Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Última parte, septuagésima séptima historia.

Faltaban veinte minutos para que Josefina se reuniera con Elizabeth en el parque y Chiang estaba escondida entre los únicos y estropeados arbustos que había en la zona, preparando su mando de control para hacer explotar la bomba que estaba en el paquete que llevaba Josefa, y que era realmente lo que había dentro. Su plan era que cuando ella se la entregará, tocar el botón rojo y hacerlas volar, a Eliza y a su amiga.

La sobrina de Mao lo esperaba impacientemente, ya que, si mataba al único objetivo que su padre terrorista no pudo acabar, así podría liberarse de esos horribles sentimientos que la habían torturado desde hace años, que ella ni siquiera entendía ni tampoco era una certeza que pudiera ocurrir eso, pero creería desesperadamente de que esa forma los sacaría de su cabeza.

Mientras tanto, por el camino, iba una Josefina alterada, pero que intentaba ir despacito para que el paquete que transportaba no se cayera. Ella aún se preguntaba qué había dentro para que fuera tan pesado y deseaba abrirlo, pero se aguantaba, porque prometió no ver su interior, o si no, Mao podría morir.

Al final, pudo llegar al parque a tiempo, después de que una ardilla pasara por su lado y eso la distrajera durante unos pocos minutos. Se sentó en el banco en dónde se iba a reunir ella y Elizabeth y dejó el paquete a su lado. Luego, estilizó los brazos y dio un gran bostezo, señal de que se sentía aún adormilada.

― Espero que no tarde mucho… ― Se dijo a sí misma, pensando en Eliza. ― Necesitamos salvar a Mao, cuanto antes. ― Esas palabras le hicieron mucha gracia a Chiang, quién aún pensaba que él estaba muerto.

Chiang se preguntaba cuándo iba a llegar esa enana de Eliza, que quería volarla ya; segundos antes de que ésta apareciera, junto con su sirvienta Ranavalona, quién le saludó a Josefina en lugar de Su Señora.

― ¡Ya estoy aquí! ― Le decía Eliza con la mayor frialdad. ― Ahora bien, quiero saber realmente qué está pasando. ―

― Pero si ya te lo dije. ― Eso le contestaba Josefa, quién se levantaba del asiento y cogía el paquete para entregárselo. ― Según su sobrina, si te doy esto, tú ayudarás a salvar a Mao. ―

Al decir esas palabras Josefina, Elizabeth se preguntaba quién era esa tal sobrina de Mao y cómo sabía de su existencia, y sobre todo por qué le entregaba ese paquete. Todo le parecía muy sospechoso.

― Si eso es de mi interés, lo aceptaré. ― Le respondió Eliza, que pensaba que la única forma de enterarse de este asunto fue abrir ese dichoso paquete.

Entonces, Chiang vio el momento para hacerlas explotar y apretó el botón rojo, pero no hubo ninguna explosión. Lo hizo la segunda vez y tampoco, y lo repitió dos o tres veces más.

― ¿Qué mierda le pasa a esta maldita bomba? ― Eso decía muy enfadada, mientras apretaba el botón compulsivamente.

― Mi Señora, pesa mucho. ― Comentó su sirvienta fiel Ranavalona, quién cogió el paquete en lugar de Elizabeth y buscaba dónde se abría; mientras las otras dos chicas escuchaban unos sonidos muy raros procedentes de los arbustos. Entonces, es cuando escucharon los gritos de Mao y Nadezha.

― ¡Josefina, es una puta bomba! ¡Tírala, rápido! ― Esos les gritaban, mientras entraban en el parque.

― ¿Mao? ― Josefina gritó de la sorpresa.

― ¿No decías que tu amiga estaba secuestrada? ― Eso le preguntó Eliza, señalándolos con la misma sorpresa que Josefa. ― Ranavalona, ¡tira esa cosa, lejos! ― Le gritó a su sirvienta a continuación, y ésta hizo caso la orden y lo lanzó lejos.

El paquete bomba, entonces, cayó en una fuente llena con agua asquerosa y apestosa, y de ranas. Entonces, explotó y todo ese líquido repugnante cayó sobre ellas, junto con aquellos animales muertos, tirando a las cercanas al suelo.

― ¿Qué está pasando? ― Le gritaba Elizabeth autoritariamente, quién no estaba entendiendo nada, a Josefina, quién entendía menos; mientras ella, su sirvienta y la mexicana se levantaban del suelo.

― Yo tampoco lo entiendo. ― Eso le respondió muy confundida.

― Menos mal. ― Se dijo Mao, lleno de alivio, quién cayó al suelo de tanto correr.

Después de perder muchas horas encerrados en la azotea del edificio, salió corriendo para avisar a todos del peligro que estaba Josefina, e irse a la casa de la mexicana, para quitarle la bomba de sus manos, sin éxito alguno.

Nadezha, que acompañó a Mao y corrió también de lo lindo, hizo lo mismo que él; pero con la diferencia de que empezó a reír de felicidad, cuando vio que al final no paso nada.

― ¡Mierda, mierda! ¡Más que mierda! ¡Todo se ha ido al garrete! ¡Maldita sea! ―

Eso gritaba Chiang, llena de ira y frustración, quién vio que todo su plan se estropeó y no tuvo más remedio que salir por patas de ahí. Entonces, giró hacia detrás para salir corriendo y se encontró con una de las chicas de Mao, Malan, que se puso en medio.

― ¿Tú eres la que está detrás de todo esto, eh? ¡No te vas a escapar tan fácil! ―

Eso le decía con palabras de aparente tranquilidad, mientras apretaba sus puños y mostraba una cara de enfado que asustó a Chiang y decidió por ir a la izquierda. Y fue detenida por las gemelas, quienes tenían la misma cara que Martha, mientras movían unas tijeras que tenían ellas en sus manos.

― ¡Hey, no te vayas tan rápido! ― Eso le decía Alex de forma burlona y llena de sadismo.

― ¡Después de todo, no irás de rositas! ― Y de la misma manera, se lo decía Sanae. Soltaron una risa diabólica y que proclamaba venganza a los cuatros vientos. Entonces, Chiang se giró para escapar por la derecha, hasta que sintió un cabezazo en todo su estomago, que la hizo caer al suelo.

― ¡Ay, mi estomago! ― Exclamaba mientras se tocaba el estomago por el dolor, y mientras abría los ojos y veía a una Alsancia más mosqueada como nunca.

― ¡Yo, jamás he sentido tantísimas ganas de pegar a una mujer! ― Esas palabras hicieron que girara su cabeza de nuevo y que viera a una Jovaka rabiosa, deseosa de destrozarle toda la cara.

Chiang se sentía realmente rodeada y no veía ninguna salida. Todas esas chicas deseaban darle la paliza de su vida y eso le ponía la carne de gallina.

― ¡L-lo siento, mucho! ¡No era mi intención hacer esto! ¡De verdad! ―

Intentó pararlas poniéndolas cara de cachorrito y pedía piedad de una forma realmente lamentable y patético, pero nada de eso se ganó a esos corazones llenos de odio y resentimiento hacia ella, la persona que intentó matar a su querido Mao y que intentó volar a Josefina. Y tenía razón Chiang, le iban a mostrar la mayor paliza que había tenido en vida.

― ¡Mao, Mao! ― Le gritaba el nombre de su tío para que la salvara, pero éste le giró la cabeza y le insultó con la mano, dejándola claro que se jodiera. ― ¡No me hagas esto! ¡Perdóname, por favor! ―

Y entonces fue apaleada como nunca, mientras gritaba desesperadamente.

― ¿Qué está pasando aquí? ― Eso se dijo Elizabeth, quién veía la escena y aún no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. No sabía de dónde salían esas chicas que golpeaban a ese bicho raro, ni tampoco la razón por la cual le intentaron matar con una bomba ni por qué Nadezha estaba con ellas. Se sentía tan pérdida que le entraban ganas de mandarles todos a la mierda y volver a su reino.

― Me encantaría saberlo, de verdad, Mi Señora. ― Eso le contestaba Ranavalona, quién estaba igual de confundida que ella.

― ¡A mí también! ― Añadió Josefina, quién miraba con los ojos como platos la escena, junto a su amiga Elizabeth y Ranavalona.

Así terminó esta historia, con la mala siendo golpeada por casi todas las niñas, con Josefina, Elizabeth y Ranavalona más perdidas que nunca, con una Mao y una Nadezha que respiraban tranquilas, ya que no había pasado nada malo; y con la policía en camino. Bueno, estaba casi terminado, solo faltaba una última escena, transcurrida horas después, en las puertas de la casa de la rusa, quién llamó al chino para darle algo, después de que en su hogar tuvieran una fiesta por lo bien que acabó la cosa.

