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En busca de la chica kimono 3, sexagésima quinta historia.

Saludos, mis queridos lectores, hoy ha sido el día más feliz de mi vida, el más hermoso de todos. ¿Por qué? Porque después de estar todo el verano buscando sin parar, yendo de un punto a otro de la cuidad; he encontrado a esas chicas que tanto buscaba, aquellas que usan kimonos; y parecen que son muy buenas personas y están rodeadas de niñas adorables, e incluso dos de ellas las había conocido antes, y hablé de ellas en una entrada anterior de mi blog. ¡Qué pequeño es el mundo! La mayor es genial y es realmente de Japón, cien por cien y parece una chica realmente interesante.

Voy a comenzar mi historia por el mediodía, cuando harta de buscar y buscar me senté en un banco y empecé a reflexionar sobre el tema. Las había visto unas cuantas veces, pero una y otra vez se me escapaban y eso fastidiaba bastante. Todos esos esfuerzos tristemente gastados mientras el destino siempre se burlaban de mí. En esos momentos recordaba lo que me decían mis amigas: “¡Solo quieres ser su amiga por un puto kimono, es de idiotas eso!” “¿Y si resulta ser una mala chica? ¿Y si le caes mal?” “¿Y si la encuentras cómo podrás pedir su amiga? ¡Tú debes saber que es difícil!” “Yo, si fuera la chica kimono denunciara a la policía si veo que me acosas.”

Suspiré y miré al cielo buscando una señal pero solo veía un cielo despejado y sentía que desde el principio estaba teniendo una búsqueda estúpida. Entonces escuché una voz que oí hace tiempo y miré hacia dónde provenía. La recordé rápidamente, era una de las chicas que me salvaron la vida. ¿No lo conté por aquí? Casi iba a caerme de una noria pero dos chicas valientes y geniales evitaron el final. ¡Tenía que decirle hola a mi heroína!

— ¡Hola, heroína! ¡Hola, mi salvadora! — Le saludaba gritando con toda la felicidad, y corriendo a toda velocidad hacia ella. Sorprendida, giró su cabeza y me saludó con la mano. Ese gesto humilde y nada presuntuoso consiguió que le hiciera una foto. Y después de eso empezamos a charlar, durante un buen rato, sobre cómo estaba y cómo se encontraba la otra.

— ¡Entonces, la heroína albina ha tenido un accidente al salvar otra persona! ¡Debe ser el pan de cada día! — Concluí yo, totalmente llena de admiración, cuando me contó que los pasteles que tenía era para llevárselo a la otra chica que me salvó, quién acabó con una pierna rota tras salvar la hermana de ésta de una muerte segura. Era hermoso hablar con chicas así, salidas de una serie de televisión, pero la pena que sentía por no encontrar a las chicas que buscaba se notaba.

— ¿Te pasa algo? Te noto un poco desanimada, comparado con lo que noté el día del parque de atracciones. —

— Es que…— Me costaba algo decirle eso, me puse a reír nerviosamente. — ¡Estoy triste porque no encuentro a alguien que estoy buscando! —

— ¿Ese alguien es importante? — Ella se sentó a mi lado.

— En verdad, ni siquiera la conozco… pero por algún motivo quiero ser su amiga. —

— ¿En serio? Bueno, si es eso lo que quieres, pues ánimos ¡Seguro que la podrás encontrar! — Me dio unas palmaditas a la espalda.

— Pero… ¿Y si me dice que no, y si no resulta una buena persona, y si le caigo mal? Solo quiero ser su amiga por una simple estupidez. —

Obviamente no le dije que era por llevar kimono, no deseaba que me dijera lo mismo que todo el mundo, que ser amiga de alguien solo por su ropa es algo muy idiota.

— Inténtalo, esa es la única forma, después de todo. — Eso que me dijo era verdad, una no lo sabe hasta que tenía que intentarlo. Si todo acaba mal, podrías consolarte con eso, pero si, por el contrario, las cosas salen bien, pues mejor que mejor. Entonces me levanté, entusiasmada, gritando que lo iba a hacer, que la iba a encontrar y hacerme su amiga. Y salí corriendo como una liebre, mientras le pedía gracias a mi salvadora, en busca de aquellas chicas vestidas con kimonos.

— ¿Dónde estás, chica kimono? — Eso le gritaba sin parar mientras corría en su busca. En verdad lo que hacía parecía estúpido, pero tal vez así alguna de ellas me podría escuchar.

Y mientras chillaba y corría como loca entré en ese maldito barrio en el que  siempre me pierdo, ni siquiera un cartel, que pusieron hace poco, en el que te ponía el mapa del lugar en el centro de ese laberinto me ayudó para nada, sobre todo por el hecho de que estaba en ruso. Es decir no entendía ni papilla de lo que ponía ahí, y no salía ni una mísera palabra en inglés.

— ¿Señores, no hay un cartel de esto en inglés? — Les pregunté eso a una pareja que pasaba por ahí, que al oír eso empezaron a reír.

— Si hicieran eso, los vecinos lo arrancarían y lo quemarían. — Eso me respondió la mujer, antes de perderse ellos en una de las calles.

