Septuagésima_sexta_historia

Las Flores del Mal: Epílogo, septuagésima sexta historia.

Cuando Malia se despertó, se encontraba en el hospital, en una cama. Miró a su alrededor y no veía a nadie. Se quitó las mantas y se levantó poquito a poco y observó la ventana, viendo que todavía estaba cayendo nieve, a pesar de que la cuidad ya estaba blanca. Deseaba que todo lo que sufrió fuera más que una triste y horrible pesadilla, pero, tras saber del doctor que alguien la dejó en las puertas del edificio a altas horas de la noche, empezó a aceptar que todo eso fue realidad. La policía vino un poco después, pero ella era incapaz de contarles algo, ya que todo eso parecía una fantasía extraña y nadie la creería, además de que tenía aún esperanzas de que fuera solo un sueño.

Las perdió cuando vio su casa reducida a cenizas y luego, cuando supo que su madre aún no había aparecido, tuvo que empezar a asimilarlo. Ni sabía dónde estaban Sasha y Lafayette y la única que lo tenía que conocer era Elizabeth von Schaffhaussen, pero no sabía cómo contactar con ella. Tras eso, Nadezha le obligó a que durmiera en su casa para que no lo hiciera en la calle y, a la mañana siguiente, se fue hacia las puertas del Zarato y le pidió al vigilante que le dijera a Eliza que quería hablar con la Zarina.

Contra todo pronóstico, a la primera, ya que pensaba que tenía que hacer un montón de veces; le hicieron caso y le dijeron que iba a tener una cita con la Zarina, en un pequeño restaurante de Springfield. Al día siguiente, fue a ese lugar:

— Voy a ir directa al asunto, ¿qué quieres? — Eso le dijo Eliza, tras sentarse en la silla, junto con su sirvienta Ranavalona.

— Debes de saberlo, es sobre Sasha y Lafayette, ¿dónde están? — Le replicó Malia, con toda la seriedad del mundo.
— Sasha desapareció sin dejar rastro, seguramente fue después de dejarla que te llevará al hospital de Springfield. — La frialdad que notó en esas palabras le hacía pensar a Malia que no decía verdades.

— Puedes creer o no, pero eso es la verdad. — Vio que su cara mostraba desconfianza y le dijo eso, para después pedirle al camarero un café con leche.

— Perdón por desconfiar, ¿y qué pasa con Lafayette? — Malia, al ver que ni siquiera ella sabía dónde estaba su hermana, con tristeza, tuvo que hablar de la otra persona que quería saber dónde estaba.

— La ejecutaré dentro de cuatro días. — Se quedó boquiabierta al escuchar esas palabras, no podría creer que una niña sería capaz de decir esas palabras como si fuera algo normal. Le entraba ganas de vomitar.

— ¿Por qué? — Malia no podría creérselo, se preguntaba qué fue lo que hizo para que una niña deseara matarla.

— No son asuntos tuyos. — Eso lo dijo con el mayor desprecio posible.

— Sí, lo son, ella me ayudó. No voy a quedarme parada al ver que la van a ejecutar. — En verdad, quería salvarla. Vio que había alguna esperanza en Lafayette en el momento en que pudo escuchar sus palabras y soltar aquel cuchillo con el que iba a matar a su hermana. Quería salvarla de la inmensa oscuridad en el que estaba atrapado, antes de que llegara su hora. Y dentro de cuatro días era demasiado poco. Entonces, Malia se puso de rodillas, suplicándole que no la matara una y otra vez, ante un público sorprendido, y que no entendían lo que estaban hablando, aunque tampoco le interesaban.

— ¿Harías lo que sea? — Le preguntó una Elizabeth sonriente, al ver la desesperación de aquella chica que no entendía, pero que se iba a aprovechar de ella.

— Mientras no vaya en contra de mis códigos morales, haré lo que sea. Así que, por favor, no la mates, a pesar de todo lo malo que habrá hecho. — Eso se lo decía llorando, recordando todos sus buenos ratos con Lafayette.

— ¿Sabes? Dicen que una vida no tiene precio, pero para mí, sí, por lo menos ahora. Podemos hacer un trato, si quieres.  — Lo dijo, mirando hacia la gran ventana que tenían en su sitio y mientras tomaba el café con leche que le trajeron.

— Sí, si es para salvar a Lafayette, haré el trato.  — Lo dijo con toda la seguridad del mundo, porque estaba dispuesto a sacrificarse por esa chica.

— Ojo por ojo, diente por diente, eso estaba pensando pero no me daría beneficios, así que he pensando, tal vez, endeudar tu vida para salvar la de ella. Costaría un billón de dólares y pues estarías atada a una deuda hasta que te mueras. Yo diré cómo se hacen los plazos. ¿Alguna duda? —

Al decir esto, pidió a Ranavalona que lo escribiera en el cuaderno que trajeron.

— ¿Puedo ponerle condiciones?  — Eso le decía Malia, mientras esperaba impacientemente a que terminara de escribir Ranavalona.

— Vale. — Y le respondió Eliza con una simple palabra.

— Esa deuda no será heredada a mis descendientes y cuando muera será el fin de mi préstamo.  — Ranavalona escribió todo eso que dijo ella.

— ¿Algo más? — Ranavalona, tras oír eso, esperaba que no tuviera escribir nada más.

— No. — Se lo dijo de una forma contundente, porque estaba dispuesta a estar endeuda, de estar atadas de manos a pies toda su vida; ya que, para ella, iba a salvar a una persona, por muy mala que era, y lo aceptaba con mucho gusto.

— Entonces, firma aquí. — Elizabeth le dio el papel, en el que escribieron el trato y el bolígrafo, y ella lo firmó.

— ¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias! — Se sintió muy feliz, al ver que había conseguido a salvar la vida de alguien.

— No te entiendo, ¿por qué deseas tanto salvar a ese bicho? — Elizabeth, no podría entenderlo, quién podría salvar su vida por alguien como Lafayette, porque para ella, nadie en su sano juicio lo haría.

— Todos merecemos una segunda oportunidad, ella también.  —Esa explicación partió de risa a la pequeña Zarina, que le parecía una gran estupidez.

— ¡Tonterías! ¡Esa perra no se merece eso! ¡Deja de soñar, la gente como ellas jamás aprenderán! — Se reía de ella, ya que eso le confirmó sus sospechas de que era una completas gilipollas, de esas que querían ser más buenas que nadie.

— ¡Yo creo lo contrario, Elizabeth! ¡Todos merecen ser salvados, de sus pecados, de sus errores, incluso tú! — Esto lo dijo con toda la seriedad, pero sin enfadarse; y sus palabras hicieron a Eliza pasar de las risas al cabreo.
— ¿Yo? ¿Qué dices? — Le gritó tan fuerte, que todos los clientes y camareros giraron la cabeza hacia ellas.

— Eres una persona horrible, perdón por decirlo. — Se sintió muy mal por decirlo, pero era la verdad. — ¡Pero…! ¡Pero, eso no significa que estás condenada, porque puedes cambiar! — Esto lo dijo con la mejor de sus sonrisas, haciendo enfurecer aún más a Elizabeth.

— ¡Me gusta cómo soy, no soy una estúpida como tú! ¡Y te demostraré que yo puedo conseguir todo, a pesar de lo horrible que soy como persona! —

Se lo decía, alzando el dedo hacia su cara, y estaba hecha una furia, porque se hartó de sus estupideces. Y le soltaba eso, porque sabía que tenía el poder, la capacidad y las herramientas suficientes para hacer arder el mundo.

— ¿Entonces, te gusta el hecho de ser horrible? — Le preguntó inocentemente Malia, y la pequeña Zarina explotó.

— No me miento a mí misma como hacen los demás, lo acepto. Y no cambiaré, ¿ahora, merezco ser salvada? — Le cogió del cuello, gritándola; dejándola claro que no era ese tipo de personas horribles de este planeta que se creen buenos.

— Sí, y aunque fueras Hitler, también. — Esto solo empeoró las cosas, y Ranavalona le pedía a Malia que se callase y la gente del restaurante se quedó parado sin hacer nada, parecían quedarse paralizados al ver esa escena.

— ¡Qué gracia! ¡Lo que merezco es tu odio, y punto! — Y la tiró al suelo de una brutalidad enorme.

— ¡Y no lo tendrás! ¡No voy a odiarte, porque muchas cosas malas que hagas! — Malia no desistía aún, a pesar de que el odio hacia esa niña la inundaba. Intentaba eliminarlo, porque no quería odiar a nadie; mantenerse serenaa pesar de lo que le estaba haciendo Eliza.

— ¡Serás, hija de puta! — Se lanzó a ella para ahogarla. — ¡A ver si esto te aclaras tus ideas! — Estaba descontrolada y la estaba dejando sin apenas aire. — ¡Vamos, hazlo, enfádate, ódiame, porque sé que en el fondo que lo sientes! — Le gritaba una Elizabeth llena de ira, y todos los del restaurante inmediatamente las separaron.

Malia, al poder respirar, tenía los ojos llenos de miedo, como si había visto al diablo; y se quedó así, en el suelo, sin decir nada, mirando fijamente y con temor hacia la pequeña Zarina. Cuando las cosas se tranquilizaron, ella le dijo esto a Elizabeth, antes de irse.

— ¡Lo siento mucho, no debí haberla provocado! — Eso le comentó sinceramente, mientras en su interior luchaba para evitar reconocer que odiaba a alguien.

— Espero que tu vida sea un infierno, no. Lo deseo.  — Le replicó con una gran mirada de desprecio y odio, antes de subirse en el coche de caballos. Y al irse, Malia se dijo a sí mismo que lo iba a aguantar, no importa lo que le pasará, con una cara seria mientras observaba el cielo lleno de nubes.

FIN

 

 

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Las Flores del Mal: Quinta parte, septuagésima sexta historia.

— Necesito saber que está ocurriendo. — Eso se dijo por tercera vez Malia, mientras miraba el paisaje nevado. Hacía poco que ella se levantó en su segundo día dentro de la habitación y no sabía el porqué. En realidad, no entendía nada de lo que ocurría. Ya estaba mucho mejor, después de haber llorado sin parar, y esperaba impacientemente que alguien viniera y le diese alguna respuesta. Entonces, la puerta se abrió y de ahí entraron, dos chicas. Eran Cammi y Zvezdá, quién ésta última dejó sorprendida a Malia de lo altísima que era.

— Ustedes no son… — Entonces, recordó que ellas eran las chicas que le hicieron dormir con cloroformo.  Disgustadas por haber hecho tal cosa, querían pedirle perdón.

— ¡Lo siento! Yo, ella. —Lo decía Cammi en un mal inglés. — ¡No queríamos hacer eso, es verdad! — Mientras terminaba esas palabras, Zvezdá movía la cabeza para abajo y para arriba, para decir que sí, que también estaba arrepentida. Lo decían de una forma muy sincera.

