Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Última parte, centésima decimonovena historia.

Pero el karma tenía otros planes para mí, aún no era mi hora. A los pocos minutos de caer al suelo y desmayarme, empecé a recuperar la consciencia. Lo primero que sentí unas risas que no dejaban de torturar mis oídos. Me preguntaba molesto de dónde procedía, mientras volvía a recordar el dolor que tenía en la cabeza. A pesar de que quería tener los ojos cerrados, tuve que abrirlo para intentar comprender lo que estaba pasando.

— ¡Por fin, por fin, está muerta! ¡Ahora yo soy Kasturba y ya nada se va a interponer en mi camino hacia la felicidad! —

Ahí la vi, delante de la estatua de Buda, gritando a lo grande que ella había ganado. Entonces, pude recordarlo. Con ganas de llorar, me sentí muy feliz de seguir viva. Intenté tocar mi cabeza para comprobar el daño, pero parece ser la bala pasó muy cerca de mi cabeza. Aún así, tenía como una especie de pequeña herida, sólo por el simple hecho de que pasó muy cerca de mi piel. Fue un milagro. A pesar de todo, debía controlarme, porque sabía que mi vida aún estaba pendiente de un hilo.

— ¡Ahora podré hacer todo lo que quiera! ¡Me gastaré todo el dinero en un inmenso y enorme palacio, dedicado solamente a mí! ¡Acumularé todas las piedras preciosas del mundo! ¡Visitaré el mismo espacio…! —

Al ver que esa bruja me estaba dando la espalda, disfrutando de su presunta victoria, yo intenté observar a mí alrededor. Vi que la pistola estaba a casi un metro de mí, me maldije a mí misma por haberlo tirado al suelo.

Ahí estaba mi última oportunidad, si ella descubriera que siguiera viva me dispararía por segunda vez, y se aseguraría de hacerlo bien. Tenía que coger la pistola como fuera, sin que ella se diera cuenta. No podría perder más tiempo.

Empecé a arrastrarme por el suelo, intentando ser lo más sigilosa posible. Ir por la maldita pistola se me hizo un completo calvario. Mi cabeza me dolía muy fuerte y la lentitud que tenía que mantener se me volvía desesperante. Los nervios me estaban matando y no dejaba de apretar los dientes con mucha fuerza. Le eché algún que otro vistazo a ella, comprobando que siguiera absorta en su celebración.

Di un gran suspiro, al ver que, después de arrastrar como un condenado por el desierto, pude coger la pistola. Con todo el cuerpo temblando, intenté levantarme con mucha preocupación, observándola.

No se estaba dando cuenta de nada, no sabía que, de un momento para otro, quién iba acabar mal era ella. Levanté la pistola y apunté. Respiré e inspiré varias veces, preparando para el golpe definitivo.

— ¡Muere,…! — Dije en voz baja, pero no pude terminar la frase, porque aún no me había acordado de su nombre.

Entonces, cuando estuve a punto de apretar el gatillo, escuché un ruido muy fuerte. Y luego, un grito: — ¡No lo hagas! —

Reconocí rápidamente esa voz, era de Candy, quién se abalanzó hacia mí e intentaba bajar el arma: — ¡Deja el arma, deja el arma! —

— ¡Idiota, ¿qué haces aquí?! — Le grité, mientras intentaba liberarme de ella, que me replicó con esto: — ¡El idiota eres tú, sólo estoy evitando que mates a alguien! ¡No puedes mancharte las manos de sangre! —

Quise decirle algo más, pero entonces recordé que esa bruja seguía ahí, mirándonos con una cara de total consternación.

— ¡¿Cómo puede ser…!? — Le costó asimilarlo. — ¡Sigues viva! —

Entonces, Candy se acordó de su presencia y la miró fijamente, al igual que yo. Nuestras caras se pusieron blancas por el horror.

— ¡Maldición, eres peor que una maldita cucaracha! — Cambió de cartucho y nos apuntó. Estaba preparada para matarnos. — ¡Morid! —

— ¡De eso ni hablar! — Y otra persona entró en el lugar, apuntándola. Era Ranjit. — ¡No dejaré que mates a más gente! —

— Tú, tú eres el traidor ese de la banda…— Le gritó, aturdida.

— Y he salvado a este pobre chaval, tres veces, de tus intenciones. — Me dio una mirada y dio un gran soplo. — Ésta parece ser la cuarta. —

— No puede ser…— Con gestos y muecas de horror, ella se echó para atrás. — Todo iba estaba yendo perfecto…—

— ¡¿Qué pena, eh!? Los planes muchas veces se arruinan de golpe, por factores impredecibles o porque una simple cosa lo echa todo al traste. Deberías rendirte, ya no tienes escapatoria. — Y la que faltaba, Grace Cook apareció también en escena, apuntándola con una pistola.

A pesar de que ella estaba hablando en hindú, Candy y Grace hablaban como si ya adivinaban el contexto de sus palabras.

— ¿¡Grace, por qué estás con una pistola!? — Candy protestó, muy indignada. — No tiene sentido que yo le baje la suya para que vosotros estéis usando una. —

— Esto no lo hago por gusto, nadie sensato se atrevería a disparar a dos personas que están armadas. —

— ¡No puede ser…! — Se puso las manos sobre la cabeza, con una cara patética. Miró por todas partes, buscando algo que le podría salir ilesa de aquella situación. — Esto debe ser una broma…— Pero era en vano, ella estaba rodeada.

— ¡Ríndete! — Le gritó Ranjit. Grace también lo hizo: — Ya no tienes escapatoria. —

— ¡No, no…! — Estaba a punto de llorar, repitiendo estas palabras como un bucle.

— ¡No hagas esto más difícil, los villanos, los malos nunca ganan! ¡Ahora es la hora de que vayas a la cárcel, malvada! — Añadió Candy, hablando como si se creía parte de un comic.

Ella no se atrevió a hablar más, mantuvo un incómodo y siniestro silencio, mientras miraba al suelo. Ranjit le decía que pusiera las manos hacia arriba, pero lo ignoraba completamente. Sentí un mal presentimiento.

— No voy a aceptar lo que el karma me prepare,…— Entonces, habló un tono de ultratumba y en voz baja. Luego, gritó con todas sus fuerzas esto: — ¡…aunque muera en el proceso! —

Entonces, tiró las dos lámparas al suelo. El aceite que llevaban se extendió por todo el suelo, provocando un incendio en cuestión de segundos.

— ¡No dejaré que me derrote el karma! ¡No acabaré en la cárcel, iré a por mi próxima vida a alcanzar la felicidad! ¡Aunque me vuelva en algo peor que un animal, yo lo venceré, no importa las veces que me hacen falta! —

Había perdido totalmente la cabeza, se puso a reír como un demente mientras el fuego invadía toda la sala.

— ¡Salid de aquí! — Nos gritaba Ranjit. — ¡Corred cuanto antes! —

Todo el mundo salió de la sala cuanto antes, corriendo como nunca. Yo hice lo mismo, pero entonces algo me detuve y me tiró al suelo.

— ¡Tú no vas a escapar a ningún lado, Katurba! — La muy desgraciada me cogió de las piernas e intentaba llevarme hacia dentro. Con la imagen de las llamas detrás, daba la apariencia de ser un monstruoso bhuta. — ¡Arderás conmigo! —

Sin mediar palabra, intenté librarme de ella. No deje de darle patadas de forma desesperada y poner las pocas fuerzas que tenía para contraponer su arrastre, pero era imposible, no se despegaba de mí. Y las llamas cada vez se hacían cada vez más grandes y me empecé a tratar el humo, ocupada más en liberarme que en evitarlo los gases tóxicos. En cuestión de unos segundos, empecé a toser y empecé a tener dificultad para respirar.

— ¡Ay, mi príncipe! ¡¿Estás feliz de que muramos los dos juntos para siempre, a qué sí!? — Y la desgraciada aún era capaz de hablarme.

Yo la ignoré e intenté patearla con más fuerza, sólo me puse más histérica y provocó que tragara más humo. El dolor de cabeza se me hacía mucho más fuerte que nunca, los ojos se me empezaron a irritar y mi tos se hacía muy dolorosa.

— ¡Suéltame, suéltame! — Le gritaba desesperadamente, pero seguía agarrada a mí como una garrapata.

Perdí unos minutos más, mientras el incendio se extendía sin parar por todo el templo. De un momento para otro, iba a desmayarme y ser calcinada.

Entonces, escuché cómo algo venía hacia nosotros, yendo a toda velocidad. Luego, vi como alguien apareció antes nosotros y una silla portable en sus manos, que la usó para golpear con fuerza a la que me estaba agarrando.

Fui liberaba. Esa persona me tapo la cara con una camiseta mojada y me cogió por el hombro y me arrastró como podría hasta salir del templo. Con dificultad, miré hacia mi salvadora:

— ¡¿Grace, eres tú…!? — A pesar de que ella tenía la cara tapada por su propia camiseta, que la uso para taparse la boca; y de mi dificultad para ver, la pude reconocer. Ella me replicó: — ¡No gastes fuerzas en hablar, lo importante es salir de aquí! —

Tuve que dar una fuerza sobrehumana para andar por esos pasillos, que eran interminables. Grace Cook también tuvo lo suyo, apenas era capaz de arrastrarme. Y el fuego se extendía con una rapidez asombrosa. Por suerte, pudimos salir de ahí.

— ¡¿Estáis bien!? — Nos gritaron Candy y Ranjit, que se acercaron a nosotros cuando nos vieron. Grace rió levemente, diciéndole esto: — ¡En mi caso, parece que sí! —

— ¡Nos teníais muy preocupados! — Nos decía Candy, llorando a mares. — ¡Estabais tardando mucho! —

Entonces, yo le dije a Grace que me soltará y ella lo hizo. Al momento, caí al suelo.

— ¡¿Qué te pasa, Nehru!? — Gritó horrorizada Candy. Grace añadió: — ¡Hay que llevarlo al hospital, debe haber sufrido una desintoxicación! —

Con un ataque de tos terrible, observaba cómo el edificio ardía delante de mis ojos. Apenas sentía las fuerzas, todo el cuerpo me dolía, mis ojos me pedían descansar y un enorme vacío sentía en mi estomago. Jamás me había sentido mal, pero, aún así, seguía viva.

Y escuché algo, que me perturbo mucho. Oí un grito de agonía procedente del edificio en llamas. Podrían ser imaginaciones mías, pero pude notar su voz. Y ese aterrador sonido provocó que mi cerebro por fin se dignara a recordar algo.

— Y-ya, ya sé cómo era su nombre…— Me costaba muchísimo hablar, mientras los demás me pedían que no me esforzará. — Aishwarya, eso es…—

Intenté alzar las manos hacia al cielo, pero no pude conseguirlo. No pude más y cerré los ojos, con ganas de tomar un largo descanso. Cuatro días pasaron desde entonces.

— ¡¿Puedo entrar!? — Alguien pegó en la puerta, mientras me decía esto. Yo lo dejé pasar: — Adelante. — Era Ranjit.

— ¡Oh, cuánto tiempo! ¡Parece como si no te hubiera visto en una eternidad! — Bromeé, mientras él se me acercaba.

— Es que los hospitales me traen malos recuerdos, me ha costado mucho hacerlo. —

Me llevaron rápidamente al hospital y ahí fue ingresada. No sólo tenía intoxicación, sino desnutrición leve u alguna que otra cosa más. No eran muy graves, pero tuve que quedarme ahí, aburriéndome sobre una cama muy incómoda.

— Ya veo. Gracias por visitarme y…— Di una pequeña pausa. —…por salvarme esas cuatros veces. —

Entonces, Ranjit me cogió de los mofletes y me los empezó a espirar.

— ¿¡Qué haces!? — Le decía esto, mientras me quejaba del dolor.

Me soltó y muy enfadado, añadió: — Hubiera sido sólo una si no fueras tan idiota. Realmente ha sido un milagro que no te matarán. En vez de un príncipe, parecías ser la dama que siempre está en apuros. —  Eso me hizo mucha gracia.

— ¿¡Otro que me regaña!? Ya he tenido con el tortazo de Candy, de Grace y las dos que recibí de Mao. — Protesté. Todos los que me visitaron me dieron una fuerte regañida, que duró casi horas.

Pero no sólo vinieron para darle el regaño del siglo, sino porque estaban muy preocupados por mí. Candy, aunque seguía enfadada, estaba muy atenta conmigo. Grace me preguntaba si podría hacer por mí, aunque parecía que lo hacía a regañadientes, creo que aún no le caía muy bien. Mao me exigió que le contara toda la historia y se enfado por no haberle dicho antes lo que pasó. Junto a él vinieron el resto de sus  niñas, que dieron la tabarra en mi habitación, sobre todo la más pequeña. Deseé que Lobbo también me visitara al hospital, pero creo que eso era pedir mucho. No dejaba de preguntarme cómo estaba. No pude evitar que esas dos chicas que se pelearon por mi hace meses, la Noemí esa y la satánica, aparecieran por aquí y se pusieran a pelearse en mi habitación.

Dijo Ranjit, a continuación: — La verdad es que no sólo he venido para visitarte, sino para avisarte de algo. —

— ¿¡Son malas noticias!? — Era algo que ya me temía desde que ingrese ahí.

— Sí. Tu pasaporte e identidad son falsos, no ha existido ningún Motital Nehru. Inmigración va a llevar tu caso, puede ser que incluso lleguen a expulsarte del país. Pero como la chica que llevaba la identidad de Kasturba ha muerto, puede que no podrás entrar a la India. —

Al parecer, él ya sabía que yo era una chica. No, hasta el mismo estado estadounidense sabía de mi secreto. Lo tenía difícil para conseguir que todo este asunto quedara en baldío. Y eso no era el único que me enfrentaba:

— ¿¡Y no hablaron de un montón de cargos contra mí!? —

— La verdad es que te han acusado del delito de tenencia ilegal de armas, ataques contra la propiedad privada y a personas, además de que ha habido por tu parte un delito frustrado. Y debe haber muchas más, lo que has liado ha sido muy gordo. Aún así, han sido muy amables contigo y pueden retirar muchos de los cargos contra ti, mientras prometas que no vuelvas jamás a cometerlos. Además, casi todos lo que te han acusado son delincuentes ya fichados. Irónicamente, tú has conseguido, no sé cómo, desmontar una de las bandas más peligrosas de la Columbia británica, y que tenían parte de sus actividades en Shelijonia, el estado de Washington, la India, Sri Lanka y Bangladesh. —

Menos mal que no pudieron descubrir todas las cosas que hice durante esos días de pesadilla. Hubiera pasado una temporada enorme en la cárcel.

Decidí cambiar de tema, así que le pregunté esto: — Ya veo, ¿¡y tú qué harás!? —

— Pues volveré a la India muy pronto, la echó mucho de menos. Esta isla se me hace muy gris. Voy a seguir como detective privado, pero esta vez me gustaría enfrentarme a la corrupción y la violencia del país. Como no tengo a nadie, no voy a meter a otras personas en peligros, o eso espero. —

— Es bueno tener un objetivo en la vida…— Me puse muy pensativa, mientras miraba a la ventana. Desde que todo terminó, sentía un enorme vacío, como si algo me faltaba.

— ¡¿Un objetivo en la vida…!? — Rió levemente. — Creo que eso es lo que necesito. —

— Yo el único objetivo que he podido visualizar ha sido querer matar a alguien…— Me entristecí un poco. — Nunca he podido encontrar uno que realmente haya valido la pena. —

Volverme a ser femenina, pasar todos los días de fiestas y engañar a chicas idiotizadas por la imagen del príncipe azul, se me volvieron cosas que no ayudaba a llenarme. Por primera vez en mi vida, empecé a mirar en el futuro y quería visualizar algo en él, un objetivo, un deseo, lo que sea.

— ¡No te preocupes, eres joven! Pronto encontrarás tu propio objetivo, y espero que no sea una locura. —

Me partí de la risa al oír eso. Ranjit intento decirme que estaba hablando en serio, pero se le contagio mi risa. Al parar, le dije:

— Deberíamos hacer algo juntos antes de que te vayas a la India, a tomar unas cervezas y todo eso. —

— Eso está hecho. — Y chocamos los cinco.

Después de eso, Ranjit se fue. Yo volví a mirar la ventana y, dominada por la nostalgia, me quedé pensando en mis padres, con las ganas de decirles que por fin decidí mirar hacia mi futuro, ya siendo como Nehru, o como Kasturba. También pensé en Aishwarya, deseé fuertemente que ella en su próxima vida pudiera perdonar al mundo.

FIN

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Undécima parte, centésima decimanovena parte.

