octogésima_séptima_historia

La sicaria: Última parte, octogésima séptima historia.

Al día siguiente, la llamé y le dije que viniera a su antigua casa para decirle algo muy importante. Ella me dijo que tenía que trabajar y hasta las seis de la tarde, no saldría del trabajo. Yo le expliqué que no había problema, que la esperaría hasta que llegará. Eran las siete de la mañana y estuve allí hasta que apareció.

— ¡Perdón, perdón, por llegar tarde! — Me dijo al llegar. Estaba exhausta, ya que vino corriendo. Se puso de rodillas y apoyó las manos sobre ellas para descansar. — ¿Qué querías decirme? — Añadió, después de descansar un poco. Yo, incapaz de decirle algo, le señalé hacia su jardín, mientras me dirigía hacia ahí, pasando en medio de las ruinas de lo que fue hace meses su hogar.

— No lo entiendo, ¿qué pasa? — Eso me preguntó a continuación, al seguirme y llegar al punto en dónde yo creía que estaba el cuerpo de su madre.

— ¿Quieres saberlo? — Fue lo único que se me ocurrió, siguiendo incapaz de decirle, aunque fuera indirectamente, que debajo de nuestros pies estaba el cadáver de su madre.

— ¿El qué? — Por la cara que ponía, era normal que le parecía raro y hasta aterrador lo que estaba diciendo yo. Seguro que se preguntaría qué me estaba ocurriendo.

— Lo que hay debajo de nuestros pies. — No pude dar una mejor respuesta. Me fastidio, ser incapaz de decirle la verdad con mis propias palabras y decidí cavar, que, por algo, llevaba una pala. Se quedó callada, mirándome.

Primero tuve que quitar la nieve que había, para llegar a la misma tierra y seguir cavando en él, todo lo rápido que podría. Por lo bruta que fui en aquellos momentos, me hice daño el hombro.

— ¿Estás bien, Lafayette? — Me preguntó, y se le oyó bastante preocupada.

— No importa. — Le respondí, antes de continuar cavando, yendo con mayor tranquilidad esta vez.

Entonces, noté que la pala topó con algo, que ni era una piedra ni pura tierra, y supe lo que era. Lo introduje de nuevo, para sacarlo mejor. Al hacerlo, saque una mano que salió volando, para caer, a nuestro lado.

— ¿Qué es eso? — Eso soltó Malia con conmoción, después de gritar y caer de culo en la nieve. Lo miraba con horror y yo con uno de asco. Estaba podrida esa cosa, ya que olía fatal, la carne se estaba descomponiendo y todo tipo de bichos salían de él. Lo que pasó a continuación fue que ella se puso a vomitar, dándome más nauseas de los que tenía. Aún así, decidí seguir excavando y sacar el cuerpo entero.

— ¿Qué está pasando? — Eso me dijo, incapaz de superar el shock, cuando quite toda la tierra que estaba encima de lo que quedaba de su madre. Ella no miraba hacia eso, así que tuve que señalarse.

— Esto es lo quería decirte.  — Al ver su cara, me empecé a arrepentir de lo que hice. Parecía que le iba a dar un horrible ataque de corazón o se iba a desmayar de un momento para otro. Era bien obvio que aquello la traumó, tal vez de por vida; aún así, tenía que decirle y señalarle que su madre estaba ahí.

— No puede ser…— Eso decía, al mirar hacia a mí. — Es imposible…—Se acercó rápidamente hacia al cadáver. — ¿Mamá? — Se le empezó a llenar los ojos de lágrimas.

Su estado era igual de lamentable que su mano, apenas se le reconocía. En algunas partes de su cuerpo solo había hueso, ya no tenía ojos y no se veía ningún rastro de ropa. Me sentí bastante mal al verla. Malia rompió a llorar amargamente, sacando como si no hubiera mañana aquel cuerpo de la tierra y abrazarla desesperadamente, gritando su nombre sin parar. Era la primera vez, en toda mi patética mi vida, que estaba sintiendo unos sentimientos tan horribles y solo miraba hacia al otro lado, intentando ignorar aquella fea y triste escena, aunque era en vano. No aguantaba observarla de esa manera, ver que le lloraba desconsoladamente, mientras lo abrazaba, a un muerto, que fue alguien muy querida para ella, a pesar de lo desagradable que era.

— ¿Quién te hizo esto? — Gritaba Malia sin parar. — ¿Por qué te han hecho esto? — No paraba. — ¿Por qué, por qué, por qué, mamá, por qué? — Con cada palabra que decía abrazaba a aquel cadáver cada vez más fuerte.

En cierta forma, me sentí como una intrusa en una escena de un teatro, una actriz que no debería estar ahí. Por eso, estaba tan incómoda que decidí irse, dejarla sola para que se desahogará. Pensaba que, en momentos como estos, me gustaría que me dejaran sola, y creía que ella también lo quería. Así que cogí la pala y me di la vuelta, alejándome de Malia.

— ¡Lafayette! — Entonces, ella me gritó.

— Esto me lo dijo un pajarito, el más horrible de todos los que existen en este planeta, no sé más. — Eso le dije, pensando que me quería preguntar el porqué sabía esto. Yo no se lo podría decir directamente, creyendo que esa idiota de Elizabeth hiciera alguna locura con Malia si se enterara de que le dije la verdad.

— Eso no es…— Me equivoqué. — ¡No te vayas, por favor! — Fue una petición desesperada, por su parte.

— ¿Por qué? — Eso le pregunté, mientras me detenía.

— E-es solo un deseo egoísta, pero no quiero estar sola, no ahora. — Decía entre sollozos. — P-perdón si eso te molesta…—

— N-no es eso. — No me atreví a decirle nada más inteligente. — Pero si quieres, me quedo.

— Gracias. — Concluyó Malia, mostrándome una débil sonrisa de agradecimiento.

Entonces, empecé a acercarme a ella, mientras pensaba si se imaginaba que si la culpable de que su madre estuviese ahí, muerta y enterrada en el jardín, fuera su propia hermanita, Sasha. Porque Elizabeth lo cree, yo también, y creo que todo que observarse las pruebas vería que es eso. Si lo pienso bien, supongo que Malia lo negaría, siempre lo haría. “Es inocente hasta que se demuestre lo contrario”, eso seguro que lo diría.

