Decimoquinta_historia

Las Montañas del tesoro, decimoquinta historia.

Eran alrededor de las cinco de la tarde, cuando al principio de una larga cuesta se les rompió el coche, y se quedaron parados en mitad de las grandes y heladas montañas de Shelijonia, a más de dos mil metros sobre el nivel de mar. Las temperaturas estaban bajando drásticamente y aquellas tres personas, no sabían qué hacer.

― Ya sé lo dije. ― Le decía uno de ellos a otro. ― ¡Ese coche no podría soportarlo! ―

― ¡No me pude resistir, era el más barato! ― Le replicaba.

Allí estaban, aquellos supuestos exploradores, que fueron en busca de Lafayette. Mao daba vueltas sin parar, realmente enfadado con el coche, diciéndose que tuvo que hacer caso a eso de “que lo barato, a veces, sale caro”. Leonardo por su parte, levantó el capó y miraba, pero como no sabía nada de mecánica, pues no entendía el problema del coche, mientras Josefina no paraba de quejarse.

― ¿Cuándo nos vamos a la aventura? ¡Esperar es muy aburrido! ¡Nadie viene, absolutamente nadie! ¡Olvidémonos de ese piche auto y vámonos de aquí! ― Eso decía Josefina, quién observaba, por cada lado de la carretera, si venía un coche. Ella esperaba al iniciar este viaje, diversión, emoción, grandes aventuras, pero solo estaba encontrado puro aburrimiento.

Mao le replicó que no se hubiera ido con ellos, muy enfadado. Parecía que escupía fuego, ya que no esperaba algo así. El viaje había comenzando muy bien, el coche funcionaba perfectamente hasta que cogieron está carretera y tras subir cientos de cuestas se rompía, mientras observaba aquellos parajes nevados. Empezó a arrepentirse de hacer ese viaje.

― ¿Y ahora qué vamos a hacer, Gerente? ― Eso le preguntó Leonardo a Mao, cuando vio que el sol se estaba escondiendo.

― ¡Eso, me gustaría saber yo! ― Le exclamó Mao, y, en un arrebato de ira, se fue a por el coche, gritándole esto: ― ¿Por qué lo barato no puede tener calidad? ―

Le dio una patada tan fuerte que el embrague se soltó, y para el horror de los presentes, quienes se quedaron pasmados; vieron como éste rodó hacía atrás y cayó un enorme barranco, que lo destrozó al completo. Los primeros segundos, fueron de puro silencio, con ellos boquiabiertos.

― ¡Mierda! ― Mao dio un gritó tan fuerte que, por el eco, se escuchó por todo el valle, al ver lo que había hecho. Por su culpa lo habían perdido todo y tendría que pagar el dinero del coche. Cayó de rodillas y se puso las manos a la cabeza, mientras mencionaba, como si tuviera un trauma, a Buda sin parar. Josefina y Leonardo pudieron reaccionar y empezaron a consolarlo.

― ¡Solo ha sido un accidente! ― Eso le dijo Josefina.

― ¡No sabías que eso iba a pasar! ― Eso le exclamaba por otra parte, Leonardo.

Pero Mao se recuperó rápido, ya que se sentía el líder del grupo y si se rompía en ese momento, iban a estar mucho peor. Así, que se animó y se levantó del suelo, para decirle esto:

― ¡Lo hecho, hecho está, pero no es hora de arrepentirme! ― Al decir eso, Josefina y Leonardo le preguntaron y Mao, consciente de que debían de hacer algo y rápido, porque ya estaba oscureciendo; gritó esto con todo el ánimo.

― ¡Iremos hacía adelante, hasta llegar al próximo pueblo! ― Eso les dijo señalando todo el camino que aún tenían que recorrer. Así que, empezaron a marchar hacia arriba totalmente motivados, pero tal motivación se fue desvaneciendo con el paso de las horas. Primero, llegó la noche; después, el cansancio, el frío y el hambre. Más los aullidos de lobos que le ponían la carne de gallina a Josefina y a Leonardo.

― ¿Cuándo vamos a llegar? ― Le preguntaba Josefina. ― ¿Está cerca, no? ¡Qué yo ya estoy muerta! ― No paraba de quejarse, repitiendo lo mismo una y otra vez. Mao que tenía poco aguante cuando ella se ponía a charlar sin parar, estaba a punto de estallar y se intentaba controlar. Leonardo, por su parte, era bastante estoico y podría soportar eso. Si no hubieran divisado desde la carretera, la presencia de un poblado, las tensiones entre ellos podrían haber explotado de un momento para otro.

― Parecen casas.  ― Decía Mao, mientras los observaba. ― Pero no hay luces en ellas. ― La luz de la luna hacía reflejar lo que parecía ser las formas de casas, asentadas sobre lo alto de una pequeña elevación en la montaña.

― Apenas se distinguen en la penumbra, pero sí, creo que es un pueblo. ― Le dijo, por su parte, Leonardo.

― ¡Por fin, aleluya! ¡Gracias a Dios y a la virgen de Guadalupe! ¡Estamos salvados! ― Y con esto dicho, Josefina salió corriendo a toda velocidad, yendo más veloz que un guepardo. Ignoraba los gritos de Mao y Leonardo, que le decía que se parase, que se iba a matar; mientras estos intentaban perseguirla.

Al fin la alcanzaron, cuando llegaron a las puertas del pueblo, y Mao quiso regañarla pero tenía que descansar de la enorme carrera que hizo, al igual que Leonardo. Josefina le entró el miedo al observar aquel lugar. No parecía que estuviera habitado, porque no había ningún atisbo de luz ni de señales de vida. Por eso, y con el viento helado produciendo ruidos inquietantes que hacía que el lugar tuviera un ambiente, siniestro y aterrador; hacía temblar tanto a Josefina como a Leonardo.

― Parece un pueblo abandonado. ― Decía Mao, quién no se contagió del miedo de los otros dos, y observaba cuidadosamente en busca de alguna señal.

― ¿No deberíamos irnos de aquí? ― Le preguntó una Josefina temblorosa a Mao, mientras le cogía del brazo.

― ¡Por supuesto que no! ¡Podemos refugiarnos en algunas de éstas! ― Eso le respondió Mao, quién se soltó y se introdujo hacía al interior del pueblo, a buscar alguna casa que estuviera bien. Con miedo y temor, Josefina y Leonardo, le siguieron.

Tras cruzar una calle, subiendo una cuesta más, y tras pasar por unas casas media derrumbadas, encontró una que le parecía adecuado, que no tenía la madera tan estropeada como el resto, y que parecía ser en otros tiempos una tienda. Su enorme ventanal, estaba totalmente rota, y apenas había cosas dentro de ahí, solo vacío.

― ¡Tal vez, éste nos sirva! ― Eso dijo Mao, que rápidamente se metió dentro, para saber cómo estaba el interior.

― Gerente, ¿en serio se va a meter dentro? ― Le gritaba Leonardo aterrado. Él le dijo que sí, y que si no querían, que se quedaran ahí. Eso hicieron, después de no poder convencerle de que no entrará. Mao se tomó su tiempo para observa la casa y eso, hizo que tanto la imaginación de Josefina como Leonardo empezaran a volar y se imaginarían cosas horribles.

El canadiense se imaginaba la existencia de algún loco o asesino, allí dentro. Josefina, que había un monstruo o un fantasma. Y con cada minuto que pasaba, más era su preocupación y el miedo de que Mao estuviera muerto y de que ellos serían los siguientes. Giraban la cabeza con cada ruido que escuchaba, por pequeño que sea, y solo contribuían a empeorar sus miedos. Deseaban con todo el corazón, que saliera de una vez pero, entonces, escucharon un grito, que provenía del interior.

― ¡Corred, por Buda! ― Era el grito de Mao, y con solo escucharlo salieron corriendo. No sabía que les estaban persiguiendo pero no querían saberlo, estaban oyendo terribles rugidos que le decían que eso era peligroso. Mao alcanzó a Leonardo, mientras Josefina los dejaba muy atrás.

― ¿Qué ocurre? ― Le gritaba Leonardo.

― Un puto oso nos persigue. ― Le gritó Mao, quién despertó sin querer un oso, que utilizaba aquella casa como lugar para dormir. Entonces, ellos, por el nerviosismo, se chocaron y cayeron al suelo. No le dieron tiempo de levantarse, porque aquella bestia parda ya los había alcanzado.

― ¡Oh, no! ¡Mao, Leonardo! ― Gritó Josefina, cuando paró y se dio cuenta de eso. Mao le gritó que siguiera corriendo, mientras el oso se alzaba ante ellos y lanzó un gran rugido, que presagiaba el terrible destino de sus pobres víctimas. El canadiense, llorando, le pedía misericordia y el chino le decía que lo sentía mucho, que no quería hacerlo; y le suplicaba que le dejaran en paz; pero el oso no era muy piadoso y estaba preparado para atacar. Los dos se abrazaron mutuamente, creyendo que iban a morir y dándose las últimas palabras el uno al otro, mientras Josefa se tapó los ojos para no verlo, y ellos también.

Entonces, el oso soltó otros rugidos pero estos no eran, sino de dolor, porque una flecha se le incrustó en unos de sus ojos. Todos, al abrir los ojos, vieron a la bestia huyendo a toda velocidad. Josefina se dio cuenta de que alguien estaba junto a ella.