Había escuchado el gran odio que se mantienen los shelijonianos contra los demás estadounidenses y contra los canadienses, que lo llaman “useños”; y había visto como ese odio provocaba cosas horribles, pero aún así esa afirmación me parecía una exageración.

En fin, tuve que seguir mi búsqueda, en ese lugar en dónde las calles en algunas partes llegar a ser tan estrechas que un carrito de compra no podría entrar por ahí, y en dónde los balcones se tocan uno con el otro. Mientras intentaba encontrarme con alguna de las chicas kimono o con salir de ahí, me encontré con un ejemplo de ese odio del que he mencionado antes.

— Buenas, señora. ¿Me podría decir dónde estoy? — Eso le dije a una señora mayor, de sesenta años, que estaba fregando la calle que estaba delante de su casa. Me golpeó con la fregona, diciéndome cosas en ruso con muy mala leche y eso que no hice nada, solo le hablé en mi idioma. Tuve que alejarme corriendo de ella porque me quería seguir pegando con eso y me choque contra una pared al girar por una calle. Eso dolió, la verdad.

Y desde ese momento, las cosas empezaron a ponerse raras, como si estuviera en un extraño sueño. Las casas de ese barrio, que normalmente tienen solo dos pisos, empezaron a ser más altas de lo normal, y empezaba a escuchar susurros siniestros sin parar.

— ¡Qué extraño se ha vuelto el lugar! — Eso me decía a mí misma cada dos por tres, mientras mi preocupación aumentaba poquito a poco.

No importaba que callejón tomara, parecía como si entrara de nuevo en el mismo una y otra vez, y sentía como si estaba dando vueltas tontamente.

Miraba las paredes y veía un montón de carteles escrito en japonés, en ruso, en inglés, todos con imágenes de chicas que llevaban kimonos. Y luego un montón de televisiones tiradas en la calle mostrando a mi querida Dorotea, aquella la que pongo voz, estando en kimono y estaba muy linda. Me quedé abobada viéndola, aunque intentaba recordando si alguna vez salió así y además decía cosas raras.

— ¡Solo quieres ser su amiga por un kimono, es de idiotas eso! — Esas palabras eran de mi amiga.

— ¿Y si resulta ser una mala chica? ¿Y si le caes mal? — Y esas eran de otra.

— ¿Y si la encuentras cómo podrás pedir su amiga? ¡Tú debes saber que es difícil!- Y está frase también.

— Yo, si fuera la chica kimono denunciara a la policía si veo que me acosas. — Y esas eran de la primera.

Me quedé muy sorprendida, ¿por qué mi Dorotea estaba repitiendo esas frases como un loro? Entonces en ese momento me di cuenta de que lo que ocurría no era normal, ni era real, estaba en mitad de un sueño.

— ¡Oh dios mío, estoy soñando! — Grité muy entusiasmada, y sin pensar el porqué estaba durmiendo. Ahora miraba por todas partes buscando a las chicas kimonos, creyendo verlas en mi sueño.

Y empecé a correr y a correr sin parar, gritándolas sin parar pero no las veía por ninguna parte y al ver llegar a un callejón sin salida, vi a mi izquierda una puerta, entrando así en una tienda.

— Bienvenida. — Eso me dijo el dependiente, que nada más ni nada menos era un Samurái. Como era un sueño, me importó bien poco que fuera alguien así.

— ¿Has visto a chicas con kimono? —Le pregunté y esté dijo que no.

Entonces escuché sonidos de niñas riendo y pensé que eran ellas y salí en su busca a toda velocidad. Pero solo vi las sombras de unas chicas girando por la otra calle y las seguí. Al volver a girar, vi al mismo matrimonio que me encontré mientras estaba perdida en aquel barrio maldito.

— ¿Saben dónde están? — Les pegunté y ellos me empezaron a pegar con una escoba que salió de la nada. Tuve que correr sin parar.

Al perderlos de vista, y tras seguir andando por un lugar al que apenas podría recordar, me encontré con una niña que no quería ver, la misma que encontré en el primer día que vi a las chicas kimonos. Yo pensaba correr y alejarme de ella o quedarme ahí y preguntar, y al final elegí lo segundo, porque no pensaba que me iba a hacer algo malo en mi propio sueño.

— ¿Sabes dónde…? — Me equivoqué, ya que antes de terminar la frase, me dio un puñetazo en el estomago que me dolió de verdad.

— Pero, ¿por qué? No me debería doler, es un sueño. — Eso murmuré yo, tirada en el suelo, mientras ella salía corriendo; incapaz de comprender este dolor. Y al levantarme, decidí seguir mi búsqueda por el mundo de los sueños.

Y volví a ver sombras moviendo de calle a calle, escuchando risas de niñas y las seguí sin parar, hasta llegar a un callejón sin salida.

— ¡Por fin os veo! — Y no, no tenían kimono, sino era dos chicas monas que conocí en mi búsqueda, una mexicana y otra rubia y pequeña, y al girar hacia a mí y saludarme se deshicieron como polvo.

— Inténtalo, esa es la única forma, después de todo. — Volví a escuchar esas dulces palabras de nuevo, y empezaron a repetirse sin parar, como si mi subconsciente me decía que nunca las iba encontrar.

