Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Última parte, centésima vigésima historia.

Me los encontré fuera del hotel, delante de la entrada, parecían que me estaban esperando. Ahí estaban Harry, Vicent y Karenina, que se veía muy preocupados hasta que me vieron. Salieron corriendo hacia mí. Karenina me dio un gran abrazo de repente, actuando como si me hubiera ido hace larguísimos meses.

— Ah, he vuelto, perdón por haber estado fuera tanto tiempo…— Les dije esto, algo desanimada y avergonzada. Al verlos así, me sentí un poco mal.

— ¿¡Qué haces, Harry!? — Y lo primero que hizo él fue estirarme mi oreja.

— ¡Te hago esto porque eres idiota! ¡¿Por qué no nos cuenta lo que vas a hacer antes de desaparecer del mapa!? ¡Ya eres mayor para que tengamos que preocuparnos de ti! — Me gritaba muy enfadado, actuando como si fuera un padre.

— ¡Perdón, perdón, pero deja en paz mis orejas, por favor! — Le supliqué y él me soltó.

— ¿¡Donde has estado!? — Intervino Vicent. — ¿¡No me digas que lo has intentando de nuevo!? —

No dije nada, pero mi reacción debió haberles dejado claro lo que hice.

— No hace falta decirlo. — Añadió Harry, suspirando con muchísima fuerte. — Esta chica es tan fácil de predecir. —

— No es eso, pero…— Intenté protestar, pero no tenía ni las ganas. Luego, me di cuenta de que no veía a cierta persona. Les pregunté: — ¿¡Dónde está Adeline!? —

— Ella está escondida detrás de la puerta. — Karenina, aún aferrada a mí, me señaló la puerta que estaba entreabierta. Vi que ahí se estaba asomando, mientras que un cliente del hotel la veía muy extrañado, mientras salía del lugar. Yo me acerqué a Adeline.

— La verdad es que te debo una disculpa, pensé que las cosas iban a salir bien, a pesar de todo, a base de perseverar. Al final, no todo acabó como esperaba. — Bajé la cabeza en señal de disculpa, muy arrepentida y con ganas de llorar. Le había dado falsas esperanzas por culpa de aquel optimismo que siempre me hacía ver todo de rosa.

— ¡No te disculpes! — Pero ella no parecía defraudada ni enfadada. Me habló con muchísima compresión. — Era lo lógico que todo acabase así, pero lo intentaste, en vez de tener miedo, fuiste capaz de hacerlo, yo no, ¡qué patética soy, en vez de enfrentarme a mi pasado, he dejado que lo hicieses tú! ¡Ojalá ser como tú, aunque seas una completa ciega…! —

Le miré a los ojos y vi una mirada de admiración hacia mí, que me ánimo un poco. Aunque no sé como tomarme aquellas últimas palabras como un halago.

— Aún así, hay alguien que ha venido a hablar contigo…— Giré la cabeza y  grité, al otro lado de la calle, a alguien, diciéndole que saliese. Luego, me volví a dirigirme a Adeline: — No he conseguido que seas capaz de convencer  a tu exmarido, pero ella si ha venido a verte…—

Ella salió de un golpe a la cabeza, boquiabierta, incapaz de creerse lo que estaba viendo.

— No puede ser…— Se frotó los ojos por un momento. — Apenas te puedo reconocer, pero eres…— Le costaba mucho hablar.

Su hija, emocionada, se acercaba a ella poquito a poco, se le veía en su rostro que tampoco se lo podría creer. Ella añadió esto, con una sonrisa:

— Mamá, no has cambiado mucho, sigues como en las fotos. —

Con sólo decir esto, la madre, que rompió a llorar, saltó hacia a la chiquilla y la abrazó con mucha fuerzas, acariciándola y gritando su nombre sin parar: — ¡Victoria! —

La niña también la abrazó y empezó a gritar mamá, sin parar. Y yo también me puse a llorar, mientras le abraza con muchas fuerzas a Adeline:

— ¡A pesar de todo, aún así, he podido conseguir que se reúnan, y es demasiado…! —

— ¡Está bien, está bien! — Karenina, algo sorprendida por mi reacción, empezó a acariciarme mi cabeza, intentando animarme o algo así.

Cuando hija y madre se tranquilizaron, todos decidimos dejarlas a sola y verlas hablar desde la lejanía, ya en el jardín que tenía el hotel.

— ¿¡De qué estarán hablando!? — Preguntó Vicent, quién parecía muy intrigado.

— Seguro que de muchas cosas, ya ha pasado mucho tiempo desde que se fueron. — Le respondió Harry, quién después se dirigió a mí, al ver que yo estaba en cuchillas, lanzando suspiros y muy pensativa:

— ¡¿Aún sigues desanimada!? —

— La verdad es que ella también quería ver a su ex marido y pedirle perdón, que él viera que estuviera arrepentida y le dejase ver a su hija de vez en cuando. No he podido conseguir eso. —

— Pero se ha encontrado con su hija. Eso no es tan malo. Nuestro viaje no ha sido una pérdida de tiempo. — Dijo Vicent, y Harry añadió:

— Uno nunca lo consigue todo, eres demasiado ambiciosa. —

— Tu egoísmo ha ayudado a Adeline, ella siempre estará agradecida por eso. — Karenina también intervino. Estaba a mi lado durante todo el rato y se le veía muy incómoda, como si quería ayudarme pero no sabía cómo. Al final, pudo encontrar el momento.