― ¡Aquí tienes el testamento de tu padre! ― Esto fue lo primero que dijo al verle, tirándole aquel testamento, que parecía más un libro.

― ¿Qué? ¿Qué haces tú con eso? ― Eso le gritó totalmente sorprendido, tras cogerlo en el aire con sus manos.

― Si no fuera por esto, no te hubiera salvado. ― Dio una pequeña pausa, mirando con seriedad a Mao. ― Y si no fuera por él, seguiría engañada. ―

Eso le decía Nadezha con aparenta frialdad. Mao permaneció callado, mirando hacia otro lado, dándose cuenta de lo que le estaba diciendo realmente.

― Quiero saber toda la verdad, con tus propias palabras. ― Ella le siguió hablando.

― Está en esa cosa, no hace falta que te lo diga. ― Eso le replicó Mao con falsa indiferencia. Se notaba que se sentía molesto y no quería saber nada más de lo que estaban hablando.

― Hay algo que ese testamento no me dijo, fue tu sobrina y eres el único que me lo puede comprobar. ―

Al decir eso, le miró fijamente, esperando que le dijera la respuesta, pero éste seguía mirando hacia otro lado, con unos ojos que decían que dejará ese tema.

Al ver que seguía con su incómodo silencio, decidió terminar esta conversación y entrar en su casa, antes de decirle esto:

― Estaré esperando, entonces. ―

FIN

 

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Historia perturbada: Quinta parte, septuagésima séptima historia.

La policía rodeó disimuladamente el hospital abandonado. Según Malan, era el lugar en dónde le dijo la llamada anónima que estaba secuestrado Mao. Así, poco a poco se ponían en todas las puertas posibles para entrar, observaban con sus francotiradores alguna señal sospechosa en las ventanas y el oficial se preparaba para decirles a los secuestradores que se rindieran. Eran las nueve y algo de la noche, y era la hora indicada para que Leonardo dejara el testamento en el cubo de basura de un parque alejado, y como no lo hizo, porque no lo habían encontrado, decidieron abordar el lugar antes de que mataran a los secuestrados.

Mientras tanto, en otra parte de la cuidad, en otro edificio abandonado, en su techo, dos hombres preparaban sus pistolas para algo horrible. Iban a matar a dos personas que estaban atadas y que eran nada más ni nada menos que Mao y Stephanie Status. El chino tenía la boca tapada con cinta adhesiva, ya que no paraba de hablar; y la vieja solo estaba llorando desconsoladamente.

― A mi me da pena, socio, ¿de verdad, tenemos que matarlos? ― Eso dijo uno de los dos hombres que contrató Chiang para hacerle el trabajo sucio.

― ¿Quieres vacaciones en el Caribe? ― Su socio le contestó con la cabeza afirmativamente. ― Pues vamos a volarles la cabeza. ― Y convencidos decididos a hacerlo, se acercaron a ellos para darles un disparos. Entonces, una voz, desconocida para aquellos hombres, les gritó esto:

― ¿¡Matar personas solo por tener vacaciones en el Caribe!? Es lo más asqueroso que he oído. ―

Entonces, esos dos giraron la cabeza y no le dieron tiempo a decir algo, porque una chica los tiró al suelo con un palo de madera, atacándoles por las rodillas. Aquella persona, cuyo largo cabello de color blanco estaba siendo movida por el viento, y con arma en mano; era nada más ni nada menos que Nadezha.

― Siempre te metes en unos líos. ― Eso decía, mientras se acercaba a Mao, atravesando a aquellos dos hombres que estaban tirados en el frío suelo, pisoteándolos sin piedad; y mientras su novio, el pequeño Vladimir; llegaba a la escena y rápidamente se dedicó a soltar a quienes estaban atados.

― ¿Cómo has sabido que estábamos aquí? ― Eso le preguntó Mao, cuando le quitaron la cinta de la boca. Nadezha no le contestó, porque entonces esos hombres se levantaron y ella empezó a luchar, dejando que Vladimir los terminara de soltar.

En los primeros minutos, aquellos dos hombres, que intentaban ir a por Nadezha, siempre recibían una paliza con el dichoso palo, pero siempre se levantaban y, en un determinado momento, esa arma se le partió por dos y ellos se lanzaron hacia ella. Sorprendida, no le dio tiempo para evitar que una de las patadas de aquellos fornidos señores le dieran en el estomago, pero, entonces, fue salvada por Mao, quién lo empujó y lo tiró al suelo. El otro saltó hacia al chino, pero la albina le dio un puñetazo que casi le rompió la dentadura del enemigo, y su propia mano.

― ¿Recuerdas, cuando dábamos palizas juntas? ― Eso le decía Mao, a Nadezha, mientras los dos se juntaban y se preparaban para darles la paliza de su vida a aquellos dos hombres, que se levantaban y, llenos de ira, les decían que las iban a matar ahora mismo, con sus propias manos.

― Sí, los viejos tiempos. ― Ella contestó con mucha añoranza, tras cerrar un momento los ojos, acordándose de aquellas palizas que daban juntas y con las cuales parecían invencibles. Los sintió muy lejanos e incluso como si fuera más que algo inexistente, que solo habitaba en su memorias.

― ¿Podemos ser capaces de coordinarnos, como en aquellos tiempos? ―

Preguntó Mao a continuación, quién también recordaba el pasado, sintiendo una profunda e irreal nostalgia. Nadezha le notó en aquel momento, por su voz, muy triste.

― Solo hay una manera de saberlo. ―

Y al decir esto, Nadezha se puso en posición de ataque y Mao, que sintió que la albina sonrió por un momento, también hizo lo mismo, mientras los dos hombres lanzaban sus puños más letales contra ellos. Lo esquivaron, agachándose; para darles un puñetazo debajo de la barbilla y luego, se intercambiaron a la velocidad del rayo, para darles una patada a cada uno en el estomago, haciéndoles caer al suelo de nuevo y de una forma mucha más violenta que la anterior.

Con una gran obstinación y dando un montón de maldiciones e insultos, se levantaban de nuevo e intentaron a hacer movimientos de artes marciales que aprendieron de pequeños, pero esos dos, con gran coordinación, los esquivaban como si fueran bailarines y les daban patadas y puños en un tiempo récord.

Al final, a la quinta vez que cayeron al suelo, ya no pudieron levantarse y decían perdón sin parar. Nadezha y Mao jadeaban sin parar por todo el esfuerzo que hicieron y a continuación, empezaron a sonreír y a reír, como si hubieran hecho algo muy gracioso.

― ¡No nos ha salido muy mal! ― Le decía Mao, mientras le daba palmaditas en la espalda de Nadezha, entre risas.

― Eso parece. ― Le dio la razón Nadezha, quién tenía su mano sobre los hombros del chino, riéndose sin parar; pero paró, cuando sintió que a Mao se le cayó una lágrima, aunque, al final, se pensó que eran imaginaciones suyas.

Entonces, esos dos se dieron cuenta de que estaban actuando de forma muy amigable y gritaron de horror, separándose de golpe. Ellos volvieron a la realidad, al mundo en dónde no eran los mejores amigos, sino supuestos enemigos.

― ¡Oh, Buda! ¡No es el momento de las risas! ― Y luego, Mao se acordó del peligro que corría Josefina y se fue corriendo hacia la puerta que unía la azotea del edificio. Estaba cerrada al parecer, porque éste no podría abrirlo, por mucha fuerza que hiciese.

― ¿Qué pasa? ― Le preguntó Nadezha, quién se fue a la puerta, para abrirla también.

― Seguro que esa mujer, la que he liberado, nos ha cerrado la puerta. ―

Eso les dijo Vladimir, quién vio cómo ella se quitaba del medio mientras Mao y Nadezha luchaban contra aquellos hombres, pero no creyó que los iban a encerrar. Cuando vio que no lo podrían abrir, se encendió aquella idea en su cabeza.

― ¡Maldita sea, la puta vecina! ¡La muy desgraciada nos ha encerrado!―

Gritó Mao con todas sus fuerzas, mientras unas pocas calles más abajo del edificio en dónde estaba, Stephania corría como loca y riendo como una, al ver que había escapado de la muerte.

Y todo esto ocurría, mientras la policía descubría que le habían engañado. En el hospital abandonado no había nadie, salvo una pareja que pillaron en pleno acto de copulación.

― ¡Maldición, estos hijos de puta nos han engañado, al parecer! ― Eso gritó muy enfadado unos de los gordos de la policía, al ver que no habían secuestrados ni secuestradores y todo aquella operación que hicieron fue una total pérdida de tiempo.

En otra parte de la cuidad, en casa de Josefina, ella miraba fijamente un paquete que había puesto en la cama, mientras llamaba a su amiga Elizabeth von Schaffhausen.

