te ayudaré, haré todo lo que pueda para que soporte esa carga, porque no sólo soy su médico personal, sino tu más fiel súbdita. —

No supe que decirle, no entendía por qué me decía que esas cosas, ¿¡eso era para animarme solamente o era realmente sinceridad por su parte!? Sentía algo de desconfianza en ella, aunque se viera muy confiable, con aquella aura de santa que provocaba que todo el mundo la viera como si fuera el mismo mesías.

Entonces, ella, al ver que no respondí, añadió esto: — Y además, ¡¿no quieres vengar tu ojo!? — Le pregunté qué intentaba decir exactamente con eso. Aquellos horribles recuerdos volvieron, haciendo que me doliera la parte derecha de mi cara. Ella continuó hablando:

— Los mismos que intentaron destruir la creación del Zarato, lo que construyó tu madre, fueron a ti y arrancaron tu ojo, te arrebataron la infancia. Nunca pudiste ser la misma. Tú madre dejó de tratarte bien a tratarte con dureza, por tu propio bien, para que fueras capaz de defenderte de aquellos que la atacaron de la forma más ruin posible, hacerte sufrir. Ellos se beneficiaran si este lugar desaparece, ¿¡pero tú no querrás que se vayan de rositas, verdad!? —

Apreté los dientes con fuerzas, mientras recordaba con odio a aquellos que me arrancaron el ojo. No habló de aquellos secuestradores, cuyos restos fueron devorados por los cerdos. Sino de los que le pagaron para secuestrarme, con la intención de destruir mi propio cuerpo. Sí, lo hicieron por venganza a mi madre, por hacerle ver quién mandaba de verdad en esta puñetera isla. ¿Los iba a dejar tranquilos, después de conocer que la loca de mi madre había muerto?

— No, no lo haré. — Lo decidí. — Yo ocuparé el lugar de Sajonia de Shelijonia, mi madre y la Zarina de este reino. — Miré hacia al techo con determinación. — Te lo prometo, madre. —

Con aquellos recuerdos rondando en mi cabeza, le dije a Ranavalona esto:

— Tengo una misión que cumplir, heredé un objetivo que debo de cumplir. Sí, se lo prometí. Tú te has vuelto un incordio. Si me eliminas, ¿¡qué será del Zarato, Ranavalona!? — No podría morir aquí.

Empecé, con disimulo, a mover el pie hacia atrás, para coger la pistola. Ella me replicaba, mientras tanto:

— Me da igual el Zarato, el mundo exterior o lo que sea, sólo me importa tu amor… No, mi amor propio, mi razón de existencia, como usted ha dicho. — Agarró su pecho con fuerzas.

— ¡Ya veo…! — Noté la pistola bajo mi pie. Poquito a poco, la arrastraba, mientras seguía distrayendo a mi sirvienta. — Veré esto como una apuesta, voy a arriesgarlo todo, espero que los designios del cielo, si existen, me protejan. —

Después de todo, he visto la muerte cientos de veces y he salido ilesa de todo lo que me pasó. Podríamos decir que tengo muy buena suerte, ¿sería esta la excepción o no? Era hora de tirar los dados. A todo o a nada.

Entonces, le di una patada a la pistola que arrastré y la cogí.

— ¡Mi Señora! — Ranavalona gritó y estuvo a punto de apretar el gatillo. Estaba a menos de cincos metro de mí, yo no tenía posibilidades de sobrevivir. Pero ella se quedó paralizada, fue incapaz de dispararme. Eso me hizo mucha gracia. A pesar de todo, su supuesto amor le impidió dispararme, había ganado la apuesta.

— ¡Vas a pagar ese error muy caro, Ranavalona! — Grité con alegría, la victoria era mía. — ¡Prepárate para morir! — Por fin, me iba a librar de ella.

Entonces, apreté el gatillo, pero pasó algo dentro de mí. Todos los recuerdos que tuve con Ranavalona se me pasaron por mi mente en cuestión de segundos, volví a recodar su exagerada fidelidad, su amor enfermo y obsesivo, todos los momentos que estuve con ella. No podría negarlo más, a pesar de todo, del miedo que le tenía, de mi propósito de hacerla matar a toda cosa, no quería verla muerta.

«Tengo que matarla, hay que eliminarla. Es mi deber, si no lo hago seré su muñeca, mi misión estará acabada. Pero, pero…», no dejaba de repetir estas palabras en mi mente.

Entonces, Ranavalona gritó de repente: — ¡No, lo hagas! — Estaba aterrada, cerró los ojos con fuerzas, incapaz de ver su final: — ¡No quiero morir! —

Yo disparé, pero fallé. Conscientemente, mi bala pasó muy a la izquierda de ella. Pero sentí como algo me perforó con una velocidad increíble, con mis entrañas ardiendo por el dolor y el impacto. Era una bala. Ranavalona, presa del miedo, había disparado y acertó. Caí al suelo, mientras pensaba:

« ¡Qué irónico, qué irónico! Al final, mi suerte ha fallado. Me han disparado. Entonces, ¡este duelo ha acabado en mi derrota! »

Me reí para mis adentros, perdí de la manera más estúpida posible, por un disparo de alguien que gritó de miedo.

— ¡Mi Señora, Mi Señora! — Y la muy estúpida de Ranavalona, se me acercó y puso mi cabeza sobre sus piernas, gritando con horror — ¡¿Está bien!? ¡Contéstame! — Estaba llorando como nunca, sus lágrimas no dejaba de mojar mi cara.

— ¿¡E-esto no era lo q-que querías, Ra-ranavalona!? —

Intenté hablar. El dolor era insoportable, no había manera de ignorarlo. Deseaba desmayarme. Pero, a pesar de todo, intentaba forzar a mi cerebro, a darme una explicación ante lo que estaba viendo. No entendía porque ella actuaba así después de intentar matarme.

— ¡No, no! ¡Yo no quería llegar a estos extremos! ¡Pero estaba tan desesperada! ¡Necesitaba tu amor! ¡Necesitaba que la única persona que tenía a mi lado me aceptara! ¡Vuestra Merced, he ardido en celos, en el sufrimiento, en la desesperación! ¡Pero, pero…! —

Su cara era todo un poema, era la primera vez desde que fui salvada por mi madre que veía a alguien llorar de esa forma por mí. Me daba tanta rabia.

— ¡E-eres estúpida, pero muy, muy…! — Empecé a levantar mis brazos, mientras intentaba reír.

— ¡Sí, lo soy! ¡Lo soy de verdad! — Movió afirmativamente con la cabeza, con la cara llena de dolor.

— Y-yo ajajajaja, q-quería matarme, ¡¿por q-qué tienes que llorar por alguien que quería matarte!? ¡Eres estúpida! —

— Me dan ganas d-de ahogarte, por l-lo estúpida que…— Alcancé con dificultad su cuello, con la intención de hacerlo.

— Puede castigarme, ¡me lo merezco! — Me gritaba de forma desconsolada.

Pero en vez de apretar con fuerzas su cuello, lo empujé hacia mí. La acerqué a mi cara. Ella se veía confundida, no entendía nada. Yo tampoco, quería ahogarla, pero lo que hice fue otra cosa. Acerqué sus labios a los míos, y la besé, como pude. Sí, estaba besando la boca de una chica, de la misma enferma que me quiso matar.

— ¡¿Mi Señora!? — Me quedó con la boca abierta, totalmente roja. Era incapaz de reaccionar.

— Y-yo quería ahogarte, ajajajaja. Pero en vez de eso…— Me daban ataques de risa, haciendo que me doliera más el cuerpo. — Deseaba tu muerte, pero…— Ya era incapaz de mantener mi propia cordura. — ¡No entiendo nada, esto es absurdo! —

— Yo sólo me amo a mí misma, a nadie más, ni menos a ti…— Di una pausa, para dar alaridos de dolor. — P-pero, ¿¡por qué!? —

Ranavalona me gritó algunas cosas, pero ya era incapaz de escucharla con claridad.

— ¡E-estúpidos sentimientos! ¡Estúpido amor! ¡Estúpida Ranavalona! ¡Me habéis confundido, ya no entiendo l-lo que…!— No pude continuar más.

Cerré los ojos, empecé a respirar con dificultad. Parecía que, de un momento para otro, mi corta vida iba a terminar.

Lo sentí mucho por mi madre, por no haber continuado su legado. Por mí misma, para vengarme de los que me hicieron perder el ojo. Pero, sobre todo, por esa idiota de Ranavalona, no quería dejarla sola, esa imbécil se embolaría después de ver mi muerte. Al final, no pude negarme más a mí, sentía algo por esa sirvienta, por esa obsesiva y estúpida chica, ¿¡es esto lo que llaman amor!? Me pregunté antes de perder la consciencia.

FIN DE LA NOVENA PARTE

 

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Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Octava parte, centésima vigésima primera historia.

El fuerte estruendo de un rayo hizo abrir mis ojos. Sobresaltada, levanté medio cuerpo del suelo, con el hueco vacio que hace tiempo fue mi ojo provocándome un dolor muy agudo y molesto. Respiraba e inspiraba con rapidez, como si hubiera estado corriendo por horas, y tenía los ojos abiertos como platos. Agarré con mi mano la parte derecha de mi cara y dije esto en voz baja:

— Otra vez ese maldito sueño…— Gruñí, llena de ira. — No, ese maldito recuerdo…—

De nuevo, había soñado con aquel fatídico momento, esa horrible experiencia que desearía olvidar para siempre. Aquel inimaginable dolor, que con sólo recordarlo, me provocaba temblor en todo el cuerpo y ganas de vomitar. Ni siquiera le temblaron las manos cuando sacaron sus cuchillos y me lo arrancaron de cuajo, lo hicieron con frialdad, ni siquiera pensaron en que la barbaridad que estaban haciéndole a una niña que debía tener cinco años o incluso un poco más, cuyo delito era sólo por ser hija de alguien incómodo. No dejaba de gritar, de pedir ayudar, de pedirles que se detuvieran y clemencia, pero lo único que hicieron fue taparme la boca. Sólo estuve conscientes unos minutos, o tal vez segundos, pero me parecieron eternos. Los dolores eran tan horribles que no fui capaz de soportarlos, hasta defequé y oriné. Aunque no sé realmente cómo sobrevivir podría haber muerto por el desangrado o por sacar mi ojo. Cuando pude volver en mí, vi que me había desinfectado la herida y la habían tapado. Les importaba conservar mi vida, pero, aún así, estaban decididos arrancarme cada parte de mi cuerpo, y lo siguiente era mi brazo. No me lo decía como una amenaza, sino como un hecho. Atada, silenciada, incapaz de ver, veía como esa pesadilla iba a continuar. No dejaba de preguntarme una y otra qué hice, qué cosa mala provoqué para que he hicieran eso. Horas después, fui liberada de aquella tortura, salvada por mi madre.

— ¡¿Por qué no puedo olvidar esto de una vez!? — Gritaba enfurecida, mientras me levantaba y empezaba a patear el golpe. — ¿¡Por qué mi cerebro se empeña en recordarme esta mierda!? —

Aún cuando los recuerdos se sentían de forma nebulosa, las sensaciones eran muy reales, tanto que daba la impresión que ese dolor había vuelto a atormentarme.

Lo peor del asunto es que es el primer recuerdo que tenía, era incapaz de recordar algo antes de eso, de cuando, según mi fallecida madre, era una niña mimada y llorica. Al final, decidí dejar de gritar, al recordar en la situación en donde me encontraba.

— ¡Ah, es cierto! Sigue siendo de noche, esa maldita pesadilla me he hecho perder horas de sueño. —

Gruñí y me callé, mientras me sentaba en el suelo de la cavidad en donde me había hospedado.

Habían pasado varias horas desde que intenté matar a Ranavalona. Después de eso, pase mucho tiempo buscando refugio, mientras la lluvia se volvía en una poderosa tormenta. Me costó mucho encontrar otra cueva en la que pude esconderme. Encendí una hoguera con ramas secas que obtuve cómo pude por el camino, y me hice una cama de hierbas, intentando usar el bolso que me traje como almohada improvisada. Para perder el tiempo y evitar aquellos recuerdos, decidí sacar una navaja y empecé a afilar una de las pocas ramas que dejé sin quemar.

« Ahora, ¿qué debería hacer? », empecé a pensar, « Cuando paré el temporal, tendré que buscarla, aunque eso sea como buscar una aguja en un paja ».

Entonces, reí, empecé a reír con todas mis fuerzas, me parecía graciosísimo haber acabado en esta situación, debería estar en aquellos momentos volviendo a la aldea, diciéndoles, entre lágrimas de cocodrilos, que mi querida sirvienta había muerto, en vez de pasar la noche en esta cueva de mierda, esperando el mañana para cazarla, como si fuera un ciervo. Las risas se mezclaba con el tronar de los rayos que producía la tormenta.

Al día siguiente, se notaba que el temporal perdió muchísima fuerza. Media dormida, saque la cabeza. Ya era de día, pero había muchísima niebla, parecía como si las nubes estuvieran escalando por las montañas. La lluvia seguía ahí, pero era ya muy débil, apenas se notaban las gotas. Miré al suelo y vi nieve, que se estaba derritiendo. Parece que ser que en la noche bajaron tanto las temperaturas que debió haber superado con creces el bajo cero.

— Apenas veo nada, cada vez se vuelve peor. — Protestaba en voz baja, intentando ver algo entre la espesa niebla.

Sólo veía los arboles más cercanos a mí, me sentía completamente ciega, ¿¡ahora cómo podría salir a cazar a Ranavalona si ni siquiera podría ver lo que había en mi alrededor!? Por lo menos, esto me ayudaba a mantener mi posición oculta, ella debía estar en la misma situación que yo.

A continuación, me puse a pensar en lo que iba a hacer. Si iba a quedarme en esa cueva hasta que la niebla desapareciera o aventurarme en las montañas. No lo dudé ni un momento, no quería permanecer quieta, recogí todas mis cosas y me introduje en el bosque de nuevo. Cometí unos de los errores que una persona perdida debe hacer dentro de las montañas, caminar entre la niebla.

Despacio, evitando cualquier tipo de ruido, mirando con preocupación lo que pisaba y a mí alrededor con los oídos muy en alerta, avanzaba con cuidado en lo más profundo de la niebla. Mi intención era buscar a Ranavalona, pensando que seguramente ella debía estar buscándome en la zona en donde me vio ir. No debería estar muy lejos. Ella también debe pensar que yo la estaría buscando, así que tenía que ser cuestión de horas encontrarnos la una con la otra. Aunque lo ideal era hacerlo sin la maldita niebla, era imposible dispararla. Además, la sensación de frio era insoportable, aún cuando tenía sobre un abrigo de varias capas.

