centésima doceava historia

Ser simpática en una mañana: Última parte, centésima doceava historia.

― ¡¿Y bueno, qué vais a hacer ahora!? ― Les preguntaba Jovaka, mientras veía cómo las gemelas subían hacia las habitaciones. Ella no sabía lo que tenía en mente esas dos y sentía que lo mejor era mejor no saberlo. Después de varios segundos de espera, volvieron con una cámara digital en las manos.

― ¡Sonríe a la cámara! ― Le gritaron a Jovaka, quién giró la cabeza al ver que volvieron, y le sacaron una foto. El flash hizo que ella pusiera una cara que daba muchísimo pavor.

― ¡¿Qué estáis haciendo!? ― Les preguntó a gritos Jovaka, mientras sus ojos se recuperaban del flash.

― ¡Solo vamos a empezar nuestro entrenamiento especial para ser más simpática! ― Le respondió Alex, mientras miraba cómo quedaba la foto.

La desechó al momento, porque había quedado feísimo.

― ¡Primera prueba, sonreír a la cámara! ― Por su parte, Sanae añadió esto.

Jovaka gruñó de fastidio con una mueca de desagrado, al ver que querían hacerle fotos. Odiaba hacérselos y siempre los evitaba a toda costa. Y esta vez no era una excepción, menos cuando las gemelas le pedían que pusiera su mejor sonrisa.

― ¡No quiero fotos, no quiero! ― Les replicó Jovaka, al ver que Alex iba a hacerle otra fotografía. Se tapó la cara y se alejó de ellas.

― ¡Vamos, mujer, solo son fotos! ―

Y Alex se acercó a Jovaka e intentaba conseguir un primer plano de la cara de ésta, quién escondía la cabeza o la giraba de un lado para otro para que su rostro no fuera fotografiada.

― ¡Solo tienes que sonreír y ya! ― Añadió Sanae, mientras le mostraba una gran sonrisa como ejemplo. Al ver que su hermana la iba a fotografiar, se dejó y además hizo el gesto de la paz.

― ¡Es que no me gusta que me hagan fotos! ― Les replicó Jovaka y las gemelas decidieron imitar a Josefina. Empezaron a desistir que se dejará, que nada malo iba a pasar; sin parar y cómo la paciencia de la serbia era tan limitada en aquellos momentos, se rindió fácilmente, diciéndoles:

― ¡Vale, vale! ¡Pero solo una vez! ―

Protestaron, diciéndoles que era necesario más intentos  y Jovaka tuvo que aceptarlo. A continuación, empezó su “primera sesión de fotos”, con Alex mandándole órdenes:

― ¡Vamos, muévete al centro! ― Jovaka se puso en el centro del salón.

― ¡Ahora, agáchate y dóblate de rodillas al máximo! ¡Luego, también junta sus brazos y cierra los dos puños! ¡Al final, saca la lengua como si estuviera muriendo de sed! ―

Jovaka, a pesar de que le parecían extrañas esas órdenes, le hizo caso y al ponerse así, las gemelas rompieron a reír, después de aguantarse durante unos segundos. Ahí se dio cuenta de que se estaban burlando de ella y le hacían parece como si fuera un perro. Se puso tan roja como el tómate:

― ¡No os burléis de mí de esa forma! ¡¿Para esto queríais hacerme foto o qué!? ― Les gritó esto, muy enfadada y humillada. Las gemelas, mientras se obligaban a dejar de reír, añadieron:

― ¡Lo siento mucho, Jovaka! ― Dijo Alex, que no pudo detener sus risas, y terminó la frase su hermana: ― ¡Pero no nos pudimos resistir! ―

Y tardaron unos pocos segundos más en dejar de reír. Al ver la cara furiosa de Jovaka, le dijeron esto:

― ¡No te preocupes! ― Juntaron sus manos en señal de perdón. ― ¡No vamos a hacerlo más! ― Jovaka decidió perdonarlas para terminar rápido eso de la fotografía.

A continuación, las gemelas solo le dijeron que pusiera una postura, la que más le pareciera cómoda, y que sonriera. Jovaka, que estaba muy nerviosa y temblaba como un flan, se puso totalmente recta, juntó piernas y manos y miraba hacia la cámara, intentando poner una sonrisa. Parecía que intentaba ser una estatua, apenas movía ni un músculo. Alex la estuvo mirando por un buen rato con la maquina hasta que la serbia se hartó:

― ¡¿Qué esperan!? ¡Hacerme la foto de una vez! ― Le replicó Jovaka, que no podría aguantar más mantener esa postura estática.

― Pero la postura que tienes es muy antinatural. Tienes que actuar como si no te estuviéramos fotografiando, o por lo menos, que deseas realmente hacerte una. ―

Añadió Alex muy insatisfecha de tener a una modelo tan mala y Sanae dijo algo:

― Parece como si fuera tu primera vez sacando una foto. O como cuando el que te gusta pasa cerca de ti e intentas actuar normal pero no te sale. ―

― ¡Desde el primer momento no quería ser fotografiada! Y además hace años que no me hago uno…― Protestó Jovaka, al ver que empezaron a criticarla. Solo quería que terminaran de una vez.

Pero se alargó muchísimo para ella, por desgracia. Las gemelas no dejaban de darle órdenes, diciéndole que se pusiera una postura u otras, llegando al punto de poner algunas que parecían muy sugestivas, mientras les animaba a sonreír lo máximo posible. Muerta de vergüenza, les pedía que hicieran la foto de una vez o terminaran con su sufrimiento.

― ¡Así no, debes ponerte un poco más! ¡Vamos, sonríe más, todo lo que puedas! ― No dejaba de escuchar estos órdenes una y otra vez.

