Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Última parte, nonagésima octava historia.

La hora acordada eran las cinco de la tarde del día siguiente, pero los acontecimientos se adelantaron muchos más, cuando el sol empezaba a salir y una ráfaga de disparos nos despertó a todos.

— ¿Qué mierda ocurre? — Eso decían los compinches, que se levantaron sobresaltados.

— ¡Nos están atacando! — Y gritó uno, el que estaba vigilando, mientras entraba en el lugar, para buscar armas.

— ¿Es la policía? — Le preguntaron.

— No lo sé. — Y eso les respondió muy nervioso.

Yo y Mao, que estábamos aún atados en las sillas; nos preguntábamos también qué estaba ocurriendo, muy consternados por aquella sorpresa. Aún así, una gran alegría entró en nosotros, nos estaban rescatando. El desánimo, ya que sentíamos que apenas había esperanzas para nosotros, pensábamos que la muerte estaba cerca; que mostrábamos desapareció en un santiamén. A pesar de eso, intentábamos ocultar nuestras sonrisas, para que nuestros secuestradores no se dieran cuenta de ello.

A continuación, mi madrastra salió de dónde dormía muy alterada y empezó a desatar las cuerdas que me mantenía unida a la silla.

— ¡Esa maldita perra ha traído compañía y nos están atacando! — Les gritaba.

No me lo podría creer, aquella estafadora había aparecido en escena, era la primera vez que hacía algo bueno por su vida.

— ¿Y qué haremos? —  Preguntaban sus compinches, mientras se preparaban para el contraataque.

—  Pues maten a la amiguita. Yo me llevaré a esta niñata conmigo, me servirá de escudo. — Eso les gritó.

Se me pusieron los ojos como platos, llenos de horror, cuando oía aquellas palabras. No podría asimilar, de ningún modo, que le iban a matar. Mao se quedó boquiabierto, estaba paralizado, incapaz de reaccionar antes eso.

Yo me puse a gritar sin parar que no lo hiciesen, que le dejarán en paz; ponía todas mis fuerzas en hacerlo, como si eso fuera suficiente para que cambiasen de opinión tan rápido.

Mi madrastra, ignorando mis suplicas, me cogió del brazo, tan fuerte que me dolía, y me daba tortazos en la cara para callarme. Y no lo hice, solo decidí gritar más fuerte, siendo golpeada de nuevo con una fuerza mayor.

Ella no paraba de gritarme que me callará, pero no lo iba a hacer, no podría hacerlo. Entre mis cachetes rojos de tanto dolor, con sangre saliendo de mi nariz, con la cara empapada de lágrimas, seguía suplicándoles que no le hicieran nada. Y lo único que recibí fue golpes mucho más violentos.

Entonces, al ver cómo me estaba destrozando, Mao decidió decirme esto:

— ¡No te preocupes por mí, seguro que saldré de ésta! — Me gritaba él, con palabras llenas de fuerzas, intentando mostrar una cara tranquilizadora para mí. Se veía que era muy forzado, porque ponía unas muecas que me decían que también sentía que iba a morir de un momento para otro. Aún así, intentó consolarme.

Eso solo me puso más alterada, ¿¡qué podría hacer yo sin Mao!? ¡Era la única persona con la cual podría sentirme segura y a salvo, que me pudo comprender y me defendió en todo momento! ¡No quería perderle, ni menos de esta forma! ¡Me sentiría tan mal, por mi culpa se sacrificaría y los demás me odiarían por siempre!

Por eso, yo intentaba liberarme de mi madrastra e intentar salvar a Mao. Intentaba liberar escurrirme de sus brazos, hacer fuerza e incluso le mordía como si fuera un perro rabioso. Mi madrastra, bastante sorprendida ante mi comportamiento desesperado, para controlarme, decidió poner su pistola en mi cabeza.

— ¡Deja de resistirte, o te mando al otro lado! —Me gritaba.

Me puse a temblar cuando sentí el frio acero de la pistola sobre mi cabeza, preparada para volarme la cabeza, como hizo con el agente del FBI. Mis ojos parecían salirse de sus orbitas, recordando aquella horrible escena, mientras soltaba sollozos. El miedo me volvió a dominar y cerré los ojos y dejé de moverme. Luego, me arrastró sin que opusiera resistencia y salimos por la puerta trasera, hacia al interior de bosque.

Yo estaba llorando, más de lo que hice en toda mi existencia. En mi mente, no paraba de pedirle perdón a Mao, había dejado que le mataran. Creía que nunca volvería a verle, que jamás le oiría protestar sobre cualquier cosa y eso me hundió la vida, estaba desolada y perdí todas las ganas de vivir. Ya no tenía perdón, por culpa de este estúpido miedo, había perdido la persona más importante de mi vida. Los disparos se siguieron escuchando, cada vez más seguidos, atormentándome. Me imaginaba con muchísimo horror que algunos de ellos le hubiesen matado.

Tras recorrer unos pocos pasos, nos escondimos detrás de un enorme árbol. Yo quería liberarme de ella y salir corriendo, pero aquella pistola seguía apuntando sobre mi cabeza.

— ¡Maldita sea, tuve que haberme imaginado esto! — Eso se decía muy fastidiada, mientras miraba hacia atrás. — Tengo que pensar en algo, rápido. —

Yo estaba callada, muy nerviosa, incapaz de tener alguna buena idea para salvarme de ella. Por desgracia, en mi cabeza solo rondaba aquel temor de que pronto o temprano me iba a volar los sesos. Entonces, escuchamos un grito y ella se levantó rápidamente:

— ¡Tengo a Jovanka en mis manos y si se acercan, le tiró un disparo en el cerebro! — Eso gritaba, mientras me hacía levantar en el suelo. Me tenía cogida del cuello, así que ese movimiento casi me iba a ahogar.

Mi madrastra no sabía muy bien por dónde vino el grito, así que miraba muy nerviosa por todas partes. Yo tampoco, pero estaba más ocupada en poder recuperar aire. Entonces, ella gritó de dolor, se oyó un fuerte ruido y sentí cómo los brazos que me ahorcaban liberaron mi cuello y me caía al suelo, junto con ese monstruo.

Al darme cuenta, vi que algo había chocado contra ella y su arma había salido volando. Y luego oí esto: — ¡Vamos, Jovaka, huye! —

Casi iba a soltar un gran grito de alegría al oír aquella voz. Mao seguía vivo. Pero no había tiempo para alegrarse, corrí hacia él todo lo que pude, tenía que alejarme de mi madrastra.

En mi carrera, me di cuenta de que a Mao le faltaba uno de sus zapatos. Lo lanzó hacia mi madrastra, con una puntería asombrosa.

Al alcanzarle, grité de alegría, mientras le abrazaba: — ¡Mao! —

— ¿Ya te lo dije, no? ¡Iba salir de ésta! — Me decía, mientras le abrazaba y me acariciaba la cabeza.

Me arrepentí tanto de pensar que él ya no iba a estar vivo, no era ese tipo de personas que se dejaban matar tan fácilmente. Agradecí muchísimo que aquellos pensamientos estuvieran tan equivocados.

— ¡Estás bien, gracias a Dios, estás bien! — Eso gritaba yo.

Por unos momentos, nos olvidamos de la existencia de mi madrastra. Ella se estaba levantando, mientras su mano sostenía la otra, que parece ser que fue la que recibió el golpe del zapato. Parecía que le habían dejado manca o algo así Ella intentó coger la pistola, pero otra persona le gritó esto:

— ¡Ni se te ocurre coger eso! —

Aquellas palabras nos hicieron recordar que aún estábamos en peligro y miramos hacia dónde estaba mi madrastra.

Ella, quién estaba a espaldas de nosotros, estaba observando a mi madre, la estafadora. Sostenía una pistola hacia ese monstruo y ésta empezó a reír:

— No sabía que llegarías tan pronto, pensaba que ibas a huir como siempre. — Le dijo mi madrastra.

— Tanto huir cansa, ¿sabes? — Y esto le replicó la estafadora.

— Y perseguir, también. Pero, por fin, ha llegado este día. —

Entonces, salió corriendo hacia la estafadora, mientras sacaba de su ropa, cuchillos muy afiliados, ¡hay que estar muy loca para hacer eso!

A pesar de los cuchillos

— ¡No, este no es mi hora! — A pesar de los cuchillos, mi madre le gritó esto a mi madrastra, con una sonrisa de victoria.

Se creía que era la ganadora solo porque tenía una pistola, que no dudó en usarlo. Gritó con todas sus fuerzas que se preparará e hizo un disparo, con mucha frialdad. El ruido que soltó eso, casi destrozó nuestros oídos.

Yo y Mao nos quedamos paralizados, preguntándonos si aquel disparo había servido de algo. Ellas también, ninguna de las dos movió ni un mísero músculo, más aturdidas por el ruido que por el disparo en sí.

Entonces, la estafadora miró la silueta de mi madrastra de arriba para abajo, comprobando con horror que no había caído al suelo. Ella también, empezó a buscar por todo su cuerpo en busca de la bala, porque se dio cuenta de que no había sido herida.

Al ver que no había hecho nada, la que disparo empezó a mirar la pistola y comprobar si había tenido algún problema, preguntándose con nerviosismo qué había pasado.

— ¡Oh, mierda…! — Gritó con una mueca de terror. — ¡La bala ha salido disparada por otro lado y no tengo más! —

Era el momento perfecto para salvarnos y ella tuvo que joderlo todo. Nos quedamos boquiabiertas, diciéndonos la una a la otra que, con mi madre, estábamos perdidas. Me volví a arrepentir tanto de haber salido de su vagina.

Mi madrastra empezó a llorar de la risa, burlándose de mi madre, casi iba a caer al suelo por las risas. Podríamos haber aprovechado para escapar, pero la decepción solo provocó que no tuviéramos ni ganas de correr.

La estafadora, quién se había puesto tan valiente y creída, nerviosamente rió, poniendo un rostro muy aterrado. Entonces soltó esto:

— ¡Por ahora, me voy! — Y la muy perra salió corriendo, gritando de terror.

Y por un momento, me creí que iba a hacer algo genial, que alta fueron mis expectativas.

Al ver que empezó a huir, mi madrastra gritó esto, llena de furia: — ¡Serás hija de puta! — Y salió corriendo a por ella, actuando como un león que se quería comer a una jirafa.

Lo que ella no se dio cuenta es que alguien la detuvo en su persecución. La patada de otra persona casi la tiró al suelo, sin que pudiera proveerle. Era Mao, que fue tan raudo y veloz que la alcanzó en cuestión de milisegundos.

— ¡No vas a pasar de aquí! — Eso le decía Mao.

Quedé alucinada, él se lanzó sin ningún tipo de temor hacia aquel monstruo que tanto me torturó, dispuesto a enfrentarse a ella cara a cara, con una gran valentía que me deslumbró.

Mi madrastra dio unos cuantos pasos para atrás, mientras comprobaba que de su nariz estaba saliendo sangre. Empezó a gritar como una bestia y fue hacia a Mao. Así empezó una pelea muy violenta entre ellos.

A lo primero, mi madrastra intentó darle un puñetazo en la cara, pero Mao la esquivó. Intentó darle una patada a su estomago, pero ella lo detuvo con sus brazos la pierna con la cual iba a atacar, y lo tiró al suelo. Después, saltó sobre él, para romperle algo, pero éste giró por el suelo, evitándolo.

— ¡Maldita niñata, es imposible que seas tan buena! — Eso le gritaba a Mao, al ver cómo peleaba y mientras los dos se levantaban del suelo.

Los dos se miraron por unos segundos, con una mirada aterradora, y volvieron a la carga. Mao intentó darle un puñetazo en toda la cara, pero ella que iba con la misma intención, lo esquivó y le atacó por detrás.

— ¡Ya te tengo! — Eso le dijo, al verlo caer al suelo, con una sonrisa de puro psicópata. Mao intentó defenderse, pero no pudo. Ella cayó sobre él y le cogió del cuello, mientras inmovilizaba al suelo. Lo estaba ahogando.

— ¡Muere, maldita china, muere! — Le gritaba ella, con esa horrible sonrisa.

