Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Última parte, septuagésima séptima historia.

Faltaban veinte minutos para que Josefina se reuniera con Elizabeth en el parque. Chiang había llegado y se escondió entre los frondosos y estropeados arbustos que rodeaban una fuente llena de agua estancada. Estaba preparando su mando de control para hacer explotar la bomba que había metido en el paquete que le dio a Josefina. Su plan era que, cuando ella entregará el paquete a Eliza, tocaría el botón rojo y haría volar por los aires a las niñas. Sonreía cada vez que lo imaginaba, lo esperaba impacientemente.

Ella suponía que si mataba al único objetivo que su padre terrorista no pudo eliminar, se liberaría de esos horribles sentimientos que la habían torturado desde hace años y que ni siquiera ella entendía. Tampoco tenía la certeza que se pudiera librar de ellos realmente, pero creería con desesperación de que esa forma los sacaría de su cabeza.

Mientras tanto, por el camino, iba una Josefina muy alterada. Quería salir corriendo, directa hacia al parque, pero tenía miedo de que el paquete que transportaba se cayera. Así que intentaba ir despacito. Ya le estaban doliendo los brazos de tanto llevarlo, pesaba mucho para ella. También lo miraba de vez en cuando, llena de curiosidad. Deseaba abrirlo y ver que había, pero prometió no ver su interior. Tenía que aguantar, por el bien de Mao.

Al final, pudo llegar al parque a tiempo, a pesar de que perdió muchos minutos al observar a una ardilla que pasaba por su lado. Se sentó en el banco en dónde se iba a reunir ella y Elizabeth y dejó el paquete a su lado. Luego, estiró los brazos y dio un gran bostezo, señal de que se sentía aún adormilada.

― Espero que no tarde mucho… ― Se dijo a sí misma, pensando en Eliza. ― Necesitamos salvar a Mao, cuanto antes. ― Esas palabras le hicieron mucha gracia a Chiang, quién aún pensaba que él estaba muerto.

Chiang se preguntaba cuándo iba a llegar esa enana de Eliza, que quería volarla ya; segundos antes de que ésta apareciera, junto con su sirvienta Ranavalona, quién le saludó a Josefina en lugar de Su Señora.

― ¡Ya estoy aquí! ― Le decía Eliza con gran frialdad. ― Ahora bien, quiero saber realmente qué está pasando. ―

― Pero si ya te lo dije. ― Eso le contestaba Josefa, quién se levantaba del asiento y cogía el paquete para entregárselo. ― Según su sobrina, si te doy esto, tú ayudarás a salvar a Mao. ―

Al decir esas palabras Josefina, Elizabeth se preguntaba quién era esa tal sobrina de Mao y cómo sabía de su existencia, y sobre todo por qué le entregaba ese paquete. Todo le parecía muy sospechoso.

― Si eso es de mi interés, lo aceptaré. ― Le respondió Eliza, que pensaba que la única forma de enterarse de este asunto fue abrir ese dichoso paquete.

Entonces, Chiang sonrió de oreja a oreja, vio el momento perfecto para hacerlas explotar. Se llenaba de emoción al ver imaginar que vería a unas niñas volar por los aires, sobre todo al objetivo que su padre no pudo eliminar en vida. Sacó en control remoto y apretó el botón rojo.

―¡Volad, volad, niñatas! ― Decía en voz baja, mientras esperaba con impaciencia la explosión. Pero pasaron unos segundos y no hubo nada. Lo hizo la segunda vez y tampoco, y lo repitió dos o tres veces más, cada vez más irritada.

― ¿Qué mierda le pasa a esta maldita bomba? ― Estaba consternada, no dejaba de apretaba el botón compulsivamente y no había respuesta. Se le agrió la cara al pensar que lo había construido mal. ― Pero si comprobé que funcionaba perfectamente.― Se estaba poniendo muy nerviosa.

― Mi Señora, pesa mucho. ― Comentó su sirvienta fiel Ranavalona. Ella había cogido el paquete en lugar de Elizabeth, mientras buscaba una apertura para abrirla. No la encontraba. Y eso que las tres chicas miraron por todos los lados del objeto, muy extrañadas.

También escuchaban unos sonidos muy raros que procedían de unos arbustos cercanos a ellas, pero la ignoraban. Era Chiang que aún seguía apretando como loca el dichoso botón, mientras le pedía que explotará de una vez totalmente desesperada.

Entonces, es cuando escucharon unos gritos que procedían de la lejanía. Las tres chicas miraron por todas partes, buscando el origen de aquellos chillidos. Vieron, como dos personas atravesaban las calles a toda velocidad, como si les perseguía el diablo, hacia ellas. Se le quedaron mirando hasta que pudieron ver con claridad quienes eran. Eran Mao y Nadezha, con sus ropas hechas un desastre, totalmente llenas de rasguños y heridas, que le gritaban con todas sus fuerzas estas palabras: ― ¡Josefina, es una puta bomba! ¡Tírala, rápido! ― Los dos estaban histéricos, agitando los brazos en señal de que lo tirarán. Ninguna de las tres pudo entender muy bien lo que estaban diciendo.

― ¿¡Mao!? ― Josefina gritó de la sorpresa.

― ¿No decías que tu amiga estaba secuestrada? ― Le preguntó Eliza, muy confundida. Le respondió Josefa con esto:― Es verdad lo que te dije…―

― ¡Ese maricón sigue vivo, maldición! ― Chiang, desde su escondite, chilló de frustración. No se libró de Mao. Y para el colmo, Nadezha venía con él.

Y empezó a apretar con más fuerza el botón, sudando como un cerdo. ― ¡Funciona, maldita bomba! ― Ya que no lo habían matado, volaría a su amiga en pedazos delante de sus propios ojos.

Josefina, aunque confundida, se echó a llorar, empezó a mover los brazos de un lado para otro, mientras gritaba esto con gran felicidad: ―¡Mao, Mao, gracias a Dios que estas bien! ―

― ¡Tirad la maldita bomba! ― Ellos dos seguían gritando como locos. Y para el colmo, se estaban quedando afónicos de tanto chillar.

― ¡Vamos, vamos, haz boom! ― Chiang ya estaba al borde de la desesperación, estaba destrozando el botón de tanto tocarlo.

―¿¡De qué bomba están hablando!? ― Preguntó Josefina, muy extrañada. Le costó entender lo que le decían. ― ¿Bomba? ― Añadió Eliza, mirando el paquete con sospecha. Se dio cuenta de lo que estaban diciendo.

― ¡Mierda, mierda, ya están aquí!― Chiang aún no se rendía, empezó a golpear el mando contra el suelo.

A pesar de que ya no tenían fuerzas, forzaron sus cuerpos para correr más rápido. Llegaron a la entrada del parque, gritando lo más fuerte que pudieron: ― ¡Lo que tenéis ahí es una bomba! ― Esta vez fue muy claro.

Josefina miró el paquete con un gesto de terror. Elizabeth le gritó esto a su sirvienta: ― Ranavalona, ¡tira esa cosa, lejos! ―

Ella lo tiró con sus fuerzas, lo más lejos que pudo. El paquete bomba salió disparado y cayó en una fuente llena de agua asquerosa y apestosa, llena de rana. Josefina, Eliza y Ranavalona se giraron y empezaron a correr, con las caras horrorizadas. No les dio tiempo a alejarse, explotó. El agua salió volando y cayó como lluvia sobre ellas, junto con trozos de ranas muertas. La onda expansiva las tiró al suelo y el sonido las dejó casi sordas.

― ¡Josefina! ― Nadezha y Mao gritaron al unísono, al verla caer al suelo. En cuestión de segundos, cayeron al suelo por la onda expansiva. Se levantaron lo más rápido que pudieron, para socorrer a la mexicana, aunque ya sus piernas estaban temblando por el agotamiento.

― ¿Qué está pasando? ― Le gritaba Elizabeth autoritariamente a Josefina, mientras se quejaba del dolor. Estaba muy aturdida, al igual que la sirvienta y la mexicana. Las tres empezaron a levantarse del suelo con muchísima dificultad.

― Yo tampoco lo entiendo. ― Eso le respondió muy confundida. Por suerte, ninguna de las tres había sufrido algún tipo de daño, a pesar de que estuvieron más cerca de la explosión. Tras unos segundos de aturdimientos, pudieron manternerse en pie como si nada.

― Menos mal. ― Comentó Mao, muy aliviado, con los ojos llorosos. Cayó al suelo, agotado de tanto correr, pero feliz de que Josefina hubiera salido viva. Eso era lo que le importaba.

Después de perder muchas horas encerrados en la azotea del edificio, no paró de correr hasta llegar a la casa de la mexicana y quitarle la bomba de sus manos. Luego, salió corriendo hacia al parque. Nadezha le acompañó y ella también cayó al suelo, aliviada. Empezó a reír como loca, de pura felicidad, al ver que no había pasado nada.

― ¡Mierda, mierda! ¡Más que mierda! ¡Todo se ha ido al garrete! ¡Maldita sea! ―

Eso gritó Chiang, llena de ira y frustración. Todo le salió mal y no le quedaba más remedio que salir por patas de ahí. Giró hacia detrás e intentó levantarse para salir de su escondite. Se encontró frente a frente con alguien, miró hacia arriba se encontró con cara de Martha Malan.

― ¿Tú eres la que está detrás de todo esto, eh? ¡No te vas a escapar tan fácil! ―

Su voz denotaba una tranquilidad aterradora, una calma que predecía una violenta y terrible tormenta.

Chiang vio como apretaba sus puños y la miraba con un rostro aparentemente sereno, pero que ocultaba una terrible sed de sangre. El miedo que sintió, provocó que girará hacia la izquierda. Pero fue detenida por las gemelas.

― ¡Hey, no te vayas tan rápido! ― Habló Alex de forma burlona, hablando de forma muy sádica. Su hermana Sanae añadió, mostrando una sonrisa aterradora: ― ¡Después de todo, no irás de rositas! ― Las dos soltaron una risa diabólica y le mostraron unas tijeras, dejando claro que no tenían buenas intenciones.

Chiang se levantó e intentó huir por la derecha, pero sintió un fuerte golpe contra su estomaga, que la tiró al suelo y escupiendo saliva. ― ¡Ay, mi estomago! ― Exclamó de dolor. Miró hacia la persona que le atacó.

Se quedó boquiabierta, la pequeña y débil Alsancia-Lorena la estaba observando en silencio, con unos ojos inyectados en sangre. Decían claramente que no iba a salir viva de aquí. Chiang sentía tanto miedo que estaba a punto de orinar por el miedo. Ya ni era incapaz capaz de escapar.

― ¡Yo, jamás he sentido tantísimas ganas de pegar a una mujer! ―Giró su cabeza y vio otra amiga más de Mao. Apretando los puños con fuerzas, con su cara invadida por la rabia. Se le notaba las ganas de destrozarle la cara.

Estaba rodeada, no había ninguna salida. Acorralada, empezó a observar a aquellas niñas como si fueran verdaderos demonios. Empezó a pedir piedad de una forma muy lamentable y patético, poniendo cara de cachorrito.

― ¡L-lo siento, mucho! ¡No era mi intención hacer esto! ¡De verdad! ―

Pero nada de eso se ganó a esos corazones llenos de odio y resentimiento hacia ella, la persona que intentó matar a su querido Mao y que intentó volar a Josefina por los aires. Chiang supo al momento que le iban a mostrar la mayor paliza de su vida.

― ¡Mao, Mao! ― Entonces, intentó salir de su escondite, gritando desesperadamente el nombre de su tío para que le salvará.

