Centésima decimaséptima historia, Sin categoría

El funeral de una flor: Tercera parte, centésima decimaséptima historia.

Les voy a recordar cuales fueron los acontecimientos, antes de continuar, si no es mucha molestia. Nuestra querida Antonina estaba a punto a acostarse y tener una buena noche, pero una persona la interrumpió, metiéndose en el cuarto en dónde iba a dormir junto con la señorita Nonoma, que dormía como un tronco. La reconoció enseguida.

Era Aiyanna. No, era la pobre Aiyanna siendo poseído por aquel espíritu maligno cuyo nombre pronunció Antonina: Sasha. Y parecía que no tenía unas buenas intenciones, porque llevaba una navaja a mano. Después de que le hablará, hubo un corto silencio entre ellas dos. A continuación, el demonio rió de forma siniestra por lo bajo, antes de continuar hablando:

— Ahora parece que soy un espíritu maligno,… — Y se hizo un pequeño corte en el brazo, poniendo a observar cómo salía la sangre de su cuerpo. Luego, añadió con decepción: — Pues no me siento como un fantasma, la verdad. —

— Es curioso, la verdad. Perdiste la memoria como consecuencia de aquel disparo mortal en tu cabeza, algo que también me sorprende, sobreviste a duras penas. Podrías decir que fue un milagro. —

— ¡Qué mierda, yo nunca quise ese milagro! — Soltó un gesto de fastidio.

— De todos modos, pagaste un grave precio. Perdiste tu memoria, así como  tu propia personalidad, te convertiste casi en una pizarra en blanco. Aún así, había pocas posibilidades de que lo recuperarías, y sobre todo en tan poco tiempo. E incluso eso no es lo más extraño y fascinante del asunto, sino que el tú de ahora, Aiyanna, reniega de la anterior, Sasha. Es decir, se han formados dos “personalidades” dentro de ti.. —

— ¡¿Esto es jerga médica!? No entiendo ni puta mierda, ni me importa. —Le dijo con burla y desprecio. — Solo quiero un poco de diversión, ¡vamos a jugar! — E intentó alzar la navaja contra Antonina, pero, con la ayuda de los espíritus, la detuvo con gran rapidez, sosteniendo con fuerza el brazo en dónde sostenía el arma blanca. Ella siguió hablando:

— Es fascinante, ¿sabes? No solo sufres de pérdida de memoria, sino que supuestamente adquiriste dos personalidades. En un sentido muy figurativo, es entendible que ella te vea como un espíritu maligno. Definitivamente, debiste haber muerto. Más bien, dejar vivir a Aiyanna. —

— ¡Suéltame, maldita chamán de pacotilla! — Aquel espíritu maligno empezó a insultar a Antonina, mientras intentaba liberarse de su agarre, dando patadas y golpes al azar que ella esquivaba con facilidad: — ¡Puta estafadora! —

— No tiene lógica hacerte caso. Si te suelto, irías a hacer algo que a nadie le gustaría sufrir, mi querida Sasha. — Antonina rió amablemente. Eso solo puso más alterada al espíritu maligno. Ella siguió hablando con muchísima tranquilidad:

— Además, deberías moderar un poco mejor tu lenguaje. Después de todo, esta estafadora, este chamán de pacotilla, te salvó la vida. O le di la vida a Aiyanna, más bien. —

El espíritu maligno se rió fuertemente al escuchar estas palabras, para luego decirle esto: — No digas chistes, que me haces gracia. Por tu culpa, sigo atrapada aquí, en este teatro estúpido y sin sentido. Así que puedo soltar todo los insultos que me da la gana, estúpida zorra que solo sabe engañar a la gente. —

— ¿¡Yo, engañar a la gente!? Tal vez lo esté haciendo desde tu punto de vista, pero desde la mía no es así la cosa. Fueron ellos lo que te consideran un espíritu maligno y yo estoy de acuerdo, eres solo un espíritu maligno que tengo que exorcizar. Aún así, soltar esto es demasiado relativismo y la realidad es la misma por mucho que queramos o no. En mi defensa, diré que puede ser verdad o no eso que dices, pero no lo podemos demostrar por el momento de forma objetiva, si es que se puede… —

Al cansarse de tanto forcejeo, el espíritu maligno intentó morder el brazo que la sujetaba como si fuera un perro rabioso. Antonina esquivó aquel mordisco, liberándola de su agarre. Aún así, ella seguía estando tranquila y siguió hablando, mientras observaba fijamente a aquel ser aterrador:

— Después de todo, no puedo negar la existencia de tal idea, ni tampoco aceptarla, dentro de unos parámetros objetivos. Los espíritus, ya sean entendidos como fantasmas o una versión espiritual de los elementos del terreno, pueden que existan o no, y no hay manera de comprobarlo. Por tanto, si ellos lo creen, yo también lo haré. Es solo cuestión de fe. —

— ¡¿Ya has terminado con la cháchara!? — Le dijo el espíritu, al ver que Antonina se quedó en silencio. — ¡Es un alivio para mis oídos no oírte!—

Antonina no le respondió, solo le seguía observando con una gran sonrisa de seguridad que perturbaba demasiado a aquel ser demoniaco:

— ¡Dime, ¿en qué estás pensando?! — Le dijo entre una mezcla de burla y molestia. — Estoy a punto de apuñalarte y tú sigues mirándome con esa cara estúpida, ¡¿qué esperas!? ¡¿A qué tus espíritus te salven o algo así por el estilo!? — Dio una pequeña carcajada, mientras ponía una verdadera muesca de monstruosidad que solo seres malignos como ella podrían mostrar.

— Tal vez. — Pero eso no inmutó a nuestra Antonina, quién le replicaba estas palabras, llena de seguridad en qué no iba a morir a manos de aquel diabólico ser. — Estoy bendecida por los buenos espíritus, y no creo que sean menos que tú, querida Sasha. —

Eso enfureció muchísimo al demonio: — ¡Oh, los buenos espíritus me salvarán! ¡Estoy bendecida por ellos, bla, bla, bla,..! — Se burló de ella y, a continuación, se dirigió hacia ésta con la intención de apuñalarla. Gritó a pleno pulmón: — ¡Aquí tiene tu premio por hacer chistes de primeras! —

Antonina no movió ni un músculo, solo se quedó observando. Estaba en peligro, el espíritu maligno quería eliminarla. Pero, recordad, ella está bendecida por los buenos espíritus y se salvará con un gran milagro.

Milagro que ocurrió, porque Sasha, al dar los primeros pasos, se detuvo bruscamente, mientras la navaja caía al suelo. Ella estaba inmovilizada, incapaz de moverse. No se había vuelto de piedra, sino que algo la había detenido, intentando proteger a nuestra querida Antonina. El demonio, a  continuación, cayó al suelo de rodillas, mientras se ponía las manos a la cabeza y gritaba:

— ¡Vamos, déjame! ¡Me estás provocando dolor de cabeza, déjame en paz! ¡Este es mi cuerpo y puedo hacer lo que quiera con él! —

Al parecer, el demonio estaba luchando contra algo que solo se encontraba en su interior, que intentaba coger el control del cuerpo para evitar aquel apuñalamiento. No paraba de soltar chillidos de dolor, mientras se movía de un lado para otro por el suelo, incapaz de aliviar lo que sentía. Antonina supo enseguida que estaba ocurriendo, la otra personalidad de aquella chica, Aiyanna, intentaba tomar el mando. Las dos partes empezaron a gritarse mutuamente, como si fueran dos personas distintas discutiendo.

— ¡Deja de poseerme! ¡Es mi cuerpo, no el tuyo! — Uno no sabía quién era Sasha y quién Aiyanna. — ¡Mentira, siempre ha sido mío, idiota! ¡Tú eres yo, yo soy tú! — Fuera, solo se veía a una sola chica gritando a todo pulmón incoherencias. — ¡No es verdad! ¡Tú eres solo un espíritu! —

— Supongo, que es hora de hacer mi trabajo…— Añadió tranquilamente Antonina, mientras observaba la escena. Ella se acercó a la chica y la cogió con los brazos dulcemente, con intención de tranquilizarla e inmovilizarla. Empezó a recitar encantamientos en griego clásico y latín para ayudar a la niña poseída a librarse del control que tenía aquel demonio. Ésta no paraba de insultarla, mientras intentaba liberarse de sus brazos, a la vez que la otra parte le pedía a gritos que parase de una vez.

Naturalmente, los gritos despertaron a todo los que estaban durmiendo en la casa. Nonoma, que, a lo primero, intentó ignorar el ruido, no lo pudo soportarlo y gritó esto, mientras se levantaba de la cama:

— ¡Por el nombre del Padre, pueden vuestras mercedes callarse! ¡Hay una servidora que intenta dormir! — Luego, al ver la situación, gritó con una mueca de sorpresa y horror: — ¡¿Pero, por todos los Santos, qué está pasando!? —

También se oyeron chillidos de los padres, al ver que su hija no estaba con ellos y se estaba escuchando un griterío en la habitación de al lado. Ellos lo supieron rápidamente y se fueron directos a allí:

— ¡¿Qué está ocurriendo!? — Gritaron los dos y, al ver la escena, soltaron con una mueca de horror: — ¡¿Aiyanna!? ¡¿Qué te pasa!?—

— ¡No se acerquen! ¡Ella y yo estamos luchando contra el espíritu maligno, debe mantenerse alejados! — Les dijo con toda la tranquilidad del mundo.

— ¡¿No hay nada que podamos hacer!? — Le preguntó tímidamente, incapaz de soportar lo que estaba viendo. Quería salvar a su querida hija, de alguna manera. Antonina le dijo que no se preocupará, que todo iba a estar bajo control. Su marido, al ver que aquella respuesta no podría satisfacerla, añadió: — ¡Hazle caso, ella lo tiene todo controlado, dominará esa bestia de nuevo y nuestra Aiyanna estará a salvo! —

Los dos empezaron a rezar fuertemente para que los buenos espíritus, Dios todopoderoso y su hijo ayudaran a Antonina y a Aiyanna.

Todo el mundo espero con el alma en vilo mientras la chica poquito a poco dejaba de forcejear, fueron unos minutos de silencio y de gran tensión que parecían horas. Antonina era la única que parecía tranquila y relajada, los demás no dejaban temblar con un gran nerviosismo. Y yo no les culpo, estaban ante una criatura horrible que tenía el poder de poseer a las personas, ellos no sabían lo que iba a hacer a continuación.

Por fin, la chica se detuvo y paró de moverse. A continuación, empezó a jadear de cansancio levemente durante un buen rato, mientras cerraba los ojos. En cuestión de segundos, ella se quedó dormida, dejando un silencio sepulcral, que fue roto rápidamente:

— Vuestra merced, ¿¡ya ha podido controlar al espíritu maligno!? — Le preguntó Nonoma en voz baja, llena de miedo y temor.

— Sí, lo hemos calmado, esperemos que esta vez duré mucho más. — Y eso le respondió Doña Antonina, que lo decía con tal seguridad que alivió a todo el mundo.

— ¡Menos mal! ¡Menos mal! — Decía la madre, mientras caía al suelo de rodillas y empezaba a llorar de alegría. El marido la abrazó con todas sus fuerzas, mientras decía esto: — ¡Gracias a Dios que no ha pasado nada! ¡No llores más, todo está bien ahora! —

Tras esto, llevaron a Aiyanna con muchísimo cuidado a la habitación de sus padres y estos se acostaron, aunque intranquilos, no querían que se volviera a repetir lo que había pasado. Doña Antonina, con toda la tranquilidad del mundo, se acostó en su cama e iba a cerrar sus ojos para poder descansar, pero, entonces, vio a Nonoma, que estaba de pie, mirando la ventana.

— ¡¿No puedes dormir!? — Le preguntó Antonina.