Yo veía la pelea, paralizada del miedo, incapaz de hacer algo hasta aquel momento, cuando vi que estaban matando a Mao. Él me miraba a mí, veía en sus ojos que pedía que yo huyera. Pero no podría hacer tal cosa, no podría huir, tenía que salvarle.

Mao es una persona muy querida para mí. No, es más, estoy enamorada de él. Me había salvado. Fue la única persona que me sacó de la cárcel que me había creado, por culpa de aquel miedo y odio hacia a las mujeres.

Mi madrastra, aquella que estaba intentando a matar a Mao, fue la que hizo que naciera mi miedo a las chicas. Como estaba en un colegio femenino, me contaba lo terribles que eran ellas, para conseguir que yo no tuviera amigas.

Y como era tan rara a los ojos de mis compañeros, me miraban feo y hablaban de mi mal, o eso sentía. Acabé por querer alejarme lo más posible hasta terminar en no desear estar en el mismo lugar que otras personas de mi sexo. No quería que me hicieran más daño, no deseaba sufrir lo que me hizo ella.

Lo único que tenía yo era mi padre, pero éste solo dejó que me encerrara, poquito a poco, más interesado a capturar al amor de su vida, que a ayudar a su propia hija. Es más, a veces ayudaba con cada fracaso amoroso que tenía, se ponía a gritar lo malas y horribles que eran las mujeres. Al final, me sentía incapaz de salir de mi habitación, de mi casa; a la calle, por aquel miedo, para no ser herida ni atacada supuestamente por una chica.

Pero a la vez que intentaba protegerme de las mujeres, quería estar con ellas. Quería hablar, reír, llorar y todo tipo de cosas con personas de mi mismo sexo. Después de todo, yo soy una chica y lo normal es poder relacionarme bien con otras. También me sentía incapaz de acercarme a otros chicos que no fueran mi padre, ya que eso implicaba salir a la calle y no quería.

El internet fue solo un respiro para mí, aunque solo fuera por leer lo que decían los demás; ya que apenas podría ser capaz de hacer comentarios u otra cosa. Pero quería hablar con otra persona y cada día que pasaba, mis ganas de vivir disminuían, hasta pensar en el mismo suicidio.

Entonces fue cuando Mao rompió aquel muro y me dio la mano. Gracias a él, mi triste vida se volvió mucho más entretenida e interesante que antes y le estoy muy agradecida por todo. Por eso, debía devolverle el favor y no quería perderlo. Esta vez no iba a dejar que el miedo me inmovilizará.

Miré la pistola que mi madrastra había tirado en el suelo y decidí cogerlo. Sin pensar en nada más, corría hacia él y lo cogí. Luego, apunté a su cabeza, sin que ella se diera cuenta.

— ¡Deja a Mao en paz! — Eso grité con todas mis fuerzas, antes de disparar. Casi salí volando hacia atrás por el retroceso.

Ella solo fue tuvo tiempo para mirarme, antes de que la bala atravesará su cabeza, matándola instantáneamente. Su cuerpo inerte cayó sobre Mao.

Mao, casi a punto de desmayarse, pudo notar como las manos de mi madrastra ya no le ahogaban. Y mientras recuperaba el aliento, yo me acerqué a él corriendo, tirando la pistola al suelo para ayudarle.

Yo, sin darme cuenta de lo que había hecho, le liberé y le abracé, llorando como una magdalena. No paraba de gritar su nombre. Mao se quedó muy aterrado al ver lo que hice, incapaz de creer que hubiera matado a alguien.

Pero si no la hubiera matado, él estaría muerto, hubiera desaparecido para siempre. No tenía otra elección. Ni en esos momentos, había pensado en devolverle todo el daño que me hizo, quitándole la vida, solo deseaba salvar a Mao. Nada más. Aún así, no dijo nada, solo me pedía que me tranquilizara, que todo ya había terminado.

Entonces, la cobarde de mi madre apareció:

— ¡Eres genial, Jovanka! ¡Has matado a esa perra! ¡Jamás he estado tan orgullosa de ti! — Eso nos gritaba muy feliz, con la intención de abrazarnos.

Le miré con mucha mala leche, no quería que esa desgraciada nos tocara.

— ¿Qué te pasa? — Nos preguntó nerviosa.

— ¡Hace un momento saliste corriendo! — Le grité enfadada.

— Si no fuera por ella y sus amigos, que me desataron en el último momento, no estaría aquí. — Eso dijo Mao de repente.

— ¿En serio? — Yo dije eso algo incrédula, a pesar de que eso tenía mucho sentido.

— Pues claro. — Añadió ella, mientras reía nerviosamente por el cumplido.

— Por lo menos has hecho algo bueno. — Esas palabras de Mao, molestaron un poco a la estafadora, que protestó, pero él los ignoró.

Mao se quedó mirando hacia al cuerpo inerte de mi madrastra por unos cuantos segundos. Seguía perplejo y yo no sabía qué decir, tenía miedo de que él me mirara con miedo, por haber matado a alguien. Entonces, se dirigió hacia mi madre: — Quiero que nos hagas un favor. — Yo y ella nos quedamos preguntando de qué se trataba.

Aquel favor, era nada más ni nada menos que mi madre, se hiciera pasar por la asesina de mi madrastra. Ella increíblemente aceptó eso, mientras cogía y se guardaba la pistola en sus bolsillos. No entendía cuales razones le motivaba a hacer eso, pero no me atrevía a preguntarle.

A continuación, ella llamó a la gente que le habían acompañado, y que eran delincuentes que contrató para liberarnos. Les pagó con dinero verdadero, algo que nos sorprendió mucho y estos se fueron de ahí. La policía vino después.

Al montarse en el coche de policía, tras confesar el crimen, ella pidió a los policías que le dejaran hablar conmigo.

— ¿De qué quieres hablarme? — Eso le pregunté, cuando me llamaron.

— Lo siento mucho, de verdad, Jovanka. — Nunca esperé oír esas palabras de su boca. — En verdad, me hubiera gustado haber sido una buena madre para ti. Reconozco que soy una persona horrible, pero, aún así…— Ya no dudaba de que me decía una mentira, sentía que eso era verdad.

— Lo eres, pero, aún así… — Le interrumpí y le intentaba decir algo. -Eres mi madre, por desgracia. P-puede que algún día te perdoné todas tus maldades, pero hoy no. — Me costó decirlo, me parecía muy vergonzoso.

— Oye, podrías decir algo más bonito que eso…— Y ella además protestó.

— Te visitaré en la cárcel, si eso quieres. — Dije a continuación, y ella empezó a reírse. Le pregunté el porqué.

—Por nada, por nada. — Y luego se me quedó mirando por unos segundos, y después hacia al otro lado. Parecía que estaba arrepentida de algo, pero no sé el que exactamente.

Yo por mi parte, me quedé mirando al cielo, mientras el coche de policía la estaba llevando. Sentía un gran sentimiento de alivio, como si me había quitado un peso de encima. Era como si me había liberado de algún miedo que me había apresado hace mucho tiempo, como si aquel disparo hubiera roto en mil pedazos todo ese sufrimiento, aunque mis manos estuvieran llenas de sangre.

FIN

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Una vieja venganza: Séptima parte, nonagésima octava historia.

Mao y yo terminamos en el salón de aquella casa, atados en unas sillas, de pies a manos; mientras mi madrastra y sus compinches estaban celebrando nuestra captura con cerveza y comida. Aquella gente estaba charlando en serbio, burlándose de aquel agente de la FBI que les habían ayudado y cuyo cuerpo tiraron al pozo.

Después de matarlo, ella a punta de pistola nos sacó del coche. Uno de su banda le preguntó esto, en serbio:

— ¿Y qué haremos con la china, también la matamos? —Yo al oír eso, me puse pálida y les dije que no lo hicieran. Mao, muy aterrado, me miraba, preguntándose qué cosa terrible habían dicho.

— No, la dejaremos viva, por ahora. También es amiguita de esa perra y quiero divertirme un poco con ella. — Eso les dijo, mientras miraba a Mao con muy malas intenciones.

A continuación, nos llevó dentro de la casa y nos ataron, y empezaron a molestarnos. Nos preguntaban si queríamos cerveza, con la intención de echárnosla encima de nosotros. También, ellos nos decían si queríamos la comida solo para tirárnoslo a la cara. Por lo menos, solo era eso, porque yo sabía que mi madrastra era capaz de hacer cosas mucho peores. Lo estaba reservando para más tarde. Tras hartarse de devorar platos como cerdos y de humillarnos, decidieron llamar a la estafadora, para darle la noticia de que nos habían secuestrado.

— ¡Buenos días, Jovanka! — Así comenzó la llamada. — ¡Cuánto tiempo, soy yo, Zorica! — Mientras encendía una extraña maquina que estaba en la mesa y que parece que servía para escuchar la llamada.

— ¿Cómo has sabido que estaba usando este móvil? ¿Cómo es posible? — Gritó la estafadora, que estaba muy sorprendida por eso.

— Olvida ese detalle. Solo quiero decirte una cosa, tengo a tu querida hija y a su amiguita con nosotros. — Le decía, mientras ponía voz de burla.

— ¿Espera, qué? — Otra vez gritaba, pero esta vez de terror.

— ¡Qué te lo digan ellas! — Eso le gritó y acercó el móvil hacia mi boca. — ¡Vamos, cariño, di algo! — Yo solo dudé por un mísero segundo, pero eso suficiente para que me cogiera del cuello, y me dijera estas cosas:

— ¡Di algo o te arranco la lengua y te la meto en el coño! — Me gritaba con mucha histérica. Mao, aterrado, le gritó que lo haría él, pero ella le iba a dar un puñetazo y tuve que soltar algo.

— ¡Hemos sido secuestradas! — Esto fue lo que grité al móvil.

Eso solo sirvió para que me diera un puñetazo en el estomago que me dolió mucho. Fue tan fuerte, que sentí que se me iba a expulsar mis entrañas.

— ¡Jovaka! — Gritó Mao que intentaba moverse, a pesar de estar atado. Y eso solo consiguió que tirara la silla en dónde él al suelo.

— ¡Qué niñas tan molestas! — Le gritaba a la estafadora. — ¡Tener que decir que están secuestradas, cuando solo están de visita! —Al terminar la frase, empezó a reírse de una forma muy macabra.

— ¿Qué quieres? Dilo de una vez. — Le dijo esto, a continuación, a mi madrastra.

— Pues quiero que vengas a por ellas, para recogerlas, y ajustas cuentas de una vez por todas. — Rió por unos segundos y luego, gritó: -¡Pagarás por lo que le hiciste a mi hermano!— Nosotros nos quedamos confundidos.

— ¿Hermano? ¿No era un perro? — Preguntó Mao muy sorprendido, y mi madrastra lo miró con una cara de psicópata y se lanzó hacia él, cogiéndole del cuello.

— ¿Cómo te atreves a insultar a mi hermano, maldita china de mierda? —Estaba ahogando a Mao, no le dejaba respirar. — ¿O quieres que haga contigo una película snuff? — Mi madrastra estaba totalmente ida.

— ¡No le hagas daño a Mao! — Le supliqué a mi madrastra, con lágrimas en los ojos. Lo iba a matar de un momento para otro.

— ¡Cállate! — Me gritó, mientras me tiraba una lata de cerveza vacía hacia mi cabeza y soltaba a Mao, quién pudo volver a respirar.

— E-ella me dijo eso, solo eso…— Eso le decía con una cara de puro miedo, mientras recuperaba el aire.

Mi madrastra se quedó callada, para luego, gritar de una forma muy enferma, a la vez que tiraba una silla al suelo, rompiéndola en mil pedazos con una fuerza muy violenta. Hasta sus compinches estaban asustados y le pedían que se calmara.

— ¿Tú qué mierdas les ha dicho? — A continuación, cuando recuperó un poco la cordura, le gritó al móvil.

—  Bueno, yo, solo c-cambié la historia un p-poquito…— Eso le respondió, temblando como un flan.