— ¿Egoísmo, qué? — Pero lo que dijo provocó extrañeza en Harry, que preguntó eso, y en Vicent.

— Es algo que dijo ella, que quería ayudar como los superhéroes o algo así, y que eso era tal vez para quedar bien. —

— Bueno, no digas esas cosas, debería quedar entre nosotras. — Le hice un gesto para que no dijera nada más, que ya estaba quedando muy mal. Ella, de forma exagerada, pidió perdón como si ella hubiera hecho algo malo, después de taparse la boca.

— Esos comics te han comido la cabeza. — Añadió Harry. — Tus padres no debían…— No le deje ni terminar la frase.

— ¡No digas eso! — Le repliqué. — Mi padre es un fanático de los comics, fue el quién me dejaba leerlos y me enseñó los guays que son, ¡¿acaso insinúas que mi padre fue estúpido!? — Giré mi cabeza al otro lado como señal de que eso me había molestado.

— No, no es eso. — Y Harry, muy arrepentido, me decía esto, mientras movía las manos de un lado para otro. — Lo siento, no era mi intención. —

— Dudo si puedo perdonarte o no…— Inflé las mejillas, mientras hablaba como una dama victoriana ofendida. — ¡Lo que has dicho ha sido muy feo…! —

La verdad es que no estaba enfadada con él, sólo me molestó un poco y nada más. Y decidí, a modo de venganza por sus burlas, actuar enfadada. El pobre se lo creía totalmente, no paraba de decirme todo tipo de cosas para hacerse perdonar, y yo no podría aguantar la risa. Tomarle el pelo me  ayudo a levantar un poco el ánimo.

También se lo creyó Karenina, que mostró una cara de enorme preocupación, e intentó hablarme para animarme. Vicent le dijo esto:

— No pasa nada, Karenina, ella se lo está diciendo de broma…—

— Espera, ¿entonces, no estás enfadada? — Me preguntó Harry, al escucharle, con las cejas fruncidas.

— Pues, claro que…— Intenté mostrarme serie, pero no aguante y me puse a reír muy fuerte. Al detenerme, le dije esto: — Lo siento, pero es que no me podría resistir, al ver tu cara. —

— Yo creyendo que estaba hundida, y vas tú a búrlame de mí…— Y él fue quien se enfado conmigo. Sintiendo un poco mal por él, empecé a pedirle perdón. Así estuvimos un buen rato, con él negándome mi perdón, mientras insistía, juntando las manos y poniendo actitud de niña buena.

Después de eso, yo recordé que tenía que confesarle una cosa. Al ver que todo el mundo calló, yo me atreví, a pesar de todo el miedo que sentía, a decirles esto:

— Por cierto, tengo que deciros una cosa…— Los tres me miraron a los ojos, algo intrigados por mis cosas. Eso me asustó un poco, pero tragué saliva y continué: — La verdad es que… Es que… Yo os mentí, desde el primer momento. — Di una pausa, para tragar y expulsar aire unas cuantas veces, con el objetivo de tranquilizarme y decírselo con claridad. Ellos me miraban extrañados, preguntándose qué me pasaba. Al final, tras casi un minuto así, por fin se los dije:

— Bueno, espero que me podáis perdonar, pero yo no sufro de depresión, ni nada parecido. Yo estoy sana mentalmente, mentí sin querer para no reconocer que me equivoqué de grupo. —

Cerré los ojos para no ver sus reacciones, tenía mucho miedo de decepcionarlos. Pero su reacción fue totalmente contraria al que esperaba, me dejaron boquiabierta. Harry y Vicent empezaron a tener un ataque de risa:

— ¿¡Por qué os estáis riendo!? — Les preguntaba, muy confundida. No era capaz — ¿¡No estáis enfadados!? —

— Ajajajaja, p-porque era obvio, se te veía a lenguas q-que no sufrías d-depresión, ajajaja. — Intervino Harry, intentando hablar. — Ajajaja, n-no podrías engañar n-ni una mosca, ajajaja…—

Estuvieron a punto de caer al suelo por las risas, pero pudieron mantenerse de pie. Se tocaban el estomago, como si les estaban doliendo por tanto reír. Inflé los mofletes, yo estaba muy seria, con mucho miedo de ser odiada por ocultarles la verdad, y van ellos y se ríen.

