Nonagésima_novena_historia

La familia de Alsancia: Última parte, nonagésima novena historia.

Al día siguiente, gracias a la información de los contactos que tenía Mao con la policía, nos fuimos hacía al lugar en dónde vivía, que era solo más que un pequeño alquiler de un sótano de un edificio situado en el centro, cerca del salón de juegos. Salimos por la tarde y llegamos cuando estaba a punto de anochecer.

Casi nos atropelló un coche antes de cruzar la avenida en dónde estaba viviendo mi madre. Parecía que el hombre estaba borracho.

— Se me había olvidado de que este lugar es uno de los que registra el mayor porcentaje de todos los accidentes de la ciudad… — Decía Mao, muy malhumorado. — ¡Habrá que ir con mucho cuidado, por algo esto es conocido como la calle de los borrachos! —

Yo miré de un lado para otro y entendí un poco por qué se llamaba así, todo el lugar estaba lleno de discotecas y bares. Se veían a varios borrachos por las aceras, incapaces de comportarse o incluso estar de pie. No me sentía muy segura en este lugar, reconozco que tenía un poco de miedo.

Al llegar ante el edificio, era obvio decir que era mucho mejor que el lugar en dónde vivía mi padre, aparentemente. Tenía diez pisos de altura, estaba lleno de balcones y era de color marrón clarito. En la entrada, nos habíamos encontrado con la sorpresa de que tenía un portero y a él le preguntamos si conocía a mi madre.

— ¿Ah, esa mujer? — Él nos soltaba esto, después de que Mao le dijera su nombre. — ¡Vive en el sótano y lleva semanas sin pagar, es una morosa! —

A mí me entristeció mucho oír eso, lo decía con un feo desprecio que no me gustó nada. Mao le preguntó a continuación si ella estaba ahí.

— Pues ahora mismo, no. Debe estar en el bingo gastando todo el dinero, como siempre lo hace. — Eso le respondió.

Nosotros le pedimos, a continuación, si podríamos esperarla aquí y nos dijo que no le importaba, aunque no iba a servir de mucho. No nos preguntó ni siquiera la razón por la cual queríamos verla, solo se quedó callado, viendo un programa raro sobre chinos en la televisión que tenía en su puesto.

Teníamos la esperanza de que ella volviera pronto o temprano a su casa, no podría estar todo el día en aquel casino de juegos, ya que la irían a echar en cualquier momento. Por eso, estuvimos esperando hasta que apareció, una hora después.

— ¡Señoritas, ya ha llegado la mujer que estaban buscando! — Eso nos dijo el señor, cuando oyó cómo las puertas corredoras que tenían en la entrada se abrieron y vio que era mi madre. Rápidamente, giramos la cabeza hacia allí y nos quedamos mirándola, al igual que lo hacía ella con nosotros. Hubo un silencio muy incómodo en el ambiente que duró unos varios segundos.

— ¡¿Otra vez tú!? — Eso gritó, rompiendo, al final, aquel silencio. — ¿Por qué no me dejas en paz de una vez? — Estaba muy alterada.

Yo le iba a decir algo, pero ella salió corriendo, hacia la calle y cruzó la carretera sin mirar. Entonces, se produjo algo horrible que nos conmocionó a todos. Un coche, que iba más rápido de lo normal, la atropelló. Así de la nada, como si fuera una broma cruel y horrible, una burla del destino, decidieron eliminar de un plumazo a mi madre.

— ¡Oh, Dios mío, qué tragedia! — Eso gritó el portero, mientras se levantaba de su asiento.

— ¡Maldición, maldición! — Gritaba Mao, mientras se dirigía a ella, para ayudarla.

Yo quería gritar, pero era incapaz de hacerlo; solo me tapé la boca, mirando horrorizada, antes de poder asimilarlo e ir corriendo hacia ella. El hombre del coche salió, que parecía estar borracho, gritando sin parar qué había hecho, mientras llamaban a la ambulancia. No sé a cuánta velocidad iba, pero fue capaz de levantar a mi madre y que ella cayera sobre su techo y luego bajará al parabrisas.

— ¡Vamos reacciona, por favor! — Gritaba Mao, que intentaba comprobar si ella seguía viva.

Mi madre estaba destrozada, tenía sangre y heridas por todas partes, hasta parecía que tenía cristales incrustados. La escena era tan horripilante para mí que me puse a vomitar, mientras tenía una crisis de ansiedad. También tuve que ir al hospital.

No sé cuánto me duró aquel ataque, pero me pareció siglos, y cuando me pude dar cuenta estaba en una habitación del hospital, en una cama. Miré por todo el lugar, en la ventana se veía que era de noche, con las luces de la cuidad brillando y a un Mao cabizbajo a mi lado. Yo no sabía si él estaba preocupado por mí o porque algo terrible había pasado. Viendo esa cara, lo instruía.

— M-mao…— Eso le decía, a duras penas.

— ¡Estás consciente! — Mao se alegró mucho, al escuchar mi voz y ver que tenía los ojos abiertos. Creo que me había desmayado.

Pero la sonrisa solo le duró unos pocos segundos. Se entristeció de repente.

— ¿M-mi madre…? — Le intentaba preguntaba si ella estaba bien, esperando que me dijera lo contrario de lo que yo me estaba imaginando.

-L-lo siento mucho, pero ella…- Con solo oír eso, empecé a llorar.- No pudo sobrevivir, y eso que le operaron, incluso.- A Mao le costó mucho decírmelo, era casi incapaz de darme tan malas noticias.

No solo perdí a mi padre, sino a mi madre, los dos en el mismo día, parecía ser una broma de mal gusto, y deseaba que así lo fuera. Pero no lo era, ellos ya no estaban, los que me dieron la vida. Yo sentí que Dios se burló de mí, cruelmente. ¿Por qué tuvieron que morir ahora, que pensaba ayudarles y salvarles del infierno personal que estaban sufriendo? ¿No tenían derecho o qué? ¡¿O solo quería hacerme sufrir, llegando al punto de matarlos como si fuera personajes de un drama malísimo!? Estas cosas y más, me preguntaba a mí misma, llena de rabia. Quería gritar, con todas mis fuerzas, pero mi garganta no me lo permitía. Deseaba golpear o romper algo, pero me costaba mucho mover mi cuerpo. Solo estaba llorando como nunca. Me sentía tan mal por cómo acabó todo esto, tanto, que apenas podría describirlo exactamente.

Por otra parte, Mao me miraba en silencio, con mucha tristeza, incapaz de decir algo para animarme. Entonces, tras un buen rato sin hablar, hizo algo que me sorprendió. Me abrazó fuertemente y me dijo estas palabras:

— Lo siento mucho, esto lo único que se me ocurre. —

Pero aquel gesto y aquellas palabras eran tan cálidos que me tranquilizaron. Seguía triste, pero dejé de llorar.

Yo hice lo mismo, mientras me aferraba contra su pecho, deseando que no me soltara por mucho tiempo. Aquellos extraños sentimientos que llevaba teniendo días, volvieron a aflorar. Sentía que era capaz de asimilar la muerte de mis padres, de ser muy fuerte y de superar todos los obstáculos que me pondría Dios por delante, solo estando junto a él.

En aquel momento me di cuenta de una cosa muy importante. Mao siempre estuvo ayudándome, protegiéndome; me consolaba en los momentos más tristes, me trataba bien, me hacía feliz; tantas cosas que no sabía terminar. Se volvió una persona muy importante para mí y con el paso del tiempo, yo empecé a sentir unos sentimientos que iban más allá de la pura amistad.

Ya sabía que me pasaba: Me había enamorado de él. Por eso, deseaba que aquel abrazo, tan cálido para mí, durase una eternidad.

— N-no importa, mientras e-estés aquí…— Eso le dije en voz baja, después de que me dijera una y otra vez que lo sentía.

Solo me importaba el hecho de que él estuviera conmigo, ya que me sentía capaz de todo si estoy a su lado. Viviré una gran vida, no importa lo corta o larga que sea, los malos momentos que hayan; con Mao y con todas las demás amigas que tengo.

Esto es algo que mis padres, que en paz descansen, hubieran deseado. Si tan solo ellos tuvieran a alguien como Mao, no habían acabado así. Si alguien les hubiera apoyado, podrían haber sido fuertes. Por eso, yo me sentí muy agradecida, de tenerle a él y necesitaba agradecerle aquel apoyo.

— M-muchas gracias, Mao. — Eso era lo único que podría hacer, en aquellos momentos, porque deseaba demostrárselo de todas las maneras posibles.

FIN

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La familia de Alsancia: Sexta parte, nonagésima novena historia.

— ¿Está bien así? — Eso me preguntó Mao cuando estábamos volviendo a casa, mientras se hacía de noche. Yo le dije, con la cabeza, que sí.

Se estaba refiriendo al hecho de haber perdonado a mi padre, ya que Mao aún estaba enfadado con él, y con mi madre. Después de abrazarlo, decidí que se tranquilizará y que nos explicará lo que le pasó después de divorcio.

Nos contó que tuvo un juicio y perdió la custodia de la casa, luego intentó vivir con una amante que tenía, pero ésta le abandonó y se llevo gran parte de su dinero. Acabó despedido de su empresa, después de que ellos se enterasen de que había estado engañando a su mujer, ya que daba mala imagen. Después de eso, ha estado en el paro durante mucho tiempo.

Ahora mismo, estaba viviendo en un triste y pequeño apartamento, con un aspecto muy lamentable. Todo lo poco que tenía, nos decía, lo sacó de la basura, salvo algunas cosas que pudo comprar de segunda mano. Y tenía una depresión tan grave que estaba tomando antidepresivos. Me sentí muy triste de que estuviera en tan mala situación y quería ayudarle, pero no sabía cómo. Solo le prometimos volver al día siguiente, para traerle comida y otras cosas básicas.

— Si ellos hubieran tenido esperanzas en ti, no estarías en este problema. Hubieras sido más fuerte de lo que eres, hubieras sido mucho más feliz. Yo no les perdonaría, para nada. — Mao seguía hablando. Estaba muy molesto, pero era comprensible. Aún así, yo no podría echarles la culpa, porque nadie la tuvo, y si hubiera algún culpable, todos lo seríamos.