Tras caminar sin rumbo durante dos horas, pude salir de la niebla y por fin pude ver el paisaje en donde me encontraba, para darme cuenta de que volví al límite del bosque, pero en un sitio diferente. Empecé  a andar una amplia llanura nevada de las sobresalías rocas y algunas que otras hierbas, parecía como si en aquel lugar el invierno no se hubiera querido ir. Al fondo, se encontraba una especie de estructura hecha por el hombre, tal vez alguna construcción hecha para refugiar a algún pastor que traía a su rebaño a comer.

Entonces, vi rastros de huellas recientes que se dirigían hacia la estructura. Dudé si acerarme o esconderme entre los árboles por unos cuantos segundos. Decidí lo primero, corriendo en zig-zag, no hubo nada que levantará sospechas. Llegué a aquella construcción con forma de cúpula, hecha de trozos de piedras con poca modificación y miré adentro, por la pequeña entrada. No había nadie, pero había algo en el suelo, un mensaje.

“Mi Señora, te espero más arriba, para un duelo”.

No había duda, era de Ranavalona. Salí de ahí. La construcción estaba a los pies de una ladera poco empinada que parecía conducir hacia un puerto de montaña, que estaba cuestionada en los dos costados por enormes paredes rocosas. Me dirigí hacia ahí.

— ¿¡Qué estará planeando ella!? — Susurré, entre gruñidos, mientras subía con tranquilidad y el viento y la altitud taponaban mis oídos.

Al alcanzar la cima y después de bajar de ella, me la encontré, en el centro de otra llanura más alta que la anterior. Esperándome. Saqué mis armas, por si me atacaba, pero ella no hizo nada.

— ¿¡Qué haces, Ranavalona!? ¡Puedes que sea tu última vez para poder eliminarme! — Le grité, desafiándola. El eco de mis palabras resonó por todo el lugar.

— Mi Señora…— El eco de este susurro que lanzó Ranavalona se escuchó por todo el lugar. Luego, me replicó: — Usted tiene la ventaja, está más arriba. —

Tenía razón, pero, por esa misma razón, ella debía atacar cuanto antes. Me costaba entender porque estaba parada, y por qué no me atrevía a dispararla.

— ¿¡Qué es lo quieres!? — Le pregunté, ya estaba cerca de ella y situadas en la misma altitud.

— Esta vez quiero un duelo justo, dejar de hacer trucos sucios. — Ahora que estaba cerca de ella, veía a su cuerpo temblar, pero tenía en sus ojos una mirada decidida, o lo estaba forzando.

— ¿¡Crees que voy a acatar esa petición!? — Lo solté de forma burlona.

— Entonces, Mi Señora, estarías disparándome ahora mismo. Pero usted no lo está haciendo, ¿verdad? —

No pude negarlo, decidí hacerle caso: — Aceptaré tu clemencia, un duelo justo…— Ella debería conocer muy bien que yo manejaba muy bien las armas de fuego, me hacía gracia que ella pensará que me pudiera ganar en mi terreno, aún cuando Ranavalona también había demostrados ser una buena tiradora. A continuación, emperezamos a dar vueltas en círculo, mirándonos fijamente. Aquí ya no nos iba a interrumpir un oso, esta vez será la definitiva.

Tras unos cuantos segundos en alerta, aquella idiota abrió la boca, después de mostrar un gesto de sufrimiento por un momento, incapaz de controlar una forzada serenidad: — Pero…—

— ¿Pero? — Pregunté.

— ¿Por qué estamos haciendo esto? ¿¡Por qué hemos llegado a este punto!? ¿¡Por qué el amor es tan cruel…!? — Apretó su pecho con fuerza, como si le estaba doliendo el corazón, mientras me exigía explicaciones.

— ¿¡Amor!? — Le mostré una mueca de burla. — ¿Crees realmente que lo sientes tú es amor hacia mí, Ranavalona? — Di una carcajada.

Recordé con amargura la conversación que tuve con Lafayette, cuando le hablé sobre el amor. Entonces, con la que tuve con Antonina. ¡¿Estar enamorada de Ranavalona!? Eso eran mentiras, estupideces. Yo no lo estaba ni lo quería, por nada del mundo. Todo lo que producía esos sentimientos eran meteduras de pata, engaños, inutilidad; pero lo peor es que sería una muñeca de alguien más. Sería utilizada otra vez, jugarán conmigo y me destrozarán, como hicieron con mi ojo.

— ¡Pues, claro que sí! ¡Esto que siento en mi corazón es…! — Ella me gritaba con todas sus fuerzas, a punto de llorar. Yo, la interrumpí.

— Te mientes a ti misma, pobre ilusa. —

Sus estúpidos sentimientos la estaban nublando, aquel amor la hizo una chica obsesiva, que le ha llevado por un camino sin sentido. Yo jamás caería en eso, ser controlada por mis sentimientos era igual que ser dominada por otros.

— ¿¡Qué!? — Gritó, aturdida.

Estábamos paradas, mirándonos la una a la otra. El viento empezó a soplar con fuerzas. Era hora de hacerle decirle la verdad.

— No amo a nadie, salvo a mí misma. Yo…— Múltiples recuerdos me detuvieron por un segundo. — Sólo veo a los demás como herramientas, después de todo, ¿¡cómo una puede enamorarse de unas herramientas!? ¡Qué estupidez! — En verdad, estas palabras me lo decía a mí misma, la frialdad era lo único que me sostenía, tener amor me iba a debilitar.

— Es algo parecido contigo, tu estúpido y enfermizo amor es falso, la única que amas eres tú misma. —

¿¡Por qué ella se obsesionó por mí!? ¿¡Por qué una chica se enamoró de mí!? Es casi lo mismo que le pasó a esa malnacida de Lafayette con Malia, ella confundió sus sentimientos, servirme se volvió una necesidad para ella, un motivo por el cual vivir. Eso la deformó y lo volvió en amor.

Ranavalona fue una huérfana que creció sin nadie más alrededor, que vivió alejada de las familias y que soportó la soledad. Entonces, fue salvada, al ser considera por mi madre como mi sirvienta personal. Yo fui lo único que ella debía tener en cuenta, era todo su mundo. Aquello la confundió.

— ¡¿Mi Señora, no sabe lo que está diciendo!? ¡Mis sentimientos son reales! — Me gritaba con ira y lágrimas en los ojos.

— Más bien, podríamos decir que tú sólo estás enamorada de la imagen que tienes de mí, yo sólo soy un objeto para justificarte, para entender tu propia existencia. Sí, sólo tu vida valió sentido al conocerme, ¿verdad? —

Ella gritó que no a todo volumen y levantó la pistola hacia mí. La lluvia volvió a aparecer. El cielo estaba nublado de nuevo.

— Te enamoraste de la imagen de mí que tú misma creaste para poder sentir que existes por una razón. No, yo sólo existo para satisfacer tu existencia, ¡qué retorcido, ¿no?! —

¿¡Por qué tuvo tanto interés en los libros de caballería!? Porque ella se vio en el caballero andante, alguien que siempre luchaba por su amada y le era fiel. En cierta manera, era igual con Ranavalona. Luchamos tantas veces juntas, acabamos en todo tipos de situación peligrosas en donde tuvo que protegerme, aunque yo a ella también.

Todos esos recuerdos volvieron en bucle una y otra vez. Todas las revueltas que tuvimos que participar. Todas las cacerías de bandidos. Todas aquellas veces que mi madre nos hacía perder en lo más profundo de las montañas. Cuando nos enfrentamos a Lafayette y todo lo que nos pasó en aquella guerra civil en donde me alcé como la vencedora. Sentí un sentimiento que no entendía, o que me negaba a entender. Me produjo un dolor muy agudo en la parte deforme de mi cara, agarrándolo con fuerzas.

Me decía que yo no yo tenía ningún sentimiento hacia ella, que era sólo una herramienta para mí, una muñeca. Pero ella fue la única que estuvo a mi lado, no había recuerdo en donde no me la imaginaba cerca de mí.

— No es cierto…— Ranavalona no podría hablar, parecía que estaba a punto de derrumbarse. — Yo no…— No era capaz de aceptar aquellas palabras.

Reuní mucho coraje para seguir diciendo esto: — Sólo me aproveché de eso, jugué con tus sentimientos para utilizarte, en este mundo, o te utilizan o les utilizas. Pero ya has dejado de ser útil, te has vuelto un peligro, ¡por eso, te tendré que eliminar! Y no serás la única, yo respetaré a cualquiera que me sea de utilidad, y los eliminaré cuando dejen de serlo. Ni siquiera en eso serás especial, ¡Ranavalona! —

Era mentira, pero me lo negaba a mí misma. En aquel momento, me di cuenta de que si la eliminaba jamás volveré a tener otra persona a mi lado. Empecé a tener miedo de mi propia decisión. No, siempre lo tuve.

Sí, tuve miedo de acabar como una muñeca en sus manos. Siempre tuve terror de los demás. Por eso, me armé, aprendí a disparar, a conseguir que mi puntería fuera certera. No quería estar indefensa. Aquel día en que vi con mis propios ojos que Ranavalona no sentí repugnancia, sino terror, de que ella me viera más que una amiga. No quería un sentimiento que te podría hacer mucho daño, ni menos descubrir que una chica podría desear a otra. Reí para mis adentros, ¡qué patético me veía!

— No insultes mis sentimientos, ¡no de esta forma…! — Me gritó con mucho dolor, estaba destrozada.

— ¡¿Sentimientos!? Cuánta estupidez cometida por esos impulsos, cuántos errores se han cometido por llevarse dejar llevar por ellos. —

Me reí amargamente. No sólo se lo decía por ella, sino por mí.

¿¡Quién fue, Antonina!? Sí, fue ella quién me contó una vez que quizás el enfrentamiento entre la razón y lo que denominados “corazón” es falso. La razón, para ella, funcionaba como un filtro que canalizaba los sentimientos, y poder así elegir el mejor procedimiento para enfrentarse a las situaciones que produjeron esos sentimientos. Es decir, no ser impulsivo. Aunque, también dijo que ser impulsivo está bien, no hay quién la entienda.

Pero, si no fuera por esos sentimientos, no habíamos llegado a este punto. Podría haber eliminado a Ranavalona. No, eso no. No habría llegado al punto de tener miedo de ella. ¿¡Acaso yo fui impulsiva, o fue Ranavalona!?

Estuvimos en silencio, durante varios segundos. Ranavalona miraba cabizbaja al suelo. Con los dientes recinchando, aún seguía soportando el dolor que tenía media cara.

— Mi Señora…— Entonces, ella abrió la boca — Tal vez, tenga razón de que sólo veo ante mí la imagen creada de vos, una ilusión…—  Alzó la pistola de nuevo. — Y como tal, debe desvanecerse, ¿no? Entonces, te haré desvanecer con ella…—

Entonces gritó con ira, a punto apretar el gatillo:

— ¡Usted jamás será de nadie salvo mía, por eso debe desaparecer, ya estoy segura de que lo que tengo que hacer es matarla! ¡Para que mi existencia, mi amor, tenga sentido! —

Con gran rapidez, alcé mi pistola y le grité esto, con todas mis fuerzas:

— ¡Pues, inténtalo si puedes, sirvienta estúpida, obsesa con un ideal inalcanzable, como los estúpidos caballeros que has leído! —

Ya no había vuelta atrás, tenía que eliminarla sí o sí. Nuestro duelo estaba a punto de comenzar.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

 

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Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Séptima parte, centésima vigésima primera historia.

Empezamos a introducirnos en profundos bosques de coníferas en donde los rayos del sol apenas llegaban a tocar el suelo. Subíamos poquito a poco, por un pequeño sendero que nos llevaban en lo más profundo de las montañas, cuyas cimas eran tan altas que un mar de nubes las tapaba bajo nosotras.

Para no ser sorprendida, le ordené a Ranavalona que estuviera andando a mi altura, no por detrás. Yo le miraba de reojo una y otra vez, con cierta incomodidad. Se le veía muy seria y pensativa, y su silencio sepulcral, que era roto por el grito de los animales, sólo me producía más nerviosismo. Daba la idea de que ella también estaba planeando algo, ¿pero el qué?

Le pedía a mi cabeza que ocultará esos pensamientos, porque lo primero que tenía que hacer era llevarla a una cueva que sólo yo y mi madre conocíamos. Estaba situado en lo más fondo de un valle estrecho, en el cual sólo se podría acceder subiendo y bajando por las laderas de las montañas. Era un lugar que incluso los del mismo pueblo no se atrevían a entrar, ya que los más ancianos decían que eran un lugar sagrado y pisarlo era peligroso. El sendero apenas se distinguía nada del bosque, así que tardamos mucho más en llegar al lugar, dos o tres horas aproximadamente. Por un momento, creí ver huellas de osos, pero no le di mucha importancia.

Finalmente, llegamos a un claro en el bosque, que era separado en dos por el pequeño rio que pasaba por el valle. Éste caía desde una impresionante cascada, el claro estaba abierto alrededor de ella. Estábamos antes los pies de una enorme pared rocosa, un desfiladero que parecía superar los diez metros o más. Cientos de piedras, de todo tipo de tamaños y colores, se apilaban en torno al agua. Al otro lado del rio se encontraba una larga grietas, llena de objetos y artefactos de origen indio que debían ser usado para controlar la maldad que se ocultaba ese lugar.

El momento había llegado, aquel lugar era perfecto para la eliminación de Ranavalona, me detuve de golpe, sin decirle nada a Ranavalona. Con sigilo y rapidez saqué una de mis pistolas, mientras la miraba de reojo.

« ¡Ha llegado tu final, Ranavalona! ¡Ya no me sirves, adiós! »

Con esto en mente, alcé mi pistola hacia su cabeza, sonriendo. Aunque tardé un segundo más de lo que debería, algo en mí se resistió en hacer aquella orden que le pedí a mi cuerpo.

Entonces, ocurrió algo que me dejo boquiabierta, puso mis ojos como platos y me paralizó por un momento.

Ella estaba temblando, con una expresión totalmente desconocida para mí, me miraba con rabia y se mordía los labios. Al momento, rompió a llorar. Pero eso no era lo que me sorprendió, sino el hecho de que ella me estaba apuntando con una pistola. Una de mis propias armas. No me lo podría creer.