— Pues no. — Le replicó, con una cara llena de preocupación. — Después de lo que acaba de pasar, no seré capaz de estar en reposo, ¡mejor estar alertar, por si aquel terrible espíritu vuelva a entrar en esta habitación! —

— Entiendo que estés así, es una reacción normal y entendible. Aún así, creo que deberías relajarte y dormir. Estamos protegidas por los buenos espíritus, ¡no tienes que preocuparte! — Nonoma le echó un pequeño vistazo a Antonina, antes de continuar hablando:

— Ya dudo si existen o no, esos espíritus del que hablas…— Dio un suspiro de molestia. — Vuestra merced, ¡es mejor estar prevenidas, no podemos tomar sueño en estas condiciones! —

— Bueno, si eso es lo que crees tú, pues te dejaré hacer de vigila esta noche. Yo recuperare mis energías mientras viajo por el mundo de los sueños. —

Y con esto dicho, ella se calló y cerró los ojos. Nonoma volvió a observarla, incrédula ante el hecho de que estuviera tan tranquila, comentó:

— ¡Realmente, Doña Antonina es impresionante! Tal vez, tenga razón y está protegida por los buenos espíritus. Por eso, ha estado tan tranquila…—

Al día siguiente, cuando los gallos anunciaban que el sol ya estaba saliendo por el levante, todo el mundo se despertó sin ninguna novedad. Por suerte, nada más ocurrió durante la noche, algo que dio muchísimo alivio. Doña Antonina, tras levantarse y prepararse para salir a desayunar, vio como Nonoma dormía plácidamente en la cama. Se preguntó cuánto tiempo había aguantado la sirvienta y tenía muchas ganas de preguntárselo. Pero prefirió dejarla dormida por el momento. Ya, mientras comía con la familia:

— ¿¡Entonces, no recuerdas lo que paso!? — Le dijo Antonina a Aiyanna. Ésta movió la cabeza de forma negativa, respondiendo esto:

— No, la verdad es que no…— Al escuchar aquella respuesta, los padres gritaron muy perplejos, antes el hecho de que ella no lo pudiera recordar. Ésta se dio cuenta de que ocurrió algo y añadió: — ¡¿Ha pasado algo malo, el espíritu maligno me ha controlado esta noche!? —

Las caras que pusieron sus padres era una respuesta suficiente para que ella supiera la verdad. Antonina no respondió, estaba ocupada en terminarse el té, para luego mover la cabeza afirmativamente:

— Ya veo…— Puso una cara de horror. — La verdad es que lo imaginaba. Creo recordar algo. Más bien, lo siento como si fuera un sueño. Apenas me cuesta saber cómo fue, pero sé que tenía que ver con ese monstruo…—

Los padres miraron a Antonina, esperando que ella dijera algo, porque ellos no se atrevían a contarle cómo fue, además ellos no sabían muy bien lo que había pasado aquella noche. Tuvieron que esperar a que terminar de comer para que ésta empezara a hablar:

— Por desgracia, así fue. El espíritu maligno controló tu cuerpo con el objetivo de dañarme, pero no pudo conseguir su objetivo. Gracias a ti. —

— ¡¿Gracias a mí!? ¡¿De verdad, Doña Antonina!? ¡Ni siquiera recuerdo haber resistido contra ese monstruo…! — Estaba realmente sorprendida.

— No lo recuerdas, pero lo hiciste. Por otra parte, es normal que no puedas recordar lo que pasó, ya que estabas siendo poseída. Aún así, a pesar de esto, tú te diste cuenta de la situación y me salvaste, aunque fuera de forma semiconsciente. — Todos le preguntaron qué quería decir con aquella palabra tan rara, pero Antonina les dijo que no había ninguna necesidad para que ellos lo supieran. A continuación, ésta, mientras se postraba ante la chica, le dijo: — De todas maneras, te agradezco de todo mi corazón que me hayas salvado, jovencita Aiyanna. —

Ella no pudo responder, aquellas palabras de agradecimiento le pusieron tan roja como una tomate. Esbozó una gran sonrisa, al saber que ella fue capaz de enfrentarse contra aquel espíritu que le poseía, algo que le daba mucha esperanza en librarse de aquel horrible ser. Sus padres la felicitaron y la elogiaron, felices de que aquellas palabras de Doña Antonina le habían levantando el ánimo a su hija. Continuó hablando, mientras se levantaba de la silla:

— Ha sido tu propia voluntad, tú misma te estás levantando contra aquel terrible monstruo. Y mi trabajo es ayudarte a sacártelo sin que haya graves problemas. Me gustaría exorcizarlo lo más rápido posible, pero estas cosas llevan su tiempo, así que será largo y difícil. A pesar de la dificultad, juntas lo vamos a conseguir, ¿¡a qué sí Aiyanna!? —

Aiyanna dudó por unos momentos, preguntándose si sería capaz de hacerlo; pero, al final, le respondió que sí sin ningún tipo de duda, con muchísima determinación. A Doña Antonina, aquella gran respuesta le gustó.

Estaba muy feliz de comenzar la terapia en ella, no podría esperar que otras cosas tan interesantes y sorprendentes había dentro de aquella chica que tenía doble personalidad, de la misma que sobrevivió de milagro, tras haber sido atravesada por la bala de la Zarina. Antonina se sintió muy feliz de haber salvado aquella caja de sorpresa que una vez se llamó Sasha.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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14 de Febrero, centésima decimoquinta historia

Mientras la nieve caía y se acumulaba en las calles de Springfield, Martha Malan, llevando un enorme abrigo de cuero; se dirigía velozmente hacia la casa de Mao. Al llegar al parque que estaba cerca, se encontró con Josefina, que le saludaba animadamente. Tras el saludo, ellas empezaron a charlar:

— ¡Q-qué f-frío hace, y eso que la tele decía que iba a subir un poco la maldita temperatura! — Protestaba Josefina, que, a pesar de llevar un grueso abrigo, tiritaba de frío.

— Eso no debería importarnos mucho, ya que vamos a estar todo el día en casa de Mao. — La mexicana le dio la razón a su amiga y luego añadió alegremente, con una gran sonrisa, mientras recordaba lo calentito que era el hogar del chino:

— Y además, vamos a estar en la cocina… —

Malan sonrió también, diciéndole que era verdad. Había una razón especial para que en aquel día decidieran estar en la cocina, algo que unos días atrás, igual de lluviosos que ahora; se gestó como una propuesta:

— Muy pronto será catorce de febrero, ¡y yo sin tener novio, qué pinche aburrimiento será el día de San Valentín! — Protestaba Josefina, mientras pataleaba como una niña pequeña.

Estaba acostada en el suelo del salón de la casa de Mao, junto con las demás, que le replicaron a su vez:

— Bueno, no eres la única. Este lugar está lleno de solteras. — Eso le dijeron las gemelas. — ¡Así que no te quejes, siempre puedes mandar cartas a tus amigas! — Josefa les dijo molesta que no era lo mismo.

— ¡¿Por cierto, dónde está Mao!? Llevo un rato sin escucharle…— Luego, Jovaka interrumpió la conversación, mientras daba pausa al videojuego que estaba jugando ella, junto con Diana, que protestó. Su pregunta provocó sorpresa en las chicas que le dijeron esto:

— ¡¿No te diste cuenta!? ¡Si hace unos cinco minutos que nos dijo que se iba a su cuarto, a tomar una siesta! — Jovaka se quedó algo boquiabierta, incapaz de creer que no se dio cuenta; mientras las demás empezaron a decirle de forma burlesca que eso le pasaba por estar enganchada a los videojuegos. Después de que la serbia las replicará, Alsancia atrajo la atención de Malan, tocándole un poco el hombro:

— ¿¡Qué quieres!? — Le preguntó Malan y la napolitana le dijo, utilizando el lenguaje de los signos; si había notado algo raro en Mao últimamente.

Empezaba a darse cuenta de que él estaba más vago, menos animado de que costumbre, también se echaba muchas siestas y a veces se le notaba muy deprimido. Y sin saber si su intuición estaba en lo correcto o no, se lo preguntó a Malan, que era bastante más lista que ella. La africana se quedó pensando, si darle la razón o no, porque sabía muy bien lo que le pasaba al chino.

Al final, Martha le respondió: — Tienes razón Alsancia, está bastante raro últimamente…— Y la italiana, con algo de pena, añadió que le gustaría animarlo, algo que también quería la africana. Ella empezó a pensar un poco sobre cómo podrían darle ánimos, aunque fuera un poquito.

Entonces, a Malan se le ocurrió una idea y se levantó del suelo de dónde estaba sentada y les dijo esto: — ¡Chicas, tengo un plan para el día de San Valentín! —

Y así llegamos a un día antes de San Valentín, en dónde toda la tropa se iba a reunir para preparar el plan que se le había ocurrido a Malan.

Tras entrar al barrio de Mao y cruzar algunas callejuelas, se encontraron con Alex, Sanae y Alsancia, transportando un montón de bolsas. Josefina y Malan la saludaron y se acercaron a ellas:

— ¡Oh, cuántas cosas lleváis! — Soltó Josefina, algo sorprendida.

— Pues sí, y pesan una barbaridad. — Le dijo Sanae, mientras le mostraba lo que llevaban. Luego, Alex añadió eufóricamente: — De esto, haremos un gran pastel de bizcocho. —

Después de todo, lo que habían planeado las chicas era simplemente un simple pastel de bizcocho y chocolate para Mao, para dárselo como regalo el día de San Valentín.
Mientras Malan obligaba a Alsancia que le diera las bolsas que llevaba, porque apenas podría sostenerlas, pero no quería soltarlos, no deseaba mostrar que ni siquiera podría llevar las compras; las gemelas empezaron a hablarle a Josefina de todos los ingredientes que compraron.

El viento helador y los copos de nieve que caían delicadamente sobre ellas, le hicieron recordar que tenían que volver a la casa de Mao y empezaron a moverse. Al llegar, pegaron en la puerta y las abrió Diana que las recibió con un animado saludo. Después, las gemelas le preguntaron esto:

— ¡¿Ya se han llevado a Mao de compras!? — Lo decían en voz baja, por si éste seguía en la casa y descubriera la sorpresa que le querían preparar.

— Sí, mamá se llevó a Mao y al tito Leonardo. — Les respondió.
Le contaron a Clementina lo que querían hacer, para que se llevara a Mao mientras ellas hacían el bizcocho; y ésta, bastante conmovida con el gesto, no se negó y se lo llevó de compras, junto con su primo. Aunque su gerente se resistió un poco, porque no tenía ganas de moverse y salir en un día tan frio.

— ¡¿Entonces, has estado sola, Diana!? — Gritó Josefina, que casi le dio algo al escuchar eso. Ya que veía a Diana como una hermana pequeña y se tomaba su papel muy enserio, llegando a ser algo sobre protectora y pesada, pues eso la asustó muchísimo.

— No, Jova está aquí. — Hablaba de Jovaka, quién estaba en el salón, esperándola. — Estoy a punto de dellotarla en un juego. —

Eso no tranquilizó a Josefina, añadiendo esto: — ¿¡Jovaka!? Eso es como dejarle cuidar la casa a una niña de tres años. —

Jovaka, que lo oyó desde el salón, se molestó mucho con ese comentario, pero no dijo nada.

A continuación, las chicas entraron muy animadas a la casa, dejando atrás el frio del crudo invierno para sentir la calidez del hogar.

— ¡Ay, qué calentito! — Exclamaban las gemelas al unísono, mientras se metían en el kotatsu; Josefa, que hizo lo mismo, añadía: — ¡Dios bendiga a Mao y a los chinos por crear esta cosa! —

Malan le quería explicar a la mexicana que eso era algo japonés, no chino, pero era más prioritario decirles esto a las que se sentaron.

— ¡¿Chicas, no deberíamos empezar ahora mismo!? Ya tendremos tiempo para calentarnos ahí. — Le replicaron a Malan, protestando y pidiéndola que le dieran unos cinco minutos para calentarse el cuerpo.

— Entonces, empezaremos nosotras primero. — Les decía Martha Malan, mientras se iba a la cocina, llevándose a Alsancia con ella; y con Diana gritando alegremente que iba a acompañarlas.

Al ver que no iban a esperarlas, las gemelas y Josefa decían: — ¡Espera, espera, Malan! ¡No empiecen sin nosotras! — Salieron del kotatsu y se fueron a la cocina a toda velocidad, como Martha había planeado; mientras Jovaka las observaba, con una cara que mostraba que algo le molestaba.

Ya en la cocina, Malan sacó su tablet y empezó a buscar la receta de la tarta de bizcocho que iban a hacer, mientras las demás se le acercaban y miraban su búsqueda, preguntando impacientemente qué deberían hacer para empezar. No todas, Diana se dedica a sacar las cosas de las bolsas.

Primero sacó los huevos con poca delicadeza, aunque ninguno se rompió, por suerte; después unos limones y un paquete de mantequilla. Entonces, se encontró con algo que le pareció extraño, aunque familiar:

— ¡¿Pol cielto, qué es esto!? — Y se lo preguntó a las mayores, mientras lo sacaba para enseñárselos.

— Es azúcar glas. — Eso les respondió Malan.

Diana se quedó maravillada ante el hecho de encontrar algo que parecía azúcar, pero que no lo era de verdad. Más bien, creyó encontrar una versión superior de ésta y empezó a buscar otras cosas que ella no conocía.

— ¡¿Y esto!? — Sacó otro pequeño saco y se los preguntó a las demás.

— Es bien obvio, Diana. Es harina. — Le respondió Josefina, actuando como si fuera una sabionda, algo que le causó gracia a las demás.

Diana siguió con lo suyo, sacando una bolsa transparente que traía algo que le dejó muda. Parecía carne, pero no lo era. Tras observarlo asombrada por unos segundos, preguntó otra vez: — ¡¿Y esto!? —

— Pues es atún. — Eso le respondieron las gemelas al unísono, antes de seguir con lo que estaba haciendo.

Entonces, el resto se dio cuenta de que había algo raro.

— Espera, un momento…— Josefina le replicó a las gemelas. — ¿¡Por qué habéis comprado carne de atún!? ¡No nos sirve para el bizcocho! —

Tanto Alsancia, que se quedó muy sorprendida, ya que no se había dado cuenta de que habían comprado algo así; como Malan, que no le dio tiempo a formular la pregunta, también se preguntaban lo mismo.