Pero, al final, terminaron tras unos veinte minutos que para la pobre de Jovaka fueron una eternidad. Tras escuchar a las gemelas decir que ya terminaban, porque se aburrieron de ser fotógrafas, tuvo una grandísima alegría, soltando una sonrisa muy natural y bonita que fue ignorada, ya que éstas empezaron a ver los resultados de sus trabajos.

― No ha salido como esperaban, pero están decentes…― Le decía Alex a su hermana, mientras observaban las fotografías. Jovaka, al verlas, decidió saber cómo eran.

― Parece como si fuera una…― Sanae no pudo terminar la frase, ya que la serbia la interrumpió de golpe con un chillido que expresaba su vergüenza y humillación, al ver que le hicieron fotos sugerentes,

― ¡Denme eso! ― Les quitó las cámaras de las manos ― ¡¿Pero qué es esto!? ― Las gemelas les pedían que se lo devolviesen.

― ¡¿Por qué me hicisteis hacer estas cosas!? ― Y Jovaka les gritaba esto.

― Pues solo estábamos haciendo buenas fotos de ti…― Le dijeron orgullosamente. ― ¡Esa siempre fue nuestra intención! ― Luego, se dieron cuenta de que los estaban borrando. ― ¡No las borres, nos costó mucho hacerlo! ―

Al final, ninguna fotografía sobrevivió.

― ¡Con lo que nos ha costado hacer esas fotos! ― Dijeron con mucha pena las gemelas, mientras observaban que los había borrado todos. Jovaka les replicó que no hubieran hecho eso, antes de añadir:

― En fin, ¿ya debéis estar contenta, no? ¿Hemos terminado este juego?―

― ¡¿Pero, qué dices!? ― Le replicó Alex y su hermana Sanae terminó la frase: ― ¡Ya viene la segunda ronda! ―

Al oír eso, Jovaka mostró en su rostro un gesto de fastidio y molestia, al ver que iban a seguir con esto de “enseñarle a ser más simpática”. Lo único que hicieron fue hacerle fotos con posturas sugerentes y estaba temiendo por lo próximo que iban a hacer. Por eso, tragó saliva y les preguntó con miedo:

― ¡¿Qué tenéis en mente!? ― Y al oír esa pregunta, las gemelas se quedaron en silencio, algo pensativas, durante varios segundos:

― Aún nada. ― Luego, le contestaron esto: ― ¡Estamos improvisando, ya se nos ha ocurrirá algo! ―

Jovaka se quedó mirándolas muy mal. Ni siquiera tienen idea de cuál sería la segunda ronda y querían seguir jugando a ese estúpido juego, ¿por qué no se rendían y le dejan en paz? Por desgracia para ella, mientras pensaba molesta en estas cosas, a las gemelas se les ocurrió una idea.

― ¡Ya lo tengo! ― Gritó Sanae, como si una bombilla se le encendiese en la cabeza. A continuación, su hermana Alex le preguntó: ― ¿Es lo mismo que estoy pensando yo? ―

Y ella se lo dijo en voz baja, en el oído. Alex gritó que era una buena idea, mientras Jovaka se preguntaba con horror qué otra cosa alocada se les había ocurrido a las gemelas.

― Bueno, ahora que has estado aprendiendo a sonreír con la cámara, ahora lo harás con una conversación. ― A continuación, Alex le dijo esto.

― ¿Qué quieres decir exactamente? ― Jovaka no entendía muy bien lo que dijo Alex y su hermana Sanae tuvo que explicárselo mejor:

― Debes de actuar contenta y sonriendo mientras estamos practicando con contigo, ¡de eso se trata! ―

― ¿¡Y eso es…!? ― Jovaka, algo decepcionada, creía que iba a ser algo peor. ― ¡¿Todo!? ―

― Ah, pues sí…― Añadió Sanae, algo dudosa; mientras Alex gritaba esto muy convencida: ― ¡¿A qué es una buena idea!? ―

Jovaka se quedó callada, incapaz de decirle que era una idea muy estúpida. A pesar de eso, pensaba que era mejor que cualquier otra idea que se les ocurriese, aunque se preguntaba si sería capaz de actuar como si estuviera feliz. Mientras ella estaba en silencio, las gemelas se miraron la una a la otra y, como si tuvieran telepatía, decidieron dar comienzo esta ronda:

― ¡Buenos días, idiota! ― Le soltó esto de repente Alex de forma alegre y animada.

― ¡¿Espera, por qué me llamas idiota!? ― El hecho de que le insultará enfadó a Jovaka, que le gritó esto. Alex se quedó callada, mientras su hermana hablaba en su lugar:

― ¡Sonríe, no pongas cara de enfado! ― Le replicaba esto, como si fuera una entrenadora dura. ― ¡A pesar de todas los insultos que te hagamos, debes sonreír! ¡De eso se trata la segunda ronda del entrenamiento! ―

― ¡¿En serio!? ― Puso una cara de molestia, al ver que se estaban aprovechando de este entrenamiento para burlarse de ella.

― ¡Vamos, hazlo nerd! ― Y Alex, con una gran sonrisa supuestamente angelical, le dijo esto. Aunque aquel insulto no le molestó tanto, ni siquiera lo consideraba como tal.

― ¡Qué fastidio! ― Dio un gran suspiro, al ver que tenía que hacerlo sí o sí.

Entonces, forzó su boca al máximo para mostrar una sonrisa e intentó decir unas palabras, que les costaba pronunciar: ― ¡B-buenos d-días! ―

Y el salón se quedó unos segundos en silencio, con las gemelas mirándola fijamente, mientras ésta mantenía su sonrisa forzaba con todas su fuerzas.

