Nonagésima_séptima_historia

Una madre problemática: Última parte, nonagésima séptima historia.

— ¿Pero qué le pasa a este mono, por qué nos persigue? — Gritaba mi madre, mientras estábamos corriendo a toda velocidad.

— Le tiraste un trozo alargado de metal en la cabeza, es normal que nos quiera matar. — Le replicaba Mao, por su parte.

—Los orangutanes son unos de los simios menos agresivos del mundo, es raro que se enfaden de esta manera. — Añadía yo, muy maravillada y sorprendida por el comportamiento inusual de aquel animal.

No teníamos tiempo para llamar a los trabajadores, porque estábamos más ocupados en huir del orangután y fuimos de una punta del zoo al otro, en línea recta, sin pensar en girar hacia otro lado. Las personas que nos veían salían corriendo asustadas, dando chillidos tan fuertes como las nuestras. La distancia que recorrimos fue casi medio kilómetro, pero no lo noté muy agotador. Al ver que habíamos llegado a un camino sin salida, decidimos escondernos detrás de una pequeña caseta, la cual no sabíamos qué era su función exactamente.

— ¿Y ahora qué haremos? — Preguntó Mao, tras recuperarse de la carrera.

— Y yo qué sé. —  Eso le respondió mi madre, atacada de los nervios. —Pero no voy a dejar que toqué a mi niña. — Entonces, me abrazó, con la intención de ser un escudo para mí. — Te protegeré, pase lo que pase. —Añadió, intentando mostrar una gran determinación, mientras cerraba los ojos para no ver lo que nos podría ocurrir a continuación. Era exagerado su reacción, aunque entendible y adorable y agradable al mismo tiempo.

— En verdad, eres una buena madre. — Le dijo Mao a mi madre.

— Es lógico, la parí yo, ¿qué te esperabas? Y ahora se está alejando de mí, por tu culpa. — Parecía más a una niña pequeña que a una madre, pero eso la hacía bastante tierna.

— Eso no es verdad, mamá. — Yo no sería capaz de dejarla sola. — Nada me está alejando de ti, ni Mao. — Después de todo, mi padre solo no se puede ocupar de la cabeza hueca de mi madre.

— ¿En serio? ¿De verdad de la buena? — Ella se puso muy feliz de haber escuchado, se le notaba muy ilusionada, sus ojos y su boca se abrieron de la emoción.

— Eso supongo. — Creí que esa respuesta estaba bien, pero la desilusionó.

— ¿Supones? — Me preguntó con los ánimos caídos. Toda la ilusión que mostraba su rostro se borró y puso mala cara.

— Por favor, créela. Lo habría hecho, si hubiera querido. — Entonces, Mao le respondió esto por mí, mientras observaba sí había camino libre.

No veíamos a ese increíble animal por ningún lado, parecía como si se hubiera evaporado o hubiera vuelto a su celda, cansado de perseguirnos.

— ¿Qué insinúas? — Eso le gritó, molesta, mi madre.

— Nada. — Y Mao se quedó callado.

Lo que no sabíamos es que aquel orangután estaba detrás de nosotros, sin producir ningún tipo de ruido. Ni yo misma me había dado, su sigilo era sorprendente. No sé cuánto tiempo paso ahí, pero debió pasar unos cuantos segundos. Entonces, después de que el silencio reinó en nosotros, decidió dar un chillido. En un acto reflejo, giramos nuestras cabezas y le vimos, delante de nuestras narices, con una cara que daba pavor y que las sombras solo conseguían mostrarlo más terrorífico de lo que era. Al momento, mi madre y Mao gritaron:

— ¡Oh, no, el maldito mono! — Gritó él, quién se quedó paralizado del susto.

— ¡No le hagas nada a mi hija! ¡Yo soy la única culpable, castígame a mí, maldito bicho! —Eso gritaba mi madre, con lágrimas en los ojos, mientras me protegía con gran determinación. Sus instintos maternales consiguieron que fuera capaz de sobrepasar su miedo y enfrentarse a él.

El orangután de Borneo nos miró durante unos segundos más y alzó su potente brazo. Y no solo eso, llevaba aquel trozo de barandilla. Ver aquella imagen incluso me asustó a mí. Mao miraba impotente y mi madre cerró los ojos. Nadie se atrevió a detenerlo ni a escapar de él, creíamos que íbamos a estar perdidos. Pero lo que ocurrió a continuación nos dejó más boquiabiertos, todavía.

El orangután de Borneo, a pesar de dar un fuerte chillido, no nos atacó, nos dejó el trozo de la barandilla. Yo y Mao vimos asombrados como nos daba aquel objeto con una expresión tranquila, que incluso parecía amable. Mi madre, incapaz de decir algo, al ver que no había pasado nada, abrió los ojos y se quedó tan sorprendida como nosotros. Lo aceptamos y él se fue con normalidad, volviendo a su celda y dejándonos con la boca abierta.

— ¿En serio, hizo todo este espectáculo para entregarnos esto? — Dijo Mao, incrédulo, mientras cogía el trozo de la barandilla.

— ¡Oh, Dios mío, menos mal que ese maldito mono no estaba enfadado! — Gritó mi madre, sin soltarme, después de suspirar fuertemente de alivio y de felicidad. Le faltaba poco para que se pusiera a llorar de nuevo.

— Ese orangután tiene unos comportamientos dignos de estudiarlos. — Añadí yo, feliz de haber visto esa forma tan peculiar de actuar. Sí, fue un gran susto, pero había vivido una experiencia increíble y única. Estaba tan emocionada que sentía que mis ojos brillaban, ante la sorpresa de Mao y de mi madre, que no entendían por qué debía estar así. No dejé de explicarles cómo de genial fue aquello, mientras lo mezclaba sobre temas relacionados con los estudios de comportamiento de los simios y las observaciones y suposiciones que se formaba ante mi cabeza. Ojala pueda volver a repetirlo, mientras acabé salva y sana, claro.

A continuación, vinieron los trabajadores del zoo para pedirnos disculpas por el susto. Mi madre y Mao se unieron para regañarles fuertemente y ellos fueron muy honrados de escuchar las quejas de aquellos visitantes del zoológico.

Al final, terminamos nuestra visita al zoo, saliendo del recinto y yendo al restaurante en dónde estuvo Mao. Allí todo estaba más barato que dentro del parque zoológico, así que no había quejas por parte de ninguno. Entonces, mi madre, mientras terminaba de comer, le dijo esto:

—Por cierto…— Mao le preguntó qué quería.

— Solo quiero decir esto: ¡T-te aceptaré como amiga de mi hija, desde ahora! — Le costó algo decirlo, ya que su orgullo no se lo permitía. Ella lo sentía muy vergonzoso de su parte, viéndose eso con claridad en su cara, que estaba muy roja.

— No lo necesito para serlo, ya lo soy. — Eso le respondió Mao, pero mi madre ignoró aquel comentario.