Éste la vio y con una cara de gran desprecio, le hizo un gesto obsceno con la mano. Le dejo muy claro que se jodiera. ― ¡No me hagas esto! ¡Perdóname, por favor! ―

Chiang intentó escapar, pero las chicas la tiraron al suelo y la arrastraron a través del arbusto, mientras ésta gritaba de horror. Entonces, desde aquellos arbustos se empezó a escuchar terribles chillidos de dolor que se esparcieron por toda el parque. Ella estaba siendo apaleada como nunca.

― ¿Me das permiso para unirse? Le tengo unas ganas. ― Se levantó Nadezha, mientras ejercitaba sus brazos. Mao le dio su visto bueno. ― ¡Adelante, toda tuya, que recuerde la forma de tus puños durante el resto de su vida! ― Y la albina se unió a la fiesta.

― ¿Qué está pasando aquí? ― Elizabeth se puso las manos sobre la cabeza, realmente confundida. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo.

No entendía por qué Josefina le trajo una bomba, por qué le quería matar, de dónde habían salido sus amigas y se preguntaba quién era aquel bicho raro al que estaban destrozando. Y no había peor cosa para ella que no estar al tanto de toda situación que le concernía. Por eso, se sentía tan pérdida que le entraban ganas de mandarlo todo a la mierda y volver a su reino.

― Me encantaría saberlo, de verdad, Mi Señora. ― Le replicó Ranavalona, quién estaba igual de confundida que ella.

― ¡A mí también! ― Ella se quedó observando la escena con los ojos abiertos como platos. Pero, a pesar de todo, se sentía muy feliz de que todo hubiera terminado bien.

La policía vino al poco tiempo. Los gritos de Nadezha y Mao, y después la explosión, atemorizaron el barrio y se formó un verdadero caos. A los agentes de la ley les costó controlar la situación. Ellos, al ver que las chicas le entregaron al culpable, le preguntaron por qué estaba tan malherida, todos mintieron y le dijeron que actuaron en defensa propia. Chiang no dijo nada, sólo se metió en el coche de policía y se la llevaron al hospital. El resto tuvo que ir a allí también para que le chequearán. Ya, en el hospital, Nadezha contactó con su novio:

― ¿Estás bien, Nadezha? ¿No estarás herida, verdad? ― Le preguntó Vladimir, muy preocupado.

― Por supuesto que sí, sólo estoy agotada. Estar dos días fuera de casa buscando a esa hija de puta, luego luchar contra dos adultos y sufrir una explosión es algo que te deja sin pilas…― Nadezha intentó mostrarse lo más animada posible. Luego, añadió estas palabras: ― Pero, me imagino que debes estar igual de agotado que yo. Después de todo, saliste corriendo a la casa de Mao para avisarle sobre lo ocurrido. ―

Gracias a Vladimir, las chicas salieron a la calle buscando a Josefina por todos los parques de la parte sur de la ciudad, y Leonardo llamó a la policía. Al llegar, cayó al suelo y, presa del agotamiento, se durmió ahí, siendo cuidado por Clementina y Diana.

― ¡Estoy bien, fuerte como un noble! ¡Digo, roble! ― Le replicó con entusiasmo. Añadió además esto: En fin, ¿y que haremos con el libro gordo de Mao?―

― ¿El testamento? ― Nadezha se quedó callada por unos segundos, dudando. Al final, concluyó esto, a regañadientes: ― Se lo entregaré, es suyo, después de todo. ― A pesar de todo, quería seguir buscando más pistas sobre como los atentados del hermano de Mao.

Y así lo hizo, ya bien entrada la noche. Después de celebrar en la casa de Mao una gran fiesta, Nadezha le llamó y le pidió que se acercará a su casa. Se encontraron bajo la luz de una farola. Lo primero que hizo la albina fue mostrarle el libro:

― ¡Aquí tienes el testamento de tu padre! ― Se lo tiró y Mao, boquiabierto, lo atrapó en el aire.

― ¿Qué? ¿Qué haces tú con eso? ― Una expresión de horror se asomaba por su rostro.

― Si no fuera por esto, no te hubiera salvado. ― Dio una pequeña pausa, mirando con seriedad a Mao. ― Y si no fuera por él, seguiría engañada. ―

Pronunció aquellas palabras con una aparente frialdad, mientras le miraba como si le pidiera respuesta. Mao, en total silencio, agachó la cabeza y miró hacia otro lado, incapaz de mirarla a la cara. Sabía de lo que estaba hablando y quería evitar el asunto cuanto antes.

― Quiero saber toda la verdad, con tus propias palabras. ― Ella se lo exigió

― Está en esa cosa, no hace falta que te lo diga. ― Le replicó Mao con falsa indiferencia. Se notaba que se sentía molesto y no quería saber nada más de lo que estaban hablando.

― Hay algo que ese testamento no me dijo, fue tu sobrina y eres el único que me lo puede comprobar. ―

Ella le siguió mirando fijamente, esperando que le dijera la respuesta. Pero Mao no dijo nada, no se atrevió. Seguía mirando para el otro lado y sus ojos pedían que dejará ese tema. Al ver que no era capaz de hablar, ella decidió terminar aquella conversación. Se dirigió hacia su casa, pero se detuvo un momento, para decirle esto: ― Estaré esperando. ―

FIN

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Historia perturbada: Quinta parte, septuagésima séptima historia.

Horas después de que Chiang se fuera del edificio en donde estaba Mao secuestrado, la policía se movió y rodeó disimuladamente el hospital abandonado. Fueron avisados por Malan, que le explicó sobre la llamada anónimo que recibió y que le dijo dónde se encontraba su amiga. Los agentes de la ley, poco a poco, se pusieron en todas las puertas que encontraron, armados hasta los dientes. Tenían francotiradores por toda la zona, que buscaban alguna señal sospechosa por las ventanas. El oficial a cargó miró el reloj, mientras se preparaba para decirles a los secuestradores que se rindieran. Eran las nueve y algo de la noche, la hora que le indicaron el secuestrador para que Leonardo dejará el testamento en un cubo de basura, situado en un parque alejado.

Aún así, por mucho que los canadienses registrarán la casa, no encontraron el dichoso testamento y todos estaban muy preocupados. Si no cumplían con las exigencias, matarían a Mao y a la otra mujer que se llevaron. Por eso, decidieron abordar el lugar en donde se escondían supuestamente cuando antes.

Pero allí no se encontraba ni Mao ni Stratus, sino en el otro extremo de la ciudad. En el tejado del edificio, protegidos por la oscuridad de la zona, Los sicarios estaban preparando sus pistolas, poniéndoles silenciador. A pocos metros de ellos, se encontraban Mao y Stratus. Tuvieron que atarlos a una silla, ya que eran capaces de moverse estando inmovilizados de pies a cabeza. Al chino, le pusieron la boca tapada con cinta adhesiva para evitar sus mordiscos. El cuerpo de los sicarios estaban destrozados, tenían heridas por todas partes, les costó mucho sacarlo de la habitación y ponerlo en una silla. Stratus sólo lloraba desconsoladamente.

― A mi me da pena, socio, ¿de verdad, tenemos que matarlos? ― Eso le dijo el sicario a otro. ― ¿Quieres vacaciones en el Caribe? ― Su socio le contestó con la cabeza afirmativamente. ― Pues vamos a volarles la cabeza. ― Y convencidos decididos a hacerlo, se acercaron a ellos para darles un disparos. Alzaron la pistola hacia Mao y Stratus. Él les miró con furia. Si iba a morir, lo haría con dignidad. La señora se veía muy lamentable.

Entonces, una voz, desconocida para aquellos hombres, les gritó esto:

― ¿¡Matar personas sólo por tener vacaciones en el Caribe!? Es lo más asqueroso que he oído. ―

Entonces, esos dos giraron la cabeza y no le dieron tiempo a decir algo, porque una chica los tiró al suelo con un palo de madera, atacándoles por las rodillas. Aquella persona, cuyo largo cabello de color blanco estaba siendo movida por el viento, y con arma en mano; era nada más ni nada menos que Nadezha.

― Siempre te metes en unos líos…. ―

Eso decía, mientras se acercaba a Mao, atravesando a aquellos dos hombres que estaban tirados en el frío suelo, pisoteándolos sin piedad; y mientras su novio, el pequeño Vladimir; llegaba a la escena y rápidamente se dedicó a soltar a quienes estaban atados.

― ¿Cómo has sabido que estábamos aquí? ― Eso le preguntó Mao, cuando le quitaron la cinta de la boca. Nadezha no le contestó, porque entonces esos hombres se levantaron y ella empezó a luchar, dejando a Vladimir la labor de liberar a Mao y a Stratus.

En los primeros minutos, aquellos dos hombres, que intentaban ir a por Nadezha, siempre recibían una paliza con el dichoso palo, pero una y otra vez se levantaban. Les golpeaban por casi todas las partes del cuerpo, mientras ellos se defendían con sus brazos de sus ataques. Aunque los tiraba al suelo, seguían resistiendo. Eso causó un gran asombro a la albina, preguntándose sí ella era tan débil o esos dos eran duros de roer. Aún así, siguió golpeándolos como si no hubiera mañana, con una agilidad casi sobrehumana. Y en un determinado momento, esa arma se le partió por dos y los sicarios, con una gran sonrisa en sus caras, se lanzaron hacia la rusa. Sorprendida, no le dio tiempo para evitar que una de las patadas de aquellos fornidos señores le dieran en el estomago, pero, entonces, fue salvada por Mao, liberado de sus ataduras, quién lo empujó y lo tiró al suelo. El otro saltó hacia al chino, pero la albina le dio un puñetazo que casi le rompió la dentadura del enemigo, y su propia mano.

― ¿Recuerdas, cuando dábamos palizas juntas? ―

Eso le decía Mao, a Nadezha, mientras los dos se juntaban y se preparaban para darles la paliza de su vida a aquellos dos hombres, que se levantaban de nuevo y, llenos de ira, les decían que las iban a matar ahora mismo, con sus propias manos.

― Sí, los viejos tiempos. ― Ella contestó con mucha añoranza, tras cerrar un momento los ojos, acordándose de aquellas palizas que daban juntas y con las cuales parecían invencibles. Los sintió muy lejanos e incluso como si fuera más que algo inexistente, que solo habitaba en su memorias.

― ¿Podemos ser capaces de coordinarnos, como en aquellos tiempos? ―

Preguntó Mao a continuación, quién también recordaba el pasado, sintiendo una profunda e irreal nostalgia. Nadezha le notó en aquel momento, por su voz, muy triste.

― Sólo hay una manera de saberlo. ―

Y al decir esto, Nadezha se puso en posición de ataque y Mao, que sintió que la albina sonrió por un momento, también hizo lo mismo, mientras los dos hombres lanzaban sus puños más letales contra ellos. Lo esquivaron, agachándose; para darles un puñetazo debajo de la barbilla y luego, se intercambiaron a la velocidad del rayo, para darles una patada a cada uno en el estomago, haciéndoles caer al suelo de nuevo y de una forma mucha más violenta que la anterior.

Con una gran obstinación y dando un montón de maldiciones e insultos, se levantaban de nuevo e intentaron a hacer movimientos de artes marciales que aprendieron de pequeños, pero Mao y Nadezha, con gran coordinación, los esquivaban como si fueran bailarines y les daban patadas y puños en un tiempo récord. Los dos hombres estaban consternados, eran incapaces de golpear a unos simples niños, y no paraba de recibirlas. No importaba lo rápido o lo brutos que fueran, esos dos les esquivaban como si tuvieran capacidades sobrehumanas. Una y otra vez sintieron la dura caída hacia al suelo, y puños certeros que le hacían chillar de dolor. Al final, a la quinta vez que cayeron al suelo, ya no pudieron levantarse y decían perdón sin parar.