Aquella chica llevaba un ushanka de color gris, junto con un enorme abrigo del mismo, mientras su pelo plateado se movía con el viento. Al bajar la ballesta, les gritó esto, a los que salvó:

―  ¿Qué hacen ustedes aquí? ― Eso lo dijo con una mirada, muy seria; y todos, entonces, gritaron su nombre: ― ¿¡Nadezha!? ―

Tras esto, fueron conducidos hacia la cabaña más alejada del pueblo, situada casi en el pico de una pequeña montaña. Y al entrar, Nadezha encendió la chimenea que estaba situada en el salón y que era la única cosa que lo iluminaba. Rápidamente, Josefina se puso cerca del fuego para calentarse, y el resto se sentó en un gran y viejo sofá. Mientras Leonardo se estaba quedando dormido, Mao le estaba contado su historia, obligado.

― Entiendo… ― Le decía Nadezha, tras oírle. ― Ya lo entiendo todo. ― Soltó un suspiro de alivio, Mao al ver eso se extrañó y le preguntó qué quería decir.

― Tendré que contar mi historia. ―

Entonces Nadezha le empezó a contar lo que le pasó. Antes de desaparecer, Lafayette apareció por su casa, tirándole pedradas a su ventana, y le enseñó la parte inferior de una caja de música, obligándole a reconocer que parte de Shelijonia era eso, ya que recordaba que esta era muy buena en geografía. A pesar del rencor que le sentía y las ganas de llamar a la policía, la ayudó. Entonces se dio cuenta que aquel mapa representaba sus propia tierras.

― ¿Tierras, de qué hablas? ― Le preguntaba Mao mientras intentaba luchar por no quedarse dormido, estaba dando bostezos y se limpiaba los ojos con las manos.

― Salvo el pueblo y la carretera, todo esto es mío. Es difícil de imaginar cuál es su extensión, pero me dijeron que era casi cien kilómetros. Lo heredé de un tío mío que fue el dueño de una mina, quién se suicidio hace unos pocos años. ―

Dio un suspiro de tristeza al recordar eso, antes de continuar:

― El pobre, a pesar de ser un buen hombre de negocios, tuvo una vida muy desgraciada. Sus vicios y problemas sentimentales le hundieron totalmente, llegando al punto de arruinarse y tener que cerrar su lugar de trabajo, que llevaba más de treinta años en funcionamiento. Y tras eso, el pueblo, que nació de la nada, con la apertura de ese lugar; desapareció, poco a poco. ―

― ¿Y Lafayette? ― Eso le preguntó groseramente Mao, quién le importaba bien poco esa historia en aquel momento.

― Después de eso, salió corriendo, gritando, indiscretamente, que iba a buscar un tesoro. Pensaba que era una tontería suya. Tiempo después, me dijeron que desapareció y me di cuenta de la estupidez que cometí. ― Eso lo recordó con rabia.

Entonces, escuchó como Mao se quedó dormido, al igual que Leonardo, en el sillón. Le dio cosa despertarlos mientras le decía a Josefina que se fuera a dormir arriba, dónde había camas, y tuvo que prometer estar con ella, porque no quería estar sola. Nadezha se acostó con Josefa, mientras pensaba en aquella mentira que le hizo a su tío para venir aquí sola. Le dijo que iba a estar con amigos en aquella casa, e irónicamente acaba siendo acompañada y respiraba tranquila. Todo el mundo durmió plácidamente durante el resto de la noche.

Nadezha fue la primera en despertar y la que despertó a todos, a continuación. Mientras Mao y Leonardo se quejaban por el dolor de espalda que les dejó el sofá, ella estaba pensando qué iba a hacer.

Fue toda una sorpresa que ellos aparecieran y deseaba que volvieran a Springfield pero sabía que no se iban a ir por las buenas, además de que los necesitaba para mentirle a su tío de que no se fue sola hacia las enormes montañas. El problema es que no quería soportarlos, ni había provisiones para todos. Aún así, tenían que arreglárselas y lo mejor que pensó es que debería contarle su plan y que colaborasen, sí o sí. Y eso les iba a decir, tras reunirse todos, pero entonces Mao le preguntó otra cosa.

― ¿No dijiste que tu terreno tiene más de cien kilómetros cuadrados, o algo así? ¿En serio? ― Eso lo preguntó, Mao, quién aún lo no asimilaba.

― ¿Te lo dije, no? ― Eso le respondió Nadezha, que no entendía la razón de que Mao saltaba con eso, en aquel momento.

― ¿Y no lo utilizas? ¿Un montón de terreno para grandes negocios y no haces nada? ― No se creía que ella tuviera algo así y no lo utilizaba para nada y eso le daba coraje, porque él si lo haría.

― ¿Y para que debería hacerlo? ― Ya le estaba enfadando aquellas palabras, viendo que Mao se estaba metiendo en dónde no le llamaba.

― ¡Por favor, hacer minas a reventar, un coto de caza, una empresa maderera, cosas así, y no lo aprovechas! ― Eso le soltaba Mao.

― ¿Y a ti que te da derecho a opinar sobre eso? ― Nadezha, ya apretaba el puño, porque Mao le estaba calentando la cabeza. No iba a hacer algo así, no solo porque el lugar estaba bien de ese modo, sino por el hecho de que eso sería deshonrar la memoria de su tío fallecido. A continuación, empezaron a insultarse y casi iba a empezar una pelea, con Josefa y Leonardo diciéndoles que se tranquilizaran; sino fuera porque la rusa se controló, ya que eso sería una pérdida de tiempo inútil.

― ¡Escuchad! ― Les decía Nadezha. ― Cómo, se imaginarán…― Entonces, fue interrumpida por Mao, quién dijo esto:

― Tenemos el mismo objetivo. Encontrar a Lafayette y el tesoro. Fácil, la verdad. ― Josefina se sintió idiota en aquel momento, porque nunca había pensando que Mao había venido con esa intención, creía que solo iba a recuperar la caja de música para Alsancia. Aunque Leonardo ya se lo temía.

― ¡Oye, no me interrumpas! ― Le gritó Nadezha, quién ya se estaba hartando de Mao.

― ¡Vale! ― Y éste le respondió de forma burlón, con ganas de seguir interrumpiéndola para fastidiarla un poco, pero se aguantó, porque ahora mismo estaban en un momento muy serio.

― Pues eso. Mi plan es lo siguiente: Lafayette tiene la cajita que le sirve de mapa y lo lógico es seguir el mismo camino. Nosotros no lo tenemos. Sería un problema si no fuera por mi buena memoria, que cogí un papel y lo reproduje todo lo que vi. ― Eso les decía, mientras sacaba de sus bolsillos un papel en el que reproducía un mapa.

― ¡Eres un genio, Nadezha! ― Eso le dijo Josefa con admiración, poniendo algo roja a la rusa, quién le mencionaba que no era para tanto.

― ¡Eso lo haría cualquiera! ― Eso replicó Mao, algo molesto con que Josefina adulaba a Nadezha, y ésta, con ganas de partirle la boca, le dijo de mala manera que se callase.

― Aunque… ― Leonardo miraba detenidamente el mapa. ― No sé entiende muy bien eso. ― Todo eso le parecía un montón de garabatos.

― De todos modos, antes de salir, si existe tal tesoro… ― Añadió Mao.  ― Deberíamos repartirla, entre todos. ― Después de todo, no solo quería recuperar la cajita, sino, también conseguir el tesoro.

Entonces, el grupo se paso un buen rato charlando en cómo repartirse el botín. Nadezha le recriminaba a Mao, preguntándole si solo venía por la cajita o por el tesoro. Josefina, al principio, quería tener algo, pero sintió que eso no estaba bien y decidió que solo quería tener aventuras, aunque, al final, el chino le prometió que le iba a dar el quince por ciento. Leonardo solo deseaba que terminaran ya, porque no creía en tal tesoro. Terminó de esta manera:

― Entonces, yo tendré un treinta por ciento, Josefa un quince y tú el resto. ¿Trato hecho? ― Eso le dijo Mao, quién, sin querer hacerlo, le estaba dando la mano.

Nadezha le estrechó la mano, a pesar de que no lo iba a cumplir, porque ese tesoro, si existía, estaba en su propiedad y tenía que ser todo suyo. Sabía las leyes que le ayudarían a declarar que eso era parte de su patrimonio, pero, por ahora, tenía que seguirles la corriente. El resto del día fue usado para prepararlo todo. La rusa demostró ser muy útil, demasiado para el gusto de Mao, que con sus conocimientos encontraban miles de trucos para sobrevivir en estas terribles montañas. Al día siguiente:

― Pues, bueno, ¿ya estamos listos, no? ― Eso dijo Nadezha tras coger todos las mochilas, y por segunda vez, ya que Josefina le dijo que aún no, que tenía que ir a hacer pipí.

― Yo sí. ― Y eso le dijo Josefa, quién levantó la mano, para expresar que ya estaba lista para caminar.

Entonces Nadezha, les narró cómo iba a ser su viaje. Se los explicó con todos tipos de detalles, pero nadie la entendió y ésta decidió que le siguieran, preguntándole Josefa si tenían que ir por un lado u otro.

Lo primero que hicieron fue bajar por la montaña en dónde estaba el pueblo para llegar a las orillas de un pequeño arroyo, completamente tapado por cientos de árboles. Siguieron su cauce con precaución, ya que las ramas eran molestas y el hielo, ya que estaba casi congelado, les hacía resbalar una y otra vez, o se les rompía metiendo la bota en agua helada. Tuvieron más de un susto por eso.

Tras pasar dos horas y tras andar hacia al noreste para girar luego hacia al sur, llegaron a la desembocadura del arroyo, que vertía sus aguas sobre un río. Según las indicaciones del mapa, empezaron a subir su cauce.