— ¡Hey, esto no es gracioso! ¡Los sueños deben lindos! — Yo gritaba, esperando que mi subconsciente dejará de convertirlo en una pesadilla, pero no había manera. Esas palabras no paraban de repetirse una y otra cosa, hasta que me harté y le grité a mi sueño:

— ¡Ya estoy harta, me voy a despertar! — Mosqueada ya, me pellizque la cara y así es cómo me desperté. Cuando volví a la realidad, intenté abrir los ojos pero la luz me molestaba y no quería abrirlos, pero noté que estaba rodeaba de niñas, cuyas voces me hablaban.

— ¡Candy vuelve en ti! ¡No abandones este mundo, que me voy a sentir culpable! — Reconocí esa voz, era la mexicana que conocí el otro día y por el tono estaba realmente preocupada y aterrada.

Al parecer, ella jugaba la pelota en la calle y me dio en la cabeza, sin saber yo cómo, dejando inconsciente.

— No te preocupes, esa pelota que le mandaste a la cara no la matará. —Esa era la voz de una chica que no conocía, y su acento me pareció bastante exótico, ya que nunca lo había escuchado.

— Descansa en paz. — Esa voz también la reconocí, era la pequeña rubita que acompañaba a la mexicana, ya me pareció gracioso, aunque a su amiga eso no le gustó.

— ¡No digas esas cosas! — Le replicó eso.

Yo pensaba hacerme la dormida, para seguir escuchándolas, pero eso sería muy malo de mi parte para la mexicana, quién realmente estaba preocupada por mí, así que decidí revivir. Y cuando abrí los ojos, entonces vi lo que estaba buscando.

— ¡Josefina, podrías dejar de convertir esto en una enfermería! ¡No me traigas a cada persona que se desmaya por la calle! — Eso decía cuando abrí mis ojos, protestando de mala gana. Su voz era el de una japonesa, aunque un poco masculina, parecía perfecta para un tomboy; que hablaba inglés pero bien, como si fuera su idioma natal.

Cuando me levanté del suelo y la observé me quedé petrificada, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Miré su hermosa vestimenta desde arriba a abajo, no era nada más ni nada menos que un elegante kimono, el cual no solo se me hacía muy familiar, también lo reconocí rápidamente, era el mismo que usaba cuando la vi por primera vez. Aunque la vi de espaldas y de lejos todas las veces que observé su figura en la calle, supe que era esa persona que tanto estaba buscando, estaba delante de una puerta corrediza, en mitad de una habitación que parecía cien por cien japonesa. Me quedé en blanco, incapaz de cómo reaccionar, solo estaba boquiabierta, mirándola con mucha felicidad en mis ojos.

Como me levanté de golpe e hice esa reacción tan exagerada, la chica del kimono y todas las demás se quedaron muy sorprendidas, y ahora que lo pienso, creo que me empezó a dar un poco de vergüenza hacer tal cosa.

— ¿Hola? — Entonces, tras un incómodo pero cortísimo silencio, ella decidió decir algo, entrecortada.

— ¡Te encontré, te encontré! — Y lo siguiente que hice, fue saltar hacia ella con toda la felicidad del mundo, con la intención de abrazarla y de pedirle gracias al mundo real por darme esta gran oportunidad, de cumplir mi mayor deseo.

FIN

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En busca de la chica kimono 2, quincuagésimma sexta historia.

Saludos, mis queridos lectores, hoy les contaré por fin, ante tantos días aburridos, una aventura que he vivido yo y es sobre la búsqueda de las chicas kimonos. Sí, ya sé que he buscado sin parar, en vano, pero hoy casi lo iba a conseguir, y pues que rabia tengo en el cuerpo, pero por lo menos he vivido una experiencia única.

A pesar de que era domingo, me desperté muy pronto, quizás demasiado. Estaba nerviosa, ya que hoy iba a tener una charla en una convención sobre anime y manga, una de las pocas que hay en Shelijonia. Iba como actriz de doblaje, a pesar de que nunca di voz a algún personaje de animación japonesa, pero me llamaron porque no encontraron a otro. Bueno, en teoría no debería estar nerviosa, ya que estaba acostumbrada a hablar en público o con micrófono, pero en realidad tenía muchos nervios.

Mi conferencia se iba a dar a las cinco de la tarde y yo salí muy temprano, para visitar ese lugar con una amiga. No puedo describirla cómo es, porque se enfadaría mucho si lo dijera aquí y es que no encuentro cualquier buena palabra para decirlo sin que parezca que la estoy insultando. Su nombre es Bonnie Lansky y es una otaku. Ella en ese momento llevaba un cosplay de Sailor Moon, pensaba participar en el concurso que daban.

― Oye, solo vas a ir a una convención, no hace falta ir tan elegante. ― Eso me dijo al verme. Yo me había vestido lo mejor que pude, quería quedar bien en esa conferencia.

― Pues mejor así.- Eso fue lo único que se me ocurrió. ― Por otra parte, espero que tengas suerte con lo del concurso. ― Eso dije al verla, ya que en realidad, no creía que ella iba a ganar en eso, pero lo importante es participar, después de todo, ¿no?