Los cuerpos de los dos hombres estaban llenos de heridas y moratones, sus narices desprendían sangre y lloraban como niños chicos, estaban en un estado muy lamentable. La albina y el chino jadeaban sin parar por todo el esfuerzo que hicieron y a continuación, empezaron a sonreír y a reír, como si hubieran hecho algo muy gracioso.

― ¡No nos ha salido muy mal! ― Le decía Mao, mientras le daba palmaditas en la espalda de Nadezha, entre risas.

― Eso parece. ― Le dio la razón Nadezha, quién tenía su mano sobre los hombros del chino, riéndose sin parar; pero paró, cuando sintió que a Mao se le cayó una lágrima, aunque, al final, se pensó que eran imaginaciones suyas.

Entonces, esos dos se dieron cuenta de que estaban actuando de forma muy amigable y gritaron de horror, separándose de golpe. Ellos volvieron a la realidad, al mundo en dónde no eran los mejores amigos, sino supuestos enemigos.

― ¡Oh, Buda! ¡No es el momento de las risas! ― Y luego, Mao se acordó del peligro que corría Josefina.

Se fue corriendo hacia la puerta que unía la azotea con el interior del edificio. Intentó abrirla, pero estaba cerrada. Empezó a aplicar toda la fuerza que le quedaba, con enorme desesperación. Luego, frustrado por sus vanos intentos, empezó a patear la puerta muy alterado. No dejaba de pensar en Josefina y deseaba con todas sus fuerzas salir de ahí y salvarla cuanto antes. Con sólo imaginar el destino que iba sufrir, se ponía histérico.

― ¿Qué pasa? ― Le preguntó Nadezha, quién se unió al momento a abrir la puerta a golpes, incapaz de entender lo que estaba pasando.

― Seguro que esa mujer, la que he liberado, nos ha cerrado la puerta. ―Les dijo Vladimir, consternado. Él vio cómo ella se quitaba del medio mientras Mao y Nadezha luchaban contra aquellos hombres, pero no creyó que los iban a encerrar. Cuando vio que no lo podrían abrir, se encendió aquella idea en su cabeza.

― ¡Maldita sea la puta vecina! ¡La muy desgraciada nos ha encerrado! ―Gritó Mao con todas sus fuerzas.

― ¡He vuelto a salir vivo! ¡De nuevo! ¡Qué suerte tengo, es realmente maravillosa, nadie puede conmigo! ―Mientras tanto, Stratus se alejaba del edificio abandonado, corriendo y gritando como una loca ante la incomprensión de la gente que pasaba a su lado. Estaba eufórica al ver que había escapado de la muerte.

Al mismo momento, la policía descubrió que le habían engañado. Tras entrar y registrar cada palmo del hospital abandonado, sólo se encontraron a una pareja que pillaron en pleno acto de copulación, y que estuvieron a punto de ser acribillados por las balas. Los pobres orinaron del miedo.

― ¡Maldición, estos hijos de puta nos han engañado, al parecer! ― Eso gritó muy enfadado unos de los gordos de la policía, al ver que no habían secuestrados ni secuestradores y todo aquella operación que hicieron fue una total pérdida de tiempo.

Mientras Mao, Nadezha y Vladimir se quedaron encerrados en la azotea, y la policía maldecía a los secuestradores por engañarles; Josefina, quién estaba en su cuarto, miraba fijamente un paquete que había puesto sobre su cama. Ella estaba llamando a su amiga Elizabeth von Schaffhausen.

― Por favor, contesta, por favor…― Rezaba para que la contestará, ya que muchas veces no le cogía el teléfono. Oír los pitidos que se escuchaba antes de que alguien contestara le parecía eterno. Al final, sus plegarias surgieron efectos.

― ¿Qué quieres? ―Elizabeth le respondió con indiferencia. Josefa se alegró mucho y a continuación le soltó con mucho nerviosismo todo lo que pasó, hablando tan rápido que su supuesta amiga tuvo que calmarla a voces para que se lo explicara.

― Mi amiga Mao ha sido secuestrado y su sobrina dice que tú serías capaz de salvarla si te doy algo, un paquete, seguro que está lleno de billetes o algo muy valioso. ― Eso último se lo inventó, no sabía que había dentro. ― Por favor, reúnete conmigo en el parque cercano de tu casa a las nueve de la mañana. ―

Elizabeth se quedó muy rallada cuando la escuchó. Ella no sabía nada de nada ni le importarba Quiso ignorarla, al escuchar que le iban a dar “algo valioso”, le entró la curiosidad. Se preguntaba que cómo nadie le contó tal cosa, mientras le decía que sí a Josefina. Aceptó, ya que el día siguiente no tenía nada que hacer y eso le parecía demasiado interesante para poder ignorarlo. Por otra parte, al oír su respuesta, Josefa empezó a pedirle las gracias sin parar, llorando de felicidad, al ver que estaba cerca de salvar a Mao.

― ¿En qué estupidez se ha metió esa y sus amigas? ― Eso se preguntaba Eliza, tras cortar la llamada y llamar a Ranavalona, para decirle que mañana iban al exterior.

Josefina, tras terminar su llamada con Elizabeth, se dio deprisa para llamar al número que le dejo la sobrina de Mao. Recordaba, como unas cuantas horas antes, ellas se reunieron en un parque y ésta la entregó aquel paquete con el cual iba a salvar a Mao supuestamente.

― No la abras, ya que es sólo para Elizabeth. ― Eso le decía y ella le contestaba que sí.

― No le digas a esto, a nadie. El secuestrador se enterará y la matará. ― Eso fue otra cosa que le dijo y por la cual, Josefina también contestó afirmativamente.

También recordaba lo duro que era aguantarse y mirar qué había dentro del paquete. Sentía cómo su curiosidad le obligaba a abrirlo y luchaba para no hacer tal cosa, porque, después de todo, lo prometió.

― ¿Ah, ya lo has conseguido? ― Le preguntó Chiang, cuando contestó la llamada de Josefina.

― ¡Sí, sí! ¡Lo hice! ¡Le voy a entregar tu paquete a las nueve! ― Le gritaba, llena de felicidad, Josefina. ― ¡Seguro que ella podrá salvar a Mao! ―

― Sí, seguro que sí. ― Lo dijo con un tono irónico muy obvio, y que Josefina no notó.

Le pregunto dónde era, a continuación, y le pidió que le volviera a repetir la hora de la cita. Josefina, sin sospechar nada, se lo volvió a decir.

― ¡Pues bien, espero que todo salga bien! ― Y con esto concluyó Chiang, que deseaba terminar rápido con la llamada para poder reírse de Josefina, ya que la sobrina de Mao creía que éste ya estaba en el más allá.

― Rezaré mucho por eso. ― Eso le dijo Josefina, antes de cortar la llamada, llena de esperanza.

En ese instante, Chiang empezó a reír de forma diabólica en la cabina telefónica. La gente la miraba con miedo, preguntándose qué mosca le había picado a esa chica.

Sentía que su venganza estaba cerca, que matar a Elizabeth le ayudaría a escapar del terrible sentimiento que la llevaba años persiguiendo desde que perdió a su padre.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Historia perturbada: Cuarta parte, septuagésima séptima historia.

Al día siguiente, las amigas de Mao y los canadienses intentaron contactar con Nadezha, pero no hubo ninguna señal de vida por su parte. Ni siquiera estaba en su casa, su tío, muy preocupado, les dijo que no sabía nada de ella desde ayer. Sin perder las esperanzas en ella, no tuvieron más remedio que hacer lo que dictaba la carta. Eso era lo único que podrían hacer por él.

Leonardo decidió ir, ya que él era un hombre y un adulto. Tenía que arriesgarse por el bien de todos, aunque le temblarán las piernas. Se fue al parque elegido, a buscar el cubo de basura en donde se encontraba el paquete. Según las indicaciones de la carta, estaba situado cerca de la salida sur, al lado de un pequeño lago. Al llegar miró con miedo y ahí estaba. Se quedó petrificado por varios segundos, no se atrevía a cogerlo, por el miedo a que estuviera una bomba dentro. Tuvo que llenarse de valentía para sacarlo y abrirlo. En su interior encontró una simple carta.

Buenos días~~

Mañana, a las nueve de la noche, en el mismo lugar, deben usar esta caja para introducir un testamento escrito por el padre de Mao. No lo lean, no avisen a la policía, o su cabeza aparecerá en un correo.

Anónimo

Salió corriendo hacia la casa de Mao. Al llegar se encontró con unos hombres disfrazados de rapero, compartiendo el salón junto con Alsancia y Jovaka.

― ¿Quiénes son? ― Los señaló, temblando de miedo. Se temió lo peor.

― Somos de la policía local de Springfield. ― Le mostraron unas placas. ― Estamos de paisano. ― Eran policías. Por una parte, eso le alivió, por otra se asustó. Si el secuestrador se enterarse, Mao estaría muerto.

― Al final lo descubrieron. ― Jovaka comentó esto, encogida de piernas y situada en un rincón del salón. Alsancia movió la cabeza cabizbaja.

Leonardo miró por todos lados, buscando a Clementina,. La vio arriba, junto con su hija, que la estaba agarrando con mucha fuerza. Estaba media escondida, detrás de la puerta, mirando con horror hacia los policías. Él también sentía un poco de pavor hacia ellos, ya que situación y la de su prima no eran precisamente las mejores para estar cerca de ellos. Pero esta vez era una excepción, él pensaba que ellos podrían salvar a Mao. Así que decidió contarles todo lo ocurrido, mientras le mostraba la carta. Ellos empezaron a leerlo. Al terminar, preguntaron esto:

― ¿Y el tal testamento? ― Le preguntó uno de ellos, después de terminar.

― No lo sé. ― Leonardo no sabía nada sobre el testamento que la carta mencionaba. Ni él ni nada más se dio cuenta de que Nadezha se lo había llevado.

Ellos suspiraron con fuerzas: ― Pues empezamos bien. Esa Mao esta vez se ha metido esta en un problema muy gordo. ―

Los demás le miraron con asombro, no se acordaba de que Mao tenía un buen trato con la policía de la ciudad, y ellos lo notaron. Uno de ellos intentó tranquilizarlos con estas palabras: ― Esa chica siempre está molestando en la comisaria. Muchos de nuestros compañeros le tienen mucho cariño, no se preocupen, ¡haremos todo lo que podamos! ― El otro añadió con gran seriedad: ― De todos modos, mientras no encontremos su localización, ustedes deben mentir a todos de que la policía está metida en el asunto. Mientras los secuestradores no sepan nada de nosotros, a esa niña no le harán daño. Eso esperemos. ― Con esto dicho, salieron tan rápido como aparecieron. Alsancia, Jovaka y los canadienses lo miraron esperanzados, rezaban muy fuerte para que ellos encontrarán a Mao cuanto antes.

Ellos no eran los únicos que estaban preocupado. Malan, por su parte, estaba dando vueltas por su habitación muy nerviosa. Intentaba calmar su mente con ecuaciones, pero era en vano. No quería quedarse a esperar, pero no tuvo más remedio que hacerlo. No dejaba de recordar estas palabras: ― Por favor, ¡volved a vuestras casas y permaneced ahí hasta que termine esto! Es muy peligroso venir a la casa de Mao! ―

Eso fue lo que le dijeron a ella, a Josefina y a las gemelas. Alex y Sanae se opusieron con fuerza, y Josefina las imitó, pero Malan se interpuso para convencerlas de que eso era lo mejor. Pero, en el fondo, la africana aceptó aquello a regañadientes. Quería salvar a su Ojou-sama, pero comprendía que lo mejor era que los adultos se ocuparan del asunto. Se mordió el labio muy molesta, en aquellos momento deseaba ser adulta y salir en buscar de Mao, en vez de quedarse ahí. Ahora lo máximo que podría hacer era esperar alguna llamada que le informará sobre la situación actual. Ahí fue cuando su móvil empezó a sonar y lo cogió con mucho nerviosismo e impaciencia, casi estuvo a punto de caerse al suelo.