Al llegar hasta Malia, ante a aquella chica que lloraba a mares mientras abrazaba a un cadáver, sentí ganas de consolarla, pero no sabía el cómo. Me era insuficiente quedarse junto con ella, así que pensé en alguna forma de darle apoyo, aunque sea una estupidez. Entonces, me sentí muy extraña, como si no fuera yo misma, porque Marie Luise Lafayette jamás haría algo por otra persona. Pero esa era mi antiguo yo, la de ahora ya sentía empatía y sentimientos hacia una persona. Por todo esto, la abracé:

— ¡L-lafayette…! — Eso dijo muy sorprendida, cuando la abrazada como ella lo hacía con aquel cadáver.

— ¡Solo tengo frío, nada más! — Le solté como excusa, porque me pareció muy vergonzoso decirle que quería abrazarla para consolarla de alguna manera.

Y ahí ella dejó de abrazar al cadáver, para hacerlo conmigo. Así estuvimos un buen rato, mientras la luna ya estaba en el cielo y el sol ya se escondió; hasta que ella dejará de llorar y llamará a la policía, quitándome del medio.

— ¡Felicidades, Lafayette! Por fin, has hecho a la perfección la misión que te encargue. — Eso me dijo Elizabeth, cuando volví a mi casa y me llamó; lo decía con un tono de pura euforia que me ponía más asqueada de lo que estaba.

— Por cierto, ya me entro curiosidad, ¿a quién maté, realmente? — Solo sabía que intentó matar a la pequeña Zarina y fracasó la muy payasa, pero no me interesó hasta en aquel momento, porque ni me importaba. No sabía de dónde saque el deseo de saberlo a estas alturas.

— ¿Hablas de esa idiota? Solo fue una mosca que intentó matarme, solo era eso. Comparada con su padre…— Eso me respondió, diciéndome lo que ya sabía.

— ¿Conocías a su padre? — Le pregunté.

— Un estúpido perdedor que luchaba, o eso creía, por causas sin sentido y que cometió un enorme error que le costó su vida,… — Se quedó callada, antes de añadir esto: —…y mi ojo…— Me quedé pillada al escuchar eso del “ojo”, no entendía lo que quería decir.

—Ya veo. — Concluí a continuación, solo por decir algo, ya que sabía que ella no iba a soltar nada más.

— No era nada importante, solo me vengue y acabé con una futura amenaza. — Y con esto dicho, terminó la llamada.

— En fin, sea lo que sea, ya está muerta. — Sin que tuviera la decencia de decirme que iba a colgar, dejando que yo hablará sola sin darme cuenta. Al ver lo que hizo, tiré el teléfono al suelo, bastante molesta.

Entonces, me acerqué a las ventanas y empecé a mirar el paisaje nocturno de la cuidad, poniéndome a pensar si fue correcto enseñarle a Malia que su madre estaba muerta o no, porque me arrepentía de haber hecho eso.

FIN

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La sicaria: Cuarta parte, octogésima séptima historia.

Si por aquellos días estaba bien “emo”, me puse aún peor en los siguientes. Pero eso no me impedía a hacer mi trabajo, porque lo hice muy bien; y tenía que reconocerlo, aquel descabellado plan que hizo Elizabeth había funcionado, demasiado para mi gusto.

— ¡Entra, entra, no hay mucha gente en la comisaría! — Eso me decía alguien que iba con traje de policía. Yo había entrado en el garaje, sin preocuparme de que las cámaras me iban a verme. Por suerte, no había nadie, salvo él, quién vigilaba la puerta de las escaleras.

— ¿Así que tú eres la que mandaron? — Eso me preguntó. Parecía de todo, menos policía.

— ¿Eres un poli? — Le dije extrañada, preguntándome por qué estaba ayudándome.

— Yo haré el resto, borraré todas las huellas. No hablemos más. — Y con estas palabras me dio unas llaves y un mando, que me dijo que era para abrir la puerta de la celda; y entré, pensando que aquel hombre era un estúpido corrupto que obedecía a la perra de Eliza. La verdad, no le di importancia y caminé con cuidado por aquel lugar. Me dieron los planos y memoricé dónde estaban los calabozos, que, por suerte, solo estaba la persona que iba a matar. Tuve una increíble suerte, ya que nadie me encontró. En cierta manera, me sentía extraña, porque iba a matar a alguien que no tenía nada que ver conmigo, que podría haber matado a la enana de la Zarina, si no fuera tan estúpida.

— Por Dios, me ha tocado una loca…— Eso dije en voz baja, al entrar a los calabozos, y oír como alguien estaba riendo como chalada. En cierta forma, era una pura ironía que yo dijera eso. A continuación, se calló de repente,  seguramente por oírme, mientras yo me acercaba a su celda, observando el mando que me serviría para abrirlo. Al llegar, eso hice.

— ¿Quién eres? — Eso me preguntó aquella chica. Era una puta asiática, con cara de lerda, que me recordaba mucho a la maldita de Mao, llevando un traje carcelario. Me hizo mucha gracia, porque me imaginaba a aquella china desgraciada en la cárcel. Se puso a temblar, al verme, y me quedé observándola, sin decirle nada.

Y de repente, empecé a acordarme de Malia, así sin más. Me la imaginaba poniéndose delante de ella, deteniéndome y suplicándome que no lo hiciera. Si supiera lo que iba a hacer en ese momento, ¿seguiría aceptándome? ¿Se arrepentiría de haberme salvado?

Se me quitaron las ganas de hacer tal cosa, no deseaba matar a esa chica, porque no podría mirar a Malia a la cara. Seguro que pensaba que yo había cambiado, que me volví buena. Nada más lejos de la realidad, me había vuelto peor de lo que era antes. ¿Para esto era se había sacrificado para salvar mi vida? Me di mucho asco, pero no tenía remedio. Entonces, me había dado cuenta de que definitivamente yo no tenía salvación, ya hacía tiempo que estaba condenada.

— ¿Quién eres? — Eso me preguntó aquella chica por segunda vez. Me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo y me quité todas esas tonterías, hasta que terminará el trabajo.

— ¿Qué quieres? — Eso me gritó, cuando le mostré el cuchillo que escondía, para que se diese cuenta de mis intenciones. Y solo dio unos pasitos para atrás, hasta chocar contra una pared, y empezó a gritar a los guardias sin parar.

— No te oirán. — Le decía con una voz de ultratumba. — Todos se han ido a una fiesta, a celebrar un nacimiento. — Le solté eso por decir algo, pero era algo bien estúpido.

— ¡Esto es una negligencia, deben de tener, por lo menos a uno, para vigilar la celda! — Eso empezó a chillar la nena, mientras yo me acercaba hacia ella.

— No es nada personal, pero debo matarte. — Concluí, mientras me preparaba para matarla. Iban a ser las últimas palabras que ésta iba a oír.