— Pues, verán…— Rieron nerviosamente, antes de continuar. — ¡Estaban de oferta, pero no una cualquiera, sino una súper oferta! —

Estaban justificando un impulso consumista que tuvieron y ellas se dieron cuenta de que habían enfadado un poco a las demás. Mientras sacaban otras excusas para no ser regañadas, Alsancia, avergonzada por no haberse dado cuenta de que ellas hubieran comprado tal cosa y detenerlas, intervino para que nadie se enfadara. Malan se acercó a Diana y sacó todo lo que faltaba. Ahí se dio cuenta de que faltaban cosas.

— ¡¿Y dónde están los yogures!? — Eso dijo Malan, tras comprobar una y otra vez que uno de los ingredientes esenciales no estaban en la bolsa.

— ¡¿No están ahí!? — Gritaron las gemelas, esperando que no hubieran metido la pata. Malan movió la cabeza negativamente y éstas se pusieron a buscar por su cuenta.
— ¡Al parecer, nos lo hemos olvidado…! — Al final, ellas tuvieron que reconocerlo. — ¡Lo sentimos mucho! —

— ¡Compran algo que no necesitamos y se olvidan de algo importante! ¡Deberían tener más cuidado! — Protestó Josefina. — Cada vez que me pasa algo así, mi madre se pone como una furia. — Terminó la frase con su suspiro de fastidio, añadiendo que no tenían remedio.

Alsacia, a su modo, también les pidió disculpas por el error que ellas cometieron. Malan intervino en tono reconciliador:

— No pasa nada, todos cometemos errores. Así que ahora debemos ir por los yogures. — Y las gemelas tuvieron que hacer los honores, yendo a la tienda de comestibles más cercanos para comprarlos.

Tras este pequeño contratiempo, ya estaban listas para empezar con la tarta de bizcocho. Las chicas se pusieron los delantales, solo porque necesitaban sentirse unas verdaderas cocineras, y consultaron lo primero que tenían que hacer. Malan observó su tablet de nuevo y las demás hicieron lo mismo, buscando el primero paso que había que dar.

— Lo primero que tenemos que hacer es cascar los huevos…— Eso soltó Malan tras leerlo, aunque no pudo terminar la frase, fue interrumpida por Diana.

— ¡¿Así!? — Ella cogió uno de los huevos que sacaron y lo iba a cascar contra el filo de la mesa de la cocina de forma violenta.

— ¡No, Diana! ¡No lo hagas! — Le gritaron las chicas, intentado detenerla, pero fue demasiado tarde. Ella cascó el huevo y lleno la mesa de yema.
Tuvieron que perder un poco de tiempo para explicarle a Diana lo que hizo mal, mientras limpiaban la mesa:

— ¡¿Entonces, hay que cascalo en esa cosa!? — Eso preguntó Diana, tras escuchar a Malan, quién le mostraba un bol gigante de cristal para dejarle claro cómo tenía que hacerlo.

— No exactamente. Solo tienes que provocarle una grieta en el huevo lo suficiente grande para separarlo con las manos y echar la yema dentro del recipiente. — E hizo una muestra para que la pequeña lo entendiera, algo que dejó a Diana muy sorprendida y asombrada.

Ésta repitió lo mismo dos veces, mientras les decía a las chicas muy feliz que lo estaba haciendo muy bien. No dejaban de darle la razón, mientras se derretían por la monosidad de la más pequeña de la casa. Después de eso, gritó que había terminado.
Diana estaba poniendo caras de sorpresa y de asombro, mientras observaba como Josefina, Malan, Alsancia y las gemelas estaban batiendo por turnos, echando todo lo necesario para forma la masa con la cual harían la tarta. Estaba tan concentrada viéndolas que eso empezaba a molestarlas:

— Me incómoda un poco que Diana no nos deje de mirar. — Le dijo Josefa en voz baja a Malan. — ¡¿Y si está molesta con nosotras!? —

Después de lo del huevo, Diana espero que alguien le mandara hacer algo, pero como nadie le decía nada, solo estaba observando. Aunque le entró la flojera y esperaba que nadie le dijera algo.

— Sí así fuera, estaría llorando. Solo nos quiere observar, nada más. — Le respondió Malan, mientras echaba la levadura a la masa.

— Aunque hay otra persona que nos está observando…— Entonces, las gemelas Alex y Sanae intervinieron, mientras señalaban hacia la puerta de la cocina. Malan, que dejó de batir, y Josefina miraron hacia esa dirección y lo vieron.

Era Jovaka que, tras percatarse de que le habían descubierto, se escondió de golpe. Las chicas no esperaban que le interesara lo que estaban haciendo, ya que decía que no tenía ganas de hacerlo ni le interesaban.

— ¡¿Qué haces ahí, Jovaka!? — Le preguntó Josefina.

Al ver que ya no podría disimular que no estaba, tuvo que mostrarse e intentó decirle alguna excusa para que no sospecharan.

— ¡¿Eh, yo!? Pues, bueno…— Pero su nerviosismo dejaba claro que estaba ocultando algo. — Nada en realidad, solo pasaba por aquí. Sí, eso es…—

Las chicas adivinaron rápidamente las razones por la cuales las estaban observando, poniendo una sonrisa traviesa. Malan le soltó esto:

— ¡¿Entonces, te interesa participar!? —

— ¡¿Yo!? No sé nada de hacer dulces, ni siquiera cocinar. Me parece muy aburrido y todo eso. — Dieron en el clavo y Jovaka se percató de que ya su cara era como un libro abierto, añadiendo esto: — ¡¿Se me nota, no!? —

Todas movieron afirmativamente la cabeza.

— B-bueno, la verdad es que y-yo…— Le costaba muchísimo decirles la verdad. — También…—

— ¡¿Quieres ayudarnos en hacer la tarta de bizcocho para dárselo como agradecimiento a Mao, no!? — Intervino Malan de nuevo.

— ¡Eso no es…! — Se sentía muy avergonzada. — ¡Sí, es verdad! —

Al ver la reacción de Jovaka, que mostraba una cara que pedía que la tierra la tragase, las chicas empezaron a reírse, ya que les parecía muy gracioso que ella le daba tanto corte decidí ayudarlas. Aunque Malan y Alsancia entendían un poco el porqué actuaba así, no pudieron evitar las risas.

— Bueno, sé que es gracioso y todo eso, pero, pero… ¿¡qué tengo que hacer!? — Añadió Jovaka algo molesta, mientras se acercaban a las chicas.

Las chicas se quedaron pensando en qué tarea podría ocupar Jovaka hasta que se acordaron de que aún no habían pelado el limón, ya que para hacer la receta tenían que rallarlo y usar su piel.

Después de que le explicaron lo que tenía que hacer, Jovaka no se sentía muy segura de poder hacerlo. Con un pelador de patatas en una mano y con un limón en la otra, se quedó en blanco, incapaz de entender cómo empezar.

— Pero yo no sé cómo hacer esto, ¿¡de verdad queréis que haga esto!? —Se puso muy nerviosa, además de que le parecía absurdo. — Además, ¿¡que tiene que ver con la tarta o pastel o cómo se llame!? —

— No querías ayudar, ¡pues, no te quejes tanto! — Le replicaba Josefa muy creída, mientras abría un poco el pequeño paquete de harina. — ¡Aprende de mí, que lo estoy haciendo muy bien! —

Por hablar demasiado, mientras intentaba echar la harina sobre la masa, el pequeño agujero del paquete se abrió al completo y salió todo de golpe, formando una nube de harina que cubrió la cocina durante unos pocos segundos. Las chicas, tras dar un grito de sorpresa, empezaron a hablar:

— ¡Sí, lo estás haciendo muy bien! — Ironizó Jovaka.

— ¡Jo, esto debe ser un castigo de Diosito por no tener mantener la boca cerrada! — Se lamentó Josefa, ignorando las palabras de la serbia.

— ¡No van a matar! — Decían las gemelas, mientras se observaba como la cocina se llenó de blancura. — ¡¿Ahora cómo vamos a limpiar esto!? —

— ¡Genial, esto es como tener nieve en la casa! — Diana, por su parte, le encantó lo sucedido, gritando de emoción y felicidad.

— ¡No pasa nada, podemos arreglarlo, supongo! ¡Es solo harina, después de todo, es fácil de limpiar! — Y cuando Malan terminó esta frase, se oyó unos fuertes ruidos. Todas se preguntaron qué era, aunque lo descubrieron rápidamente, descubriendo con horror lo que había pasado.

Alsancia, que empezó a toser sin parar por culpa de la nube de harina, dio un codazo al bol de cristal en dónde estaban mezclando la mesa y lo tiró al suelo, rompiéndose en mil pedazos.

Al darse cuenta de lo que hizo, a Alsancia casi le dio algo, su cara se puso pálida, como si estaba a punto de gritar, aunque los nervios hicieron que no pudiera hacerlo.
— Ahora sí que Mao se va a enfadar mucho con nosotras…— Dijeron las gemelas al unísono, al ver que habían roto algo de la cocina.

— ¡L-l-lo siento-o m-mucho! — Y Alsancia, que pudo salir del bloqueo, más o menos; intentó disculparse. — Y-yo no…—

Se sentía muy culpable y estúpida, no solo por haber arruinado algo que les estaba costando realidad, sino porque ella era la mayor y no debería estar cometiendo tales errores. Las demás chicas se pusieron manos a la obra rápidamente, porque no querían que Alsancia se pusiera triste solo por una metedura de pata; diciéndola que no pasaba nada, que no estaban enfadadas ni nada parecido. Entre ellas, Jovaka, que añadió esto:

— No es tu culpa, es de Josefina, en todo caso. — Su acusación molestó mucho a la mexicana, que le replicó muy enfadada:

— ¡Oye, fue un accidente, no me esperaba que se rompiera de esa manera! ¡La culpa la tiene lo que hicieron el paquete! —

Y podrían haber tenido una pelea, sino fuera por Malan que intervino al momento y les dijo que nadie tenía la culpa, fue solo un accidente y que no era la hora para montar una discusión, porque tenían cosas que hacer.

— ¡No sabemos cuándo van a volver, pero creo que aún tenemos tiempo suficiente! ¡Así que vamos a reorganizarnos, chicas! — Gritó Malan a pleno pulmón, a continuación, como si fuera de repente se hubiera vuelto el líder de algún escuadrón o ejercito. Todas le preguntaron cómo iban a hacer eso y ella les respondió de forma clara, mandándoles órdenes:

— ¡Alex, Sanae, salgan a comprar de nuevo los ingredientes que hemos desperdiciados! ¡Jovaka, Alsancia, empezar a limpiar la harina que se desperdigado por la cocina! ¡Josefina, Diana, llamad a Clementina y pedirle que alargue las compras! ¡Yo me pondré a recoger los cristales! ¡Vamos, apenas hay tiempo! —

Un fuerte entusiasmo se apoderó de las chicas, que gritaron en alto que sí, mientras empezaban a prepararse para cumplir con sus obligaciones.

Dos horas después, ellas habían conseguido su cometido. A pesar de varias pequeñas meteduras de pata, pudieron superarlas y terminar con la dichosa tarta de bizcocho. Ahora la estaban sacando del horno, mientras preparaban el chocolate líquido para echárselo encima.

— ¡No sé cómo lo hemos conseguido, pero por fin hemos hecho esto! — Decía Josefina, incapaz de creérselo. El accidente de la harina la hizo creer que le habían maldecido con mala suerte y no podrían terminarlo.

— ¡Y nosotras creíamos que íbamos a tener muchísima mala suerte y no tendríamos tarta para mañana! — Algo que también pensaba las gemelas.

— No exageren tanto, solo tuvimos unos percances de nada. Pequeños contratiempos que se podría superar fácilmente. — Les replicó Malan, mientras terminaba los últimos preparativos para la tarta.

Si no fuera por Malan, que gestionó perfectamente la situación, mandando órdenes, animando a las chicas, explicándoles todo lo necesario de forma clara y concisa; pudo evitar que algo que parecía tan fácil como hacer una tarta se volviera una verdadera odisea. Aunque le hubiera gustado ver como sus amigas hubieran enredado la situación hasta llegar a niveles absurdos, ella tenía un deber que cumplir.

Éste era un regalo de agradecimiento para su querido y amado Mao, no solo de ella, sino de todas las demás. Además de tener como objetivo animarlo para que superarse aquella depresión que estaba sumiendo.

— Ahora que lo pienso, tiene una pinta deliciosa. — Y las gemelas, con solo verlo, le entraron hambre. — ¡Deberíamos probar un poco! —

— ¡No! — Les replicó autoritariamente Malan. — ¡Esto es para Mao, recuerden! —

— Pero es que…— No había excusa que vagará, casi todas le dijeron que no, que le habían costado mucho sudor y sangre hacerle la tarta.

Y así es como ellas terminaron con aquella tarta que hicieron con todo su corazón, escondiéndola en un lugar seguro para que ni Diana, que también quería probarlo y les pidió un trozo, ni las gemelas intentaran probar ni un solo bocado del bizcocho. Aquel helador trece de Febrero terminó para dar paso al catorce, al día de San Valentín, igual de fresco que el anterior.