Josefina veía asombrada y con un poquito de miedo, lo altos que eran los barrancos que rodeaban el río, que le parecía dar la impresión que estaba en el fondo de un profundo cañón. Iban con preocupación, ya que estaba casi todo congelado y si pisaban mal, podrían tener problemas. Aparte de eso, no paso gran cosa, solo los quejidos de Josefa estaban hartando al personal.

Luego, llegaron ante una impresionante cascada de gran altura, y, a pesar de esta casi totalmente congelada, dando una hermosa vista; aún caía, aunque poca, agua. Y delante de ella, estaba una casa abandonada y hecha de piedra, con el techo aún intacto. Mientras Nadezha buscaba dónde estaba el camino que les subiría a una ladera de las montañas que le rodeaban, que según las indicación del mapa, debería estar ahí; el resto entró en la casa y salió corriendo como locos cuando vieron a cientos de murciélagos, realmente enormes, durmiendo en él. Al final, la rusa se dio cuenta de que una avalancha de rocas de comió el camino.

Tras almorzar, les explicó al grupo que deberían hacer escalada, ya que tenían las herramientas para hacerlo y encontró un sitio por el cual podrían subir seguros. A pesar del miedo, Josefina accedió a hacerlo, un poco emocionada por el hecho de probarlo; y Leonardo se negó sin parar, era incapaz de subir algo así. Al final, Mao decidió dejarlo inconsciente, para sorpresa de todos y subieron por el gran desnivel. Fue realmente duro, más con el cuerpo inconsciente de de un hombre joven a cuestas.

Desde ahí fue fácil subir a la ladera de una montaña que estaba a la derecha de nuestro grupo. Apenas había árboles, solo nieve; y empezaron a caminar por ese lado. Mientras Nadezha explicaba con dificultad, que deberían a estar casi cerca de los tres mil metros y a diez grados bajo cero o menos; Josefina pensó que era la hora de la diversión e hizo una bola de nieve para tirárselo a la cara de Mao, y lo consiguió. Éste se la respondió y se pusieron a jugar, mientras le decían que no era hora para hacer. Todos esos gritos, tal vez, provocaron una gran avalancha, que casi los mató. Salieron corriendo como locos, y lo esquivaron a tiempo.

Cuando Nadezha divisó, a lo lejos, un collado de montaña, que según el mapa, tenía que atravesarlo, miró su reloj y vio que eran las cuatro y media de la tarde. Tendrían que darse prisa, o si no el sol se escondería. Así que tuvieron que ir más rápidos que antes y entraron ahí.

Al introducirse ahí, aquel collado se convirtió una especie de desfiladero. Mientras lo cruzaban, desde lo alto, cayó una cabra montesa, delante de sus propios ojos. Al comprobar que estaba muerto, Josefina empezó a llorar de la pena que le daba la criatura, mientras Mao le decía que ese animal les podría servir como comida y usar su piel como manta. Eso solo ayudó a que ella se enfadara con él, mientras Leonardo y Nadezha la intentaban consolar, y al final tuvieron que enterrarla por petición de Josefa, tras una pelea entre el chino y la rusa.

Al salir de ahí, vieron antes ellos una especie de meseta, con alguna que otra pequeña colina y un gran claro, rodeado de un frondoso bosque; en cuyo centro se situaba una enorme cruz de madera, media podrida. Eran las cinco y media y todos, al acercarse a eso, se detuvieron, agotados.

― Hemos llegado antes de lo que pensaba. ― Les decía Nadezha, mientras miraba el mapa. ― ¡Habrá que buscar un refugio, que la noche ya está a punto de llegar! ― Miró al cielo mientras pronunciaba esas palabras.

― ¡Gracias, eso lo sabemos! ― Le soltó eso Mao, con un tono bien molesto.

― ¡Estoy tan cansada! ― Eso exclamaba Josefina, mientras se sentaba en la nieve. ― ¡Oh, virgencita, qué pinche frío! ― Se levantó rápidamente, al notar lo gélido que estaba suelo.

― ¡Estoy harta, quiero volver a casa! ¡Esto no es nada aburrido! ― Eso gritó Josefina, cansada y harta, dándole patadas a la nieve de la rabia que tenía.

― ¡Llevas todo el día protestando¡ ¡Cambia ya de tema! ― Le gritó Mao, quién estaba igual de malhumorado que Josefina, y apenas podría aguantar a nadie.

― Eso os pasa por llevarla a este viaje estúpido… ― Protestaba Nadezha, quién no entendía cómo le dejaron a Josefa que fuera con ellos, sobre todo sus padres, mientras observaba su alrededor, en busca de algún refugio. Entonces, vio entre los árboles más próximos, algo que se movía, de un lado para otro, que parecía tener una forma humana. ¿Era una persona? En su mente se le formó una imagen mental, la de Lafayette; y se dio cuenta de que podrían estar en peligro.

― ¿Hay algo? ― Le dijo Mao, cuando la vio observando hacia el bosque.

― Nada. ― Le mintió Nadezha. ― Creo que mañana deberíamos buscar algún rastro de Lafayette, tal vez, esté por aquí. ― Eso les decía, mientras les señalaba algunas huellas y rastros que podrían dejar claro que recientemente una persona estuvo por allí.

Conociendo a Lafayette, o eso creía Nadezha, ella intentaría eliminar a presuntos buscadores de tesoros. Por tanto, aquella chica, debía ser capturada primero, o si no tendrían graves problemas. A Mao eso le pareció un sinsentido y le soltó esto de forma poco agradable.

― ¿Eres estúpida o qué? ¡Vamos a perder mucho tiempo! ¡Lo lógico es ir hacia al tesoro! ― Para Mao, eso era lo más inteligente, porque si la buscaban podrían acabar en otras situaciones, igual de malas o peor que las que habrían sufrido desde que salieron.

― ¡Es Lafayette! ― Le replicaba Nadezha. ― ¡Está ida de la olla y no sabemos lo que puede hacer! ¡Debe estar rondando como un lobo con su territorio, por eso hay que atraparla, antes de que haya desgracias! ― Le estaba gritando.

― ¡Lo más inteligente, repito, es ir hacia al tesoro! ¡La encontraremos ahí, o si no está, la esperaremos! ¡Es lo más lógico! ―

Mao subió el tono aún más, volviendo esto en una pelea verbal, por el momento, demasiado desagradable para Josefa y Leonardo, que querían que parasen.

― ¡No, no y no! ¡Eso sería lo más estúpido que haríamos en estos momentos! ¡Hazme caso, para variar! ― Le gritaba con furia, mientras tanto, al igual que Mao, tenía ganas de romperle la boca. Ya estaban apretando los puños y parecían volcanes a punto de explotar. Josefina y Leonardo, no eran incapaz de moverse hacia ellas, pero sentían que debían detenerlas, que ya estaban a punto de matarse. Entonces, el chino empezó a reír, para decir esto:

― ¡Hacerte caso! ¡Ja! ― Se burlaba de Nadezha. ― ¡Es la cosa más hilarante que he oído en vida! ― Entonces, la rusa explotó y su mente se nubló.

No soportó que se burlara de ella, ni menos cuando sabía que les había guiado hasta aquí. Es más, si no fuera por eso, estarían muertos. Por eso, le entró muchísima rabia al escuchar aquella cosa. Pensaba que ni el más desagradecido podría haber soltado esas palabras. Entonces, salió disparada hacia Mao y le dio un puñetazo en el estomago que lo hizo volar.

― ¡Yo tengo mil veces más experiencia que tú! ¡Mi difunto padre y yo recorrimos estas montañas, codo a codo! ¡Si no fuera por mí, estarían perdidos! ¡Así que, discúlpate, ahora mismo! ― Mao solo contestó con insultos y se lanzó a golpearla hasta la muerte, iniciando así una pelea muy violenta.

― ¡No deberían pelearse! ¡Eso está mal! ― Eso les gritó Josefina, quién les decía eso para que parasen, mientras Leonardo se quedó paralizado, sin poder hacer nada. No hicieron caso, Mao le dio un puñetazo a la cara a Nadezha, y ésta lo bloqueó para darle otro al mismo lugar, siendo esquivada y golpeada en todo su rostro.

― ¡Paren, por favor, el mundo necesita paz! ― Les seguía diciendo, mientras Mao cogió a Nadezha del cuello y la intentaba ahogar, aunque ésta se soltó y lo hizo caer al suelo.

― ¡Solo se están haciendo daño, mucho daño, que no sirve para nada! ― Era la tercera cosa que decía y no hacían caso, mientras Nadezha le hundía la cabeza de Mao en la nieve, diciéndole si estaba deliciosa la nieve.

― ¡Sois idiotas, estúpidas, pendejas! ¡Lo sois por hacer esto! ― Gritó lo más fuerte que pudo, con los ojos a punto de expulsar lágrimas. Ya no lo podría soportar más, aquella aventura se le estaba convirtiendo en una horrible pesadilla. Y al ver que seguían con lo suyo, con Mao intentándole dar una patada a Nadezha como si fuera una pelota, ella explotó.

― ¡Estoy harta! ― Gritaba desconsoladamente. ― ¡Esto no es una aventura, ni nada parecido, es una completa mierda! ¡Mierda! ¡Qué se vayan al carajo el tesoro y la Lafayette! ― Al decir esto, rompió en sollozos y empezó a llorar como nunca.

Estos dos se detuvieron, mientras Nadezha estaba encima de Mao, para ahogarle; y miraron a Josefina. Se sintieron muy mal por hacerla llorar y empezaron a separarse, la una de la otra poco a poco sintiéndose muy arrepentidas de hacer eso. Se quedaron con la cabeza agachada durante un buen rato, mientras Leonardo intentaba tranquilizar a Josefa, sin éxito alguno. Y todo esto con el cielo llenándose de nubes negras.