Y al final, esas dos empezaron a reír descontroladamente, porque su sonrisa era tan forzada que daba muchísima risa. Jovaka les replicó muy molesta:

― ¡No se rían, me estaba esforzando! ―

― Pero es que…― Apenas podrían hablar, por culpa de las risas. ―Pero es que…―

― Bueno, ¿¡podremos continuar!? Quiero terminar esto de una vez. ― Les replicó Jovaka, que, muerta de vergüenza, controlaba sus ganas de mandar esta estupidez al carajo.

Y las gemelas pudieron mantener la compostura y seguir con su cometido, diciéndole insultos a Jovaka, mientras ésta intentaba esbozar una sonrisa, que parecía menos forzada que antes; y les intentaba replicar amablemente; pero esas dos no paraba de recordar lo de antes y se ponían a reír:

― ¡Otra vez…! ― Dijo Jovaka, tras lanzar un suspiro de molestia. Era la quinta o sexta vez que empezaron a ponerse a reír de repente y con estas interrupciones parecía que esto no iba a terminarse nunca.

― ¡Lo sentimos, pero es que…! ― Sus risas las interrumpieron. ― ¡Era tan gracioso! ―

― ¡Bueno, entonces…! ― Entonces, Jovaka, que ya estaba enfadada, se levantó de golpe y les iba a decir que ya terminaba de jugar con ellas.

― ¡Espera un momento! ― Entonces, las gemelas la interrumpieron con este grito. Luego, Alex soltó esto:

― ¡Ya que estás harta de la segunda ronda, podemos empezar con la tercera! ―

― ¡¿Teníamos una tercera!? ― Le preguntó Sanae, que no se lo esperaba; y le respondió así:

― Ahora sí. ―

A Jovaka le entraron más ganas de mandarlas al carajo, quería terminar de una vez. Así que empezó a andar hacia al cuarto de Mao para hacerse la dormida. Las gemelas la agarraron rápidamente para evitar que se fuera:

― Solo es una cosa pequeñita, y nada más. ― Empezaron a convencerla desesperadamente. ― ¡No tienes que hacer gran cosa! ―

Y al final, tras mucho insistir, Jovaka fue convencida otra vez, mientras se maldecía una y otra vez, preguntándose por qué era tan fácil de convencer.

― ¡¿Y ahora que quieren hacer!? ― Les preguntó Jovaka, mientras volvía ponerse en medio del salón.

Y las dos gemelas le gritaron al unísono: ― ¡Bailar! ―

Jovaka se quedó sin palabras, incapaz de creer lo que le habían exigido, ni siquiera tenía ninguna relación con ese estúpido entrenamiento para ser más simpática. Así, que tras segundos de silencio, intentó dirigirse a la habitación de Mao, pero las gemelas se interpusieron:

― ¡Vamos, mujer! ¡Es solo un pequeño favor! ¡De verdad! ― Le dijo Alex.

― Sí, haz esto y te dejaremos en paz, ¡palabra de honor! ― Añadió Sanae.

― Yo…― Jovaka pensó un poco, antes de continuar. ― Nunca he bailado y seguro que os vais a reír de mí, además, ¿qué tiene bailar en todo esto? Por eso, me rehusó. ―

Las gemelas, entonces, pusieron cara de cachorritos y juntaron sus manos fuertemente. No paraban de pedirle que lo hiciera, que no se fueran a reír y sacaban la excusa de que bailar mostraba alegría, que sería útil para que se volviera más simpática. Y otra vez Jovaka cayó en la trampa.

― Y bueno, ¿qué queréis que baile? ― Les preguntó la serbia, cuando estaba lista para bailar.

― Cualquier cosa. ― Eso le respondió Alex y esto añadió Sanae: ― Lo que te pida el cuerpo. ―

― ¡¿En serio!? ― Decía incrédula. Jamás había bailado en toda su vida, ¿cómo bailar cuando ni siquiera tenía instrucciones para hacerlo?

De todas maneras, tenía que hacerlo, así que empezó a mover el cuerpo. Primero, movía torpemente los brazos y las caderas de un lado para otro, con una cara avergonzada.

― ¡Ahora, una sonrisa! ―

Gritaron al unísono las gemelas, mientras le animaban, dando palmadas, mientras luchaban por no ponerse a reír, porque les estaba pareciendo muy gracioso. Jovaka puso una sonrisa, tan forzada como la de antes, y empezó a moverse más rápido. Daba un paso y retrocedía de forma penosa, movía la cabeza hacia atrás y hacia delante, como si intentaba romper el aire; los brazos los meneaba como si estuvieran llenos de insectos e intentaba desesperadamente quitárselos. Cada segundo que pasaba a Alex y a Sanae les era muy difícil poder contener las risas.

― ¡¿Ya están contentas!? ¡Puedo terminar ya! ― Les soltó esto Jovaka, harta ya de hacer el payaso.

― Aún no, ¡aguanta un poco más! ― Y las gemelas decidieron alargarlo algo más, haciendo que Jovaka las maldijera de nuevo, mientras seguía bailando de forma torpe y patética.

Y sin que ninguna de las tres que estaban en el salón se diera cuenta, Mao, Alsancia y la pequeña Diana entraron en la casa, habían atravesado la tienda y ya estaban en el pasillo. Desde ahí, se oía claramente las voces de las gemelas animando a Jovaka.

― ¡¿Qué espectáculo están haciendo esta gente!? ― Se preguntaba Mao, al oír el jaleo que estaban haciendo.