— Cómo la mentirosa que eres, no te atreviste a contarles la verdad. — Le replicó. — Es tan típico de ti. — Y empezó a reírse. Al terminar, se dirigió a nosotras:

— Hey, niñas, ¿quieren saber que ocurrió de verdad? — Nos preguntó y nosotros no nos atrevíamos a decir algo. Ella, al ver eso, nos amenazó otra vez:

— ¿Lo quieren o no? ¡Respondan o mis muchachos se divertirán con ustedes! — Nos gritaba esto, mientras le daba un golpe a la pared.

— Sí, sí. — Y nosotros acobardados, le tuvimos que responder rápidamente. Y ella se nos puso a contar su historia, empezándolo como si lo que nos iba a decir era un cuento de hadas.

Empezó diciendo que hacía mucho, pero muchísimo tiempo, en su más tierna infancia; ella y mi madre eran amigas y estaban siempre juntas, acompañadas del hermano pequeño de mi madrastra. Pero un buen día, todo cambió.

Se fueron a jugar a un bosque, bastante lejos de dónde vivían y que estaba sobre la ladera de una montaña, por iniciativa de mi madre y a pesar de que le dijeron que no se dirigieran a un sitio tan alejado. Mientras intentaban subirse a los árboles, mi madrastra cayó de uno y se torció la rodilla. Les gritaba a la estafadora y a su hermano pequeño que fueran a buscar ayuda y ellos lo hicieron, pero nunca volvieron.

Se iba a morir de hambre y de sed, ya que no podría caminar, si no hubiera sido salvada por unos montañeros que pasaban por ahí y buscaban a un oso. Al volver a casa, sus padres recibieron su aparición con mucha felicidad y, entonces, descubrió lo que hizo mi madre.

Ella volvió sola al pueblo y les dijo a todos que mi madrastra y su hermano pequeño habían sido atacados por un oso. Les gritó a sus padres que eso era mentira y les preguntaba dónde estaba su hermanito.

Nadie sabía dónde estaba, salvo mi madre, y fueron a su casa. Ella puso una mala cara, cuando vio que seguía viva y que su mentira había sido desmoronada. Les preguntaron dónde estaba una y otra vez, pero no les decía nada.

Al final, lo encontraron muerto en un barranco, a causa de una caída mortal, pero mi madre no se atrevía a contar lo sucedido, siempre decía mentiras una y otra vez, hasta que nadie la creía.

La familia de mi madrastra intentó vengar a su hijo, a través de la justicia, pero como mi madre era hija de funcionarios, tuvieron capacidad para evitarlo. Mientras tanto, de la estafadora nunca hubo un perdón, siempre les echaba la culpa a otros y se sentía invulnerable, haciéndole burlas sobre eso.

Así creó en mi madrastra un odio inimaginable, quién empezó a desear una venganza, y llegó su momento cuando llegó la guerra de Bosnia. Utilizó el momento para matar a los padres de mi madre y a ella, pero ésta huyó del lugar y su rastro desapareció. Después mi madrastra, se dedicó a buscarla por toda Europa para encontrarla y matarla.

Nosotros nos quedamos boquiabiertos, aquella desgraciada de mi madre, solo nos dijo una parte de la verdad, el resto fue pura mentira.

— ¿Es eso verdad, Stephanie? — Gritaba Mao enfurecido al móvil, que le acercó mi madrastra, quién se estaba muriendo de la risa. La estafadora intentaba decir algo, pero no se le ocurría nada.

— ¡Qué graciosa es la niña! ¡Creer que una hija de puta como tú puede decir verdades! — Dijo mi madrastra a continuación, entre risas, al móvil.

Antes de pronunciarle las últimas palabras de la conversación que estaba teniendo ella con mi madrastra, me miró por unos segundos, poniendo una sonrisa tan siniestra que casi me iba a hacer pis del susto. Yo sabía que pronto me iba a hacer cosas terribles, como en el pasado.

— Bueno, esto es lo último que te diré. Si quieres la vida de tu querida hija y su amiga, entonces, ven y ofrécete, como sacrificio. Si te importan un comino y no apareces puntualmente, las mató y luego iremos a por ti. —  A continuación, le dijo la dirección y la hora a que tenía que estar aquí.

— ¡Oye, oye, si voy, me matan! ¡Si no, también! ¿No hay forma de que yo conservé mi vida o qué? — Ella protestó y mi madrastra se quedó callada. Luego, cortó la llamada, mandando el móvil con mucha violencia contra la pared. Éste quedó destrozado en mil pedazos.

— ¿Por qué esa perra es tan subnormal? — Eso gritó como loca. Luego, miró a Mao y a mí, con una cara de enfado que daba mucho miedo.

— ¿Y qué haremos con esas niñas, jefa? — Sus compinches les preguntó que iban a hacer.

— Las dejaremos vivas, hasta que llegué ella, quiero que vea en persona, como vamos a jugar con su hijita. — Y esto respondió, dejando claro que yo no iba a salir de ésta. Ni Mao tampoco. Cerré los ojos, empecé a suplicar mentalmente que hubiera un milagro.

— ¿Por qué, por qué, no dejas a Jovaka, en paz? ¡Ella no te ha hecho nada! — Entonces, Mao le gritó enfurecido a mi madrastra, y ésta le dio otro puñetazo.

— ¡Mao, Mao! — Yo grité otra vez. Tenía muchas ganas de llorar, porque no dejaban de hacerle daño. Mi madrastra, después de hacer eso, le respondió:

— Mientras la buscaba por Europa, llegué a Londres y me encontré con su supuesto marido, pero descubrí que lo había abandonado. Entonces, conocí a su hija, a tu amiga, y pensé darle toda la rabia que tenía acumulado en mi interior. Por eso me casé con aquel desgraciado, para tener a Jovaka bajo mi control y hacerle todo lo que quería hacerle a su madre. —

Y con esto dicho, se fue afuera muy mosqueada, mientras les pedía a sus compinches que nos vigilasen. Ellos le dijeron que sí y se pusieron a jugar con juegos de cartas, ignorando nuestras palabras.

— ¡Lo siento, lo siento, Mao! — Yo no pude aguantar más y me puse a llorar, pidiéndole perdón, sin parar. Me sentía tan culpable de que él estuviera en una situación tan horrible.

— ¡No pasa nada, no es tu culpa…! — Él me intentaba consolar, mientras tanto, con estas palabras.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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Una vieja venganza: Sexta parte, nonagésima octava historia.

— ¿Y ahora qué podemos hacer? — Le grité a Mao histéricamente, mientras pensaba que éste iba nuestro final y daba vueltas por el salón como loca.

— ¡Deja de chillar, lo primero es tranquilizarse! —Exclamó Mao  a gritos, mientras me detenía. Más que sus palabras, su mirada fue la que me hizo callar, una de preocupación, pero que no estaba dominado por el pánico.

— Perdón, no era mi intención. — Le dije a continuación.

— Lo que pasa es que me pones nervioso y ya no puedo pensar. — Añadió, mientras se sentaba en el sofá y miraba fijamente a aquella carta.

Entonces, alguien pegó en la puerta y nos asustó muchísimo, haciendo que diéramos un bote y que yo abrazara a Mao.

— ¿Qué haremos, qué haremos? — Le preguntaba a Mao, mientras cerraba los ojos y temblaba sin parar. Él solo me dijo que guardará silencio.

Pegaron unas cuantas veces sin parar, mientras yo y Mao manteníamos la boca cerrada. A continuación, cuando dejó de pegar, nos empezó a hablar:

— Sé que estáis ahí, así que abrid la puerta. — Eso nos dijo y Mao, al ver que no tenía sentido mantener el silencio, le empezó a hablar.

— ¿Crees que te vamos a abrir la puerta, así como así? — Le gritó.

— Soy un aliado, no un enemigo. — Eso le respondió a continuación, pero ninguno de los dos podríamos creer eso.

— ¡No te creo! ¿Tienes alguna prueba para demostrarlo? — Le replicó Mao.

— Soy de la FBI, y tengo mi placa y ayudo en la protección de testigos, en la protección de Stephanie Stratus. He dicho esto en plena calle, algo que no debería hacer, ¿no es suficiente? — Para mí no lo era en absoluto, pero Mao estaba dudando si dejarlo entrar o no. Entonces, soltó esto:

— ¡De acuerdo, pero muestra tu placa, mientras abra la puerta! — Le gritó Mao. Y entonces se levantó y yo le dije esto en voz baja:

— ¡No lo hagas, puede ser una trampa! — No quería que fuera a abrirle la puerta.

— Escóndete en el mejor sitio, por si acaso. — Eso añadió Mao, mientras se acercaba con cautela a la puerta. Yo me quedé ahí, observándolo, en vez de hacerle caso, deseando que no pasara nada.

Cuando lo abrió, detrás de la puerta había un hombre que estaba fumando un puro, mientras mostraba una placa, con las manos hacia arriba. Era un viejo, ya que tenía muchas canas y una cara arrugada; con una enorme y fea gabardina, que le quedaba muy grande, ya que era un canijo.

— ¿Lo ves? ¡Soy un aliado, así que no pasa nada! — Nos decía, mientras soltaba risas.

A continuación, entró en la casa y se sentó en el sofá, mientras ponía los brazos cruzados. Nos preguntó si había té para tomar y le decíamos que no lo sabíamos, ya que ésta no era nuestra casa.

— ¿Y qué quiere de nosotras, señor? — Le preguntó Mao.

— Agente Smith, ese es mi nombre, por ahora. — Aquel hombre respondió con estas palabras. — Ustedes han quedado atrapadas en una situación muy, pero muy peligrosa. —

— Eso ya lo sabemos, ¿y lo nuevo es? — Eso replicaba Mao, mientras se sentaba.

— Perdonen que las hayamos metido en esto, esa maldita Stephanie no deja de fastidiar su propia protección. La mafia que la persigue no la hubiera descubierto si hubiera estado quietecita. — Aquel hombre seguía hablando, mientras apagaba el puro.

— En eso estamos de acuerdo. — Le dijo Mao.

— Y ahora, ustedes están en peligro. — Y volvía a decir lo mismo, cómo si no lo supiéramos.

A continuación, hubo un silencio en el lugar durante unos segundos, entre nosotros, hasta que a Mao le dio por preguntar algo:

— ¿Qué ha hecho ella, exactamente? — Así era la pregunta.

— Esa mujer tiene un amplio historial delictivo, relacionado con el fraude y el blanqueo de capitales, pero eso es secreto. — Y el viejo soltó lo que decía que era secreto. No servía para agente de la FBI.

Mao le iba a decir algo, pero aquel hombre le interrumpió:

— No importa. Ustedes deben de ir a comisaria, ahora mismo. Allí se hará las medidas necesarias para protegerles de aquella banda de malhechores. Así que deben acompañarme. — Al decir eso, se levantó.

— ¿Y qué les va a pasar a nuestros amigos? — Eso le gritó Mao de repente, muy preocupado, hablando seguramente sobre Alsancia y los canadienses, quienes seguían en el parque de atracciones.

— Ya hablaremos de los detalles, cuando lleguemos a la comisaria. — Fue lo único que nos dijo. Nosotros decidimos acompañarlo, aunque yo no estaba muy segura de eso.

A continuación, salimos de la casa y luego del barrio, para montarnos en un coche, que de policía tenía poco, además de que era parecía bastante viejo pero elegante. Nos montamos en los asientos traseros, porque así nos lo indicó el viejo y el automóvil empezó a arrancar. A los cincos minutos, Mao le preguntó algo:

— Por cierto, según Stephanie había un infiltrado de la banda entre la policía, ¿eso es verdad? — Eso le dijo.

— Tienes razón. — Entonces, tocó un botón, y un cristal empezó a separar los asientos traseros de los delanteros.- En cierta parte, porque aquella persona no es un infiltrado de la policía, sino de la FBI. Bueno, no es que lo sea, más bien, sería un corrupto que ha decidido a ayudarles. — Empezó a sonar muy sospechoso.

— ¿Qué intenta decir? — Le preguntó Mao muy preocupado. Ya nos estábamos dando cuenta.

— Lo siento niñas, os he tenido que mentir. No vamos a la comisaría. — El muy capullo era un enemigo, después de todo. Yo, intenté abrir la puerta de coche desesperantemente, pero no se podría abrir de ninguna manera.

