Centésima historia, Versión de Nadezha

La historia del fin de una amistad: Última parte (Versión de Nadezha), centésima historia.

Después de eso, Nadezha faltó los pocos días que quedaban antes de las vacaciones de invierno. Al llegar éstas, las pasó junto con su tío, viajando por toda Shelijonia con la intención de visitar a otros familiares. Eso le ayudó a olvidar todo el asunto de Mao, solo por un corto tiempo. Al ver que tenía que volver al colegio, se le quitaron todas las ganas de vivir, no quería ver a aquella persona que fue su “mejor amiga” y que ahora le odiaba. Con solo recordar su rostro se ponía muy furiosa y triste.

Al empezar las clases, decidió que lo mejor era evitar en todo lo posible la presencia de Mao. No quería ni verlo y maldecía en todo momento el hecho de asistir la misma clase que él. Aún no se había recuperado de lo que pasó aquel día y le dolía mucho cada vez que lo recordaba, creciendo así aquel odio que desarrolló contra aquella persona que fue su “mejor amiga”.

Cada vez que entraba en clase y veía a Mao, sentado en su sitio, sentía ganas de volver a casa y faltar todos los demás, pero se aguantaba y solo se iba a su sitio sin mirarle, al igual que él lo hacía con ella. Lafayette apenas se pasaba por su clase, solo alguna que otra vez para pelearse con algunos de los dos, quitándose el otro del medio cuando lo veía. El resto del tiempo lo pasaba fuera del instituto, molestando a otras personas.

De todas formas, gracias a que Lafayette ya no actuaba como si fuera una amiga de Mao, la gente empezó a acercarse a él y en poco tiempo se volvió bastante popular con todo el mundo, tanto chicas como chicos, algo que le molestaba mucho a Nadezha, preguntándose qué tenía de bueno aquella persona para que se le acercarán. No lo pensaba por envidia, ya que ella también era popular.

Aún así, a pesar de que intentaba olvidarse de Mao y de su amistad, ya sea yendo con otras chicas a ir de compras o comer por ahí, estar ocupada o ayudando a su tío; estaba obsesionada, en cierta forma, por saber cuáles eran los motivos que produjeron que su “mejor amiga” empezara a odiarla, ¿fue su culpa o era otra cosa? No podría estar tranquila hasta descubrir aquella pregunta que no dejaba de hacerse.

Pero, por otra parte, ya hacía tiempo que se había alejado de él y no quería ni verle, a pesar de querer saber la verdad. Solo deseaba eso y ya está. Y así pasaron los días, sin prisas pero sin pausa, hasta que casualmente en la mañana de un catorce de febrero se volvieron a encontrar cara a cara.

Aquel día, empezó como cualquier otro, con Nadezha, siendo despertada por el infernal ruido del despertador:

— ¡Maldito reloj, deja de sonar, por el amor de Dios! — Eso decía en voz baja, bastante molesta, mientras buscaba con la mano aquel despertador para callarlo. Tras unos minutos soportando aquel sonido, llegó hasta él y lo apagó.

— Nadezhda levántate, que es hora de irse al instituto. — Alguien pegó en la puerta, diciéndole esto. Era su tío, y ésta le replicó que ya iba, mientras luchaba por levantarse de la cama y abrir los ojos.

Le costó mucho, pero al final pudo levantarse, ducharse y vestirse lo más rápido posible. Tras eso, bajó al comedor, para comer lo que le preparó su tío:

— Buenos días. — Le saludó al verla, mientras ponía el desayuno en la mesa y se quitaba el delantal que llevaba puesto.

— Buenas,…— Le decía, somnolienta. — ¡Qué pocas ganas de verdad tengo de ir! — Mientras se sentaba en la silla y empezaba a comer.

— No protestes, que trabajar es mucho más horrible que estudiar. Yo desearía estar en tu lugar. — Le replicó su tío, mientras se sentaba para empezar a comer el desayuno.

— ¡Lo que quieras, tío! — Soltó Nadezha, antes de dar un pequeño bostezo y seguir comiendo.

Por unos cuantos segundos, hubo un silencio entre los dos que se rompió cuando su tío le volvió a hablar: — Por cierto, ¿cómo te va en la escuela o instituto? —

Le molestó que le mencionara eso. A pesar de que en el instituto no lo estaba pasando mal, tampoco le gustaba estar allí, porque no podría a soportar la presencia de alguien que estaba en su misma clase.

De todas formas, cómo nunca le contó lo que le pasó con Mao, pues le mintió diciendo esto:

— Pues, bien, cómo siempre…— Lo soltó con mucho desánimo y luego, sin quererlo, su tío echó más leña al fuego, preguntándole sobre la persona que ella no desea ni escuchar ni su simple nombre.

— ¿Y cómo está tu amiga Mao? — Tras pronunciar esas palabras, Nadezha se quedó mirando cabizbaja, con ojos de rabia y en silencio. Así estuvo por varios segundos.

— ¿Te pasa algo?- Su tío, al verla así, le preguntó preocupado.

— Nada de nada. — Le respondía Nadezha, antes de seguir comiendo, intentando ignorar el tema.

Y el silencio volvió al comedor por unos pocos segundos. Esta vez era uno tan incómodo que su tío tuvo que volver a hablar para romper el hielo:

— Sabes, últimamente me he dado cuenta de que apenas conservamos y pues es un poco triste. No sé si es porque estás creciendo, pero me siento un poco alejado. —

Eso le soltó su tío con algo de tristeza, aunque al final de la frase soltó unas cuantas carcajadas. Nadezha, al oír eso, se dio cuenta de eso de que ella últimamente no hablaba mucho con la única familia que tenía:

— No digas tonterías, yo creo que hablamos mucho. — Intentó poner un tono gracioso. — Pero si quieres me pondré a hablar todo el día, las veinticuatros horas. —

— ¡No exageres! — Y eso le replicó su tío, antes de echarse a reír.

— No te preocupes, si te aburres un poco, te daré conversación. — Le dijo a continuación, mientras mentalmente le pedía perdón a su tío por alejarse de él. Después de todo, él la acogió como si fuera su hija, tras la muerte de su hermano, del padre de Nadezha. Ella estaba muy agradecida con él y se sintió mal por mantenerse un poco alejada de su familiar por culpa de la tristeza que le producía el asunto de Mao.

A pesar de eso, creyendo que era agua pasada, no quería contarle todo lo que le pasó los últimos meses, aunque deseaba poder ser más sincera con él en el futuro.

A continuación, tras terminar de comer, se despidió de su tío y se fue directa hacia a su instituto. Entonces, por alguna razón que no pudo comprender, ella sintió unas ganas inmensas de visitar un sitio antes de volver a las clases.

— Hace algún tiempo que no visito aquel lugar…— Eso se decía, mientras se dirigía hacia allí, preguntándose si valía la pena hacerlo. Pero estaba algo nostálgica y deseaba recordar cosas que ya le parecían de otro tiempo. Iba hacia al parque en dónde siempre se encontraba con Mao, el punto de reunión que tenían cuando iban al colegio. Aunque había malos recuerdos en aquel sitio, tenía muchas ganas de volver al ver.

Tardó un poco en llegar y después se dirigió hacia un banco para sentarse, sin importarle mucho que era demasiado tarde y las clases iban a comenzar. Entonces, oyó las pisadas apresuradas de alguien. Giró la cabeza hacia la persona que entró en el parque y casi tuvo un shock, al ver quién era. Era incapaz de reaccionar, solo le estaba mirando con una cara de espanto, la misma que estaba poniendo Mao. Quería gritar una y otra vez por qué tuvo que encontrase con aquella persona, en aquel mismo momento. Eso era mil peor que estar en la misma clase cada día.

Luego vino un silencio muy incómodo entre ellos dos, durante bastante tiempo, y Nadezha, empezó a recordar tanto los buenos como los malos recuerdos con Mao para, finalmente, terminando con lo que ocurrió en las últimos meses. Al pensar en eso, solo la enfurecía, porque no entendía lo que había pasado realmente ente ellos. Solo sabía que Mao dejó de ser su “mejor amiga” y empezó a odiarla de alguna manera, llegando a hacerse pasar por “aliada” de Lafayette para que ella se alejara de él.

Sabía que ya no podrían atrás, a volver a ser amigos; y que el Mao que ella conocía ya había dejado de serlo hace mucho tiempo, pero a pesar de eso necesitaba entender sus razones, por las cuales él rompió su amistad y le empezó a odiar. Solo quería eso, nada más.

Por eso, se llenó de valor y pensó seriamente en lo que le iba a decir a Mao, durante varios segundos, hasta que finalmente pudo hacerlo:

— ¿Por qué…? — Al principio, lo soltó en voz baja. — ¿Por qué?- Pero luego, lo gritó con todas sus fuerzas. — ¿Por qué ha ocurrido esto? ¡Explícame! —

Mao dio un paso para atrás y luego le soltó esto de una forma que enfureció, más de lo que estaba, a Nadezha:

— ¡No te tengo que explicar nada, Nadezha! —

Intentó controlar su ira, mientras se acercaba poco a poco hacia Mao y añadía esto:

— Me da igual, necesito saberlo, ¿cuál ha sido la razón por el cual me estás odiando, te he hecho algo malo, hiciste algo malo? — Entonces, al estar delante de Mao, casi le iba a un violento puñetazo, pero se aguantó y solo le cogió del cuello, mientras terminaba la frase: — ¡Solo te exijo eso y nada más! —

— Es algo que no te interesa, así que déjame tranquilo…— A continuación, Mao, con una extraña expresión de indiferencia, le soltó aquellas palabras, mientras apartaba las manos de Nadezha que le estaban cogiendo del cuello, con una hostilidad que solo consiguió que ella explotará.

Porque, luego de eso, ella le dio un fuerte y doloroso contra la cara de Mao que lo hizo volar y caer al suelo de la peor forma posible. A continuación, con toda su ira, le soltó estas palabras:

— Si no me lo dices, ¡te lo sacaré a la fuerza, te golpearé, una y otra vez, hasta que lo saque! —

Entonces, Mao, después de ponerse en pie con mucho esfuerzo, dijo en voz baja: — Pues, entonces…—

— ¡¿Y ahora qué, Mao!? — Le gritó Nadezha, quién ya estaba fuera de sí y sin darse cuenta de que Mao también lo estaba e iba a ir contra ella.

— Ya, ya me has enfadado. — Porque él se lanzó contra ella. — ¡Te haré morder el polvo, si eso es lo que quieres. — E intentó golpearla en el estomago.

Pero, Nadezha, pudo reaccionar a tiempo, y se protegió, cubriendo el estomago con los brazos. Aunque aquel golpe le dolió muchísimo.

Después de recibir aquel golpe y, al ver que su contrincante intentó darle otro puñetazo, ella saltó hacia atrás, para luego acercarse a toda velocidad hacia él y darle una buena patada. Le salió mal, porque Mao le paró con sus propias manos, y la tiró al suelo de forma violenta, haciéndole mucho daño.

Mao, tras hacerle eso, se quedó inmóvil, sin hacer nada, y Nadezha intentó darle otro puñetazo hacia la cara, mientras se levantaba del suelo como un rayo. Pero se detuvo a pocos centímetros de su rostro.

No sabía el por qué, pero ella en aquel momento no podría golpear a la cara de Mao, a pesar de que se estaban golpeando la una al otro. Nadezha se preguntó una y otra vez por qué no se atrevía a hacer tal cosa. Tal vez, fuera porque en lo más fondo de su corazón aún quería a aquella amiga o se sentía mal por aprovecharse de su aparente distracción. Sea lo que fuera, decidió bajar el brazo y se alejó unos pocos pasos, bastante aturdida, mientras le observaba.

Luego, se quedó cabizbaja y tras unos segundos de silencio, empezó a preguntándose por qué había llegado a este punto, en cómo terminaron peleándose de esta manera. Habían vivido buenos y malos recuerdos, pero ellos dos siempre estaban juntos, se habían jurado una amistad eterna. Recordaba aquel momento como si fuera ayer.

Fue en un día de verano, tras acabar el primer curso de la primaria. Ella y Mao, paseaban tranquilamente por las calles, mientras veían como el sol desaparecía del horizonte. Nadezha, no dejaba de mirarle una y otra vez, pensando en una cosa que desde hacia tiempo, deseaba decirle:

— Por cierto…— Tras llenarse de valentía, le soltó eso, aunque lo dijo en voz baja.

— Ah, ¿qué pasa? — Aún así, Mao la escuchó y la preguntó, mientras la observaba.

— Nada, nada. — Eso le respondió bastante nerviosa y roja. Se maldijo por decir aquella respuesta, porque no era lo que realmente deseaba decir, aunque fue como acto reflejo.

A continuación, se llenó otra vez de valentía y añadió esto: — Bueno, la verdad es que yo…—Entonces, le cogió de la manos y le soltó esto con una sonrisa: — Muchas gracias. —

— ¡Eh, ¿eh?! — Mao fue sorprendido por aquellas palabras repentinas. —¿Por qué dices eso, tan de repente, si no he hecho nada? — Se puso tan nervioso como Nadezha, mientras se preguntaba qué estaba hablando ella.

— Sí, lo hiciste. Gracias a ti, deje de estar triste por la muerte de mis papas y quisiste ser mi amiga. — Y finalmente, sin la vergüenza que tenía antes, le soltó aquellas palabras a Mao, quién se puso más nervioso de lo que estaba.

— ¡No fue para nada! — Eso dijo, antes de reírse nerviosamente.

— Jamás pensé que encontraría alguien como tú…— Y añadió Nadezha con una radiante sonrisa, que dejo a Mao boquiabierto, quién empezó a reírse como loco.

— ¡Oye, oye, me estoy poniendo roja con eso, para ya! — A pesar de su nerviosismo, estaba feliz por los halagos que le estaba diciendo Nadezha.

— Eres mi mejor amiga, ¿sabes? — Le dijo, finalmente, Nadezha.

— Por supuesto que sí, y lo seré para siempre. — Y con esto terminó la conversación Mao, con una sonrisa igual de radiante que la de Nadezha.