De todos modos, había algo que me estaba preocupando mucho y que no me dejaba tranquila. Me preguntaba si mi vida estaba terminando o aún me faltaba mucho para vivir. Cuándo Mao vio mi cara de preocupación, me preguntó que me pasaba y se lo dije, con el lenguaje de los signos:

— ¡Qué tonterías dices! — Eso me decía. — ¡Si has llegado hasta aquí, vas a vivir una vida bien larga y yo haré todo lo posible para sea así! —Me acariciaba la cabeza, mientras terminaba la frase. Me puse muy roja, por aquellas palabras y gestos. Estaba feliz y deseaba decirle las gracias por el ánimo, pero no me atrevía.

Al día siguiente, volvimos como prometimos, pero cuando habíamos llegado, vimos que algo grave había pasado. Había muchos policías en el lugar y civiles que se acercaban para ver que pasó.

— ¿Habrá pasado algo? — Se preguntaba Mao, al observar cómo estaba el lugar. Yo también me hacía esa pregunta.

Pero, entonces, me di cuenta de que los policías salían del edificio en dónde vivía mi padre y me puse pálida. Tuve un mal presentimiento y empecé a correr al lugar, rezando con todas mis fuerzas que no le hubiera pasado nada.

— ¡Oye, espérame, que este carrito se ha atascado en el suelo! — Eso decía Mao, quién no podría mover el carrito de compras, que habíamos cogido para traer las cosas para mi padre. No sé qué fue lo que pasó para que eso se hubiera quedado atrancado.

Yo lo ignoré, preocupada más por mi papá. Al llegar ante uno de los policías, intenté preguntar.

— ¿Quieres algo? — Me preguntó, cuando vio que yo quería decirle algo, pero me era incapaz, porque me quede atascada de nuevo, por la culpa de los nervios. Incapaz de hablar, decidí cambiar de estrategia y solo hacia signos con las manos que ni yo misma entendía.

— ¡Señor, ella solo quiere saber qué ha pasado! —Y eso gritó Mao, quién se acercaba a nosotros. Ya puso sacar el carrito e iba con cuidado para que sus ruedas no se quedaran otra vez atascados en otro agujero en el suelo.

— Pues bueno, alguien se ha suicidado. — Eso dijo con una cara de pena. Entonces, sentí un gran escalofrío y empecé a temer lo peor. Tan rápido como me lo dijeron, el estomago me empezó a doler.

— ¿Y puede decirnos quién es? — Eso le gritó Mao, quién ponía la misma cara de terror que yo. Él nos dijo que no lo sabía, por ahora.

Entonces, yo y Mao, salimos corriendo hacia el edificio, mientras el policía nos gritaba a dónde íbamos. Nuestra carrera improvisada no duró mucho, porque al llegar al primer piso, ya no podría más, el corazón me iba a estallar y me dolían mucho las piernas.

— ¡Mierda, se me había olvidado que correr es malo para ti! — Dijo Mao, cuando me vio parar. Entonces, él me cogió en brazos decidió subirme al tercer piso. Yo, a pesar de que me había hecho eso varias veces, me dio tanta vergüenza como en el primer día y quería decirle que no hacía falta que hiciera eso.

Me sentí mal que me llevará así, porque al llegar al tercer piso, no pudo más y me pidió descansar unos segundos. Yo me quedé esperándole, pero él me decía que me adelantará. Pero yo no podría, porque me sentía incapaz de ir sola. Entonces, unos policías se acercaron a nosotros.

— ¿Qué hacen aquí? — Preguntó uno de los policías.

— Este no es lugar en dónde los niños deben estar. — Y añadió otro.

Entonces, yo miré hacia ellos, estaban saliendo del pasillo en dónde estaba apartamento de mi padre, y de su puerta salían y entraba policías. Yo caí de rodillas al suelo, incapaz de pensar en algo. Más bien, luchaba con todas mis fuerzas para no asimilar lo obvio. Mao les preguntó el nombre del hombre que se había suicidado:

— ¿Por qué quieren saberlo? — Les preguntó los policías.

— ¡Queremos saber si es el padre de esta chica! — Y eso les gritó Mao.

— N-o… — Le decía en voz baja a Mao, pero él no me escuchaba. — N-o qui-quiero. — No deseaba escucharlo y me tapé los oídos.

Pero no conseguí ignorar lo que dijeron los policías, quienes decidieron responder, tras mucha dilatación. Nos soltó el nombre de la persona y la pesadilla se volvió realidad. Mi padre se había suicidado.

No lloré, porque estaba cansada de llorar, y pedía a Mao que me llevará lejos de ahí, no quería estar ni un segundo más en ese lugar. Los policías nos decía su pésame, antes de preguntarme dónde iba a estar, para ir a la comisaría, más tarde. Yo solo los ignoré, mientras él les decía que sí. No quería saber nada ni deseaba ir allí, solo irme lo más lejos posible. Al final, fui llevaba hasta un parque, que estaba cerca de la casa en dónde vivíamos.

— ¿Quieres un poco de agua? —Eso me preguntó Mao, después de comprar agua.

Yo estaba tan triste, que ni le decía nada, solo miraba al suelo sin ningún motivo, preguntándome una y otra vez por qué mi padre se mató.

— Lo siento mucho. — Me dijo él, a continuación. Estaba muy cabizbajo.

— N-no pasa nada. — Eso le respondí. Después de eso, solo hubo silencio entre nosotros. Yo seguía preguntándome por qué se suicidó.

¿Por qué lo hizo? Ayer le prometí volver a visitarlo, yo le había perdonado. Pensaba ayudarle, ¿por qué se suicidó, por qué cometió tal estupidez? ¿Tal mal estaba? Me insultaba a mí misma una y otra vez, por no haber salvado su vida, por haber llegado demasiado tarde. Si me hubiera dado cuenta antes, podría seguir existiendo. Me sentía tan incompetente.

A continuación, empecé a preguntarme si irse de casa estaba mal. Me alejé de mis padres, cuyo divorcio se convirtió en una guerra entre ellos y me obligaban a estar con alguno y en contra del otro. No podría soportar, cómo mis padres actuaban de esa manera, solo quería que volviesen a estar juntos y volver a los viejos tiempos. Si eso era imposible, por lo menos, no me metieran en su pelea, solo me hacían sufrir. Por eso, me fui con Mao y las demás.

¿Pero eso estaba bien? ¿Eso era algo que alguien de mi edad tenía que hacer? ¿Debería haber aguantado aquella insoportable situación? No sabía en qué pensar, estaba dudando. Y sentí la necesidad eso de preguntárselo a Mao.

— Pues, en realidad, haría lo mismo. — Mao me respondía con estas palabras. — Creo que hiciste lo correcto, otra cosa es que las cosas saliesen tan mal. —

Aún así, yo me sentía algo culpable, sentía que todo esto fuera provocado por mi culpa. Mao, siguió hablando:

— Perder a alguien muy importante es muy duro, además de esta forma y supongo que no podré animarte en estas condiciones. — Concluyó Mao, mientras miraba el cielo algo triste, a la vez que yo observaba el suelo con más tristeza. A continuación, estuvimos en silencio durante unos minutos, hasta que él volvió a hablar.

— ¿Y cómo se pondrá tu madre al enterarse de la noticia? — Me preguntó Mao.

— ¿M-mamá? — Me acordé de ella, y de todo lo que debió de sufrir.

Fue ella, quién me cuidaba, a pesar de todas las dificultades. Mi padre se había alejado de nosotras poquito a poco y, sin su apoyo, mi madre no podría soportar todo el peso, todo empezó a agrietarse. Tuvo que soportar una carga que la destruyó, la de una hija débil y enfermiza. Era normal que acabará odiándome, que terminará en la bebida y en el juego. Tenía que hacer algo, deseaba ayudarla a salir del hoyo, así podré compensar todo lo que tuvo que aguantar conmigo.

— M-mao… — Le dije.

— ¿Qué quieres? — Y yo le respondí, con el lenguaje de los signos, que quería ayudar a mi madre.

— Entiendo, ¿cómo lo haremos?  —Me preguntó, y yo se lo dije.

— ¿Eso va a funcionar? — Estaba muy dudoso, no sabía si eso podría funcionar. Y tiene sentido. Aún así, ya había perdido a mi padre, cuyo suicidio aún me tenía destrozada, no quería perder a mi madre.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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La Familia de Alsancia: Quinta parte, nonagésima novena historia.

— ¿Cómo estás, Alsancia? — Eso me dijo mi padre, después de estar en silencio durante un buen rato. Entre nosotros solo hubo eso, ya que ninguno de los dos sabíamos cómo empezar nuestra conversación.

— B-bien. — Fue lo único que se me ocurrió, la verdad.

Yo no era capaz de decirle algo, estaba muy nerviosa y asustada. No dejaba de recordar una y otra vez lo que me pasó con mi madre, no quería que mi padre me hiciera lo mismo. Con solo pensar en eso, mi estomago me dolía y las nauseas volvían a apoderarse de mi cuerpo.

Aún así, él no parecía ser hostil, me miraba con una cara que, ahora que lo pienso, dejaba claro que estaba lleno de remordimientos y una gran culpa le dominaba. No se atrevía a verme la cara, aunque lo intentaba. Cuando yo me daba cuenta de que me observaba, miraba hacia otro lado, con muecas de incomodidad y dolor. En esos momentos, con lo que pasó hace unas horas, creía que también sentía unos sentimientos muy negativos hacia mí.

Entonces, Mao apareció en escena. Él se sorprendió mucho de que nos hubiéramos encontrado tan rápido a mi padre, diciéndome después de que fue demasiado conveniente para su gusto. Yo no sé qué pensar, pero en esta vida hay coincidencias muy extrañas y sorprendentes, o tal vez fuera el destino o el designio divino. Bueno, a lo primero, no quiso entrometerse entre nosotros, solo se nos quedó mirándonos con preocupación; y al ver que éramos incapaces de hablarnos, cambió de idea.

— ¡¿Pero bueno, llevan meses sin verse y así es el reencuentro!? ¡Eso no puede ser, para nada! — Nos gritaba Mao, mientras se acercaba y nos daba palmadas para atraer nuestra atención.

— ¿Tú eres…? — Mi padre no recordaba a Mao, se quedó mirándolo, cómo si le sonaba pero que no podría saber quién es.

— Mao, amiga de su hija. — Le respondió muy rápido, y luego añadió: — ¡Abrácense o lloren o algo, parece una escena muy triste! —

Sus palabras me hicieron dar cuenta de que, a pesar de que éramos padre e hija, nos estábamos comportando como si no lo fuéramos, o, por lo menos, como si nuestra relación estuviera muy estropeada.