— ¿Adónde vamos? — Le gritó Mao como loco, mientras le daba patadas a la puerta para romperlo, pero estaba muy bien hecho el condenable coche.

— A visitar a unos amigos. — Eso nos dijo con una sonrisa, que nos pareció maléfica.

— ¡Serás cabrón, tú eres el infiltrado! — Mao le gritó con estas palabras, mientras golpeaba la ventana que le separaba del conductor.

— ¿Y ya te das cuenta? — Y eso nos dijo entre risas, antes de soltar esto: — En realidad, la perra de Stephanie no había sido secuestrada, ha sido una vil estratagema para atraparlas, señoritas. — No lo podríamos creer.

— ¿Y dónde está ella, dónde? — Le gritaba Mao, histérico.

— Está reuniéndose con un policía. Fui muy ingenioso de mi parte, ya que por casualidad lo escuché por los escuchas que pusimos en la casa y mentalmente se formó un plan mejor del que íbamos a hacer. — Añadió, mientras seguía sonriendo.

Nosotros, seguimos dándoles patadas y golpes a las puertas y a las ventanas con la esperanza de romperlos y salir corriendo, pero no podríamos. Luego, empezamos a gritar lo más fuerte que podríamos, mientras pegábamos en el cristal, para que alguien se diera cuenta de estábamos en un mal asunto, pero nadie lo hizo. Y cuando nos dimos ya habíamos salido de la ciudad, introduciéndonos por un enorme bosque que parecía no tener fin. Al final, salimos de la carretera para introducirnos en un camino sin asfaltar, lleno de barro y nieve; y tras un buen rato, llegamos ante una casa en mitad de la nada.

— ¡Ya hemos llegado, señoritas! — Eso nos dijo a continuación, tras parar el coche y apagar el motor. Mientras él salía del auto, yo observé un poco el lugar. Estábamos en un claro de un bosque, delante de una pequeña casa de madera, que parecía estar abandonada, y le acompañaban dos casetas, que tal vez servían para guardar cosas o para servir de granjas.

Mientras aquel maldito agente de la FBI salía del coche y se encendía un puro, salían de la casa unos cuantos individuos que llevaban máscaras de animalitos del bosque, dándoles un aspecto muy aterrador.

— ¡Buenas gente, he traído a las chicas! — Eso les decía el viejo mientras los saludaban, y uno de ellos le devolvió el saludo con un disparo en la sien. Fue una muerte instantánea, ni le dejaron terminar su saludo.

Nosotros nos quedamos de piedras, al ver lo que le hicieron. Luego yo grité del horror, mientras abrazada a Mao y cerraba los ojos. Él se puso a protegerme, observándolos perplejamente.

— ¡Mao, lo han matado, lo han matado! — Le gritaba sin parar.

— ¡Tranquila, tranquila! — Y eso me decía Mao. Mientras tanto, la persona que disparó al agente se acercó a él y lo pisoteó.

— ¡Muchas gracias, nos has ayudado mucho, ahora tu familia estará a salvo, supongo! — Le decía esto, entre risas, aquella persona, a quién reconocí por la simple acción de oír su voz.

A continuación, ella se quitó la máscara, que tenía una forma rara de conejo antropomórfico, mostrándonos su identidad y no era nada más ni nada menos que mi madastra, por desgracia.

— ¡Esto no puede ser verdad, esto no puede ser verdad! — Eso repetía, gritando sin parar, incapaz de esquivar  la realidad, de asimilar el hecho de que ella estuviera delante de nosotros. Y mientras Mao me decía que me tranquilizara, ya que supo, por mi reacción, de quién era aquella persona; mi madrastra habló:

— ¿Cómo estás, mi querida Jovanka? ¡Me alegra mucho de que me hayas visitado, y de que me hayas traído a una amiguita!— Nos dijo, soltando una mirada tan siniestra que me produjo escalofríos.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Quinta parte, nonagésima octava historia.

Eso fue demasiado para mí, yo aún no podría asimilar lo que habían contado en el día anterior. No me entraba en la cabeza que la vecina de enfrente, aquella desgraciada, fuera mi madre, me daba asco con solo de pensarlo.

Después de que Mao aceptará trabajar codo con codo con ella, empezaron a pensar qué haría mi madrastra para ir a por la fea esa y a por mí, para idear un plan. Al final, no llegaron a una conclusión. Al día siguiente, a las siete de la mañana, él levantó a los canadienses y a Alsancia y les dio una gran sorpresa.

— ¡¿En serio, así de repente quieres que vayamos al parque zoológico!? — Eso decía Clementina, sorprendida.

Mao con el temor de que podrían involucrarse en la venganza de mi madrastra, quiso alejarlos de nosotros por un tiempo. Le contó toda la verdad a Leonardo y le pidió que las cuidase y que, si viera algo extraño, llamará a la policía de inmediato. Aún así, dudaba si lo que hizo estaba bien.

Yo no pude dormir, tampoco Mao, por el miedo. Grandes ojeras invadían nuestras caras, pero éramos incapaces de dormir, ni podríamos hacerlo. Y estaba en el salón, mirando a las musarañas, muy pensativa. Me preguntaba qué iba a pasarnos a continuación, llena de temores. Él intentaba llamar a mi madre una y otra vez, quién no respondía:

— ¡Maldita seas, contesta de una vez! — Eso gritaba Mao cada dos por tres, mientras daba vueltas por la habitación, muy nervioso. Yo le miraba de vez en cuando, con ganas de decirle que eso nos pasaba por confiar en aquella estafadora. Ni siquiera estaba atenta al teléfono. Aunque, por otro lado, empecé a sentir un mal presentimiento.

— ¿Y sí le ha pasado algo? — Eso le pregunté a Mao, temerosa de que mi madrastra haya actuado.

Con lo idiota y subnormal que se veía esa mujer, seguro que esa horrible arpía le había encontrado y la hubiera reducido a cenizas, después de una tortura larga y horrible.

Después de ver lo que me hizo, sabía que era capaz de hacer cualquier cosa

— Espero que no, o estaremos metidas en un buen lio. — Decía Mao, mientras se levantaba y se dirigía a la calle, harto de esperar.

— ¡No lo hagas Mao! — Le grité, intenté detenerlo. Tenía el miedo de que le pasara algo, aquellas calles no eran seguras. Mi madrasta podría estar escondida en algún lado y matarle de un golpe. No podría permitirlo. Pero éste no me hizo caso, movió la mano en señal de que todo estaba bien.

Aún así, no podría hacerlo, no quería dejarle solo ante el peligro, aunque yo no pudiera hacer nada contra mi madrastra. Yo tenía que seguirlo, pero no quería salir. Aquel reencuentro horrible del día anterior aparecía en mi cabeza y me paralizaba, salir afuera podría ser una sentencia de muerto.

Pero, al sentirme alejada de él y sola en la casa, me entraron escalofríos, el temor de que mi madrastra estuviera en la oscuridad del hogar, esperando el momento en que Mao se quitara del medio para atacarme, me provocó un inmenso terror. Al final, tuve que acompañarlo. Era mejor estar a su lado que indefensa.

— Entiendo que tengas miedo, pero no me agarres tan fuerte. — Me decía Mao, al ver que lo alcancé y le cogí del brazo. El gran terror que sentía yo provocaba que le hiciera daño, apretando de más mis brazos.

Empecé a mirar por todas partes, por si había peligros, desde nuestro alrededor, la calle en dónde estábamos, hasta el mismo cielo, muy nublado por cierto; y no la vi, no hubo nada sospechoso. Mostré un pequeño gesto de alivio, pero no había que bajar la guardia, así que estaba alerta. Mao ya estaba golpeando la puerta de mi antigua casa.

Mao pegó unas cuantas veces, pero no había respuesta alguna, nada; y nosotros estábamos pensando en lo peor. Él siguió pegando, pero más fuerte, mientras le gritaba, preguntando si estaba ahí. Y cuando decidió abrir la puerta a patadas, apareció:

— ¡¿Pero qué haces, chalada!? — Gritaba como loca, mientras se acercaba a nosotros corriendo. — ¡Deja mi puerta en paz! —

Mao dio un suspiro de alivio, al verla. Eso significaba que mi madrastra aún no había actuado.

Yo hubiera hecho lo mismo, pero tenerla muy cerca de mí me alteraba mucho. Me puse detrás de Mao, mientras miraba a aquella persona con muy mala leche y desconfianza. Recordaba el hecho de que era mi madre y eso me ponía peor, era algo que aún me costaba asimilar y aceptar.

— Habíamos pensado que te habían secuestrado o matado o algo peor. —Le dijo Mao a continuación.

— ¡Solo he salido de compras! — Eso exclamaba, pero no veíamos que había comprado algo, solo que estaba exhausta y había corrido, al parecer, mucho. Mao y yo sospechamos.

— ¿Y por qué has corrido?- Le preguntó Mao muy serio. ¿Las ofertas se iban a terminar o qué? — Entonces, se empezó a oír gritos de personas.

Y no parecía un griterío agradable, se notaba que querían sangre o que estaban muy enfadados. Se llegaba a escuchar amenazas e insultos. Y venían hacia aquí con una gran rapidez.

—Yo siempre compro lo más caro, así que no busco ofertas, ¡por el amor de Dios! — Le decía ella, poniendo una mueca de asco, mientras abría la puerta rápidamente y nos metió dentro de la casa.

— ¿Qué está pasando? —Preguntó Mao muy preocupado, tras habernos introducido en mi antigua casa.

— Solo unos pobres desgraciados a los que he engañado. — Eso le dijo la estafadora con voz burlona, antes de darse cuenta de que le había dicho a Mao la verdad. Nosotros nos pusimos a observarla con una mirada de pura sospecha.

— ¡Es una broma! — Estaba muy nerviosa. — ¡Solo fui a comprar, nada más! — Se notaba que nos estaba mintiendo y había hecho alguna de las suyas. Por eso, Mao le dio un golpe en toda la cara.

— ¡Deja de engañar a la gente, maldita desgraciada! — Le gritaba Mao, mientras ella le decía que no pudo evitarlo. A continuación, decidió preguntarle algo:

— ¿Tienes alguna idea de qué podemos hacer por ahora? — El día anterior nos explicó que al siguiente iba a recolectar información, para que nos ayudase a preparar algún plan.

— ¡Mierda, se me había olvidado! — Gritó, dejándonos claro que no podríamos confiar en ella. Aunque eso ya lo sabíamos desde el principio. Nosotros nos quedamos mirándola con ganas de matarla.

— ¡No es mi culpa, ustedes no me lo recordaron! — Tuvo la caradura de echarnos en cara su fallo.

— Entonces, ¿qué podemos hacer? — Le preguntó Mao, intentando pasar por alto aquella estúpida acusación.

A lo primero, ella se quedó blanca, como si su cerebro hubiera tenido un cortocircuito. Después de quedarse callado unos segundos, mientras ponía una cara de boba, nos dijo que no tenía ni idea y de que estábamos perdidos. Lo hizo a gritos, de forma desesperada e histérica, añadiendo además, una y otra vez, que no había nada que hacer. Luego, se puso a llorar en el sofá. Ni yo ni Mao pudimos entender aquella reacción tan estúpido que hizo. Nos sorprendió e incluso nos hizo dudar sobre su condición mental, o si estaba montando otro espectáculo suyo, porque parecía muy falso. Al mirarla, él me dijo en el oído:

— Me arrepiento mucho de haberme aliado con esta estúpida. — Y yo estaba de acuerdo con él.

A continuación, Mao tranquilizó a aquella estafadora, o intentó que entrara en razón o dejara de hacerse la estúpida. Tras eso, preguntó algo que ni yo misma me había planteado:

—Esto me lo llevo planteando desde hace días. ¿Cómo sabes que ella te persigue? — Era verdad, ¿por qué no me di cuenta antes?

— No solo ella, sino todos sus secuaces. Pertenece a una banda peligrosa de albano-kosovares, que se dedica a muchas cosas. Me dieron una carta de amenaza, hablando de mí y de mi hija. — Le respondió, cabizbaja.

— ¡Eso lo tenías que haber dicho antes! — Gritó Mao, porque ese detalle lo desconocíamos y empeoraba aún más el asunto. No era ella sola, sino un montón de gente, igual de monstruosos que mi madrastra.

