Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Última parte, octogésima tercera historia.

Eran las ocho de la mañana, cuando pegaron en la puerta de los Nixon. El pequeño de la familia les abrió la puerta, mientras la mayor miraba la tele abobada. Vio que eran Nadezha, Josefina y las demás chicas.

— ¡Hola Josefina! — Le saludó Thomas a la mexicana con una sonrisa de oreja a oreja, olvidándose de la presencia de los demás. Ésta le devolvió el saludo con mucho entusiasmo, reacción suficiente para ponerlo nervioso.

— ¿Tu hermana está contigo? — Eso le preguntó Nadezha, pasando por alto el hecho de que él solo saludase a Josefa. Él movió afirmativamente la cabeza. Tras soltar ella un fuerte estornudo, añadió: — ¿Ya está mejor? —

— Comparado con ayer, pues sí. — Eso le contestó su hermano.

Después de que Thelma y Nadezha fueran descubiertas en el río, fueron llevadas a la policía. Le interrogaron durante un buen rato y ellas fueron muy sinceras, les contó todo lo que hicieron. Por alguna extraña razón, los policías se rieron por aquella historia de la máscara, creían que ya nada podría ser encontrado ahí e ignoraron eso. Tras comprobar que no tenían nada grave, salvo un fuerte resfriado; las soltaron por la mañana, a pesar de que la albina no dejaba de protestar y criticar las condiciones en que estaba la seguridad de las ruinas y el elevado precio que tenía la entrada, a gritos. Más bien, ella creía que esa fue la verdadera razón por la que le echaron tan rápido de la comisaria, los los agentes ya estaban hartos de escucharla. Al día siguiente, que era el día de Shelijonia, las dos lo pasaron en la cama.

— ¡Entonces, dile a tu hermana que no se meta en un río en pleno Octubre otra vez! — Le comentó Nadezha a Thomas, recordando con rabia que se había perdido por segundo año consecutivo el día de Shelijonia.

En definitiva, no solo se había perdido el mejor día del año, sino que el hecho de colarse en las ruinas no sirvió para nada, ni pudo protestar y habían perdido para siempre un objeto de grandísimo valor para su pueblo.

Al escuchar esas palabras, Thelma, después de sonarse la nariz, se levantó y se dirigió a la puerta, mientras le reprochaba a Nadezha: — ¡Si no me fueras perseguido, nada de esto había pasado! —

— ¡Si no hubieras decidido vender aquella cosa, mejor dicho! — Le replicó Nadezha.

Al ver que iban a pelear de nuevo, Thomas se interpuso y dijo: — En fin, no deberíamos a ponernos a peleas, lo pasado, pasado está. —

— ¡Eso es verdad! ¡Hagan las paces, porque, después de todo, nos vamos a ir a nuestra casa! — Añadió Josefina, quién sorprendió con aquella noticia a Thelma y a Thomas. Vinieron con ese motivo, ellas querían despedirse de los hermanos.

— ¿¡Os vais!? — Les preguntó Thelma, que deseó que se quedaran un día más. Se dio cuenta de que había encariñado mucho con aquellas personas.

— ¿¡Tan pronto!? — Thomas se puso muy triste al oír eso, no deseaba que Josefina se fuera.

— ¡No pongan esa cara!— Al notar que sus rostros se llenaron de tristeza, Nadezha intentó alegrarlo. — ¡No nos vamos a morir ni nada parecido! —

No esperaba que la noticia de su vuelta a casa les hubieran afligido tanto, solo estuvieron juntos unos pocos días. Incluso creía que a Thelma le iba a alegrar la noticia, después de lo que pasaron en las ruinas. Empezó a darle mucha pena tener que marcharse de esta ciudad. Las demás, también se sintieron igual de apenadas, pero intentaron animarlos.

— ¡Vivimos en la misma isla! — Comentó Sanae y su gemela Alex añadió: — ¡Siempre podemos visitar este sitio! — Nadezha sintió un escalofrío al oír eso, no quería que ellas se volvieran a auto-invitar en otro viaje.

— De todos modos, nosotros tenemos internet, nos podemos comunicar. —Malan les mostró su teléfono móvil para dejar más claras aquellas palabras, y luego siguió a lo suyo, se puso a ver fotos de animales que le mando su padre por las redes sociales.

— ¡No exageren! — Les replicó Thelma, intentando parecer indiferente, mientras luchaba por ocultar su tristeza. — Solo me da un poco de pena, porque apenas nos conocimos hace poco. — No quería quedar mal de aquellas chicas que solo conocieron hace poco. Su hermano no pudo aguantar y rompió a llorar, sentía que su corazón le estaba rompiendo en mil pedazos.

— ¡Por Dios, no llores, hombre! — Thelma intentó consolarlo, para evitar que le contagiara su lloriqueo.

— ¡Pero es que, es que…! — Thomas intentaba decir algo, pero no podría, sus sentimientos se habían desbordado y no podría controlarlos.

Y las demás, al verlo llorar desconsoladamente, empezaron a tener ganas de hacer lo mismo. Parecía que de un momento para otro, todo el grupo se iba a poner a soltar lágrimas durante un buen rato.

— ¡No te preocupes, nunca olvidaré los días en que hemos estado juntos, todos nosotros! ¡Me lo he pasado genial! — Josefina, con lágrimas en los ojos, le dio un gran abrazo, mientras le consolaba con aquellas palabras. Solo duró unos pocos segundos, pero aquel amable gesto consoló un poco a Thomas, que le dijo a la mexicana que tuviera un buen viaje. Josefa le dio las gracias mientras se ponía a llorar como un bebé.

— ¡En fin, a pesar de todos los problemas que hemos causado, me alegra de haberte conocido! — Por su parte Nadezha le ofreció un apretón de manos a Thelma.

— ¡Lo mismo digo! — Y ella lo aceptó encantada, con una gran sonrisa.

Aquella despedida se volvió más larga de lo que se imaginaron, ya que, cuando se dieron cuenta de la hora que era, faltaba poco para que el tren saliera. Iban a llegar tarde. Salieron corriendo como locas, mientras los hermanos Nixon les despedían con la mano desde la distancia.

A continuación, se dirigieron con mucha rapidez hacia la casa de la abuela de Nadezha, en dónde la tía las esperaba para llevarlas a la estación de tren. La anciana, que salió a la calle, al observarlas, lanzó un suspiro de alivio, pero luego vio como todo el grupito entraba dentro de su hogar en vez del coche que las iba a llevar. Les gritó esto en su imponente ruso:

— ¡¿Qué hacen!? ¡No ven que se van perder el tren! —

Nadezha tuvo que decirle que a ellas se les olvidaron meter las maletas en el coche, provocando que la anciana protestara. Cuando ya lo metieron y estaban a punto de irse, con el coche ya encendido ella les soltó esto:

— ¡Esperen, un momento! Por lo menos, decirme las gracias, que os he dejado dormir en mi casa. —

Después de que Nadezha tradujera aquellas palabras, las chicas le dieron las gracias con mucha alegría, diciéndoselo en ruso, aunque lo decían tan mal que ni ellas mismas entendieron lo que soltaron. Luego, cuando el coche empezó a andar, alzaron sus brazos para despedirla con todas sus fuerzas, aunque soltándolo en el idioma que ellas manejaban.

— ¡Hasta otra, abuelita! — Le gritaba Alex, mientras su hermana Sanae añadía: — ¡Nos veremos el año que viene, abuelita! — Nadezha puso una mueca de fastidio, al ver que ellas tenían planeado volver a auto-invitarse cuando decidiera volver a visitar la ciudad.

— ¡Qué le vaya bien, abuelita! — Josefina lo gritaba con todas sus fuerzas, provocando que todo el barrio se diera cuenta de su despedida.

— ¡Qué sea capaz de alcanzar los cien años, abuelita! — Y añadió Malan, mientras el resto dudaba de que eso fuera la mejor frase que uno podría pronunciar para despedirse de un anciano.

La anciana entendió aquellas despedidas tan bien que soltó esto: — ¿Pero qué dicen? No soy su abuela. —

Tras verlas marcharse, miró hacia atrás y observó su casa. Respiró aliviada, ya iba a estar tranquila de nuevo. Pero, al notar aquel silencio, ella se puso muy melancólica. Durante el tiempo que estuvieron, esas ruidosas chicas le dieron vida. Desde sus protestas por el hecho de que tenían que usar faldas hasta las cenas en dónde le pedían que cantara canciones tradicionales o les contará cosas de su juventud, le recordaron aquellos lejanos días en dónde era una mujer joven que cuidaba con mucho amor y paciencia a sus hijos. Al deshacerse de aquellos sentimientos, entró en su hogar, mientras decía en voz baja: — Ya estoy vieja para estas cosas. —

— ¿Por cierto, cómo se ha puesto la anciana cuando se ha enterado de que fui detenida? — Le preguntó Nadezha a su tía, en mitad de su viaje hacia la estación. Ella quería saber cómo su abuela se sintió, después de conocer el hecho de haber entrado ilegalmente en las ruinas. Cuando volvió a su casa, sufrió una fuerte regañina de su parte, pero después ésta le dio un pequeño elogio. Su tía no tardó en contestarla: — Se puso muy orgullosa de ti, decía que lo hiciste muy bien, que si fuera una moza haría lo mismo, protestando por lo mismo. — Cambió de marchas y añadió: — Yo creo que hasta has provocado un revuelo en la cuidad. — Se rió levemente, tras decirlo.

— ¿Por qué? — Eso dijeron todas al escucharla, sobre todo Nadezha, que creía que haberse colado en las ruinas no sirvió para nada.

— Después de propagarse la noticia de que unas niñas entraron fácilmente en nuestro principal monumento, se descubrió las graves irregularidades sobre el mantenimiento del lugar como atracción turística. Los diputados de la oposición le exigen al alcalde dónde está el dinero que se han gastado, cuando ni siquiera se han dignaron a terminar las medidas de seguridad mínimas. Es más, se nos han ocultado cosas y están pidiendo que lo saquen a luz, y esto es solo la punta del iceberg, detrás se está descubriendo una verdadera red de negocios sucios y dinero negro. Haz abierto la caja de Pandora, Nadezha. —

Las demás niñas perdieron todo su interés cuando vieron que la tía de Nadezha empezó a hablar de política y decidieron ir a lo suyo.

— ¿Corrupción, no? — Nadezha le preguntó esto a su tía, a continuación, algo molesta.

— Lo mismo de siempre, la verdad. — Le respondió su tía, dando un suspiro de aburrimiento. Luego, se quedaron calladas y no hablaron más del tema. Las niñas no dejaron que el silencio se extendiera por el coche, hablando sin parar sobre lo divertido que fueron estos días.

Al llegar a la estación, las niñas salieron corriendo hacia la estación, la albina les gritó que no corrieran. Al dar unos pasos, su tía le preguntó:

— ¿Por cierto, Nadezha, aceptas mi propuesta? —

Nadezha se detuvo, se acordó de lo que hablaron hace unos días. Se quedó en blanco, sin saber que responderles durante unos pocos segundos. Las chicas, llenas de curiosidad, preguntaron de qué estaban hablando.

— ¡Ya lo pensaré, después de todo! — Y eso le respondió, tras salir del bloqueo.

— Ya veo…— Añadía su tía en voz baja, expresando decepción. — Aún no estás lista. Bueno, no importa, seguiré esperando. — Nadie la oyó.

A continuación, empezó a sonreír y agitó sus manos en señal de despedida, mientras le gritaba a su sobrina: — ¡Espero que sea pronto, Nadezha! —

Nadezha no supo que decir, solo le devolvió la despedida. Se acercó a las chicas, que le preguntaron otra vez de qué estaban hablando:

— De algo que no interesa. — Eso les respondió.

FIN

Estándar
Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Sexta parte, octogésima tercera historia.

— ¿Ya es de noche? — Eso se preguntaba Thelma mientras observaba el cielo. — ¿Cuánto tiempo hemos estado perdidos? — Sentía que habían pasado una eternidad allí dentro.

Por fin habían llegado a la superficie, tras pasar horas, o eso sintieron, en aquel laberíntico lugar. Y ahora estaban observando como la luna subía poquito a poco por el cielo nocturno.

— ¡Ha sido horripilante, nunca volveré por aquí! — Por su parte, Josefa gritó esto. Ella se arrepintió mucho de haber entrado al interior del peñón, siguiendo a las demás. Además de haberse perdido en un lugar oscuro, se llevó varios sustos que casi le dieron algo.