— Pero si le haces algo malo y horrible, te juro que te voy a dar una buena. — Añadió mi madre muy seria, señalándole con el tenedor.

— ¡Te lo prometo! — Le soltó Mao, de una forma muy poco entusiasta.

— Dilo de una forma más entusiasta, que parece muy falso. — Esto le dijo a continuación, mi madre.

— Estoy bastante cansando. — Mao le replicó con estas palabras.

A continuación, mi madre empezó a pelearse con Mao, diciéndole que era mala influencia para mí, mientras decía mil maravillas sobre mi persona. Mao, a veces, la ignoraba; otras, la replicaba, intentando salirse de aquella discusión lo más rápido posible. Al final, terminó sin provocar nada grave, y ella nos dijo que nos quédesenos esperando en las puertas del restaurante, que ella iba a traer el coche. Así pude estar a solas con él.

—Hoy ha sido un día muy divertido. ¿A qué sí, Mao? — Eso le dije, muy contenta. Estaba muy feliz de haber ido al zoológico con él.

Fue entretenido: Tuvimos emociones de todo tipo, mi madre empezó a aceptarle, vimos a un montón de animales, incluso a un orangután  que se comportó de forma inusual de lo normal. Había sido muy gratificante.

— ¿De qué hablas? Ha sido horrible, un mono nos ha perseguido y he tenido que aguantar a tu madre. Solo deseo volver a casa de una vez. —

Este comentario suyo, mas los gestos de molestia y cansancio que puso su rostro, me provocó gracia, haciendo que me riera.

— ¿Por qué te ríes? —Me preguntó Mao muy extrañado.

— Nada, por nada. — Eso le respondí, antes de añadir esto: — Solo estaba pensando en una cosa. —

Solo desea que este momento durase para siempre. O por lo menos, estar junto a él por mucho tiempo. Y es que, por algún motivo ilógico, o pasional, pensaba que esta espera era “mágica”. Todo nuestro alrededor se tiñó de una atmósfera extraña y hermosa al mismo tiempo.

En verdad no había nada en especial en la zona que podría dar lugar a que sintiera aquel sentimiento, pero lo sentía, y con mucha fuerza. Era un misterio que no podría entender, de esos que echan para abajo cualquier teoría sobre la realidad y nuestro ser.

Me hacía entrar ganas de decirle mis sentimientos y lo mucho que estaba enamorada de Mao, pero tenía miedo, a la vez, de que provocase, con tal declaración, consecuencias nefastas para nuestra amistad. Por esa razón, desechaba esa idea, ya que, solo deseaba que estuviésemos juntos, ya sea como amigos, o “amigas”. Está bien estar así con mi Ojou-sama, en aquel momento sentía que eso era lo único que necesitaba.

— Yo en lo único que pienso, ahora mismo, es que no quiero subirme al auto con tu madre conduciendo. — Mientras tanto, Mao me decía esto, preocupado de volver a vivir aquel infierno. Yo también, pero ya estaba concienciada. Entonces, ocurrió un milagro.

Paso alrededor de una hora y no había pasado a recogernos, y eso que el aparcamiento del zoo estaba al lado. Tanto periodo de tiempo nos estaba preocupando.

— ¿Qué le habrá pasado ahora a tu madre? — Me preguntaba Mao.

— Espero que nada grave. — Eso le respondí yo. Entonces, los dos decidimos acércanos hacia al lugar en dónde estaba aparcado el coche.

Y nos la encontramos allí, con el capó levantado, mirando el motor. Estaba muy enfadada, ya que no paraba de decir tacos al coche, preguntándole qué le pasaba, mientras lo toqueteaba sin parar.

— ¿Y ahora qué has hecho? — Le preguntó Mao.

— El coche hacía ruidos extraños, así que intenté arreglarlo y no lo he conseguido. Es más, ya ni enciende. — Gritó mi madre, desesperada.

Esas palabras nos llenaron de alegría, al ver que no íbamos a sufrir otro viaje con ella como conductora. Chillamos de pura felicidad.

— ¡Gracias, Buda! — Eso decía Mao, mientras nos abrazábamos eufóricamente.

— ¡Qué bien! — Y yo añadía esto. Todo esto dejo a mi madre, con la boca abierta y la ceja fruncida, preguntándonos por qué nos pusimos tan alegres al saber que el coche se rompió.

FIN

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Una madre problemática: Cuarta parte, nonagésima séptima historia.

Tras horas de esperar, al final, a las una de la tarde, pudimos entrar al parque zoológico y lo primero que hicimos fue sentarnos en las mesas de un restaurante que estaba en la entrada.

— ¡Ha sido horrible! — Eso decía mi Ojou-sama, tras suspirar de alivio, por encontrar un lugar para sentarse.

— ¡Ni que lo digas! — Lo mismo pasaba con mi madre, quién soltó, a continuación, esto: — ¡N-no te creas que te estoy dando la razón, es la pura verdad! —

— Di lo que quieras. — Le dijo Mao, ignorándola, sin darse cuenta aún de que, para mi madre, se había vuelto una rival. Yo, mientras me preguntaba cómo conseguir convencerla de que él no iba a quedarse con todo mi afecto, les dije esto:

— ¡¿Por qué no vamos a pedir algo!? — Aunque no tenía mucha hambre, la verdad.

— Por mi parte, está bien. — Mao apoyó mi propuesta y, no sé por qué, a mi madre le molestó, se le notó un poco en su cara. No entendía el motivo para que se pusiera así. De todos modos, se levantó con ganas de mostrarse lo buena madre qué es, para quedar bien ante nuestros ojos, especialmente los míos; y soltó esto:

— ¡Yo como adulta y madre que soy, os voy a invitar lo más caro! —

Mostraba mucho entusiasmo, mientras nosotras le replicábamos que vale con toda normalidad. Eso la molestó, aún más. De todos modos, después de ir al mostrador, volvió hacia nosotros bastante nerviosa, parecía que quería decirnos algo que podría disgustarnos.

— ¿Qué ocurre? — Le pregunté.

— Pues… — Ella pudo atreverse a decírnoslo, después de darnos la carta del restaurante. — Perdón, las cosas están muy caras y las entradas se han comido la mitad del dinero. — Le dije que no pasaba nada, pero se tapaba la cara de la vergüenza, diciendo, en voz baja, que se había humillado ante su propia hija. Su orgullo fue herido.

— ¿Pero qué mierda? — Mientras tanto, Mao gritaba de indignación, después de mirar la carta. — ¡Esto es una puta estafa! —

Al final, salimos del restaurante, después de evitar que Mao se pelease con la gente del restaurante por poner unos precios abusivos. Realmente, estaba muy enfadado, no dejaba de gritar y decir en voz alta que aquello era un robo, que este sitio no merecía ser visitado y otras parecidas.