Al recordar eso y comparándolo con su situación de ahora, le entraron muchas ganas de llorar, de gritar y de desear volver atrás en el tiempo. También le volvió la rabia que tenía en ella, mientras apretaba fuertemente el puño, porque sintió que aquellas palabras fueron más que una fea y horrible mentira. A continuación, le soltó esto a Mao, con un gran grito:

— ¡Solo quiero que me lo digas! — Eso dijo, antes de empezar a llorar, mientras se decía una y otra vez que toda su bonita amistad fue más que una farsa. Esto era lo que deseaba gritar, pero, por cualquier razón le soltó otra cosa a Mao.

— ¡Jamás, jamás, te lo diré! — Y Mao le dijo esto con una voz baja, aunque no lo suficiente para que Nadezha no lo escuchará. Se acercó con una cara de alguien que parecía que iba a hundirse de un momento para otro, pero que aún así intentaba mantener la compostura. Se acercaba poquito a poco, mientras levantaba el brazo con unas intenciones nada buenas.

— ¡¿Eres idiota o qué?! — Pero Nadezha se dio cuenta y se acercó a él para darle un puñetazo ella primera.

— ¡La idiota eres tú, y solo tú! — Pero él detuvo el puño con una mano. — ¡No hay nadie más idiota que tú! —Mientras intentaba golpear a Nadezha con la otra.

— Deja de soltar estupideces, estupideces. — Pero ésta lo detuvo, también, con el brazo que tenía libre.

Se miraron fijamente, mientras intentaban empujar los brazos del contrario para librarse, durante varios segundos.

Y entonces Nadezha vio cómo salían lágrimas de Mao, con una cara desolada, antes de gritar esto:

— ¡¿Cómo pude hacerme amiga de alguien cómo tú!? —

Nadezha se dejó empujar por Mao y cayó al suelo, destrozada totalmente por aquellas palabras, no sabía si por producto de aquella cara que puso Mao o por aquellas palabras. Pero no le dio tiempo a pensar en eso, porque su ira volvió a crecer de nuevo, ya que ella no podría creer que le soltara aquella frase, lo sintió como si fuera una apuñalada por la espalda para ella. Se enfadó tanto que se levantó de suelo y le dio un buen golpe en el pecho que lo hizo volar.

— ¡Maldita desgraciada…! — Eso le gritó, fuera de sí. — Lo mismo digo, ¡¿por qué me hice de amiga de alguien como tú!? — Llorando sin parar, mientras sentía que había vivido una completa mentira. — De una chica, que de la noche a la mañana, decide romper nuestra amistad y mandarme a la mierda de esta manera, sin saber lo que ha ocurrido para que hemos llegado a esto. —

— ¿¡Y qué pasa!? ¡¿Por qué tengo que contártelo, hay alguna regla especial o qué!? ¡Porque me apetecía y ya está! — Y Mao le gritó esto, mientras se volvía a levantar e iba a golpear con los dos puños.

A Nadezha eso le pareció una excusa lamentable y se lo dijo, mientras esquivaba los golpes que intentaba darle Mao con sus puños:

— ¡Eso es una mentira, una estúpida mentira! ¡Sé que hay algo, porque tú no harías tal cosa, solo por un capricho! — Se detuvo por un momento, para saltar hacia atrás. — En realidad, nadie. —

Y luego corrió hacia Mao, mientras éste le gritaba esto, mientras se tapaba los oídos: — ¡Cállate, cállate de una vez! —

— Entonces, ¡dime la verdad! — Y mientras le decía esto, le dio una patada a Mao tan fuerte que lo tiró en el suelo y lo dejó ahí.

— ¡Jamás! — Y éste se quedó en el suelo. — ¡Olvídate de todo esto, de una maldita vez! — Llorando sin parar, mientras le gritaba a Nadezha. —Desiste de una puta vez, ¡¿qué vas a conseguir con toda esta estupidez!? ¡Déjame en paz y olvídate de mí, por favor! —

Entonces, Nadezha se dio cuenta de que ya habían llegado demasiado lejos y ninguno de los dos había ganado, no habían no había conseguido nada, solo habían luchado inútilmente y con toda violencia. Por eso, decidió terminar esto e irse. Pero antes de eso, le dijo esto, llena aún con la rabia que había sentido:

— ¡Pues, muy bien, que te jodan, Mao! ¡Tú para mi estás muerta! — Y con esto dicho, salió corriendo como nunca lo hizo, mientras se alejaba de Mao.

No se dirigió hacia la escuela, porque no tenía ni ganas de estar allí, así que decidió pasearse sin parar por toda la cuidad, en un intento desesperado por librarse de aquellos sentimientos que estaba teniendo. Más bien, corrió por todos lados, durante horas, sin darse cuenta por dónde iba; y cuando se cansó, llegó a un parque que apenas conocía, en ese lugar en dónde nos íbamos a encontrar.

Este fue el final definitivo, o más bien, un epílogo; de su amistad con Mao y dio paso al principio de otra cosa, porque ese día yo encontré al amor de mi vida: Nadezha.

Gracias a mí, ella se olvido de gran parte de lo que sufrió con Mao. Y a de todo y del hecho de ya odiaban, ellos volvieron a hablarse, pero con mucha hostilidad y violencia, al poco tiempo. Empezaron a insultarse, a molestarse, a fastidiarse, a golpearse mutuamente, volviéndose rivales o archi enemigos. Su enfrentamiento y su rivalidad se volvieron famosos y casi legendario en el instituto. Nadie pensaría que en otros tiempos aquellas dos personas se habían querido como hermanos, en una verdadera y sincera amistad.

FIN

Anuncios
Estándar
Centésima historia, Versión de Nadezha

La historia del fin de una amistad: Cuarta parte (Versión de Nadezha), centésima historia.

Pasaron varios días desde entonces, y le costó mucho poder asimilarlo, pero seguía sintiendo que todo era demasiado extraño. Mao tenía que tener una buena razón para decirle que era aliado de Lafayette y que iba a volverse enemigo de Nadezha. Algo que ella no podría entender, por mucho que pensase.

Necesitaba hablar con Mao de nuevo e intentar arreglar la situación, pero éste siempre la esquivaba, evitando todo contacto con ella, y eso a pesar de que ellos dos iban a la misma clase. Y por alguna razón, Lafayette, que, por desgracia, acabó en el mismo instituto que ellos, también evitaba acercarse a Nadezha.

De todas formas, a pesar del dolor que le producía no poder solucionar lo de Mao, ya entablaba conversación con otras chicas e incluso salía con ellas por las tardes, aunque no sentía lo mismo que cuando estaba con él.

Y había otra cosa que le preocupada, y es que es decían que Mao se había vuelvo el compinche de Lafayette y le ayudaba en sus malvados planes. Pero todos los que fueron abusado por ella, le confirmaban que eso era mentira, que era algo que solo aquella chica mencionaba una y otra vez. Éste nunca estaba a su lado ni nunca se metía con nadie, a pesar de que no negaba los rumores sobre él y dejaba que le dieran mala fama.

Y cuando se dio cuenta, ya habían pasado meses desde aquello. Solo dejó que el tiempo pasase, mientras no encontraba una respuesta para poder solucionar su situación con Mao. Ella estaba tan desesperada que hasta preguntó a sus padres qué podría hacer, mientras visitaba sus tumbas, en el aniversario de sus muertes:

— Sabéis, papá y mamá. Me he peleado con mi amiga, o algo parecido. Ella me dijo en el verano que no quería ser mi amiga y, al empezar el instituto, me soltó que íbamos a ser enemigas. —

Eso les decía, mientras terminaba de poner las nuevas plantas de sus padres y empezara a llorar desconsoladamente, incapaz de poder aguantar las ganas de llorar que tenía desde hacía rato.

— Sé que algo le ha pasado, pero no sé el qué. Ni siquiera si he sido yo la que ha causado el problema o otra persona. Y no sé qué hacer, me siento muy desesperada. —

Se sentía sola y atrapaba en un callejón sin salida. Sin entender nada, se negaba una y otra vez a aceptar el hecho de que Mao hubiera roto su querida amistad con ella. Es más, le necesitaba, sentía que nadie podría ocupar el hueco que dejó él.

Y cuando se dio cuenta de que tenía que hacer algo de una vez, ya había llegado Diciembre y las vacaciones de invierno estaban a punto de comenzar.

— ¿Qué he hecho durante todo este tiempo? — Eso se preguntó un buen día de invierno, mientras metía las cosas en su mochila. Estaba a punto de tocar la campana y ella se quedó mirando al suelo, pensativa, después de observar a lo lejos como Mao se iba a casa. Ella estaba reflexionando sobre su papel en lo ocurrido, sobre todo lo que hizo durante varios meses. Solo estaba consiguiendo que estuviera enfadada consigo mismo, porque se sentía mal por no hacer nada. Mao era una persona muy importante para ella, no podría dejar que su amistad terminará de esta forma.

Por eso, intentó forzar a su cerebro para tener una idea, aunque fuera la más estúpida, para que su amistad con Mao volviera, pero, por mucho que ella lo pensaba, no tenía nada. Y se dio cuenta del porqué: No sabía lo que había ocurrido y nadie se lo explicó. Entonces, lo primero que tenía que hacer era que alguien le dijera la verdad y creyó que la única persona que podría darle información era la que menos deseaba volver a hablar: Lafayette.

Por eso se levantó, salió de su clase y les preguntó a los pocos alumnos que quedaban en la escuela si habían visto a Lafayette. Nadie sabía de su paradero y le decían que lo mejor era no saberlo. Tras ponerse su abrigo, salió del edificio y pensó en buscarla por las calles, por si la encontraba de casualidad, mientras observaba como los copos de nieve caían poquito a poco sobre la superficie ya nevada.

A continuación, miró por las calles que rodeaban al instituto, corriendo de un lado para otro, mirando por todas partes.

Luego, a Nadezha se le pasó por la cabeza que tal vez podría estar en aquel parque en dónde ella y Mao se reunían antes de ir al colegio. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que podría estar allí, porque era un parque solitario, muy bien escondido y lo usaría para abusar de alguien.

Y ahí se dirigió corriendo como loca y, al llegar a los pies del parque, se dio cuenta de que había un montón de gritos allí dentro. Algunos los reconocía a la perfección.

En vez de aparecer en escena, decidió, muy a su pesar, esconderse primero entre los arbustos y comprobar lo que estaba pasando. Vio una escena que le sobrecogió.

Vio a Lafayette sentada sobre la espalda de una niña que desconocía, mientras le cogía el brazo y se preparaba para hacer que no parecía nada bueno.

— ¡No, eso no, por el amor de Dios! ¡Te lo pido, no me hagas más daño, no te he hecho nada! — Eso le gritaba aquella niña, mientras lloraba sin parar e intentaba librarse de las garras de Lafayette.

Entonces, vio algo que le sobrecogió: Mao estaba al lado de Lafayette. Por un momento, Nadezha, horrorizada, pensó en lo imposible, que él se había vuelto de verdad su compinche y le ayudaba a hacer daño a los demás.

— Solo me está entrando más ganas de romperlo. — Pero entonces, cuando Lafayette decía estas palabras, Lafayette sufrió un puñetazo que la volar y dar vueltas por el suelo. Mao, después de observar la escena como una estatua, le dio un buen puñetazo. Nadezha no evito lograr un gesto de alivio.

— ¡¿Pero, qué haces!? —Le gritó Lafayette, encolerizada, mientras se levantaba y limpiaba su boca de sangre.

— ¡¿Qué hago!? ¡Eso es todo lo que me dices, solo eso! ¡Si es bien fácil, darte una paliza! — Le respondió con igual cólera hacia Lafayette.

— ¡¿Y nuestra alianza!? — Le preguntó esto a continuación, y Mao le respondió con esto:

— Ya me da igual. Es más, me arrepiento de haberme unirme a un monstruo. —

Oír aquellas palabras, hicieron muy feliz a Nadezha, porque sabía que Mao no sería alguien tan rastrero de ayudar a Lafayette en sus maldades. Pensó en salir y ayudarle, pero, por alguna razón, no se atrevía a salir de su escondijo.

Intentó seguir la pelea, pero una cosa la distrajo. Vio como aquella chica que estaba siendo abusada por Lafayette, sin decir nada, se levantó y se acercó a los columpios para coger algo que estaba ahí. Era una mochila. Sin mediar palabra, le quitó la nieve que tenía y salió corriendo, totalmente aterrada.

Eso le molestó, porque deseaba que le dijera a Mao las gracias por salvarla, pero comprendía por qué esa chica huyó tan pronto como tuvo oportunidad, más ocupada en salvar su pellejo que agradecerle a su salvador. Por culpa de esa escena, ella no se fijo en la pelea tan violenta que estaban teniendo esos, hasta que un grito de dolor dirigió su atención.

Mao estaba en el suelo, gimiendo de dolor, mientras se palpaba su pierna y Lafayette, con una siniestra sonrisa, se le acercaba con una pistola. No era una de verdad, solo lanzaba pelotas de gomas. En su momento, según me decía, sabía que no lo era, se notaba a primera vista; pero también conocía el hecho de que los disparos que lanzaba eso podría ser bastantes peligrosos.

Sin mediar palabra, Lafayette empezó a apuntar con aquella arma su cara. Entonces, Nadezha sintió que tenía que ayudarle. Ya no era solo porque eran amigos, que también, sino porque era una persona que estaba en problemas. Quería quitarle la horrible sonrisa que tenía en aquel momento de la cara y enseñarle una buena lección.

Por eso, salió de su escondrijo de salió hacia ella. Corrió a toda velocidad y le dio una fuerte patada en las costillas que la mandó a volar. El cuerpo de Lafayette dio unas cuantas vueltas por la nieve, mientras soltaba su arma y ésta caía al suelo nevado. Tras dejar de rodar se levantó con mucho esfuerzo del frío suelo, mientras gritaba esto:

— ¿¡Quién me ha dado una patada!? —

Nadezha respondió con esto, antes de lanzarse hacia Lafayette: — ¡Usar un arma es trampa, maldita tramposa de mierda! —

A continuación, Nadezha le dio un puñetazo a Lafayette, sin que ésta pudiera esquivarlo a tiempo. Casi iba a caer al suelo, pero se contuvo y le intentó dar una patada contra sus rodillas. Ella saltó hacia atrás y se alejó rápidamente.