— ¿¡Cómo…!? — Me costó segundo en asimilarlo. — Ya veo, ¡ya veo! —

Borré aquella expresión estúpida que puso mi cara y me empezó a dar un verdadero ataque de risa. Carcajeé a pleno pulmón, como si había perdido la razón. Tardé en callarme y mirarle la cara a Ranavalona de forma desafiante.

— He pecado de ingenua contigo. Jamás me hubiera creía que serías capaz de robar una de mis armas. — Mantenía la calma, aunque dentro de mí estaba ardiendo de ira contra mí misma, por haber dado aquella obvia posibilidad de que iba a defenderse. Luego, me di cuenta de algo: — Pero no perdí ninguna de las que me he llevado conmigo en el viaje, ¿eso quiere decir…? —

Suponer eso sólo provocó que mi sangre ardiera más de lo que estaba. Esa desgraciada robó una de mis queridas niñas antes de que fuéramos de viaje. Con la clara intención de eliminarme.

Ranavalona tragó saliva y, a pesar de su notable nerviosismo, intentó hablarme con calma y normalidad.

— Mi Señora, la ingenua he sido yo. No he sido capaz de engañarla. —

Lanzó unas pequeñas carcajadas llenas de amargura y de dolor.

— Desde el momento en que me dijo lo del viaje, supe lo que deseabas hacer conmigo…—

— ¿Te adelantaste, entonces? — Lancé un gruñido, molesta por haber creído que le había engañado. Tuve que reconocer que no era tan tonta como yo pensaba. — Ya lo entiendo, lo de drogarme, ¿era un plan para inmovilizarme y matarme? —

— No, era mi última oportunidad para evitar matarla, Mi Señora. — Puso una expresión propia de una loca como ella. — De que fueras mía de una vez para siempre. — Hizo un gesto con la mano libre para simular que me quería atrapar como si fuera un simple muñeco. Siguió hablando:

— Pensaba simular nuestra desaparición, cortarte los miembros y llevarte a lo más escondido de las montañas. Pero fui muy idiota al hacer eso. —

— Una completa imbécil, ¡eso eso lo que eres! — Me reí en toda su puta cara, me pareció tan gracioso lo que había escuchado. ¿¡Cortarme los miembros, a mí!? Había perdido el juicio. Estaba mucho más enferma que yo.

— Ya estoy harta de ser tu perra fiel, Mi Señora. Te adoro, te amo, con todas mis fuerzas. Y no he podido luchar contra este dolor. — Se agarró el pecho con fuerza. — No he conseguido seguir aguantando que no ames como lo hago yo. Por eso, por eso mismo, he hecho todo lo posible, pero…—

Dio una pequeña pausa, era incapaz de hablar con las lágrimas saliendo como ríos de sus ojos, ¡qué patética se veía ella!

— Parece ser que no ha sido suficiente. Así que he decidido dar este paso, ¡si tú no eres mía, no eres de nadie! —

Gritó con todas sus fuerzas, llena de ira hacia mí. Se extendió por todo el lugar como si fuera un eco. Eso ya no me hizo gracia, sino me llenó de cólera, me hizo recordar cosas desagradables, a aquellas palabras de mi madre.

“¿Sabes por qué te atraparon? Porque parecías tan débil y tan controlable, como una muñeca, que al cogerte podrían conseguir lo que desean y hacer lo que le diesen la gana contigo. ¿Quieres eso? Si sigues así, cerrándote a los demás, seguirás siendo una niña controlable y débil, una muñeca. ¿No lo deseas, no?”

No, no iba a ser una muñeca de nadie. Eso fue lo que decidí, ser la que juega a las muñecas para no ser controlada por nadie.

Su amor enfermo y estúpido no iba a dominarme, aún cuando me cortarse las piernas y brazos; yo no iba a ser una herramienta de nadie, debo de estar en lo más alto de la cadena para no repetir aquello.

Ya perdí mi ojo, no iba a perder nada más de mi cuerpo. No seré aquella ingenua e indefensa Elizabeth que fue raptada y usada como muñeca. Ni menos por alguien como esa maldita de Ranavalona.

No sé si fue por los terribles recuerdos de aquello o por otra razón, pero el lugar en dónde ya no estaba mi ojo derecho empezó a dolerme muy fuerte. Me agarré media cara y seguí hablando:

— Supuse que este día llegaría tarde o temprano. — Empecé a alejarme de ella poquito a poco, Ranavalona hizo lo mismo. Las dos teníamos el arma en alto, a punto de disparar. — Creía poder controlarte, pero he fallado. Has salido de control y te has vuelto inútil, así que te quitaré del medio…—

— ¡Ni lo sueñes, Mi Señora! —

Apreté el gatillo tan rápido como pude, mi buena puntería conseguiría matarla de un golpe, pero fallé. El estruendo de la bala se escuchó por todo el lugar, pero el cuerpo de Ranavalona no calló.

Ella, temblando como un flan, se quedó paralizada, sin poder reaccionar. Perdí unos segundos valiosos, intentando comprender por qué fallé.

No fue un error, lo hice de forma inconsciente. Algo de mí hizo evitar que esa bala fuera directa a la cabeza de esa desgraciada. Un sentimiento atroz me invadió e impidió hacer mi trabajo. Me preguntaba a mi misma qué estaba haciendo, que ese error iba a costar mi vida, pero los recuerdos que había pasado con Ranavalona no se detenían, no podría conseguir que parasen.

Ella aprovechó el momento para dispararme y yo pude reaccionar, girando mi cuerpo hacia mi izquierda. Como estaba poco acostumbrada a las armas de fuego, cayó al suelo, dándome otra oportunidad genial para eliminarla.

Grité, pidiéndole a mi cuerpo, a mi mente, o lo que fuera; que no me auto saboteara el asesinato. Intenté pensar en blanco, sólo concentrada en disparar, hacia aquella indigna criada. Ranavalona intentó levantarse del suelo tan rápido como pudo, pero ya le daba tiempo.

Entonces, salió otro maldito improvisto. Un gran rugido de oso se escucho por todo el lugar, dejándonos paralizadas por el momento. Las dos miramos hacia la cueva, de donde procedía aquel grito.

— ¡Maldición, este no es mi día de suerte! — Maldije al ver que de la cueva salió un oso, a escasos metros de nosotras.

Un enorme oso pardo, que parecía medir acerca de dos metros, se levantó del suelo ante nosotras. Parecía muy molesto. Sin pensar, le dispare para asustarle. Y Ranavalona hizo lo mismo. Éste huyo rápidamente a la cueva.

Sin perder ni un minuto, olvidándome del hecho de que debía asesinar a Ranavalona, salí corriendo de ahí. Subiendo por la ladera tan rápido como pude. A continuación, con paso ligero, me alejé hasta alcanzar aproximadamente un kilometro, subiendo por las laderas, utilizando las raíces de los arboles como apoyo.

Al llegar a un terreno casi liso, me detuve y, llena de ira, golpeé con fuerzas contra el tronco de un árbol. Empecé a observar que ya estaba en una altitud en donde ya apenas se veía arboles, había llegado al límite del bosque, debía estar a más de 1.500 metros sobre la altitud del mar.

— ¡Verdammt, ¿cómo he podido meter la pata?! ¡Todo me estaba saliendo bien! — Gruñí, mientras recordaba con rabia cómo, de forma inconsciente, fallé el disparo contra Ranavalona.

Luego, le di una patada al árbol y me senté sobre las raíces, ahí es cuando empecé a observar el cielo.

— Y para el colmo el día se estaba nublando…— Nubes negras estaban apareciendo de golpe, tapando el cielo. — Parece que se nos va a caer una fuerte tormenta. — Se notaba la humedad que traía dentro de las nubes.

Me levanté y decidí mirar a mí alrededor, no sabía si volver atrás era una buena idea o ir adelante sin nada para protegerme del mal tiempo. El viento empezó a ser un gran incordio.

— No creo que ese oso haya salido de su refugio. Maldición, esa maldita cueva me vendría muy bien. — Miré hacia atrás y me mordí los labios.

Por un momento, pensé en Ranavalona, me pregunté si ella estaba bien. Me estire de golpe la mejilla, al ver que me preocupé por esa imbécil.

— ¡¿Eres idiota o qué, Elizabeth von Schaffhausen!? ¡Hubiera sido una suerte que ella hubiera muerto a zarpados! ¡Tengo que matarla, no puedo sentir ese tipo de sentimiento! — Me grité a mí misma.

Pero mi sirvienta no era tan tonta para acabar siendo eliminada por un estúpido oso. Hubiera salido corriendo como yo y debía estar en la otra punta de la montaña.

Entonces, me pregunté si ella hubiera decidido volver a la aldea. Pero me respondí, diciéndome que esa, igual que yo, no pensaba salir hasta conseguir su objetivo.

— Ella se pondrá a buscarme. — Miré la pistola que aún llevaba en mi mano. Cerré los ojos por un momento, con la idea de estar calmada y dominar esos malditos sentimientos. — Entonces, yo haré lo mismo. Pero antes…— Miré hacia al bosque y volví a entrar en él, mientras empezaba a oír rayos.

Intenté centrarme, en pensar en que lo único que tenía que hacer era eliminar a Ranavalona, nada más. Debía borrar toda cosa inútil que me impediría matarla. Pero los recuerdos no dejaban de torturarme.

— Mi Señora, ¿¡cómo le parecen los caballeros andantes!? —

¡¿Cuánto pasó desde aquella conversación!? Recuerdo que fue tiempo antes de que esta energúmena intentara besarme. Ella había venido a mi cuarto y se sentó en mi cama, mientras agarraba con fuerzas un libro. En aquel tiempo, le dejaba entrar en mi habitación con mi permiso, incluso cuando estaba a punto de acostarme.

— Y a que viene esa pregunta…— Giré la cabeza hacia ella y le repliqué. Yo estaba sentada en mi mesa, leyendo como me había ordenado mi madre. — ¡¿No ves que estoy intentando leer esto!? — Luego, volví mi mirada hacia al libro, pero con sólo verlo, me puso de los nervios, no aguantaba más. — No entiendo nada, ¿¡por qué la gente de antes escriben cosas tan complicadas!? — Grité enfurecida, tirándome de los pelos.

Ya me dolía la cabeza por intentar avanzar unos cuantos párrafos de Fausto, cumbre de la literatura alemana para mucho, un infierno para alguien que aún no estaba muy acostumbrada a la lectura. Al final, lo cerré, lo iba a dejar para otro día.

— Pues, por nada. Sólo que…— Ranavalona intentó replicarme, pero se quedó a medias.

Yo salté de la silla y miré lo que sostenía en sus manos.

— Ese libro es difícil de leer, Ranavalona. — Ella estaba llevando un libro de Amadís de Gaula. — Y también es estúpido. —

— Bueno, a mi no me lo parece…— Recibí una leve replica. — En que sea estúpido. — Ella lo miraba con mucho entusiasmo, como si fuera un tesoro.

Ni lo recordaba, pero, desde que mi madre empezó a leernos en voz alta libros de los clásicos y antiguos, ella tomo muchísimo cariño a esos libros de caballeros andantes y sus aventuras.

— Vuestra honorable madre me ha estado leyendo este libro, un caballero andante que siempre está luchando y sirviendo a su dama, cuya hermosura y bondad es infinita. El corazón de Amadís siempre ha estado pensando en su querida Oriana. — Abrazó el libro con mucha fuerza. A mí eso sólo me hizo mucha gracia.

En aquellos momentos, yo sólo creía que ella quería ser la dama, ser querida por un caballero andante. Le mandé un aviso realista, sin darme cuenta de lo que pasaba por su mente realmente:

— No te ilusiones, nunca encontrarás a tu caballero andante…—

— No es eso…— Me lo negó con la cabeza muy rojo. Luego, calló por un momento y me preguntó: — ¿Y usted? — Se puso el libro en la cara, como si lo intentaba ocultar.

— A mi no me interesa esas cosas, ahora sólo estoy molesta por este estúpido libro…— Lo más cercano que deseaba era que mi madre me dejase unos cuantos días tranquila, sin hacerme la vida imposible.

— Cuando termine su honorable madre de leer esto, le pediré que me lea otros. La Zarina dice que hay tales como Tirante o el Rey Arturo. — Me siguió hablando del mismo tema: — Además, tiempo antes de que existir los libros de caballería, también hubo señores que le cantaban sobre sus enamoradas, le decían que sólo la servían por amor, aún cuando ésta fuera imposible de llegar, ¡que romántico! Bueno, es lo que dice su madre. —

— Ella dice muchas cosas, como mandarme a leer a este libro apestoso. —

Ranavalona pasó de mi comentario y empezó a dar vueltas por mi cama, diciendo cosas inentendibles, dando chillidos de emoción.

— ¡¿No cree, no cree que es genial, Mi Señora!? — Me lo decía muy feliz, parecía que se había encerrado en su propio mundo de sueños.

— ¡Vaya cría que eres, poniéndote así por una cosa tan estúpida como esa de los caballeros andantes! —

¿¡Ella acaso se plasmó en aquellos valerosos caballeros andantes que corrían por el mundo, fieles al amor de una dama que era la encarnación de la perfección!?

— No es eso…— Me replicó en voz baja. — Ya soy una adulta, hace poco que tuve la regla, y estoy sintiendo muchas cosas nuevas, puedo comprenderlo cuando veo a los caballeros andantes. —

¿¡Fue acaso capaz de confundir su fidelidad ante mí y el amor cortés de aquellos libros!?

— ¡Que te salga sangre de los ovarios cada mes no te hace mujer! Yo soy más madura que tú y aún no me ha salido eso. —

Me quejé, harta de escucharla. Empezó a chillar como una idiota, parecía muy avergonzada y fuera de sí.

Sea lo que fuera, no pudo conseguir emular a sus queridos caballeros andantes, al final descubrió que el objeto de su amor, aquel al que servía con tanto orgullo y fidelidad, jamás le iba a recompensar por sus servicios. A diferencia de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco, quienes fueron recompensando al final por su amor, ella se rompió.

— Aunque no me hace falta. Ya no soy una niña, dejé de serlo cuando lo perdí…— Agregué en voz baja, mientras me tapaba la cara, en el lugar en dónde debía estar el ojo que me faltaba.

Reí amargamente, al volver de mis recuerdos, mientras agarraba con fuerzas la parte derecha de mi cara.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Sexta parte, centésima vigésima primera historia.

En los siguientes días no pasaron gran cosa, sólo me puse a calcular cuál era la mejor jornada para realizar mi salida, entre las típicas y aburridas tareas a la que estaba sometida como reina. Una semana después, inicié el viaje junto con Ranavalona. El itinerario que cogí iba directo a un lugar muy profundo del Zarato.