― Por favor, contesta, por favor…― Rezaba para que la contestará, ya que muchas veces no le cogía el teléfono. Oír los pitidos que se escuchaba antes de que alguien contestara le parecía eterno. Al final, sus plegarias surgieron efectos.

― ¿Qué quieres? ― Eso dijo la persona del otro lado del teléfono, quién era Elizabeth, obviamente. Josefa se alegró mucho y le soltó con mucho nerviosismo todo lo que pasó, hablando tan rápido que su supuesta amiga tuvo que calmarla a voces para que se lo explicara.

― Mi amiga Mao ha sido secuestrado y su sobrina dice que tú serías capaz de salvarla si te doy algo, un paquete, seguro que está lleno de billetes o algo valioso. ― Eso último se lo inventó, no sabía que había dentro. ― Por favor, reúnete conmigo en el parque cercano de tu casa a las nueve de la mañana. ―

Elizabeth se quedó muy rallada, cuando la escuchó. Ella no sabía nada de nada ni le importaría, si no fuera el caso de que le iban a dar “algo valioso” y le entró la curiosidad. Se preguntaba que cómo nadie le contó tal cosa, mientras le decía que sí a Josefina, ya que, después de todo, el día siguiente no tenía nada que hacer y eso le parecía demasiado interesante para poder ignorarlo. Por otra parte, al oír su respuesta, Josefa empezó a pedirle las gracias sin parar, llorando de felicidad, al ver que estaba cerca de salvar a Mao.

-¿En qué estupidez se ha metió esa y sus amigas?- Eso se preguntaba Eliza, tras cortar la llamada y llamar a Ranavalona, para decirle que mañana iban al exterior.

Josefina, tras terminar su llamada con Elizabeth, se dio deprisa para llamar al número que le dejo la sobrina de Mao. Recordaba, como unas cuantas horas antes, ellas se reunieron en un parque y ésta la entregó aquel que iba a salvar a Mao.

― No la abras, ya que es solo para Elizabeth. ― Eso le decía y ella le contestaba que sí.

― No le digas a esto, a nadie. El secuestrador se enterará y la matará. ― Eso fue otra cosa que le dijo y por la cual, Josefina también contestó afirmativamente.

También recordaba lo duro que era aguantarse y mirar qué había dentro del paquete. Sentía cómo su curiosidad le obligaba a abrirlo y luchaba para no hacer tal cosa, porque, después de todo, lo prometió.

― ¿Ah, ya lo has conseguido? ― Eso le dijo Chiang, cuando contestó la llamada de Josefina.

― ¡Sí, sí! ¡Lo hice! ¡Le voy a entregar tu paquete a las nueve! ― Eso le gritaba, llena de felicidad, Josefina. ― ¡Seguro que ella podrá salvar a Mao! ―

― Sí, seguro que sí. ― Eso lo dijo con un tono irónico muy bien obvio, pero que Josefina no notó, en absoluto

Le pregunto dónde era, a continuación, y le pidió que le volviera a repetir  la hora de la cita. Josefina, sin sospechar nada, se lo volvió a decir.

― ¡Pues bien, espero que todo salga bien! ― Y con esto concluyó Chiang, que deseaba terminar rápido con la llamada para poder reírse de Josefina, ya que la sobrina de Mao creía que éste ya estaba en el más allá.

― Rezaré mucho por eso. ― Eso le dijo Josefina, antes de cortar la llamada, llena de esperanza.

En ese instante, Chiang empezó a reír de forma diabólica en la cabina telefónica, siendo la mirada de todos los que pasaban a su alrededor y se preguntaban qué mosca la había picado a esa chica con aspecto de loca.

Sentía que su venganza estaba cerca, que matar a Elizabeth le ayudaría a escapar del terrible sentimiento que la llevaba años persiguiendo desde que perdió a su padre.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Historia perturbada: Cuarta parte, septuagésima séptima historia.

Al día siguiente, al no poder contactar con Nadezha, no tuvieron más remedio que hacer lo que decía en la carta e irse al parque elegido, hacia el cubo de basura que se encontraba cerca de la salida sur, al lado de un pequeño lago. Leonardo, ya que era adulto y un hombre, decidió hacer esta tarea, porque sería peligroso; y buscó en ese lugar un paquete, con el miedo de que tuvieran una bomba dentro. Tras quedarse petrificado durante unos segundos, mirándolo; al final, se llenó de valentía y lo abrió. En su interior encontró una simple carta.

Buenos días~~
Mañana, a las nueve de la noche, en el mismo lugar, deben usar esta caja para introducir un testamento escrito por el padre de Mao. No lo lean, no avisen a la policía, o su cabeza aparecerá en un correo.
Anónimo

Al volver a casa, se encontró con unos hombres que nunca había visto con Alsancia y Jovaka.

― ¿Quiénes son? ― Se quedó señalándolos.

― Somos de la policía local de Springfield. ― Aquellos hombres, disfrazados de raperos, le enseñaron su placa.

― Pero no tienen…― Para él no tenían pinta de policías normales.

― Estamos de paisano. ― Eso le dijeron, de un modo bastante militar.

― Al final, lo descubrieron. ― Añadió Jovaka, quién estaba en un lado del salón.

Leonardo miró por todos lados, buscando a Clementina; y la vio arriba, detrás de una puerta, observándolos con temor. Era bien obvio que ella se pusiera así, temía bastante a la policía. Él también, pero creía que eran los únicos que podrían salvar a Mao y por eso les explicó todo, enseñándoles la carta. Y empezaron a leer la carta unas cuantas veces.

― ¿Y el tal testamento? ― Le preguntó uno de ellos, después de terminar.

―  No lo sé. ― Leonardo no sabía nada sobre el testamento que la carta mencionaba.

― De todos modos, mientras no encontremos su localización, ustedes deben mentir a todos de que la policía está metida en el asunto. Mientras los secuestradores no sepan nada de nosotros, a esa niña no le harán daño. Eso esperemos. ― Comentaron los policías, antes de marcharse.

Mientras tanto, en la habitación de Malan, ella estaba dando vueltas por la habitación, nerviosamente, esperando alguna llamada que le dijera algo. A está, a las gemelas y a Josefina le dijeron, Clementina y Leonardo, que deberían esperar, que ellas no podrían ayudar, ya que se meterían en una situación poco deseable para los niños. Lo tuvo que aceptar a regañadientes, porque quería salvar a su Ojou-sama pero lo aceptable era dejar que los adultos se ocuparan del asunto. Entonces, su móvil empezó a sonar y rápidamente lo cogió:

― ¿Quién es? ― Preguntó con todo el nerviosismo.

― Yo sé dónde tienen secuestrado a tu amiga Mao. ― Eso dijo secamente la voz de la llamada.

― ¿Dónde está? ― Eso le gritó, primero, para luego decir esto: ― ¿Quién eres tú? ―

― Solo te diré el lugar, nada más. ― Malan decidió no insistir, ya que la persona no quería decirlo. Le parecía, en cierta forma, un chivato y que, por tanto, lo mejor no era saber su nombre, porque podrían pillarlo y matarlo. Además, pensaba que la policía iba a averiguar quién era con sus herramientas.

Y entonces esa misteriosa persona le dijo el lugar en dónde decía que estaba secuestrado Mao y Malan lo apuntó en una libreta. A continuación, le dijo que debería llamar, primero, a la policía y la africana hizo caso del consejo de aquella persona.

Al poco tiempo, en otro lugar, en la habitación de Josefina, estaba ella tirada en la cama, muy triste, después de estar llorando durante horas y sintiéndose inútil. También quería salvar a Mao porque sentía que esa era su deber como amiga, pero Leonardo y Clementina la convencieron de que lo mejor era esperar. Se preguntaba si el chino estaba bien e intentaba no imaginarse nada malo, cuando una llamada telefónica la interrumpió.

― ¿Mao ha sido rescatada? ¿La han podido rescatar?― Eso fue lo primero que dijo cuando cogió el teléfono, gritando de forma histérica, dejando casi sorda a la persona que estaba detrás del teléfono.

― ¡Tranquilízate, tranquilízate! ― Eso le gritaba la persona con quién estaba hablando.

― ¿Cómo me puedo tranquilizar cuando mi amiga está en peligro? ― Y eso le replicó Josefina, muy alterada.

― ¡Si la quieres salvar, pues cállate! ― Dio un gran chillido que casi dejó sorda a Josefa.

― Vale, sea quién seas. ― Al final, se pudo tranquilizar.

― Soy su sobrina y también quiero salvarla.- Le dijo secamente.

― ¿Mao tiene sobrinas? ¡Pero si es muy jovencita para eso! ― Ella nunca se enteró de que Mao tenía más familia en Shelijonia, aparte de su anciano padre, y menos que tuviera sobrinas.  Fue una sorpresa para ella.