En realidad lo estaba, desde el verano, en que mis padres se divorciaron y me metieron en su pelea. Aún así, no parecía que me odiaba, como mi madre, sino que se sentía culpable de lo que hizo. Y puede que sea mi imaginación, pero vi, por un momento, que soltó algunas lágrimas.

— ¡Lo siento mucho, de verdad! — Eso dijo mi padre, tan de repente, que me asustó un poco. Y tras decir eso, tragó saliva y se marchó corriendo, incapaz de poder soportar el dolor que le causaba verme.

— ¡Espera, espera, no te vayas! — Le gritaba Mao, algo que yo también quería decir, pero no podría. Yo deseaba decirle que le perdonaba y no le odiaba, pero era incapaz de hablar, ni de perseguirle. Nuestro reencuentro no podría terminar de esta manera, después de toda la suerte que habíamos tenido. Intenté alcanzarlo, pedí a mi cuerpo que hiciera aquel esfuerzo, pero el mareo y las nauseas me lo impidieron. Casi iba a caer el suelo, sentía que había perdido el equilibrio, pero pude mantenerme a pie. Me dio tanta rabia no haber podido detenerle, me maldecía a mí misma sin parar.

Mao fue detrás de él, pero, al final, lo perdió y tuvimos que volver a casa con las manos vacías. No sabíamos lo qué le paso a mi madre, ni a mi padre ni nada de nada. Solo fue una pérdida de tiempo. Por el resto del día, tras volver, estaba triste, pero intentaba ocultarlo, para que nadie se preocupase más por mí.

Al día siguiente, en plena mediodía, el teléfono fijo del pasillo sonó y Mao lo cogió. Yo, mientras tanto, miraba la tele con los demás. No tenía ganas de hacer algo, ni siquiera ganas de llorar. Tampoco intentaba fingir que no estaba tan mal de ánimos. Ellos sabían que estaba así, pero no tenían ni idea de cómo animarme.

Aquella llamada solo duró unos cinco minutos, pero era tan importante, que él, tras terminar, me llamó:

— ¡Ven, Alsancia, te tengo que decir una cosa! — Me decía, después de entrar en el salón. Todo el mundo le preguntó qué quería decirme, pero les dijo que era algo privado y que solo yo tenía que escucharlo.

— Tu padre me ha llamado, tenía mi teléfono, aunque no recuerdo cómo. De todas maneras, quiere que me reúna con él, en privado. — Eso me dijo, en el pasillo, mientras los demás nos estaban espiando desde la puerta. Mao los ignoraba.

— ¿P-por qué? — Le pregunté, intrigada. ¿De qué quería hablar mi padre a solas con Mao?

— No lo sé, pero es sobre ti. Me dijo que no te lo dijera, pero, en fin…—Me preguntaba por qué mi padre le dijo eso. — ¿Qué vas a hacer? — Me dijo esto con mucha seriedad.

— N-no lo sé… — Esa era mi respuesta, al saber que mi padre quería decirle algo a él que no querían decirlo a mí. No lo entendía, ¿por qué?

— Ellos te están ocultando algo que no deberías saber, o eso creen. Pero tú tienes derecho a que te lo digan. — Eso me dejó perpleja, no por el hecho de que mis padres me estuviesen ocultando algo, sino porque no me di cuenta.

Solo miraba cabizbaja al suelo, sufriendo por las dudas y las intrigas. Me costaba entender lo que me había dicho Mao, molesta conmigo mismo por no ser capaz de darme cuenta de eso. Pero, por otra parte, sentía mucho miedo, no quería saber que era aquello que me estaban ocultando.

— Pero también tienes derecho a no saberlo, creo. — Me siguió hablando Mao. — ¿Qué vas a hacer? —

Yo empecé a pensar, a elegir entre saber lo que me ocultaban o ignorarlo y no descubrirlo jamás. Si me habían ocultado algo, debería ser una cosa muy grave, tal vez esto me destrozaría el corazón en mil pedazos o su peso fuera demasiado para mí. ¿¡Qué es mejor, quedar en la ignorancia, ignorar esa verdad y seguir viviendo como si eso no hubiera existido!? ¿¡O saberlo, a pesar de que te produciría mucho dolor y sufrimiento!? Tenía demasiado miedo, pero también deseaba saberlo. No, lo necesitaba. Vivir ignorando una verdad es una forma de engañarte a ti mismo, y el engaño, por muy dulce que fuera, se caería por su propio peso algún día, provocando mucho más daño. Y yo ya sufrí mucho, he tenido que soportar mucho, así que debería llenarme de valor y prepararme. Podría ser que no sea tan grave como lo imaginaba, o lo peor que me iban a revelan. Puede que no estaba preparada, pero aún así llegué a una conclusión.

Si me habían ocultado algo, deseaba descubrirlo, por muy fuerte que fuera, pasará lo que pasará, aunque me hunda la vida. No podría ignorarlo.

Al ver mi respuesta, inspiré y respiré varias veces, en un intento de despejar mi mente y llenarme de fuerzas y valor. Mi pobrecito cuerpo temblaba de miedo, pero intenté tranquilizarlo. Moví mis brazos, sabiendo que mi boca no sería capaz de producir ni una sola palabra, por culpa de mis nervios. Le miré al rostro a Mao, mientras forzaba a mi cara a mostrarle determinación.

Entonces, le dije, utilizando el lenguaje de los signos, que quería saberlo, aún a pesar de que sea algo horrible. Él me miró con extraña cara, no sé si por preocupación hacia mí o admiración por mis palabras.

— Entonces, ¿irás conmigo o te lo cuento? — De todas maneras, Mao me preguntó esto, a continuación.

Ya no había marcha atrás, así que le dije que iría con él, quería que mi padre me lo dijera en la cara. No importa lo cruel u horrible que sea, tendré que soportarlo.

Salimos por la tarde, hacia la dirección que le dijo mi padre. Yo estaba muy nerviosa, preguntándome qué era esa cosa que me ocultaba una y otra vez. Para llegar, tuvimos que ir a la otra punta de la cuidad, y rápido, porque la hora del encuentro estaba muy cerca; hasta terminar delante de un edificio, de apartamentos, con cuatro plantas, viejo y bastante estropeado.

Mientras Mao preguntaba a los vecinos si ésta era la dirección correcta, yo me quedé mirando el lugar. El suelo estaba sucio y lleno de porquería, las paredes que nos rodeaban estaban llenas de grafitis, en una plaza ocupada por personas de todas las razas, y daba la impresión de que eran gente pobre. Al centro de todo esto, se encontraba la estatua de un hombre que me parecía desconocido, mirando orgulloso hacia adelante.

— ¡Vamos, Alsancia, es aquí! — Estaba tan distraída viendo el paisaje, que Mao, después de haber sido respondido, tuvo que atraer mi atención.

A continuación, entramos y Mao miró entres los buzones del portal en busca de mi padre. Tras encontrarlo, subimos por las escaleras, ya que, por desgracia, no había ascensor. Ni Mao ni yo deseábamos subir, pero era la única manera. Tuvimos que ir hasta la tercera planta y para mí fue todo un reto, porque, al llegar, estaba molida, apenas podría sostener mis piernas y tuve que recuperar el aliento. Entonces, escuchamos a alguien decir esto.

— A-alsancia, ¿qué haces aquí? — Era mi padre, que estaba al final del pasillo.

Yo me quedé paralizada, no sabía qué decir, por unos segundos, porque él me estaba mirando con espanto. A continuación, le gritó con mucha furia a Mao:

— Te dije que no se lo dijeras y vas y me la traes, ¿qué te pasa por la cabeza? — Parecía que quería matarlo.

— Ella tiene derecho a saberlo, más que yo. ¡Guardarle secretos que le podrían afectar es peor que decírselo! — Mao le gritó también, pero con mucha más fuerza.

A continuación, él se quedó en silencio, mirando nerviosamente al suelo, por unos segundos. Después, empezó a decir esto:

— P-pero, pero…— Era incapaz de decir más, repitiéndolo unas cuantas veces.

Entonces, yo, al verle así, decidí decirle algo, así que me llené de valentía. Expiré e inspiré unas cuantas veces, pensando en lo que le iba a decir, intentando borrar el miedo de quedarme atrancada o de soltar las palabras incorrectas. Al final, cuando me sentí preparada:

— P-por f-favor,… — Las cuerdas vocales se me atrancaban, pero no podría rendirme. — P-pa-papá. — Cerré los ojos y junté mis manos con todas mis fuerzas. — ¡C-cu-cuéntamelo! — La última palabra se la solté chillando y se me empezó a doler la garganta, por haberla forzado de esa manera. El dolor era muy intenso, sentía que tardaría días en volver a hablar, pero pude hacerlo, lo conseguí.

Al ver cómo me esforcé al máximo, cómo forcé tanto a mi garganta para dar aquel grito, aunque fuera tan débil como la de una ardilla; los dos se quedaron mirándome, con unos rostros llenos de lastima hacia mí. Sobre todo el de mi padre, que más bien era de remordimientos. Finalmente, se dio cuenta de que tenía que decírmelo.

— ¿Estás segura, de verdad quieres saberlo? — Me preguntó y yo le moví la cabeza para decirle que sí. Entonces, se quedó callado unos segundos y luego empezó a hablar:

— Después de que contrajiste aquella enfermedad que casi te mata, ya sabes, la fiebre shelijoniana; cuando iban a darte de alta, el médico nos llamó a tu madre y a mí, y…— Él se detuvo por unos cuantos segundos, como si algo le impedía seguir contándonoslos, pero pudo continuar.

— Nos explicó muchas cosas, pero había una que especialmente nos dejó destrozados. Nos dijo que…— Tuvo que forzarse a sí mismo para poder decírnoslo. —…que no ibas a vivir mucho tiempo. —

Yo me quedé sin habla, incapaz de creer lo que había dicho. Mao también le pasó lo mismo. Eso fue demasiado chocante, parecía una broma de mal gusto. Mi padre, por su parte, siguió hablando.