― ¡Perdón, Josefina! ― Eso le dijo Mao, tras un buen rato. Se sintió muy idiota y arrepentido de haberla traído. No debería haber sucumbido a sus deseos, porque, al final, nada de lo que ocurría era agradable para Josefa.

― ¿Por cierto, Nadezha? Me puedes hacer un favor. ― Le dijo Mao, mientras empezó a alejarse del grupo.

― ¿Qué quieres? ― Eso le preguntó, mientras se daba cuenta de que una tormenta de nieve iba a aparecer en cuestión de segundos.

― Devuélvala a Springfield. ―Y con esto dicho, salió corriendo hacia adelante, mientras caían los primeros copos de nieves.

― ¿Pero qué estás haciendo, idiota? ― Le gritó Nadezha, quién no sé podría creer lo que estaba haciendo. ― Estamos ante una tormenta de nieve. ¡Lo más idiota es separarnos! ― Le gritaba, pero éste se perdía entre la penumbra.

― ¡Gerente! ― Le gritó Leonardo, mientras salió corriendo hacia Mao.

― ¡Detente, amigo! ¡No es momento para eso! ― Pero fue detenido por Nadezha, que le cortó con su brazo el paso.

― Ni siquiera tienes el mapa, ¡va a morir! ― Eso añadió a continuación, al ver que Mao había cometido la mayor estupidez del mundo.

― En verdad, él hizo una copia de tu mapa, cuando no veías. ― Eso le soltó Leonardo, haciendo que ésta se enfureciera con Mao y empezará a gritar que se muriese, que ya había provocado muchos problemas, mientras la tormenta se volvía peor.

― ¿Y ahora que haremos? ― Eso le preguntó Leonardo a Nadezha, mientras soportaban unos gélidos vientos que le hacían imposible mantenerse en pie y que apenas le ayudaban a ver algo.

― ¡Hay que buscar un refugio, y ahora! ― Le respondía eso, mientras intentaba dar un paso. ― ¡Vamos, Leonardo, Josefina! ― Entonces, se dieron cuenta de que Josefa no estaba ahí, cuando vieron que no le contestaron y observaron que no estaba a su lado.

― ¿No me digas que…? ― No quería creerlo. ― ¡Oh, por el amor de dios!  ― Era lo peor que había sucedido. ― ¡Josefina, Josefina! ¿Dónde estás? ― Gritaba Nadezha sin parar su nombre, sin éxito. En otra parte, no muy lejos de ahí, una chica gritaba, con todas sus fuerzas:

― ¡Mao! ¡Mao, vuelve, por favor! ― Josefina, le buscaba desesperada, mientras andaba sin rumbo, ante una gran tormenta de nieve.

Cuando se cansó de parar, vio que ni Nadezha ni que Leonardo, estaban a su lado. Estaba cansada, tanto para andar como para gritar, pero aún así seguía adelante. Miraba por todos lados pero solo veía oscuridad y se sentía como la protagonista de un cuento, el de las cerillas, quién también soportaba un frío invernal, aunque ella no tenía nada para encender. Solo notaba un fuerte viento que la empujaba hacia atrás y le llenaba de nieve.

Llegó un momento en que se sentía tan cansada que quería acostarse sobre el manto blanco y dormir, pero sabía, por los documentales, que si lo hacía, se moría. Por eso se daba guantazos, cada vez que pensaba en eso. Aún le quedaba mucho por vivir e iba a aguantar hasta el último segundo, antes de rendirse y perder aquella vida tan bonita que tenía. Al final, se detuvo y se quedó quieta, estaba descansando, ya no podría más. Y mientras tanto, algo, cuya presencia no se daba cuenta ella, le estaba acechando. Se puso detrás suya y entonces, con sus manos la agarró, una de ellas le tapó la boca; y se la empezó a llevar, hacia un lugar desconocido.

Al poco tiempo, aquella tormenta, que parecía que había durado horas, cesó y las nubes mostraron la imagen de la luna, en todo su esplendor.

Cuando Leonardo y Nadezha despertaron, tras refugiarse de la terrible tormenta, en una gruta cercana; eran las nueve de la mañana, según el reloj de la rusa.

― Espero que ellas estén bien. ― Eso decía, Leonardo, mientras salía y contemplaba el paisaje. Estaba realmente preocupado.

― Tu jefa lo estará. ― Le decía Nadezha. ― Lo importante ahora, es buscar a Josefina, cuantos antes. ― Rezaba para que ella se encontrará sana y salva, intentando alejar el terrible temor de que hubiera muerto. Algo parecido con Mao, aunque la rabia no le dejaba reconocer que estaba preocupada por él, también. Y rápidamente salieron corriendo en buscar de la mexicana.

Mientras tanto, unos kilómetros más lejos, Mao, agotado, llegó a las orillas de un lago, rodeado de bosque. Miraba una y otra el mapa hasta que se dio cuenta de algo:

― ¡¿Cómo he terminado aquí!? ― Gritaba sin parar, hasta quedarse afónico, asustando a los pájaros. Sabía que había ido por un camino equivocado y acabó en otro sitio, que parecía que ni se figuraba en el mapa.

Y en otra parte, una chica abría sus ojos, poco a poco, y cuando los tenía totalmente abiertos, vio que había acabó en una cueva. Se preguntaba dónde estaba, mientras observaba lo grande que era y veía, gracias a la luz de una fogata, unos cuantos dibujos, de animales extraños, que parecían ser obra de gente prehistórica.

― Es como las pinturas de los primeros hombres, después de dejar de ser monos. ― Eso decía Josefina, intrigada, y recordando las cosas que escuchó en la televisión y en la escuela sobre eso. Entonces, su imaginación voló y llegó a una conclusión ridícula.

― ¡¡He viajado en el tiempo!! ― Eso gritó, conmocionada.

Se montó su propia película. Acabó en la prehistoria, en un lugar habitado por mamuts y dinosaurios, y por trogloditas que le salvaron la vida. Se puso muy eufórica, porque iba a ver cosas que nadie de su época jamás podría ver.

Luego vino la duda, preguntándose qué podría hacer, cómo volver a casa. Al pensar en la posibilidad de que jamás volvería, se puso muy triste. No sabía si aquellos hombres eran buenos o malos y no deseaba vivir una vida dura y difícil, y acabar siendo una merienda para un tigre dientes de sable. De ahí, se puso a llorar diciendo que quería volver a casa. Entonces, alguien entró en la caverna, para decirle esto:

― ¡Deja de llorar, no ves que estás les haciendo daño a mis pobres oídos! ― Eso le gritó mientras entraba.

― ¡El troglodita sabe mi idioma! ― Eso dijo realmente sorprendida, Josefina pensó que era unos de los hombres de cavernas y se puso a temblar, porque creía que le iban a hacer algo.

― ¡Otra vez que me llames así y te hago cebo para osos! ― Eso le gritó mientras se acercaba a Josefa, quién dio unos cuantos pasos hacia atrás hasta chocar contra la pared rocosa, bastante asustada. Aquella persona que llevaba un enorme abrigo de color blanco se quitó su capucha y reveló su verdadera identidad. Josefina, que ya estaba asustada, al ver que era la mismísima Lafayette, con su típica mirada de psicópata; dio unos cuantos gritos de sustos, antes de decirle esto:

― ¡¿T-tú también h-has…― Josefina estaba temblando como un flan.  ―…has terminado en la prehistoria!? ―

Lafayette miró a una Josefina a punto de llorar, incapaz de asimilar que había terminado en la prehistoria con la peor persona del planeta. Ésta se  quedó con la boca abierta, preguntándose qué chorrada estaba diciendo.

Entonces, ella le dijo muy convencida que habían viajado en el tiempo y Lafayette quiso burlarse, diciéndole si se había tragado una seta venenosa o era idiota; pero decidió explicarle que todo eso eran estupideces, y estaban en la era moderna. Al final, le costó mucho y solo consiguió ponerse de muy mal humor y tener un fuerte dolor de cabeza, mientras Josefina suspiraba de alivio.

― Entonces, eso quiere… ― Decía Josefina, recordando lo que le pasó anoche y le pareció increíble. ― ¿Tú me salvaste? ― Jamás de los jamases se podría creer que Lafayette la salvase de la tormenta. Tal vez, había aún rostros de bondad en ella. Ésta rápidamente se puso algo roja por un momento, y le soltó esto, dejándole claro que no era eso:

― ¡Te he secuestrado, idiota! ¡Eres mi rehén! ― Al decir eso, sacó unas cuerdas de su bolsillo e hizo arrepentir a Josefa de haber pronunciados esas palabras, amarrándola y haciéndola callar con amenazas. Después, salió con ella de la cueva, dónde les estaba esperando un búfalo. Josefina, quería saber de dónde sacó ella ese animal enorme y que daba un poco de miedo, pero no se atrevía a preguntárselo. Mientras tanto, Lafayette la hizo subir en esa criatura y, sorprendiendo a la mexicana, lo hizo andar, demostrando lo manso que era. Desde eso, pasaron horas, que parecían tan largos como días, y del total aburrimiento, el rehén no pudo mantener la boca cerrada, ya que la peste que producía el animal apenas le ayudaba a dormir.

― Oye, Lafayette… ― Eso le soltó, tras llenarse de valentía, y con un poco de miedo.

― Si es una tontería tuya, mejor, guárdatelo. ― Eso le soltó Lafayette de una manera muy grosera.