Tras salir de la ciudad y recorrer unos pocos kilómetros siguiendo el curso del rio Malyytavda, alcanzamos a ver el rio Arák, afluente cuyo valle ocupaba la zona norte del Zarato y lugar que me trajo muchos recuerdos, allí hice la guerra en el verano anterior. Mientras observaba los cultivos de trigo que nos rodeaba, con los campesinos cantando mientras hacían su trabajo, Ranavalona, empezó a hablarme:

— Mi Señora, ¡realmente está haciendo una mañana esplendida! ¡Esto debe ser un preludio de que vamos a pasar un gran descanso en las montañas! —

Yo ni la respondí, ni la regañé por haberse dirigido a mí sin que le pidiera hablar, estaba absorta en cómo eliminar. Ella dio un vistazo de reojo hacia mí, me di cuenta de que estaba sospechando que había algo raro.

— Tú, ¡estate ocupada en manejar el caballo! ¡Es tu primera vez como conductora, aunque hayas practicado bastante, no falles! — El caballo relinchó, como si hubiera protestado contra mis palabras.

Estábamos en un carro muy rudimentario, con Ranavalona como chofer, que estuvo teniendo lecciones por órdenes de Sophia Frederike, y yo estaba junto con los bienes que habíamos almacenado para nuestro tranquilo viaje. Llevaba una capa encima de mí, con una capucha ocultando mi rostro. Yo no era como mi madre, que estaría gritando a voz alta que ella estaba ahí, me gustaba pasar desapercibida.

Ella siguió mirándome de reojo, aunque intentaba disimularlo. Yo decidí ignorarlo, aunque sabía que eso ponía en riesgo el factor sorpresa. No tenía ni ganas ni alguna idea de tranquilizarla. De todos modos, creía que ella se resistiera o reaccionaría cuando viera el momento de la verdad. Estaba muy equivocada.

Dejamos atrás el Malyytavda y nos seguimos el rio Arák, dejamos los campos de cultivos bañados por los rayos del sol para estar rodeados de arboles imponentes y enormes. El valle cada vez se volvía más estrecho.

Rodeadas de pinos, abetos y tsugas, seguimos nuestro camino hasta llegar a Alerlevov, cruzando varias aldeas con sus zonas de cultivos, que parecían ser manchas o agujeros situados en mitad del paisaje. En ellas, aún se veía rastros muy notables de la guerra del verano pasado, la reconstrucción se hacía poquito a poco. El día paso rápido y a la noche tuvimos que alojarnos en una casa de un súbdito. Al medio día, a pesar de nuestra lentitud, llegamos a aquella aldea fortificada, en medio de una niebla muy espesa, a casi 1.000 metros sobre el nivel del mar.

Las autoridades se quedaron sorprendidas por nuestra aparición y se disculparon por no haberse dado cuenta de mi llegada. No le di importancia, ya que quería discreción y eso fue lo que les pedí. Así lo hicieron. Ahí nos quedamos dos días antes de empezar a subir a la montaña. Yo estuve todo el tiempo en alerta, mirando de reojo a Ranavalona varias veces. No sabía si eran imaginaciones mías u otra cosa, pero ella parecía estar actuando de una forma muy desconcertante. Durante todo el trayecto, estuvo muy seria, mirando con unos ojos muy extraños. Pero, al estar en el poblado, ya empezó a hacer cosas impropias de ella.

— ¿Es cierto que mi sirvienta os dijo eso? ¿Qué yo os ordene eso? —

Al día siguiente de llegar a la aldea, aparecí en el ayuntamiento, o en la casa del jefe, o como quieran llamarlo, cuando estaba a punto de anochecer. Quería preguntarles por qué no habían aparecido ante mí, para que me explicaran cómo era la situación en la zona. Desde que me hice reina, siempre necesitaba que los pobladores me mantuvieran al margen de todo lo que ocurría en la zona, o incluso de las noticias que llegaban. Estar desinformada me agobiaba y me cabreó mucho que desde que llegué nadie se hubiera atrevido a hablar conmigo. Lo que me sorprendió, me dejó muy confundida.

— Sí, alteza. Nos pidió que no acudiésemos bajo ninguna forma a la residencia que estaba hospedando y que toda cosa que necesitamos de Vuestra Merced fuera formulada a través de ella. Nos explicó que a usted le gustaba estar sola y no ser molestada mientras disfrutaba de sus momentos libres. — Estaba boquiabierta, nunca le dije nada parecido a Ranavalona. Apreté los puños, al ver que esa maldita me estaba intentando aislar. Algo se estaba tramando, ¿se había dado cuenta de mis planes y estaba buscando alguna forma de neutralizarme?

— Ya veo. Lo recuerdo, se lo dije. — Decidí pasar eso por alto, haciéndoles creer que yo mandé aquellas ordenes. — Es verdad, creo que tengo la cabeza algo olvidadiza. —

Volví a la casa que nos dejo el poblado para hospedarnos lo más rápido que pude. Al entrar, apareció Ranavalona de entre las sombras, con una expresión de miedo.

— ¡Ah, Mi Señora! ¡No me había avisado de que hubiera salido! — Me dijo, con una mueca de sorpresa.

— Quería dar un paseo sola, solamente eso. — Decidí ocultarle el hecho de que había descubierto su engaño.

Pase por delante de ella como si nada, aguantándome las ganas de ir a por ella. Me serenaba, diciéndome que ya le iba dar su merecido en las montañas.

— ¿No quería que yo le hubiese acompañado? — Me reí, me di cuenta de que deseaba controlarme a toda costa.

— Ya me vas a acompañar en las montañas…— Sentencié con un tono amenazador, incapaz de controlar mis gestos, mostrando una sonrisa que ella podría haber visto como un indicativo de mis verdaderas intenciones.

Aún así, cuando sabía que estaba tramando algo, fue muy sorprendente lo que intentó hacer conmigo una noche antes de salir a las montañas.

— ¿¡Qué quieres Ranavalona!? — Pregunté, al ver que alguien estaba tocando la puerta. — ¿¡Acaso no te acuerdas de que no puedes pegar en la puerta sin mi permiso o qué!? —

Estaba encerrada en una habitación, leyendo, o intentando comprender, mejor dicho; la segunda parte del Fausto. Tenía las armas preparadas, por si acaso, y tenía la puerta cerrada con pestillo, para impedir que entrara sin mi permiso. Le pedí que sólo viniera a mi puerta cuando se lo ordenase, pero desobedeció.

— Pero Mi Señora, ya es muy tarde y aún no ha cenado, y yo se lo he hecho, debería probar. — Calló por un momento, y muy sospechosa. — Tiene que estar fuerte para la montaña. —

Tardé en reaccionar, analizando la situación. Desde el interrogatorio de Cammi, evité en todo momento dejar sola a Ranavalona cuando ella me hacia la comida o me preparaba algo. No podría negar de golpe su café o su desayuno, así que esta fue la única manera que se me ocurrió. Vigilaba cada movimiento que hacía, evitando que ella tuviera un momento propicio para echarme porquerías. Se le veía incomoda, pero no se quejaba ni me pedía que dejará de observarla, aguantó para que yo no me diese cuenta de que ella echaba cosas raras en mis alimentos. También yo inspeccionaba de vez en cuando la cocina o los ingredientes para eliminar cualquier elemento sospechoso. E igual hacia la misma rutina en aquel pueblo situado a más de mil metros sobre el mar.

Miré al reloj de pared y me di cuenta de que se me había pasado mi hora de la cena, me distraje demasiado con la lectura y le di a Ranavalona una gran oportunidad.

— Ahora no tengo hambre. — Mi estomago rugía, como si quiso contradecirme a voluntad. — Deja esa comida para los animales. —

— ¡No ha comido nada desde hace siete horas, aproximadamente! ¡Debe estar hambrienta, Mi Señora! ¡Por favor, prueba un poco de mi comida, he hecho lo que más le gusta! —

— ¡No insistas, si es que no, es que no! —

— Pero Mi Señora, ¡sabe lo peligroso que puede ser salir a las montañas muerta de hambre, tiene que llenarse de energías! —

— Desayunaré, entonces. No pasa nada. — Me mordí un poco la lengua, su insistencia anormal me estaba molestando, a la vez que sospechoso.

— Lo hice pensando en usted, sé que tiene hambre. Debería comerlo, ¿o es qué no se fía de mí…? — Terminó la frase con su voz apagándose, bajando de intensidad, como si se dio cuenta de algo.

— Yo no me fio de nadie, eso es todo…— Quise añadirle que de quién menos me estaba fiando era de ella, pero eso quedo bien.

— Es verdad…— Rió de una forma que no me gusto nada. — Te conozco mejor que nadie, Mi Señora, sé que diría algo así…— Tragué saliva y sentí un escalofrío. De alguna manera, eso me puso en alerta.

No agregué nada más, sólo me dije a mi misma que no era nada, que yo debía darle miedo a esa maldita sirvienta, no ella a mí. El silencio se rompió al pasar unos minutos, cuando Ranavalona añadió esto:

— No importa, lo dejaré aquí. Por si quiere probarlo. Espero que pase una buena noche, Mi Señora…—

Oí sus pasos alejándose de la habitación. Entonces, al no escucharlos, me levanté y salí hacia a puerta. Dudé entre tener la pistola en mano o coger la vela que estaba utilizando para leer.

Al final, cogí lo primero y abrí la puerta poquito a poco, observando a través de la apertura. No había nadie en el casillo. En una pequeña mesita, había un plato de comida, con té incluido. Era Ternera Strogonoff.

— Parece normal. — Lo observé con mucho detalle. — No da la impresión de que le haya echado algo raro. — Parece que lo hizo lo mejor que pudo, tenía una pinta muy buena. Lo olí varias veces, pero eso produjo que me dieran muchas ganas de comerlo, olía demasiado bien. Puse mi mano bajo mi barbilla, dudando entre bajar la guarda o probarlo.

— Necesito algo que debe probarlo…— Comenté en voz alta, mientras contenía con fuerzas la tentación. — Pero, ¿el qué? —

La única manera de demostrar que eso era inocuo era hacer que otra cosa lo comiera. Pensé en la misma Ranavalona, si hubiera echado algo raro, sería incapaz de tomarlo. Eso debía ser lo ideal, pero, al final, decidí hacer que lo probará otra cosa. Debo decir que fue algo muy ilógico de mi parte, pero tenía mucha curiosidad de saber si había algún veneno en ese plato.

A paso ligero, sin producir apenas nada de ruido, salí de la casa y me metí en el pequeño establo que tenía al lado. Ahí dormía un chucho, junto con el caballo que nos llevó hasta la aldea. Se despertó al ver mi presencia. Era dócil, así que no me atacó.

— Toma esto…— Intentaba dejar el plato en el suelo, pero mis brazos no me respondían.

Me parecía una estupidez darle a un perro un manjar tan exquisito. De esa forma, estuve dudando durante unos cuantos segundos, mientras el chucho daba vueltas alrededor de mí, moviendo la cola muy feliz.

Al final, fue la pesadez del perro la que produjo que dejara el plato en el suelo. Se puso encima de mí, intentando alcanzar el plato:

— ¡Vale, vale! — Le grité, con ganas de darle un disparo. — Pero no me ensucies, maldito animal. —

Después de dárselo, empezó a comer como desesperado. A los primeros minutos, después de terminar, parecía actuar normal. Me siguió mirando, como si deseaba más.

— Maldición, ¡no me puedo creer lo que he hecho! ¡Le he dado a un puto perro mi comida! ¡Y yo estoy muerta de hambre! — Me puse la mano sobre mi cara, decepcionada con el resultado.

Me arrepentí un poco de no haberle obligado a Ranavalona probarlo, sólo le daría un pequeño bocado y el resto sería para mí.

Entonces, empecé a ver al perro tambalearse, empezó a caminar como un borracho. La cara se le puso y cayó al suelo.

Yo me quedé boquiabierta, con los abiertos como plato, llenos de terror.

— ¡¿No puede ser!? ¡¿Me estaba intentando envenenar!? —

Tenía ganas de salir de ahí y llenar de agujeros a Ranavalona, pero me mantuve tranquila. Me di cuenta de que él no estaba muriendo.

— Parece que está vivo, es como si hubiera estado drogado…— Lo observé con detalle, también lo toqué para comprobar que seguía respirando.

— ¡No, esto no es veneno, me quería dejar drogada! — Concluí, recordando algo.

Sí, recordé haber visto aquellos efectos, había una planta propia de Shelijonia, en dónde se usa como anestésico. La vi siendo usada por Antonina para sus operaciones y mi madre me describió sus efectos y cómo se usaba para inmovilizar, mientras lo recogíamos por las montañas. Con sólo pulverizar dos y tres flores de aquella planta, e incluirlo en la comida y bebida, uno podría caer en un fuerte sueño y no sentir nada durante más de cinco horas o algo más. No tiene olor ni sabor, así que es perfecto. Su nombre es Shvédova, tiene forma de estrella de mar, de color azul oscuro.

— ¡Oh, genial! — Rompí el silencio, a carcajadas. — ¡No me puedo creer que Ranavalona haya sido capaz de hacer esto, y creía que me lo iba a tragar así como así…! —

Debía haberme imaginado algo así, pero, aún así, me era difícil de creer que aquella chica se atreviera a tanto. Le tenía que felicitar por el intento, pero lo ejecutó de una forma horrible.

Luego de reír de forma frenética, la ira vino en mí y comenté en voz baja, llena de rencor: — Ya te demostraré en las montañas lo que soy capaz…—

Después de que la luz iluminara el valle, las dos nos despertamos y empezamos a prepararnos. Ni Ranavalona me dirigió ni una palabra ni yo a ella. Es más, parecía decepcionada, al ver que frustré sus planes. Y me podría haberme burlado de ella en todo su rostro, pero intentaba mantener la compostura, tenía que sorprenderla en las montañas, no ahí.

Aunque yo estaba teniendo un humor de perros, me costó dormir. Vigilé mi habitación por si ella aparecía, ya que si su intención eran paralizarme, tal vez para atarme u otras cosas que mejor ni quiero imaginar, debía haber echado un vistazo en el cuarto para comprobarlo. Pero la maldita no lo hizo y perdí mucho tiempo de sueño.