Y por el camino nos pusimos a hablar sin parar de muchas cosas, de mi trabajo, el suyo, sobres animes, sobre la discriminación que sufrimos y cosas así, hasta que saqué el tema de la chica kimono.

― Ugh, ¿aún sigues con eso? ― Lo dijo de una forma que me molestó mucho, cómo si yo no tuviera remedio. ― ¡No entiendo tu obsesión con tal cosa, que ni tal vez existe! ―

― ¡Lo vi con mis propios ojos! ― Le dije con toda la seriedad del mundo. ― Y no solo una, sino dos. Puras rubias en kimono, iban andando por la calle como si nada. ― Pero mi amiga dijo que tal vez fue mi imaginación y que dejará de soñar.

― ¡Además! ¿Qué vas a conseguir con encontrarla? ¿Ser su amiga? ¡Si es solo porque lleva kimono es porque eres bien idiota! ―

Eso me dijo también, y me hizo enfadar un poco, porque me llamó idiota. Aunque, bueno, en realidad eso era una buena pregunta: ¿Por qué las estaba buscando?

En ese momento no se me ocurrió nada inteligente que decir y decidí cambiar a otro tema, para no pelearme con ella. Antes de decirle que no me insultara, porque yo no digo nada de su físico, ya que le afecta mucho que le diga cosas como rellenita y pequeñita. Entonces, en ese momento, desde la lejanía las vi de nuevo, después de días enteros buscándola sin parar. Estaban cruzando la calle y eran las mismas que vi, pero esta vez con los kimonos más lindos que jamás había visto antes.

― ¡Sigue a la convención sin mí, tengo que comprobar algo! ― Eso le dije, tras salir corriendo hacía ellas. Mi amiga se quedó extrañada, sin saber lo que me ocurría y me decía cosas que no pude entender, porque salí bien rápido, no quería perderlas por nada del mundo. Y al girar en la calle por dónde habían entrado, me introduje en ese barrio que parece un laberinto y me perdí y no las pude encontrar. Con decepción y con otra oportunidad perdida, salí de ahí y terminé sentada en el parque.

Y así estaba, suspirando una y otra vez ahí, pensando lo inútil que fue correr y que lo único que conseguí fue estropearme el maquillaje. Mientras estaba así, unas niñas llegaron al parque. Parecían que estaban algo molestas, lo veían en sus caras y en su conversación.

― ¡Jo, ella se escapó para no hacer ejercicio! ¡Por eso tiene unos kilitos de más! ¡Y luego se queja! ― Eso decía la mayor, una niña que parecía ser de once años, vestida con un atuendo de chándal, y cuyo acento parecía ser una mezcla entre shelijoniano y mexicano, del norte.

― ¿Mamá? ¿Dónde estás? ¡Vamos a correr juntas! ― Así yo lo había traducido, ya que lo decía muy mal. Era obvio porque era una niña chica, de tres o cuatro años, o eso me daba la impresión. También tenía chándal. Estaba llamando a alguien. Era a diferencia de la mayor, rubia, al revés que la otra, que era de pelo moreno.

― No hay caso, Diana. ― Decía la del pelo moreno hacía la pequeña, cuyo nombre era ese. ― Habrá que buscarla. ―

Entonces, la morena me observó y se dirigieron hacia mí para preguntarme dónde estaba esa persona que estaban buscando: ― ¡Hey, señorita! ¿Tú has visto una chica joven rubia con unos kilitos de más? ―

No sabía que decirles, porque Shelijonia estaba llena de rubios y ya había visto unos cuantos. Es más, según algunas encuestas, un sesenta por ciento, eran rubios. Entonces, recordé que las chicas kimono que vi, lo eran y creí por un momento de que tal vez estaban buscando a una de ellas.

― ¡Y dos tetas enormes! ―Eso añadió la pequeñaja, y aquella esperanza de que fuera alguna se esfumaron. Las dos chicas que vi no tenían nada de pecho. Me había ilusionado demasiado.

― No digas esas cosas a tu mamá, que le molesta. ― Le regañó la mayor, a continuación. Al parecer, su madre tenía complejo con los pechos grandes. De todos modos, decepcionada, les tuve que contestar que no. Luego, yo decidí preguntarles a ellas si habían visto a las chicas que estaba buscando.

― ¿Chicas rubias con kimonos? ¿Si, las he visto? ― Eso preguntó la morena, tras soltarle eso. Se quedó pensando durante un buen rato para luego decir: ― ¿Q-qué es un kimono? ―

Era esperable que no conociera lo que estaba buscando, así que le empecé a describir con señas y señales cómo era, unos cuatro o cinco veces, sin éxito alguno.

― ¡Vamos, a ver…! ¡No lo entiendo! ¿Puedes repetir cómo visten? ― Eso me dijo a la sexta vez, y me rendí, dando un suspiro, parecía como si nunca las podría encontrar.

― ¡No te preocupes, seguro que las vas a encontrar! ¡Ten esperanza! ― Esas palabras de ánimo que me dedicó esa chica me alegraron el día por lo lindo que fue.