— Y además dudo de que estés sana mentalmente…— Añadió Harry, haciéndose el graciosillo. Le empecé a dar pequeños golpe contra su pecho, mientras le gritaba esto: — ¿¡Por qué otra vez te metes conmigo!? —

Y mientras yo le pedía a Harry que dejará de molestarme, Karenina, quién estaba observándonos sin entender nada, dijo esto con la boca abierta:

— ¡Espera, ¿entonces desde el principio no sufrías depresión?! —

Harry y Vicent se le quedaron mirando, como si no se creyesen que ella no se hubiera dado cuenta. Yo reí como idiota e intenté explicárselo. A pesar de eso, no se lo tomó mal.

— Pero supongo que es mejor así, gracias a ti, hemos sido capaces de enfrentarnos, aunque sea un poco, contra nuestra realidad. — A continuación, me dijo esto Harry. Tenía una sonrisa de agradecimiento en su cara. Entonces, me acarició la cabeza y me dijo esto: — Gracias. —

— Espera, ¿me acaba de decir gracias? — Casi di un chillido de sorpresa, mi cerebro no daba crédito a lo que oí.

— Yo también te doy las gracias, les ha dado a este pobre viejo mucho entreteniendo. — Vicent también, riendo además.

— Y-y yo también. — Y Karenina, muy avergonzada, también me agradeció. — Si no fuera por ti, yo no hubiera sido capaz de volver a hablar con mis tíos, y ahora tengo un poco de confianza en mí misma, y muchas más cosas. —

Me puse muy roja, pero estaba feliz. Si esto era lo que estaba buscando, ser agradecida por ayudar a otras personas. Se sentía tan bien. Me costó encontrar palabras para expresarles lo que sentía. Dije lo primero que se me ocurrió:

— No es nada, yo sólo quería ayuda a los demás, nada más que eso. Y estoy tan feliz de que así sea. —

— ¡¿No era para quedar bien?! — Me dijeron Harry y Vicent, a la vez, metiéndose otra vez conmigo y soltando de nuevo fuertes carcajadas.

Mientras seguíamos hablando, veía a lo lejos a Adeline y a su hija, con unos rostros llenos de felicidad. A pesar de todo, no todo había salido tan mal. Pero, aún así, no pude prometerle ese final feliz a ella.

— ¡¿Entonces, quieres volver a Shelijonia!?  Pero aún quedan cosas que hacer…—

Le pregunté a la noche, al ver que ella salió a la calle y se quedó mirando al cielo, a pesar de que apenas se veían estrellas por las luces de la ciudad.

— Mi hija me lo dijo, él nunca me perdonará. Y es mejor así. No debería aparecer ante él, no quiero que su pasado le atormente. — Añadió con mucha tristeza, pero llena de serenidad. Era como si lo había aceptado.

— ¿¡Y qué pasará con tu hija!? —

— Ella me echa de menos, y quiere volver a verme, pero ya tiene a una familia que la cuida y con la cual está feliz. Está feliz. Y prefiero que sea así, ya es imposible que yo vuelva a su vida. — Dio un fuerte suspiro, se le notaba muy decaída. — Mejor nos volvemos. —

— Lo siento…— Me disculpé, muy entristecida.

— ¿¡Qué creías conseguir!? — No supe responderle. Ella continuó hablando: — Tú sólo me prometiste pedirles perdón para poder cerrar un capítulo de mi vida, y eso es lo que he hecho, más o menos. No hubiera sido imposible sin tu ayuda. — Se veía en su rostro una risa agridulce, mientras me miraba, llena de agradecimiento.

Ella luego se dio la vuelta y se dirigió hacia el hotel. Se detuvo por un momento y añadió:

— Sigo siendo una inútil, alguien que aún su futuro negro, pero creo que he dado un paso adelante. O eso espero. —

Aún así, a pesar de que ella se sentía satisfecha con el resultado, y los demás también, yo sentía en mi interior una espina, algo que me era incapaz de quitarla. Esa frustración de no darle ese final que quería seguía ahí, y estuve a punto de soltarlo:

— ¡Adeline! — Le grité. Ella me miró. Entonces, me acobarde y en vez de decir lo que pensaba, solté esto: — Deberíamos hacer algo antes de irnos…— Me preguntó extrañada: — ¿¡El qué!? — Y yo le mostré mi cámara de fotos: — ¡Hay que hacerle turismo a Chicago, no hemos visto casi nada de esta gran ciudad! — Lo decía muy preocupada, como si fuera algo de vital importancia, eso provocó que a ella le entrará la risa.

Al día siguiente, todo el grupo salimos a observar Chicago, visitamos el centro y nos paseamos por allí durante horas. Vimos su famosa academia de arte, nos perdimos en el Millenium Park y en los demás parques que lo rodeaban, y conocimos a la Fuente de Buckingham. También le dimos un vistazo al Museo Moderno de Ciencia, al Adler Planetarium y al Soldier Field. Y sólo nos dio tiempo para observar el Navy Pier. La ciudad de los vientos era demasiado grande para ser visitada en un solo día, me hubiera gustado estar más tiempo, pero había que volver a Shelijonia.