— ¡No lo hagas! ¡No lo hagas! ¡Por favor, te lo pido! — Entonces, se puso a gritar y a llorar sin parar, desesperadamente, creyendo que así podría cambiarme de idea. Me dije mentalmente que eso le pasaba por no haber matado a Elizabeth. Le hinqué el cuchillo en todo su estomago y esa perra ni se defendió, empezó a gritar de dolor, cayéndose al suelo. Se tapaba la herida con sus manos mientras pedía ayuda sin parar. De verdad, me estaba empezando a doler la cabeza con su estúpido griterío.

— ¡Qué escandalosa eres! — Eso le decía, mirándola unos segundos, antes de tirar el cuchillo al suelo e irme de allí.

— ¡Ya he terminado mi trabajo! — Me sacudí las manos. — Te dejo esto. — Le tiré mi cuchillo. — Después de todo, hagan las pruebas que hagan, todos decidirán que esto será un suicidio. — Eso era lo que pensaba la perra de Elizabeth, conseguir que cerrasen el caso de su asesinato como un suicidio. Y con esto dicho, cerré la puerta con el mando y me fui, dejándola morir. Salí con tranquilidad de la comisaría, para luego correr como loca por las calles.

— ¡Maldita sea, maldita sea! — Eso gritaba mientras corría por la cuidad, incapaz de creer lo que había hecho. Era una noche tan helada que mi sudor que recorría mi cara se congelaba, pero, aún así, seguía corriendo con gran histeria.

— ¿Por qué, por qué? —Gritaba sin parar. Eso me preguntaba, por qué había terminado de esta forma, porque mi estúpida vida siempre terminaba así, ¿qué había hecho para llegar a este punto?

— ¿Por qué, Dios, Alá, Buda, Zeus, estrellas, lo que sea, por qué me han castigado a mi? ¡Contesten, sea lo que sea la cosa que domina el puñetero cielo! — Eso grité a pleno pulmón, a aquel cielo sin estrellas, y como era normal, no recibí respuesta alguna. Caí al suelo de rodillas, por puro cansancio.

Si no tuve respuesta de los que mandan arriba, ya sea porque le importan una mierda o no existen, tenía que buscarlo en otra parte, en mí. Ahí lo encontré. Nadie me castigó, ni siquiera el karma, todo era mi culpa. Yo fui la misma causante de mi desgracia. ¿Por qué? Lo pude entender, en aquel momento. Yo buscaba desesperadamente algo que me llenará, que me hacía feliz.

Mi vida era una mierda, mi madre era una subnormal  y yo fui fruto de su estupidez, naciendo como una bastarda. El que sería mi padre me rechazó y el verdadero me lo quitaron del medio. Aquella payasa solo le importaba ella misma y a mí me trataba como un lastre. Es normal que, al ver a los demás ser felices con sus papás y con sus vidas, me daba tal envidia que solo deseaba hacerlos sufrir. Por eso, les pegaba a todos sin compasión, perdiendo la oportunidad de tener amigos.

Tal vez, la amistad hubiera sido mi única salvación, pero mis mismos actos me lo impedían. Infeliz, solo me hundía cada vez más en el barro, llegando al punto que ni soportaba ver a los niños ser felices con sus amistades.

Y puede que por esa razón, odié a Nadezha y Mao, con su empalagosa amistad. Aunque me daban asco, en el fondo de mí, deseaba actuar como ellas, con alguna amiga. Quería tener una, pero jamás lo admitiría.

Al final de todo, amargada, busqué algo que me podría ser feliz, que me llenaría, lo intenté con el dinero y las posesiones. Siempre robaba a los demás, ya sea dinero o algún objeto, pero eso no me llenó. No sirvió para nada, acabé peor que nunca, llegando a odiarlo todo, al lugar dónde vivía, a todos los que conocía y a mí propia identidad. Deseaba irme lejos, para volver a rehacer mi vida. Es gracioso que la búsqueda de un tesoro hizo que yo terminara en el Zarato. Un lugar en dónde no era nadie y me hice un nuevo nombre. En aquel tiempo, conocí el poder y pensaba que había encontrado mi lugar, pero todo fue una ilusión. Y ahora, tras una vida de errores, me di cuenta de cuál era mi problema, era yo misma.

— ¿Por qué no me di cuenta antes? — Eso me decía, empezando a reírme como loca. — ¿Por qué tardé tanto? —

Si tan solo me hubiera dado cuenta antes, yo no había acabado de esta manera, hubiera sido feliz y sería “salvada”. Ya era demasiado tarde, ya estaba demasiado hundida, en el fondo de un asqueroso y profundo mar, y seguía descendiendo. Y todo por mi culpa. Ni de mis padres, ni de mi familia, ni de los demás, ni siquiera de la sociedad. Decir eso, solo sería estúpidas excusas. Entonces, me pregunté esto:

— ¿Por qué, Malia, por qué llegaste tarde? —

Si tan solo nos hubiéramos conocidos en la primaria, me podría haber salvado. Tendería su mano, sin importa lo borde o violenta que estuviese con ella, hacia a mí, con una sonrisa. Me imaginaba un mundo feliz, en que éramos unas niñas, en que Malia sería mi mejor amiga. Ir de compras juntas, hacer las tareas, ayudarnos las unas a las otras, apoyándonos mutuamente. Un lugar en que yo había sido salvado de mí misma. Si tan solo nos hubiéramos conocido cuando aún no estaba perdida del todo.

— ¡Puta mierda! — Eso grité con todas mis fuerzas hacia al cielo, rabiosa; y mentiría si dijera que no estaba llorando.

Pasaron varios minutos, mientras lloraba como una magdalena y reía como una desquiciada. Ya ni sabía si estaba aliviada o destrozada por aquella revelación, ni podría asimilar todos los sentimientos horribles que pasaban por mi puta cabeza. Tardé mucho en asimilar esto. Cuando me levanté del suelo, sentí una ganas enormes de volver a verla, a la única persona que acepté, a mi amiga. Y decidí enseñarle la verdad, de que su madre estaba muerta. No importa lo doloroso que era, porque me di cuenta de que Malia se levantaría, y mantenía aquella sonrisa, que deseaba volver a ver.

— ¡Qué asco, me veo tan lamentable! — Eso me decía, mientras empezaba a correr hacia lo que quedaba de la antigua casa de Malia.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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La sicaria: Tercera parte, octogésima séptima historia.