El silencio que hubo tras las palabras de esas dos fue bastante incómodo, mi nerviosismo se notaba tanto que no paraba de ponerme bien el cuello de la camisa, porque sentía que me estaba ahogando.

Menos mal que Ranjit, quién llegó a las puertas del edificio, lo rompió, diciéndonos esto:

— ¡No os quedéis ahí! ¡Este no es el mejor lugar para hablar, hacerlo dentro! ¡Vamos, hay que ir a la recepción! —

Le hicimos caso, aunque las dos chicas me mostraron miradas y gestos que dejaban claro que yo no me podría escapar. Di un fuerte suspiro, al ver que no tenía más remedio.

Entramos e hicimos todo un aburrido proceso para registrarnos en el hotel, aunque lo sorprendente es que no nos pidieron nada de dinero ni siquiera documentación. La chica de la recepción llamó por teléfono a su jefe y éste se puso a hablar con Ranjit como si fueran amigos de toda la vida. Fue muy sorprendente de que nos inscribieran con nombres falsos y alojamiento gratis. Luego, se dirigió a nosotras y nos dio nuestras llaves:

— ¡Bueno, yo tengo cosas que hacer! ¡Vosotros os podéis dirigir a vuestras habitaciones y hablar de eso! — Nosotras no supimos que decirle, aunque deseábamos preguntarle cómo pudo conseguir eso. Luego, se dirigió hacia mí: — ¡Ya te informaré más tarde de todo lo que ha ocurrido, Nehru! —

Con esto se fue, dejándome sola con esas dos. Las miré y ella me miraban a mí, con los brazos cruzados, esperando a que yo moviera el trasero hacia a nuestra habitación. Con muchísima sinceridad, les solté esto:

— ¡¿No me puedo librar de ésta, verdad!? —

Ellas movieron la cabeza de forma afirmativa, con toda la seriedad del mundo. Expresé un quejido y añadí:

— Pues vamos a ello…—

Con esto dicho, las tres fuimos a la habitación que me asignaron, yendo yo con los hombros caídos por el desánimo y suspirando una y otra vez. Por nada del mundo deseaba ser interrogada por esas dos, porque ya sabía de qué querían hablar y quería evitarlo a toda costa.

Mi cabeza ya estaba muy torturada con todos los acontecimientos que tuve en las últimas horas para que me vengan ellas a exigirme la verdad de mi sexo. Incluso en aquellos momentos mi cerebro no paraba de recordarme las palabras de Mao y en todo lo que aquella bruja que robó mi identidad me reveló. Aún apretaba los puños por la rabia y la impotencia, mientras me entraba a ratos las ganas de llorar.

Tras subir al segundo piso, dimos unas cuantas vueltas por sus larguísimos y lujosos pasillos, todos llenos con cuadros y adornos relacionados con la temática de las armas de fuego y la segunda enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América, buscando mi habitación, que no lo encontrábamos.

En verdad, yo me di cuenta en dónde estaba, pero me hice la idiota y pasé delante de la puerta, intentando ganar tiempo para lo inevitable o para que pasará algo que impidiera que estas dos me preguntarán aquello. Al final, me pillaron. Entramos en él y ellas, sin darme tiempo a decir algo sobre la habitación, dijeron:

— En fin, ya estamos aquí, ahora cuéntanos la verdad…— Cook empezó la conversación con una seriedad que asustaba, mientras ponía bien sus lentes para mostrarse más intimidante.

— ¡Eso, eso mismo! ¡Queremos saberlo! — Y Candy añadió mientras me señalaba con el dedo.

— ¡¿Qué verdad, señoritas!? — A pesar de que yo intentaba mantener la compostura, estaba tan nervioso que se notaba a leguas. — N-no tengo ni idea de lo que están hablando…—

Cook dio un fuerte suspiro, antes de continuar: — Iremos al grano, ¿eres una mujer? —

— ¡Eso, eso! — Gritó Candy, para luego darse cuenta de lo cortante que fue la otra: — ¡Oye, no creo que lo hay que soltar tan de repente! ¡Teníamos que hablar primero del pantalón! —

— Dar rodeos es algo que no me interesan, y menos con lo que hemos pasado…—

— ¡¿De qué pantalón hablan!? ¡¿Q-qué cosas tan graciosas están diciendo, señoritas!? ¡Aquí, como me ven, soy hombre con todas las de la ley! —

Empecé a reír como idiota, incapaz de controlar mi nerviosismo, jamás me sentía tan incomodo como en aquellos momentos.

— ¡No importa si eres hombre o mujer, me pones de los nervios! ¡Sabes perfectamente de lo que estamos hablando! ¡El pantalón que dejaste en nuestra casa olvidado había una mancha en la zona de la entrepierna! ¡Y no una cualquiera, sino de sangre! —

— ¡Eso, eso! — Al parecer, Candy no sabía decir otra cosa más.

— Cuando yo y Candy lo vimos, nos quedamos muy asustadas, creíamos que estabas perdiendo sangre por el ano…— La otra la interrumpió, añadiendo eso: — Eso suele ser una cosa muy grave…— Cook siguió hablando, mientras daba vueltas por la habitación. — Pero entonces nos dimos cuenta de que era diferente y nos hacía muy familiar…— De nuevo, fue interrumpida: — Era como la menstruación. —

Sin darme cuenta, me mordí los labios al ver que olvidarse de ese maldito pantalón fue un grave error. No entendía muy el por qué, pero tenía que terminar con aquella conversación de una vez, sea como fuera.

— ¡No sé cómo han llegado a conclusión, es muy precipitada…! — E intenté redirigirla, buscando una manera de desviarlo y engañarlas con alguna excusa barata. — No quiero indignaros ni haceros pensar que voy a decir algo negativo de vosotras, ¡nada de eso! ¡Os tengo un gran respeto y entiendo como habéis llegado a esa conclusión, p-pero, pero de verdad, ¿creen que solo por unas manchas de sangre soy mujer!? —

Intenté mostrar todos mis encantos, pero mi nerviosismo no ayudo mucho a mejorar mi situación.

— Eso es lo que queremos saber si eres hombre o no…— Cook siguió hablándome, sin provocarle ningún cambio en los músculos de la cara.

— Bueno, si eres mujer en lo físico, ¿entiendes? Si te sientes hombres por dentro, los genitales no deben determinar tu género…—          Y añadió Candy, con muchísimo timidez. Mas bien, como si intentará no ofenderme.

No dije nada más, me quedé pensando, preguntándome qué podría hacer ahora; mientras me acercaba a la gran ventana de la habitación. Volví a recordar de nuevo la conversación con Mao.

A continuación, recordé las palabras de aquella maldita bruja y luego de todos lo que había pasado en mi vida durante todos estos años. Me miré en el reflejo que mostraba la ventana de mí y me sobrecogió, a pesar de que no había nada raro en mi cara.

Lo que me había sobrecogido no era nada más ni menos que mi rostro, lo que me aterró era no encontrar atisbo de mi antiguo ser, de lo que era antes de ser Nehru. Era como si estuviera viendo a otra persona muy diferente, tanto que me hizo olvidar cual era mi género por sus segundos.

— ¡¿Q-qué soy!? ¡¿E-era un hombre, o una mujer…!? —

Por muy estúpido que parecía, me di cuenta de que aquella ficción, ese personaje llamado Nehru que me inventé me había absorbido y me había vuelto en él. Sentí como si mi verdadera identidad hubiera escapado de mí, como si hubiera sido robado de forma literal por aquella empleada del hogar. Yo ya no era Kasturba.

— ¿¡Te ocurre algo!? — Preguntó Candy muy preocupada, al ver mi rostro lamentable. Yo ni siquiera me digné a responder.

Aquel cúmulo de horribles sentimientos que arrastraba desde todos estos días se enervación a niveles insoportables. Me sentía perdida y furiosa, incapaz de poder comprender lo que me estaba pasando. A partir de ese momento, ya ni pude mantener mi compostura:

— ¡Eso me lo pregunto…! — Empecé a reír de una forma muy maniática y desagradable. — ¡Yo ya ni sé ni lo que soy…! ¡Si soy hombre o mujer, si soy de la India o no, o yo misma….! —

Las dos chicas mostraron un gesto de extrañeza en sus rostros al verme actuar de esa forma. Me tape la cara con la mano, mostrando una sonrisa forzada, y seguí hablando:

— Pero presuntamente soy una chica. Sí, es cierto. Soy una chica, o lo era. Solo una más que deseaba encontrarse con su príncipe azul. Pero, pero, yo ahora soy el chico guapo, ¿¡en qué momento me paso esto!? —

Seguí riéndome para no llorar. Me veía como una lunática, asustando a las otras dos chicas. Una de ellas, Candy, me decía: — ¡Tranquilízate, Nehru! ¡No pasa nada, nosotras no hemos venido a juzgarte ni nada parecido! ¡Si eres hombre en el corazón,…! — La interrumpí bruscamente.

— ¡No me saques eso ahora! — Me acerqué a ella de forma súbdita y le cogí de la barbilla, mientras le seguía hablando: — ¡Yo no me sentía un hombre, sabía y comprendía que era una mujer! ¡Bueno, fea, pero lo era! ¡Jamás era mi intención terminar así! ¡Pero, aún así, a pesar de todo, empecé a actuar como un príncipe y jugar como tal! ¡Hasta al punto de que ya no sé ni que sentirme, he llevado tanto tiempo así que ni siquiera siento que puedo pensar como una chica, ¿qué me ha pasado?! —

Sus ojos intentaban esquivar a los míos, que, con toda seguridad, la estaban observaban con una hostilidad y frialdad que pondrían la carne de gallina. Se notaba que Candy se sentía muy incómoda y se notaba las ganas de alejarse de mi rostro enfurecido.

— ¡No te preocupes, seguro que…! — Aún así, siguió animándome, algo que solo se volvía contraproducente.

Expresé un gesto de ira, mientras decidí alejarme de Candy, soltando ella un gesto de alivio. En un intento de vano autocontrol, le suplicaba esto, mientras me apoyaba contra la pared con gran virulencia:

— ¡Por favor, no hables más! — Sabía que, de un momento para otro, iba a soltar cosas de la que me iban a arrepentir y que ya no podría detener, iba a explotar de un momento para otro. — Yo ya no puedo…—

— ¡Deberíamos irnos, Candy! ¡Ya hemos sabido lo que queríamos! — Esa Cook, quién solo estuvo mirando en silencio, se dio cuenta de lo que iba a pasar. Le tocó el hombro a la otra y le dijo aquello.

— No puedo irme así sin más…— Demostró que era una friki idiota, ¡¿no podría comportarse como un arquetípico y actuar de una forma mucho más inteligente!? — ¡No importa si eres una chica o un chico, tú eres tú! ¡Si descubriste que piensas y actúas como un hombre, no pasa nada, es que eres así y no es nada malo! —

Al final, eso fue lo que me sacó de mis casillas. Le grité con toda mi ira:

— ¡Tú no lo entiendes! ¡Ni siquiera sé ahora quién soy, me han robado mi identidad…! — Di una pequeña pausa, solo para soltar un fuerte gesto de fastidio. — ¡Y-yo solo me pasaba por chico por diversión, no por esas mierdas de sentirme del otro sexo ni nada parecido…! — Volví a reír.

— ¡¿Diversión…!? — Dijeron al unísono, mientras ponían caras raras, que dejaban claro que les parecía absurda mis palabras. Yo continué:

— ¡Pues claro que sí, mis damas! ¡Como dije, yo también deseaba tener un príncipe azul, un hombre educado, amable, que me haría vivir a lo grande y me hiciera sentir como una reina! ¡Como otras muchas! ¡Y entonces, sin darme cuenta, me hice pasar como tal y ver a esas idiotas a ilusionarse con haberse encontrado con su hombre perfecto, era divertido! ¡Sí, era gracioso ver sus vanos intentos de verse sexy y atractivas hacia mí, mojándose las bragas, pelearse entre ellas, capaces de insinuar tirar toda su vida por la borda, todo eso por un desconocido que solo lucía hermoso y actuaba como un caballero! ¡Actuaban de una forma tan desesperada y patética que daban risa, además de sentirme querida y adorada! ¡Los hombres pueden llegar a ser unos estúpidos, pero las mujeres llegaban a superarlos y era hermoso ver cómo caían tan bajo! Ajajajajaja…—

Ahí es dónde me entró un ataque de risa, y reconozco que era digno de un villano de película. Casi me caí al suelo por las carcajadas, mientras las dos chicas me mirabas estupefactas. Sobre todo Candy, que me observaba con una cara de horror que duró unos cuantos segundos. Se quedó paralizada, tal vez intentando asimilar todo aquello que dije.

— ¡¿Candy!? — Cook pudo reaccionar e intentó hacerla volver a sí mismo.

Y yo no tuve la mejor idea que echar más sal sobre la herida, actuando de forma burlesca y desagradable:

— ¡¿Acaso te hirió eso!? ¡Por eso te dije que no hablará más, lo hice por compasión…! —

Entonces, sentí una fuerte bofetada en toda mi cara que casi me hizo caer al suelo, porque no lo esperaba. Cook se quedó mirando atónita, viendo como la misma Candy, entre una cara llena de rabia y lágrimas, se acercó a mí para darme el bofetón de mi vida. Bueno, yo ya me imaginaba que alguien me iba a golpear, pero creía que iba a ser la seria de Grace, no la otra. Yo tardé en reaccionar, solo empecé a tocar la mejilla en dónde recibí el golpe, para comprobar cómo me lo había dejado, porque dolía y picaba mucho. De todas formas, ni me quejé, solo me quedé en silencio, mientras la friki empezó a soltarme todo esto a gritos:

— ¡Y-yo no puedo creerlo! ¡A pesar de que seas una chica, ya sea solo de forma física o no, comportarte así con las demás mujeres como si fueras un machista de mierda no tiene perdón! ¡¿Qué te crees que somos nosotras, unos juguetes a ti disposición solo para ser burladas!? ¡E-eso es algo, algo muy cruel! ¡Es horrible! ¡Repugnante! —

— ¿Y? — Fue lo único que se me ocurrió, con total indiferencia. Eso solo provocó que se alterara mucho y se lanzará hacia mí con deseos de darme un buen golpe.

— ¡Tranquilízate, Candy, por el amor de Dios! — Le gritaba Cook, mientras le sostenía con todas sus fuerzas.

— ¡Suéltame, te he dicho que me sueltes! ¡Qué le voy a dar la paliza de su vida! ¡Por todas las mujeres! — Y Candy no paraba de gritarle esto una y otra vez, quién intentaba liberarse de ella. Su rostro de indignación y cólera provocaba que sintiera mucha lástima por ella. Aún así, eso no provocaría que siguiera actuando con indiferencia.

— ¡¿Pero desde cuando eres así de violenta!? — Lo que me sorprendía es que Cook fuera la que estaba tranquila, a pesar de todo. Es decir, era la que estaba intentando tranquilizar a la otra, mientras la sostenía con todas sus fuerzas.

— ¡¿Vas a arreglar algo!? ¡¿Crees que con darme una paliza de mi vida vas a solucionar algo!? —

— ¡Idiota, no la incites! ¡Ya me cuesta sostenerla! — Me gritó Cook.

Yo no dije nada más. Candy siguió intentando liberarse de las garras de la otra, soltando algunos gritos y quejido, hasta que se cansó y se detuvo después de varios segundos en ese estado frenético. Le pidió a Cook que la soltará y dijo:

— ¡Yo ya me voy! ¡Ni en sueño quiero seguir estando en el mismo lugar que ésta! —

Con esto dicho, se fue de mi habitación, con Cook siguiéndola en total silencio. Ahí es cuando solté un fuerte suspiro de alivio. Me sentía calmada por fuera, a pesar de que seguía turbada por dentro. Ya nada me importaba. Miré en la ventana cabizbaja y extraña, volviendo a preguntar qué me estaba pasado. Ya hasta sentía dolor de cabeza.

Así estuve durante un buen rato hasta que alguien tocó la puerta.

— ¡Soy yo, Ranjit! ¡¿Puedes abrir la puerta!? —

En voz baja, dije: — Lo que me faltaba…— Luego, me acerqué con rapidez y le abrí.

— No deberías abrir tan rápido, debías fijarte bien quién llega ante tu puerta antes, por si ellos aparecen aquí. No podemos fiarnos mucho. —

Yo no dije nada, aunque me molestó mucho aquel comentario, lo que menos deseaba era que me regañarán. Al ver mi actitud, continuó hablando:

— En fin, ¡¿ya has terminado de hablar con tus amigas!? —

Volví a quedarme en silencio, de nuevo cabizbaja. Enseguida se dio cuenta del resultado, tras dar un vistazo por toda la habitación.