― ¿Q-quién es? ― Balbuceó Malan.

― Yo sé dónde tienen secuestrado a tu amiga Mao. ― Eso dijo secamente la voz de la llamada.

― ¿¡Dónde está!? ― Le gritó. Al ver que fue muy borde, se controló y con prudencia le dijo esto: ― ¿Quién eres tú? ―

― Sólo te diré el lugar, nada más. ― Malan decidió no insistir. Por cómo hablaba, pensó que aquella persona era un chivato y lo mejor no era revelar su identidad, ya que podrían matarlo. Además, sabía que la policía tenía la capacidad de averiguar quién llamaba. Por la emoción del momento, no pensó en más alternativas, aunque le pareció muy sospechosa la llamada.

Cogió una libreta y un lápiz escribió la dirección que le dijo aquella misteriosa persona, en donde supuestamente tenían encerrado a Mao. Luego, le dijo que debería llamar a la policía y comunicárselo. Ella asintió.

No fue la única, otra chica del grupo de Mao recibió una llamada, al poco tiempo de finalizar la de Malan. Era Josefina, quién se encontraba en su habitación. Estaba tirada en la cama, bocabajo, muy decaída. Había llorado durante horas, llena de impotencia. Se sentía inútil, ella quería salvar a Mao, ese era su deber como amiga, no podría quedarse ahí. Pero sabía también que lo único que podría hacer era esperar, ella sólo era sólo una niña, después de todo.

Luchaba con todas sus fuerzas para que su imaginación no le mostrarse escenas y pensamientos horribles sobre su amiga, mientras oraba con fuerza para que Mao estuviera a salvo. Les rezó a todos los santos y vírgenes que conocía y puso velas en su cuarto para ayudarle. Cuando el móvil empezó a sonar, a lo primero ella ni quiso sacar su cabeza de su almohada.

Entonces, pensó que le estaban llamando por lo de Mao y saltó de la cama para coger la llamada. Gritó esto de forma histérica: ― ¿¡Mao ha sido rescatada!? ¿¡La han podido rescatar!?― Casi dejo sorda a la persona que se encontraba detrás del móvil que la estaba llamando, que le dijo esto:

― ¡Tranquilízate, tranquilízate! ―

― ¿Cómo me puedo tranquilizar cuando mi amiga está en peligro? ― Le replicó Josefina, muy alterada.

― ¡Si la quieres salvar, pues cállate! ― Dio un gran chillido que casi dejó sorda a Josefa.

― Vale, sea quién seas. ― Al final, se pudo tranquilizar.

― Soy su sobrina y también quiero salvarla. ― Le dijo secamente.

― ¿Mao tiene sobrinas? ¡Pero si es muy jovencita para eso! ― Se quedó muy sorprendida. Aún no se había enterado de que Mao tenía más familia en Shelijonia aparte de su fallecido padre.

―Olvídate de los detalles. ― Josefina oyó un gran suspiro. ― Quiero reunirme contigo en el parque que está al lado del gran muro. Allí te daré un paquete. ¿Para qué sirve? Eso no te debe importar, ahora. Es para tu amiga Elizabeth. ―

― ¿Y qué tiene ella que ver? ― Le replicó, muy confundida. Se preguntaba cómo aquella supuesta sobrina de Mao conocía su amistad con ella.

― Ella tiene el poder para salvar a Mao, pero tienes que darle algo a cambio, y esa es mi pago. Y cómo es tu amiga, nadie mejor que tú para hacerlo. ― Josefina recordó que Elizabeth le hacia favores a otras personas, así que eso tenía mucho sentido para ella. ― Pero no se lo digas a nadie, que el secuestrador la matará antes de tiempo. Incluso ha engañado a tus amigas para que vayan a un lugar equivocado. Sé de lo que hablo. ―

― ¡Sí, lo haré! ― Con gran seriedad, ella le gritó esto. Estaba decidida, por fin iba a ayudar a Mao. Pensó que Elizabeth, al ser rica, tendría muchos medios para poder salvar a su amiga, eso la animó mucho. Si esto era lo que tenía que hacer, lo haría con mucho gusto. Confió plenamente en aquella sobrina. Después de todo, la familia estaba para ayudarse y la sobrina debía estar igual de preocupada que ella.Tras eso, la persona misteriosa le explicó dónde era el lugar de la reunión y a qué hora debía ir. Josefina le dijo que sí a todo sin rechistar. Luego de esto, la llamada finalizó. Josefina miró hacia al cielo por unos segundos y luego gritó a pleno pulmón:

― ¡Voy a salvar a Mao, como sea! ¡El mal no va a vencer! ― Con esto, se llenó de ánimos y de valentía.

La persona que contactó con Malan y Josefina, al terminar las llamadas, salió de una cabina telefónica, quizás la única que quedaba en toda la ciudad, riéndose como si hubiera perdido el juicio. Chiang estaba muy eufórica al que esas dos idiotas habían mordido el anzuelo y su plan estaba marchando como había planeado. Tras su ataque de risa, decidió volver al lugar en donde tenía escondido a Mao, pero alguien se puso en su camino.

Una chica albina la estaba con una mirada llena de odio y rencor, como si fuera un oso enfurecido. Chiang dio un paso hacia atrás, aterrada. Se puso bien sus gafas y la saludó: ― Hola, Nadezha. ― Se le notaba los nervios, todo su cuerpo temblaba.

― ¡Quiero hablar con contigo, ahora! ― Nadezha sólo le dijo esto con total frialdad.

Chiang no tuvo más remedio que hacerle caso, no quería ser destrozada a golpes.

Se arrepintió mucho de haber tenido aquella conversación con Nadezha, ya que después de eso, volvió muy enfurecida al lugar en donde tenía secuestrados a Mao y Stratus. Sólo quería olvidarlo. Los sicarios, al verla, le hablaron:

― ¿¡Quieres entrar para hablar con ella!? ¡Desde que le dijo eso, llevó toda la noche gritando como una loca, lanzándote todo tipo de amenazas. ―

― Ni en broma. No quiero ver su cara ni en pintura. ― Les respondió de una forma muy desagradable y en realidad esta respuesta era una excusa, tenía miedo de que su tío la mordiera y no la soltará hasta desangrar.

― ¡No sea tan bordes con nosotros! ¡Somos los que hacemos el trabajo sucio, no tú! ―Se sintieron mal por aquella actitud. Le mostraron todas las heridas que le dejó Mao cada vez que le daban de comer. No sabían si había pasado dos o tres días desde que lo secuestraron, pero aquel trabajo ya les parecía inaguantable.

― ¡Al cliente no se le protesta! ― Les gritó esto.

Cuando Mao, que ya llevaba unos cuantas horas tranquilo, oyó la voz de su sobrina, explotó como un volcán. Empezó a insultarla y a amenzarlas sin cortarse ni un pelo.

― ¡Cállate, maldito maricón! ¡Qué he venido a contarte mis planes! ― Le gritó, llena de ira. Mao se calló, quería saber que tramaba su prima.

― Como dije antes, al principio, quería ese puñetero testamento, para quemar una gran prueba contra mi padre. Como he estado haciendo en los últimos años. Amaba a mi padre, a pesar de que estaba un poco ido de la cabeza, y creía en esa mierda del comunismo. ― Dio un golpe en la puerta. ― Cuando no hacia esas cosas, era el mejor padre que ninguna niña podría desear. Por eso, cuando lo mataron, me sentí sola y triste. ― Se le notaba, por su voz, que estaba llena de una ira irracional.

― Cómo bien sabrás, secuestró a una niña, de una familia realmente importante, que gobernaba con mano de hierro, esta parte de la isla. Y él lo pagó caro, lo desparecieron de la faz de la tierra. Nunca encontraron su cuerpo, ni el de sus compañeros, pero todos sabían que estaba bien muerto. ― Dio unos golpes más a la puerta. ― Esa niña aún sigue viva, y para calmar este sentimiento, estos deseos de venganza; la mataré. ― Se agarró el pecho con fuerza, como si la ira que sentía la estaba destrozando por dentro. ― Haré lo que no hizo mi padre en vivo, ¡asesinaré a Elizabeth von Schaffhausen! ―

Gritó con todas sus fuerzas, fuera de sí. Luego se puso a reír como psicópata de nuevo. Todos los que la escucharon se quedaron de piedra, no tenían ni idea de lo loca que estaba aquella chica. Ella siguió hablando.

― ¿Y cómo? Por eso he creado este plan. Primero he engañado a la policía, utilizando a la niña esa del kimono, Malan, para que les dieran una dirección equivocada. Eso ganará tiempo e confusión. Luego, utilizó a la Josefina esa, la que es amiga de Elizabeth, para que le entregué un hermoso regalo de mi parte, que hará… ¡boom! ― Imitó la fuerza de una explosión con sus brazos.

Volvió a reírse como una maníaca. Luego, añadió esto: ― He estado practicando un poco con las bombas y eso. Me gusta cómo explotan y lo hacen volar todo por los aires, ¡como a los padres de esa estúpida de Nadezha! Creo que ellas serán una buena práctica para mí. ―

― ¡Hija de puta, no le hagas a Josefina, ella no tiene nada que ver con esto! ¡Déjala en paz! ¡Si le tocas un pelo, haré que el infierno paraíso comparado conmigo! ―

Mao perdió el control sobre sí, empezó a golpear la puerta con todas sus fuerzas, hasta que le saliera sangre. Parecía un ashura. Si no estuviera atada, hubiera destrozado en mil pedazos a Chiang. Ella se burló de su tío, disfrutando mucho de su sufrimiento: ― Grita todo lo que quieras, no habrá salvación. ― Eso le ayudó a sentirse mejor después de aquella conversación con Nadezha.

Ella estuvo a punto de irse, pero Status le gritó esto :― ¡Ha sido una historia muy bonita, y todo eso! ¿Y yo, qué? ¡No tengo nada que ver, sólo quería dinero! ―

― ¡No te preocupes, tú también morirás! ―Y con estas palabras, se fue Chiang con la mayor tranquilidad.

Status empezó a gritar como una histérica, incapaz de asimilar lo que le había destinado. Fuera de sí, empezó a decir cosas como ésta: ― ¡Qué yo tengo una hija, una preciosa hijita! ¡Tenga piedad de mí! ¡Por favor! ―

Mao se quedó callado, mirándola muy mal. Sabía que ella vivía sola en su casa y no tenía conocimiento de que tuviera algún hijo. Era sólo una mentira más para ablandar a Chiang, que fue en vano. Al ver que ni le hizo caso, ella le empezó a maldecir e insultar. Mao suspiró con fuerza, maldiciendo el día en que aquella desgraciada que estaba a su lado viniera a ocupar la casa de al lado, en donde Jovaka había estado viviendo junto con su padre. Al quitarse Chiang del medio, los vigilantes dijeron esto:

― Esa chica está como una cabra. ― Estaban consternados ante la locura insana que mostró aquella chica.

― ¿Entonces, por qué la ayudan? ― Les gritó Mao, también consternado, pero ante aquella gente que estaba comentando sobre la locura de su sobrina y, sin embargo, la estaban ayudando en su fechoría.