Cuando desperté, vi que no estaba en mi casa, sino en otra, mucha más pobretona y pequeña que la mía, siendo el salón del lugar que me dio Eliza para vivir más grande que esto. La cama en dónde yo estaba durmiendo parecía muy degastada y el cuarto en dónde estaba era muy pequeño, solo tenía una pequeña mesita de noche y un horrible armario, los dos igual de degastados. No había apenas decoración y detrás de mí estaba la ventana, en dónde se visualizaba el barrio en dónde se situaba este lugar. Edificios de apartamentos, viejos y algunos de ellos siendo restaurados. Calles llena de gente de orígenes humildes, con cachivaches como coches aparcados en cada lado de la acera. Con gritos y vecinos hablando en las puertas de los bares, pero limpios de suciedad, sin rastro de drogadictos y de maleantes. Al observar todo esto, recordé que estaba en el nuevo hogar de Malia. Me levanté y salí del cuarto rápidamente. Buscaba su rastro, pero solo encontré una nota en su nevera.

Perdón por no despertarte, pero no me sentía incapaz. Me he ido a mi trabajo, así que dentro está tu desayuno. Espero que te sea muy deliciosa. Volveré muy tarde, así que te he dejado unas llaves para ti por si necesitas ir a mi casa.
Malia.

Me sorprendía la confianza que tenía en mí, siendo capaz de dejarme en su casa y darme una copia de sus llaves. Mientras comía lo que dejó preparado en la nevera, a la vez que pensaba qué ropa ponerme, porque yo estaba en bragas y solo llevaba una camisa suya; me puse a recordar todo lo que me ocurrió la noche pasada con ella.

— Me alegra mucho de volver a verte, la verdad. — Eso me dijo, mientras andábamos por las solitarias calles del barrio. Ella me invitó a su casa y, a pesar de que intenté negarme, acepté.

— Yo… — Quería decir que también estaba feliz de verla, pero, por mi orgullo, no hice eso. —…solo pasaba por aquí. — No quería que oyera esas palabras por mi voz.

— ¿Me estabas buscando? — Esa pregunta fue demasiado repentina, me dejó boquiabierto, preguntándome por qué soltó tal cosa.

— No, exactamente. — Aún cuando deseaba buscarla, no me atrevía, así que esa respuesta era la verdad. Pero me puse tan roja y alterada, poniendo a mirar hacia otro lado para que no me viera, que seguramente pensó que era bien obvio que la estaba buscando. Y a Malia le hizo mucha gracia, se soltó unas risitas. — ¿Y ahora dónde vives? — Rápidamente cambié de tema.

— Alquile un piso, cerca de la estación central, bastante barato. Ahora estoy trabajando en un puesto de comida rápida. No me pagan mucho pero estoy conforme. — Eso lo decía poniendo una gran y radiante sonrisa en la cara, a pesar de que lo había perdido todo. Tuvo que iniciar una vida nueva, que era tal vez peor que la suya. Por eso, no entendía cómo podría estar así de tranquila y calmada.

— ¿Y no has conseguido dinero con lo de tu casa quemada? Debería tener un seguro o algo así. — Sentía ganas de ayudarle.

— Ese dinero aún tardará mucho en venir. Tal vez, incluso años. De todos modos, lo guardaría y solo lo utilizaría para cosas importantes. — Intenté darle unos dólares que saqué de mis bolsillos y se lo ofrecí, pero se negó, con mucha amabilidad y dándome las gracias.

— Debe ser duro, supongo. — Le dije eso a continuación.

— La verdad es que sí, pero es lo que hay. — Dejó de sonreír, por unos segundos. — Aún no han encontrado a mí madre y a mi hermana. Seguro que están vivas, no hay que perder la esperanza. Por eso, voy cada día a la comisaria, por si había alguna pista de ellas. — Intentaba sonar más alegre y motivada de lo que realmente estaba, se hacía la fuerte.

— ¿Y has encontrado algo? — Eso solté y ella se puso triste de nuevo, por unos segundos. Sentí que metí la pata al decirlo.

— Nada de nada, pero no me voy a rendir. — Malia me respondió a toda velocidad, mientras ponía una forzosa y dolorosa sonrisa, antes de mirar con esperanza al cielo,

Yo me sentí peor, porque sabía que las dos estaban muertas, por lo menos una, y todas sus esperanzas eran inútiles. Pensé que si ella se enteraba, se hundiría al completo. Ya le habían pasado muchas cosas horribles para rematarla con ésta.

Por eso decidí, para proteger esa sonrisa, ocultarle aquel hecho y no volver a excavar en su jardín, para confirmar que aquel cadáver era el de su madre.

— Supongo que eso está bien. — Yo añadí con una simple y estúpida conclusión. Después de eso y tras mucho andar, habíamos llegado al edificio en dónde se alojaba ella.

— ¡Vaya birria de lugar! — Le decía yo subíamos por la escaleras, ya que el ascensor estaba roto. Según ella, llevaba un año roto y nadie quería repararlo.

— Pues a mí me parece acogedor. — Me replicó.

Al llegar su casa, me sorprendí que ella viviera en tal sitio, estaba hecho polvo, a pesar de que lo tenía muy limpio y el hecho de que se notaba que había pintado las paredes recientemente. Me senté en sofá, que estaba totalmente hundido y ella me preguntó qué quería de cenar.

— ¿No es un poco temprano? — Le respondí, antes de que mi propia barriga me contradijera, empezando a dar ruidos, pidiendo comida.

— Pues, tu estomago no dice lo mismo. — Eso dijo, tras soltarse unas risitas, y yo me puse algo roja. — Cualquier cosa estará bien. — Añadí avergonzada.

Pensaba irme rápido de ahí, pero me quedé un poco más, por comer su comida, que estuvo muy rica; y luego no rechacé su invitación para bañarme. Tras eso, no me dejo irme, ya que decía que era muy tarde y que debería dormir en su casa, y lo hice. Aunque recuerdo que me quedé en el sofá, viendo la tele sin voz alguna, y nada más.

— Tal vez, debería irme. — Eso concluí cuando terminé de comer y me cansé de recordar, al ver en el reloj de pared que eran las once y media de la mañana.

Al final, salí, para deambular por las calles. Llevaba la capucha puesta para que nadie me reconociera, aunque ningún conocido se daría cuenta por mis pintas, pero lo hacía para asegurarme. Pensaba en cómo iba a cometer aquel asesinato que me mandó esa perra de Elizabeth, y casualmente, mientras paseaba por un parque, apareció ella, detrás de mí.

— Parece que, al final, no has podido hacerlo. — Eso me soltó, con su irritante indiferencia. Me sorprendió y tuve que mirar hacia atrás para ver quién me hablaba.