— Perdonadas, perdonadas. — Les decía eso Malia y éstas, al oírlo, se pusieron muy contentas, ya que no querían que le odiaran por eso. Y ella aprovechó para empezar a hablar con ellas y descubrir algo. A pesar de que estuvieron hablando durante un buen rato, no sacó nada importante, ya que  se cuidaron muy bien de no darle información clasificada ni de hablarle de sus vidas. Al final, la conversación terminó cuando apareció Ranavalona:

— ¿Qué hacen ustedes aquí? — Eso les preguntó, al sorprenderse de que seguían ahí.

— Pues,..— Se quedaron calladas, al no saber qué decir. — ¡Eso igual, nosotras irnos! — Eso dijo Cammi, que seguida de Zvezdá; se fueron rápidamente de la habitación. Entonces, Ranavalona se dio cuenta de que una de ellas llevaba aún el vestido que le tenían que dar a Malia y las detuvo, muy enfadada.

— ¡Esa es la ropa para la señorita Rooselvelt, no se la lleven! — Cuando las dos se dieron cuenta, gritaron, porque se acordaron de que no le dijeron a Malia unas cosas importantes. Al ver esas reacciones Ranavalona, se dispuso a regañarlas, siendo detenida por la hermana de Sasha.

— No las regañe, ha sido culpa mía, por haberles dado cháchara. — Le dijo Malia y Ranavalona decidió dejarlo para más tarde. Ella había venido para llevarla al lugar en dónde Lafayette se iba a enfrentar con Sasha. Tras eso, esperó que se vistiera y le dijo que la iba a llevar a un sitio.

— ¿Adónde vamos? — Le preguntó Malia, muy intrigada.

— Mi Señora no he dado autorización para decirlo, lo siento mucho. — Le contestó con mucha frialdad Ranavalona y Malia se calló, se quedó mirando lo que había por su alrededor. Ahora que estaba caminando por los pasillos de aquel palacio, estaba impresionada, nunca había visto un lugar tan grande y espacioso. Ataviados con ropajes de otras épocas, ella veía asombrada el paso de los sirvientes que pasaban por su lado. Por cada puerta que pasaba, se preguntaba qué había ahí dentro.

Al final, llegaron a una sala que parecía un teatro, más bien, una especie de anfiteatro cubierto y moderno, cuyos asientos no eran de piedra sino sillas de terciopelo, pegados al suelo; y cuyo escenario era de madera y estaba dos metros más debajo de dónde se sentaba el público.

— ¿Aquí es dónde debo estar? — Eso le preguntó Malia.

— ¡Siéntase en la primera fila, así lo ha ordenado mi Señora! — Eso le dijo, señalándole un asiento, y ella se dirigió a ahí y se sentó. Entonces, oyó a alguien:

— ¿Te llamabas Malia Roosevelt, no? — Al escuchar estas palabras, Malia giró hacia a su derecha sorprendida y vio a aquella pequeña rubia llamada Elizabeth von Schaffhaussen, mientras su fiel sirvienta aprovechaba para ponerle unas esposas a uno de sus brazos, para que no se moviera del asiento, sin que se diese cuenta.

— ¿Por qué estás haciendo todo esto? — Le preguntó a Elizabeth, esperando que le dijese algo.

— Solo quería capturar a Lafayette, lo demás es idea de tu hermanita. — Le respondió eso, mientras tomó un poco de su vaso de vino.

— ¿Sabes que las niñas no deberían tomar alcohol? — Le dijo eso con toda la seriedad del mundo, ya que le impactó de inmediato, al ver que una niña tomara vino y olvidándose de todo lo demás, por un momento.

— ¡A ti qué te importa! Tú deberías estar más preocupada por otras cosas muchos más importantes… — Le enfadó que le dijese eso. Ni su madre, fallecida hace meses, le hacía eso. Es más, fue ella quién le metió en el mundo del vino.

— Pero eso no quiere decir que le tenga que quitar importancia que tomes algo así. ¡No es bueno para ti! — Le estaba regañando, algo que no le gustando para nada a Eliza, que le dijo burlonamente:

— Veremos a ver si no le quitas importancia cuando veas esto…—

Deseaba que el combate la hiciese llorar y así le quitase las ganas de regañarla. Por eso ordenó que empezase la batalla, de una forma muy curiosa, dando palmadas. Malia se calló rápidamente, preguntándose qué iba a ocurrir y sentía escalofríos en todo su cuerpo, porque tenía malos presentimientos. Es entonces cuando empezaba el espectáculo y salió en el escenario Sasha, quién empezó a saludar a su público de una forma grotesca.

— ¿Sasha? — Gritó su nombre y luego se cuenta de algo — ¿Q- qué? —

Se dio cuenta de que llevaba un cuchillo y se puso mala. Empezó  a gritar de forma compulsiva su nombre, pidiéndole desesperadamente que no hiciera nada horrible.

— ¡Pero si ni siquiera ha empezado, y ya te pones así! — Le decía Eliza con tono de burla, que empezó a deleitarse por sus gritos. Y apareció Lafayette, que la sacaron de una jaula, como si fuera un animal.

— ¡No me digas…! — Se quedó Malia paralizada del horror. Comprendió con rapidez lo que iba a pasa y empezó a mirarlas, con la vana esperanza de que no iban a hacer aquello que estaba imaginando.

Lafayette, al mirar esa cara, se quedó boquiabierta e incapaz de reaccionar antes eso. A pesar de que se obligó a sí misma a olvidarse de Malia y de destrozarle el corazón mostrándole tal horrible escena, no podría soportarlo que ella lo viese, no quería hacerlo.

Y miró a continuación a Sasha, quién sonreía de forma muy macabra. Algo parecido con Elizabeth, quién les decía que empezaran ya, que se estaba aburriendo. Entonces, las dos luchadoras se miraron fijamente, con una de ellas intentándose quitar todos esos feos sentimientos y prepararse para matar.

— ¡Prepárate para morir, enana! ¡Por todo lo que me has hecho! — Eso gritó lo más demente posible, poniendo una cara casi demoniaca y cerrando los puños para golpearle la cara a Sasha, porque no tenía ningún arma.

— ¡Por favor, no lo hagan! — Eso gritó Malia como loca, al escuchar eso.

Intentaba desesperadamente, mientras gritaba eso sin parar, ir al escenario para detenerlas, pero no podría, dándose cuenta de que la había esposado junto a su asiento.

— ¡Ahora empieza lo divertido! — Eso dijo Eliza con la mayor alegría, quién empezó a disfrutar del espectáculo.

Entonces, Sasha se lanzó hacia Lafayette con el cuchillo en alto y ésta la esquivó, dándole una patada.

Rápidamente, con la mayor fuerza posible y gritando como un orangután, intentó romperle la cabeza con unos sus puños, pero ella se escapó y se alejó rápidamente.

— ¡Hey, Sasha! ¿Ahora no te burlas, eh? ¡Vamos, hazlo, pero si es muy divertido! — Eso le decía a Sasha, mientras ignoraba las plegarias de Malia, que les suplicaba, casi a punto de llorar y de forma muy desesperada, que parasen. La perseguía como si fuera un león, con una rapidez increíble, alcanzándola en cuestión de segundos. Casi iba a ser aplastaba por sus puños, sino no fuera porque los esquivó.

— ¡Es una completa animal, no se merece ser llamada humana! — Añadía, entre risas, Elizabeth, sobre el comportamiento de Lafayette.

— ¡Ven, aquí, princesita, que te voy a dar unos mimos! — Y no paraban de correr de un lado para otro. Sasha no dejaba de huir, corriendo como una niña asustada. Lafayette no paraba en su persecución. A veces, ésta la alcanzaba y la tiraba al suelo violentamente. Luego, intentaba golpearla, pero ella lo esquivaba o se defendía por el cuchillo, intentando apuñalarla, aunque la negra los evitaba fácilmente, soltándole burlas.

Se levantaba y seguía huyendo. Aunque la hermana de Malia no siempre estaba a la defensiva, intentó  atacar a su enemiga, con malos resultados.

— ¡Por favor, paren esta locura! ¡No se maten! — La pobre de Malia se estaba quedando casi afónica, no paraba de decirles que se detuviesen, que parasen, que dejaran esa cosa tan horrible; pero no le hacían caso. Se sentía muy imponente al no poder detenerlas, pero siguió gritándolas. Hacía caso omiso a las burlas y risas de Eliza, quién las animaba a que se matasen, y que disfrutaba de aquel espectáculo, como si estuviera en un circo.

— ¿Ahora no te hace tanta gracia, eh? ¡Perra! — Eso gritaba Lafayette, después de hacer volar a la hermana de Malia con una patada, quién intentó otra vez apuñarla. Rodó como si fuera una pelota y lo único que hacía era jadear. Al no poder levantarse, la negrita se acercó y empezó a darles más patadas que la hacían rodar por el escenario una y otra vez.

— ¡Por favor, di que paren! ¡Vamos, hazlo! ¡Por favor, tenga piedad por ellas, y detenga esta cosa terrible! — Le gritaba Malia con gran desesperación a Elizabeth, al ver que no les escuchaba. Creía que esa niña estaba detrás de todo esto y le pedía desconsoladamente que tuviera corazón y que las detuviese.

— ¿Por qué? ¡Si es lo mejor que he visto en años! — Le dijo Elizabeth con una alegría cruel, mientras le señalaba a Malia lo que iba a hacer  Lafayette.

Sasha estaba en medio del escenario mirando fijamente como Lafayette estaba de pie, con su propio cuchillo, dispuesta a apuñalarla. La hermana de Malia respiraba e inspiraba con nerviosismo, paralizada, mientras la negra le preguntaba cuáles serían sus últimas palabras, con un tono burlón.

— ¡No lo hagas, no la mates, Lafayette! ¡Por mucho daño que te haya hecho! — Le gritó Malia a Lafayette, quién intentaba llenarse de valor para matar a Sasha, delante de su única amiga.

— ¡Hazlo, lo estás deseando! — Eso le decía Eliza, empezando una jauría de gritos entre ella y Malia.

— ¡Le vas a privar su vida! ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene si la matas? ¡No importa la razón que sea, matarla no va a solucionar! — Lafayette temblaba cada vez más, con cada palabra que escuchaba.

— ¡Es un monstruo en potencia! Si la matas, vas a librar al mundo de una pesadilla.  —

Lafayette pensaba que Elizabeth tenía razón, que Sasha no era una niña normal, era una enferma y capaz de hacer daño a su propia hermana.

— ¡Todos somos monstruos en potencia, pero eso no quiere decir que podemos convertir en uno! ¡Si la matas, te convertirás en uno de verdad! ¡Recapacita, por favor! —

Se imaginaba Lafayette que si la mataba, Malia la odiaría para siempre, y aunque se dijo mil veces que no le importaba eso de perder su única amistad en el mundo, sólo se estaba mintiendo a sí misma, no quería perderla.

— ¡Ya eres un monstruo, y le harás un favor a esa! ¡Mátala, y la salvarás de ella misma! — Se acordó de todo los muertos que mató y se dio cuenta de que ya estaba perdida, desde hace tiempo. Ya era una asesina, ya era un monstruo, entonces, ¿por qué era incapaz de acuchillar a esa niñata? ¿Solo por qué no quería lastimar a su hermana?