Alsancia no dijo ni una palabra, aunque también le daba mucha curiosidad qué estaban haciendo; y Diana, que no estaba satisfecha tras jugar sin parar en el parque, al ver que parecía que se estaban divirtiendo ahí dentro; no tuvo tiempo que perder y abrió la puerta corrediza para unirse a ellas.

Entonces, vieron a Jovaka bailando y se quedaron sin palabras. Ellos no se sorprendieron por el hecho de que estaba haciendo un baile muy ridículo y patético, sino por el hecho de que ella estaba haciendo un baile. La serbia tardó unos segundos en parar y darse cuenta de que había sido pillada. Se quedó paralizada, mientras se le ponía toda la cara como un tomate. Las gemelas fueron las únicas que reaccionaron:

― ¡Por fin, han vuelto! ― Protestaron al unísono. ― ¡¿Por qué se fueron sin nosotras!? ―

Mao dudó si explicarles que no quería despertarlas o preguntarles qué les estaban haciendo a Jovaka. Diana reaccionó, diciendo que quería bailar.

Entonces, Jovaka gritó con todas sus fuerzas, su orgullo había sido herido: ― ¡Qué vergüenza! ¡Tierra trágame! ― Y salió hacia al cuarto de Mao para esconderse y no ver jamás la luz del sol.

Por culpa de esto, a Mao le llevó medio día sacarla del cuarto, al ver que ésta exageraba por haber sido vista bailando, mientras maldecía a las gemelas, que intentaban pedirle perdón sin parar.

FIN

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Una mañana de recuerdos, novena historia

Un parque helado de una cuidad en plena noche, iluminado por farolas. En uno de sus bancos se encontraba una chica, abrigada hasta los topes, que estaba esperando a alguien. Esperó diez minutos hasta que él llegó y le preguntó si quería sentarse. La respuesta fue negativa y el chico le preguntó que quería. Lo que ella deseaba hacer le dejó sin habla.

― ¿No te das cuenta de lo que me estás diciendo? ¡Me estás pidiendo que te ayude a desaparecer de Canadá! ― Le gritó, sorprendido, ante tal propuesta.

Ella sabía que le pedía algo estúpido, pero estaba desesperada. Tenía que huir sí o sí, no sabía exactamente las razones, pero no podría quedarse en esa ciudad. Le empezó a suplicar:

―  Por favor, tú eres el único que me puede ayudar. Tengo que irme de aquí, como sea. ¡Te lo suplico, llévame lejos de este lugar, a la frontera, más lejos de la frontera! ―

¿Por qué se lo pedía a él, precisamente a él? Porque era la única persona en quién podría confiar. Fue a quién le contó sin tabú casi todo sobre su relación prohibida y sus consecuencias, sin entrometerse. Pensaba que la iba a ayudar, así como así, sin objeciones, pero jamás creyó que le iba a dar esta respuesta:

― Sabes, eso es algo que haría una cobarde. Tú fuiste la que empezó todo esto y tú eres la única que puede terminarlo. Así que por favor, no huyas de nuevo. ―

Se indignó, aún a pesar de para ella eso tenía algo de verdad. Deseaba que su primo le ayudara, no que la regañará.

Pensaba que ser valiente no tenía sentido en ese momento, porque ya era demasiado tarde, la tragedia se consumó. Solo le quedaba desaparecer y renacer en otro lugar, uno bien lejos. Por eso, le gritó bien fuerte, le insultó y le dijo que él no comprendía sus sentimientos para salir corriendo de allí.

―  Espera, Marga…Espera… ―  Esto decía el muchacho mientras que,  poco a poco, como si fuera una película en VHS; la imagen empezó a llenarse de puntos blancos y negros hasta quedar toda la pantalla así.

Tras eso, todo se volvió oscuro y al poco, se empezó a escuchar una voz de niña pequeña que decía mamá una y otra vez. Y hasta que no abrió los ojos, no le dejó en paz. Así es como Clementina fue despertada por su hija.

Y mientras la cogía entre sus brazos, con ella pidiéndole comida, estuvo pensando en ese sueño que tuvo. Era un recuerdo de un pasado que deseaba olvidar o cambiar si se podría viajar en el tiempo. Inevitablemente, eso la empezó a atormentar de nuevo. Intentó ponerse en el lugar de su primo aquella noche y sintió que fue una verdadera y odiosa egoísta. Leonardo le dijo aquellas palabras tan duras porque era su deber, porque quería ayudar y que se enfrentará lo que habría creado en vez de huir por pura cobardía. Se sintió mal por indignarse y decirle que no la comprendía. Era una tonta ingrata, después de todo.

Se preguntó si aún lo era mientras jugaba con su hija y empezó a pensar en otra cosa. Pobre Diana, su existencia hizo que lo que comenzó como un romance terminará como una tragedia y ella ni siquiera lo sabe. Tal vez, jamás. Eso pensaba su madre. Rápidamente se quitó todas esas tonterías, se vistió, con dificultad, ya que su hija no la dejaba tranquila; y bajó al salón.

Y allí estaba, Mao, a quién ella apreciaba mucho. Al verle, recordó como les acogió en su casa cuando no tenían adónde ir y le dio a su primo un trabajo. Le entraron ganas de decirle las gracias pero pensaba que no era el momento ni el lugar para hacerlo, ya que el chino parecía enfadado. Y lo estaba. Le saludó.

― ¡Buenos días, Gerente! ¿Ha dormido bien? ―  Mao, tras alzar la vista hacía ella, le dijo con cara de malas pulgas esto:

― ¡De buenas, nada, aún no me puedo creer que la negra este en mi casa! ¡No pude dormir, nada, absolutamente nada, por su culpa! ― Se le notaba que tenía ojeras y que había pasado una mala noche.

