Octogésima_segunda_historia

La conquista: Última parte, octogésima segunda historia.

Noemí y Khieu, al verse la una a la otra a las puertas de una pizzería, se estaban mirándose fijamente, sorprendidas de verse mutuamente y preguntándose esto:

— ¿¡Qué haces aquí, perra!? — Se gritaron mutuamente, esperando una respuesta por parte de la otra que no fuera que habían venido a tener una cita con su príncipe indio. Eso intentaban creer.

Después de aquel día en el cine, en el cual acabaron el grupo fue expulsado de la sala y esas dos volvieran a sus respectivas casas muy enfadadas; Mao le prometió a Nehru prepararlo todo para que le dijera que no a esas dos y se puso manos a la obra. Tardó en una sola hora dictar un plan y no esperó ni un segundo a comunicárselo a Nehru:

— ¡Oye, entiendo que me lo prometiste, pero es medianoche, yo estaba durmiendo! — Aunque era muy tarde y ella estaba acostada en la cama, intentando dormir.

— Yo pensaba que eras de ese tipo de personas que se quedan despiertas muy tarde. — Eso le replicaba Mao. — En fin, ¡ya tengo una idea! —

Era hacer como si fuera una cita, invitar a cada una a ir a un restaurante. Tenían que estar las dos a la vez y ahí es cuando debía decir que sabía que ellas querían ligársela, pero no quería a ninguna, para su desgracia, y que podrían ser solo amigos. Así no solo le dejarían tranquilo, sino que nunca desearían volver a verlo, tal vez.

— Ya estoy acostumbrado a hacer eso, pero temo por las represalias. — Le decía a Mao. — Necesito mejorar la excusa, o algo así. —

— Pues bueno, inventarte que tienes novia en la india o que eres gay o asexual o lo que sea. — Eso le contestó.

Tras esto, Mao y Nehru empezaron a buscar restaurantes para elegir el lugar del rechazo y luego decirles a Khieu, por un lado, y a Noemí, por otro, cuándo podrían quedar, intentando buscar un día en que podrían coincidir los horarios de cada una. Al final, el día elegido fue en sábado y éstas se prepararon muy bien para estar elegantes antes su “príncipe indio”.

Esas dos volvieron a mirar por segunda vez las puertas del restaurante, intentando comprobar si se habían equivocado de lugar. Al ver que no, se preguntaron mutuamente:

— ¿Te ha invitado a comer el “príncipe indio”? —

Se quedaron muy sorprendidas y fastidiadas, al ver que cada una había venido por el mismo motivo, mientras Nehru, que se encontraba sentado en una de las mesas, esperaba con temor. Tenía miedo de que se volvieran locas y fueran a por ella, deseaba que fueran como las otras, que solo lloraban al oír esas palabras y salieran corriendo para no volver a verla jamás.

— ¿Cuándo van a entrar? ¿Se van a quedar todo el día discutiendo? — En otra mesa, Mao se estaba quejando, mientras escondía su rostro detrás de un periódico y observando como Khieu y Noemí empezaron a discutir, molestando a todos los clientes que intentaban entrar y salir del restaurante, provocando que los camareros salieran a la calle para decirles que no se pusieran a pelearse en las puertas del local.

— ¡Pues ahora, vamos a comprobarlo, él me va a preferir a mí! — Gritaba Khieu, mientras entraba en el lugar junto con la otra. Lo que consiguieron los camareros fue que ellas se pusieran a pelear dentro de su local.

— ¿A ti? Te gusta el gore y esas mierdas, ¿quién desea tener una chica tan enferma cómo tú? — Y eso le replicaba Noemí. Las dos iban como locas hacia Nehru, quién sintió, al verlas así, un gran miedo y deseos de huir.

— ¿Por qué está ella aquí? — La preguntaron con muy mala leche, después de llegar a su mesa y darle un golpe a la mesa, exigiéndole una explicación de forma tan violenta que la dejaron con la boca abierta y temblando de terror.

— ¿No se supone que esto es una cita? — Eso le dijeron a continuación, al ver que ésta no se atrevió a decirles ni una palabra.

— Nunca dije que esto fuera una cita, solo que os invitaba a cenar. — Por fin, Nehru pudo reaccionar y las respondió con una actitud conciliadora y tranquilizadora, aunque se le notaba que estaba muy nerviosa, ya que no paraba de jugar con su pelo.

— Entonces, ¿por qué no nos ha dicho que venía ella? — Entonces, se señalaron mutuamente, con palabras de desprecio a la una hacia la otra.

— Bueno, en verdad,… — Se estaba llenado de valentía. — Os he llamado para deciros una cosa. — Lo decía, mirando hacia al otro lado, incapaz de mirarlas y poniéndose más nerviosa que nunca.

— ¿A qué te has enamorado de una de las dos y que la perdedora lo deba escuchar? — Entonces, soltaron esas palabras, creyendo que la iban a elegir. Se pusieron contentas, al pensar que iban a vencer a la otra, tanto que se miraban entre ellas con una cara de burla para la otra.

— ¡Cómo sabía, yo siempre hago caer a todos los chicos a mis pies! —Empezó Noemí, poniéndose a presumir de que era un imán para los hombres, con la mano sobre su pecho, hinchado de orgullo femenino.

— ¡Ya se te caerá esa soberbia cuando diga que soy yo! — Eso le gritó Khieu, quién la señaló con el dedo, creyendo pronosticar que la iba a vencer y dejarla en ridículo; que podría vengarse de aquella chica por fin, que no sabía cómo tratar a sus supuestas amistades y darle una buena lección.

— ¿En verdad están enamoradas de él? Actúan como si esto fuera el concurso de algo. — Comentaba Mao, quién observaba la escena con mucha vergüenza ajena.

— Pues yo…— No se atrevía, del miedo que le daban, a decirles que no las quería a ninguna de las dos y estuvo, de los nervios, juntando sus manos.

— ¡Dilo, no seas tímido, ni tengas piedad! — Le gritaron impacientemente, deseosas de derrotar a la otra supuestamente. Nehru se quedó muy callada, incapaz de decir algo y entonces, Mao, harto de soportar esta lamentable escena, se levantó y les dijo esto:
— A él no le interesa ninguna de las dos. —

— ¿Espera, qué? ¿Mao, qué quieres decir? — Eso respondieron las dos muy sorprendidas. —Espera, espera, ¿qué haces aquí? — Se quedaron sin palabras, al verlo aparecer así de repente. Entonces se levantó Nehru y se dirigió hacia él.

— Tiene toda la razón, porque…— Se puso delante de él. — Yo amo a Mao. — Todo se quedaron de piedra. Los clientes y los trabajadores, que estaban observando la escena. Khieu y Noemí no se lo podrían creen, al igual de Mao que le dejó totalmente descompuesto.

— ¿¡Qué!? — Gritó Mao. — ¿¡Qué demonios!? — Y repitió a gritos las mismas palabras, esta vez acompañado por la hermana de Josefina y Khieu. Parecía una caldera a punto de explorar, mientras Nehru ponía sus manos sobres los hombros de Mao.

— ¡No puedes decir eso en serio! — Noemí se sintió muy humillada, ella había perdido una batalla por alguien a quién ni siquiera creía que era su rival. — ¡Maldita seas, ese era mío! — Le entraron ganas de llorar de la rabia.

— ¿¡Entonces, Mao nos ha ganado!? — Eso gritaba por su parte Khieu, quién estaba realmente confundida.