— ¡Por el amor de Dios! ¡Te lo suplico, no la mates, no mates a mi hermana, por mucho…! — Malia no puso más y se derrumbó, cayó al suelo y empezó a llorar sin parar. — ¡Es la única familia que tengo! —

No podría hacerlo, no podría matar a Sasha después de observar cómo lloraba Malia. Le impacto tanto que tiró el cuchillo al suelo. Se dio cuenta de que si la mataba, no solo iba a matar a alguien, sino que a destrozar totalmente a su única amiga, a la única persona que la aceptó, a pesar de lo horrible que era. Por eso, gritó con resignación: — ¡Lo mando todo a la mierda! —

— ¡Vaya por Dios! ¡Q-qué bonito! — Elizabeth, fastidiada e irónica, estaba gruñendo, ya que ninguna de esas dos idiotas se habían matado. Ella lo deseaba con toda el alma.

— ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios, que han recuperado la cordura y han detenido esta locura! — Aún lloraba, pero de felicidad, con una gran sonrisa, al ver que no había pasado nada horrible. Le decía las gracias al cielo, al ver que Lafayette pudo detenerse. Entonces, al cerrar los ojos, al lanzar un gran suspiro de alivio, escuchó un horrible grito.

Lafayette, quién se dirigió hacia Eliza para decirle que no pudo matarla, fue atacada por detrás. Sintió a un objeto hundiéndose en un cuerpo, con un dolor que ya le era muy conocido. Miró hacia atrás y vio que fue Sasha, quién le apuñaló en unos de los costados. Ella empezó a reír macabramente.

Malia no pudo ni decir ni una palabras, porque lo que vio, fue demasiado para ella. No pudo aguantar, se le puso los ojos en blanco y cayó al suelo, desmayada, por el shock que le supuso ver a su hermana apuñalar a alguien.

— ¿Ahora, quién se ríe, eh? ¡Ge-ne-ral! — Le decía Sasha con toda la burla del mundo a Lafayette, mientras caía al suelo. Ésta no le pudo responder, empezó a gritar por el gran dolor que tenía, maldiciéndola una y otra vez.

Con la mirada borrosa, intentó buscar a Malia, pero sólo se encontró a una Elizabeth eufórica, dando aplausos, y a su única amiga inconsciente. En su mente le empezó a pedir perdón, llena de arrepentimiento, mientras escuchaba estas palabras que la llenaban de rabia:

— ¡Genial, genial! No me esperaba ese giro inesperado, gracias por terminarlo como debe ser. —

Elizabeth eufórica, habría disfrutado mucho del espectáculo, pero ya le parecía que debería tener fin. La loca de Sasha también pensó que debería terminar, ya que levantó el cuchillo para darle el golpe de gracia, con una sonrisa digna de un monstruo. Pero esta vez era la pequeña Zarina quién le dio la sorpresa a la hermana de Malia.

— ¡Ranavalona, ahora! — Eso gritó Eliza, y entonces Sasha recibió un horrible pinchazo en el cuello, cuando se dio cuenta de que era un dardo y que tenía una sustancia que la estaba adormilando le dijo incomprendida a la tuerta:

— ¿Qué estás haciendo? — No entendía el porqué de esa acción.

— Pues verás, no quiero perderme la oportunidad de matar a Lafayette con mis propias manos, que lo haga tú no estaba en mis planes. — Eso decía, mientras se tomaba las últimas gotas de su vaso de vino.

— ¡Q-qué graciosa! — Añadió con ironía, mientras caía al suelo e intentaba luchar por no dormirse, a la vez que se forzaba a reírse.

— De todos modos, ¡has logrado tu objetivo! ¡Le has enseñado a tu hermana que estás perdida!  —

Sus palabras no tuvieron respuesta, porque ya se durmió Sasha.  Entonces, empezó a reírse descaradamente, se sentía la verdadera vencedora de este sinsentido. Lafayette estaba entre la vida y la muerte, Sasha le hizo el trabajo sucio y Malia colapsó, incapaz de aceptar el hecho de que su hermanita era una asesina. Todo esto sin que ella hubiera hecho un dedo, sin recibir ni una herida, ni sufrimiento. Fue sólo ventajas para la pequeña Zarina y eso la hacía muy feliz.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Las Flores del mal: Cuarta parte, septuagésima historia.

Antes del amanecer, y tras pedir a Ranavalona que una de sus chicas se llevará comida a Malia, quién estaba en una habitación de invitados; Elizabeth ordenó que prepararan la cena para ella y sus invitadas. Así es como ella se sentó en un extremo de la mesa y Sasha en la otra, con una Lafayette, atada de pies a manos y en una silla, con la boca tapada; en el medio. Estaban en el espacioso y enorme comedor, alumbrado con una gran lámpara de araña, y cuyas puertas estaban vigiladas por sirvientas y criados.

— ¿Está buena la comida, Lafayette? — Eso le decía la pequeña Zarina con tono de burla, ya que la negra tenía la boca tapada y era incapaz de comer, y menos de decirle a Elizabeth que se jodiera.

— ¿Ya tienes fecha para su ejecución? — Eso le dijo Sasha, indiferente, con ese rostro que parecía inhumano.

— Aún no. Pero será menos de una semana, será divertido. — Le respondió la Zarina, antes de gritar a sus criados que traigan eso.

— Me estaba preguntado si la General Lafayette no hubiera venido, ¿me hubieses matado de verdad? — Eso le preguntó Sasha a Eliza.

— Tal vez, solo fue una amenaza. — Eso dijo, mientras estaba distraída en oler el vino que le habían traído. En verdad, pensaba que no le hubiera importado matarla, a ella y a su hermana, si Lafayette no hubiera aparecido.

— Entiendo…— Añadió secamente, mientras cortaba con un cuchillo la carne que no iba a comer, ya que solo quería cortar por cortar.

— Aún no me lo puedo creer. No logro comprender cómo supiste que yo buscaba a Lafayette. Fue una sorpresa que hicieras tal trato conmigo. —

Elizabeth, tenía un montón de dudas sobre Sasha y lo qué era ella realmente. Lafayette, no entendía nada de nada de lo que decía.

— Es un se-cre-to…—Intentó parecer graciosa. — En fin, como tenemos un trato, quiero pedirte un último favor. —

— ¿Cuál? — Preguntó eso, muy intrigada.

— Quiero ejecutar a Lafayette con mis propias manos. En una pelea a muerte, como los gladiadores. — El lugar se puso silencioso unos segundos.

— ¿Qué? — Eliza escupió el vino que estaba tomando y se puso a reír —Pensaba que estabas enferma, pero no tanto. — Eso decía entre carcajadas, antes de evitar que se ahogará con su propia risa. Lafayette también quería reír, pero no podría porque tenía tapada la boca.

— Lafayette es lo más parecido a una bestia salvaje. Su fiereza y su comportamiento violento y cuasi animal ha aterrado a bastantes indios y matado a algunos, y eso que es una simple adolescente. Y tú, ¿quieres matarla, tú misma? ¡Estás idiota, perderás tu vida en solo un minuto! —

Eso le molestó mucho a la negra, ya que le trataban como un bicho, y se preguntaba qué estupideces se le pasaba por la cabeza a esa idiota de Sasha. Elizabeth también pensaba algo parecido sobre aquella estúpida.

— Ese es el punto.  — Rió siniestramente, ante una Elizabeth y una Lafayette incapaces de entender que era lo que ella quería hacer.

— Además, otra cosa. Mi hermana debe verlo, sí o sí. — Al escuchar esto, Eliza estalló de risas y Lafayette, incapaz de decir nada, pensaba que era una majareta y que no sabía lo que hacía. Entendía que Malia no lo iba a soportar y que no deseaba a ver a nadie matarse, ni menos delante de sus ojos. Por eso, no entendía por qué quería hacerle eso.

— Vale, vale. — Le decía Eliza, casi muerta de risa. — Lo haré, será bastante divertido. — Lafayette quería preguntarle a la pequeña Zarina furiosamente que si también había perdido la cabeza.

Entonces, entró una estatua de toro de metal y con ruedas, que era el “eso” que pedía Elizabeth, y ésta se acercó a Lafayette para decirle algo:

— ¿Tú sabes lo qué es esto? — Eso le preguntó y Lafayette le quería gritar que le importaba una mierda.

— Es un toro — Le siguió hablando. — de Falaris, un instrumento de tortura. Más bien, una horrible forma de ejecución, ¿sabes cómo se usa? — No quería, ya que sabía perfectamente para que lo iba usar Elizabeth, para matarla de la peor forma posible. No quería saber nada más.

— Pues bien meten al condenado en el torito y enciende una hoguera. En su interior, ya que está hueco, se vuelve un horno. Toda superficie arde y literalmente te cocinas ahí dentro. Lo mejor es que los alaridos y los gritos de las víctimas salen por la boca del toro, haciendo parecer que la figura muge. —

Lafayette, al oír esa explicación, se quedó paralizada y aterrada, saliéndole un sudor frío. Se decía a sí misma que Elizabeth era un monstruo, que le iba a hacer una cosa tan horrible que ni ella misma haría a otra persona, por mucho odio que le tuviese. No quería morir así, de esa manera tan horrible. Eliza estaba disfrutando con la cara que le ponía.

— Entiendo que no quiere eso, pero se te presentado una oportunidad. Si matas a Sasha, te libras de eso. — Lafayette no podría creer que dijera eso, ni menos delante de Sasha, pero vio en la siniestra sonrisa de la Zarina que también había sido molestada por esa enana chalada. Y se preguntaba si la hermana de Malia quería morir de verdad, al observar que reaccionaba favorablemente a esas palabras, riendo como hiena. Entonces, la pequeña Zarina le sacó la cosa que le tapaba la boca y le dijo esto:

— ¿Quieres vivir a costa de su vida, verdad? — No le contestó, intentaba por todo los medios no decir nada. Elizabeth, al ver esa cara, le seguía hablando:

— Esa chica ha sido la que te ha descubierto y ha utilizado a su hermana, y según he oído también te ha hecho otras burradas, se ha burlado de ti, te ha engañado, te ha roto el móvil, te ha robado la cartera, saboteó tu debut del día de Shelijonia. Te he hecho un montón de cosas horribles. Es normal sentir odio por ella. Puedes aprovechar este momento y vengarte, por todo lo que te ha hecho. — Quería convencerla y sabía cómo hacerlo.

Lafayette, a pesar de que seguía teniendo cerrado el pico, no paraba de recordar todas las desgracias que le hizo aquella molestosa idiota, desde el primer día que se conocieron hasta aquellos días de octubre.

— Después de haber matado a mucha gente y de librar una guerra, ¿no te atreves a matarla por salvar tu vida? — En realidad, deseaba matar a Sasha, quería hacerle pagar todo el mal que le hizo; pero no quería hacerlo por Malia.

Es más, estaba pensando en Malia, en su propio bien. Quería ayudarla y sacarla de esta jauría de locos y no deseaba hacer algo que le hiciese daño a ésta. Y esto no lo entendía, ¿por qué? Ella es una persona egoísta, entonces, ¿por qué, cada dos por tres, pensaba en aquella chica y en su bienestar?