— Parece que no ha ido bien, espero que no las hayas enfadado. Supongo que alguien como tú debe saber lo sensibles que son las mujeres…—

— Más o menos. — Por fin, hablé. — ¿¡Has venido a contarme todo lo que sabes, verdad!? —

— Sí, pero quiero hacerlo en un ambiente más agradable. Te voy a invitar a un trago. —

Y con esto dicho, salió de la habitación, mientras yo le seguía como un zombi. Aún no me había recuperado de esa pelea, no quería ponerme peor con lo que me iba a contar, pero tenía que hacerlo, debía saber lo que había ocurrido después de que yo huyera de la India.

FIN DE LA UNDÉCIMA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Décima parte, centésima decimonovena parte.

Y cuando parecía que todo estaba perdido, mientras yo miraba por todas partes en busca de alguna cosa que pudiera evitar ese terrible desenlace y ella estaba a punto de apretar el gatillo con una sonrisa aterradora; alguien entró de golpe en la cocina, salvándome en el momento.

— ¡Señora Kasturba! — Gritó, mientras abría la puerta de un golpe. Lo reconocí enseguida, era ese hombre, aún difrazado, que me ayudo. Por segunda vez, me salvo la vida.

Detrás de él, vi como la sala estaba llena de esos delincuentes y de cómo Candy y Cook, sentadas en el sofá y aterradas, incapaces de comprender lo que estaba pasando, vieron con horror la escena que se veía en la cocina. Se quedaron paralizadas, eran incapaces de decir algo.

— ¡¿Qué quieres ahora!? ¡¿No ves que estamos ocupados en este mismo instante!? — Le preguntó muy malhumorada ella, mientras bajaba el arma.

— No creo que matarlo aquí sea lo más correcto, la policía podría aparecer aquí de golpe. — El pobre intentaba buscar una excusa decente para poder justificar su intromisión.

— ¡¿Y!? ¡Se le paga con dinero a la policía para que tapen sus bocazas! —

— Tal vez en la India sea fácil, pero, pero no creo que aquí sea igual, solo digo…—

No sabía yo que en la India sobornar a la policía era fácil, ¡vaya imagen me estaban dando de mi país natal! Por otra parte, las dos chicas ya pudieron salir de su bloqueo:

— ¡¿Qué está ocurriendo!? ¡¿Por qué todas estas personas han entrado en esta casa!? — Gritaban las dos, muy alteradas, a punto de darles un ataque al corazón. — ¡¿Por qué la novia de Nehru le está apuntando con una pistola!? ¡¿Qué es esto!? —

Nadie les dijo nada, ni siquiera para hacerlas callar. No sé si era porque la mayoría de esos delincuentes no sabían inglés o porque no tenían ni ganas de hablar. Mientras ellas, que seguían escuchando un idioma que apenas entendían por parte de todos nosotros, intentaban adivinar lo que estaba pasando, al ver que no le iban a dar respuesta; entró en la escena el más chungo del grupo, el jefe de esos desgraciados. Y no parecía estar contento.

— ¡¿Qué haces, idiota!? ¡¿Por qué no dejas que la señorita quiere hacer lo que deseé!? ¡Qué dispare al idiota ese de una vez y ya terminamos con esto! ¡Estoy harto de ser una niñera! —

Llegó hecho una furia, cogió el hombro del pobre hombre, le dio la vuelta y le soltó aquellas terroríficas palabras, mientras mostraba su puño. Ver eso daba mucho pavor, aún cuando se estaba vistiendo como si él estuviera imitando a una cantante de pop famosa por llevar ropa muy extraña. Cómo se llamaba, ¿Lady Lolo? ¿Lady Dodo? ¿Lady Gogo? Bueno, eso da igual, aquel hombre vestía de una forma muy rara.

— Pero estamos en mitad de la ciudad, si hace eso la policía nos pillará de inmediato y se nos será difícil escapar de ellos. — Le dijo con aparente tranquilidad mi salvador.

— ¡Tiene razón, jefe! — Y los demás se atrevieron a decirle eso. — ¡No podemos arriesgarnos! —

Y uno de ellos recibió un guantazo que lo hizo volar por los aires. Candy y Cook estuvieron a punto de dar un chillido, al igual que yo.

— ¡Vosotros no tenéis derecho a decir nada! ¡Esto es por vuestra culpa, por dejarle escapar! — Les gritó con todas sus fuerzas.

— Pero es que…— Los pobres intentaron justificarse. — ¡Alguien nos drogó…! —

— ¡Callaos, no quiero excusas! —  Pero ni deseaba escucharlos. Luego, se dirigió hacia al viejo, mientras lo cogía del cuello: — ¡Y también te lo dijo a ti, siempre arruinas nuestro trabajo de una forma u otra! ¡No sé cómo lo haces, pero lo haces siempre! — Y con esto dicho, lo soltó.

A continuación, lanzó un pequeño suspiro y se dirigió a su cliente:

— ¡Perdonad, señorita Makhanji! ¡Pero yo también creo que deberíamos cambiar un poco el plan, no es buena idea dispararle la cabeza en este lugar! ¡Además aún no sabemos cómo librarnos de ellas! — Las señaló y las dos, a pesar de que eran incapaces de entender algo de lo que decía, le entraron unos fuertes escalofríos, como si se hubieran dado cuenta de que lo que querían hacer con ellas. La maldita arqueó las cejas y añadió, muy malhumorada:

— No quiero alargar este maldito asunto por más tiempo, ¡yo tengo que regresar pronto a la India! — Dio una pequeña pausa, para mirarme y soltar esto: — Pero si lo hago, creo que mi venganza me sabrá a poco…—

Yo no dije nada, solo me quedé mirándola durante unos segundos. Y ella abrió su boca de nuevo, para dejármelo claro:

— Después de todo, no he venido solo para evitar un futuro peligro, sino para vengarme de todo el mal que me hiciste, mi príncipe…—

Supe enseguida de lo que me estaba hablando, pero no era el momento para recordarlo.

A continuación, A Candy, a Cook y a mi nos sacaron de mi casa a punta de pistola, después de comprobar y alentar que la calle estuviera desierta. Nos metieron dentro de un lujoso automóvil, de marca de origen alemana y de un color gris muy elegante, junto con el hombre que me había librado de la muerte, otra vez; y otro intrigante de ese grupo de malhechores. No sé cómo lo hizo, pero convenció a su jefe y al resto del grupo para terminar junto con nosotros y a que se fueran a tomar algo por la ciudad:

— ¡¿Para esto pago!? ¡No me siento segura de dejarle con solo dos idiotas al cargo! ¡Y quiero verlo y vigilarlo con mis propios ojos hasta que lleguen a su matadero, al lugar en dónde quiero ver cómo le matan! — Ella protestó cuando vio que fueron convencidos.

— Eso tiene sentido, ¡sobre todo después de lo ocurrido el día anterior! — Y el jefe del grupo le dio la razón.

Aún así, lo único que decidieron fue que fuéramos seguidos por otro coche, formado por cuatro integrantes, aunque nadie quería soportar el engorro de llevarnos, todos deseaba salir de fiesta, solo pensaban en eso. Hasta el maldito jefe, que intentaba por todos los medios posibles en convencer a su cliente de que no estuviera siguiéndome, porque él deseaba enseñarle las grandes maravillas nocturnas que había encontrado en la ciudad. Y la convenció, para mi sorpresa.

— ¡¿Nehru, qué está ocurriendo aquí!? — Mientras el automóvil salía de la ciudad, dándome cuenta de que estaba volviendo al polígono industrial en dónde me dejaron el otro día; Cook se atrevió a preguntarme esto.

— ¡Eso, eso, esto ya está dando mucho miedo! — Y Candy añadió esto, con los ojos llorosos. La pobre estaba muy alterada de los nervios.

— Por eso, quería que me dejarais en paz lo más rápido posible, estaba metido en un asunto muy grave…— Eso fue lo único que les dije, tras soltar un fuerte suspiro.

Aunque habíamos hablado de la forma más baja posible, se dieron cuenta:

— ¡¿Qué estáis murmurando, eh!? — Gritó el que estaba conduciendo, que no le hizo mucha gracia eso. — ¡Callaos, no queremos ruidos extraños! —

— ¡¿No te acuerdas de que ellas no saben nuestro idioma?, debes hablar en inglés! — Le replicó el copiloto, nuestro salvador, haciéndole recordar que estaba hablando en hindú y que ni Cook ni Candy entendían nada de ese idioma.

— Nunca se me dio bien el inglés…—

— A pesar de que estas viviendo en Canadá…—

— Eso es un buen punto, pero yo siempre he estado rodeado de mi gente, así que nunca he necesitado aprender ese idioma. —

— Eso no tiene nada de sentido…— Al decir eso, el copiloto cambió de tema y le dijo esto: — Por cierto, tengo ganas de hacer mis necesidades, ¡deberíamos parar por aquí! —

— ¡No podemos parar ahora sólo porque tienes una llamada de la naturaleza! ¡Tenemos que terminar el trabajo! — Le replicó el conductor.

Pero con un poco de insistencia, le convenció para parar el coche, después de avisar por teléfonos a los que nos seguía, que también se detuvieron.

El copiloto salió, se introdujo en el bosque y al volver, seguramente con sus necesidades ya hechas, se acercó al piloto, pegó en el cristal para que lo bajase y le habló: — ¡Muchas gracias, ha sido un gran alivio! —

— ¡No hay de qué, ahor…! — Entonces, sin dejarle terminar sus palabras,  le rompió la cara al conductor con el puño, con tanta virulencia y rapidez, que ni siquiera nos dio tiempo a nosotras tiempo para gritar de la sorpresa. Yo ya sabía que iba a rescatarnos de una forma u otro, pero no esperaba eso.

Lo desmayó al acto y abrió la puerta para tirarlo al frio suelo y ocupar su lugar, mientras los del otro coche, que estaban parados a lo lejos, apenas se daban cuenta. Aceleró de la forma más brusca posible y el automóvil salió a toda velocidad del lugar en dónde estaba aparcado.

— ¡Agarraos fuerte, este viaje va a ser movidito! — Nos gritó con todas sus fuerzas.

— ¡¿Sabes inglés!? — Y las dos dijeron esto de la sorpresa. Después de estar escuchando durante horas a gente hablando en hindú, ya les parecía increíble oír a otro indio hablar en el idioma de los ingleses.

— Con tantas cosas que pueden elegir para sorprenderse, tiene que ser esa… — Comentó un poco decepcionado el hombre ese.

Las chicas se quedaron algo perplejas por aquella respuesta, luego, al pasar unos minutos y comprobar que nadie nos seguía y aquel viajecito iba a ser tranquilo, recordaron que habían preguntas más importantes:

— ¡Ah, es verdad! — Gritó Cook. — ¡¿Qué está ocurriendo!? —

— ¡¿Por qué su prometida le quiere matar, y quién es toda esa gente!? — Añadió Candy.

— ¡Oye, no es mi prometida! —

— ¡Pero si tú…! — Las pobres volvieron a quedarse sin palabras y yo se los dije bien claro: — No tuve más remedio que seguirle el juego…—

— Dejando todo esto de un lado…— Soltó un pequeño suspiro, antes de ponerse a regañarme: — Te dije que no involucrarás a otras personas y te fueras rápido de la ciudad, y va y te atrapan de nuevo, junto con dos amiguitas, ¡no tienes remedio! —

— ¡No fue mi culpa, intente quitármelas de encima cuanto antes…! — Le repliqué.

— Pues debías hacer mejor tu trabajo…— Resopló y continuó: — ¡¿No puedes pasar ni cinco minutos sin tener que estar ligando con chicas!? —

— ¡Nada de eso, solo que ellas me encontraron por causalidad y me ayudaron porque aún me encontraba mal por la droga, nada más…!—

Y mientras yo seguía peleando con él, Candy y Cook, viendo que eran ignoradas por nosotros, se hartaron y gritaron con todas sus fuerzas y enfado esto: — ¡Explicadnos de una vez que está pasando! —

A continuación, vino un silencio que duró unos cuantos segundos y que fue roto por aquel hombre, después de mostrar una actitud reflexiva:

— ¡Explícale tú todo lo que te ha pasado, yo ya os contaré el resto cuando hemos llegado al hotel! — Eso me dijo.

— ¡Espera un momento, apenas sé nada! — Yo quería que me dijera lo que sabía, llevaba desde el día anterior esperándolo.

— Di lo que sabes únicamente…—

Al final, tuve que hacerlo, aguantándome las ganas que tenía que él me contará lo demás. Les expliqué a las chicas lo que había ocurrido el día anterior hasta en esos momentos. Aunque les oculté muchos detalles. Al final, ellas quedaron muy boquiabiertas.

— ¡En serio, no me lo puedo creer! ¿¡No deberíamos llamar a la policía o algo así!? — Hablaba Candy de una forma muy alterada.

— Después de todo lo que nos pasó en mi secuestro, no creo que ellos nos sean muy útiles…— Cook seguía tan fría como siempre, su mente ya lo había mentalizado y estaba hablando con tranquilidad, entre varios suspiros.

— Sobornamos a la policía para que nos dejarán hacer lo que quisiéramos y ese grupo criminal tienen contactos con poderosos para que le dejen actuar así y conseguir los deseos de su cliente. Aún así, ellos es vuestra salvación, yo encontraré la forma de que esos sobornos se vayan a la basura y pueda protegeros e incluso ir a por esa gente…— Nosotros no dijimos nada, así que él añadió esto: — Hay muchos policías honrados que harán lo que sea por evitar esta injusticia. Mientras tanto, tenemos que ocultarnos…—

— Por eso, antes mencionaste sobre un hotel, ¿no? —

Casi se nos olvido que él dijo algo y Cook nos lo recordó. Yo me quedé un poco extrañado y añadí:

— Espera, ¡no creo que sea el mejor lugar para escondernos! —

 

— No os preocupéis, no es un hotel normal y corriente, ahí estaremos a salvo…—

Las tres nos quedamos pensando en que quería decir con eso, mientras nos dábamos cuenta de que se estaba haciendo de noche.

Nos introducimos tanto en los bosques, llegando al punto de que ni podría distinguir cual era el norte, el sur, el este y el oeste. A lo primero, no veía más que árboles y después, para darle un poco de variedad, empinadas y gigantescas montañas, se sentía que ya estábamos lejos de la civilización.

Aún así, estábamos atravesando una carretera bien asfaltada, que dejaba mucho espacio para todo lujoso automóvil que pasaba a nuestro lado. Y recalco una y otra vez que solo se veían coches de ese tipo, parecía que aquel hotel era de cuatro estrellas.

Tras subir por un estrecho y corto valle y llegar a una pequeña meseta, rodeada por los cuatros costados por las enormes montañas, vimos una especie de mansión de dos plantas y un tejado a dos aguas, rodeado de pequeñas edificaciones. Tenía un estilo entre lo rural y lo clásico de tipo occidental, obvio. Su portón, hecho de piedras y cuestionados por unas pequeñas estatuas que imitaban a lo griego, en actitud de vigilantes y con armas de fuego. Sí, por una razón que voy a decir más adelante, ellos estaban apoyados con rifles, ¡eso no era algo muy griego, la verdad!

Al cruzarlo, llegamos al aparcamiento, situado ya en la entrada principal del edificio, que nos recibía con unas elegantes escaleras de mármol que se abrían en forma de alas, o algo parecido a eso. Era un lugar precioso, ¿¡por qué no me di cuenta de su existencia antes!?

— Es increíble…— Candy se quedó maravillada por ese lugar, miraba por todos lados muy abobada.

Y Cook, quién estaba con los brazos entrecruzados e intentando forzar a su cabeza a recordar, dio un pequeño gesto de sorpresa y dijo esto:

— Ah, ya lo recuerdo, ¡sé que es este lugar! — Yo y Candy dirigimos nuestras cabezas hacia ella mientras hablaba. — Es el hotel Abraham Lincoln, o conocido más bien como “La casa del rifle”. —

— ¡¿La casa del rifle!? — Candy puso cara de idiota.

— Porque, además de hotel, es un club de rifle y el lugar de reunión preferido de los miembros de la NRA en Shelijonia. —

— ¡¿La NRA!? ¡¿La misma asociación nacional del rifle!? — Entonces, dio un gran grito que provocó que todo el mundo dirigiera sus miradas hacia nosotros. Candy se tapó la boca tan rápido como había chillado. Luego, añadió en voz baja:

— ¡¿Por qué nos mete aquí!? ¡Y-yo soy pacifista, estoy en contra de las armas, esto es como meter a un lindo conejito en una madriguera llena de lobos! —

— Me ha gustado la comparación. — Soltó unas cuantas carcajadas, que no gustaron nada a Candy, antes de decirle esto: — Por eso mismo estamos aquí, ¡mirad a vuestro alrededor! —

Y eso hicimos. Las personas que pasaban por nuestro lado, subiendo y bajando las escaleras, charlando en el aparcamiento o dentro del edificio, mostraban orgullosamente las armas que portaban, ya sea dentro de las fundas o enseñándole a sus amigos. Todos estaban armados hasta los dientes.