― Pues verás… ― Intentaba decir lo mejor que podría, para no enfadarla. ― ¿Qué vas a hacer si encuentras el tesoro? ― Lafayette la miró con mala cara y le dijo esto:

― Me iré bien lejos de aquí y rehacer mi vida, desde cero, olvidando mi pasado… ― Entonces Lafayette, soltó un fuerte “¡ou!”, como si fuera el padre de la famosa familia de los Simpson, al darse cuenta que se lo dijo, cuando su intención era lo contrario. ― ¿Por qué debería decírtelo? ― Gritaba furiosamente a Josefina, quién le soltaba esto, mientras cerraba los ojos del miedo:

― ¡Pero lo has dicho! ― Eso le dijo.

― ¡Gracias, capitán obvio! ― Y eso le soltó, con una ironía ácida, a Josefa, quién le intentó decir que debería decir capitana, pero no pudo, porque Lafayette le saltó como si fuera una leona.

― ¡Silencio, niña! ― Le gritaba fuertemente, y tan cerca de su cara, que le llegaban a Josefina, alguna que otra gota de saliva. Luego, dijo esto: ― De todos modos, ya que se me he escapado, te lo diré. ― Se quedó en silencio, unos segundos.

― Estoy harta de mi vida, de todos los que conozco, de la puta Shelijonia y los Estados Unidos. Estoy harta de verte a ti, a Mao, y a todos vuestras amiguitas, de mi misma, Marie Luise Lafayette, de los pro-rusos, pro-useños, independistas o lo que sean. ¡Quiero una nueva vida, en un lugar bien lejano, como Seychelles, bien alejado de América! Pero, para eso, tengo que tener mucho dinero, y ni robando poco a poco se puede. Si consigo ese maldito tesoro, me haré rica y desaparece de aquí. Si la china o la rusa intentan quitármelo, les mataré, juro que lo haré, y a ti, también. ― Lo soltaba con una rabia, que parecía haber sido acumulada por años. ― Y si lo piensan bien, lo mejor para todos es que yo tenga el tesoro. Así desparece de vuestras vidas, porque ustedes no me soportan. ¡Ni yo, a ustedes! ¡Lo ves, así ganamos todos! ―

Josefina se quedó callada, ya que no sabía que decir, al escuchar eso. Pensaba en cambiar de tema, por ejemplo, cómo consiguió el búfalo que la estaba llevando, pero no se atrevía. Lafayette, al ver, un poco decepcionada, que tras su impresionante discurso solo hubiera silencio; se alegró de que se quedara así, y siguieron su camino, mientras el animal rugía. Sacó de la maleta que tenía, la cajita y la observó por dentro para mirar su tesoro. Y mientras Josefa se entristecía por la canción triste que salía de ahí; su secuestradora miraba por todos lados, para terminar diciendo esto:

― ¡Estamos cerca, del tesoro! ― Gritaba alegremente, y a ojos de Josefina, como si fuera una loca. ― ¡Mi tesoro! ¡Oh, mi tesoro! ― Y desde ahí, salió corriendo como loca, siendo seguida, con gran tranquilidad, por el búfalo. Aunque el animal la alcanzó, cuando ésta se detuvo en medio de un paso de montaña.

Para llegar hasta ahí, tuvieron que subir por una especie de camino de montaña, que se alzaba, ante grandes barrancos, con apenas algún árbol; para, al final, terminar en ese paso de montaña, que les llevaban ante un glaciar, y al otro lado de éste, una gruta, que Lafayette divisó, desde ahí, y no se lo podría creer. Después de tantos días de puro sufrimiento en las montañas, había encontrado su recompensa. Al asimilarlo, salió corriendo y gritando de una forma muy demente. El búfalo siguió andando sin prisa alguna.

― ¡Lafayette está ida de la cabeza! ― Eso decía Josefina, al verla así.

Tras cruzarlo, subió por la suave pendiente que le conducía a la gruta y se paró, para mirar la cajita de nuevo, y ver si era el lugar correcto. Cuando pudo comprobarlo y se iba a introducirse ahí, escuchó, entonces, la voz de una conocida.

― ¡Cuánto tiempo sin vernos! ― Esa las palabras de Mao, que apareció de repente. Josefina gritó su nombre, mientras el búfalo, cruzaba el glaciar a su ritmo, y Lafayette se quedó parada, para decirle esta amenaza:

― ¡Si te mueves unos centímetros más a mi tesoro, juró que te mataré! ― Eso le soltó, pero Mao ni se inmutó.

― Pues malas noticias, eso no será tuyo. ― Y eso le soltó Mao.

― ¡Ni tuyo, Mao! ― Entonces, más personas aparecieron de la nada, y esas palabras eran de Nadezha, quién estaba con Leonardo. Josefina gritó sus nombres y el canadiense se acercó al búfalo, para soltar a Josefa, mientras la rusa se iba con los demás.

― ¿Qué quieres decir? ― Le gritó Mao.

― El tesoro no será ni tuvo ni de Lafayette. ― Eso le dijo secamente.

― ¡Me has traicionado! ― Mao se sintió idiota, por haberse dejado engañar fácilmente por ella.

― Tuve que mentir. Es de mi propiedad y no debe salir de aquí. ― Se puso en posición de ataque. ― ¡Usaré la violencia si es necesario! ― Les gritó como nunca, para decirles lo seria que estaba. Mao también se preparó.

― ¡Nadie tocará mi tesoro! ¡¿Entienden!? ¡Seré tan violenta con vosotras, que os volveréis polvo! ― Eso les gritó como demente Lafayette, mientras se preparaba a atacar.

Entonces, Nadezha sacó la ballesta de su mochila y Mao unas piedras enormes que podrían romper la cara de alguien, dejando claro que Lafayette no tenía armas, y ésta les gritaba que eran unas tramposas. La rusa no quería usarlo, solo era para intimidarlas, pero no dio resultado. Entonces, los tres, empezaron a andar en círculo, detrás de cada uno, y mirándose fijamente a los ojos, esperando que alguien atacará. Mientras tanto, Josefina le metía prisa a Leonardo para que le soltara las cuerdas, ya que su cuchillo era muy malo y no cortaba nada.

― ¡Vamos, Leonardo! ¡Qué se van a matar! ― Eso le gritaba Josefina, quién quería desear evitar una tragedia.

― ¡Lo siento, no tengo nada mejor! ― Le decía Leonardo, quién intentaba ir lo más rápido posible.

Entonces, Josefa, viendo que la locura iba a punto de llegar, intentó bajar del búfalo, ya que por lo menos tenía las piernas liberadas; y cayó a la nieve, dando sin querer una patada a Leonardo en toda la cara. Se levantó como pudo y se dirigió hacia la cueva, atravesando a aquellas personas que se iban a matar. Su idea para detener la pelea, no era ponerse en medio de ellos, sino en introducirse en el lugar del tesoro, así se detendrían para ir hacia ella. Eso fue lo que ocurrió.

― ¡Tú, perra, ni te acerques a eso! ― Le gritó Lafayette, cuando se dio cuenta, y que se fue directa a ella para matarla. Entonces, dejando sus diferencias, Mao y Nadezha decidieron atraparla con sus manos, para que no le hiciera daño.

― ¡Ni se te ocurra a ti a acercarte a Josefina! ― Eso le gritaron al unísono, mientras se echaban encima de ella y la detenían.

Mientras ésta gritaba como loca, intentando liberarse de sus captoras, Leonardo sacó una lámpara de petróleo de la mochila de Nadezha para buscar a Josefina.

― ¡Ay, qué daño! ― Eso protestaba Josefina. Al entrar ahí, todo estaba muy oscuro y apenas veía nada. Aún así, siguió corriendo hasta que chocó contra algo, que era una simple pared rocosa y casi se rompió la nariz, cayendo en el suelo. Al darse cuenta de lo oscuro que estaba el lugar, le entró miedo, pero los gritos de Leonardo la hicieron mirar hacia atrás y vio la luz del sol y a éste entrando, tranquilándola un poco. Al llegar ante ella, le dijo algo pero éste no le contestó, porque se quedó mirando algo, que le parecía horrible.

― ¿Qué te pasa? ― Le preguntó Josefa preocupada, al ver su rostro lleno de terror y asco. Éste empezó a andar poquito a poco hacia al interior.

― Josefina, no deberías ver esto… ― Le decía Leonardo, pero ésta hizo lo contrario, y gritó de horror. Mao y Nadezha, al oírlo, salieron corriendo y Lafayette las siguió, amenazándolas.

Al llegar, vieron una escena algo horrible, cientos de esqueletos, que parecían que eran de niños, con sus ropas, aún intactas; estaban rodeando un enorme baúl de madera y podrido. Eso más cientos de cuchillos, de todos los tamaños; hachas y demás herramientas, e incluso cosas de hierro, nunca vistos, que parecían más objetos para torturar; estaban dispersados por todo el lugar. Todos se quedaron callados, mientras Lafayette se acercaba a su recompensa.

― ¡Esto es para intimidar, joder! ― Les decía, haciendo ver que aquella extraña y perturbarte escena no la dejaba en shock, como a los demás. Entonces abrió el baúl, y dentro de éste, estaba otro de madera más pequeño. Al hacer eso de nuevo, había uno más de hierro. Eso le estaba enfadando a Lafayette.

― ¡Me están tomando el pelo! ― Gritaba de rabia, mientras abría el cofre de hierro, y vio a otro de plástico. Con mal genio, abrió el otro, y encontró un cuaderno. Empezó a dar puros chillidos y deseaba romperlo, pero se tranquilizó y lo observó detenidamente. Solo había una larga nota, en ruso.

― ¡Traduce esto! ― Le entregaba eso a Nadezha, que, como a los demás, se estaba recuperando del shock; por si decía el paradero del tesoro.