A continuación, mientras los demás empezaron a quejarse de aquella visita que tuvieron, Nadezha notó como su móvil no dejaba de vibrar y lo miró. Ya llegaba cobertura al móvil y estaba recibiendo un montón de mensajes y llamadas pérdidas. Gran parte eran de su tía, preguntando si estaban bien y  en dónde se encontraban, también le preguntó si iban a cenar y mencionó que tanto ella como la abuela estaban muy preocupadas. A pesar de que no sabía muy bien que decirles, rápidamente se puso a contestarla. Mientras intentaba, después de responder que estaban bien, darles una explicación satisfactoria, los quejidos de las gemelas le distraían:

— ¡Esta mochila es muy, muy pesada! — Eso decía Alex, que empezó a sentir como le dolía la espalda por culpa del peso excesivo que llevaba.

— ¿Quieres que la lleve yo? — Y Sanae le soltó esto, preocupada por su gemela.

— No se preocupen.  — Entonces, Nadezha se ofreció para ayudarlas, tras mandar su mensaje. — ¡Lo haré yo! —

— Espera, un momento…— Se pusieron muy nerviosas al oír a Nadezha. — ¡No estoy cansada, solo le estaba mintiendo a Sanae para que lo llevará ella! — Le dijo Alex con una sonrisa falsa en su cara y su gemela añadió: — ¡Sí, sí! ¡Es que mi hermana es muy puñetera! — Se puso a reír de una forma tan nerviosa y falsa que levantó sospechas fácilmente.

— Sospechoso… — Comentó Nadezha al notar aquel comportamiento.

— ¿Sospechoso? Nosotras no tenemos nada, nada sospechoso, lo juramos por Dios. — Movieron las manos de un lado para otro para dejar claro que decían la verdad y que no pasaba nada raro, pero solo se vieron mucho más sospechosas que antes. Empezaron a sudar la gota fría, al darse cuenta que todos empezaron a observarlas, salvo Malan, peguntándose por qué esas dos estaban comportándose de esa manera.

— ¿Qué ocurre? N-no hemos hecho n-nada malo, ¡os lo juramos! — Gritó Alex, intentando recuperar la credibilidad que estaban perdiendo.

— ¡E-es verdad! — Añadió Sanae desesperadamente.

Pero, al final, no pudieron aguantar la presión. En cuestión de segundos, tiraron la mochila al suelo y salieron corriendo.

— ¡Eh, vosotras! ¿¡P-por qué huís!? — Les gritaba Nadezha, quién empezó a perseguirlas. — ¿¡Qué habéis hecho!? ¡Por el amor de Dios! —

— ¿Pero qué les ocurre a esas? — Se preguntaba Thelma, mientras las miraba corriendo como locas, mientras Nadezha las perseguía. Parecía una escena de documental, cuando la leona persigue a sus presas.

— Solamente cogieron sin permiso un objeto que pertenece al patrimonio cultural e histórico de este lugar. — Malan respondió con estas palabras su pregunta, dejándolos sin habla. No entendieron qué quería decir ella con eso y le pidieron que lo dijera más claro. Les señaló la mochila, mientras les decía que habían cogido algo de las ruinas y lo escondieron ahí. Josefa decidió abrirlo y comprobar qué era aquella. Al contemplarlo, casi dio un chillido, creyó por un momento que era la cara de una persona.

— ¿Qué es esto? — Y luego, con cara de miedo y asco, sacó la máscara de la mochila, comprobando que solo era un objeto feo y aterrador.

— ¿Por qué se llevan una cosa tan fea? — Añadió Thelma, que lo estuvo observando durante unos segundos. A ella le entró mucha grima e esquivó su mirada de aquella cosa tan perturbadora. Se cuestionó sobre el gusto que tuvieron que tener los antiguos moradores de aquella ciudad de piedra.

Malan decidió explicarles toda la situación, resumiéndolo lo mejor posible y de una forma que pudiera ser muy entendible, algo que consiguió.

— ¡Ya entiendo! — Eso decía Thelma, tras escucharla. — En cierta forma, esta cosa podría ser muy popular entre los coleccionistas. — A pesar de que Malan contó que coger objetos consideraros patrimonio cultura podrían ocasionar multas e incluso ir a la cárcel, ella tuvo la misma idea que las gemelas.

— Espero que no estés pensando en lo que creo, hermana…— Fácilmente vio que su hermana estaba poniendo un rostro que dejaba claro que iba a venderlo a muy buen precio, solo le faltaba que las pupilas de sus ojos se volvieran dólares. Thomas, aterrado por el pensamiento de que la pillarán y la metieran por la cárcel por hacer tal cosa, intentó decirle que no lo hiciera.

— ¡Por favor, esto nos hará rico! — Eso le replicó su hermana, dominada por la codicia. — Muchos idiotas pagaran una fortuna por esa mierda. —

— ¡Pero Malan dice que es malo hacerlo! — Intervino Josefa, que pensaba que debían hacer lo correcto, aunque no sabía cuál era.

— Como dije antes, es ilegal, ya que esto es parte del patrimonio cultural e histórico de la cuidad. — Añadió Malan, quién parecía indiferente por algo que antes ella encontró con mucha emoción. En el fondo, solo querían que dejasen el objeto en paz y mostrárselo a Nadezha y a las autoridades. Se mantenía muy calmada porque sabía que aquel objeto no terminaría en malas manos, aunque también estaba muy cansada y agotada para poder convencerlas de lo contrario, y quería observar cómo se comportaban los demás ante este objeto, algo que creía muy interesante de observar.

A continuación, Thelma intentó justificar su idea de vender aquel valioso objeto: — Esos ladrones se inventaron eso del patrimonio…— Se refería a las autoridades en general. —…para utilizarlos ellos mismos y montarse museos y atracciones turísticas para que la gente lo page por un montón de dólares. — Malan no esperaba que utilizará las razones que provocaron el enfado a Nadezha a su favor. — ¡Qué le den por culo, nosotros pagamos los impuestos religiosamente! —

Salvo Malan, ni Josefina ni Thomas entendieron lo que intentaba decir Thelma, ni tampoco le dieron mucha importancia, porque se dieron de que ya había vuelto Nadezha, quién cargaba las gemelas, que no dejaban de quejarse, como si fueran unos sacos de patatas.

— ¿De qué están hablando? — Y escuchó parte del discurso de Thelma. Luego, se dio cuenta de que ella tenía en sus manos una cosa muy extraña y le preguntó qué era: — ¿¡Qué es eso!? — Lo dijo de una forma que dejaba claro que a ella también le daba mucha grima aquella máscara.

— Pues… — Thelma se lo iba a explicar, pero Malan se le adelantó y le contó todo con muchísima emoción y muy detallado, más de lo que le hubiera gustado oír a Nadezha.

— ¡Entonces,…! — Tardó un poco en asimilarlo, para luego dar un grito lleno de furia: — ¡Vosotras, entregarme eso ahora mismo, por nada del mundo les voy a dejar que lo vendan! ¡Ese es parte de nuestra nación! —

Nadie esperaba tal reacción, ni siquiera Malan que preveo que no se iba a enfadar, pero no tanto; le pusieron la piel de gallina con solo escucharla. Nadezha no iba a permitir que una cosa que era parte del patrimonio cultural e histórico de su tierra fuera a acabar en malas manos.

— ¡No te pongas así es una máscara, una simple máscara! — Eso le decía Thelma, temblando de miedo, mientras la intentaba tranquilizar.

— ¡Lo están menospreciando! —  Solo provocó que le gritara con más furia que antes.

— Vamos a ver, esa gente lo pondrá en un museo y hará que todos vayan a pagar por verlo, por mucho dinero. Y es el mismo estado el que te obliga a hacerlo. ¿N-no es lo mismo que con estas ruinas? Tú lo dijiste. Antes, era gratis la entrada y ahora, la gente tiene que pagar muchos dólares por un lugar que ni siquiera están los mínimos de seguridad. A esta cosa no lo tratarán bien. Si lo vendemos caerá en unas buenas manos que lo cuidarán como si fueran su propio hijo. — Con este argumento le fue igual de peor. Las gemelas, Josefa y Malan les miraban como si fuera una estúpida, ya que ella no conocía a Nadezha y el hecho de que, cuando ésta veía algo que no era justo, era imposible decirle la contraria.

— ¡Ni en broma! ¡Dame esa máscara! — Le gritó como nunca y fue a por ella como si fuera un toro, mientras soltaba a las gemelas de forma delicada.

Instintivamente Thelma, muy aterrada, salió corriendo con la máscara entre sus brazos, mientras gritaba auxilio. Sus chillidos se expandieron por todo el lugar, mientras iban de un lado para otro, e hicieron atraer la atención.

Los demás, sin saber si tenían que detenerlas o dejarlas así, oyeron voces de personas que no eran ni Thelma ni Nadezha. Eran los pocos guardias  nocturnos que vigilaban presuntamente el parque que, atraídos por esos chillidos, se estaban acercando.

— Mejor nos quitamos del medio. — Dijeron al unísono Alex y Sanae.

— ¡¿Y Nadezha y la otra!? — Añadió Josefina, que se sentía muy mal por abandonarlas a su suerte.

— Ya se lo apañaran solitas. — Le replicaron las gemelas.

— ¡¿Y la máscara!? — Preguntó Malan y le respondieron que eso ya daba igual, mientras salían corriendo.

— ¡Nos veremos más tarde, hermana! — Y Thomas comentó esto en voz baja, antes de seguir a las chicas y escapar del recinto.

Mientras el resto huía a toda velocidad, Nadezha seguía persiguiendo a Thelma como si fuera una leona, sin que ninguna se diera cuenta de que la iban a pillar. Tan centrada estaba la chica que sostenía la máscara de su papel como presa, que se introdujo sin pensar en un rio que pasaba por el recinto:

— ¡¿P-pero, pero…!? — Nadezha no salía de su asombro. — ¡¿Pero qué haces idiota!? ¡Estamos cerca del cero, por el amor de Dios! — No podría creerse que ella se metiera en el rio a unas temperaturas nada adecuadas. Debían estar alrededor de los cinco grados centígrados o menos, ya que hacía frío, pero no el suficiente para congelar el agua. Horrorizada ante lo que le pudiera pasar, decidió lanzarse directamente a aquellas frías aguas para sacarla lo más rápido posible.

Thelma, intentando soportar lo helada que estaba el agua, intentó pasar al otro lado del rio. Creyendo que no era muy profundo, a pesar de que había algunos rápidos; pasó a toda velocidad y sin tomar ninguna preocupación. Entonces, sin saber a que llegó a una parte muy profunda, se hundió como un plomo. Sacó su cabeza del agua y empezó a luchar para mantenerse a flote, mientras gritaba desesperadamente:

— ¡Ayuda, ayuda! ¡Me estoy ahogando! ¡Oh Dios, me voy a morir! —

Mientras movía las manos con mucha desesperación para no ahogarse, ella se arrepintió muchísimo de no haber aprendido a nadar cuando tuvo la oportunidad.

— ¡Ya voy, ya voy! — Por suerte, Nadezha se lanzó a rescatarla. — ¡Ya te voy a sacar de ahí! — Nadó rápidamente hacia dónde estaba Thelma, como si fuera un profesional.

Al alcanzarla e intentar cogerla para sacarla, se dio cuenta de que sus pies tocaban el fondo, no era tan profundo como parecía. Mientras Thelma seguía agitando las manos como si ella fuera a ahogarse en medio del mar, Nadezha, al comprobar que solo le llegaba hasta al pecho, se le quedó mirando durante unos segundos con muy mala cara. Lanzó un suspiro de molestia y le dio un grandísimo tortazo para tranquilizarla y que dejara de montar tanto drama. Y lo consiguió:

— ¡Eso duele, maldita! — Le gritó, después de recibir aquel golpe tan doloroso. — ¡Casi me ibas a romper la mandíbula! —

Sin darse cuenta, el golpe provocó que ella dejara de montar escándalo y se olvidará de que estaba ahogando. Sus pies tocaban al suelo, aunque el agua le llegaba al cuello. Mientras Thelma protestaba por el dolor que le causó aquel guantazo, Nadezha le dijo:

— Al parecer, me he metido en el agua para nada. — Lo soltó con cara de total indiferencia. — Puedes tocar el fondo y todo. —

Entonces, Thelma se calló y se dio cuenta de que era verdad, no se iba a ahogar. Al notar que había montado un espectáculo, empezó a sonrojarse fuertemente, muerta de vergüenza. Luego, se puso a tiritar por el frío y entonces se acordó de la máscara:

— ¡Mierda! — Gritó Thelma. — ¡La máscara se me ha caído! —

— ¡¿Eres idiota o qué!? — Le replicó la albina, tras escucharla.