— Es aterrador, hay armas por todas partes…— Comentaba espantada la pobre de Candy. Su cara estaba blanca por el terror.

— Entiendo, hay que ser muy idiota si alguien intenta atacarnos en un lugar como este. Nadie en su sano juicio se atrevería a tocarnos en un sitio como este…— Por su parte, Cook se dio cuenta de lo que quería decir el hombre.

Tenía mucho sentido, si esos malditos entraran en este lugar e intentarán sacarnos a punta de amenazas, o matarnos de una vez, la gente de este lugar los llenarían de agujeros al instante. A Candy eso no la convenció para nada, pero decidió no decir nada.

A continuación, el hombre empezó a subir por las escaleras, mientras nos seguía hablando:

— Además de que aquí algunos ya conocen nuestra situación y ayudarán todo lo posible para evitar que esa chica no se salga con la suya…—

Cook y Candy, temblando como un flan, empezaron a seguirle, pero yo me quedé en dónde estaba, no me moví ni un músculo.

 

Cabizbaja y fuera de peligro, empecé a pensar en todo lo que me había ocurrido todos estos días. Un torrente de recuerdos, tanto los procedentes de un pasado reciente, pero que lo veía muy lejano; como los que había vivido, se me vino encima, provocándome todo tipo de sentimientos entrecruzados, ninguno de ellos agradables.

Había tantas cosas y cuestiones que había olvidado, y que no deseaba volver a recordar, que me entraban ganas de ponerme a gritar como loca, creyendo que eso pudiera aliviar todo lo que estaba sintiendo.

Entonces, empecé a recordar estas palabras: “Pero al interpretar este papel, estoy engañando a los demás”, “Y si llega el momento en que tenga que quitarme la máscara ante todos”, “Y si la máscara, mi papel, ya me ha absorbido”.

Mi cerebro decidió hacerme recordar aquella conversación que tuve con Mao y no entendía por qué. Más bien, lo sabía, pero me era incapaz de explicármelo a mi mismo, hacerme comprender qué era eso.

Me hubiera quebrado allí mismo si no fuera porque el hombre, Candy y Cook se dieron cuenta de que no me moví y me preguntaron si estaba bien. Gracias a eso, pude salvarme de hacer un espectáculo bochornoso. Después de responder que sí, me di cuenta de algo.

— ¡¿Puedo preguntarte una cosa!? —  Eso le pregunté al hombre. Este se detuvo y me dijo: — ¿¡El qué!? — Tras inspirar y respirar, le respondí: — Es que llevo horas preguntándome esto y no puedo comprenderlo, ¿¡quién eres!? ¿¡Por qué me ayudas!? —

Aún no entendía cómo un desconocido como él me estaba ayudando. Es que, por mucho que forzará a mi cabeza pensar, nunca encontraba entre mis memorias a alguien parecido a aquel señor. Debía haber algo, una buena razón para ayudarme a entender por qué le motivaba a salvar mi vida y detener los planes de esa monstruosa chica. Además, necesitaba saber su nombre, es de mala educación que no se presentará.

— Mi nombre, ¿eh…? — Soltó una desanimada carcajada. — Me llamo Ranjit, al igual que el león del Panyab. Y estoy para limpiar mis errores, solo eso…—

Y con esto dicho, siguió subiendo por las escaleras como si nada.

De alguna manera, esa forma tan misteriosa de presentarse no me ayudo mucho, y me molestó un poco porque la única que hace eso soy yo; pero algo es algo.

— Ese nombre me suena de alguna serie…— Añadió pensativa Candy, quién se quedó parada en las escaleras, al igual que Cook.

— Ni idea…— Comentó Cook, antes de mirarme con muchísima seriedad y decir esto: — Por cierto, Nehru…—

Al momento, sentí un mal presentimiento. Le pregunté qué quería, después de tragar saliva.

— Nosotras también queremos preguntarte algo…—  Se puso bien las gafas y con mucha gravedad: — No, lo que queremos que nos cuente la verdad…—

Candy, quién se puso igual de seria que Cook, movió la cabeza de forma afirmativa. Se quedaron mirándome, esperando mi respuesta. No sabía qué era lo que quería de mí, pero ya empecé a expulsar un sudor frio por ello.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Novena parte, centésima decimonovena historia.

Aquel terrorífico e incomodísimo silencio que invadió el salón duró unos cuantos segundos, aún cuando los sentí eterno. Mientras yo aún intentaba asimilar lo que oyeron mis oídos, creí ver en aquella chica una sonrisa de satisfacción, como si estuviera disfrutando de aquella reacción. Por otra parte, esto me hacía recordar, aunque de forma muy difusa, a algo, como si la palabra “prometido” me lo hubieran dicho antes.

Al final, ella, la que me robó mi identidad; decidió romper este silencio, con estas palabras, después soltar unas pequeñas risitas: — ¡Oh! ¿¡Tanto os han sorprendido mis palabras!? ¡¿No os esperabais que mi querido Nehru tuviera novia!? — Esa maldita estaba burlándose de mí y no comprendía por qué estaba disfrutando de soltar esa horrible mentira. Y lo peor es que no le bastante con eso, ya que, a continuación, se acercó a mí y me cogió del brazo. Añadía estas palabras, mientras me miraba con unos ojos aterradores, a la vez que refregaba sus pechos contra mí: — ¡¿Nunca se los ha contado!? —

Candy y Cook se quedaron muy coloradas al ver aquel comportamiento, e intentaban mirar hacia otro lado, muy incómodas. Entonces, aquella chica se dio cuenta de una cosa, dando un pequeño chillido de sorpresa, a la vez que se tapaba la boca. Se había dado cuenta de que les habló en hindú. Y apoyo su cabeza sobre mi hombro y me dijo esto:

— Tradúcelo, Nehru, por favor. Diles lo que he dicho, estoy cansada de hablar en este idioma de mierda. —

No pude decir, estaba paralizada del horror. Entonces, ella apretó con fuerzas mis brazos y me lanzó esta dulce amenaza:

— ¡Hazlo o si no…! —

Con muchísimo nerviosismo y tartamudez, tuve que decirles esto a las dos.

— La verdad es que nos ha sorprendido muchísimo. No esperábamos, ni mucho menos, eso. Sí, eso. Y parece que os lleváis bastante bien…—

Eso dijo Candy, riéndose sin ganas. Daba la impresión de que sentía un poco defraudada.

— A mi me sorprende también. No pareces el tipo de persona que llevaría una relación estable…—

¡¿Qué intentaba decir Cook con esas palabras!? Daba la impresión de que no era nada bueno.

Yo estaba con el rostro descompuesto, deseosa de decirles que eso era una pura mentira. Y lo iba a decir, o algo que pudiera insinuarlo. Entonces, esa maldita me amenazó con nuevo:

— ¡No digas nada más! ¡Ellos están afuera, esperando alguna señal mía, y son capaces de hacer cualquier cosa, sobre todo cuando se trata de unas pobres jovencitas! ¡No le dan asco a nada, por desgracia para ellas! —

Se me puso la carne de gallina, en mi mente se formaron todo tipo de horribles imágenes. No podría creer que llegaría a esos extremos:

— ¡¿N-no te da vergüenza!? ¡E-ellas no tienen nada que ver con esto! — Le dije en voz baja, conteniendo toda mi rabia.

Entonces, apretó tanto mis brazos que me empezó a doler y añadió con una sonrisa: — Eso les pasa por ser una de tus innumerables amiguitas. Es tu culpa, han acabado así por ti, desgraciado…—

Candy y Cook estaban algo perplejas mientras nos observaban. Al no saber nuestro idioma no comprendían la gravedad de nuestra conversación, aunque se daban cuenta, tal vez, de que algo raro pasaba por mis reacciones, mientras mi presunta prometida intentaba emular como una chica enamoradiza.

— ¡¿Quieren qué le dejemos solos!? ¡Deben querer un tiempo para poder hablar de vuestras cosas! — A continuación, Candy dijo esto.

— ¡Sí, eso! ¡Tal vez deberíamos irnos y no molestar! — Y Cook, algo distraída, añadió esto.

Yo no sabía que decir, me quedé embobada. Por una parte quería que se fueran, por otra no deseaba que me dejarán sola con esta loca y su sequito de matones.

— ¡No se vayan! ¡Esperen un rato en el salón! ¡Nosotros solo vamos a hablar un rato! — Esa maldita, entonces, dijo esto en su idioma natal. Ni siquiera tenía la piedad de dejarlas ir. Me mordí los labios de la rabia, a la vez que hacía como si no la hubiera oído.

Luego, sin que esas dos se dieran cuenta, me hincó el codo muy fuerte contra las costillas y me obligaba a hablar: — ¡Vamos, traduce, Nehru! — Tuve que hacerlo.

— Pero no queremos molestarlos…— Añadieron con mucho nerviosismo Cook y Candy. Se notaba que deseaban quitarse del medio lo más rápido posible. — ¡Es verdad, es verdad! —

Pero ella les insistió tanto que no tuvieron más remedio que aceptarlo, para nuestra desgracia.

— ¡Entonces, esperen un momento! ¡Yo y Nehru vamos a hablar! ¡Ya vamos a volver enseguida! — A continuación, les tuve que traducir estas palabras que dijo ella, mientras se dirigía a la cocina. Luego, me hice unas señales amenazantes para que le siguiera y entrará ahí, mientras las otras dos chicas se sentaban en el sofá en total silencio.

— ¡Cierra la puerta! — Me ordenó y yo no pude más que obedecer a regañadientes, apretando uno de mis puños con todas mis fuerzas, ¡qué ganas tenía de darle una paliza ahí mismo!

— ¡¿Puedes coger la silla por mí!? ¡Eso es lo que esperaría, al menos, de un caballero como tú…! — Añadió, mientras me señalaba con el dedo una de las sillas que estaban debajo de la mesa. Soltaba un tono desagradable y burlón para ponerme más de los nervios, mostraba una sonrisita que no dejaba de producirme ardores, estaba disfrutando de la situación.

— ¡¿Crees qué te voy a hacer caso!? — Dije con enfado, intentando evitar dar algún grito. — ¡Déjate ya de hacerte la niña linda, exijo saber quién eres y por qué estás haciendo esto, además de que dejes de hacerte pasar por mí! — Sin darme cuenta, me acerqué a ella con ganas de golpearla, pero ésta sacó una pequeña pistola. Tuve que controlarme.

— ¡No hables de una forma tan ruda, no creo que eso sea muy caballeroso, mi príncipe…! — Su burla e ironía solo me enervaban. La impotencia que sentía era insoportable, me sentía entre la espada y la pared.

Al ver que me detuve, ella se quedó mirándome con mucho desprecio y odio. A continuación, habló:

— Entonces, ¡¿quieres saber quién soy!? ¡¿Acaso no me recuerdas!? —

Yo me quedé en blanco, no sabía qué responder. Así pasaron unos cuantos segundos que la exasperaron.

Frunció las cejas, abrió la boca como un gesto de ira e incluso creo que los ojos se le humedecieron. En fin, por la expresión que ponía, le faltaba poco para dejarme como un colador.

Y no es que la pudiera recordar, más bien es como si aún era incapaz de asimilar que ella era la persona en la cual estaba pensando. No paraba de decirme que era imposible, que aquella chica que trabajaba en mi casa como limpiadora fuera artificie de esta locura, así no era ella. Entonces, más recuerdos vinieron a mi mente como si fueran un fuerte torrente, haciéndome recordar un feo incidente con ella. Me pregunté si eso fue el detonante de que hubiera pasado todo esto. Las palabras de la ladrona de mi identidad me devolvieron a la realidad.

— Después de todo, me lo esperaba…— Añadió con un fuerte suspiro, con la mirada llena de ira y un tono de voz lleno de desánimo. — No me sorprende, solo fui un juguete más…— Dijo en voz baja.

Me quedé un poco boquiabierta, sentí que se estaba refiriendo al mismo incidente que yo estaba recordando.

Al ver que seguía sin hablar, continuó:

— Entonces, mejor contestaré la siguiente pregunta, ¡¿quieres saber por qué estoy haciendo esto, no!? — Arqueé las cejas, mientras postraba mi mirada furiosa contra ella. Creo que eso la emocionó, poniendo a soltar esto con un tono burlón y altanero, mientras aparecer que estaba teniendo escalofríos: — ¡No me mires con esa cara, das mucho miedo! ¡¿No puedes mostrar una cara gentil para esta dama!? —

Eso casi me hizo reír y provocó que dijera esto con el mismo tono:

— Después de drogarme y secuestrarme, ¡creo que esto es lo menos puedo ofrecer para una dama tan horrible como tú! —

Ella rió como loca, después apuntó su pistola hacia mi cabeza, mientras me rechinaban los dientes por la resignación y la impotencia, a la vez que temblaba como un flan, aterrado por el miedo de morir ahí mismo.

— ¡¿Sabes que te podría matar ahora mismo, no!? ¡Y esas amiguitas tuyas de paso! ¡Yo soy la que manda, así que no me seas tan altanero! — Me dijo, a continuación, con una sonrisa de pura loca.

Creí que iba a volarme la cabeza ahí mismo y, con el temor de ver mi propia muerte, cerré los ojos para no ver aquel terrible desenlace. Y así estuvimos durante unos cuantos segundos, como si el tiempo se hubiera congelado, hasta que ella volvió a abrir su bocaza.

— Bueno, nos hemos desviado un poquito de la conversación. En fin, te lo explicaré. — Bajó el arma y empezó a dar vueltas por la habitación.

Yo abrí los ojos y solté un fuerte suspiro de alivio, después de seguir mirándola con muchísima rabia.

— Pero antes, te preguntaré esto, ¿¡crees en el karma!? — Y dijo esto, que me dejo muy confundida, ¡¿ahora qué tenía eso que ver con esta situación!?

Tardé en responder, intentándole buscar el sentido, pero al recordar que tenía una pistola en sus manos, tenía que contestarle lo más rápido posible:

— Pues,… ¡¿qué quieres te diga!? No tengo ni idea de que si eso existe o no… —

Jamás me lo cuestioné, esas cosas filosóficas nunca iban conmigo. A ella no le gustó la respuesta, porque levantó la pistola, mientras añadía:

— ¡Sí o no! ¡No vayas a esquivar la pregunta! —

— Tal vez un poco, supongo que sí…— Solté lo primero que se me ocurrió.

— ¡¿Y en la reencarnación!? — Y ahora no solo me preguntaba por el karma, sino también eso. La confusión en mí ya era demasiado fuerte.

—  Lo mismo digo…— Tuve que responderle lo más rápido que pude.

— Tendré que conformarme con eso…— Resopló, mientras ponía un gesto de fastidio. Luego, continuó: — ¡Supongo que lo sabes, ¿verdad?! El karma es la ley de causa y efecto que provocan nuestras acciones y que nos afectan en cada reencarnación que hacemos. Los actos malos que hacemos en nuestra vida anterior vuelven para provocarnos sufrimiento y para alcanzar el nirvana hay que eliminarlos de tu mente, ¿cierto? —

— Sí, es algo así…— Respondí de forma desagradable, para luego soltar un pequeño chillido, muy harta ya de esta charla inútil sobre conceptos religiosos: — ¡Deja de jugar conmigo! ¡Jamás me han interesado las cosas religiosas ni menos ahora, no tengo interés en que me una lección sobre el karma y la resurrección! —

— ¡Tiene mucho que ver! ¡Muchísimo! ¡¿No lo entiendes!? — Y lo que provoqué fue más ira de su parte, que me dio una patada en el estomago, sin que yo pudiera haber reaccionado a tiempo. Lancé un grito ahogado, intentando no alzar mi voz; pero fue muy doloroso. Hasta me entraron ganas de vomitar o de escupir algo, mientras cubría mi estomago con mis brazos, aunque fuera demasiado tarde para hacerlo.

— ¡¿No crees que es un sistema injusto!? ¡Tener que soportar el peso de las acciones que hizo tus supuestas vidas pasadas, sin poder recordar ni saber qué pasó para recibir todo sufrimiento el sufrimiento que sufres ahora; ¿no es muy horrible?! ¡¿Por qué deberíamos aceptar algo así!? ¡¿Por qué perder el tiempo eliminar ese sufrimiento si en tu siguiente reencarnación te olvidarás de todo ese esfuerzo!? —

— Discute eso con algún brahmán o bhiksu, ¡no conmigo! — Le grité, con todas mis fuerzas, mientras aún me recuperaba del golpe. Ya me importaba poco que Candy y Cook, que apenas podrían entender de que estábamos hablando, se dieran cuenta con nuestros gritos de que algo iba mal.