Ya, a volver a casa, tras un viaje largo, todo siguió como siempre. Llegué tarde a mi trabajo y fui regañada, pero seguí ejerciendo mi voz, doblando a personajes de series infantiles de bajo presupuesto. Seguía yendo al karaoke con mis amigas, contándoles todos mis problemas. Intentaba sacar algo de tiempo para seguir leyendo comics o manga, o jugando videojuegos. Y seguí visitando al grupo, a Harry, a Vicent, a Karenina, a Adeline.

Cada cual enfrentado a sus propios problemas, que seguían existiendo, algunas veces hundiéndose y cayendo en la negatividad, sacándoles yo de ahí con mi apoyo. En otras, superándolas, para su sorpresa. A pesar de todo, ellos pudieron avanzar, aunque fuera a su ritmo, y se acercaban poquito a poco al momento al final del túnel, a liberarse de aquella negatividad que aún les seguía arrastrando al abismo.

Aún cuando yo seguía viviendo como siempre, aún mantenía aquella esquina en mí, aquella frustración al no darle a Adeline, y también a los demás, el final que merecían. Y también sentía que debía pedirle disculpas a Bonnie:

— ¿¡Espera, qué es esto!? — Gritó, alucinada, con la boca abierta. — ¿¡En serio, me estás regalando esta hermosa figura de Izaya!? — Ella lo cogió al momento y con cara de babosa empezó a besar la caja.

— Sí, como siempre estabas hablando maravillas de él, aunque no entiendo por qué te gusta, a me parece horrible. Celty y Shizou son lo mejor de la serie. — Vi Durarara varias veces con ella, pero nunca pude comprender su amor por ese personaje, siempre elegía a los peores.

— Bueno, esos también son geniales, pero no tanto como Izaya. — Me replicó, mientras abrazaba con fuerza la caja. Y, entonces, me miró y confundida: — ¿¡Y por qué me das dado esto!? ¡No es mi cumpleaños, ni me has metido el móvil en la lavadora de nuevo! —

— Eso fue sin querer, si tú te hubieras acordado de que me lo diste para guardarlo al ver que se te rompió el bolso, no hubiera pasado eso. —  Le repliqué.

— Tú saliste corriendo como loca, al ver que te ibas a perder el nuevo capítulo de algo que ni me acuerdo. — Decidí ignorar el tema y le seguí hablando:

— En fin, esto se trata a modo de disculpa. — Me forzada todo lo que podría, ya que me costaba mucho reconocérselo: — No es por el móvil ni por haberte roto esa figura que tanto amabas de Cowboy Bebop, ni por haberte dejado tirada en medio del Anime Expo de los Ángeles hace dos años, ni nada de eso. —

— ¿¡Entonces, qué!? — Me preguntó ella, con cara de extrañeza.

— Tenía que haberte escuchado, tenías razón. Soy demasiado optimista, y siempre meto la pata en muchas cosas. — Era incapaz de mirarle a la cara y ella se alarmó:

— No lo entiendo, ¿¡qué has hecho ahora!? — Me cogió de los hombros y me gritaba muy preocupada: — ¡Estás muy, muy rara, ¿has cogido fiebre o qué?! — Al final, fui incapaz de decírselo.

Al volver del mundo de los recuerdos, después de rememorar aquella tan larga historia que intenté ignorar. Me levanté de la cama y miré la pantalla de mi ordenador. Aún era incapaz de escribir algo, pero sentí la necesidad de ver algo. Saque una caja llena de fotos que estaba en la cama, todas era de aquel viaje que hice con ellos en Chicago.

Saqué muchísimas fotos, agoté la cámara en cuestión de horas. Entre unas de cientos de fotografías, había una en donde salíamos todos, mostrando cada uno una sonrisa feliz, haciendo el gesto de victoria, delante del Museo de Ciencia. Yo estaba en el centro, en rodillas, con Adeline y Karenina a cada lado, y con Harry y Vicent detrás de nosotras. Me costaba reconocerlos. Eran unas personas que hace unos meses eran incapaces de forzar una sonrisa, siempre hundidas, siempre llenas de culpabilidad, sin ganas de vivir, sin tener ni una razón para seguir existiendo, encerradas en sí mismas y deseando que todo terminará. Los de aquella foto no se parecían a aquellas que conocí en octubre.

Sonreí, al vernos de aquella manera, me llenó de una nostálgica alegría. A pesar de todo, podríamos decir que hicimos honor al nombre de nuestro grupo “Sonrisas felices”.

FIN

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Vigésima parte, centésima vigésima historia.

Era el segundo día en Chicago y esta vez me pude levantar muy temprano, más o menos a las siete y algo de la mañana. Temblando de frio, lo primero que hice, fue irme ante la puerta de la habitación en la que residía Adeline:

— ¿Adeline, Adeline? ¿Estás despierta? —

Nada me contestó. A lo primero, pensé que debía estar durmiendo, pero, al recordar cómo se puso ayer, pues tal vez estaba despierta, escondida entre las sabanas, llorando amargamente y arrepentida de haber venido. Eso me hizo sentir muy mal, se me revolvía el estomago. Yo seguí hablando:

— Lo siento mucho por lo de ayer, lo intenté, se lo intenté explicar, pero no había manera. Debe ser por la sorpresa, aún no lo ha asimilado. Y bueno…—

Me callé por un momento, sintiendo que sólo me estaba excusando y de una forma que parecía indicar que ya me estaba rindiendo. Eso significa que todo este viaje que tuvimos hasta Chicago no tuvo sentido. No podría aceptarlo.