— Yo soy Marie Luise Lafayette, y nunca me ha importa nadie, solo a mí misma. — Eso dijo ella. Intentaba borrar la imagen de Malia en su mente, porque pensaba que eso no estaba bien, que esa no era ella. Si iba a salvarse, sería a costa de otra persona. Ese era su orgullo, su propio egoísmo.

— Por eso, serás capaz de matar a Sasha Roosevelt.  — Añadió felizmente Elizabeth, quién estaba muy contenta de que le hubiera salido bien el plan. Deseaba ver cómo se mataban mutuamente dos personas que odiaba.

— Eso haré. — Eso le dijo con una sonrisa siniestra a la Zarina, intentando olvidar a Malia. Se obligaba a sí misma a destrozar la única amistad que había tenido en toda su vida y hacerle una gran herida que nunca se curara. Después de todo, ella era Lafayette, una chica horrible que no necesitaba amigos y ni debería querer tenerlos.

Entonces, Elizabeth, al oír lo que deseaba, se fue, diciendo que la cena ya había terminado y que llevaran a Lafayette al calabozo. Y Sasha se acercó a la negra para decirle algo:

— No tengo nada contra ti, general Lafayette, pero esto es por Malia. —

— ¿Qué coño dices? — Se preguntaba extrañada. No entendía por qué decía aquellas estúpidas palabras.

— Da igual el resultado, ya que, de todos modos, esto nos separara a Malia y a mí. — Su respuesta no le aclaró nada.

— ¿Qué? ¿Estás idiota? ¿Tienes mierda en el cerebro? — No podría entender lo que quería decir y por eso lo único que hacía era insultar.

— Quiero que ella vea realmente lo que soy, y si sacarte las tripas es necesario, lo haré, delante de sus propios ojos. — Dijo eso con una sonrisa de un loco, para acabar en risas. Se puso rápidamente furiosa. Sabía que Malia quería a su hermana y que no soportaría ver que su Sasha matara a alguien, delante de sus propios ojos. Se dio cuenta de la horrible persona que era esa enana y le dio rabia que tratara así a su hermanita mayor:

— ¡Hija de puta! ¡Le vas a hacer eso a tu propia hermana! — Tenía ganas de destrozarla viva e intentaba soltarse, pero no podría. Hasta cayó al suelo, de tanto mover la silla y gritar como loca.

— ¡Hey, no te alteres, a quién voy es a por ti, no ella! Aunque es cierto que ha habido veces que he querido apuñalarla, con mis propias manos. —

Eso lo dijo con toda la naturalidad del mundo, terminando con unas risitas y haciéndose pasar por adorable.

— ¡N-no puedo creérmelo! — Se puso más histérica. — ¡T-tu hermana es demasiado buena…! ¿Por qué le ha salió, como hermana, una hija de puta como tú? — Eso gritaba, mientras Sasha salía del lugar. Le daba rabia que Malia tuviese un familiar tan horrible. Una hermana que siempre le ha ayudado, que siempre le ha protegido y defendido, que siempre ha estado preocupado por ella y que intentaba hacerla mejor; ¿y qué recibe a cambio? Hacerla ver en contra de su voluntad como mataba a alguien. Y al llegar al calabozo, se pudo tranquilizar, solo un poco.

— ¿Qué me está pasando? — Eso gritó a pleno pulmón. Sentía que había algo raro en ella, desde hace tiempo y todo por culpa de una persona.

— ¡Malia! ¡Malia! ¿Por qué pienso tanto en ella? ¡Es solo una idiota que es utilizada por su propia hermana! —

No podría entenderlo, mejor dicho, no quería entenderlo. Sabía que, por primera vez en su vida, sentía algo, que le parecía totalmente nuevo y demasiado extraño. Jamás sintió eso con su abuelo, o con su madre, o por su padre biológico, con nadie; pero no quería realmente pensar qué era, sentía que eso la volvería una blandengue o entrar en un territorio desconocido que no quería descubrir.

A pesar de eso, su mente inconscientemente no la dejaba en paz, mostrándole todos aquellos ratos en los que pasó con Malia, tanto para crear un discurso, con ayuda de un tal Cicerón; como todas esas noches en que ella la buscaba, le daba comida y hablaban entre ellas. Al recordarlos, sentía una extraña nostalgia, como si esas pequeñas escenas tenían una pequeña felicidad que nunca volvería a ver. Incluso le entraron las ganas de llorar, aunque consiguió no derramar ni una sola lágrima.

Deseaba salvar su vida, ya se le pasó las ganas de morir, sin saber cómo; pero no quería matar a la hermanita de Malia, delante suya. Tampoco quería que la matase Sasha, no solo porque quería vivir, sino porque sería un shock para su hermana. Por otra parte, deseaba matarla por todo lo que le hizo, pero eso no lo quería hacer con su única amiga mirando aquella lamentable escena. Lo mejor es que no hubiera muertos ni pelea, pero era imposible, alguien tenía que morir y ella igualmente lo iba a contemplar, o incluso sería capaz de sacrificarse poniéndose entre las luchadoras.

— No sé que voy a hacer. — Eso dijo en voz alta, deseosa de que ocurriera un milagro que evitará aquella pelea.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Las Flores del Mal: Tercera parte, septuagésima sexta historia.

Tras entrar en el Zarato y andar un buen rato, Lafayette vio el momento para comenzar el plan, al ver que habían divisado dos palacios y una especie de pueblo que parecía salir de las postales de uno típico de Suiza:

— ¡Oh, qué bonito! —Exclamaba Malia, maravillada ante tal vista.

— Eso da igual. — Le replicó Lafayette, quién se introducía un poco en el bosque que rodeaba el camino. — Ahora es cuando comienza mi plan maestro. — A pesar de que sentía que era un completo fiasco, tenía todas sus esperanzas puestas en él.

Su gran plan maestro era que supuestamente se había esfumado y Malia llegaría sola. Mientras su amiga distraía a la zarina, estaría escondida y cerca, se pondría detrás de Elizabeth y de Sasha, y saldría a escena para coger a ésta última y llevársela al bosque, evitando a la vez que la mayor fuera capturada. Era tan simple que tenía serias dudas de que funcionaría, pero aún así fue lo único que se le ocurrió y lo iba a hacer.

Así es cómo llegaron al lugar de la cita, con las indicaciones de Lafayette y con ella escondida entre el arboleo, vigilando a Malia. Llegó a la entrada de las caballerizas y ésta observó, como le dijeron, a Elizabeth, a su sirviente Ranavalona y a Sasha.

Al verla de nuevo, se quedó muy perpleja, porque no parecía la misma de siempre, más bien, parecía a aquella Sasha del parvulario, con esos ojos muertos y con esa expresión triste y desamparada. Por eso mismo no pudo decir nada, ya que se quedó mirándola con toda la preocupación del mundo, preguntándose en que le había pasado para estar así; y la pequeña reina decidió hablar ella primera:

— ¡Vamos a ver…! ¿Dónde está Lafayette?  —Le preguntó eso, mientras Lafayette iba poquito a poco, tras ver que no había nadie más, saliendo de su escondite para ponerse detrás de ellas.

— Pues verás…— Le costaba mentir, pero tenía que hacerlo.  —Ella huyó, se quitó del medio. —

A pesar de que era necesario que mintiera, estaba tan poco acostumbrada que actuó fatal.

Lafayette le decía con señales que lo hiciera con más realismo, que parecía muy bien obvia la mentira; pero Malia ni la observó, estaba más pendiente en cómo decirle las palabras.

— Creo que nunca debería haber creído en ella. ¡Ahora me ha abandonado, pero aún así he venido…! ¡Para pedirle que sueltes a mi hermana! —

Con esas palabras, terminó de explicar, al ver que no se le ocurría nada más; y con la alegría de observar que Lafayette ya estaba detrás de Sasha, dispuesta a cogerla y llevársela.

— Entiendo… — Entonces, al decir eso, dio un codazo hacia atrás que le dio de lleno en el estómago de Lafayette. Elizabeth fue tan rápida que la negra no le dio tiempo a reaccionar y acabó comiendo el suelo, con una pistola y un pie en la nuca, ante la sorpresa de Ranavalona y Sasha.

— ¡Lafayette! — Eso le gritó Malia, que irracionalmente iba a acercarse; pero fue atrapada por dos chicas con trajes de sirvientas, y que Lafayette, ya que pudo observar la escena a escena, reconoció rápidamente.

Eran Cammi Cammi Zoliars y Zvezdá Krásnaya y jamás se había esperado volver a verlas, sobre todo en este lugar. Eso le dejó muy sorprendida y les quería preguntar a gritos qué estaban haciendo ahí y con muchísimas ganas de devolverles el disparo que le dieron hace unos meses. Al ver que estaban inmovilizando a Malia, poniendo unas caras que decían que lo sentían, pero que tenían que hacerlo; sentía que tenía que ir a rescatarla rápidamente.

— ¡Les debo dar un aplauso! A pesar de la mala actuación de tu amiga, me lo había creído. A decir verdad, fue por el hecho de que me esperaba que Lafayette se hubiera largado. — Eso decía una Elizabeth burlona, que tenía una sonrisa muy siniestra y quién refregada su piececito por el cabello de una Lafayette furiosa, que le soltaba sin parar tacos y amenazas a ella y a las chicas que aguantaba a Malia, quienes estaban temblando de miedo ante los gritos de la negro.

— Di todo lo que quieras, pero fin te he capturado. Estaba esperando este momento, Lafayette, para verte ir partir al más allá. — Y empezó a reír, tras decir esto. Malia, quién gritaba de desesperación, estaba pidiendo que dejaran en paz a Lafayette y a su hermana, ante una siniestra Sasha que no reaccionaba; hartó a la Zarina y les ordenó a Cammi y a Zvezdá que la durmieran con el pañuelo lleno de cloroformo.

— ¡Lo sentimos mucho! — Eso le decían con mucha pena a Malia, mientras cumplían la orden de Elizabeth.

— ¿Qué le van a hacer a Malia? ¡Zorras de mierda! ¡Dejarla en paz! ¡No le hagáis nada raro, o estáis condenadas! — Eso les gritaba a aquellos dos, que ya le habían tapado la boca y la nariz con el pañuelo.

— ¡Cállate Luisiana, que ya me duele la cabeza con tus putos gritos, o hago lo mismo contigo! — Le amenazó Elizabeth a Lafayette, y eso fueron las últimas palabras que escuchó Malia, antes de quedarse dormida por el cloroformo.

Cuando Malia se despertó, por culpa de un sueño que no podría recordar; y tras abrir los ojos, miró adormilada a su alrededor. Ella nunca vio tanto lujo, parecía como si estuviera en la habitación de una princesa. Los cientos de miles de cuadros de arte, que muchos eran escenas idílicas del campo y de la montaña; y lo complejo y hermoso que eran esas sabanas calentitas que la tapaban; la impresionaron. Tras ver la ventana y observar que estaba cayendo nieve, se dio cuenta de que tenía un pijama que le estaba grande y entonces recordó todo lo que vivió. Rápidamente, salió de la cama y se dirigió a la puerta, que no la podría abrir, ya que estaba cerrada con llave. Volvió a mirar por la habitación, pero no encontró nada que le podría ser útil para entender su situación. Solo vio que tenía un cuarto de baño para hacer sus necesidades y bañarse, y ya está. Se puso a mirar por el cristal, viendo como la nieve estaba poniendo de blanco todo el paisaje y empezó a pensar que este lugar era, en realidad, muy extraño. No se dio cuenta antes porque estaba más pendiente de salvar a su hermana, pero ahora que lo observaba, le parecía como si fuera un reino, sacado de los cuentos de hadas, un lugar atrapado en el tiempo.