— ¡Cállate, cállate! ¡Tú no lo entiendes, estúpida, para nada! ¡No puedes comprenderlo cuando has salido beneficiada por el karma! — Y ella solo subió el tono de voz. Intentó darme otro golpe, pero pude defenderme con mis brazos mi pobre estomago.

— ¡¿Beneficiada por el karma!? ¡¿Qué intentas decir con eso!? — No comprendía cómo yo podría tener buena suerte en eso.

— ¡No te hagas la estúpida, o estúpido, o como seas! ¡Tú naciste bajo una casa en dónde siempre había dinero, con ningún tipo de problemas ni desgracias, pudriéndote en tu propio aburrimiento! ¡Y yo, y yo…! ¡Nací como una dalit, como hija de parias, sufriendo todo tipo de burlas y violencia solo por mi condición, solo por haber nacido! ¡Y, y…! —

Casi si descontroló, la rabia ya se le salía por los ojos en forma de lágrimas y su cara parecía roja por la ira.

Alzó la pistola, dispuesta a volarme los sesos. Yo, sobresaltada, le solté esto, más como medida desesperada para que no disparase que como la sorpresa que me dio escuchar eso, que fue algo que me dejo muy boquiabierta:

— ¡Espera, espera, un momento! ¡¿Eres un dalit, una intocable de esos!? ¡Oye, oye, estamos en el siglo veintiuno, las castas en la India ya no deberían existir! —

Supongo que lo sabrán, pero en la India estaba establecido un sistema de castas, separado en cuatro: Los brahmanes, los chatrías, los vaishias y los shudrás. Pero debajo de estos, más bien fuera de ellos están los llamados “dalit”, los intocables, los parias. Ya había pasado tiempo desde que eso se volvió obsoleto, no debería existir.

— ¿¡De verdad eres tan idiota!? Cualquier indio medianamente informado sabría que en las zonas más profundas de nuestra enorme nación aún nos seguimos rigiendo por el sistema de castas…—

No es mi culpa no saber ese dato, tampoco es que yo veo las noticias o haya oído a alguien a hablar de ese tema.

— ¡Es que en la ciudad jamás he visto nada de eso! ¡Siempre me han sonado a cosas de un pasado lejano…! — Añadí.

— Sí, soy un paria, por alguna razón, no sé si por no tener algún trozo de Púrusha en mi interior o por las malas acciones cometidos por mis vidas anteriores, acabé así… Podemos decir que el karma me condeno. —

Quedé descompuesta, no me podría imaginar que esa persona fuera de verdad una paria. Y, mientras yo intentaba salir de mi asombro, ella puso su mano sobre su cabeza y empezó a reír, de una forma que daba la impresión de que tenía ganas de llorar. A continuación, empezó a gritar como una loca:

— ¡¿Y por qué!? ¡Eso es lo que me pregunto! — Empezó a tirar cosas por el suelo. — ¡¿Por qué a una capulla como tú le dieron todo y a mí solo me han hecho sufrir y hacerme trabajar para nada!? Creía que al llegar a la gran ciudad, podría escapar de ese destino, pero, pero, al final…— Dio una pequeña pausa, solo para golpear al suelo una y otra vez, mientras mostraba un rostro envuelto en furia y lágrimas.

Luego, añadió con lamentación y risas: — En verdad creí que podría llegar a ser alguien en la modernidad, en ese mundo en dónde las castas no existían, dónde todos podrían ser lo que quisieran y alcanzar las riquezas y la felicidad. Pero es la misma mierda de siempre, pero con el dinero como controlador de todo. — Volvió a reír, mientras me miraba con odio: — ¡Qué suerte tuviste, Kasturba! —

— ¡Ya lo entiendo…! Ya sé lo que quieres…— Como si me llego una revelación, me di cuenta de sus intenciones. Con una sonrisa, solté estas palabras: — ¿¡Crees que podrás escapar de tu desgracia al ocupar mi lugar, estoy en lo cierto!? —

— Por fin dices algo inteligente, mi príncipe…— Dio una leve, pero molesta, risa. — Pero estás un poco equivocado. Yo ya soy tú, he ocupado todo este tiempo tu lugar. Con todo mi corazón, agradezco que salieses corriendo como una gallina, conseguí convencer a tus padres para hacerme pasar por ti y casarme con aquella persona, ¡todo un multimillonario, sus riquezas superaba todo lo que podría imaginar, y ahora son solo míos! ¡Perdiste una gran oportunidad, qué gran estúpida eres! —

Reí para no poder llorar, jamás me podría llegar a creer que esa triste empleada del hogar hubiera hecho algo tan increíble y perverso a la vez como esto. Desde el primer momento, desde que salí de la India, me robó mi identidad y se hizo pasar por mí, ¡una verdadera locura!

— Parece que has triunfado, pero…— Mostré toda mi resignación, pero aún no entendía una cosa. — ¡No es posible, no puedo creer que mis padres fueran capaces de buscar una doble de mí! ¡Es imposible! ¡Imposible! —

No es que tuviera una buena imagen de ellos, pero creo que imposible que ellos hubieran aceptado esto. Por lo menos, eso intentaba pensar.

— Pues sí, es cierto. Al parecer, la economía de tu casa no iba tan bien como parecía. De alguna manera, tus padres estaban endeudados y ellos necesitaban de librarse de esas deudas. No tuvieron más manera que hacerte casar con un familiar de los prestamistas para saldarlo. Y su desesperación era tan grande, mil veces más poderosa que tu huida, que aceptaron mi propuesta de ocupar tu lugar, de ser Kasturba Makhanji. —

Boquiabierta, incapaz de asimilar aquellas revelaciones, me quedé paralizada, diciéndome en mi interior una y otra vez que eso no podría ser verdad, que debía ser una mentira suya para torturarme o algo por el estilo. No quería aceptar que ellos, desesperados por el dinero, fueran hacer un doble de mi solo para conseguir los billetes de esa cosa horrible. Ella me veía y lo disfrutaba. Decidió, con un tono mucho más burlón e hiriente, echar más sal a la herida:

— ¡¿No te lo puedes creer, verdad!? ¡Ellos jamás miraron por ti, sino por sus problemas económicos! ¡No les importabas nada! Después de todo, ¿¡a quién le importa a una vaga, estúpida, un parásito sin tener ningún tipo de objetivo en la vida, salvo vivir a costa de los demás!? ¡Las desgraciadas como tú deberían ser los parias, pero el mundo, el maldito karma, os han dado una vida llena de abundancia! ¡Yo debería estar en tu lugar, tú tenías que nacer para ser un desecho de la sociedad! ¡No, no, deberías haberte reencarnado como un apestoso animal, eso es lo que te mereces! —

Era muy difícil contener mis ganas de romperle la cara a esa maldita, si no fuera por la pistola que portaba en su mano, le dejaría irreconocible. Jamás sentí tanta rabia y ardor en mi pecho. Ella solo siguió riendo a gritos, fuera de sí. Tan irritante y perturbadora que era digna de ser usado por algún terrible villano. Al darse cuenta, calló, carraspeó unas pocas veces y habló con toda normalidad, volviendo a esa falsa fachada de chica educada y amable:

— En fin, desde que he ocupado tu lugar, todo me ha ido genial, ¡tengo una vida llena de abundancia y prosperidad, puedo hacer lo que quiera con todo este dinero que tengo! ¡Desde comprarme un hermoso y enorme palacio, o construirlo; hasta matar a todos mis enemigos! ¡No hay que no pueda hacer! Aun así hay un pequeño problema, que puede tirar al traste todo lo que he podido conseguir… ¡Tú!

Me di cuenta de que si volvías a aparecer en la India, lo arruinarías todo. Tenía que evitarlo a toda costa, así que por eso estoy aquí, para quitar el último bache que queda para alcanzar mi felicidad, y vencer al karma. —

Sin beberlo ni comerlo, me quería eliminar, solo porque ella me robo mi identidad y yo se lo podría reclamar, nada más. Ella estaba demostrando que era mucho peor que el karma que carga sobre su espalda.

Es más, se lo merecía. Supongo que yo no debía ser la primera que iba a eliminar, me empecé a imaginar que también lo hizo con mi pretendiente, le quito de en medio para quedarse con toda su fortuna, ¡toda una viuda negra!

Y ahora me estaba apuntando con el arma, dispuesta a acabar conmigo. Yo no podría terminar así, ni en broma, pero no veía ninguna salida, parecía inevitable mi final.

FIN DE LA NOVENA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Octava parte, centésima decimonovena historia.

Fui directa hacia mi casa, sin hacer ningún tipo de rodeo ni de ocultar mi cara. No es que me importaba que me viera sin querer algunos de esos chalados que me querían eliminar, rezaba para que eso no ocurriera, pero no podría perder mi valioso tiempo haciendo tales piruletas. Tenía que conseguir el dinero y marcharme rápido al primer avión o barco que viera.

Aún así, tal vez por los nervios o algo parecido, me metía siempre en calles que me entorpecían mi sentido de la orientación y miraba de derecha para izquierda con cada cruce que me encontraba, para comprobar un poco que no hubiera nada sospechoso en mitad del camino. Eso me hacía perder un tiempo valioso.

Tres horas después, llegué al barrio residencial en dónde vivía, y parecía estar como siempre. A pesar de eso, sentí un mal presentimiento.

Detrás de una farola, me puse a pensar: ¿¡Qué haría yo si la persona que quiero eliminar se ha escapado!? Lo más obvio, tal vez, sería revisar su casa, ¿no? Es decir, allí tendrá cosas que necesitaba para poder huir de allí, echar un vistazo sería lo lógico.

Entonces, me di cuenta de que podría caer en una trampa, volver a mi casa me podría condenar, ¿pero qué podría hacer? ¡¿Cómo podría irme de aquí si allí tenía el dinero suficiente para salir por patas de la isla!? Indecisa, me quedé mirando la calle que llevaba a mi casa, atrapada en un dilema; sin darme cuenta de que dos personas estaban detrás mía, a punto de provocar el gran susto del día.

— No puedo estar así todo el día, ¡tengo que hacerlo ya…! — Fue cuando me puse a pensar en voz alta, quemada ya por mis malditos pensamientos. — Pero…—

— Pero, ¡¿qué!? — Entonces, de repente, oí estas palabras, que me hicieron gritar de terror.

El corazón se me puso a cien, mientras gritaba a pleno pulmón y giraba mi cabeza para saber quiénes eran. Eran Candy y Cook, que también gritaron como locas y cayeron al suelo.

— ¡No grites de esa manera! ¡Casi nos mata del susto! — Al recuperarnos del susto, Candy me replicó muy enfadada.

— ¡Si no hubieras dicho eso, no hubiera había susto! —

Y Cook le tuvo que explicar que era su culpa: — ¡No lo podría aguantar, estaba muy intrigada! —

— ¡Ah, sois vosotras! ¡Gracias a Shiva, pensaba que…! — Di un gran suspiro de alivio, antes de hablar. Me callé, al darme cuenta de que no podría estar tranquila, esas idiotas me habían seguido hacia la boca del lobo. Grité, entonces, conmocionada: — ¡¿Qué hacéis aquí!? ¡¿Me habéis estado persiguiendo!? —

— ¡No era nuestra intención! ¡Solo que…! — Candy movía las manos y la cabeza de un lado para otro. Cook intervino, con su habitual sequedad:

— Te queríamos entregar esto, se te olvido. No salimos detrás de ti para seguirte ni nada parecido…—

Me entregaron una pequeña bolsa, de esas que te daban cualquier tienda de ropa famosa, o algo así. Miré adentro y casi iba a otro grito de horror, solo quedé boquiabierta. Dentro estaba la ropa que me dio el hombre, dándome cuenta de que eso era lo que se me había olvidado. Metí la pata hasta al fondo, solo deseaba con todas mis fuerzas que no hubieran visto la mancha de sangre en el pantalón. Las dos chicas me miraron con cara de sospecha, provocando más pánico en mi interior. Entonces, siguieron hablaron:

— Aún así, has estado actuando muy sospechoso. — No podría negarlo, la verdad. — Y no podríamos darte la bolsa hasta saber que te pasaba…—

Miré hacia atrás, intentando esquivar sus miradas, que me pedían que les explicara la situación, incapaz de encontrar alguna forma de librarme de ellas. Esto se había vuelto tan incómodo para mí que empecé a soltar sudor frio y algunas risas.

— Pues, verán señoritas…— Intenté volver a mi papel de caballero. — Yo solo volvía a mi casa, nada más. — Diciendo lo primero que se me ocurría para poder librarme de ellas. — No deberían estar tan preocupadas por mí, ¡no me pasa nada, de verdad! ¡Je, je! ¡Pueden volver a su apartamento tranquilas, y yo al mío! —

Las miré y vi que no estaban nada convencidas, lo normal. Dudé si seguir diciendo cosas o no, pero al final decidí esperar la respuesta que iban a lanzar. Después de mirarme con desconfianza, se miraron la una a la otra, poniéndose muy serias; mientras movían la cabeza de forma afirmativa.

Entonces, hablaron: — ¡¿Grace, qué hacemos!? ¡¿Nos vamos a casa!? —

— Andar todo este camino hasta aquí, solo para entregarle una bolsa me deja muy insatisfecha…— Puso un tono de voz muy tonto.

— ¡Ah, a mi también! ¡Quiero hacer algo más! — Candy hizo ruiditos y morritos, como si intentaba dejar claro de que estaba molesta o algo así.

— ¡¿Por qué no visitamos a la casa de Nehru!? ¡Siempre me ha hecho ilusión! —

— ¡Seguro que es impresionante, al igual que su dueño! — Gritó Candy, juntando sus manos, mientras ponía cara de niña ilusionada. Grace, con la misma actitud, le dio la razón, añadiendo un montón de alabanzas sobre lo hermosa que debía tener mi casa, comparándola conmigo.

En ese momento, me di cuenta de lo pretendían. Las puñeteras chicas iban a manipularme para conseguir lo que querían. En mi interior, me reí, no creía que iba a caer en su juego, que ni siquiera sabían hacerlo bien, se veía a kilómetros.

— ¡Ah, ¿en serio?! — Aún así, me puse rojo. Sus elogios estaban dando efecto. — ¡No me hagan sonrojar, no es para tanto! — Me dio un sobre salto, al darme cuenta de que estaban consiguiendo su objetivo. Sin salir de mi papel, tuve que resistir: — ¡Mejor no la veáis, es muy fea y os podría decepcionar! ¡Y no desearía algo así, por nada del mundo! — No iba a dejar que me derrotarán estas idiotas.

— ¡Vamos, Nehru, déjanos ver tu casa! ¡La curiosidad me está matando por conocerla! — Candy empezó a poner cara de cachorritos, mientras hacía todo tipo de gestos que intentaban parecer lindos y cautivadores.

— ¡No seas tan humilde! Seguro que es igual de exquisita que su dueño, sería un honor para mis ojos verlo por fuera y por dentro. — Por su parte, Cook, seguía lanzando más alabanzas hacia mi casa y mi persona.

Aún cuando sabía que lo hacían fatal, me estaba imposible resistirme a decirles que no. Creo que estaba tan acostumbrada a mi papel de buen caballero que me era imposible negarle nada a una mujer. Instintivamente, quería acceder a sus deseos para no quedar mal. Me pedí a mí misma que me resistiera, fuera como fuera, no podría dejar que me derrotarán.

— ¡Eso, eso, me estoy derritiendo por verla! — Puso sus manos sobre su cara y cerró sus ojos, intentando dar la impresión de que estaba imaginando mi casa como si fuera un palacio de ensueño.

— ¡Lo mismo digo, si te llaman príncipe es por algo! ¡Debes tener una casa de lujo, digna de comprarse y competir con las mansiones de los grandes príncipes de la India! — Y Grace hacia algo parecido que Candy.

Ya no podría más, mis ganas de actuar como un caballero, de contentar a las señoritas estaba a punto de salir.

— Pero es que…— Intenté resistir, pero ya era demasiado tarde.

