Sexagésima_historia

Campamento Sumovov, sexagésima historia: Última parte (La Reconciliación)

La noche veraniega estaba refrescando un poco, cuando la pequeña Diana se reencontró con su amiga Natáshenka en lo más profundo del bosque que ocupa el campamento. Ella estaba nerviosa y alterada y que, tras esperar impacientemente, le dijo esto:

— ¡M-mañana es el último! ¿Qué hacemos ahora? — Le gritaba a su amiga esperando una respuesta.

— ¡No te preocupes, es ahí cuando es la megor palte! —Le replicó toda ilusionada Diana.

— ¿En serio?  —Tenía dudas de lo que podría ocurrir.

Descublen que tú eles la mala, y ella te dice por qué y tú contestas que pasa más tempo con eso que con ella, sale colliendo, llolando, y te seguila, y luego ella lecapacita y te dice que tendla tiempo para ti.

Le explicaba Diana su plan, quién era realmente el cerebro, mientras escarbaba en la tierra, buscando algo a los pies de un árbol. Sonrió cuando lo encontró y lo sacó de ahí. Era un medallón que llevaba la imagen de San Francisco de Asís, la misma que habían robado hace días atrás.

— Pero tengo miedo de que ella me odie y no me perdone. — Eso decía mientras se imaginaba a su hermana, Ekaterina Sumovov, diciéndole cosas horribles y abandonarla.

— Confía en Dana, esto une a las familias, que he visto eso en la tele. —

Diana estaba muy segura de sí misma, porque, después de todo, para ella la televisión nunca mentía y que, para recuperar el amor de una hermana, lo mejor es atraer su atención con cosas feas para luego un final en el que se reconcilian. Creía al cien por cien que su plan iba a funcionar, que empezó el primer día, cuando vio a Natáshenka, alejada de los demás:

— ¿Pol qué estás ahí? — A diferencia de las demás, Diana al ver aquella chica sola le dio mucha pena y decidió acercarse y hacerle compañía.

— Porque quiero. — Eso le dijo de una forma muy desagradable, deseando que se alejará de ella.

— ¿De veldad? — Ella no creía que las niñas les gustaban estar solas.

— Prefiero estar aquí sola que con las que roban a mi hermana. — Eso le decía mientras le entraba ganas de llorar.

— ¿Las helmanas se pueden loban? — Diana no entendía cómo se podría robar una persona.

Lo que le pasaba a aquella niña es que se sentía abandonada por parte de su hermana. Ekaterina estaba siempre junto a Natáshenka, cuidándola y jugando con ella hasta que creó la hermandad. Ella, mientras tenía gran parte de su tiempo haciendo obras benéficas, la otra veía como esas cosas le impedía estar con su querida hermana. Eso la hacía sentirse sola, ya que tenía pocos amigos y cuando intentaba atraer su atención, le decía que no tenía tiempo. Se unió al campamento para ver si podría tener algo de tiempo juntas, pero ni eso. Por eso estaba triste y estaba enfadada por todos, creyendo que ellos tenían la culpa. Algo parecido le explicó ella, cuando veía que no la dejaba en paz y entonces Diana, decidió actuar:

Yo te ayudalé. — Eso le decía Diana mientras le daba la mano. — ¡Yo sé cómo hacel que tu helmana te vuelva a quelel!-

Y con esto dicho, ella empezó a maquinar algo. Cuando se enteró de que Ekaterina tenía un colgante, que simbolizaba la decisión que le ayudó a crear la hermandad; a Diana se le ocurrió la idea de robarlo y de montar un drama digno de ser sacado por televisión. Ahora solo faltaba mostrarle a su hermana que quién la robó fue Natáshenka y que ésta se fuera corriendo al arroyo. Luego, con la amenaza de tirarlo al agua, sacarían el amor que llevaba por ella.

Mientras ellas estaban dudando si volver con eso escondido entre los bolsillos o dejarlo ahí, Malan y Josefina estaban detrás de un árbol cercano, espiándolas:

— ¿Por qué? ¿Qué le ha hecho esa niña a Diana? —

Josefina no se lo podría creer, que su dulce e inocente Diana fuera una ladrona, casi se iba a poner a llorar. Intentó echarle la culpa a la otra chica, a pesar de que ésta hablaba como si fuera la mente criminal.

— ¡Ella no es así, jamás haría algo así! — Y lo peor de todo es que no paraba de repetirlo, como si fuera un disco rayado. Parecía que la pobre estaba totalmente traumada por tal horrible hallazgo.

Por su parte, Martha Malan intentaba escuchar la conversación que estaban teniendo las niñas pequeñas, pero Josefina no le ayudaba mucho, quién no paraba de expresar con lamentos su profunda decepción, y eso que no le paraba de pedir que se callara. Aún así, tampoco se esperaba que Diana fuera la mente maestra del robo, ni mucho menos que podría hacer algo tan rastrero, a pesar de sus buenas intenciones y de su corta edad.

— La televisión es demasiado perjudicial para esta niña…— Añadió algo horrorizada.

Pero ellas no eran las únicas que estaban espiando, detrás suya estaba Khieu, también escondida detrás de un árbol, preguntándose qué estaban viendo esas chicas, ya que apenas podría ver lo que observaban por la oscuridad y la vegetación. Y estaba tan absorta en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que dos personas más aparecieron:

— ¿Qué están haciendo? — Y una de ellas preguntó.

Entonces Khieu dio un chillido antes de girar la cabeza hacia atrás. Al hacerlo, vio muy sorprendida a Noemí, la hermana de Josefina, y aunque no lo creía, a la hermana mayor, Ekaterina Sumovov.

— ¿Qué hacen aquí? — Les preguntó, aún sin salir de su asombro.

— La hermana Girasol me despertó diciéndome que había visto a mi hermana salir misteriosamente de los dormitorios. — Después de todo, la hermana de Josefina era una de las encargadas del grupo en dónde estaba Natáshenka.

— ¿Qué hace ahí Josefina? —Eso se preguntaba Noemí al darse cuenta de que su hermana y su amiga estaban espiando detrás de un árbol.

— Eso es lo que intentó averiguar. — Le respondió  Khieu, mientras Ekaterina empezó a dirigirse hacia ellas.

Esas dos inconscientemente le preguntaron nerviosamente qué iba a hacer, ya que quería seguir espiando. Y ella se lo dejó bien claro dignamente:

-¡Quiero saber que está pasando!- No dijeron nada más.

Y al acercarse a Malan y a Josefina, vio entonces la escena, de cómo su hermana y una chica que no conocía estaban hablando mientras tenían el colgante tan importante que le habían robado.

— ¡No puede ser…! — Murmulló boquiabierta, al ser incapaz de asimilar que su hermana y decidió aparecer en escena y pedirle explicaciones.

Caminó dignamente hacia esas dos, pasando delante de Malan y Josefina, siendo estas sorprendidas por su súbdita aparición. Y les gritó como si fuera una madre a punto de regañar:

— ¿Me puedes explicar qué es todo esto? — Natáshenka quedo aterrada y paralizada, al ver que su hermana apareció ante ellas exigiéndoles una explicación y Diana, por el contrario, dijo esto:

— ¡Demasiado plonto! — Y con esto dicho, agarró a su amiga de las manos y salieron corriendo a hacer la próxima fase de su plan.

— ¡No corran! — Les gritaba Ekaterina, quién salió detrás de ellas.

Malan salió pitando igualmente, Khieu y Noemí, también. Josefa se quedó en blanco al intentar comprender de dónde salió la hermana mayor, y se quedó más aturdida de lo que estaba al ver que su pariente y la satánica aparecieron también. Tuvo que olvidarse de eso, al darse cuenta que se estaba quedando atrás y tenía que correr para saber que estaba ocurriendo, porque no entendía nada de nada.

Cuando llegó ella, Diana y Natáshenka estaban delante de un pequeño arroyo, con ésta última amenazando con tirar el colgante a aquellas aguas, mientras Ekaterina, Noemí, Khieu y Malan estaban delante de ellas, sin comprender ninguna lo que querían hacer esas niñas.

— ¿Qué está pasando? — Les gritó Josefa cuando llegó.

— Eso nos gustaría saber. — Eso le contestó Khieu. Entonces, Diana le dio un codazo a su amiga, para decirle que ya era la hora de su función.

— ¿Me quieres, Ekaterina? — Eso le gritó Natáshenka a su hermana.

— Pues claro que sí, eres mi hermana. — Le respondió, pero su hermana apenas creyó en esas palabras, ya que recordaba todos esos momentos en su hermana se dedicaba más a la hermandad que a ella.

— Pues…pues…— Intentó decir algo, pero no pudo, porque empezó a luchar contra las ganas de llorar. Tras varios segundos de silencio, ella no pudo más y rompió a llorar.

Luego, gritó, cuando vio que podría hablar: — ¿Por qué no juegas conmigo? —

— Estoy muy ocupada. —

—Siempre dices lo mismo, siempre, ¡siempre! — Su grito de furia se oyó por todo el lugar. — Estás todo el día con eso y pasas de mí. —

Aquel triste grito dejó callada a Ekaterina durante varios segundos, empezó a pensar seriamente sobre su relación con su hermana.

Recordaba todas las veces que venía totalmente agotada de las reuniones de la hermandad y su hermana Natáshenka le pedía que jugara con ella. Sus negativas provocaban en su hermanita una expresión tan triste que le rompía el corazón, prometiéndose que para la próxima vez iban a jugar.

Pero nunca llegaba, siempre tenía que dejarlo para otra ocasión. Si no tenía que liderar la hermandad, tenía que estudiar o actuar como presidenta del comité de estudiantes. Nunca tenía tiempo para su hermana, una chica que le costaba mucho poder hacer amigos y cuyos padres siempre están tan ausentes como su ella. Se dio cuenta del error que estaba cometiendo, de que estaba desocupando a su familia.

Mientras Ekaterina parecía estar conmocionada ante lo que se había dado cuenta, los demás reaccionaron de forma diferente:

— ¿Entonces todo esto es por déficit de atención? —Eso dijo Noemí, quién sentía que todo lo que estaba liando era por culpa de una tontería como esa.

— ¡Pobrecita! — Por el contrario, Josefina estaba conmovida, con ganas de llorar. — ¡Solo quiere que su hermana esté más con ella! —

Noemí miró mal a su hermana, recordando todas las veces en que Josefa le gritaba que le dejara en paz y que no se acercara, cuando quería hablar con ella o que le ayudará. Le entraron muchas ganas de darle un buen puñetazo por lo hipócrita que era. Malan, se quedó callada, peguntándose cómo iban a terminar esta insólita situación y Khieu no podría creerse que estuviera metida en un drama tan estúpido, solo porque ignoraban a una niñata.

Tras varios segundos de silencio, que para Natáshenka fueron eternos, que esperaba impacientemente que su hermana dijera algo; Ekaterina, al final, le habló, con toda su sinceridad y arrepentimiento:

— Me he dado cuenta de algo. No puedo ayudar a los demás si me desentiendo de mi gente, de mi familia, y menos de ti. Pensando en hacer bien en mi trabajo me he olvidado de ti. ¡Encontraré una manera de que poder dedicarme a la hermandad y estar contigo, así que no llores más! —

Natáshenka se quedó pensando durante varios segundos, preguntándose si su hermana estaba diciendo la verdad y si podría ser capaz de hacer eso; pero decidió creer en ella y, mientras se limpiaba los ojos de lágrimas, le preguntó esto:

— ¿Me lo prometes? ¿De verdad?  —Su hermana le dijo con la cabeza afirmativamente.

Entonces, Ekaterina abrazó a su hermana pequeña entre sus cálidos brazos y ésta empezó a llorar como nunca. La hermana mayor, que estaba a punto de llorar, le pedía dulcemente que no llorase más, que todo había terminado.

— ¡Parece que todo ha terminado bien! — Decía Josefina, mientras lloraba a mares.

Aquel final feliz le parecía tan hermoso que no pudo contener las lágrimas. Se alegraba un montón por la pequeña Natáshenka y no paraba de decirle mentalmente que fuera muy feliz con su dulce y buena hermana mayor, aparte de tenerle un poco de envidia porque sus hermanos eran horribles.

Luego, le soltó este pequeño comentario hacia su hermana Noemí, mientras se limpiba las lágrimas: — ¡Deberías ser tan buena hermana que ella! —

— ¡Bah! ¡La que debe cambiar eres tú! — Le replicó con tanto desagrado, ya que estaba realmente molesta y enfadada por la reacción exagerada de su hermana; que toda la alegría que sentía Josefina se perdió de golpe y se volvió en furia.

— ¡No, eres tú! — Eso le gritó, con el mismo tono de desagrado.

A continuación, Noemí y Josefina empezaron a gritarse la una a la otra, acusándose sin parar, echando mutuamente en cara todas las cosas malas y desagradables que se hicieron; llegando al punto de volverse muy intenso.

— ¡¿Ahora qué le pasan a estas!? — Preguntó Khieu, al ver cómo éstas se gritaban violentamente, insultándose de todas las maneras posibles, tanto en español como en inglés. Ni quiso intervenir, solo se quedó mirándolas.

— Supongo que a esto llaman amor de hermanas…— Añadió Malan, quién tampoco decidió detener la pelea. Le parecía muy interesante observar que, mientras unas hermanitas se reconciliaban, abrazándose mutuamente; otras se estuvieran matando vivas.

— ¡Pelea, pelea! — Y para el colmo, Diana estaba animándolas.

Al final, como nadie las detuvo, se pasaron de las acusaciones y los insultos a las manos, a pegarse entre ellas. En ese momento, decidieron intervenir:

— ¿Qué hacen idiotas? — Eso les gritaba Khieu, mientras intentaba detenerlas, pero éstas le empujarlo contra al suelo.

— ¡Tranquilícense, chicas! — Añadió Malan, que acabó como Khieu.

Y con tantos empujones y puñetazos, de alguna manera u otra, cayeron encima de Ekaterina y Natáshenka, quienes ignoraron el hecho de que esas dos estuvieran peleándose. Por culpa de eso, el colgante salió disparado hacia la cara de Diana. Ésta lo esquiva como si fuera un ninja y cae al agua.

— ¡Ah, el colgante! — Gritó Natáshenka, quién se levanto de golpe y se metió en el agua para cogerlo.