— La enfermedad, luego, las pastillas, te dejaron en tan mal estado; que tu cuerpo no podría aguantar mucho tiempo, o eso decían los médicos. Ni yo ni mi madre no podríamos asimilarlo, solo le dijimos cuánto te quedaba, y él no dijo que sería pronto, tal vez un mes, un año, o incluso tres. Eso se lo explicó el equipo que te atendieron, sobre todo las principales, las que te salvaron la vida. — No podría asimilarlo lo que me estaba diciendo.

— No éramos capaces de decírtelo. No podríamos creer que nuestra hija iba a morir pronto, intentábamos negarlo a nosotros mismos, pero era en vano. — No me podría imaginar cómo lo sintieron, debió de ser horrible, tanto como lo que yo estaba sintiendo en aquellos momentos al oír sus palabras.

— Como padres que éramos, nuestra responsabilidad era hacer que tuvieras los mejores años de tu vida, pero fracasamos, totalmente. Fuimos débiles y solo intentábamos hacer una vida normal y corriente, pero era imposible. — No quería oír nada más.

— Cada vez que te enfermabas, solo llorábamos sin que nos vieses. Era tan doloroso que no podríamos aguantar. Yo poco a poquito intenté alejarme de todo, para olvidarme de todo ese sufrimiento, y acabé descuidando mis labores como padre y cabeza de familia. Por ese motivo, tu madre empezó a pelearse conmigo una y otra vez. — Pero no pude evitar recordar cosas.

Aquellas horribles peleas entre ellos, que me provocaban tanto estrés que terminaba en el hospital, ya tenían sentido.

— Con cada pelea, yo intentaba alejarme aún más de mi familia y de mis obligaciones, y provocaba más peleas. Así, tu madre y yo empezamos a odiarnos, y ella empezó a odiarte a ti. Y el tiempo pasaba y tú seguías viviendo a duras penas, pero sufriendo por nuestra culpa. —

Ahora lo entendía todo, lo que pasó en el verano pasado. Mi enfermedad provocó una situación que poco a poco estaba acabando con mi familia, algo que no me di cuenta cuando ya era demasiado tarde, cuando no se pudo más y todo explotó.

— Yo acabé engañando a tu madre con otras mujeres y cuando ella se enteró, se enganchó a las bebidas alcohólicas y finalmente al juego. Al ver que se estaba gastando el dinero en esas cosas, tuvimos una pelea tan fuerte que casi nos íbamos a matar. Eso, fue a principios del verano, y ya sabes cómo acabó. — Empezó a llorar de forma descontrolada, mientras caía de rodillas.

— ¡Y fui un mal padre, terminé pensando en cuándo te ibas a morir, deseando que fuera lo más pronto posible! — Seguía gritando y llorando, como si fuera un niño, mientras yo no sabía qué decir, aún intentaba asimilar todo lo que me dijo, de que me iba a morir. Entonces, Mao le dio un puñetazo que lo hizo volar:

— ¿Por qué has hecho eso? — Le gritó mi padre, mientras se levantaba del suelo muy sorprendido.

Yo me quedé con la boca abierta, ¿¡por qué le tuvo que pegar a mi padre!? No era necesario hacer eso, me sintió muy mal, a pesar de que él dijera esas cosas tan desagradables.

— Porque eres un mal padre, tú mismo lo has dicho. — Mao le respondió con gran seriedad. — ¿Cuánto tiempo pasó desde eso? Mucho, y Alsancia sigue aquí, ella sigue viva. A pesar del dolor que debe haber pasado, está aquí, delante de ti. —

Era verdad, yo seguía viva, a pesar de aquellas palabras. Tengo veintiún años y sigo existiendo. Y me sentí muy contenta, no solo porque aquella predicción había fallado, sino porque pude conocer a Mao, a Josefina y las demás. Le di gracias a Dios por dejarme vivir y empecé a llorar de felicidad.

— L-lo siento mucho, de verdad. — Eso le dijo mi padre, que aún seguía llorando descontroladamente, mientras me pedía perdón sin parar. Yo solo me acerqué, para decirle esto:

— N-no importa, n-nadie tiene la culpa. — Le intenté decir, mientras le daba un gran abrazo.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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La Familia de Alsancia: Cuarta parte, nonagésima novena historia.

— ¿Qué haces aquí? ¿No ves que estoy intentando ganar? — Eso me decía mi madre, con un tono más desagradable que cuando nos encontramos en el centro comercial. Y no solo eso me hacía daño, también su mirada, ya que empezó a mirarme como si fuera la mala de la película. Aún así yo, a pesar de mi nerviosismo, me llené de fuerza para poder decirle estas palabras:

— L-lo siento. — Me sentía mal, ya que pensaba que era por mi culpa. Ella acabó así, enganchada al juego, por haberme ido de casa, porque se sintió traicionada por su propia hija. Por eso, le quería pedir disculpas por todo el daño que le hice.

— ¿¡Y ahora lo dices!? ¡¿Ahora!? — Me gritó muy furiosa y casi iba a pegarme. Yo solo cerré los ojos, ya que estaba paralizada, mientras me sentía más mal que nunca. Provoqué que mi madre me odiara y eso me dolía muchísimo, tanto que el estrés que me estaba provocando aquellos horribles momentos me estaba haciendo mucho daño en el estomago. Ella siguió, por su parte, gritándome:

— Te dije que no te alejarás de nosotros, una y otra vez, pero no me hiciste caso.- No sabía de qué estaba hablando, al principio. — ¡Pero no, tenía que jugar a los aventureros! — Entonces, lo recordé.

— No te vayas muy lejos de nosotros, ¿vale? — Esto lo decía mi madre en aquel día fatídico, en dónde yo, mordida por un murciélago, fui infectada por la enfermedad que casi me mató y me destrozó el cuerpo.

Dijo aquellas palabras mientras estábamos descansando de hacer casi una hora de senderismo en las montañas de Shelijonia. Yo le respondí que sí, pero no la hice caso, quería visitar aquella cueva que vi cerca de nosotros. ¿Pero qué tenía eso que ver con ahora? Quería preguntárselo, pero era incapaz de hacerlo, solo tenía ganas de vomitar.

— ¡¿Sabes todo lo que sufrí todo este tiempo!? — Mi madre seguía entre gritos, hablándome. — ¡Seguro que ni tienes la puñetera idea! — Y quería decir que sí, que lo sabía desde el primer momento; pero estaba paralizada, no me podría ni mover por los nervios.

— ¡No me mires con esa cara de cachorrito! — Entonces, me dijo esto, antes de darme un tortazo en toda la cara que me hizo caer al suelo.

— ¡Siempre igual, siempre pones esa maldita cara de lástima! ¡Siempre quejándote, siempre diciéndome que te debería tratar mejor! ¡¿Has pensado alguna vez en mis sentimientos!? ¡Por supuesto que no, solo te importas tú! — Ella estaba llorando de rabia hacia mí.

Yo no sabía qué le pasaba, lo que estaba describiendo no parecía ser yo, ¿o es que me estaba engañando a mí misma? No entendía nada. Es verdad que nos peleábamos a menudo y le pedía que me tratara mejor, pero era porque ella se enfadaba conmigo por cualquier tontería. Por cada vez que me entraba cólicos o vomitaba, ya la liaba. Pero había pensando en sus sentimientos, mil veces, e intentaba en lo posible no molestarla; pero era imposible, todo le era insoportable. A continuación, no contenta con darme un tortazo, me quería dar uno más, y yo me dejaría, pero alguien la detuvo.

— No voy a permitir que le hagas más daño a tu hija. — Era Mao, quién le tenía agarrando la mano, con la cual iba a abofetearme, muy fuerte. Estaba muy enfadado.

— ¡En nuestro local no se permite la violencia! — Eso gritaba alguien a lo lejos, mientras los demás veían la escena sin pestañear, y sin ganas de intervenir.

— ¡Suéltame la mano, sucia asiática! — Le gritó mi madre a Mao, a continuación.

— Además de desgraciada, racista. ¡Qué mal, qué mal! — Mao le replicó con estas palabras, mientras le apretaba aún más la mano. No la iba a soltar y la estaba haciendo daño. Yo quería que parasen, no deseaba que iniciasen una pelea, o eso daba la impresión, por mi culpa.

— ¡¿Pero quién le ha dejado entrar a estas niñas!? — Entonces, algunos trabajadores de la sala de juegos se acercaron a nosotros. Y Mao soltó la mano de mi madre y me cogió a mí.

— ¡Perdón por montar este espectáculo! — Mao se disculpaba, mientras salía corriendo de allí, conmigo en brazos. Les gritaba a la gente que estaba en su camino que se quitasen, mientras los trabajadores del lugar nos perseguían.

— ¡Malditas niñatas! ¡Os vamos a dar una lección! — Nos gritaban muy enfadados, mientras nosotros salíamos de la sala del juego.

Mao no se detuvo hasta que llegamos a la estación central. Allí me soltó y empezó a descansar, mientras se sentaba un banco. Yo también lo hice, muy afectada por lo que había vivido, mientras sentía fuertes cólicos, los cuales intentaban ocultar a los ojos de él, para que no se preocupara aún más de mí.

— Lo siento, Alsancia. — Me empezó a hablar, tras un rato. — Supongo que no ha sido una buena idea. — Le dije, utilizando el lenguaje de los signos, que no pasaba nada.

Después de todo, fui yo, quién pidió saber la verdad, aunque al final no hemos conseguido nada claro. No entendía cómo mi madre acabó así, qué le ocurrió, y por qué ese rencor hacia a mí, pero ella misma no me iba a decir nada. ¿Qué podría hacer? Entonces, me di cuenta de que me había olvidado de alguien, tan especial como mi madre, mi padre. Tampoco le había visto desde el verano. ¿Cómo estaría y en dónde? A continuación, le toqué el hombro, para decirle a Mao que si me podría buscar a mi padre.

— ¡Es verdad! ¡Tu padre! — Eso decía, como si lo hubiese tenido una revelación. — ¡Él debe saber qué le ha ocurrido tu familia! — A continuación, se quedó callado unos segundos, antes de decir esto:

— Bueno, ahora el problema es dónde buscarlo. Pedirle ayuda a los policías, no sé si va a servir, porque si no ha cometido delitos, no puedo pedir más. —

Y se puso a meditar, y yo me quede mirándole. Yo sentí como si estuviera pidiendo demasiado y me arrepentí haberle dicho eso. Estuvimos así un buen rato, hasta que Mao se levanto del banco y me dijo esto:

— ¡Vamos a pasear un poco por la ciudad! — Me decía, mientras me levantaba. — ¡Hay un lugar en dónde podemos olvidarnos por un rato de esto! — Yo solo asentí con la cabeza. A continuación, él me llevó a otra parte de Springfield, mientras me agarraba de la mano.