Las dos chicas me miraron fijamente, poniendo unas caras de cachorrito aún más fuerte y demoledor que antes. Daba la fuerte impresión de que sus ojos estaban brillando de emoción por visitar la casa, con la intención de que me fuera imposible negarles. Un cuarto de lo mismo con las grandes sonrisas de presunto ilusión que mostraban. A continuación, dijeron:

— Por favor, ¡nos vamos a poner muy tristes si nos muestras tu casa! ¡Eres un caballero, y los caballeros jamás cometerían el error de hacer llorar a unas chicas, ¿verdad?! —

Esas palabras se escucharon como un eco dentro de mi cabeza, mientras sentía que caía a una especie de abismo. Al final, ya no pude más y mostré mis encantos:

— ¡Si insisten tanto, señoritas, les concederé ese deseo! ¡Hoy seréis mis invitadas de honor, espero poder recibirlas como princesas en mi humilde morada! —

Me acaricié mi cabello e hice una pose fabulosa, mientras les mostraba mi mejor cara, con una sonrisa encantadora y una voz sensual. En el fondo de mi ser, las maldecía y me insultaba a mi misma por haber caído ante tales artimañas, tan falsas y patéticas.

— ¡Muchas gracias, de verdad! — Gritaron las dos, mientras intentaban mostrarse alegres. — ¡Estamos muy agradecidas y felices de recibir ese honor, Nehru! —

— Me alegra mucho, hacer felices a las chicas es mi trabajo…— Añadí esto, sin darme cuenta de que lo dije con algo de desánimo.

En fin, no había remedio, tendría que llevarlas a mi casa, solo esperaba que no hubiera nadie en ese lugar. No sabía qué hacer, iba a meterlas a una fea situación. Si les decía la verdad, las involucraría. Y si nos encontrábamos con esos matones, también. Parecía como si el maldito destino me obligará a meterlas sí o sí a esta situación crítica.

Mientras caminábamos con aparente tranquilidad, aunque, dentro de mí, los nervios me estaban destrozando; hacia allí, las miraba de vez en cuando y las veía muerta de la vergüenza, tapándose la cara y preguntándose en voz baja qué habían acabado de hacer. No sabía si sentir pena o reírme de ellas.

Con el miedo metido en el cuerpo, iba lo más despacio posible por la calle, mirando por todas partes, buscando indicios sospechosos. No había ni un alma, parecía desierta. Aún así, esa tranquilidad me ponía nerviosa, era la calma antes de la tormenta. Al llegar a mi casa, la miré fijamente y trague saliva. Daba la apariencia de estaba como siempre, pero eso provocaba que esto se sintiera como una verdadera trampa.

— Yo creía que iba a ser más ostentosa, pero así está bien…— Cook lo comentó como si fuera una casa normalita y corriente, algo que me molestó muchísimo. Candy, por otra parte, gritó esto, boquiabierta:

— ¡Oh, es sorprendente! ¡Aunque no me lo esperaba tan moderno…! — Grito Candy, boquiabierta. Se llevo una buena impresión de mi casa.

Le tape la boca de golpe, por instinto. Su pequeño grito podría alertar a la gente que me perseguía que yo había llegado, en el caso de que estuvieran en mi casa, acecho.

— ¡¿Qué pasa!? ¡¿Por qué haces eso!? — Protestó Candy, muy molesta.

— ¡No es nada! ¡Solo pensaba en la gente que duerme por la tarde! ¡No m gustaría que se despertaran por nuestras voces! —

Ninguna de las dos se tragó aquella excusa, se quedaron mirando con una cara de pura desconfianza. Luego, lo ignoraron y Candy dijo:

— Bueno, perdón, cuando veo que me entusiasma, grito de emoción. En fin, ¡¿vamos a entrar de una vez!? —

Yo me quedé callado y con la mirada aturdida. Saqué la llave y la miré, y después la puerta.

Indeciso y aterrado, los nervios me estaban matando, mientras intentaba retrasar la inevitable. Tenía que entrar de una vez, pero no quería, sentía que me iba a arrepentir por hacerlo.

Entonces, vi a Candy y a Cook, mirándome fijamente. Parecía que les había contagiado, porque se les veía en sus rostros una preocupación y miedo, tal vez preguntándose qué me estaba pasando, qué cosa tan terrible debía estar pasar pasando que no deseaba entrar. Como sabía que, de un momento para otro, ellas se atreverían a preguntarse, decidí no prologar más la agonía.

— Todo o nada. — Dije en voz baja, mientras tragaba saliva de nuevo e inspiré fuertemente. Con una actitud decidida, me dirigí a la puerta y la abrí, poquito a poco.

Todo estaba en silencio, las luces estaban apagadas, la casa aún estaba llena de trastos tirados por todo el suelo, algo que me desanimó bastante, por otra parte. Parecía como si no había nadie. Di un fuerte suspiro de alivio y me entraron ganas de llorar de felicidad. Ni esa chica ni esos matones estaban ahí, estaba a salvo por el momento.

— ¡¿Qué ha ocurrido aquí!? — Eso me decían las dos, muy desconcertadas por el estado del salón. — ¡Parece como si te hubieran robado…! —

Yo me reí de forma nerviosa, dejándolas más aturdidas aún, mientras me preguntaba cómo podría explicarles lo del robo.

Entonces, alguien pegó de forma delicada la puerta de la calle, aún abierta. Me quedé congelada durante unos segundos, incapaz de mirar hacia atrás y comprobar quién era. A continuación, se oyó su voz:

— Buenas tardes, a todos, ¿¡interrumpo algo!? —

Sentí unas ganas horribles de gritar maldiciones, al ver que me había pillado. Era la voz de esa chica, la misma que se estaba pasando por mí, la que me drogó y decidió pedir a sus matones que me matarán. Estaba detrás de mí, presentándose como si fuera una jovencita educada. Temblando de terror, me decía a mí misma que estaba condenada y me preguntaba sin parar qué podría hacer, cómo salir de esta situación.

— No, por supuesto que no. — Por su parte, algo sorprendida, Candy y Cook le respondieron con toda la normalidad del mundo. — Acabamos de llegar. — No solo me metí en la boca del lobo, también las arrastré.

Además, me di cuenta de que estaba hablando en inglés. Bueno, era casi inentendible, hablaba como el típico estereotipo de un nativo americano en una película del oeste, pero era inglés.

Menos mal, creí que hablaban con querido Nehru sobre asunto importante y no desear molestar…

Candy y Cook tardaron en hablar, no sé si parecían sorprendidas o es que intentaba traducir lo que le dijo aquella chica.

—  ¿¡“Querido Nehru”!? — Entonces, soltaron esto.

Yo también me quedé un poco aturdida, ¡qué irónico de su parte decir que yo era su “querido Nehru”, después de drogarme y secuestrarme para poder ser eliminada por sus matones!

— Entonces, debes ser una amiga de Nehru…— A continuación, Candy habló, después de dar un grito de sorpresa. — Obvio. — Añadió con su sequedad habitual, Cook, mientras la otra se presentaba. — Yo soy Candy, ¡mucho gusto! —

No soy amiga, sino algo más…— Entonces, aquella bruja, no contenta con decir aquellas palabras, soltó esto.

Sentí como si mi cabeza iba a sufrir una especie de cortocircuito, yo me preguntaba con total consternación si no lo estaba diciendo en serio, qué era una especie de broma macabra o algo así.

— ¡¿No solo…!? — Añadió Candy, mucho más confundida.

— No puede ser, ¿¡entonces tú…!? — Y Cook, con más luces que la otra, gritó de sorpresa, incapaz de poder asimilarlo. Me miró y vio mi cara igual de aturdida que la suya, algo que solo provocaba que estuviera muchísimo más consternada.

— ¡¿Es su hermana!? — Candy, después de ponerse a pensar, llegó a esta conclusión. — ¡Se nota que os parecéis! —

Incluso esa bruja la miró mal al ver que no acertaba, aún cuando se daba cuenta de nuestro parecido. Tanto a Cook como a mí nos entraron ganas de taparnos la cara con las manos de la decepción.

— ¡No es eso, Calandy! ¿Ese es tu nombre, no? — Rió de forma dulce, aunque yo lo noté como si fuera la risa de un terrorífico akuma. Candy, quién se lo tomó a risas, le dijo que así no se llamaba.

— Soy Kasturba Makhanji,… — Apreté los puños de la rabia al ver cómo estaba utilizando de nuevo mi nombre. Entonces, lo dijo, mientras hacía un namaste: — ¡Prometida de Nehru! ¡Salam alaikum! —

Las dos chicas se quedaron petrificadas, como si les hubiera mandado una especie de maldición. Yo igual, aunque ya sabía que lo iba a decir. Es más, sentía ganas de chillar, incapaz de asimilar que ella fuera capaz de decir una mentira tan rastrera y comprometida.

Bien, ¡genial! No solo había robado mi identidad, sino que, sin vergüenza alguna, les dice que soy su “prometido”, ¡¿qué le pasaba por la cabeza!? La situación cada vez se estaba volviendo más descabellada.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Séptima parte, centésima decimonovena parte.

Pasaron veinte minutos desde que salimos de aquel polígono industrial y, tras cruzar el rio Malyytavda, se empezó a divisar la ciudad, muy a lo lejos. Quedaban unos pocos kilómetros para llegara a ella, tenía que ponerme a pensar en dónde debía bajar y cómo llegar al aeropuerto o al puerto de la ciudad de Bogolyubov. Podría haberle obligado al pobre hombre a que llevará hasta ahí, pero tenía que pasar por mi casa para conseguir el dinero que me quedaba y salir de la isla, algo que no podría hacer mientras le hacía creer que llevaba una pistola apuntándole al estomago. Ni tampoco deseaba robarle, ya me había pasado tres pueblos y no deberá alargar la lista. Así que estuve pensando con todas mis fuerzas lo que tenía que hacer:

— Je, je, ¡¿y cómo le va todo, señor ladrón!? — Y el maldito conductor no me dejaba en paz, intentaba darme conversación. — ¡¿Has conseguido muchísimo dinero últimamente!? —

Y llevaba así durante un buen rato.

— ¡Bueno, podrías presentarte y decir tu nombre, por lo menos! ¡N-no es por querer sacarle información ni nada parecido, solo quiero hacerme amigable con usted! ¡Je, je, je! —

No sabía qué cara poner al verle intentar que yo le dijera cosas para obtener pistas para la policía. Menos mal que no era un ladrón de verdad, sino ya le hubieran volado los sesos al hacer una cosa así de una forma tan torpe y patética. Bueno, habrá que reconocer su atrevimiento.

Yo, por mi parte, me mantenía callado, esperando con paciencia que llegará de una vez a la ciudad, o alguna parte en dónde pudiera salir.

Entonces, el hombre frenó de golpe y yo casi me iba a chocar contra el cristal. Le grité esto: — ¡¿Pero qué haces, ves que casi nos íbamos a matar!? —

Él ignoró mis palabras, se le olvidó de que le estaba apuntando con una supuesta pistola, e intentó salir por la ventana, sin acordarse de que podría abrir la puerta, con una grandísima desesperación.

— ¡Ayuda, policía! ¡Ayuda! — Supe enseguida porque saltó de esa manera, se veía un coche de policía a lo lejos. Aparecieron en el peor momento.

Lancé todo tipo de insultos en mi idioma natal, mientras salía como una loca del coche y corrí al bosque como si quería ganar una maratón.

El maldito gritaba de forma histérica, mientras intentaba señalar mi partida. Bueno, es lógico que lo haga, ni debería ni insultarlo, yo haría lo mismo en su lugar, En esos momentos, solo deseaba romperle la cara o hacer alguna otra forma de callarlo para que no hiciera pensar a la policía que yo quería robarle. Al final, al ver que los policías ya se acercaban a él, yendo con total normalidad, como si no estuvieran escuchando una persona pidiendo auxilio; que olvidarse de aquel para centrarme en lo importante: Correr.

No sé cuánto corrí, pero cuando me detuve, vi que había atravesado el bosque y había llegado a un barrio residencial. Caí al suelo de bruces, inspirando y respirando como si había estado a punto de ahogarme. Me limpiaba la frente del sudor, mientras miraba como el cielo ya se estaba iluminando por el sol. Me pregunté a qué hora estábamos, parecía como si hubiera perdido mi percepción del tiempo, la noche se sintió eterna.

Aún así, tuvo que pasar un buen rato para que pudiera pensar en buenas condiciones.

« ¡Por todos mis antepasados, la cosa cada vez está peor! », pensaba para mis adentros. «Ahora no solo una chica me ha robado mi identidad y, con un grupo de matones, me quiere eliminar, sino que la policía también irá a por mí. »

Y lo peor de todo es que me di cuenta de que podría haberme entregado a la policía, así tal vez podría estar protegida por ellos. También pensé si hacerlo o no, pero veía que ya no había otra alternativa. De alguna que otra manera me convertí en una fugitiva.

Se me descomponía la cara y se me llenaba la cara de lágrimas por la frustración que sentía al ver todo lo que había ocurrido. Se sentía como si fuera una absurda pesadilla, me costaba asimilar que, en cuestión de días, hubiera pasado de una vida normal en esta isla del Pacifico en una huida por salvar mi pellejo. Era ridículo.

Pero no tenía tiempo para lamentos, yo debía levantarme de una vez e ir a mi casa, para coger el dinero que me quedaba e irme de aquí rápido. No podría descansar más. Lancé unos suspiros y me levanté con muchísima dificultad, mis piernas no querían responder, aún no se habían recuperado de la caminata.

 

— ¡Ay! El dolor ahora es más fuerte… — Protestaba, mientras ponía mi mano sobre mi cabeza. Sentía como si un taladro atravesara mi cabeza de oreja a oreja. Y no era solo eso. — Parece que la carrerita que he tomado me ha hecho mucho daño. —

Durante todo este tiempo aún me dolía la cabeza, aunque bajaba poquito a poco de intensidad. Un cuarto de lo mismo con el resto del cuerpo y las ganas de vomitar seguían ahí. Y con la carrera que di el dolor aumentó a los niveles que tenía cuando desperté. Y eso añádale al hecho de que empezaba a sentir algunos cólicos muy molestos.

— ¡¿Esto es por culpa de la droga o qué!? ¡Jamás me he sentido tan mal en mi vida! ¡¿C-cómo podré llegar a mi casa así!? — Yo pensaba en voz alta, entre gritos de dolor, lamentos y quejidos, mientras empezaba a caminar. No podría describir muy bien lo horrible que me sentía.

Incapaz de distinguir en qué lugar de la ciudad estaba, ni de saber dónde tenía que ir y sacando un esfuerzo titánico para no descansar, yo anduve por las calles por un buen rato, para no decir horas enteras.

Al final, acabé en un parque situado en el centro de la ciudad, agotado y aquejado por el dolor. Miré al cielo, lleno de nubes; di un gran suspiro e intenté beber en una pequeña fuente. Lo único que hice era meter la cabeza dentro, mojándome toda la cabeza en el proceso, y quejarme un montón. Atraje la atención de ciertas personas, como de algunos niños, que le preguntaban a sus madres qué hacía; y la de dos personas que se habían acercado a mí para preguntarme si estaba bien.

Y para mi desgracia, eran dos conocidas.

— ¡¿Nehru!? ¡¿Eres tú!? — Oí estos gritos de sorpresa, a la vez que escuchaba como se acercaron a mí a toda velocidad para sacarme la cabeza de la fuente. — ¡¿Qué estás haciendo!? —

Estaba más concentrado en el dolor que los sonidos me producían que ni podría reconocer sus voces: — ¡¿Q-quienes me llama!? ¡No griten tan fuerte, por favor! —

Tuve que sacar mi cabeza de la fuente para poder verlas. Al ver quiénes eran, me tuve que poner recta e intentar comportarme como un caballero, no podría dejar que ellas me vieran de esa forma:

— Ah, ¡buenos días, señoritas! — Me incliné y les besé las manos con gran gentileza, o eso intentaba. — ¡Q-qué coincidencia verlas p-por aquí! ¡Por si recuerdo mal, sois amigas de Mao, ¿verdad?! ¡Cock y Candy, ¿no?! —

Maldije sin parar en mi interior la aparición de aquellas dos chicas, que quienes también tienen una especie de amistad con Mao. Una de ella es Candy. Es una típica fanática de los comics y cosas parecidas, y como muestra de esto, en aquel momento, llevaba una camiseta con la imagen de una cosa muy fea llamada Deadpool o algo así. La otra es Grace Cook, una chica con la apariencia total de un burócrata muy gris, aunque es buena chica en el fondo. Y creo que me tenía un poco de manía, no sé si es por su mirada fría, pero me ve con cierta hostilidad.

— Mi nombre es Cook. — Me replicó ella, algo enfadada, mientras se ajustaba las gafas.

— Oh, mis disculpas, espero no haberla ofendido. — Reí nerviosamente, mientras me maldecía a mí misma por cometer un error tan idiota, estaba quedando mal como caballero.

Aunque, lo más importante era quitarse de medio, y enseguida. No dejaba de recordar lo que me dijo aquel hombre, que no debía involucrar a nadie. La cuestión era cómo hacerlo.