Y no era para menos, ya que Lafayette ayer apareció en su casa, así como así. Decía que se había escapado de casa. Al no poder echarla y conociendo aquella manía suya de robar cosas, estuvo protegiendo el dinero que tenía en una caja fuerte. Estuvo toda la noche despierto. Entonces, Clementina al acordarse de ella, le preguntó a Mao sobre ella.

― Ah ya. ¿Aún sigue durmiendo? ―

―  Lo está. Si no fuera así, estaría gritando quién le ha amarrado. ―  Decía esto mientras soltaba una sonrisa maliciosa y Clementina se quedó pensando que quería decir con eso de quién le ha amarrado. Mao, al ver su cara, se lo explicó.

― La amarré y fue lo mejor que hice. ¿Por qué no se me pudo haber ocurrido la idea antes? Podría haber dormido mucho. ―  Fue hace una media hora antes, cuando vio unas cuerdas y se le ocurrió la idea. En cierta forma, no solo lo hizo para defender sus bienes, sino para fastidiarla y deseaba con impaciencia que se despertará para oír sus gritos.

Clementina no se lo pudo creer, le parecía algo demasiado exagerado eso y le preguntó otra vez para estar segura verdaderamente de lo que había dicho: ― ¿Entonces, Gerente, le ha amarrado de verdad? ―

― Aparte de eso… ― Mao cambió de tema. ― Tu primo salió a comprar pan bimbo y, cuando vuelva, pues prepara el desayuno, por favor. ¡Qué me estoy muriendo de hambre! ―Le decía eso mientras se tocaba la barriga, que le gritaba sin parar.

Clementina dijo que vale y se sentó. La niña le pidió a Mao que pusieran su programa favorito, “La chica y el reino de los conejos”, ya que lo echaban en esa hora y lo puso. Estuvo todo el rato criticando la serie, molestando seriamente a Diana.

Al poco tiempo, Leonardo volvió a casa y tras dejar el pan en la cocina, entró al salón diciendo, animadamente, que había vuelto. Su prima y sobrina le dieron los buenos días, mientras Mao le saludaba de una forma muy poco enérgica.

Al sentarse él, miró fijamente su primo y, al recordar el sueño que tuvo, pensó cuál fue el papel de Leonardo en todo eso. Jamás se imaginó que lo había arrastrado con ella en su eterna huida.

Él estaba en la universidad y aunque era algo mediocre, le iba bien. Tenía muchos amigos allí y estaba alquilando una buena casa cerca de allí. No recordaba que carrera eligió pero era algo difícil. En fin, tenía una vida normal y corriente, y ella se lo destruyó, tanto ese presente como su futuro. Así, poco a poco, la culpa empezó a entristecer a Clementina. Pero unos horribles gritos, evitaron que ella cayera en la tristeza, casi le dieron un susto. Así sonaba: ― ¡Maldita puta, quítame estas cuerdas, quítamelas! ―

― Se nota que se ha despertado. ―  Decía Mao mientras se reía. Esos gritos eran tan escandalosos que hicieron llorar a Diana e intranquilizaron tanto a Clementina como Leonardo. La canadiense, por eso, mientras intentaba tranquilizar su hija; dijo esto:

― ¿No crees que deberías soltarla? ―

― Sí, sí, claro. ¡Si hago eso esa chalada haría verdaderas locuras! ¡Mejor, dejémosla así hasta que se tranquilice! ―

Y al pasar unos cinco minutos, Lafayette seguía gritando insultos y Mao añadió: ― Implicando que lo haga… ―

Leonardo se tuvo que llevar a la niña de la casa, porque ella no podría soportar más los gritos. Y así estaban en el salón, solo Clementina y Mao.

Mientras el chino hacía como si no pasase nada, Clementina alterada y con dolor de cabeza, intentó busca una forma de ignorar los gritos. Pensaba irse pero estaba muy floja para hacerlo. Entonces, decidió preguntarle al gerente por qué estaba Lafayette estaba ahí.

― ¿Así que, preguntas la razón por la que la franchuta está aquí? ― Ella le dijo sí afirmativamente y Mao, tras bostezar de sueño, así se lo dijo:

― Según la delincuente esa, se ha escapado de casa, bueno, su casa no es… Tuvieron que abandonar la suya y tuvieron que vivir con los padres del amor de su madre y no quiere vivir ahí… Por muchas razones que no especifica. Pues eso, se mosqueó con los hijos de esa casa y al no querer pedir perdón, tuvo que invadir mi casa. ¡En fin, todo un lío! ―

Clementina casi iba a decir que igual que ella, pero se calló, tapándose la boca. Eso de que Lafayette se escapó de casa, le trajo muchos recuerdos.

Escapar de casa. Ella lo hizo, hace tiempo. Es más, no solo escapó de su hogar, también de su ciudad, del estado y de la nación de dónde vivía. Huía de algo que no sabía que era. ¿Tal vez de sus errores? ¿De la tragedia que participó? ¿Y Lafayette? ¿Qué razones tuvo para irse? Por la explicación de Mao no lo entendió mucho. A continuación, por su mente, pasó la imagen de sus padres. No eran malos, todo lo contrario, le dieron todo tipo de caprichos y siempre que podrían intentaban pasar el tiempo con ella.

Aún así, siempre sintió un déficit de cariño. Tal vez, por eso, cuando se enamoró, lo hizo de una forma obsesiva. Entonces, se abofeteó en la cara unas dos o tres veces para no pensar sobre su pasado. Ya no tenía sentido todo eso, el daño estaba hecho, nunca podrá repararlo y lo único que deseaba era enterrar hasta lo más profundo de su corazón todos esos recuerdos y cerrarlos con llave.