Lafayette, gritando como loca, se le acercó y le intentó dar un montón de puñetazos, intentando forzar a sus brazos para que fueran los más rápidos posibles para hacer tal cosa. Pero Nadezha la esquivó, poniéndose a un lado, y luego, detrás de ella y darle un golpe muy fuerte en toda la espalda.

Ésta cayó al suelo e intentó levantarse, pero entonces vio como Nadezha le apuntaba con la pistola de goma, que la cogió mientras Lafayette se recuperaba del golpe.

— ¡Maldita perra, ¿ahora quién es la tramposa!? —

Eso le gritó ella, llena de rabia e impotencia, mientras veía como Nadezha la señalaba con aquella pistola de goma.

— Entonces, debes irte. — Le soltó Nadezha, esperando que con esto ella decidiera huir y terminar aquella pelea.

Y Lafayette, tras quedarse un rato pensando en eso, decidió salir corriendo, resignada y molesta, mientras les insultaba y les amenazaba a aquellos dos:

— ¡Malditas perras de mierda, juro que destrozare vuestras caras bonitas para que nadie se acerque a vosotras por feas! —

Entonces, Nadezha le miró a Mao fijamente, buscando en sus ojos las respuestas a lo que estaba ocurriendo con él. Pero éste intentó esquivar su mirada, como si le diera vergüenza observarla.

— ¿Era todo mentira, no? — Le dijo Nadehza con tristeza. — ¿Lo de haberte aliado con Lafayette? —

En el fondo de su corazón sabía perfectamente que Mao jamás haría algo semejante. Solo siguió la corriente a Lafayette, pero intentó alejarse lo más posible de ella, para no notar lo horrible que era ella. Y al ver lo que hacía ésta, no pudo soportarlo.

— ¿Y qué pasa? — Mao le dijo esto con algo de atrevimiento, intentando no darle importancia.

— ¿Por qué hiciste eso, por qué? — Entonces, Nadezha le preguntó esto, con un grito de incomprensión. Mao se quedó unos segundos en silencio, para luego, soltarle estas palabras:

— Porque te odio, y querías que te alejarás de mi. — Lo dijo con mucha seriedad, y Nadezha quería gritar una y otra vez, negar aquellas palabras que había escuchado.

Aún a pesar de todo lo que había pasado, le era incapaz de asimilar que su mejor “amiga”, a quién había considerado como una hermana, le estaba diciendo tales cosas. Ella era incapaz de procesar el hecho de que Mao se dejase mezclar en las mentiras de Lafayette y le dijera que era su enemigo, solo para que le diera un motivo a mi Nadezha para que se alejara de él. Le dolió tanto que le entraron unas fuertes ganas de llorar:

— ¿De verdad, estás diciendo eso? ¿En serio, me has mentido de esa manera, porque querías que me alejara de ti? —

Eso le gritó encolerizada, mientras se decía una y otra vez que fue una gran estúpida por haber creído que su amistad con Mao sería para siempre. Éste dejó de quererla como amiga y decidió mandarla a la mierda de una forma que resultaba dolorosa a los dos, en vez de explicárselo desde el primer momento.

— Sí, ¿qué pasa? — Le respondió Mao.

Entonces, aquellas palabras finales dieron el golpe de gracia y Nadezha sintió tanta rabia que le dio un gran puñetazo a Mao y lo tiró al suelo de forma muy violenta. Rápidamente, se alejó de él llorando y corriendo a toda velocidad.

Mientras corría sin parar hacia su casa, no dejaba de gritar esto: — ¿Por qué, por qué ha ocurrido esto? —

Y fue en ese momento cuando Nadezha empezó a odiar a Mao. Su odio y enfado hacia la que fue su “mejor amiga” era tan enorme que, al volver a casa, decidió romper todo lo que le tenía unida con aquella persona.

Nadezha encendió la chimenea de su salón y cogió diversas cosas que le regaló o le dio a Mao y los echaba al fuego, mientras ella lloraba y gritaba, descontroladamente.

— ¡Estúpida Mao! — Gritaba. —  ¡Yo pensaba que nuestra amistad es para siempre! — Una y otra vez. — ¿Por qué? ¿Por qué lo has destrozado de esta manera? —

Echó toda la ropa y todas las cosas que le regalo, todas las cartas que se habían escrito durante las clases, antes de destrozarlas en mil pedazos; las fotos que tenía y que se había echado con Mao. También deseaba tirar al fuego todos sus recuerdos de él y su amistad, y sus sentimientos, pero tenía que conformarse con solo eso. Tenía un ataque de ira por lo que había ocurrido y nada parecía poder calmarla.

Y finalmente, para terminar, Nadezha decidió quemar todos aquellos lazos que compró para regalo de Mao, en pleno verano. Los miró detenidamente, antes de tirarlos uno por uno.

— ¡Esto, es por ser una estúpida! — Eso Gritó, antes de tirar el primer lazo, de color azul.

— ¡Esto es por hacer estupideces solo para que te odie! — Y esto fue al tirar el segundo, que era de color rosa.

— ¡Esto por hacerme creer que íbamos ser amigas para siempre! — Añadió, mientras tiraba el del color rojo.

— ¡Esto es por destruirlo todo! — Y esto lo soltó, cuando le tocó al del color verde.

Y al quedarse con el último, que tenía el color amarillo, ella se quedó mirándolo por varios segundos. Sentía unas ganas increíbles de tirarlo al fuego y verlo desaparecer para siempre, pero a la vez no se atrevía. En los más fondo de su ser, ella no deseaba destruir todos los buenos y malos momentos que tuvo con Mao, lo mucho que le ayudó y que le apoyó, aquellas conversaciones tan divertidas y todo aquel tiempo que lo pasaron juntos.

Y, entonces, su cuerpo se derrumbó y cayó de rodillas, mientras abrazaba fuertemente aquel pequeño lazo. Se calló, sin gritar nada más, y decidió seguir llorando descontroladamente hasta dejarse seca, mientras el fuego consumía todo lo que había tirado ahí.

Tras poder tranquilizarse, ella apagó el fuego y se quedó tumbada en el sofá, mirando las musarañas, después de abrigarse con una mantita de color marrón. Al pasar unas horas, su tío volvió a casa y ella le abrió la puerta. Tras hablar un poco, él se dio cuenta de que, en la chimenea que iba a encender para estar calentito, había algo:

— ¡Hey, Nadezhda! ¿Por qué hay tantas cosas extrañas en la chimenea? —Eso le preguntó, mientras miraba los restos calcinados de las cosas que tiró ella en su ataque de ira.

— No es nada, realmente nada. — Solo le contestó eso, muy desanimada. Su tío la miró por unos momentos, antes de seguir observando lo que había en la chimenea.

— No parece ser cosas para echar al fuego. — Siguió hablando, como si esperaba que ella le dijera la verdad, mientras los sacaba y la miraba de reojo.

Nadezha sabía que se daría cuenta, porque le dio una bienvenida bastante deprimente y estaba con una cara de tristeza que se olía a kilómetros.

Pero, aún así, no quería preocupar a su tío por sus problemas, porque él los tenía peores:

— Solo estaba purificándome nada más. — Eso le decía, mientras le soltaba una falsa risa. — No te preocupes, no es nada grave. —

Entonces, para sorpresa de Nadezha, su tío la abrazó fuertemente, mientras le decía estas palabras y le acariciaba la cabeza:

— No sé si es porque estás creciendo, pero últimamente estás muy rara. —

Si no fuera porque ya estaba cansada de llorar, se pondría a hacerlo. De todos modos, aquel abrazo le ayudó mucho a Nadezha. Su tío, en vez de obligarle lo que le pasaba, la abrazó, para tranquilizarla.

— ¡Muchas gracias, lo necesitaba, de verdad! — Le soltaba ella, mientras le devolvía el abrazo con todas sus fuerzas y una sonrisa.

Con esto, parece que nuestra historia llegaría a su fin, pero aún queda algo que contar.

FIN DE LA CUARTA PARTE

Estándar
Centésima historia, Versión de Nadezha

La historia del fin de una amistad: Tercera parte (Versión de Nadezha), centésima historia.

Después de aquel día, definitivamente las cosas no volvieron a ser como antes. Pasó los días, esperando que Mao la llamará o conseguir llenarse de valentía para hacerlo ella, porque no se atrevía. No entendía muy bien la razón de su miedo, pero eso consiguió que pasara semanas así.

Pasaba los días bastante triste, pero, de vez en cuando, hacía cosas en su casa o ayudaba a su tío. Así podría mantenerse ocupada, mientras ella esperaba una simple llamada. Más bien, le ayudaba a no pensar en eso, aunque había ratos en dónde se preguntaba una y otra vez qué le había ocurrido a Mao aquel día y por qué no se dignaba a llamarla.

Al final, tras dos semanas, Nadezha oyó cómo sonaba su teléfono móvil y al mirar quién llamaba, su cara se lleno de alegría. Rápidamente contestó al teléfono:

— ¡Por fin, era hora de que me llamases! — Fue lo primero que contestó a Mao, con mucha felicidad, tanto que tenía ganas de llorar.

— Pues sí…— Y eso le respondió Mao con un tono de desánimo tan grande que preocupó a su amiga al momento.

— ¿Ocurre algo? ¿Por qué hablas de esa forma? — Le preguntó, pasando de un tono alegre y feliz a uno serio y preocupado.

— Lo siento mucho, de verdad…— Parecía que a Mao le costaba hablar. — Yo…— Hubo un minuto de silencio, antes de soltar esto: — No puedo seguir siendo tu amiga. —

Tras eso, él cortó la llamada tan rápido como llamó y Nadezha se quedó durante varios minutos en silencio, sin saber cómo reaccionar. Aquellas palabras fueron un shock para ella, algo que le rompió el corazón. Al final, terminó llorando desconsoladamente en silencio. No paraba de balbucear el nombre de Mao.

Cuando pudo asimilar aquellas palabras, empezó a preguntarse el porqué, la razón de que él le hubiera dicho eso. No lo entendía, no podría hacerlo, porque no encontraba alguna lógica.

La última vez que se vieron Mao se fue sin ninguna razón, ni siquiera habían peleado ni nada parecido. Y antes de ese día, estuvieron juntas casi gran parte del tiempo y no hubo nada que podría haber deteriorado su amistad.

Pensó que tal vez en aquel día en que no pudo salir con Mao, ya que iba a visitar a sus fallecidos padres con su tía; había pasado algo raro. Se dio cuenta de eso porque recordó que al día siguiente se había comportado de una forma muy rara. Sea lo que fuera, había conseguido que su amistad iba a estar a punto de colapsar. A pesar de todo, aún había esperanzas de que solo era un obstáculo que se había puesto en medio y podrían superarlo. Con esa idea, Nadezha no podría aceptar aquellas palabras.

Entonces, recordó unas palabras que pronunció Lafayette hacia meses, en el cual ella profetizó que había comenzado el fin de su estúpida amistad, o algo parecido a eso, mientras hablaba como una loca. Y luego se dio cuenta que fue en un día después de su visita al cementerio con su tía y el mismo en dónde Mao actuó raro.

— ¡¿Entonces, Lafayette, tiene algo que ver con todo esto!? — Eso se preguntó, mientras pensaba sobre la relación de aquella chica con lo que había pasado con su amistad.

Por eso mismo llegó a una conclusión: Qué iría a buscar a Lafayette para saber si ella estaba relacionado realmente con lo que estaba pasando. Al día siguiente, por la tarde, salió en su búsqueda.

Tras salir a la calle, se preguntó a adónde iría ella si fuera Lafayette, porque no tenía forma de contactar con ella. Pensó que debía estar en algún parque o en un descampado molestando a alguien como la buena abusona que era. Eso era lo único que se le ocurrió y decidió hacerlo. Nadezha pasó toda la tarde, yendo de un lugar para otra, buscando su presencia, y no la encontró.

Al final, volvió a casa sin éxito alguno, y decidió pensar en otra forma de localizarla, sin gastar tanto inútil esfuerzo. Hasta que no llegó el día siguiente, no se le ocurrió nada útil. Después de eso, se dio cuenta de que podría preguntar a algunos conocidos si habían visto a Lafayatte o ella les había molestado o conocían a alguien que estaba siendo fastidiado por aquella chica.

Eso le fue más útil a Nadezha, ya que después de pasar los tres próximos días hablando con conocidas y conocidos, supo que Lafayette últimamente se paseaba por un parque lejano al barrio, molestando a todo niño que veía. Tras reunir información, al cuarto día salió corriendo hacia allí para ver si la encontraba allí.

Al llegar al parque, después de preguntar a cada adulto que veía dónde estaba eso, lo observó fijamente. Era uno pequeño, escondido entre grandísimos edificios en un barrio de clase media, situado en el centro de la ciudad y cerca de la estación principal de tren. Al menos, aquello tenía solo tres grandes árboles, cuyas sombras protegían el lugar de los rayos de sol. Por otro lado, habían, como era de esperarse, unos pocos bancos, los cuales rodeaban al único columpio y tobogán que habían en el lugar.

Y allí la encontró, en el centro del parque, humillando a una pobre niña gorda e indefensa. Estaba un poco cambiada desde que terminó la primeria, ya que cuya melena de león que había llevado desde que se conocieron, había desaparecido dando a un pelo algo más liso y que le llegaba hasta los hombros. También daba la apariencia de que había crecido bastante, pero aún así seguía siendo, para Nadezha, aquella chica odiosa que disfrutaba haciéndoles daños a los demás.

— ¡¿Y qué te pasa, gordita!? ¡¿Sigues llorando porque no puedes comer tu puto helado!? — Lafayette decía esto, con un tono burlesco muy molesto, mientras lamía un helado y tenía su pie sobre la espalda de su víctima.

— ¡Por favor, basta! ¡Te lo he dado, ya puedes dejarme! ¡Por favor, déjame irme, te lo suplico! —

Eso le gritaba aquella chica gordita, mientras le lloraba. Estaba en el suelo, al parecer porque fue tirada por Lafayette. Parecía ser una chica rica, ya que llevaba un vestido sin mangas de color azul con unos hermosos encajes de color rosa. Su cara redondita pedía desesperadamente ayuda.