— ¿¡Qué haces aquí!? ¡Casi me has dado un susto de muerto, maldita! — No deseaba verla tan pronto. Bueno, ni eso ni nunca. No la podría soportar, ni verla en una foto. Puse una cara de asco.

— Solo estaba comprobando si podrías hacer tu trabajo perfectamente.  —Me replicó, mientras acariciaba su pelo de forma aristócrata, mirándome con esa cara de superioridad que tantas nauseas me provocaba.

— ¡Qué impaciencia, la tuya! — Me quejaba. — ¿Y qué querías decir con eso de que no he podido hacerlo? — Deseaba saber qué querían decir esas palabras que soltó.

— Desenterrar lo que estaba en su jardín. — Estaba hablando del supuesto cuerpo de la madre de Malia, enterrado en su jardín.  — ¿No era eso lo que dijiste que ibas a hacer? — No podría negar eso.

— He cambiado de idea, no quiero ver eso y hacer que ella descubra que su madre está muerta. — Eso sería darle el golpe de gracia a Malia, sentía que ella no podría soportarlo. Con esto en mente, ni siquiera quería escuchar lo que dijo a continuación Eliza:

— ¿Entonces, vas a seguir que conserva aquellas falsas esperanzas, que siga creyendo en una mentira? — La muy perra soltó unas risas, como si fuera algo gracioso, y eso me ponía más cabreada de lo que estaba. Quería arrancarle la lengua.

— No es una mentira, porque no lo sabe. — Le grité. — En realidad, nadie sabe sí está enterrada ahí o no. Podrías haberme mentido. — Y eso le solté, siendo lo único bueno que se me ocurría para defender mi decisión.

— Pero podrías demostrar que no miento, desenterrándola; ¿o es que  piensas seguir creyendo en una falsa esperanza, no abrir la caja para comprobar si el gato está vivo o muerto? — Miré hacia al otro lado, escuchando cómo ella me contradecía. Solo le decía pendejadas y yo lo sabía muy bien.  Y la maldita aprovechó para cachondearse de mí, usando un horrible tono de pura burla, mientras me decía cosas que ni entendía.

— ¿Qué gatos ni que leches, por qué me sacas esa mierda? — Yo le grité, incapaz de buscarle sentido lo que decía, con eso de que un estúpido gato está muerto o vivo.

— El experimento del gato de Schrödinger, sería algo imposible para ti entenderlo si te lo explicará. — Apreté los puños, al escuchar que me estaba llamando estúpida, otra vez.  — En fin, haz lo que quieras. De todos modos, tarde o temprano lo sabrá, y tendrá que aceptar la realidad. Estaría bien hermoso que se derrumbará, como un castillo de naipes. — Y soltó unas risas más. Tuve que controlarme, o si no, la destrozaría la cabeza en mil pedazos. Además de insultarme, decía esas horribles cosas hacia a Malia.

— Me encantaría destrozarte la cara. — Eso lo dije con todo mi corazón, mientras ella se acercaba a mí.

— ¿Qué piensas conseguir con eso? De todos modos, esa idiota ya está sufriendo con la desaparición de su madre y el de su hermana. No va a cambiar nada que estén muertas, solo que ya no hay esperanza de verlas vivas, por lo menos a una. — ¡Qué ganas tenía de arrancarle aquella sonrisa burlona y desagradable a arañazos o a pedradas!

— ¿Y entonces qué debería hacer, maldita idiota? — Eso le pregunté, poniendo la misma cara que ella.

— Deja los insultos para luego. Eso depende de ti, elegirlo o no, no es de mi incumbencia. Pero ten en cuenta esto: elijas lo que elijas tendrá sus consecuencias negativas. — Entonces, pasó por mi lado. — Pero antes de todo, no he venido aquí para charlar, he cambiado el plan que vas a seguir.  — Y me había dado una carta en que me decía qué tenía que hacer para asesinar a aquella chica. Al leerlo, me pareció increíblemente gracioso y me preguntaba si podría funcionar. Pero tenía que hacer caso sus órdenes, por desgracia mía.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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La sicaria: Segunda parte, octogésima séptima historia.

Jamás de los jamases, podría imaginarme estar manteniendo una conversación normal y corriente, mientras tomaba un café con leche, en el salón del palacio de la persona que yo más odiaba y que más deseaba verme muerta, como si fuéramos amigas.

— ¿Has pensando una vez que animal podría representarte? — Sí, la mismísima Elizabeth von Schaffhausen me preguntaba sobre esto, un tema de lo más aburrido posible, mientras se tomaba un café mil veces más fuerte que el mío. Parecía que teníamos una amistad, aunque en realidad, bajo la superficie, nos odiábamos a muerte. Surrealismo total.

— ¿Por qué no una serpiente? Tienen fama de ser muy cabronas. — Eso era una indirecta mía para decirle lo despreciable que era y se lo tomaba muy bien, la desgraciada se puso a reír. Le hacía gracia eso.

— Me parece bien. Un ser que puede engañar y conducir a los inocentes hacia al mal. Es hermoso, en cierta forma. — Lo decía mientras se ponía orgullosa, como si le hubieran hecho un puto halago.

— Y pues tú…- Empezó a pensar que animal era yo. — Un toro. Un animal violento y estúpido, que embiste cuando le provocan y suelta una furia abrasadora del que nadie escapa. — Esperaba que me dijera algo insultante, ignorando que me llamará subnormal indirectamente, pero me parecía bien ese.

— Hablando de otro tema. — Se aburrió hablar de animales. — ¿No te pasaste un poco? Te dije que solo desmayarás a ese payaso, pero lo mataste a golpes, a él y a todos sus compañeros. — El resultado de mi primer trabajo como sicaria, mandar al hospital a unos idiotas que no pidieron permiso a los Von Schaffhausen para traficar con droga en la cuidad.

— Lo que me paso es que me imaginé que ellos eran tú y pues fue tan efectivo que los maté a todos. — Era otra indirecta más para decirle que la deseaba bien muerta con mis propias manos, porque me pasé un poco con esos capullos. Alguno me pedía que no le quitara la vida porque tenía a una familia que mantener, otro me lloraba, diciendo que me iba a entregar todo su dinero a cambio de su vida; pero lo mandé todo a por culo.

No me arrepiento, esa gente se metió en eso porque quiso, utilizando excusas baratas para no sentirse hijos de putas, y esa era una de sus consecuencias. Haber pedido permiso, joder.

— La próxima vez que te mande una orden, hágalo bien, según como yo indique. — Eso me lo dijo como si fuera una amenaza. No, era una de verdad.