— ¡Qué aburrido se ve la tele hoy! ¡Lo único que salen son programas hablando sobre cosas románticas o cómo le están yendo este día! — Eso decía Mao, mientras cambiaba de canal compulsivamente. Estaba tan aburrido que no dejaba de dar bostezos.

— Es normal, hoy es San Valentín, el día de los enamorados. — Le replicó alegremente Clementina, quién estaba de muy buen humor, poniendo una cara de boba feliz tan inusual que Mao se preguntaba, muy extrañado y algo asustado, qué le había ocurrido. También le pasaba algo parecido a Leonardo, que actuaba igual. Aún así, no le daba mucha importancia.

— Eso ya lo sé, el día en que a alguien le matan porque casaba a la gente o algo así…— Añadió su gerente, recordando cómo Malan le explicó esta curiosidad alguna vez.
Clementina no respondió, seguía estando en sus fantasías, bastante alejada de la vida real. Y no solo ella y su primo estaban raros.

— ¡¿Por cierto, qué os pasa a vosotras, por qué estáis tan inquietas!? —
Les preguntó a Alsancia, Jovaka y a Diana, las cuales estaban esperando impacientemente a algo. La serbia iba de un lado a otro con los brazos cruzados, susurrando; la pequeña de la casa no paraba de decir una y otra cuando iban a llegar, mirando el reloj una y otra vez, y la napolitana no dejaba de tener tics nerviosos que mostraban que estaba muy agitada.

Al preguntar, las chicas le respondieron nerviosamente: — ¡No es nada, nada de nada! —

Mao sabía que tenían algo en mente, pero en vez de presionarlas y saberlo, decidió no insistir y esperar. De todos modos, no creía que fuera algo grave y siguió con lo que estaba haciendo, es decir, no hacer nada.

Alsancia, Diana y Jovaka esperaban que las demás llegasen pronto a la casa de Mao, para poder darle la tarta todas juntas. Eran las tres y media de la tarde, hacía un buen rato que se terminaron las clases, así que ya deben estar yendo hacia aquí.

Y por fin llegaron. Entraron como un huracán, anunciando que llegaron a gritos, como anunciando la venida de una nueva era. Las que estaban en el salón saltaron de alegría, concluyeron así su impaciente espera.

— Hoy también vienen muy animadas…— Añadió Mao, sin saber lo que le estaba esperando. —…más que de costumbre. —

Las chicas que estaban en el salón se fueron a recibir a las que estaban en la tienda, mientras hablaban en voz baja, con la intención de que Mao no se hubiera dado. Éste, aunque picado por la curiosidad, siguió observando la televisión como un zombi, porque le daba mucha pereza moverse. Éstas, entre cuchicheos, yendo de un lado para otro, sacaban la tarta de bizcocho de su escondijo.

Cuando ya estaban preparadas, todas se pusieron detrás de él y gritaron su nombre: — ¡Mao! —

— ¡¿Qué pasa!? — Y éste se levantó de dónde estaba acostado y giró su cabeza hacia ellas.

Entonces, vio a Jovaka, Malan, Alsancia, Diana, Alex, Sanae y a Josefina, a todas las chicas, gritarle con gran alegría esto, con una tarta de bizcocho y chocolate siendo sostenida entre las manos de la mexicana:

— ¡Feliz Día de San Valentín, Mao! —

Se quedó callado, mostrando una cara de sorpresa que apenas se notaba. Entonces, recordó la insistencia de Clementina de llevarlo de compras el día anterior y todo encajaba. Las chicas le habían preparado una tarta dedicado para él. Y tras quedarse mudo, lanzó esta conclusión:

— Así que esto era lo que estabais tramando…—

— ¡¿Y esa reacción!? — Josefa se sintió algo desilusionada, se imaginaba algo mejor. También las gemelas, que añadieron esto: — ¡Deberías estar gritando de felicidad porque te hicieron algo para no sentirte mal por ser una solterona! —

Esas palabras que soltaron ellas provocaron que Mao empezará a reírse, dando carcajadas de felicidad. Sabía que ellas tramaron algo, pero él no se esperaba esto. No solo fue una grata sorpresa, sino que lo emocionó tanto que le entraron ganas de llorar, algo que no desearía mostrarle a aquellas chicas. No solo por la vergüenza ni porque era una especie de líder para éstas y tenía que aparentar que era fuerte, también porque no deseaba preocuparlas.

— ¡De verdad, ha sido una buena sorpresa! ¡No es mi culpa por no poner caras exageradas ni gritar, ni me hace falta hacerlo! — Eso añadió con una gran sonrisa que dejaba claro que le gustó aquella sorpresa. Todas las niñas se pusieron muy felices.

— ¡¿De verdad!? — Dijo Josefina. — ¡¿En serio!? — Exclamaron las gemelas. — Me alegra mucho…— Añadió Malan.

— ¡Lo hemos hecho con todo…! — Jovaka casi iba a decir una cursilería y tuvo que cambiar de frase. — ¡Bueno, nos hemos esforzado mucho y todo ese rollo! — Todas le miraron con una sonrisa burlona, al adivinar lo que iba a decir, mientras la serbia miraba hacia otro lado, ruborizada.

— ¡Yo también he alludado! ¡Yo también! — Intervino Diana, gritando esto con muchísima honra, para que Mao se sintiera orgulloso de ella.

— ¡E-esto es un a-agradeci…! ¡Es…! — Y Alsancia se llenó de valentía para decirle esto. — ¡E-es un agradecimiento! — A pesar de su tartamudeo no se lo permitía. — ¡G-gracias por todo! — Al final, lo consiguió.

Entonces, las demás, queriendo imitar a Alsancia, no se contuvieron y le dijeron todo esto, a pesar de lo vergonzoso y cursi que parecía decirlo:

— ¡Gracias por ser nuestra amiga! ¡Por ayudarnos cuando has podido, por soportarnos, por todo! ¡Absolutamente todo! —

Mao se quedó tan conmovido que no pudo más y, de sus ojos humedecidos, empezó a correr lágrimas por su rostro. Las chicas le preguntaron qué le pasaba y éste respondió, mientras intentaba ocultar su cara:

— ¡No es nada, solo me han entrado algo en los ojos! ¡O estoy sudando por ellos o lo que sea! ¡Pero no estoy llorando! —

Las niñas empezaron a cachondearse de la insinceridad de éste, mientras él no dejaba de soltar tonterías, incapaz de aceptar que les habían hecho llorar.

— ¡Se nota que te quieren mucho! — Añadió Clementina con una sonrisa alegre, en voz baja, mientras veía la escena.

— ¡Ya no importa que haya llorando! ¡Ahora nos vamos a comer la tarta, todos juntos! ¡Porque esto es demasiado para mí! — Soltó el chino esto a continuación, intentando cambiar de tema.

Las gemelas y Diana gritaron de alegría al ver que iban a probar aquella tarta que hicieron. Malan añadió burlonamente que eso era parte del plan, mientras Mao llamaba a Leonardo para que se uniera. Josefa le preguntaba a Clementina si aún seguía en dieta, quién esquivó aquella pregunta, para no perder la oportunidad de comer aquel postre que tenía buena pinta. La pobre de Alsancia no se atrevía a decirles a los demás que ella no podría comerlo, ya que crecía que solo iba para el chino, mientras Jovaka dudaba un poco en coger algún trozo, porque no sabía si estaba bueno o malo.

Y así, con todo el mundo comiendo, se termina esta historia sobre el Día de San Valentín.

FIN

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Las protagonistas de las historias de las niñas de Shelijonia

Aquí pondré, por si les interesan, las varias niñas que han sido protagonistas o co-protagonistas de varias historias, por ahora.

(Hay mucho más personajes, pero ya lo actualizaré cuando hayan más historias y eso)

 

 

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Nonagésima_novena_historia, Sin categoría

La Familia de Alsancia: Tercera parte, nonagésima novena historia.

En la mañana siguiente, tras levantarme, me intenté engañar a mí misma, intentando creerme que era un sueño; pero no podría. Sabía que era verdad, de que Mao era un chico. Al verle, después de bajar al salón, me puse muy nerviosa y bastante roja. Me sentía muy incómoda, sin saber qué decir o hacer.

— ¡Buenos días, Alsancia! — Me saludó Mao con toda normalidad y yo me puse tan nerviosa que me costó responderle. Llegué a confundirme de signo e hice algo que ni yo entendía. A continuación, al ver lo que había acabado de hacer, me senté rápidamente y solo miré a otro lado. Ni podría mirarle a la cara, solo miraba al cielo. Bueno, al techo, quería decir.

— ¿Has tenido una pesadilla o algo así? — Me preguntó Mao. Era normal, porque era bien obvio que estaba rara, pero yo le dije, eligiendo los signos adecuados, que estaba bien, que no pasaba nada.

— Pues no lo parece. — Dijo Jovaka, dándome un buen susto, mientras bajaba al salón. Y tras ella, salieron del cuarto de baño, las gemelas, que estaban bastantes desanimadas, no parecían ser las mismas de siempre.

— ¡Buenos días! — Nos saludaban sin ganas algunas, mientras se tiraban al suelo de salón.

— ¿Qué pasa con esas caras tan largas? — Mao estaba muy extrañado. —¿Qué le pasa hoy a todo el mundo? — Soltó un suspiro, mientras Jovaka le decía que ella estaba bien.

— Pues, ¡qué va a ser! — Eso le contestó Alex.

— Llegó antes de lo que creíamos. — Añadió Sanae.

— ¿De qué están hablando? — Yo, Mao y Jovaka nos preguntábamos que querían decir exactamente, porque ninguna nos lo decía claro, hasta que Alex nos soltó esto:

— ¡Por cierto, tienes tu futón lleno de sangre! — Ya nos dimos cuenta de lo que le pasaban, tenían la menstruación y Mao gritó como loco.

— ¡Será posible! ¿Por qué no se han puesto compresas? — Eso les gritaba.

— Lo hecho, hecho está. — Les respondía ellas como si nada, más bien, como si no tenían fuerza.

— Y nuestras bragas y pijamas también se llenaron de sangre, y no nos ponemos así. — Y añadieron.

— ¡En serio, sois un desastre! — Decía Mao, malhumorado, mientras subían a la habitación de los invitados para verlo por sus propios ojos.

— ¡Por favor, parece que ha habido un asesinato o algo parecido! — Y esto exclamó, con un gran grito de terror, tras entrar y comprobarlo. Salió de la habitación, mostrándoles el futón en dónde ellas durmieron para que le dijeran qué hicieron con él para acabar así.

— ¡Hemos hecho la regla a la vez, al mismo tiempo! —Eso le explicaron.

— Eso ya da bastante miedo. — Dijo Jovaka, al escucharlas, poniendo una mueca de espanto.

— Por lo menos, así están tranquilitas durante un día. A diferencia de otras, que están de los nervios cuando le vienen la regla. — Mao le estaba echando una indirecta a Jovaka, quién lo notó.

— ¡Oye, Mao! ¡Yo no me pongo así cuando se me viene! — Le replicó.

— Todos los que aquí sabemos que es mentira. — Era verdad, cuando se le venía, siempre estaba muy irritada y saltaba a la primera.

Y me di cuenta de que Diana, quién se fue a la cocina para estar con su madre, estaba oyendo la conversación desde la puerta, sin querer entrar en el salón. Con una cara de asco, decía: — Me allepiento de ser muger. —

Yo, por mi parte, quería que parasen, no deseaba saber nada del tema, ya que cada vez que tengo la regla, me pongo tan enferma que no puedo salir de la cama. Y, en aquel momento, me estaba poniendo mala con solo oírlo pero no me atrevía decirles que cambiarán de tema, porque eso sería muy grosero de mi parte.

— De todos modos, deberían estar más atentas a sus periodos. — Eso les decía Mao, mientras tanto.

— Es difícil, Mao. — Ellas protestaron.

— Pues si yo fuera vosotras, lo intentaría… —Mao les respondió con esto, haciendo que volviera a recordar lo de anoche.

— Lo dices cómo si no lo tuvieras… — Añadieron Alex y Sanae.

-P-pues claro que sí lo tengo, soy una chica y tengo esa cosa. — Les dijo Mao, algo nervioso.

Era imposible que tenga eso. Más bien, no puede ser posible porque es un hombre. Deseaba levantarme y que  me dijera lo que era realmente. Me sentía engañada, pero me di cuenta, entonces, de algo. ¿Por qué se hacía pasar por una chica? No lo sabía y no me atrevía a descubrirlo, pero, sea la que sea, no tenía que enfadarme con él. Sus razones tendrán. Tal vez, se sienta mujer por dentro o algo. Así que lo mejor era quitarse esas tonterías e ignorar ese asunto. Entonces, me pegué unos pequeños tortazos en la cara, y todos me miraron. Yo les dije, con signos, que no era nada; y, entonces, solté esto, sin darme cuenta.

—P-perdón, Mao. — Lo dije en voz muy bajita, pero aún así Mao lo escuchó.

— ¿Has dicho algo? — Le respondí que no con la cabeza.