― ¡Qué poca educación! ― Eso le decía, mientras se ponía a leer; y con los demás, dando vueltas por el lugar, incapaces de asimilar lo que estaban observando. Esperaba que eso les explicara lo que había ocurrido ahí, y así fue, pero eso le dejó tan trastornada que deseaba no haberlo sabido. No se lo podría creer, era tan horrible que se pellizco en la cara para ver si era un sueño.

― ¡Dilo ya! ― Le gritaba Lafayette, impaciente.

― ¿De verdad, quieres escucharlo? ¿En serio? ― Le decía eso a Lafayette y ella le decía, como loca, que sí. Entonces, Nadezha añadió, para avisarles lo que iba a leer. ― No será bonito. ―

Querido buscador de tesoros

Lo primero que diré es que no estoy arrepentido por lo que hecho, para nada. Lo segundo, es darle la enhorabuena por encontrar mi tesoro, mis pequeños tesoros.

¿Habrá oído usted de la pequeña oleada de desapariciones que hubo en mi pequeño pueblo, no? Qué pena, porque ni en las noticias locales ha salido. Pues bueno, lo que ven ustedes, son todos los niños que he secuestrado, violado, torturado y asesinado. Seis o siete, algo así. Ha sido muy difícil conseguirlos uno a uno, y trasladarlos hasta aquí, pero la torpeza de la policía y el placer que me producían me han ayudado mucho. Aunque, tengo que reconocer que tenía un vacio, nadie hablaba de mí, de un monstruo que atrapaba y los devoraba con mucho placer. Quería ser reconocido, ser tan famoso como Jack el destripador. Por eso prepare, este juego.

Y se preguntarán: ¿Por qué, en vez de hacer toda esta farsa del tesoro, hubiera ido a la policía, a confesar sus crímenes y hacerme así, famoso? No soy tan estúpido, para terminar en la cárcel, pero si para hacer este juego. Se los contaré, cree un mapa del tesoro en una buena tela y la puse dentro de mi cajita de música, en la parte inferior de la tapa. Les mentí, todos esos cientos de rublos no existían, pero eso ya lo sabrán. La vendí al mejor postor, para que algún idiota lo descubriera y saliese en busca de aventuras.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que lo escribí, allá en el agosto de 1997, pero espero que hayan pasado décadas, incluso siglos, cuando esté muerto. ¡Imaginanse, un asesino en serie ha quedado impune en sus fechorías! ¡La policía estará muy humillada! ¡Miles de programas hablarán de mí durante meses y libros de psicología me usarán como ejemplo! ¡Y todo, gracias a usted, por buscar este tesoro! ¡Muchas gracias!

Atentamente,                                                                                                                                                        Will, el asaltacunas. (Mejor que mi nombre original)

Todos, al oírlo, tuvieron un shock peor que el anterior, estaban traumados y el silencio era lo único que gobernaba la cueva. Parecía un chiste cruel y malo, y solo Nadezha dijo algo en voz bajo:

― Incluso hubiera preferido que el tesoro fuera la aventura… ― Eso decía, mientras le entraban ganas de vomitar.

― ¿Es, en serio? ― Le preguntaba Lafayette, trastornada, y ésta le respondía, que parecía que sí, antes de ponerse a vomitar.

Leonardo se puso las manos en la cabeza, diciéndose que esto tendría que ser una mentira, una horrible; Mao, con una gran pena, les decía a los muertos que lo sentía mucho. Josefina no lo pudo soportar y se desmayó, y cuando lo hizo, todos fueron a ayudarlas, menos Lafayette, que salía a toda velocidad de la cueva. Al hacerlo, miró al cielo, respiró e inspiró varias veces, para soltar el grito más grande de su vida.

― ¡No quería esto, subnormal! ¡Quería mi dinero! ¡Puto demente! ¡Mi dinero! ―

Eran las dos de la tarde, en las gélidas y hermosas montañas de Shelijonia, a pocos días de Nochevieja, y un gran grito, lleno de decepción y de rabia, se escuchó y se replicó como eco en todo el lugar.

FIN

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Decimoquinta_historia

Prólogo de las Montañas del tesoro, decimoquinta historia.

En un día lluvioso de Noviembre, Alsancia-Lorena recibió un regalo, por un familiar suyo que hace poco los visitó, desde Italia. Fue despertaba de mala gana por su madre, quién le decía que había un paquete de correo expresamente para ella. Cuando lo abrió, vio que era una caja de música.

― E-es… ¿u-un recuerdo d-de S-shelijo-nia…? ― Eso intentaba decir extrañaba, al ver que su familiar le dejo una pequeña nota, diciendo que era un recuerdo de su último viaje, que era su visita a ella y a sus padres.

Observó primero el exterior de la cajita, vio que todo estaba pintando por imágenes de escenas que recordaban al Viejo Oeste. Blancos luchando contra indios, un oso siendo capturado, hombres ancianos preparando algún tipo de bebida alcohólica. Lo puso en su mesita de noche, con mucho cuidado y empezó a preguntarse si funcionaba o no. No quería tocarlo porque pensaba que podría romperlo pero, al final, su curiosidad superó eso y levantó la tapa. Y mientras soñaba una triste y melancólica melodía, ella observó que en la parte inferior de la tapa había algo muy raro.

― ¿U-un ma-ma-mapa? ― Eso dijo Alsancia cuando llevó un buen rato observándolo, y parecía que era algo así, con sus símbolos y sus itinerantes. Intentó preguntárselo a su madre, quién estaba ese día de muy mal humor; pero provocó una serie de enredos que el narrador no desea contar. Tras eso, rápidamente se olvidó de la existencia de aquella cajita hasta llegar el mes de diciembre, en la primera madrugada.

Se despertó, en mitad de la noche, muy alterada. Estaba sudada y su corazón estaba a mil, todo por culpa de unas terribles pesadillas. A continuación le entraron ganas de ir al servicio. Fue tan repentino y tan urgente que ella salió corriendo de su cuarto, sin encender las luces.

A pesar de las prisas, perdió mucho tiempo debido a que chocaba con todo tipo de cosas. Al final, pudo llegar, y al buscar el interruptor de la luz del baño con desesperación, tiró algo de cristal al suelo, rompiéndose éste en mil pedazos. El ruido fue tan fuerte que despertó a todos.

Esa cosa que tiró fue una colonia muy cara, procedente de Venecia, y muy querida por su madre, que decía que detrás de eso tenía una historia. Para su sorpresa, que pensaba que la iba a matar por haber hecho eso, le perdonó.

Al final, se sintió tan culpable por eso, que hasta tenía pesadillas con esos momentos. Estaba muy triste, porque había destrozado algo que su madre apreciaba, que a pesar de las múltiples peleas que tenían la quería. Aunque, en realidad, ésta no le dio ninguna importancia aquella cosa que rompió Alsancia. Decidió, entonces, reparar su error y regalarle la colonia que había roto. Pero había un problema: ¿Cómo podría conseguir el dinero? No podría trabajar, debido a su horrible salud, y quería evitar a toda costa, pedirle dinero a alguien. Luego, encontró la solución perfecta para ella, vender una de sus cosas y recordó en aquel momento que tenía aquella cajita de música. Lo siguiente, fue ir a la tienda de Mao para pedirle un gran favor.

― ¡Ya veo! ― Eso decía Mao, mientras leía lo que le ocurrió a Alsancia, a través de una pequeña nota que ella escribió, porque era incapaz de contárselo por palabras. Estaban en su salón, los dos sentados en la mesa.

― ¡Lo haré encantado, no te preocupes! ― Eso decía, intentando dar confianza. ― ¡Además de que se venderán rápido, en Shelijonia, la gente adora estas cosas! ― Observaba la cajita, viendo que esos dibujos, que databan de la época colonial rusa de la isla, la harían muy codiciada.

― ¡G-gracias! ― Eso le exclamó Alsancia, cabizbaja y en voz baja.

― ¡Eres una buena chica! ― Eso añadió Mao a continuación, quién le tocó la cabeza y Alsancia se puso más roja de la estaba, intentándole decir que no lo era, en absoluto, pero no le salían las palabras.

Entonces, Mao le dio unos setecientos dólares a Alsancia por la caja de música y cerró el trato, tras pedirle a Clementina que les trajeran unas mandarinas. A la hora siguiente, tras llevar a Alsancia a su casa, puso en venta aquella cosa por mil dólares.

Hasta el diez de ese mes estuvo en las estanterías, cuando a las cuatro de la tarde, entró una visita inesperada, que lo hizo de una manera muy bruta, mientras Leonardo se quejaba del frío que hacía en la tienda.

― ¡¡Bienvenido…!! ― Eso le dijo al nuevo cliente, que iba como un esquimal, y cuando se quitó la capucha, gritó de horror y sorpresa al ver que era Lafayette. ― ¡¡Q-qué sorpresa, verte por aquí!! ― Estaba muy nervioso. Ella le miró de una forma aterradora, cuando escuchó esas palabras.

― ¿¡Pensaba que no ibas a verme!? Por desgracia, para ti, he vuelto, y para mí, que no deseaba volver por aquí. ― Eso le decía de muy mala gana, mientras ella miraba las estanterías. Leonardo quería preguntarle por qué había venido a la tienda si no quería pero no se atrevió, mientras Lafayette, insultaba, uno por uno, cada artículo del lugar.

― Y yo que pensaba que te hubieran metido en un reformatorio. ¡¡La justicia es un asco!! ― Esas palabras eran de Mao, quién salió hacia su tienda para que pasaba y vio a la misma Lafayette, a quién creía que le cayó una buena por lo que lió en Octubre, en el día de Shelijonia.