— No te prometo nada. — Eso le dije con burla, después de pedir más café y para hablarle de algo, que quería saber desde hace mucho tiempo.

— ¿Por cierto, dónde está Sasha Roosevelt? — Eso le pregunté. No había ni rastro de ella desde que había pasado todo aquello.

— Está desaparecida. — Eso dijo, tajante.

— ¿Y cómo llegó a ti? — Le mandé otra pregunta que me intrigaba, tanto como la desaparición de esa payasa de circo.

— Me pidió ayuda y yo se la di, a cambio de ciertas condiciones. Era mi cliente, y como tal no diré información privilegiada contigo. Salvo…— Cuando dijo eso último supe lo qué quería la puta de Elizabeth.

— ¿Dinero? — Era lo obvio.

— Por cien dólares, te diré algo. Por mil, algo más. Por diez mil toda la verdad. — Me preguntaba, con rabia, si podría ser como la gente normal y soltarme toda la verdad.

— Toma esto. — Le lancé un billete de cien dólares. — Y di lo que sea. —

— Ella apareció en mi palacio y me pidió un trato. Sabía dónde estabas y me ayudaría a encontrarse si le permitía hacer desaparecer un cuerpo y pruebas. — Eso dijo con toda la normalidad del mundo, como si estuviéramos hablando de algo normal.

— ¿¡Qué!? — Eso grité, impactada. — Eso significa que…—

— Pues sí, parece que había cometido un asesinato…— Y entonces movió la mano pidiendo más dinero para hablar y yo, intrigada, le di unos cincuenta dólares. — Ella nunca dijo que la matase, ni nos revelo nada, pero era obvio que lo había hecho. Había matado a alguien, en su salón, entre las cuatro y las ocho de la tarde. Después de eso, llegó a mi casa. —

— ¿Por eso quemaron la casa? — Eso dije, recordando cuando ardió la casa.

— Te pediría veinte dólares más pero bueno, sí. Con mis diversos sicarios pude hacer que quemaran la casa sin que nadie se diese cuenta de lo inevitable. Y queríamos dejar que el cuerpo se quemase, dentro, pero…— Tuve que darle mis últimos billetes para que terminara la frase, la muy perra me estaba dejando sin blanca.

— No quería eso, Sasha Roosevelt nos pidió cavar y enterrar el cuerpo, en su jardín. Algo ilógico cuando podríamos convertir su cuerpo en cenizas y casi una locura, sino fuera por los grandes árboles que tapaban la vista. De todos modos, hice lo que pude para evitar que buscaran algo en el patio, aunque ahora dará igual, ya que no sabemos dónde está la supuesta asesina. — Al terminar, pidió a los que les estaba sirviendo agua.

— ¿Qué quieres decir, exactamente? — Eso último que dijo me confundió un poco.

— Estoy muy segura de que Sasha Roosevelt está muerta. Ella no es como tú, que sabes cómo esconderte, me daría cuenta de dónde estaría. Es una simple niña que no sobreviviría sola por más enferma y loca que esté. No digo que esté muerta al cien por cien, pero hay grandes posibilidades de que no está viva. — Yo no podría aceptar eso, por Malia, quién iba cada día a la comisaria para saber si había noticias de ella, y cuando tiene tiempo libre lo utiliza para ese mismo fin. Eso escuché por otra persona, no lo pude comprobar por mí misma. No quería imaginarme lo que le pasaría si lo supiera, si de verdad esa idiota estuviera muerta. Pensar en que estaría realmente deprimida, tanto para perder su alegría habitual, me producía dolor, independientemente de lo que me decía a mí misma, que no entendía porque tenía esos sentimientos tan raros en mí hacia ella. Entonces, me acordé de alguien, de otra persona que esa chica buscaba sin cesar.

— ¿Y su madre? — Le pregunté dónde estaba, también perdida.

— Es muy fácil de entender, ¿quién es el cuerpo que nos pidió esa idiota esconder? — Me dieron escalofríos porque eso lo dejaba bien claro. ¿Qué es peor para ella que tener desaparecida a su familia? Qué la una matara a la otra. Malia no podría soportar eso, sería la gota que colmara el vaso.

— No puedo ser…Esa niña sí que está majara. — Era increíble lo que estaba escuchando, después de todo, y la muy perra de Elizabeth lanzó una molesta burla.

— Mira quién lo dice. Alguien que ha acabado con miles de vidas, sin apenas remordimiento. — No le podría negar eso, yo me había convertido en una especie de asesina en serie, tal vez. Pero, aún así, Sasha era una niña y la hermana de la chica más adorable que he conocido, pero, tras lo que pasó, parecía más un monstruo en pleno crecimiento. ¿Yo? Ya estoy bien formada, supongo. Me levanté, entonces, muy molesta.

— Voy a comprobarlo por mí misma, ¿me dejarás hacerlo? — Debía saber si había algún cadáver en el patio de la casa de Malia y si era de quién yo pensaba.

— De todos modos, yo ya he borrado todo nuestro rastro sobre eso, así que puedes hacerlo. — Eso dijo la enana, sonriendo como bellaca.

— Me esperaba un “no”. — Me sorprendió esa respuesta, la verdad.

— ¿Tú crees que me harías caso cuando te dijera una negativa? Lo harías indiferentemente de darte permiso o no. — Adivino lo que estaba pensando.

— Me da asco que me conozcas bastante bien. — Es horripilante que la persona que mas odies sepa tanto de ti, ya que sabe tus puntos débiles y los fuertes, tus fobias y tus manías. Y pudo dominarme como si fuera un perro, pero lo peor de todo es que yo la estaba conociendo cada vez, y cada día se me hacía más terrible que antes.

— Hay que conocer al enemigo para vencerlo. — Eso me decía, mientras empezaba a limpiar una de sus pistolas.  — Pero antes de irte, tengo una misión para ti.-

— Esta vez debes eliminar a alguien, a una estúpida que me intentó matar. — Entonces, pidió a unos de sus sirvientes a darme la foto de una chica y una nota para explicarme lo que tenía que hacer.

— Ahora me entero de eso, ¡qué mala pata que no lo consiguiera! — Eso decía, lamentándome que no la hubiese matado.

— Era prima o sobrina o lo qué sea de alguna amiga tuya. — Entonces, esas palabras me hicieron mucha, pero muchísima gracia.

— No lo recuerdo, ¿por qué será? Yo que recuerde no tengo amigas. — Eso dije con una ácida burla hacia a mí misma. Amigas, yo nunca tuve algo así, hasta que la conocí, a Malia. Suponía en aquel momento que tal vez mi supuesta amistad con ella solo era una dulce mentira que me creía.