— ¡¿Crees que voy a dejar a una cochina escapar!? ¡De ninguna manera, maldita cerda, te fastidiare hasta que te harte de ti! — Y Lafayette, riendo como una desquiciada, le soltó esto, mientras ponía su helado sobre la chica gordita, para que se cayera.

— ¡No, por favor, no le hagas eso a mi vestido! ¡Es nuevo, mi madre me matará, si ve que lo he ensuciado! —

Le pedía desesperada la gordita, incapaz de levantarse e huir de su abusona. Solo estaba ahí, esperando que su sufrimiento terminara de una vez.

Entonces Lafayette, iba a hacer caer el helado sobre su corto pelo moreno, mientras pisaba una de las coletas que llevaba la niña, a la vez que soltaba esto:

— ¡Pues, entonces, es mejor! ¡Toma mi regalo de mi parte! —

La chica gordita solo se tapó con sus brazos la cabeza, tan rápido como pudo. Y Lafayette, al ver eso, iba tirar el helado con violencia contra su cabecita.

— ¡Primero, toma mi regalo, Lafayette! — Entonces, Nadezha entró en acción, gritándole eso, mientras le daba un puñetazo en toda la cara que la hizo caer al suelo y manchar su camiseta roja y blanca, que tenía una imagen de California, del mismo helado que ella quería usar para machar a la gordita.

Nadezha se maldijo por tardar un poco en reaccionar contra aquel abuso que estaba cometiendo Lafayette. Se sintió muy mal por observar, solo para comprobar la situación y aunque solo fueran segundos, el sufrimiento de aquella chica. Esas cosas le hervían mucho y no los podría tolerar, por eso, mientras la gordita escapaba del lugar, ella se preparaba para pelear.

— ¡Maldita, perra! ¡¿Qué haces aquí!? — Le gritó Lafayette, mientras se levantaba e iba hacia ella.

— Tenía que charlar contigo sobre una cosa. — Le respondió Nadezha eso, mientras esquivaba el puño que iba hacia ella.

— ¡¿Ah, sí!? ¡¿De verdad!? ¡No me esperaba esto, qué la gran Nadezha me busqué para hablar conmigo de algo! —

Lafayette se burló de ella, poniendo caras de incredulidad hacia Nadezha, mientras se preparaba para su próximo golpe.

— ¡Deja de burlarte y contéstame! ¡No deseaba verte, para nada, solo te daré una paliza y luego contestas mis preguntas y me voy, solo eso! — Pero, Nadezha fue mucho más rápida y se lanzó hacia ella, con un puño directo hacia el estomago de Lafayette.

— Si es eso lo que quieres…— Pero pudo detener el puño con sus propias manos. — ¡Entonces, te destrozaré! — Y le soltó esto, poniendo una cara de psicópata, antes de que las dos se alejaran de la una a la otra.

— ¿Qué le hiciste a Mao? ¡¿Vamos, responde!? — Le gritó Nadezha, antes de lanzarse hacia Lafayette.

— ¡¿De qué estás hablando, si no la he visto en meses!? —

Eso le gritó Lafayette, algo consternada, mientras se defendía de las patadas rápidas que daba Nadezha.

Lafayette tuvo que dar un salto hacia atrás, para no recibir las patadas que estaba dando Nadezha, que eran tan rápidas que le costaba esquivarlas.

— ¡No me mientas, tú dijiste que nuestra amistad iba a terminar, por tanto, has hecho algo! — Nadezha dio otro grito, antes de volverse a lanzarse contra Lafayette. Le intentó golpear con los dos puños, pero la negra la esquivó, yendo a un lado, y haciendo una zancadilla, tirándola al suelo.

— ¡Oh, sí! ¡Lo recuerdo y eso quiere…! — Soltó Lafayette, mientras ponía una sonrisa y preparaba dar un pisotón contra el cuerpo de Nadezha.

— ¡Deja de decir tonterías, confiesa! — Pero ella lo esquivó, dando vueltas por el suelo, y se levantó más enfadada que nunca.

— ¡¿Entonces, Mao y tú habéis roto vuestra amistad!? — Lo decía con una enorme alegría. -¡Genial, es hermoso!- Antes de ponerse a reír como loca desquiciada.

Y mientras se reía de tal forma, Nadezha vio un despiste suyo y se fue a por ella, dándole un golpe tan fuerte en el estomago que la hizo caer al suelo.

— ¡Deja de reírte! — Eso le gritó Nadezha, muy enfadada, pero Lafayette seguía fuera de sí, burlándose de ella como si fuera la ganadora de algo.

— ¡Lo ves, subnormal, vuestra amistad era una mierda! ¡Una mierda y yo he ganado, tú y Mao habéis perdidos! ¡Es lo mejor que he oído hace tiempo! —

— ¡¿Entonces…!? — Eso se preguntó Nadezha, mientras hervía del odio que estaba sintiendo hacia ella- Creyó que tenía razón en que ella tuvo algo que ver con todo el asunto.

— Sí, hice algo, conseguí romperlo. — Le replicó entre molestas risas. — Pero me lo voy a callar. — Y con esto dicho, Lafayette salió corriendo a una velocidad increíble, huyendo de Nadezha, mientras se declaraba la supuesta ganadora de una pelea.

Nadezha la siguió con toda la rapidez del mundo, pero, debido a que no conocía muy bien la zona, se perdió y no pudo encontrarla. Al final, tuvo que llamar a su tío para que la buscara y volver a casa.

Tras eso, Nadezha pensó en buscar a Mao y pedirle que le explicara que le había pasado, qué le hizo o dijo Lafayette, para que quisiera dejar de ser su amiga. Pero sus planes se trucaron, porque su tío le dio la sorpresa de que iban a viajar al sur de Shelijonia, para estar unas semanas con su abuela y su tía. No podría decir que no a eso y decidió proponer su deseo de reconciliación hasta que volviera a Springfield con pena.

Se quedaron allí más de lo que pensaron y cuando volvieron a la cuidad, solo quedaban dos días para que empezará la secundaria. Ella, entonces, recordó que iba a asistir al mismo instituto que Mao y se volverían a ver. Tenía la idea de que en las clases intentaría acercarse a él y hablar sobre el asunto. Deseaba que llegara rápido aquel día, aunque solo quedaban horas para eso.

Se despertó muy temprano, bastante decidida a hacer lo que tenía planeado, y se preparó bien rápido, tanto que dejó sorprendido a su tío, quién le costaba mucho levantarse para ir a su trabajo.

— ¡No me imaginé que ibas a estar tan animada para tu primer día de secundaria, Nadezhda! —

Eso le decía su tío, mientras preparaba el desayuno. Ella no le dijo gran cosa, ya que estaba más ocupada en terminar sus cosas y salir pitando a toda velocidad. Al terminar, salió y corrió como loca hacia al parque en dónde ella se reunía con Mao, con la vana esperanza de encontrarlo ahí, esperándola; y con la idea de explicarle que todo eso fue un engaño de Lafayette o algo parecido. Pero, al llegar, no encontró nadie y se desanimó al momento.

— Ya sabía que eso no era posible, soy una tonta… — Se dijo cabizbaja, mientras se daba la vuelta y se dirigía hacia al instituto en dónde tenía que ir.

Se sintió muy sola, mientras se dirigía hacia allí, recordando escenas del pasado, en dónde ella y Mao iban juntos hacia al colegio. Los recordaba tan lejanos, a pesar de que solo pasaron meses, y tan divertidos. Aquellas estúpidas y cotidianas conversaciones, las echaba de menos, mientras recorría el camino hacia su nuevo instituto.

Estaba muy desanimada, pero intentaba animarse, pensando que al entrar se encontraría con Mao y podrían volver a hablar. Le haría sacar la verdad y hacer que las cosas se solucionasen, seguir siendo “las mejores amigas”.

Y al llegar al colegio, no vio a Mao por ninguna parte. Tras empezar su primera clase, descubrió que él y ella estaban en la misma, pero éste no estaba. Al parecer había faltado. Su ilusión no duró mucho, pero tenía la idea de que tal vez mañana se encontrarían y hablarían.

Aquel primer día de instituto fue para ella muy aburrido y triste. Apenas hablaba con alguien y solo estaba pensando sobre Mao, en qué le pasó y cómo poder solucionar el problema. Lo único que consiguió fue calentarse la cabeza.

Entonces, después de salir de clase, mientras se dirigía hacia su casa, se encontró con algo que no se esperaba. A lo lejos, vio a una persona que quería ver, a quién estaba esperando durante días. Era Mao y se alegró al ver su aspecto era la misma de siempre.

— ¡Mao, Mao! — Eso gritaba de felicidad, mientras corría hacia él y le saludaba con el brazo.

Mao, quién estaba cabizbajo y con una expresión triste, la miró con un gesto de asombro, como si no quería verla, y parecía como si se quedara paralizado. Eso le dolió a Nadezha que, tras acercarse a él, empezará a recuperar del esfuerzo que hizo para llegar lo más rápido posible.

— ¿P-por qué? — Le costaba hablar, porque ni espero a recuperarse. — ¿Q-qué te ha pasado, Mao? —

Ni se dignó a contestar, solo la miraba como si estuviera viendo a un monstruo. Aquella actitud que estaba teniendo Mao frente a ella le hacía mucho daño y se preguntaba si había sido engañado por Lafayette, quién tal vez le dijo feas mentiras sobre ella, o le hizo algo muy malo a él sin darse cuenta.

De todas maneras, tenía muchas ganas de llorar, pero intentaba mantener la compostura. Por unos segundos, mi Nadezha no podría mirar su cara.

Entonces, cuando Nadezha volvió a observar a Mao, vio cómo éste daba poco a poco unos pasos hacia atrás, observándola con un gesto de miedo, mientras su cara estaba totalmente roja. Ella no entendía que le estaba ocurriendo: ¿Le tenía terror o qué? ¿Qué había ocurrido para que estuviese actuando de esa manera?

— Pero, M-Mao…— Y cuando le quería preguntar qué le estaba pasando, alguien las interrumpió. La persona que menos quería ver Nadezha en aquellos momentos.

-¡Por fin te he encontrado, Mao!- Eso le gritó una enfadada Lafayette, mientras salía de una calle y se acercaba hacia ellos. Aunque, al verlos, puso un rostro de pura felicidad grotesca.

— ¡¿Lafayette!? — Gritó ella sorprendida, quién maldecía su suerte, al ver que esa chica aparición en la escena. Mao, quién había girado la cabeza, también observaba con sorpresa y terror su aparición.

— ¡Pues sí, la misma de siempre, desgraciada! — Le replicó Lafayette con unas palabras burlonas y degradantes contra Nadezha.

— ¡¿Qué haces aquí!? — Y ella decidió dar caso omiso a tales cosas, mientras le preguntaba lo importante y se preparaba para lo peor, ya que Lafayette se estaba acercando.

Entonces, hizo algo que Nadezha, jamás pensaría que haría, y es que Lafayette puso uno de sus brazos sobre los hombros de Mao. Los dos se quedaron muy sorprendidos al ver aquella insólita acción de su parte. Y luego vino lo peor:

— Pues estando con mi amiga Mao. —

Por unos segundos, aquellas palabras consiguieron dar la impresión de que se paró el tiempo. Mao se quedó con la boca abierta, mientras que Nadezha se conmocionó al oírlo. Jamás de los jamases, se hubiera imaginado que ella diría tal cosa. Era algo imposible, una horrible y estúpida broma de mal gusto.

— ¿Qué? ¿Amiga Mao, pero qué tontería es esa? — Eso gritó Nadezha incrédula, incapaz de asimilar aquellas palabras.

— Lo que estás oyendo. Nos hemos vuelto amigas. — Y Lafayette, con una sonrisa grotesca que daba miedo, le dijo esto.

Nadezha miró a Mao, intentando comprender lo que pasaba, deseando que no fuera cierto lo que estaba escuchando. Pero entonces, éste puso una cara siniestra y le soltó esto, mientras quitaba el brazo de Lafayette de sus hombros:

— No, digas tonterías. Somos aliadas, solo eso. —

Eso fue como un shock y eso casi destrozó a Nadezha, quién sintió que se le nubló la vista y sentía ganas de desmayarse por escuchar tal cosa. Se decía que esto no podría ser real, que solo era una fea pesadilla. Aún, a pesar de todo, vio en la cara de Mao una cara falsa, cómo si éste intentaba hacerse el malo cuando, en realidad, solo estaba fingiendo.

Por eso, mantuvo la compostura, ya que conocía a Mao y sabía que él no haría tal cosa, porque odiaba con toda su alma a Lafayette y ésta a él. Había algo raro, definitivamente.

— ¿Aliada de Lafayette? — Le gritó a Mao. — ¿¡Cómo puede ser posible eso, tú jamás haría algo así como aliarte con tal individuo!? —

Y Mao a continuación, antes de darse la vuelta, le dijo algo más a Nadezha:

— ¡Así son las cosas, Nadezha, tenemos asuntos en común! ¡Y lo mejor que debes hacer, es alejarte de mí, porque seremos enemigos! —

Nadezha aceptó, definitivamente, que no entendía nada de nada. No podría asimilar cómo Mao pasó de ser su amistad más querida en alguien que le había declarado que iban a ser enemigas. Ya estaba harta y decidió ir hacia Mao, para pedirle que le explicara todo lo que estaba pasando, que deseaba saber por qué cambió de esa manera.

— ¡¿Enemigas, qué!? — Eso le gritó, antes de correr hacia Mao, pero, entonces, Lafayette se puso en medio, para impedir que se acercará a él.

— Da igual. — Lafayette le decía esto. — Lo importante es que ella ha dejado de ser tu amiga, ya no le caes bien, estúpida de mierda. —

Y lo soltaba con la sonrisa más desagradable que Nadezha había visto en toda su vida.

Y Nadezha, en vez de obligar a Lafayette a quitarse del medio, le gritaba desesperadamente a Mao, esperando que le dijera la verdad. Creía que era imposible que le odiaba, no podría aceptarlo.