— ¿Y entonces, qué vamos a hacer señora? — Le preguntó Mao, después de sentarse a un banco que estaba al lado de una gran fuente. Aunque mi madre se lo tomo algo mal y reacciono así:

— ¡¿Estás dudando de mi autoridad o qué!? ¡Qué soy mayor que tú! — Le decía bastante molesta, mientras le señalaba con el dedo. Seguramente creía que Mao le decía eso para erosionar su supuesta imagen de referente para mí. Nada

— Solo era más que una pregunta. — Le replicó, al ver la hostilidad que le mostró las palabras de mi madre.

— Mamá, ¿y sabes qué vamos a hacer ahora? — Le pregunté casi lo mismo que Mao y recibí una respuesta nada hostil.

— Pues lo que quieras, cariño. — Me lo dijo con mucha amabilidad.

— ¿Podemos ir a dónde están los osos pandas? — Entonces, Mao volvió a preguntar a mi madre y ésta solo le ignoró, haciendo que él se sintiera algo enfadado.

— ¿A ti qué te gustaría ir, primero? — Luego, se dirigió hacia mí, pero me costaba decidirme y no sabía que elegir, así que le respondí que me costaba poder hacer una elección.

— Entonces, ¿podemos ir a ver a los pandas? — Añadió él, pero su propuesta fue desechada rápidamente con mi madre.

— Esas cosas ya están bien vistas. — Le respondió ella, con una excusa para decirle que no. Mao siguió hablándome:

— Pues bueno, Malan, ¿por qué no elegimos primero a visitar tu animal favorito? —

— Ah, buena idea. —Mi madre, a continuación, soltó esas palabras de forma inconsciente, para mostrar luego un gesto de enfado hacia ella misma, como si ella hubiera metido la pata. Añadió: — Espera, espera… ¡Y-yo también tenía esa idea en mente! — Solo quería demostrar que no quería darle la razón. Y empezó a reír tras terminar la frase. En realidad, estaba mintiendo, era bien obvio, pero no quería quedar mal ante su hija.

— ¿Entonces, cuál es tu animal favorito? — Aún así, tuvo que preguntarme esto mi madre, a continuación.

— Se supone que deberías saberlo. Por lo menos, mi padre lo sabe. — No pude evitar la tentación de decir eso. No era mi intención dejarla mal ni estaba enfadada ni molesta por eso, lo dije con buenas intenciones. Solo quería divertirme un poco con ella.

— P-pues claro que sí, yo lo sé, muy bien. Soy tu madre, ¡por Dios! — Y se puso muy nerviosa, teniendo una reacción que me parecía graciosa y linda. Así que continúe.

— ¿Entonces, cuál es? — Al soltar esta pregunta, su cara decía obviamente que sentía que estaba perdida y que iba a destruir mi supuesta admiración hacia ella, si respondía mal. Se quedó en silencio, intentando averiguar, en su mente, cuál era la respuesta. Y no lo encontraba.

— ¡Por favor, es obvio que no lo sabes! — Entonces, Mao le dijo esto y sus palabras, que no tenían la intención de hacerla daño, fueron como cuchillos que le atravesaron el corazón, y el orgullo, a mi madre. Luego, se dirigió hacia mí, para preguntármelo:

— Y bueno, tengo curiosidad. ¿Cuál es tu animal favorito? — Eso me dijo y yo le respondí:

— ¡Las cucarachas! — Al decir esto, los dejé helados. No era mi intención, pero era la verdad. Aquellos insectos son impresionantes e increíbles.

Podría estar todo el día enumerando las razones por las cuales, para mí, son admirables. Pueden que no sean bonitas y hayan sido grandes trasmisoras de enfermedades, pero su resistencia y su capacidad para sobrevivir son cosas que me deslumbran.

— ¿En serio? — Dijeron con una cara de asco y de enorme incomprensión.

Entiendo que estén así, es una reacción normal si les dice a otras personas que te gustan las cucarachas.

— Pues, sí. — Pero tampoco voy a mentirles.

— Mejor haré caso a tu propuesta. — A continuación, mi madre le dije eso a Mao.

— Vale. — Y tras decir Mao eso, nos fuimos a ver a los osos pandas.

Desde aquí, voy a resumir, en lo que pueda ser posible, nuestro recorrido por el zoológico. Primero, por el camino hacia a dónde estaban los osos pandas, nos encontramos con el acuario y yo decidí meterme para ver qué animales marinos se encontraban en él.

Mientras yo le explicaba a Mao diversas cosas sobre los miles de peces que encontrábamos durante nuestro encuentro, mi madre intentó atraer mi atención, señalándome cosas, pero sus intentos siempre acababan hiriendo su orgullo.

No solo ahí, también cuando visitamos a la sección sobre osos, y después sobre los felinos; en las secciones en que emulaban los habitas tropicales, tanto el centroamericano como el del sudeste asiático; en las exhibiciones de aves y otros animales, etc. Se estaba desesperando porque sentía que estaba avergonzando a su propia hija, aunque eso no era verdad, ya estoy acostumbrada a que haga el ridículo.

Al final, se hartó de su situación, cuando llegamos a la sección del zoológico en dónde se encontraban los simios. Yo empecé a explicarle a Mao varias cosas de varias especies que veíamos, mientras mi madre, sin que me diese cuenta, intentaba decirme algo. Entonces, triste, se agachó y empezó a decir cosas en voz baja.

— ¿Te pasa algo? — Le pregunté esto, cuando me di cuenta de que estaba desanimada. Me sentí culpable de haberla ignorado. Entonces, al oír mis palabras, recuperó todos sus ánimos y me soltó esto, a continuación:

— Pues… — Me lo decía, mientras señalaba al lugar en dónde estaban los orangutanes. — Yo también quiero que me expliques lo qué son esos monos. —

Apoyaba todo su peso sobre la barandilla, la que tenía cómo función la de evitar que alguien cayera sobre el lugar en dónde estaban los orangutanes.

Si alguien se caía sobre aquel lugar que simulaba un hábitat rocoso para los gorilas, los orangutanes y otros tipos de simios, podría sufrir un aparatoso accidente y ser atacado por esos animales. Por desgracia, sin que ninguna de las tres nos diéramos cuenta, la barandilla iba a fallar en su trabajo.

— No son monos, son Pongo pygmaeus, unos…— Me acerqué a ella, y Mao conmigo, mientras le estaba explicando esto.

Y de repente, algo detuvo mi explicación, se oyó como las barras de la barandilla se desplomaron hacia al fondo, y mi madre con ellos. Dio un gran grito:

— ¡Ay, Dios! — Cerró los ojos y empezó a agitar los brazos, como si eso pudiera detener la caída. — ¡Socorro, socorro, me voy a estampar contra el suelo! — Y seguía gritando, sin saber que alguien la había salvado. Mao la sostuvo por la cintura a tiempo y ponerla a salvo.

— ¡Por Buda, no haces más que causar problemas! — Le gritaba Mao, mientras la soltaba y ella abría los ojos, comprobando que no se iba a estelar. Nos dio un buen susto de muerto.

— ¡No digas esas cosas! ¡El problema es del zoo, no mía! — Y eso le replicaba mi madre, tras recuperarse del susto que le dio.