Después de todo, parecía que era poco profundo, pero entonces ella se dio cuenta de que no era así. Apenas alcanzaba el fondo y el agua empezó a llevársela.

— ¡Ayuda, Ekaterina, no sé nadar! — Eso gritaba desesperadamente, mientras intentaba luchar contra el agua.

— ¡Natáshenka!  — Gritó su hermana totalmente aterrada, quién se lanzó al agua y empezó a nadar a por ella, ayudaba por las mismas fuerzas que empujaban a su hermana hacia al mar.

Los gritos de su querida hermana, que no paraba de pedirle ayuda de forma desesperada, le impulsaban a alcanzarla lo más rápido posible, como si ella fuera un nadador profesional. No sabía si podrían luchar contras las fuertes corrientes del arroyo o si fue muy suicida lanzarse sin pensar, pero tenía que salvarla, sea como sea, no quería perderla por nada del mundo.

— ¡Idiotas, mirad lo que habéis hecho! — Les gritaba Khieu, mientras perseguía por la orilla a las hermanas, intentando pensar cómo podrían sacarlas de ahí.

— ¡Ha sido culpa suya! — Se acusaban mutuamente Josefa y Noemí mientras corrían como locas y se miraban con caras de odio y desprecio.

Malan y Diana observaron el hecho de que el colgante se había incrustado entre las rocas de la orillas solo a pocos metros, a diferencia de Natáshenka. La pequeña lo cogió, mientras la africana le decía que no se quedará ahí, que tenía que ayudar a esas dos.

Al final, Ekaterina fue capaz de atrapar a su hermanita y sacarla del agua, le costó muchísimo pero pudo luchar contra la corriente y llegar a tierra firme. Tras salir del arroyo, las dos apenas podrían moverse y empezaron a recuperarse del esfuerzo. Después de un corto silencio, la mayor empezó a preguntarle una y otra vez si estaba bien. Natáshenka en vez de decir que lo estaba, volvió a empezar a llorar, sintiéndose culpable de tirarle al agua una cosa de tan suma importancia para su hermana.

— ¡Lo siento, yo no quería! ¡Yo no quería! — No paraba de repetirlo, mientras lloraba a moco tendido.

— ¡No importa, no importa! ¡Lo importante es que estés bien! ¡Eso es lo importante, de verdad!  —

Después de todo, perder un colgante no era nada comparada con sentir que iba a perder a su hermana. Era un sentimiento tan horrible e indeseable que deseaba no volverlo a sentir en lo que le quedaba de vida.

Entonces, fue cuando llegaron los demás.

— ¡Lo siento mucho!- Eso les decía Josefina apenas llegar, quién se sentía tan culpable de haberlas tirado al agua que empezó a llorar.

— ¡Yo no quería hacer eso! —Noemí también se sentía culpable, aunque le daba vergüenza reconocerlo.

— Menos mal que soy hija única. — Añadió Khieu en voz baja, tras ver las cosas habían terminado. Se alegraba de no tener que soportar todo lo que había visto aquella noche.

Y a lo lejos, Malan y Diana veían la escena, con el colgante entre manos.

— ¡La tele tenía lasón! — Añadía orgullosamente la pequeña Diana, antes de reír tiernamente, intentado actuar como uno de sus villanos favoritos, mientras contemplaba victoriosamente cómo había resultado su plan. Se sentía todo un genio.

Malan se quedó mirándola, pensando en un buen argumento para poder explicarle que copiar todo lo que salía  a la vida real podría ser peligroso, concluyendo que la televisión estaba teniendo un impacto muy negativo sobre ella.

FIN

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Campamento Sumovov, sexagésima historia: 5º parte (Preludio del final)

Al día siguiente, Mao esperaba con temor alguna represalia por lo de la noche anterior, pero no le llamaron en toda la mañana y él seguía haciendo lo que le mandaron hacer. Khieu también se extrañaba por ese hecho y Jovaka aún le preguntaba qué le había pasado de verdad. Mientras tanto, Josefina y Malan seguían con sus investigaciones:

— Pues nada en espacial, hermana. No vi nada. — Eso le decía molesta Noemí que estaba siendo interrogada por su hermana y tras decirle todo lo que hizo esa noche.

-¿De verdad?- Le preguntó de nuevo Josefa, que apenas confiaba en sus palabras.

— Sí. — Deseaba que la dejara en paz.

— ¡Qué sospechosa te ves! — Añadió Josefa y Noemí, harta de que ser interrogada, le mandó a la mierda, se lo dijo así tal cual.

— ¡Vete a la mierda, tú! — Le replicó Josefina, gritándole muy enfadada, mientras su hermana se alejaba del dúo.

— Deberías ir con cuidado Lenta simpática, al presionar mucho a la gente pasa estas cosas. — Le aconsejó Malan, mientras miraba en un pequeño cuaderno todo lo que había escrito durante el interrogatorio de Noemí, y con Josefina protestando por la mala persona que era su hermana.

— Seguro que ella es la ladrona, seguro. — Concluyó Josefina después de echarle pestes sin parar.

— La verdad, es que tenemos bastantes sospechosos entre las hermanas. —Eso decía Malan mientras repasaba todo lo que escribió. Estuvieron toda la mañana interrogando sin descanso, y había unas cuantas que no tenían una firme coartada, eran precisamente las chicas que formaban la hermandad, las que se dedicaron a asustar a las participantes de la prueba de valor.

— Entonces, ¿hemos terminado? — Preguntó Josefina toda feliz, pensando que esto que estaban haciendo se había terminado.

— Aún nos quedan muchas chicas que interrogar. — Le dijo secamente Malan.

— ¡No, por favor! — Gritó la mexicana, quemada y bastante harta de preguntar, niña por niña, qué habían hecho ellas esa noche.

— Si hubiera alguna manera de bajar los sospechosos…Es más, ni siquiera sabemos cuándo fue la hora exacta del crimen. Sabemos que fue en la noche, ¿pero a qué hora? —

— La Sallin esa dijo que la última vez que lo vieron fue cuando la hermana mayor entró a las seis y media. — Esa información les fue confirmada ayer, antes de terminar de hablar con ella.

— Eso me recuerda que cuando ustedes pedisteis socorro, tras encontrar al asaltante de Mao en esa noche; ella y unas cuantas chicas más entraron para meter a Cook y descubrieron que el cofre estaba abierto. — Malan estaba diciendo en voz alta una parte de los hechos, mientras pensaba en los rompecabezas del incidente.

El problema es que hay un margen amplio entre las seis y media de la tarde hasta las onces menos cinco, que fue cuando encontraron el cofre abierto en la iglesia. Otro sería cuál fue el motivo de que robaran el medallón, aunque Malan pensaba que el motivo era simbólico, que alguien lo robó porque sabía que era muy valioso para Sumovov. Y si era así, entonces, el ladrón la debería conocer muy bien y sus intenciones, aún difíciles de comprender, están dirigidas contra ella. Malan pensaba que lo mejor era acercarse a los sospechosos más cercanos a la hermana mayor, pero no sabía quiénes. Entonces, algo la trajo al mundo real:

— ¡Hey, Diana! ¡Estamos aquí!— Eso gritaba Josefina, saludando a alguien. Malan a lo lejos la vio, con otra niña, igual de pelirroja que Ekaterina Sumovov. Ésta a su vez dirige su atención hacia ellas y les empieza a decir hola alegremente. La otra permanece callada, como si no quería saber nada de Josefa y Martha. A continuación, se acercaron.

— Así, ¿qué está es tu nueva amiga? — Eso le preguntó a Diana para luego presentarse a la niña: — ¡Yo me llamo Josefina! ¿Y tú, nueva amiga? —

Intentó parecer lo más guay posible, poniendo una pose ridícula, pero eso provocó que la nueva amiga de Diana decidió ponerse detrás de ella y a decirle idiota.

— ¡Es que a Natáshenka no le gustas, José! —

— ¿Y por qué? ¡Yo no tengo nada de malo! — Le replicó Josefa, ignorando el hecho de que le llamaba José.

— Pero no le gustas. — Eso le dijo otra vez Diana, mientras su amiga que está detrás suya, lo afirmaba con la cabeza.

— ¡Dana, vámonos! ¡Vámonos a jugar! — Le decía ella sin parar y Diana la hizo caso.

— Me voy a jugar con Natáshenka. ¡Adiós! — Y con estas palabras, ellas dos se fueron deprisa y cuando ya no la podrían ver, Josefina empezó a hablar:

— ¡Qué niña tan desagradable, nos está robando nuestra Diana! —

— ¿Esa chica no se parece en algo a la hermana mayor? — Eso dijo Malan en voz alta. El cabello rojo le recordaba a Ekaterina Sumovov.

— A mi me parece Pippi Longstocking, como lo llaman en mi lindo México, Pepita Calzoneslargas. —Decía eso porque esa niña era pelirroja y tenía dos trenzas en cada lado de la cabeza.

— Obviamente porque es la hermana de Ekaterina. — Esas palabras sorprendieron a Malan y Josefina, que tras girar las dos la cabeza, vieron a Grace Cook. La mexicana quedó petrificada al verla, recordando lo que intentó hacer anoche la segunda de a bordo con Mao.

— ¿Qué haces aquí? — Le preguntó muy seria Malan, quién le miraba con poca simpatía.

— Bueno, quería decir que perdón por lo de anoche a la hermana Mao. Por favor, decirle que lo siento mucho. — Con la cabeza agachada y con las palmas juntas, les suplicaba a las dos.

— ¿Y por qué no lo haces tú? — Le preguntó Josefina señalándola con el dedo.

— Puedo preguntarte algo, ¿por qué querías atar a mi Ojou-sama? — Mao no les quiso decir exactamente el porqué Cook quería atarlo.

— Espera, ¿quería atar a Mao? — Josefina anoche no se enteró muy bien de los acontecimientos en que estuvo presente y no supo eso. Y conocer eso, la dejó estupefacta. Entonces la mente de Josefina se iluminó, creyó haber llegado a la solución de este fatídico caso. ¿De qué otra manera quería atar a Mao si no fuera porque había visto su crimen?

— ¡Tú eres la ladrona! ¡Tú y solo tú! — Le gritó Josefa victoriosamente. Tanto Malan y Cook se quedaron preguntándose qué estaba diciendo la mexicana.

— ¡Vamos confiesa! — Le decía Josefina, quién se sentía toda una ganadora. — ¡Ya no tienes escapatoria! —

— Pero si yo no he robado nada…— Eso le decía Grace, incapaz de entender lo que le estaban acusando.

— ¿Y entonces por qué querías atar a Mao? — Le preguntó esto, creyendo que, con esas palabras, se sentía acorralada e iba a rendirse de una vez y declarar que era la culpable. Se la imaginaba yendo a un coche de policía, siendo acompañada por agentes de la ley mientras gritaba que si no hubiera sido por esa chica entrometida todo su plan hubiera acabado bien.

— Ya basta, Josefina. ¡Deja de creerte Sherlock Holmes! — Esas palabras fueron de Mao que apareció, junto a Khieu y con Jovaka, quién estaba, como siempre, pegada junto a él.

Mao había visto a Cook aparecer antes ellas y decidió acercarse y evitar que intentara hacer algo malo con Josefa y Malan, si quería liarla que fuera con él y ni con sus chicas. Ésta le decía que no iba a las iba a hacer daño y que quería hablar, quería explicarle de alguna manera lo que le paso anoche. Nadie, especialmente Jovaka y Martha, querían dejarlo solo, pero tuvieron que hacerlo por petición del chino. Así, el resto observaba a lo lejos la conversación que tenían esos dos.

— ¿De qué estarán hablando? — Se preguntaba Josefina mientras veían a la lejanía como Mao intentaba evitar que Grace Cook le abrazara.

— ¿Esa perra, por qué la intenta abrazar de esas forma? — Añadía muy molesta Jovaka, con ganas de darle un guantazo.

— Su comportamiento es bastante extraño. Primero la intenta atar, y luego estas súbditas muestras de cariño. — Decía Malan, extrañada e incapaz de comprender sus acciones lógicamente.

— Lo único que sé es que la imagen seria e inteligente que tenía de ella se ha arruinado desde anoche. — Esa es la conclusión que tuvo Khieu, después de ver los acontecimientos.

Y mientras tanto, lo que hablaron entre ellos fue que ella iba a mantener su secreto, tras escuchar las razones de Mao para estar en la hermandad, de que le obligaron. Cook le pedía fervientemente que la perdonara y tuvo que aceptar las disculpas, temeroso de que  podría haber represalias si le decía que no, y ésta de pura felicidad intentaba abrazarlo. Él tampoco entendía lo que pensaba esa chica tras concluir la charla, pero le dio un dato interesante.

— ¡Hey, Josefina! ¡Tengo algo para ti! — Eso le dijo a Josefa al volver con ellas, y ésta le preguntó emocionada qué era.

— ¡Sabes, esa Grace me ha dicho una cosa muy curiosa! Estaba en el bosque siguiendo a la hermana de Sumovov y a una niña rubia. Las vio alejarse de las demás que esperaban la prueba de valor y pues eso. —

Al escuchar esas vagas descripciones, Malan recordó a Diana y a su nueva amiga. Decidió indagar un poco más, ya que empezó a sospechar. Josefina no se enteraba de nada, seguía pensando que Grace era la ladrona.

— ¿Cómo es la hermana de ella? — Le preguntó Malan a Cook, con la esperanza de que le dijera algo.

— Es la única pelirroja, aparte de la grande.  —Eso les respondió Mao.

Él ya sospechaba algo, pero decidió que Malan y la autodenominaba detective Josefina se la arreglaran, ya que después de todo tenía sus propios problemas. Y con esto dicho, les dijo que iba a hacer unas cosas y se alejó de ellas.

— ¿Las vas a dejar así? ¿Y si la lían por creerse detectives? — Le preguntaba Jovaka algo preocupada y ésta fue su respuesta:

— Tiene a Malan, y de todos modos todo esto parece una simple jugarreta. ¡No hay nada de qué preocuparse! —

Eso pensaba Mao, aunque en el fondo temía que Josefina provocase más problemas de los que había ahora, pero confiaba en que Malan podría evitarlo. Tras alejarse, Malan le dijo muy serio a Josefina:

— Josefina, debemos observar a Diana y a su nueva amiga. —

— ¿Por qué? — Esto lo preguntaron tanto la mexicana como Khieu, quién aún estaba con ellas, y las dos apenas se habían enterado de lo que ocurría.