Estaba bastante roja, a pesar de que no era la primera vez que lo hacía; pero esta vez era diferente, porque sabía que era un chico.

Aún así, no quería, por algo que yo misma que en aquellos momentos no entendía, que me soltará por nada del mundo. Durante ese rato, me olvidé de mis problemas, me sentía bien y solo quería que esto durase lo máximo posible.

Al final de nuestro paseo, que fue largo, llegamos a un parque, delante de un puesto de comida callejera, una pequeña caseta de color blanco portando un letrero en el techo con un nombre muy raro. Ahí, Mao me soltó la mano, aunque yo no quería que lo hiciera, para saludar a una chica que estaba ayudando a unos adultos, metiendo cosas, dentro de aquel sitio.

— ¡Buenos días!- Le gritaba, mientras le saludaba con la mano. — ¿Cómo estás, satánica? — Había oído ese mote otras veces. Me imaginaba que hablaban de una chica muy peligrosa, aunque ella parecía normal.

— ¡Oye, deja de llamarme así! ¡Me llamó Khieu, Khieu! — Y le enfadaba que le dijeran así. Es normal, es un mote muy horrible, hay que ser muy mala persona para haberle bautizado con tal nombre.

— Pero es mucho más fácil de memorizar…— Mao la replicó poniendo cara de inocente.

— ¿Lo estás haciendo a propósito? — Y la enfadó algo más, todavía.

— No importa eso, ¿por cierto, tienes algo decente para estómagos delicados? — Entonces, me di cuenta que Mao quería comprar comida en ese puesto callejero, en el mismo momento en que yo tenía hambre.

— Hoy estás exigente, ¿eh? — Le decía, mientras le daba el menú.

— Es para una amiga. — Y eso le respondió Mao a aquella chica llamada Khieu, mientras observaba el menú.

— Es diferente de la semana pasada. — Le dijo a Mao, mientras me miraba fijamente. No sabía qué quería decir ella con eso.

— ¿Y pasa algo? — Ni Mao tampoco.

A continuación, mientras yo me sentaba en el banco, Mao empezó a preguntarle los ingredientes que llevaba cada cosa, algo que esa chica le molestaba.

— ¡No tengo todo el día contigo! ¡Hay más clientes, aparte de ti! — Protestaba Khieu, mientras unas cuantas personas se acercaban a pedir comida.

Entonces le vi, a mi padre. Estaba entre esas personas, en una larga cola, esperando para pedir su pedido. Fue toda una sorpresa. Antes de acércame a él, empecé a observarlo fijamente.

Llevaba una espesa barba, tenía unas grandes ojeras, mientras ocultaba su pelo con una gorra y tenía un abrigo tan usado que parecía un vagabundo. Parecía que se había estropeado, pero no tanto como mi madre.

Pensaba acercarme y decirle algo, pero el miedo no me dejaba moverme, recordando lo que me pasó con mi madre.

No quería ser despechada y rechazada por segunda vez, no deseaba saber que me odiaba o algo parecido por el estilo. No sabía qué hacer y entonces, él se dio cuenta de que yo estaba ahí.

— ¿Alsancia? — Eso dijo, cuando giró la cabeza hacia a un lado y me vio, poniendo una cara de sorpresa.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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La Familia de Alsancia: Tercera parte, nonagésima novena historia.

En la mañana siguiente, tras levantarme, me intenté engañar a mí misma, intentando creerme que era un sueño; pero no podría. Sabía que era verdad, de que Mao era un chico. Al verle, después de bajar al salón, me puse muy nerviosa y bastante roja. Me sentía muy incómoda, sin saber qué decir o hacer.

— ¡Buenos días, Alsancia! — Me saludó Mao con toda normalidad y yo me puse tan nerviosa que me costó responderle. Llegué a confundirme de signo e hice algo que ni yo entendía. A continuación, al ver lo que había acabado de hacer, me senté rápidamente y solo miré a otro lado. Ni podría mirarle a la cara, solo miraba al cielo. Bueno, al techo, quería decir.

— ¿Has tenido una pesadilla o algo así? — Me preguntó Mao. Era normal, porque era bien obvio que estaba rara, pero yo le dije, eligiendo los signos adecuados, que estaba bien, que no pasaba nada.

— Pues no lo parece. — Dijo Jovaka, dándome un buen susto, mientras bajaba al salón. Y tras ella, salieron del cuarto de baño, las gemelas, que estaban bastantes desanimadas, no parecían ser las mismas de siempre.

— ¡Buenos días! — Nos saludaban sin ganas algunas, mientras se tiraban al suelo de salón.

— ¿Qué pasa con esas caras tan largas? — Mao estaba muy extrañado. —¿Qué le pasa hoy a todo el mundo? — Soltó un suspiro, mientras Jovaka le decía que ella estaba bien.

— Pues, ¡qué va a ser! — Eso le contestó Alex.

— Llegó antes de lo que creíamos. — Añadió Sanae.

— ¿De qué están hablando? — Yo, Mao y Jovaka nos preguntábamos que querían decir exactamente, porque ninguna nos lo decía claro, hasta que Alex nos soltó esto:

— ¡Por cierto, tienes tu futón lleno de sangre! — Ya nos dimos cuenta de lo que le pasaban, tenían la menstruación y Mao gritó como loco.

— ¡Será posible! ¿Por qué no se han puesto compresas? — Eso les gritaba.

— Lo hecho, hecho está. — Les respondía ellas como si nada, más bien, como si no tenían fuerza.

— Y nuestras bragas y pijamas también se llenaron de sangre, y no nos ponemos así. — Y añadieron.

— ¡En serio, sois un desastre! — Decía Mao, malhumorado, mientras subían a la habitación de los invitados para verlo por sus propios ojos.

— ¡Por favor, parece que ha habido un asesinato o algo parecido! — Y esto exclamó, con un gran grito de terror, tras entrar y comprobarlo. Salió de la habitación, mostrándoles el futón en dónde ellas durmieron para que le dijeran qué hicieron con él para acabar así.

— ¡Hemos hecho la regla a la vez, al mismo tiempo! —Eso le explicaron.

— Eso ya da bastante miedo. — Dijo Jovaka, al escucharlas, poniendo una mueca de espanto.

— Por lo menos, así están tranquilitas durante un día. A diferencia de otras, que están de los nervios cuando le vienen la regla. — Mao le estaba echando una indirecta a Jovaka, quién lo notó.

— ¡Oye, Mao! ¡Yo no me pongo así cuando se me viene! — Le replicó.

— Todos los que aquí sabemos que es mentira. — Era verdad, cuando se le venía, siempre estaba muy irritada y saltaba a la primera.

Y me di cuenta de que Diana, quién se fue a la cocina para estar con su madre, estaba oyendo la conversación desde la puerta, sin querer entrar en el salón. Con una cara de asco, decía: — Me allepiento de ser muger. —

Yo, por mi parte, quería que parasen, no deseaba saber nada del tema, ya que cada vez que tengo la regla, me pongo tan enferma que no puedo salir de la cama. Y, en aquel momento, me estaba poniendo mala con solo oírlo pero no me atrevía decirles que cambiarán de tema, porque eso sería muy grosero de mi parte.

— De todos modos, deberían estar más atentas a sus periodos. — Eso les decía Mao, mientras tanto.

— Es difícil, Mao. — Ellas protestaron.

— Pues si yo fuera vosotras, lo intentaría… —Mao les respondió con esto, haciendo que volviera a recordar lo de anoche.

— Lo dices cómo si no lo tuvieras… — Añadieron Alex y Sanae.

-P-pues claro que sí lo tengo, soy una chica y tengo esa cosa. — Les dijo Mao, algo nervioso.

Era imposible que tenga eso. Más bien, no puede ser posible porque es un hombre. Deseaba levantarme y que  me dijera lo que era realmente. Me sentía engañada, pero me di cuenta, entonces, de algo. ¿Por qué se hacía pasar por una chica? No lo sabía y no me atrevía a descubrirlo, pero, sea la que sea, no tenía que enfadarme con él. Sus razones tendrán. Tal vez, se sienta mujer por dentro o algo. Así que lo mejor era quitarse esas tonterías e ignorar ese asunto. Entonces, me pegué unos pequeños tortazos en la cara, y todos me miraron. Yo les dije, con signos, que no era nada; y, entonces, solté esto, sin darme cuenta.

—P-perdón, Mao. — Lo dije en voz muy bajita, pero aún así Mao lo escuchó.

— ¿Has dicho algo? — Le respondí que no con la cabeza.

No importa, si es una chica o un chico, Mao es Mao. Alguien muy amable y genial, que no ha dejado de ayudarme en mis momentos difíciles, no solo a mí, sino a todos los demás. Eso era lo importante, y ya está. Aunque, en el fondo de mi corazón, estaba feliz de que fuera un hombre, no sabía muy bien el porqué. Sin darme cuenta, empecé a sonreír, mientras le observaba fijamente.

— ¡Qué envidia, luces tan sonriente! — Eso dijeron las gemelas, que miraron mi cara con las suyas muy desaminadas. Yo me sonrojé un poco y moví la cabeza para decirles que no. Por un momento, sentí cómo Jovaka me miraba de forma extraña, pero al ver que la noté, volvió su cabeza hacia a la televisión, mientras estaba encendiendo la consola.

Mao, mientras tanto, se fue a la parte de la tienda y al poco rato, volvió al salón para decirme algo muy importante. Entró como loco.

— ¡Alsancia, Alsancia! — Me gritaba. — ¡Ya sabemos dónde está tu madre! —

Yo me levanté de golpe, al oír eso. Quería preguntar pero no podría, pero Mao me cogió de la mano y me llevó al cuarto para que me vistiera.

A continuación, salimos a la calle y empezamos a caminar, mientras él miraba un mapa de la cuidad, por un lado y por otro, observaba un trozo de papel. Yo deseaba preguntarle, pero no me atrevía, aunque al final me lo dijo:

— Tengo buenas relaciones con la policía, les pregunté y uno me dijo, que ella últimamente da muchos problemas, y frecuenta desde hace tiempo una sala de juegos. — ¿Por qué estaba en tal sitio? Eso me preguntaba bastante consternada, al escuchar esas palabras de Mao.