— Tú eres la flor más hermosa que hay en todo el campo, nunca dejas de estar radiante a mis ojos. Yo siempre he estado pensando en ti, todas las noches; así que, por favor, acepta los sentimientos de este pobre servidor que ha caído en este amor. — Todo eso le decía a Mao con la cara más seria posible.

— ¿¡Qué tonterías estás diciendo!? — Y eso le gritaba, muerto de la vergüenza, intentando no pensar lo que iba a ocurrir después.

— Solo la verdad. — Al decir eso, le dio un beso delante de todo el mundo. Khieu y Noemí pusieron muecas de sorpresa y horror.

— ¡Por Buda, por Buda, por Buda! ¡Estás cómo una puta cabra! — Mao rápidamente le empujó al suelo y salió corriendo, totalmente descontrolado, rojo y con ganas de llorar de la vergüenza.

— ¡Espérame, amor mío! — Y eso dijo Nehru, quién salió corriendo detrás suyo.

— ¡Se nota que no te quiere, yo sí! ¡Yo podré ser tu novia, de verdad! ¡Así que olvídate de ella y enamórate de mí, soy un buen partido! — Le gritaba Noemí a su “príncipe indio”, mientras lo perseguía, aunque perdió tiempo valioso, después de tropezar y chocarse contra el suelo al salir del local.

— ¡Está situación se nos ha ido de las manos! Hubiera sido genial ser su novia y todo eso, pero me he dado cuenta de que solo estaba desesperada por culpa de mi soledad y para joder a su bruja. ¡Así que si me disculpan, me voy de aquí! —

Esto soltó Khieu, muerta de vergüenza, al ver cómo todas las personas que estaban en el restaurante empezaron a mirarla estupefactos, después de observar cómo se fueron los demás. Decidió quitarse del medio lo más rápido posible.

Más tarde, Mao, lleno de furia, llamó a Nehru para que explicara por qué hizo eso.

— Pensaba que ya no querías hablar conmigo nunca más. — Le respondió con total naturalidad, cuando cogió el teléfono y escuchó los gritos de Mao, quién estaba totalmente encolerizado.

— Ya, ya, solo quiero saber la razón de eso antes de matarte de las formas más horribles posibles. — Esas palabras de amenaza le parecían muy graciosas a la hindú.

— Si tú misma lo dijiste, que me inventará una buena excusa. — Eso le decía a continuación, mientras se sentaba en su sillón, recordándole a Mao lo que dijo.

— ¡Y tuviste que hacer eso precisamente!- Eso le gritaba, mientras se arrepentía de haber ayudado a aquella mujer disfrazada de hombre. Ésta solo tenía ganas de cachondearse, mientras recordaba la reacción ante lo que le hizo: — Pero si te viste muy linda, toda rojita, parecías una chica de verdad. —

— No es gracioso. — Gritó Mao de pura vergüenza, mientras la oía reírse.

— ¡Eres muy lindo, por si no lo sabías! — Esa especie de piropo que le dedico solo puso más alterado a Mao, quién le gritaba esto: — ¡Cállate! ¡Cállate! —

— Si quieres podrías ser mi novia, yo tu novio. — Le dijo a continuación con tono burlesco aún, aunque en el fondo no le parecía tan mal esa idea.

— ¿Quieres que mi ira vaya a por ti? — Esa replica, llena de hostilidad, hizo que Nehru se diera cuenta de que se estaba pasando y paró.

— Solo fue una pequeña broma, después de todo.- Se puso algo nerviosa al decir. — Espero… — Aquella última palabra dejó a Mao un poco intrigado, preguntándose qué quería decir ella con eso; mientras en el otro lado del teléfono, Nehru se quedó pensando en su absurda idea de ser novios y se empezó a ponerse roja y a reír, esto último molestó al chino, quién decidió despedirse de ella con estas palabras:
— ¡Pues esas bromitas se pagan caro! —

Mientras en otro lado, en el lugar dónde estaba situado el puesto de comida callejera de los padres de Khieu, ésta, quién estaba ayudando a terminar el negocio por hoy, ya que era de noche; intentaba echar a una Noemí hecha polvo.

— ¡No es justo, nada justo, esa maldita Mao es un robanovios, maldita sea esa china! — Eso gritaba y lloraba una Noemí que estaba muy borracha. Apareció así al llegar al puesto, incapaz de poder andar bien.

— Si le quiere, le quiere, fin del asunto. Así que vete a llorar a tu casa. — Le decía una Khieu desilusionada que sentía que no se podría librar de ella ni un momento.

— No y no. Tú como mi amiga debes escucharme toda la noche hasta que me calmé. — Le soltó esto, tras dar un golpe en el mostrador.

— ¿Después de intentar quitarte el novio y de decirte que nunca he querido ser tu amiga? Eres una persona muy ilógica, la verdad. —

Pensaba que si hubiera sido ella, le habría mandado a la mierda, al primer momento. Pero, por extraño que le pareciera, se alegró porque, en el fondo no quería perder esa extraña amistad que tenían entres ellas. Intentó mantener la compostura para que Noemí no la viera sonreír pero le era imposible.

— Se llama reconciliación, ¡reconciliación! ¡Te perdono y eso es lo que importa! ¡Porque las dos hemos perdido el mismo objetivo! ¡Y yo no descansaré hasta que ese “príncipe indio” sea mío y se lo quite de las manos a Mao! — Eso le gritaba, mientras se limpiaba los ojos, antes de levantarse y mostrar el brazo al cielo, haciéndose una promesa a sí misma: No perder su presa por nada del mundo.

— Sea lo que sea, pero vete a tu casa. — Eso le dijo Khieu, antes de que la hermana de Josefina se pusiera a vomitar.

FIN

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La conquista: Tercera parte, octogésima segunda historia.

Noemí llevaba un buen rato pensando, con los brazos cruzados, en cómo empezar a conquistar a aquel “príncipe indio”, a Nehru; pero no se le ocurría nada. De tanto pensar, ponía la cara como si estuviera estreñida, mientras levantaba la silla en la cual estaba sentada. Se le ocurrió apuntar todo lo que le ocurriese en un papel, que puso en la mesa de la cocina, pero estaba en blanco.

— ¡Hey, chamaca, si quieres cagar, hazlo! — Eso soltó de forma burlona uno de sus hermanos al verla, que entró en la cocina para coger una dulces, ya que estaba muerto de hambre.

— ¡Cállate wey, qué estoy pensando! — Eso le dijo molesta, al ver que la habían interrumpido.

— ¿En cómo cagar? — Esto preguntó con una voz que parecía la de un idiota, mientras se agachaba con mucho esfuerzo, ya que su gordura no le ayudaba mucho para buscar la comida que deseaba en lo bajo de la estantería.

— No y no, ¡él único que desea cagar eres tú! — Le gritó enfurecida y dio un puñetazo en la mesa, que cayó sobre un lápiz y fue tan fuerte que lo partió por la mitad.

— ¡Qué pedo! — Eso decía, mientras se quitaba del medio, ya que la reacción de su hermana le dio mucho miedo. Noemí lo ignoró, solo se estaba lamentando por el hecho de haber roto el lápiz.

Al no ocurrirle nada para empezar, llamó a Khieu, quién estaba trabajando en el puesto de comida callejera de sus padres.

— ¿Quién es? — Eso preguntó tras coger el teléfono.