Casi me daba algo escuchar aquel detalle que se le olvido decirnos, mi cara puso una muesca de horror, ¿¡cómo podríamos hacer algo, cuando estaba en nuestra contra una banda criminal!? ¡Sentía que estábamos pérdidas!

— Y no solo eso… Hay alguien de la banda camuflada entre la policía, o un poli corrupto les ha vendido información, algo así. El problema es que han descubierto mi paradero. Y deben ser los primeros y únicos, porque cientos de bandas me persiguen para matarme. — Después de decir eso, se rió como si fuera algo gracioso, pero eso a nosotros dos nos dejó helado.

No me pareció sorprendente que todo el mundo la quiera matar, ella se lo merecía. Por desgracia, nos tuvo que arrastrar con nosotros. Me siento muy mal por haber salido de su vagina, solo nos estaba trayendo desgracias.

— Pero, por suerte, tengo a un aliado entre la policía y que nos puede ayudar. — Entonces, ella nos dijo eso.

— ¿Y por qué lo dices ahora? — Le gritó Mao, enfadado porque nos estaba soltando cosas que debíamos haber sabido el día anterior.

— Se me olvidó. — Y lo decía, mientras intentaba hacerse la inocente; pero solo quedó a nuestros ojos muy mal. ¡Qué ganas teníamos de que ella fuera linchada por aquella muchedumbre que había engañado!

A continuación, tanto Mao como yo suspiramos, mientras ella cogía su teléfono:

— Ahora mismo le voy a dar un mensaje para que nos ayude. — Nos decía. Tras mandarlo, estuvo unos minutos esperando, hasta que le llegó. Le decía que ella tenía que reunirse con aquella persona en el parque más cercano de forma urgente.

— ¿Está bien eso? Dices que hay un infiltrado en la policía, no deberías tener mucha más discreción. — Eso le preguntaba Mao, mientras ella salía a la calle. Sospechaba que había algo raro, pero aquella insolente señora le replicaba que no tenía nada de qué preocuparse.

— Por lo menos, deberías camuflarte o algo. — Sus consejos fueron ignorados por aquella mujer, que salió corriendo como loca a la calle. Al pasar unos minutos, le pregunté a Mao:

— ¿Y ahora, qué haremos, Mao? — No quería quedarme a esperarla, la verdad.

— Habrá que esperar. — Me respondió Mao, antes de dar un suspiro y decirme esto: — ¡Qué desperdicio de madre tienes! — Me molestó que me recordará que aquella persona fuera la que me parió en este mundo.

— ¡Jamás la aceptaré como madre! ¡Para mí es solo una señora horrible, como todas las demás mujeres! — Me quedé callada unos segundos, antes de añadir esto en voz baja: — O casi todas…—

Por increíble que me pareciera, tenía que reconocer que poquito a poco dejaba de sentir odio y miedo a aquellas chicas que frecuentaban a Mao. Algunas siguen siendo horribles o molestas para mí, pero otras incluso les he tomado algo de cariño. Supongo que convivir con ellas, me hacían ver que no todas las mujeres eran tan horribles cómo yo creía.

— ¿Casi todas…? — Dijo Mao muy extrañado, quién me escuchó.

— No importa. — Me dio muchísima vergüenza. — ¡Ya sabes! No creo, por ahora, que todas las mujeres sean tan malas como parecen. Bueno, algunas. — Fueron las palabras más vergonzosas que había tenido en vida hasta ahora. A continuación, Mao puso una sonrisa.

— ¿Por qué me miras así? — Pensaba que se iba a reír de mí o algo así.

— La Jovaka de hace un año no diría eso. — Así me respondió, antes de reírse.

— ¿Y qué? —Le grité molesta, arrepintiéndome mucho de decir aquellas palabras. Solo me respondió, con gran alegría, que no pasaba nada.

Luego nosotros nos quedamos callados, esperando la vuelta de aquella maldita estafadora, pero no llegaba. Pasó un buen rato y seguíamos sin noticias de ella.

— ¿Pero, dónde está? — Se preguntaba Mao, mientras no paraba de moverse de un lado para otro por el salón, muy nervioso. Yo, igual de alterada, también me lo preguntaba. Ya estaba sospechando que le habían pasado algo.

A continuación, alguien pegó en la puerta y Mao fue rápidamente para abrirlo. No había nada, él miró por todas partes y entonces se dio cuenta de que había una carta en el suelo. La miró y tras leerla, se quedó perplejo, con una mueca de terror en su cara.

— ¿Qué pasa Mao? — Le pregunté, muy preocupada.

— Tu madre ha sido secuestrada. — Eso dijo y yo caí de rodillas, incapaz de creérmelo. Mi madrastra ya había movido su ficha y aquella estafadora cayó como una mosca. Sentía que estábamos perdidos, de nuevo.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Una vieja venganza: Cuarta parte, nonagésima octava historia.

No sé cuánto tiempo estuve en la habitación, pero tuvo que pasar mucho, ya que mi estomago empezaba a rugir y tenías ganas de ir al servicio. Pero ni loca quería salir de allí, tenía miedo de volver a ver a mi madrastra. Entonces, alguien pegó en la puerta y temí que fuera ella. Por suerte, no lo era.

— ¿Jovaka, Jovaka? ¿Estás ahí? — Era la voz de Mao y me alegre mucho de poder haberle oído. Sentía que estaba a salvo. Rápidamente, salí de la cama con mucha felicidad y le abrí la puerta.

— ¡Gracias a Dios que estés aquí! — Eso le dije, mientras le daba un gran abrazo.

A continuación, tras ir al cuarto de baño, porque lo necesitaba con mucha urgencia; Mao preguntó qué me había pasado muy preocupado, ya que Clementina y Leonardo le dijeron que cuando oí que él se fue, salí a la calle y volví como loca a encerrarme en la habitación. A lo primero, creía que se trataba de la pelea que tuve que con ella, pero esto nunca fue mencionado, por extraño que me parezca. En fin, pasemos eso por alto.

— En verdad, yo…— No sabía si decirle lo que vi, porque estaba dudando si esa persona que vi en la calle fuera de verdad mi madrastra o no. Aunque la verdad es que me obligaba a mí misma negarlo, porque quería que fuera una ilusión, una cruel broma que mis ojos me hicieron. Al final, me callé.

— ¿Te ha pasado algo, verdad? — Mao insistió. — ¡No es normal que estés tan cortada! — Él tenía una cara de muchísima preocupación y eso me dio algo de coraje para asimilarlo.

—Y-yo…— Intentaba decir.- ¡L-la he visto! — No era incapaz de decir nada más, salvo esto:

— ¡Tengo miedo, Mao! — Eso le gritaba desconsoladamente, con una cara llena de terror y de lágrimas. — ¡Tengo miedo, de verdad! — Entonces, él me empezó a acariciar la cabeza y eso me tranquilizó.

— Entiendo…— Me decía de forma comprensiva. — ¿Has visto a aquella mujer, a tu madrastra, verdad? — Yo le dije que sí, moviendo la cabeza.

Ni tenía las ganas de pensar en cómo él llegó a esa conclusión, solo quería seguir aferrándome a él, como si esto fuera lo único que me protegería.

— Entonces, lo que decía ella era verdad…— Y él dijo algo en voz baja, que me dejo algo confundida e intrigada.

— ¿Q-quién? ¿De quién estás hablando? — Eso le preguntaba, aunque sentía quién era aquella persona: La misma que le dijo que era mi madre.

Entonces, Mao empezó a caminar. Yo le seguí sin preguntarle a dónde iba, porque ya lo sabía. A pesar del miedo, me atreví a salir afuera, con Mao no me sentía en peligro, después de todo. Lo que si le pregunte fue esto:

— ¿Qué es lo que te dijo esta vez? —

Al salir a la calle, llenas de preocupación, Mao pudo responderme, después de tocar el timbre de la puerta de mi antigua casa, la que estaba siendo habitada por esa estafadora de Stephanie Stratus:

— ¡Qué te lo diga ella! — Fue lo único que me dijo.

— ¡Esperen, un momento! ¡Qué ya les voy a abrir! — Eso decía una voz que provenía dentro de la casa y la cual era de esa mujer que ni quería ver. Mao siguió tocando la puerta, mucho más seguido que antes.

— ¡Ya voy, ya voy! ¡Por favor, no sean impacientes! — Volvía a hablar, esta vez con un tono de enfado. A continuación, Stratus abrió la puerta.

— ¡Así que, al final, me haces caso! ¿Eh, Mao? — Entonces, ella cambió de actitud al vernos y se puso a sonreír, añadiendo esto:

— ¿Y quién está ahí, detrás de ti? — Se estaba refiriendo a mí, que me estaba escondiendo de ella, mientras la miraba con muy mala leche.

— Lo sé todo, sé que estás confundiendo a Mao con tus mentiras, diciéndole que eres mi madre solo para salvar tu culo gordo. — Le gritaba eso, mientras le señalaba con mi dedo acusador. Y esa maldita mujer empezó a reírse de mí, enfadándome aún más. Yo le iba a preguntar la razón, pero Mao me detuvo y le piso el pie para que callase. Se lo tenía merecido, por bruja.

— ¿Por qué haces eso? — Le gritaba ella, mientras brincaba del dolor.

— No es nada gracioso. Eso es todo. — Le decía Mao muy serio.

— Sí, lo es, porque es verdad. — Le replicaba la estafadora, con una mueca de burla insoportable.

— Es mentira, absolutamente mentira. — No iba a tolerar que dijera esas cosas. Una persona tan horrible como ella no podría ser mi madre, jamás de los jamases.

— ¡Vamos adentro, a resolverlo, no podemos estar en la calle! — Entonces, Mao dijo esto, mientras entraba en la casa y empujaba a la estafadora hacia dentro.

A continuación, nos fuimos al salón de mi antigua casa y vi lo cambiado que estaba, con un mal gusto que superaba lo nauseabundo. Tenía el salón lleno de estatuas de cosas que parecían de menos humanos, y de todos los colores más feos posibles. El papel pintado que las paredes era de un rosa chillón, lleno de bocas de todo tamaño, que uniendo al hecho de que tenían cuadros con estrellas de pop que eran muy horribles, lo hacía aterrador. Los armarios tampoco se salvaban, porque parecían la impresión de ser unos monstruos que podrían devorarte fácilmente. Lo único bonito eran los sofás. Nosotros nos sentamos en uno de ellos, mientras la estafadora se sentaba en el otro para hablar.

— ¿Entonces, me crees? — A continuación, ella comenzó a hablar con un tono muy molesto, como si estuviera regodeándose de que tenía razón.

— Es lo que quiero comprobar. — Eso le respondió Mao, manteniendo una extraña seriedad que daba un poco de miedo.

¡De verdad, es raro verle de esa manera! ¡Parecía como una especie de ogro que, de un momento para otro, podría lanzarse a esa estafadora y dejarla en el hospital! ¡Ojala lo hubiera hecho!

— ¿Mao, qué estás diciendo? ¿La vas a creer? — Le pregunté, incapaz de imaginar que él pensará que ella decía algo de verdad, porque solo le estaba calentando la cabeza con tonterías.

— Cuando me llamo esta mañana, ella dijo algo parecido sobre tu madrastra. — Me dejó muy perpleja esas palabras y añadí: — ¡¿Qué intentas decir?! —

— ¡Te lo explicaré, hija mía…! — Entonces, esa maldita estafadora dijo eso, llamándome “hija mía” en mi cara. Me molestó, me irritó, me llenó de ira, tanto que le grité con todas mis fuerzas, con el puño en alto para darle su merecida: — ¡No soy tu hija, ni nada parecido! ¡A ver si te enteras! —

Mao me detuvo en mi intención de romperla la cara, mientras esa mujer sacaba algo de su enorme cartera, que estaba en los pies del sillón en dónde estaba sentada. Nos lo señaló: — ¿Qué es eso? — Pregunté.

— Mi nombre verdadero es Jovanka Milošević, cuando me casé adopte el apellido de mi pareja. Y por supuesto, el nombre que le puse a mi hija fue el mismo que mío. — No los decía con una fea sonrisa en la cara, mientras nos mostraba un certificado de nacimiento.