No importa, si es una chica o un chico, Mao es Mao. Alguien muy amable y genial, que no ha dejado de ayudarme en mis momentos difíciles, no solo a mí, sino a todos los demás. Eso era lo importante, y ya está. Aunque, en el fondo de mi corazón, estaba feliz de que fuera un hombre, no sabía muy bien el porqué. Sin darme cuenta, empecé a sonreír, mientras le observaba fijamente.

— ¡Qué envidia, luces tan sonriente! — Eso dijeron las gemelas, que miraron mi cara con las suyas muy desaminadas. Yo me sonrojé un poco y moví la cabeza para decirles que no. Por un momento, sentí cómo Jovaka me miraba de forma extraña, pero al ver que la noté, volvió su cabeza hacia a la televisión, mientras estaba encendiendo la consola.

Mao, mientras tanto, se fue a la parte de la tienda y al poco rato, volvió al salón para decirme algo muy importante. Entró como loco.

— ¡Alsancia, Alsancia! — Me gritaba. — ¡Ya sabemos dónde está tu madre! —

Yo me levanté de golpe, al oír eso. Quería preguntar pero no podría, pero Mao me cogió de la mano y me llevó al cuarto para que me vistiera.

A continuación, salimos a la calle y empezamos a caminar, mientras él miraba un mapa de la cuidad, por un lado y por otro, observaba un trozo de papel. Yo deseaba preguntarle, pero no me atrevía, aunque al final me lo dijo:

— Tengo buenas relaciones con la policía, les pregunté y uno me dijo, que ella últimamente da muchos problemas, y frecuenta desde hace tiempo una sala de juegos. — ¿Por qué estaba en tal sitio? Eso me preguntaba bastante consternada, al escuchar esas palabras de Mao.

Tardamos casi una hora en llegar al lugar, que estaba en mitad de la cuidad, cerca de la estación principal de tren. Estaba situado en la planta baja de un edificio de ocho pisos, cuyas paredes eran grises y tenían grandes ventanas. El local se llamaba “La sala de la felicidad” y había mucha gente, entrando y saliendo. Algunos estaban llorando, otros cabreados o lobotomizados, y solo unas pocas personas tenían una sonrisa en la cara. No parecía un lugar muy feliz.

— Esto parece un antro de mala muerte. — Dijo Mao al observarlo y estaba en lo cierto. Yo no quería entrar ahí, se me quitaron las ganas y creo que a él también, pero se acercó a la puerta, que estaba vigilada por un hombre enorme y con cara muy aterradora.

— ¡Oye, señor…! — Mao le intentó decir algo.

— ¡Si quieren entrar, denme identificación, porque parecéis menores de edad! — Pero fue interrumpido por aquel hombre, con mucha brusquedad.

— No voy a entrar ahí ni loca, solo estamos buscando a una persona, que frecuenta este sitio. — Eso le replicaba, mientras le mostraba una fotografía de mi madre. — Se llama Adriana Mussolini. — El hombre cogió eso y empezó a observarlo detenidamente, durante varios segundos.

—Me suena, me suena. — Decía muy pensativo. — Aunque no recuerdo el qué, hay tanta gente que entra y sale…— Tras mucho pensar, se rindió y nos dijo que iba a preguntar a sus compañeros, mientras entraba. Salió tan rápido como entró.

— No hace falta, está ahí, llorando por haber apostado todo el dinero que consiguió en el bingo. — Los dos nos quedamos con la boca abierta. El hombre siguió hablando.

— Es una cliente habitual, aunque la hemos echado varias veces por alcoholismo. — Esas palabras fueron un puñal para mí.

— ¿¡No lo dirás en serio!? — Eso dijo Mao.

— Os lo enseñaría, pero la ley dice que no deben entrar menores.- Le replicó el hombre. A continuación, añadió esto: — Si quieren, pido que la saquen de ahí, ya no tiene más dinero que ofrecer. — Esas palabras fueron muy desagradables.

— ¡Oye, desgraciado! ¿Así es cómo tratas a los clientes? — Mao le gritó muy enfadado, con ganas de pegarle un buen puñetazo.

— A mi no me insultes, es problema suyo, no nuestro. Ellos vienen en busca de dinero fácil y nosotros le damos la oportunidad. Si lo pierden todo, es culpa suya. — Eso le respondió.

Y mientras Mao y aquel hombre empezaban a pelearse, yo, con ganas de llorar, entré en el establecimiento en su busca, tenía que verlo con sus propios ojos, a pesar de que no lo deseaba. El hombre me gritó, pero lo ignoré.

Era un lugar enorme lleno tanto de gente como de máquinas tragaperras y de mesas de póker; con una apariencia muy lujosa. Estaba totalmente lleno de humo que desprendían cientos de cigarrillos y de puros, haciendo que fuera casi irrespirable, no dejaba de toser. Aún así, empecé a correr por ese lugar, mirando por todas partes para ver a mi madre, ante la mirada atónita de cientos de hombres y mujeres. Quería gritar, pero era incapaz de hacerlo, como siempre.

Entonces, la pude ver, estaba llorando a otra persona, pidiéndole dinero para seguir jugando, mientras lo agarraba del brazo.

— ¡Ni siquiera le conozco señora, así que suéltame! — Eso le decía un hombre que tenía un aspecto bastante miserable, mientras intentaba soltarse de mi  madre.

— Hazlo por caridad, necesito dinero. Si me lo prestas, prometo ganar y darte una buena parte. Alcanzaré el millón de dólares. — Le gritaba con toda la desesperación del mundo.

Entonces, ella se dio cuenta de mi presencia y nos quedamos mirándonos, mientras aquel hombre se libraba de ella y huía. Era verdad, mi madre se había vuelvo una adicta al juego y me estaba mirando con una cara de vergüenza, mientras yo la observaba muy trastornada, a la vez que me salían las lágrimas.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Nadezha contra los payasos anónimos, nonagésima sexta historia.

Volví a casa, muy aliviada de que la época de exámenes hubiera terminado. Sentía una gran alegría, ya que podría dedicarme en un asunto que tenía pendiente desde hace tiempo con Mao. Pero antes debería comer y me fui a la cocina. Aunque, al estar delante de los fogones, se me quitaron todas las ganas, ya que haría otra vez una comida de espanto.

― Tal vez debería pedir esta vez… ― Eso me decía, dudosa, antes de que alguien tocara el timbre.

― ¿Quién es? ― Pregunté, al oírlo, mientras me dirigía hacia la puerta principal. Al abrirlo, no me encontré con nadie, salvo una carta que había estado debajo de la puerta. La cogí y la empecé a leer. Me quedé de piedra.

Nosotros, tus acérrimos enemigos, hemos secuestrado a tu hermano pequeño, Vladimir, y no lo vamos a soltar hasta que vayas a encontrarte con nosotros en el solar en dónde se sitúa el circo de los hermanos Karamázov a las seis de la tarde.

Un beso por parte de los payasos anónimos.

Sentía que me iba a desmayar al leer que mi querido amor había sido secuestrado. Tras estar un rato intentando asumirlo, decidí salir en su busca, salvarle y romperles los dientes a esos cabrones que le habían hecho tal cosa. Y al momento de salir disparada, apareció él.

― ¡Buenas días, Nadezha! ― Me lo decía con una sonrisa, cómo si no le hubiera pasado nada. ― ¡He traído comida que mi madre te ha preparado, y está muy buena! ―

Se quedó mirándome, al ver mi cara, y me preguntaba qué me pasaba. Yo me abalancé sobre él, llorando sin parar, y pidiendo gracias al cielo que no estuviera secuestrado. Después de eso, nos sentamos y yo le expliqué el asunto.
― ¿Qué yo estoy secuestrado? ― Me gritó muy sorprendido, mientras leía la carta.

― Eso dice la puta carta de los cojones. ― Estaba muy enfadada. No sabía quiénes eran esos capullos, pero se merecían la paliza de su vida por haberme dicho tal mentira.

― En la carta dicen que son tus acérrimos enemigos. ― Me decía, a continuación, Vladimir. ― ¿Pero quiénes y por qué algo tan horrible? ―

― No lo sé. ― Intentaba recordar, pero no veía quién podría hacer algo. ― Por mucho que me caliente la cabeza, no puedo imaginar quienes son. ―

― ¿Y por qué se creen qué soy su hermano pequeño? ¿Tan niño me veo? ― Añadió muy molesto mi Vladimir, quién puso una linda cara de frustración. Eso me alegro un poco el día.

― No te preocupes por eso, ¡le daremos una lección que nunca van a olvidar! ― Grité a continuación, con el puño en alto. Deseaba pensar en acudir a aquella cita y descubrir quiénes eran esos payasos anónimos. Entonces, me di cuenta de una cosa, al leer de nuevo la carta.

― Es curioso. ― Eso dije, sorprendiendo a Vladimir, quién me preguntó qué había descubierto. ― ¿Ese circo no lo habíamos visitado hace unos cuantos meses atrás? ― Por la cara que puso, al oírme; se notó que también se dio cuenta de eso.

El lugar en había que acudir era dónde estaba situado un circo, al que yo y la familia de Vladimir visitamos, y, entonces, empecé a recordar. Era unos días antes de que tuviera un accidente y acabará en el hospital, en una tranquila noche de verano. De por sí, no era la gran cosa, más bien, era algo cutre. No venía mucha gente y el precio era demasiado elevado.

― Hacía tanto que no vamos a un circo, ¡estoy tan emocionada! ― Eso gritaba mi suegra, que le veía tan feliz como un niño, mientras sostenía la mano de su marido, quién no sentía lo mismo.

― No deberías ilusionarte tanto. ― Le explicaba su marido, mientras observaba el circo. Y lo decía por la gran carpa que lo cubría parecía estar muy estropeado, con un azul tan descolorido que te entraban ganas de irte de allí.

Aunque, yo le dije, mientras le daba la mano a mi Vladimir, que las apariencias pueden engañar. Pero este no fue el caso, aquel circo eran tan horrible cómo nos pintaba. Por ejemplos, los acróbatas:

― ¡Señores y señoras! Os presentamos al gran saltador Chupi. ― Pero no había nadie al lado de viejo y bigotudo presentador, salvo un mono.

― ¿Y dónde está el acróbata? ― El mismo presentador se sorprendió de que estuviera un mono y uno de los trabajadores se lo dijo en voz alta.

― Al parecer le dan miedo las alturas, así que usaremos un mono llamado Chupi 2. ― Pero el mono no hizo nada, salvo ponerse a dormir.

Y los payasos no eran mejores:

― Aquí tienen un chiste: Dos putas van por una calle y, ¿saben quién se cae? ― El público estaba muy aburrido y nadie dijo nada, solo estaban esperando a que terminaran su patética actuación, ya que nos daba cosa irnos de aquel espectáculo.

― ¡Mi madre! ―Eso soltó al final, quién se puso a reír como loco, mientras los demás le mirábamos con asco. Había insultado a su propia madre, que hijo tan despreciable.

Al final, los del circo, al ver a su público, poco contento y arrepentido de haber pagado; sacaron a uno de los animales que tenían: Un oso, para hacer malabares. Lo iban a montar en una pelota, pero éste ni les hacía caso.

― ¡Vamos, Gordi, por favor, súbete a la pelota! ― Le pedía uno de los payasos sin parar, pero éste solo miraba hacia a mí, y no sabía el porqué, aún así sentía que ya había sufrido algo parecido en el pasado.

Yo, si les digo la verdad, no sé qué pasa con mi relación con los osos, porque no es nada normal. Algunos, cuando me ven, me tratan como si fuera una de su familia. No, son muy territoriales para eso, pero aún así, no me tratan como una amenaza y se acercan a mí, sin que me ataquen. Un buen ejemplo fue, hace un año, cuándo me fui a pescar en un rio, situado en mis tierras: Muchos de esos animales se me acercaron y se pusieron a pescar, sin ningún problema entre ellos ni conmigo, hasta uno me regaló algún pescado. Incluso algunos oseznos me persiguieron como si fuera su madre.

Esos son algunos, otros son muy agresivos conmigo y van a por mí, pero no sé cómo lo hago, siempre puedo sobrevivir e incluso los he derrotado con mis propias manos. No lo entiendo, nada de nada, incluso he ido al psicólogo para que me lo expliqué, pero éste me trató como una loca y pues decidí no ir nunca a ningún otro. Pues bueno, de todos modos, éste oso llamado “Gordi”, al verme y quedarse un rato mirándome fijamente, se lanzó hacia a mí.

― ¡Gordi! ¿Qué haces, estúpido? ¡No ataques al público! ― Eso gritó uno de los payasos cuando ocurrió esto.

La poca gente que estaba sentada en las gradas salieron corriendo, gritando de pavor y pánico. Yo les dije a mis suegros y a mi cariño que se pusieran a correr, mientras yo le entretenía, ya que supe que iba a por mí.