— Ellas tal vez sean la llave para todo esto. — Josefa y Khieu aún seguían sin enterarse de nada.

A Malan le costó mucho hacer que Josefina se enterase de que Grace no podría ser la ladrona y que las más sospechosas eran Diana y su amiga. La mexicana decía que era imposible que ella fuera una ladrona, aunque tal vez su amiga. Khieu escuchaba todo esto como buena cotilla, para luego quitarse del medio y dejarlas solas.

Josefa no podría asimilar el hecho de que su querida Diana, un ángel puro e inocente, estuviera metida en un robo e intentó pensar en una forma para contradecir las sospechas de Malan, a pesar de que todo lo que dijo tenía mucho sentido. En su interior, empezó a luchar entre creer en la inocencia de su amiga o en la lógica de Martha.

Malan, al ver que se lo estaba tomando demasiado serio, decidió decirle esto:

— Tenemos que observarlas por si hay algún comportamiento sospechoso, ¡solo eso! ¡No estoy diciendo que ella es la culpable, podría ser inocente, pero hay que demostrarlo! —

— ¡¿En serio!? — Le preguntó Josefina. — ¡¿Si nosotras hacemos eso, demostraremos la inocencia de Diana!? —

Y se lo repitió de nuevo para que se enterase de una vez.

— ¡Vale! — Gritó Josefina, totalmente animada. — ¡Vamos a descubrir este misterio de una vez por todas! —

Eso hacía, mientras señalaba al cielo, segura de que iban acertar de una vez por todas y de demostrar la inocencia de Diana.

Entonces, las dos juntas decidieron seguir de cerca de Diana y a su amiga Natáshenka, aunque lo primero era buscarlas. Su búsqueda duró hasta al mediodía, después de la merienda. A partir de ese punto, empezaron a observarlas.

Josefina exageraba haciendo su trabajo, que además lo hacía mal, ya que dónde se escondía todo el mundo la veía y de una forma tan sospechosa, que provocó que llamaran a las encargadas varias veces porque una chica rara las estaba espiando y tenían miedo de ella. A pesar de los consejos de Malan, que le explicaba cómo debía hacerlo; no hubo resultados positivos. Hasta la pelirroja se dio cuenta de sus presencias y no paraba de mirarlas una y otra vez con sospecha, mientras le decía cosas a la oreja a Diana.

Al llegar la noche, después de terminar todas las actividades que estaban programados para hoy y tras acostarse todas, Diana salió de la cama en dónde dormía y salió de las habitaciones.  Malan, que se hacía otra vez la dormida, se levantó y, para no perder tiempo, despertó a Josefina de un guantazo.

— ¿Por qué me hiciste eso? — Le gritó Josefina tras sufrir eso, siendo su boca tapada por las manos de Malan.

— Perdón por eso, pero es difícil despertarte con los métodos convencionales y podemos perder de vista a Diana. —

Al escuchar eso, Josefina salió corriendo para perseguirla y descubrir la verdad. Rezaba desesperadamente que Diana se hubiera levantando a hacer sus necesidades en el bosque o algo parecido, a pesar de que la caseta en dónde dormían tenían servicios. En su mente, buscaba alguna excusa para que ella fuera inocente, porque salir por la noche, cuando todos estaban durmiendo, era muy sospechoso. Malan la siguió.

Khieu, quién fue despertada por los gritos de la mexicana, vio como éstas se fueron y al ver que lo hacían por segunda vez, decidió despertar a Mao. Perdió unos minutos valiosos, boquiabierta, después de observar como Jovaka dormía en la misma casa que él, abrazándolo fuertemente. Volvió a preguntarse qué relación tenían aquellos dos, porque eso no era normal.

— ¡Hey, Mao! — Le decía eso, mientras le sacudía los hombros sin parar. — ¡Esas niñas se han marchado! —

— ¿Eh? — Le decía Mao, muy somnoliento y algo molesto por ser despertado. — ¡Pues búscalas y déjame tranquila! — Con el brazo intentaba espantar a Khieu.

— Tendré que salir. — Añadió, al comprobar que Mao no iba a mover su trasero. A continuación, salió de las habitaciones y tras comprobar que su linterna tenía pilas y al ver la inmensidad del bosque, se introdujo en él para buscarlas y descubrir de una vez que pasaba.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Campamento Sumovov, sexagésima historia: 4º parte (La Reunión)

Al atardecer, poco antes de la cena y tras haber participado en una especie de campeonato de ajedrez; Malan decidió hablar con Mao sobre lo que estaba pasando, y lo hacía en compañía de la detective Josefina Porfirio Madero, quién estaba deprimida por haber terminado penúltima en la competición, olvidándose de que tenía un caso que ocupar. Tras mucho buscar, lo encontraron detrás de la caseta de los dormitorios, con Jovaka pegada a él, y hablando bajo con alguien. La africana se sorprendió cuando vio quién era.

— ¡Pero no es esa la chica que golpe…! — Eso gritó Josefa, quién también quedó sorprendida al ver que Grace Cook estaba hablando con Mao; y no pudo terminar la frase, ya que Malan le tapó la boca para que no las descubrieran. Tanto la detective como su ayudante estaban escondidas, detrás de un árbol, espiando aquella conversación que parecía muy fuera de lugar.

Martha Malan, quién mantenía a Josefa la boca cerrada, intentó forzar sus oídos al máximo para escuchar de que hablaban aquellos dos, pero no pudo entender nada. Intentó leer los labios de Cook, ya que estaban viendo a Mao y a Jovaka de espaldas; pero no lo consiguió, después de todo, ella no tenía esa habilidad. Entonces, de repente, Mao gritó sorprendido, haciendo que Cook le dijera que se callará:

— ¿Las once de la noche? Pero si eso es muy tarde. — Eso fue lo que gritó. Tras eso, Mao y Jovaka se separaron de Cook, y empezaron a caminar hacía al lugar de la cena.

— ¡Qué misterioso, todo…!  — Eso decía Josefina, después de que Malan le soltara la boca y de que le preguntará a ella por qué hizo eso.

Malan también creía eso, pensaba que tal vez ocultaban algo, pero lo mejor sería ir hacía Mao y preguntarle discretamente, sin mencionar que lo habían visto con ella, dónde estaba.

— Pues nosotras estábamos paseando por el bosque, nada más. ¿A qué sí, Jovaka? — Esa fue la respuesta que dio Mao, después de ser preguntado durante la cena por Malan y Josefa; la serbia movió afirmativamente sus palabras.

No mencionó haberse encontrado con nadie, así que la africana intentó ir un poco más.

— ¿Y no se habrán encontrado con nadie en particular? — Rápidamente, como si intentaban ocultar algo, tanto Mao como Jovaka respondieron negativamente y con mucho nerviosismo.

— Aquí hay algo escondido, lenta simpática. — Le dijo al oído a Josefa, quién solo se preocupó de que no la llamara así.

Malan vio en el comportamiento de Mao y de Jovaka muy sospechoso y sabía que escondían algo. Le explicó a la detective que lo próximo que tenían que hacer era seguir a Mao y a Jovaka.

Después de la cena, como era normal, todos se acostaron, menos Malan, quién se hacía la dormida, esperando que en algún momento Mao y Jovaka se levantaran. Al poco rato, éste se levantó de su cama e intentó salir solo, cuando la serbia saltó de su cama y le decía que no la dejará sola, rodeada de mujeres, que sin su presencia no podría aguantar. Tuvo que silenciarla, tapándole la boca, ya que iba a despertar a todas las niñas. Al ver que había pasado el peligro, le explicó que no hiciera ningún ruido y que le siguiera. Tras eso salieron, y Martha, tan rápida como pudo, se levantó y despertó a Josefina.

— ¡Jo, Malan! ¡Déjame tranquila! — Protestaba Josefina, después de que Malan le hablará por el oído, diciéndole que se levantará. Al ver que no se despertaba y que los iba a perder de vista, desistió. Entonces, Josefa se acordó de la misión: — ¡Oh, es verdad! ¡Tengo que hacer mi trabajo de detective! —

Gritó, mientras se levantaba como loca, y Malan le tapó la boca con toda la rapidez del mundo. Aliviadas por el hecho de que no despertaron a nadie, salieron en silencio del lugar con pasos rápidos y sigilosos. Tras salir al exterior, pudieron ver que esos dos no se alejaron demasiado y que podrían seguirlo por el oscuro y tenebroso bosque. Josefina, muerta de terror, no se despegó ni un momento de su amiga, mientras ésta la intentaba tranquilizar sin éxito. Y mientras la mexicana estaba concentrada en sus miedos y la africana en perseguir a Mao y a Jovaka, no se dieron cuenta de que alguien las estaba siguiendo a ellas.

— ¿Van a entrar en esa casita? — Preguntó Josefina, al ver que Mao y Jovaka habían llegado a una casa que estaba iluminaba, a diferente de las otras.

— Eso parece. — Eso respondió Malan, diciendo lo obvio.

— Ese es el despacho de la hermana mayor. — Esas palabras, que no eran ni de Malan ni de Josefina, sorprendieron a ambas, haciendo que Josefa gritara y abrazara a la africana de terror. Cuando se dio cuenta de quién era, su corazón estaba a cien, parecía que casi iba a sufrir un ataque al corazón.

— ¿Tan fea soy, o qué? — Era Khieu, quién al ser despertada por los gritos de Jovaka, vio como Malan y Josefina salieron y fue a ver qué estaban haciendo.

— No vuelva a hacer esas cosas. — Le gritó Josefa, muy enfadada.

— Vale, vale. ¿Que estáis haciendo? — Les preguntó Khieu, quién se puso a mirar la escena. Mao estaba pegando en la puerta, y alguien le abrió la puerta. A continuación, empezaba a tener una pelea con Jovaka, ya que, por alguna razón, a ésta no la dejaban entrar y él le pedía que se quedara afuera.

— Vamos a acércanos. — Eso les dijo Malan, quién empezó a acercarse al lugar como si fuera un ninja. Khieu, después de replicarles que no le habían respondido, decidió hacer lo mismo que ella, preguntándose el porqué de tanto secretismo. Josefina, al ver que ellas se alejaban, les pedía que no la dejaran sola, que tenía mucho miedo.

— ¡No te preocupes, no te va a pasar nada! — Al final, Mao convenció a Jovaka de que se quedará afuera, esperándolo y le dijo esto para que no se pusiera nerviosa, ya que no había razón para eso.

— ¡Esa mujer seguro que te hará cosas malas! ¡Ten cuidado! —  Añadió Jovaka, que no deseaba que Mao estuviera solo con otra chica.

Éste, al atravesar la puerta, le dijo que eso lo decía con todas las mujeres. Aunque, por otra parte, no deseaba estar a solas con Grace Cook, sobre todo porque le pidió que se reuniera con ella a aquella hora, y le daba muy mala espina. Al entrar, se la encontró, sentada en el sillón del despacho.

—  Ya no hay nadie más que yo, así que puedes hablar ya. —

Mao deseaba que no le hablara, sobre todo con lo relacionado con lo ocurrido en la noche de la prueba del valor.

— ¿Eres un hombre? — Esa pregunta fría le puso nervioso a Mao

—  Pues claro que no. — Estaba temblando como un flan.

—  No me mientas, te vi meando de pie. Ninguna chica haría eso. —

Aquella noche, Mao cometió la imprudencia de hacer pipí como los hombres, enfrente a los árboles, tras no poder encontrar un lavado cerca. Por eso, le pidió a Jovaka que vigilara el lugar mientras él regará las plantas, pero, entonces, la segunda de a bordo casualmente pasaba por ahí y lo vio. Tanto él como ella gritaron, y éste inconscientemente le dio una paliza que la hizo desmayar. Tras reprocharle a la serbia de no haberle avisado, ellos decidieron quitarse del medio. Esperaba que Cook no hubiera recordado eso pero ésta le llamó y le hizo venir. Por tanto, supo que no podría mentir más y que estaba metido en un lío enorme, de grandes proporciones e incapaz de saber cómo salir de esta situación.

—  Vale, vale. Pues sí, soy un chico travestido. — Tuvo que decir la pura verdad.

— ¿En serio? ¿De verdad? — De repente, Grace, se puso roja y parecía que le salía humo por orejas. No se lo podría creer, le parecía imposible, y solo había una forma para aceptar la realidad: — ¡Enséñame el pito! —

— ¿Q-qué? — Mao se quedó boquiabierto. — ¿Qué estás diciendo? —

—  Quiero comprobarlo, que de verdad eres un hombre. — Intentó poner una cara seria mientras movía sus gafas, a pesar de que en realidad estaba bastante roja por lo que estaba proponiendo.

— ¿De verdad? — Le daba cosa tener que hacer algo así, se preguntaba si esa chica era una pervertida o algo así, y no deseaba estar en una situación tan embarazoso.

—  Hazlo. — Le gritó, aunque su cabeza no daba más que vueltas en solo pensar en eso.

Entonces Mao decidió hacer algo que seguro se iba a arrepentir y se levantó la falda y se bajó un poco las bragas, solo unos cincos segundos. Y ella lo vio, y gritó, gritó como nunca.

No paraba de decir que era verdad sin parar, mientras se golpeaba la cabeza contra la pared, haciendo pensar a Mao qué estaba chalada, esa chica. Y cuando paró, él le preguntó si estaba bien:

—  Un chico…—  Empezó a decir, después de soltar una leve risita que puso aún más nervioso a Mao. —…en nuestra hermandad…—  Ese tono que ponía esa chica le estaba asustando —…vestido de chica… ¡es bastante excitante! —

— Yo mejor me voy, ya hablaremos cuando estés mejor. — Le decía Mao nerviosamente, mientras se dirigía a la puerta para salir de ahí, porque sabía que la situación se estaba descontrolando. Entonces, vio que estaba cerrado y empezó a intentar abrir por la puerta.

— Esa puerta se cierra el pestillo y para abrirlo necesitas la llave, que por supuesto tengo yo. — Eso le decía Cook mientras estaba buscando entre los armarios algo y al escuchar como Mao intentaba escapar en vano.