— Mamá, ¿estás bien? ¿No te has hecho nada? — Con toda la rapidez que podría ofrecer, yo empecé a observar detalladamente por todo su cuerpo, empezando por las manos, si ella había sufrido algún daño.

— ¡Oye, Malan, es suficiente! ¡No me he hecho daño! — Me dijo con mucho nerviosismo, al ver que incluso quería las zonas protegidas por las ropas. Yo intenté insistir, sin darme cuenta de que no era el lugar más óptimo para poder revisar su cuerpo en busca de herida, y Mao añadió:

— No le ha pasado nada, no te preocupes. — Y le hice caso, dejando tranquila a mi madre.

Tenía razón Mao, solo fue un susto y la cosa podría haber terminado ahí, pero, entonces, algo inesperado ocurrió.

Un Pongo pygmaeus, en otras palabras, un orangután de Borneo, escaló por la pared y subió por dónde la barandilla se rompió y cayó. Al ver asomar su cabeza, mi madre nos gritó:

— ¿Qué mierda es eso? — Boquiabierta, levantó la mano poquito y poco y nos lo señaló, mientras temblaba como un flan.

— ¡Es un Pongo pygamaeus! — Le respondí, maravillada ante el hecho de que un orangután de Borneo hubiera subido una pared. Era increíble, ver como ese animal hubiera aparecido ante nosotras de esa forma. Fue un gran regalo de la naturaleza.

— ¡Por Buda! ¿Cómo ha subido hasta aquí? — Mao también estaba sorprendido al verlo, no de forma tan positivo como yo.

— Son grandes escaladores, aunque jamás pensé que podría escalar una pared. Es increíble. — Eso le respondí.

— Y parece enfadado. — Añadió mi madre, y parecía que tenía razón. El orangután gritaba descontroladamente, mientras atizaba contra el suelo, varias veces, una parte de la barandilla. Parecía hostil y se lanzó hacia nosotros para agredirnos, o esa fue nuestra impresión.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Una madre problemática: Tercera parte, nonagésima séptima historia.

El despertador sonó, como siempre, a las ocho de la mañana y yo empecé a abrir los ojos y a bostezar, mientras me levantaba. Mao también hacía lo mismo y cuando se dio cuenta de que estaba en mi cama, se quedó muy sorprendido:

— ¿Pero qué hago yo aquí? — Eso decía mientras se levantaba. — ¡Oh mierda, me he quedado dormido! —

— ¡Y no ha pasado nada! — Exclamé a continuación, en referencia a las amenazas de esa Elizabeth, porque, al final, no vino nadie a por mí.

Mao me iba a decir algo, pero, entonces, alguien abrió la puerta de una forma un poco brusca. Era mi madre y parecía que estaba bastante animada.

— ¡Mira Malan, hoy te voy a llevar al zoo! — Así que esa era básicamente el plan que nos tenía preparado.

— ¡Y tú también estás invitado, Moa! — Le gritó a Mao, mientras lo señalaba con una sonrisa desafiante. Supongo que deseaba mostrar que yo le tengo más afecto que a él e intentaría conseguirlo, haciendo lo que me gustaba. Era demasiado predecible y eso era bastante lindo.

— Me llamo Mao. — Le replicó, antes de dar un fuerte suspiro. Se le notaba en la cara que pensaba que iba a tener un día muy largo y agotador. Y mi madre, entonces, se dio cuenta de algo que no dimos importancia.

— Espera, un momento…— Estaba muy pálida. — ¿Qué hacéis las dos durmiendo en la misma cama? — Ella lo gritaba de forma exagerada. — ¿Desde cuándo son tan cercanas? — Mientras nos señalaba con el dedo. Nosotros dos nos quedamos mirándola, sin entender la razón de su reacción.

— Da igual. — Eso nos dijo a continuación. — Bajen al salón, coman y todo eso. — Y salió muy consternada de mi habitación.

— ¿Ahora qué le pasa a tu madre? — Me preguntó Mao, un poco consternado.

— Tal vez es porque le parece raro que dos chicas duerman en la misma cama. — Le respondí, mientras salía de la cama.

— Espero que no haya pensando nada raro. — Sentenció Mao, mientras hacía lo mismo.

Después de eso, Mao se fue al cuarto de baño para vestirse, mientras yo me ponía la ropa que iba a usar, en mi habitación. Luego, bajamos a comer. Nos sorprendió la cantidad de comida. Un plato con dos huevos fritos, con una tostada con mantequilla de cacahuete y con un pequeño dulce como postre, mientras nos servía leche.

— ¡Oh, cuánto comida! — Mi padre exclamó de la sorpresa, al ver todo eso. Mi madre jamás había hecho tanto, ya que le daba pereza hacer eso.

— No creo que pueda comerlo todo. — Le decía Mao. — Soy alguien que come poco. — Miraba la comida con pocas ganas de comer.

-Haz lo que quieras.- Eso le dijo mamá, después de preguntarme esto:

— ¿Qué te parece la comida? ¡Yo siempre me esfuerzo para que crezca sana y fuerte! ¿A qué tu madre es genial? — Ya entendí las razones, y es que quería impresionar a Mao para decirle que ella era mi favorita.

— ¡Muchas gracias, mamá, de verdad! — Eso le exclamaba, aplaudiéndola y adulándola, que era lo que ella realmente deseaba. Estaba muy linda mientras se sonrojaba por cada cosa que le decía. Pero eso, no duró ni cinco minutos, cuando se entero que mi padre no iba a acompañarnos.

— ¿Cómo que no nos vas a acompañar al zoo? — Le gritó.

— Tengo que hacerle el favor un amigo, te lo dije. De todos modos, si me iba, me provocarías dolores de cabeza. — Mi padre es la persona lógica de la pareja, que siempre intenta poner un alto a las locuras de mi madre, pero, a pesar de estar acostumbrado, le superaban. Aún así, la quiere mucho.

— ¿Qué clase de excusa es esa? — Preguntó mi madre, algo enfadada.

— Si el viernes te lo dije, que iba ayudar a un amigo a arreglar las tuberías. — Nos preguntó si nosotras queríamos ir con él, mi madre le dijo que no y yo le dije que no me interesaba.

— Tú eres un biólogo, no un fontanero. — Eso le replicó mi madre.

— Pero él sí es un fontanero, y necesita mi ayuda. De todos modos, me diste permiso ir. — Y entonces, mi madre gritó, sorprendida, recordando esos hechos.

— ¡Ah, es verdad! — Y tras decir eso, empezó a reír. Después, nos despedimos de mi padre, quién iba a salir de la casa hacia la de su amigo.

-¡Cuida de tu madre, evita que haga locuras!- Me dijo esas palabras en voz baja, para que no lo escuchará; y después de darme un beso. Yo le decía que sí, mientras mi madre se sentía algo molesta.