El silencio que había entre dos nosotras daba lugar a un ambiente tan hostil, que pronosticaba lo que íbamos a vivir en las montañas. La seriedad que desprendía Ranavalona, que me miraba de reojo, dejaba claro que ella ya sabía lo que estaba esperando. Me pregunté si tal vez el hecho de drogarme era un intento de evitar ser asesinada. Pero me dije también que, fuera lo que fuera, las montañas iban a ser su tumba. Aún así, cada vez que pensaba sobre su eliminación, sentía un sentimiento muy desagradable, que intentaba ignorar, que me costaba mucho entender. No, lo correcto era decir que lo negaba.

Al salir, éramos saludadas por las autoridades del pueblo. Me preguntaron unas cuantas veces si podríamos ser acompañadas por algún vecino que conocía la zona. A pesar de era su gobernadora suprema, ellos nos veía como a niñas indefensas. Bueno, no les culpo. Después de todo, lo somos, aunque seamos chicas anormales. Añadí, para disipar sus preocupaciones:

— No os preocupéis, soy hija de la anterior Zarina, si ella ha podido luchar contra osos con las manos desnudas. Yo no seré menos.  —

Eso sí, no voy a luchar contra osos, que mi madre sea un humano anormal, no quiera decir que me enfrente a bestias salvajes sin una buena pistola en mis manos.

Tras decir esto nos dejo tranquilas y nosotras dos empezamos a recorrer el pueblo, directas al exterior, siendo observadas por los vecinos, que miraban escondidos desde sus ventanas. Miré de reojo a Ranavalona, con ganas de decirle que iba a ser agujereada por mis balas.

FIN DE LA SEXTA PARTE

 

 

 

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Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Quinta parte, centésima vigésima primera parte.

Tras pronto como pude controlarme y tranquilizar a Cammi, diciéndole que no le iba a golpear; me fui directa a mi habitación y vomité en mi cuarto de baño. Se me quitaron las ganas de volver a probar café durante mucho tiempo después de lo que contó ella.

Y para el colmo, empecé a sentir hormigueos y a dolerme un poco la parte derecha de mi cara, en el hueco en dónde estaba mi ojo. Empecé a sentir débilmente visiones o colores en la parte en dónde no podría ver y se me hacía muy molesto.

— Otra vez, ¡qué fastidio…! — Refunfuñé, mientras me levantaba y salía del servicio de baño. — Tal vez, perder los estribos y luego vomitar ha hecho que me empiece a pasar esto de nuevo. —

Esto era lo que los médicos llaman “síndrome del ojo fantasmal”, el cerebro sigue mandando mensajes a lo que no está ahí y pues tengo que sufrir molestas visiones o dolores y una extraña sensación, como si siguiera teniendo mi ojo derecho; aunque a veces se siente muy agradable. Por desgracia, hoy no tuve esa suerte.

Con la mano tapando parte de mi mano, pasé por el baño y observé los enormes espejos que lo ocupaban. Me quedé observando mi reflejo durante unos segundos.

— ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que…— Me mordí el labio, mientras recordaba escenas que me carcomían por dentro. —…lo perdí? — Intentaba recordar aquellos días en dónde tenía mi ojo derecho, pero era incapaz y eso me lleno de rabia e ira.

— ¡Mierda, aún me afecta eso…! — Apreté mis puños con fuerza. — No debería, tenía que haberlo superado. —

Mi madre me dijo alguna vez que debía llevar aquella deformación con orgullo, como un soldado mostraba sus heridas de guerras. Así sería capaz de mirar mi propia cara y no gritar de horror. Pero era imposible, por mucho que lo intentase, sólo vería un monstruo

« Pero, aún así, Mi Señora, usted es hermosa, sin ojo o no »; aquellas palabras de Ranavalona resonaron en mi cabeza. Luego, una imagen de ella, mirándome con una sonrisa de estúpida felicidad, mientras estábamos observando el amanecer, pérdidas en lo más profundo de las montañas.

— No, no, tú eres sólo mi muñeca, no tienes derechos a pensar que soy hermosa, ¡tú no tienes derecho a opinar nada, eres mi sirvienta, nada más que eso! — Perdí los estribos por un momento y solté con fuerza estas palabras, como si ella estaba delante de mí.

Cuando me iba a pregunta por qué me puse así, alguien pegó en la puerta de mi habitación y me habló: — ¡Zarina, Zarina, ¿está ahí?! — Era una de las incontables sirvientas de mi palacio. — He venido a avisarle de que el Estado Mayor requiere su presencia para hablar sobre asuntos estatales…—

— ¡Ya voy, adelántate y avísales de que ya voy a estar aquí! —

Solté un suspiro, necesitaba reflexionar y pensar en lo que iba a hacer con lo de Ranavalona, pero se me olvidaba de que necesitaba hacer mi trabajo. Después de todo, era una reina, una niña que tenía que ejercer como adulta. Aunque, ya no me siento como tal, dejé de serlo desde que perdí aquel ojo.

Me arreglé un poco y luego me dirigí hacia al otro extremo del palacio. Estaba una sala enorme, antesala al despacho de la Zarina, con una decoración tan cargante y lujosa que podría competir con el Palacio de Versalles, el dorado lo dominaba todo. Es uno de los pocos sitios en donde la anterior gobernante puso todos sus gustos, ya que en el resto del lugar necesitaba dar una imagen imponente, pero dando sencillez. En fin, ahí se encontraba, además de sofás largos y blandos, una mesa en donde se encontraba mi equipo de ministros y los responsables de mi corte, por así decirle.

De entre las sombras, salió Sophie Friederike, que, a pesar de su cojera, me hizo una reverencia: — Buenos días, mi Zarina. La estábamos esperando. — Los demás la imitaron en silencio.

— Perdón por mi tardanza, he estado ocupada en algunos asuntos personales, pero ahora mismo os voy a atender. Me imagino que serán sobre las cuentas del Estado…— Me fui directa a mi sitio.

— Sí, fue una propuesta de la Señora Antonina antes de marcharse. — Y me dijo, mientras pasaba por delante de ella.

Expulsé una mueca de molestia, aquella mujer siempre estaba haciendo cosas sin mi permiso, aún cuando yo soy la Zarina.

Aunque adivinó que yo llevaba tiempo deseando observar las cuentas de mi reino, en la práctica sólo las diminutas finanzas de la ciudad, de la capital del reino y sus alrededores. No iba a dejar que ninguna cuenta ni ninguna ley o decreto, cualquier ordenanza, fuera aceptada sin mi supervisión.

— Pues, vamos a empezar y terminar esto de una vez. — Me senté en la silla, sin ninguna ganas de empezar. Esa maldita de Antonina tuvo que elegir el peor momento, ya que no paraba de pensar en Ranavalona, y eso me afectaba en mi revisión de cuentas.

— Te ves preocupada, Mi Zarina, ¿ocurre algo con estas cuentas? — Me preguntó Sophie, tras mirarme un buen rato y ver que estaba refunfuñando, haciendo como si estuviera mirando a los papeles que me dieron. Había pasado una hora y, después de varias intervenciones y  explicaciones, me habían dado los papeles para que confirmara sus cuentas.

— No es nada, sólo que no entiendo que estúpida formula han creado para hacer esto. —

Mentí, era una cosa que sería capaz de hacer con los ojos cerrados, pero estaba absorta en mis propios pensamientos.

— Usted debería reconocerla, lo repasamos el otro día, ¿lo recuerda? — Ella miró los papeles y me dijo esto, con una expresión de duda hacia mí.

— Ah, es cierto. Perdón por mi parte. —

Seguí a lo mío, me era incapaz de concentrarme en lo que tenía que hacer.

Ranavalona debía ser quitada del medio, si ella seguía en este estado, se volverá contra mí, y todo por sus estúpidos sentimientos. Fui una estúpida en creer que podría ser más manejable y controlable al estar dominada por aquel amor hacia mí. Me había dado cuenta de que se volvió contra mí y ya no la podría manejar. Y tengo que reconocerlo, debajo de toda aquella ira, se encontraba el miedo, ella sabía demasiado sobre mí y me conocía bien, podría ser capaz de dominarme. Acabaría igual que aquella vez, impondría su voluntad sobre mí, me volvería en un juguete, como esos desgraciados que me secuestraron. Yo debía ser la que juega con las muñecas, la única forma de estar a salvo, o eres tú la que controla o son los demás los que te controlan a ti. Tenía que evitarlo, fuera como fuera.

Y empezó a aparecer imágenes en mi cabeza, de cuando esa maldita me beso, de cuando me reveló lo que sentía por mí, momentos en que su absurda adoración salía a flote en su máxima expresión, de todo el tiempo que pasemos juntas, enfrentándonos a bandidos y delincuentes junto con mi madre. Al rememorar todo esto, sentía un fastidioso sentimiento que me estaba destrozando el estómago. Intentaba no comprenderlo, no quería saber nada de eso, sólo quería que saliese fuera de mí cuanto antes.

« En fin, mi teoría es que usted, mi querida reina, se está mintiendo a sí mismo. El odio que presuntamente sientes, es solo una excusa, una tapadera; que pones para evitar lo que sientes de verdad. »

Recordé aquellas palabras de Antonina y lo rechacé con todas sus fuerzas, ella estaba equivocada, sólo me estaba confundiendo. Yo no siento nada por ella y jamás lo haría, ni con esa idiota ni con nadie más; no mostrare debilidad nunca más.

Y estaba a punto de perder los estribos, pero las palabras de Sophia consiguieron que volviera a la tierra:

— ¿Hay otra cuenta que no entiende,        Mi Zarina? —

— No, nada. Todo está correcto. — Me acordé de que era su reina, y como tal debía comportarme. Mande a la mierda todos esos pensamientos y revise como debería las cuentas de mi Estado.

Nuestra reunión terminó una hora y media después. Los ministros y los miembros de mi corte se pusieron a hablar entre ellos, mientras salían de la sala. En una de las múltiples conversaciones, escuché ésta, que atrajo mi interés:

— Vuestra Merced, a propósito de su invitación, tengo que rechazar su proposición. — Era la típica charla aburridas entre nobles. — Necesito un retiro a mis tierras durante varios días, asuntos importantes tengo que atender ahí. — Que, en otras condiciones, hubiera ignorado. — Ah, me apena oír eso de vuestros labios, os deseo lo mejor y que nos podamos ver en la próxima reunión de la asamblea. —

Pero fueron capaces de darme una idea sobre cómo podría solucionar el problema de Ranavalona.

Al irse todos y entrar en el despacho, le dije esto a Sophie: — Te voy a comunicar esto, creo que uno de estos días deseo retirarme del palacio e irme a las montañas. —

— Es la primera vez que oigo de sus labios, Vuestra Majestad, que desea descansar. Es muy extraño en usted…— Lanzó una mueca de extrañeza hacia mí. — Además, ¿no preferiría usted ir a una casa de campo? —

— Aunque tenga que reconocerlo, echo de menos las salidas locas que hacía con mi madre. Pero quiero una condición…— Ella asintió.

— La única que deseo que pueda acompañarme sea Ranavalona. — Hice como si tuviera los hombros rígidos, mientras me sentaba. — No tengo ganas de estar rodeada de gente. —

Mi plan era irme a las montañas y librarme de Ranavalona en aquel lugar, en otras palabras, la iba a asesinar.

— ¿No es peligro ir las dos solas, Mi Zarina? — Preguntó, algo preocupada.

— Ya estamos acostumbradas, después de todo. — Lo dije con muchísima seguridad. — Lo comunicaré dentro de unos días, cuando vea que tengo un hueco en mis deberes diarios. —

Con esto dicho, esperaba conseguir dar la impresión de que mi confianza fuera ciega, así la muerte de Ranavalona no se vería sospechosa. Dos niñas internándose en lo más profundo de las montañas, podría salir mal. Un oso o los lobos las atacarían, podrían sufrir un accidente, como caer por un barranco. Cientos de motivos que podrían aprovechar para ocultar la triste y lamentable muerte de mi leal sirvienta. Lloraría mucho y gritaría a pleno pulmón bajo su ataúd, maldiciéndome y culpándome por mi error; sería una farsa genial. Nadie sospecharía que yo maté a ella, sino que cometí una gran estupidez.

Sophie asintió de nuevo e hizo una reverencia en silencio. Luego, le hice un gesto para que se marchara y ella se fue directa hacia la puerta de mi despacho. Entonces, se detuvo y, sin dignarse a girar su cabeza hacia mí, me dijo esto con gran seriedad, como si hubiera adivinado que yo estaba planeando algo que no le hacía mucha gracia:

— Por cierto, debe estar más atenta en sus clases, eres nuestra gobernante, después de todo. Aunque usted sea extremadamente joven para el cargo y tiene muchísimo que aprender, no puedo permitir que se olvide unas simples fórmulas matemáticas, ya que regular y controlar el mercado depende de usted, ¿o eso es una excusa? —

— Piensa en lo quieras. — Di un suspiro.

— No dejes que los asuntos personales se te suban a la cabeza, terminarás defraudando a vuestra difunta madre, Sajonia, que en paz descanse. No, así no la superarás. Majestad, gano una guerra civil, ¿lo recuerda? Demostró, a pesar de ser una simple niña, cualidades superiores que ella. Queremos que siga por ese camino. Doña Antonina le está dando todo lo que necesita y yo, que fui aceptada por vos y por ella para ayudaros, igual. Su deber es no defraudarnos. No lo vea como una regañida, sino como simples consejos de una humilde súbdita. —

— No te preocupes, mi querida súbdita, lo que haga no afectará mi labor como reina. Además, sigo siendo una niña, no me puedes pedir mucho. —

Me daba rabia reconocerlo, pero yo necesitaba dos adultas para tener que soportar el peso de todo el reino. Dos regentes en la sombra, y una de ellas siempre haciendo lo que le da gana en las sombras. Aún cuando perdí mi inocencia hace tiempo y maduré lo más rápido posible, el peso que tenía sobre mis hombros me era demasiado pesado.

— Pero usted no es una niña más, es nuestra reina, y lamentablemente el peso que tiene que soporta es insoportable. Puede que estamos exigiendo demasiado, pero yo creo que eres capaz de superarlo. Sajonia hizo una gran hija. — Me miró por un momento, con una sonrisa de satisfacción.

— Entonces, repasaré lo que sea. Necesito perder mi tiempo, ya sea en retórica, economía, protocolos, leyes, estrategia militar, lo que sea…—

Si ese es el deber de una reina, lo haré, sea como sea. Superaré sus expectativas y las quitaré del medio cuando sea capaz de gobernar como Dios manda. Nadie se sobrepondrá a mí, todo el Zarato estará bajo mi sombra. Así es como aquella aberración que me hicieron en mi cara tendrá sentido de una vez.