— ¡Oye, oye! ¿Qué quieres hacer conmigo? — Eso le decía Mao aterrado, mientras agitaba con más fuerza la puerta. Jovaka, desde el otro lado, se dio cuenta de esto y le gritaba a Mao qué estaba ocurriendo.

—  Una pregunta, ¿te gusta el sadomasoquismo? —  Eso se le dijo al sacar unas cuerdas y mostrándoselas a Mao, indicando lo qué le iba a hacer.

— De ninguna manera. Si quieres hacer eso, pues pide el normal, no esas cosas. — A él no le importaba dejar de ser virgen o no, y si eso era una buena manera de callarla pues lo hacía, pero no quería perder su virginidad de esa forma, tener su primera vez atada a una silla o algo peor.

— Te tengo que castigar por entrar en un lugar solo para chicas. —  Apenas podría escuchar a Mao, estaba totalmente dominaba por el instinto.

— Nunca fue mi intención. — Eso le decía Mao nerviosamente, mientras intentaba desesperadamente abrir la puerta. No quería pegar a Grace para desmayarla de nuevo, ese tenía ser el último recurso, y parecer el único que le quedaba.

— ¡Mao, Mao! ¿Qué te ocurre? — Un montón de voces, salían de detrás de la puerta. No era solamente Jovaka, ahora se habían unido Khieu, Malan y Josefina, quiénes estaban aterradas por lo que estaba pasando adentro.

— ¿Alguien puede abrir la maldita puerta desde afuera? — Les gritaba Mao, al escuchar sus voces; los demás, quienes le notaban nervioso y alterado, decían que no, mientras intentaban abrirlo con la fuerza.

— ¡Debes relajarte! —  Grace poquito a poco se acercaba a él, con las cuerdas en las manos y con las hormonas incontroladas. Entonces, se escuchó el ruido de una ventana abriéndose y vieron cómo entraba Malan por ahí. Mao se dio cuenta que la ventana no estaba cerrada y podría haber escapado por ahí, y se sentía idiota por no haberse dado cuenta de eso.

— ¡Es de mala educación entrar por una vent…! — Eso dijo Grace, quién se paralizó al ver que una niña entró cuando iba a hacer cosas pervertidas y fue lo mejor que se le ocurrió en aquel momento. Eso no le sirvió para nada, porque fue golpeada por Malan y le dio un chinchón en la cabeza.

— ¡Vamos, Ojou-sama, corra! — Con esto dicho, Mao salió pitando por la ventana con Malan. Y corrió, corrió sin parar, con los demás diciéndole que parara, pero éste no lo hizo hasta que se cansó y llegó a la iglesia. Mientras recuperaba el aliento, las demás llegaron. Jovaka se le echó encima, que estaba llorando como magdalena.

— ¡Te lo dije! ¡Te lo dije! ¡Esa perra te quería hacer cosas horribles! — Le decía eso una y otra vez, mientras Mao le decía que parase de llorar.

— ¡Mao, Mao! ¡Soy una mal detective, casi te iban a matar! — Josefina también se le unió, estaba llorando a mares, mientras abrazaba fuertemente a Mao, tocando sin querer a Jovaka, que lo ignoraba totalmente.

Khieu ni Malan no sabían quién era la más magdalena de las dos, y Mao les decía que estaba exagerando, que su vida no estaba en peligro. Cuando la serbia se dio cuenta de que Josefa estaba a su lado, tocándola así sin más, salió disparada.

— ¿Por qué te has acercado tanto a mí? — Le gritaba, escondida detrás de un árbol.

— No empieces con tus tonterías. — Eso le replicó Josefina y empezaron a pelearse entre ella, soltando y dejando a Mao tranquilo.

— ¿Qué ha pasado exactamente, Ojou-sama? — Le preguntó Malan.

— ¿Y qué es eso de “Ojou-sama”? — Le preguntó Khieu, que, para ella, era la segunda vez que oyó y le parecía una cosa muy rara.

— No importa eso ahora. — Le respondió Mao, incapaz de asimilar lo ocurrido.

Entonces, Mao decidió contarles lo que pasó aquella noche, modificando algunas cosas, siempre para ocultar el hecho de que era hombre, algo que solo sabía Jovaka. Le costó mucho inventarse algo coherente con lo que ocurrió en el despacho, y lo que les dijo fue muy poco creíble, haciendo que Malan y Khieu le preguntaran si eso era verdad. Le era imposible decirles que esa chica casi le iba a asaltar sexualmente. Y tras decirles todo eso, añadió que todos deberían ir a dormir ya, para que se les olvidaran de eso. Luego, interrumpió la pelea de la serbia y la mexicana y empezaron a dirigirse hacia los dormitorios.

—  Me gustaría que me dijeras que te ha pasado, eso no me convence. — Le decía Malan, mientras se dirigían hacia allí.

—  Solo quiero olvidarlo. — Eso le soltó Mao que solo tenía ganas de dormir, estaba muerto de sueño.

— No te obligaré. — Pensaba que no había dicho toda la verdad, porque era  demasiado feo para contarlo a unas niñas.

— Entonces hemos resuelto una parte del caso. ¡Mao es la asesina! — Y Josefina intervino, gritando alegremente, como si hubiera hecho algo y como si no hubiera pasado nada desagradable. Jovaka a su vez le gritó algunas malas palabras que ella ignoró.

— Yo no he matado a alguien. — Eso le replicó Mao.

— Pero has golpeado a una de las grandes, tienes un gran problema. —

Eso le dijo, por su parte, Khieu, quién también deseaba dormir y no querer saber nada de lo ocurrido. Tampoco quería saber que iba a pasar mañana, pensando en que a Mao la iban a expulsar de la hermandad o una sanción enorme. Rezaba para que no le afectara, no quería perder prestigio en la hermandad, el único lugar dónde puede conseguir amigas de verdad y no falsas, o eso pensaba ella. Por eso se metió, harta de las miles de traiciones hechas por sus amistades.

Pensaba que, ser un lugar dónde las chicas ayudan a los desfavorecidos y a mejorar la sociedad, encontraría a unas grandes personas, incapaces de hacerle a ella cosas horribles.

— Espero que no llegue el mañana. — Eso se dijo Mao al mirar la luna, fastidiado por todo lo que había pasado esa noche y sin ganas de tener un nuevo día en el que iba a tener problemas serios.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Campamento Sumovov, sexagésima historia: 3º parte (El robo)

A las diez de la mañana, cuando todas las niñas estaban levantadas, se le llamaron para escuchar a Sumovov, algo había pasado. En el centro del campamento pusieron un grandísimo escenario y un montón de sillas a su alrededor. Exceptuando a algunas, la mayoría se preguntaba que había pasado para tener esta reunión de emergencia. Al poco, tras reunirse todos, ella subió al escenario y con un micrófono empezó a hablar:

— Buenos días a todas. Se preguntarán por qué las he reunido aquí, pero antes os voy a contar una pequeña anécdota. — Ella paró y cerró los ojos por un momento y el lugar se lleno de cuchicheos. Las chicas de la hermandad le pedían que estuviesen en silencio.

— ¡Os voy a contar que fue lo que me motivó para crear la hermandad que hoy ha creado un campamento gratis para todas vosotras! — El silencio dominó el lugar de nuevo.

— Lo recuerdo como si fuera ayer, aún cuando han pasado dos años. Yo era la típica niña rica, de esas que creían que los pobres eran pobres porque querían, de esas que me daban asco los indigentes porque estaban sucios y malolientes. Fue cuando me perdí por las calles de Spingfield, buscando el lugar donde estaba el concierto de mis cantantes favoritos, tras haber engañado a mis padres de que me iba a quedar en casa. Llegué a un barrio que parecía chungo y con la ropa tan elegante que tenía y mi bolso nuevo, me volví blanco fácil de los ladrones. En menos de una hora, ya tenía a un hombre con navaja pidiendo dinero. — Gritos de asombro se espaciaron por todo el lugar. — ¡Sí, es horrible ser asaltada! Pensaba que era mi fin, pero entonces alguien me salvó, una chica que tenía un cabello de color azul verdoso uso un extintor contra aquel ladrón, llenándolo de espuma, y rápidamente se lanzó hacia a mí para cogerme de la mano y salir huyendo… — Todo el mundo se preguntaba por qué estaba hablando de su vida, mientras escuchaban con mucha atención las palabras de Sumovov.

-Al parar de huir, esa chica de pelo azul verdoso, me preguntaba si estaba bien y todo eso, mientras yo le daba las gracias. Y no solo eso, también me hizo el honor de llevarme a casa. Propuso que fuéramos a la comisaría, pero yo no quise. — Dio una pequeña pausa antes de continuar.

— Y mientras andábamos, no se cansó de ayudar a los demás. Ayudó a una anciana a cruzar la calle, a descargar cosas de un camión porque uno de ellos le empezó a doler la espalda, entre muchas cosas… — Se volvió a escuchar gritos de asombros. — Pero lo que más recuerdo es cuando le dio dinero a un indigente que estaba a los pies de una iglesia, y éste, al ver que tenía mucho, se levantó y entró en el edificio para donarlo a una institución que luchaba contra el cáncer y que se estableció ahí pidiendo donaciones. En ese momento, todo lo que había creído y pensado se había ido al gárrete. ¿Cómo es posible que aquel hombre, quién necesitaba ese dinero, tanto o más, les hubiese dado todo lo que consiguió? ¿Quién sería tan estúpido de hacer algo así? Apenas lo entendía. —

Los cuchicheos llenaron el lugar. Todas se quedaron muy sorprendidas, ¿cómo era posible que un mendigo que pedía dinero, luego lo donaba? Muchas replicaban que ese hombre era estúpido, que si fueran él no lo donarían, porque lo necesitaban para vivir. Otras se burlaban de aquel tipejo, diciendo que por eso era un pobretón. Algunas le defendieron. En total, se formó un gran escándalo y tuvieron que calmarlas para que Sumovov siguiera hablando.

— ¡Al igual que ustedes, también yo reaccioné de la misma forma! Pero, entonces, aquella chica me dijo algo, que en este mundo habían personas que son capaces de sacrificarse por otras, incluso por desconocidos; y a pesar de que su situación pueda ser de lo más lamentable. Y sin esas sinceras acciones el mundo no sería soportable y era prueba absoluta de que las buenas personas existen. ¡Esas palabras! ¡Esas palabras me convencieron! Me avergonzaron de lo que era, una hija de millonarios, egoísta y capaz de derrochar su dinero por tonterías, y decidí entonces ayudar a los necesitados de mi cuidad y de mi tierra, ya que luchar contra la pobreza del tercer mundo era demasiado para mí. Y así se lo dije a ella, y me regaló un colgante con la imagen del santo Francisco de Asís, me lo entregó para que me diera suerte. Tras eso nos separamos y, con el paso del tiempo, creé la hermandad. —

Tras oír aquella historia, todas quedaron en silencio, preguntándose si tenían que aplaudir o algo, o también por qué ella estaba contando tal cosa. Sumovov miró fijamente a las chicas que la observaban, antes de seguir hablando:

— Todas vosotras estáis pensando que historia más bonita he contado y todo eso, ¿pero qué tiene que ver? ¡Os lo diré! Anoche, alguien lo robó, lo puse en la iglesia del lago para que nos diese suerte, y nunca pensé que alguien haría tal cosa, pero eso ha pasado. Y no solo eso, mi buena amiga, Grace, fue encontrada inconsciente cerca de ahí. No sé las razones de tal cosa, pero quiero pedirle a la ladrona, que debería aparecer, entregármelo y disculparse ante todos, por fastidiar una acampada que estaba siendo divertido para todas. ¡Esperare tres días! ¡Si no me lo entrega, llamaré a la policía! —

De nuevo, se llenó de cuchicheos el lugar, muchas hablaron sorprendidas de lo ocurrido, ya que, hasta que apareció Sumovov a soltar su discurso, lo ocurrido se ocultó.

— Ahora bien, por el momento, no quiero que esto lo fastidié, lo que teníamos programado. ¡Así que seguir disfrutando de este campamento!  —

Y con esto dicho, se bajó del escenario, y a las niñas le dieron hora libre de actividades. Después de discurso, Josefina comentó algo que le pareció curioso a Malan:

— Por cierto, ella dijo que la chica tenía el pelo azul verdoso… — Tenía el presentimiento de que conocía a alguien así. — ¿No te suena de algo?-

— En verdad, creo que sí…— Malan se quedó pensando, dándose cuenta de que las personas que tenía el pelo así eran Sasha y Malia. Aunque creía que solo era tal vez una simple causalidad.

— Eso no importa…— Añadió Josefa, harta de pensar. — ¡Ahora hay que buscar el ladrón! ¡Es hora de la detective Josefina Porfirio Madero! —

Y al decir eso, toda entusiasma, hizo una pose ridícula. Malan supo que ella iba a liarla parda y que no iba a acabar bien, pero, de todos modos, le iba a seguir la corriente. Quería ver que provocaría la mexicana haciéndose la detective y a la vez tenía ganas de investigar esos hechos. Se decía que todo esto le era bastante interesante:

— ¡No digas tonterías! ¡Esto no es un juego, han pegado a una chica! — Le dijo Khieu, al verla gritar esas cosas.

— Por eso, hay que investigar este misterio. ¡Por esa chica a quién han pegado y que tiene un apellido algo feo! — Eso le gritó, segura de sí misma, creyendo ser Holmes.

— Si lo más cercano que eres a un detective de esos torpes que nunca pillan al asesino, idiota. — Estas palabras eran de Jovaka, quién apareció con Mao, esta vez sin sujetarle el brazo, porque éste, al ver que todas la miraban mal, le pidió que no se afeará a él. Josefina se enfadó por ese comentario y le gritó vacilante esto:

— ¡Pues lo voy a hacer! ¡Y cuando detenga al asesino, te comerás tus palabras! — Ahora para ella se había vuelto un asunto de honor, quería hacerle arrepentir a la serbia de decir aquellas palabras. Mao suspiró, conocedor de que Josefa se creía un agente de la ley y que, por eso, iba a provocar muchos problemas. Miró mal a Jovaka por haber animado a la mexicana a hacer tal cosa.

— ¿Qué hacen todas reunidas? — Les preguntó Noemí, quién apareció también, se acercó a ellas para ver qué hacían. Cuando Josefa le dijo que era hora de que iba a resolver el misterio, ésta se partió de la risa.