― ¡Por el dinero! ― Gritaron alegremente. ― ¡Os daremos un tiro en la nuca, nos dan nueve mil dólares a nosotros y marcharemos a vivir unas hermosas vacaciones en las hermosas playas del Caribe! ― Se imaginaban estar en una playa de aguas cristalinas, tomando el sol, rodeado de chicas lindas y tetonas, mientras tomaban un delicioso whisky.

Se le salía las babas de sólo con pensarlo y Mao deseo que todos los sueños de esos dos idiotas se fueran por el retrete y sufrieran de lo lindo.

― ¡La obsesión que tiene la gente por el dinero! ―

Exclamó Status muy indignada, poniendo un rostro lleno de ira. Mao la miró con ganas de matarla. Deseaba que se tapará la boca, ella era la menos indicada para hablar. Ayudó a Chiang a secuestrarle, después de todo.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Tercera parte, septuagésima séptima historia.

― ¡¿Aún sigues molesta por lo que te pasó anteayer!? ― Le preguntó Vladimir, mirando frente a frente a Nadezha, muy preocupado.

Estaban en mitad de una cita, comiendo en un famoso restaurante de comida rusa. Nadezha llevaba un buen rato sin probar bocado, muy pensativa. Sólo las palabras de su querido novio la trajeron de nuevo a la realidad. Esto le respondió:

― No, me preocupa. Esa Chiang dijo cosas muy extrañas al verme. ― Estaba recordando cuando la sobrina le estaba hablando como si fuera la novia de Mao o algo parecido. Era un detalle que no se atrevió a contarle a Vladimir y que le estaba poniendo bastante incómoda, ¿por qué ella supuso erróneamente que estaban juntos? Lo decía como si supiera algo que la albina no sabía. Y añadió esto: ― Y Mao actuaba también de forma muy rara. ― Se comportaba como si no quisiera que Nadezha supiera lo que estaba pasando. No puedo dejar de pensar en eso…―

―¡Olvidate de eso! Seguro que no pasa nada. ― Vladimir intentó animarla, poniendo su mejor cara. Nadezha agradeció sus palabras y se forzó a comer. Entonces, su teléfono empezó a sonar.

― ¡Qué inoportuno! ¡¿No podrían llamar en otro momento o qué!? ― Se quejaba, mientras cogía el móvil y se lo ponía en el oído.

Entonces, una explosión de gritos y de sollozos la dejó casi sorda, teniendo que apartar el oído del móvil por un segundo. Vio que le intentaban decir algo, pero era inentendible. Aún así, reconoció esa voz, era Josefina, que estaba llorando a mares.

― ¿Qué te pasa? ― Le preguntó Nadezha.

― Nadezha… Mao… Mao… Mao…― Le costaba decirle a la albina lo que había ocurrido y sólo mencionaba el nombre sin parar del chino compulsivamente.

― ¿Qué pasa con Mao? ― Le preguntó a Josefina, que decidió callarse por un momento y tranquilizarse, para poder transmitirle esto a Nadezha.

― ¡Lo han secuestrado! ― Se le quedó los ojos como platos cuando lo escuchó. Sintió, por unos momentos, un mareo y como el mundo se retorcía a su alrededor.

En cuestión de segundos, se levantó de la mesa y salió corriendo, sin decirle nada a Vladimir. ― ¿¡Qué te pasa!? ¡¿Adónde vas!? — Le preguntaba su novio, muy confundido. Quería perserguirla, pero no se atrevía a irse del restaurante así como así. — ¡Tenemos que pagar la cuenta! — Le gritó. Después de todo, él sólo tenía dinero para sus chucherías.

— ¡Ese maldito de Mao! ¡Ha arruinado nuestra cita! — Añadió esto, muy molesto

Tras pagar, llegaron a la casa de Mao a toda velocidad. Al llegar a la calle, vieron a todo el barrio en las puertas de su tienda.

― ¿Qué ha pasado exactamente? ― Preguntó boquiabierta. Era obvio que había pasado algo muy grave. Sin pensarselo dos veces, Nadezha se introdujo entre los curiosos, mientras les decía a pleno pulmón que le dejarán paso. Entró de una patada a la casa y se dirigió a toda prisa hacia al salón, con Vladimir pisandole los talones:

― ¿Es verdad que Mao ha sido secuestrada? ― Gritó muy alterada, tras abrir la puerta corrediza sin delicadeza. Observó el salón por unos cuantos segundos. Ahí se encontraban Josefina, Jovaka, Alsancia-Lorena, las gemelas, Malan y los canadienses, pero no encontraba al chino por ninguna parte. Todos miraron al suelo, cabizbajos, llenos de tristeza y preocupación, sus ojos ya estaban rojos de tanto llorar. Luego, movieron sus cabezas con timidez como respuesta.

Nadezha, jadeando sin parar por culpa de la carrera que hizo, apretó con fuerza el puño, mirando con rabia el suelo. Sabía que aquel asunto le parecía preocupante, pero jamás se imaginó hasta donde iba a llegar. Por otra parte, estaba muy preocupada y asustada por Mao, aunque se negaba a reconocer.

Nadezha decidió sentarse al lado de la mesa, para poder descansar y poder escuchar la situación con más tranquilidad. Pero Josefina, llena de lágrimas de alegría, la interrumpió. Saltó hacia ella, gritando esto:

― ¡Sabía, que vendrías a ayudar a tu amiga, lo sabía! ―La abrazaba con tanta fuerza, que la estaba ahogando. ― ¡A pesar de todo, aún la quieres! ¡Gracias por venir, Nadezha! ¡Gracias, de corazón! ―

― N-no es mi amiga, por favor. ― Se puso colorada. ― Sólo he venido a aquí porque no pienso tolerar ningún secuestro. ― Forzaba su cara para ocultar su preocupación, pero sólo conseguía todo lo contrario. Todos la miraban con ternura, les parecían muy lindo la actitud de Nadezha.

Después de liberarse del abrazo de Josefina, Nadezha se sentó, Vladimir la imitó en silencio. Él también estaba preocupado, pero no sabía cómo reaccionar. Malan le entregó una carta empezó a explicarle la situación con voz serena.

― Mao despareció ayer por la tarde. Cuando volvieron Clementina y las demás, que habían salido a dar una vuelta; vieron que ella no estaba. Despertaron a Jovaka, quién no sabía nada; y empezaron a buscarla sin parar por toda la noche, hasta que los vecinos les dijeron que habían visto como secuestraban a Mao en la calle y meterla en una furgoneta, junto con otra mujer. Por entonces, ya había venido la policía. ― Eso le decía Malan, mientras Nadezha leía la carta. ― Lo encontramos esta mañana, en el correo. Por mi, hubiera llamado la policía discretamente, pero los demás han decidido mantener esto en silencio. ―

La carta decía que Mao estaba secuestrada y, por tanto, para liberarla deberían seguir sus orden es al pie de la letra, o si no moriría. Añadió además que, al día siguiente, ellos iban a recibir su primera orden, que tenían que ir a un determinado parque para recoger un paquete que se encontraba en un cubo de basura. Nadezha leyó aquel papel cinco veces, antes que fuera interrumpida por Jovaka:

― ¿Salvarás a Mao, verdad, verdad? ― Le preguntaba con insistencia.

Las lágrimas corrían como ríos por sus mejillas y los sollozos le impedían hablar bien. Jovaka se sentía muy culpable, pensaba que si ella no se hubiera dormido, su querido Mao no hubiera sido capturado. Nadezha se apiadó de ella, y de todas los demás. No podría negarse.

― Sí. ― Dijo con total confianza y con una mirada decidida y seria. ― Eso haré. ―

Las niñas abrieron las bocas de par en par, con unos ojos llenos de esperanzas. Entonces, ante la sorpresa de todos, ella se levantó y les pidió permiso para ir a las habitaciones. Sospechaba que lo que pasó en los anteriores días, la visita inesperada de la sobrina de Mao y aquel testamento, tenían mucho que ver. Es más, le parecía de todo menos una coincidencia. No se negaron, le dejaron entrar en las habitaciones. Primero revisó la de Mao, pero no encontró lo que estaba buscando. Tuvo que entrar en la habitación de su difunto padre.

― Perdón por la intromisión ― Rezó Nadezha, antes de entrar.― Pero esto es una cuestión de vida o muerte… ― Le parecía muy grosero aquello de registrar las pertenencias de alguien que murió hace poco. No tardó mucho en encontrarlo.

Al revisar una estantería llena de libros, encontró uno que daba la impresión de estar hecho a mano. Lo sacó y vio que la portada tenía la palabra testamento en inglés:

― ¿Esto es un testamento? ― Se preguntó, mientras miraba el enorme grosor y notaba su peso. ― Pero si parece un libro. ― Estaba llena de dudas, se veía muy sospechoso, otro testamento falso para engañar a la sobrina de Mao. Al final, decidió echarle un vistazo. Sabía que no era el momento para leer, pero necesitaba saber si era el verdadero testamento.

Empezó a ojear su contenido, leyendo todo lo rápido que podría. Comprobó que era más una biografía que un testamento. Era la vida del padre de Mao. Tras leerle unas cuantas páginas, comprendió que el fallecido era de todo menos normal. Se preguntaba una y otra vez si todo lo que estaba leyendo era puras fantasías de un viejo o eran las vivencias de un monstruo.

Pero no encontraba nada que pudiera corresponder con un testamento, así que siguió buscando. Entonces, encontró algo que no esperaba para nada. Sus ojos se abrieron como platos, empezó a temblar y a sudar la gota fría, recuerdos horribles empezaron a atormentarla de nuevo. Cerró el libro y empezó a inspirar e respirar como si le faltase el aire. Intentó llenarse de valor para poder volver a leer aquellas palabras. Cuando se sintió preparada, soltó un suspiro y lo miró:

― ¿Q-qué es… q-qué es esto? ¡Por el amor de Dios! ― Balbuceó, incredula, mientras leía con detenimiento.

Aún así, su cerebro le costaba asimilarlo y tuvo que hacerlo varias veces, mientras su mente reproducía, como si fuera un bucle, el momento en cuando vio a sus padres volar por los aires. Al final, tiró el testamento con la mayor violencia, en una mezcla de ira e incomprensión, y se levantó con la misma intensidad, a punto de llorar. Luego, dio una pequeña carcajada. Se dio cuenta el porqué esa chica, la sobrina de Mao, quería tanto el testamento. No era dinero ni herencias ni nada parecido, sólo deseaba ocultar los crímenes de su padre, del hombre que mató a los padres de Nadezha. A continuación, se agachó para coger el documento que tiró, mientras decía esto:

― Juró que te encontraré, maldita perra y haré que tu lengua saqué todo lo que tengas que decir. ― Comentó en voz baja, con un tono amenazante. Entonces, se levantó y salió de la habitación.

― ¿Has encontrado algo? ― Le preguntó Clementina, al verla salir. Las niñas miraron hacia Nadezha, esperando una respuesta. Pero ella, cabizbaja, no habló, su silencio daba miedo.

Vladimir se le acercó, muy preocupado. Se dio cuenta de que Nadezha estaba furiosa, que había encontrado algo muy desagradable para ella. Quería decir a Clementina y a las demás que no la hablasen. Pero no le dio tiempo, porque la madre de Diana preguntó esto, extrañada: ― ¿Qué pasa? ― Nadezha levantó la mirada y mostró su cara llena de ira, todas quedaron petrificadas. Parecía un oso a punto de atacar.

Vladimir se imaginó qué fue lo que encontró ella y se llenó de preocupación, pero sabía que lo mejor que podría hacer era dejarla tranquila.

― Me llevaré esto. ― Nadezha sólo les dijo esto. Después, empezó a caminar con paso ligero hacia la calle. Todos se preguntaron qué mosca le había picado a Nadezha y luego miraron hacia Vladimir.