Tardamos casi una hora en llegar al lugar, que estaba en mitad de la cuidad, cerca de la estación principal de tren. Estaba situado en la planta baja de un edificio de ocho pisos, cuyas paredes eran grises y tenían grandes ventanas. El local se llamaba “La sala de la felicidad” y había mucha gente, entrando y saliendo. Algunos estaban llorando, otros cabreados o lobotomizados, y solo unas pocas personas tenían una sonrisa en la cara. No parecía un lugar muy feliz.

— Esto parece un antro de mala muerte. — Dijo Mao al observarlo y estaba en lo cierto. Yo no quería entrar ahí, se me quitaron las ganas y creo que a él también, pero se acercó a la puerta, que estaba vigilada por un hombre enorme y con cara muy aterradora.

— ¡Oye, señor…! — Mao le intentó decir algo.

— ¡Si quieren entrar, denme identificación, porque parecéis menores de edad! — Pero fue interrumpido por aquel hombre, con mucha brusquedad.

— No voy a entrar ahí ni loca, solo estamos buscando a una persona, que frecuenta este sitio. — Eso le replicaba, mientras le mostraba una fotografía de mi madre. — Se llama Adriana Mussolini. — El hombre cogió eso y empezó a observarlo detenidamente, durante varios segundos.

—Me suena, me suena. — Decía muy pensativo. — Aunque no recuerdo el qué, hay tanta gente que entra y sale…— Tras mucho pensar, se rindió y nos dijo que iba a preguntar a sus compañeros, mientras entraba. Salió tan rápido como entró.

— No hace falta, está ahí, llorando por haber apostado todo el dinero que consiguió en el bingo. — Los dos nos quedamos con la boca abierta. El hombre siguió hablando.

— Es una cliente habitual, aunque la hemos echado varias veces por alcoholismo. — Esas palabras fueron un puñal para mí.

— ¿¡No lo dirás en serio!? — Eso dijo Mao.

— Os lo enseñaría, pero la ley dice que no deben entrar menores.- Le replicó el hombre. A continuación, añadió esto: — Si quieren, pido que la saquen de ahí, ya no tiene más dinero que ofrecer. — Esas palabras fueron muy desagradables.

— ¡Oye, desgraciado! ¿Así es cómo tratas a los clientes? — Mao le gritó muy enfadado, con ganas de pegarle un buen puñetazo.

— A mi no me insultes, es problema suyo, no nuestro. Ellos vienen en busca de dinero fácil y nosotros le damos la oportunidad. Si lo pierden todo, es culpa suya. — Eso le respondió.

Y mientras Mao y aquel hombre empezaban a pelearse, yo, con ganas de llorar, entré en el establecimiento en su busca, tenía que verlo con sus propios ojos, a pesar de que no lo deseaba. El hombre me gritó, pero lo ignoré.

Era un lugar enorme lleno tanto de gente como de máquinas tragaperras y de mesas de póker; con una apariencia muy lujosa. Estaba totalmente lleno de humo que desprendían cientos de cigarrillos y de puros, haciendo que fuera casi irrespirable, no dejaba de toser. Aún así, empecé a correr por ese lugar, mirando por todas partes para ver a mi madre, ante la mirada atónita de cientos de hombres y mujeres. Quería gritar, pero era incapaz de hacerlo, como siempre.

Entonces, la pude ver, estaba llorando a otra persona, pidiéndole dinero para seguir jugando, mientras lo agarraba del brazo.

— ¡Ni siquiera le conozco señora, así que suéltame! — Eso le decía un hombre que tenía un aspecto bastante miserable, mientras intentaba soltarse de mi  madre.

— Hazlo por caridad, necesito dinero. Si me lo prestas, prometo ganar y darte una buena parte. Alcanzaré el millón de dólares. — Le gritaba con toda la desesperación del mundo.

Entonces, ella se dio cuenta de mi presencia y nos quedamos mirándonos, mientras aquel hombre se libraba de ella y huía. Era verdad, mi madre se había vuelvo una adicta al juego y me estaba mirando con una cara de vergüenza, mientras yo la observaba muy trastornada, a la vez que me salían las lágrimas.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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La Familia de Alsancia: Segunda parte, nonagésima novena historia.

Al despertar, seguía deprimida y eso me afectaba mucho a mi estomago, que me dolía. No quería creer que mi madre me hubiese tratado de esa manera y me preguntaba qué había hecho mal para que me odiase tanto, y no encontraba respuesta alguna en mí. Aparte de eso, ella me tenía bastante preocupada. Estaba hecho polvo físicamente y robando ropa interior, ¿qué le había ocurrido? Necesitaba saberlo y decidí ir a la casa de mis padres por la tarde y le pedí a Mao que me acompañará, porque no podría ir sola.

— ¿Estás segura de que quieras visitarla? — Me preguntaba Mao con gran preocupación, mientras nos dirigíamos hacia allí. Yo le dije que sí con la cabeza. La verdad es que no me sentía preparada y sentía que me iba a derrumbar a la mínima palabra, pero era mi deber hacerlo.

— No es que fue muy agradable contigo ayer. No creo que hoy sea distinto. — Eso que dijo Mao ya lo sabía, pero tenía que averiguarlo.

Pero al llegar a mi casa, no me esperaba lo que nos íbamos a encontrar. La casa era la misma: una casita de dos pisos, de madera blanca, situado en el centro de un pequeño jardín; pero tenía unos inquilinos diferentes. No eran mis padres, sino unas personas que no conocíamos para nada.

— Buenas tardes, chiquitas, ¿qué quieren? — Nos preguntaron unos de los hombres que nos habían abierto.

— ¿Ustedes son los parientes de ella? — Y esto les preguntó a su vez Mao, mientras me señalaba. Yo le intenté decir que no, que nunca los había visto en mi vida; pero mi nerviosismo me impidió evitar aquel malentendido.

Ellos lo negaron y él me miró y yo se lo afirmé, moviendo mi cabeza afirmativamente. A continuación, Mao les explicó nuestra situación:

— Ya veo, hace dos meses que nos vendieron la casa, era una mujer. Nos decía que no podría pagar la hipoteca, así que decidió venderla al mejor postor. — Y eso nos explicó el hombre, dejándome muy sorprendida y algo molesta.

Era normal que no lo llegará a saber, ya que no me habíamos hablando con mi madre desde hace meses; pero aún así era feo ver que nadie me hubiera avisado de esto.

— ¿Y ahora qué harás? — Eso me preguntó Mao, mientras volvíamos a casa. Aquellos hombres no sabían nada y tuvimos que despedirnos de ellos, y pedirle perdón por las molestias. Eran buena gente, me dieron gritos de ánimos, aunque apenas sabían lo que ocurría.

— N-no lo sé. — Fue lo único que pude decirle, mientras me comía la cabeza, preguntándome qué había pasado desde que yo me fui de casa.

— ¿Por qué no probamos a visitar a la tienda de ayer, por si, de nuevo, nos la encontramos allí? — Me dijo Mao, quién intentaba animarme, pero yo le dijo que no. No deseaba volver a verla de esa forma, robando ropa interior. Después de pasar aquel mal rato, lo último que haría era volver allí, creo que jamás volveré a pisar ese local. Entonces, le dije, usando el lenguaje de los signos que solo quería volver a casa y olvidar de momento lo que había pasado con mis padres.

— ¿Han podido descubrir algo? — Así nos recibió Leonardo, cuando entramos en la tienda, mientras estaba liado poniendo precios a objetos que Mao compró.

— ¡Qué su mamá ha vendido su casa! — Mao le respondió en mi lugar.

Entonces, Leonardo nos decía que deberíamos entrar en el salón de una vez, ya que nos tenían una sorpresa, algo que nos dejó muy intrigados. Luego, unos gritos llegaron del salón, que le recriminaron:

— ¡Lo has arruinado! — Eso dijo una.

— Ya no será una sorpresa. — Y añadió otra.

Él las pidió perdón y nosotras nos dirigimos hacia al salón. Cuando entremos, las gemelas nos recibieron con serpentinas, que nos asustaron mucho. A mí casi me dio un infarto, a Mao también.

— ¡Feliz cumpleaños! — Gritaron, pero no era mi cumpleaños.

— ¿Cumpleaños? Si ninguna de las dos cumplimos años. — Dijo Mao, a continuación.

— No importa. — Le comentó Sanae, mientras se ponía un gorrito.

—  Es un no-cumpleaños. —  Y esto añadió Alex, mientras estaba comiendo chuches que habían comprado.

— No estamos en el País de las Maravillas, chicas. — Después de soltar esas palabras, Mao y nos pusimos a mirar por todas partes. Se veía apenas decoración cumpleañera, no parecía una fiesta. Solo se veía algunos globos por un lado y los pocos adornos de navidad que aún no se habían guardado y fueron utilizados para este improvisado cumpleaños.

— Es una fiesta para apoyar a Alsancia. — A continuación, le dijeron esto a la vez a Mao; mientras ponían unas extrañas poses. Me hicieron muy feliz, fue un bonito detalle de su parte. Me entraron unas enormes ganas de darles un gran abrazo y decirles gracias con todas mis fuerzas. No sé por qué no lo hice.

— Podrían haberlo dicho porque muchas de estas cosas no las puede comer Alsancia. — Añadió Mao, mientras miraba las cosas que compraron en la mesa, entre ellos un pequeño pastel con una pinta deliciosa. Y tenía razón, pero la intención era lo que contaba.

— Eh, ¿en serio? — Al oír eso, poniendo muy mala cara.

— Tiene un estomago muy delicado. — Yo le quise decir que no pasaba nada, que lo podrían comer ellas si querían, pero Mao se levantó y nos dijo que iba a comprar comida adecuada para mí. A continuación, cogió dinero y se fue.

— ¿Entonces, cuándo vamos a comer? ¡Qué yo tengo hambre! — Dijo Jovaka, quién estaba tumbada boca arriba, mientras se tocaba la barriga.

— Deberíamos esperar a Mao. — Le respondió Clementina algo enfadada, mientras Diana, que sentía lo mismo que Jovaka, le replicaba que no quería esperar. Las comprendo un poco, eso se veía muy delicioso. Yo, mientras tanto, les pregunté a las gemelas por qué hicieron esto por mí.

— ¿Qué quieres decir con eso? — Pero no entendieron los signos que usé para decírselo. Dijeron esas palabras de forma coordinada, después de que se quedarán en blanco, incapaces de traducirlo.