— Otra que se burla de mí. — Dijo Josefina muy molesta, al ver que casi nadie la tomaba en serio.

— Pero es que es normal. — Le replicó Khieu.

— No deberías decir nada, después de lo que me hiciste en Halloween. —

A pesar de haber hecho las paces, en el corazón de Josefa aún había algo de rencor por eso. Entonces a Noemí, de repente, se le quitó las risas y con una cara terrorífica se acercó a Khieu para empujarla hacía un árbol y levantarla del cuello.

— ¿Qué cosa mala le has hecho a mi hermana? Dímelo o te parto la cara bonita que tienes. —

Khieu, aterrada, le pedía compulsivamente perdón ante una Noemí furiosa, y Josefina le pedía que le soltara sin parar, mientras los demás se quedaban viendo la escena, como si no fuera una cosa nada fuera de lo común.

— Pero si tú siempre me haces cosas malas, ¿por qué te pones así ahora, hermana?  — Le replicaba Josefa, mientras intentaba que soltará a Khieu.

Su intento de tranquilizar a Noemí, mientras le reprochaba el hecho de que era muy mala con ella, no consiguió nada, solo que dijera esto:

— Porque soy tu hermana y yo soy la única que tiene ese derecho. —

Eso le molestó muy mal a Josefina, que le dijo alguna burrada a su hermana y se fue enfadada, hablando muy mal de Noemí. Khieu, al ver que su única salvación se iba, le pedía que no se fuera desesperadamente, que le iba a dar una paliza; pero fue en vano. Al final, recibió un buen puñetazo que le dejó un ojo morado.

— Espero que ella no te guarde rencor. — Eso le decía Mao, después de lo ocurrido, soltándole burlas, mientras le ponía hielo a su pobre ojo, en la enfermería. Khieu no dijo nada, pero deseaba callarle la boca.

— Así son las mujeres. — Añadió Jovaka, quién estaba comiendo a su lado, y Mao se quedó pensado qué relación tenía esa frase con lo que él había dicho.

Al terminar la hora libre y tras hacer algunas actividades, cuando llegó la hora de la merienda, Josefa llamó a Malan.

— ¿De dónde conseguiste eso? — Le preguntó Malan, al ver que ella le estaba mirando con una lupa. También se dio cuenta de que tenía una boina de cuadros en la cabeza y se había puesto una camiseta de manga corta que ponía en inglés que el crimen siempre fracasará.

—Pues es un secreto, mi querido Watson. — Eso le respondió Josefa, intentando poner la pose que hacían los detectives, sin éxito alguno.

— ¿Estás decidida a resolver esto? — Le preguntó Malan, aún a sabiendas de que le iba a decir que sí, y ésta le dijo eso exactamente, con todo el entusiasmo del mundo.

— ¿Sabrás los procedimientos para resolver casos, no? — Josefina le respondió que sí, aunque luego empezó a dudar sobre eso, y Malan sabía que había adivinado al ver la cara que ésta ponía mientras intentaba recordar que es lo que se tenía que hacer.

— No tienes caso. En fin, lo primero es investigar la escena del crimen. —  Le replicó Malan, mientras se decía mentalmente que ella no tenía remedio.

— Eso, eso. ¡Yo ya sabía eso! ¡Que por eso he visto muchas series de detectives! — Obviamente mentía, para no quedar mal. Ni siquiera pudo aguantar un capitulo de True Detective o Sherlock, las únicas que pudo ver. Con la primera cambió de canal al ver que había un muerto y con la segunda se quedó dormida a los cinco minutos.

Al decir eso, salió corriendo hacía la casa que en realidad era una iglesia, en dónde estaba aquel colgante de Francisco de Asís, el que fue robado; el lugar del crimen. Malan la siguió.

El sitio no daba tanto miedo como recordaba Josefina, es más, incluso le parecía un sitio hermoso. Era un claro verdoso, en mitad del gran bosque, con una iglesia al lado de un lago de aguas cristalinas, nada parecido al lugar oscuro de ayer. Ella miraba absorbida por la belleza del lugar, preguntando a Malan si tenía algo para sacar fotos.

— No lo tengo, pero creo que sería necesario uno. — Eso decía Malan, pensando seriamente en que necesitarían hacer fotos del lugar del crimen. — Aunque sería demasiado tarde, esas cosas se necesita hacerlo en el primer momento. —

Y al decir esas palabras, le preguntó a Josefina dónde encontró Grace Cook, ésta le intento decir dónde, pero no pudo recordarlo, y estuvo un buen rato diciendo si era ese lugar u otro, haciendo perder tiempo valioso a las dos.

— Ya preguntaremos más tarde a esa chica… — Le decía Malan a Josefina, al ver que ésta no podría encontrarlo, mientras se dirigía hacia la iglesia de madera. — Vamos a ver el lugar del robo. —

Al entrar a aquel pequeño edificio, vieron cómo era por dentro. Al igual que el exterior, era bastante sobrio y apenas tenía detalles decorativos. Al fondo se encontraba una imagen de la Virgen María y delante de ella un cofre abierto de par en par. Josefina se fue corriendo hacía a él, mientras Malan le decía que no tocara nada, quién se preguntaba por qué no había delimitado el recinto o por qué no había nadie en el lugar vigilando el lugar del robo.

— Pues claro que no. — Eso le decía Josefa mientras miraba con la lupa aquel cofre. — Solo lo voy a mirar. — Entonces alguien les gritó muy fuerte, preguntándoles qué hacían aquí, asustando a Josefina y a Malan.

— ¿Qué haces tú aquí? — Le gritó Josefina al verlo. En las mismas puertas estaba Sally, mirándolas con una cara no muy amigable.

— Supongo que tú estás vigilando este sitio. — Supusó Malan.

— Por culpa de esa ladrona tengo que estar aquí. ¡Qué rabia, si me la encuentro, le retorceré el cuello, le partiré los brazos y las piernas, le dejaré calva…! — Josefina estaba pálida y aterrada, al verla decir esas cosas, su cara parecía la de un terrible asesino en serie.

— No se pongan así, yo, nunca haría nada malo, soy una chica muy buena. ¡Tan buena que por eso se metió en una hermandad para ayudar a los pobrecitos! — Su actitud cambió radicalmente, pasando a actuar como si fuera alguien tonta e inocente. Josefina se quedó pensando que estaba colgada y Malan le parecía interesante porque veía rasgos de problemas mentales en aquella chica.

— Nosotras estamos aquí para investigar el lugar del crimen. — Le decía Malan, cambiando de tema rápidamente. — ¿Podrías decirnos como ocurrió el suceso?  — Lo dijo de una forma tan seria que convenció a Sally para tratarlas como si fueran detectives de verdad.

— ¡Jo, Malan! ¡Eso lo tenía que decir yo! — Se quejaba Josefina, después de todo, ella era la detective y Malan, su Watson.

Entonces, ella les contó que no estuvo presente ni antes ni después de los hechos pero que les iba a contar lo que había oído. Dijo que ella estaba ocupada en limpiar, con otras chicas de la hermandad, los cuartos de las niñas, cuando llegó otra a decirle que habían encontrado a Cook tumbada en el suelo. Mientras algunas se fueron a ver lo que pasaba, ella se quedó allí, sin ganas de moverse ni un centímetro. De todos modos, se iba a enterar de lo que pasaba tarde o temprano. Les contó también un montón de rumores, casi todos estúpidos y desechados por Malan, y lo único de verdad que dijo es que, al poco después, entraron en la iglesia y vieron que no había nada. Todo eso ya lo sabían ellas, no había nada nuevo y había sido una pérdida de tiempo haberla escuchado. Pero entonces, Sally recordó algo que le pareció muy sospechoso.

— ¡Ah, sí! Al final, cuando salí de los dormitorios, vi a una chica corriendo por la oscuridad, no la pude distinguir bien, pero parecía que llevaba algo entre las manos. —

Josefina gritó de alegría, diciendo que era la ladrona, y que estaba corriendo con el santo, y ya tenían el caso resuelto. Malan, le decía que no debía apresurarse, eso era solo tan solo una supuesta pista.

— ¡Qué aguafiestas eres, Malan! — Le dijo Josefa molesta.

— Más importante aún, vosotras debéis saber más que yo. Sois mucho más sospechosas que yo. — Les decía Sally.

— Eso es verdad, Josefa sabe mucho más porque encontró a Grace, y yo no tengo ninguna coartada, desde que me separé de la lenta simpática hasta que sus gritos me atrajeron hacia ella y Khieu. — Decía Malan pensativa.

Para hacer funcionar el plan de su “Ojou-sama”, que era conseguir que Josefa hiciera las paces con Khieu; Malan tenía que quitarse del medio, y cuando se encontró con la satánica y le dijera que se fuera a por Josefina, empezó a buscar por el bosque a Mao y a Jovaka. Al final, cuando oyó los gritos de Josefina, pidiendo ayuda y de que habían encontrado a una chica muerta, algo que por suerte no pasó; apareció en el lugar del crimen y poco después, llegaron más chicas al lugar, entre ellas la principal, Sumovov, descubriendo todos que no solo habían golpeado a Cook, también robaron el colgante. Por tanto, la africana no tenía ninguna prueba demostrable de que no podría haber hecho eso, por ahora.

— ¿No habrás sido tú, Malan? — Le preguntó Josefina, incapaz de pensar en tal posibilidad.

— No tengo pruebas que demuestre ni lo uno ni lo otro, pero mantengo que soy inocente. — Obviamente lo dijo con gran seguridad, porque no había robado nada ni golpeado a nadie.

— Y no solo yo no tengo una coartada, tampoco Mao y Jovaka, quiénes no aparecieron en toda la noche. Y tu hermana Noemí. Y un montón de personas más. —

A Josefina le molestó que dijera tales cosas de Mao e incluso de Jovaka, que aunque no la soportaba, creía que era incapaz de tal cosa. Y un cuarto de lo mismo con su hermana.

— ¡Atraparé al asesino y demostraré que tú y ellas sois inocentes! —

No eran palabrea huecas, era una promesa que se hizo ella misma, y a las demás. No quería que nadie fuera culpado injustamente. Tanto Sally como Malan, al escuchar eso, querían explicarle a Josefina que no había asesino, porque nadie estaba muerto.

Entonces Sally giró la cabeza de repente, al oír un ruido, hacia al exterior y vio a una chica, que parecía estar espiándolas, corriendo sin parar hacia al bosque.

— ¡Es ella, es ella! — Gritaba sin parar.

Le parecía a la misma chica misteriosa que había visto. Y Josefa y Malan salieron deprisa de la iglesia. Tras salir, empezaron a mirar por todas partes, buscando su silueta para seguirla, pero no la veían, la habían perdido.

— ¡Esa es la asesina! — Gritó Josefina, confiada de que había visto la verdad.

— No te precipites. — Le decía Malan, que se preguntaba quién era esa niña y si la estaban espiando o no.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Campamento Sumovov, sexagésima historia: 2º parte (La prueba de valor)

Los autobuses tardaron más de una hora en llegar al campamento, y eso que estaba a tres kilómetros de la cuidad, pero el tráfico y el mal estado de la carreteras hicieron más lento el viaje.

Y cuando todos salieron de aquellos vehículos, que aparcaron en un gran descampado, vieron asombrados, como si fuera la primera vez, que estaban rodeados por un enorme y gigantesco bosque. En la entrada al lugar se encontraba un gran arco de madera que ponía “acampada” en ruso, muy bien cuidado.

— Los edificios en dónde vamos a alojarnos deben estar adentro. —

Eso dijo Khieu, mientras veía como los demás observaban el lugar. Josefina, quién le miraba aún con mala cara, le dijo que “ok”, con un tono que hizo entender que le importaba una mierda. Esto pasaba, cuando las encargadas bajaron en fila india a las niñas, para luego llevarlas al interior del bosque.

Y tras andar un buen rato, llegaron al epicentro del campamento. Un claro del bosque en el que estaba seis casas de madera de diferentes tamaños, formando un círculo. En el centro, se situó Sumovov para dar su discurso:

— Gracias a todas por venir a disfrutar de nuestro campamento, mis hermanas y yo haremos todo lo posible para que lo puedan pasar muy bien. Creo que no nos falta de nada, tenemos piscinas, muchos juegos y pasatiempo, naturaleza y hasta un laboratorio. Así que, ¿preparadas para disfrutar? —

Eso lo dijo muy entusiasmada, alzando uno de sus brazos hacía al cielo con un cara sonriente. Y todos hicieron algo parecido, algunos con menos ganas que otras, como Mao, que lo hizo de tal modo, que parecía como si no deseaba estar ahí.

A continuación, las encargadas tuvieron que llevar a las niñas a dónde iban a dormir para enseñarles cómo era, y Mao y Khieu tuvieron algunos problemas para llevar a su grupo, nada problemáticos, al sitio dónde iban a alojarse en los próximos quince días.

Y tras decirles a las chicas que iban a estar libres durante un buen rato, Mao aprovechó para hablar en privado con Khieu. Se la llevó un poco lejos del lugar en dónde estaba su grupo y la puso contra un árbol:

— ¿Qué mierda le hiciste a Josefina? — Eso le gritó con muchísima seriedad y de enfado, provocando que Khieu empezará a temblar.

— S-solo fue una broma, una broma. — Le respondió nerviosamente ella, que estaba tan aterrada que tenía la cara pálida.

— ¿Ah sí? ¡Te debes haber divertido mucho! — Parecía un mafioso que se iba a vengar de la muerte de un compañero. Y Khieu le pidió piedad, que le perdonara por lo que hizo, antes de contarle lo que había hecho a Josefa en Halloween.

Le contó con todo lujo de detalles cómo engaño a Sasha y a Josefina con una broma horrible, pero terminaron salieron corriendo porque vieron de verdad fantasmas. Esa última parte Mao la ignoró olímpicamente, porque le parecía pura histeria producida por culpa de la amiga de Josefina. Aún así, lo que escuchó le puso realmente furioso.

— ¡Ah, es solo eso! — Concluyó, actuando irónicamente como si no fuera nada importante, antes de darle un buen golpe en la cabeza.