— ¡Te he oído! — Al ver que mi madre agudizó el oído cuando me lo dijo, solo añadió que ella no tenía remedio. Después se despidió de Mao y le dio a mi madre las llaves del coche.

— ¿Por cierto, estás segura de que puedes coger el coche tú sola? — Le preguntaba a mi madre. Por mi parte, diré que yo no deseaba que ella lo cogiera.

— Tengo el permiso de conducir y soy toda una experta. — Tanto mi padre como yo nos quedamos mirándola con mucha duda, porque ella era de temer cuando estaba en la carretera, y aquel día no era una excepción.

— ¡Por favor, ve más despacito, que nos vamos a matar! — Eso gritaba Mao, mientras ella estaba conduciendo hacia al zoo. Nunca le vi tan aterrado como en aquellos momentos, mientras mi madre derrapada en cada curva que daba, dando la impresión de que el coche se iba a volcar.

— ¡Estamos superando la velocidad permitida, nos va a multar, mamá! — Y no era el único, yo también estaba muy asustada de lo rápida que iba.

Al contrario de lo que se pensaba ella, no sabía cómo controlarse en la carretera, apenas se moderaba. Siempre yendo al máximo permitido o aún más. Por eso, mi padre siempre intentaba evitar que ella cogiera lo menos que pudiera el automóvil, porque estaríamos agobiados con tantas multas. Lo curioso del asunto es que, a pesar de esto, ella nunca ha tenido uno.

— ¡Si voy lo más tranquila que puedo! — Nos soltó, antes de parar en seco el coche, al ver que el semáforo se había puesto en rojo.

 

Fue tan brusco que casi podríamos haber salido volando del asiento, sino fuera por el cinturón de seguridad. A Mao le dio un susto de muerte, su cara estaba blanca del terror, mirando a la ventana con muchas ganas de salir corriendo. Con toda seguridad, afirmaría que jamás deseará volver a montarse en un automóvil conducido por mi madre. Yo aún no he podido acostumbrarme a estos tortuosos viajes, siempre recibo unos cuantos sustos. Ir con ella da mucha más adrenalina que cualquier montaña rusa. Y nos quedaba mucho, porque había que salir de la ciudad, entrar en la autopista y llegar a Bogolyubov.

Fue un viaje horrible y peligroso, pero pudimos llegar sanos y salvos al parque zoológico, sin ningún daño.

— ¡Hacía tiempo que no cogía el coche, no estaba tan oxidada, después de todo! — Eso decía, al final, mientras se estirazaba en el aparcamiento. Y cuando nos observó, se dio cuenta de que yo y Mao estábamos exhaustos, recuperándonos después de sufrir aquellas emociones fuertes que nos dio su paseo en coche.

— ¿Qué os pasa, chicas? — Nos preguntó.

— ¡Mamá, nunca vuelvas a coger el coche, por favor! — Le dije yo, sorprendida de que hubiéramos sobrevivido.

— ¡Para el regreso, yo y Martha iremos juntas en el bus o algo así! — Y añadió Mao, quién pensaba lo mismo que yo.

— Bueno, no importa, ¡lo importante es que llegamos al zoo! — Eso nos dijo ella, después de poner una mueca de incomprensión por las palabras que le dijimos, mientras nos señalaba hacia al parque zoológico.

Este zoológico está situado en las afueras de Bogolyubov, siendo el único en toda Shelijonia, y unos de los más modernos y grandes de todo Estados Unidos. También de los visitados, algo que notamos cuando vimos que el enorme aparcamiento estaba muy lleno.

— ¡¿Espera, un momento!? ¡¿En serio, queréis entrar allí!? ¡Miren, la cola enorme que se ha formado! — Gritó Mao, cuando vio la cantidad de gente que estaba esperando para conseguir sus entradas al zoo, casi le dio un ataque al corazón.

— Pues claro que sí. — Esto le replicaba mi madre. — ¡Si no quieres esperar, pues no entres! — Lo decía con algo de burla hacia a Mao. — Pero nosotras, yo y mi hija, somos buenas ciudadanas y vamos a esperar. — Soltaba esto mientras ponía un brazo sobre mis hombros.

Al final, nos quedamos en la cola esperando, mientras Mao se fue a un restaurante que estaba al lado para tomar algo. Me preguntó si quería ir, pero mi madre me obligó a quedarme y tuve que negarme. A mí no me importaba esperar, la verdad, aunque preferiría estar con él. Aún así, quién se harto de estar esperando para tener entradas era mi madre, y bastante más rápido de lo que esperaba.

— ¡Maldita sea, llevamos una puta hora en la cola y aún no hemos llegado!  — Se la pasaba quejándose y estaba muy enfadada, no sé podría creer que la espera fuera tan fastidiosa para ella. Yo, por mi parte, me era divertido observar a los demás que estaban sufriendo lo mismo que ella. Veía niños decirles a sus padres que cuándo iban a entrar en el zoo entre lágrimas o entre mosqueos. Adultos cansados de aguantar la espera, que se la pasaban preguntándose, entre ellos, cuándo podrían meterse en aquel sitio.

— ¡¿Aún no habéis conseguido las entradas!? — Decía Mao, boquiabierto, cuando volvió del restaurante. E incluso, después de haber pasado un buen rato ahí, perdiendo el tiempo jugando con una máquina recreativa de un videojuego realmente muy difícil, según me dijo él más tarde; no vio que la cola hubiera avanzando mucho, tenía los ojos abiertos como platos.

— ¡Pues claro que no, esta puta cola nunca llega al mostrador! — Y eso le gritó mi madre, muy enfadada. Al final, pudimos llegar y conseguir las entradas.

Al final, la espera fue aproximadamente dos horas y treinta y cuatro minutos. A mí se me hizo más o menos amena, así que la espera no fue muy desesperante para mí. Estaba deseosa de poder entrar en aquel lugar.

— ¡Por fin, la espera ha valido la pena! — Decía mi madre, muy feliz de haber conseguido las entradas al parque zoológico. Todo aquel enfado que tenía se esfumó como el humo.

— Espero que este zoo valga la pena. — Añadió Mao, tras dar un suspiro de alivio. En general, las tres estábamos muy contestas de haber terminado la espera.

Entonces, cuando íbamos a entrar en el zoo, toda nuestra alegría se esfumó:

— No puede ser… — Dijo mi madre, cuando lo vio, con una mueca de terror, con los ojos muy bien abiertos, mientras temblaba. Parecía que, de un momento para otro, se iba a caer al suelo y gritar de desesperación.

— Por favor, más no… — Y esto añadió Mao, quién se tapó con la mano media cara por la desilusión.

Por mi parte, mis sentimientos no eran tan drásticos como el de ellas, solo solté un pequeño suspiro de molestia. También estaba cansado de esperar, pero podría soportarlo, aún me quedaba paciencia de sobre.

El caso es que, para entrar al parque zoológico, después de conseguir las entradas; tenías que aguantar otra cola que parecía igual de larga que la anterior.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Una madre problemática: Segunda parte, nonagésima séptima historia.