Eso significaba que la máscara, que se mantuvo escondida durante siglos, se volvió a perder, tal vez para siempre por la estupidez de una chica.

— ¡Tú eres la idiota! ¡Si no te hubieras puesto de ese modo, no había pasado nada! — Y empezaron a pelearse, olvidándose de que aún seguían en el río, corriendo el peligro de coger una neumonía o de sufrir hipotermia.

— ¡Mi enfado era muy evidente! ¡Querías vender algo que pertenece a los shelijonianos, algo imperdonable para nuestro pueblo! — Y la señaló con el dedo como si fuera una criminal.

— ¡¿Qué derecho le da a los shelijonianos eso si no eran de los rusos, sino de los indios que vivieron aquí?! —

— ¡Nosotros colonizamos estas tierras, por tanto todo lo que hay en la isla es nuestro! — Y dio una palmada en su pecho para dejarle claro quienes mandaban ahí.

— ¡Vosotros se lo robasteis a los indios! — Aún así, la pelea no parecía tener fin.

— ¿Y vosotros, qué? ¡Los useños habéis conquistado y robado trozos de países sin compasión! — Nadezha la cogió del cuello, totalmente fuera de sí. Esa discusión ya le estaba sacando lo peor de ella.

— ¡Por lo menos…! — Thelma, acojonada por aquella cara tan aterradora que estaba poniendo Nadezha, se calló. Quiso decirle unas cuantas cosas, pero, entonces, alguien las interrumpió:

— ¡¿Pero que hacen adentro del agua!? ¡Se van a morir de frío! —

Era el guardia de seguridad que se quedó muy consternado al encontrarse a dos chicas metidas en el agua en aquellas horas y con esas temperaturas. Rápidamente, cogió el móvil y llamó a la policía y la ambulancia, con el miedo de que esas dos idiotas cayeran enfermas por hipotermia.

FIN DE LA SEXTA PARTE

Estándar
Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Quinta parte, octogésima tercera historia.

Al llegar a los pies de aquella ciudad excavada en la roca, se quedaron con la boca abierta, se veía mucho más majestoso y imponente visto de cerca. Tras caminar un poco entre la arbolada, mientras rodeaban el peñón, ellos pudieron llegar a la cuesta que les llevarían hacia las ruinas, cruzando por unas especies de enormes piedras que se usaron como torres vigías. Se veía cientos de pequeñas edificaciones que sobresalían de las paredes rocosas, dejando bien claro que eran hechos por la mano del hombre; también se observaba lo que parecían ventanas y entradas hacia al interior, mas cientos de escaleras y ramplas que comunicaban varias partes del lugar. Mientras los últimos visitantes y sus guías turísticos terminaban de conocer aquellos vestigios, ignorando la presencia de los chicos, estos se quedaron un buen rato contemplando aquella maravilla.

— ¿Podemos entrar ahí dentro? — Las gemelas Alex y Sanae fueron las primeras en reaccionar, preguntándole esto a Nadezha. Deseaban meterse en aquel lugar y buscar algo valioso para venderlo.

— ¿¡No decían que iban a protestar conmigo!? — Les replicó Nadezha. En primer lugar, ella nunca pensaba meterse en las ruinas, sino ponerse a gritar que les estaban robando sus monumentos solo para estafar turistas, que ni siquiera se dignaron a terminar la valla. Solo quería montar un espectáculo.

— Eso lo haremos después. — Les respondieron las gemelas de una forma muy desinteresada. Nadezha dio un suspiro de fastidio, porque ya sabía que esto pasaría. Como no podría dejarlas solas ni tampoco podría ponerse a protestar mientras ellos visitaban las ruinas, decidió primero hacer turismo, luego protestar, distrayendo a los trabajadores de recinto, mientras el resto salían corriendo del lugar.

— Pues vamos a hacer turismo. — Eso soltó Nadezha, quién se dirigió hacía al interior de las ruinas. Todos la siguieron sin rechistar, aunque Thelma protestó:

— ¡¿Qué!? Primero entramos para protestar y ahora que estamos aquí, ¡¿vamos a visitar el lugar!? ¡No tiene sentido alguno! — Era incapaz de entender qué les pasaba por la cabeza. Fue ignorada, todos se alejaron, mientras ella se dedicaba a protestar.

Al darse cuenta, salió corriendo para alcanzarlos, gritándoles que no la dejarán sola.

Al subir por la suave pendiente, llegaron a las primeras casas que estaban excavadas en la pared rocosa. Nadezha les decía que no se alejaran del grupo o iban a perderse, aunque nadie la hacía caso. Ella no fue capaz de vigilarlas, ya que las ruinas absorbían toda su atención. Miraba dentro de algunas casas y de cavidades que iban directos al corazón del peñón. Al parecer, según lo que decían varias placas para orientar a los turistas, el lugar estaba tan lleno de cuevas y grutas que parecía un verdadero laberinto.

Tardó bastante darse cuenta de aquel extraño silencio que llevaba un buen rato percibiendo. Se preguntaba por qué las chicas estaban tan silenciosas. Finalmente, decidió mirar a su alrededor, pero solo estaba Thelma:

— ¿Dónde están los demás? — Eso le preguntó, con una mueca de terror. Se quería golpear la cabeza contra la roca por haber sido tan imprudente, o a Thelma por no haberlas vigilado correctamente. Esperaba que ella le diese una respuesta que no le diera un ataque de nervios.

— Y yo que sé, solo estaba preocupada de caerme. — Miraba con temor hacia al fondo. Su cabeza no dejaba de producirle grandes temores y ella se pegaba desesperadamente a la pared rocosa, a pesar de que había espacio suficiente en el lugar dónde estaban, que además era el punto más alto de toda aquella ciudad abandonada, para rellenarlo con más de diez o quince personas. Apenas se atrevía a asomarse al filo, a pesar de que pusieron una buena barandilla para evitar tales desgracias.

Nadezha no se atrevió a echarle toda la culpa, al notar que ella padecía pánico a las alturas, provocando que no pudiera estar atenta de los niños.

— ¡Mierda, se los dije! — Eso gritó, llena de ira y culpabilidad. Salió corriendo como un guepardo con la intención de encontrarlos, mientras Thelma le gritara desesperadamente que no corriera, mientras caminaba con mucho temor y lentitud.

Mientras tanto, en lo más profundo de aquel laberinto, se encontraban las gemelas Alex y Sanae, que entraron en aquel lúgubre lugar en buscar de algún rastro de tesoros. Siendo iluminadas por pequeño focos, intentaban bajar lo máximo que podrían.

— ¿De verdad habrá algún tesoro por aquí? — Eso le decía su hermana Sanae a Alex, que creía que tal vez habían rapiñado todo el lugar y no quedaba nada.

— Seguro, que sí. Algo que los arqueólogos no han visto.  — Le respondió su hermana con toda seguridad del mundo.

— ¿Cómo estás tan segura de eso? — Sanae no estaba muy segura de que estuviera en lo correcto.

— Porque los arqueólogos están todo el día luchando contra organizaciones secretas para conseguir objetos con poderes sobrenaturales.  No le dan ni tiempo para encontrar todas las cosas valiosas — Se creía, al cien por cien, que los arqueólogos eran los mismos que las películas de Indiana Jones.

— Oh, tiene sentido. — Y su hermana la creyó con la misma facilidad.

Y ellas siguieron caminando por aquellos oscuros pasillos, ignorando los carteles, escritos en ruso, de que no estaba abierto al público. Ni siquiera la nula presencia de focos impidió que siguieran adelante, ya que casualmente encontraron una linterna útil, tirada en el suelo.

En otro sitio, Josefina y Thomas estaban solos y perdidos. Josefa buscaba desesperadamente la salida, mientras el chico estaba tan nervioso por estar a su lado que temblaba como un flan.

— ¿Te pasa algo? — Eso le preguntaba Josefa, creyendo que él estaba totalmente aterrado porque estaban perdidos.

— N-no es nada. — Le respondía titubeando, incapaz de creer que estaba a solas con ella. No sabía qué decir o qué hacer, no quería que ese momento se terminase, pero también deseaba lo contrario. Estaba hecho un lío.

— No te preocupes, seguro que vamos a encontrar la salida. — Josefina intentaba tranquilizarlo, a pesar de que ella tenía mucho miedo, pero que, por algún motivo, lo ocultada.

— N-no es eso…— Thomas intentaba mantener sus emociones bajo control, pero solo conseguía preocupar aún más a Josefa.

— Yo estaré aquí, así que no te pasará nada malo. — Que aún intentaba mostrar una imagen de confianza, para no sucumbir ante el pánico de estar totalmente perdidos

Nadezha y Thelma, tras haber buscado por todo el exterior de las ruinas, gritando sin parar sus nombres; no tuvieron más remedio que introducirse en el interior del peñón.

— ¿Dónde estamos? Todo me parece igual. — Preguntaba Thelma, muy consternada, mientras observaba el pasillo que estaba recorriendo. Había pasado unos cuantos minutos desde que entraron y ya estaba sintiendo que estaban dando vueltas, intentando evitar a toda costa la idea de que estuvieran perdidas.

— No te preocupes, ya he visitado este lugar, no nos vamos a perder. — Le respondí Nadezha, quién creía que sus memorias le ayudarían a recorrer aquel laberinto. Al final, tuvieron que pasar varios minutos, yendo de un lado para otro sin encontrar alguna señal para orientarse, para que ella reconociera que sus memorias no ayudaron mucho.

— Retiro lo dicho, estamos pérdidas. —Eso le dijo con mucha vergüenza, tras llegar a un trifurcación. Incapaz de saber si ya habían pasado por aquel lugar o de cuál tenía que elegir, se dio cuenta de la verdad.

Al soltar Nadezha esto, avergonzada; Thelma se puso histérica y empezó a gritarla, como loca pidiendo ayuda.

— ¡Vamos a morir, nos vamos a morir de sed y de hambre! — Y Thelma se puso muy histérica, empezando a gritar como loca. Cayó de rodillas al suelo y, entre lágrimas, le echaba la culpa a Nadezha y pedía ayuda.

— No seas tan exagerada, ni siquiera estamos en peligro.  — Nadezha le intentaba tranquilizar, pero no surgía efecto.

Pero el eco de aquellos gritos de desesperación se extendió por todo la galería, llegaron a los oídos de los demás.

— ¿Qué es eso? — Josefina, al notar aquellos gritos de ultratumba, se puso pálida y abrazó instintivamente a Thomas.

Mientras preguntaba aterrada si lo que estaban oyendo era un fantasma o algo parecido, Thomas soltaba esto en voz baja, incapaz de creer lo que estaba sintiendo: — ¡Oh Dios, m-me está, está, está…! —

Estaba teniendo un contacto corporal con una chica por primera vez en su vida, comprobando de primera mano lo suave y blandita que era Josefina.

Totalmente rojo, estaba agradeciendo mentalmente al fantasma o lo que estuvieran oyendo por darle esta hermosa oportunidad.

Unos metros más abajo, las gemelas, al percatarse de aquel terrible sonido, no pudieron contener la curiosidad y deseaban saber su origen, a pesar del miedo. Subieron a toda prisa y al llegar al siguiente piso, chocaron contra algo, oyendo cómo alguien se caía.

— ¿Q-quién eres? — Gritó Alex con temor, mientras alumbraba hacia la persona con quién habían chocado. Con gran alivio, comprobaron que solo era Malan:

— Solo soy yo. — Eso les respondió ella, que cayó al suelo, mientras se levantaba y se sacudía su ropa. Entonces, las gemelas se dieron cuenta de que llevaba un objeto en una de sus manos, el cual la africana observó detenidamente si había sufrido algún tipo de daño.

—Menos mal que no se ha roto. — Dio un suspiro de alivio al comprobar que estaba ileso.

— ¿Qué eso? — Le preguntaron Alex y Sanae, que observaron un poco aquella cosa.

Era una máscara de piedra que daba mucha grima, parecía que intentaba imitar a un rostro humano lleno de agonía y dolor. Rápidamente las dos chicas miraron hacia al otro lado, intentando ignorar aquella cosa que le estaban poniendo los pelos de punta.