— Soy yo, Noemí. — Al escuchar estas palabras, se quedó con la boca abierta y dijo esto a continuación:

— ¿Cómo has sabido mi número de teléfono? — Nunca se lo dio, para que no la molestase por el móvil. Se preguntaba con horror y preocupación cómo lo consiguió.
— No importa eso, me tienes que ayudar. —

Fue directa al grano, le empezó a explicarle con todo lujo de detalles que cómo podría ella empezar relación con su supuesto príncipe indio.

— ¿Y por qué yo? — Eso preguntó Khieu con mucho desánimo y esto le contestó la otra: — Porque eres mi amiga. — En realidad, Noemí cogió a la primera persona que veía en su lista de contactos de su móvil.

— Pues bueno…— Dudada si decir malos consejos para que fracasara o aconsejarla de verdad. — De todas maneras, deberían empezar siendo a amigos, pasar mucho rato juntos, ayudarse mutuamente y todo ese rollo. — Al final, eligió lo segundo, porque si le diría cosas absurdas para conquistar un hombre para acabar éste alejándose de ella, se daría cuenta.

— Se nota que nunca has tenido un novio. — Noemí se estaba aburriendo, ya que todo eso le parecía muy noño, ya que hablaba de las relaciones como si fuera una simple virgen; y la detuvo.

— ¿¡Q-qué, qué!? ¿¡Entonces, por qué me llamas para que te diga cómo empezar una relación!? — Eso le dijo muy enfadada por el teléfono, mientras los clientes que pedían su comida se pusieron a temblar al verla así.

— Para tener una idea. — Tenía uno en la cabeza y era muy simple. — Y ya tengo uno, gracias por escucharme. — Estas palabras de agradecimiento enfurecieron aún más a Khieu y luego añadió algo más, que solo fue echar más leña al fuego: — Estar sola es muy triste, ya te buscarás cualquier patán, ¡ten fe! — Y con esto cortó la llamada, mientras la satánica casi se puso a llorar de la rabia, al ver que Noemí le recordaba cruelmente que estaba realmente sola en el mundo.

— ¡No voy a permitir que esa chalada se lo lleve, ese hombre será mío! — Eso gritó, al final, harta de Noemí. Se dirigió al cielo, levantando la mano y fue una promesa que se hizo a sí misma. Decidió robarle el objetivo a la hermana de Josefina, para demostrar a sí misma y a todos de que podría tener novio y no iba a estar sola para siempre, a pesar de que nadie se había burlado de ella por eso.

La gran brillante idea de Noemí era solamente ir con Nehru al cine. A lo primero pensaba que iban a ir solos, pero supuso que sería demasiado pronto para hacer eso y decidió llamar a más gente, como excusa. Así llamó a Khieu y a Mao, para que fueran con ellos al cine.

Al llegar el sábado, todos, tras ser despertados por Noemí, a través de múltiples llamadas de móviles; llegaron a las puertas del cine adormilados. La hermana de Josefina fue la primera en llegar. Después de pasar horas de pura dedicación en busca de un hermoso look que cautivaría un hombre, este era el resultado: Ella llevaba una chaqueta blanca de botones, que le llegaba a las rodillas y que ocultaba una blusa de color naranja y de mangas largas, con un lacito en la parte del cuello. En la parte de abajo usaba una minifalda blanca y con un borde de volantes, con unas medias con dibujos de gatitos. La segunda en aparecer fue Khieu.

— ¿No crees que vas un demasiado elegante para ir al cine? — Eso le preguntó Noemí, al observar que estaba mejor vestida que de costumbre. Aparte de los pantalones vaqueros, tenía una blusa a cuadro con diferentes tonos de azules.

— ¿De qué hablas? Yo siempre me visto así. — Eso le dijo con total seguridad, a pesar de era una mentira bien obvio. Y se lo decía de forma desafiante, provocando que Noemíse diera cuenta de sus verdaderas intenciones.

— Yo pensaba que era tu amiga. — Eso le dijo con amargura y frialdad. Sabía que le había retado quién iba a conseguir el amor de Nehru.

— Yo nunca dije que lo era. — Y esto fue la réplica de Khieu, quién deseaba darle una lección, porque creía que la utilizaba por conveniencia.

— Ese chico será mío. — Tras quedarse mirando la una a la otra durante unos segundos, como si fueran dos vaqueros del viejo oeste; se dijeron esto.

Unos varios minutos después, llegó Mao, por un lado, y Nehru, por otro. El chino iba con una yukata con estampas de pajaritos y Motital iba con un traje de color marrón claro, vestía como si fuera un gran empresario. Las dos, al verla, se fueron hacia ella, mientras ignoraban al chino.

— ¡Estás guapísimo! ¡Siempre vistes tan bien! — Eso le decía, por un lado, Noemí. — ¿Me recuerdas? ¿Me recuerdas? Soy la chica del puesto a adónde Mao siempre te lleva a comer. — Agregó, por otro lado, Khieu.

— Buenos días, chicas. — Mao, por su parte, las saludó pero fue completamente ignorado por ellas.

Las dos le tenían echado el ojo a Nehru y ésta se empezó a agobiar, al notar que no solo una, sino dos hembras en celo iban a por ella y le miraba a Mao, con cara de preguntarle qué hacía la chica del puesto callejero. Y entonces se empezaron a pelear por su presa:

— ¿Por qué él debería recordarte? Yo no recuerdo a toda la gente que hace la comida que pido en el restaurante. — Eso le gritaba Noemí con todo el desprecio a Khieu, mientras agarraba un brazo de su príncipe indio.

— Por lo menos, yo no llamé a Mao para que me presente a alguien. — Le replicó, haciendo lo mismo que ella.

— ¿Y eso es malo? — Eso le preguntó muy enfadada y cada una soltó el brazo de su presa para dedicarse a lanzarse graves acusaciones e insultos. Nehru aprovechó para quitarse del medio y acercarse a Mao.

— ¿Qué está pasando? ¿Por qué ha aparecido la chica del puesto? — Le preguntaba esto a Mao en voz baja. La pobre no entendía lo que estaba ocurriendo y rezaba para que no aparecieran más chicas de la nada para perseguirla.

-¡Y yo qué sé! Pero el cine será de todo, menos tranquilo. — Contestó Mao, indiferente. Se arrepintió mucho de no haberse negado a ir, porque no él quería aguantar una pelea estúpida de chicas por un mismo hombre.

Las chicas dejaron de pelear, al ver que no estaba su príncipe indio y se fueron a por él, preguntándole en dónde estaba. — Diviértete con esas tigresas. — Eso le decía Mao con burla, mientras aquellas dos se lanzaron contra su objetivo. Después, empezaron a mirar la cartelera.

— ¿Podemos ver ésta? — Les decía Khieu, que tras pasar un buen rato buscando, encontró algo que le emocionaba y se los señalaba. Todos miraron su elección y cuando lo vieron se le quitaron las ganas. Era una película supuestamente de terror, pero parecía que iba a estar más dedicada a muertes exageradas de personas que chorrean litros de sangre.

 

— ¿Y sí podemos ver esa película? — Nehru, para ahorrarse ver una película de muy mal gusto, señaló otra película, que parecía ser la típica comedia romántica. Todos aceptaron encantados, para evitar ir al otro.
— ¡Esperen…! — Khieu intentó cambiarles de idea y hacerles ver la película que ella quería.