La cena fue algo incómodo para Mao, eso me dijo más tarde; pero yo no noté esa incomodidad, aunque supongo cuál era la razón que provocaba que él sintiera incomodidad.

— ¡¿Así que estuviste en Harvard!? — Eso dijo Mao muy sorprendido, mientras estaba escuchando a mi padre, Johan Malan.

Le estaba explicando, como siempre hace cada vez que habla con otras personas, lo que se dedicaba, las cosas que estaba estudiando como biólogo y como científico. Al fin y al cabo, es un hombre de ciencia, que disfruta de hablar sobre su trabajo y sus ideas sobre la naturaleza, tanto para mantener una buena discusión como para entretener a sus invitados.

Físicamente, su altura rondaba cerca de un metro y ochenta centímetros y setenta y cinco kilos de peso, aproximadamente. Su tonalidad de piel es clara y tiene pelo rubio, aunque con algunas canas y muy corto. Mantenía un gran bigote, el cual lo estaba acariciando cuándo le contaba a Mao cómo era su estancia en Harvard.

— Lo visité después de graduarme en la universidad de Johannesburgo, para dar una charla sobre la extinción del Pinguinus impennis. Creo que fue tan buena que algunos empezaron a llorar por el pobre animal. —  Eso le soltaba, mientras ponía una cara nostálgica. Mao le iba a preguntar sobre qué animal estaba hablando, pero no le dio tiempo porque mi madre habló antes.

— Así es la vida, después de todo. — Lo decía con una cara y un tono de hablar que indicaban que estaba bastante molesta, llevaba así desde que vino Mao. Jugaba con su pelo, igual de rubio que el mío y el de mi padre; el cual estaba recogido con una coleta. Usaba ese peinado, ya que cree que le da apariencia de ser más joven de lo que es, aunque no lo necesita en mi opinión, porque lo parece. De todos modos, no entiendo muy bien aquella necesidad de sentirse así, ya que está bastante bien para su edad. Incluso su cuerpo daba la apariencia de ser atlético a pesar de que no hace deporte.

— La historia del Pinguinus impennis es bastante interesante, Mao. Si quieres te la cuento. — Añadí yo, mientras tanto. Entonces, mi madre volvió a hablar:

— ¿Podemos dejar de hablar sobre animales? ¡Cuenten otra cosa! — Eso nos sorprendió, tanto a mi padre como a mí.

— Ah, ¡qué extraño, siempre ignoras nuestras charlas! — Le soltó mi padre, a continuación.

— Cómo si os pudiera entender, con esa jerga tan rara que usáis. — Dijo en voz baja, mientras miraba al otro lado. Mi padre le preguntó si había dicho algo y  le respondió que nada. Entonces, con una mirada algo desafiante, le pidió esto a Mao.

— ¿Por qué no nos cuenta más cosas sobre ti? — Estas palabras dejaron un poco sorprendido a Mao.

— ¿Sobre mí? — Puso mala cara al oír eso, tal vez debido a lo incómodo que se sentía con ella.

— Sobre cómo conociste a Malan, por qué os habéis hecho amigas, qué tienes tú para que ella hable sin parar de ti,…— Estaba algo alterada, porque hablaba con un ritmo demasiado rápido y mi padre tuvo que tranquilizarla dándole un toquecito en la cabeza.

— ¡Eso duele!— Le gritó a mi padre, mientras éste lanzaba un gran suspiro.

— ¡No molestes a nuestra invitada de esa forma! — Así comenzó la regañina de mi padre, quién la hizo sentarse un rato en el sofá y le decía que no debería hacer eso más, algo que le pareció a Mao gracioso, ya que parecía como si estuviera regañando a una niña pequeña. Ella se quedó callada, asintiendo todo lo que su marido decía. Mientras tanto, nosotros habíamos terminado de comer y decidimos a subir a mi cuarto.

— Para ser una adulta, tu madre parece una niña pequeña, la verdad. — Eso me decía, mientras subíamos las escaleras y, bueno, le di la razón.

Al entrar a mi cuarto se sorprendió de lo rosa que era, algo exagerado a su parecer, ya que tanto la cama como las paredes y hasta la alfombra era del mismo color, aunque con diferentes tonalidades. Yo por mi parte, no me quejaba, a pesar de que mi madre fue quién lo hizo así. Por lo menos, me deja poner mi granja de hormigas y otros elementos para observar a todo tipo de bichos, aunque le disgusta mucho que los tenga en mi habitación. Dejando eso de lado, a continuación, le pregunté algo:

— ¿Por cierto, Ojou-sama, qué quiere hacer ahora? — Ya que era la primera vez que iba a dormir en mi habitación, pensaba si él deseaba hacer algo.

— Pues me pondré el pijama y luego me quedaré vigilando. — Eso me decía, mientras cogía un pijama de la bolsa que traía. Después, me preguntó dónde estaba el cuarto de baño, para ponérselo ahí, y se lo dije. Al irse y volver, aproveché para ponerme mi propio pijama y soltarme el pelo.

— ¡Oh, vaya pijama tan bonito que tienes! — Me dijo Mao cuando volvió y le pregunté cómo me quedaba, mientras daba alguna que otra vuelta sobre mí misma. Elegí uno de los más bonitos que tenía, un vestido muy simple y de color blanco, con mangas largas y volantes en los filos.

— El tuyo también es lindo. — Comenté, al mirar el suyo. Era un pijama de dos piezas y a rayas, con un azul marino y con otro más oscuro. Me sorprendió un poco que no fuera una vestimenta de origen asiático. Luego, se sentó en la silla a hacer vigilancia, cómo me dijo.

— ¿Te traigo un saco de dormir? ¡Tenemos mucho! — Eso le pregunté, antes de acostarme en mi cama.

— No lo necesito. — Me dijo, mientras se ponía a actuar como mi guardia. Entonces, mientras el silencio se apoderó de mi habitación, empezamos a escuchar las voces de la que estaba al lado. Eran mis padres, que ya se estaban preparando para dormir.

— ¿Qué te pasa? Llevas bastante irritada desde que esa chica ha llegado a nuestra casa. — Le preguntó mi padre.

— Esa chica nos está robando a nuestra hija. ¡Martha, pasa más tiempo más tiempo con ella que nosotros! ¡Y no solo eso, siempre habla de esa y se ha convertido en su mejor amiga! ¡Y yo lo era antes! — Mi madre estaba protestando y al parecer, por sus palabras, sentía envidia de Mao.

— Martha ya está en esa etapa en que desea salir del nido y alejarse de sus padres. Es parte de la naturaleza. — Aunque yo no me sentía aquella que expresaba mi padre, no quería de alejarme de ellos, la verdad.

— ¡No digas esas cosas! ¡Si se aleja mucho de nosotros, perderemos el contacto, y ella sufrirá cosas y no podrá aguantar, sin nuestra ayuda! —

En realidad, mi madre estaba sintiendo eso que muchos padres tenían cuando se iban sus hijos, un sentimiento de soledad, a pesar de que yo ni me había independizado. Así que pensé que debería prestarle más atención. Después de todo, ella estuvo cuidándome durante toda mi infancia y debería devolverle el favor.