— Te prometí un final feliz, ¿lo recuerdas? — Me llené de determinación y añadí estas palabras: — Y no pienso romper esa promesa. Por eso, por eso, intentaré hablar con él, ¡no te preocupes! ¡Seguro que lo entenderá! — Si había fracasado una vez, tenía que intentarlo. Perseverar, eso es lo que tenía que hacer, o eso creía.

Nadie me respondió, pero eso ya me daba igual. Sentía que tenía que hacer algo y me preparé para salir del hotel y volver a hablar con su ex marido. Durante el recorrido, empecé a tener dudas y a preguntarme si estaba bien yendo a su casa directamente después de lo que pasó ayer, lo reprimía e intentaba forzar a mi cerebro para que pensase que todo saldría bien. Al cruzar el parque del otro día, entré en la calle en donde debían estar viviendo, muy parecidos al nuestro. Y, al fondo, saliendo de un grupo de casas igualitas, de color marrón muy rojizo, los vi de nuevo. Del miedo que me entró, al recordar su furia, me escondí dentro de un árbol.

— ¿¡Qué hago!? Parece que estoy haciendo algo malo…— Susurré, al darme cuenta de lo sospechosa que me sentí. — Sólo estoy ayudando a Adeline, nada más. — Una señora, con su caniche en brazos, me miró con extrañeza, yo la saludé nerviosamente. Deseé fuertemente que no pensara nada malo de mí.

Los observé por un momento. Era el ex marido de Adeline despidiéndose de su hija, que estaba montando en un coche junto con alguien más, que debía ser un familiar o algo así. Parecía que esa chica se iba a la escuela.

Al irse el coche, me di unas cachetadas en las mejillas y salí del árbol. Me temblaba el cuerpo y tardé en moverme, el miedo a que se comportará de nuevo me impedía actuar normalmente. Cuando entró en la casa, ya fui capaz de moverme. La parálisis se me volvió a producir cuando estaba ante la puerta.

— ¡Vamos, vamos, Candy, es algo muy fácil! ¡Los superhéroes y muchos personajes de los animes luchan contra todo tipo de peligros a coste de su propia vida! ¡Tú sólo vas a hablar con una persona para que pueda entender y perdonar a otra, nada más que eso! — Me decía una y otra en voz baja, llenándome de valentía.

Tras pasar casi un minuto o más paralizada, cerré los ojos y toqué la puerta. Recé con mucha fuerza para que todo saliese bien.

— ¿¡Quién es…!? — Dijo, mientras abría la puerta, con total normalidad. Pero, cuando me dio, se echó para atrás y gritó esto: — ¡¿Otra vez tú!? —

— Perdón por molestar de nuevo, pero me gustaría que me…—

Fui interrumpida, esta vez con una voz tajante: — ¡Fuera de aquí! —

— ¿Qué? — Me quedé algo aturdida, me lo decía como si le hubiera hecho algo mal.

— O llamo a la policía. — Ni siquiera me dejo hablar y ahora me amenazaba con llamar a la policía, no me lo creía.

— Espera, espera, un momento. — Hice un gesto con las manos con la vana intención de tranquilizarlo. — ¡Por favor, déjame explicártelo! —

— ¡Ahora mismo! — Me gritaba de forma hostil.

— Yo no estoy haciendo nada malo, no debería…— Seguí intentando razonar con él, pero era imposible, él ya se había cerrado. Y mis palabras sólo conseguían lo contrario, a pesar de que intentaba ser muy cordial con él.

— ¡Maldita loca, te he dicho que te vayas de aquí! ¡Fuera! —

Rabioso y lleno de furia, miró hacia adentro y gritó esto: — ¡Llamen, a la policía! ¡Ahora mismo! —

— ¡Pero…! — Cerró la puerta delante de mis narices, y me dejó con la palabra en la boca. — ¡…escúchame! —

Me quedé estupefacta, incapaz de asimilar que él hubiera llamado a la policía. Cuando lo hice, me puso las manos a la cabeza, muy aterrada. Me imaginaba a mí misma encerrada en un frio y horrible calabozo, siendo condenada por nada. Gritando sin parar que sólo quería ayudar a reconciliar a dos personas, nada malo. Tenía muchísimo miedo de que mi divertido viaje a Chicago terminará de esta manera y arruinar mi vida por algo así, ni siquiera me dejó hablar.

— ¡No puedo estar aquí más tiempo! — Miré a todas partes, creía escuchar sirenas. — ¡No quiero ser detenida, por nada del mundo! ¡Tengo que ir de aquí! — Y como si hubiera hecho algo malo, como si fuera un delincuente, salí corriendo, hacia al hotel.