— ¿¡Te ha pasado algo!? ¡No tienes buena cara! — Me preguntó Candy, con una grandísima cara de preocupación.

— ¡No se preocupen, dulces damas! ¡E-estoy con una rosa! — Intenté mostrarles buena cara, actuando de la forma más fabulosa posible.

— Pues como lo vemos nosotras, es todo lo contrario. Creo que tenemos que llevarte al médico…— Después de lanzar un suspiro, añadió esto.

— ¡No, no, al médico, no! — Le grité como loca, a punto de salirme de mi papel. Menos mal que pude controlarme. — Bueno, con solo volver a casa y descansar un poco, podré ser el mismo Nehru de siempre. —

Intenté alejarme de ellas, mostrando una posición muy elegante; pero casi caí perdí el equilibrio, siendo sujetada por las dos chicas.

— ¡Ni siquiera puedes caminar bien! — Me decían las dos. — ¡Eso es verdad, estás muy pachucho! ¡Te ayudaremos a ir al hospital! —

Sentí mi orgullo un poco herido al ver que tenía que ser ayudada, cuando tenía que ser al revés. Aún así, seguí insistiendo:

— ¡Mirad, queridas gatitas, un caballero como yo no puede ser un lastre para vosotras! ¡Yo mismo puedo volver a casa, sin necesidad de que me tengan que soportar! —

— ¡Deja de hacerte el gallito! ¡No estás en condiciones para comportarte así! — Con un tono grave y casi hiriente, Cook me hizo callar. Eso fue muy hostil por su parte, me sentí muy entristecida, preguntándome si ella me tenía manía o algo así.

Entonces, esas dos empezaron a llevarme sin que yo pudiera resistirme, mientras maldecía mi mala suerte o al karma o lo que sea por haberlas hecho aparecer en el peor momento. Mientras no paraban de preguntarme cosas, a las cuales contestaba con muchísima ambigüedad, observé que habían ido al supermercado, ya que tenían en su mano bolsas llenas de comida. Le costaron mucho encontrar la manera de llevarlos al mismo tiempo que hacían lo mismo conmigo, pero lo consiguieron, de alguna forma. Y así es cómo me llevaron a su apartamento, que estaba muy cerca, casi al lado.

— ¡Perdón por el desastre! ¡Es que nos hemos levantado muy temprano y no nos ha dado tiempo para nada! — Rió nerviosamente Candy, después de haber entrado en el apartamento. Se le veía muy bien en la cara como se estaba muriendo de vergüenza.

— No intentes mentir, llevamos horas despiertas, incapaces de decidirnos para limpiar este desastre. — Le replicó Cook, con su típica cara seria. Aunque también se le veía avergonzada.

— ¡Vamos, Cook! ¡Así quedamos fatal, es solo una mentirijilla! —

— De todas formas, esa excusa no nos ayudará en nada…—

Y tenían razón, no importa qué excusa, el apartamento parecía como si fuera el típico patio trasero de una casa o una calle de la India. No debería reprocharles, porque tengo que contratar a limpiadoras para que limpien mi casa ni he tocado ni un plumero. Aún así, para un hindú, la casa debe estar muy pulcra, da igual afuera de ella, la suciedad pertenece a la calle, está en su lugar; y ver eso me ponía un poco mala.

— ¡No se preocupen, lindísimas…! — Me solté de ellas, intentando andar por la casa, mientras lanzaba horribles quejidos por mi dolor de cabeza, y el de estomago. — Pero, ¿¡p-por qué m-me han traído a su casa…!? —

Sin darse cuenta, ellas se pusieron en la boca del lobo. Tenía que irme de ahí cuanto antes, o si no podría ser víctimas de esa gente.

— ¡Relájate, príncipe! — Me hablaba Cook de forma descriptiva, mientras me obligaban a sentarme en el sofá. — Descansa un poco en nuestra casa, a ver si te mejoras algo. Podríamos llevarte a urgencias, pero me imagino que te resistirías a eso. —

— ¡Si no te pones bien, habrá que llevarte! — Añadió Candy, muchísimo más amigable que su amiga.

Tenía ganas de decirles que yo no podría relajarme, que tenía que salir de la isla, y rápido; me estaban persiguiendo y me querían matar. Me callé, más ocupada en soportar mis dolores que en otra cosa. Y el estomago se me estaba haciendo insufrible, recordándome en una ocasión en que comí un Kati roll contaminado y me mandó al hospital una semana y medio. Los cólicos se estaban volviendo igual de fuertes que eso.

— ¡¿Quieres algo!? ¡¿Necesitas una pastilla o algo!? — Y eso provocaba que las chicas estuvieran de los nervios. Candy no podría estar quieta, yendo de un lado para otro, para buscarme algo para mejorar mi salud.

— ¡Para, Candy! ¡La automedicación no es buena! — Cook intentaba mantenerse serena, pero el nerviosísimo de su compañera de piso, a la cual intentaba tranquilizar, la alteraba.

— ¡Ah, es verdad! ¡Pero es que no se ve nada bien, mira su cara, parece que está a punto de morir! ¡Deberíamos llevarlo al hospital! — Parecía que ella estaba mucho más enferma que yo, estaba cerca de darle un ataque de nervios. Yo me pregunté si de verdad estaba tan mal como me veían.

— ¡Tranquilízate, les vas a poner peor con tus nervios! — Y tenía que darle la razón a Cook, el nerviosismo de la otra ya me tenía negra.

Entonces, decidí intervenir. Yo tenía que tranquilizarlas antes de que me dieran un ataque de nervios y evitar que me llevaran al hospital Tenía que sacar mi faceta de caballero y buscar las mejores palabras para aliviar sus  corazones, mientras me mostraba segura y genial. Me levanté y dije:

— ¡No se alteren por tan poca cosa! ¡Puede que el dolor sea más fuerte de lo que parece, pero me da mucha más tristeza y miedo que vosotras estéis así de asustadas por mi salud! ¡Tranquilizaos, no hay necesidad de sentir preocupación hacia mí, no quiero que tengáis que sufrir por mí, mi corazón no lo soportaría! —

A pesar de todo el dolor que sentía, pude tranquilizar a las señoritas con mi buen tacto y gentileza.

— ¡Incluso cuando está enfermo, no pierde oportunidad en lucirse…! — Bueno, solo a una. La otra me miraba con mala cara y dijo esto con voz baja, dándome cuenta de que, en realidad, ella ya se había cuenta de que pasta estaba hecho yo. O eso parecía en aquellos momentos.

— ¡No te preocupes, Nehru! ¡No quiero preocuparte de más! — Por otra parte, Candy me miraba maravillada, después de agachar su cabeza como señal de disculpa. Como era de esperar, la había deslumbrado.

Entonces, como guinda del pastel, yo decidí mostrar mi mejor sonrisa y una postura de modelo, antes de agradecerle el gesto con más palabras bonitas. Y los dolores me tuvieron que arruinar el momento, cuando sentí un fuerte deseo de ir al servicio, convirtiendo mi hermoso gesto en uno de horror, de esos que te desmayarían del susto al verlo.

— ¡¿Y ahora qué ocurre…!? — Gritaron las dos, aterradas. — ¡¿Qué te pasa!? —

— ¡T-tengo que ir al servicio, y rápido! — Fue lo único que pude decirles, mientras instintivamente ocultaba mi entrepierna con mis manos y salía corriendo en busca del servicio con gran desesperación.

Lo peor es que yo sentí que algo había salido de mi interior, casi me daba ganas de desmayarme si veía que había hecho mis necesidades encima. Al llegar al lavabo, me di cuenta de que era otra cosa.

— ¡Mierda, la menstruación! — Me tapé la boca al instante, al ver que dije eso.

Vi como mis pantalones estaban manchados de aquella vomitiva sangre, procedente de los ovarios. Me sentí algo confundida, no esperaba que viviera tan pronto. Bueno, pensaba que me iba a venir unos días después, no en ese.

— ¡¿Habrá sido causa de la droga o qué!? — Pensaba en voz baja, aunque me pedía a mí misma que me mantuviera callada. — Bueno, ya no importa, ¿¡ahora qué hago!?  — Di un gran suspiro.

Y lancé otro más de alivio, al ver como el dolor desaparecía tan pronto como se me salió la sangre. Algo anormal, ya que la menstruación casi no lo noto, tanto en la cantidad como en la ausencia de molestias. Pensé que la droga que me dieron fue la culpable, pero no le di muchas vueltas. Ya que, empecé a sentirme mejor.

— ¡¿Estás bien!? — Me preguntaban las dos desde la otra parte de la puerta, con gran preocupación. — ¡¿Cómo te encuentras, Nehru!? —

— Ya estoy mucho mejor. Creo que debe haber sido producto de alguna molesta indigestión, nada grave. — Reí, antes de callarme y prepararme para lo peor: — Por cierto, no es mi intención molestaros, pero… ¡¿podrían hacerme un pequeño favor!? —

Aún así, la humillación ya estaba hecha, mi imagen caballeresca en ellas se iba a resquebrajar por culpa de este desagradable incidente. Con muchísima pena tuve que decirles que me trajeran nueva ropa de hombre, que la mía se había manchado. Deseé con todas mis fuerzas que tragara la tierra.

A continuación, mientras ellas me dijeron que iban a buscármela, aunque no sabían cómo; me quite toda la ropa e hice todo lo posible para enredar el pantalón y la ropa interior para ocultar las manchas de sangre. De paso, me di una ducha, aprovechando el hecho de que estuvieran tardando tanto, sin saber de que se tuvieron que ir a una tienda para conseguir mi recambio de ropa. Lo que me dieron me quedaba grande, pero se podría usar.

— ¡¿Te quedan bien!? — Yo le respondí a Candy que sí. Cook añadió esto: — ¡Menos mal! ¡Nos hemos gastado un ojo de la cara por eso! —

— ¡No pasa nada, consideremos esto como un regalo de cumpleaños para él! —

— ¡No importa, os pagaré lo que debo! ¡No voy a dejar que vuestro dinero haya sido desperdiciado en vano! ¡No es algo que debería hacer un hombre como yo! — Les dije eso a Candy y a Cook, para quedar bien. En realidad, ni siquiera creía tener la posibilidad de poder volver a hablarlas, así que no verían, con total seguridad, su dinero.

Tras vestirme, inspiré y respiré varias veces, me golpeé las mejillas de una forma muy suave, me lavé la cara y me miré al espejo. Casi di un grito al verme, parecía un amargado. Tuve que forzarme a sonreír y volver a ser el elegante y hermoso caballero de siempre, mientras hacía todo tipo de poses. Esto no era más que una forma de prepararme mentalmente para lo que podría venir a continuación. Mi plan seguía siendo ir a mi casa, coger todo lo que me queda de dinero e ir al aeropuerto. Ya que estaba mucho mejor, creía que iba a ser sencillo.

Al verme preparada, decidí hacer mi primer paso: Salir del maldito cuarto de baño y despedirme de aquellas dos:

— ¡Muchas gracias por todo, señoritas! ¡Gracias a vuestra ayuda, ya me encuentro mucho mejor! —

— ¡No hay de qué! ¡En mis animes dictan que lo correcto es ayudar a los demás, no importa cómo! ¡Sí, están llenos de valores! — Candy reía como idiota, mientras yo intentaba traducir lo que intentaba decir. Por lo menos, no fue tan seca como la de Cook.

— Era nuestra obligación como personas, supongo…— Hablaba como si la hubieran forzado para ayudarme. — Menos mal que esto no ha pasado a mayores. — Se le oía tan mecánica, que dudaba mucho de su sinceridad.

— Ahora, sin más preámbulos, tengo que irme a mi casa, ¡hay muchas cosas que hacer! — Les besé las manos como señal de despedida y añadí, estas palabras intentando parecer muy emotivo, mientras salía de su casa:

— ¡Adiós, adiós con todo mi corazón, mis queridas amigas! ¡Ha sido muy bonito conocerlas y pasar buenos ratos con ustedes! ¡Algún nos volveremos a ver! ¡Algún día! —

— ¡Qué exagerado eres, Nehru! ¡En fin, hasta otro día! — Decía Candy entre risas, sin saber realmente que yo me iba de verdad de la isla. Cook solo sacó un suspiro de molestia al verme así.

Más o menos, esto se pudo sentir como si fuera una despedida de verdad.

Al salir del edificio, me parecía oír la voz de Candy, llamándome, pero no le di importancia. Más bien, lo ignoré, tenía que alejarme de ellas lo más rápido posible, fuera como fuera.

Lo que no me di cuenta en ese momento es que me olvidé de algo en su apartamento, pero no parecía nada importante y ni siquiera me interesaba recordarlo. Me iba a arrepentir mucho de aquel estúpido olvido.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Última parte, centésima decimoctava historia.

Bueno, ya hemos llegado al fin de esta historia, o más bien al epílogo. Ha sido más largo de contar de lo que creía, y creo que no me he olvidado de nada imprescindible. Ahora les resumiré las cosas que vinieron después de esto, lo que pueda.

Después de que esa mujer desapareciera, nos pusimos a pensar en qué hacer con los amantes chiflados de la naturaleza, que se despertaron y, al ver perdieron la batalla, lloriqueaban en un rincón sin ninguna ganas de hacer nada. Bueno, unos tuvimos que quedarnos a vigilarlos, mientras otros se fueron en coche al pueblo más cercano para avisar a la policía, situada a más de veinticinco kilómetros. Tardaron como tres horas en irse y volver, ya que se perdieron varias veces por el maldito bosque. En fin, al regresar, se trajeron varias patrullas.

— ¡¿Entonces, según vosotros, eso es todo lo que ha pasado!? — Eso nos preguntaba uno de cientos de policía, mientras anotaba todo lo que nosotros habíamos vivimos. — ¿¡No creen que es algo difícil de creer!? — Bueno, le doy la razón, había algunos puntos que llegaban a ser muy absurdos. Si yo fueron él, también dudaría.

— ¡Es cierto, es toda la verdad! — Aún así, le pedimos que hiciera el favor de creer aquella historia tan loca. — ¡Tiene que creernos! —

Se rascó la cabeza de forma dubitativa, preguntándose si hacernos caso o no. Al final, hizo como si nos creía, porque se le veía en la cara, y en sus palabras, que no era una exageración por nuestra parte:

— Bueno, bueno, supongo que tiene sentido, pero…— Entonces, el policía empezó a regañar a Ekaterina y a los demás que nos rescataron. — ¡¿Por qué vosotros habéis tenido que ir a rescatarlas!? ¡Ese es el trabajo de la policía, no de vosotros! — Luego, se dirigió a Mao, que lo habló con una gran familiaridad. Él le llamaba al agente por su nombre, dejando que se conocían muy bien. — ¡Sobre todo te lo dijo a ti, Mao! ¡En serio, siempre te veo en algún problema, siempre! ¡Debe ser la cuarta o quinta vez que te involucras en un secuestro! ¡Y esto es solo la punta del iceberg, ¿qué te crees, una heroína o qué?! —

Parece ser que Mao era demasiado conocido en la comisaria, todo los policías de la zona deben de conocerle o algo así.

Mao, al ver que lo estaban regañando, dio un gran suspiro de molestia y le dijo:

— Ya me gustaría a mí no meterme en estas cosas, pero siempre acabo de alguna manera…—

El policía le quería algunas cosas, pero le ignoró con gran desánimo, yendo al coche alquilado con la idea de dormir ahí dentro. Andaba como si fuera un muerto, con una cara de alguien que daba la apariencia de que apenas tenía ganas de vivir. A todos nos preocupó verle así, incluso el mismo policía:

— ¡¿Está ella bien!? ¡¿Le ha pasado algo!? ¡La veo muy deprimida, no es la misma Mao de siempre! —

No pudimos contestarle, nosotros tampoco sabíamos muy bien lo que le estaba pasando con él.

Nuestra preocupación por Mao fue interrumpido por los gritos de júbilo y de felicidad de las personas que nos secuestraron.

— ¡¿No hacia hace un momento que estaban llorando!? ¡¿Por qué ahora están celebrando!? — Nos preguntaba Candy, igual de desconcertada que el resto.

— Jamás había visto a gente tan feliz de pasar una temporada en la cárcel…— Dijo Jane.

— Es por las últimas noticias. El proyecto de buscar petróleo ha sido detenido. Por ahora, las marismas no serán usadas. —

Entonces, Nabila apareció y nos dijo la razón. Ahí ya tenía sentido.