— Les pregunta que cuál es la razón de que les hayáis hecho una fiesta. —Pero Jovaka lo supo, haciendo que tanto las gemelas Alex y Sanae como yo nos sorprendiéramos. Pensaba que no sabía el lenguaje de los signos y ni le interesaba.

— ¿Y cómo sabes lo qué dice? — Ellas le preguntaron al momento.

— H-ha sido solo casualidad, por favor. Era obvio que os preguntará eso. N-no es como si supiera eso ni nada parecido. — Y Jovaka respondió algo avergonzada, mientras giraba la cabeza hacia al otro lado. Las gemelas, a continuación, me comentaron esto:

— ¡Eso de ver a tu madre siendo pillada por robar ropa interior, es algo muy feo! — Eso me soltó Alex.

— ¡Y cómo estás muy triste por verla así, vamos a animarte la vida! —Añadió Sanae.

— ¡Fiesta, fiesta! — Y gritó Diana de golpe, mientras agitaba los brazos de un lado para otro y las gemelas empezarán a imitarla.

Sentí cómo todas mis preocupaciones, los problemas y desgracias que han surgido en mi vida; desaparecían por unos instantes, y me llené de alegría. Eso era demasiado bonito para mí, que hasta me hizo llorar de felicidad. Jamás pensé que una cosa como ésta me iba a conmover tanto y daba gracias a Dios por haber conocido a aquellas personas.

— G-gracias. — Eso les dije a continuación, con una gran sonrisa, mientras me preguntaban por qué estaba llorando.

Al volver Mao, la fiesta comenzó. Me trajo una tarta y unos aperitivos que podría tolerar y que no estaban tan malos, aunque deseaba probar los que no podría comer. Aunque protestó por el ruido y decía que no les gustaban los juegos de mesas, nos dejó que hiciéramos un concurso de karaoke, que yo apenas participé; jugar al Monopoly y otros parecidos, provocando sin querer que nuestros vecinos se quejaran por nuestros gritos. De todos modos, fue muy divertido. Me hubiera gustado que Josefina y Malan estuvieran aquí, se lo habían perdido, pero ellas estaban con sus familias. Al final, terminó a las once y media de la noche.

— ¡Ya es tarde, deberían dormir! — Nos decía Mao, mientras se levantaba del suelo.

— ¡No, aún no, estaremos despiertas hasta el amanecer! — Alex le replicó esto, a pesar de que se veía a simple vista que ella tenía sueño.

— Pero Alex, ya no puedo más, ya quiero ir a la cama. — Sanae tampoco podía más, como todos los demás. Hasta Diana y Jovaka se habían quedado dormidas.

— Anda vete a dormir, ¡yodo el mundo tiene sueño! — Le replicó Mao a Alex, mientras subía hacia arriba y cargaba a Jovaka hacia su habitación. Ella tuvo que aceptarlo a regañadientes.

A continuación, se apagaron las luces y nos acostamos. Todos se quedaron dormidos salvo yo, que no podría hacerlo. Maldecía a mi estúpido cerebro por hacerme devolver mis preocupaciones. Me preguntaba por mis padres, si estaban bien y qué les había ocurrido. Apenas sabía algo de mi madre y de mi padre, nada. Entonces, a mitad de la noche, me entraron ganas de orinar y tuve que levantarme en plena oscuridad. Al dar dos o tres pasos, choqué contra algo y caí sobre Mao, quién no notó nada.

Y me da mucha vergüenza decirlo, pero descubrí algo que me dejó muy conmocionada sobre Mao. Al intentar apoyar los brazos para levantarme, una de mis manos tocó en un sitio que no debía y notó un bulto muy raro. Eso me dio un susto tan enorme que podría haber gritado, si mis cuerdas vocales no estuvieran tan estropeadas. A continuación, me pude levantar y salir de la habitación, antes de chocar contra la pared. Después de eso, encendí la luz del pasillo y entré en el cuarto de baño.

¿Qué era eso? Eso me preguntaba, aunque me lo estaba imaginando e intentaba en no pensar en eso, mientras hacía mis necesidades.

Al final, la incertidumbre me mataba y quería saber qué era exactamente lo que toqué. Por eso, al volver del cuarto de baño, me quedé delante de la habitación, mirando a Mao durmiendo a pierna suelta sobre su futón, con las mantas desperdiciadas por todo el suelo. Tragué saliva, incapaz de creer en estar pensando en tocarle la entrepierna para saber lo qué era. Estaba roja, diciéndome a mí misma una y otra vez que hacer tal cosa solo lo hacían los pervertidos, pero tenía que confírmalo.

Aprovecharía la luz del pasillo para que me alumbrara, así que me acerqué a él con cuidado, mientras miraba a Jovaka, deseando que abriera los ojos para que yo evitase tal cosa, a la vez que no quería que me viera hacerlo. Me senté al otro lado de Mao a la altura de su entrepierna, mientras le pedía mentalmente que me perdonará y le empecé a bajar la parte de debajo de su pijama, poquito a poco. Yo me podría creer lo que estaba haciendo, no era algo que le debería hacer a una amiga, o amigo, y me pedía a mí misma que me detuviese. Aún así, ya no había marcha atrás, no me podría detener.

Mi corazón se estaba acelerando por mil, mi respiración se estaba alterando, mis ojos se abrieron como platos, cuando vi eso. ¡Madre mía, qué vergüenza!

Me quedé en shock, cuando descubrí de la peor forma que Mao no era una chica, cómo todos creíamos, sino que era un chico, con sus cosas, ahí abajo.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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La Familia de Alsancia: Primera parte, nonagésima novena historia.

Esta es la historia de una chica débil, incapaz de trabajar o estudiar, de ayudar a alguien, casi siempre dependiente de los demás y que ni siquiera podría hablar; de cómo no pudo salvar a dos personas muy importantes para ella. Esa era yo, quién abrió los ojos demasiado tarde y solo pudo observar cómo sus padres acabaron mal. ¡¿Por qué no los pude salvar!? ¿¡Por qué no me di cuenta!? No paro de repetirme estas palabras, una y otra vez. Pero una no puede cambiar el pasado, ya no hay remedio. Los perdí y no los volveré a ver. Aún así, a pesar de todo, puedo ser capaz de mirar hacia al futuro con esperanza. Podría haberme derrumbado, les hubiera seguido, pero tengo a personas que me apoyan, que me animan, que me hacen ver que el mundo no es tan horrible. Especialmente uno.

Y todo esto empezó al intentar animarlo, a consolar a Mao. Llevaba desde la Nochevieja bastante desanimado, aunque intentaba que los demás no se diesen cuenta. No soportaba ver la tele y la apagaba y se volvía a su cuarto, apenas tenía hambre y todos nos preguntábamos qué le estaba ocurriendo, sobre todo yo. Realmente estaba preocupadísima.

— ¿Mao está bien? — Nos preguntó Malan, en la tarde del dos de enero, acompañada de Alex y Sanae, quienes llegando a la casa. Todas estaban muy preocupadas al darse cuenta de su comportamiento.

— Pues, la verdad es que no y lleva dos días de esa forma. Y eso me preocupa. — Contestó Clemetina, con un rostro muy entristecido por la preocupación que tenía por Mao. No había nadie en la casa que no podría evitar sentirse así.

— ¿Qué vamos a hacer? — Decía Alex, por un lado. — Si sigue así, nuestros rivales nos atacarán. — Y añadió Sanae por otro. Nadie entendió que querían decir con eso.

— ¿De qué están hablando? — Jovaka dijo lo que todos pensábamos y luego miró hacia al segundo piso, tan intranquila como el resto. Nadie sabía qué hacer. Queríamos ayudar a Mao, pero no sabíamos cómo.

— ¡Ah, por cierto, Alex, Sanae! ¿No dijeron que necesitaban ropa? — Entones, Malan les preguntó de repente esto.

— Pues claro que sí, casi no tenemos bragas. — Eso le respondieron, las dos a la vez, coordinadas. Es algo sorprendente, pero da un poco de miedo a veces. Por otra partes, todos nos preguntaba por qué nos decía eso Malan.

— Mira, ¡qué coincidencia, yo también! — A continuación, con una sonrisa les dijo eso, luego me preguntó, para mi sorpresa:

— ¿Tú también, Alsancia? — Yo no supe qué decir, a lo primero. Bueno, si pudiera ser capaz de hablar. Al pensarlo un poco, no sentí que me fuera necesario. Así que le respondí, utilizando el lenguaje de los signos, que no, con un nerviosismo innecesario. En serio, no debería haberme puesto algo nerviosa, era una inocente pregunta.

— De todos modos, compremos algunas, ¡iremos con Mao! — Entonces, yo me di cuenta de lo que quería llegar ella.

— ¡Pero si ella…! — Clementina iba a soltar eso, aún sin entender lo que pretendía Malan; antes de ser interrumpida.

— Es una idea estupenda, lo que más les gusta a las chicas es comprar. —Dijo Sanae y añadió Alex: — Olvidará todas sus preocupaciones si compra. —

Me pareció una gran idea para animar a Mao y me apunté a eso. Bueno, no creía que comprar en sí le ayudará mucho, pero el pasar el rato con nosotras podría ser suficiente. A mí me funciona.

Después de que Malan subió hacia su cuarto para convencerle y sacarlo de ahí, vi a Jovaka mirándonos, con una cara que decía cómo si quería ir con nosotras, pero era incapaz de hacerlo, o eso sentí yo. No tengo mucha idea de lo que piensa ella, pero creo que con el tiempo se ha vuelto mucho más agradable e incluso parecía que deseaba ser más cercanas con nosotras. Al final, se resistió, así que podría ser que no quería de verdad, pero tuvo que venir con nosotras, obligada.

— ¡Qué miedo, qué miedo! — Decía ella, mientras sujetaba con fuerza el brazo de Mao. — ¿¡Por qué tengo que hacer algo así!? —, Sus ojos de un momento para otro iban a soltar lágrimas y estaba temblando de miedo. Daba pena haberla sacado. Ya habíamos salido de la casa, hace unos cuantos minutos.