Martha Malan, muy emocionada, empezó a explicarles que lo encontró en el interior de una de las supuestas viviendas, tras descubrir un lugar de almacenamiento oculto, mientras se ponía a descansar. Luego, se puso a contarles a las chicas, sin que éstas le preguntaran, por qué le parecía un objeto tan interesante, montando todo tipo de teorías estrafalarios para explicar sus funciones o sus usos. Cuando Alex y Sanae, cansadas de escucharlas, la interrumpieron, les dijo que enseñárselo lo más rápidamente posible a Nadezha, creyendo que se iba a alegrar mucho.

Entonces, Alex le gritó esto: — ¡No se lo digas a Nadezha! —

— ¡¿Por qué!? — Preguntó Malan. Sanae también dijo lo mismo y su hermana le respondió al oído que esa cosa podría sacarles de la pobreza.

Aunque no habría necesidad de decirlo en voz baja a su hermanita, ya que luego se le contestó lo mismo a Malan: — Porque con esta cosa, podemos ganar mucho dinero. — Pensaba en dárselo a Mao y que éste lo vendiera a un gran precio, así ellas ganarían mucho dinero. Y en caso de enseñárselo a Nadezha, ésta se lo regalaría a un museo sin ningún otro beneficio.

— Es patrimonio cultural, sería ilegal. Están en las leyes. — Les replicó Malan, quién entendió perfectamente sus intenciones, y quería avisarles de que estaban proponiendo hacer un delito.

— ¿Qué es eso? — Las dos chicas se quedaron muy extrañadas, incapaces de entender que quería decir ella con “patrimonio cultural”. Era la primera vez que lo oían en su vida. Al ver la cara que pusieron al escucharlo, Malan quiso explicarles paso a paso aquel concepto y por qué era un delito lo que estaba proponiendo.

— Mejor no, no. — Ellas se negaron, moviendo la mano de un lado para otro. Ya aguantaron una larga e incomprensible explicación sobre una máscara que daba grima, no querían que le hablasen de leyes.

— Necesitamos dinero. — E intentaron mostrarle pena, aunque no fue nada conveniente.

— Yo no. — Malan se creyó que se referían a las tres.

— Nosotras sí. — Ellas le replicaron y, a continuación, empezaron a contar la pobreza que sufrían, mezclando mentiras y verdades, desde el verdadero hecho de que su padre estaba en una secta y todo el dinero que conseguía iba directo al grupo, hasta la falsa historia en dónde eran perseguidos por la mafia china.

— Por eso, ¡por favor, regala esa cosa para nosotras, lo necesitamos para salir de la pobreza! — Concluyó Alex, tras soltarle todo eso.

— ¡Es una cuestión de vida o muerte! — Añadió Sanae, que además hizo teatro. Para generar pena, empezó a suplicarla y lanzar ojos de cocodrilos.

Al final, lo consiguieron, Malan soltó estas palabras: — ¡Os lo daré! — Y se las dio. No cayó ante aquel chantaje emocional, pero todo el esfuerzo que pusieron para que cayera en la trampa provocó que Martha decidiera dárselos.

 

— Pero si Nadezha se entera nos mata. — De todos modos, ella respiraba tranquila. Estaba realmente que la albina las iba a pillar de todos modos, no conseguirían ocultarlo.

— ¡Haremos todo lo posible para ocultarlo! — Ni las gemelas estaban muy seguras de conseguirlo, pero lo iban a intentar de todas maneras.

Entonces, empezaron a escuchar el eco de unas voces que poquito a poco se volvían más claros y parecían muy familiares. Malan rápidamente se dio cuenta de que eran de Nadezha y las demás. Les dijo a las gemelas que ya estaban cerca y escondieron la máscara en una mochila que Sanae llevaba encima desde que salieron a conocer la ciudad. Recorrieron veloces por aquellos pasillos y tras subir unas escaleras, se encontraron con el grupo.

— ¡Por fin estamos juntos! — Exclamó Nadezha muy aliviada, tras verlas sanas y salvas.

— ¡Qué alivio! — Añadió Josefina muy feliz de que todos se habían reunidos.

Las gemelas y Malan le saludaron y le hablaron como si no hubieran hecho nada. Nadezha aprovechó para gritarles esto:

— ¡No vuelvan a separarse de nosotros! ¿¡Sabéis lo preocupada que yo estaba cuando me di cuenta de que no os veía por ninguna parte!? —

Fue el inicio de la larga regañina que les hizo a todos, incluyendo a Thelma, que no fue capaz de defenderse y explicarle que todo fue culpa del vértigo. Todos le dieron todo tipo de excusas, algunas muy convincentes y otras no tanto, mientras le pedían perdón. Al terminar con eso, decidieron a buscar la salida, porque aún estaban perdidas.

FIN DE LA QUINTA PARTE

Estándar
Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Cuarta parte, octogésima tercera historia.

—…Y ante nosotras, está este gran edificio colonial, que funciona como archivo municipal. Es quizás uno de los más grandes de toda la isla. —

Eso decía Nadezha, mostrándole a los demás un gran edificio situado en el centro urbano, como si fuera una guía turística. Thelma Nixon se sentía humillada, ya que fue ella quién se propuso a enseñar a aquellas forasteras Gualeguaychúl y al final, una de las visitantes estaba haciendo su trabajo, porque apenas sabía nada de la ciudad en realidad. Por su parte, nuestra albina ya lo conocía como si fuera su casa, gracias al hecho de visitarlo varias veces anteriormente.

Malan era la única que escuchaba con total interés y atención sobre todo lo que contaba Nadezha, llegando a preguntar todo tipo de cosas relacionadas con lo que estaba hablando. Josefina se estaba quedando dormida, dando bostezos cada dos por tres; Thomas solo estaba ocupado en observarla con una cara de tortolito y las gemelas Alex y Sanae estaban más atentas en comer unos dulces que compraron por el camino que por las palabras de la albina. Eran las cuatro de la tarde y se pasaron todo el día dando vueltas por la ciudad, visitando las cosas más interesantes que había ahí, que eran más de lo que habían imaginado. Salvo por la africana y la rusa, todos estaban agotados y querían descansar de una vez, pero éstas dos no paraban. Tras visitar la biblioteca del centro, se subieron en un autobús, algo que provocó alegría en el personal, creyendo que por fin terminaron:

— ¡Por fin, vamos a casa! — Decía Josefina, tras dar un suspiro de alivio, mientras luchaba por no quedarse dormida.

— ¿Qué dices? Solo nos falta visitar una cosa. — Le dijo Nadezha. Tras soltar esas palabras, todos lanzaron un grito de conmoción.

Aquella súbita reacción provocó que la rusa les quisieran preguntar por qué chillaron de esa manera, pero Malan la interrumpió, preguntándole esto llena de emoción: — ¿A dónde? —

— Al lugar más famoso de todo la ciudad, ¡Sus viejas ruinas! — Hablaba de aquel lugar que ella y las demás vieron antes de llegar a Gualeguaychúl en el tren.

Nadezha deseaba volver a verlo de nuevo, habían pasado largos años desde que lo visitó en una excursión a principios de primaria. Lo único que ella recordaba era lo asombroso e impresionante que era aquel lugar y deseaba repetir aquella experiencia. Estaba igual de emocionada que Malan, quién tenía mucho interés en conocerlo desde que lo observó desde el tren. El resto solo quería terminar y volver a casa para descansar. Por desgracia, cogieron la línea que les llevaba directamente a aquel lugar y que apenas pasaba por dónde estaba la casa de la abuela y la de los Nixon. No tenían más remedio que aguantar un poco más. Tras un largo viaje de quince minutos, llegaron finalmente a su destino.

— ¡Ya estamos en las puertas del viejo Gualeguaychúl! — Eso gritaba eufórica Nadezha cuando bajaron en la parada.

Malan también lanzó un grito de euforia mientras levantaba la mano, los demás hicieron lo mismo inconscientemente, aunque fue hecho con los ánimos más bajos posibles, minados por el cansancio.

Aunque veían a las ruinas y la montaña en dónde fueron construidas, les faltaba unos cuatros metros para llegar al recinto, ya que el autobús solo las dejó en la plaza del barrio que creció a costa de la zona turística. Por eso, Nadezha empezó a correr hacia la entrada de las ruinas, siendo seguida por Malan, con la misma energía que ella. Los demás la siguieron como si ellos estuvieran arrastrando una bola de hierro. Tras recorrer la arteria principal, llegaron a otra explanada en dónde al acceso hacia los vestigios de otra época. Y fue entonces cuando la albina se llevó una gran sorpresa:

— Espera, espera… ¿Tengo que pagarlo, en serio? — Le gritaba Nadezha al guarda que vigilaba la entrada. Éste, solo le movió la cabeza para decirle que sí, mientras estaba tan inmóvil como una piedra. Ella no se lo podría creer.

— ¿Cómo que sí? Cuando yo vine aquí la última vez, ¡podrías entrar sin pagar, era gratis! — Le gritaba encolerizada. — ¡Y además es muy caro, carísimo! ¡Son veinte dólares, por el amor de Dios!—

— Es lo que hay. — Le replicó el guardia sin mover ni un músculo. Luego, él les señaló la caseta en dónde entregaban las taquillas para entrar a las ruinas. Nadezha, molesta por su reacción, casi iba a hacer una barbaridad.

— ¡Oye, tía! — Pero fue detenida por Thelma. — ¡Cálmate! —

Era incapaz de alzar la voz muy fuerte, porque estaba muerta de vergüenza por el comportamiento que estaba mostrando Nadezha. Todo el mundo que salía o entraba de las ruinas las miraba con atención y ella no quería ser relacionada con una chica que parecía a punto de golpear a un guardia de seguridad solo por el precio de una atracción turística.

— ¡No me voy a calmar, porque esto es un robo! — Le replicó Nadezha, a gritos, como si fuera un ogro. Ésta decidió dejarla en paz, con el temor a ser golpeada. Al final, la albina no hizo nada grave, salvo el hecho de decir montones de cosas nada bonitas hacia a él, a los responsables de la ruinas e incluso al gobierno de los Estados Unidos. Tuvieron que llevársela a la fuerza, al ver que el guardia iba a llamar a la policía, harto de ella.

— ¡No te pongas así, solo son unas ruinas! — Le dijeron las gemelas a Nadezha, tras pasar unos minutos.

Ella estaba sentada en un banco de piedra, al lado de un kiosco; y seguía estando enfadada, gritando todo tipo de sinsentidos. Las gemelas, al notar que su actitud no cambiaba, intentaron tranquilizarla con esas palabras. Querían pedirle que le diesen dinero para comprar algunas chucherías, ya que ellas observaron que no tenían lo suficiente; pero les daba mucha cosa decírselo en su estado actual. Fue en vano.

— ¡Esto es un completa injusticia! — Gritaba Nadezha, llena de furia y rabia. — ¡Malditos useños, ahora nos roban nuestros monumentos y nos cobran un montón para verlos! ¡Serán hijos de puta! — Entonces, ella se levantó y empezó a darle a un árbol puñetazos para tranquilizarse. Todos dieron un gran suspiro al verla actuar así.

— ¡En serio, tranquilízate! ¡Ellas tienen razón, son unas putas ruinas! ¡No es para tanto! — Thelma, aterrada por lo violenta que estaba siendo aquella chica y por ser multadas por aquel comportamiento incivilizado, intervino.

— ¿¡No es para tanto!? ¡¿No es para tanto!? ¡Son nuestras ruinas! — Y solo consiguió que la gritará con tanta intensidad, que creyó que la iba a matar.

— Vale, vale. — Eso le soltaba muy aterrada, al escuchar su réplica.

— Cuando alguien se pone así, deberían dejarla sola por un momento, hasta que desahogue. — Comentó Malan en voz baja a Thelma.

Ella había aprovechado el momento para reunir información en las ruinas, hablando con varias personas, tanto a los trabajadores del lugar como a varios visitantes que salían de ahí; y coleccionando folletos. Se acercó a Thelma, con una sorprendente tranquilidad, como si nada grave estuviera pasando; para avisarle de que sus palabras no servían de nada, antes de leer todo lo que había coleccionado.

— ¿Podemos volver a casa? — Por su parte, Josefa no dejaba de preguntar esto.

Como ella no paraba de repetirlo, a estas alturas todo el mundo la ignoraba, salvo Thomas, que se lo decía a su hermana cuando lo escuchaba. Thelma le replicaba que ya lo sabía y que le dejará en paz.