— ¿Qué hago yo aquí? — Decía Malia en voz alta, tras observar la ventana un buen rato, mientras estaba preguntándose cómo estaban su hermana y Lafayette, sí esas dos estaban bien. También pensaba en aquella chica, Elizabeth; era incapaz de entender cómo una niña de su corta edad fuera capaz de todas esas cosas que había presenciado. Entonces, oyó cómo se abrió el cerrojo y alguien entró a su cuarto, era Ranavalona, que traía ropa para ella:

— ¡Buenos días, señorita Roosevelt! — Eso le decía Ranavalona, tras saludarla con su falda, y mientras ponía su ropa en la cama. — ¡Aquí está sus ropas! —

— Gracias,… ¿cómo te llamas? — Le preguntó amablemente Malia, quién intentaba disimular su tristeza y mostrarse ante aquella niña una sonrisa.

—Ranavalona. — Eso le dijo, secamente.

— ¡Qué nombre tan bonito! — Tras decir eso, Ranavalona se quedó mirándola, juntando sus manos para atreverse a preguntarle algo.

— Por cierto…— Le daba corte decirle. — M-mis compañeras y yo nos preguntamos c-cómo…— Respiró e inspiró antes de decirlo. — ¿Cómo puedes tener unas axilas sin nada de vello? —

Malia se quedó en blanco al oírlo, porque era la primera vez que le decían eso y no sabía cómo reaccionar.

— Bueno…no era yo, son mis subordinadas quienes me molestaron para decirle esto. — Estaba muerta de vergüenza. — ¡Olvídalo, por favor! —

— N-no pasa nada, ¡de verdad!  — Le decía Malia al ver cómo ella se ponía a pedirle perdón. — ¡Para olvidarnos de esto, ¿me podrías explicar qué pasa aquí?! — Malia necesitaba rápidamente entender lo que estaba ocurriendo.

— No puedo decirle nada, Mi Señora me lo ha prohibido, por el momento. Lo siento mucho. —

— ¿Esa señora es…? — Se le pasó por la cabeza que era la niña tuerta, pero no le dio tiempo, ya que le dijo la respuesta

— Elizabeth von Schaffhausen, Mi Señora y Zarina de este Zarato. — Eso la dejó tan confundida que soltó un gran “eh”. No entendía qué era un Zarato y qué era una Zarina.

— ¡Este mundo absurdo siempre tiene sorpresas! — Eso decía alguien que apareció de repente y que se puso en la puerta. Era Sasha y seguía con la misma expresión de ayer.

— ¡Sasha! — Gritó de alegría. — ¿Estás bien? — Se le acercó a abrazarla, pero fue detenida por su misma hermana, haciéndole un gesto.

— Supongo que no tienes ganas de abrazos. ¡Perdón, perdón! — Eso decía Malia, quién no quería incomodar a su hermana.

— Deberíamos dejar esta comedia, es demasiada mala. — Tanto Malia como Ranavalona se quedaron en blanco, porque no entendían por qué decía eso.

— ¿Qué quieres decir con eso? — Empezó a preocuparse, porque no mostraba ser la misma de siempre.

— Lo que acabo de decir. — Lo dijo, mirando a su hermana de una forma muy fea.

— ¿Te ha pasado algo? ¡E-estás muy rara! — Suponía que le pasó una cosa muy grave para estar así.

— En realidad, no lo estoy…porque está soy yo, la de verdad. — Y empezó a reír.

— N-no, tú siempre dices bromas crueles y no tan crueles, nunca te tomas nada en serio…— Fue interrumpida por las burlas ácidas de su propia hermana.

— ¡Te dejaste engañar! Esa Sasha no era más que una máscara ante a ti y a los demás…—

Los ojos de Malia se abrieron como platos, al escuchar esas feas y amargas palabras disfrazadas de burla, lo sintió como si fuera una revelación. Nunca se dio cuenta de cómo era su hermana realmente y eso le dolió mucho, ya que tenía que saberlo, porque era su deber como hermana.

— Hace poco que me di cuenta de algo. Lo mejor para esta familia es que se destruyese… — Parecía que lo decía con todo el desprecio del mundo.

— ¿Qué quieres decir con eso? ¡No entiendo nada! — Malia era incapaz de asimilar lo que estaba escuchado, cientos de cosas le rondaban por la cabeza, como si fuera un caos.

— Lo mejor para ti es que esta horrible parodia que tú llamas “familia”… — Dijo esa palabra haciendo pasar las manos como si fuera comillas. —… acabase de una vez. Y hay más… ¡Has fracasado, hermana! ¡Has perdido, es más, creo que estaba decidido el resultado desde el primer momento en que te hiciste esa promesa estúpida! —

— ¿Q-qué promesa? — A pesar de decir eso, sentía cómo si supiera la respuesta.

— Salvarme.  —Y con estas palabras se fue y Malia rápidamente se acordó de su promesa, aquella que era que iba a evitar que Sasha tomará el mal camino, de convertirla en una buena persona. Con esto en mente, no siguió a su hermana y Ranavalona le advirtió que no se fuera de la habitación, porque le habían ordenado que se quedara allí. Le hizo caso, pero no le dijo ni mu, solo se echó a la cama, escondiendo su cabeza entre las sabanas.

— Yo también la he visto rara, si le sirve de consuelo. — Eso le dijo, a pesar de no entender la situación de esas dos. Solo quería decir algo para calmar la atmosfera del lugar tras ver una situación tan incómoda. Malia le dijo gracias y, con estas palabras, la sirvienta se fue.

Así se quedó sola, pensando qué estaba pasando, qué quería decir su hermana con esas palabras y cómo han llegado a este punto. No podría comprobar nada y solo se sentía estar dentro de un sueño, una terrible y horrible pesadilla.

De todos modos, se dio cuenta de algo, que había estado engañada todo este tiempo en torno a su hermana, que todo lo que veía día a día solo era una fachada.

Esa actitud tan impropia de Sasha, en cierta forma, se lo revelaba y deseaba con todo el corazón que no hubiera hecho algo terrible, ya que sentía, a la vez que lo negaba, que su hermana cometió una monstruosidad, un crimen horrendo.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Las Flores del Mal: Segunda parte, septuagésima sexta historia.

Llegó la medianoche y aún Malia y Lafayette estaban sentadas en el banco, mirando al suelo. Mientras que la primera intentaba pensar qué podría hacer, a pesar de que aún estaba consternada por todo lo que vio; la otra se preguntaba cómo llegaron a esto y cómo salir viva de ésta. No podría pensar en la posibilidad de huir ahora mismo, ya que, conociendo a esa chica, mataría a Sasha y su primera amiga no podría soportarlo, ni ella. Suspiraba sin parar, incapaz de encontrar una buena solución; su mente apenas le funcionaba.

— ¡Qué mierda! — Eso exclamó, tras hartarse de pensar y pensar; para luego mirar al cielo, el cuál apenas tenía estrellas gracias a la luces de la cuidad.

— Deberías irte. — Esas palabras que dijo Malia de repente, sorprendieron a Lafayette.

— Espera, ¿qué estás diciendo? — Casi se iba a caer del banco de la sorpresa.

— Ella, por alguna razón, va a por ti. Ni pienso llevarte ante ella, eso sería aceptar un horrendo chantaje. Por eso debes irte, yo te pagaré todos los gastos. — A pesar de la poca luz que había, Lafayette podría observa como su cara estaba muy seria, que lo estaba diciendo en serio.

— ¿Y cómo vas a salvarla? Esa niña es capaz de matarla. —

— No lo sé, no lo sé. — Le empezó a salir lágrimas, ya no podría aguantar más. — Pero la salvaré. — Al terminar esas palabras, se limpió la cara y se levantó del banco.

—Ya encontraré la forma de hacerlo. Si la policía no lo hace, tendré que hacerlo yo. — Eso dijo, muy decidida.

Después de esos acontecimientos, ella llamó a la policía para explicarles lo que ocurrió, pero estos, por alguna misteriosa razón, no querían escucharla y ni querían saber nada. Lafayette supo enseguida que Elizabeth tenía algo que ver, que había hecho que los agentes de la ley no se metieran en el asunto. Y le tuvo que explicar a Malia, al ver que no dejaba de llamar, de que era imposible recurrir a ellos, que eran una panda de corruptos.

— ¡No hay más remedio! — Eso decía Lafayette, tras soltar un suspiro, mientras se levantaba. — ¡Te ayudaré! — Le puso la mano sobre su hombro, y Malia le dijo gracias con una sonrisa, haciendo que a Lafayette se le pusiera la cara roja y mirara hacia otro lado, diciendo que solo lo hacía para joder a esa niña tuerta.

Y con esto dicho, decidieron ir a casa de Malia para descansar, ya que estaban muertas de sueño y decía ella que cuando estuviesen repletas de energía ya tendrían una buena idea. Al llegar a la calle, vieron en él una columna de humo, se preguntaban qué había ocurrido. No se esperaban que fuera la casa de los Roosevelt lo que se estaba ardiendo, Malia quedó paralizada al verlo:

— ¡No puede ser! — Eso gritaba, mientras observaba como su casa estaba reducido a cenizas, con la policía precintando el lugar, mientras los vecinos cotilleaban lo que pasaba. A los bomberos les quedaban muy poco para extinguir el fuego. Malia salió corriendo hacia a los policías para preguntarle qué pasó.

— ¿Tú vivías en esa casa? ¡Menos mal, qué te has salvado de milagro! ¡Ese incendio ha sido horrible, hemos durado más de dos horas en apagarlo! —Eso le contestó uno de los policías, tras preguntar ella qué ocurrió, con toda la ansiedad del mundo.

—  ¿Y mi madre? ¿Y mi madre? — Le gritaba al policía, aterrada y con los nervios a flor de piel.

— No lo sabemos. — Le contestó eso el policía, que tuvo que dar esa respuesta porque no encontraba ninguna otra respuesta para no ponerla peor.

— ¡No puedo ser! — Cayó de rodillas, poniéndose a llorar frenéticamente. Si apenas aguantó lo que le ocurrió antes, con éste se derrumbó. Y tanto el policía como Lafayette empezaron a animarla, a decirle que tal vez ella estaba viva.

La negra estaba segura de que esto también era obra de Elizabeth, y su rabia y odio hacia ella aumentaron sin parar. Al desahogarse, después de pedirle a la otra que la llevara lejos del lugar, llevándola ésta a un parque cercano; le pidió perdón por comportarse.