— ¡Qué daño! — Protestaba Khieu con lágrimas en los ojos, mientras se tocaba el lugar en dónde le dolía. Mao le replicó furiosamente que se lo merecía, antes de añadir algo más:

— Pues bueno, ahora tendrás que hacer las paces con ella, hermana. —

Khieu se sorprendió muchísimo de aquellas palabras, sobre todo después del fuerte golpe que recibió. En realidad, Mao no le había perdonado, pero no quería que Josefina, que estaba realmente emocionada por ir al maldito campamento, estuviera de muy mala leche por culpa de una idiota.

Mao le iba a decir algo más, pero entonces alguien le estaba gritando que terminara de una vez con la cháchara. Era Jovaka, que estaba escondida en un árbol cercano, que no dejaba de mirar por todas partes con el miedo de encontrarse con alguna chica.

— ¡Ya voy, ya voy! — Le gritaba Mao, mientras giraba su vista hacia ella; y Khieu hizo lo mismo y la vio. Ésta, al ver su mirada, se ocultó.

Y al girar la cabeza, Mao vio a lo lejos, entre la profunda arbolada, a una chica que miraba por todas partes, como si estuviera ocultando algo; antes de perderla de vista. Solo fueron unos segundos, pero eso atrajo su atención, que fue interrumpido por Khieu:

— Una pregunta — Le decía a Mao, señalaba al árbol en dónde Jovaka estaba escondida. —…no es por incordiar… ¿Pero qué relación tienes con esa chica? —

El hecho de que estuvieran todo el rato juntos, y sobre todo el que Jovaka incluso abrazaba sin parar a Mao, ya estaba levantando sospechas en ella.

— Pues, somos amigas. — Le contestó Mao sin darle mucha importancia, o eso parecía; antes de que Jovaka le gritara, totalmente roja y alterada que era una malpensada.

A continuación, las tres se dirigieron hacia al lugar en dónde iban a dormir el grupo de los conejitos. Mao se preguntaba sin parar quién era aquella chica que vio y porque le parecía muy sospechosa, y estaba tan absortó en eso, que Khieu no paraba de decirle cómo podrían arreglar las paces con Josefa e ignoraba cada palabras suya.

— ¡Oye, ayúdame! ¡A mí no se me ocurre nada! — Al final, harta de ser ignorada, le gritó fuertemente a Mao para que le hiciera caso de una vez.

Estaba harta de pensar, comprobando que su mente no producía ninguna buena idea. Quería que Josefina la perdonara como sea, no solo por pasar el campamento tranquila, sino porque estaba arrepentida de hacerlo.

— No me metas prisa, que no puedo pensar en dos cosas a la vez. — Le replicó molesto Mao, que estaba más ocupado en montar teorías absurdas sobre la chica que vio y su comportamiento extraño, que con Khieu.

Le iba a decir algo a Mao, pero Jovaka interrumpió su intento, gritándole esto muy molesta: — ¡Eso, eso, deja de molestarla, satánica! —

— ¡Eh, tú, eso ha dolido! ¡No lo soy, yo ni creo en fantasmas, ni en Dios y por supuesto ni en el diablo! ¡Jamás me metería en una secta demoniaca de esas! —

Aquellas palabras fueron una flecha en todo el corazón para ella, que jamás se esperaba que le llamaran así. Empezó a maldecir a Josefina.

Mientras Jovaka y Khieu empezaba a pelearse, Mao, que las ignoraban, vio a Ekaterina Sumovov a lo lejos, quién parecía que estuviera buscando algo en mitad de aquel enorme bosque. Pensó que tal vez estaba relacionado con lo que vio antes y la saludó, sorprendiendo a las otras dos, que dejaron de pelearse y empezaron a buscar a quién le estaba dirigiendo el saludo.

— ¿Cómo va el trabajo? ¿Algún problema? — Eso preguntó Sumovov al ver a esos tres en medio del bosque.

Se acercó a ellas, poniendo nerviosas tanta a Jovaka, que lo único que menos quería que otra chica estuviera cerca de ella, y Khieu, que pensaba que le iban a regañar por vagas.

— Ah, ninguna. — Le respondió Mao, dudando si tenía que decir algo o no.

— Pues tenemos bajo nuestra responsabilidad todas esas niñas, así que mantengan la máxima preocupación. — Añadió amablemente una pequeña advertencia e iba a irse pero entonces se le ocurrió la idea de preguntar algo.

— ¿Por cierto, ustedes han visto a una chica pelirroja, que usa dos grandes trenzas? — Les preguntó y las tres respondieron que no.

— ¡Pues vaya…! — Añadió con pena y luego les explicó brevemente la situación a ellas: — Es que se trata de mi hermana, que no la encuentro por ninguna parte. Si la encuentran, díganmelo, por favor. Aunque no creo que sea nada grave…—

Mao y Khieu se quedaron sorprendidos, boquiabiertos; al saber que ella trajo su hermana, una verdadera; y que no se habían enterado hasta ahora. Estas dos dijeron que sí inconsciente, y Ekaterina se iba a ir, pero antes decidió saciar a su curiosidad sobre algo que le atraía mucha la atención:

— No es por incordiar hermana…— Le decía a Mao mientras señalaba a Jovaka. — ¿Pero qué clase de relación tienen ustedes? —

Tanto Mao como Jovaka se preguntaron mentalmente  por qué le hacían otra vez la misma cuestión, sin darse cuenta de que el mismo hecho de que la serbia estuviera todo el rato pegada a su brazo levantaba sospechas.

— Somos amigas. — Le respondió Mao. Ekaterina se quedó pensando, porque no se creía eso, pero decidió no saber nada más y se fue.

Mao se dio cuenta entonces que la chica que describió la jefa parecía la misma que vio haciendo cosas sospechosas, pero era demasiado tarde para comunicárselo, ya no la veía. Tras volver al lugar y al pasar un rato, las encargadas llamaron a las chicas que estaban a su cargo que cenara, ya que hizo de noche. Durante la cena, el chino pensó sin parar, con la ayuda de Malan, a quién se lo explicó todo, cómo hacer que Josefina perdonase a Khieu hasta formar completamente su plan. Después de eso, todos se acostaron y un nuevo día llegó.

— ¿Entonces qué tienes pensado? — Le preguntó Khieu por la mañana, después de que las encargadas se despertarán, ya que éstas tenían que levantarse primera para despertar a las que tenían a su cargo. Mao le dijo algo por el oído y ella le gritó, muy molesta:

— ¿Por qué tanto? — Khieu quería terminar el asunto lo más pronto posible, pero Mao, quién le dijo que debía esperar, le replicó que tuviera paciencia.

El plan de Mao es que dentro de tres días las chicas harían un juego por la noche, algo que era muy popular en cierto país, cuyas series de animación siempre mostraban: Una prueba de valor. Dos personas deben atravesar un camino aterrador, lleno de supuestos fantasmas y monstruos, hasta llegar a una casa, en dónde dejar un medallón con la imagen de la Virgen María, y que estaba al lado de un pequeño lago, en el que estaba prohibido bañarse; y volver. Pues la idea era que Malan, quién sería la pareja de Josefina, se quitaría del medio y Khieu aparecía para ayudar a Josefa a llegar a la casa y allí se encontrarían de nuevo con la africana.

Con esto en mente, pasaron los días, llenos de diversión para las niñas; pero para las encargadas y otras responsables del cuidado del campamento fue un trabajo agotador. Tuvieron piscina, una piñata, un concurso de cocina, unas especies de clases al aire libre sobre la naturaleza y algunas cosas más. Cuando Khieu no estaba cerca de Josefina, ésta estaba normal y cuando estaba cerca, solo la miraba con odio y rencor. Y al llegar el día, antes de las ocho y media de la noche, que era cuando iba a empezar la prueba, Mao había reunido a Malan y la satánica.

— ¿Crees qué esto funcionará? — Les preguntaba Khieu, tras escuchar el plan de Mao; tenía muchas dudas de que iba a funcionar.

— Ten fe. — Le respondió Mao, después de que Malan le dijera que lo iba a hacer lo mejor que pueda.

Y como adivinaron, Josefina se fue con Malan, ya que Diana le dijo que iba a ir con otra niña que había conocido y que ésta no tenía con quién ir. La mexicana estaba temblando, a pesar de que le habían prometido que no había fantasmas ni otras criaturas de la noche, y rezaba a todos los santos para que no le pasara nada grave, ni a ella ni a Martha.

— ¡Vamos, Malan! — Le decía a su compañera con los ojos cerrados y rezando sin parar. — Reza conmigo ¡Así, no nos pasará nada! — Malan la imitó, aunque en realidad, ella ni estaba rezando ni nada parecido.

A las ocho y media, llamaron a todas para reunirse y empezaron a salir las primeras. Así que Malan y Josefina tuvieron que esperan hasta las nueve menos veinte para salir a hacer su recorrido. Mientras tanto, en una parte del recorrido, escondidos entre la vegetación, estaban Mao y Khieu más Jovaka.

— ¿Por cierto, qué hace ella con nosotras? ¿No debería estar allí, participando con las demás niñas? — Le preguntaba a Mao, al ver que la serbia estaba con ellos.

— Y a ti que te importa, satánica. — Le replico Jovaka, con un tono muy molestó que enfado a Khieu.

— Otra vez que lo digas y te reviente la boca, sucia humana. — Apretaba el puño, mientras la miraba con malas pulgas y se preguntaba por qué le llamaba “satánica”.

— ¡Mao, Mao! ¡Me quiere pegar! — Eso le decía, mientras abrazaba a Mao del miedo que le supuso esa amenaza.

— Es tu culpa por llamarla satánica. — Y le pegó en la cabeza flojito, una señal para decirle a ella que se disculpará y Jovaka, con pocas ganas de hacerlo, tuvo que disculparse.

Y se callaron de repente, al ver a dos chicas pasar por el camino, para no ser descubiertos. Y mientras estaban así, con Khieu mirando a la media luna como una forma tonta de perder tiempo, a Mao le entraron ganas de hacer pipí.

— ¡Oíd, esperaos aquí, que tengo que hacer algo! —Eso les dijo antes de irse, después de aguantar un buen rato. Y al irse para buscar un buen sitio para que nadie le viera, Jovaka, incapaz de estar al lado de una chica, salió corriendo en su busca diciendo que no la dejará sola con la satánica.

— ¡Oye tú! — Le gritó, molesta de que le dijera eso otra vez. — ¡Qué manía tienen con llamarme satánica! — Eso añadió algo después, fastidiada por el mote que le habían puesto.

Luego, se quedó pensando en la relación entre Mao y Jovaka, le parecía que eran demasiadas amigas y eso era algo bastante sospechoso. De todas maneras, siguió, esta vez en solitario, viendo cómo iban pasando niñas y más niñas por el camino hasta ver a Josefa y Malan.

— ¡Ahí está! — Se dijo cuando vio a Josefa.

Aún no habían vuelto Mao y Jovaka, y se dio cuenta de que Josefina estaba sola, hablando nerviosamente sin parar, como si tuviera a alguien al lado, y mientras observaba hacía al suelo, intentando no mirar hacia otro lado. Eso a Khieu le pareció algo tenebroso. Entonces, una voz le dio un gran susto:

— ¿Dónde está Ojou-sama y la chica misógina? —

Khieu dio un gran chillido y salió corriendo, pero solo dio dos pasos antes de chocar contra un árbol y al notar que en su cabello se le cayó un insecto, gritó de nuevo, mientras se lo intentaba quitar de encima. Cuando se dio cuenta de quién era la voz, casi la iba a matar.

— ¡Malditas seas! ¡No me des esos sustos, casi me muero! — Eso le dijo muy enfadada a Malan.

— Ah, perdón. No sabía que fueras tan miedosa como Josefina. — Le replicó Martha, después de ver como Josefa casi se moría del susto, tras ser asustada por una legión de zombis, por un vampiro, mujeres-lobas y demás chicas de la hermandad que actuaban para aterrar a las que se atrevían con la prueba de valor.

— No me compares con ella. — Añadió eso, molesta por esas palabras.

Luego, miraron hacia Josefina y ella seguía estando agachada, con los ojos cerrados y llamando a Malan sin parar, mientras le salían lágrimas de los ojos.

Quería levantarse y buscarla, ya que se había cuenta de que ésta había desaparecido, pero el miedo la impedía hacer tales cosas, y se maldecía a sí misma por no tener la valentía suficiente para buscar a su querida amiga. Las dos, Khieu y Malan se quedaron mirando a Josefa:

— Ahora es tu turno, chica satánica. — Le dijo a Khieu.

— ¿Tú también? — Eso le preguntó, un poco desilusionada al saber que todas le habían puesto ese mote, por culpa de Josefina.

Entonces, fue cuando la satánica se acercó a Josefina, con la intención de acompañarla hasta al final y de esta manera conseguir que su rencor desapareciera. Se puso al lado de ella y se quedó observándola sin saber que decir. No tenía ni una buena idea de cómo hablarla sin asustarla, porque se notaba que estaba aterrada.

Así estaba Josefa, sentada en el sucio suelo, tapándose los oídos, con los ojos cerrados, expulsando lágrimas sin parar, temblando como un flan y diciendo sin parar que lo sentía, que era una mala amiga y que Malan estaba en peligro por su culpa, pero que era incapaz de ayudarla. Khieu le dio hasta pena y vergüenza ajena lo exagerada que se puso. Y de pronto unos búhos pasaron por delante de la cara de la satánica, haciéndola gritar. Y al hacer eso, Josefina, también gritó y cuando miró con la linterna quién era, se puso a gritar más y casi iba a salir corriendo si no fuera por la otra, quién la agarró.

— ¡Suéltame, satánica! ¡Suéltame! — Gritaba eso sin parar, mientras lloraba y pedía ayuda.

— ¡Tranquilízate! ¡No te voy a hacer daño! — También gritó Khieu, mientras hacía todo lo posible para que no se fuera.

— ¿Cómo confío en ti si me estás agarrando? — Al decir eso, intentó con todas sus fuerzas liberarse de la satánica. Así estuvieron un buen rato, hasta que se cansaron, tanto la una como la otra.

— Vamos a ver…— Le decía eso mientras le jadeaba. — Solo he estado aquí porque te he visto sola y temblando como un flan. —

— Seguro para hacer tus estúpidas bromas. — Le acusó Josefa.

— Ya no voy a hacer esas cosas… Ni a ti ni a nadie. — Le decía eso, con un tono que resaltaba su arrepentimiento.