Cuando Josefa vio que nadie iba a responderla, soltó esto: — ¡Me da pena Nadezha! — Por alguna razón, se compadeció de ella.

Todos los demás se quedaron mirándola, preguntándose qué parte de pena veía en ella. Thomas intentó observarla detenidamente para encontrar el porqué Josefina se compadeció, pero solo sintió miedo por la actitud de Nadezha. Rezó para que Josefa no se volviera como la albina.

— ¡En verdad, es muy caro! — Comentó Sanae con una mueca de horror, al mirar los precios de la entrada en unos de los folletos que se trajo Malan.

— ¿Todo esto solo por una ruinas? — Añadía Alex, mientras ojeaba lo que Sanae tenía en sus manos. — ¡Estos ricos siempre se gastan su dinero en montón de tonterías, le gustan que le estafen! — Con aura de superioridad,  le dio la razón a su hermana y ellas empezaron a burlarse hacia a los ricachones.

A continuación, esperaron un buen rato hasta que Nadezha se cansara de maltratar a los árboles. Y cuando vieron que ella se detuvo, poniéndose a mirar durante unos segundo cómo se destrozó sus manos por usar un árbol como un saco de boxeo, se acercó a ellos y les soltó eso, muy decidida:

— ¡Gente, voy a entrar ahí, sí o sí, sin permiso! — Todos se quedaron con la boca abierta.

— ¿¡Estás loca!? — Le gritó Thelma, al escuchar eso.

— Voy a protestar contra esto, contra el abuso del turismo. Se coge toda cosa histórica solo para hacerlo como museo, para que todos los pringados les tiren dinero. Y lo haré entrando ahí. — Con estas palabras, Nadezha miró hacia la entrada de las ruinas de forma innecesariamente valiente y empezó a andar de forma épica, como si estaba a punto de luchar contra una injusticia o un poderoso enemigo.

— ¡Oye, oye, nos vas a meter en un lio si haces tal estupidez! — Añadió Thelma, en un intento por detenerla. No deseaba meterse en problemas, no quería que sus padres la matasen por entrar ilegalmente en un recinto, sobre todo porque su hermano pequeño estaba a su cuidado.

— No os obligó a ir, ¡porque esta es mi lucha! — Nadezha se detuvo un momento para soltarle estas palabras, actuando como si fuera un verdadera heroína. Thelma, muy consternada ante esa exagerada actitud, empezó a preguntarse qué si se había vuelto loca. Luego, descubrió que ella no era la única que perdió un tornillo.

— ¿Te podemos acompañar? — Le preguntaron las gemelas a Nadezha. La emoción de entrar en un recinto sin permiso era demasiado atractivo para no ignorarlo y sucumbieron fácilmente a la tentación. Ellas querían sentirse como en una película de espías, entrando a lugares prohibidos; y gratis además.

— Yo también me voy a manifestar. — Y Malan también se unió. Sabía que la protesta no tenía sentido y era ilegal hacerlo, pero deseaba ver aquellas ruinas y no iba a perder ninguna oportunidad.

— ¿Pero no tienen cabeza o qué? — Les gritó a las chicas que se unieron, incapaz de creer lo que estaba pasando.

Indecisa, no sabía qué hacer y se dirigió a los que estaban en duda. Veía a Josefina muy nerviosa, quién estaba dudando si participar o no. No quería meterse en un lío e acabar a la comisaría, pero quería ir con ellas, creía que hacer eso se convertiría en un hermoso recuerdo de la adolescencia. Tras mucho dudar, eligió esto:

— ¡Yo también! ¡Yo también! — Les gritaba a las demás, mientras corría para alcanzarlas. Y ya solo quedaban Thelma y su hermano pequeño.

— ¡Espérame! — Por desgracia, al ver cómo Josefina se iba, la siguió como si fuera un perrito, dejándola sola.

Con la boca abierta, se quedó mirando cómo se alejaba, incapaz de decirle que estaba cometiendo una locura. Enfadada con su hermano y sintiéndose sola, no tuvo más remedio que elegir lo incorrecto. Salió corriendo para alcanzar al grupo.

— Yo también tendré que ir, ¡pero si nos ocurre algo, será tu culpa! — Eso le gritaba a Nadezha, mientras los alcanzaban. La albina solo emitió una pequeña respuesta, que molestó un poco a Thelma.

A continuación, con la esperanza de encontrar algún hueco o una entrada abandonada para entrar, empezaron a rodear la valla de metal que separaba las ruinas del resto del mundo. Fueron por la derecha, introduciéndose entre los árboles, con cuidado de que alguien les viera. Tras caminar un buen rato, después de pasar por un complicado camino lleno de molestas ramas, ellos salieron del barrio y estaban detrás de las ruinas. No se esperaban ver lo que vieron. Creyeron que aquel muro rodeada todo el recinto, pero vieron que era incompleto, parecía que se olvidaron de construir lo que quedaba y lo dejaron a medias. Algo que enfureció muchísimo a Nadezha:

— ¡Esos desgraciados! — Parecía que echaba humo. — ¡Ni siquiera se han dignado a terminar una puta valla, lo han dejado a medias! ¡Y luego ellos tienen la caradura de pagar la entrada a precios elevados! — Empezó a patear el suelo por la rabia que sentía — ¡Serán ladrones! —

— Aunque, es cierto. Si construyen una valla, por lo menos, deberían hacer el favor de rodear toda la zona. — Añadió Thelma, sorprendida ante tal chapuza.

Nadezha no podría consistir aquel fraude, les hacía pagar un montón de dólares para entrar en un sitio que ni siquiera cumplía con buena seguridad. Incluso empezó a pensar que el dinero al que dedicaron a ese muro acabó en bolsillos ajenos y eso la enojó aún más de lo que estaba. Entró al recinto con una mirada tan aterradora que congelaba de miedo a los presentes, mientras daba pasos fuerte y violentos, y soltaba sinsentidos.

— ¿No está mejor así? — Le preguntó Sanae a su gemela al oído. — Pero es un poco rollo, es muy fácil. — Le contestó Alex, algo decepcionada. Tener la valla hecha a medias quitaba un poco la emoción.

— ¡No puedo esperar, quiero ver todo eso ya! — Por su parte, Malan entraba felizmente al recinto, llena de emoción. Los demás la siguieron.

— De esta me voy a arrepentir. — Comentó Thelma, tras dar un gran de suspiro de fastidio, antes de meterse en el recinto.

FIN DE LA CUARTA PARTE

Estándar
Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Tercera parte, octogésima tercera historia.

— ¡Entiendo que puede ser agobiante tener muchas hermanas, pero no puedo perdonar lo que han hecho ellas! —

Eso le gritaba una chica enfurecida a Nadezha, quién estaba montando un espectáculo en su puerta, atrayendo la mirada de todos, y cuyo nombre era Thelma Nixon. Eran nuevos en la cuidad desde hace unas semanas y su hermano, llamado Thomas, por diversos motivos no pudo conseguir amistades. Mientras sus padres preparaban todo el papeleo para meterlo en una escuela, él se entristeció por no celebrar su cumpleaños con compañía y ella, para ponerle feliz, preparó una fiesta que invitaba a todo el barrio. Tuvo que pagarles a todos porque a muchos no le atraían eso y lo engañó, diciéndole que era gente que querían conocerle y ser su amigo. Al final, todo se arruinó por culpa de las gemelas Alex y Sanae y éste subió llorando a su cuarto.

— Era una mentira, después de todo. Pronto o temprano el chico lo iba a descubrir y le iba a doler igualmente. — Le replicaba la rusa, diciéndole sinceramente su opinión, después de oír lo que ella hizo.

— ¿Y? Solo lo hacía por su felicidad. — Eso era su excusa ante aquellas palabras, con un tono tan grosero que enfadó a Nadezha.

— ¡Pero le engañaste y le hiciste daño y me echas el marrón a mí, así que vete a callar! — Eso le gritaba encolerizada la rusa, mientras intentaba mantener su ira bajo su control.

Al ver que la situación se estaba saliendo de control, Josefina empezó a pedirles que dejasen de pelear y también les pedía a las demás que le ayudarán, algo que Malan, que solo estaban mirando como una simple espectadora, ni las gemelas, que estaban escondidas detrás de la rusa, dándole la razón; tenían ningún interés en detenerlas.

— No importa, me lo tienen que pagar sí o sí. — Después de que Thelma le replicará esto, mientras ahuyentaba a algunas personas que fueron atraídos por su pelea, alguien decidió intervenir para parar la discusión:

— Déjalo, por favor. Estoy pasando una vergüenza. —

La voz provenía de dentro de las casa y Thelma miró hacia atrás, viendo que era su hermano, quién bajó a la puerta, al ver el espectáculo que estaba tomando su hermanita, con la intención de tranquilizarla. Durante un buen rato habló con ella, consiguiendo su objetivo. Después, los padres invitaron a las chicas, como una forma de arreglar las cosas.

— Lo siento mucho por la actitud de mi hermana, a veces se pone así. —

Les decía el joven Thomas, quién le daba un codazo a su hermana, para que se disculpará. Estaba muy avergonzado de su actitud.

— No, ¡yo soy la que les debo dar disculpas por estas burras que han fastidiado tu fiesta! — Exclamaba Nadezha, igual de avergonzada que el chico. Obligaba a las gemelas a disculparse, aunque ellas se resistían a hacerlo.

— Tu hermana es muy buena persona, ella intentaba hacerte una fiesta. — Intervino Josefina, mientras se comía una fruta que los papás le habían dado. — ¡Debes estar muy orgulloso de ella, por lo menos, no es como la mía! — Añadió, al recordar a su hermana Noemí.

— Pero, aún así, eso me sienta mal. Me hace ver como si no tuviera amigos, o como si fuera un perdedor o un borde que debe dar dinero para que los demás se acerquen a mí. —

La hermana se puso muy nerviosa al oír estas palabras. Se dio cuenta de que podría haberles dado una mala impresión de su hermano con aquella fiesta de cumpleaños por su culpa. Empezó a arrepentirse de haberlo hecho.

— Entonces, solo una solución, ¡seamos amigos! — Eso le dijo Josefa, quién se acercó a él y le tendía la mano con una grata sonrisa. Entonces, aquel chico, se puso rojo y quedó cautivado por ese rostro.

— Pues, por supuesto. M-muchas gracias. — Con repentina alegría, le cogió de las manos, con su rostro brillando de felicidad.

A continuación, ella se presentó ante los demás, dando lo que parecía más un discurso que una presentación, tan largo e imposible de entender para que provocó en los demás dolores de cabeza y deseosos de hacerle callar. Todos salvo Thomas, que la escuchaba con tanta atención y mirándola como si fuera un tortolito.

Desde ese momento, todos se dieron cuenta de que aquel joven le gustaba Josefina, salvo ella misma. Él lo sintió como si fuera amor a primera vista.

A continuación, los demás dejaron a Josefina a que siguiera hablando con Thomas, mientras salían al patio para no escucharla más.

— ¡En serio, tu hermana no se calla, ni debajo del agua! — Decía Thelma bastante molesta, mientras veía como hermano no dejaba de observarla.

Estaba levantando una de las mesas de la fiesta, para guardarlas en el garaje de la casa. Nadezha, quién se ofreció a ayudarles a recoger, le replicó esto:

— No es mi hermana, es solo una amiga, supongo. —

Después observó como Malan y las gemelas estaban vagueando mientras, ellas recogían el jardín. Sintió ganas de pedirles que le ayudaran. Y lo iba a hacer, pero entonces la detuvo Thelma, que comentó esto:

— ¿¡Por qué mi hermano no deja de mirarla!? ¡Si es solo una niña normal, con acento raro…pero común! — Nadezha le quiso decir que se olvidará de ellos y que hiciera bien su trabajo. Se arrepintió mucho de no hacerlo, porque ésta no paró de quejarse y cometer errores tontos. No dejaba de decirse a sí misma que le había tocado un gran elemento.

Tras ser regañadas por la abuela, quién llamó por teléfono y decirles que volvieran de una maldita vez. Las chicas decidieron irse.

— ¡Mañana, volveremos por aquí! — Le dijo Josefina a los dos hermanos, mientras se alejaba de la casa y les decía adiós.

— ¡Ten mucho cuidado Josefina, no te vayas con desconocidos ni nada parecido!  — Eso le gritaba Thomas, quién solo miraba a Josefa, y se olvidó de las demás, mientras su hermana miraba con recelos esos consejos.