Pero, con la tontería, me perdí por las calles y terminé en otro parque, uno muchísimo más pequeño y feo, e infantil, lleno de cosas para que los niños jugaran en ella. Me senté en un banco y di un fuerte suspiro. Miré el móvil e intenté comprobar dónde estaba, me fui hacia al sur, alejándose del lugar a dónde debería volver.

— ¿¡Cómo he terminado así!? — Entristecida, me tapaba la cara muy desanimada. — Yo sólo quería ayudar…—

Me pregunté qué podría hacer, ya no podría volver a ese lugar, llamarían a la policía de nuevo y me detendrían. Pero tampoco podría volver al hotel con las manos vacías de nuevo.

— Yo prometí que le daría un final feliz, hasta hicimos un viaje hasta aquí para que Adeline se reconciliará con su pasado. No puedo terminar así. —

Me dije que tenía que perseverar, seguir adelante. Pero otra parte de mí, me empezó a decir que estaba metiendo la pata.

Me quedé mirando al suelo, mientras intentaba ponerme en la piel de ese hombre. Yo también enloquecería al saber, por otra persona, que aquel que te hizo daño en el pasado, y a otros seres queridos volvió a aparecer, sería algo muy horrible.

Yo no soportaría volver a ver a mi ex novio, que fue un imbécil, pero nunca me maltratado ni me trato como Adeline a su ex esposo, ni estaría dispuesta a aceptar sus disculpas, incluso sospecharía de ellas.

Intenté pensar en alguna manera de ayudarle a entender, a que ella quería pedir disculpas por todo lo que les hizo, que necesitaba cerrar ese capítulo de su vida para seguir adelante. Forcé mi cerebro todo lo que pude, pero fue en vano. No encontraba nada, sentía como si mi cerebro no tenía ni las fuerzas de pensar en una solución.

— Entonces, ¿todo lo que hice, lo que hemos hecho, ha sido en vano? —

Había recorrido cientos de millas, había ido de una punta a otra de los Estados Unidos y había vivido todo tipo de experiencias en el camino, sólo para terminar así, ¡eso no era justo!

Entonces, empecé a recordar aquellas palabras que me dijo Bonnie:

“Tú siempre ves el mundo de una forma demasiada positiva, demasiado irreal a veces.”

Susurré que eso no era verdad, que lo había evaluado todo.

“Ignoras los inconvenientes y piensas todo el rato que va a salir bien, crees que todo saldrá genial. Y la mitad de las veces acabas metiendo la pata y empeorando el asunto de una forma horrible.”

Escondiendo mi cabeza entre mis brazos, me decía mentalmente que eso no era verdad, que las cosas siempre acabarán, si uno se esfuerza lo suficiente.

“Luego, no llores como siempre.”

Repliqué que no iba a llorar, que no me iba a hundir ahora. Repetí eso una y otra vez, por varios segundos. Hasta que, al final, tuve que aceptarlo. Ya llevaba un buen rato llorando, como si fuera una niña pequeña.

“¿Un final feliz, eh? Deberías comprender que ese el final más raro de todos en la vida real.”

¿¡Por qué no se equivocó, por qué tuvo que decirme eso, cómo predijo que yo acabaría así!? Me daba mucha rabia reconocer que ella tenía razón, y menos aceptar el hecho de que debía haberla escuchado.

Me llené de una gran frustración, al ver como no fui capaz de darle un final feliz para esta historia, al sentir que todos mis esfuerzos no sirvieron para nada, al ver que intenté ayudar a una pobre mujer y fracasé en el intento, poniéndola peor que antes.

¿¡Qué es lo que haría los personajes de ficción que tanto admiro!? ¿¡Qué es lo que haría aquella chica, Malia!? Lo único en lo que estaba seguro es que ellos no se rendirían, seguirían luchando. Yo, en cambio, me rendí.

— ¿¡Y ahora qué hago, qué les diré…!? — Decía en voz baja, mientras miraba el móvil y los mensajes que me dejaron, preguntándome en dónde estaba.

Lo único que les dije que iba a tardar mucho para volver al hotel, que tenía muchas cosas que hacer; con muchísima dificultad, ya que las lágrimas no me dejaban ver con claridad.

Después de aquello, seguí estando sentada por un largo tiempo, hasta que me harté de esta sentada y me levanté. Me aterraba mucho volver con ellos y que vieran que volví de nuevo con las manos vacías. Eso les hundiría también, y mucho más a Adeline.

— ¿¡Por qué les ayudaba!? Ahora no lo recuerdo…— Empecé a murmurar cosas, mientras andaba cabizbaja por las calles de Chicago.

—  ¡¿De verdad, les ayudé!? — Ya empecé a estar confundida, todo lo que veía claro, en aquellos momentos, se volvió negro y era incapaz de comprenderlo.