― No lo sé bien, pero debe haber encontrado algo muy doloroso para ella. ― Añadió él con tristeza. ― Pero, ¡dejanselo todo en sus manos! ¡Salvará a Mao, de verdad! ―Intentó animar a los demás. Luego, salió corriendo hacia Nadezha.

Mientras tanto, en otro lugar de Springfield, dentro de un edificio abandonado; se escuchaban unos gritos histéricos que procedían de una oscura habitación, cerrada con llave.

― ¡Sois unos hijos de puta! ¡Yo os traje a la niña, por eso me tenéis que soltar y dar mi dinero! ― La que gritaba era Stephanie Stratus, quién participó en el secuestro de Mao. Ahora estaba atada junto a él, chillando como loca. Detrás de la puerta, se encontraban unos hombres cuya misión eran vigilar a los secuestrados. Había pasado unos momentos desde que entraron en la habitación para darles el desayuno.

Al ver que hacían caso omiso de ella, se arrastró por el suelo hasta llegar a la puerta y empezar a golpearla con alguna parte de su cuerpo. Se le veía muy alterada, gritaba y golpeaba como si su vida estuviera en peligro. En cierta manera, lo estaba.

― ¡Tú sí que eres una hija de puta! ― Mao, arrastrándose como una serpiente, se acercaba a ella con la intención de destrozarla a mordiscos. ― ¡Te voy a arrancar todos los dedos! ― Estaba tan enfadado que parecía un ogro. Stratus estaba aterrada, sentía que la habían dejado junto con un monstruo.

― ¡Por favor, perdóname, no era mi intención! ¡El dinero me manipuló, esos chicos me mintieron! ¡Yo no tengo la culpa de nada! ―

Todas esas palabras no servían de nada, Mao no iba tener piedad con ella y lo único que podría hacer ella era rezar y pedir clemencia a los de afuera.

― ¿Y si la ayudamos? ― Preguntó uno de los hombres. Los gritos de Stratus le estaban torturando el alma. Medía tanto como un jugador de baloncesto, llevaba una enorme melena, de color moreno; y su piel se veía muy pálida. No tenía cara de ser muy inteligente.

― ¡No, idiota! ¡Qué la china esa nos ataca de nuevo! ¡Mira como me ha dejado el dedo hecho un asco! ― Le replicó el otro.

Era igual de alto, pero tenía una gran barriga cervecera y su cabeza estaba totalmente pelada. Miraba con tristeza un dedo suyo que estaba vendado. Mao estuvo a punto de arrancárselo y lo dejo bien destrozado, hasta le era imposible moverlo por culpa del dolor.

― Pero está atada. ― Esas palabras inofensivas hicieron saltar al otro, quién le gritó de rabia y dolor: ― Estaba atada cuando me atacó. ― Y su compañero se calló, sólo los gritos de Stratus rompían aquel silencio.

Entonces, alguien salió de las sombras, cruzando el pasillo directo hacia los vigilantes. De su boca, saliendo estas palabras: ― ¿Cómo está la princesita? ―

Era la sobrina de Mao, Chieng. Estaba vestida con un mono de trabajo, lleno de manchas y bastante destrozado. Daba la impresión de que había terminado de hacer algo, ya que estaba cubierta de polvo. Ella sonreía maquiavélica, se movía y actuaba como si fuera un villano cutre de una serie para niños.

― Bastante enérgica, aún mi dedo está infectado por culpa de sus mordiscos. ― Le respondió uno de los hombres, mientras le mostraba su dedo. Ella le ignoró totalmente y se dirigió hacia la puerta.

― Voy a entrar. ― Pero cuando acercó su mano al pomo, se acobardó.

― ¡Por favor, no! ¡Suéltame, te lo pido! ¡Tus mordiscos son peores que un dolor de muelas! ― Porque escuchó los gritos de dolor de Stratus, quién estaba sufriendo una enorme agonía.

Chieng, temblando como un flan, miró hacia los hombres y les dijo esto: ― Aunque a lo mejor,… ¿Irán a acompañarme como guardaespaldas? ―

― Usted es su parienta, no le hará daño, además de que está atada. ―

Ninguno de los dos se ofreció, no querían ser mordidos por Mao. Ella los miró con muy mala leche.

― ¡Recuerden que os pago! ¡Tenéis que obedecerme! ― Les replicó autoritariamente.

― Pues nos das quinientos dólares más y te acompañamos. ― La replicaron, haciéndose los inocentes.

― ¡Os he dado casi la mitad que tengo, no puedo daros más, ¡sois unos avariciosos! ― Hicieron gestos para dejarle claro que eso era lo que hay. Ella dejo de insistir. ― Vale, vale, lo entiendo. Esto de contratar sicarios cuesta un ojo de la cara…― Tuvo que llenarse de valor para entrar.

Al final, ella tuvo que entrar, tras llenarse de valor. Al abrir la puerta, vio como su tío perseguía a Stratus, quienes, arrastrándose por el suelo como gusanos, estaban dando vueltas por la habitación sin parar. La mujer no dejaba de chillar, tenía todo el pelo destrozado por culpa de los mordiscos de Mao. Éste, al ver como la puerta se abrió, giró la cabeza hacia su sobrina. Gruñó como un perro rabioso al verla:

― ¿¡Tú, estás detrás de todo esto!? ¡Maldita desgraciada! ― Le gritó encolerizada.

Ya se imaginaba que su sobrina se daría cuenta del engaño y haría alguna de las suyas, pero jamás había pensado que se atrevería a secuestrarle. Se sintió muy frustados al ver como había bajado la guardia.

A pesar de las cuerdas que le tenían inmovilizado brazos y piernas, Mao fue capaz de dar un salto con la intención de darle el mordisco de su vida. Chiang se puso blanca, gritó de terror y cerró la puerta a toda velocidad.

Con el corazón a cien, cayó al suelo, con las burlonas miradas de los vigilantes y su tío golpeando la puerta como un loco. Al ver que estaba a salvo, empezó a reírse para recuperar la compostura. ― ¡Chúpate esa, zorra! ― Le gritó con actitud de superioridad.

― Si no estuviera atada, no te sería tan gracioso el asunto. ― Le gritaba Mao desde el otro lado de la puerta.

― Bueno, dejando de lado todo esto…― Se puso seria. ― ¿Creías que me ibas a engañar? ― Le habló con desprecio.

― Lo cierto es que te había subestimado, creía que no llegarías tal lejos por un estúpido testamento. ― Le replicó con insolencia. ― Eres tal como aparentas, una hija de la grandísima puta. En fin, ¿por esa tontería me has secuestrado? Eso es tan patético. ― Intentó ser lo más hiriente posible. Más o menos, lo consiguió. Chiang, presa de la furia, golpeó la puerta. Mao hizo lo mismo como respuesta.

Chiang dio varios quejidos por el dolor que le supuso aquella acción, acariciándose la mano como forma de alivio. Eso la tranquilizó. Cruzó los brazos y añadió esto:

― Lo cierto es que esa mi intención original antes de planear tu secuestro, pero he cambiado de idea. ― Mao tragó saliva. No quería ni imaginar lo que estaba pasando por la mente de su sobrina. ― Bueno, lo que tenía pensado ese presunto testamento era quemarlo, para que mi padre no se convirtiera oficialmente como el “Halcón Rojo”, pero mientras investigaba cómo conseguirlo, encontré algo mucho mejor. ―

― ¿Ah, sí? ¿El secuestrarme? ― Le dijo con tono burlón. Chiang le ignoró, siguió hablando, esta vez con sarcasmo.

― Parece ser que estos últimos años has hecho muchas amigas y estas muy bien acompañada. Sobre todo de chicas, debes sentirte en el paraíso, ¡debe ser genial eso de tener un harem! Me alegro mucho por ti, ¡tanto que me das ganas de vomitar! ―

― ¡¿Qué intentas insinuar!? ― Le preguntó Mao, alterado. Se puso a temblar cuando ella empezó a hablar sobre Josefina, Malan y todas las demás. Sabía que ella era capaz de hacerles daño.

― Esas niñas te quieren mucho, ¿eh? ― Chiang forzó una voz dulce, pero sus intenciones estaban claras. ― Harían lo que sea para salvarte, ¿no? ― Mao se quedó en blanco, aterrado. Su sobrina esperó su respuesta, pero, al ver su silencio, decidió añadir esto: ― Pues yo he creado un plan muy genial, ¡en el que tus amiguitas van a participar! ― Terminó de hablar, para empezar a reír como psicópata.

― Si le tocas un solo pelo, ¡te juró que te mataré! ― Le gritó con todas sus fuerzas y empezó a golpear la puerta con más fuerzas. Su cabeza no podría pensar bien, sólo estaba pensando en ellas, aterrado con la idea de que Chiang les hiciera daño. ― Me importa una mierda si seas mi propia sobrina. ―

Ésta se burló de su tío, viendo su impotencia. Lo estaba disfrutando. Siempre le gustó eso de atormentar a Mao. Los sicarios sintieron un poco de asco por Chiang, ese no era la forma de tratar a la familia. A pesar de todo, pasaron de eso, el trabajo era lo primero sobre todo.

Entonces, Stephanie Status aprovechó el momento e intervino, exigiéndole respuestas: ― ¿¡Y mi dinero!? ¿¡Y por qué estoy atada!? ¡Creía que éramos aliadas! ― Se arrepintió mucho de haber sido convencida para atraer a Mao a la trampa.

Con total frialdad, Chiang le respondió: ― Es para despistar la policía, así que tardaran mucho en descubrir qué relación tienen cuando estén muertas. ―

Tanto Mao como Status, se quedaron con la boca abierta. Ésta último chilló como un condenado a muerte. Al parecer, en su plan incluía que ellas dos no deberían quedar con vida.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Segunda parte, septuagésima séptima historia

Mao suspiró molesto, tras haber leído el testamento de su padre, que parecía más una autobiografía suya, por sexta vez. Estaba recordando cuando les visitó su sobrina, una experiencia desagradable que quería olvidar.

Ocurrió a altas horas de la mañana, unos fuertes golpes en la entrada de su tienda y que era escuchado desde su habitación, lo despertaron con el pie izquierdo. Se preguntaba quién era tan temprano, con un tono enfadado y adormilado, mientras iba a abrir la puerta. Se arrepintió mucho de abrirlo cuando vio que era Chiang Mei-ling, a pesar de que sabía que tarde o temprano iba a aparecer.

― ¡Cuánto tiempo, primo! ―  Le saludó, intentándolo parecer muy contenta de verle, pero se notaba que era más falso que nada.

― Soy tu tío. ― Le replicó secamente.

― Me siento vieja si te llamó así. ― Después de todo, ella era mucho mayor que su propio tío.

― ¿Y qué quieres? ― Le preguntó, mientras su sobrina entraba en la casa.

― Solo quiero el testamento de mi abuelo. ―  Le contestó ella, al entrar al salón, y Mao le dijo que el anciano no le dio nada ni un centavo a ella y que no tenía nada que hacer por aquí.

― No me interesa el dinero, me interesa…― Casi se le escapó su verdadera intención. ― ¡Mierda! ― Se mordió la lengua.

Y Mao, al escucharlo, sospechó y decidió que no le iba a dejar que lo cogiera, ya que, para que haya venido a aquí, tenía que ser algo muy gordo, relacionado con ella o con sus padres. Se maldijo por no haber leído todo el testamento, le era tan aburrido y largo que solo leyó las primeras cuatro páginas.

― Te tengo que decir que no vayas a su cuarto, su testamento es mío y me dijo que hiciera lo que me diese la gana. ― Eso le dijo Mao, deteniéndola para impedir que empezara a subir por la escalera.