― ¡Pues la historia ha sido muy distinta! ¡¿Qué te crees, qué me iban a meter en tal lugar, solo por soltar aquel discurso lleno de odio!? ― Eso le soltaba Lafayette, mostrándose desafiante hacia Mao, y ocultándole el hecho de que si no fuera por su abuelo, ella perdería el juicio y le hubieran mandado ahí. Ni aún así, estaba a salvo, ya que tenía que usar un gran abrigo gris, que le llegaba a las rodillas, con capucha incluida; para que nadie la viera y no le dieran una paliza.

― No te pongas muy chula, por favor, o si no vuelves a pasar por aquí. ― Eso le dijo Mao, harto de escucharla. ― ¿Qué haces aquí? ―

― Soy tu cliente, y te quiero comprar algo. ― Lo soltó con todo el desprecio del mundo.

― ¿Y por qué, de repente, vienes a mi tienda, para comprar? ― Mao quería entender su repentina aparición, pero ella lo desvió, insultándolo.

― ¿Por qué eres puta y tu coño lo disfruta? ― Le insultó, y en vez de replicas, vio que se puso a reír, ya que a Mao eso le pareció cómico, porque era realmente un hombre, no una mujer; y por tanto no tenía vagina.

― ¿De qué ríes? ― Le extrañó mucho ese comportamiento. ― No importa, ¡te compró esa mierda! ― Mejor pasó de eso y le señaló la caja de música, además de otras cosas más para comprar. Mao, se quedó pasmado, aún más de lo que estaba.

― Son cinco mil trescientos cinco dólares. ― Le dijo eso, cuando Lafayette le preguntó cuánto costaba todo eso. ― ¿De verdad tienes todo el dinero? ― Y ella sacó un montón de dólares, tantos, que Mao empezó a sospechar.

― Dámelos, por favor. ― Lafayette se lo dio, y empezó a contarlos y a mirar, fijamente, por si eran dólares falsos.

― Todo en orden. ― Eso le dijo Mao, al comprobarlo.

― ¿Qué esperabas, qué fueran falsas? ― Eso le preguntó Lafayette, con mucho desagrado, a Mao.

― Algo así. ― Eso le contestó, intentando pensar de dónde los sacó. Lo que no sabía es que Lafayette, encolerizada por culpa de su madre, decidió robarle todas sus tarjetas de créditos y sacarle todo el dinero que ella guardaba y gastarlos en mil y unas tonterías. Y tras coger varias bolsas de basura, ya que Mao no tenía de otro tipo, para meter los artículos que se llevaba; se fue de la tienda, provocando un gran alivio en el lugar. Al día siguiente, recibió a una Alsancia muy avergonzada, quién le explicó, a través de una nota, que quería que le devolviese la caja de música.

― ¡P-perdón! ― Le decía titubeando Alsancia, cuando vio que Mao leyó la nota.

El día anterior, su madre le preguntó por la caja que vendió hace días, y cuando se enteró lo que había hecho, se puso como una furia.

― ¡Esa cajita era para unos tíos de Sicilia, no para ti, y va y lo vendes, serás idiota! ― Eso le gritaba su madre.

Entonces, Alsancia entendió porque le mandaron esa caja de música: Se equivocaron de dirección y la mandaron a ella, aquel recuerdo que había comprado su familiar en Shelijonia.

Y asolada, volvió a la casa de Mao para enredar su error, deseando no pedirlo, porque le daba cosa hacer eso después de ponerlo a la venta.

― Pues verás… ― Mao no quería decírselo. ― En verdad, ayer se ha vendido. ― Pero, al final, lo soltó.

Y si estaba muy triste, odiándose a sí misma por vender la caja de música; se puso peor cuando oyó que estaba vendido. Se decía a sí misma que era la chica más idiota del mundo, mientras intentaba evitar llorar delante de Mao y los demás. Y él, para consolarla, le mencionaba que la culpa era el de su familiar por equivocarse de dirección, que ella no tenía nada que ver, que hizo lo mejor que pudo. Todo fue en vano. Al final, Alsancia salió, sin ánimos de la casa, incapaz de decirle a su madre que fue vendido.

― ¡Ah, pobrecita, debe ser muy duro para ella! ― Eso le decía Clementina a Mao, al irse Alsancia. Sentía mucha pena por ella.

― ¡No puedo soportarlo! ― Eso exclamó Mao.

― ¡¿Eh!? ― Clemetina no entendió que quería decir.

― ¡Voy a recuperar esa caja de música, aunque me cueste la vida! ― No podría dejar las cosas así, dejar a Alsancia. Era demasiado para Mao verla en ese estado y entonces le gritó al techo y alzó la mano lo más arriba posible, jurando eso. Se le veía fuegos en los ojos. A ojos de Clementina, la pose que puso le pareció bastante guay, e incluso aplaudió.

― ¿Por qué aplaudes? ― Eso le dijo Mao, extrañado por verla aplaudir.

Por eso, al día siguiente, decidió ir la casa en dónde vivía Lafayette, aunque, antes de hacerlo, llamó sus contactos que tenía en la policía para saberlo. Al salir de su casa, se encontró con Josefina.

― ¡¿Mao, adónde vas!? ― Le gritó una Josefina, quién se le acercó a toda velocidad.

― Pues voy hacer una visita. ― Eso le respondió Mao secamente y esa respuesta molestó a Josefina.

― Oye, no me dijiste nada al respecto. Ayer te llamé, para preguntar si estabas en casa. ― Protestaba Josefina, inflándose las mejillas.

― Ah sí, algo así. ― Entonces, Mao, recordó que ella le llamó pero no se enteró de nada, porque no paraba de hablar y apenas la podría entender. Al final, le decía que sí por decir.

― ¿Y adónde vamos? ― Eso le contestó a continuación.

― ¿No me digas que me vas a acompañar? ― Mao no deseaba aguantarla, ya tenía de sobra con tener que visitar a Lafayette.

― Es tu castigo por dejarme casi tirada. ― Y eso le decía mientras Josefa le cogía del brazo y gritaba esto: ― ¡¡Adelante, adelante!! ― Mao suspiró.

Y tras mucho andar, llegaron a aquella casa, según la dirección que le habían dicho sus contactos; y les pareció muy extraña. Aquel hogar les parecía un cubo, de dos plantas, con ventanas de marcos de hierro; y una entrada llena de plantas trepadoras y con una enorme puerta de metal. Era demasiado blanco y moderno para el gusto de Mao.

― ¡¡Pues está bonita la casita!! ― Josefina pensaba lo contrario que Mao, a pesar de que le pareció algo extraña.

― ¿Ésta es la casa de Lafayette?― Eso dijo a continuación, tras escuchar a Josefina.

― ¡¿Ah, Lafayette!? ― Gritó Josefa, aterrada. ― ¡¿Por qué no me lo has dicho antes!? ― Se le quitaron todas las ganas y deseaba decirle a Mao que se quería ir, bien lejos y nunca volver; pero no podría hacerlo, porque, como amiga, no debería abandonarlo.

― De todos modos, da igual. ― Eso le decía Mao, mientras se acercaba a la puerta para pegar, y con Josefina poniéndose detrás de él con el miedo metido en el cuerpo. Escucharon a alguien decirles que ya iba, segundos antes de que abrieran.

― ¿Quiénes sois? ― Eso dijo la persona que las abrió y lo dijo con una mirada espeluznante que dejó en silencio, tanto a Mao como a Josefina. Era una mujer, con una piel blanca llena de estremecedores tatuajes y con un pelo de color negro, tan corto como el de un chico, que parecía toda una macarra. Su ropa, que desafiaba al propio frío, eran unos pantalones vaqueros azules, más una camiseta negra sin mangas.

― Pues, verás… ― Mao tuvo que decir algo. ― Estábamos buscando a una chica llamada Lafayette y parece que nos hemos equivocado. ― Creyó que habían terminado en la casa equivocada, ya que, según su lógica, debería haber gente negra, del mismo color que Lafayette. Y al decir eso, dio la vuelta para alejarse rápidamente de ahí, pero aquella mujer la detuvo.

― ¡Sí, ella vive aquí, ya va a bajar! ― Esa respuesta le sorprendieron aún más.

― La casa de Lafayette parece estar llena de matonas… ― Eso le decía Josefina a Mao en voz baja, para que nadie del hogar la escuchara, mientras se ponían a esperar.

Entonces apareció una mujer, que no era la Lafayette que ellos conocían, sino una totalmente distinta. Ni siquiera era del mismo tono de piel, que era tan blanco como la leche. Daba una imagen mucho más angelical que la chica de tatuajes. Llevando un simple pero bonito vestido blanco que le  llegaba a las rodillas y, al parecer, se estaba haciendo rulos con su pelo negro, con un cepillo en las manos.

― ¡¡Buenas tardes, niñas!! ¿Qué quieren de mí? ― Eso les dijo con un buen rollo.

― Perdón, perdón, estábamos buscando a Marie Louise Lafayette. ― Y eso le decía Mao, al ver que llamaron a la persona equivocada.

― Pero si esa soy yo. ― Josefina se quedó consternada, casi un shock. Era imposible para ella, que hubieran dos chicas con el mismo nombre y apellidos en la misma ciudad. Se quedó mirando a aquella mujer como si fuera un fantasma o una Lafayette de otro universo alternativo.

― ¿Pero qué…? ― Mao quedó, bastante consternado, pero no tanto como Josefina, entonces la mujer de los tatuajes intervino con estas palabras: ― ¿Buscan a su hija? ―

Así es como descubrieron, asombrados, que la madre de Lafayatte se llamaba igual que ella y era demasiada blanca para tener una hija de piel negra, pero lo hizo. Josefa se acordó de la pelea entre Nadezha y ésta, siendo llamada bastarda por la primera.