Salí de su palacio y después, en un carro de caballos, de su Zarato. Tras volver a mi hogar, prepararme y esperar hasta la noche, me dirigí hacia la casa de Malia, o lo que quedaba de ella. Antes de salir, tuve que prometerle darle cien dólares para saber en qué zona del jardín enterraron el maldito cadáver, aunque iba a ser muy problemático con toda la nieve acumulada. Estábamos en diciembre y ya pasaron varias tormentas de nieve por aquí. Sería una búsqueda difícil, no solo por lo que he dicho, sino también por si alguien me viera excavar ahí, sería harto sospechoso.

Cuando llegué, vi con alegría como las luces de las farolas estaban rotas por el vandalismo, me iban a ayudar y me introduje en ese lugar consumido por el fuego, para encontrar el cadáver. Cogí la pala que traje y empecé a recordar lo que me dijeron.

— A los pies de un pino, joven, que estaba en el centro del jardín. — Eso fue las indicaciones, miré y no había ningún pino en el centro. El fuego fue tan fuerte que casi afectó a las casas de los vecinos. Así que, por instinto, me puse en el medio de ese lugar y cuando estaba a punto de usar la pala.

— ¿La…Lafayette? — Entonces, es cuando Malia me vio, que había llegado y estaba a los pies de su antiguo hogar. Nos quedamos mirándonos, hasta que ella empezó a sonreír y a llorar a la vez. Yo escondí la pala detrás de mí, mientras sentía dentro de mí múltiples sentimientos enfrentados. No quería que me viera, tanto por excavar en su jardín como porque no me sentía digna de vernos, pero a la vez estaba feliz de verla otra vez, quizás demasiado.

— Bienvenida, de nuevo, Lafayette. — Y esto me dijo, mientras se estaba limpiando las lágrimas, con las palabras más dulces que había escuchado en mi vida.

— He vuelto, Malia. — Y estas fueron mis palabras, antes de poner una gran sonrisa y acercarme a ella.

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octogésima_séptima_historia

La sicaria: Primera parte, octogésima séptima historia.

Hacía tiempo que no estaba durmiendo en tan buenas condiciones, desperté en una cama grande y blanca, aunque sus mantas no me gustaban porque eran de color rosa. Me había quedado sopa durante la tarde y cuando me levanté me dirigí hacía al salón, cuya única pared hacia al exterior era totalmente de cristal y veía desde las alturas la cuidad de Springfield, con sus luces tapando el de las estrellas. Estaba en el piso treinta y dos de un edificio de apartamentos, uno de los más caros y el más alto. Era ancho, tenía cientos de lujos, hasta un puñetero jacuzzi y lo único malo es que todo era rosita, de todos los tonos, hasta el maldito ordenador tenía eso. ¿Qué hacía yo ahí? Estaba condenada a morir, entre terribles sufrimientos, pero al final un ángel me salvó, más bien, yo la llamaría una idiota en toda regla. Así me quedé, atontada, observando aquella escena nocturna, mientras recordaba lo que me pasó el día anterior.

Me encontraba entre barrotes, con manos y pies encadenados, desnuda, salvo en la cabeza, que la tenía tapada con una molesta máscara. Llevaba horas de pie, sin poder agacharme ni moverte, teniendo un horrible dolor por todo el cuerpo, insoportable, que me hacía pensar en suicidarme. Me preguntaba cuanto tiempo estaría así hasta que me matasen de una puta vez. Ya había asimilado que mi fin estaba cerca, que vería a Elizabeth von Schaffhausen con una cara sonriente mientras observaba como eliminaban a la persona que mató a su madre y que intentó quitarle el trono. Eso era lo que más me fastidiaba, que había ganado y yo era la perdedora. Entonces, oí cómo alguien abría la puerta del calabozo. Esta cosa que tapaba el rostro no me dejaba hablar ni ver, así que no pude preguntar.

— Mi Señora quiere verte. — Reconocí esas palabras, era la puñetera esclava o marioneta o lo que sea de la Zarina, Ranavalona.

Dos o tres personas, no sé si mujeres u hombres, me cogieron y me hicieron caminar durante largo tiempo, obligándome con levantarme cada que me caía, porque las piernas me fallaban. Nunca creí llegar tan bajo, llegando al punto de andar desnuda por un palacio, con pies y manos maniatados, y sin poder ver por dónde iba. Al final, habíamos terminado en una habitación, ya que escuché como se abría una puerta.

— Quitarle la máscara. — Esa voz no la podría olvidar nunca, porque de la mismísima Elizabeth, La Zarina, quién les ordenaba a sus marionetas quitarme esa fastidiosa mascara, que fue todo un alivio.

— ¿Qué quieres? — Eso pregunté, incapaz de gritarla, pero con rabia, mirándola con odio.

— Pareces estar mucha más calmada que nunca. Mejor así, Lafayette. —

Se sentó en la cama, ya que estábamos en su cuarto, y me miraba victoriosa, como el que ve a su peor enemigo humillado y derrotado, que ese era mi caso realmente.

— Solo me das un trocito de pan cada día. Es normal que no tenga fuerzas para gritarte. Solo me interesa una cosa, ¿para cuándo me matas de una vez? — Al decirle eso, se puso a reír, mientras yo intentaba ponerme de pie.

— ¡Tu muerte! ¡Verte morir es lo que más deseo pero…! — Ponía como cara de tener fantasías, como si le ponía cachonda imaginarse cómo me asesinaba. Luego, se calló de repente, algo que me molestó, ya que quería que me lo soltara: — Pero, ¿qué? — ¡Qué lo dijera de una vez! Eso pensaba yo.

— He descubierto algo mejor, algo de lo que podemos beneficiar las dos juntas, ¿no crees? — Me quedé boquiabierta, no me enteraba de nada. — Sé perfectamente esa cara, apenas lo entiendes. — Me tiró, entonces, una hoja de papel.

— ¿Qué coño es está mierda? — Ella me hizo una señal con las manos, pidiéndome que lo leyera, y empecé a hacerlo.

— Este mundo siempre tiene sorpresas. Hubo una cierta personilla que me llamó y hizo un trato conmigo, salvar tu vida a costar de tener una deuda de por vida conmigo. — Me resumía lo que estaba leyendo yo, y no me lo podría creer, para nada.

Ella, literalmente, para salvarme, se endeudó de por vida un montón de dólares, ¿por qué hizo tal cosa? Si yo casi iba a matar a su hermana y hasta me estaba arrepintiendo de haberla ayudado.