— Yo también quiero ver eso. — Pero no quería cuestionar al “príncipe indio”. — ¡Seguro que estará muy bien! — Ella intentó cogerle el brazo a Nehru, pero fue detenida por Noemí, quién se puso en su camino: — ¡No seas tan fresca! — Tras decir eso, se quedaron mirándose y mostrándose la una a la otra los dientes como si fueran perros enfrentados. Se notaba que entre ellas había más que fuego, y Mao y Motital las miraban con pavor.

Después de convencer a Mao de pagar su entrada, ya que éste pensaba que el precio era un robo y se estaba peleando con la gente de la taquilla; se fueron a la sala y se sentaron, mientras se apagaba las luces y aparecían en pantalla los anuncios.

— ¡Miren, miren lo tristes que están esos músicos millonarios, al ver que miles de sus discos se piratean y pierden cientos de dólares! ¡Pobrecitos! ¡Ahora no podrán comprarse su helicóptero privado! —

Esto decía un anuncio contra la piratería, que estaba siendo muy largo para los presentes, pero fue aprovechado por las chicas, que intentaron agarrar la mano de su “príncipe indio”. Primero intentó hacerlo Noemí, quién estaba a la izquierda, mientras tomaba un refresco de cola. Al notarlo, Nehru quitó su brazo del apoyabrazos y ella lo palmeaba, buscando el cuerpo de Motital sin éxito. Al mismo tiempo, lo hacía Khieu, quién se puso a su derecha y intentaba hacer lo mismo, con los mismos resultados que tenía su rival.

— ¿Dónde está? — Eso decían en voz baja, mientras Nehru veía esto como el principio de que no podrá ver toda la película en paz. Ella ya quería irse a casa. Mao seguía enfadado por lo caro que era el cine, prometiéndose a sí mismo que jamás volvería a ir a uno, nunca más.

Tras empezar la película, tanto Khieu como Noemí, pensaron en nuevas estrategias.

— Ya se han acabado mis palomitas, ¿me puedes dejar comer las tuyas? — Mintió Noemí, que intentó dar pena y acercarse así a Nehru.

— Y a mí el refresco, ¿podríamos compartirlo nosotros? — Añadió Khieu, quién decidió hacer un paso más allá, mintiendo también.

— ¡Qué asco! ¿No te estás pasando un poco? — Noemí puso muecas de asco y se tapo la boca para hacer entender que eso le era vomitivo.

— ¿Y tú? — Le replicó la otra a la hermana de Josefina. Y empezaron a lanzarse puyas mutuamente, empezando a molestar a los demás que querían ver la película.

— ¡Eh, chicas! ¡No peleen! Yo ya me lo he comido y bebido todo. No hay necesidad que unas bellezas se estén peleando en el cine. — Nehru intentó tranquilizarlas, hablando como un caballero, pero incapaz de retener lo intranquilo que estaba al tener a aquellas lobas peleando por ella. Al escucharlo, las dos le gritaron con entusiasmo: — Pues toma el mío. —

— ¿No decían que se lo habían acabado? — Eso les decía Mao, mientras aprovechaba la pelea para comerse las palomitas de Noemí poquito a poco, sin que ésta lo supiese. Las dos intentaron buscar una excusa, pero solo consiguieron que todos los espectadores les pidieran que se callasen.

Y eso no fue el último, siguieron con variadas y estúpidas estrategias, como agarrarle del brazo cuando vieran algo que parecía aterrador, a pesar de que en la película no había tal cosa; intentar mancharlo con su bebida para limpiarle la ropa, contarle anécdotas de su vida para que su “príncipe indio” se conmocionase entre más cosas. Y Nehru ya estaba harta, no podría aguantarlo más, deseaba decirles que era una mujer que se disfrazaba de hombre, para ver si le dejaba en paz. Pero pensaba que estaban locas y se imaginaba que la matarían en plena sala de cine por eso. Y cuando vio que Mao, que tampoco él las podría soportar, se iba a los servicios, deseaba acompañarlo y espero unos minutos más para ir al baño, mientras varios espectadores se quejaban de ellas e incluso pedían al guardia que las echarán.

— ¿Estás aquí, Mao? — Eso dijo, al entrar en el servicio de mujeres y abriendo la puerta de forma brusca. Se lo encontró, mirándose al espejo, comprobando si su peinado estaba bien.

— ¿Tan pronto te has cansado de ellas? — Tras girar su cabeza hacia Nehru y al escuchar sus palabras, le soltó esto, en vez de preguntarle qué estaba haciendo en el baño de las mujeres.

— Es inaguantable, esas dos son bien activas. Yo solo trato con pasivas. — Eso decía, mientras se ponía las manos a la cabeza, en clara señal de lo molesta que estaba, sin darse cuenta de que una chica, que salió del váter, se le quedó mirando, incapaz de entender que hacía un chico ahí.

— Eso suena muy mal, en todos los sentidos. —Eso le replicó Mao.

— Da igual, da igual. Tengo que librarme de ellas y ya. — Gritó Nehru llena de frustración, mientras se apoyaba sobre las encimeras del baño.

— Fácil, diles que tú nos la quiere y ya está. ¡Le rompes el corazón, ya se buscarán otro! ¡¿No es lo que haces siempre, príncipe indio!? —

A Mao eso le parecía muy bien fácil, aunque se sintió muy mal consigo mismo por haberlas pronunciado, eso le trajo recuerdos muy feos para él. Nehru le miraba con cara de que no lo entendía. Éste pudo adivinar muy bien aquel rostro y añadió esto:

— ¡Por Buda! Te lo demostraré…— Le decía Mao, mientras le tendía la mano. Al final, sin desearlo y a sabiendo de que se iba a arrepentir mucho por hacer aquella acción, sintió que la debía ayudar, tras decir esas cosas.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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La conquista: Segunda parte, octogésima segunda historia.

Motital Nehru no dejaba de pensar sobre lo que había dicho Mao, cuando éste descubrió que no era un hombre, sino una mujer. Esa frase, el “no soy una chica” no le dejaba dormir, porque no podría dejar de pensar en eso. Deseosa de saber la verdad, intentó acercarse al chino, pidiéndole ayuda o visitándole, con la intención de tener un buen momento para poder decirle que quiso decir con aquellas extrañas palabras. Por desgracia, ella nunca encontró un momento oportuno.

Mientras ella repasaba todos aquellos pensamientos, dando fuertes bostezos de aburrimiento debido a una película de Bollywood muy mala que estaba viendo en aquellos momentos; alguien le llamó por teléfono.

— ¡¿Quién es!? — Preguntó Nehru, muy desinteresadamente, una actitud que cambió totalmente cuando vio de quién era la voz.

— Hola, soy Mao. — Nehru le preguntó con una voz alegre y con mucha caballerosidad que quería. — Pues verás, yo estoy yendo hacia tu casa, si no es mucha molestia. No es para nada urgent…— Una voz que la india no podría entender fue escuchado a través del teléfono. — Bueno, si es urgente…—

— ¡No te preocupes! Un caballero como yo puede dejar sus planes a un lado si una linda señorita viene a visitarlo. — El chino le dijo que gracias, muy cortado. La otra siguió hablando. — ¡Yo, te recibiré con todos los honores posibles, digno de una princesa! — A Mao ni le dio tiempo decirle las razones de su inesperada visita, porque Nehru cortó esa llamada para prepararse. Con una rapidez sorprendente, se puso lo más elegante posible y se puso en la puerta para abrirle.