— ¡No puedo permitir eso, tengo que hacer algo! Yo demostraré que soy más divertida, más buena gente, que esa china. Y tengo un plan. — Dijo mi madre. Y mientras mi padre le decía que dejará el tema y se durmiera, Mao, quién los escuchaba, dio un gran suspiro.

— Parece que mañana me va a esperar un día muy largo. — Eso me soltó.

— Perdona a mi madre, ella me ama mucho. — Esto le dije a continuación, y Mao, con una sonrisa incomoda, me lo confirmaba:

— Eso ya me dado cuenta. — Y tras decir esas palabras, ya había silencio, tanto en la habitación de mis padres como en el mío.

Aún así, había algo que no me impedía dormir. Miraba a Mao fijamente, que se quedó profundamente dormido sobre la silla. No había pasado ni diez minutos. Decidí, entonces, hacer algo que llevaba pendiente desde hacía largo tiempo, quería comprobar mis sospechas. Por eso, me levanté y me puse delante de él. Lo que iba a hacer era algo vergonzoso, así que estaba roja.

— Lo siento mucho, pero lo necesito saber. — Le dije a Mao en voz baja, antes de hacerlo. Con mucha delicadeza y cuidado, con mi mano izquierda, toqué su entrepierna y mis sospechas eran ciertas. A pesar de que examiné con mucha rapidez, apenas duró unos segundos, no había ninguna duda.

Mi Ojou-sama no era una verdadera chica, sino un chico. Me di cuenta, al primer mes de conocernos, cuando vi que su dedo angular era bastante más largo que su dedo índice, algo que solo tienen las manos de los hombres, ya que en las mujeres es al revés. Reconozco que me dejo muy sorprendida, su aparente feminidad superaba al de muchas mujeres que conocí, y tardé días en poder aceptar aquella posibilidad. Lo increíble no es que tardara mucho en notarlo, sino su aspecto, apenas se le notaba los rasgos masculinos, era un individuo sorprendentemente muy andrógino. Mi interés en él creció mucho más entonces, y siempre buscaba momentos para ver más indicios de su pertenencia al otro sexo. Y encontré algunas más con el tiempo.

Aún así, yo no podría estar segura hasta que pudiera comprobar si sus genitales correspondían con lo que pensaba. Así que debía aprovechar este momento. Me alivié mucho, al saber que lo que pensaba era verdad.

— ¡No pasa nada, tu secreto estará bien conmigo! — Eso le dije en voz baja, mientras le levantaba y lo llevaba a mi cama, Durmiendo sobre una silla podría hacer que le iba a doler la espalda. Fue algo complicado, pero lo pude meter, sin que lo despertara. Y aunque la cama no era tan grande como debería, pudimos caber.

— Pues, ¡buenas noches, Mao! — Le dije esto con una gran sonrisa, al final, mientras le abrazaba con todas mis fuerzas, antes de quedarme dormida.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Nonagésima_séptima_historia

Una madre problemática: Primera parte, nonagésima séptima historia.

Hacía tiempo que deje de obsesionarme tanto con ir a la universidad y empecé a intentar a adquirir el máximo conocimiento posible antes de llegar a ser adulta y escribir cualquier ensayo de gran calidad. Decidí centrarme en el conocimiento de la historia y a la biología, mientras estudiaría lo básico de los demás temas. Por eso, al enterarme que había una traducción al inglés de un libro sobre los indios de Shelijonia, escrita a finales del s.XIX; tenía que ir a por él.

— ¿Aquí es? — Esto es lo que me preguntó Mao, a quién le pedí que me ayudará a buscar, al llegar a las puertas de la biblioteca en dónde decían que estaba ese libro. Yo le respondí que sí.

— Pues es mucho mejor que la del barrio, eso parecía sacado de la mente de un retorcido. — Eso lo decía observando su exterior. Era un edificio de cuatro pisos, lleno totalmente de ventanales y gris, con un estilo que me hacía recordar mucho al de la Escuela de Chicago. Al entrar, el interior estaba lleno de grandes enormes estanterías, lleno de todo tipo de libros, que lo hacían parecer como si fuera un laberinto.

— ¡Es impresionante! — Me dije en voz baja, al ver esa enorme cantidad de información. Podría decir que me brillaban los ojos de lo emocionada que estaba. Mao, al ver todo eso, tuvo una impresión diferente.

— ¡Oh, no! ¡Buscar ese maldito libro será horrible! — Eso soltó, poniendo una cara que decía lo muy desilusionado que estaba.

— No te preocupes, Mao. — Le decía. — Sé el nombre y su argumento, así que será mucho más fácil. — No le pude convencer. Mi plan era preguntar a la bibliotecaria dónde estaba la sección de historia y luego de llegar a ahí, buscamos alfabéticamente, por nombre del autor, aquel libro.

En verdad, lo encontré muy rápido, a los cinco minutos. Entonces, cuando lo iba a coger, otra persona estaba haciendo lo mismo que yo y, al ver cruzar nuestras manos, nos miramos a la cara. Me quedé sorprendida.

— Tú eres la amiga de Josefina…— Dije al verla detenidamente. Era Elizabeth von Schaffhausen, una amiga de Josefina, o eso ella nos ha dicho. La misma persona que la sobrina de Ojou-sama intentó matar, utilizando a la tonta simpática, engañándola, como transporte para una bomba.

Me aparte rápidamente al verla, ya que, a pesar de ser una niña, mayor que yo en edad, pero que no me superaba en altura; tenía una mirada que me dio muchos escalofríos. Tal vez, podría ser por aquel parche que tenía en el ojo derecho y en el cual estaba dibujado un escudo, que tenía por imagen el de una cabra saliendo de un castillo. De todos modos, a Mao tampoco le fue muy agradable verla.

— ¿Elizabeth? ¿Qué haces aquí? — Gritó en una mezcla de sorpresa y horror, después de escucharme y girar su cabeza hacia nosotras, ya que estaba ocupado mirando otras estanterías. Con mucha rapidez me cogió y nos alejamos de ella.

— Lo mismo me preguntó yo. — Le replicó, mientras se tocaba su largo pelo rubio. Me fije que el cabello le llegaba hasta la cadera.

— ¡Vaya, qué coincidencia, estábamos buscando el mismo libro! — Dije yo, a continuación, mostrándome amable con ella.

— ¡Ah, ya veo! — Fue lo único que me dijo, mientras empezó a observar algunas páginas del libro, que había cogido y que yo quería leer. Al cerrarlo, nos soltó esto:

— ¿No os importará que me llevé esto, no? — Nos preguntó, girando hacia la dirección contraria a nosotras, para alejarse.

— Pues claro que no. — Eso le contesté, con algo de pena por no poder leer el libro.