Su sobrina giró bruscamente su cabeza hacia él y le gritó con mucha mala leche. Ya estaba demasiado nerviosa y esa simple respuesta la enfureció, porque quería conseguir eso a toda costa. En vez de convencerle con dinero para que se lo diera, le empezó a insultar irracionalmente, haciendo que Mao hiciese lo mismo, quién no entendía la obsesión que tenía ella por aquel testamento.

Al final, los gritos despertaron a todos los demás que dormían y, al ver que ya había muchos testigos, la sobrina se tranquilizó, diciéndole a Mao que hiciese lo mismo y así lo hizo. Chiang decidió entonces usar lo que quería hacer desde el principio, maldiciendo su explosión de ira.

― Si me lo das, te daré dos mil dólares. ― Eso le dijo, mostrándole un montón de billetes a Mao, quién al verlo, empezó a babear. Él estaba atrapado en una encrucijada. Quería el dinero y le importaba bien poco ese testamento, pero no quería entregárselo, porque sabía que había algo que a ella no le gustaba, y quería saberlo, para encontrar ahí una forma para fastidiarla, ya que le hizo muchas cosas malas en su infancia y deseaba venganza. Por eso, se quedó callado durante mucho tiempo, pensando qué hacer con su sobrina, que no dejaba de decirle que lo aceptara; y con los demás de la casa viéndolos, sin entender lo que ocurría.

― ¡Trato hecho! ― Eso le dijo al final Mao, quién le estrechó la mano a su sobrina, intentando disimilar su asco hacia ella y mostrar una gran y falsa sonrisa. La otra hizo lo mismo, con el mismo desprecio disimulado.

Le dijo la sobrina que iba a buscarlo y Mao le replicó que se quedará esperándolo, que lo hacía él. Entró en el cuarto de su fallecido padre y cogió un montón de hojas que estaban escritas en chino, apenas entendible para él. Salió con eso, diciéndole que era el testamento. Ésta, al verlo, se lo quitó rápidamente de las manos y salió corriendo de su casa. Mao suspiró aliviado al irse ella, estaba irritado y no deseaba verla nunca más. Se rió internamente al ver que su plan había dado resultado. Le dio el documento equivocado, la había engañado y con la velocidad del rayo, tras decirles a los demás que no nada, se metió en la habitación y empezó a leer aquel escrito que le dejaron.

Al leerlo por séptima vez, tuvo que asimilar que ahí contaban cosas que le dejaban perplejo, sobre él, su padre y Chiang y sus padres.

Vio muchos motivos para que su sobrina lo deseara a toda costa, pero no sabía cuál exactamente. Leía sin parar ese testamento y se quedaba muy sorprendido de lo loca que fue la vida de su padre. Nacido en el norte de China, vivió en su juventud en Taiwán, tras ser invadida por los japoneses. Se unió al ejército imperial y estuvo en Corea provocando crímenes horribles contra ellos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, formó parte del ejército rojo chino y tras la victoria de Mao, participó en varias guerrillas comunistas en el sudeste asiático.

Al final, cansado de tanto batallar y luchar, volvió al Japón por la década de los ochenta y se casó con una japonesa mucho más joven que él. Tuvieron muchos hijos, siendo éste último Mao, que se esparcieron por todo el globo. Uno de ellos terminó en Shelijonia, quién ayudó a su padre a falsificar su identidad para que pudiese entrar en los Estados Unidos sin problemas. Japón, tras descubrir su pasado, y temeroso de sufrir una polémica y volviesen a recordar lo que hizo durante la Segunda Guerra Mundial, decidió expulsarlo del país discretamente.

El padre de Mao, quién le fue denegado la entrada tanto en China, como en Taiwán o en Vietnam, gracias a su pasado; pidió ayuda para entrar en América, sin que ellos se diesen cuenta de quién era. Tras la muerte de su joven esposa, empezó a cerrarse poco a poco.

Mao se decía que todo esto era un buen material para una película o una serie de televisión. También se preguntaba que cuántos hermanos podría tener en el mundo, porque vio que, antes de casarse con su madre, tuvo cientos de amoríos en cada lugar que visitaba. Era un donjuán y dejó embarazadas a muchas por toda Asia.

Y no solo hablaba sobre él, sino de casi todas las personas de su alrededor. Desde el mismo Mao y su madre pasando hasta a sus compañeros de las guerrillas más queridos. Al volver a repasar el testamento, se fue al lugar en donde hablaba de su hijo de Shelijonia, el padre de Chiang. No decía cosas que le favorecían muy bien, a pesar de que en el texto se notaba el cariño que le tenía, contando cómo era su vida. Siguió el mimo camino que su padre, volviéndose comunista y entrando en un grupo terrorista, que había muchos en Shelijonia; y a pesar de la caída de la URSS. Se tuvo que casar por obligación, tras dejar embarazada a la que sería madre de su sobrina, y rompieron al poco tiempo.

Tras provocar más de treinta atentados, y tras matar a siete u ocho personas, desapareció y nunca se supo de él, junto a otros compañeros. Mao pensó que su sobrina quería coger el testamento porque hablaba de su difunto padre, ¿tal vez para borrar un testimonio de lo que era o por conocer su pasado? Lo que si sabía es que quería evitar que esto llegara a manos de Nadezha, porque estaba relacionado con la muerte de sus padres, es más, fue su hermano el culpable directo de aquellas lamentables muertes.

Al repasar eso de nuevo, se dio cuenta de una cosa que lo dejó sin habla y que no se dio cuenta, porque sus pocas ganas de leer le impedían tragarse todo el testamento, porque parecía un libro bien gordo. Descubrió que su padre estaba al tanto de un secuestro que su hermano cometió y que parecía horrible. Ahí se dio cuenta lo cruel y despiadado que podría ser su familiar. Secuestró a una niña pequeña, de una de las mayores familias de la isla y pedía su liberación por supuestos motivos políticos. Decía que si no hacían lo que querían, le arrancaría cualquier parte del cuerpo de la chica. Mao se quedó más perplejo al ver que esa pequeña no era nada más ni nada más que aquella amiga de Josefina, una horrible persona que fue capaz de ponerle un arma en la espalda, Elizaberth von Schaffhausen. Entonces, recordó que ella llevaba un parche en uno de los ojos y le entraron de vomitar del asco.

― ¡Nadie en su sano juicio haría eso, nadie…! ― Eso se decía sin parar, consternado. No recordaba a su hermano y por tanto no conocía cómo era, pero no podría aceptar que alguien fuera capaz de sacarle un ojo a una niña, porque creía que eso era lo que le hicieron. Se levantó bastante molesto, cansado de leer el testamento, y decidió olvidarse de eso por un buen rato.

Al salir de la habitación y tras bajar al salón, Clementina aprovechó para decirle que iba a salir con Diana, su primo y Alsancia, para ir al parque. Al irse ellas, Mao subió arriba y vio cómo dormía plácidamente Jovaka en su habitación. Entonces, alguien empezó a pegar en la puerta de su tienda sin parar.

― ¿Han vuelto? ¿Tan rápido? ― Se preguntaba muy extrañado. ― Debe ser porque olvidaron algo. ― Se dijo eso, yendo rápido hacia la puerta para abrirles y no eran ellos, sino otra persona. Era la vecina de la casa de al lado, la vivienda que fue el hogar de Jovaka.

― ¿Qué quieres? ― Le preguntó Mao, quién no podría quitar la vista de encima al ridículo y extraño peinado que tenía. Se preguntaba si llevaba una peluca o algo porque ese pelo en forma de galaxia no podría ser creado por manos humanas.

― ¿Me ayudas con llevar mis bolsas del supermercado? ¡Es que el coche está afuera y pesan un montón! ― Eso decía, intentando actuar muy joven.

―Tengo anemia, así que no puedo cargar mucho peso. ― Intentó utilizar una excusa para librarse del marrón, porque no tenía ganas de cargar bolsas a una señora que le caía tan mal.

― Sé una buena vecina, ¡porfi! ― Intentó mostrar cara de cachorrito, pero en vez de conmover a Mao le dio tanta pena ver cómo intentaba actuar como joven que no tuvo más remedio que ayudarla.

― ¡Vamos, señora! ― Al decirle eso, ella saltaba y decía “yupi” como si fuera colegiala y Mao le decía que parase, porque le daba mucha vergüenza ajena. Tras atravesar aquel laberinto de calles, llegaron al lugar y éste vio una furgoneta negra, que le daba mala espina.

― ¡Bueno, señora, abre la puerta! ― Eso le dijo a la mujer y, de repente, se abrió la puerta trasera y unos tipos de negros salieron, atrapando a Mao. Le inmovilizaron, poniéndole un pañuelo con cloroformo y le metieron en el coche.

― Ahora gente, ¡denme mi dinero! ― Les exigió la mujer, creyendo que se lo darían, pero, en vez de eso, le hicieron lo mismo que Mao y la metieron en el coche, saliendo éste corriendo a toda velocidad, provocando algún que otro accidente por el camino.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Septuagésima_séptima_historia

Historia perturbada: Primera parte, septuagésima séptima historia.

Por primera vez en meses, la puerta de la habitación del padre se abrió, solo con la condición de que entrará su hijo. Desde hacía muchísimo tiempo el anciano se encerró como un hikikomori y sólo sacaba la mano para recibir la comida que le dejaban en la puerta, a la hora de la cena. Mao sabía muy bien el motivo de esta decisión, él se había dignado a dejarle entrar porque estaba moribundo. Y así era, en una habitación hecha pocilga, con la tele encendida, siendo la única luz del oscuro lugar; a ese anciano hombre que intentaba respirar le quedaba poco de vida.

― ¿Por qué me has llamado? ― Le decía Mao, intentando mostrarse serio y indiferente, pero le era imposible al verle en aquel estado.

― Por fin me muero…― A pesar de decir eso, mostraba una especie de extraña alegría. ― He tenido una buena y larga vida, ya quería descansar de verdad. ― Y empezó a reír.

― No digas esas cosas. ― Le decía Mao, quién ya estaba llorando. No pudo mostrarse indiferente hacia él, a pesar de que ya sabía desde hace tiempo que le quedaba poca vida.

― Sólo quería decirte que…― Tuvo que parar porque le costaba respirar. ―…mi testamento está en ese cajón. Haz lo que quieras con ella y mis propiedades…― Le empezó a dar un ataque fuerte de tos. ― ¡Son tuyos, tanto esta casa como todo el d-dinero que me queda! ―

Después de escuchar lo que ya sabía, Mao inspiró e respiró varias veces, para atreverse a soltarle una preguntar que deseaba saber desde hace mucho tiempo.

― Puedo hacer una pregunta, sólo una. ― El anciano asintió. ― ¿Por qué me has obligado a actuar como chica todos estos años? ―

El padre no dijo ni pío, solo empezó a señalar una foto que se encontraba entre un mar de basuras amontonados sobre una mesa. Era la foto de su difunta madre. Mao era incapaz de comprender aquel gesto, solo estaba pensando en que no se muriese. Después de señalar, añadió:

― ¡Has sido una buena chica! ¡Me alegro! ― Eso decía mientras se ponía su mano sobre la parte del pecho en dónde estaba el corazón.

― Soy un chico…― Le replicó muy molesto.

― Para mí, no, no…― Intentaba hablar, pero no tenía fuerzas. ― Para mí, siempre serás mi hija,…― Entonces, su cuerpo empezó a sufrir violentas convulsiones. Mao le preguntaba aterrado qué le pasaba, quedándose paralizado, sin poder hacer algo. Y en sólo unos segundos, los ojos se le quedaron en blanco.