— E-eso es imposible. — Le decía. — ¡¿Me estás mintiendo verdad, Mao!? — Pero éste la ignoraba. — ¡Dime la verdad! —

Y Mao desapareció, al girar por una calle. Lafayette le siguió y Nadezha se quedó sola. Entonces, cayó de rodillas y empezó a decir, sin parar, esto:

— Es imposible, esto no puede estar pasando…—

No podría asimilar que su mejor “amiga”, con la cual había compartido tantos buenos recuerdos, quién estaba siempre a su lado y siempre le ayudaba cuando más lo necesitaba; le había declarado, con sus propias palabras, que se iba a convertir en su enemiga.

FIN DE LA TERCERA PARTE

Estándar
Centésima historia, Versión de Nadezha

La historia del fin de una amistad: Segunda parte (Versión de Nadezha), centésima historia.

Al día siguiente, Nadezha se fue hacia el parque en dónde se reunía ella y Mao, antes de irse al colegio, como todos los días; y le sorprendió verle allí antes que ella, ya que casi siempre era la primera y la que le esperaba.

Y se dio cuenta de que estaba algo raro, ya que él no dejaba de dar vueltas por el parque, mientras se preguntaba en voz alta qué podría hacer, muy desesperado. Eso le extrañó a Nadezha, aunque decidió saludarle antes de preguntarle qué le ocurría.

— ¡Buenos días! — Mao dejó de moverse, para luego girar su cabeza hacia ella.

— ¡B-buenos d-días! — Le devolvió el saludo con muchísimo nerviosismo. Estaba bien rojo y le temblaba todo el cuerpo. Nadezha creyó, al verle así, que no estaba bien de salud.

— ¿Te pasa algo raro? — Eso le preguntó muy preocupada.

— N-Nada, nada. — La reacción que puso Mao, mientras soltaba aquella respuesta, solo aumentaba sus sospechas.

— Pareces que tienes fiebre o algo. — Le replicó Nadezha, antes de comprobar si estaba enfermo o no, poniendo su mano sobre la frente de Mao.

— Pues no, parece que no tienes. — Tras estar así unos cuantos segundos, éste fue su conclusión. No parecía que estaba enfermo ni nada parecido. Eso le alivió un poco, pero seguía bastante preocupada por su actitud. Entonces, Mao salió corriendo como un cohete:

— N-no te preocupes, no estoy enferma, para nada. — Mientras le soltaba esto.

Nadezha quedó muy perpleja y  estaba segura de que a Mao le había pasado algo muy raro. Se preguntó si iba a perseguirlo o no por unos segundos. Lo había hecho si no fuera porque lo había perdido de vista.

Se dio cuenta, también, de que Mao se dirigió por dónde había venido y se acordó de que no sabía dónde estaba su casa. Así que decidió, al final, ir al colegio, bastante preocupada por su “amiga”.

Durante las clases, todo el mundo le preguntaba dónde estaba Mao y ella les respondía que se había enfermado. No paraba de observar su asiento vacío, mientras se hacía mil preguntas sobre su extraño comportamiento.

Tras terminar las clases y dirigirse hacia su casa, observaba su móvil, preguntándose una y otra vez si debía llamarlo o no, porque estaba realmente preocupada. Entonces, mientras atravesaba por el parque que se reunía con Mao cada día en dirección a su hogar; alguien se puso en medio del camino:

— ¡Qué raro, eh! ¡Tu amigita del alma no está hoy contigo! — Eso soltó aquella persona con mucha chulería, mientras miraba detenidamente a Nadezha.

Ésta suspiró molesta, al ver que se había encontrado con la persona que menos quería ver: — ¿Y, aún así, no me puedes dejar de dar la lata, Lafayette? —

— Ya que estás solita, es el mejor momento de darte una paliza, ¿no crees? — Le respondió, mientras se ponía en posición de combate.

— Yo tengo una mejor solución: ¡Déjame en paz de una vez! — Le replicó cansada. Ya estaba harta de ella y deseaba que desapareciera de su vista.

— ¿Y si no quiero? — Pero Lafayette, tras escucharla, solo se ponía más chulita que antes. Entonces Nadezha, al ver que solo le intentaba provocar, decidió no seguirle el juego y alejarse de ella.

— ¡Ahora no eres tan valiente si no tienes a la chinita esa! ¡Cobarde, gallina! — Al ver esto, Lafayette, no paró de gritarle cosas, cada vez más enfurecida.

— Di lo que quieras. — Nadezha seguía caminado con mucha tranquilidad, ignorando las provocaciones de ésta. Y Lafayette, al ver eso, se puso tan enfadada que se lanzó hacia ella para darle un puñetazo.

Pero Nadezha esquivó eso y le dio un golpe en el estomago. Lafayette cayó al suelo y empezó a gemir de dolor sin parar, mientras soltaba estas palabras: — ¡Ay, mierda! ¡Serás hija de puta! —

A continuación, Nadezha siguió su camino y Lafayette, le gritaba esto con toda su ira, mientras se levantaba del suelo: — ¿Adónde vas, perra? —

— A un lugar lejos de ti. — Y eso le respondió ella, sin mirarla siquiera.

— ¿Vas a buscar a tu amiguita del alma? ¿Te ha abandonado o qué? — Y Lafayette no se rendía, seguía intentando echar sal en la herida.

— ¡Deja de decir estupideces, ella está enferma y tuvo que volver a casa! — Le gritó Nadezha, quién no podría aguantar más lo que estaba soltaba Lafayette.

Entonces, ésta, soltó algo que dejó perpleja: — Pues gritó a los cuatros vientos que no lo estaba. —

— ¿Cómo lo sabes? — Y eso le preguntó muy sorprendida Nadezha, tanto que miró hacia Lafayette con una cara extrañada.

— Os vi hablando por la mañana. Esperaba pacientemente daros una paliza pero decidí aplazarlo. — Le respondió Lafayette.

— ¡Ah, qué bien! — Nadezha ironizó, mientras se preguntaba perpleja cómo no se dio cuenta de que ella les estaba espiando.

— ¿¡Ah, qué bien!? ¡Pues es genial para mí, porque ya habéis dado el primer paso! — Lafayette, a continuación, le soltó aquellas extrañas palabras con voz de ganadora. Nadezha no entendió que quería decir.

— ¿¡El primer paso!? — Eso preguntó muy confundida Nadezha.

— ¡El fin de vuestra estúpida amistad! ¡Es el comienzo, subnormal! ¡Primero, os escondéis cosas entre vosotras, esos secretos os alejará, poco a poco, hasta que sea demasiado tarde! ¡Y yo me reiré de vuestras caras, para siempre! ¡¿Lo oyes, eh!? ¡El final está cerca y yo ganaré! —

Empezó a reír como una loca, tras soltar aquellas palabras que parecían proféticas; y Nadezha se decía que esa chica estaba como un cencerro y, en vez de decirle que lo que soltaba era puras estupideces, se fue rápido de allí sin que ésta se diera cuenta.

Mientras recorría el camino hacia la casa, las palabras de Lafayette que le soltó no dejaban de rondar por su cabeza. Y los negaba una y otra vez, sin parar. Su amistad era sólida como una roca y era imposible que empezaran a distanciarse así de la nada.

— ¡Maldita seas, Lafayette! — Nadezha no paró de maldecirla, porque le hizo empezar a dudar de su amiga.

Tras llegar a casa, ella empezó a preguntarse si realmente Mao le estaba escondiendo algo o no. Tal vez le había pasado algo muy feo y que no se lo pudo contar a nadie, o incluso llegó a pensar que le obligaron a callar.

Estaba tan preocupada que al final decidió llamarle. Y, aunque Mao tardó mucho, le contestó: — ¿Quién es? —

Nadezha, sin decirle que era ella ni nada parecido, le preguntó esto: — ¿Ya estás mejor? —

— P-pues sí. P-perdón si te he preocupado. En verdad, estaba algo enfermo. — Mao tardó unos segundos para contestar, hablando normal.

— Ya veo, espero que te mejores. — Le dijo Nadezha muy aliviada, pensando que solo le estaba ocultando que estaba enfermo.

— Puede que mañana pueda volver a clases. — Y eso le soltó a Nadezha bastante animado.

Pero aún así, Nadezha estaba preocupada, pensando que tal vez haya algo raro que ocultar el hecho de que estaba enfermo. Aquella actitud que él mostró en la mañana no dejaba de intrigarla. Y soltó esto sin quererlo: —Por cierto,… —

Se calló tan rápidamente como pudo. No debería dudar de su mejor amiga, porque creía que ella nunca le iba a esconder cosas tan graves, y era un insulto para su amistad.

— ¿Qué pasa? — Mao preguntó y ella, ahora que había empezado la frase, no podría terminarlo de esa manera.

Tampoco esquivar o cambiar de tema le parecía bien, así que decidió coger el toro por los cuernos: — ¿No me estarás ocultando nada, verdad? —

Mao rápidamente le soltó la respuesta: — P-pues claro que no, para nada. —

— Lo siento mucho, no era mi intención decir aquellas palabras. — Eso le dijo al final Nadezha. Quién se sintió muy mal por pensar y decir que le estaba ocultando cosas. Mao le replicó que no pasaba nada y siguieron hablando durante horas.

Tras terminar la llamada, Nadezha empezó a insultar a Lafayette por haber conseguido que ella dudara de su propia “amiga”.

Después de aquel día, parecía que todo volvió a la normalidad y  las próximas semanas siguieron estando como siempre. Aquel aviso que le dio Lafayette acabó en saco roto y seguían siendo las mejores “amigas”.

Después de todo, pensó Nadezha, de que eso solo fue más que un simple contratiempo, algo que solo pasó a la historia. En realidad, aunque ella no lo sabía por aquel tiempo, el problema solo se había pospuesto. Y volvió a aparecer en un buen día de Julio.

En aquel día, ellos acordaron ir a comprar en el centro comercial y, tras llegar Nadezha al parque en dónde se iban a reunir, se sentó en el banco, esperando a Mao.

— Otra vez he llegado muy pronto. — Eso se decía bastante molesta, mientras no dejaba de observar cómo movía sus piernas.

Entonces alguien que conocía Nadezha se acercó hacia ella, sin que ésta se diese cuenta. Al estar delante suya, le soltó esto:

— ¡Cuánto tiempo, sin vernos! —

Aquel saludo le dio un buen susto, ya que no se lo esperaba. Sobre todo cuando vio que una persona que le parecía familiar pero que no podría recordar.

— ¿Tú, quién eres? — Le preguntó con algo de miedo, porque aquella chica le daba muy mala espina.

— Pero si soy la prima de tu amiga Mao, ¿no me recuerdas? — Eso le respondió con muy mala manera y, entonces, Nadezha recordó quién era.

— Eres su sobrina, dice ella. — Le decía estás, bastante molesta. — ¿Y qué quieres de mí? — Le caía muy mal aquella persona y rápidamente se puso a la defensiva.

Estamos hablando de la misma persona que, años después, secuestró a Mao y lo intentó matar, así como usó a Josefina para provocar un atentando; la que le diría a Nadezha la verdad sobre Mao: Chiang Mei-ling.

— Pues darte saludos. — Le respondió con obvia ironía. — De todos modos, ¿Mao no está contigo hoy? — Luego, le preguntó aquella chica, mientras observaba por todos lados, en busca de Mao. Nadezha no sabía cómo actuar, porque no quería ni hablar con ella. Era una persona muy desagradable.

— Ahora mismo, le estoy esperando. Ella ya ha salido de la casa. — Aún así, se llenó de valentía y le soltó esto.

— Así que mi abuelo está solo en casa, ¿no? — Dijo a continuación la sobrina de Mao, con un tono bastante perturbador.

— Pues no lo sé ni me importa. — Eso le soltó, porque no conocía el padre de Mao ni dónde se encontraba su casa. Y su respuesta negativa, hizo que aquella chica la mirará con muy malas intenciones durante un buen rato.

— ¿Y por qué me estás mirando con esa cara? — Le preguntó con algo de miedo, como si aquella chica deseaba lanzarse hacia ella para pegarla.

Lo hizo una vez, hace unos años, y todo fue por una simple tontería. Mao la defendió y ellos dos contraatacaron para dejarla K.O. Desde entonces, la sobrina le tiene mucho odio hacia ella. Y en aquellos momentos parecía que deseaba actuar.

— Nada, nada. De todos modos, ya que el viejo está solo, me iré a su casa rápido. — Pero parecía que se controlaba y se marchó de ahí rápido, antes de mirarle muy bien feo a Nadezha.

Tras verla partir, se alivió mucho y volvió a lo que estaba haciendo. Estuvo esperando unos cinco minutos más, hasta que se dio cuenta de que Mao estaba en el parque. Y parecía que estaba en su mundo, algo que le pareció muy raro a Nadezha.

Se preguntó si Mao se había encontrado con su sobrina y hubieran tenido una pelea o algo parecido. Pero, de todos modos, decidió saludarla:

— ¡Buenos días, Mao! ¡Has llegado algo tarde, ya me estaba aburriendo! — Eso le gritó y él, tras escucharla, se acercó a ella y le pedía perdón.

A continuación, tras hablar un poco, decidieron ponerse en marcha hacia al centro comercial, mientras Nadezha se preguntaba si mencionarle que ella se había encontrado con su sobrina, lo dejaba para más tarde o simplemente no se lo decía.

Mientras su mente se encargaba de discutir aquella cuestión, hablaba con mucha normalidad con Mao, aunque lo notaba algo raro. No sabía el qué, pero sentía eso y lo notó cuando le dijo lo que necesitaba con más urgencia:

— Pues debo comprar sujetadores, los que tenía se me han quedado pequeño. —

Le respondió Nadezha, después de que Mao le preguntará qué cosas iba a comprar. Éste se puso muy colorado, tanto que parecía un tomate y se le veía bastante nervioso, llegando a temblar como un flan y expulsar sudor frio.

— ¿¡Sujetadores!? — Hasta gritó eso, en mitad de la calle. Nadezha, que apenas le molestó que soltara a gritos lo ella necesitaba comprar, solo se fijó en su extraña reacción:

— Sí, ¿pasa algo? — Mao le dijo que no y cambió de tema con mucha rapidez. Nadezha se preguntaba sin parar qué mosca le había picado.

Ahora, cada vez que lo recuerda, se pregunta cómo pudo no darse cuenta de que Mao estaba enamorado de ella, si había momentos en dónde era bien obvio que lo estaba.