Después de encontrarse con Sasha e intentar aplicar su venganza con ella, con horribles resultados, decidió que nunca iba a hacerles bromas pesadas a unas niñas, le dejó claro que no debería hacer esas. Por eso, se arrepintió de hacerles eso en Halloween, solo porque estaba enfadada de que sus amigos la dejaran ahí y tomarlas con ellas.

— ¿Eso es verdad, satánica? — Le preguntó Josefina, quién por primera vez empezó a confiar en aquella persona que le hizo tal cruel broma.

— Me llamó Khieu. — Le replicó, harta ya de que le llamaran así.

Entonces, Josefina paró de forcejear y se quedó pensando durante un buen rato, preguntándose si debía hacerle caso o no. Al final, como buena chica que era, decidió perdonarla, creyendo que su arrepentimiento era sincero:

— Vale. — Y con esta débil respuesta, empezaron a marchar ellas hacía la casa, después de tener una pequeña discusión sobre si había que buscar a Malan. Khieu la convenció de que ella la estaría esperando allí, en la casa. Mientras estaban andando, la satánica se dio cuenta de lo habladora que era Josefa:

— ¡Espera, espera…! — Interrumpió a Josefina.  — Me he perdido, ¿qué quieres decir con todo eso? —

— Sí, te lo he dicho bien claro…— En realidad, a ella apenas se le entendió.  — ¡Qué cuando volvemos a la cuidad, le pedirás perdón a Sasha! —

Al escuchar esas palabras, Khieu se paró de repente, recordando sobre aquel sueño horrible que tuvo con ella. No deseaba por nada del mundo, aún cuando el miedo fuera por un producto de sus pesadillas, verla de nuevo. Josefina, al ver que ésta miraba con cara de haber visto a un muerto, le preguntaba qué le pasaba, aterrada con la posibilidad de que hubiera algo tenebroso cerca de ellas.

Y cerca de ellas se encontraba Noemí, su hermana, quién se estaba preparando para asustarlas. No entendía que hacía Khieu ahí, que aunque apenas se conocían, sabía que era una de la hermandad; pero le dio igual, porque esperaba ese momento, quería asustar lo mejor posible a Josefina, oír sus gritos. No era por nada particular, solo deseaba hacer eso.

¿Cómo iba a asustarlas? Pues encender una lámpara, para que se viera un fuego de color verdoso, y acercarse poquito a poco, diciendo que deseaba comer niños. Estaba disfrazada con lo típico de bruja, las que salían en los cuentos. Al oírlo, Josefina se puso pálida y giró con terror hacia el origen de esas terribles palabras. Eso también pudo devolver a Khieu a la realidad, quién se le puso la piel de gallina, a pesar de que sabía que no había nada fantasmal en el lugar.

— ¿Qué hacemos? — Le preguntó Josefa, toda aterrada.

— Tan solo es una chica disfrazada, no te pongas así. —Le replicó Khieu, a pesar de que tenía un poco de miedo.

Noemí, mientras veía muy feliz de que su objetivo de hacerlas temblar de miedo estaba dando resultado, no se dio cuenta de que una raíz sobresalida de un árbol iba a interponerse en su camino y hacerla caer de la forma más torpe posible. Su cara se estrelló contra el suelo, y la lámpara salió volando, pasando cerca de las narices de aquellas dos, quienes gritaron con la mayor fuerza que tenían.

— ¡Fantasmas! — Lo gritaron tan fuerte que los pájaros empezaron a volar asustados y se oyó por todo el campamento. Y lo siguiente que hicieron fue salir como cohetes, chillando sin parar y muertas del susto, directas hacía la casa.

— Creo que me he pasado un poco. — Eso se decía Noemí, tras escuchar todo eso, mientras se recuperaba del duro golpe que se hizo.

Al ver la casa, a unos pocos metros de ellas, éstas se pararon y cayeron al suelo con la intención de recuperar el aliento. Empezaron a preguntarse la una a la otra qué había sido eso, eran incapaces de encontrar alguna razón explicable. Entonces, fue cuando Josefina se dio cuenta de una cosa, y lo empezó a señalar mientras volvía a gritar como loca:

— ¿Qué pasa, ahora? — Le preguntó Khieu. Josefina, harta de gritar y casi afónica, solo le señalaba y ésta miró hacia dónde, entonces lo vio.

— ¡Eso no es…! — Se levantó y se acercó. Era una chica, tirada en el suelo y parecía que estaba desmayada.

Mientras la intentaba despertar, Khieu se dio cuenta de quién es: — ¿Esa no es el brazo derecho de la hermana mayor? —

Era Grace Cook, quién era segunda de a bordo y estaba ahí desmayada en el suelo.

— ¡Vamos, mujer! ¡Despierta! — Empezó a zarandearla de un lado para otro violentamente, mientras le gritaba. — ¡¿Qué te ha pasado!? —

— ¡¿E-e-está muerta!? — Preguntó una Josefina conmocionada, que le costó mucho poder salir del bloqueo mental en el que estaba.

— No lo…— Josefa ni la deja terminar, con solo oír el “no” se puso a gritar de horror, creyendo que habían matado a alguien.

— ¡Deja de gritar! — Le gritó desesperadamente Khieu. — No, no lo está. Solo está desmayada, no te pongas así y ponte a buscar ayuda. —

— ¡Ayuda, ayuda! ¡Qué alguien nos ayude, alguien ha matado, le han matada! —

Pero Josefina solo seguía gritando sin parar como loca, y casi estaba a punto de quedarse afónica. Apenas se podría mover por culpa del miedo, así que era lo único que podría hacer.

— ¡Qué no está muerta, maldición! ¡Cállate y muévete de una vez! — Aunque a Khieu le entraba ganas de hacerla callar, sus gritos ya le producían fuertes dolores de cabeza.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Campamento Sumovov, sexagésima historia: Primera parte (La hermandad)

— ¡Virgen Santa! ¡Qué fresquito! — Eso gritaba Josefina, disfrutando del ventilador, por el cual lo tenía pegado a él, escondido debajo de su vestido simple de color blanco.

Era un día caluroso de verano y como no tenía aire acondicionado en su cuarto, pues se intentaba refrescar de aquella manera. Y junto a ella, estaba Malan, quién fue invitada a estar un rato con su amiga. Estaba observando en su móvil las fotos que había sacado sobre un insecto que le pareció muy interesante y que se encontró por el camino. Así de aburrido estaba su tarde, hasta que alguien pegó la puerta.

— ¿Quién es? — Preguntaba Josefina, mientras se levantaba para abrir la puerta.

Casi iba a dar un brinco del susto, al ver quién había pegado la puerta. No era nada más que su hermana Noemí, pero su cabello tintado de azul, que le llegaba hasta al cuello, la sorprendió muchísimo, de nuevo. Aún le costaba acostumbrarse a su nuevo look, pero ya ni se esforzada, porque siempre cambiaba más de imagen que de calcetines. Malan observó por unos pocos segundos a la persona que pegó, pero no le parecía interesante y siguió con lo suyo.

— ¿Qué quieres? — Le preguntó secamente Josefina, quién estaba algo molesta. No le gustó aquella visita inesperada, porque pensaba que ella le iba a pedir algo, como siempre; y deseaba que se fuera lo más rápido posible.

— Déjame entrar y lo diré. — Tras decirle eso, Josefa se lo pensó durante unos segundos para, luego, dejar que entrara en el cuarto.

Malan la saludó y Josefina le preguntó otra vez, con muchísima hostilidad, qué quería ella. Entonces, Noemí les dijo esto, molesta por la actitud de su hermana, mientras les enseñaba una hoja publicitaria:

— ¿Quieren ir a un campamento de verano? — Esas palabras las dejó a las dos bastantes sorprendidas, no se lo esperaban.

Al día siguiente, llegó a la casa de Mao, una persona que jamás él esperaba ver en su hogar:

— ¿Tú no eres hermana de Josefina? — Eso preguntó al verla, muy sorprendido por su aparición, y también de su nuevo look que le parecía muy horroroso. Ella había llegado a su casa junto a su hermana y Malan.

— Ella quiere pedirte un favor muy, muy grande. — Le soltó Josefina, bastante animada, demasiado para el gusto de Mao, quién preguntó qué era con muy mala espina. Noemí le contestó:

— ¡Quiero que te unas a nuestra hermandad, Mao! — Esto le dijo Noemí, entregándole un papel, y mientras éste se quedó con la boca abierta.

Rápidamente, se puso a leerlo, pero no lo entendió, porque era una hoja de admisión  y no de información. Noemí tuvo que explicárselo:

— La hermandad Surovov es una organización sin ánimo de lucro formada por chicas adolescentes de catorce años a dieciocho, que trabajan para el progreso y la mejora de Springfield y su municipio con todo tipo de proyectos sociales. —

Mao no quería saber nada de estas cosas, no deseaba ser un activista social y quiso dejarlo bien claro, pero entonces Josefina intervino:

— ¡Hey, hazte hermana, y así estaremos juntas en el campamento de verano! — Mao, tras oírlo, puso una cara de completa incomprensión.

A continuación, le contaron que Josefina y Malan habían sido invitadas, por Noemí, a un campamento regido por esa hermandad y querían que Mao fuera parte de eso, para que estuviera con ellas. Se le quitaron aún más las ganas de entrar, pero entonces Josefa y su hermana se unieron para darle la lata hasta que aceptará.

— Vale, vale, pesadas. ¡Espero que no me metan en nada extraño! —

Eso les tuvo que gritar Mao, cuando fue derrotado, después de aguantar por varios minutos la pesadez de Josefina y su hermana. No había duda para él, eso venía de familia.

Josefina y Noemí se pusieron tan felices que se abrazaron, gritando alegremente, pero entonces se dieron cuenta de que estaban dando un abrazo y se soltaron inmediatamente poniendo una cara de puro asco. Mao, por su parte, las maldecía, mientras rellenaba su admisión a la hermandad Surovov.

Al pasar tres días, Mao fue llamado por Noemí, quién le explicó que su admisión fue aceptada y iban a hacer su bienvenida, al modo de la hermandad.

— ¿Rito de iniciación? ¿Qué sois, masones o qué? — Eso le gritó Mao a Noemí, a continuación. Se arrepintió de haberse metido, mientras se imaginaba cosas siniestras.

— Solo es una especie de bienvenida, hermana. — A Mao no le gustó que le dijera eso, pero no dijo nada. — Pero a las chicas le encantan actuar de esta forma. —

Mao se dijo para sí que aquellas chicas eran muy raras y extrañas por hacer tales cosas. A continuación, Noemí añadió que lo iban a hacerlo al día siguiente y que le iba a acompañar. Para terminar la charla telefónica, acordaron la hora y lugar para irse hacia al rito de iniciación.

Al día siguiente, tras montar en el autobús, Mao y Noemí llegaron una mansión, situada en un barrio rico del sureste. Aquella casa, hecha de mármol y de dos pisos, parecía una copia de La Casa blanca, aunque mucho más pequeña. Estaba situado sobre una pequeña colina, rodeada de un gran jardín.

— ¿Más ricos? — Se preguntaba para sí Mao, sorprendido, mientras recordaba que Josefa era amiga de Elizabeth. — ¿Ustedes os codeáis con la realeza o qué? — Eso le dijo a Noemí, a pesar de que sabía que EEUU era una república. Ésta ignoró el comentario, mientras se decía que eso le gustaría a ella.

— Es de nuestra “Hermana Mayor”, la que creó la hermandad. — Eso le respondió, antes de llamar en el portal y soltar la contraseña.

Tras abrirse las puertas y entrar en la propiedad, Mao miraba por todos lados, bastante incomodo, preguntándose cómo sería la bienvenida. Deseaba que no fuera nada siniestro o raro, y miró hacia al edificio, notando como el lugar estaba lleno de gente, ya que se estaba oyendo cientos de voces.

A continuación, subieron por unas escaleras y entraron por la entrada principal. Atravesaron un largo pasillo, muy bien iluminado por arañas de techo y bastante elegante, ya que tenía una alfombra de terciopelo en el suelo y un montón de cuadros de todo tipo en las paredes, que parecían ser muy caros. Al final de eso, llegaron a un enorme salón, lleno de chicas. Todas estaban muy amigables, charlando entre ellas, y había de todo, desde el color de piel, de cabello o el tamaño; pero todo el mundo llevaba el mismo uniforme.

Mientras Mao se quedó perplejo, observando aquel lugar, Noemí, que desapareció por un momento, volvió a aparecer, diciéndole esto:

— Nuestras hermanas pertenecen a todo tipo de clases sociales, y para evitar discriminación alguna, en apariencia, todas deben llevar el mismo uniforme. —

Mao se dio cuenta de que Noemí tenía entre sus brazos el mismo uniforme que tenía el resto de las chicas. Ésta se lo dio, a continuación, y él se quedó observándolo: Era un conjunto formado por una falda blanca y una camisa de color verde oscuro, y sobre esa pila de ropa estaba un broche con la forma de una flor.

— ¿Y dónde está el servicio? — Le preguntó Mao, algo molesto, porque no tenía ganas de cambiarse.

— Tenemos el vestidor. — Le decía Noemí, quién le señaló hacía dónde ir. — Ese pasillo, en la segunda puerta de la derecha. —

Y tras vestirse el uniforme y volver al salón, allí se quedó esperando, y cómo era nuevo, todas las chicas fueron a hablarle. Le preguntaban todo tipo de cosas, hasta cosas muy privadas y a Mao le era imposible contestar cada una de esas preguntas. Se preguntaba desesperado, cuándo iban a empezar ese rito de iniciación de una vez.

— Ejem… ¿Me pueden escuchar? — Esas palabras sorprendieron a Mao, quién no sabía de dónde estaban saliendo. — ¡Me dicen que sí! Pues bueno, vamos a comenzar con esto de una vez. —

— ¿De dónde sale eso? — Les preguntó Mao todo asustado, a las demás. No sabía de dónde estaban saliendo aquellas palabras.

— Bien obvio, mujer. ¡De los altavoces! — Le señaló Noemí una esquina del techo mostrándole eso. Mao, al observar eso, se avergonzó de haberse asustado de algo tan obvio. Mientras tanto, a través de los altavoces, seguía hablando esa persona, quién decía a sus hermanas que llevarán a la nueva hacía otro sitio.