— ¡Somos unos héroes! — Alzaban sus manos esposadas, con caras y lágrimas de enorme felicidad. — ¡Hemos salvado a la naturaleza! — Hasta se abrazan entre ellos ante la incomprensión de los policías que los metían en las múltiples patrullas. — ¡Hurra, hurra! —

A pesar de todo esto, se había conseguido el objetivo por el cual nos había secuestrado. A pesar de que escapados de sus garras y la jefa que había comandado esta operación se retiró, acabando este secuestro en saco roto; la persona que ordenó esto, el cliente, consiguió lo que deseaba. Una sensación agridulce invadió mi cuerpo.

— ¡¿Esto es en serio!? — Aún así, me era difícil asimilarlo.

— Déjalos, hermanita. Si están felices así, pues no le vamos a quitar la alegría. — Me dijo Jane.

— Final feliz para todos, ¿eh? — Añadió Candy con una sonrisa forzada.

Podrán haber salvado las marismas, pero pasarán una temporada entre rejas, siendo considerados por todos como unos lunáticos sin remedio. Han salido perdiendo, aún así, no soy nadie para decirles que no se pongan felices.

Ignorando a estos merluzos, que tardaron un buen rato en dejar de gritar a todo volumen que eran unos verdaderos héroes, me acerqué al todoterreno para hablar con Mao:

— ¡¿Estás bien!? ¡Pareces más vaga que de costumbre! — Le pregunté a Mao, quién tardó en contestarme, como si le costaba responderme o no sabía qué excusa decirme para no centrarme en su tristeza.

— No sé. Si te diría que sí, sería una mentira…— Con gran sinceridad, me respondió esto. Estaba tan desanimado que era incapaz de levantarse de los asientos traseros en dónde se había acostado para poder hablar cara a cara conmigo.

Entonces, me quedé atrancada, no sabía qué decirle. Aún así tenía que continuar la conversación y animarle de alguna manera, evitando algún tema que le podría sacar de sus casillas. Entonces, recordé mi propia experiencia e intenté hablar:

— Bueno, yo…— Entonces, Mao me interrumpió y me dijo: — Lo siento por preocuparte, no hace falta que digas nada más. Por mucho que lo oculte, ya es visible para todos…—

Se escuchó un resoplido por su parte, como si fuera una manera de expresar su descontento por poder a todos tristes. Le comprendí bastante bien, sabía bien lo que estaba sintiendo. Y eso me dio más fuerzas para hablarle de mi propia experiencia, para dejar claro que no estaba solo, que todos sufríamos eso en algún momento de nuestras vidas. Con seriedad y afabilidad, le dije:

— Yo también estuve así, durante unos pocos días. No tenía ganas de hacer nada, solo lo veía todo negro, sentía que todo apenas había sentido para mí. Pero, al final, lo pude superar, a pesar de todo…—

Mao se mantuvo callado, así que yo seguí hablando: — No sé qué tipo de problemas tendrás o cómo de graves deben ser, pero lo podrás superarlo. Si lo hice yo, que soy muchísimo más débil que tú, lo conseguirás…—

Inesperadamente, Mao se levantó un poco y parecía tener cara de echarme en cara que todo lo que decía yo era ánimos inútiles, que en vez de haberle animado, le había provocado indignación; a gritos. Pero no lo hizo, ya que cuando abrió la boca, soltó esto con tranquilidad:

— ¡¿Por qué piensas eso!? ¡Tú, lo has podido superar en unos cuantos días, llevo meses atrapado en esta puta mierda, incapaz de ver la salida! ¡Yo creo que eso al revés…! —

Me miraba perplejo, como si no entendía que él fuera fuerte. Pero lo era, lo demostró y lo estaba demostrando. Así que, sin ningún atisbo de duda, le dije, mientras me ponía bien las gafas:

— Yo no digo las cosas por gusto, nadie con depresión se lanzaría sin pensarlo a salvar a una amiga que ha sido secuestrada, salvo tú. A pesar de tus profundos problemas, los dejaste a un lado y viniste a rescatarme, junto con Ekaterina y los demás. Por mi parte, estuve sumergida en esos terribles sentimientos, incapaz de mover un dedo para ayudar a los demás. Lo único que pensaba en mis desgracias y en mi sufrimiento. Por eso, eres más fuerte que yo. —

— Ya veo… Tiene mucho sentido… — Rió levemente, mostrando una tímida sonrisa. Creo que le animé un poco y reconozco que me hizo feliz. Al ver mi rostro, él añadió, mientras me daba un abrazo: — Gracias, espero que mi fuerza me ayude en salir de esto. — Me puse muy roja y alterada, entre chillidos nerviosos, le decía que no era nada, mientras salía corriendo.

— ¡Bueno, bueno, me alegro que eso te haya ayudado! ¡Ah, mi hermana me está llamando, me tengo que ir! — Lancé una pequeña mentirijilla para no fuera tan evidente que yo estaba saliendo corriendo como una gallina porque no me esperaba tal abrazo. En serio, fue de golpe, no supe cómo reaccionar bien. Solo duró unos pocos segundos, pero fue demasiado para mí. Y me costó olvidarlo durante un buen rato, no dejaba de recordar cómo se sentía al notar como sus brazos me rodearon y su cuerpo se tocaba con el mío. No piensen nada raro, es que no estoy acostumbrada a este tipo de cosas.

Y creo que me dijo algo más, pero fue tan débil como un susurro, que da lugar a que me lo había inventado. Era esto, o lo que creí oír, no estoy muy segura: — Ojalá mi fuerza me saque pronto de esto. No puedo dejar que los demás sigan preocupándose…—

Al poco tiempo, aparecieron los padres de Jane, que se abalanzaron hacia ella entre ríos de lágrimas:

— ¡Gracias a Dios que estás bien, que ya estás aquí con nosotros de nuevo! ¡No sabes todo lo que he sufrido al saber que estabas secuestrada! —

Eso gritaba su madre mientras la abrazaba con todas sus fuerzas, como si intentaba que nadie más se la pudiera quitar de nuevo. Su hija la intentaba tranquilizarla, diciéndole que ya estaba bien; pero no se la pudo quitar de encima, ella la abrazó durante largos minutos.

Y a su lado, estaba su padre, que decía: — ¡Lo siento Jane, de verdad! ¡Yo no quería que pasase esto! ¡No lo deseaba! ¡De verdad! — Al parecer, se sentía muy culpable y arrepentido.

A pesar de todo, me sentí feliz al ver esa escena desde la lejanía. Ella, al cambio que yo, tenía a unos padres que le querían de verdad. Me alegré por su buena suerte.

— ¡¿Está bien que no entrés en escena!? ¡Tienes asuntos que tratar con ese hombre que es tu padre! — Me preguntó Ekaterina y yo le respondí:

— Ya da igual, no me voy a entrometer en dónde me llaman…— De todas maneras, él me seguiría odiando, tal vez incluso se creería que yo tuve algo de culpa en todo esto y me lo reprocharía. Por ahora, lo mejor era que no me viera. Con esa idea en mente, decidí quitarme del medio antes de que él me viera, pero, entonces, alguien me gritó:

— ¡Espera! — Era el padre de Jane, mi padre; que me detuvo y me dijo con voz seca y severa: — ¡Tendré que darte unas disculpas, creía que utilizaste a mi hija por robar documentos importantes, pero no ha sido cierto! — Y se quedó callado, con cara de decirme algo, pero que no se atrevía. Al final, su orgullo le concedió la capacidad de soltar estas simples palabras, aunque fuera a regañadientes:

— ¡Lo siento! — Se le notaba que le dolía muchísimo reconocer que se equivocó conmigo.

Yo tardé en responder, dudando entre mandarle a la mierda o agradecerle ese gesto:

— Supongo que los aceptaré…— Al final, también a regañadientes, le dije esto. Ya que se había dignado a disculparse, lo mínimo era aceptarlo. No era suficiente, pero es mejor algo que nada.

Y con actitud altanera, me dio este honor, antes de alejarse de mí con desprecio: — Puedes seguir siendo amiga de mi hija, te dejaré ese privilegio…—

Él no tuvo el valor para reconocerme como hija y seguía odiándome con todas sus fuerzas, viéndome como la mujer que tanto le enferma; pero pudo aceptar que su niña, mi hermana, siguió juntando conmigo.

Y hablando de aquella mujer que no puedo considerar mi madre, ni ella me puede considera como hija, sino como obstáculo; no vino, era obvio. Ni se digno en mostrar su careto por aquí para decirme que ojala me hubiese muerto y cosas parecidas. Mejor así. No la quería ni ver ni en pintura.

Al volver a Springfield, supe el gran alcance que tuvo nuestro secuestro. Hubieron grandes protestas en contra del petróleo, distintas asociaciones ecológicas utilizaban nuestro drama en su favor, llorando por nuestros raptos, pero dándoles la razón a los ecos terroristas, perdonándolos y llamando al gobierno y a las empresas petrolíferas como los verdaderos monstruos de la historia. Esos lunáticos de la naturaleza se volvieron virales, siendo unos completos héroes para algunos y unos monstruos para otros, ellos no paraba de disfrutar de su fama y de publicitarse, a pesar de que estaban metidos en un juicio que los condenó a unos cuantos años de cárcel. Las petroleras siguieron con sus negocios, sin perder la esperanza de tocar los recursos que los gobiernos, tanto estatal como nacional, ordenaron proteger. Los periodistas nos persiguieron durante varios días, llegando yo a mantener unas pocas entrevistas con ellos. Sí, para mal o para bien, salí en la televisión y en los periódicos.

Fue agobiante tener que escuchar todos los días los debates estúpidos sobre el asunto y la extremada atención mediática que tuvo nuestro secuestro. No pararon de estrujarlo hasta dejarlo seco, o lo que es lo mismo, hasta que la gente se hartará de la noticia. En serio, evitaba todo lo posible en ver o escuchar algún medio de comunicación, porque ya no lo podría aguantar.

Y tras esto la normalidad volvió a nuestras vidas. Bueno, radicalmente transformada para mí. Ya no podría volver a la escuela, ya que mi madre me anulo la matricula que tenía ahí, no sé muy bien cómo; no tenía ni un céntimo, todo el dinero y ahorros que tenía me lo quitó; apenas conservaba algo mío, todas mis cosas fueron tiradas y quemadas; no podría volver a ese hogar, etc. No puedo negar que mi situación era bastante peliaguda, pero no me sentía mal ni una desgraciada.

Candy me dejó vivir en su apartamento, con la promesa de que íbamos a pagarla entre la dos, aunque llegará a significar que yo fuera ir a trabajar. Aunque no fue necesario eso, porque, a pesar de que me negué, Ekaterina me empecé a dar un sueldo, ya que, según ella e incluso su padre, tenía un trabajo en la hermandad.

Es divertido estar con esa friki de Candy, es bastante ruidosa y graciosa. Tenía dudas al principio de convivir con ella, pero ahora no me arrepiento. Y creo que siente muy feliz de que ya no está sola en su hogar, no para de hacerme meter en sus aficiones o de convencerme de hacer algo interesante. Además, siempre que puede, trae a Ekaterina y su hermanita, a Jane y a Nabila para que nos visite. E incluso deja que el trabajo lo hagamos aquí, llegando a colaborar junto con nosotras. Le gustó nuestra hermandad, tanto que exageraba. Y hubiera invitado a Mao, si no fuera porque él no estuviera en su depresión, ya que aún no puede. Pero creo que, pronto o temprano, lo hará y será el mismo de siempre.

Mi relación con Jane, aunque apenas cambió, se hizo algo más profunda y estrecha. Ahora nos veíamos cada día, siempre junto con su amiga Nabila, que siguió mostrando en todo su esplendor su estupidez. Y lo sorprendente es que seguían interesadas en hacer una banda de metal, teniendo que ir yo a verlas practicar en la mansión esa. Y lo sorprendente es que no habían mejorado nada, seguían tocando tan mal como en las primeras prácticas.

A pesar de todo, de vez en cuando, este asunto de nuestro secuestro y del petróleo se me volvía a la cabeza. Aún había muchísimas cosas que no entendía de ese suceso, que me hacían sospechar muy fuerte, ¿¡quién se aprovechó de nosotras y de Nabila, utilizando el secuestro, para conseguir que no explotarán oro negro en la costa norte de Shelijonia!? ¿¡Cuáles eran sus verdaderos intereses y cómo llegó a la idiota esa y convencerla de que todo eso era un fraude con la finalidad de atraparnos!?

Estos eran algunas de las muchas cuestiones que tenía encima e intenté descubrirlas, aprovechando un día en que íbamos a casa de Nabila.

Creía que la única persona que me iba a decir alguna respuesta o que podría saber del asunto era esa mujer musculosa, la madre de Nabila.

— ¿¡Así que me preguntas si yo sé algo sobre cómo se pudo realizar vuestro secuestro!? ¡¿Eso es lo que estás preguntando!? —

Eso me dijo, cuando se lo pregunté. Le pedí que me escuchara y ésta me llevo a una especie de despacho situado en la segunda planta, muy lujoso y elegante, propio de un noble inglés. Allí se lo expliqué todo. Le respondí:

— Sí, necesito saberlo, aunque fuera una mísera pista. Todo ha sido muy extraño, el caso se ha cerrado con muchas incógnitas, esa Schlieffen no existe para los documentos oficiales, a pesar de que le dijimos una y otra vez que ella ha existido, que no fue una invención nuestra ni nada parecido; etc. En fin, no puedo pasarlo por alto. —

Algo en mí decía que la persona responsable de todo esto, estaba mucho más cerca de mí del que creía. Y que me volvería a usar si la situación le fuera propicia, a mí, a mi hermanita, a Nabila, a todos mis amigos. No quería eso por nada del mundo.

Entonces, se quedó callada y pensativa, algo que duró unos segundos. Luego, habló:

— ¿¡De verdad!? Yo, si fuera tú, me olvidaría de este asunto. Después de todo, ustedes están sanas y salvas, buena parte de los criminales han sido arrestados, la costa norte no será expoliada por las grandes empresas. Ha sido un pequeño susto, no una tragedia. No hay que hurgar la herida, solo empeorarás la situación, sacando cosas que te pondría en peligro, a ti, a tu hermana y a tus amigos. —

— No sé, una parte de mi está de acuerdo, la otra…— En cierta manera, tenía razón. Si fuera hasta lo más profundo de este asunto, lo que podría descubrir, toda esa mierda que encontraría, me llevaría al peligro, algo que quería evitar. Pero, por otra parte, quería entender este suceso y evitar que algo así volviera a suceder. Sus palabras me hicieron dudar, la verdad.

— Haz caso a la que está de acuerdo conmigo, céntrate ahora en tu vida, tienes mucho que hacer y además a alguien que quiere recibir tu atención con mucho anhelo. —

Entonces, me señaló a la ventana y yo miré. Ahí vi, en un enorme campo que servía para la equitación, a Jane diciéndome esto:

— ¡Hermanita, mira, mira! ¡Ya puedo dominar al caballo este, ¿a qué es genial?! — Estaba emocionada, su cara brillaba, al ver como el poni que había cogido era muy manso y se dejaba llevar.

— Ya lo veo, ¡estás aprendiendo rápido! ¡Sigue así! — Le grité muy orgullosa, me sentí como una madre que apoyaba a su hijo en un partido. Era tan adorable y genial verla dar sus primeros pasos en la equitación.

— ¡Vamos, bájate! ¡Tienes que ver a Nabila y a mi montada en los caballos! ¡Sobre todo a ella! ¡Es graciosísimo! —

Supe enseguida a que se refería. A su lado, estaba Nabila gritaba de terror, mientras intentaba agarrarse al lomo de un caballo negro que galopaba a toda velocidad.

— ¡No te rías, esto es serio! — Le replicó Nabila a su amiga. Luego siguió chillando: — ¡Socorro, el maldito caballo no para y me voy a caer de un momento para otro! ¡Qué alguien paré a esta bestia! —

— Parece ser que tendré que parar a ese animal…— La madre de Nabila rió un montón, después de verla y soltar un suspiro. — ¡No tiene remedio, siempre tiene que escoger al más bravo! —

Entonces, se dirigió hacia afuera del despacho, mientras yo seguía mirando en la ventana. Al abrir la puerta, me dijo:

— Grábate esto en tu mente, disfruta de tu vida ahora que puedes, no te centres en cosas sin importancia que solo te traerán desgracias. — Eso se sintió como una amenaza, pero creo que fue mi imaginación. Luego, ella añadió: — ¡Vamos, tienes a alguien que te está esperando! —

Moví la cabeza de forma afirmativa y la seguí. Acepté su consejo, lo mejor era olvidarme del secuestro y del maldito petróleo, y miré al futuro llena de esperanza y alegría. A pesar de mis complicaciones, estaba feliz, ya tenía un hogar en dónde sentirme a gusto y mucha gente que me quiero.

Eso está bien, me conformo con esto. Una nueva etapa de mi vida ha empezado y se ve muy prometedor.

FIN

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