Tras eso, al entrar en el centro comercial, Mao se tranquilizó y los dos empezaron a buscar y a comprar cosas. Estuvieron tanto tiempo yendo a cada tienda de ropa que veían, que a Nadezha le dolía las piernas de tanto andar. Hubiera sido mucho más fácil comprar todo en la primera que entraron, pero Mao siempre buscaba el más barato para sus bolsillos.

Entre muchas de las tiendas en la que entraron, había una en la que Nadezha, encontró un montón de lacitos bastante bonitos y, al recordar que Mao le decía que necesitaba algunos, pues pensó que le podría interesar.

— ¡Mira, Mao! — Por eso le llamó.

— ¿Qué pasa? — Y éste se acercó a ella, mientras le mostraba lo que había encontrado.

— ¿Te gustan estos lazos? — Eso le preguntó a Mao y éste se quedó mirándolos fijamente.

— Pues sí, están muy bonitos, la verdad. — Le respondió, pero añadió esto, cuando vio el precio: — Pero están caros. —

— No es tanto, la verdad. — Eso le replicó Nadezha, mientras observaba el precio de los lazos.

— Mi padre me da un tortazo si compro algo caro. — Dijo a continuación, antes de decirle que tenía que ir al servicio.

Mao se fue a los servicios y le dijo a Nadezha que si lo deseaba que se quedara mirando en la tienda mientras estuviera haciendo sus necesidades. Ella se quedó allí pensando, mientras miraba a los lazos:

— ¿Y si, tal vez, le compro esto? — Eso se preguntaba en voz baja.

Ella recordó que hacía pasado mucho tiempo desde que le regaló algo y pensaba que, tal vez, era un buen momento. Después de todo, era su mejor “amiga” y tenía que darle, de vez en cuando, algún que otro detalle bonito.

Así que no se lo pensó dos veces y lo compró. Pensó en decirle a Mao que había hecho eso, pero decidió darle una sorpresa y los guardo en la bolsa de la compra que tenía en ella. A continuación, salió de la tienda y espero en la puerta de los servicios.

— ¿Ya te has aburrido de la tienda? — Eso le preguntó Mao, cuando salió del baño de las señoras y vio que ella le estaba esperando ahí.

— Pues sí, vamos a otra. — Le respondió Nadezha, antes de dirigirse los dos hacia otra tienda en dónde decía Mao que la ropa interior estaba de oferta. Solo faltaba una cosa por comprar: los sujetadores.

Tras llegar, Nadezha empezó a buscar los sujetadores más bonitos y, tras escoger algunos, entró en el probador para probárselos. El primero que se puso estaba bien, pero el segundo le costó ponérselo.

— ¡Pero si esto es de la misma talla que el otro! — Eso se decía, mientras intentaba poner el cierre. Con mucho esfuerzo, lo consiguió, pero se dio cuenta de que no valía la pena.

— Esto aprieta demasiado. — Añadió e intentó quitárselo, pero, por alguna razón, no podría abrir el cierre. Al parecer, fue tan bruta que deformó el cierre de tal manera que no podría abrirlo.

Estuvo unos cuantos segundos intentando abrirlo con desesperación, mientras le insultaba al cierre. Al no poder más, decidió pedir ayuda y llamó a Mao.

Cuando éste entró, estaba muy rojo y parecía cómo que intentaba evitar verla. Nadezha le pareció eso algo extraño, pero aún así lo ignoró y le pidió que le abriera el cierre. Tardó un poco, pero lo consiguió y entonces ella giró hacia él, para pedirle las gracias.

Entonces, vio cómo Mao la miraba con una cara, como si tuviera miedo, totalmente roja y se quedó como si estuviera paralizado, mientras el cuerpo no le dejaba de temblar. Parecía como si hubiera visto el fin del mundo.

— ¿Qué te pasa? — Le preguntó Nadezha muy preocupada.

— Pues nada, nada. — Y salió corriendo  como loco del mostrador, mientras soltaba aquellas palabras.

Nadezha le gritó algo, mientras evitaba que las cortinas se movieran, porque estaba semi-desnuda.

A continuación, mientras se vestía, se preguntaba qué le había ocurrido para ponerse así. Pensó y pensó, y su conclusión es que tal vez Mao se puso envidioso de su pecho, porque ella tenía mucho más.

Ahora que Nadezha recuerda aquel episodio, se quiere morir de la vergüenza porque le mostró su pecho desnudo a un chico, a pesar de que éste se hacía pasar por una niña. No fue la primera vez que le mostró sus intimidades a Mao y cada vez que recuerda algunas de esas cosas, se pone muy mala.

Tras salir del probador, vio a Mao, sentado en una silla, mirando al suelo. Parecía como si se hubiera traumatizado con algo. Nadezha se acercó con mucha preocupación, hacia él, mientras le preguntaba esto:

— ¿Qué te ha pasado, Mao? —

Y le respondía, sin dignarse a mirarla, con esto: — Nada de nada, de verdad. —

— Eso es demasiado sospechoso. — Le replicó Nadezha.

Entonces, se levantó y le dijo:

— Lo siento mucho, de verdad. No es nada. — Le soltaba esto, mientras intentaba no mirarla.

Y, tras decirlo, salió corriendo a toda velocidad. Nadezha, incapaz de entender lo que le estaba ocurriendo, le gritó: — ¿Adónde vas? —

— Tengo que ir a casa, lo siento mucho. — Eso le respondió Mao, antes de dejar sola a Nadezha.

Ella se quedó allí, incapaz de asimilar lo que había ocurrido. Se dio cuenta de que su “amiga” estaba muy rara y eso la dejaba bastante preocupada.

Mientras Nadezha volvía a cosa, y, tras dejar de preguntarse lo que le estaba ocurriendo a Mao, se acordó de algo, y lo sacó rápidamente de su bolsa de la compra.

— ¡Oh, se me había olvidado dárselos! — Eso se dijo, entristecida, mientras observaba los lazos que compró para Mao.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

Estándar
Centésima historia, Versión de Nadezha

La Historia del fin de una amistad: Primera parte (Versión de Nadezha), centésima historia.

Aquella amistad empezó un poco después de que Nadezha viera como el automóvil en el que se habían subido sus padres explotará delante de sus ojos. Más bien, aquel acontecimiento ayudó a que Mao y ella se volvieran amigos, porque fue la única persona que pudo consolarla y sacarla de la tristeza que mantenía.

Me lo contó varias veces, así que me lo sé de memoria. Era un frío día de Noviembre, un mes después de ver a sus padres morir. El cielo estaba negro, totalmente cubierto de nubes, pero no caía ni nieve ni lluvia y ella estaba en el recreo, sentada en un banco, mientras abrazaba sus propias piernas.

No miraba a los niños jugar, ni al cielo, sino escondía su cabeza entre sus piernas. No tenía ganas de nada, solo quería que el recreo terminara de una vez. En realidad, deseaba que fuera el día el que se acabase, o más bien, estaba esperando a la muerte.

Y nadie se le acercaba. Los profesores no sabían que decirle y los niños estaban aprovechando lo máximo posible para jugar y divertirse en vez de preocuparse por aquella chica, que llevaba una cuantas semanas muy triste. Bueno, no todos, porque alguien se le acercó y le dijo esto, de una forma no muy amable:

— ¿Vas a estar así todo el día? — Nadezha no le miró y ni deseaba contestarle, no quería que se le acercara alguien así.

— Déjame tranquila. — Entonces, le soltó esto.

— No puedo, haces que el recreo se vuelva triste y es molesto. — Replicó Mao, con un tono que molestó a Nadezha.

— ¿Y qué quieres que haga? — Le dijo a continuación, con ganas de mandar a aquella persona a la mierda.

— Tus papás deben estar triste al verte. Yo, si fuera tu mamá, no me gustaría que estés así por mí. — Al escucharlo, Nadezha recordó, con resignación, aquel horrible momento.

— Ellos están muertos. — Le entraron ganas de llorar, porque ya no podría verlos, ni tristes ni felices. Ahora estaban enterrados en un cementerio.

Entonces, Mao se sentó en su lado y, con un tono amable y comprensible, le dijo esto:

— Por eso, no pongas tristes a los muertos. Haz el favor de vivir por ellos, te lo agradecerán. — Aquellas palabras de Mao hicieron mella en Nadehza.

Se dio cuenta de una cosa. Aunque muertos, estaban en el cielo, mirándola. Y se ponía a pensar en cómo la estarían viendo, tal vez tristes de haberla dejado en tierra. Y no quería ponerlos así, porque eso no era lo que ellos desearían. Querían que su chica fuera fuerte, porque así no sucumbían ante las cosas malas y los estaba defraudando.

Mientras miraba al cielo, pensando en que sus padres estaban allí, en lo más profundo de las galaxias y el universo; les pedía perdón mentalmente a sus padres por ponerles triste y por no ser fuerte. Les prometía que se iba a esforzar por no sucumbir. A continuación, miró hacia persona que la animó.

Aquel chico, que se hacía pasar por chica, la estaba observando con un rostro alegre. Y eso la puso más contenta. Quería decirle las gracias por animarla, pero le daba mucha vergüenza y solo le dijo esto:

— Tienes razón, sería una vergüenza hacer que los muertos estén triste. —

Aquella conversación fue el inicio de su amistad y también la que salvó a Nadezha de su tristeza. Mao, la había salvado y con esto le dio muchas fuerzas para seguir viviendo.

Y a los pocos años se volvieron “las mejores amigas”. Mao casi siempre estaba a su lado, acompañándola tanto en los malos momentos como en los buenos, haciéndola reír cuando estaba triste y cuando estaba alegre, alguien en quien confiar. Según Nadezha, era como la “hermana” que nunca tuvo.

Pero aquella amistad empezó a quebrarse, a finales del último curso de primaria, sin que ella se diese cuenta. Ahora, cree situar cuando comenzó el principio del fin.

Fue en un día normal y corriente, salvo por el hecho de que tenía un compromiso con alguien, que la llamó por teléfono, la noche anterior.

— ¿Entonces, quieres visitar a mis padres? — Le preguntó Nadezha, después de coger el teléfono y saber quién es.

Era una tía suya, que vivía en el sur de Shelijonia con su abuela, y estaba pasando unos días en Springfield, por unos asuntos que Nadezha nunca supo qué era.

— Por supuesto, aunque no sé si pedírtelo a ti es lo mejor. — Eso le respondió, aunque con miedo de ponerla triste.

Después de todo, le estaba pidiendo que le enseñara dónde se encontraban las tumbas de los padres de Nadezha, ya que no los recordaba.

— No importa, tía. Pensaba ir pronto, para dejarles nuevas flores. — Aunque a ella no le importó mucho.

Entonces, su tía le preguntó cuando iban a irse y ella le soltó que la tarde del día siguiente, ya que no tenía nada que hacer. Y tras colgar la llamada e irse a la cama, se dio cuenta de una cosa:

— ¡Ah, mierda! Debería haberle llamado a Mao…Bueno, no importa, mañana se lo diré. —

Ella quería decírselo lo antes posible, ya que iba a estar ocupada y no podrían estar juntos. Pensó en invitarlo, pero creía que le sería bastante incomodo estar allí. La última que estuvo con Mao en el cementerio, estaba bastante alterado allí, por el hecho de estar rodeados de cadáveres.

Y cuando Nadezha se acordó de que tenía que decírselo, estaban al lado del despacho del director, ya que tuvieron una pelea con Lafayette, mientras empezaba la primera clase del día.

— Por cierto, ¿esta tarde podemos ir al centro comercial? Necesito comprar nueva ropa. — Fueron estas palabras de Mao que le ayudaron a recordar.

— ¿Esta tarde? — Eso soltó Nadezha, mientras se acordaba de que tenía algo muy importante que decirle.

— Pues sí. — Le respondió Mao.

A Nadezha le daba cosa decírselo, ya que era la primera vez que le iba a decir que no podría estar juntos una tarde y no sabía cómo se lo tomaría.

— De hecho, necesito decirte algo…— Eso dijo, tras dudar unos segundos, y Mao le preguntó, con algo de temor, qué quería decirle:

— Hoy estaré con mi tía, así que no podré salir contigo. — Mao puso una cara de pura desilusión, mientras soltaba esto:

— ¿En serio? — Nadezha se sintió algo mal por eso.

— ¡No pongas esa cara, solo será un día, nada más! — Y le intentó animar, ya que no era para tanto.

— ¿¡Pero qué dices!? ¡No me pasa nada malo ni nada parecido! — Eso le decía a Nadezha con mucho nerviosismo, mientras lo intentaba negar con las manos y la cabeza.

— Se te nota en la cara. — Le replicó Nadezha a continuación.

— ¡De todos modos, cómo dices, solo es un día, nada más! — Y Mao le intentaba convencer de lo contrario, aunque se le veía en la cara que le sintió algo mal la noticia.

— ¡Bueno, si tú lo dices! — Concluyó Nadezha, al ver que Mao le dejaba claro que no iba a pasar nada malo por un día. Eso le tranquilizó.

Al terminar las clases y tras llegar a su casa, se encontró con su tía, Alesxi Vissariónovich, hablando con su tío en el salón. Le sorprendió verla, porque pensaba que iba a llegar más tarde. Tras saludarse y hablar sobre cosas que se dirían familiares que no se veían en mucho tiempo, se pusieron en marcha hacia al cementerio.

Y cómo estaba bien lejos, tuvieron que montarse en el autobús. Allí siguieron hablando de sus cosas.

— Por cierto, recuerdo que el año pasado los visitases, a mis padres, ¿no deberías saber ya dónde está el cementerio? — Le preguntó Nadezha, en mitad de la conversación, cuando recordó que ella le pidió el mismo favor el año pasado.

— No soy muy buena recordando las direcciones. Hasta me perdí buscando tu casa. Si no me hubiera encontrado con tu tío, hubiera estado en un gran problema. — Eso le respondió, antes de reírse nerviosamente, con mucha vergüenza.

— Pues yo los recuerdo perfectamente, y eso que soy una niña. — Le replicó Nadezha, de una forma tan seria que hirió el orgullo de su tía.

— ¡No me hagas sentir mal! — Aunque se le soltó con una sonrisa.