― ¡Nadezha! ― Ellos gritaron de horror, al ver que el oso me perseguía, mientras yo salía corriendo, a toda velocidad, por otra dirección. Al salir de la carpa y rodeada de jaulas de animales, tuve que enfrentarme al oso, y otra vez lo hice, me salvé y lo maté. Pude montarme en su espalda e hincarle mis dedos en sus ojos, para luego quitarme la chaqueta y ahogarlo con ella. Todos, menos mis suegros y mi Vladimir, me veían como un monstruo y decidimos no volver a ningún circo más. Al venir los recuerdos, entonces, los dos nos dimos cuentas que, tal vez, esos payasos anónimos fueran ellos.

― ¿Los trabajadores del circo? ―Eso solté en voz alta, algo sorprendida.

― Pues claro. Después de ese incidente, el circo fue clausurado. ― Añadió mi Vladimir, dando antes un grito de sorpresa.

― Pero, entonces, el circo no debería seguir ahí. ― Eso era verdad, si estaba clausurado, no debería estar ahí.

― La única manera de descubrirlo es visitándolos. ― Mi Vladimir dijo esto al final y era algo con el que estaba de acuerdo, pero no deseaba llevarlo a ahí, por si le intentaban hacerle algo horrible. No podría llevarle a la boca del lobo, pero él insistió tanto que tuvo que dejarlo. Después de todo, también deseaba decirles a esos estúpidos unas cuantas palabras por decir que estaba secuestrado.

Así que, nos preparamos y nos fuimos hacia allí lo más rápido posible, aunque faltaban tres horas para las seis de la tarde. Atravesamos toda la cuidad, montándonos en diversas líneas de autobuses, para llegar a aquel solar. Tardamos mucho, pero al final pudimos llegar a tiempo.

― Pues, ya hemos llegado. ― Dije, cuando habíamos llegado a ese lugar, mirando por todas partes.

Esta vez no había circo, solo un solar enorme y polvoriento, situado en los límites de la cuidad de Springfield, que servía solo como aparcamiento gratuito de coches.

― ¿Y dónde estarán? ― Se preguntaba mi Vladimir, tras mirar un buen rato, pero no aparecía nadie.

― Pues bueno, solo faltan cinco minutos. ― Eso le respondí, tras mirar el reloj, y cada vez estaba más enfadada. No solo por el hecho de decirme que habían secuestrado a mi Vladimir, sino, porque nos habían mandado a este lugar. Entonces, una voz salió de entre los coches:

― ¡Hey, vosotros! ¿Por qué tienen que llegar tan pronto? ― Decía una voz aguda y que parecía de pito.

― ¿No saben que necesitamos maquillarnos y todo eso? ― Añadió otra, más grave pero también algo ridícula.

― ¡Después de todo, somos los payasos anónimos! ― Y entonces, tras pronunciar estas palabras, salieron tres personas, que estaban escondidos entre los coches, con aspecto de payasos. Hicieron unas extrañas poses, muy ridículas, y me di cuenta de que eran los mismos del circo.

― ¡Hey, estúpidos! ¿Por qué le dijisteis que me habían secuestrado? ― Mi Vladimir fue el primero en gritarles, con mucha seriedad. Yo añadí algo parecido:

― ¡Eso no tiene nada de gracia! ― Les grité.

― Pues bueno, había que atraer la atención. ― Dijo el obeso, que llevaba un pelo rojo con forma de tornillo, y con camisa blanca y pantalones verdes; mientras tocaba su nariz roja de forma compulsiva.

― Es solo una mentirijilla. ― Añadió el más flaco y alto, él que llevaba un pelo con forma de triangulo y una camisa verde con pantalones blancos.

― No es cómo si queríamos secuestrar a alguien. Eso tiene delito. ― Concluyó el más bajito de todos, un calvo con sombrero rojo, y con camisetas y pantalones con rayas verdes y blancas.

― ¡Tiene delito el decir que han secuestrado a alguien! ― Y les grité muy encolerizada, con ganas de mandarles al hospital.

― Ah, ¿en serio? ― Se pusieron a hacer los tontos. ― ¡No lo sabemos! ¿En dónde viene eso? ¿En la constitución?  ― Se estaban burlando de mí.

― ¡Dejen de burlarse de mí, estúpidos payasos! ― Les grité de nuevo, pero siguieron chuleándose de mí, hasta que tiré una piedra al suelo con todas mis fuerzas, asustándolos con mucha facilidad.

― ¡Vale, vale, pero no seas violenta con nosotros! ― Me lo dijeron muy aterrados. Para luego, añadir esto: ― ¡Solo queremos venganza! ―

― ¡Queremos vengar a nuestro circo! ¡Por tu culpa, lo hemos perdido! ― Y me señalaron como si fuera la culpable de todo.

― Lo único que teníamos en la vida.- Y uno empezó a llorar.

― Pues, ¡¿qué queréis que os diga!? ¡Era una mierda vuestro circo y de todos modos, pronto o temprano, iba a cerrar! ― Era la verdad y le sentaron muy mal escucharlo.

― ¡Qué estupideces dices, estúpida adolescente! ― El obeso gritaba histérico.

― No insultes a nuestro circo. ― El flaco seguía llorando.

― ¡Tranquilizasen, intenta desmoralizarnos! ― Eso decía el enano. ― ¿Recuerdan la razón de haberla traído hasta aquí? ― Y los otros dos se quedaron callados unos segundos, esperando que el jefe dijera algo.

― Vale, lo diré yo. ¡Te hemos retado a un duelo, adolescente! ¡Tú contra nosotros, los payasos anónimos! ― Me gritó.

― ¿Y qué quieren conseguir? ― Les pregunté seriamente.

Se quedaron callados, esta vez los tres, pensando en eso. Tardaron casi un minuto o más en decir la respuesta.

 
― ¡Bueno, nos jugamos nuestro orgullo! ― Esto dijeron a gritos, al final, haciendo ver que su enfrentamiento conmigo, ni les iba a devolver el circo ni nada parecido. Solo lo hacían por hacerlo.

Entonces, el flaco sacó de la nada una monociclo y se acercó con cierta dificultad hacia a mí. Al llegar, cogió una bocina que tenía en la camiseta y me echó la típica broma del agua. Le di un puñetazo, muy flojito, que lo hizo caer al suelo. Volvió corriendo hacia sus compañeros, llorando.

― ¡Esa mujer es un monstruo! ― Eso les gritaba a sus compañeros, quienes tenían muecas de horror.

― Si no ha sido nada. ― Les repliqué.

― ¡Yo te derrotaré, por el honor de mi amigo! ― Esto dijo el obeso que se fue corriendo hacia mí, y al llegar, tuvo que descansar unos segundos. A continuación, empezó a soltarme chistes:

― Iban dos jugadores de baloncesto en una moto y se cae tu madre. ― Eso solo nos dejo frío.

― ¡¿No lo entienden?! ¡Tu madre es un travesti y es jugador de baloncesto! ― Solo empeoraba las cosas, dejó de ser nada gracioso a ser un insulto. Y lo peor es que los tres se pusieron a reír.

― Mi madre está muerta. ― Con esto los callé. Sintieron una gran incomodidad.

― Lo siento mucho. ― Se disculpó, antes de volver con sus compañeros, muy avergonzado. Los tres se pusieron a cuchichear entre ellos, por varios segundos, para luego ir el obeso hacia nosotros:

― ¿¡Qué estás haciendo!? ― Le pregunté, cuando vi que empezó a hacer un montón de estupideces. Estaba haciendo el payaso, para hacerme reír, pero sus tonterías solo me cabreaban, aún más.

― ¿Podrías parar? ― Eso le dije una o dos veces, pero no se detenía. Hasta que me hartó y le grité con todas mis fuerzas:

― ¿Puedes parar de hacer el idiota? ― El obeso se puso a temblar y volvió corriendo hacia sus compañeros.
― Es un adversario terrible. ― Decían con mucha seriedad aquellos idiotas.

― Por favor, dejen esta ridiculez. ― Les pedía esto, cansada de aguantar a aquellos payasos. Ya me estaba muriendo de vergüenza ajena.

― No hasta que cumplamos nuestra venganza. ― Y eso me gritaron los tres, señalándome. Vladimir y yo solo suspiramos.

A continuación, se acercó el enano, jugando con platos y palos, intentando retarme a algo:

― ¡Seguro que tú no podrás hacer esto! ― Me lo decía muy desafiante y yo, cansada de tanta payasada, solo le tiré unos de los platos a los que estaban manteniendo con un palo, cayendo todo lo demás.

― ¡Oh Dios mío, mi mejor truco! ― Gritaba, demasiado conmocionado y sus otros dos compañeros lloraban por él, como si estuviera muerto. A mí ya me estaban dando pena.

― ¡Eres invencible, un completo monstruo! ― Eso me gritaba, mientras volvía con los demás.

A continuación, cada uno se turnó en intenta “vencerme”, pero ninguno lo conseguía. El flaco lo intentó usando ventriloquia con un calcetón, a lo primero; después, intentó imitar a un famoso rockero y finalmente intentó hipnotizarme con un medallón. El obeso, pensó que con pedos me iba a reír, pero solo consiguió darme asco; y el enano me mostró cómo se maquillaba como una mujer. Al final, todo lo que hicieron fue en vano y la noche ya estaba a punto de llegar.

― ¡Hemos usado todos nuestros trucos y nada! ― Ya estaban desesperados, no sabían qué hacer, aunque no sabía que querían hacer exactamente.

― ¿Somos tan débiles? ― Decía el flaco, llorando.

― ¡No, solo es que ella es como un jefe final! ― Le replicó el enano.

― Hay que vencer, cómo sea. ― Concluyó el obeso, mientras yo y mi Vladimir, decidíamos irnos de ahí. Ya teníamos suficiente.

― ¿Adónde vais? ¡Qué aún no hemos terminado! ― Eso nos gritaron, cuando se dieron cuenta de que nos estábamos yendo.

― ¡Ya estamos cansada de vuestras estupideces! ― Les decía. ― ¡Déjenme tranquila, para siempre, por favor! ―

Y ellos se pusieron de rodillas, pidiéndome una última oportunidad. No se la di y tuvieron que cogerme de las piernas, para conseguir doblegarme.

― Vale. ― Les decía, tras dar un suspiro. ― Pero esto es la última, ¡y rápido! ―

Entonces, los tres volvieron a cuchichear entre ellos y estuvieron un buen rato así. Cuando terminaron, miraron hacia a nosotros y se quedaron observando, unos segundos, con una cara muy serio.

― Ya hemos elegido nuestra venganza. ― Eso me gritaron los tres a la vez, para luego añadir individualmente:

― ¡Y te arrepentirás de haber destruido nuestro circo! ― Dijo el obeso.

― ¡Y no nos importan que nos manden a la cárcel! ― Y eso soltó, a continuación, el flaco.

― ¡De todos modos, allí hay comida y alojamiento gratis! ― Concluyó, al final, el enano. Entonces, me di cuenta de sus intenciones. Iban a por mí, los tres a la vez, los muy tramposos. Y yo me puse en posición de combate.

― ¡Vete de aquí, Vladimir! ― Eso le dije a mi cariño y él no me hizo caso.

― ¡No voy a dejarte sola! ― Gritó, poniéndose en posición de combate también. Con una carta tan decisiva y seria que me dio cosa contradecir sus palabras.

― ¡Vale! ― No dije ningún pero, aunque pensaba hacerle de escudo, para que no sufriera daños.

No duraron ni medio minuto, con unos pocos golpes, tanto yo como mi Vladimir, le dejamos tirados en el suelo. Primero, se quejaban del dolor, pero, luego, empezaron a llorar.

― ¡Nuestra venganza! ― Decían sin parar, entre lagrimas.

― ¿¡Por qué no se olvidan de ese circo de una vez!? ¡De todos modos, no va a pasar nada si me ganan! ― Les decía, con tono reconciliador.

― No podemos, no podemos. ― Gritó el obeso.

― Era nuestra vida y, ahora, no tenemos ni casa. ¡Somos indigentes! ― Añadió el flaco.

― Nadie nos contrata, ningún circo nos quieres. ¡Estamos acabados! ― Esto dijo, al final, el enano.

Me dieron mucha pena y me entraron ganas de ayudarle en algo. Aunque me molestaba que me echasen las culpas a mí y que hayan ido a por mí, por eso de que tuvieron que clausurar el circo. Ya estaba condenado, de todos modos. Así, que saqué gran parte de la paga que me dio mi tío y se los tiré al suelo.

― Tomen esta pequeña compensación de mi parte. ― Eso les dije, ante su asombro y el de Vladimir.

― ¡Nos vamos, Vladimir! ― Me dirigí a él a continuación, y nosotros dos caminábamos hacia mi casa, mientras ellos tres no paraban de decirme gracias, sin parar.

No sé si hice lo correcto, pero lo qué sé, es que me arrepentí un poco, porque, al día siguiente, me los encontré durmiendo en el cubo de basura del barrio, borrachos como una cuba, cuando yo iba a tirar algo.

― ¡Buenos días, jefa! ― Eso me gritaron a la vez, ante mi sorpresa, cuando se dieron cuenta de mi presencia.

― ¿Cómo estás? ― Y el enano añadió esto.

― ¿Qué hacen ustedes ahí? ― No esperaba encontrarlo ahí.