— ¡Si vienen, os enseñaremos la cuidad, os lo prometo! — A continuación, Thelma les dijo esto como despedida. Esperaba que lo hicieran, ya que el día siguiente no tenía nada que hacer.

— Espero que la comida no esté podrida, con lo que habéis tardado, seguro que lo está. — Esto fue lo que comentó la anciana con muy mala leche, quién las esperaba en la puerta, cuando las vio entrar en la casa. Salvo su nieta, nadie pudo traducir aquellas palabras.

A continuación, fueron regañadas muy duramente por la abuela. Las niñas, a pesar de no entenderla, no le gustaron la regañina.

Después de eso, ella empezó a cocinar y todo el mundo tuvo que ir a la cocina para ayudarla. Pero al ver lo incompetentes que eran, expulsó a todas, salvo la tía:

— ¡No me puedo creer que sean mujeres y no saben ni pelar una mísera patata! ¡Son más inútiles que los hombres! — Eso gritó en ruso, cuando las echó de su cocina.

Al final, preparó una gran cena que fue a gusto de todas, que dejaron los platos más limpios que el oro. No solo disfrutaron de la comida, también de las canciones que soltaba la anciana, muchas de ellas eran música popular de origen ruso o shelijoniano. Intentaron aprendérselas, imitándola más bien que mal. También vieron algunos bailes típicos de la isla gracias a la tía y a Nadezha, que les mostraban cómo lo hacían. Fue tan divertido que se les pasó volando el tiempo y querían seguir, a pesar de que la anciana, al mirar la hora, las mandó a dormir. Aunque para ellas era muy temprano, no se quejaron, porque les daba mucho miedo contradecir a la abuela.

Mientras la anciana les mostraba a las niñas dónde iban a dormir, Nadezha estaba apoyándose sobre la barandilla del balcón de la casa. Observaba el mar, el cual podría avistarse a pesar de las múltiples montañas. Podría preguntarse cuánto kilómetros había desde dónde estaba hasta la playa, pero estaba ocupada en otra cosa.

— ¡Qué rica está su comida! ¡Es mil veces mejor que la mía! — Se sentía fatal por su nivel de cocina y envidiaba a su abuela.

— ¡Ya aprenderás a cocinar en condiciones! Me han dicho que puedes cocinar algunos platos. — Exclamó su tía, quién también estaba ahí.

— Pero son básicos, y no me salen tan bien como esperaba. — Se imaginó las miles de veces que se le quemaron los huevos fritos.

— Entiendo… — Eso dijo su tía, para quedarse luego todo en silencio. Al pasar unos minutos, ella abrió su boca para preguntarle algo a su sobrina.

— ¿Recuerdas la promesa que me hiciste? — Al principio, Nadezha no sabía de qué estaba hablando ella, así que empezó a pensar.

Tras pasar unos minutos, se acordó de algo.

— Eso lo dije cuando era una cría, allá por los ochos o nueve años… — Se puso nostálgica al recordarlo. — No recuerdo cuándo, pero era niña. — Y miró al cielo.

— ¿Pero lo recuerdas? — Le preguntó su tía.

— Un poco borroso. — Eso le respondió Nadezha, mintiéndola, ya que lo recordaba con mucha claridad. Estaban delante de las tumbas de sus padres cuando se lo dijo. En esa escena también estaba alguien a quién no deseaba recordar, ya que le producía dolor. Su tía, entonces, le soltó lo que ella le dijo en aquel momento:

— Cuando sea grande, me uniré a ti y haré lo que todo un shelijoniano, un ruso de corazón debe hacer. Liberar a su patria de las garras de aquel que nos invadió con engaños y se alzó como nuestro dominador. Algo así. —

Nadezha pensaba que se iba a avergonzar al oír esas palabras, pero tuvo una extraña nostalgia al oírlos, recordando múltiples cosas de su infancia.

— Ya veo. Lo tuve que decir de una manera más sencilla, era solo una niña y no podría decir palabras tan complicadas. — Comentó Nadezha, mientras intentaba recordar cómo eran exactamente sus palabras.

— ¿Aún quiere mantenerla? — Entonces, su tía le saltó con otra pregunta.

— ¿Qué quieres decir? — Que ella no pudo entender bien.

— Cuando cumplas la mayoría de edad, unirte a mí y meternos en política juntas para luchar por la independencia de Shelijonia, romper con Estados Unidos. — Nadezha rió un poco al escuchar eso. Se imaginaba como si fuera una presidenta, vestida con un elegante traje que mostraba todas sus curvas, viéndose muy épica, solucionando todos los problemas de la gente, independizar su tierra y siendo querida por todos.

— Eso sería hermoso. — Se deshizo de todas esas fantasías. — Pero la política es horrible y no creo que podría acabar bien. — Ella lo sabía muy bien y le hacía gracia que su cerebro le mostrase imaginaciones que le parecían muy poco realistas, demasiado rosa para ella.

— Entiendo. Podríamos acabar corrompidas por el poder y traicionar nuestros ideales. Si somos leales a nuestras ideas, seremos silenciadas. Y de todas formas, tendremos que ensuciarnos las manos, sí o sí. Pero, aún así…—

Se quedó callada unos segundos, mientras entraba en el salón, para luego decirle esto: — Pero me harías muy feliz que te unieras a mí. —

— Me lo pensaré. — Eso le dijo su sobrina y ella se fue. Nadezha se quedó en silencio, observando la luna, preguntándose qué pasaría si lo aceptará.

Quería que su tierra se librase del país que lo dominaba, no le importaba meterse en la política para conseguir que ese sueño se volviera realidad. Pero le daba mucho miedo hacer eso, no quería convertirse en un peón más del sistema y en una mujer corrupta.

FIN DE LA TERCERA PARTE

Estándar
Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Segunda parte, octogésima tercera historia.

— ¡Qué fría tengo las piernas! ¡Me voy a morir de frío! — Eso decía una Josefina que no dejaba de temblar por lo helada que estaba. Tenía puesta una falda linda que le llegaba hasta las rodillas.

— Por eso, yo te dije que te comprará unas medias, o por lo menos una larga. — Le replicó Nadezha, mientras recordaba que sus recomendaciones eran ignorados por la cabezonería de Josefina, ya que solo se encaprichó con la falda que estaba llevando y creyendo que estaría bien protegida del frio solo con eso.

— Pues a nosotras no nos sirve, tenemos las piernas congeladas. — Eso gritaban mutuamente las gemelas, quienes llevaban medias. Nadezha les replicó que eso era porque eran muy finitas.

Mientras las chicas se quejaban por las ropas que compraron y Nadezha les replicaba, Martha Malan estaba yendo a su bola, observando una especie de termómetro que analizaba a que temperatura estaba.

— Estamos a once grados centígrados, supuestamente. — Comentó en voz baja, al ver el resultado que le dio. Todas las escucharon y se quedaron algo extrañadas, nadie había preguntado por la temperatura. Al darse cuenta, la sudafricana tuvo que disculparse y decirles que ignorasen lo que dijo.

Eran las cuatro de la tarde y las chicas volvían del supermercado, después de que la abuela de Nadezha les diera la orden de comprar comida, ya que la que tenían era insuficiente para tantas bocas. Eso sí, después de haberlas hecho prometer que no iban a comprar golosinas ni bebidas ni patatas fritas. Llevaban con ellas la mascota de la tía de la rusa, que Josefina conoció el verano del año pasado.

— ¡Miren que contento está Doge! ¡Estaba deseoso de tener un paseo! — Eso decía tiernamente Josefina, mientras el perro la tiraba de la correa.

— Se llama Nievi. — Le replicó de nuevo Nadezha, era la quinta vez que se lo decía, pero ni le hacía caso. Es más, todas empezaron a llamarlo como Doge e incluso ella misma lo pronunciaba por error a veces.

Iban tranquilamente por las calles de aquella ciudad, desconocida para las niñas, con un cielo despejado y un sol que apenas ayudaba a calentarlas.

Doge, di esto: Wow. Muy Doge. Tan meme. Tanto internet. — Eso le decía Alex al perro, mientras su hermana gemela le intentaba acariciar, pero este la esquivaba. — ¡Déjame tocarte! — Le pedía esto, muy molesta.

Tras cruzar una calle muy transitada, que daba a una vía muy importante para la salida de la ciudad, se introdujeron en un barrio residencial, que las recibió con un olor bien rico.

— ¿Huele a barbacoa? — Eso le preguntaba Sanae a su hermana, mientras olía como un perro.

— No lo sé, pero eso me está haciendo la boca agua. — Le respondió Alex.

— Seguro que están haciendo una fiesta o algo así. — Comentó Nadezha, al percatarse del olor. También empezaron a notar música y un griterío a lo lejos. Las gemelas no lo pensaron dos veces, iban a hacerles una visita.

— ¡Vamos a colarnos en la fiesta! — Eso le dijo Alex a su hermana, en voz baja. Sanae la intentó replicar: — Pero… — Pero estas simples palabras la convencieron: — Solo será un momento.  — Y con esto dicho, se quitaron del medio sin que las demás se enterasen, directas al lugar de la presunta celebración.

— ¿Con este frio? ¿Quién se atreve montar una fiesta? — Josefa preguntó muy consternada. Por nada del mundo ella haría una barbacoa fuera en pleno octubre.

— Mientras haga sol y no llueva o nieva eso es lo que importa. — Eso le respondió Nadezha, mientras miraba el cielo soleado. Ella se preguntaba cuando caería la nieve, ya que deseaba verla de nuevo y por estas fechas era cuándo toda la isla se llenaba de blanco.

A continuación, vino un silencio que duró varios pasos. Martha Malan, ya aburrida por observar la temperatura, se percató de que apenas se oía a las gemelas. Miró discretamente hacia atrás y vio que no estaban. Entonces, les comentó esto a Josefina y a Nadezha: — Por cierto, parece que Alex y Sanae no están. —

— ¿Cómo qué? — Nadezha, miró hacia atrás. — ¿¡En dónde se han metido esas niñas!? — Gritó con mueca de terror, mientras miraba por todas partes, buscándolas.

— Seguro que atraídas por el olor de la comida. — Eso le dijo Josefina. Oliendo de nuevo aquel delicioso aroma, supuso que ellas se fueron directas al origen de ese olor.

Mientras tanto, ellas, Alex y Sanae llegaron al origen del olor, a una casa llena de pinos. Ellas espiaron a través de la alambrada que rodeaba el jardín de aquella propiedad y observaron una gran fiesta. Cientos de niños y niñas jugaban por el recinto, varios adultos charlaban entre ellos, salvo los que estaban preparando una rica carne en la barbacoa; había varias mesas de plástico llenas de aperitivos y platos deliciosos, mas una pobre piñata esperando ser golpeada cruelmente. Por los gorritos, los globitos de colores y cartelitos que felicitaban a alguien, era bastante fácil de adivinar que estaban ante un cumpleaños.

— ¡Qué gran fiesta se están montando está gente! — Añadían las gemelas, muertas de envidia. — ¡Deben ser muy ricos para montar tal cosa! —

No dijeron ni una palabra más, se miraron la una a la otra y con una sonrisa de diablillo, decidieron colarse en la fiesta, divertirse un rato y comer hasta reventar. Buscaron por la alambrada algún hueco. Tuvieron mucha suerte, encontraron un enorme agujero, situado en una parte muy escondido, por el cual entraron con poca dificultad.

Con total desvergüenza empezaron a pasearse por el jardín como Pedro por su casa, sin que nadie se diera cuenta de que se habían colado, siendo su infiltración un completo éxito. Lo primero que hicieron fue dirigirse hacia la comida. También aprovecharon para reunir información:

— ¿Qué es esta fiesta? — Le preguntaron a un gordo de once años con aspecto de nerd, que se estaba zambullendo sin parar las patatas fritas de un plato.

— ¿No lo saben? Es el cumpleaños de aquel chico. — Les respondió aquel chico con mucho desagrado, mientras les señalaba al cumpleañero, que estaba sentado en la mesa central de la fiesta. Esas dos no le dieron mucha importancia, tenían que aprovechar que el gordo estuviera distraído para quitar del medio todo lo que quedaba en el plato.

— ¿Y cómo se llama? — Le preguntaron otra vez, mientras él se daba cuenta de que no había más patatas y se fue a otro plato para devorarlo sin cuartel, algo que las gemelas querían evitar.