A Nadezha, tras escuchar eso, se sintió muy mal por decirle eso y se disculpó: — ¡No era mi intención, la verdad! ¡Perdón, perdón! —

— No pasa nada. —  Añadió, al final su tía, al ver que su sobrina casi iba a llorar por haberle sentido mal.

Entonces, la conversación terminó súbitamente, porque el autobús llegó a su parada y bajaron. Estaban en una gran explanada, casi a las afuera de la cuidad, un lugar en dónde se veían edificios de diez pisos entre grandes descampados abandonados y enormes fábricas. Así lo recordaba Nadezha, ya que ha cambiado mucho desde entonces.

— ¿Y dónde está el cementerio? — Y eso le preguntó su tía, mientras miraban por todos lados, buscándolo.

— ¿No te acuerdas? ¡Tenemos que seguir ese camino! — Respondía Nadezha, mientras le señalaba el camino a dónde le llevaban al cementerio.

Era el único camino que no estaba asfaltado de todos los que terminaban en la explanada, estaba rodeado de grandes árboles e iba recto hacia al norte. Y ellas dos se dirigieron por aquel sitio.

— ¡Pues, ya lo recuerdo! ¡Esto no ha cambiado absolutamente nada! —Exclamó la tía, cuando llegaron a la entrada del cementerio, mientras observaba la puerta de hierro que estaba, obviamente, abierto.

Y después de quejarse, diciendo que aquella puerta ya estaba tan oxidada que se iba a caer a pedazos de un momento para otro, añadió esto: — De todos modos, este lugar sigue siendo muy muerto. —

— Pero si está lleno de gente. — Le replicó Nadezha, mientras observaba la gente que entraba y salía para darles flores a sus familiares fallecidos. Y, observó a lo lejos un montón de personas siguiendo a otras que llevaban un ataúd a cuestas.

— No me hagas caso. Solo era un chiste. — Le dijo su tía, algo avergonzada.

— ¿En serio? — Soltó Nadezha, sorprendida, de que eso era un chiste.

— Bueno, lo importante es que hemos llegado. — Y su tía la ignoró, mientras se introducía en el cementerio.

El cementerio en dónde estaban ellas era el más grande de toda la cuidad y contaba con multitud de tumbas, desde grandes panteones hasta nichos que creaban un pequeño laberinto. E incluso había, en un lugar muy escondido, fosas comunes.

Al entrar, caminaron por el camino que llevaba a la capilla, el cual estaba situado en el centro de todo el complejo, sobre una pequeña colina. Al llegar ante ella, se dirigieron hacia al oeste, bajando bajo la sombras de grandes abetos.

Y, al final, ellas llegaron a la tumba en dónde descansaban los padres de Nadezha, el cual estaba a los pies de una estatua que simbolizaba a las familias que pertenecían los fallecidos. También había un montón de flores, y algunas ya estaban marchitadas.

Entonces, Nadezha, quién se trajo un ramo de flores, los cambió por las marchitadas, y, mientras hacía eso, su tía soltó esto:

— Se nota que es un cementerio. — Eso decía, mientras observaba a su alrededor. Apenas veía alguien y la única vida del que presenciaba eran los pájaros y las ardillas que estaban en los árboles.

— No es como que haya mucha gente que quiera estar aquí. — Le replicó su sobrina. Tras decir eso, su prima soltó estas palabras:

— ¿Cómo tu amiga, no? —

Entonces, recordó que la última vez que fue con Mao al cementerio, su tía estaba allí. Es más. Fue con ellas, después de que su familiar le pidiera el favor de traerle a la tumba de sus padres el año pasado.

— Anda, ¡es verdad! — Nadezha se sobresaltó un poco, al recordarlo.

— ¿No decías que tenías una buena memoria? — Y su tía le soltó esto, entre risas. Algo que le molestó un poco a Nadezha, quién le replicó:

— Pues claro que lo tengo. Recuerdo también que te hice una promesa. —Eso le decía, mientras recordaba aquel día.

Estaban delante, observando la tumba de la pareja con un silencio sepulcral. En algún momento, su tía soltó esto:

— ¡Perdón por pedirte este favor! — Se sentía mal por pedirle que le llevara ante la tumba de sus padres. No deseaba que tuviera que recordar cosas feas.

— No me molesta, en absoluto…— Pero Nadezha, estaba bien, sin pensar en cosas que le podrían entristecer.

— Aunque, ella…— A continuación, su tía le señaló a otra persona que las estaba acompañado, Mao.

— ¡No estoy temblando de miedo ni nada parecido! ¡Estoy bien! — Se le notaba bastante que era lo contrario de lo que decía, mientras temblaba como un flan y miraba de forma paranoica todas las tumbas que nos rodeaban.

Nadezha, a continuación, le intentaba quitar el miedo diciéndole que no debería tener miedo, porque ella estaba a su lado, mientras le daba la mano y él le repetía que no era eso, a la vez que le agarraba fuertemente.

Mientras tanto, su tía seguía mirando la tumba, mientras su cara se llenaba de rencor y rabia. Al pasar casi un minuto o más, soltó esto:

— ¡Qué triste, la verdad! Tuvieron que morir cuando ya parecía que el terrorismo ya estaba desapareciendo de Shelijonia. — Estaba pensando en voz alta. — Todo esto es por culpa del gobierno useño…—

— ¿Él qué? — Y, entonces, Nadezha, al oír sus palabras, se dirigió hacia ella.

— La gente que nos gobiernan, realmente. No. Los que nos invadieron. Ellos hicieron cosas horribles para dominarnos. Fueron, los que empezaron esta ola de violencia que no ha parado hasta hace poco. —

Mao le preguntaba a Nadezha de qué estaba hablando, a la vez que mi amor  observaba fijamente a su tía. Veían cómo apretaba sus puños fuertemente, mientras soltaba aquellas cosas con aquella mirada llena de rabia y ella empezó a sentir los mismos sentimientos.

— Por la culpa de esos desgraciados,… — Mientras tanto, su tía seguía hablando. — Unos cientos de imbéciles empezaron a matar personas indiscriminadamente…No, en realidad, solo le copiaron a los primeros que hicieron eso. — Parecía como si se hubiera olvidado de la existencia de niñas a su alrededor, expulsando una furia y rencor que ocultaba en su interior. Nadezha solo la miraba en silencio.

Y ella podría haber seguido soltando toda su frustración, pero estas palabras la hicieron volver a sí misma: — No lo entiendo…—

Era Mao, quién soltó aquel comentario sin querer, tal vez porque ya se estaba sintiendo muy incómodo o no quería seguir viendo como la tía de su amiga expulsará su odio. Aquellas palabras la hicieron callar.

— Ah, perdón. No era mi intención soltar esto. — Se disculpó y Nadezha empezó a hablar:

— Pero papá decía cosas parecidas. Nunca me lo decía a mí, sino a mamá y a otras personas. — Nadezha recordaba cómo su padre hablaba mucho de política con casi todo el mundo.

— Él quería que Shelijonia dejará ser parte de los Estados Unidos, ¿tú, también, no? — Y al final, le preguntó esto.

Su tía ni se lo pensó dos veces, para darle una respuesta: — En verdad, sí. Quiero a una Shelijonia independiente, liberarla de las garras de los Estados Unidos. —

Entonces, Nadezha se le acercó. Ella sabía que eso era el mismo deseo de sus padres, y deseaba cumplirlo. No solo por ellos, sino por su tía y su familia, por todos los que vivían en la isla. Por eso, le ofreció su mano:

— Entonces, yo te ayudaré. Podríamos empezar, ahora mismo. — Eso le soltó con una sonrisa, mientras Mao las miraba en silencio.

Su tía sonrió al escuchar sus palabras. Luego, se agachó para acarearle la cabeza, mientras le decía esto:

— Es algo muy complicado, debes de ser grande para hacerlo. — Añadía con algo de pena.

— ¿Tanto tiempo? — Protestó Nadezha muy desilusionada.

— Lamentablemente. — Soltó unas risas, para luego preguntarle a su sobrina esto: — ¿Pero, me prometes ayudarme cuando seas tan grande como tu tía? —

— Pues claro que sí. — Y ella se lo dijo bien claro.

A continuación, juntaron sus meniques y soltaron estas palabras, las dos juntas, aunque, más bien, Nadezha solo repetía lo que le decía su tía:

— Cuando sea grande, me uniré a ti y haré lo que todo un shelijoniano, un ruso de corazón debe hacer. Liberar a su patria de las garras de aquel que nos invadió, con engaños, y se alzó como nuestro dominador. —

Mientras recordaba aquellos hechos, su tía se quedó mirando fijamente las tumbas de sus familiares, con mucha nostalgia.

— ¡Ya ha pasado casi un año, desde entonces! ¡Qué rápido pasa el tiempo! — Comentó su tía, tras estar un buen rato en silencio, haciendo volver a la realidad a Nadezha.

— Espero que sea rápido. — Ella añadió esto. Su tía le preguntó qué quería decir exactamente y le soltó esta respuesta: — En hacerme mayor. —

Esas palabras la alegraron y las dos, a continuación, decidieron seguir mirando en silencio aquellas tumbas.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

Estándar
Centésima historia, Versión de Nadezha

La Historia del fin de una amistad: Prólogo de Vladimir (Versión de Nadezha), centésima historia.

Me llamo Vladimir y yo soy un chico de once años normal y corriente de Shelijonia. Ahora es mi turno para relatar una historia, que no es sobre mí, sino de mi novia. Pero antes de eso, tengo que contar esto, que sirve para introducción, supongo.

Era el último día del año y yo había ido a casa de mi novia, para decirle a ella y a su tío, que es su tutor legal, que vivieran a nuestra casa para que pasaran la Nochevieja allí. Era una idea de mis padres, tras saber que ellos no tenían planes para esa noche.

Mientras me dirigía hacia allí, miraba el paisaje blanco que llevaba meses en la cuidad, pensando en lo rápido que había pasado el año y todo lo que había ocurrido durante ese lapso de tiempo. Cosas que nunca había podido imaginar, por lo menos mi yo del pasado.

Podría decirse que este año ha sido el mejor de mi vida, pero había algo que me preocupaba mucho.

Al llegar a la puerta, pegué y su tío me abrió la puerta. Me saludó y, tras decirle que mis padres le habían invitado a pasar la Nochevieja con nosotros, subí al cuarto de mi novia.

— ¡Buenas tardes! — Le saludé al llegar a su habitación. Ella estaba mirando algo que tenía en las manos fijamente, con un poco de tristeza, pero, cuando se dio cuenta de mi presencia, se puso muy alegre y me abrazó.

— ¡Hola, mi amor! ¿Qué haces aquí? — Eso me decía muy sorprendida, mientras me daba un beso.

Me puse un poco rojo, ya que aún no me acostumbró a estas cosas. A continuación, le dije que ella y su tío habían sido invitados a pasar la Nochevieja con nosotros.

— Pues acepto la invitación encantada. Me iba a aburrir mucho sola con mi tío. — Añadió, a continuación, bastante contenta. Entonces, me fijé en lo que llevaba en la mano y me dio mucha curiosidad.

— ¿Y qué tienes en la manos? — Le pregunté. Entonces, ella se entristeció y sentí que no tenía que haberle preguntado eso.

— Pues, esto…— Me lo mostró: Era un pequeño lacito de color amarillo para atar cabello. — Un viejo recuerdo que aún lo mantengo. — Lo decía, mientras ponía una cara nostálgica.

— ¿De tus padres? — Solté esto inconscientemente. Al momento, deseé haberme mordido la lengua, porque ellos murieron hace tiempo y era un tema muy delicado.

— No, era un regalo que le quería regalar a Mao. No es gran cosa, la verdad, pero decía que necesitaba uno. Eso fue un poco antes de romper nuestra amistad. — Me respondió muy triste. A continuación, metió aquella cosa dentro de un cajón mientras me decía que deseaba tirarlo a la basura, pero era incapaz de hacer tal cosa.

Esto era lo que me preocupaba desde hace un tiempo. Llevaba un tiempo algo desanimada, desde hace unos meses y después de un incidente, en el que le dijeron las verdaderas razones por la cual Mao decidió romper su amistad. Fue algo muy doloroso para ella y, cada vez que lo recuerda, se pone muy mal.

Antes de aquel incidente, no quería ni recordar eso. Ni siquiera entendía porque Mao decidió de forma repentina destrozar su amistad. Ahora que lo sabía, aunque tenía sus dudas, quería que se lo confirmara. No dejaba de pensar en eso y yo desearía que solo se olvidara de aquel asunto, solo se iba a hacer más daño.

— Ah, por cierto, tengo que hacer algo antes de ir a tu casa. — A continuación, ella me dijo esto con una cara muy seria.

— ¿El qué? — Le pregunté.

— Voy a hablar con Mao. — Me respondió, diciéndolo con mucha determinación.

— ¿Por qué? Olvídate de ese tema, de una vez. No vas a conseguir nada. — Intentaba convencerla, mientras ella cogía su móvil. No quería que hiciera eso, solo la haría sufrir más.

— Llevo todo el mes esperando el mejor momento, ¡y es éste! — Me soltó esto mientras estaba llamando.

Quería insistir, pero sabía que no me escucharía. Ella es de esas personas que si dicen que van a hacer algo, lo harán, por mucho que le intentes convencer para que no lo hagan. Me gusta esa parte de ella, pero en esta situación solo iba a provocarle mucho sufrimiento.

A continuación, habló con Mao por teléfono. Empezó hablando tranquila, pero muy seria; y, en mitad de la conversación, se puso bastante alterada, gritando muy fuerte. A pesar de que, al terminar la conversación, Nadezha estaba enfadada, había conseguido lo que quería, o eso parecía.

— ¿Qué tal, va a reunirse contigo? — Eso le pregunté después de la llamada. Tenía un poco de miedo, por si me respondía de forma borde, ya que estaba enfadada.

— Si no lo hiciera, le obligaría, aunque sea a rastras. — Me contestó con mucha seriedad y serenidad, controlando su enfado hacia Mao.

A continuación, Nadezha se sacó su abrigo y uno de sus gorros del armario. Iba rápidamente al lugar en dónde le citó a Mao y yo le pregunté si podría ir con ella. Estaba muy preocupado, sentía que no podría dejar que fuera sola. Tras decírselo, se quedó pensándolo un rato.