— ¿¡Les ayudaba porque lo necesitaban o por qué sólo quería quedar guay!? Bueno, no importa, cuales fueran los razones, he fracasado…— Me sentía muy mal y muy culpable por haberles arrastrado hasta aquí. Luego, por haberles molestado, metiéndome en sus asuntos y recordándoles todos sus traumas y problemas. Y finalmente, de haberles mentido, de que yo también sufría de depresión.

— Es verdad, yo les mentí. Yo no soy como ellos, estoy sana. Y les he mentido todo este tiempo. Y las mentiras tienen patas muy cortas, tal vez sea tiempo de decirles la verdad. Aunque, aunque, no quiero que me odien, por eso…— Apreté el puño, muy avergonzada de mí misma. — Aunque me lo merezca. —

Y tras dar vueltas en círculos por el barrio, llegué de nuevo al parque del día anterior. Suspirando sin parar, andando como si un muerto viviente, incapaz de mirar hacia adelante, caminaba sin saber de qué iba a sufrir otro golpe.

Algo redondo chocó contra mi cabeza y me hizo cae al suelo, mientras gritaba de dolor y de sorpresa.

— ¡Mierda, de nuevo, no!  —

Decía esto, muy enfadada, mientras palmeaba mi cabeza, buscando el dolor. Me levante del suelo y vi, entonces, a mi lado la pelota del otro día. Me quedé mirándolo por unos segundos y luego en mi visión se apareció las piernas de

— Perdón por eso. —  Hizo un gesto de disculpa— Pero te estaba llamando y no me contestabas. —

La miré de abajo para abajo: — ¿¡Tú eres…!? — Di un gran sobresalto, incapaz de creerme que la hija de Adeline estaba ahí. — ¿¡Qué haces aquí!? —

Miré por todas partes, con el miedo de encontrarme a su padre, si él me viera en este momento llamaría de nuevo a la policía y me detendría.

— ¿¡Tú conoces a mi madre, verdad!? — Ella, ignorando mi reacción, me empezó a decir esto. — ¡Háblame de ella! —

— ¿¡Y tu padre!? — Le pregunté.

— No pasa nada, él no va a molestar, está trabajando. Y pude sobornar al abuelo para hablar contigo. Casi iba a llevarme a la casa cuando te vio. —

— ¡¿Sobornar!? — Me quedé boquiabierta.

— No sé qué dice, pero él siempre lo suelta cuando le traigo cigarrillos en secreto para que me ayude en algo. —

Ella me señaló hacia un banco, en donde estaba sentado un anciano, que estaba mirando al periódico. Más bien, lo simulando, porque nos estaba mirando de reojo, y ese hombre barbudo y vestido a la vieja usanza, que parecía un mafioso del Chicago de Al-capone, me veía con mucha sospecha,

Era como si me decía con la mirada que si le hacía algo a su nieta me iba a matar. Trague saliva y le susurré esto:

— Eso no está nada bien…— No creo que fuera muy apropiado para un anciano pedirle a una niña cigarros.

— No tiene caso. El médico le prohibió eso y papá hace todo lo posible para que no fume. — Realmente, aquel anciano le importaba muy poco su salud. Ella cambió de tema: — ¡Por favor, háblame de ella! ¡Y compra tabaco para el abuelo de paso! —

Sonreí forzosamente, no me pude oponer, si le decía que no me aterraba saber lo que haría aquel abuelito tan aterrador, sobre todo si no conseguía su ansiado tabaco.

Y así comenzamos a caminar en busca del local más cercano que tuviera tabaco, con el abuelo siguiéndonos a lo lejos. Miré la hora y vi que ya había pasado un buen rato desde que era la tarde, había pasado toda la mañana andando como un idiota por Chicago. Ella tomó la iniciativa, empezó a hablarme:

— Yo recuerdo muy pocas cosas de ella, era muy pequeñita. Recuerdo que daba mucho miedo y siempre quería mantenerme lejos de ella cuando estaba enfadada, para que no me hiciera daño. Le hacía siempre caso para que ella estuviera contenta, pero siempre metía la pata y me pegaba. — Ella se estremeció, debió de haber recordado cosas muy feas y que ninguna niña debía experimentar.

— Eso debió ser muy horrible…— Comenté, intentando más romper el hielo que otra cosa.

— Pero también recuerdo que cuando ella no estaba enfadada, era una mamá buena. — Se esbozo una pequeña sonrisa por un momento. — La que me pegaba era una mamá mala y la odiaba. Yo siempre quería que la mamá buena estuviera siempre. —

Dio una pausa y luego me lanzó una mirada llena de preocupación, mientras me decía esto: — ¡¿Ella sigue siendo a la mamá mala!? —

— No, ella se libro de la mamá mala. Ha venido hasta aquí, desde Shelijonia, para pedir perdón por todo lo que hizo la mala. —

— ¿¡En serio!? — Su carita se iluminó, fue una expresión tan bonita que lleno de ternura mi corazón.

— La verdad es que ella, desde que os fuisteis, ha cambiado. Aunque ella, desde entonces, ha estado triste, todos estos años…— Una expresión agridulce se esbozo en mi cara, al pensar en la depresión de Adeline.