Cuando se dio cuenta de que todos la miraban, extrañados ante eso; Mao le preguntó qué le pasaba y ella, con nerviosismo, le dijo una excusa muy tonta. El chino lo aceptó y volvió a hacer lo de siempre, vaguear y ver la tele, mientras que su primo, aunque algo preocupado, tuvo que irse a vigilar la tienda. Ya no se escuchaba gritos de Lafayette, se había cansado. Pero la tranquilidad no iba a durar mucho ya que al poco tiempo Leonardo apareció para decirles esto:

― Gerente, tenemos visitas.  ― Mientras  decía esto, Mao escuchaba una voz chillona que reconoció enseguida. Pocas ganas tenía él de que apareciera y lanzó un gran suspiro. Esa persona era nada más ni nada menos que Josefina, que entró al salón gritando con gran entusiasmo esto:

― ¡Hey, wey! ¿Cómo están ustedes? ―

Como siempre, hizo una entrada demasiada llamativa y escandalosa, tanto que Mao dijo mentalmente que se notaba que había llegado. Y todo esto mientras cogía de la mano a Alsancia-Lorena, que en aquel momento se estaba recuperándose del cansancio que le supuso correr. El chino al ver a Alsancia, le dijo esto a Josefina:

― ¡Oye tú, no deberías hacer correr a Alsancia! ¡No es bueno para ella! ― Eso soltó.

― Pues mi mamá dice que correr es muy sano. ―  Le replicó Josefina.

― Vale. ― Lo dijo con poco entusiasmo, solo para terminar rápido la conversación.

Mao estaba algo molesto porque vino visita a casa, una cosa que le disgustaba un poco, aunque últimamente ya no le dada tanta importancia. Por otra parte, estaba contento, ya que Josefina se trajo Alsancia con ella.

Ella le caía muy bien al chino, no le causaba problemas y, para él, era bastante adorable y por eso siempre era bienvenido a la casa.

Por otra parte, no tenía nada contra Josefina pero es tan activa y tan charlatana que le causaba dolor de cabeza y a veces, sin querer, problemas. Al pensar en eso, se desanimó y Josefa lo notó:

― Pareces algo desanimada, Mao… ¿Estás bien? Espero que sí, no me gustaría que una amiga estuviera triste ni adolorida. Sería horrible, pero no he venido por eso, pensaba que estaban aburridos y necesitaban más compañía, por eso he venido. Y he traído a Alsancia-Lorena, por supuesto. Ella siempre está en su casa, con casi nadie, pobrecita, por eso la he llamado y la he llevado hasta aquí. Pues espero que todas nos divirtamos mucho hoy. Además aquí hay juegos de mesas, muchos juegos de mesas. ―

Nadie entendió eso, lo dijo tan rápido que para los demás eso era inentendible. Josefina, a continuación, empezó a buscar algo y Mao, tras preguntarla que estaba buscando y escuchar que eran juegos de mesas, la detuvo. Odiaba con toda sus fuerzas esas cosas.

―  Jo… ― Protestó Josefina. ― ¿Entonces con qué nos vamos a divertir hoy? ―

― Pues con la tele. ― Le dijo eso mientras encendía la tele con el mando y se acostaba en suelo. Josefina no lo aceptó y empezó a zarandearle sin parar mientras le pedía que tuviera otra idea. Mao, al ver que no podía ver la tele tranquilo, decidió pensar en otra cosa que no fueran juegos de mesas y al ver a Alsancia se le ocurrió una buena idea.

― Tengo una gran idea. ― Eso dijo Mao.

― ¿Y qué es? ¿Y qué es? ― Le decía Josefina toda ilusionada, con sus ojos brillando de emoción al ver el gran entusiasmo que mostró el chino.

Esa idea no era nada más ni nada menos que probarse toda la ropa que tenía Mao cuando era chico, ya que aún los conservaba. Estaba deseoso de ver a Alsancia vestida con todo tipo de kimonos y sabía que a Josefina también le gustó la idea, algo en que acertó. Alsancia-Lorena no quería participar, pero era incapaz de oponerse al gran entusiasmo que mostraban estos dos, y al final se convirtió en una especie de modelo, ya que Josefa se dedicó más en buscarle la ropa perfecta que ponerse ella uno.

Mientras Mao y las chicas estaban en el cuarto probándose ropa, Clementina se quedó en el salón, con su hija pintando y coloreando hojas de papel. Miró hacía al segundo piso mientras escuchaba sus voces y le entró una risita por lo adorable que le pareció eso, ya que el gerente estaba jugando con unas niñas. Entonces, a los pocos segundos, notó un aura siniestra que procedía de un lugar del salón, en dónde estaban las cortinas.

Se puso muy pálida, sin saber porque exactamente, y le entraron unas ganas terribles de irse de ahí. Hizo caso su instinto y cogió su hija para irse al segundo piso, mientras una voz de ultratumba, que no escuchó Clementina, y que procedía de ahí, decía sin parar esto:

― ¡Maldita seas, tartamuda…! ―

Al subir al segundo piso, pasó por la habitación de los invitados y a la amorzada Lafayette. Entonces, recordó lo que le dijo a Mao, sobre eso de que se fue de casa y quiso preguntarle el porqué, para solidarse con la negra y tal vez convencerla de volver, que no cometiera el mismo error que ella. Y mientras su hija Diana se iba con el resto, se acercó a la franchuta y vio que estaba durmiendo. Tras ver que estaba así, decidió no despertarla y se dio media vuelta.