— ¿Por qué dices eso? ¡Como si fuera algo malo ponerse así! — Eso le replicó Lafayette, quién no entendía porque ella pedía perdón por algo así.

— Pero me siento mal por ponerme así…— Eso decía Malia, aún con cara de tristeza. — Y eso que aún no sabemos si estaba en casa durante el incendio. — Se levantó del banco en el que estaban sentada e intentaba forzar una sonrisa, dándose ánimos a sí misma, porque pensaba que aún había esperanzas. Lafayette, a pesar de que pensaba que no debía obligarse a sí misma para subirse la moral, eso le conmovió aún más, haciendo que pusiera una pequeña sonrisa sin darse cuenta.

— ¿Y ahora qué vas a hacer? — Eso le dijo Lafayette, intentando ponerse lo más seria posible.

— ¡Iré al trabajo de mi madre! — Eso le respondió. No deseaba volver a ese antro, ni tampoco quería que Lafayette viera que su madre trabajara en una profesión detestable para ella; pero ese lugar era el último en dónde podría encontrarla. Y allí se fueron ellas, con el sol a punto de salir por oriente.

Tardaron casi dos horas en llegar a ahí, no solo por lo lejano que estaba, sino por lo cansadas que estaban. Y cuando Lafayette vio que tipo de lugar era el trabajo de su madre, se quedó boquiabierta. Era un edificio de dos tres o cuatro plantas, situado casi en las afueras de la ciudad, con un gran cartel de neón con una imagen de una mujer quitándose la ropa. Era bien fácil adivinar lo que era:

— ¿Esto no es un….prostíbulo? Tiene toda la pinta. — Le preguntaba Lafayette, mientras Malia miraba hacia otro lado, deseando que la tierra la tragase.

— Mi madre trabaja allí. — Al escucharlo, la negra gritó, no se lo podría creer, y le preguntó si era camarera o algo que no estaba relacionado con la prostitución, y ésta tuvo que decirle la verdad. No sabía qué decir, estaba bastante incómoda por saber que Malia era literalmente una hija de puta.

Le contó que su madre era del continente y, por razones que nunca le quiso relatar a su hija, vino aquí y se hizo prostituta. Y a pesar de que usaba el condón gran parte de su jornada, se había quedado embarazada unas pocas veces. De ahí salieron ella y su hermana, salvándose del destino de haber sido abortadas. Malia se salvó de milagro y ésta evitó que Sasha muriera.

Lafayette solo se quedó callada y se sintió agradecida de no haberle tocado una madre como esa, no soportaría el hecho de ser hija de una prostituta. La otra suspiró, por lo desagradable que le resultaba que su madre trabajaba en ese tipo de profesión.

— ¿Y tu padre? — Preguntó Lafayette, tras pasar las dos un buen rato en silencio. Sabía que esa pregunta le iba a ser incomoda, pero su curiosidad pudo más y le dijo eso, arrepintiéndose a los pocos segundos después de decirlo.

— Nunca lo he sabido, ni el de Sasha. Tuvo que ser algunos de los clientes que he tenido mi madre. — Lafayette se quedó callada al escuchar esas palabras, ya se dijo que era suficiente por hoy, ya era bastante desagradable la conversación.

— Ni jamás pensé en buscarlo, sería, aún más, incómodo ir a su casa y decirle si soy su hija. Y sería muchísimo peor si tuviese una familia. —

Siguió hablando Malia, que se preguntaba quién sería su padre por unos momentos. Y Lafayette, al oír todo eso, recordó cosas que no deseaba, en relación con su familia, y decidió cortar la fea conversación, diciéndole que cómo se llamaba su madre, para ir ella a preguntarlo por el antro. La iba a acompañar, pero la detuvo, porque veía en su cara que no le gustaban esos sitios.

Al volver Lafayette, le dijo que no se encontraba ahí, que se lo preguntó a todas las putas que vio; y que tenían que irse rápido. La pobre Malia estaba tan decaída que ni ganas tenía de preguntar y solo la hizo caso, sin saber que la negra le rompió la cara a los porteros del prostíbulo y por eso tenían que salir pitando.

A pesar de lo decaída y cansada que estaba, Malia se forzaba mucho en animarse para buscar a su madre por la ciudad, intentaba parecer que estaba bien. Pero la búsqueda no tenía ningún resultado, e ir a la policía para preguntar de lo del incendio tampoco, porque aún no encontraron ningún rastro que fuera de un ser humano, algo que levantaba los ánimos a Malia, pero que aún no le quitaba la tristeza en la cara. Tras salir de la comisaría, el cual entró sola porque Lafayette ni loca se metía, según sus palabras; se fueron al puesto de comida callejera más cercana.

— ¡Toma esto! — Eso le decía Lafayette a Malia, entregándole la comida que pidieron de un puesto que mezclaba comida asiática con mexicana y un refresco.

— Gracias. — Eso le dijo, tras darle una sonrisa forzada, se quedó viendo la comida, con los ánimos más bajos posible. Apenas tenía hambre, pero se obligada poco a poco a comerlo para no poder desfallecer, ya que llevaba desde el mediodía de ayer sin comer nada.

— ¡Oye, tú! ¡Si no quieres comer, pues no lo hagas! — Eso le decía Lafayette, que le ponía mal verla así, tanto que le quitaban las ganas de comer.

— Perdón. — Eso fue lo único que dijo, mientras pensaba sin parar en todo lo que había ocurrido desde ayer. Se preguntaba qué había ocurrido, cómo llegaron las cosas a este punto, por qué su hermana se estaba comportando tan extraña y por qué fue secuestrada por su propia amiga; y por qué ésta quería a Lafayette, dónde se encuentra su madre y más preguntas. Todo esto le parecía un sinsentido, no encontraba ni pies ni cabeza.

Lafayette en vez de pensar en lo que había ocurriendo, pensaba algún buen plan para rescatar a la fastidiosa de Sasha, evitando que fuera atrapada por Elizabeth. Tras forzar mucho su cerebro, se le puso ocurrir algo:

— ¡Ya tengo un plan para sacar a tu hermana de ese apuro! — Eso le dijo a Malia, tras venirle un plan, que fue una completa revelación. Y la otra se quedó en blanco unos segundos, antes de acordarse de que tenían que salvar a Sasha.

— ¿Estás segura de que funcionará? — Eso le preguntó Malia a Lafayette, quién tenía dudas de que podría salir bien su plan. Ya estaban en el lugar más inhóspito de la cuidad, una pequeña calle hecho de piedras, que se salía de la urbanización para meterse en un bosque, cuyo final era una gran puerta, situado en el muro que separa la cuidad del Zarato.

— Más le vale, o si no estaremos pérdidas.  — Le respondió Lafayette, mirando por todas partes y divisando que alguien estaba delante de la puerta, le molestó que estuviera ahí. Aquel, al verlas, no dijo nada, sacó de su bolsillos fotos para revisarlas y después observarlas a ellas. Era bien obvio que alguien les tomó una fotografía sin permiso.

— Ah, vale. Sois de las fotos.  — Eso dijo en ruso y entonces gritó hacia al otro lado de la puerta, y empezaron a abrirla.

— ¡Es un soplo de aire nuevo ver a gente nueva pasando por aquí! — Eso decía el hombre, mientras ellas entraban con la cara extrañada. Una apenas comprendió lo que dijo y la otra no pudo entenderlo. Así es como entraron, con plan en mano, al Zarato, dispuestas a salvar a Sasha.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Las Flores del mal: Primera parte, septuagésima sexta historia.

Pasaron días desde que Lafayette había aparecido en su casa, y desde entonces decidió buscarla. Malia sabía que ella no se fue de la cuidad, no sabía el porqué, pero lo creía. En sus tiempos libres, buscaba lugares abandonados que podrían servir como un refugio y preguntaba si habían visto a una chica afroamericana en ellos. A veces le respondían que sí, pero que se fue. No se cansaba de esta búsqueda que parecía inútil hasta que un buen día, con el sol cayendo en el atardecer, la encontró en el hospital abandonado. La vio en la sala de urgencias, sentada en una silla y al lado suya, una soga sostenida con una tubería del techo y preparada para ahorcar a alguien. Con la vana esperanza de lo que estaba observando no fuera cierto, intentó llenarse de valentía para preguntarle si quería suicidarse,  pero no le dio tiempo, porque la otra habló antes:

— Si lo que me quieres preguntar es que si me iba a suicidar, pues ese era el plan, pero al final ni tengo las ganas. —

Eso decía mirando al suelo, en una posición reflexiva. Quería matarse, pero no tenía el valor suficiente para hacerlo. Malia se quedó incapacitada para decir algo, no se le ocurría nada; y Lafayette le seguía hablando:

— Si me has encontrado es porque te he dejado, nada más. Y no sé el porqué. — Tras decirle eso, dio un gran suspiro, y vio como Malia sacaba de una mochila, que llevaba puesta en su espalda, un dulce.

— ¿Quieres? — Eso le preguntó Malia, mostrándoselo, y Lafayette se lo cogió sin pensar, estaba muerta de hambre y comía con tanta rapidez que casi se iba a ahogar.

— Deberías comer con más tranquilidad, tienes que disfrutar del sabor. — Comentó Malia amablemente, mientras la observaba.

Eso rompió la frialdad con la cual habían empezado la conversación y a partir de ahí es cuando se volvió agradable y cálida. Empezaron a charlar tranquilamente y cuando se dieron cuenta, ya había pasado una hora.

— Debería volver, ya es muy tarde. — Eso decía, al recordar todo que tenía que hacer. — ¿Quieres venir a mi casa? — Luego, le preguntó a Lafayette, esperando que dijera que sí.

— No. — Malia no quiso presionarla, aunque le parecía intolerable dejarla en este lugar, que ella no tuviera un hogar en dónde poder refugiarse. Y cuando estaba a punto de irse, Lafayette le dijo algo:

— ¡Espera! — Le gritó y Malia giró su cabeza hacia la negra: — T-tal vez…—Le daba vergüenza decirlo. — Tal vez t-tú podrías v-visitarme de v-vez en cuando. — Esto no era propio de ella. — N-no es porque necesite compañía ni nada parecido, solamente me aburró y necesito tener a alguien con quién hablar. — Suspiró cuando vio que pudo terminar aquella frase y quería morirse de vergüenza, no quería demostrar que quería estar con alguien con quién poder charlar, que necesitaba tener a una persona a su lado.

— ¡Te lo prometo! — Eso le dijo Malia con una gran y radiante sonrisa, la cual hizo que Lafayette mirara hacia al otro lado, muy roja.

Y con esto dicho se fue y desde entonces Malia visitaba a Lafayette cada dos o tres días, trayéndole comida y ropa limpia, e intentando que, por lo menos, se fuera a su casa, pero ésta la negaba siempre. De todos modos, la negra empezó a disfrutar de las conversaciones, por primera vez en su vida:

— ¿Ya has pensando, por lo menos si deseas, volver a casa? — Esto le decía un buen día, mientras le sacaba la comida que le había preparado. Ya era de noche, aunque eso le importaba poco a Malia, ya que su hermana estaba durmiendo y su madre se quedó dormida en el sofá, faltando su trabajo. Estaban en mitad de un parque, cerca de la frontera.