―Olvídate de los detalles. ― Josefina oyó un gran suspiro.  ― Quiero reunirme contigo en el parque que está al lado del gran muro. Allí te daré un paquete. ¿Para qué sirve? Eso no te debe importar, ahora. Es para tu amiga Elizabeth. ―

― ¿Y qué tiene ella que ver? ― Se quedó muy sorprendida al oír eso.

― Ella tiene el poder para salvar a Mao, pero tienes que darle algo a cambio, y esa es mi paga. Y cómo es tu amiga, nadie mejor que tú para hacerlo. ― Josefa se preguntaba cómo sabía ella que Eliza era su amiga. ― Pero no se lo digas a nadie, que el secuestrador la matará, antes de tiempo. Incluso ha engañado a tus amigas para que vayan a un lugar equivocado. Sé de lo que hablo. ―

Josefina entonces se puso seria y le dijo que sí, que, si eso tendría que hacer para salvar a una amiga, lo haría. Confiaba plenamente en esa chica, ya que era familia de Mao y los familiares siempre luchaban por los suyos, o eso siempre le decía su madre. Tras eso, le explicó dónde era el lugar de la reunión y a qué hora, y le dijo que sí, a todo. Al terminar la llamada, Josefa gritó a pleno pulmón, que iba a salvarla, que el mal no iba a vencer.

Mientras tanto, en una cabina telefónica, en el otro lado de la cuidad, una chica salió de ella, riéndose como una psicópata, al ver que tanto Malan como Josefina habían mordido el anzuelo y su plan iba marchando, como ella había planeado. Y con esto en mente, se dirigió hacia un lugar concreto, pero, entonces, se encontró con Nadezha, quién la observaba con una gran mirada de odio y rencor, que hicieron que Chiang diera un paso hacia atrás.

― Hola, Nadezha. ― Le saludó con nerviosismo.

― ¡Quiero hablar con contigo, ahora! ― Eso fue lo único que le dijo.

Por la tarde, después de tener una conversación con Nadezha que deseaba olvidar, volvió muy enfurecida al lugar en dónde tenía secuestrados a Mao y a Status. Los guardianes que cuestionaban la puerta le preguntaron si quería entrar, y ella dijo que no, ocultando el hecho de que tenía miedo de que su tío le mordiera. Solo le iba a hablar, detrás de la puerta. Y cuando Mao oyó su nombre, se puso a gritarla e insultarla, sin parar.

― ¡Cállate, maldito maricón! ¡Qué he venido a contarte mis planes! ― Eso le gritó, llena de ira. Mao se calló, ya que quería saber qué estaba tramando.

― Como dije antes, al principio, quería ese puñetero testamento, para quemar una gran prueba contra mi padre. Como he estado haciendo en los últimos años. Amaba a mi padre, a pesar de que estaba un poco ido de la cabeza, y creía en esa mierda del comunismo. ― Dio un golpe en la puerta. ― Cuando no hacia esas cosas, era el mejor padre que ninguna niña podría desear. Por eso, cuando lo mataron, me sentí sola y triste. ― Se le notaba, por su voz, que estaba llena de una ira irracional.

― Cómo bien sabrás, secuestró a una niña, de una familia realmente importante, que gobernaba con mano de hierro, esta parte de la isla. Y él lo pagó caro, lo desparecieron de la faz de la tierra. Nunca encontraron su cuerpo, ni el de sus compañeros, pero todos sabían que estaba bien muerto. ― Dio unos golpes más a la puerta. ― Esa niña aún sigue viva, y para calmar este sentimiento, estos deseos de venganza; la mataré. Haré lo que no hizo mi padre en vivo. Asesinaré a Elizabeth von Schaffhausen. ―

Mao se quedó de piedra al comprobar que su sobrina estaba como una cabra, todos los demás que oían aquella turbia historia también mostraron un sentimiento parecido. Ella siguió hablando:

― ¿Y cómo? Por eso he creado este plan, primero engañó a la policía, diciéndole a la niña en kimono el lugar equivocado, luego, te mató, y al final, Josefina, su amiga, le entregará un regalo a esa enana, que hará… ¡boom! ―

Entonces, empezó a reírse maniacamente, mientras Mao empezó a decirle que era un monstruo, que Josefina no tenía nada que ver y que la dejara en paz. También la insultaba y maldecía más aún que nunca, mientras le daba golpes fuertes a la puerta, para que se abriera.

― Grita todo lo que quieras, no habrá salvación. ― Eso le dijo con burla, mientras iba a punto de irse, pero entonces, Status le preguntó otra cosa:

― ¡Ha sido una historia muy bonita, y todo eso! ¿Y yo, qué? ¡No tengo nada que ver, solo quería dinero! ― Le gritaba desconsolada.

― ¡No te preocupes, tú también, morirás! ―Y con estas palabras, se fue Chiang con la mayor tranquilidad, mientras Status le gritaba el porqué desesperadamente.

― ¡Qué yo tengo una hija, una preciosa hijita! ¡Tenga piedad de mí! ¡Por favor! ― Eso le decía, mientras Mao se quedó callado. Sabía que estaba sola en su casa y no tenía conocimiento de que tuviera algún hijo. Era bien que era una mentira más solo para ablandar a aquella loca. Luego, volvió a gritar maldiciones e insultos.

― Esa chica está como una cabra. ― Eso dijeron, consternados, los vigilantes, totalmente sorprendidos por la locura insana de aquella chica.

-¿Entonces, por qué la ayudan?- Les gritó Mao también, consternado ante que esa gente dijera esos comentarios, mientras la ayudaban en su fechoría.

― ¡Por el dinero! ― Gritaron alegremente.

― ¡Os daremos un tiro en la nuca, nos dan nueve mil dólares a nosotros y marcharemos a vivir unas hermosas vacaciones en las hermosas playas del Caribe! ― Se imaginaban estar en una playa de aguas cristalinas, tomando el sol, rodeado de chicas lindas y tetonas, mientras tomaban un delicioso whisky.

Se le salía las babas de solo con pensarlo y Mao deseo que todos los sueños de esos dos idiotas se fueran por el retrete y sufrieran de lo lindo.

― ¡La obsesión que tiene la gente por el dinero! ―

Exclamó Status indignada, poniendo un rostro lleno de ira, mientras Mao la miraba mal, dejándole claro que era una hipócrita de cuidado. Después de todo, ella cometió una barbaridad solo para tener dinero, al igual que ellos.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Historia perturbada: Tercera parte, septuagésima séptima historia.

Nadezha estaba en una cita con su amado Vladimir cuando le llamaron por el teléfono y al contestar la llamada, unos gritos casi le iban a destrozar los oídos y reconoció esa voz, era Josefina.

― ¿Qué te pasa? ― Le preguntó Nadezha a una Josefina llorosa, que no se le podría entender lo que decía.

― Nadezha… Mao… Mao… Mao…―  Le costaba decirle a la albina lo que había ocurrido y solo mencionaba el nombre sin parar del chino compulsivamente.

― ¿Qué pasa con Mao? ― Le preguntó a Josefa.

― Lo han secuestrado. ― Se le quedó los ojos como platos cuando lo escuchó y se levantó rápidamente de la mesa en dónde estaba comiendo. Vladimir le preguntó qué pasaba y ella le dijo que tenía que ir rápido a la casa de Mao. Así, junto con su amor, se fueron del restaurante, directos hacia allí.

― ¿Qué ha pasado exactamente? ― Eso se preguntaba a sí misma cuando ella y su novio llegaron y vieron a todo el barrio en las puertas de la tienda de Mao. Se dieron cuenta de que muy algo grave había pasado. Les decía a las personas que estaban obstaculizando la entrada que les dejaran paso mientras se introducían en ese mar de curiosos. Al final, lo consiguieron y se dirigieron hacia al salón:

― ¿Es verdad que Mao ha sido secuestrada? ― Les gritó muy alterada a los que estaba en el salón, que se quedaron de piedra cuando la vieron aparecer así de repente. Todos dijeron que sí con la cabeza, tristes y muy preocupados.

― ¡Qué aparición tan repentina! ― Eso dijeron las gemelas, mientras Nadezha se sentaba en la mesa, para sentirse cómoda.

― ¡Sabías que vendrías a ayudar a tu amiga! ― Saltó Josefa hacia ella, llorando sin parar, diciéndole eso y otras frases como “gracias por venir”.

― N-no es mi amiga, por favor. ― Se puso colorada. ― Solo he venido a aquí porque no pienso tolerar ningún secuestro. ― Eso le decía a Josefina mientras intentaba quitársela de encima, ya que la estaba ahogando. Al decir aquellas palabras, hizo una expresión que les pareció a todos lindo y que daba la impresión de que realmente le preocupaba Mao, pero lo intentaba ocultar.