Después de que ella se fuera, yo pasé unas cuantas horas encerrada en mi despacho, haciendo cosa relaciones con mi labor. Ni siquiera me digné a merendar. Al terminar, con el sol a punto de desaparecer, salí y me encontré con alguien esperándome al lado de la puerta, en cuchillas.

Ver a aquella persona me produjo todo tipo de sensaciones y sentimientos, difíciles de explicar, que estuvieron a punto de desbordarse de mi interior, dando la impresión de que iba a romper de un momento para otro. Pero, aún así, mantuve la compostura y la calma, me controlé y, actuando como siempre, le dije esto:

— ¿Qué haces aquí, Ranavalona? ¿Has terminado con las caballerizas? —

Ella, quién no se dio cuenta de mi presencia, se levantó de golpe y me dijo con una sonrisa: — Sí, Mi Señora. Todo está en orden. —

Por alguna razón, no sé si fue por la influencia de lo que me reveló Cammi u otra cosa, pero sentí en esa sonrisa algo muy extraño. Y no sólo en eso, sino en los ojos, vi algo en ellos que me dieron escalofríos.

¡Qué patético, ¿no te parece?! ¡Asustarme de aquella idiota, cuando ella debía ser la debía temblar de miedo hacia mí! No, yo no debía sentir esto, tenían que ser los demás, ¿¡cómo podría ejerce mi reinado si no daba pavor y respeto a mis propios súbditos!?

Me sobrepuse y libré mi mente de estupideces, luego le dije esto:

— Ya veo. Te aviso de que muy pronto voy  a hacer una salida hacia las montañas porque la presión de ser reina me está haciendo mella. Prepárate, ¡tú me acompañarás! —

Y me dije mentalmente que sería la última salida que ella iba a hacer con vida.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Cuarta parte, centésima vigésima primera historia

Ya habían pasado dos horas desde que conversé con Antonina Freud y aún no había salido el sol. Con la luz de la lámpara de petróleo, estuve leyendo un libro que había cogido al tuntún. Después de haber tenido aquella charla desagradable, estaba muy alterada y era incapaz de pensar con tranquilidad sobre cómo solucionar mis problemas con Ranavalona, intentando hacer que las letras me relajasen. No fue una buena idea haber escogido al azar, porque escogí una traducción al ruso de una obra de un tal Cioran titulada “Del inconveniente de haber nacido”, y su lectura, aún cuando ya dejaba claro su título que iba a ser desagradable, sólo me causó indigestión. Por desgracia, tengo la mala costumbre de intentar terminar las obras de golpe, ya sean buenas o malas, por lo menos antes de que alguien me interrumpa, como fue en este caso, cuando tocaron la puerta de la biblioteca:

— ¡Tienes permiso de entrar! — Eso le dije a quién estaba tocando y entró.

Desde mi sillón de terciopelo, eché un vistazo, por un momento, a aquella persona y dije con toda mi sobriedad:

— ¡¿Qué quieres, Nonoma!? — Aquella sirvienta, hija de un opositor durante la guerra civil y ex-jefa de un grupo de bandido, me miraba con una mirada de odio y rencor que me deleitaba — Es raro que te presentes ante mí voluntariamente. —

— Permíteme decirle, mi querida Zarina, que yo no estoy aquí por mi voluntad, sino por órdenes de Doña Antonina, quién me ha pedido que le comuniqué algo, que se le olvidó decírselo antes. —

Tras decir esto, se quedó en silencio, como si esperaba que le dijera algo. Y tuve que hacerlo: — Continúa… —

— Que hoy es cuando ella y una servidora nos vamos a ir un pueblo del interior de su reino para atender a una petición de sus aldeanos. Quería decírselo por adelantado, pero, por diversas causas, no pudo. —

Por eso, estaba despierta tan pronto, estaba emocionado con hacerle una visita a aquella maldita niña que tuvo que salvar. Y por otra parte, aunque ya me había comunicado su salida, me molestó algo que me dijera que se iba a ir ahora. Después de todo, odio que hagan las cosas sin que yo no sea informada a tiempo.

— ¡Ya veo! — Cerré el libro y añadí: — ¡¿Cuándo volverán!? —

— Eso no se sabe, tal vez unas cuantas semanas…— No pude ninguna objeción, a pesar de que me parecía mucho tiempo. — ¿Alguna pregunta más, Zarina? — Y no dije nada más y notó mi silencio como un no.

— Si me disculpa, ya me voy. — Y entonces, la detuve: — Espera un momento, sí tengo una pregunta para ti. —

Estuve un poco pensativa, preguntándome si ella podría tener información valiosa o no en torno a Ranavalona; pero al final, opté por lo primero.

— ¡¿De qué se trata, mi querida Zarina!? — Soltó esto, mostrándose lo más sarcástica posible.

— Es sobre Ranavalona, últimamente ha estado actuando de forma extraña y me preguntaba si sabes algo en torno a esto, si ha ocurrido algo que la haya puesto así o indicios de que su comportamiento es inusual…—

— ¡Mi querida Zarina, ¿no sabe lo qué pasa con su perrita faldera?! — Rió levemente, algo que me irritó un poco. No contesté, ella continuó:

— Supongo que Vuestra Majestad aún no ha asimilado que su perra ya se está cansado de usted, desde hace meses que ha estado haciendo cosas a sus espaldas. ¡¿No se ha dado cuenta de eso!? ¡¿No sé creía capaz de controlar todo lo que pasa en este reino o qué!? —

La sirvienta se puso tan altanera y burlona que no tuve más remedio que sacar mi pistola y señalarla. Con rabia, tuvo que sellar su boca, mientras le gritaba con voz amenazante:

— Silencio, no tienes permiso a contestarme así. — Me levanté y me acerque a ella. — Háblame más sobre esas “cosas” que ella hace a mis espaldas. —

— No sé apenas nada de esa moza, ni me interesa en las bufonerías que haga. Paréceme que solo sé cosas generales, que ya no le diré. Pregúntales a las otras dos. — Me replicó muy desafiante, a pesar de que le puse mi arma sobre su pecho.

Tardé al responder, al ver que iba a perder el tiempo en hacerlo hablar. Bajé el arma y le dije:

— Ahora si te puedes marchar, olvidaré esa actitud desagradable que has tenido con tu Zarina y vuelve con Antonina. —

Con cara de destrozarme la cara, se dio la vuelta y se quitó de mi visto, algo que me alegró, ya que me estaba costando controlar mis ganas de volarle la cabeza.

De todos modos, ella tenía razón, en vez de preguntar a esa engreída, tenía que ir a por esas debiluchas de Cammi y Zvezdá, que seguramente ellas no pudieron evitar caer en las supuestas maquinaciones que Ranavalona estaba haciendo detrás de mis espaldas. Esas estúpidas son de esas personas que apenas no pueden oponerse a los demás y son arrastradas a problemas con muchísima facilidad.

Así que decidí que le iba a hacer un interrogatorio a una de ellas, después de que saliera el sol y Antonina se fuera de aquí. Pero, primero, debía encargarme de algo.

— ¡Buenos días, Mi Señora! — Después de pasar media hora, al verse los primeros rayos de sol, Ranavalona apareció. — ¡¿Q-quiere qué le preparé su desayuno!? —

Con miedo y tartamudeando un poco, entró en la biblioteca. Intentaba comportarse como siempre, pero los recuerdos de lo que pasó el día anterior aún la turbaban. Sin siquiera mirarle a la cara, le dije con toda mi normalidad:

— Efectivamente, haz lo de siempre. —

No escuché nada, pero me imagino que hizo algún tipo de seña hacia mí antes de irse. Al escuchar que abrió la puerta, le comuniqué esto:

— Por cierto, hoy te debo ordena algo, y debes ir expresamente con Zvezdá, ¡¿entendido!? —

Ranavalona quiso decir algo, pero mi fría mirada le impedía hacerlo. Así es cómo debía ser. A continuación, decidí explicarle algo más:

— Quiero que hagas una inspección de nuestra caballeriza con ella, porque yo le voy a mandar a Cammi a hacer otra tarea. —

No me interesaba que Ranavalona estuviera acechando mientras yo estaba en mi interrogatorio con Cammi, a quién elegí. Ahora que lo pienso, no entiendo por qué mi mente decidió a esa, en vez de a la otra, que parecía ser mucha más débil de mente.

Seguramente Ranavalona quería preguntarme qué tipo de tarea quería que Cammi hiciera, vi un pequeño gesto de sospecha en su rostro. Pero eso desapareció en seguida, ya que hizo una reverencia y aceptaba encantada mis órdenes.

— ¡Lo que usted guste, Mi Señora! — Y con estas palabras, se fue. — ¡Ya iré a por su desayuno! —

Más o menos, todo marchó como planeé. Después de explicarles lo que debían Ranavalona y Zvezdá en las caballerizas, decidí llamar a Cammi y hacer que me acompañará.

— Por cierto, Zarina, si me permite,…— A mitad del camino, ella se atrevió a hablar. —…puedo preguntarle cuál es la tarea que tengo que hacer. —

— No preguntes hasta que yo te doy la orden, ¡¿no has olvidado eso!? — Le decía con un tono sancionador, mientras la miraba. Ella se estremeció muchísimo y no paraba de pedirme perdón. — Entonces, ya lo sabrás cuando hayamos llegado, ¡ahora, calla! —

Sentía que el interrogatorio que iba a hacer sería muy fácil, esa pobre ya estaba temblando con nada. Creo que ya sospechaba que algo raro pasaba.

Tras haber cambiado por varios pasillos del palacio, llegamos al lugar que me interesaba. Podríamos decir el mejor de todo el edificio, mi preferido. Aquí se encuentra mi particular tesoro.

— ¡¿Vamos a entrar ahí!? — Casi dio un grito de sorpresa, al ver que nos habíamos parado ante una enorme puerta de hierro. — ¡¿De verdad vamos a entrar en su habitación prohibida!?  —

Hablaba como si estuviera viendo ante un territorio hostil y desconocido. O como si fuera la habitación de Barba Azul en dónde guardaba los cadáveres de sus esposas. Trago saliva, con una cara al borde del miedo.

— ¡¿Prohibida!? Más bien, es privada. La única que puede limpiarlo es Ranavalona. —

Parece ser que entre los empleados del palacio este lugar se había vuelto un germen de habladurías y estúpidos rumores.

Si no dejaba entrar a cualquiera, es porque yo no iba a dejar que manos inexpertas tocarán mi hermosa colección. Entonces, recordé que la única persona que le tenía permitido entrar era Ranavalona. Un extraño y molesto sentimiento me invadió por unos segundos, llenándome de rabia. Intenté no pensar más en ella y cogí las enormes llaves de hierro y lo abrí.

Por un momento, al entrar, mi cerebro no hizo caso y volví a pensar en esa estúpida, mientras me preguntaba qué haría yo con mi colección si la tenía que eliminar.

« ¡Deja de pensar en estas tonterías! ¡Tengo un interrogatorio que hacer, no debo preocuparme si me cargo a la única persona que limpia este lugar! »

Eso fue lo que pensé, mientras me introducía en el lugar y le mandaba a Cammi que entrará. Al hacerlo, cerré la puerta abrí las persianas para que la claridad entrará. Ella se quedó con la boca abierta.

— ¡Esto es…! ¡¿Es todo!? — Mostraba un gran rostro de decepción. — Solo armas…— Y a la vez estaba aterrada, ante lo que estaba viendo.

— ¡¿Qué quieres decir exactamente con eso!? — Eso me molestó y así se lo hice saber. ¿¡Qué se imaginaba ella, qué iba a tener un cuarto lleno de oro y de metales preciosos!?

— No es nada, mi Zarina. Sólo es que yo me imaginaba otra cosa, es decir, pensaba que tenía un tesoro o algo parecido…— Añadió nerviosa, al darse cuenta de que me estaba faltando el respeto.

— Pues claro que sí, ¡este es mi tesoro! — Alcé la voz, mezclada con el enfado y el orgullo. — ¡Una gran colección de armas de fuegos, ciento y veinte piezas de todas las épocas y tierras que he podido conseguir! —

Miró consternada a cada una de las armas de fuego que estaban repartidas por toda la habitación. Algunos estaban en vitrinas de cristal, la mayoría en la pared, restaurados y sin una mota de polvo. Era una colección variada, los había de todos los tipos, tamaños y forma; que me costó conseguir mucho dinero y búsqueda. Y que deseo aumentar, habían un montón más que me esperan ahí fuera, a que sean puesto para mi disfrute y gocé. No hay nada más hermoso en este mundo que aquella cantidad de escopetas, pistolas, arcabuces, entre otros muchos más. Y como era de esperar, esa idiota de Cammi no pudo comprender la belleza que había en este lugar.

Entonces, cerré la puerta y ella dio un pequeño grito, algo sorprendida por aquel gesto. Con timidez y miedo, me preguntó:

— ¿¡M-mi Zarina, por qué ha cerrado la puerta!? —

— Quiero hablar contigo sobre un tema muy peliagudo y no me interesa que nadie pueda escuchar esta conversación. —

Ella trajo saliva, con deseos de preguntarme que quería, pero incapaz de realizar tal pregunta hacia mí. Entonces, me acerqué a la colección que tenía en mi pared y, mientras observaba con satisfacción mis pequeños artefactos, le decía:

— Te estarás preguntando de qué se trata, reconozco que es muy inusual; pero necesito tu ayuda. —

— ¿¡En qué!? — Me preguntó en voz baja, temblando como un corderito.

— Sobre Ranavalona. — Se lo dije, mirándole a los ojos de la forma más seria y amenazadora posible y su rostro se volvió pálido. Sonreí, parecía que iba a estar chupado.

— Yo, yo no sé nada. — Me replicaba nerviosamente, moviendo las manos de forma desesperante para decirme que no. — No sé qué pasa con ella, ¡de verdad! ¡Tiene que creerme! — Casi me dio risa ver lo patética que era mintiéndome.

Entonces, dejé de acariciar a mis niños y cogí a una escopeta, a la adorable y hermosa Krieghoff K-20. La abracé con todas sus fuerzas y empecé a restregarla mis mejillas con gran felicidad.

— ¡¿Cómo estás, querida!? ¡¿Me has echado de menos!? ¡Espero que no te hayas sentido muy solita…! —

Ejem, ejem, ¡seguro que te habrás quedado algo boquiabierto al relatarte esa escena! ¡No me mires con esa cara, lo que hago es una cosa normal, no soy la primera que trata así a sus objetos más preciados! ¡Además, ¿cómo no puedo hacerlo ante tal belleza?! ¡Tiene hermosos grabados de bosques, es ligera y esbelta, su recámara es casi indestructible, su madera es de la mejor calidad y muchas cosas más! ¡Es imposible no enamorarse de esta preciosidad! En fin, alguien como tú no puedes apreciarlo. Y la idiota de Cammi tampoco.