— Sería el último lugar a dónde ir, ni siquiera es mi hogar. — Se lo dijo de una forma muy desagradable, antes de ponerse a devorar la comida.

— Tal vez debería entender tu situación… — Comentó Malia, mientras juntaba su mano delante del pecho. — Tal vez, podría ayudar. — Lafayette, dejó de comer por un momento al escuchar eso.

— ¿Por qué quieres ayudar? —

Le preguntó seriamente, sabía que esa era su intención, pero se preguntaba por qué era la razón. Creía firmemente que nadie deseaba ayudarla, después de todas las perrerías que hizo. Lo único que deseaban los demás de ella era que muriera de una puñetera vez. Por eso, no podría entender el hecho de que Malia le había ayudado y quería seguir ayudándola.

— Sabes, hay personas que al ver la cantidad de maldad que existe en este mundo se preguntan sinceramente por qué pasan estas cosas. Si tenemos un Dios tan bueno y misericordioso como dicen, si existe; cuál es la razón para tener que sufrir y de que exista el mal. Muchos llegan a la conclusión de que es puro cuento y dejan de creer en él. Pues a mí me paso al revés. —

Lafayette le quiso decir que no quería oír un discurso sobre Dios, pero le dio, por primera vez, corte cortarla por la mitad y siguió escuchando. No entendía muy bien que tenía que ver el Altísimo con querer ayudarla:

— Yo necesitaba una explicación, y la encontré. Dios tuvo la libertad de crear este mundo, es decir, pudo no haberlo creado, y cuando él creó al hombre, con su inteligencia y todo eso, creo el mal y el bien. Él es un ser omnipotente, pero ni él mismo puede escapar de las mismas consecuencias de sus actos, y por eso no podrá erradicar el mal. — Y Malia se sentó.

— Si lo piensas así, pues vale. — Eso decía Lafayette solo por decir, quién se ponía cómoda en el asiento, mientras la escuchaba.

— Eso podría ser pesimista, pero nos dio la libertad de elegir el buen camino y el malo, y de poder cambiar a tiempo. Yo, desde siempre, he querido ayudar a los demás, pero especialmente a aquellos que han hecho mal y hacerlas ver el camino correcto. —

Lafayette notaba la gran sinceridad que brotaba de sus palabras y decidió callarse para no decir nada feo ni rudo, hasta que terminara. Malia, tras terminar, se acordó de su hermana Sasha y de su promesa, de que iba a evitar que se convirtiera en un criminal y de hacerla una buena ciudadana; y al recordar que sus esfuerzos parecían inútiles se entristeció.

— ¿Qué te pasa? — Le preguntó Lafayette, al ver cómo su cara se volvió de pronto triste.

— Nada, solo estaba recordando a alguien. — Eso le respondió Malia, olvidándose de eso; para decirle a continuación esto: — De todos modos, deseo ayudarte a que puedas avanzar, ¿no vas a esconderte toda la vida, verdad? —

— Psé, pues claro que no, cuando tenga el valor me quitaré la vida. —

— ¿Aún sigues con esas cosas? — A Malia le aterraba aún que deseaba matarse. — Aún puedes cambiar, si mejoras como persona, tal vez todo en tu vida puede cambiar. —

— Es demasiado tarde, ya estoy hundida en lo más mierda, no tengo nada que ver con este sitio.  — Le dijo eso Lafayette. Ella sabía más que nadie que ya no tiene remedio, hacía tiempo que no lo tenía. Estaba acabada.

— ¿Alguna vez has tenido una amiga? — Entonces, Malia le preguntó esto de repente. No entendía qué tenía relación eso con lo que querer suicidarse.

— ¿Yo…?— Pensaba mentirla, pero le dijo la verdad. —No, no tengo a… Nadie.  —

No quería dar lástima y no quería ver que ella se apiadará de ella, pero en vez de eso, vio que le estaba dando la mano, con una sonrisa.

— ¿Qué estás haciendo…? —Le preguntó.

— Ser tu amiga, si no tienes una, yo me ofrezco voluntaria. — La sonrisa de Malia mientras le daba la mano cautivó a Lafayette, quién no sabía si estrechárselo o no, ya que le daba vergüenza el solo hecho de hacerlo, de que supiera de que le gustaría tener una amiga. Esa no era ella, su papel era ser una perra sin amigos, odiaba por todos, que ha fracasado en su cometida de huir de su mundo y obtener lo máximo en el otro; pero se dio cuenta de que quería desesperadamente tener a alguien con quién hablar, con poder entenderse y otras más cosas que solo podrían hacer las amigas.

Al final, poco a poco, ésta acercó su mano hacía la suya y cuando iba a tocarla, entonces ocurrió algo inesperado. Un montón de luces aparecieron delante de esas chicas, iluminándolas, y éstas se quedaron boquiabiertas, sin saber qué estaba pasando exactamente. Entonces, una figura se puso delante de las luces para hablarles.

— Te tengo que dar las gracias, seguirte nos ha ayudado para encontrar a Marie Luise Lafayette. —

Tanto una como la otra, gritaron sorprendidas. Conocían perfectamente a esa niña y eso las dejó con la boca abierta. Lafayette gritó su nombre y Malia dijo que era la chica de la Nochebuena, y entonces se preguntaron la una a la otra, con mucho asomo, qué si la conocía:

— Es a mí quién debería dar las gracias, tuerta. —

Eso lo dijo otra persona más que apareció en escena, y que tanto Malia y Lafayette reconocieron rápidamente, gritaron el nombre de Sasha. Pero por su tono de voz la notaban distinta, no había nada de burla acida en ella; sino, más bien, una distinta. No parecía la misma de siempre.

— ¡Cállate, por favor! — Eso le replicó con tono muy malhumorada, ya que le molesto que le dijera tuerta.

Lafayette no sabía qué estaba pasando, salvo que estaba jodida, de verdad; ya le había pillado la maldita Zarina y sentía no iba a pasar nada, ni para ella ni Malia. La hermana de Sasha estaba peor, no entendía en qué tipo de situación se habían metido y se preguntaba desesperadamente qué estaba ocurriendo.

— ¿Qué mierda está pasando? — Eso gritó Lafayette. Malia la regañó por decir palabrotas. Luego, Elizabeth respondió:

— No tienes derecho de exigir nada. — Eso le decía a Lafayette, mientras preparaba su pistola, aunque, esas dos no veían claramente que estaba haciendo. — ¡Ahora, entrégate! —

— ¿En serio, tú crees que me voy a entregarte así como así? — Le habló burdamente Lafayette. No se iba a entregar por las buenas, ni por las malas, antes muerta que ser capturada. Por eso, empezó a mirar discretamente por todas partes, buscando una salida:

— Ya sabía esa respuesta, pero no quería hacer un alboroto… — Mientras Elizabeth decía eso, Malia se puso delante de Lafayette, con los brazos extendidos.

— ¡Vamos, Lafayette, corre! — Le gritaba Malia. No entendía nada, pero supo que ella estaba en peligro y decidió evitar que la capturasen. A pesar de lo decidida que estaba, temblaba un poquito por el temor de que le podría pasar algo malo.

— ¿Estás idiota?  —Le gritó eso. No podría creer lo que estaba haciendo ella.

— Me sorprende que estés protegiendo a Lafayette. — Eso dijo Elizabeth a Malia. No solo se sorprendía, sino que le hacía gracia que esa chica defendiera a tal perra.

— ¡Si tus intenciones son malas, entonces no te voy a dejar que vayas a por ella! — Eso le dijo, avisándola, y realmente decidida a evitar que fueran a por Lafayette. Ya había dejado de temblar.

Elizabeth, al escuchar esto, se mordió la uña de los nervios. Quería hacer evitar en todo lo posible hacer un espectáculo. Su plan originalmente era esperar a que Malia la dejara sola, e intentar rodear el lugar con coches de una organización que ella manejaba por el parque sin que nadie se diese cuenta. Pero la estúpida de Sasha le arruinó el plan, obligando a todos encender las luces antes de tiempo, pero aún así pensaba que podrían irse de allí antes de que los vecinos se enterasen. Ahora que esa chica estaba dispuesta a entretener a los demás para que Lafayette escapara, tenía que hacer otra cosa, y rápido. Si la mataban o la dejaban herida, podrían provocar algunas molestias que no deseaba. Y pensando y pensando, tuvo una idea bastante irracional, pero creía que podría funcionar. Por eso, decidió hacer su plan desesperado y cogió a Sasha, y la apuntó con la pistola.

— ¡Esto no venía lo que acordamos! — Le gritaba una anormal Sasha, que no le soltó ningún chiste ni burla.

— ¡Sasha! — Gritó Malia, quién salió corriendo a salvar su hermana, y fue detenida, cuando Eliza le dijo que no diera un paso más, con la arma mirando hacia ella.

— ¿Estás loca? — Le gritó Lafayette, a pesar de que pensaba que ella haría lo mismo o peor si estuviera en su lugar.

— ¡Un día! ¡Solo daré un día y la idiota ésta morirá! ¡Si no me entregas a Lafayette, mañana, morirá a esta hora, en mi palacio, en la entrada de las caballerizas! ¿Entendido? — Esto decía mientras iba hacia atrás con su rehén.

— ¿Por qué lo estás haciendo? ¿Por qué le haces eso a tu propia amiga? — Le gritaba eso, incapaz de entender lo que estaba pasando. Solo quería que fuera un sueño más, que su hermana no estuviera secuestrada.

— Nunca hemos sido amigas, aunque ahora hemos sido aliadas…— Dijo esto, después de meterse en el coche. Y de repente, todas esas luces, que eran de los coches, se movieron y se alejaron de ellas, pero Malia no corrió, se cayó de rodillas al suelo, intentando asimilar lo que había vivido.

En menos de unos minutos, había aparecido una chica que conoció en Nochebuena con su hermana para pedir que Lafayette se entregara, y sin saber ella cómo, todo acabó con su hermana siendo secuestrada, de alguna manera por la misma chica. La negra le parecía que había entrado en shock y a punto de llorar. Verla así la hizo trizas corazón y unas ganas de locas de matar a Elizabeth, más que nunca. Al sentir esto, no se podría explicar cómo estaba teniendo esos sentimientos por otra persona, cuando nunca le importó nadie y se preguntó qué le estaba pasando.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Septuagésima_sexta_historia

Las Flores del Mal: El preludio, septuagésima sexta historia.

 

Malia abrió la nevera para ver que había y se la encontraba vacía. La cerró y miró el reloj de pared y no se dio cuenta de que literalmente se estaba derritiendo. De lo que si se daba cuenta era la atmósfera siniestra que la rodeaba, pero decidió ignorarlo. Entró al cuarto de baño sin saber el motivo para hacerlo y se miró al espejo, tampoco se dio cuenta del hecho de que salía sangre de él y estaba cubriendo toda la superficie. Se arregló para salir y se dirigió hacia al salón para decirle a su hermana Sasha y a su madre que se iba a comprar.