— E-eso es imposible, no puede ser. — Dije perpleja, al observarlo detenidamente.

Era mi propio certificado de nacimiento, estaba escrito en serbio, decía que era de allí, y mencionaba mi antigua identificación. Ahí aparecía el nombre de mi padre y el de mi madre, que era el mismo que el mío. Estaba bastante algo estropeado por el tiempo y no parecía nada falso en absoluto.

— ¿J-jovaka, estás bien? — Eso me dijo Mao preocupado, al ver mi cara de pura trauma. Casi me iba a desplomar, gritando esto:

— Es mentira, es falso. Seguro que se lo has robado a alguien, porque no puede ser cierto. ¡Tú no puedes ser mi madre! —

No quería aceptarlo por nada del mundo, que aquella mujer horrible lo fuera. En un intento desesperado, me tape los oídos, cerré los ojos y me agaché, para no escucharla, mientras me decía a mí misma una y otra vez que no era verdad. ¡De todas las personas posibles en este mundo, me tuvo que tocar la más malnacida de todas como madre! ¡La misma que engañó a Mao para que le secuestraran por dinero! ¡La que intentó engañar a Malan y a Josefina solo por comprar un ordenador! ¡Ni una mierda iba a aceptar que yo hubiera salido de la vagina de esa!

— ¿¡Tan mal te sienta que yo soy tu madre!? ¡Deberías feliz de conocerme en esto momentos, abrazarme y todo eso! — Ella protestaba, mientras tanto, viendo mi reacción.

Entonces, algo la hizo caer al suelo, de una forma muy violenta. Yo abrí los ojos y vi a Mao con una cara furiosa, mientras apretaba uno de sus puños muy fuerte, observando a la estafadora.

— ¿¡Por qué has hecho eso!? ¡Eso ha dolido, y mucho! — Le gritó mi madre, mientras se tocaba la cara. Mao le dio un buen puñetazo en la cara que la hizo volar. Fue muy exagerado, ella se estrechó contra la misma la pared y le salía sangre por la boca. Me alegré un poco por eso.

— Tú la abandonaste así como así y, mientras su puñetero padre se dedicaba a ligar, tú estuviste jugando al ladrón, sin que te acordarás de ella. Dejaste que aquella perra maltratará a tu hija, aún sabiendo lo que le ocurría. Y ahora que tu culo está en peligro, vienes suplicando ayuda, utilizando a Jovaka. —

Le gritaba, mientras iba a por esa. Daba tanto miedo que le tuve que agarrar, para que no le destrozase aún más la cara. Uno no era suficiente para mí, que conste, pero no quería que la matase, le mandarían a la cárcel. Jamás lo vi así, era como si hubiera sido poseído por un demonio o por esas cosas mitológicas de Japón que llaman “oni”. Si lo dejaba suelto, seguro que dejaría toda la sala llena de la sangre y viseras por todo el suelo. Sí, exageró, pero se veía capaz de hacer cosas brutales.

— ¡Es normal que le sienta mal tener como madre a una desgraciada como tú! — Mao seguía gritando como loco, tanto que parecía estar echando rabia por la boca.

Por otra parte, la estafadora se estaba levantando del suelo y añadió, mientras se quejaba del dolor: — Tenía mis razones. —

Me entraron ganas de soltarle y que fuera a por ella, pero decidí no hacerlo. Entonces, me di cuenta de que algo fallaba aquí y de que había algo que yo aún no me había enterado. Como no entendía nada, se lo pregunté a Mao, a pesar de lo alterado que estaba: — Mao, ¿qué pasa? —

— Me dijo que sabía todo el daño que hizo tu madrasta, es más sabía toda la verdad sobre ella. — Me respondió Mao, mientras la miraba con mucho odio.

— ¿Qué verdad? — Eso le grité, aún incapaz de entender algo, pero con el miedo de escuchar otra horrible verdad.

— ¿Almira Kunarac? Ese es uno de sus muchos nombres falsos, el que utilizó para buscarme en Londres. Lo único que encontró fue a tu padre y a ti, y pues ella decidió descargar todo el odio que tenía a ti, Jovaka. —

Entonces, mi madre me lo explicó y todo empezó a tener sentido, demasiado para creerlo.

Por eso, mi madrastra me veía con odio desde el primer minuto, porque era la hija de ella, y me maltrataba y me humillada de todas formas para dar riendas a su rencor. Y había venido aquí a Shelijonia para terminar con su venganza, y la vi, es más, se dejo ver. Fue como una revelación, una verdad tan terrible que me dejó en shock. Caí de rodillas, mientras miraba al vacio, intentando asimilar todo lo que había escuchando.

Mao, al verme así, pudo controlar su ira demoniaca y me preguntó si estaba bien. Yo me pude recuperar un poco y decirle que sí. Insensible ante mi shock, ella siguió hablando como si nada:

— Entonces, ¿se quieren unir conmigo? Esa perra no solo va contra mí, también contra mi hija. Juntas podemos evitar que esa loca nos maté. —

Alargó la mano para que Mao se lo estrechará y esté se dirigió hacia mi madre para dejarle esto muy claro:

— Después de lo que me hiciste, a mí y a tu hija, no te daría la mano ni loca. Ni te ayudaría a salvar el culo,… — Se quedó callado, mirándome fijamente. No sabía el porqué me veía así, como si sabía que iba a hacer algo que yo aceptaría. No, era que iba a hacer, una completa locura.

A pesar de que le negó la mano que le ofreció esa mujer, él continuó y dijo esto, dejándome boquiabierta: —…pero tendré que hacerlo, por Jovaka. —

Lo dijo a regañadientes, sabía de antemano que no era seguro aliarse con ella, aún así lo hizo. Yo no lo podría creer. Le iba a gritar que no lo hiciera, que esto era una locura; pero Mao se adelantó y dijo:

— No voy a dejar que esa mujer nunca te vuelva a poner una mano encima, ¡lo prometo! — Me decía, con una seriedad que nunca vi en él, mientras me acariciaba la cabeza de forma muy dulce y amable. Me dejaba claro que iba a proteger fuera como fuera, aunque eso significaría matar o morir en el intento.

Con esto, fue suficiente hacerme callar. Sabía que él haría algo así, haría lo que fuera por salvarme; porque así era Mao, pero eso fue demasiado para mi corazón, que se puso a mil. En esos momentos, me puse tan roja que me quedé callada, mirando al suelo, sin saber qué hacer o qué decir.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Una vieja venganza: Tercera parte, nonagésima octava historia.

— ¡No lo entiendo, no lo entiendo, no lo entiendo…! — Gritaba incrédula. — ¡Todo eso debe ser mentira! — Estaba muy confusa, incapaz de pensar en algo que tenía sentido.

— Yo también pienso lo mismo. — Me respondió Mao, antes de decirme que deberíamos dormir.

Nos acostamos, pero yo no podría hacerlo. Estaba preocupada por lo que me contó, y preguntándome si esa mujer decía la verdad o no. No debería creerme en algo que dijo esa desgraciada, pero esa maldita duda no me dejaba en paz. Y cuando me entró el sueño, sufrí una horrible pesadilla, más bien, era un recuerdo de mi pasado, de cuando tenía seis o siete años, tal vez.

Al principio, todo estaba oscuro y yo estaba agachada en un sitio estrecho, temblando de miedo. Me estaba escondiendo, rezaba una y otra vez que no me encontrará alguien que me buscaba y que no quería que diese conmigo. A lo primero, solo había un inquietante silencio, no se escuchaba nada. Entonces, se escuchó cómo se caían cosas al suelo y luego esto:

— ¿Dónde estás, Jovanka? — Me tapaba los oídos para no escucharla.

— ¿Dónde estás, Jovanka? — Y lo volvía a repetir, después de cada ruido violento que provocaba.

— ¿Dónde estás, Jovanka? — Y no paró, no dejaba de decir aquellas palabras, de golpear y romper cosas. A cada minuto que pasaba se volvía muchísimo más violento todo, su tono de voz se volvía más aterrador. Era bien obvio que me pasaría si me encontraba.

Al final, la búsqueda la hartó y ya dejó de preguntarme dónde estaba. Dejó de jugar con mi miedo y empezó a gritarme con una aterradora ira:

— ¡Sal de una vez, pequeña perra! — Y esa persona no paró de insultarme, de ordenarme a salir y de decirme lo que me iba a hacer si no le hacía caso.

De todas maneras, sabía que sí o sí iba a hacerme muchas cosas malas y por nada del mundo desearía salir de mi escondite.

Yo solo pedía que se olvidara de mí y que se fuera, que me dejara en paz, que no me hiciera más daño. Era todo lo que deseaba, mientras lloraba con gran desesperación, esperando que algo o alguien viniera en mi auxilio, que me salvasen. Aquel aterrador concierto se siguió escuchando, parecía que no iba a quedar nada en pie.

Entonces, pude ver una mísera luz, que no me dio esperanzas, sino pavor. Salía de unas rejillas de una puerta y ahí me di cuenta de que yo estaba escondida en una especie de armario, oculta entre la ropa colgada. También  supe que ya estaba en el cuarto, cerca de mí, a punto de encontrarme. Con cara de profundo horror, yo me tapé la cabeza e intenté no hacer ningún ruido, llegando a aguantar la respiración para que no me escuchara respirar. Esperaba con todas mis fuerzas que no me encontrara, que se fuera.

— ¿Dónde estás, Jovanka? — A continuación, empezó a gritar de forma muy histérica. No, monstruosa. — ¿Dónde estás? ¡Dímelo de una vez! —

Oía como empezó a romper a cualquier cosa que veía de la habitación, a hacerlo de una forma tan brutal e imparable que creía que estaba perdida, que yo acabaría igual si ella me encontrará.

— ¡Jovanka, Jovanka, Jovanka,…! — Y no paró de gritar mi nombre como una posesa. — ¡Jovanka, Jovanka, Jovanka…! — Era horrible escuchar tu nombre una y otra vez, en boca de alguien que destrozó toda la habitación.

Al final, ya no pude más: — ¡Por favor, por favor, vete de aquí! — Dije en voz baja, sin darme cuenta.

Y se calló y se detuvo, el ruido cesó. Pero eso solo significaba una cosa: ¡Qué ya sabía dónde estaba! ¡Estaba perdida!

Entonces, ella empezó a reír de repente, unas perturbadas carcajadas se escucharon por toda la habitación: Exclamó, tras finalizar: — ¡Ya sé dónde estás! —

Oí como se acercaba poco a poco y empecé a rezar para que fuera una pesadilla, que todo lo que estaba viviendo no fuera real. Empecé a pedir ayuda o que algo la detuviese, pero no hubo piedad. Tras una angustiosa esperar, las puertas se abrieron y ante mí, estaba la persona que menos deseaba volver a ver. Me observó con una sonrisa muy perversa al verme, que casi provocó que me meara del terror.

— ¡Aquí estás! — Eso me decía, mientras me cogía de los pelos, con una asombrosa brutalidad. Sentía que me los iba a arrancar de cuajo, el dolor era inmenso.

Entre lágrimas, con una expresión de desesperación y terror, le grité con todas mis fuerzas, con la esperanza de que tuviera piedad de mí: — ¡No me hagas daño! — Menos mal que la pesadilla finalizó ahí. Pude despertarme.

Desperté gritando esas mismas palabras, levantándome de golpe del futón e inspirando y respirando de forma muy fuerte, como si me faltará el aire. El corazón me iba a mil, estaba sudando como un cerdo, temblaba como un flan y mostraba un rostro propio de alguien traumatizado.

Como es normal, desperté a Mao y a Alsancia. Creo que les di un susto de muerte.

— ¿Qué ha ocurrido? — Me dijo Mao muy preocupado y yo le miré a los ojos durante unos segundos, aún incapaz de salir del shock. Luego, me puse a llorar de forma desconsolada, mientras le abrazaba con todas mis fuerzas.

— ¡Ha sido horrible! — Le gritaba eso. — ¡Ha sido muy horrible! — Una y otra vez.