― ¡José, esa chica habla como si fuera Dorotea! ― Cuando la pequeña dijo eso, entonces supe que eran fans de la serie, y de Dorotea, y me puse mucho más contenta.

― No me llames José, soy Josefina, J-o-s-e-f-i-n-a. ― Como me di cuenta, esa chica era de orígenes mexicanos, y pues la emoción se me subió aún más al saber que tenía fans mexicanas. Me imaginaba ver a niñas de Tijuana viendo la tele con sus sombreros y sus nacos y burritos. Esperen, esperen, eso que he dicho es bastante racista de mi parte, no lo tomen en cuenta, por favor.

― José. ― Al parecer, la pequeñaja tenía una manía con eso.

― Bueno, no importa… ¡Pero es verdad, habla como Dorotea! ¡Wow, eso es genial!― Lo decían como si fuera algo único y mi ego no paraba de subir. Me pidieron a continuación imitar a Dorotea y estuve un buen rato, haciendo eso. Sus elogios me hacían tan feliz, que sentía estar en el paraíso. No pude volver a mí misma, hasta haber pasado un rato. Y decidí entonces, dejar mi búsqueda y ayudar a mis pequeñas fans.

― ¡Yo os ayudaré a buscar a vuestra rubia tetona! ― Eso les solté, a continuación.

Se quedaron sorprendidas, al escuchar esas palabras, y muy contentas. Me pedían las gracias y me decían que era tan buena persona como Dorotea. Después de todo, ese es el personaje al que le doy voz y sería un insulto hacia ella si no ayuda a aquellas adorables chiquillas. Y así acabé con dos pequeñas y lindas fans, paseándonos por la cuidad en busca de la madre de una de ellas, a quién habían obligado a empezar una dieta. Ya saben, la preocupación de toda chica. Me pareció lindo que le ayudarán a bajar de peso, un apoyo así es necesario cuando debes enfrentarte a la dura tarea de perder peso, y lo digo por mucha experiencia, que yo siempre controlo mi línea.

Recordé su nombre, ya que no la paraba de gritar mientras paseábamos por todo el lugar en su búsqueda.

Les debo reconocer que fue un viaje lindo, nada comparable con la otra vez, con esa chica diabólica, que espero no encontrármela nunca jamás. Ellas me decían una y otra vez que hablará como Dorotea, y lo hacía, era hermoso como se ponían tan felices. También habíamos hablado del programa y no paraban de decir lo bueno que era, y otros temas más.

Me preguntaron por mi vida y cuándo se enteraron cómo es mi nombre, pues me dijeron que tenía un nombre de dibujo animado. En realidad, mi nombre es casi exactamente igual que la de una niña, que sale como personaje secundario de una serie de Disney. Tal vez les debería denunciar por derechos de autor. ¡Esperen, esperen, solo es una broma, que si lo hago serán ellos quienes cambian mi nombre!

Al final, acabamos comiendo en un restaurante en dónde servían pura carne a la parrilla. Me pidieron ir a comer a allí y no me importó gastar mi dinero. Aunque, ahora me arrepiento, porque no tengo ni un duro. Les pregunté para qué querían comer carne si estaban haciendo dieta, y fue divertido ver cómo se enfadaban. Me contestaban que ellas eran las que iban a entrenar a la que estaba gorda, y que necesitaban comer eso para estar fuertes y sanas. En realidad, cómo que me entraron ganas de tener un hijo o un hermanito pequeño, y menos mal que se me quitaron después, porque no serviría para cuidar a alguien, la verdad.

Entonces, miré al reloj de pared del restaurante y vi que eran las cuatro y algo de la tarde. Entonces, recordé que solo faltaba una hora para la conferencia y yo estaba en la otra punta de la cuidad y solo faltaba una hora para conferencia.

― ¡Oh, dios! ¡Tengo que darme prisa! ― Eso grité, para luego empezar a comer como loca la carne que me quedaba y casi me iba a ahogar. Si no fuera por las niñas me iba a morir, me salvaron la vida. Ellas, a continuación me preguntaron qué me pasaba y yo se los expliqué.

― ¿Entonces, tienes que ir a un sitio? ― Eso me preguntó la mayor, Josefina, después de contárselo, y le respondí que sí.

― Pues adelante, nosotras te acompañaremos en esta carrera contra el tiempo. ―

Eso dijo ella y la pequeña la respaldó, y entonces salimos corriendo. Demostraron ser mejores que yo en hacer actividad física, porque a los cinco minutos estaba muerta, intentando recuperar el aliento, y ellas me decían que me moviera y rápido.

― ¡Vamos, vamos, Candy, vas a llegar tarde! ― Eso me decían cada vez que me detenía para descansar. De todos modos, no sé cómo, pero logré ir de un lado de la cuidad para el otro, corriendo, casi sin pausa. Y sentí que me iba a morir, agotada de tanto esfuerzo.

¿Conseguí llegar a tiempo? Pues, cuando llegué a los pies del lugar, que era un polideportivo del noroeste de la cuidad, lo primero que hice fue mirar a mi móvil, y me decía que había llegado a tiempo. Al poco tiempo, me daría cuenta de que estaba atrasado unos cincos minutos. Pero, antes de maldecirme, me despedí de mis fans.