Yo los miraba de reojo una y otra vez y, por alguna razón, me molestaba que ella estuviera tan pegada a Mao. No entendía el porqué, pero era lo que sentía y era algo feo. Aún así, no era un sentimiento que me perturbaba en gran medida, no sentía odio hacia Jovaka, solo quería estar en su lugar, nada más. Aún así, al darme cuenta de esto, provocó que pensara y me diera cuenta de algo. Una cosa rara me estaba pasando desde hacia tiempo. Mi interior empezó a florecer unos sentimientos hacia aquella persona que no podría comprender, por mucho que lo pensara. Me amargaba mucho no poder entenderles, aún así intenté no darle mucha importancia e ignorar la situación. Además, sería muy raro cogerle del brazo, me daría muchísima vergüenza.

— Si se te notaba que quería ir con nosotras. — De todas maneras, gracias a Jovaka, Mao ya se estaba comportando como el de siempre.

— No es verdad. — Su cara se puso roja. — Son imaginaciones tuyas. — Y se notaba que Jovaka mentía.

— Da igual, tampoco quería ir y me han obligado. — Eso le replicó Mao.

— ¡Va a ser muy divertido! ¡Y mucho!- Gritaban eufóricas Alex y Sanae, cuya vitalidad, demasiada para el resto, ya me daban hasta celos. Me hacían recordar cuando era pequeña, tenía una salud de hierro y siempre iba de un lado para otro. Ojalá tener un cuerpo como el de aquella época, ahora solo estoy muy acomplejada por lo débil que soy.

— ¿Ir a comprar? — Añadió de forma sarcástica. Al parecer a Mao no le gustaba mucho eso de comprar.

— No eres una verdadera chica si no compras. — Le replicaron Alex y Sanae, mientras ponían una extraña postura, sin razón alguna. Malan se rió, Mao y Jovaka las miraron con mala cara y yo estaba sonriendo de ternura al verlas, sin darme cuenta de que iba a chocar contra una señal de tráfico. Me dolió muchísimo y me morí de vergüenza, a la vez que maldecía mi horrible torpeza mentalmente.

Al final, llegamos al centro comercial y nos fuimos hacía una tienda especializada en ropa interior para mujer.

— ¿Y este lugar vende solo ropa interior? — Preguntaba Mao con mucha sorpresa, mientras observaba las primeras estanterías de bragas del recinto. Ya habíamos entrado en el local y era muy impresionante. Todo se veía muy demasiado provocativo, provocando que me encontrara algo roja, no me sentía muy adulta para poder estar ahí. Bueno, lo soy, pero la imagen que tengo hasta provoca que yo me sienta muy infantil, por desgracia.

— ¿Y por qué hay tantas mujeres? — Jovaka, por su parte, ya pudo soltarse de Mao, pero no se alejaba de él ni cinco metros. Estaba aterrada, mirando con nerviosismo toda la tienda, observando el hecho de que solo había mujeres. Cómo no se entero de que solo es para chicas, Malan se lo tuvo que explicar.

Al escuchar las risas de Alex y Sanae, dirigí mi mirada hacia ellas y vi que se estaban alejando de nosotras. En un arrebato de responsabilidad, sentía que decía seguirlas, por si ellas se perdían. Así que las seguí, sin darme cuenta de que su intención era encontrarse con el puesto de la lencería.

— ¡Así que también hay de esta clase! ¡Qué pervertidas! — Eso decía Alex, mientras cogía unas cuantas bragas de esa sección. Más que braguitas, eran otra clase de ropa interior muy obscena. Ella las observaba, ponía cara de asco y luego las estiraba sin parar, mientras comentaba lo desvergonzada que eran esas prendas. Sus palabras asustaban a las mujeres que querían mirar o comprarlas, no se atrevían a hacerlo. Al ver que molestando al resto de cliente, me acerqué. O eso quería hacer.

— Pero si son bonitas, nada pervertidas. ¡Las mujeres necesitamos ropa linda, hasta la interior! — Y su hermana la replicó, mientras observaba aquello. Yo mentalmente le daba la razón, a la vez que intentaba llenarme de valentía, porque me daba mucha vergüenza, acercarme. Solo era para avisar a las chicas de que estaban molestando, pero estar al lado de la lencería me provocaba sentimientos encontrados. ¿¡La gente no me miraría mal si yo, una chica que aparenta doce años, empezará a prendarme de las cosas bonitas que estaban en ese lugar!?

— ¡Pero si nadie los va a ver! ¡Además, se nota que estas cosas son para noches de pasión! No entiendo a los adultos, ¿en serio, le encantan esas cosas? —

Mientras tanto, las gemelas seguían hablando. Alex le decía esto, mientras su hermana Sanae le replicaba que aún era una niña. Y no solo lo aceptó, sino que además, se jactó, con orgullo, de serlo.

Al final, pude  acercarme y les tuve que tocar el hombro, porque estaba tan nerviosa que apenas podrá soltar una mísera palabra. Dieron un grito del susto que le dio eso. Y me lo dieron a mí.

— ¡Qué susto nos has dado, Alsancia! — Me dijeron y yo les repliqué, en el lenguaje de los signos, que no era mi intención. Parecía que, por un momento, no lo entendieron. Se quedaron con la boca abierta, como si no pudieron traducirlo. Al ver eso, yo intenté explicarlo mejor, pero ellas me interrumpieron:

— ¡No te preocupes!— Dijeron, mientras empezaban a coger varias pechas con lencería.

Aparte de que parecían ser las caras del lugar, eran las más provocativas. Habían de todo, de todas las formas, tamaños y colores, incluso algunas no cubrían realmente las partes íntimas y otras eran semi-transparentes. Luego, me lo ofrecieron:

— ¿Quieres comprar algunos de estos? — Yo me rehusé muy roja, como un tomate. Aunque algunos eran muy bonitos, yo no me veía bien para usar tales ropas ni mucho menos tenía el atrevimiento de usarlos. Se rieron, estaban disfrutando de cómo me avergonzaban.

— ¿Lo que quieres es un bikini, no? — Gritaron a continuación, y salieron corriendo, aún con la ropa interior que cogieron entre sus manos. Yo les intenté decir algo, tenía que detenerlas, pero solo me salió un grito ahogado.

— ¡Vamos a buscar un bikini para Alsancia! — Eso gritaban en público, mientras se dirigían al puesto de los bikinis. Estaba muerta de vergüenza y les perseguía, pero incapaz de gritarles algo. Si fueron por la lencería, no me podría imaginar con los trajes de baños, me darían las que mostraban más, o directamente se veía todo. Y eso estaban haciendo, las vi en el puesto, eligiendo lo más vergonzoso.

Y cuando las alcancé, al momento en que ellas me iban a mostrar una especie de tanga. Se empezó a escuchar un gran jaleo, procedente de la entrada de la tienda, que hizo dirigir nuestras miradas hacia allí.

— ¡Déjenme en paz, yo no he robado nada! — Aquellos gritos me eran demasiado familiares y me dejaron blanca. Al divisar su figura a lo lejos, me di cuenta de quién era y me dirigí hacia allí, para comprobar si era aquella persona que yo estaba imaginando. Las gemelas, tirándolo todo lo que tenían en el suelo, me siguieron hasta la puerta.

En el camino nos encontramos con Mao y Jovaka, que miraban con gestos de molestia aquella escena. Al alcanzarlas, Alex y Sanae preguntaron: — ¿Qué está ocurriendo, jefa? —

— Una mujer está robando. — Les contestó Mao.

Yo no dije nada. No pude decirlo. Confirmé con horror quién era aquella persona y me quedé en shock. No podría creérmelo, era imposible.

En la entrada, había una mujer que estaba intentando librarse de dos guardias de seguridad que la habían pillado in fraganti, sacando unas prendas que se escondió en los bolsillos de una enorme chaqueta que le llevaba a los pies. Lo peor de todo, es que aquella persona de mediana edad, casi esquelética, que ya tenía un montón de canas en su pelo negro y unas arrugas que le invadían toda su cara; era alguien que yo conocía bien.

— ¿M-ma-mamá? — Dije a continuación, aún incapaz de salir del shock.

Dejé a los demás boquiabiertas, que me miraron sorprendidos. Sobre todo a Mao, quién me miró de reojo y luego a mi madre, como si se preguntaba si era ella. La verdad es que no recuerdo si la pudo conocer o no en persona, pero sí habló con ella por teléfono, así que debía estar sorprendido o algo molesto por no haber reconocerla, por lo menos por la voz. Y ella se dio cuenta de mi presencia. Dirigió su vista hacia mí, a la vez que dejaba de forcejear.

— Alsancia… — Me miró con unos ojos que daban miedo. — ¿aún sigues viva? — Y la forma en que me dijo estas palabras me hizo mucho daño.

Aquella frase se repitió en mi cerebro varias veces, incapaz de entender por qué lo dijo, y de esa tan fría y cruel.

— ¿P-por qué? — Solo pude decir aquellas palabras. Había pasado meses desde que no nos veíamos, desde que ella y mi padre se habían separado y yo me fui a casa de Mao. Ni pude contactarla, y ahora me la encontraba en un centro comercial, robando ropa interior. No solo eso, sino ella estaba físicamente peor desde que la última vez que la vi. ¿Qué le había ocurrido para llegar a este punto?

— A ti no te interesa. — Esas palabras de desprecio fueron demasiados dolorosos para mí. Aunque no era la primera vez que me lo decía de esa forma, seguía siendo horrible que tu propia madre te dijera eso. No era mucho peor que lo anterior, era como si veía en mí la fuente de toda la maldad, en el anticristo o algo parecido. Fue demasiado desagradable, mi estomago empezó a doler por la conmoción.

— ¿Es su hija pequeña? — Preguntaron los guardias de seguridad.

— ¡No lo es! — Y ellas les repitió eso, tres o cuatros veces, con gritos. Lo decía de una forma muy violenta, tan cruel que hasta todos los que estaban a mí alrededor se sintieran muy mal, llenos de compasión hacia mí.

Me sentí repudiada, mis ojos estaban preparados para llorar, me entraron arcadas y ganas de vomitar o de gritar. Parecía que de un momento para otro momento, yo no iba a soportar aquellos sentimientos y me iba a caer al suelo o a desmayarme. Entonces, Mao, me cogió del hombro y soltó esto:

— Mejor vámonos, Alsancia. — Yo le hice caso, moviéndole la cabeza de forma afirmativa, mientras me salían las lágrimas.

Con rapidez, nos fuimos de allí, mientras los guardias se la llevaron hacia otra parte, con algo de pena hacia mí en sus rostros.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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