Entonces, después de liberarse del abrazo de Josefina, Malan, tan afectada como los demás, le entregó una carta a la albina y empezó a explicarle la situación con voz serena.

― Mao despareció ayer por la tarde. Cuando volvieron Clementina y las demás, que habían salido a dar una vuelta; vieron que ella no estaba. Despertaron a Jovaka, quién no sabía nada; y empezaron a buscarla sin parar por toda la noche, hasta que los vecinos les dijeron que habían visto como secuestraban a Mao en la calle y meterla en una furgoneta, junto con otra mujer. Por entonces, ya había venido la policía. ― Eso le decía Malan, mientras Nadezha leía la carta. ― Lo encontramos esta mañana, en el correo. Por mi, hubiera llamado la policía discretamente, pero los demás han decidido mantener esto en silencio. ―

La carta decía que Mao estaba secuestrada y, por tanto, para liberarla deberían seguir sus orden es al pie de la letra, o si no moriría. Añadió además que, al día siguiente, ellos iban a recibir su primera orden, que tenían que ir a un determinado parque para recoger un paquete que se encontraba en un cubo de basura. Nadezha leyó aquel papel cinco veces, antes que fuera interrumpida por una Jovaka llorosa:

― ¿Salvarás a Mao, verdad, verdad? ― Le decía eso, llorando ríos y con la cara más triste que haya tenido hasta el momento. Se sentía muy culpable, porque pensaba que si no se hubiera dormido, su querido Mao no hubiera sido capturado.

― Sí. ― Lo dijo con total confianza y con mirada decidida y seria. ― Eso haré. ―

Entonces, se levantó ante la sorpresa de todos y les pidió permiso para ir a las habitaciones. Sospechaba que lo que pasó en los anteriores días, la visita inesperada de la sobrina de Mao y aquel testamento, tenían mucho que ver. Es más, le parecía de todo menos una coincidencia.

Ellas no se lo negaron y le vieron entrar en la habitación de Mao, pensando que iba a encontrar alguna pista para salvarlo. Entonces, Nadezha, segura de que lo escondería ahí, rebuscó por todo el lugar. Luego, al ver que se equivocó, decidió visitar al cuarto de su fallecido padre y lo encontró:

― ¿Esto es un testamento? ― Eso lo decía por lo enorme que era. ― Pero sí parece un libro. ―Si no fuera porque ponía testamento en la portada, Nadezha lo pasaría de largo. A continuación, empezó a leer.

Buscando algo para ver si había algo que conectará el testamento, viendo página por página, y tras comprobar que el padre de Mao era de todo menos normal; encontró algo que no esperaba para nada, que la dejó temblando y con los ojos abiertos como platos.

― ¿Q-qué es….q-qué es esto? ¡Por el amor de Dios! ― Eso se decía, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Tuvo que leerlo unas cuantas para confirmar lo que estaba observando, mientras las imágenes del atentado que mató a sus padres. Al final, tiró el testamento con la mayor violencia, en una mezcla de ira e incomprensión, y se levantó con la misma intensidad, a punto de llorar. Al parecer, encontró el porqué esa chica, la sobrina de Mao, quería tanto el testamento, era para ocultar los crímenes de su padre, el cual mató a los suyos. Entonces, se agachó para coger el documento que tiró, mientras decía esto:

― Juró que te encontraré, maldita perra y haré que tu lengua saqué todo lo que tengas que decir. ― Comentó con una voz de ultratumba, en voz baja. Entonces, se levantó y salió de la habitación.

― ¿Has encontrado algo? ― Eso le preguntó  Clementina, cuando todas vieron a Nadezha salir de ahí. Todas le miraron esperando que hubiera una respuesta, pero se dieron cuenta de que algo raro le pasaba. No dejaba de mirar el suelo y sentían una sed de sangre.

― ¿Qué pasa? ― Ella levantó la mirada y todas quedaron petrificadas, al ver su cara llena de ira.

― Me llevaré esto. ― No les contestó, solo dijo eso en cambio.

Ella se fue rápidamente. Todas se preguntaron qué mosca le había picado a Nadezha.

En otro lugar de Springfield, dentro de una oscura habitación, cerrada con llave; se encontraba dos personas atadas, Mao y Stephanie Stratus, quién ayudó a secuestrar al chino y acabó como él. Ahora les estaba gritando a los hombres que estaban detrás de la puerta y que le habían dado el desayuno.

― ¡Sois unos hijos de puta! ¡Yo os traje a la niña, por eso me tenéis que soltar y dar mi dinero! ― Eso les gritaba, pero ellos no hacían caso omiso. Intentaba pegar en la puerta después de arrastrarse por el suelo, aterrada, porque sentía que estaba atrapada con un monstruo.

― ¡Tú sí que eres una hija de puta! ― Le decía Mao, quién se acercaba a ella, arrastrándose por el suelo, para morderla. ― ¡Te voy a arrancar todos los dedos! ― Estaba realmente enfadado.

― ¡Por favor, perdóname, no era mi intención! ¡El dinero me manipuló, esos chicos me mintieron! ¡Yo no tengo la culpa de nada! ― Todas esas palabras no servían de nada, un rabioso y enfadado Mao se le acercaba con motivos nada bonitas. Y ella gritaba de terror y les pedía a los de afuera clemencia.

― ¿Y si la ayudamos? ― Eso le preguntaba unos de los hombres que vigilaban la puerta, uno grande y blanco y con pelo moreno. Esos gritos desesperados le estaban torturando el alma.

― ¡No, idiota! ¡Qué la china esa nos ataca y me ha dejado el dedo hecho un asco! ―Eso le replicaba el otro, igual de alto, pero mil veces más gordo y con la cabeza sin un pelo. Estaba mirando con tristeza un dedo que tenía vendas y que le dolía mucho moverlo.

― Pero está atada. ― Esas palabras inofensivas hicieron saltar al otro, quién le gritó de rabia y dolor: ― Estaba atada cuando me atacó. ― Y su compañero se calló, solo los gritos de la habitación que ellos vigilaban rompía aquel silencio. Entonces, alguien entró:

― ¿Cómo está la princesita? ―Era la sobrina de Mao, Chieng, vestida con un mono de trabajo; y les preguntaba a esos dos el estado de su tío:

― Bastante enérgica, aún mi dedo está infectado por culpa de sus mordiscos. ― Eso decía, mirando con pena su dedo.
― Voy a entrar. ― Eso les dijo y cuando iba a abrir la puerta, vio los gritos de dolor de la vieja que la ayudó, y le entró miedo:

― Aunque a lo mejor,… ¿Irán a acompañarme como guardaespaldas? ― Eso les comentó, tras pensar que necesitaría a más gente para sentirse segura y mantener la llave entre manos.

― Usted es su parienta, no le hará daño, además de que está atada. ―

Ninguno de los dos se ofreció, no quería ser mordidos por Mao. Al final, ella tuvo que entrar, tras llenarse de valor. Al abrir la puerta, vio como su tío perseguía a Status, quién tenía el pelo hecho polvo por culpa de los mordiscos; en una persecución absurda y ridícula, como un gusano persiguiendo a otro.

― ¿¡Tú, estás detrás de todo esto!? ¡Maldita desgraciada! ― Mao, al ver que alguien abrió y era nada más ni nada menos que su sobrina, saltó hacia ella para morderla, como si fuera un perro rabioso. Ésta, tras dar un grito de horror, cerró la puerta rápidamente y empezó a reírse de su tío:

― Si no estuviera atada, no te sería tan gracioso el asunto.  ― Le gritaba Mao desde el otro lado de la puerta.

― Bueno, dejando de lado todo esto…― Se puso seria. ― ¿más bien, creías que me ibas a engañar? ― Mao, entonces, recordó que la engañó, dándole algo escrito en chino en vez del testamento.

― ¿Por esa tontería me has secuestrado? ― Le gritó lo más fuerte posible.

― Estuve pensándolo seriamente, pero no es eso lo que yo quiero ahora, porque he cambiado de idea. ― Mao se quedó pensando, muy molesto, en qué monstruosidad se le estaba pasando por la mente de su familiar

― Bueno, la idea original era quemar el testamento para que nadie se diese cuenta de que mi padre no se convirtiera oficialmente como el “Halcón Rojo”, pero mientras investigaba cómo conseguirlo, encontré algo mucho mejor. ― Eso lo decía, mientras ponía mis brazos se cruzaban.

― ¿Ah, sí? ¿El secuestrarme? ― Le dijo con tono burlón y ésta lo ignoró, seguía hablando.

― Esas niñas te quieren mucho, ¿eh? ― Mao se quedó en blanco.

― Harían lo que sea para salvarte, ¿no? ― Ella le siguió hablando, poniendo una voz dulce de forma forzosa.