— ¡Y yo que sé, solo he venido por la pasta! ¡Me dijo su hermana que si venía me daría unos diez dólares! ¡Casi todos estamos aquí por eso! — Les gritó de mala gana. Solo quería comer tranquilo y que le dejaran en paz esas niñas. Las gemelas, molestas por su actitud, le entraron ganas de tirarle la comida a la cara.

Pero ellas rápidamente se olvidaron de eso, al descubrir que todos los que entraron en la fiesta solo lo hicieron por el dinero. Les pareció algo muy triste y patético, pero eso no las detuvo a lamentarse por haber entrado sin permiso al cumpleaños, querían esos diez dólares.

— ¿¡Diez dólares!? — Le exclamaron al chico. — ¡Qué poco es eso! —

Ahora que sabían la verdad, decidieron aprovecharse y exigir más, gritando esto: — ¡Vamos a exigirle más dinero! ¡Diez dólares es muy poco! —

El chico ni las hizo caso, ya estaba bien con sus diez dólares. Las gemelas decidieron, a continuación, dirigirse hacia al cumpleañero y exigírselo.

El pobre, que cumplía aquel día diez años, era de una familia del continente que vino al sur de Shelijonia a vivir por cuestiones de trabajo. Tenía un pelo moreno y rebelde, y era algo más alto que las gemelas. Estaba muy feliz. Había pasado dos semanas desde que llegó y no pudo hacer amigos, creyendo que iba a pasar su cumpleaños solo. Y de repente, toda su clase y casi todo el barrio llegaron para celebrar su nacimiento. Aunque todo le parecía muy extraño, lo ignoró, disfrutando de la fiesta. Muy poco le revelarían la verdad, que todo esto solo era una elaborada mentira.

— Buenas. — Llegaron las dos gemelas, saludándole dócilmente. El cumpleañero se quedó muy extrañado, esas caras no les parecía nada familiares. A continuación, le gritaron esto:

— ¡Diez dólares son insuficientes! — Era bien obvio saber que se quedó boquiabierto cuando oyó esas palabras, el cumpleañero no podría salir de su asombro.

— ¡¿Hola, quiénes sois!? — Les dijo esto, nerviosamente.  — ¿¡Qué quieren decir con eso!? — No entendía lo que estaba pasando.

— ¿Qué no daban diez dólares para que fuera a tu fiesta? — Añadieron mutuamente. Él se quedó en blanco y todo el lugar se quedó en silencio.

— Debe ser muy triste si haces eso, es como si no tuvieras amigos. — A continuación, Alex soltó esto como burla, sin medir el daño que le causó esas palabras. Borró todo rastro de felicidad que había en el cumpleañero.

— Creo que te has pasado un poco, Alex…— Le dijo Sanae en voz baja a Alex. Ésta, al notar su reacción, tuvo que reconocerlo: — Eso parece…—

Entonces, salió de la nada una chica que las gritó fuertemente.

— ¿¡Pero qué hacéis!? ¡No le digáis eso! — Las gemelas no pudieron reaccionar a tiempo, se quedaron paralizadas, mientras pensaban que la habían fastidiado.

Era la hermana de aquel chico, una chica de diecisiete años, con un cuerpo bastante formado y con un pelo moreno, cuyo flequillo le cubría toda la frente y que le llegaba a los hombros. Tenía un característico tatuaje de mariposa en el rostro, en la mejilla izquierda. Llevaba una sudadera que decía algo obsceno y unos pantalones vaqueros que le quedaban muy grandes y se le caía de vez en cuando. Se dirigía hacia ellas con gran enfado y miedo, ya que no quería que su hermano se enterase de la verdad.

— No es verdad, solo es una tontería de estas chicas.  — Le gritó a su hermano, quién estaba en blanco; intentando engañarlo aún más.

— ¿Pero quienes sois? ¡No estáis en la lista de invitados! — Luego, se dirigió a las gemelas, gritándoles esto. Éstas se pusieron a temblar, al ver que la habían descubierto.

— ¡Es que nosotras somos unas invitadas sorpresa! — Las gemelas se excusaron con esto, antes de salir corriendo como locas.

— ¡Hey, niñas, volved ahí! — Les decía con la intención de perseguirlas, pero una frase de su hermano la detuvo, que tras darse cuenta de toda la farsa, soltó estas palabras con tristeza: — ¡Ya lo entiendo todo! —

— Todo esto es solo otro de los trucos de mi hermana. — Y a continuación, gritó esto.

— Solamente quería hacerte feliz, es que te sentías muy triste y todo eso, ya que nadie iba a ir a tu cumpleaños. — Su hermana intentó explicárselo.

— Además de que ellos…— Intervinieron sus papás, refiriéndose a sus amigos. —…han venido por voluntad propia.

Ninguna explicación sirvió, el chico les gritó a todos esto: — ¡Idiotas, es que sois idiotas! — Antes de introducirse a su casa, con la intención de ir a su cuarto a llorar.

Tras ver como el cumpleañero se fue de la fiesta, se formó un silencio que duró varios segundos, los invitados tardaron en reaccionar.

— ¿La fiesta ha acabado? — A continuación, algunos de los invitados empezaron a preguntarse esto, tras observar ese espectáculo.

— ¿Nos podemos ir? — Y otros les preguntaban a los anfitriones esto, ya que la situación se les hizo tan incómoda que no tenían ganas de estar ahí.

— Te lo dije, si lo descubría, su autoestima se iría al carajo. — Eso dijo su padre, después de que el silencio se fuera.

— Hay miles de capullos en el mundo que invitan con dólares a todo el mundo y no pasa nada. — Eso le replicó su hija, molesta por la reacción exagerada de su hermano.

— Ya entenderá que lo hiciste por él. — Tras decir este pequeño consuelo, el padre siguió a lo suyo. Puso los últimos preparativos para acabar con la carne que les quedaban, junto con sus amigos, como si no pasara nada.

Ésta empezó a gritarles a los demás que la fiesta ya había terminado y que se fueran yendo. Salvo por los amigos de sus padres, el resto empezó a irse de la fiesta, yendo por la puerta trasera del jardín. Malhumorada, empezó a observar el fin del cumpleaños que le hizo a su hermano y entonces, se encontró a las chicas que le arruinaron la fiesta, saliendo debajo de una mesa, ya que se escondieron ahí, andando de puntillas para que no le pillaran.

— Vosotras, ¿adónde os vais? — Les gritó furiosamente, tanto que asustó a su padre y a sus amigos, que tiraron carne al suelo sin querer.

Las gemelas se paralizaron, al momento. Luego, al ver que esa chica iba a por ellas, salieron corriendo y empezaron a dar vueltas por el jardín de la casa. Entonces, se oyó el timbre de la casa. El padre se fue a abrirlo y, al hacerlo, se encontró con Nadezha, Malan y Josefina.

— Perdón por molestar,… — Le decía Nadezha. —…pero, ¿aquí han entrado dos niñas muy iguales, que son gemelas, a su fiesta? — Él dijo que sí y de repente, aparecieron ellas, Alex y Sanae, saliendo por la casa y abrazando a la rusa.

— Nadezha, ayuda. — Les gritaba. — ¡Nos quieren pegar! —Pero, al final, fueron golpeadas por la misma Nadezha, quién estaba muy enfadada y muy preocupada, que les dio unos fuertísimos tortazos en sus traseros.

— Así aprendéis a no desaparecer de la nada. — Les gritó esto, después de darles su merecido. Las gemelas le pidieron disculpas, mientras ponían sus manos en sus traseros por el dolor. Josefina y Malan aprovecharon para preguntarles que habían hecho.

Entonces apareció la hermana del cumpleañero, quién le preguntó a Nadezha, con muy malas pulgas:

— ¡¿Son tus hermanas!? — Nadezha, bastante aturdida por la situación, le iba a decir que no, pero ni la dejó hablar: — ¡Por culpa de esas chicas, mi hermano está llorando, quiero alguna compensación! —

Nadezha se quedó en blanco, lanzando un grito de incomprensión. Luego, se dirigió a las gemelas, temiendo fuertemente que estas hubieran cometido alguna barbaridad, preguntándoles esto: — ¿Qué habéis hecho? —

La única respuesta que recibió fue que aquellas dos se pusieron a silbar, haciéndose las inocentes.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

Estándar
Octogésima_tercera_historia

Visitando el sur: Primera parte, octogésima tercera historia.

Era el segundo viernes del mes de Octubre y Nadezha estaba sentada en un banco situado dentro de la principal estación de tren de la cuidad. Por el simple hecho de estar allí y tener una maleta a su lado, uno podría adivinar que iba a irse de viaje. Ella leía tranquilamente una novela de Tolstoi para poder perder el tiempo e ignorar la soledad que estaba sintiendo. Ni su tío, ni su novio ni sus suegros le habían acompañado. Su Vladimir se fue a una larga excursión a otra parte de la isla con su clase, para celebrar el Día de Shelijonia. Pudo pedirle a su pariente que le acompañase, pero estaba muy ocupado, ayudando a unos amigos. Y ni quiso molestar a los padres de su amado, que estaban aprovechando estos días para disfrutar como pareja.

En un momento determinado, incapaz de seguir leyendo aquella tan pesada obra, empezó a recordar cuál fue el motivo de hacer aquel viaje solitario.

Unos días antes, después de convencer a Vladimir para que se divirtiera con sus amigos en aquella excursión, se dio cuenta de que no tenía ningún plan para pasar el Día de Shelijonia. Su tío se comprometió a ayudar en el desfilé y no iba a tener tiempo para ella. Sus suegros querían resucitar su vida matrimonial, así que ni atrevió a preguntarles algo. Cuando le comentó todo esto a una tía suya, con quién estaba hablando por teléfono, ésta le dijo:

— ¿Y por qué no vienes a aquí conmigo y con la abuela? —

No muy estaba segura de hacer ese plan, pero su tía le insisto tanto que tuvo que decir que sí, ya que se sentía sola y aburrida, al igual que Nadezha.

Dejó de recordar, ya que le faltaba poco para terminar el capítulo. Cuando lo consiguió, apartó los ojos del libro e intentó ver cuánto faltaba para el próximo tren que le llevaría a Gualeguaychúl, ciudad situada en el sur de la isla y lugar en dónde vivían su tía y su abuela. Entonces, se encontró con una gran sorpresa que la hizo chillar muy fuerte, gritando un insulto en ruso.

Se quedó muy consternada cuando vio que delante de ella se encontraban unas conocidas que no esperaba encontrar en ese lugar, que también dieron un grito y se echaron para atrás al verla chilar. Tras un corto silencio, la rusa pudo reaccionar, diciendo esto:

— ¡Casi me dan un ataque al cora…! — Pero aquellas palabras fueron interrumpidas por aquellas conocidas.

— ¡Déjanos ir contigo! — Gritaron esto, mientras se ponían de rodillas y empezaron a suplicar fuertemente, poniéndole cara de cachorrito.

— Espera…— Nadezha no salió de su asombro, dando un grito de consternación. — ¡¿Qué!? —

Así es como Josefina, Aleksandra, Sanacja y Malan le pidieron a Nadezha que les dejarán unirse a su travesía. Y la obvia respuesta fue ésta:

— ¡Ni hablar! ¡No voy a llevarlas, ni menos ahora, que ya estoy a punto de marcharse! ¡Así que iros a molestar a Mao o algo así! —

Pero, al final, a pesar de su negativa inicial, pasó lo contrario.

— ¡Gracias por sus billetes! — Eso le decía el encargado del mostrado a Nadezha, mientras se los daba. — ¡Espero que se divierta con sus hermanas pequeñas! —

Nadezha le quiso decir algo, pero se calló. Ya estaba bastante fastidiada por el hecho de que apenas le quedaba dinero. Al final, ella se rindió fácilmente ante las artimañas de las chicas:

— ¡Por favor, Nadezha! ¡A mí ya no me permiten ir a las excursiones! ¡Mi familia no quiere viajar y Mao es muy vago para salir de su casa! ¡Te lo pido como amiga! — No pudo aguantar el lloriqueo de Josefina, quién quería desesperadamente salir a algún lado.

— ¡Jamás hemos viajado! ¡Somos pobres y apenas tenemos comida! — Ni a las exageradas mentiras de Alex y Sanae, que atraían las miradas de los curiosos que pasaban por ahí. — ¡Aún así queremos ver mundo! ¡Conocer otros lugares, otras culturas! ¡Haznos este favor, te lo rogamos! —

— ¡Por favor, no nos abandones! ¡Queremos ir contigo, estar a tu lado! — Tampoco a la sobreactuación de Malan, intentando parecer a la joven enamorada que intentaba evitar que su amado se alejara de ella.