― ¡Oye…! ― Le decía, esperando que dijera algo. ― ¿Estás bien? ― Y luego, empezó a sacudirle sin parar, gritándole, incapaz de aceptar su muerte.

Pasó una semana para que Mao pudiera organizar todo el viaje que iba a hacer el cuerpo de su difunto padre al cementerio crematorio más cercano, situado en la otra cuidad. Mientras tanto, su cadáver estaba metido en un ataúd, el más barato que encontró, rodeado de todo tipo de flores y con la foto del difunto; en mitad del salón de la casa.

― Aún no me puedo…― Se sonó los mocos varias veces. ―…no me puedo creer que se haya muerto. ― Todavía estaba hecho un mar de lágrimas, a pesar de que había pasado una semana. Junto a Clementina y a Leonardo, estaba en el cementerio viendo cómo lo estaban incinerando.

― Lo siento mucho, Gerente. ― Le dijo Clementina, quién no sabía que decir para consolarlo.

― Es lo normal cuando se te muere alguien querido. ―Añadió Leonardo, aunque sentía que no debería decirlo.

― ¡Qué normal ni querido ni qué leches! Era un hijo de puta, no debería llorar por él. ― Mao se sonó de nuevo los mocos. Tenía en él muchos sentimientos contradictorios en torno a su fallecido padre y apenas tenía una idea clara de cómo comportarse ante la situación.

Aunque intentó todo lo que pudo por mostrarse normal antes las niñas, no quería ponerlas tristes por la muerte de su padre ni que se compadecieran de él o algo parecido.

Mientras tanto en la casa, no había tranquilidad, toda la pandilla estaba ahí. Las gemelas se estaban intentando hacerse cosquillas mutuamente, Jovaka estaba en un rincón esperando que él volviera, Malan le estaba explicando a Josefina sus deberes de matemáticas, sin éxito alguno por el momento; y Alsancia se preguntaba si estaba bien comportarse normal cuando a Mao se le murió el padre.

― ¡Así no, así no! ― Ese grito procedía de la cocina y eran de la pequeña Diana.

― ¡Nadezha, se te va a quemar! ― Ese grito era el de Vladimir, el pequeño novio de la rusa; y estaban observando con terror como ella intentaba hacer una receta china que le gustaba mucho a la hija de Clementina. No le estaba saliendo bien, es más se le empezó a quemar la sartén.

― ¡Por el amor de Dios! ¡Qué alguien traiga agua o algo que no sea nada inflamable para apagar esta cosa! ― Gritaba Nadezha, al ver que casi iba a quemar la cocina. Por suerte, se pudo apagar y evitar un incendio.

― ¡Eles hollible en la coquina! ― Le decía Diana, mientras comprobaba el mal estado que quedó la sartén.

― Por eso te dije que no quería hacerlo. ― Le replicó a la pequeña, ya que ésta no paró de molestarla hasta que no le hiciera su comida favorita.

Nadezha estaba en casa de Mao, después de que Clementina le pidiera el favor de vigilar la casa y las niñas. Se arrepintió de haberlo aceptado porque ya estaba cansada de tener de aguantarlas y se preguntaba como el el chino y la canadiense podría soportar a aquella tropa. Y mientras ésta pensaba cómo iba a decirle a Mao que destrozó su sartén, alguien estaba pegando en la puerta de la tienda sin parar.

― ¿Quién es? ― Se dijo en voz baja. Luego, se dirigió hacia allí, mientras gritaba: ― ¡La tienda está cerrada por hoy! ―

La persona no contestó y siguió pegando. Esa actitud irritó un poco a Nadezha, preguntándose por qué no contestaba, que eso era de mala educación; mientras cruzaba la tienda a la velocidad del rayo.

Y cuando abrió la puerta, se quedó realmente sorprendida. Era alguien que ella reconoció enseguida, a pesar de que pasaron años desde la última vez.

― ¿¡Chiang Meg-gay!? ― Gritó su nombre, mal dicho porque apenas lo recordaba. No se podría creer que la volvería a ver tras tantos años.

― Mi nombre es Chiang Mei-ling, Nadezha. ― Le replicó, mientras la miraba con ganas de matar a alguien.

La conoció en su infancia, cuando era amiga de Mao, y esa chica con pinta de nerd era su sobrina, hija de unos de los múltiples hijos que dejó el padre del chino por el ancho mundo. Su pelo estaba muy corto y era de un color verde, llevaba unas gafas culos de botella enormes y llevaba una ropa muy casual y fea. Ésta se quedó mirando de pies a cabezas a la albina y ella se sentía muy incómoda. A continuación, empezó a hablar

― Jamás pensé verte aquí, con un delantal, en su casa…― Nadezha, se quedó preguntando qué quería decir ella con eso. ― Y hasta parece que has parido a una patrulla. ― Eso decía, al escuchar las voces que procedían de la casa.

― ¿Qué estás diciendo? ― Realmente no sabía de qué estaba hablando.

― Yo pensé que os habíais separado y todo, pero nunca me imaginé esto. Seréis muy felices, ¿no? ¡Me dais asco! ― La pobre Nadezha no sabía cómo reaccionar, porque literalmente no tenía ninguna idea de que estaba hablando, pero pensaba que mejor debería cambiar de tema.

― De todas maneras, ¿qué haces aquí, no deberías estar en el cementerio, a despedirte de tu tío? ― Ella le preguntó eso, porque le era muy extraño que estuviera en la casa, ahora, que había pasado una semana desde que murió su abuelo y no lo visitó.

― Sólo he venido por unos papeles, ese viejo enfermo me importa una mierda. ― Eso dijo sin apenas emoción, y molestó mucho a Nadezha.

― No le faltes el respeto a tu abuelo. ― Le replicó, intentando esconder su enfado.

― Déjame entrar. ― Ni le respondió, le ordenó como si Nadezha fuera alguien de poca monta, haciendo aumentar la ira de ésta aún más.

― Primero tienes que hablar con Mao y ya te dejare entrar. ― Eso le dijo Nadezha, quién pensaba que Mao no estaría cómodo si era desagraciada, ya que tanto él como ella tenían una opinión muy mala de Chiang; entrará en su casa sin su permiso.

― ¡Vaya con tu esposo! ― Entonces, exclamó esto, dejando a Nadezha boquiabierta.

― ¿Qué? ― Gritó Nadezha. ― ¿Qué? ― Volvió a gritar, incapaz de creer de que ella estaba pensando en eso. ― ¿Qué estupidez estás diciendo? ¡Yo no tengo ningún tipo de relación con…! ― Entonces, se dio cuenta de una cosa.

― ¿Cómo sabes que Mao…? ― A pesar de que eran familiares, Nadezha creía que no sabía nada de que su tío era un travestí.

― Me sorprende más que tú lo sepas. ― Lo dijo con frialdad. ― De todos modos, tengo que entrar. ― Empujó a Nadezha, intentando entrar por la puerta, pero ésta no se dejaba.

― Hasta que vuelva Mao, no voy a dejarte entrar. ― La rusa sentenció tajantemente, poniéndose en posición de combate.

― ¡No te pongas así, blanquita! ― Le replicó, rabiosa por no poder entrar; pero estaba muy aterrada por la posibilidad de recibir una buena paliza. Luego, añadió esto: ― ¡Bueno, cuando vuelva, ya hablaré con él! ― Y con esto se marchó, dejando a Nadezha con un mal sabor de boca.

Tras entrar, todas las chicas empezaron a preguntarle con quién había hablando, pero ella solo les contestaba que mejor no deberían saberlo. Intentó no darle importancia, pero decidió volver a la casa de Mao al día siguiente, para descubrir por qué Chiang Mei-ling había vuelto.

― ¿Qué haces aquí de nuevo? ― Le preguntó Mao, algo molesto, cuando vio que la chica que había venido era Nadezha. Estaba haciendo lo mismo de siempre, vaguear en el suelo mientras veía en la tele junto con Alsancia y Jovaka.

―Después de ayudarte ayer y me hablas en ese tono ¡Vaya insolencia, la tuya! ― Le replicó con la misma intensidad que Mao y tenía ganas de decirle alguna que otra cosa insultante, pero decidió ir al grano:

― ¿Al final, tu sobrina ha aparecido por aquí? ― Mao, al escuchar eso, dio un gran suspiro y tardó en darle su respuesta. Intentaba bloquear su mente como si no deseaba recordarlo, pero fue sincero y le tuvo que decir que sí con toda la amargura del mundo. Nadezha decidió contarle lo que pasó el otro día, a pesar de que él ya lo sabía. Luego, le preguntó.

― ¿Y qué quería? ― Estaba muy intrigada por el comportamiento que mostró.

―Nada importante, sólo unos documentos. Me pareció muy exagerada, ya que los quería a toda costa. ― Le respondió Mao, mientras cambiaba de canal. Le miró a Nadezha de muy mala gana, como si decía que debería irse; y eso le irritó a ella.

― ¡Ya me voy, ya me voy! ― Eso decía Nadezha, pero antes de salir del salón fue llamada por Clementina, quién había salido al salón, después de darle un baño a su hija. ― ¿Puedo hablar contigo, un segundo? ―

Nadezha le dijo que sí, y Clementina le preguntó a Mao si estaba bien. Él respondió algo moleste que hicieran lo que diesen la gana. La canadiense se la llevó a su habitación y le empezó a explicar la situación:

― Después de la visita de su prima, la Gerente está muy irritada, la verdad. Hasta se pelearon. ―

― ¿De qué hablaron exactamente? ― Le preguntó la rusa toda intrigada.

Se lo iba a decir, pero entonces Mao apareció en la habitación y les dijo:

― Pues que quería el testamento de mi padre, no sé porqué. ―

La rubia tetona se puso nerviosa al verle entrar, le decía que no podría callárselo; y el chino le replicó que nunca le pidió que lo escondiera.

― ¿Entonces, me has mentido? ― Eso le preguntó furiosa, Nadezha, al sentir que le intentó engañar. Eso le trajo recuerdos desagradables.

― Todo lo que yo dije era verdad. Además, si te interesa saber, la engañé y se llevó uno falso. ― Eso le respondió Mao a regañadientes. Por alguna razón, deseaba dejarlo como un secreto para Nadezha y estaba visiblemente molesto por no haberlo conseguido. Por otra parte, no se sorprendió antes el hecho de que Mao engañará a su sobrina.

― ¿Y por qué desea el testamento? ― Le preguntó la rusa a continuación, pero sentía que Mao no le iba a decir la razón.

Después de todo, esa chica dejo claro que lo despreciaba el día anterior y recordaba que su abuelo tampoco le tenía mucho cariño. Parecía una buitre que solo quería llevarse parte del cadáver de su familiar, aunque presentía que había otra razón mucho menos común que quedarse el dinero.

― Y yo qué sé… ¡Tal vez quiera dinero que dejo él o algo así! ― Se notaba en su cara que estaba mintiendo, sabía muy bien el porqué y Nadezha le miró de forma acusadora. Pero en vez de insistir, decidió irse.

― Me voy a casa. ― Y con esto dicho, salió de la habitación hacia la calle, diciendo a todos adiós. Todo este raro asunto le parecía muy sospechoso y pensaba investigarlo, y Mao, conociéndola, sabía que ella hará lo que sea para averiguarlo, abriendo en el proceso un cajón de mierda. Clementina estaba desilusionada, porque deseaba preguntarle a Nadezha qué relación tuvo su gerente con su sobrina en el pasado, si pasó algo gordo entre ellos; ya que lo vio entre esos dos no era normal. Después de todo, esos dos fueron amigas y crecieron juntas, por tanto creía que debía saber algo.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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