― Pues yo he creado un plan muy genial, en el que tus amiguitas van a participar. ― Comentó de una forma burlona y cruel, para terminar en risas de psicópata.

― Si le tocas un solo pelo, te juró que te mataré. Me importa una mierda si seas mi propia sobrina. ― Él lo entendió perfectamente, quería utilizar a Josefina y a las demás para algo horrible, y quería evitarlo. Empezó a golpear la puerta, a pesar de que estaba atado, usando su propio cuerpo.

Entonces, le tocó el turno a Stephanie Status, quién le pedía que le diese su dinero y la liberará:

― ¿Y mi dinero? ¿Y por qué estoy atada? ¡Creía que éramos aliadas! ―

― Es para despistar la policía, así que tardaran mucho en descubrir qué relación tienen cuando estén muertas. ― Cuando dijo esto, tanto Mao como Status, se quedaron con la boca abierta. Al parecer, en su plan incluía que ellas dos no deberían quedar con vida.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Segunda parte, septuagésima séptima historia

Mao suspiró molesto, tras haber leído el testamento de su padre, que parecía más una autobiografía suya, por sexta vez. Estaba recordando cuando les visitó su sobrina, una experiencia desagradable que quería olvidar.

Ocurrió a altas horas de la mañana, unos fuertes golpes en la entrada de su tienda y que era escuchado desde su habitación, lo despertaron con el pie izquierdo. Se preguntaba quién era tan temprano, con un tono enfadado y adormilado, mientras iba a abrir la puerta. Se arrepintió mucho de abrirlo cuando vio que era Chiang Mei-ling, a pesar de que sabía que tarde o temprano iba a aparecer.

― ¡Cuánto tiempo, primo! ―  Le saludó, intentándolo parecer muy contenta de verle, pero se notaba que era más falso que nada.

― Soy tu tío. ― Le replicó secamente.

― Me siento vieja si te llamó así. ― Después de todo, ella era mucho mayor que su propio tío.

― ¿Y qué quieres? ― Le preguntó, mientras su sobrina entraba en la casa.

― Solo quiero el testamento de mi abuelo. ―  Le contestó ella, al entrar al salón, y Mao le dijo que el anciano no le dio nada ni un centavo a ella y que no tenía nada que hacer por aquí.

― No me interesa el dinero, me interesa…― Casi se le escapó su verdadera intención. ― ¡Mierda! ― Se mordió la lengua.

Y Mao, al escucharlo, sospechó y decidió que no le iba a dejar que lo cogiera, ya que, para que haya venido a aquí, tenía que ser algo muy gordo, relacionado con ella o con sus padres. Se maldijo por no haber leído todo el testamento, le era tan aburrido y largo que solo leyó las primeras cuatro páginas.

― Te tengo que decir que no vayas a su cuarto, su testamento es mío y me dijo que hiciera lo que me diese la gana. ― Eso le dijo Mao, deteniéndola para impedir que empezara a subir por la escalera.

Su sobrina giró bruscamente su cabeza hacia él y le gritó con mucha mala leche. Ya estaba demasiado nerviosa y esa simple respuesta la enfureció, porque quería conseguir eso a toda costa. En vez de convencerle con dinero para que se lo diera, le empezó a insultar irracionalmente, haciendo que Mao hiciese lo mismo, quién no entendía la obsesión que tenía ella por aquel testamento.

Al final, los gritos despertaron a todos los demás que dormían y, al ver que ya había muchos testigos, la sobrina se tranquilizó, diciéndole a Mao que hiciese lo mismo y así lo hizo. Chiang decidió entonces usar lo que quería hacer desde el principio, maldiciendo su explosión de ira.

― Si me lo das, te daré dos mil dólares. ― Eso le dijo, mostrándole un montón de billetes a Mao, quién al verlo, empezó a babear. Él estaba atrapado en una encrucijada. Quería el dinero y le importaba bien poco ese testamento, pero no quería entregárselo, porque sabía que había algo que a ella no le gustaba, y quería saberlo, para encontrar ahí una forma para fastidiarla, ya que le hizo muchas cosas malas en su infancia y deseaba venganza. Por eso, se quedó callado durante mucho tiempo, pensando qué hacer con su sobrina, que no dejaba de decirle que lo aceptara; y con los demás de la casa viéndolos, sin entender lo que ocurría.

― ¡Trato hecho! ― Eso le dijo al final Mao, quién le estrechó la mano a su sobrina, intentando disimilar su asco hacia ella y mostrar una gran y falsa sonrisa. La otra hizo lo mismo, con el mismo desprecio disimulado.

Le dijo la sobrina que iba a buscarlo y Mao le replicó que se quedará esperándolo, que lo hacía él. Entró en el cuarto de su fallecido padre y cogió un montón de hojas que estaban escritas en chino, apenas entendible para él. Salió con eso, diciéndole que era el testamento. Ésta, al verlo, se lo quitó rápidamente de las manos y salió corriendo de su casa. Mao suspiró aliviado al irse ella, estaba irritado y no deseaba verla nunca más. Se rió internamente al ver que su plan había dado resultado. Le dio el documento equivocado, la había engañado y con la velocidad del rayo, tras decirles a los demás que no nada, se metió en la habitación y empezó a leer aquel escrito que le dejaron.

Al leerlo por séptima vez, tuvo que asimilar que ahí contaban cosas que le dejaban perplejo, sobre él, su padre y Chiang y sus padres.

Vio muchos motivos para que su sobrina lo deseara a toda costa, pero no sabía cuál exactamente. Leía sin parar ese testamento y se quedaba muy sorprendido de lo loca que fue la vida de su padre. Nacido en el norte de China, vivió en su juventud en Taiwán, tras ser invadida por los japoneses. Se unió al ejército imperial y estuvo en Corea provocando crímenes horribles contra ellos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, formó parte del ejército rojo chino y tras la victoria de Mao, participó en varias guerrillas comunistas en el sudeste asiático.

Al final, cansado de tanto batallar y luchar, volvió al Japón por la década de los ochenta y se casó con una japonesa mucho más joven que él. Tuvieron muchos hijos, siendo éste último Mao, que se esparcieron por todo el globo. Uno de ellos terminó en Shelijonia, quién ayudó a su padre a falsificar su identidad para que pudiese entrar en los Estados Unidos sin problemas. Japón, tras descubrir su pasado, y temeroso de sufrir una polémica y volviesen a recordar lo que hizo durante la Segunda Guerra Mundial, decidió expulsarlo del país discretamente.

El padre de Mao, quién le fue denegado la entrada tanto en China, como en Taiwán o en Vietnam, gracias a su pasado; pidió ayuda para entrar en América, sin que ellos se diesen cuenta de quién era. Tras la muerte de su joven esposa, empezó a cerrarse poco a poco.

Mao se decía que todo esto era un buen material para una película o una serie de televisión. También se preguntaba que cuántos hermanos podría tener en el mundo, porque vio que, antes de casarse con su madre, tuvo cientos de amoríos en cada lugar que visitaba. Era un donjuán y dejó embarazadas a muchas por toda Asia.

Y no solo hablaba sobre él, sino de casi todas las personas de su alrededor. Desde el mismo Mao y su madre pasando hasta a sus compañeros de las guerrillas más queridos. Al volver a repasar el testamento, se fue al lugar en donde hablaba de su hijo de Shelijonia, el padre de Chiang. No decía cosas que le favorecían muy bien, a pesar de que en el texto se notaba el cariño que le tenía, contando cómo era su vida. Siguió el mimo camino que su padre, volviéndose comunista y entrando en un grupo terrorista, que había muchos en Shelijonia; y a pesar de la caída de la URSS. Se tuvo que casar por obligación, tras dejar embarazada a la que sería madre de su sobrina, y rompieron al poco tiempo.

Tras provocar más de treinta atentados, y tras matar a siete u ocho personas, desapareció y nunca se supo de él, junto a otros compañeros. Mao pensó que su sobrina quería coger el testamento porque hablaba de su difunto padre, ¿tal vez para borrar un testimonio de lo que era o por conocer su pasado? Lo que si sabía es que quería evitar que esto llegara a manos de Nadezha, porque estaba relacionado con la muerte de sus padres, es más, fue su hermano el culpable directo de aquellas lamentables muertes.