― Espero que tengas suerte con eso. ―

Me dijeron esas niñas, mientras nos despedíamos. Me quedé un poco solita cuando se alejaron, eran muy adorables, pero tenía que hacer mi trabajo y estaba llegando tarde. Al entrar, me encontré con mi amiga y entonces, me enteré que hacía rato que habían cancelado todas las actividades que hacían en la convención.

― ¿Cómo, por qué, qué ha pasado? ―

Eso le pregunté sorprendida, cuando me dijo lo ocurrido. A continuación, me contó lo que había sucedido y la respuesta que me dio me sorprendió.

― ¡Pues mientras iban haciendo el concurso de cosplay, apareció una rubia con kimono y una albina extraña matándose en el escenario y liaron una barbaridad! ¡No sé cómo y por qué aparecieron, todo fue de repente!- Esperé que terminará para gritar algo.

― ¿Una chica rubia con kimono? ¿Aquí, en serio? ― Le grité, con todas mis fuerzas, mientras la cogía de los hombros.

― ¡Me estás dando miedo! ― Esas palabras me hicieron reaccionar y tuve que controlarme.

Pasé el resto del día buscando información de ella y casi todos decían lo mismo que mi amiga. Al final, seguía en las mismas.

El destino, si acaso existe, se ha burlado de mí otra vez, pero no importa, porque estoy decidida a encontrarlas, a aquellas chicas que usan kimono.

FIN

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En Busca de la chica kimono, cuadragésima quinta historia

Sexto día tras llegar a Springfield, Shelijonia, y el viento me despertó golpeando las ventanas a las ocho de la mañana. Demasiado temprano para un sábado y por eso lo maldije. No sé cuanto tardé en levantarme de la cama, pero fue bastante largo y tras hacerlo, me fui somnolienta al cuarto de baño, demasiado estrecho para mi gusto pero se puede utilizar. Me miré al espejo para peinar mi pelo rebelde. Me puse mi flequillo bien recto y dude entre usar coletas altas o ponerme uno o dos moñitos, pero decidí dejar mi pelo corto como estaba. También estuve pensando en seguir usando la ropa interior que llevaba o ponerme una limpia ya. Como doncella, elegí lo segundo y después pasé como media hora buscando ropa entre la montaña que tenía sobre mi cama, más otro en decidirme que usar. Al final, decidí ponerme unos pantalones vaqueros y una camiseta corta estampado con la imagen de Marceline de The Adventure Time. ¡Ya estaba preparada para salir en escena!

Saludos mis lectores, Candy Chui tras meses de inactividad ha vuelto para contarlos su vida corriente. Perdón por esto, pero he estado muy ocupada por la mudanza. Ya os contaré en otra ocasión mis desventuras que he tenido que sufrir yendo de California a Shelijonia, pero ahora os contaré este día tan especial que he tenido.

Como sabrán, el motivo de mi mudanza fue mi trabajo, ya saben, como actriz de doblaje. Nuestra pequeña empresa se ha venido a aquí, siguiendo a la productora de televisión con quién tiene contacto, ya que al parecer es mucho más barato hacer series en Shelijonia que en California. Otras empresas pequeñas lo han hecho y pues tal vez este lugar se puede convertir en otro “Hollywood”. Y tras haber llegado aquí, fue ayudar con mis jefes con el local y aún estoy destrozada. Más aún, eso no me dio tiempo para hacer algo que hoy, si iba a hacer. Por eso salí esta mañana con el mejor de mis sonrisas.

Y no les miento cuando digo que Springfield es un lugar muy curioso. Y no, no hablo de la cuidad de los Simpsons, sino de la que vivo ahora. Es cómo estar en Rusia sin salir de los Estados Unidos. No hay lugar en donde no puedes escuchar ese idioma y ese acento tan característico que tienen, y me parece gracioso todos esos letreros escritos en esas palabrejas raras. También está lleno de parques hermosos y de todo tipo, y un hospital abandonado, y se ven coches de caballos por sus calles, y un extraño barrio llamado Uzkiye ulochki, y al sur, me dicen, se encuentra un muro que protege un lugar misterioso del que nadie sabe poco llamado el Zarato. ¡No entiendo como mi nueva compañera, que es de la cuidad de al lado, dice que Springfield es una ciudad con nada de encanto y muy fea! ¡De verdad!

Tal vez lo diga por las gentes, ya que cuando yo me senté en la parada del autobús les solté a los que estaba allí mis mejores saludos y lo que recibí fue miradas feas, de esas que te quitaban el optimismo cayendo en la peor de las amarguras. Me dijeron que los shelijonianos son muy desagradables con los de afuera, sobre todo si vienen de otros estados y parecen que no me han mentido. Decidí ignorar eso y me puse los audífonos para escuchar música.

Estaba esperando el bus que me llevaría a mi destino, un parque. ¡Y no iba a allí para estar viendo a los patos, aunque no había ninguno! ¡Ni tampoco para reunirme con mis amigos ni para jugar en el columpio, pero yo soy demasiado grande para eso último! Es otra razón muy diferente.