Después de eso, Mao decidió irse a la cocina a coger un poco de agua para que me tranquilizara, pero yo no quería que se alejara de mí, así que nos fuimos los dos juntos.

— ¿Ya has podido tranquilizarte? — Me preguntó Mao, mientras yo me tragaba el agua del vaso que me llenó.

— Lo siento mucho, solo tuve una pesadilla. — Eso le respondía, mientras me secaba las lágrimas.

— Y debió ser una horrible. — Soltó un suspiro.  — Espero que no haya sido relacionado con lo que te conté. — Mientras se sentaba en una de las sillas de la cocina.

— No, no es eso… — Se lo negué con la cabeza, quedándome mirando al suelo con tristeza. Solo quería olvidarlo.

— ¿Entonces? —Esa pregunta que me hizo Mao me dejó pensando. Me entraron ganas de contarle algo, pero no me atrevía. No me sentía capaz de volver a recordar ni de contarle a alguien aquel infierno que sufrí.

Yo miré a Mao, preguntándome si debería decírselo o no. No debería tener miedo, él siempre me ayudó y me protegió todo este tiempo, a pesar de sus quejas y de mi pesadez. Nunca me abandonó como mi padre, ni me hizo daño, salvo cuando me volvía majara y tenía que detenerme. Bueno, es la única persona con la cual tenía confianza y me sentía segura. Aún así, una parte de mí no quería desvelarle mi pasado, no deseaba mostrarle lo feo y horrible que fue aquello. Así que tuve un conflicto conmigo misma, que duró unos segundos.

Al final, yo decidí que lo mejor era sincerarme, contarle lo que me ocurrió. Así que empecé a llenarme de valentía, a prepararme para lo que iba a decir. Durante todo ese rato, la cocina estuvo muy silenciosa, Mao esperó con mucha paciencia mis palabras.

— Quiero decirte algo…— Respiré e inspiré. —…pero me gustaría que fuese un secreto entre nosotros. — Entonces, Mao cerró la puerta y me dijo esto:

— Por mí, adelante. — Estaba muy serio, dispuesto a escucharme.

Entonces, le conté unos cuatros años de mi vida que fueron una completa pesadilla, las que sufrí bajo el mismo techo con la tercera esposa de mi padre: Almira Kunarac. Tras el abandono de mi primera madre biológica, mi padre decidió buscar la mujer especial que tanto deseaba encontrar. Y tras el fracaso de varios amoríos, por diversas razones, decidió marcharse de Belgrado e irse a Londres.

No sé cuáles eran sus razones, pero debían ser estúpidas, ya que al poco tiempo se decepcionó, y mucho. Pero conoció a una mujer, serbia, y se enamoró de ella. Al principio, cuando iba a mi casa, me veía con una mirada que daba miedo, pero no me hacía nada malo. Yo tampoco la molesté, aunque me daba un poco de cosa que mi papá tuviera novia. A los cuatro meses, se casaron y se convirtió en mi madrastra. Entonces, es cuando se volvió una pesadilla.

Me empezó a pegar con cualquier tontería que hacía, e incluso sin motivo alguno, y siempre en lugares de mi cuerpo con los que se podrían tapar con la ropa, los cuales están llenos de cardenales. Ni siquiera le podría decir algo, porque iba a darme palos, pero ella, luego, siempre se burlaba de mí. Me hacía de todo con la sola intención de hacerme sentir fatal.

— ¡Maldita perra, deja de molestar! — Esto era lo más suave que me decía.

— Tú eres más que puro vomito. — Era horrible.

— Solo sirves para ser comida para perros. — Y la ignoraba.

— Eres un incordio, ¿por qué no te mueres? — Pero si hacía eso, me daba un puñetazo, por la excusa de que no la estaba escuchando.

No sabía por qué me odiaba, pero siempre intentaba hacerme daño, de cualquiera forma. Me preguntaba la razón de que estuviera obsesionada conmigo de ese modo y deseaba que solo se muriese o se alejara de mí de una vez para siempre.

Y esto solo empeoró con el tiempo, mientras ella me tenía controlada, gracias al miedo. Me obligaba a que no hablara con nadie, ni a que hiciera amigos, y no solo me amenazaba, sino que me decía que los demás me tratarían igual, sobre todo las mujeres. Hablaba de que eran los seres más terribles y peligrosos del mundo. Tal vez, ahí es dónde empecé a temerlas y a odiarlas. Al final, vejarme se volvió en su pasatiempo favorito, disfrutaba con eso. Me trataba como una sirvienta. No, peor, como una simple esclava, ordenándome cosas absurdas y trabajo muy excesivo, solo para verme caer y sufrir, y luego obligarme a levantarme. Siempre me hacia quedar mal delante de los demás, sin que ellos supieran realmente que yo estaba siendo abusada. Y llegó al extremo de desvestirme y hacerme fotos desnuda o semidesnuda para usarlas en su provecho. Entre lágrimas, me obligaba a poner en posturas humillantes, mientras no paraba de llamarme puta e insultos parecidos. No sabía para que los iba a usar, pero no deseo saberlo y solo con pensarlo, tengo ganas de vomitar. Ahora me arrepiento de haberlo dicho. Bueno, ya no importa ahora, sigamos. Y esto solo era una parte de todo aquel sufrimiento. No sé cómo pude seguir viva, cómo no acabé en el hospital, cómo no pillaron a esa asquerosa mujer y la encerraran de por vida.

¿Y mi padre? Pues él sintió que mi madrastra no era el amor de su vida y desde los primeros meses de su matrimonio, empezó a liarse con otras mujeres, mientras me dejaba sola con ese monstruo. Al parecer, parecía que ella no le daba importancia que le fuera infiel, hasta que un buen día intentó apuñalarlo mientras dormía, y él, aterrado, me despertó y nos fuimos de allí, huyendo de Londres hacia Estados Unidos.

Así es como esta pesadilla terminó, mi padre nunca se dio cuenta de todo el calvario que sufrí, aunque yo no me atrevía a decir nada. Solo esperé a que se diera cuenta, dominada por aquel miedo, pero nunca lo hizo. Y yo no sé cuánto duró, debió ser muy poco tiempo, pero lo sentí una eternidad, como si hubiera terminado en el mismo infierno.

Me costó mucho contarle todo esto a Mao, mientras intentaba no llorar. Sentía mucho miedo, no sé de qué. Al terminar, cerré los ojos, incapaz de ver su reacción.

—Yo, en verdad,…— Le intenté decir algo, pero no sabía el qué, mientras temblaba de miedo. Entonces, sentí un cálido abrazo. Abrí los ojos, era Mao, que me dijo estas cosas:

— Lo siento mucho, perdón por haber sacado este tema tan doloroso. —

Me dijo estas palabras, conmocionado y desolado. En su rostro se le veía muy enfadado, con ganas de querer ir al pasado a salvarme. Me hizo tan feliz, me di cuenta de que no tenía sentido haber tenido miedo. Después de todo, a quién se lo decía era nada más ni nada menos que Mao, la única persona que le importo de verdad.

Después de eso, no me pude dormir, por miedo a tener otra pesadilla, y Mao decidió que viéramos la televisión en voz baja, hasta que saliera el sol. Mientras él veía como zombi un programa sobre osos pardos, yo me sentía segura y protegida, recordando todo lo que vivimos juntos. Quería decirle las gracias por haber aparecido en mi vida, aunque no me atrevía. Eso era demasiado vergonzoso y con solo pensarlo me ponía roja.

Aunque, al final de todo, me quedé dormida, siendo despertada por los gritos de Diana, quién estaba encendió la televisión feliz, ya que La chica y el reino de los conejos estaban a punto a comenzar.

— ¡Nalditos Anunsios, quiero ver a Dorotea! ¡A Dorotea! — Gritaba ella molesta, una y otra vez, después de hacerse dueña del mando de televisión.

— ¡Deja de gritar, por favor! — Eso le pedía yo, mientras abrías los ojos, molesta de que me hubieran despertado de esa forma.

— No puedo, Dorotea y los conegos, van a empesal y los anuncios esos no se quitan. — Me replicaba ella. Entonces, es cuando me di cuenta de que estaba sentada delante de mí. Di un bote para atrás, chillando.

— ¿¡Por qué has estado tan cerca de mí!? — Y a continuación, le grité esto con el corazón a mil. Solo me dijo que me callará, que ya había comenzado los dibujos animados. Eso solo me enfado mucho más y le iba a gritar unas cuantas cosas. Entonces, apareció Clementina, quién me detuvo y volvió de la cocina para saber por qué grité:

— ¡Solo es una niña, no entiende tu extraña fobia! — Me dijo Clementina. — ¡Déjala tranquila! —

— ¡Ella debería saberlo más que nadie, sabe que no puedo! — Le grité. Ya había perdido los estribos.

— ¡¿Y qué!? ¡No es razón para que vayas a gritarla de esa manera! — E hice que ella también. Me empezó a gritar con fuerza, con un enorme enfado.

— ¡No era mi intención! — Le repliqué, intentando gritar más fuerte que ella. — ¡No lo puedo controlar, me asusta, me altera, es lo normal! —

Ojalá pudiera controlar esos sentimientos, poder ser capaz de controlar mis nervios y no ponerme a actuar como un animal desesperado.

— ¡Pues aprende a controlarlo! ¡Ya llevas meses conviviendo con nosotras, ya deberías controlarte! ¡Qué no mordemos ni nada parecido! ¡Siempre, siempre igual! ¡¿Por qué no superas ese estúpido miedo de una puta vez!? ¡No debe ser muy difícil! —

Aquellas palabras me sintieron fatal, ¡¿cómo podría decirme eso!? ¿¡Qué se creía ella que era esto que yo sufría!? Me llené de rabia y no me contuve.

— ¡Tú no lo entiendes! ¡Yo no tengo esto por gusto! ¡No me gusta, yo no lo decidí tenerlo! ¡¿Eres idiota o qué!? —

Y las dos nos olvidamos de que había alguien más en el salón, que solo intentaba ver sus dibujos animados. Se nos quedó observando cómo nos peleábamos de una forma tan desagradable que le afectó mucho. Ella empezó a llorar, interrumpiendo a Clementina, quién me iba a decir alguna burrada más; mientras nos gritaba esto:

— ¡Palen de peleal! ¡Yo kielo vel Dorotea en pas! ¡Palen, palen! —

Al ver a su hija en ese estado, Clementina se dio cuenta de lo que habíamos provocado con nuestra pelea y se fue a abrazar a Diana, mientras le hablaba para consolarla y tranquilizarla, de una forma tan maternal que daba mucha envidia. Yo me callé. Me sentía muy mal por el hecho de hacerla llorar. No era mi intención provocar esto. Quería decirles que lo sentía, pero no me atrevía. Tal vez, aún estaba muy alterada con todo lo que estaba pasando y sin querer me desahogué con ellas. Entonces, me habló, muy arrepentida, mientras conseguía que su pequeña ya se sintiera mejor:

— Lo siento, creo que perdí los estribos. Yo no soy la más indicada para decir eso, soy una cobarde, el miedo me domina. No debería haberte dicho esas cosas, sé que es difícil. No, imposible, para mí. Deber ser lo mismo para ti…—

De todas formas, la que debería decir eso era yo, fue quién empezó la pelea. E iba a decirlo: — Bueno, yo…— Pero no me atreví y cambié de tema, al notar que ahí faltaba alguien. — Da igual, ¿dónde está Mao? —

— Pues, alguien la llamó por teléfono y Mao tuvo una discusión muy fuerte. Después, salió corriendo de aquí como loca. Fue hace como una hora. —

Al escuchar eso, sentí un mal presentimiento y sin pensarlo, me eché a correr muy preocupada. Sentía que la perra de la vecina iba a hacer alguna de las suyas y no podría quedarme tranquila, después de lo que dijo de mí. Yo crucé el pasillo y la tienda a toda pastilla, ante la mirada atónita de Leonardo, quién parecía que quería preguntarme, tal vez para saber si lo que se oyó dentro de la casa fue una pelea. Y al salir a la calle, vi algo que me estremeció por completo, alguien que pensaba que nunca iba a volver a ver, pero que estaba ahí, delante de mis ojos.