Al repasar eso de nuevo, se dio cuenta de una cosa que lo dejó sin habla y que no se dio cuenta, porque sus pocas ganas de leer le impedían tragarse todo el testamento, porque parecía un libro bien gordo. Descubrió que su padre estaba al tanto de un secuestro que su hermano cometió y que parecía horrible. Ahí se dio cuenta lo cruel y despiadado que podría ser su familiar. Secuestró a una niña pequeña, de una de las mayores familias de la isla y pedía su liberación por supuestos motivos políticos. Decía que si no hacían lo que querían, le arrancaría cualquier parte del cuerpo de la chica. Mao se quedó más perplejo al ver que esa pequeña no era nada más ni nada más que aquella amiga de Josefina, una horrible persona que fue capaz de ponerle un arma en la espalda, Elizaberth von Schaffhausen. Entonces, recordó que ella llevaba un parche en uno de los ojos y le entraron de vomitar del asco.

― ¡Nadie en su sano juicio haría eso, nadie…! ― Eso se decía sin parar, consternado. No recordaba a su hermano y por tanto no conocía cómo era, pero no podría aceptar que alguien fuera capaz de sacarle un ojo a una niña, porque creía que eso era lo que le hicieron. Se levantó bastante molesto, cansado de leer el testamento, y decidió olvidarse de eso por un buen rato.

Al salir de la habitación y tras bajar al salón, Clementina aprovechó para decirle que iba a salir con Diana, su primo y Alsancia, para ir al parque. Al irse ellas, Mao subió arriba y vio cómo dormía plácidamente Jovaka en su habitación. Entonces, alguien empezó a pegar en la puerta de su tienda sin parar.

― ¿Han vuelto? ¿Tan rápido? ― Se preguntaba muy extrañado. ― Debe ser porque olvidaron algo. ― Se dijo eso, yendo rápido hacia la puerta para abrirles y no eran ellos, sino otra persona. Era la vecina de la casa de al lado, la vivienda que fue el hogar de Jovaka.

― ¿Qué quieres? ― Le preguntó Mao, quién no podría quitar la vista de encima al ridículo y extraño peinado que tenía. Se preguntaba si llevaba una peluca o algo porque ese pelo en forma de galaxia no podría ser creado por manos humanas.

― ¿Me ayudas con llevar mis bolsas del supermercado? ¡Es que el coche está afuera y pesan un montón! ― Eso decía, intentando actuar muy joven.

―Tengo anemia, así que no puedo cargar mucho peso. ― Intentó utilizar una excusa para librarse del marrón, porque no tenía ganas de cargar bolsas a una señora que le caía tan mal.

― Sé una buena vecina, ¡porfi! ― Intentó mostrar cara de cachorrito, pero en vez de conmover a Mao le dio tanta pena ver cómo intentaba actuar como joven que no tuvo más remedio que ayudarla.

― ¡Vamos, señora! ― Al decirle eso, ella saltaba y decía “yupi” como si fuera colegiala y Mao le decía que parase, porque le daba mucha vergüenza ajena. Tras atravesar aquel laberinto de calles, llegaron al lugar y éste vio una furgoneta negra, que le daba mala espina.

― ¡Bueno, señora, abre la puerta! ― Eso le dijo a la mujer y, de repente, se abrió la puerta trasera y unos tipos de negros salieron, atrapando a Mao. Le inmovilizaron, poniéndole un pañuelo con cloroformo y le metieron en el coche.

― Ahora gente, ¡denme mi dinero! ― Les exigió la mujer, creyendo que se lo darían, pero, en vez de eso, le hicieron lo mismo que Mao y la metieron en el coche, saliendo éste corriendo a toda velocidad, provocando algún que otro accidente por el camino.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Primera parte, septuagésima séptima historia.

Por primera vez en meses, la puerta de la habitación del padre se abrió, solo con la condición de que entrará su hijo. Desde hacía muchísimo tiempo el anciano se encerró como un hikikomori y solo sacaba la mano para recibir la comida que le dejaban en la puerta, a la hora de la cena. Mao sabía muy bien el motivo de esta decisión, él se había dignado a dejarle entrar porque estaba moribundo. Y así era, en una habitación hecha pocilga, con la tele encendida, siendo la única luz del oscuro lugar; a ese anciano hombre que intentaba respirar le quedaba poco de vida.

― ¿Por qué me has llamado? ― Le decía Mao, intentando mostrarse serio y indiferente, pero le era imposible al verle en aquel estado.

― Por fin me muero…― A pesar de decir eso, mostraba una especie de extraña alegría. ― He tenido una buena y larga vida, ya quería descansar de verdad. ― Y empezó a reír.

― No digas esas cosas. ― Le decía Mao, quién ya estaba llorando. No pudo mostrarse indiferente hacia él, a pesar de que ya sabía desde hace tiempo que le quedaba poca vida.

― Solo quería decirte que…― Tuvo que parar porque le costaba respirar. ―…mi testamento está en ese cajón. Haz lo que quieras con ella y mis propiedades…― Le empezó a dar un ataque fuerte de tos. ― ¡Son tuyos, tanto esta casa como todo el d-dinero que me queda! ―

Después de escuchar lo que ya sabía, Mao inspiró e respiró varias veces, para atreverse a soltarle una preguntar que deseaba saber desde hace mucho tiempo.

― Puedo hacer una pregunta, solo una. ― El anciano asintió. ― ¿Por qué me has obligado a actuar como chica todos estos años? ―

El padre no dijo ni pío, solo empezó a señalar una foto que se encontraba entre un mar de basuras amontonados sobre una mesa. Era la foto de su difunta madre. Mao era incapaz de comprender aquel gesto, solo estaba pensando en que no se muriese. Después de señalar, añadió:

― ¡Has sido una buena chica! ¡Me alegro! ― Eso decía mientras se ponía su mano sobre la parte del pecho en dónde estaba el corazón.

― Soy un chico…― Le replicó muy molesto.

― Para mí, no, no…― Intentaba hablar pero no tenía fuerzas. ― Para mí, siempre serás mi hija,…― Entonces, su cuerpo empezó a sufrir violentas convulsiones. Mao le preguntaba aterrado qué le pasaba, quedándose paralizado, sin poder hacer algo. Y en solo unos segundos, los ojos se le quedaron en blanco.

― ¡Oye…! ― Le decía, esperando que dijera algo. ― ¿Estás bien? ― Y luego. empezó a sacudirle sin parar, gritándole, incapaz de aceptar su muerte.

Pasó una semana para que Mao pudiera organizar todo el viaje que iba a hacer el cuerpo de su difunto padre al cementerio crematorio más cercano, situado en la otra cuidad. Mientras tanto, su cadáver estaba metido en un ataúd, el más barato que encontró, rodeado de todo tipo de flores y con la foto del difunto; en mitad del salón de la casa.

― Aún no me puedo…― Se sonó los mocos varias veces. ―…no me puedo creer que se haya muerto. ― Todavía estaba hecho un mar de lágrimas, a pesar de que había pasado una semana. Junto a Clementina y a Leonardo, estaba en el cementerio viendo cómo lo estaban incinerando.

― Lo siento mucho, Gerente. ― Le dijo Clementina, quién no sabía que decir para consolarlo.

― Es lo normal cuando se te muere alguien querido. ―Añadió Leonardo, aunque sentía que no debería decirlo.

― ¡Qué normal ni querido ni qué leches! Era un hijo de puta, no debería llorar por él. ― Mao se sonó de nuevo los mocos. Tenía en él muchos sentimientos contradictorios en torno a su fallecido padre y apenas tenía una idea clara de cómo comportarse ante la situación.

Aunque intentó todo lo que pudo por mostrarse normal antes las niñas, no quería ponerlas tristes por la muerte de su padre ni que se compadecieran de él o algo parecido.

Mientras tanto en la casa, no había tranquilidad, toda la pandilla estaba ahí. Las gemelas se estaban intentando hacerse cosquillas mutuamente, Jovaka estaba en un rincón esperando que él volviera, Malan le estaba explicando a Josefina sus deberes de matemáticas, sin éxito alguno por el momento; y Alsancia se preguntaba si estaba bien comportarse normal cuando a Mao se le murió el padre.

― ¡Así no, así no! ― Ese grito procedía de la cocina y eran de la pequeña Diana.

― ¡Nadezha, se te va a quemar! ― Ese grito era el de Vladimir, el pequeño novio de la rusa; y estaban observando con terror como ella intentaba hacer una receta china que le gustaba mucho a la hija de Clementina. No le estaba saliendo bien, es más se le empezó a quemar la sartén.

― ¡Por el amor de Dios! ¡Qué alguien traiga agua o algo que no sea nada inflamable para apagar esta cosa! ― Gritaba Nadezha, al ver que casi iba a quemar la cocina. Por suerte, se pudo apagar y evitar un incendio.

― ¡Eles hollible en la coquina! ― Le decía Diana, mientras comprobaba el mal estado que quedó la sartén.

― Por eso te dije que no quería hacerlo. ― Le replicó a la pequeña, ya que ésta no paró de molestarla hasta que no le hiciera su comida favorita.