— ¿Espera, en serio, Malia? ¡Es imposible! — Mentalmente, le insultaba, le decía que era una reverenda idiota y a mí, hija de puta, por sentirme querida, feliz de que alguien hubiera hecho algo así conmigo. No me lo merecía, en absoluto, y estaba a punto de llorar, algo que tenía que evitar a toda cosa, no quería que esa insolente reina me viera de esa forma.

— Debería ser imposible que Hitler llegara al poder pero lo hizo. Debería haber sido imposible que Lenin trajera la URSS a este mundo pero lo hizo. Deber…— Ésta se puso a ponerme ejemplos y yo no tenía ganas de escucharla: — Vale, vale, ¡ya lo pillo! —

— ¿A qué es bonito, qué haya salvado tu vida? Pero, como siempre, uno no lee la letra pequeña y acepta cosas peligrosas. — Me entraron escalofríos y toda esa supuesta felicidad se esfumó al oír esas palabras. Esa desgraciada, que hablaba con pura y fina ironía, me miraba con una sonrisa siniestra, dejándome claro que había algo malo.

— ¡Déjate ya de rodeos! ¿Qué quieres hacer? — Eso lo intenté gritar, aunque me salió fatal. Si quería decirlo, que lo soltara, así sin más. Ya sabía que era algo malo.

— Al endeudar su vida conmigo, me da el derecho de poner hacer lo que quiera con ella. ¿Matarla, tal vez? Sus órganos serían muy buenos para el mercado negro. Y si la eliminó, no tenía ningún impedimento para hacerlo contigo. — Se ponía actuar como una niña muy inocente y nada peligrosa mientras me explicaba eso. La idiota de Malia había cometido el peor de su vida, se había dejado caer en la boca del lobo y ésta sabía muy bien lo que podría hacer con ella. Mis ganas de matarla volvieron, no iba a dejar que la tocase ni un pelo, después de todo lo que le hizo.

— Pero, podría mantenerla viva, si te arrodillas ante mí y te conviertas en mi sicario. Cualquier orden que haga yo, matar, buscar y sacar trapos sucios, asustar, lo que sea…— Ya entendí todo, algo mejor que mi muerte era, ¿no? Lo estaba deseando, que su peor enemiga se convirtiera en su marioneta, y había encontrado la forma de hacerlo.

Yo no quería nada de eso, me iba a convertir en su perro, no me lo podría permitir. — Te daré dinero, incluso una casa, y te ocultaré de la legalidad. El pago es la vida de Malia Roosevelt, si me traicionas, ella morirá, ¿entiendes? Y luego iré a por ti. —

Mi mirada enfurecida la hacía muy feliz, sonreía como un malo cabrón de verdad, mientras yo me preguntaba qué iba a hacer. Esto era demasiado para mí, ella se convertiría en mi ama, estaré atada toda mi vida y deseaba más la muerte que eso. Si no acepto, Malia y yo moriremos. Si lo aceptó, viviremos, pero yo nunca podré tener una vida normal y corriente, seguiré desaparecida oficialmente y estaré a merced de la persona más enferma que había conocido en vida.

— Así que lo mejor para todos es que lo aceptes, sin ninguna complicación ni nada parecido. — Eso añadió, tras esperar un buen rato mi respuesta, mientras yo llevaba un buen rato pensándolo. Deseaba fervientemente que apareciera un rayo y que la matase.

— Hi-hija de puta, te mereces ir al infierno. — Eso le dije al final, enseñándole los dientes, porque ya había elegido la respuesta.

Solo lo aceptaría por Malia, pero no me atrevía. — ¿Aceptas, sí o no? — La maldita tuvo que darme el empujoncito: — S-sí, joder. —

— Entonces, arrodíllate. — Se levantó de la cama y se puso delante de mí, esperando que lo hiciera. En aquel momento, solo pensaba en Malia, no sabía qué decir. Me salvó la vida, a pesar de todo, y fue la única que se acercó a mí, aún cuando la rechazaba, a ella y a los demás. Estaba en deuda con ella, no podría hacerme a la idea de verla morir y no entendía el porqué exactamente. No merecía morir, después de todo era demasiada buena, más bien, una gran idiota. Por eso, yo pude arrodillarme ante aquella horrible víbora, humillándome una vez más.

No importa cuánto lo recordaba, sentía rabia e impotencia, y para calmarme, tuve que ir a tomar agua en la gran nevera, también rosa, que había en la cocina, del mismo color. Este fue el primer lugar al que me llegué, después de echarme de su palacio y del Zarato como si fuera un bicho, tras darme mucha identificación falsa y dinero, que era bastante.

Me quedé pensando, tras sentarme al sofá, de qué había sido de Malia, en dónde estaba y me entraron ganas de buscarla y hablarla. También, de que me preparase algo rico.

— ¡Por lo menos deberían haberme traído una mascota! — Eme decía, al comprobar que esta casa era tan grande que me sentía muy sola.

Me levanté y miré en el armario para ver que ropa tenía. Todo era caro, de hombre y por suerte, ninguno rosa. Me fastidió mucho que no hubiera ropa de mi talla ni de mi sexo, mientras observaba como me destrozaron el pelo, dejándome media calva. No pensaba salir a la calle, si no fuera con un gorro, que por desgracia no encontraba.

Al final, la soledad me agobiaba tanto en ese momento que decidí salir a la calle con esas pintas. Iba otra vez pensando en ella, preguntándome si me la encontraría por la calle y me di un puñetazo, gritándome en voz alta que ya estaba suficiente por hoy, y fue tan fuerte que creo que se me partió un diente.

Al final, tras andar dos kilómetros y medio aproximadamente, mi maldito subconsciente me llevó hasta su casa o dónde estaba, porque ya no había nada, solo un pedazo de tierra, cubierto de nieve y rodeado de casas con terrenos. Me acerqué con lentitud hacía ese lugar, cuando vi que alguien que reconocí rápidamente, estaba ahí, rezando. Era Malia, llevando un gran abrigo de color marrón rojo que le llegaba hasta las rodillas.

Alcé la mano para saludarla y decirle hola, mostrándome muy feliz, pero me detuve, frustrada. No podría aparecer ante ella después de todo lo que había pasado, más bien, no me atrevía, porque no había ninguna razón para ser rechazada, después de todo, sin Malia, no estaría con vida. Al final, se fue, hacia la dirección opuesta a dónde estaba yo y me quedé viendo como se alejaba, poquito a poco.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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