Estaba delante de la tienda, mirándome con unos ojos aterrados, mientras se quitaba las gafas de sol que llevaba y sonreía macabramente. Tenía un vestido largo de color púrpura bajo un abrigo de piel enorme y bajo su cabeza, estaba un enorme sombrero. A pesar de las arrugas y de las canas, la pude reconocer, mientras intentaba pensar que era una ilusión o que veía mal. De todas las personas posibles, tenía que ser la que menos deseaba volver a ver en aquel y en ese mismo momento. Y no me quedó dudas, cuando abrió la boca y dijo estas palabras:

— ¡Nos volvemos a encontrar, Jovanka! — Aquella misma voz de loca, aunque ensombrecida por la vejez; era de ella, de mi madrastra Almira Kunarac.

A lo primero, me quedé incapacitada de mover algún músculo por unos segundos, mientras empezaba a temblar de miedo, y después empecé a gritar, mientras corría hacia dentro de la casa de Mao y me introducía en su habitación. Cerré el pestillo, bajé las persianas y me escondí bajo las sabanas.

— ¡No puede ser, no puede ser! — Me decía una y otra vez, alterada por los nervios.

Intenté pensar en cosas bonitas para hacerme olvidar su rostro o me daba pellicos en la cara con la esperanza de que estaba en otra pesadilla.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Segunda parte, nonagésima octava historia.

A continuación, Mao me contó con todo detalle, cómo le fue en su charla con aquella mujer, que le dijo sin ningún pudor que yo era su hija.

— ¿Qué quieres? — Eso le preguntó Mao, después de pegar en la puerta de su casa y ella lo abriera.

— ¡Buenos días, vecina! ¿Cómo estás? — Le soltó esas palabras, actuando como si fuera buena gente, mostrándose muy amistosa con él, con una sonrisa obviamente muy falsa. Algo que enfureció aún más a Mao, quién dio un puñetazo a la puerta.

— No actúes así después de todo lo que me has hecho, o te mando a la mierda y al hospital. — Le gritó con tal enfado que puso a temblar a la vieja del miedo.

— ¡Tranquilízate, eso son solo cosas del pasado, olvida y deja vivir! — Lo decía con mucho nerviosismo, mientras le empujaba hacía al interior de la casa.

— ¿Y bueno, qué quieres? ¡Dilo sin rodeos! — Eso le decía Mao, tras llegar al salón, el de mi antigua casa.

Entonces, ella sorprendió a Mao, hizo algo que no esperaba. Se agachó como los japoneses para pedir pleitesía y le dijo con una voz llena de desesperación: — ¡Necesito tu ayuda, alguien me quiere matar y tú solo eres la única que me puede salvar! —

— ¿Q-qué? — Gritó él, al oírlo.

— ¡Lo que has escuchado, mi buena amiga Mao! — Puso una cara de completo asco al ver que ella le llamó así. — ¿Puedes ayudar a esta pobre chica? — Me dijo además que intentó mostrar una cara de pena para que tuviera compasión de ella, pero eso solo conseguía que sintiera deseos de mandarla a la porra. Además, la maldita arpía le quería meter en una situación peligrosa.

— En vez de pedir ayuda a una adolescente, ¿por qué no le pides ayuda a la policía? ¡Son gente experimentada, nada que ver conmigo! —

Y con esto dicho, Mao se dirigía hacia su casa, pero, entonces, la vieja le cogió de las piernas, haciéndolo caer mientras gritaba esto:

— ¡No puedo, no puedo! ¡El problema es que en la poli hay un infiltrado y nadie me cree! — Lo decía como si estuviera majareta.

— ¿Pero, en qué clase de lio te has metido? ¿Y por qué tienes la jeta de meterme en este asunto? — Y eso le preguntó Mao con toda la seriedad del mundo, que decidió escucharla para que le dejase tranquilo. Solo eso, ya que después se quitaría del medio lo más rápido posible.

— Entonces,…— Intentó simular un suspiro que le salió mal. —…te tendré que contar mi historia. — Mao gritaba mentalmente que no una y otra vez, mientras la vieja esa se sentaba en su sofá y le pedía que hiciera lo mismo. Sentía que le quería calentar la cabeza.

— Primero, antes de nada, tengo que decirte un pequeño secreto, así que no se lo digas a nadie. — Le dijo que sí por inercia, ya que no tenía ninguna intención de esconderlo.

— Stephanie Stratus es un nombre falso, creado por la FBI, porque soy parte del programa de protección a testigos. — Eso primero dejó boquiabierto a Mao.

— ¿Qué? — Gritaba esto, muy incrédulo. — ¿De dónde sacas estas tonterías? —

— Es verdad, verdad, mujer, pero no puedo decir mi verdadero nombre, por el momento. Aunque puedo contar mi historia. — Y con esto, empezó a narrar.

—  ¡Vamos a ver! Yo nací a finales de los setentas, aunque me veas muy joven. — Mao quería decirle lo contrario. — En un pueblo situado en la actual Croacia, cerca tanto de la frontera serbia y con la de Bosnia. En fin, en mi juventud, todo eso era Yugoslavia. Ya saben, teníamos a un tal Tito gobernándonos y estábamos en la órbita comunista. La Guerra Fría y eso. De todos modos, mi infancia y adolescencia eran normales y corrientes, salvo por un incidente…— Y paró de repente.

— ¿Y? — Le preguntó Mao.

— Tengo ganas de ir al servicio. — Y dijo esto, mientras se levantaba del sofá y se dirigía al cuarto de baño. Mao pensaba huir, pero no le dio tiempo porque ella volvió rápido y le siguió contando la historia.

— ¿Por dónde iba diciendo? Ah, sí…Pues bueno, era amiga de una chica que tenía un perro, muy lindo además, y siempre íbamos de paseo a las montañas. Un buen día, sin querer, empujé al perrito y se cayó por el barranco. Se murió. Nunca fue mi intención, ni nada parecido pero esa chica me empezó a odiar, más de lo que esperaba. —

Mao no se creía nada, porque parecían puras y estúpidas mentiras, ya que se notaba demasiado. Aún así, siguió escuchando su historia, porque no tenía más remedio. Aunque interrumpió el relato, preguntando.

— ¿Quería vengarse del perrito y te intentó matar y te fuiste de Yugoslavia o cómo se diga? — Le preguntó eso Mao, con un tono muy escéptico.

— En verdad, no me hizo nada muy grave, solo que se alejó de mí y le pedía a su padre, que era algún funcionario, que hiciera algo contra mí y mi familia, aunque nunca paso nada, salvo cuando mis padres aparecieron muertos en un rio cercano. — Y Mao se quedó preguntándose, tras oír eso, qué tipo de infancia había tenido, aún a pesar de creer que eran trolas. —Pero su odio crecía cada día. No dejaba de decir mentiras de mí, de hacer que los demás se alejasen, un montón de cosas, pero yo siempre le ganaba y era superior a ella. —

— ¿Y esto que tiene que ver, entonces? — Le preguntó Mao, qué quería que terminará la historia de una vez.

— Ella es la persona que me quiere matar, pero antes,… ¡déjame terminar la historia! Después de eso llego los noventas y por tanto, la disolución de Yugoslavia, convirtiéndose en una guerra y yo tuve que huir de la zona, dirigiéndome hacia Zagreb, pero no pude conseguirlo. — Y empezó a sobreactuar, demasiado para Mao, que lo describía como si un idiota intentará imitar a un buen actor de ópera, o algo así. No entendí bien.

— Para sobrevivir, yo tuve que unirme a bandas mafiosas y pues bueno, entonces, ¡lo descubrí! Mi talento para cometer fraudes. — Lo decía mirando al cielo, como si se estuviera confesando. Poniendo unas caras sobreactuadas tan ridículas y absurdas que a Mao casi le dio la risa.

Ella siguió hablando: — Disfruté engañando a todos, a cada uno de ellos. Yo viaje por toda Europa, de sur al norte, de oeste a este, y viceversa, tomándoles el pelo a pobres desgraciados para quedarme con sus dineros, pero, al final, me sentí capaz de todo, tanto que traicioné a mi gente y tuve que huir. — Mao se preguntaba si aquella mujer estaba bien de la cabeza.

— Entonces, decidí tener una vida normal y corriente, lejos de esas cosas, pero antes de que me diera cuenta, me volví a las alcantarillas y a hacer fraudes por doquier, y volví a traicionar a mis compañeros. Así es como me gané enemigos, poco a poco. — Mao le entraba ganas de decirle que se lo merecía, a pesar de que estaba dudando de que si era verdad o una falsedad.  — Y por supuesto, ella decidió perseguirme y buscarme para eliminarme. Entonces, llegamos al año 1998. — Y se calló de repente, otra vez.

— ¿Y ahora qué? — Le preguntó Mao, a continuación, quién no deseaba más interrupciones.

— Conocí a un buen hombre y el cuál se enamoró de mí locamente, parecía un caballero, era normal que yo aceptará ser su novia y casarme con él. —

Lo decía con una mirada tan nostálgica, que hizo pensar a Mao que incluso una mujer tan nefasta como esa podría enamorarse, antes de que ella misma demostrara lo contrario con sonoras y desagradables carcajadas.

— En verdad, era un completo necio, un subnormal de primer orden, fue muy fácil engañarlo para que pensara que yo estuviera enamorada de él. —Mao se dijo a sí mismo que retiraba lo dijo, entrándole ganas de darle una buena patada en la cara. — Quería hacerme con todos sus dineros y huir de Serbia, pero cuando me di cuenta me dejó embarazada. —

— ¿Espera, tú tuviste un niño? — Le preguntó sin darle mucha importancia. Solo me dijo que tuvo muchísima lastima por aquella persona que tenía una madre como ella. Lo que no se esperaba era escuchar la respuesta que le iba a decir:

— Niña, para ser más exactos y la conoces muy bien. — Esas palabras le dejaron otra vez con la boca abierta. Se dio cuenta de que adónde quería llegar, pero aún no lo podría comprender bien. Me dijo que ya le dolía la cabeza de escuchar tantas estupideces y que creía que solo estaba delirando, que solo le iba a soltar una trola más.

— ¿Qué intentas decirme? — Aún así, Mao ya estaba confundido.

— A él y a la niña los abandoné a los dos años, mientras huía de las mafias que me perseguían, acabando en Rusia. Luego, me metí con las de ese país y empeoré las cosas, acabando en la cárcel incluso. Ellos por el contrario, estuvieron un tiempo en Belgrado, para irse después a Londres, y se fueron a América, terminando finalmente en Shelijonia. Yo al final pude llegar a los Estados Unidos, pidiendo ayuda al gobierno, a cambio de información sobre varias mafias. Pude participar en el programa y me dejaron elegir, el lugar en dónde yo quería esconderme, y por casualidad pude saber que estuvieron en esta casa, y me dejaron habitarla. — Entonces, Mao cayó en la cuenta de que estaba hablando de nada más ni nada menos que de mí y de mi padre, y se alteró muchísimo.

— ¡Ya estoy bien harta de tus mentiras, solo dices más que payasadas! — Gritó enfurecido, levantándose del sofá. No podría creer lo que le estaban contando.

— Jovanka es mi hija, es la verdad. — Eso le dijo la vieja y cuando se dio cuenta, Mao le dio un puñetazo en toda la cara que la hizo volar.

¿Te crees que eso es gracioso? Pues nada de nada. ¡Si intentas utilizar a Jovaka otra vez para enredarme en tus estupideces, te voy a partir la boca en mil pedazos! ¡Lo oyes! — Mao me decía que estaba muy encolerizado, tanto que parecía un demonio, y decidió irse de allí, con ganas de romper todo el mobiliario.

— Aún no he terminado. — Le decía esa mujer, mientras se levantaba y comprobaba que de su nariz salía sangre.

— ¡Déjame en paz! — Mao solo le soltó esto, antes de dar una patada al suelo.

— Jovanka está en peligro, porque esa mujer no solo ha venido a por mí, sino por ella. — Estás palabras solo provocaban que estuvieran más enfadado.

— ¡Cierra tu maldita boca! — Eso le gritó antes de cerrar la puerta de la casa lo más fuerte posible.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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