— Pues claro, y si a Mao no le hace gracia, que se aguante. — Esa fue su respuesta.

Tras decir esto, nosotros le decimos al tío de Nadezha que íbamos a salir un rato y él nos contestó que sí. Después, nos dirigíamos al lugar en dónde mi amor puso como punto de encuentro. Era el parque que se situaba cerca de mi colegio y me pareció muy curioso el hecho de que ella hubiera elegido aquel sitio, porque allí fue cuando nos conocimos.

En realidad, ya nos habíamos visto antes, pero ni yo ni Nadezha nos acordábamos, así que, para nosotros, fue el lugar en dónde nos conocimos.

— Por cierto,… — Al final, decidí preguntárselo. — ¿por qué has elegido ese lugar precisamente? — Por otra parte, necesitaba conversación, había un silencio tan incómodo que no podría soportar.

— Porque aquí fue cuando vine, después de romper mi amistad con Mao. Fue lo primero que pensé, la verdad y tal vez es porque ese lugar tenga un significado especial para mí. — Eso me respondió, tras dudar durante unos segundos.

Me dije que tenía sentido y me quedé callado, mientras miraba la cara que ponía Nadezha. Era bastante preciosa, pero, a la vez, era muy triste, tanto que me quitaran las ganas de hablar del tema.

Estaba nostálgica, cómo si deseara volver a aquellos tiempos, cuando era amiga de Mao. Pero, ella siguió hablando.

— Siempre me preguntaba, una y otra vez, por qué, de repente, Mao decidió fastidiarlo todo. No entendía su actitud ni sus razones. Hasta hace poco, cuando conversé con su sobrina. — Supe enseguida de que estaba hablando.

— ¿Aquella chica que secuestró a Mao, intentó matar con una bomba a Josefa y a una amiga suya? ¿La misma hija del terrorista que mató a tus padres? — Le pregunté esto y ella me lo afirmó moviendo la cabeza.

Entonces, recordé que me lo contó, sobre aquella conversación que tuvo con la sobrina o prima de Mao. Era una familiar que estaba como una cabra y que acabó suicidándose en la celda.

Nadezha, después de haber sido informada por las chicas del secuestro de Mao, de encontrar el testamento y leer su contenido; buscó a aquella loca por toda la cuidad. No tenía pista alguna para encontrar su paradero pero, aún así la buscaba. Solo sentía mucha rabia e ira, con ganas de matar a alguien.

No me creerían si les dijera que la estuvo buscando durante toda la tarde y la noche. Más bien, su búsqueda duró tanto como un día, pero así fue.

No descansó hasta que la encontró, cuando la vio reírse como una loca, mientras salía de una cabina de teléfono. Aquella chica, al verla, se puso muy nerviosa y le saludó.

— ¡Quiero hablar con contigo, ahora! — Le soltó Nadezha, quién intentaba aguantar sus ganas de darle una paliza.

— ¡¿Y si no quiero!? — Eso le gritó aquella loca, mientras temblaba como un flan. Entonces, Nadezha, le mostró el testamento del padre de Mao. Y esa dio un grito de terror.

— ¿¡Cómo, cómo es posible!? ¡¿Por qué lo tienes tú!? — Según Nadezha, gritaba tanto que parecía que le iba a dar un ataque al corazón.

— ¿Querías esto, no? ¡Entiendo que no quieras que se conozca realmente quién fue tu padre…! — Nadezha siguió hablando, irónicamente; antes de añadir esto: — ¡Ese hijo de perra…! —

Recordaba lo que leyó, que su padre, el hermano de Mao, fue el causante de la muerte de sus padres. Apretaba los puños, mientras miraba con furia al suelo. Tenía ganas de llorar, pero se aguantó. Esa loca le iba a decir algo:

— Eso es…— Pero luego se quedó callada para luego soltar otra cosa, con la intención de hacerle daño a Nadezha, ya que puso una sonrisa burlona. Tal vez, se dio cuenta, en su estado actual, que ya estaba acorralada y no servía de nada mentir al respecto.

— Es gracioso, ¿eh? Tu mejor amiga fue la hermana pequeña de aquel que mató a tus padres, ¿a qué es irónico? — Eso le soltaba con un tono de burla tan desagradable que Nadezha estaba hirviendo de pura ira.

— ¡Serás hija de puta! — Gritó, mientras intentaba no lanzarse hacia ella para hacerla pedazos.

— ¡Perdón, quería decir ex-amiga, más bien amigo, ya que tiene picha, en fin! — Y esa chica loca le siguió hablando con ese tono, mientras daba vueltas alrededor de Nadezha, aunque sin acercarse a ella.

— ¡Pobre idiota, creías que había sido tu “amiga del alma”, pero no sabías nada de Mao! ¡Él no hacía más que ocultarte cosas, y tú pensaba que era sincero contigo! — Ella siguió burlándose de mi Nadezha.

— ¡Otra vez que me insultes te dejare sin dentadura! — Y ella luchaba para no caer en sus provocaciones, porque sabía que le estaba haciendo adrede, para robarle lo que tenía en las manos.

— ¿¡No quieres saber la verdad!? ¡¿Por eso me has buscado, no!? —Aquella chica siguió provocando.

— Pues no lo necesito, porque este documento me lo ha dado. — Y Nadezha le respondía esto, mientras le mostraba el testamento.

— Hay algo de Mao que ni siquiera el idiota del abuelo se daría cuenta. En realidad, es algo que ni tú, por obvio que fuera, te diste cuenta. — Aquellas palabras sorprendieron a Nadezha.

— ¿Qué quieres decir? — Le preguntó esto, dudando si era un truco más para bajar la guardia y quedarse con el documento.

— ¿Nunca pensaste que Mao estaba siendo muy agradable a ti, muy atento, muy cariñoso? ¿No pensaste que todo eso no era muy raro? — Nadezha no entendía lo que quería decir aquella loca.

— Eso es normal en las mejores amigas. No digas estupideces. — Le replicó.

— Pero, para Mao, tú no era una simple amistad, era algo más. — Nadezha se quedó casi sin hablar.

— ¿Qué quieres decir eso? — No podría creerse lo que escuchó, para ella era imposible.

— Te lo diré claro: Mao se enamoró de ti, te quería. Y cuando vio que eras imposible, decidió cortar toda relación contigo, haciéndote todo tipo de cosas horribles para que tú le odiases. — Y al decir, empezó a reír.

Nadezha se quedó boquiabierta, no se podría asimilar lo que había oído. Y mientras intentaba recuperar la compostura, la sobrina de Mao se lanzó hacia ella para robarle el testamento, pero pudo esquivarlo a tiempo y le dio una patada que hizo volar a aquella loca.

— ¡Mierda, mierda! — Gritaba, enfadada y aterrada, a la vez. — ¡Serás perra! — Y con esto, salió corriendo de Nadezha, lo más rápido posible. Y mi novia la persiguió, sin perderla de vista y evitando que se diera cuenta de que le seguían.

Y, mientras recordaba todo lo que me había dicho ella, ya habíamos llegado al parque. Me sorprendió haber llegado tan pronto, estaba tan concentrado en mis pensamientos que no me di cuenta.

— Espero que llegué pronto, no me quiero morir de frío. — Eso dije, mientras me calentaba las manos. Nadezha no dijo nada, solo se quedó de pie, esperando su llegada, con una cara muy seria.

Y estaba tardando mucho, tanto que decidí preguntarle esto: — ¿De verdad va a venir Mao? —

— Lo hará, no te preocupes. — Eso me respondió ella, sin dejar de mirar hacia adelante. Pero, al final, Mao llegó. Y junto a él, estaba Martha Malan. Me preguntaba qué hacía ella ahí.

— Al parecer, has traído a Malan. — Entonces, eso soltó Nadezha, mientras los observaba.

— ¿Y qué, pasa algo? — Eso le soltó Mao, algo molesto.

Mi Nadezha, solo se quedó en silencio, por unos segundos, y luego añadió esto: — No te recriminaré, mi Vladimir me está acompañando. —

Sentía como el ambiente en el parque se había transformado, porque ellas dos se miraban con mucha hostilidad. Entonces, mi Nadezha, empezó a preguntarle, sin parar, a Mao lo que ella quería saber, cuáles fueron sus verdaderos motivos para romper su amistad. Y él se negaba, una y otra vez.

Cuando Nadezha vio que no tenía sentido preguntarle, decidió hacerlo de otra forma, a golpes. Lo supe, al momento, al ver aquella mirada que le estaba dirigiendo a Mao. Daba mucho miedo. Él también puso la misma cara y se quedaron, por unos segundos, mirándose fijamente. Ellos, de un momento para otro, iban a dar una pelea, que parecía ser muy violenta, la peor de todas las que tuvieron. Y yo deseaba evitarlo, pero, sabía que era incapaz de detenerlo. Por eso, solo me alejé de ellos, y Malan hizo lo mismo.

— ¡Ya veo!… — A continuación, Nadezha gritaba esto, mientras se preparaba para atacar. — ¡Entonces, lo haré a la fuerza! —

— ¡Mira, qué eres testadura! ¡Te voy a mandar al hospital! — Y Mao hizo lo mismo. Tras decir aquellas palabras, la pelea comenzó.

Nunca vi a Nadezha y a Mao pelear con tal esmero y agresividad. Parecía que se intentaban eliminar la una a la otra y daba tanto terror que yo era incapaz de cruzarme en su camino y detener la pelea.

Al final, aquel enfrentamiento acabó sin que nadie hubiera ganado. Mao le gritaba, una y otra vez, que se olvidara de aquel pasado; pero mi Nadezha insistía e insistía, preguntándole las razones hasta conseguir que llorara.

— ¿Estás llorando? — Eso le preguntó Nadezha, cuando se dio cuenta de que Mao se estaba tapando la cara para que no le viésemos llorar. Se quedo muy consternada, al igual que yo o Malan.

— ¿Y a ti que te parece? ¿Es esto lo que querías? Pues lo has conseguido, bravo por ti. Gracias por haber removido el cajón de mierda. — Eso le gritó Mao, antes de salir corriendo, mientras la insultaba. Malan, en silencio, la empezó a perseguir.

Nadezha se quedó callada, mirando al suelo, para luego, empezar a llorar. Yo me acerqué a ella rápidamente, muy preocupado.

— ¿Estás bien? — Le gritaba, y tras acercarse, ella me abrazó.

— Y-yo…yo…— Me intentaba decir algo, mientras lloraba descontroladamente.

— No pasa nada, pero nada de nada. — Y esto era lo único que se me ocurría para intentar consolarla. No se me ocurría nada más.

— Yo solo quería volver a ser su amiga, quería perdonarle…— Y me decía esto, sin parar.

Yo sabía que este sería el resultado y me arrepentí de no haberlo evitado. No quería que ella se hiciera más daño con aquel asunto, pero me rendí sin siquiera intentarlo. Estaba muy molesto conmigo mismo por eso mismo. Y me quedé callado.

Pero no le iba a decir que no tenía que haber hecho eso, porque no hizo nada malo. Mao era incapaz de decirle la verdad, o más bien, parecía que era incapaz de aceptarlo ante ella. Después de todo, decidió romper aquella amistad, haciéndole mucho daño a mi Nadezha; todo era por su culpa. Aún así, yo era incapaz de odiarle.

Porque, en lo más profundo de mi ser, había una razón tan repugnante y egoísta que me hacía pensar en lo horrible que soy. Si Mao no hubiera decidido romper su amistad con Nadezha, yo y ella nunca habíamos sido novios.

Al final, ese abrazo duró poco para mí, aunque, la verdad, fue muy largo. El cuerpo de Nadezha era tan cálido que deseaba estar así por toda la vida.

— Gracias, de verdad. Eso me ha ayudado. — Me dijo, mientras se limpiaba las lágrimas. Me alegré de haberla ayudado en algo, aunque fue ella quién me abrazó.

— De nada. — Eso le dije, a continuación, mientras me ponía rojo por el comentario.

A continuación, hubo un silencio entre nosotros, aunque no era incómodo. Y, entonces, mientras pensaba en todo lo que había ocurrido, se me vino una duda.

— Por cierto, Nadezha… — Eso le solté, al momento, pero me di cuenta de que podría ser algo bastante molesto y ya era demasiado tarde.

— ¿Qué? — Me preguntó Nadezha. No me dio tiempo para decir otra cosa, así que solo le dije la duda que me estaba rodando por la cabeza.

— ¿Qué hubieras hecho si Mao, en vez de hacer eso, decidiera haberte confesado? — Esa era mi duda.

En realidad, me molestaba un poco el hecho de que Mao estuviese enamorado supuestamente de Nadezha. Aunque. al saber que era cosa del pasado me aliviaba un poco. Aún así, me preguntaba eso, por alguna razón que no entendía.

— No lo sé, la verdad. Solo la veía como amiga, ya que después de todo, en aquel tiempo, no sabía que era un hombre. Sería mucho suponer. — Eso me respondió ella.

— Y-ya veo. —Concluí. Entonces, Nadezha, murmuró esto:

— Ahora me pregunto si hice lo correcto…— Se le veía en el rostro, que se había arrepentido de lo que hizo. Se sentía mal.

— Pues claro que sí. — Eso le dije yo, mientras le ponía mi mejor sonrisa. Y creo que fue lo correcto, pero deseaba que no lo hubiera hecho, porque hizo llorar a Mao.

Entonces, se dio unos débiles tortazos en la cara, tal vez, con la intención de quitarse de encima lo que estaba pensando y se intentó animar.

— En todo caso, olvidémonos de Mao por un tiempo. — Eso me dijo con alegría. — Después de todo, tenemos que ir a una fiesta de Nochevieja. —

Entonces, recordé que teníamos que ir a mi casa, para celebrar el último día del año. Mis padres y el tío de Nadezha nos estaban esperándonos.

— Es verdad. — Eso le dije.

Y con esto dicho, nosotros dos empezábamos a andar hacia mi casa, con paso ligero, para llegar lo más rápido posible. Así terminamos con la introducción para empezar realmente la historia que os voy a contar.

FIN DEL PRÓLOGO

Estándar