— ¡¿Z-zarina!? — Tartamudeó, ayudando a que volviera a sentar los pies sobre la tierra. Estaba boquiabierta, espantada y extrañada de verme así.

— Perdón, perdón…— Añadía entre risas, mientras seguía observando mi niña bonita. — Se me había olvidado de tu existencia. En fin, ¿¡de qué estábamos hablando!? —

Ella no contestó, entonces yo se lo ordené: — ¡Contesta! — Y puse a mi linda escopeta mirándola, después de sacar el cartucho.

Aquello casi le dio un ataque al corazón, dio un gran grito y sus brazos cubrieron medio cuerpo, mientras se agachaba y me decía, tiritando:

— V-vale, vale, usted hablo de Ranavalona y yo le dije que no sabía nada…— Lo decía con muchas ganas de llorar. — ¡Por favor, no me hagas daño! —

Esbozaba una sonrisa burlona hacia ella, estaba disfrutando de esto, esa pobre estúpida estaba a punto de gritar a su mami, el interrogatorio estaba marchando genial. Lo más gracioso es que ni siquiera estaba cargada mi niña bonita, no tenía ningún cartucho y esa idiota ya estaba cagada del susto.

— ¿¡Por qué dices eso!? ¡No tengo intención de hacerte daño, solo quiero que me hables de Ranavalona! ¡Actúa demasiada rara últimamente, su comportamiento ya raya en lo sospechoso! ¡Y creo,…! ¡No, sé que tú debes haberlo visto! ¡Es imposible que no te hayas dado cuenta! —

Me había acercado poquito a poco a ella, mientras ponía el cañón sobre su cuello sin que ella se resistiera. Sus piernas le temblaban muchísimo, pero era incapaz de salir corriendo. Aún así, siguió ocultándome la verdad:

— ¡Yo, no lo sé! ¡Se lo juro! ¡Ella me…! — Se tapó la boca de golpe, al darse cuenta de que había metido la pata. — ¡No es nada, de verdad! ¡Solo ha sido un sinsentido que he dicho, mi Zarina, nada más! —

Yo me reía mientras bajaba mi escopeta de su cuello y me alejaba de ella, quién apenas supo cómo reaccionar.

— ¡¿“Ella me…”!? ¡¿Qué significa eso, mi súbdita!? — Entonces, dejé mi querida Krieghoff  y cogí otra arma, un revólver LeMat. Ya ni se atrevió a contestarme, así que tuve que obligarla.

— ¡Te he preguntado algo, quiero que me contestes! — Le grité con furia, sin haber controlado mi tono. Y ella comprobó que la siguiente arma que portaba sí estaba cargada. ¡No puedes engañarme, tú misma te has delatado! Disparé y Cammi gritó de terror. ¡Ah, perdón por esto, solo estaba comprobando si esta preciosidad seguía disparando de maravilla, y pues lo sigue haciendo! ¡Aún puede disparar! —

Hablé de forma burlesca, mientras Cammi, que se agachó en el suelo con lágrimas en el suelo y al máximo, tapándose las orejas; se dio cuenta de que no la disparé a ella, sino a una enorme diana que la usaba para el tiro al blanco, situada en dirección contraria a dónde estaba esa idiota.

— ¿Sabes? Esta maravilla fue una innovación en su tiempo, un arma auxiliar llamada “Revólver de metralla”. — Decidí relajar un poco el ambiente, explicando sobre aquella preciosidad. — Su tambor de nueve recámaras tiene un cañón central de anima lisa, provocando que se pudiera usar como escopeta de cañón corto, ¡¿a qué es increíble!? Una puede elegir  disparar entre dos armas solo teniendo una. —

Y así lo hice, cambié del tambor al cañón y disparé de nuevo, provocando que Cammi gritara de nuevo.

— ¡P-por favor, deja el arma, se lo suplico! — Me decía con voz cortada y temerosa.

— ¿¡Por qué!? — Pregunté burlonamente. Luego, yo di un falso grito de sorpresa y añadí: — ¡Ah, es verdad, podría hacer daño a alguien! ¡Sin querer podría hacer un disparo y hacerte volar la cabeza en mil pedazos! ¡Sería una verdadera tragedia! —

Y moví el revólver hacia ella, poniéndola muy histérica: — ¡N-no lo hagas, p-por favor! — Gritaba de forma desesperada, mientras agitaba sus brazos de un lado para otro, dando chillidos de terror. La pobre no sabía que eso ya no tenía balas.

Entonces, decidí ir directa al grano, ya me cansé de hacer rodeos: — Bien, ¡te lo voy a dejar todo claro! ¡¿Qué le está ocurriendo a Ranavalona, qué has visto en ella que no es normal, qué es lo que ha hecho para que estés callada!? ¡¿Estás sorprendida!? ¡Ese “ella me…” deja claro que te ha hecho callar, ya sea con amenazas o por otra cosa! —

Ella tardó un buen rato en contestar, aún así intenté controlar mi pobre impaciencia, mientras la miraba con unos ojos que le obligaban a contestar. Con gran temor en su rostro, no paraba de mirar de un lado para otra para evitar mi mirada, su respiración se hacía más rápida y un sudor fría empezó a empaparla. Tuve que darle un empujoncito más para que me lo dijera:

— ¡No te preocupes, no diré nada de lo que me hayas dicho en esta habitación! ¡Es más, que te quede claro que esta conversación jamás ha existido! ¡Tú nunca has entrado aquí, nunca me has revelado aquellos secretos que te ha dicho Ranavalona! ¡Esto quedará como un asunto entre nosotras, una charla secreta que ninguna le interesa revelar hasta que haya pasado un montón de tiempo o que debe quedar en la tumba! —

— ¿¡De verdad!? ¡¿Usted no le dirá nada a Ranavalona…!? — Cammi me preguntó con mucho miedo. Al parecer, mi sirvienta le había amenazado y lo hizo tan bien que ésta estaba callada como una tumba. Mala señal, era como si hubiera aprendido de mis tácticas de manipular a los demás por el miedo.

— Queda mucho mejor para mí decirle que lo he revelado por mí misma en vez de haberte obligado a hablar…— Añadí.

Y otra vez tardó en hablar, pero esta vez esperé. Vi cómo tragaba saliva e inspiraba y respiraba sin parar para tranquilizarse y llenarse de valentía para contarme lo que le pasaba a Ranavalona. Al fin, habló:

— La verdad es que…— Aunque le costaba mucho seguir. —…ella me pidió a mí y a Zvezdá que le enseñáramos algunos conjuros y hechizos para que… —

¡¿Conjuros!? ¡¿Hechizos!? Me quedé un poco boquiabierta, ¡¿qué se le habría metido ella en la cabeza, quería ser una bruja o qué!?

— Bueno, no sé cómo explicarle,… — Le dije con amenazas que fuera directa al asunto de una maldita vez. — V-vale, vale, ¡quiere que usted se enamoraba de ella a través del poder la magia! — Gritó asustada, mientras cerraba los ojos para no ver mi reacción.

A lo primero, me quedé sin palabras, intentando asimilarlo. Luego, me dio un gran ataque de risa, reí tanto que hasta lloré y caí al suelo, dando vueltas por el suelo, incapaz de controlar mis propias carcajadas.

Al terminar de reír, recuperé mi compostura, algo avergonzada por aquella reacción que hice y le dije esto:

— Oh, ¡ya entiendo! ¡Esto es ridículo! ¡¿En serio, se cree que me va a manipular a través de esas mierdas!? ¡Yo creía que era más lista! —

En ese momento, yo no caí en la cuenta de que mucho tenía sentido que Ranavalona creyera en esas cosas irracionales, ya que se relacionaba con la plebe y provenía de ellas. Aún así, con todos los años que estuvo conmigo, tuvo que darse cuenta de que esas eran más que simples tonterías.

— ¡Bueno, no son…!— Intentó replicarme a chillidos; pero se acobardó y me siguió hablando con aquella voz de ardillita: — Yo he visto a gente que le ha funcionado, aunque  ella lleva muchísimo tiempo haciéndolo y no le sale. Tal vez usted tiene una gran resistencia a eso o los espíritus la protegen o algo así…— Se volvió a callar.

— ¡Dejando de lado ese asunto de que si funcionan o no,…! — Me reía con solo imaginarme el hecho de que esa intentaba hechizarme. — ¡¿Sólo es eso, me lanza hechizos y nada más!? —

— Pues sí, aunque…— Parecía que ni esa idiota sabía muy bien lo que le pasaba a Ranavalona. — Ella está muy desesperada, busca alguna manera de conseguir tu amor y ha probado muchos hechizos, cada vez más fuertes que los anteriores; pociones e incluso ha invocado a espíritus poderosos. Nos obligo, a lo primero, a decirles hechizos de nuestras abuelas y termino mandándonos a buscar brujos ilegales, los que tienen contacto directo con los mismos muertos. — Tragó saliva y añadió en voz baja: — Pero nada funciona y ella cada vez da más miedo…—

— ¡¿Qué quieres decir con eso!? — Me dejó algo intrigada aquellas palabras.

— Pues eso, que ella da más miedo. Nos grita cuando ve que no ha salido y actúa como si estuviera endemoniada. Estuvo a punto de pegarnos en varias ocasiones y nos obliga a mantenerse todo esto en secreto… Sobre todo con usted, nos dice que nos va a matar si le decimos algo, ¡ella está loca! ¡Un día de estos venderá su alma al diablo, todo para que usted se fije en ella y estaremos todos condenados! ¡¿Por qué, por qué está así con la Zarina!? ¡No lo entiendo! — Y empezó a hablar sola, olvidándose de mí. Tuve que hacerle recordar mi presencia.

Entonces, me puse a pensar. Concluí que Ranavalona ya estaba a punto de cruzar el límite, uno que yo no creía que iba a cruzar tan pronto. Más bien, me olvidé de que algún día se cansaría de aquel comportamiento tan pasivo que tuvo conmigo, de cansarse en su estúpido papel de ser “la más fiel de todos”. Creía que había aceptado el hecho de que jamás iba a recibir mi amor y que solo tenía el trabajo de servirme. Mostré una expresión de fastidio, al ver que ya estaba a punto de salirme de mi control.

— Ya entiendo eso, creo que es suficiente con saber eso. Pero quiero saber algo más. — Le dije.

Cammi tragó saliva y no dijo nada más, solo esperaba mi pregunta.

— ¡¿Qué tipo de hechizos y pociones me manda ella!? —

— M-mejor, mejor que no lo sepa…— Añadió con un gesto de horror.

— ¡¿Tan horribles son!? — Aquella respuesta que soltó Cammi solo me dio curiosidad. — Solo dime un ejemplo, nada más. — Aunque presentí que era mejor estar en la inopia.

Entonces, ella me miró fijando y se le veía muy pensativa. Cruzó sus brazos, tocó su barbilla, cerró sus ojos una y otra vez, lanzó sonidos de duda muy molesta; irritándome bastante, me estaba entrando ganas de pegarle un tiro.

— ¡Dilo de una puta vez! — Mi paciencia no pudo más. Cogí otra de mis niñas queridas, una Colt M1911 y simulé que iba a cargarla. — ¡No te quedes todo el día así! —

— ¡V-vale, vale! — Dio un brinco de terror, mientras gritaba y volvía a a proteger su cuerpo con sus brazos. — ¡E-ella, ella…! ¡Por ejemplo, ella te introducía en el té, a veces, s-sus jugos…! — Con sus balbuceos, apenas comprendía lo que intentaba decirme exactamente.

— ¡¿Qué quieres decir con “jugos”!? ¡Dilo bien! —

— Lo de ahí abajo. —

— ¡Te he dicho que lo digas claro! — Ya estaba muy alterada por el hecho de que no lo dijera claro. Me arrepentí mucho de haberla presionado hasta ese punto, porque lo que me dijo me enfermó.

— Pues, pues…—Dio una pequeña pausa, para gritar esto con todas sus fuerzas: — Los jugos de ahí abajo, ¡del coño! —

Y lo repitió una o dos veces. A continuación, solo hubo silencio en aquella habitación. Me quedé sin habla, a punto de lanzar un grito de horror y asco. No podría asimilar que el té que veía de forma frecuente se le hubo añadido algo que sólo un enfermo haría.

— ¡¿Qué!? — Añadí, cuando pude salir del bloqueo, boquiabierta y con la cara morada. Se me revolvió el estomago y exploté de ira. Le gritaba muy enrojecida: — ¡¿No te estarás burlando de mí, verdad!? ¡Te voy a reventar a balazos! —

¡No lo podría decir en serio, eso era una estúpida invención para dejarme en ridículo! Me sentí una completa idiota al escuchar eso y perdí el control, me lancé hacia ella y casi estuve a punto de golpearla, porque la pistola que cogí no estaba cargada. Cammi no paró de chillar, llorar y pedir clemencia hasta que se quedó sin voz, mientras huía de mí de forma desesperada.

FIN DE LA CUARTA PARTE

 

 

 

 

 

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Centésima vigésima primera historia

Amor fantasmal: Tercera parte, centésima vigésima primera historia.

A continuación, miré la hora y vi que era muy temprano, incluso para mí. Ni siquiera había salido el sol. Pero no iba a volver a dormir así como así, decidí utilizar aquel tiempo sobrante para pensar en cómo descubrir lo que le estaba pasando a mi sirvienta.  Me levanté de la cama y me dirigí hacia al primer lugar en dónde podría pensar tranquilamente, en la biblioteca. Así que me vestí, salí de mi habitación y atravesé velozmente los pasillos hasta llegar ahí.

Al entrar, no me esperaba para nada encontrarme a alguien en aquel lugar, ojeando unos libros tranquilamente bajo la luz de una lámpara de petróleo. Ni menos que esa persona fuera Antonina Aleksándrovna Freud.

— ¡Qué curioso! — Y ella, al darse cuenta de mi presencia, empezó a hablar, con una expresión burlona. — ¡No me esperaba verte aquí, mi querida Zarina! — Le repliqué que era mutuo.

Y se levantó del sillón en dónde estaba sentada y me hizo una reverencia, mientras me decía esto: — ¡Saludos, mi majestad! ¡Es todo un honor encontrarnos en este lugar, a esta hora! —

Tras saludarme, cerró el libro y lo dejo en la mesita, para seguir hablando:

— Siempre has sido muy madrugadora, pero esta vez has marcado un record, le felicito, de verdad. — Y aplaudió un poco, como si se estuviera burlando de mí. Como siempre, sabe hacer cómo ponerme de los nervios.