― ¡Eh, tú hazme el favor de soltarme! ― Clementina, que no se esperaba eso, gritó del susto. Giró la cabeza hacía Lafayette y vio que estaba despierta, con su típica cara de malas pulgas. Ésta, al ver que la canadiense no se movía le dijo esto, de nuevo:

― ¿Me puedes hacer el favor de soltarme? ¡Te lo estoy pidiendo con educación! ―

Clementina dudó. Aunque le parecía algo exagerado que Mao la hubiese atado, sabía que si lo hizo era porque Lafayette causaba grandes problemas y lo mejor era no hacerle caso.

Por otra parte, la temía y no quería que se enfadase si le iba a decir no. Se preguntaba sin parar a sí misma qué tenía que hacer y así paso unos minutos. Cuando la negra la gritó por tercera vez que le respondiera, la canadiense entonces decidió preguntarle el motivo por el cual escapó de casa antes de decirlo no. Seguramente, así tendrían una larga charla y, tal vez, podría convencerla de volver a casa.

De esta forma, creía ser capaz de purgar lo que hizo, ayudando a otros a no hacer lo mismo que ella. Al final, tras llenarse de valentía y tragarse su saliva, le preguntó con miedo esto:

―  ¿Por cierto, por qué has escapado de tu casa? ―

― ¿Y a ti qué mierda te importa eso? Ahora mismo quiero que me suelten. ¿Lo entiendes? ¡Suéltame! ― Así le gritó, y de una forma muy desagradable.

― Bueno…― Titubeaba Clementina. ― No creo que pueda…―

― ¿Qué no crees? ¿Qué no crees? ¡Qué me sueltes maldita, te lo estoy ordenando! ―

Al decir eso, empezó a moverse violentamente en un intento desesperado por soltarse. Chillaba sin parar y no paraba de dar vueltas por la habitación y de dar pequeños saltitos. Intentaba usar toda su fuerza para romper las cuerdas pero estaban muy bien puestas y lo único que hizo era chocar contra las paredes, tirar cosas al suelo, dolerle todo el cuerpo y gastar inútilmente sus energías. Todo esto mientras amenazaba con quemar la casa y matarlos a todos. Clementina se quedó paralizada del terror al verla y se alivió que estuviera atada y de que lo mejor era no soltarla. No se sentía capaz de huir, pero tampoco quería quedarse con ella.

― Pues b-bueno….t-tendré que descansar… ―  Eso dijo, cuando se cansó, Lafayette y tras eso, al pasar unos segundos, mientras Clementina pensaba si irse con los demás o no, la franchuta le dijo esto:

― ¿Tú querías saber por qué me fui de casa, no? ―  Le preguntó con un tono aterrador, tanto que paralizó a Clementina. Por eso le gritó eso de nuevo, con un tono peor, y ésta le dijo que sí.

 

― Mi madre y yo nos arruinarnos en todos los sentidos ¿y eso que quiere decir? Pues está endeudada hasta la cejas y nos quedamos sin coche, sin ningún de electrodoméstico, sin tele y lo peor de todo, sin casa. Esa mujer es estúpida, teníamos una buena vida y ella lo arruino todo, absolutamente todo. ¿Y a dónde tuvimos que ir? ¿Cómo íbamos a vivir? Por desgracia, la muy puta tuvo suerte y su novia nos dejo vivir a su casa. Sí, íbamos en casa de sus padres, que aún tienen a dos hijos en la secundaria. Jamás pude imaginar lo insoportable que iba a ser, que si esto, que si lo otro, los muy putos no dejaban de molestarme. Y cuando me harté de ellos, me fui y vine aquí y no voy a volver a allí, me quedaré aquí todo el tiempo que me da la gana. ¿Ya estás feliz? ―

Clementina no sabía qué decir, era algo muy diferente con su situación, pero aún así sentía que eso era un motivo muy estúpido para escapar de casa, pero no sabía argumentarlo. Más bien eso le recordó a otra cosa.

― ¿No crees que deberías de agradecerles por haberte acogido de casa…?  ― Le preguntó Clementina, insegura y temerosa de que reaccionará de mala gana. Lafayette, tras lanzar un gruñido, miró para otro lado y no dijo nada.

Le hubiera gustado decirle que era una sinvergüenza por comportarse así. Le habían acogido en casa ajena y se marchó de allí porque no quería acatar sus reglas. Por lo menos podría haberles dicho las gracias, no desaparecer así cómo así, eso es algo muy ingrato. Y lo peor es que se fue a otro sitio a vivir aún cuando su dueño no quería, eso es tener mucho morro.

Clementina quiso decirle todas esas cosas pero tenía miedo y se las guardó para sí, ya que ella tampoco estaba en condiciones de hablar de los demás, al fin y al cabo era una cobarde que escapó de casa. Entonces, recordó de nuevo todo lo mal que hizo. Se imaginó entonces a miles de voces que le recriminaban por todo lo malo que hizo y que le llamaban cobardita. Estuvo así, unos segundos, hasta que se tapó las orejas para no escucharlos y gritó, mientras se agachaba, esto:

― ¡Basta ya! ¡Ya sé que soy cobarde! ― Retumbó en toda la casa y ante a una Lafayette que le miraba confundida, preguntándose qué le pasaba a la rubia.

Entonces Mao apareció en escena. No lo hizo antes, porque ignoró los gritos de la negra aún cuando Josefa y Alsancia les decía que debería ver qué pasaba, y, al final, al escuchar los gritos de Clementina, pensó que Lafayette le hizo algo malo, y le empezó a pegar mientras le decía:

― ¡¿Tú, qué le estás diciendo a la canadiense!? ― Lafayette le gritaba una y otra vez que no hizo nada, que ella solita se puso a gritar. Clementina rápidamente le dijo al gerente que le dejará de pegar, que no fue su culpa.