— ¡Me voy a comprar, no hagan nada malo! — Eso les dijo, pero no se daba cuenta de algo. Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había pasado y se quedó en stock, incapaz de gritar.

En el sofá estaba el cuerpo desfigurado de su madre, con cara de terror, mientras la sangre no paraba de salir de ella inundando todo el salón. Y delante de ella, estaba Sasha a espaldas, sosteniendo un cuchillo en cada mano y riendo sin parar:

— ¿Q-qué has hecho, S-sasha?  — Tartamudeó su hermana, que estaba muy sobrecogida ante tal horrible escena, temblando como un flan.

— Solo estábamos jugando. — Al responder eso de forma burlona, giró hacía ella, mostrándole una sonrisa realmente siniestra, haciendo retroceder a su hermana unos pasos.

— ¡Hermana, vamos a jugar! — Le decía eso mientras se acercaba a Malia, y ésta descubría horrorizada que la puerta se convirtió en una pared y que era incapaz de mover sus brazos y piernas.

— ¡N-no lo hagas, por favor! — Le suplicaba Malia, intentando evitar lo que su hermana quería hacer con ella.

— ¡Si va a ser muy divertido! — Al decir esto, levantó el cuchillo hacia Malia, y ésta no tuvo tiempo para decirle algo, porque le metió el arma en lo más fondo del pecho, justo en el corazón.

Por suerte, todo esto era solo una pesadilla y Malia despertó. Lo primero que hizo fue palpar su cuerpo en busca de una herida y al no tenerlo se alivió mucho. Lo segundo, fue que esperó tranquilizarse, ya que su corazón estaba bombeando sin parar y estaba llena de un sudor frío. A continuación, empezó a asimilar a aquella terrible pesadilla, pidiéndole gracias al cielo de que solo se tratase de un horrible sueño.

Sentía increíbles ganas de ir a la habitación de Sasha y comprobar si estaba bien, pero unos ruidos la sorprendieron y que procedían de la ventana. Se dio cuenta de que alguien le estaba tirando piedras a su ventana, y se estaba tapando su rostro con una capucha de una sudadera que le parecía mona. A pesar de lo sospechoso que se veía, decidió salir a la calle, sin quitarse el pijama, y ver quién era.

— Buenas noches, ¿qué quieres? — Eso le preguntó a aquella persona, tras abrir la puerta de la casa.

— Q-quiero comida. — Tras decir eso, cayó al suelo, ya que sus piernas apenas tenían fuerza; y Malia se acercó a ayudar, al ver que intentaba levantarse.

— ¿Estás bien? — Le preguntaba con toda la preocupación del mundo, mientras la levantaba del suelo. Al bajarle la capucha, se dio cuenta de que esa persona la conocía.

— ¿L-lafayette? — Gritó sorprendida y ella le dijo que se callara y la metiera en la casa.

Malia estaba muy sorprendida, ya que sabía que ella llevaba meses desaparecida, e incluso muchos le daban por muerto. Nunca se podría imaginar que aparecería en su casa pidiendo comida. Quería conocer que le había pasado, pero no quería ser una cotilla; y decidió hacerle huevo frito y hamburguesas para llenarla de energías.

— ¡Espero que esto pueda saciar tu apetito! — Eso le dijo tras terminarlo y ponérselo en la mesa.

Lafayette rápidamente empezó a comer como si fuera un animal y casi se iba ahogar, haciendo que Malia le diese palmadas en la espalda y agua.

Y mientras ésta se recuperaba, Malia observó como su pelo le llegaba hasta los hombros y estaba hecho un asco. También su piel, que parecía haber sido destrozada por la sarna y estaba adornada por cientos de cicatrices. Eso la dejó pensando qué cosas tan horribles le había ocurrido, antes de darse cuenta de que olía fatal:

— ¡Necesitas un baño! — Le dijo eso y a Lafayette eso le sintió fatal, y le quería decir unas cuantas cosas, ninguna bonita; pero le faltaron las fuerzas para replicarla. Tampoco las tuvo para que no la obligara ir al cuarto de baño a bañarla.

— ¿Q-qué haces? — Le decía Lafayette, mientras Malia le quitaba la ropa, que estaba sucia y bastante destrozada. — ¡No soy una niña! — Le gritaba.

— ¿Tienes fuerzas para poder lavarte en condiciones? — Le preguntaba  Malia, tras recoger la ropa que le quitó, para llevarla a la lavadora; y a la vez pensando en buscar nueva ropa para Lafayette. Horrorizada, se dio cuenta de que estaba esquelética.

— P-pues claro que sí, me puedo bañar solita. — Le replicaba mientras abría el grifo de la ducha, dando un pequeño grito por lo fría que salía el agua. Molesta al principio por tener que bañarse, recordó entonces lo bien que se sentía el agua caliente, y quería quedarse ahí un buen rato. Creía que se había olvidado de cómo enjabonarse o lavarse el pelo, pero lo hacía como siempre lo había hecho. A mitad de su ducha entró Malia, quién le traía la ropa limpia.

— ¿Q-que te ha pasado para haber terminado así? — En vez de irse de ahí, se quedó en el cuarto de baño a hablar con Lafayette, quería saber que le había pasado y ayudarla. No le contestó.

— Han estado buscándote desde hace meses. Tu familia debe estar muy triste por tu desaparición.  — Añadió Malia, al ver que no le contestó; y a Lafayette casi le dio risa esas palabras.

— Seguro que no.  — Le replicó secamente.

— Muchas veces nosotros creemos que los demás no nos quieres, cuando no es verdad. — Malia creía absolutamente que había gente que la quería, a pesar de lo mala que pudo haber sido ella.

— Y aunque fuera cierto, lo mejor es que yo siguiese desaparecida, o mejor…— Se calló por un segundo. —…muerta. — Después de todo, había perdido su oportunidad de triunfar en la vida, volviendo al mundo que odia con fuerza, el suyo. Pensaba tal vez que debería morir.

— ¡No digas eso! — Le gritó, impactada por esas palabras.

Lafayette se quedó mirándola. Se decía que ella no sabía absolutamente nada. Buscó un tesoro para conseguir que su riqueza le llevara lejos de ahí, pero al final terminó en un reino atrapado en el pasado. Pensaba que le habían ofrecido una oportunidad y al final fue solo una ilusión que casi la iba a devorar.

Con ganas de vivir, volvió a Springfield y se sentía tonta, al ver que había vuelto al mismo punto de partida, quedándose sin fuerzas para seguir sobreviviendo. Deseaba morir, pero contradictoriamente no quería. Esa mirada tan seria que puso hizo que Malia le hiciese esta pregunta:

— ¿Qué cosa has hecho para que quieras desaparecer? — Malia se sentía mal, no solo por hacerle esa pregunta, sino porque estaba pensando mal de ella. Algo gordo le tuvo que ocurrir para querer desaparecer de todos. Lafayette se quedó callada, no quería contarle nada, que a ella todo eso le debería importar una mierda. Malia, al ver eso, decidió atreverse aún más.

— S-si has cometido algo horrible, creo que aún estás a tiempo de aceptar tu responsabilidad y entregarte a las autoridades. — No lo quería decir, pero tenía que hacerlo, o eso creía ella que esa era su obligación. Se sintió mal, porque tal vez la estaba acusando de cosas muy graves sin tener ninguna prueba. Lafayette le dio eso un poco de risa, porque había cometidos monstruosidades, pero un lugar en el que apenas llegaban las leyes.

— ¿Has llamado a la policía? — Le preguntó Lafayette.

— Aún no, pero lo haré. Si has hecho un crimen o no, tu familia debe saber que sigues viva. — Le dijo Malia muy seria.

Entonces, Lafayette terminó de ducharse, se limpió toscamente con la toalla y empezaba a ponerse su ropa mientras le decía a Malia:

— Pues hazlo, pero yo me iré de aquí. — Le dijo de una forma vacilante a Malia.

— No estás en condiciones de andar, deberías dormir. — Le decía Malia, mientras ella salía del baño con la ropa puesta.

— Pero entonces, llegará la plasma. — Concluyó la negra.

Lafayette bajó al segundo piso, dirigiéndose hacia la puerta a la calle. No quería ser encontrada con la policía, ni menos con su supuesta familia, y creía con gran seguridad que si la pillaran, la Zarina la encontraría y la mataría. Esa era su razón de vivir, seguir escondida como una rata para no ser encontrada por una reina que le deseaba cortar la cabeza con sus propias manos. Se decía a sí misma que esa razón de vivir era un asco y tal vez debería matarse o algo parecido, ya que toda su vida era un montón de basura.

— ¡E-espera! — Le gritó Malia, quién la siguió hasta la puerta de la calle, para convencerla de que esperase a la policía, de que todos se diesen cuentan de que Lafayette seguía viva.

— ¡Por favor! ¡Piensa en tus seres queridos! — Le gritó eso. Ésta, al tener solo recuerdos amargos y odiosos de todos, se reía, se decía a sí misma que no tenía ninguno, nadie tenía una pizca de amor para ella. Entonces, giró hacia Malia y le dijo esto:

— ¡No seas estúpida! Si quieres, llama a la policía, diles que he estado aquí, dales pruebas, inventarte teorías idiotas, pero yo no me quedo. ¡Así que, adiós! — Y con esto, se iba a ir de una vez, pero Malia decidió preguntar algo más.

— ¿Y por qué has aparecido por aquí? ¿Por qué me has buscado? —

Eso se preguntaba Malia, si Lafayette no quería aparecer, entonces porque le había llamado a ella, no lo entendía. Apenas se habían visto unas pocas veces y no sabían casi nada de la otra. Sabía que había desaparecido solo por las noticias y los cárteles de búsqueda. La negra le iba a decir que eso era porque sabía que era la única persona que le podría pedir comida, porque estaba sin fuerzas, pero decidió no decirle eso.

— ¡Y yo qué sé! —  Solo le respondió esto y Malia la dejó marchar, para sorpresa de Lafayette, que creía que no iba a parar de insistir.

Después de verla partir, Malia entró en la casa y se fue a la cocina para llamar a la policía. Pero, al final, no lo hizo.

— Tal vez, si le dejó tiempo, ella sea capaz de arrepentirse de lo que ha hecho e ir a la policía. —

Esa fue su conclusión después de dudar durante un buen rato, con el teléfono en las manos, con llamarlos o no, mientras observaba  al reloj de pared de la cocina para saber qué hora era. Sabía que eso no estaba bien, pero quería dejar que fuera ella quién se entregase voluntariamente.

Volvió a la cama, pensando si podría ayudar algo más con todo este asunto; después de observar a su hermana que estaba durmiendo plácidamente en su cama. Ese terrible sueño que tuvo y que no dejaba de recordar era quizás lo que menos deseaba ella en este mundo, el objetivo por el cual luchaba cada día, que Sasha no se convirtiera en un monstruo. Rezó fuertemente para que aquel escenario no se volviera realidad:

— ¡Qué tengas lindos sueños! — Soltó en voz baja estas palabras a su hermana, antes de irse. Al abandonar la habitación, Sasha levantó los ojos, se había pasado todo el rato haciéndose la dormida y lo había escuchado todo.

FIN DEL PRELUDIO

 

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