— Hoy, es el momento de la verdad. — Eso se decía, mientras esperaba en la puerta. — ¡Voy a descubrir que es realmente Mao! — Estaba impaciente, quería saber ya si era una chica o un chico.

Espero unos cinco minutos más, que los usó para ponerse bien su chaqueta elegante de color azul y comprobar si sus pantalones, del mismo color que la parte de arriba, o su pelo estaban bien; hasta que pegaron en la puerta y ella la abrió, mientras ponía una sonrisa seductora y animada.

— ¡Buenas tardes, prin…! — Se calló al instante, cuando vio que no era Mao, sino un anciano que le preguntó sí está era la casa de su hijo. Con mucha vergüenza, le dijo que no lo era. Tuvo que esperar unos minutos más, para que llegara esa persona que estaba esperando.

— Espero que sea ella. — Dijo en voz alta, cuando oyó pegar la puerta, otra vez. Se llenó de alegría y abrió la puerta: — ¡Buenas tardes, princesa! ¡¿Cuál es el honor de tenerla hoy en mi acogedora casa!? — Eso gritó de nuevo, antes de darse cuenta que Mao tenía una compañera.

Una chica, más bajita que Mao, que llevaba una minifalda de color verde, más una camiseta blanca con un estampado de una diosa hindú. Era la hermana de Josefina, Noemí, quién tras molestar al chino sin parar; éste tuvo que acceder a ese favor, que eran nada más ni nada menos que conocer a Nehru. Ésta además se puso una peluca, ya que no quería conocer un chico con un pelo tan corto que ella misma pidió que le cortasen, por el resultado de una estúpida rabieta.

— ¿Quién es esta chica tan adorable? — Eso le preguntó a Mao por la persona que se trajo. Lo dijo por cortesía, o por tener aquella costumbre de decirles cosas bonitas a las chicas, ya que le parecía muy normal. Ella se desilusionó mucho cuando vio que había otra persona, ya que quería estar a solas con el chino.

— ¡Oh, Dios Santo! — Mencionaba esto, en voz alta y totalmente colorada. — ¡Me ha llamado adorable! — Miraba hacia otro lado, incapaz de mirar a aquel supuesto chico, no quería que le viese la cara que puso. Su belleza y sus palabras caballerosas y delicadas le hicieron sentir en el paraíso, una felicidad que provocó que apenas ella pudiera pensar con claridad.

— Me llamo Noemí Porfirio Madero, tengo diecisiete años y soy hija de inmigrantes mexicanos. Mi comida favorita es un plato secreto de mi familia y mi color es el rojo, aunque no me disgustan los demás; además de que me encantan los tigres. Estoy en mi peso ideal, voy al gimnasio y hago dieta a menudo…— Se quedó pensando. — ¿Qué más, qué más…? — Nehru rápidamente le dijo que todo eso estaba bien, que era una bonita presentación, algo que puso a la chuca muchísimo más nerviosa que antes.
Estaban en el salón, con las presentaciones. Ella estaba muy emocionaba e intentaba quedar lo mejor posible para su próxima conquista.

Por el contrario, Nehru estaba muy desanimada, ya que notó que se había metido en un lio por culpa de Mao, y le miraba a él con algo de enfado. A continuación, tuvo que soportar a una charlatana Noemí que no dejaba de decir incoherencias y frases sin sentidos, parecía que estaba en las nubes. Incapaz de seguirle la conversación, la india intentaba pensar en alguna idea para encontrar un buen momento para preguntarle a Mao qué estaba pasando, por qué se trajo a esa chica a su casa.

Entonces, la misma Noemí, quién dijo que iba a ir al servicio, se llevó a Mao con ella a rastras, con una estúpida y tonta excusa.

— ¿Ahora qué te pasa? — Eso le preguntó, mientras ella cerrada con pestillo la puerta, algo que incomodó a Mao.

— ¿Qué es lo le gusta y lo que no a este príncipe indio? — Le ignoró, preguntándole esto, llamando a Nehru con un nombre que le pareció muy cursi y exagerado a Mao.

— ¿Por qué lo llamas así? — Sentía que había acabado en grandísimo lío.

— Eso no importa, debo empezar enseguida mis tácticas para enamorarlo. — Le decía esto, mientras ponía sus manos sobre sus hombros. — ¿Estás interesa por él? — Añadió esto a continuación, con la cara más seria que tenía.

— Pues claro que no. — Le respondió Mao de mala manera y Noemí dio un gran suspiro de tranquilidad. — Menos mal, no quería tener una rival en el amor. — Éste, al oír eso, se preguntaba mentalmente qué imagen tenía de su relación. A continuación, le volvió a preguntar lo mismo del principio y tuvo que responderla, mencionando solo lo que sabía para que le dejara tranquilo.

— ¡Pensé que me serías de mejor utilidad! Tendré que descubrirlo poco a poco…— Eso dijo al final, con desilusión y soltando un gran suspiro.

Y con esto salió del baño, mientras Mao le mencionaba que iba a estar en el baño a hacer sus necesidades, siendo solo una tapadera para quedarse ahí durante un buen rato. No quería ver cómo acabaría lo que se proponía hacer la hermana de Josefina.

Al pasar unos cuantos minutos, entró Nehru en el cuarto de baño, como si supiera que ahí estaba Mao.

— ¿Pero qué haces? — Le gritaba Mao. — ¡No ves que estoy aquí! — Intentó emular como si iba a hacer sus necesidades, pero no se atrevió.

— ¿Por qué me la has traído? — Eso le preguntó Nehri, bastante fastidiada.

— ¡ Porque no me dejaba en paz, ni un puto segundo! — Eso le respondió con toda su sinceridad.

— Me has metido en un lio, muy gordo, pero gordo. Las chicas como ella son de las peores. — Se puso las manos sobre la cabeza, preguntándose qué iba a hacer.

— Parece que tienes mucha experiencia en esto, ¿te deben gustar las mujeres? — Eso dijo Mao, mientras se sentaba en el váter, cruzando las piernas.

— No, no y no. Me gustan los hombres. Tal vez sea una mujer que se vista de chico, no porque me siento así, sino por otras razones. — Mao le miró con sospecha, recordando todas las veces que hablaba con las chicas de forma rara. — Bueno, las mujeres son hermosas y tienen cosas que no los hombres no pueden tener. Y sí, es verdad que me gusta actuar elegante y atractivo para poner muy alteradas las doncellas, hacer que su corazón se emocione por haber encontrado al hombre de sus sueños y todas esas tonterías, ponerlas tontas, creyendo que un príncipe azul ha bajado de la luna para tratarlas como princesas. Pero es eso es más que un simple juego, las trato bien, como ellas desean, pero luego nada más. Luego esas chicas se chocan contra la realidad y eso…— Y se calló, como si iba a decir algo horroroso. Al final, tuvo que decirlo: — Solo quiero destrozar el corazón de una mujer. — Le confesó eso al chino y éste se quedó mirándola como si fuera un monstruo. — ¡Sí, soy una horrible persona, pero no lo puedo evitar! — Eso gritaba a continuación, reconociendo que tenía un gran pecado y actuando como si fuera una actriz de tragedia.

Mao se levantó del váter, avergonzado de su penosa actuación, y se dirigía a la puerta, cuando fue detenido por Nehru.

— ¡Espera un momento! — Puso a Mao contra la pared, al decir eso.