Tras eso, todos le preguntaron por qué gritó, ella solo dijo esto:

― No ha sido nada, de verdad. ― Le decía eso para tranquilizarlos y lo creyeron. A continuación, les dijo a Mao y compañía que ella iba a ver cómo le iba Leonardo en la tienda y bajó por las escaleras mientras Lafayette le gritaba insultos sin parar, haciendo que el chino cerrará la puerta para no escucharla.

Recordaba aquellas palabras que le dijo su primo una vez, de que no se arrepintiera de lo que hizo, pero lo estaba haciendo. Hacía tiempo que tenía todo ese pasado encerrado en lo más profundo de su ser y solo faltó un mísero sueño para que volviese a salir y la atormentará de nuevo. No sabía cómo pararlo y por eso buscaba a su primo en busca de un consejo que le ayudará a no volver a ver esos recuerdos, tal vez para siempre.

― ¿Tú qué haces para poder soportar los recuerdos del pasado? ―  Eso le preguntó ella cuando entró en la tienda mientras él estaba vigilando la tienda en el mostrador.

― ¿Por qué lo dices? ―  Le dijo eso, sorprendido.

― Pues verás hoy he tenido un sueño relacionado con el pasado y pues yo desde que estoy despierta no puedo parar de pensar en eso. Pensaba que lo había olvidado pero sigue ahí. ¡Quiero quitarme estos pensamientos de la cabeza! ¡Vivo muy bien aquí, soy feliz, no quiero que me amarguen los recuerdos! ¡Ya no puedo arreglar nada, no debería seguir arrepintiendo de esto! ¿Qué hago, primo? ¿Qué hago? ―

Terminó esa frase con lágrimas en los ojos para empezar a llorar, ya que, mientras hablaba, recordaba las cosas que hizo y los que no, lo que tuvo que hacer.

Su discurso, que más que una explicación era un desahogo, dejó incapacitado a Leonardo a decir algo durante unos segundos. Clementina mientras lloraba, empezó a decir más cosas entre balbuceos.

― ¿Por qué te estoy pidiendo esto….? No debería hacerlo…Te destruí la vida, ¿por qué debería pedirte consejo? ―

El primo se perdió aún más de lo que estaba, se preguntaba qué le ocurría mientras Clementina decía más y más cosas que parecían no tener sentido para él.

― No solo la tuya…sino la de un hombre por amor…la de mis padres…la de todos… ¿Y qué es lo hago? Huyo como la gallina que soy… ―

Y Clementina cada vez lloraba más y más fuerte, y más cosas sin sentido decía, y Leonardo tuvo que tranquilizarla por un buen rato. Cuando ella pudo hablar con normalidad le preguntó a su primo, mientras se estaba limpiado las lágrimas de sus ojos, esto: ― ¿Crees que algún día podré ser valiente? ―

― Por supuesto que sí. ―  Tras decirle eso hubo silencio por unos segundo, ya que Clementina empezó a preguntarse sobre él, y su primo con solo verla la cara sabía que iba a decir y espero que lo dijera. Esto era:

― ¿Por qué me acompañaste hasta aquí? ¿Por qué, al final, me ayudaste a huir de Canadá? ―  Esas preguntas dejaron a Leonardo pensativo.

― Pues no lo sé… ― Le respondía esto mientras recordaba lo que paso después de lo del parque. Ella desapareció y él, aterrado por lo que le hubiese huido, la buscó, no podría dejar sola una adolescente embarazada sola. Tras encontrarla en un autobús en dirección a la frontera con los Estados Unidos, intentó convencerla de volver a su casa, pero al final él la acompañó y se la llevó hasta Shelijonia. Se dejó convencer por ella. ¿Por qué lo hizo? ¿No debería haber hecho lo correcto? Era todo un misterio para él, pero eso que hizo no ayudo para nada a su prima, empeoró las cosas de tal modo que incluso él temía volver a su ciudad. Pensando en todas estas cosas, se le escapó de la boca estas palabras:

― Tal vez soy un cobarde… Pero de lo que estoy seguro es que soy estúpido.  ―

Clementina le gritó que no se dijera esas cosas, que todo eso era por su culpa. Él se rió y le dijo esto como si fuera la cosa más normal del mundo:

― No deberías echarte la culpa de todo. Yo también tengo culpa de esto. Hemos liado tanto las cosas que ya no son imposibles arreglarlas. Solo podemos esperar que tu hija no cometa nuestros mismos errores. ―

Se lo dijo así, sonriendo, y ella no evitó soltar otra sonrisa. Entonces un grito rompió el ambiente, procedía del salón y era Mao, le gritaba a Clementina para que fuera a ayudar con su padre. Ésta se fue corriendo rápidamente allí. Se sentía aliviada y contenta, olvidándose por completo de esos recuerdos que tantas pesadillas les producía.

Tal vez, era porque necesitaba ahogar sus penas con alguien. Solo eso, ya que nada se había solucionado y su huida para adelante seguía pero, de alguna manera, su corazón estaba más calmado.

De lo que sí que estaba segura es que había encontrado la felicidad hace tiempo y es en esta casa, con su gerente, con su primo y su hija; y no deseaba perderlo por nada del mundo. Y todo esto, mientras en Canadá sus familias aún los buscan, con Lafayette aún amarrada y con el mundo girando, siempre girando sin importarle nada de lo que les pasa.

FIN

 

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