Hay algo que quiero encontrar desde que llegue, algo tan raro que merece su búsqueda y debe ser lo más raro que existe en Springfield, una asiática con kimono. ¡Os parecerá muy tonto, pero es una chica que se pasea por una ciudad estadounidense con kimono, algo que es incluso raro en el glorioso Japón! Por supuesto debo de encontrarla y hacer una foto de ella, incluso tener su amistad. Pero lo primero es hacerle una fotografía, y por eso ayer me compré la mejor cámara posible. Y según ella, la había visto varias veces en el parque adónde me dirigí. Mi plan no era esperar todo el día ahí por si aparecía, sino otro.

— ¡Hey, señor! ¿Usted puede saber si ha visto pasar a una chica con kimono paseándose por aquí? — Eso le dije a la primera persona que encontré, un anciano que estaba descansando en un banco, tras llegar al parque.

— ¿Kimono? ¿Qué dices, useña? — Esa fue su desagradable respuesta y se fue sin dejarme explicar lo que era esa prenda.

Perdón por interrumpir, pero tengo que decir que la palabra “useño o useña” me parece curiosa, designa tanto a un canadiense como a americanos de otros estados y parece que es muy usada por los shelijonianos. Es como si ellos no se sintieran parte de los Estados Unidos.

Así empecé mi búsqueda, preguntando persona por persona si la habían visto. A muchos les tuve que dar una descripción muy detallada de cómo era un kimono, dándome siempre un no como respuesta. Otros, amargados de la vida, o me ignoraban o me decían que les dejará en paz. Incluso hubo algunos idiotas que se burlaron de mí. En fin, para hacerse una idea más clara les pongo aquí algunas muestras de lo que sufrí durante las dos horas que estuve allí.

— ¡Tu puta madre! — Esto lo dijo un chico muy bien feúcho cuando se lo pregunté y que, tras eso, salió corriendo riéndose de mí.

— ¡Esto es América, no la puta china! — Esto fue dicho por una mujer a quién le pregunté amablemente, tras explicarle lo que estaba buscando, y me respondió así como así, con mucha de mala leche.

— ¿Nos está llamado raros a los shelijonianos, useña? — Eso lo decían una señoras mayores a las que yo pregunté. Les intenté explicar que no era eso pero me intentaron golpear y se fueron del banco dónde le daban de comer a las palomas hablando de que me iban a denunciar por discriminación.

— ¡Mira, una otacu! ¡Y pensaba que eras bonita! ¡Aléjate de mí! ¡Alégrate, me vas a contagiar con tu enfermedad y ver basura china! — Esto fue sin duda el peor de todos. Me puso tan enfadada que le di un guantazo y me alejé. ¡E incluso pensaba que quería tener ligue con él! ¡Qué asco! ¡Nosotros somos tan iguales que los demás y no tenemos ninguna enfermedad! ¡Vaya escoria de persona! Y otra cosa, ¡Qué aguante el anime y los otakus!

Cuando ya me cansé de eso y a punto de cambiar mi estrategia, decidí preguntar por última vez a alguien más y elegí a una niña que pasaba por allí, corriendo como si fuera un avión. La razón fue por su pelo, era de color azul muy oscuro además de corto y su flequillo era sostenido por dos pinzas con la imagen de una rosa.

Su conjunto era una simple camiseta blanca que le llegaba hasta la cintura, le quedaba demasiado grande, y llevaba unos cortos pantalones vaqueros del mismo color de su pelo muy desgastados. ¡Todo demasiado simple para mi gusto!

— ¡Buenas! ¿Te puedo preguntar algo, bonita? — Le pregunté esto, y se paró de seco. Me miró fijamente durante unos segundos, tanto que me puso algo incómoda, y no paraba de decir “¡Wow!” Me sorprendió su acento, parecía más a alguien de Texas que de Shelijonia. Y luego me agarró de los mofletes y los estiró, rápidamente le dije que no me hiciera eso.

— Y eso me lo dice una desconocida que se acerca a una niña por motivos sospechosos. — Al decir eso, me miró como si fuera a hacer un crimen o algo así.

— ¡Nada de eso! ¡Solo quería preguntarte una cosita, nada más! No voy a hacer nada malo, te lo juro. — Eso le solté y luego, se lo expliqué con pelos y señales y ella lanzó un gran “ah” muy largo, con la boca abierta. Tal expresión me dio esperanzas, pensaba que por fin iba a encontrar la chica del kimono.

— ¿Sabes de quién hablo yo? — Eso le pregunté, esperanzada.

— La reconocería hasta en la Antártida. ¡La conozco como si fuéramos almas gemelas! ¡Incluso más allá del espacio y del tiempo! — Lo dijo levantando una de sus manos hacía al cielo. Me pareció tan adorable eso, que la imité.

— Tch. — Me parece que imitar su postura la molestó un poco.

Y ella, de repente, me dijo que nos pusiéramos a marchar, que era andar en su idioma, al parecer; y la seguí. Literalmente me paseó por toda la cuidad. Primero, entramos en ese barrio que mencioné antes y nos perdimos. Eso era un horrible laberinto, no entiendo aún cómo pudimos salir de ahí y eso mientras la niña diciéndome que ella sabía todos los rincones de la cuidad. Cuando pudimos salir, llegamos a un área residencial llena de casas lujosas y grandes, con jardines impresionantes. Y como siempre, ver esas cosas tan bonitas me hacían envidiar muchísimo a la gente rica, ¡¿por qué no nací multimillonaria!? ¡Así tendría toda una habitación llena de figuras de anime!