— ¿¡Oye, qué haces!? — Eso preguntó nerviosamente Mao, al ver el drástico cambió de actitud de ésta.

— Al venir a mi casa por primera vez, dijiste que no eras una mujer. — Al decir esto, Mao recordó que dijo eso, tras descubrir que Nehru era una chica y no un hombre. Y se puso intranquilo, pensando en algo para esquivar la pregunta, mientras se arrepentía por haber soltado eso aquel día.

— ¿¡Yo dije algo como eso!? — Mao se reía nerviosamente. — ¡Qué imaginación tienes! —
Nehru, en vez de interrogarle, supo que la única forma segura de saberlo era comprobarlo, tocarle la entrepierna para comprobar si era una chica o chico. Entonces, ella empezó a deslizar poquito a poco una de sus manos por los muslos hacia arriba, mientras la otra se apoyaba en la pared. Mao no paraba de preguntándole qué estaba haciendo.

— ¡Solo quiero comprobarlo! — Eso decía, intentando poner su cara más seria, pero le salía una de salido, porque estaba excitada, de alguna manera.

— ¡No lo hagas! ¡No lo hagas, maldita sea! — Eso le gritaba Mao, quién cerraba los ojos. Quería que se detuviese, pero no movía sus manos para evitarlo. Estaba muy colorado, casi muerto de vergüenza, y por alguna razón, cerró sus ojos, mientras recordaba que ésta sería la tercera vez que una mujer le tocara la entrepierna para comprobar si tenía eso que llevaban los hombres.

— ¡Arebaguandi, es verdad que eres un hombre! — Eso gritó al tocarle con toda la palma de su mano la entrepierna y descubrir que era un hombre. A pesar de que lo sospechaba, ella se puso a mirar el techo como si hubiera descubierto la verdad de la vida y el universo.

— ¡Oye, tú, podrías soltar tus asquerosas manos! — Eso le dijo un Mao enfurecido y colorado, quién quería evitar a toda costa que la cosa pasará a mayores, porque Nehru no dejaba de espachurrarlos y temía que eso empezará a crecer.

— ¡Quita tus manos de encima! — Eso le gritó al final, empujándole la cabeza, como señal de que le tenía que quitar las manos de encima.

Nehru estaba totalmente descontrolaba y pues Mao tuvo que quitársela de encima de una patada y salió del cuarto de baño, mientras ésta empezó a reaccionar y le pedía perdón. Entonces, se acordó de que tenía a Noemí esperándolo en el salón, quién estaba bastante intranquila.

Con la excusa de que había ido a su habitación a buscar algo, puso quitarse a la hermana de Josefina por un rato, quién le esperaba impacientemente, mirando por todas partes. Se llevó una grata alegría cuando le vio volver:

— Ha tardado mucho, Príncipe indio. — Eso le dijo. — ¿Le puedo llamar príncipe indio? — Le dijo que sí, no le importaba.

— Ah, ¿has encontrado lo que buscabas? ¡He estado esperando mucho! — Eso le preguntaba, intentando ser lo menos cotilla y lo más formal posible. Mientras formulaba aquellas palabras, ella juntaba sus dedos a la vez que miraba nerviosamente por todos lados.

— Perdón por esto, es inconcebible para mí hace esperar una dama. Espero que aceptes mis disculpas. — Decía esto, mientras se sentaba con total elegancia. Esas palabras pusieron más colorada a Noemí.

— Da igual, da igual. Me he divertido, viendo todas estatuas chinas, ¿te deben gustar mucho China? — Para seguir con la conversación, ella cambiaba de tema, señalando a los las múltiples esculturas que adornaban las estanterías de estilo victoriana que tenía en la habitación.

— Eso es hindú, de la India. — Esas palabras fueron como un horrible flechazo a Noemí, que había demostrado si incultura e ignorancia, delante de su objetivo a conquistar.

— L-lo que importa es que son de Asía. — Eso dijo Noemí, tartamudeando, intentando corregir su error. Al terminar aquella frase, ella empezó a reír nerviosamente. Mao volvía al salón, viendo esa escena y comprobando lo bien que actuaba Nehru y observando con pena como Noemí metía la pata sin parar. Al final, al llegar la noche, decidió que era cosa de que se fueran de su casa.

— Si me permiten, hermosas damas, ya es hora de que tengan que ir a sus casas. Yo debo hacer mis cosas y no podré cenar en mi linda casa ni podré acompañarlas. — Eso les dijo, mintiéndolas con una sonrisa elegante en la cara. Solo era una excusa para echarlas de una vez. Luego, añadió: —Me alegro de haberla conocido, Noemí. — Les besó en la mano a Mao y a la hermana de Josefina, cuyo corazón estaba a cien.

— ¡Oh, por el amor de Dios, es lo más caballeroso y gentil que he conocido en mi vida! ¡Supera a todos esos payasos que he tenido como novios! —

Eso gritaba a pleno pulmón, en mitad de la calle y bastante colorada. Aún seguía estando en las nubes, teniendo fantasías sin parar entre ella y aquel “príncipe indio”. Por el contrario, Mao, molesto por todo lo que paso, la ignoraba olímpicamente. Él no paraba de maldecir a la idiota de Nehru, preguntándose por qué siempre que querían comprobar que era hombre, tenían que tocarle el pito.

A pesar de que no quería saber nada de aquella india que se hacía pasar por un hombre fabuloso, tuvo que recibir una llamada suya, después de llegar a casa y pasar un buen rato vagueando.

— ¿Qué quieres? — Le contestó Mao con poco interés, al saber que era Nehru.

— ¡Oye, esa chica está colada por mí! ¿Me podrás ayudar? — Le dijo esto, casi gritando, a continuación.

— A mi no me metas en esto, sobre todo por lo que me has hecho hoy. —Mao estaba muy enfadado aún.

— Tú la has llevado hasta mi casa y te juró que si esa chica está enamorada de mí, pues se pegara como una lata a mí. — Eso le replicó, quitándose la culpa de encima. — Lo siento mucho por lo de antes, ¡de verdad! — Al notar el silencio, tuvo que añadir eso.
— De todos modos, ¡vas a romperle el corazón! — Eso le mencionó Mao, mientras se rascaba la cabeza, con cara de que no le interesaba para nada lo que iba a ocurrir.

— Pero es de ese tipo de mujeres que persiguieran su objetivo sin parar, ella mismo me lo reveló, ¡le gusta los tigres! — Mao no entendía nada, ¿qué tenían que ver los tigres con todo esto? — Con las que me trato, son las que nunca se acercan a mí, sino me miran a lo lejos. No sé si me entiendes, pero siento que ella no me dejará en paz hasta que nos convirtamos en novios. —

— ¡Ah vale! ¿Ahora puedo dormir? — Eso le dijo Mao con gran frialdad.

— ¡Haz lo que quieras! — Eso le contestó Nehru, molesta por la poca atención que Mao le daba. Entonces, oyó como éste descolgaba el teléfono.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Octogésima_segunda_historia

La conquista: Primera parte, octogésima segunda historia.

Josefina estaba aburrida, pero no tenía muchas ganas de ir a casa de Mao, ya que afuera hacía un frío horrible. Así que llamó a Malan, para que la visitara. Tras llegar ésta, empezaron a ver documentales de animales y, mientras la sudafricana le explicaba muchas curiosidades sobre las especies que veían en la pantalla a la mexicana, que prestaba atención pero sin enterarse de nada; llegó su hermana Noemí:

— ¡Ya estoy en casa! — Eso gritó ella cuando entró en casa, llorando desconsoladamente. Se sentó, tras quitarse el abrigo y el gorro, en el sofá, mientras estaba maldiciendo a alguien.