El espectáculo que estaban montando y las miradas acusadoras de los viajeros, que sorprendentemente se compadecían de ellas, provocó que Nadezha finalmente cediera, gritando esto:

— ¡Vale, vale! ¡Os dejaré ir! ¡Pero dejen de hacer esto, por favor! — Las chicas celebraron fuertemente su victoria, mientras ella iba a comprar los billetes.

Fastidiada por no haberse librado de ellas, decidió dirigir su enfado hacia una persona, algo que hizo varios minutos después de subirse al tren:

— ¡Espera! ¡Espera un momento! ¡No me fastidies, esas niñas no son mías! ¡No tengo la culpa de nada, por eso no me debes molestar! — Le replicaba Mao, bastante arrepentido de coger el teléfono.

Le llamó una Nadezha muy enfadada que le contó la situación. Le gritó que debería controlarlas más y enseñarles a que no montarán más espectáculos como el que acabaron de hacer. Además, le acusó de haberles comentado que ella iba a viajar, a pesar de que nunca se lo comentó. Mao no entendía lo que pasaba, estaba realmente aturdido por lo que oía.

— ¡De todos modos, tú me vas pagas sus billetes! — Le gritó Nadezha, a continuación.

— ¿Por qué, yo? — Se puso malo al oír eso.

— Tú eres su jefa. — Así de claro se lo dijo.

— ¡Eh! ¡Eh! ¡Esa es una tontería de las gemelas! Yo n… — Y se cortó la comunicación.

Nadezha se dio cuenta de que estaban pasando por un túnel, el cuál cortó la llamada. Intentó llamar de nuevo, pero su móvil se quedó sin saldo. Pensó en esperar que Mao volviera a llamar, pero se imaginó que pasaría de ella y seguiría vagueando en su salón como siempre. Entonces, dio un suspiro de molestia, intentando hacerse a la idea de que se pasaría estos días haciendo de niñera.

A continuación, pasaron casi dos días para llegar a su destino. El tren cruzó gran parte de la costa este de la isla, para luego entrar en el interior de la parte sur. Las chicas no estuvieron quietas, vivieron una pequeña aventura entre los vagones, el cual no tiene cabida aquí y se relatará en otra historia.

El día en que llegaron a su destino, Nadezha se despertó de una manera muy inusual. Las bocinas del tren no paraban de anunciar que faltaba menos de una hora para llegar a la última parada y ella empezó a abrir los ojos poquito a poco. Entonces, intentó levantarse, pero no podría, algo le impedía. Atontada por el sueño aún, creía que su cuerpo solo se sentía pesado y empezó a mirar por todo el vagón-dormitorio. Todas las demás camas estaban vacías, menos el suyo. Entonces, se dio cuenta de que estaba totalmente rodeada, de que las chicas la estaban abrazando como si fuera una almohada. Las gemelas le tenía agarrada por los brazos, Josefina y Malan lo hacían por las piernas. Incapaz de entender cuándo se metieron en su cama, ni por qué la usaban como un cojín ni cómo podrían dormir así; empezó a decirles esto:

— ¿¡Chicas!? ¿¡Podrían despertarse!? ¡Qué ya estamos llegando! —

Ninguna respondió, pero Nadezha siguió hablando, mientras intentaba liberar sus extremidades.

— ¡Vamos a ver, despierten, que ya es hora de levantar y desayunar! —

Tampoco sirvió. Al ver que no iba a conseguir nada hablando, decidió pasar a los gritos. Inspiró e respiró fuertemente para prepararse y dar el chillido que sus vidas.

— ¡Levantaos de una maldita vez! — Se oyó por todo el tren, asustando a los pasajeros y a los trabajadores del tren. Consiguió su objetivo, aunque Nadezha fuera regañada duramente por el revisor.

— ¡Qué gran grito nos diste! — Dijeron las gemelas, después de que Nadezha pidiera perdón por las molestias causadas. — Aún me duele los oídos, ¡qué potencia tienes! —

— Me pregunto cuándo decibelios habrá sido ese grito, ha sido realmente sorprendente. Debe ser unos de los mal altos que he podido presenciar. — Añadió Malan, mientras miraba en su móvil información sobre los gritos y el ruido que podrían producir.

— Pues yo estaba teniendo un sueño muy bonito. Estaba a punto de recibir un óscar y entonces ese grito lo arruinó todo. — Y Josefina protestó, muy triste por haber vuelto al mundo real.

— Es que vosotras no os despertabais con nada, tuve que ir con medidas drásticas. — Les replicó Nadezha, mientras se quitaba el pijama.

— Además, ¡¿por qué estabais en mi cama, abrazándome!? — Luego, les soltó esto, mientras se ponía la ropa limpia. — ¡Entiendo que seamos chicas, pero no os paséis de la raya, por favor! —

A los pocos segundos de haber pronunciado esa última frase, se dio cuenta de que dijo un sinsentido. Las chicas lo ignoraron, ya que empezaron a soltar sus excusas para usar a Nadezha como una almohada.

— Es porque teníamos frio. — Eso le dijo Sanae.

— Necesitamos el calor de una osa. — Añadió Alex. Nadezha le molestó mucho que le dijeran “osa” y le advirtió, con el puño en alto, que no lo dijera más.

— La presión social me ha superado. — Esa fue la excusa de Malan, a pesar de que ella fue la primera en hacer eso.

Yoff es pofrr quel…— Sacando su cabecita fuera del cuarto del baño, Josefa intentó explicárselo también, aunque con el cepillo de diente en la boca. Nadezha le dijo que terminara de cepillárselos antes de hablar.

Tras escuchar sus excusas, Nadezha miró hacia a la ventana, al notar que la luz del sol ya estaba saliendo y poquito a poco empezaba a iluminar los campos que ocupaban un valle y las montañas, algunas muy altas y con sus cumbres llenas de nieve, que las rodeaba. Entonces, vio algo que le dejó muy asombrada e invitó a las chicas que lo observaran, quienes se apilaron en el cristal rápidamente. Se escucharon gritos de sorpresa y fascinación.

— Eso fue Gualeguaychúl. —Eso les decía Nadezha. — Es decir, la antigua ciudad. — Añadió esto para dejarlo claro.

— Es como Mesa verde. — Le comentó Malan, maravillada por el hecho de encontrarse con los restos de un antiguo pueblo de Shelijonia, que recordaba mucho a las construcciones del pueblo Anasazi.

Estaban viendo a lo lejos, entre la pared rocosa de una peña, una especie de cuidad esculpida sobre la misma piedra. Entonces, una voz informatizada empezó a decirles a los pasajeros que ya estaban llegando a Gualeguaychúl.

Al salir del tren, vieron que la estación tenía un aspecto bastante anticuado, como si fuera un simple y enorme edificio hecho de ladrillos, procedente de los años cincuenta.  Las niñas apenas entendían lo que decían las personas que estaban en la estación, que eran muy pocas. Después de todo, estaban hablando en ruso, idioma que apenas entendían, y no veían a nadie que hablaba en inglés.

— ¡Wow! ¡Se siente como si estuviéramos en Rusia! — Eso gritaban las gemelas muy sorprendidas, ya que, a pesar de que en Springfield había rusoparlantes, había mucha gente que hablaba en inglés. Ellas eran las únicas en aquel lugar que lo pronunciaban y la gente las miraba raro.

— Es normal, esto fue de Rusia. — Eso les respondió Malan, mientras recordaba que habían zonas en Shelijonia en que los angloparlantes no superaban ni el 20% de la población.

— Y aún lo somos. Espiritualmente, somos rusos. — Y Nadezha les replicó esto de una forma desagradable. Sin querer, sacaron su lado nacionalista ruso y al darse cuenta, les pidió perdón por haber soltado eso.

Al salir de la estación, es cuando Nadezha por fin vio a su tía y a su abuela, quiénes la estaban esperando al lado del sitio en dónde se ponían los taxis.

— ¡Buenos días, abuela, tía! — Las saludó, hablando en ruso, gritando con toda la felicidad del mundo, mientras se acercaba a aquellas dos. Las chicas imitaron a Nadezha, llegando al punto de intentar pronunciar lo que dijo ésta, letra por letra, sin saber realmente lo que estaban diciendo. Entonces, la anciana habló, deteniéndolas en el proceso:

— ¿Quiénes son todas esas niñas? ¿Por qué nadie me lo ha dicho? — Eso lo dijo con su voz ronca. Las niñas se quedaron paralizadas, al ver la cara de ogro que tenía la abuela de Nadezha e intentando comprender que quiso decir la anciana. La empezaron a observar de pies a cabeza:

Aquella mujer, que tenía el mismo nombre que su nieta, ya que los padres de la albina la bautizaron en honor a ella; era muy pequeña, cuya altura apenas superaba el de las niñas. A pesar de las arrugas y del hecho de que estaba sosteniendo un bastón, parecía más joven de lo que era, parecía tener sesenta años, cuando en realidad había cumplido este año los cien. Ésta, por su parte miró a la chica que estaba a su lado, preguntándole si sabía de esto.

— Bueno, es que se me olvidó decirle. — Eso le dijo ella con una sonrisa nerviosa.

Ella es Alesxi Vissariónovich, la hija menor de la abuela de Nadezha, una mujer con nombre de hombre. Un poquito más alta que la media de las mujeres, llevaba un vestido elegante que mezclaba el blanco y azul, parecía haber salido de una pasarela de moda. Era muy diferente a los ropajes de la anciana, que llevaba un vestido rustico que parecía hecho con piel de oso. Al igual que el resto de la familia, llevaba el pelo blanco.

A continuación, la anciana empezó a regañarla por no haberla avisado, ya que esa era su casa y tenía que saber cuánta gente iba a ir, aparte añadió que no le gustaba nada traer desconocidos a su casa. Ella le decía que lo sentía mucho y que, según su sobrina Nadezha, aparecieron de repente y la convencieron. Las niñas afinaron al máximo sus oídos, intentando entender, aunque solo fuera una frase, descifrar aquel idioma que ya deberían saber.

Al final, se cansaron de intentar traducir al ruso y empezaron a hablarle a Nadezha.

— ¡La alta para ser vieja se ve muy guapa y increíblemente joven! — Eso le dijo Alex a Nadezha en voz baja, para que sus familiares no se enterasen.

— Pero si ella acaba de cumplir los veintiocho años. — Nadezha les dijo esto, dejando a las gemelas muy sorprendidas. Luego, añadió: — ¿Por qué se sorprenden? ¿Es por el pelo blanco, no?  —

Les costó mucho responderle que sí, porque creían que su respuesta iba a enfadar a Nadezha, a pesar de que reaccionó muy normal al oírlo.

— ¿Y por qué todas las de tu familia tienen pelo blanco? — Y Josefina aprovechó para preguntarle esto a Nadezha.

— Y yo qué sé, genética, tal vez. — Eso le contestó sin darle apenas importancia, ya que apenas le interesaba saber eso.

—  Sería muy interesante estudiar cómo tu familia es albina, incluso tengo alguna que otra teoría ahora mismo. — Añadió Malan, que, con la mano bajo la barbilla, se puso a pesar sobre ese tema.

Entonces la anciana se dirigió hacia las niñas, que se pusieron a temblar cuando lo notaron, salvo Malan que estaba absorta en sus pensamientos.

 

— Ustedes, niñas no entrarán en mi casa, a menos de que se pongan una falda. — Y entonces les dijo esto, sin saber que ellas no hablaban ruso.

— Al parecer su manía por los pantalones no ha desaparecido. — Nadezha comentó esto, tras soltar un gran suspiro de alegría. Su abuela apenas había cambiado, algo que la hizo sentir muy nostálgica. Por algo, ella se puso una falda larga antes de que el tren llegara a su destino.

— ¿Q-qué ha dicho tu abuela? — A continuación, todas las chicas le preguntaron a Nadezha esto.

— ¡Qué no entraran en su casa a menos de que lleven falda! —  Y todas se miraron y vieron que tenían pantalones, menos Martha Malan, que llevaba un hermoso kimono con imágenes de pájaros. Entonces, dieron un chillido de incomprensión, ya que querían descansar en una casa de una vez; y les preguntaban a Nadezha qué iban a hacer ahora.

— Bueno, habrá que irnos de compras. — Eso fue su respuesta.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

Estándar