Esta mujer es mi médico personal y también ostenta el título de “chamán real”. Reconozco que suena absurdo, pero existe. Mi madre lo creo, solo para Antonina, quién aprendió y se relacionó con los chamanes y brujos de los pueblos del Zarato. Es más, fueron ellas las que dejaron que existiera tal posición hasta el día de hoy, haciéndolo oficial, y también lo modernizaron, en cierta forma, convirtiéndolos en una mezcla entre psicología, medicina y supercherías. En fin, es una figura muy importante para el Zarato.

Tengo que reconocerlo, también es una de las pocas personas de confianza que me ayudan con los asuntos de estado. No solo me da consejos, sino que ella se encarga de controlarlo todo desde las sombras, junto con Sophie Friederike, para que no haya problemas. Además, podríamos decir que es el “autor intelectual” del reino, es la que planea todos los puntos necesarios para alcanzar mis objetivos  y los del Zarato, a largo, medio y corto plazo.

Aún así, parece que disfruta mucho tomándome el pelo y me molesta. No solo eso, también lo ambigua que puede llegar a ser. A Antonina le encanta, como sentenció una vez, mantener conversaciones confusas y poner delante cuestiones un poco desagradables para las personas que le hablan, para que se enfrenten contra lo que no quieren enfrentarse y elijan una gran decisión transcendental para sus vidas.

En realidad, eso una forma edulcorada de decirlo. En realidad, lo que hace esa mujer es manipularlos a su antojo con su parloteo y arrastrarlos hacia lo que ella desea que hagan. Pero no entiendo para nada cómo actúa, ni menos que es lo que le motiva. Si le preguntan, solo les dirán esta respuesta muy ambigua: “Solo lo hago para observar lo hermoso que puede llegar a ser el ser humano.”

Por eso, desconfío de ella, a pesar de que hasta ahora ha sido muy leal a mí y a mi madre.

— Seguro qué te estarás preguntando por qué estoy aquí. — Ella siguió hablando. — Yo también me pregunto lo mismo contigo. Para levantarte tan temprano, fuera de tu horario, debe haber pasado algo. —

Intenté decir algo para terminar con aquella conversación rápidamente, pero no me dejo ni decir ni una palabra.

— No hace falta que lo digas, mi majestad. Quiero adivinarlo…— Se acercó a mí y me tocó los labios con el dedo para hacerme callar. — A ver… ¿Qué le habrá pasado a nuestra querida Zarina para despistarse a estas horas? — Ella se puso a actuar como si estuviera pensando. — Lo primero que se me viene a la mente es que hayas tenido un mal sueño. Una pesadilla o algo parecido, supongo…— Fue algo fastidioso ver cómo lo adivinaba y no dije nada.

— Por tu reacción…— Aún así, vio a través de mí. —…y tu silencio, creo que he adivinado. — Y puso una gran sonrisa de satisfacción. — Y bueno, déjame adivinar una vez más, ¿eso tiene que ver con lo que pasó ayer? —

Ahí es dónde me enteré que ella sabía lo que me paso ayer con Ranavalona, y yo pensando ingenuamente que nadie se había enterado.

— No pasó nada fuera de lo usual. — Le respondí nerviosamente, al ver que ella me estaba llevando a dónde quería.

— ¡¿Ah, de verdad!? — Me replicaba burlona, como si sabía que me tenía cogida por los cuernos. — Pues los gritos que te dio Ranavalona ayer no eran muy usual. Para nada. — Puse un gesto de molestia, al ver que no podría esquivar la conversación. Ella solo se río y continuó:

— No pongas esa cara. Se pudo oír por todo el palacio, y no solo sus gritos, también los tuyos. No era muy normal eso, si te digo la verdad. Es decir, me sorprende que la más leal a la Zarina, la que más adora a tu persona en todo el Zarato, e incluso más allá de nuestras fronteras; te gritara a ti, algo que en condiciones normales no haría; y tuviera la osadía de recriminarte que le das mejor trato a otra que no sea ella…—

Mientras esa maldita me dejaba claro que ya lo sabía todo, me maldecía por haber gritado tan fuerte o por no haber callado a Ranavalona a tiempo. A continuación, tuve que reconocer la verdad y decirle esto:

— No hace falta añadir más,… — ¿Para qué explicarle algo que ya sabe? Ni modo alguno, le voy a satisfacer a contarle lo que pasó. —…se nota que ya estás muy enterada con el asunto. —

— Eso es lo que me dijeron los sirvientes y los criados, nada más. Sería mucho más hermoso oírlo por la voz de las protagonistas. En fin, parece que te molesta, así que vamos a hablar de otra cosa. —

Eso, en mi cabeza, sonaba como una mala señal. Aún así, decidí dejarla hablar y me atreví a preguntarle qué tema quería hablar. Esta fue su respuesta:

— Solo estoy interesada en algo, una cosa que me gustaría profundizar y que es realmente digno de mi atención, mi querida Zarina. — Le exigí que fuera directa al grano, y me arrepentí mucho de haberlo dicho. — Si ese es su deseo, te lo explicaré…—

Dio una pequeña pausa, como si estaba preparándose; y luego continuó:

— Es sobre vuestra relación con la sirvienta personal Ranavalona, me parece altamente interesante. Lo que ella es para ti, lo que eres tú para ella, todo lo que habéis superado juntas, y sobre todo está crisis que estáis sufriendo ahora mismo. Todo esto, es digno de mi atención. —

Eso fue suficiente para colmar mi ira, que le repliqué furiosa esto:

— Esos son más que tonterías. Ella y yo no somos nada, salvo en el hecho de que es solamente mi sirvienta personal, quién solo tiene el deber de hacer cumplir todos mis órdenes. Tal vez me adora demasiado, pero nada más. —

— ¿¡Tal vez te adora demasiado!? — La muy maldita se rió. — Usted, mi querida reina, no es una ciega, sabe perfectamente que esa chica te ve de una forma bastante inusual. Decir que está enamorada de ti sería quedarse poco, más bien, para sus ojos, tú eres completamente su mundo, solo tú y solamente tú. Eso puede sonar muy romántico, pero visto desde otra perspectiva, suena muy aterrador. Algo que también tuviste que darte cuenta, pero en vez de alejarla de ti, lo utilizaste a tu favor. —

Esta mujer siendo tan perspicaz como siempre. No podría negarlo, todo lo que ella decía era cierto. Así que decidí afirmarlo, y a lo grande.

— Tengo que reconocerlo, es verdad. Odio a los homosexuales, y por tanto a Ranavalona. Pero su lealtad y su absoluta adoración hacia mí me son muy útiles. Por eso la soportó y utilizo su amor, o cómo queremos decirlo, a mi favor. —

Para mi Ranavalona solo es un objeto muy útil, una muñeca; como todos los demás. Puede que para ella yo lo sea todo, pero para mí, solo es eso. Y fue su culpa, además, que le odiase a ella y a los que sienten atracción hacia al mismo sexo. Intenté bloquear esos recuerdos de cuando me intentó besar, mientras me mostraba tiránica y maléfica.

Eso era lo que creía, lo que pensaba hasta aquel entonces; y entonces, ella me preguntó esto:

— ¿¡De verdad, odias a los homosexuales, a Ranavalona!? — Esa pregunta me dejó compuesta, ¿no lo había dejado claro?

— Sí, ¿y qué, dudas de algo? —

— Dudo que esas afirmaciones que haces sean realmente sinceras. — Me quedé boquiabierta, jamás esperaba haber oído eso.

— No te entiendo, explícamelo bien. — Añadí, esperando que lo había escuchado mal.

— Sabes perfectamente que quiero decir. O tal vez me equivoco, algo que puede ser muy probable. En fin, mi teoría es que usted, mi querida reina, se está mintiendo a sí mismo. El odio que presuntamente sientes, es solo una excusa, una tapadera; que pones para evitar lo que sientes de verdad. —

— Antonina, si eso fuera así, ¿¡con qué propósito haría algo así!? ¡¿Qué quiero evitar!? — Sin darme cuenta, me metí en su juego.

— Eso sería digno de estudiarlo, pero lo único que tengo son conjeturas. Si deseas, puedo explicártelos, aunque dudo mucho de que le guste oírlas. —

— Haz lo que quieras, ya llevas un buen rato diciendo burradas. —

— Gracias por haberme concedido este gran honor. No se va a arrepentir, mi querida reina. — De eso no estaba tan segura yo.

— Primero, antes de todo, ¿cómo considera usted la homosexualidad, aquello que tanto odias, suponemos? —

— Pues, es una enfermedad. — Añadí directamente, mostrándome lo más incorrecta posible. Y a ella le pareció muy gracioso mi comentario.

— ¡Si tú hubieras dicho eso en medio de una universidad, rodeada de público; no solo te hubieran llamado de todo, desde retrasada hasta cavernícola; incluso te tirarían piedras! —

Dio una pequeña pausa, para guardar el libro que estaba leyendo.

— Bueno, en mi facultad, en mi época de estudiante; la mayoría de mis profesores de psicología y medicina pensaban eso, salvo uno. Era uno bueno, recuerdo. Decía que la homosexualidad no era una enfermedad, ¿y sabes por qué creía eso? Porque para él era un trastorno de personalidad, y los trastornos de ese tipo no podrían categorizarse como enfermedades mentales. Y si me permite, hablaré de la homosexualidad como si “fuera” un trastorno de personalidad. Estoy suponiendo, nada más; no debes entender como si yo pensará así, yo soy muy progresista y estoy a favor de ese pobre colectivo. — Se notaba a leguas que ella mentía, pero era un chiste tan bueno que me reí. — En términos psiquiátricos, se le conoce como “trastorno egodistónico de la personalidad”, o así se le llamó en el pasado. Tal vez, me lo estoy inventando. No deberíamos fiarnos mucho de mi memoria. En fin, usted, mi querida reina; se estará preguntando qué consiste o cómo funciona tal cosa. —

Le quería decir a gritos que no, que no deseaba que me calentará la cabeza; pero decidí seguir callada y que terminará con su maldita conversación. Si le digo algo, solo le doy más cuerda, disfruta demasiado hablando.

— Trata de que el cuerpo y la personalidad no están en sintonía. Es decir, el cuerpo es de un sexo, pero su inclinación sexual es del opuesto. Por eso, a la heterosexualidad se le considera “personalidad sintónica”, ya que tanto lo uno como lo otro están sintonizados. No parece tan sencillo como lo he descrito, porque este trastorno puede presentarse en diversos grados y que puede aceptarse como tal o rechazarse. Y además, para embarrar aún más la cosa, las palabras “egodistónico” y “egosintónica” también se utilizan para describir la homosexualidad. —

Mi cabeza empezó a dolerme un poco, con tantas palabras y explicación.

— La “homosexualidad egosintónica” es aquella en dónde la persona que lo sufre, acepta su homosexualidad. La “egodistónica” es todo lo contrario, en dónde no acepta su sexualidad o llega al extremo de rechazar su propio cuerpo. ¿A qué te parece esto sumamente interesante, a qué es hermoso? Debería haberlo estudiado antes de que lo hubieran quitado de la lista de enfermedades y trastornos, ¡qué lástima! —

— Gracias, profesora. Es una valiosa lección que jamás olvidaré. — Ironicé, no necesitaba que me explicarán algo que no me importaba.

— Se te olvido preguntar qué tiene todo esto que ver con nuestra humilde conversación. No se preocupe, yo se lo explicaré. Siguiendo usando la homosexualidad como si “fuera” un trastorno de la personalidad, podemos decir que se puede producir durante nuestra etapa de crecimiento, en la niñez y en la adolescencia. Recuerda, son solo suposiciones, nada de esto debe tomarlo como verdaderas afirmaciones. — Ya no podría entender si  lo que ella decía era realmente suposiciones u otra cosa. — En fin, me atrevo a decir que hay ciertas condiciones que pueden ayudar o no florecer este trastorno. Y no sólo Ranavalona, que nunca tuvo una figura paterna; sino también usted, que jamás tuvo un padre que se preocupó por ti. Tampoco se han relacionado con más niños, sobre todo varones, de su edad, y de que…— La interrumpí.

— ¡¿Estás diciendo qué yo…!? — No me lo podría creer. — ¿¡Estás insinuando qué yo…!? — ¿¡Cómo se atrevía a decirme algo así!?

— No se ponga así, mi querida reina. Pero no es tan raro ver romances homosexuales en la corte. Y si lo piensa bien, la persona con quién más intimidado es la misma a quién dices odiar, siempre le ha seguido hasta en los rincones más inhóspitos del Zarato. Una relación que daría muchas sospechas.  —

¡Qué ganas tenía de saltármela al cuelo y ahogarla! Aún así, controlé mi ira e intentaba no ponerme violenta. Aunque mi rostro dejaba claro que estaba realmente muy enfadada, algo que se dio cuenta Antonina enseguida, que añadió burlonamente esto:

— De todos modos, mi querida Zarina, son solo simples suposiciones sin ningún fundamento, no tienes que creer en ellos. Al igual que todo eso que he dicho sobre la homosexualidad, táchalo de una simple loquera de una servidora suya. A los jóvenes de hoy en día no les gustan mucho llamar trastorno a un trastorno, después de todo. —

Y terminó la frase, riendo elegantemente; dejando claro que le encanta decir que era políticamente correcta, mientras suelta lo incorrecto.

— Realmente, tú sabes cómo ponerme de los nervios…— Comenté sinceramente. No esperaba menos de alguien que fue amiga de mi madre.

Ella se rió alegremente, mientras se dirigía hacia la salida de la biblioteca. Y cuando abrió la puerta, añadió un comentario final:

— Y ser homosexual, ¿tiene algo de malo? En cierta manera, sí y no. No, para aquellos que lo aceptan como tal, viven una vida normal y corriente. Pero para los que no se aceptan como tales, sólo les trae muchísimo daño. Espero que ese no sea su caso, mi querida Zarina. —

Y así se fue Antonina Aleksándrovna Freud, cuya fastidiosa conversación sólo provocó que estuviera más alterada de lo que estaba antes. Realmente tenía muchísimas ganas de demostrarle lo contrario, de que ella estaba muy equivocada.

Después de todo, Ranavalona no es nada para mí, realmente yo no tengo ningún sentimiento de cualquier tipo hacia ella. O era lo que intentaba creer.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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