Por eso, lo entendió todo, mientras Mao se quedó pensando, intentando entender, y llegó a la falsa conclusión de que era su mamá adoptiva. Pero no era el momento de preguntarse esas cosas.

― ¿Saben dónde está su hija? ¡Necesito contactar con ella! ― Le preguntó Mao.

― ¡Ah, está desaparecida! ― Lo dijo como si no fuera nada grave, con una normalidad que espantó a Mao y a Josefina, y que molestó a la chica de los tatuajes.

― ¡No se preocupen! Ella está muy preocupada por su paradero, ¡nadie sabe dónde está! ― Eso añadió, intentando mejorar la imagen de ella.

― Ni siquiera me acordaba de ella. ― Está lo empeoró, diciendo tales palabras y al final, echándose a reír.

― Marie, tenemos que hablar. ― Eso le dijo la chica de los tatuajes, quién la llevó a la cocina, para explicarle unas cuantas cosillas.

― ¿Y nosotras? ― Mao no quería quedarse a esperar.

― Solo esperen. ― Al escucha esas palabras, Mao se levantó y subió las escaleras, para buscar la caja de música. Pensó que eso sería mejor, ya que no tendría que darle el dinero a Lafayette para que se lo devolviese. Josefa, al verla levantase, se fue con ella e intentó convencerla de que no entrase sin permiso en una habitación, cuya puerta estaba pegada un dibujo de una niña todo deforme, y que decía bien clarito que no entraran.

― ¡No te preocupes, todo estará bien! ― Eso le dijo Mao, mientras se introducía en el cuarto y le decía a Josefina que vigilase, pero ésta entró en la habitación, viendo como él buscaba como si fuera un ladrón.

― ¡¿Pero qué estás haciendo, Mao!? ¡Eso es delito! ― Exclamaba en voz baja Josefa, pero éste la ignoró, buscando desesperadamente aquella cajita de música.

― Si se entera, ya se los explicaré. ― Dijo Mao, mientras alguien las vio desde el pasillo y salió corriendo, para volver con un bate de beisbol. Ninguna se dio cuenta de que una chica estaba detrás suya, levantando tal cosa.

― ¡¿Qué estáis haciendo en mi habitación!? ― Eso les gritó, haciendo que esas dos giraran la cabeza. Josefina gritó y abrazó a Mao, temblando.

― ¡No estábamos robando, en serio! ― Eso le soltó Josefina.

― ¡Eso dicen todos los ladrones! ― Y eso le replicó Mao, quién pensó que esas palabras solo provocaban más sospechas.

― ¿Y no lo sois? ― Y eso les preguntó la chica, mientras alzaba, aún más, el bate.

― Te lo explicaré. ― Eso le dijo Mao, nervioso, intentando evitar que les dieran la paliza de sus vidas.

Al final, pudo hacer que esa chica llamada Sally bajará el arma y lo soltará. Le explicó, primero, mintiendo un poco, que vinieron por una cosa que Lafayette les robó. Ésta desconfió un poco y les preguntó la relación que tenían con ella.

Cuando le dijo que eran enemigas, tras presentarse; la actitud de esa niña cambió radicalmente. Se puso amistosa y contenta de conocer a alguien así, y más, cuando escuchó que era Mao, una de las chicas que más odiaba Lafayette. Le pidió ser amigas, olvidando el hecho de que hurtaron en su habitación sin permiso. Tanto Josefina como Mao se sintieron aliviados. Tras eso, Sally empezó a hablar con ellos, presumiendo lo buena persona que era y hablando de lo horrible que era Lafayette. Les explicaba, lo triste que se volvió la casa desde que su hermana trajo a su novia y su odiosa hija, y cómo ésta actuaba como si fuera una plaga, peor que todas las que devastaron Egipto. Y Mao le decía las múltiples barbaridades que ella le hacía y sus contantes peleas contra esa bestia inmunda. Al final, tras mucho charla, ella se acordó de que buscaban algo.

― ¿Y qué objeto os robó, esa? ― Le preguntó Sally a Mao.

― ¿¡Una cajita de música!? ― Al escuchar estás palabras, Sally exclamó una cara de rotunda sorpresa.

Entonces les contó el motivo de la desaparición de Lafayette, quién se fue en busca de un tesoro. Eso dejó a las dos chicas boquiabiertas. Y aún más, cuando ella encontró su mapa que se lo decía, dentro de aquella cajita. Y todo esto lo sabía, fingiendo que dormía mientras Marie hablaba en voz alta de todo eso, por las noches.

Al final, un buen día, en plena madrugada, se fue con ese objeto a las montañas y les terminaba diciendo que, tal vez, había muerto allí, intentando que no sé notará que estuviera feliz por ese desenlace.

― ¿Y tú sabes dónde se habrá ido? ― Eso le soltó Mao, tras terminar Sally de hablar.

― Pues no sé pero no paraba de repetir un pueblo de nombre muy raro, que era el primer paso para ir al tesoro. Creo que lo llamaba Serebryanayareka o algo así. ― Eso le dijo, y, entonces, Mao se levantó y le dijo, gracias por la información, lamentándose de que Lafayette no le paraba de causar problemas. Decidió personalmente irse en su busca, para recuperar la cajita de música y tal vez conseguir un tesoro.

Por eso, lo primero que fue al salir de aquella casa, fue ir a la biblioteca y buscar información sobre aquel supuesto tesoro y el nombre de aquel pueblo. No encontró ninguna información del primero, pero si del segundo.

Serebyanaya-reka, como aparecía en los mapas sobre Shelijonia, era un pueblo, que estaba cerca de una mina abandonada, y estaba a cincuenta kilómetros de otro cualquiera. Había una única carretera para acceder, y que tenía que coger la vieja que unía Springfield hacia Bolgolyubovl, y pasar tres o cuatro pueblos para girar, luego, hacia al sur.

Entonces, en los días siguientes, empezó a preparar una especie de expedición. Compró todo tipo de comida, aguas, mantas, herramientas y muchas más cosas. Para llevar todo eso y llegar hasta ahí, Mao alquiló el coche más barato que buscó, obligó a Leonardo a que participará, como el conductor del vehículo, ya que tenía carnet de conducir; y tuvo que dejar que Josefa se fuera ir con ellos, ya que ésta no le dejaba en paz. Deseaba ir a la aventura y le decían que era muy peligroso y no podrían llevarla, pero insistió tanto que no pudieron hacer nada. La última esperanza es que su mamá no la dejará ir, pero lo hizo, creyendo que su hija iba a estar una semana durmiendo con sus amigas. Tras el día de Navidad, ya estaba todo listo.

― ¿Crees qué este coche va a aguantar? ― Eso le dijo Leonardo, cuando observó el coche que había alquilado Mao. Estaban en una calle cercana de su casa, para poder aparcarlo, mientras metían todas las cosas.

― Esta cosa ha aguantando décadas, no te preocupes. ― Eso le respondía Mao, dándole pequeños golpes al capó, mientras Josefina intentaba hacer una bola de nieve con Diana, ya que estaban junto con su mamá, para despedirse de ellos.

― ¿Sabes, gerente? Estás muy rara sin su kimono. ― Eso le decía Clementina a Mao. Éste, cambió su look, poniendo un gran abrigo de color marrón, de piel de caribú, el mismo que usaban Josefina y Leonardo. Parecían esquimales.

― No soy la mujer de las nieves, yendo en kimono me moriría de frío. ― Y eso le replicó Mao. Entonces, Josefina divisó a alguien, que llevaba una gran chaqueta de color azul y que estaba corriendo hacía ellos. Supo, en enseguida, quién era ella.

― ¡Miren, miren, ahí está Alsancia! ― Eso le gritaba Josefina a los demás, antes de que la otra se cayera de forma torpe hacia al suelo. Mao, rápidamente, fue directo para ayudarla.

― Pero mujer, ¡no deberías correr, no es bueno para tu salud! ― Eso le decía Mao, mientras levantaba a Alsancia del suelo, y ésta, en vez de decirle gracias, sacó una hoja de sus bolsillos para que él lo leyera. Esto fueron sus palabras:

Gracias por todo esto, te lo agradezco. Me has ayudado mucho pero creo que ya has hecho demasiado. Fue mi culpa, venderlo, y, también, pedirte que me lo devolvieras. Esa caja no es nada importante para irte, en su busca, por las montañas. Olvídate de ella. Me sentiría muy culpable si te pasará algo allí, nunca me lo perdonaría. Por favor, desista en su viaje.

Mao rápidamente miró hacía Josefina, y ésta intentó disimular. Le ocultó el hecho a Alsancia de que se iban, para que no se preocupara, pero un pajarito se lo dijo.

― ¡No te preocupes, Alsancia! ― Le exclamaba Mao. ― ¡No debes temer, vamos a salir victoriosos, porque la fortuna nos sonríe! ― Levantó la mano hacia el cielo, señalando y mirando hacia alguna parte de éste. Intentaba quedar bien, pero una paloma que pasaba por ahí, hizo sus necesidades mientras volaba y sus heces cayeron hacia la cara de Mao, quién, después de limpiarse, maldijo sin parar a aquel pájaro.

Al final, Alsancia no pudo cambiar de idea a Mao, ya que éste no buscaba solo una caja de música, sino un verdadero tesoro; además de Josefina y Leonardo, y tuvo que verlos irse, junto con Clementina y su hija Diana. Se sentía inútil y muy enfadada consigo misma, por no evitar tal locura, mientras rezaba a todos los santos para que saliesen bien de esa aventura, con el reloj diciendo que eran las diez y cinco minutos de la mañana.

FIN DEL PRÓLOGO

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