Eso alarmó a su pequeña hermana y atrajo la curiosidad de Malan, que se dieron cuentan de que además se había cortado el pelo, tanto que parecía ser un chico. Era señal de que le había pasado algo malo, ya que tenía la costumbre de destrozarse el cabello cuando le rompían el corazón o algo parecido.

— ¿Q-qué te ha pasado? — Eso le preguntó Josefina muy preocupada, mientras Malan le estaba preguntando si quería algo de comer, en un intento para poder consolarla. Noemí reaccionó de forma muy negativa:

— ¿Y a vosotras que os importa…? — Se limpiaba los ojos, mientras les soltaba aquellas palabras, además de añadir que unas niñas como ellas no iban a comprender un problema tan adulto como el suyo.

— ¡Jo, soy tu hermana! — Protestó Josefa, infando sus mofletes; mientras Malan pensaba que seguramente su problema no sería tan adulto cómo se creía. Al ver que ella no reaccionaba y por lo incómodas que estaban, la sudafricana convenció a Josefa para subir a su cuarto. Y cuando Noemí se dio cuenta de que estaba sola, al no haber nadie que le consolara, se fue a la habitación de su hermana pequeña para que escuchara sus desgracias.

— ¡Perdón, perdón, por haberos llamado niñas! Os contaré todo lo que ha pasado. — Eso les gritaba mientras entraba salvajemente por la puerta de la habitación. A Josefina, quién estaba jugando con la Nintendo 3DS de uno de sus hermanos sin su permiso, casi le dio algo, escondiendo la consola instintivamente. Malan puso cara de que sabía que la hermana actuaría así.

Entonces, Noemí empezó a contarles sus penas, sin darles tiempo a qué dijeran algo. Les contó que cortó con su novio, con el que estaba saliendo desde hace tres meses; cuando éste la llamó para decirle que era una mujer autoritaria y no la soportaba más. Ella le echaba pestes sin parar, diciendo que era un idiota porrero, un vago que ni siquiera podría moverse de su sofá, un puto que se acostaba con cualquier perra, un machista maricón y otras cosas más. Le dijo de todo menos bonito.

Josefina le decía que ya encontraría alguien mejor, que no debe llorar por él, mientras Malan le daba palmadas suaves en la espalda para consolarla.

— ¿Ese chico no era el del otro día? — Le preguntó la sudafricana a Noemí en un momento determinado, cuando se acordó de algo que ocurrió días atrás.

— ¿Qué otro día? — Se quedó Josefina pensando.

— Si te refieres a aquel día en que me pillasteis con un chico follando, pues sí, es él. — Respondió Noemí con toda la tranquilidad del mundo. Entonces, fue cuando Josefa recordó algo que su cerebro bloqueo, ya que era un gran trauma. Se puso a gritar como loca, poniendo cara de horror.

Hace unos días atrás, mientras ella estaba en su habitación, jugando con Malan y las gemelas Alex y Sanae a un juego de cartas; su hermana entró con su novio a la casa y pensaron que no había nadie.

— Si tu familia no está, eso significa… — Eso le decía a Noemí, mientras se le caía la baba.

— ¿No estarás pensando en eso? — Eso le preguntó, bastante colorada mientras le abraza y con su rodilla le tocaba la entrepierna, entre risas idiotas. Los dos tenían ganas de hacer eso. Desde la habitación de Josefina se notaba que había llegado.

— Al parecer, ya alguien ha vuelto a casa…— Eso dijo Alex, con la intención de distraer a Josefina y ver sus cartas.

— Seguro que es mi hermana y otro de sus novios. — Le replicó Josefina muy molesta, ya que no le gustaba escuchar a su hermana ponerse tan tonta. Y no se dio cuenta de que sus cartas fueron vistas por las gemelas.

A continuación, Noemí y su novio subieron a su habitación para hacerlo, que estaba al lado del cuarto de Josefina. Sin perder tiempo, se quitaron la ropa y saltaron a la cama. Esos dos empezaron a chillar y movían la cama de un lado para otro, la cual chocaba contra la pared sin parar.

— ¿Qué es lo que está haciendo tu hermana? — Se quedaron las gemelas muy boquiabiertas, que se quedaron observando hacia la pared en dónde se escuchaba esos golpes. Ellas supieron enseguida lo que estaba haciendo Noemí. Alex se puso mala, Sanae se empezó a excitarse.

—No lo sé, pero… — Eso les respondía Josefina, muy incómoda y muy preocupada. — Es como si la estuvieran pegando. — Entonces, se imaginó que el novio de su hermana la estaba atacando y puso cara de horror.

Se levantó de golpe, con la intención de salvarla. No iba a dejar que ningún hombre le pegará, sea cuál sea su excusa, a su hermana.

— A mí me parece que… — Malan intentó explicarle que ellos estaban copulando, pero ella ni escuchó, salió corriendo mientras les decía a las demás esto: — ¡Chicas, tenemos que salvar a mi hermana! —

— ¡Deja a mi hermana en paz…! — Eso gritó Josefa con la máxima intensidad, al abrir bruscamente la puerta del cuarto de su hermana.

No se esperaba lo que se encontró en aquella habitación. Se quedó muda, incapaz de entender qué era lo que estaban haciendo su hermana con su novio. La encontró montado sobre él, completamente desnudos y sudando como cerdos. Su cara estaba tan roja como el tomate.

— ¿Josefina? — La única que se atrevió a hablar fue a Noemí, que también quedó en shock, junto con su novio. Los dos no se movieron ni un dedo, como si el tiempo se hubiera detenido en ellos, en una posición indecente.

Se puso blanca de horror, al ver que su hermana pequeña le había pillado cabalgando sobre la “cosita” de su novio. Luego, éste se puso a chillar como niña y las otras dos chicas hicieron lo mismo.

Cuando aparecieron las demás niñas, los que copulaban gritaron de nuevo y pudieron reaccionar, tapándose con las sabanas de la cama y separándose rápidamente del uno al otro, provocando que tuvieran que llevar al chico al hospital, porque su miembro se doblo en el proceso. El pobre tuvo que pasar ingresado dos noches. Y así es como Josefina, quién creía que los bebes salían de la nada; descubrió traumáticamente que se creaban.

— ¡Tranquilízate, por dios! No es para tanto. — Eso le gritó a su hermana, mientras le ponía las manos sus hombros para que dejara de chillar.

— Tú estuviste tres días llorando porque tu hermana te vio haciendo eso. — Eso le replicó Malan y Noemí le contestó con esto: — Pero lo de ésta ya es exagerado. —

— ¡Aún no puedo asimilar eso! — Eso añadió Josefa enfadada, al ver que su hermana le decía exagerada. — ¡Por dios, qué repelús! —

A continuación, se puso a temblar del asco, al recordar como se lo explicó Malan, de cómo eran los aparatos reproductores, tanto masculinos como femeninos, su función, cómo funciona y cómo crecía un niño en el interior del cuerpo de una mujer. Todo eso le quitó las ganas de saber de sexo por una buena temporada, ya que no toleraba muy bien las cosas sobre el cuerpo humano.