De ahí esa chica, la cual le pregunté el nombre y era Sasha Rooselvelt, se introdujo en los terrenos a través de huecos y grietas, mientras yo le decía que eso era muy peligroso y podrían detenernos por entrar ilegalmente en las propiedades ajenas, pero no me hizo caso e incluso le seguí. ¡Aún no comprendo cómo no nos vieron nadie!

Tras eso, llegamos a un parque que parecía haber sacado de una película de terror y, tras dar vueltas sin sentido por él, llegamos ante un gran muro situado en el sur que se extendía de este a oeste. Ese era sin duda la frontera con ese país al que llaman Zarato y le pregunté a la chica si sabía algo sobre eso.

— ¡Allí hay una princesa tuerta! — Y tras decir eso, salió corriendo y la seguí preguntándome qué quería decir con eso.

Después, hicimos todo el recorrido en sentido contrario hasta llegar a un río, desde su otra orilla se veía a los lejos cientos y cientos de fábricas de todo tipo dándole un aspecto deprimente y muy ochentero. Lo curioso es que sus aguas estaban muy limpias a pesar de estar cerca de tan grande complejo industrial. Ella y yo seguimos su caudal en dirección al mar hasta ver el ferrocarril y seguirlo en dirección este.

Seguimos andando hasta llegar al centro de la cuidad y al contemplar los rascacielos y la estación principal de Springfield, me pregunté si me estaba tomando el pelo. Habían pasado más de cuatros horas desde que me iba a enseñar dónde estaba la chica del kimono. Tuve que invitarla a comer, ya que me decía que tenía hambre y entramos en el primero que vi, uno sobre comida india.

¡Lo que provocó la niña! No solo pidió lo más caro sino también tiró su plato, recién hecho, a la entrepierna de un pobre señor. ¡Incluso le pareció eso muy gracioso, porque no paraba de reír! Y no solo eso, lanzó varios piropos, como si fuera un camionero, a todo tipo de personas, incluso a los camareros. Y yo, que no era su madre, le tenía que regañar, y los demás me regañaban a mí cuando solo la conocí hoy. Al final, ella salió corriendo con mi cartera del restaurante y la tuve que perseguir, ¡maldita niñata!

No sé cuánto tiempo pase dando vueltas, pero me la encontré jugando con mi billetera como si fuera una pelota para hacer malabares.

— ¡Oye, devuélvame eso! — Le dije, y la muy niñata me la tiró a la calle, cuando estaba a punto de pasar de un camión, que, por suerte, se salvó de ser aplastado por sus ruedas y casi iba a llorar cuando la vi intacta.

Rápidamente miré su contenido, por si me había quitado algo, pero no había desaparecido nada. ¡Qué suerte, porque estaba pensando comprarse una nueva nendo y tres juegos! ¿Qué cuál nendoroid me voy a comprar? ¡Es un secreto!

Al final, mientras yo estaba distraído con lo de mi cartera, esa niña se burló de mí.

— ¡Hey, capitalista! ¡Qué obsesión tienes con el dinero! ¡Por eso no te voy a enseñar la chica del piloto! — Y salió corriendo hasta perderse de mi vista, riéndose de mí. Jamás me sentí tan humillada, tan engañada, había perdido mi tiempo y casi mi dinero y mi cartera por hacer caso de esa chica. Me entraron ganas de buscar a sus padres y decirles lo horrorosa que es su hija, ¡pero no todo fue en vano!

Cuando alcé la vista para saber en dónde estaba, mirando por todas tardes, vi lo que tanto buscaba. A lo lejos, en una calle, una chica con kimono, sí un verdadero kimono de los que se ven en los animes, se estaba alejando.
A pesar de la lejanía estaba estampado por miles de flores, no sabía decir cuales, pero hacían que ese vestido era hermoso, ¡y además, era rubia! ¡Rubia! ¡Dios mío! Por supuesto, salí corriendo hacía ellas, alcanzarlas y hablarles. Ya hasta tenía excusa para iniciar una conversación, que estaba perdida, aunque la verdad es que lo estaba. El plan no solo era eso, también tendría que preguntar su nombre y sería la chica más feliz de la tierra.

Pero la perdí de vista, cuando caí al suelo mientras corría. Choque contra una pequeña piedra y cuando me levanté, ya no la veía. ¡Qué desgracia, la mía! Aún así, me sentí feliz, no me habrían mentido, había una chica en kimono en esta ciudad. Existe y mis queridos lectores, tal vez no sea mañana, o la semana que viene, pero la encontrare y me haré su amiga. Lo tengo decidido. ¡Por favor, denme toda la suerte del mundo! ¡La necesito!

Y otra cosa, el viernes os espera un emocionante episodio de La chica y el reino de los conejos, ¡Dorotea, a quién yo le pongo mi voz, va a tener un nuevo enemigo! ¡Avisaos os quedáis!

FIN

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