— ¡Vamos, levántate hermana! ¡Vas a conocer a la mayor! — Le decían con alegría.

Así Mao, fue llevado hacía una puerta, que, al abrirlo las chicas, daba a un comedor exageradamente amplio, con una mesa también muy larga. Y al fondo estaba una chica, que obviamente parecía ser la líder, aunque no tenía alguna cosa que la diferenciaba de las demás. Se levantó y se dirigió a Mao para darle la mano.

— ¡Bienvenida a mi casa! ¡Yo soy la hermana mayor, Ekaterina Surovov! ¿Y tú, Mao Shaqui, no? —

— Pues sí, esa soy yo. — Le decía Mao eso, mientras le estrechaba la mano, fijándose en su aspecto, sobretodo en su cabello pelirrojo, ya que llevaba un peinado peculiar con forma de lazo que le recordaba al ratón de Disney.

— ¿Vas a unirte a nosotras? — Eso le preguntó a continuación, la hermana mayor. Mao, deseaba decirle que no, pero no podría decir tal cosa, después de haberlo prometido y de haber venido hasta aquel lugar. Así que, obviamente, le respondió que sí.

— ¡Hermanas, den una calurosa bienvenida a la hermana Amapola! —Y todas se pusieron a aplaudir, mientras Mao le preguntaba por qué le llamaron “Amapola” y cuándo era el rito de iniciación. Le respondieron que, a las hermanas, se les ponían el nombre de flores, los cuáles entregaban como broches a las nuevas. Mao se fijó en la suya, que se lo había puesto en el pelo y se dio cuenta que tenía forma de aquella flor.

El rito de iniciación no era nada más ni nada menos que cenar con todo el mundo. Se alegró de que no hubiera nada raro ni nada parecido y disfrutó mucho de la cena.

Al día siguiente, todos le preguntaron cómo le había ido estar allí: — Pues ha estado bien. Algo raro, pero bien. —

Esa era su respuesta, mientras miraba indiferente a la televisión, antes de que los demás se dieran cuentan del broche que tenía Mao en su pelo, quién se lo puso porque le quedaba bonito. Alabaron sin parar aquel accesorio.

Y pasaron los días. Mao creyó que tenía que visitar reuniones frecuentes, algo que no tenía ni ganas, pero la hermandad usaba las nuevas tecnologías: Se comunicaban y hablaban de lo que sea en una aplicación para móvil que una de ellas creó especialmente.

Por eso, estuvo al tanto de lo que ocurría y se enteró de que al final le iban a meter en el proyecto del camping, el cuál fue el principal motivo por el que le obligaron a meterse en la hermandad. Mao no pudo evitar ir a las reuniones, porque tuvo que asistir a uno, tres días antes de empezar.

— Nosotras hemos alquilado por quince días un camping, como bien sabrán, para que las niñas de nuestra ciudad puedan disfrutar de esto, sin dar ni un duro. Nos encargaremos de todas las actividades que entre todas hemos elegido hacer tras una selectiva selección, ¡esperemos que esto nos salga bien! —

Esto fue parte de su discurso a todos los miembros de la hermandad mientras éstas miraban cuales puestos le habían entregado, en un papel. A Mao le tocó ser uno de los encargados, líder por así decirlo; de un grupo de chicas participantes, al que tenía que vigilar y cuidar, algo que no quería porque ya estaba rodeada de niñas en su casa.

Y tras esto, llegó el día, al que iba a comenzar el camping, y Mao tuvo una última sorpresa, antes del viaje:

— ¡Oye, ya tengo suficiente con todas esas niñas! — Le replicaba Mao, que casi le iba a dar algo, a Clementina, después de que ella le pidiera que se llevará a Diana, mientras ya se estaba preparándose para irse.

— Ella quiere ir, y contigo estará segura, después de todo eres una de las encargadas. —

Le dijo Clementina, mientras Diana aparecía en escena y le pedía que la dejara unirse. Molesto por el hecho de que se lo dijeron a última hora, les preguntaba por qué no se lo dijeron antes:

— Pol que nadie me ha dicho hasta ahola. — Le replicó furiosa Diana, con tal cara que Mao decidió callarse, mientras se preguntaba si se acordó de haberle dicho algo. Creía que ya estaba enterada por medio de Josefina o de otra persona, pero eran imaginaciones suyas.

Mientras intentaba pedirle perdón a Diana, quién se puso a dar un berrinche por haber sido ignorada, las pocas ganas que tenía de ser el encargado, de vigilar y hacer las actividades; se les quitó.

Y no solo Diana iba a venir, también Jovaka, quién no sabía al principio ir o no. Más bien, le obligaron a aceptar que sí. Y desde el principio, Josefina y Malan iban a ir.

Tras salir, se dirigieron a una plaza de Springfield, dónde se encontraban los autobuses encargados de ir al campamento, y el lugar estaba lleno de niñas. Los padres estaban felices, porque iban a librarse de ellas durante un tiempo, y gratis además. También Josefina estaba feliz, y cuando vio a Mao, Jovaka y a Diana, los saludó con mucha energía, demasiada para ellos, ya que ésta se puso a hablar como loca.

— ¡Josefina, tranquilízate! — Le decía Mao, con dolor de cabeza. — ¡Aún no hemos empezado y estás alterada! —

— ¡Pero es que la emoción…! ¿Ah, y Malan? ¿Dónde está? — Y entonces, empezó a gritar su nombre sin saber que ella estaba detrás suya.

— ¡Aquí estoy! — Esto le dijo, dándole un susto de muerta a Josefina, quién gritó al ver que estaba detrás. Al ver quién era, añadió:

— ¡Qué susto…! — Y le iba a decir a Malan que no apareciese así de golpe, cuando vio algo que no esperaba, volviendo a gritar sin parar, totalmente aterrada: — ¡La satánica! ¡La satánica! —

Estaba señalando a alguien, a una chica asiática hablando con otras chicas. Mao reconoció su cara, ya que la vio en las reuniones de la hermandad y le preguntó a Josefina, algo molesto, pero también preocupado, porque notó el terror de su amiga: — ¿Pero ahora qué te pasa? —

— ¿Te acuerdas de la satánica esa de Halloween? ¡Pues es esa! ¡Esa! —

Mao estuvo un buen rato pensando hasta que recordó cuando Josefina pegó en la puerta de su casa a altas horas de la madrugada totalmente aterrada y luego se quedó dormida buena parte de la mañana, hasta que despertó y le contó una historia bien absurda y larga, hablando sobre espíritus y que su amiga estaba en peligro, pero al final ella estaba más sana que una lechuga.

Miró a aquella chica fijamente, pero no se parecía en nada cómo Josefina le describió, salvo que ésta tenía rasgos asiáticos, aunque su descripción era demasiada exagerada, parecía que hablaba del diablo en persona en vez de una chica. De todos modos, decidió no pensar tanto en eso.

— Debe ser tu imaginación. — Le replicó esto en un intento vago de tranquilizarla

Entonces, escuchó cómo alguien les estaba saludaba, tanto a él como a Josefina. Les decía a ellos, mientras movía la mano enérgicamente, hola, y éstos miraron, preguntando quién era.

— ¿Quién eres? — Los dos gritaron, al ver que alguien que no conocían los saludaban como si fueran amigos.

— ¡Ah! ¿No me recuerdan…? — Eso decía la chica. — ¡Yo soy Sally McGargle, enemiga de Lafayette! —

Entonces, gritaron de la sorpresa, recordando quién era. La habían conocido cuándo fueron a la casa dónde vivía Lafayette, antes de sufrir la aventura del tesoro. Sally había cambiado bastante, parecía que había dado un estirón, tanto en la delantera como en la altura.

— ¡Cuánto tiempo! — Le decía Mao al saludarle con la mano. — ¡Perdón, pero no te había reconocido! —

— Tal vez, por eso no me notaste cuando estuvimos en la reunión. — Eso le respondió con una sonrisa.

— ¿Qué? ¡Ni te vi! — Dijo Mao extrañado, intentado recordar si la había visto ahí.

— Esas cosas no importan. — Concluyó y luego se pusieron a hablar mal sobre la desaparecida Lafayette, poniéndola verde sin parar.

Malan le preguntó a Josefina de qué estaban hablando. Ella se lo iba a explicar, pero entonces habían aparecido los peces gordos de la hermandad.

— Parece que te lo estás pasando bien, hermana Amapola. — Aquellas solemnes palabras, que sorprendieron a todo el mundo, provenían de la Sumovov, acompañada de su brazo derecho, Grace Cook.

Se notaba que era su mayor subordinado, llevaba en sus manos cientos de papeles y su aspecto parecía la de un funcionario gris que ha pasado toda su vida calculando cuentas, tanto que heló a algunas al verla. En fin, tenía pelo moreno y corto, más una mirada fría que se reflejaban a través de sus gafas.

— Bueno, algo así. — Esa fue la  respuesta de Mao, siendo incapaz de decir otra cosa más inteligente.

— Me alegro, espero que ser parte de nosotras sea una experiencia inolvidable para ti. ¡Y para todas las niñas que has traído, espero que disfruten de nuestro campamento! —Y con esto dicho, se alejó de ellas.

— No te preocupes, a ella le gusta hablar con los novatos. — Eso dijo le dijo Sally despreocupadamente, al ver la cara de asombro con Mao.

Más tarde, se le avisaron a los encargados de formar los grupos de chicas, mientras Josefa preguntaba dónde estaba su hermana, quién llegó tarde. Mao le fue asignado el grupo llamado “Conejo”, con Josefa, Malan, Diana y Jovaka, quién estaba pegada a él como una lata, provocando comentarios algo molestos sobre ellos.

— ¡Pues bueno, me llamó Mao Shaqui y seré la líder de los “conejos”, espero que nos llevemos bien y todo eso! —

— ¡Yo ya sé tu nombre! — Eso le replicó Josefa, como si fuera una niña pequeña. — Yo también. —Añadió Diana.

— Sí, sí, pero hay muchas que no me conocen. — Les decía Mao, mientras les señalaba la cantidad de chicas desconocidas que estaban a su alrededor.

A continuación, Mao decidió centrar su atención a Jovaka, quién le estaba abrazando tan fuerte que le apretaba. Ella estaba temblando como un flan, aterrada ante el hecho de que iba a estar en mitad del campo rodeada de niñas, eso era como estar rodeado de animales salvajes y empezó a pensar que fue un error haber sido obligada a hacer esta acampada.

Mao, quién se estaba arrepintiendo de haberse traído a Jovaka, empezó a reza para que ella no se convirtiera en un gran incordio.

Entonces, todas las niñas iniciaron una avalancha de preguntas hacia él. “¿Por qué tu nombre es tan masculino?”, “¿Sabes karate?”, “¿Por qué esa chica no te suelta, sois novias o qué?” o “¿Cuándo iban a comer?”, “¡¿Puedo ir al servicio!? ”, esto solo era una buena parte de lo que decían, porque no paraban y Mao no daba a vasto, mientras se preguntaba cuándo iba a llegar la otra encargada, para que le ayudase, ya que se acordó de que no había aparecido hasta ese momento. Entonces, ella apareció, después de correr como condenada hacia al grupo:

Apareció gritando que lo sentía por la tardanza y luego, soltó esto:

— ¡Perdón, por esto…! ¡Soy Khieu Ponnary! — Le decía esto a Mao y a las demás, mientras subía al vehículo, totalmente exhausta.

Entonces, vio a Josefina y se quedó blanca antes la inesperada sorpresa. Jamás de los jamases se esperaba encontrar a aquella persona y dio un buen brinco del susto: — ¡Oh, mierda! —

— ¡No deberías decir insultos! — Le gritaron todas las niñas y ésta tuvo que pedir perdón. Josefina ya no le tenía miedo, más bien la miraba con furia y odio, recordando todo lo que les hizo a ella y a Sasha, maldiciendo el hecho de que esa estuviera en su grupo, siendo también encargada.

Khieu no sabía qué hacer, no se esperaba para nada encontrarla ahí. Y las dos se observaban mutuamente, creando una extraña y pesada tensión entre ellas. Mao se dio cuenta de eso, bastante sorprendido, porque no esperaba ver a Josefina poner una mirada así. Se conocían, y aquella chica le había hecho algo muy, muy horrible a Josefa. Decidió preguntarle más tarde.

Tras eso, Mao y Khieu, quién sentía como la mirada rabiosa de Josefina no la dejaba de perseguir, organizaron el grupo y lo metieron en el autobús.

— ¡Oye, no podrías pedirle a esa chica que se cambiará de sitio, hermana! ¡Eso está reservado para las encargadas! — Eso le replicó Khieu, al ver que Jovaka se sentó al lado de Mao, en un lugar en que deberían estar las encargadas.

— ¡No y no, yo me quedó con Mao! — Le dijo Jovaka, casi gritando. Ese tono hizo pensar mal a Khieu, pensado que ellas eran lesbianas.

— ¡Oye, ésta tiene serrín en la cabeza y no lo hará, así que tendrás que buscar otro sitio! — Eso le dijo Mao, sabiendo muy bien lo peligroso que era ponerla con otras chicas, y Jovaka la replicó indignada por esas feas palabras. Khieu decidió ponerse detrás de ellas, y vio como Josefina se sentó detrás, aún mirándola con rabia y odio.

Khieu, al no soportar la presión de tener a alguien mirándola con ganas de matarla, decidió intentar hacer algo. Se levantó de su asiento y miró hacia atrás.

— ¡Hola! — Dijo tímidamente, mientras movía la mano nerviosamente de un lado para otro.

— Muérete. — Esa simple palabra fue demasiado chocante que cortó toda posibilidad de comunicación. El ambiente del bus se quedó muy aturdido por varios momentos.

Todas las chicas de su alrededor se quedaron muy sorprendidas, pero los que se quedaron realmente aturdidos por esas palabras fueron sus amigas y Mao, que jamás la oyeron decir esa palabra y de esa forma.

— Lo siento. — Añadió Khieu tímidamente, con una sonrisa forzada, mientras poquito a poco volvía a sentarse en su asiento, totalmente acobardada.

Josefina le siguió mirándole con aquella horrible mirada y Diana se le unió, mientras Malan le pedía a Khieu educadamente si podría sentarse junto a ella. A continuación, subieron las últimas encargadas y el autobús empezó a andar, directo hacía al campamento.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

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