― Pues necesitamos más dinero. Ya sabe, pasta para alcohol. ― Me molestó muchísimo que usaran mi dinero para ponerse borrachos.

― Y para comida, que nos hemos olvidado de comprarlo. ― Y eso fue el colmo, porque, a continuación, me pidieron con las manos dinero y comida. Yo lo que hice, enfadada, fue llamar a la policía, porque dormir en un cubo de basura era delito contra la sanidad pública en Springfield.

FIN

 

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La chica problemática, nonagésima quinta historia.

En el salón de Mao, dominaba el silencio. Él se sentía incómodo, al notar que era incapaz de decirle algo a la invitada, quién estaba tomando un té que preparó Clementina. Ésta notó, al terminarlo, aquella incomodidad.

― ¿Pasa algo? ― Eso le preguntó aquella chica de pelo azul marino y corto, cuyo largo flequillo estaba sujetado por dos ganchos simples.

― Nada, nada de nada. ― Respondió con mucho nerviosismo y Malia, que era la invitada, decidió irse a casa, no deseaba que los demás se sintieran incómodos con ella.

― No quiero molestar, así que mejor que voy. ― Eso dijo, al levantarse.

― Espera, espera. ― Le gritó Mao. ― No molestas, para nada, es que solo,…  No sé qué decir. ―

― Solo es que no sabe decirte algo que te pueda afectar, ya con lo que pasó con la enana esa. ― Eso soltó Jovaka, quién estaba jugando con la consola, y con toda naturalidad, para ahorrarle el esfuerzo a Mao.

― ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa con una enana? ― Esos soltaron las gemelas, quienes ignoraban la presencia de la invitada, ya que estaban ocupadas mirando revistas de moda. Al escuchar eso, se interesaron de repente con la invitada.

― ¡Niñas!- Eso les soltó Mao, molesto. ― ¡Tened un poco de consideración! ― No quería que Malia se sintiera triste por lo que le ocurrió.

― No importa, no importa. ― Le decía Malia con aparenta normalidad. ― Son cosas que pasan. ― Pero se notó que se puso algo triste, al recordarlo.

― De todos modos, ¿a qué has venido? ― Eso le dijo Mao, intentando cambiar de tema.

― Quería preguntarle a Josefina si por sí acaso sabe algo sobre mi hermana. Eran amigas, o eso creo. ― Eso le respondió Malia.

― Ella hoy no ha venido. ― Añadía Mao, a continuación. ― Y creo que sabrá menos que tú. ―

― Ya veo. ― Concluyó Malia, y volvió el silencio al lugar, otra vez. Hasta que ella abrió la boca para preguntar algo:

― ¿Por cierto, no notaron en Sasha algo extraño, que daba miedo? ― Malia se arrepintió de haber dicho esas palabras, al momento, pero necesitaba confirmar una cosa.

― ¿Qué quieres decir? ― Eso le preguntó Mao, al escuchar una pregunta tan extraña.

― Mejor ignora mi pregunta, que ha sido muy estúpido. ― Malia se sentía tan arrepentida que quería dejar el tema. Pero, entonces, Mao se quedó pensando y le dijo esto:

― En cierta forma, había algo en ella que no me gustaba ni un pelo, era siniestro.  ― Eso lo decía con una cara muy seria.

― ¡Pero, gente! ¿Queremos saber qué ocurre, quién es esa tal Sasha? ― Gritaron las gemelas, quienes deseaban saber de qué estaban hablando.

― Eso lo digo por lo que ocurrió un día. ― Siguió Mao hablando. ― Me hizo pensar que esa niña era siniestra. ― Estaba recordando.

― Por favor, explícame que ocurrió ese día. ― Le soltó Malia, intrigada.

― ¡Vamos, Mao, explica, explica! ― Añadieron las gemelas, creyendo que, por fin, podrían saber qué demonios ocurría con esa tal Sasha. Y Mao empezó a contarlo.

Según Mao, fue el último día de la Semana Negra, y todo empezó en la mañana. Él, Clementina, Diana y Leonardo estaban devorando el desayuno, que estaba compuesto por una tostada con mantequilla de maní y un huevo frito; con la televisión puesta, que estaba echando una película de ciencia ficción, muy mala. Entonces, empezaron a tocar la puerta de la tienda, tan fuerte que se notó en el salón.

― Al parecer, tenemos visitas, de nuevo. ― Eso decía Leonardo, mientras se levantaba. ― Voy a ver. ―

― Espero que sea un cliente que no se ha enterrado que hoy cerramos. ― Eso soltó Mao, quién apenas tenía ganas de tener, otra vez, compañía.

― Yo espelo que sea José. ― Eso gritó Diana, por su parte, tras terminar de beber su zumo favorito.

― No se llama José. ― Y Mao le replicó, recordando que aquel nombre, que hace poco que se lo puso a Josefina; le molestaba un montón a ella, porque era uno para hombres.

― Me llamo Josefina. ― Esas palabras provenían de ella, quién entró cómo un rayo al salón, pero tropezó con algo y se cayó.

― No se llama Josefina, su verdadero nombre es Roquefort. ― Entonces, apareció otra niña, que se sentó encima de Josefina. Era Sasha y dejó helado a los demás, que se preguntaban qué quería decir con eso.

― ¡Eres la idiota esa que me golpeó mi entrepierna la otra vez! ― Gritó Mao de repente, tras recordar quién era.

― ¡Y tú eres la reencarnación de un dictador chino! ― Eso soltó Sasha, imitando a Mao, algo que le molestó, mientras Josefina le pedía que se levantará de su espalda.

Tras esto, Mao se levantó, al ver que Sasha pasaba de ella y le decía caballo, y la cogió para ponerla en otro sitio, liberando así a Josefina. Entonces les preguntó esto:

― ¿Y para qué han venido, tú y tu amiga? ― Les preguntaba esto, mientras pensaba que iba a tener un día muy largo.

― Pues yo venía para jugar contigo y todo eso, y me encontré a Sasha por el camino y le invité. ― Eso le explicó Josefina.

― Yo he venido para salvar a América de los chinos. ― Y eso se inventó Sasha, siendo ignoraba por Mao. Éste, a continuación, se acostó en el suelo y empezó a cambiar de canal.

― Pues, lo siento, no tengo ganas de jugar. Buscaos a otra. ― Eso les decía.

Pero, al final, tuvo que aceptar jugar con ellas, tras la insistencia de Josefina y de Diana, a quién le entró también ganas. Se las llevó al parque, porque Sasha no dejaba de registrar la casa y tirarlo todo por el suelo.

― ¡Qué bien! ¡Hace un buen día para jugar! ― Decía Josefina, cuando llegaron al parque y observaba todo el lugar. El sol no brillaba muy fuerte y la temperatura estaba agradable, mientras el cielo estaba despejado de nubes.

Y mientras Josefa estaba en lo suyo, Sasha se preparaba para hacerle un “kancho”, Diana se dirigió hacía al columpio y Mao protestaba sin parar.

― ¡Vaya día que se me espera! ― Añadió, antes de suspirar y de escuchar el grito de dolor de Josefina.

Después de eso, y tras regañarla; se dio cuenta de que estaba como una cabra y no paraba. No dejaba de levantarles las faldas a las mujeres que pasaban, de romperle ramas a los árboles, de burlarse de los defectos, inventados o no, de los demás; de hacer el mono, y de muchas otras cosas más. Todo esto hartó a Mao.

― ¿Tu amiga es así? ― Le preguntaba Mao a Josefina, bastante molesto, después de evitar de que ésta le quitase un dulce a un niño pequeño.

― Bueno, la verdad…― Le costaba decir la verdad, porque era su amiga. ―…es que sí. Es demasiado traviesa. ― Lo que deseaba decir es que era bastante molesta y fastidiosa.

― Es más como un grano en el culo. ― Y eso le dijo Mao a continuación. Josefina no le contradijo, porque pensaba lo mismo; y Diana le dio la razón, diciendo que era una chica muy molesta. Entonces, Malan apareció en escena, quién entró al parque, saludándolas con las manos.

― ¡Ojou-sama, Tonta simpática, buenos días! ―Eso les gritaba muy alegre y ellos la miraron. Josefa le replicó muy molesta que no le dijera tales cosas. Nadie se esperaba que Sasha apareciera de repente y la tiró al suelo, como si fuera una pelota. Reía como desquiciada.

― ¿Qué haces estúpida? ― Le gritó Mao, mientras él y Josefina venían a ayudarla y levantarla del suelo. Sasha solo salió corriendo, mientras actuaba como un avioncito.

Malan, en vez de gritarle a esa niña por qué le hizo eso, les preguntó a los dos, mientras le pedían perdón por el comportamiento de esa loca, quién era y se lo explicaron tranquilamente.

― Entiendo. ― Concluía Malan, al terminar de escucharlo. ― Debe ser una chica muy problemática. ― No parecía que estuviera enfadada ni nada parecido.

― Te quedas corta. ― Añadió Mao, antes de dar un suspiro de cansancio. A continuación, Malan empezó a preguntarles si había alguna manera de controlarla, o si tenía alguna enfermedad mental; mientras Diana se dio cuenta de que había algo raro en un árbol.

Era un gato que estaba encima de una rama de un árbol, incapaz de bajar y estaba temblando de miedo, aunque no maullaba. Diana se quedó mirándoles un rato, hasta que les soltó esto a los demás:

― ¡Un gatito lindo está subido en ese álbol! ―Y todos miraron hacia al gatito.

― ¡Pobrecito! ― Exclamó Josefina con pena.

― Ese árbol no está muy alto, así que alguien podría bajarlo. ― Y Malan se acercó para subir.

― Oye, vas a destrozar tu kimono. ― Eso le decía Mao, con experiencia, ya que sabía lo complicado que era subirse a un árbol con tales ropajes.

Entonces, cuando Josefina estaba a punto de ofrecerse voluntaria, apareció Sasha, de repente subió al árbol como un mono y atrapó al gato, mientras éste intentaba huir, tras dar un maullido de terror, de ella.

― ¡Lo ven, es buena persona! ― Les decía Josefina, mientras Sasha se bajaba del árbol con el gato, que deseaba huir de sus garras, y desaparecía entre la arboleda.

― ¿Se ha llevado al gato? ― Se preguntó Mao, sin saber que reacción poner.

― Tal vez, ¿lo quiere de mascota? ― Y esto le respondió Josefina, quién estaba igual de desconcertada.

― ¿No decían que ella nunca actuaba lógicamente? ― Preguntó Malan, recordando a la conversión de hace unos cinco minutos, en dónde le hablaban de lo rara que era Sasha.

― Es que una nunca se acostumbra. ― Y esto sentenció Mao, mientras Diana añadía finalmente esto: ― ¡Ela un lindo gatito! ―

Y se quedaron ahí, esperando si Sasha volvía a aparecer, pero no lo hizo. Pasaron unos segundos hasta que Mao decidió buscarla, quién se imaginaba que estaba fastidiando al pobre gato.

― Ya estoy bien cansado de que aparezca y desaparezca. ― Les decía Mao.  ― Voy a buscarla. ― Y se introdujo en la arboleda, en su búsqueda; mientras Malan, Josefina y Diana le decía que tuviera cuidado.

Lo que encontró le dejó espantando. Sasha estaba haciendo algo horrible al pobre gato: Le estaba ahogando con sus pequeñas manos, con una mirada psicópata.

― ¡Vaya con el lindo gatito! ¿Quién es el lindo gatito? ― Eso le decía, con una voz igual de siniestra. ― Yo soy descendiente de los monos. Por eso, subir a un árbol no te servía. ― El pobre gato ni podría maullar.

― ¡Tú, deja al gato! ― Le gritó Mao rápidamente y ella, sorprendida, lo soltó y éste salió corriendo, mientras le decía, haciéndose la tonta, esto:

― ¡Sí, mi capitán! ― Eso le soltó.

― ¿Qué mierda estabas haciendo con el gato? ¿Qué te ha hecho? ― Le gritó Mao enfurecido, pero con algo de miedo hacia ella.

― ¡Solo me estaba haciendo su amigo! ― Le soltó como excusa Sasha, mientras se levantaba. Mao se quedó mirándola con muy mala cara, pero decidió ignorarla, ya que solo le iba a decir tonterías. Pensó en olvidar lo que había visto y lo había mantenido oculto, hasta ahora.

― Al final, ella nos siguió y cómo no quería que hiciera el indio en mi casa, decidí atarla con unas cuerdas. ― Así terminó Mao su corta narración, dejando a todos helados, menos a las gemelas que dijeron estas palabras de puro asombro.

― ¡Qué niña tan siniestra! ― Eso soltaron las gemelas.

― Ya veo. ― Decía Malia, mientras se levantaba. ― Muchas gracias por lo que me has contado. ― Al terminar estas palabras, se fue de la casa.

Mientras caminaba hacia la suya, pensaba en lo que oyó, en cómo era su hermana realmente. Estaba enfadado con ella misma, ya que no se dio cuenta de cómo era su verdadera personalidad, escondida en su ilógico comportamiento; hasta que fue demasiado tarde.