Nadezha estaba en casa de Mao, después de que Clementina le pidiera el favor de vigilar la casa y las niñas. Se arrepintió de haberlo aceptado porque ya estaba cansada de tener de aguantarlas y se preguntaba como el el chino y la canadiense podría soportar a aquella tropa. Y mientras ésta pensaba cómo iba a decirle a Mao que destrozó su sartén, alguien estaba pegando en la puerta de la tienda sin parar.

― ¿Quién es? ― Se dijo en voz baja. Luego, se dirigió hacia allí, mientras gritaba: ― ¡La tienda está cerrada por hoy! ―

La persona no contestó y siguió pegando. Esa actitud irritó un poco a Nadezha, preguntándose por qué no contestaba, que eso era de mala educación; mientras cruzaba la tienda a la velocidad del rayo.

Y cuando abrió la puerta, se quedó realmente sorprendida. Era alguien que ella reconoció enseguida, a pesar de que pasaron años desde la última vez.

― ¿¡Chiang Meg-gay!? ― Gritó su nombre, mal dicho porque apenas lo recordaba. No se podría creer que la volvería a ver tras tantos años.

― Mi nombre es Chiang Mei-ling, Nadezha. ― Le replicó, mientras la miraba con ganas de matar a alguien.

La conoció en su infancia, cuando era amiga de Mao, y esa chica con pinta de nerd era su sobrina, hija de unos de los múltiples hijos que dejó el padre del chino por el ancho mundo. Su pelo estaba muy corto y era de un color verde, llevaba unas gafas culos de botella enormes y llevaba una ropa muy casual y fea. Ésta se quedó mirando de pies a cabezas a la albina y ella se sentía muy incómoda. A continuación, empezó a hablar

― Jamás pensé verte aquí, con un delantal, en su casa…― Nadezha, se quedó preguntando qué quería decir ella con eso. ― Y hasta parece que has parido a una patrulla. ― Eso decía, al escuchar las voces que procedían de la casa.

― ¿Qué estás diciendo? ― Realmente no sabía de qué estaba hablando.

― Yo pensé que os habíais separado y todo, pero nunca me imaginé esto. Seréis muy felices, ¿no? ¡Me dais asco! ― La pobre Nadezha no sabía cómo reaccionar, porque literalmente no tenía ninguna idea de que estaba hablando, pero pensaba que mejor debería cambiar de tema.

― De todas maneras, ¿qué haces aquí, no deberías estar en el cementerio, a despedirte de tu tío? ― Ella le preguntó eso, porque le era muy extraño que estuviera en la casa, ahora, que había pasado una semana desde que murió su abuelo y no lo visitó.

― Solo he venido por unos papeles, ese viejo enfermo me importa una mierda. ― Eso dijo sin apenas emoción, y molestó mucho a Nadezha.

― No le faltes el respeto a tu abuelo. ― Le replicó, intentando esconder su enfado.

― Déjame entrar. ― Ni le respondió, le ordenó como si Nadezha fuera alguien de poca monta, haciendo aumentar la ira de ésta aún más.

― Primero tienes que hablar con Mao y ya te dejare entrar. ― Eso le dijo Nadezha, quién pensaba que Mao no estaría cómodo si era desagraciada, ya que tanto él como ella tenían una opinión muy mala de Chiang; entrará en su casa sin su permiso.

― ¡Vaya con tu esposo! ― Entonces, exclamó esto, dejando a Nadezha boquiabierta.

― ¿Qué? ― Gritó Nadezha. ― ¿Qué? ― Volvió a gritar, incapaz de creer de que ella estaba pensando en eso. ― ¿Qué estupidez estás diciendo? ¡Yo no tengo ningún tipo de relación con…! ― Entonces, se dio cuenta de una cosa.

― ¿Cómo sabes que Mao…? ― A pesar de que eran familiares, Nadezha creía que no sabía nada de que su tío era un travestí.

― Me sorprende más que tú lo sepas. ― Lo dijo con frialdad. ― De todos modos, tengo que entrar. ― Empujó a Nadezha, intentando entrar por la puerta, pero ésta no se dejaba.

― Hasta que vuelva Mao, no voy a dejarte entrar. ― La rusa sentenció tajantemente, poniéndose en posición de combate.

― ¡No te pongas así, blanquita! ― Le replicó, rabiosa por no poder entrar; pero estaba muy aterrada por la posibilidad de recibir una buena paliza. Luego, añadió esto: ― ¡Bueno, cuando vuelva, ya hablaré con él!- Y con esto se marchó, dejando a Nadezha con un mal sabor de boca.

Tras entrar, todas las chicas empezaron a preguntarle con quién había hablando, pero ella solo les contestaba que mejor no deberían saberlo. Intentó no darle importancia, pero decidió volver a la casa de Mao al día siguiente, para descubrir por qué Chiang Mei-ling había vuelto.

― ¿Qué haces aquí de nuevo? ― Le preguntó Mao, algo molesto, cuando vio que la chica que había venido era Nadezha. Estaba haciendo lo mismo de siempre, vaguear en el suelo mientras veía en la tele junto con Alsancia y Jovaka.

―Después de ayudarte ayer y me hablas en ese tono ¡Vaya insolencia, la tuya! ― Le replicó con la misma intensidad que Mao y tenía ganas de decirle alguna que otra cosa insultante, pero decidió ir al grano:

― ¿Al final, tu sobrina ha aparecido por aquí? ― Mao, al escuchar eso, dio un gran suspiro y tardó en darle su respuesta. Intentaba bloquear su mente como si no deseaba recordarlo, pero fue sincero y le tuvo que decir que sí con toda la amargura del mundo. Nadezha decidió contarle lo que pasó el otro día, a pesar de que él ya lo sabía. Luego, le preguntó.

― ¿Y qué quería? ― Estaba muy intrigada por el comportamiento que mostró.

―Nada importante, solo unos documentos. Me pareció muy exagerada, ya que los quería a toda costa. ― Le respondió Mao, mientras cambiaba de canal. Le miró a Nadezha de muy mala gana, como si decía que debería irse; y eso le irritó a ella.

― ¡Ya me voy, ya me voy! ― Eso decía Nadezha, pero antes de salir del salón fue llamada por Clementina, quién había salido al salón, después de darle un baño a su hija. ― ¿Puedo hablar contigo, un segundo? ―

Nadezha le dijo que sí, y Clementina le preguntó a Mao si estaba bien. Él respondió algo moleste que hicieran lo que diesen la gana. La canadiense se la llevó a su habitación y le empezó a explicar la situación:

― Después de la visita de su prima, la Gerente está muy irritada, la verdad. Hasta se pelearon. ―

― ¿De qué hablaron exactamente? ― Le preguntó la rusa toda intrigada.

Se lo iba a decir, pero entonces Mao apareció en la habitación y les dijo:

― Pues que quería el testamento de mi padre, no sé porqué. ―

La rubia tetona se puso nerviosa al verle entrar, le decía que no podría callárselo; y el chino le replicó que nunca le pidió que lo escondiera.

― ¿Entonces, me has mentido? ― Eso le preguntó furiosa, Nadezha, al sentir que le intentó engañar. Eso le trajo recuerdos desagradables.

― Todo lo que yo dije era verdad. Además, si te interesa saber, la engañé y se llevó uno falso. ― Eso le respondió Mao a regañadientes. Por alguna razón, deseaba dejarlo como un secreto para Nadezha y estaba visiblemente molesto por no haberlo conseguido. Por otra parte, no se sorprendió antes el hecho de que Mao engañará a su sobrina.

― ¿Y por qué desea el testamento? ― Le preguntó la rusa a continuación, pero sentía que Mao no le iba a decir la razón.

Después de todo, esa chica dejo claro que lo despreciaba el día anterior y recordaba que su abuelo tampoco le tenía mucho cariño. Parecía una buitre que solo quería llevarse parte del cadáver de su familiar, aunque presentía que había otra razón mucho menos común que quedarse el dinero.

― Y yo qué sé… ¡Tal vez quiera dinero que dejo él o algo así! ― Se notaba en su cara que estaba mintiendo, sabía muy bien el porqué y Nadezha le miró de forma acusadora. Pero en vez de insistir, decidió irse.

― Me voy a casa. ― Y con esto dicho, salió de la habitación hacia la calle, diciendo a todos adiós. Todo este raro asunto le parecía muy sospechoso y pensaba investigarlo, y Mao, conociéndola, sabía que ella hará lo que sea para averiguarlo, abriendo en el proceso un cajón de mierda. Clementina estaba desilusionada, porque deseaba preguntarle a Nadezha qué relación tuvo su gerente con su sobrina en el pasado, si pasó algo gordo entre ellos; ya que lo vio entre esos dos no era normal. Después de todo, esos dos fueron amigas y crecieron juntas, por tanto creía que debía saber algo.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.

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