— Llévate el puto libro de una vez y aléjate de nosotras. — La respuesta de Mao fue muy brusca, estaba muy alterado. Me di cuenta, por esa reacción, de que en el pasado pasó algo entre ellos muy grave y que me hacía deducir que había algo aterrador en aquella niña. Ella solo se alejó unos pasos más, para detenerse y preguntarme esto:

— ¿Por cierto, tu nombre es Martha Malan, no? — Me preguntó.

— Pues sí. — Yo le respondí, algo sorprendida de que supiera mi nombre.

— ¿Recuerdas un ensayo, cuyo nombre era “La reacción y situación de los pueblos nativos de Shelijonia tras la admisión de ésta en los Estados Unidos” o algo así? — Me dejó sin palabras. Mencionó una tesis, que muchos confundieron con un ensayo; que hice para entregárselos a la universidad para que me aceptaran a pesar de mi corta edad.

Al final, el rector se lo quedó y lo pasó por suyo, provocando un gran revuelo en el ámbito intelectual, e incluso me secuestro. No había dicho en público que eso era mío y era raro y sospechoso que me mencionarme tal cosa de repente, ¿¡cómo lo sabía!?

— ¿Y qué pasa con eso? ¿Qué pasa, eh? — Gritó Mao, quién también estaba sospechando de aquella pregunta y estaba más alterado que nunca.

— Nada, en absoluto, nada. — Nos decía, a continuación. — Solo quería decir que si intenta seguir metiendo sus narices en asuntos que nada le importa podría sufrir algo malo. Solo eso. — Sonó como una verdadera y peligrosa amenaza, dejando claro que sabía que yo había hecho esa tesis y que me había interferido en sus intereses.

— ¿Es esa una amenaza? — Mao le gritó otra vez, quién me estaba agarrando con más fuerza que nunca. Su miraba mezclaba, a mi parecer, furia, miedo y nerviosismo. Yo no estaba tan alterada como Ojou-sama, pero aquellas palabras me pusieron algo preocupada.

— No, una advertencia. — Y con esto terminó nuestra conversación, mientras ella desaparecía entre las estanterías de la biblioteca.

Tal vez debía haber sospechado de eso al ver su apellido, ya que su familia, por lo que he averiguado, es una de las más poderosas y peligrosas de toda Shelijonia, pero creía que era una niña que no le importara esas cosas, que no se iba a comportar como si fuera un mafioso. En todo caso, eso dejó a Mao bastante preocupado por mí, aterrada de que algo malo me podría pasar.

— Ojou-sama, creo que es un poco precipitado hacer eso. — Comenté, después de lo que ocurrió.

Mao decidió, ante tal amenaza, que no era incapaz de dejarme sola y decidió, no solo acompañarme a casa, sino pasar la noche, vigilando por si algo o alguien fueran a por mí. Me parecía exagerado su comportamiento.

— Ninguna preocupación es poca cuando esa loca te ha amenazado. — Me dijo, mientras miraba por todas partes con nerviosismo, buscando algún indicio de peligro, para evitarlo. A pesar de que, en mi opinión, debería tranquilizarse un poco; me hacía muy feliz que estuviera muy preocupado por mí y visitara mi casa. Estuve sonriendo todo el rato.

— Pues vaya linda casa tienes. No es absurdamente grande ni tampoco es muy pequeño, tiene un tamaño perfecto. — Mao, estuvo elogiando mi casa, cuando habíamos llegado a la puerta. Para mí, aquella casa de dos pisos me parecía muy decente, no perfecta. Estaba construida con muros de piedras y con otro, para delimitar la propiedad, y tenía una cubierta a cuatro aguas, hecha con tejas de pizarra, al gusto de mi padre, pero no con el mío. De todas maneras, me alegraba que fuera de su gusto.

— ¿Y tienen patio? — Me preguntó a continuación, mientras yo tocaba el timbre para que nos hubieran la puerta.

— Pues sí, está detrás de la casa. — No me dio tiempo explicarle que ahí tenía un pequeño invernadero y un huerto, más otras instalaciones para pequeños animales. Todo hecho por mi padre, para no perder la pequeña costumbre de observar animales y plantas, aunque sea en mitad de la cuidad.

Y se lo iba a explicar, pero hubo una razón que me impidió hacerlo, mi madre.

— ¡Bienvenida a casa, Martha! — Con un grito muy energético, abrió la puerta con una gran felicidad y con ganas de darme un abrazo. Pero, al ver a Mao, se detuvo, con una mueca de extrañeza. A continuación, se quedó mirándolo durante unos segundos, de pies a cabeza.

— ¿Quién es esa? — Entonces, me preguntó esto.

-Es mi amiga Mao, mi Ojou-sama.- Le respondí.

— ¡Buenas tardes, madre de Martha! — Y Mao le saludó, muy cortado.

Entonces ella cambió de carácter, empezó a mirarla de muy malas maneras y toda la alegría que mostró al abrirnos se esfumó como el humo. Mi Ojou-sama, se quedó muy extrañada, preguntándose tal vez por qué le estaba observando de esa manera.

— ¿Mamá, puede quedarse ella a dormir? — Le pregunté, por si la incomodidad que estábamos sintiendo en el ambiente podría desaparecer.

Se quedó callada por unos segundos, con una expresión de molestia, antes de responder con mala gana: — Sí. — Respondió de mala gana, tras

Luego se fue al patio rápidamente para decírselo a mi padre, quién, al parecer, estaba allí. Al marcharme, Mao pudo atreverse a preguntar, mientras cerraba la puerta de la calle: — ¿Le caigo mal a tu madre? —

— Tal vez, debe estar muy envidiosa de ti, porque cree que les estás quitando a su hija querida. — Esa era mi conclusión que llegué.

Ella siempre ha sido muy amable y cariñosa conmigo, también muy sobre-protectora y, en cierta forma, muy celosa con mis demás relaciones. No quiere sentirse apartada de mí y cuando empecé a hablar de mi Ojou-sama y de lo increíble e interesante que es, le da algo de envidia e intenta sacar cosas o temas sobre nosotras, para demostrarnos que seguía siendo mi “mejor amiga”, volviendo la situación muy vergonzante a veces. Esto fue lo que concluí tras meses de observación.

— ¿En serio? ¡No le he hecho nada, es más, hasta ahora no nos hemos conocido! — Mao dio un suspiro, tal vez, porque pensaba que mi madre le iba a causar problemas.

— ¡No te preocupes, a pesar de que pueda a ser algo infantil, impulsiva, lenta de comprender y orgullosa, es una buena chica! — Le dije un resumen de algunas de sus cosas negativas, aunque tal vez debería haber dicho las positivas también.

— Me sorprende que tengas una opinión así de ella y decirlo con una sonrisa. — Añadió, sin que ninguna de las dos nos diésemos cuenta de que estaba mi madre detrás de la puerta de la cocina, escuchando nuestra conversación, triste y preguntándose si esa era la idea que tenía yo sobre ella.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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