― Si tan solo podría volver a atrás en el tiempo…― Se decía a sí misma, mientras miraba a un cielo nublado, triste por no poder haber salvado a Sasha.

FIN

 

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La rebelión de una sirvienta, nonagésima cuarta historia.

Mi Señora es lo más grande y hermoso que hay en este mundo, lo es todo para mí. Aún así, a pesar de todo mi amor, no corresponde a mis queridos sentimientos. Para ella, no soy más que su sirvienta, la mejor de todas; pero solo eso. Y me duele, aún cuando decidí solo servirla. Pero este dolor que noto en el pecho ya es demasiado para mí, me desborda. Este día, que ya acaba de terminar, tome una decisión.

Mi día comenzó, tras despertarme lo más temprano posible, como siempre era, yendo a la cocina para preparar el desayuno a Mi Señora. Pero, antes de eso, decidí pasarme por su habitación para comprobar si estaba y, en ese momento, oí cómo se rompía cristales. Aquello me asustó muchísimo, ya que pensaba que ella estaba en peligro, y entré en su cuarto. La oí, al entrar, cómo se quejaba, y esas palabras procedían del baño.

― ¡Ya voy, Mi Señora! ― Eso le grité, entrando en el baño.

― ¡No entres, idiota! ― Me gritaba, pero fue demasiado tarde. Ya me introduje en el baño, que era tan grande como su cuarto y cuyas paredes eran hechos de cristal. Estaba delante de uno que había sido destrozado, desnuda y en el suelo, con una mano llena de sangre, apoyándose en el suelo; mientras con la otra se tapaba una parte de su ojo, mientras vomitaba.

― ¡Mi Señora! ― Grité muy preocupada y me dirigí para ayudarla, pero ella me detuvo.

― ¡Te dije que no entrarás, idiota! ― Me gritó, con toda su furia. ― ¡Ahora, búscame mi ropa y déjalo en la entrada, y sal de aquí! ― E hice lo que me mandó, como buena sirvienta.

― ¿Mi Señora…? ― Al terminar de vestirme, me dejó entrar, me pidió que le curase y recogiera los cristales rotos. Mientras le desinfectaba la herida que se le hizo, intenté preguntarle lo que había ocurrido.

― ¿Qué? ― Eso me contestó, bastante fastidiada, mientras se tapaba con fuerza la parte derecha de su cara. Entonces, me di cuenta de lo que le paso.

― ¿Ha intentando volver a ver su ojo derecho? ― Ya lo había hecho en otras ocasiones, y el resultado era parecido. Intentaba observar su rostro cuando no tenía el parche, para superar el asco que le tenía; pero nunca lo conseguía, era demasiado horroroso para ella. Siempre rompía el cristal que la reflejaba y empezaba a vomitar.

― Yo no tengo ojo derecho, solo un hueco vacio. ― Me lo dijo con mucho enojo. Me acordé de que ella perdió aquel ojo, literalmente, y me puse triste y me dio un poco de pena.

― Mi Señora, no debería esforzarse tanto…― Le dije comprensiblemente. Eso era lo único que le podría decir. Solo se quedó callada, mosqueada con ella misma y me ignoró, sintiendo mucho desprecio en su mirada hacia a mí, como si yo no debería decirle algo. Y eso me dolió, pero mucho.

Tras eso, recogí los cristales y llamé a los demás sirvientes para que pidieran un nuevo cristal, mientras Mi Señora se alejaba de nosotros, yendo hacia a la biblioteca para estar sola un buen rato. Yo, al final, volví a su cuarto para limpiarla, y mientras lo estaba haciendo apareció una sirvienta.

― ¿Y ahora qué le ha pasado a esa moza? ― Era una chica llamada Nonoma, la última en servir el Cuerpo de Sirvientes reales, cuyo mando recae sobre mí. Como es una la hija de un antiguo noble, pues no trabaja muy bien en su trabajo, siempre estaqueando y actuando como alguien con privilegios cuando no lo es. Incluso trata a Mi Señora como si era de la plebe.

― Es tu señora, llamarla así es una falta de respeto. ― Eso le dije, mirándola fatal y con ganas de darle un reprimenda.

― Perdón.-Me decía, de una manera poco sincera. ― ¿Te ayudo en algo? Una servidora está aburrida, no le mandan nada de su interés. ― Eso me sorprendió, porque el trabajo le da mucho repelús.

― Dale de comer a los caballos. ― Eso le respondí, pensando en que ayudarme era una excusa más para faltar mi trabajo.

― ¿Podrías mandarme algo mejor? ― Lo sabía. ― ¡No me llevo muy bien con esas criaturas! ―

Y esas protestas no le sirvieron de nada, porque le miré tan mal que decidió marcharse de la habitación. Pero, entonces, al no poder aguantar mis sentimientos, decidí detenerla para explicarle algo.

― ¿Podemos hablar? ― Le detuve. ― Solo quiero preguntarte algo. ― Y ella se quedó con cara de horror, como si pensaba que le iba a regañar. Por suerte, me hizo caso y me empezó a escuchar.

― P-pues verás…― No me atrevía mucho decirle tal cosa. ― H-hay una persona, al que yo quiero mucho. ― Estaba bien roja. ― P-pero siento que no me quiere, no, sé que no me ama. ― Al final, se lo pude decir.

― ¡Mal de amores! ― Eso gritó, entusiasmándose demasiado, tanto que me molesto.

― ¡Déjame terminar! ― Le repliqué, arrepintiéndome de haberle dicho a ella eso, pero es no podría aguantar más.

― Vale, vale. ― Y se calló, deseaba escucharme.

― Incluso creo que me odia, o que me mira con malos ojos. ― Eso decía, recordando muchos momentos de mi vida. ― Y si podría, me hubiera quitado del medio de su vida, pero me necesita. ― Me estaba entrando ganas de llorar. ― Yo amo a esa persona y me gustaría que me dejara de mirar con esos ojos. No sé si me explico bien. ―

En realidad, yo sabía, desde hace tiempo, que para Mi Señora yo solo era una herramienta, que le era útil, y si dejaba de serlo se iba a deshacer de mí. Y, que en los más fondo de mi corazón, también entendía que me tenía asco, desde aquel día en que intenté besar sus labios mientras dormía.

― Bastante difícil veo yo eso, ¿por qué no te buscas a otra persona? ― Esa fue su conclusión, al escucharme; y no me gustó nada, no podría hacerme a la idea de amar a otra persona que no sea Mi Señora.

― Eso jamás. ― Le grité y me callé un minuto, hasta decirle esto: ― ¿Qué hago? ― Le lancé una pregunta sin querer, ya que no deseaba la respuesta, sino que me escuchara solamente.

― En mi corta vida nunca me han preguntado una situación tan complicada, yo solo me he hecho la boba con apuestos mozos que pedían mi mano, nada más. ― Y obviamente no tenía ninguna respuesta para mí.

― Perdón, tal vez he hablado de más. Mi único trabajo aquí es servir a Mi Señora, nada más. ― Me arrepentí mucho de decirle eso.

― ¿Por cierto, alguna vez has hecho una cosa por tu cuenta? ¿Una decisión que no tiene nada que ver con la Zarina? ― Eso me preguntó ella, antes de irse y dejarme sola, ya que lo necesitaba. Aquellas palabras, que contesté con el silencio, me hicieron pensar sin parar lo que era mi vida.

Me resigné desde que supe que ella no me amaba. Llegó a odiarme, cuando le confesé mis sentimientos. Fue una suerte, que no me quitara de su vida, pero decidí solo esforzarme en servirla y ser su mejor perro.

Pero eso solo me dolía, cada vez más, al saber que algún día se iba a deshacer de mí y que no me quería. Un dolor que no dejaba de crecer, a la vez que aumentaba mi amor. Seguramente, en este caso, otra persona dejaría de amarla y empezara a odiarla, pero, para mí, era distinto. Estaba harta de esto, deseaba con toda mi alma ser lo que ella significaba para mí y no me consolaba con ser su sirvienta. Con estos pensamientos, me dirigía hacía la biblioteca, pensando que ya era hora de hacer algo por mí, algo que Mi Señora no me mandaría. ¿El cuál? No lo sabía, exactamente, hasta entrar allí.

― Ah, eres tú, Ranavalona. ― Eso me dijo, nada sorprendida, cuando abrí las puertas. Estaba mirando desde la ventana, melancólicamente, el paisaje invernal, mientras sostenía un libro. Una imagen que me cautivo.

― ¿Qué quieres? ― Me preguntó a continuación, mientras se sentaba en un sillón.

― Solo quiero estar aquí. ― Eso fue lo único que se ocurrió y ella no me dijo nada más.

Me quedé mirándola, desde la distancia, mientras ella estaba leyendo el libro. Era una imagen tan hermosa que no me bastaba solo con contemplar. Quería tocarla, besarla, sentirla, y más cosas, que los sueños eran los únicos que me lo permitían. ¿Por qué, por qué ella no sentía lo mismo que yo, por qué?

― Mi Señora…― Quería saber algo.

― ¿Qué? ― Y ella me preguntó qué era eso.

― ¿Usted se va a casar? ― Me imaginaba que ella lo haría, cuando fuera grande, y seguramente que no era por amor, sino por intereses. Aunque me preguntaba qué pasaría si se enamorase de alguien que no fuera yo.

― Si es necesario para mí, lo haré. ― Esa respuesta bien obvia, para mí era como una jarra de agua fría. No deseaba eso que se casará, ni siquiera que fuera la novia de otra persona que no fuera yo.

― Entiendo…― Eso me puso muy triste. ― ¿Y qué pasara conmigo…? ― Y esta pregunta lo hice tan flojito que no se enteró.

Antes me había conformado, aunque me dolía ese resultado; pero ahora me era inaguantable y quería evitarlo. Ya estaba harta de tener un amor no correspondido, quería que ella aceptara mi amor. Que nadie más que yo, tuviese su atención.

¿Por qué, mi amor se ha convertido en esto? ¿Por qué ella no aceptó mis sentimientos? ¿Por qué nací mujer y no como un hombre? ¿Por qué me enamore de ella? ¡Me lo merezco, siempre la he servido, la he ayudado y la he protegido!

Caí al suelo, intentando no llorar, delante de ella, harta de todo. Entonces, recordé las palabras de Nonoma: “¿Por cierto, alguna vez has hecho una cosa por tu cuenta?” Ya era hora de que debería hacer algo por mí misma, algo que Mi Señora no me ha ordenado. Si ella no me ama, entonces, haré todo lo posible para que lo hiciese. Mi hermosa Zarina iba a ser mía y de nadie más, y todo aquel que intentaría conseguir su corazón debería ser eliminado. Después de todo, Elizabeth lo era todo para mí.

Entonces, sin razón alguna, me levanté y me dirigí hacia ella, con ganas de abrazarla, pensando en poseerla, en hacerla mía. Era lo único que pensaba, mientras caminaba, poco a poco. Me imaginaba estar juntas en su blandita cama, abrazadas la una a la otra; o besarnos, mientras estábamos yendo de picnic en alguna montaña, o meternos las dos en el baño, y miles de cosas más que pasaban por mi cabeza. Y cuando ya estaba detrás de ella, levanté mis brazos y Mi Señora se dio cuenta de que yo estaba ahí.

― ¿Quieres algo? ― Eso me preguntó, al verme.

― Nada, nada, solo me preguntaba una cosa. ― Le dije eso, con todo mi nerviosismo.

― ¿El qué? ― Tuve que buscar una excusa, cuando me soltó esta pregunta.

― ¿Por qué dejaste a esa niña llamada Sasha viva? ― Y eso dije sin pensar.

― ¿Pero, qué dices? Está muerta. ― Eso no lo entendía, porque ella seguía viva. Después de aquellos acontecimientos, aquella loca le pidió un último deseo a Mi Señora, que la matara, y ésta lo hizo.

― Pero sobrevivió a su disparo, se lo dio en la misma cabeza y aún así vivió. ― Fue sorprendente, la verdad. Aunque hubiera muerto si no fuera por Cammy y Zvezdá quienes le salvaron la vida, al llevarla a aquella mujer que es médico personal de Mi Señora y chamán oficial de la corte, cuyas manos son milagrosas.

― Pero eso le dejo graves daños cerebrales. Perdió la memoria, su identidad como Sasha Roosevelt. Así que cumplí mi parte. Pero me puede servir en un futuro lejano y por eso sigue viviendo, en alguna parte del Zarato. ―

Me preguntaba qué quería hacer Mi Señora con aquella niña, aunque en esas palabras sentí una especie de resignación. Después de todo, fueron las palabras de esa mujer las que le convencieron para mantenerla viva en el Zarato. Tal vez ella le haya dado buenas razones para que existiera.

Pero todo eso lo olvidé rápidamente, porque me puse a pensar en otra cosa más urgente y necesario para mí, en cómo iba a conseguir que ella se postrará antes mis pies. Porque eso fue lo que me prometí a mí misma en aquel momento, y haré todo lo que sea posible en mi mano para que este amor exista, aunque sea a la fuerza.

FIN

 

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