— Y eso que lo expliqué lo más científicamente posible. — Eso mencionó Malan con los brazos cruzados, al ver que su explicación no había servido para que Josefina no estuviera traumatizada por ese hecho.

— ¡No deberíamos de estar hablando de estas cosas! — Eso decía Noemí, quién se sintió peor que antes. — ¡Qué me han abandonado! — Y se tiró en la cama de Josefina, tirando a sus muñecos, entre ellos Gazpacho, al suelo.

— ¡No te preocupes! Al día siguiente, ya te estarás buscando a otro novio. Siempre haces lo mismo. — Josefa rápidamente cogía los muñecos y los ponía en su sitio, mientras le mencionaba eso a su hermana.

La conocía y sabía que fácilmente se olvida de los chicos que sale y se buscaba a otro. Era como si necesitaba un novio en todo momento y que le aterraba estar soltera.

— ¿Me estás llamando perra? — Esas palabras de Josefina fueron un insulto para ella.

— ¡Por supuesto que no, en absoluto te diría algo como eso! — Le decía nerviosamente Josefina, mientras Malan intervenía con esto:

— Más bien, eres un Canis lupus lupus. Es decir, que era más bien loba que perra. — Ninguna entendió qué quería decir con eso, pensando que solo era un mal chiste por parte suya, aunque ella no lo dijo con esa intención.

Noemí se olvidó de su novio para pasar a estar enfadada con su hermana por haber insinuado que era un perra, cuando ella nunca dijo nada así. Y Josefina le pedía perdón una y otra vez, pero era en vano. Desesperada, pidió ayuda a Malan, quién se le ocurrió una idea que terminó siendo un éxito.

— ¡Oh dios! ¡En verdad, cocinas muy rico! — Eso le decía Noemí a alguien mientras devoraba un plato que mezclaba la comida mexicana con la vietnamita. Esa persona era Khieu, quién no la deseaba ver. Después de lo del campamento, ella se había hecho su amiga y cuando se veían durante las reuniones de la hermandad se la acercaba para charlar, y era tan pesada como Josefina. Ahora que sabía dónde trabajaba, la iba a molestar todos los días.

— ¡No hables con la boca llena! — Eso le gritaba Khieu, al ver que ésta la intentaba hablar con la boca repleta de comida. Noemí le dijo que vale, después de que casi se iba a atragantarse. Cuando terminó, empezó a hablarle de todo lo que le pasó, su ruptura con su novio y todo eso. Eso le molestó a la satánica, quién nunca lo había tenido, y deseaba que se callara, poniendo más atención en los clientes que a ella.

— ¿Tú conoces a algún chico guapo? — Eso le preguntó finalmente Noemí, tras consolarse. Khieu se quedó callada, quería decirle que si hubiera conocido a alguien así pues no se lo daría a ella, a la vez que pensaba que todos los hombres que ha visto eran feos o raros. Le entraron ganas de llorar, cuando se dio cuenta de que solo atraía bichos, en vez de guapetones. Entonces se acordó de Mao, quién el día anterior se trajo a su puesto a uno muy hermoso.

— ¡Vamos di algo! — Eso le decía Noemí, cuando vio que la ignoraba, mientras Josefina le decía por el oído a Malan que lo sabía, ella se iba a buscarse otro chico.

— Yo…— No quería decírselo. —…en verdad, no…— Le mentía Khieu, sonriendo nerviosamente, mientras se tocaba los dedos compulsivamente a la vez que sudaba como un cerdo.

— ¡Te conozco, cuando mientes te pones así! — Eso le dijo a continuación, con jactancia, Noemí, mientras Malan y Josefa se decían que Khieu mentía de una manera bien obvia y que no hacía falta conocerla para saberlo. Ésta, al sentir la presión, tuvo que confesar.

— Mao se trajo un indio realmente guapo ayer, parecía como si salía de la revistas Junior Boy. Y él me trató como si yo fuera una princesa, era un verdadero caballero. Y vestía de una forma elegante y sensual. Y su voz y movimientos eran tan masculinos… — Ella lo decía como si estuviera delirando, reía y sonreía de placer, imaginándose ese encuentro mucho más irreal y perfecto de lo que había sido realmente.

— ¿Y por qué estaban juntos? — Eso preguntaba Malan, poniendo una cara muy preocupada, dándose cuenta de quién era esa persona. Estaba pensando cosas que no debía y llegando a sospechar que pudieran tener una relación más allá de la amistad.

— ¡Oh Dios santo, esto puede ser…! —También Josefina se lo imaginaba. — ¿¡Amor!? — Y se estaba emocionando.

— Se lo pregunté y Mao me dijo que solo eran amigos. — Les respondió Khieu, que volvió a la normalidad. Malan se sintió aliviada, dando incluso un suspiro de tranquilidad; Josefina se decepcionó y lo primero que hizo Noemí fue salir corriendo a la casa del chino para pedirle un gran favor.

— ¡¿Adónde vas, hermanita!? — Le preguntaba Josefina muy sorprendida por su reacción. Mientras se alejaba a toda velocidad del puesto, ésta le respondió: — ¡Voy a ver a Mao, tengo que conocer a ese chico! —

— ¿¡En serio, se lo quiere ligar!? — Khieu se quedó de piedra, al ver como salió corriendo.

Sintió rabia al ver que había ayudado a una chica a buscar ligue, mientras ella estaba ahí, ayudando a sus padres en un puesto de comida, sola, sin nadie que le dijese que la amaba ni que le hiciese cosas pervertidas o verse juntos maratones de películas gore. Al pensar en todo eso, tuvo pena y tristeza por ella misma, entrándole ganas de llorar.

— Eso siempre hace, pero no te preocupes, Satánica, no aguantarán ni medio año. — Le mencionó Josefina mientras la estaba pagando. Khieu protestó, le decía por enésima vez que no la llamara así.

Josefina y Malan fueron andando tranquilamente hacia la casa de Mao, mientras Noemí, al llegar al barrio corriendo, se perdió y tuvo que ser socorrida por las niñas.

Mientras tanto, en la casa de Mao, nada especial estaba ocurriendo entre sus paredes. Él miraba la tele indiferente, como si fuera absorbido por ella. Las gemelas llevaban a Alsancia al cuarto de baño, porque a la napolitana le entraron ganas de vomitar, después de escuchar lo que hacían las mujeres del pueblo de su madre para enamorar a un chico, que era nada más ni nada menos que echarle en la cerveza o en el café, cuatro gotas de su propia menstruación. Eso fue pura invención suya, pero no esperaban que fuera a pasar aquello. Jovaka también lo escuchó, a pesar de que había tapado los oídos, y lo intentaba olvidar. Clementina y Diana dormían plácidamente en su habitación. Leonardo también se echaba una siesta en su lugar de trabajo.

Entonces, la africana, la mexicana y su hermana entraron a la casa como si fueran huracanes, rompiendo la supuesta tranquilidad que había en el hogar.

— ¡Mao! — Gritó Noemí su nombre, tras abrir la puerta de papel del salón y éste contesto, sorprendido de tal aparición. — ¿La hermana de Josefina? — Se quedó mirándola, mientras Josefina y Malan entraban. — ¿Qué quieres? —

— Preséntame a ese chico tan megaguapo. — Eso le respondió y todos los de la sala, salvo las que habían venido, se quedaron preguntándose qué quería decir ella con eso.

— ¿De qué estás hablando? — Le preguntó Mao, muy extrañado.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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