— ¿¡Triste!? — Los ojos los tenía abiertos como platos. — ¿¡Por todo lo que hizo la mamá mala!? —

— Sí, fue tan doloroso para ella que ya nada la podría hacer feliz, alejaba a todos con su tristeza, sintiéndose culpable de todo lo que hizo, hasta al punto de no salir en su habitación durante días enteros…—

— ¿¡Y por qué no ha aparecido, si está tan arrepentida!? — Lo dijo con una con una expresión de molestia. Parece que le dolía un poco el ver que no había aparecido ella.

— Le da mucho miedo, volver a verte y no ser bienvenida. Por eso, no ha sido capaz de venir aquí y ella no me pedido que te busque, he sido yo misma ayudarla. — Y yo se lo intenté explicar lo mejor posible.

— ¿¡Ella está aquí, verdad!? — Y se lo tuve que confirmar de nuevo, a pesar de que le dije antes que estaba en Chicago.

— Sí, la he traído hasta aquí, y me ha costado mucho, acercarme. Hemos en ido en coche, haciendo un viaje larguísimo. —

Di un fuerte suspiro, con los hombros caídos, mientras recordaba todo lo que había liado yo, no sólo para ayudar a Adeline, sino con el resto. De golpe, me sentí muy agotada, como si había hecho un esfuerzo titánico.

Ella, al ver mi reacción: — Gracias por cuidar a mi madre. — Hizo un gesto de agradecimiento y de disculpa. — Parece que es peor que una niña pequeña. — No se lo negué.

— No es nada. — Empecé a fardar. — A mi me encanta ayudar a los demás, como hacen los super…— Y fui interrumpida, su padre le había dado una mala costumbre.

— Papá jamás la perdonará, la odia con todas sus fuerzas. Pero yo no, sé que fue la mamá mala, y si se ha ido…—

Miró al suelo por unos momentos, algo entristecida. Y, a continuación, levantó la cabeza y me miró con determinación: — ¡Quiero ir con ella, llévame hasta ella! —

— ¿¡Y tu padre!? — Le pregunté. A pesar de que quería realizar sus deseos de ver a su madre, me aterraba la idea de acabar en la cárcel si él se enteraba de eso.

— ¡Da igual, yo quiero verla! — Se le veía decidida, se notaba las ganas de volver a ver su madre. Yo era incapaz de ponerles peros a su decisión, me había compadecido de ella.

— Por supuesto que sí, por eso hemos venido, para que tú madre y tu os volvieseis a ver. — Puse mi mano sobre mi pecho, con una sonrisa en la cara. Después de eso, me acerqué a su oído y añadió: — Pero, ¡¿qué hacemos con tu abuelo!? — Le señalé, intentando que no se notara mucho, mientras nos miraba a lo lejos, emulando aún que leía el periódico.

— ¡No te preocupes! Cómprame dos paquetes más de tabaco y él no dirá nada. — Ella con una sonrisa traviesa, me respondió esto. Me dije a mi misma, lanzando un pequeño quejido, que esos dos no tenían remedio, que alguien necesitaba decirle a su abuelo que no debería sobornar a una niña, que me iban a gastar todo el dinero que llevaba encima en tabaco.

FIN DE LA VIGÉSIMA PARTE

 

 

 

 

 

 

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimonovena parte, centésima vigésima historia.

A duras penas me desperté, mi cuerpo aún estaba resentido por el viaje y me sentía muy agotada. A pesar de eso, estaba harta de dormir, sentía que había estado durmiendo por siglos. Al intentar mover el cuerpo, sentí que tenía algo sobre mí. Abrí los ojos.

— Ah, es sólo es Karenina…— Añadí, despreocupadamente.

Estaba sobre mí, abrazándome y con su cabeza sobre mi pecho. Me aclaré los ojos un poco y miré hacia todo mi alrededor muy atontada. Estaba en una habitación de hotel, que tenía dos camas, una vacía, en la cual debería estar durmiendo Karenina. Con voz de retrasada, empecé zarandearla:

— Karenina, Karenina, despierta, ¡ya es de día! — Me daba pena despertarla, pero quería levantarme.

— Déjame dormir un poco más…— Dijo en voz baja, aunque parecía, más bien que estaba hablando en sueños que despierta. Luego, movió la cabeza de un lado para otro. Entre quejidos, seguí zarandeándola:

— ¡Vamos, que estamos en Chicago y quiero…! — Entonces, di un sobresalto. Chillé, mientras le levantaba de golpe. — ¡Es verdad, estamos en Chicago! — Aún así, Karenina, seguía sobre mí, intentando esconder su cabeza entre mi pecho. La cogí de los hombros y la zarandeé a toda velocidad: — ¡Karenina, Karenina, estamos en Chicago, la ciudad de los vientos, de los gansters, de Al-capone! ¡Despierta, despierta! —

— ¡¿Qué ocurre, qué ocurre!? — Al final, abrió los ojos. Se puso el flequillo a un lado y miró de abajo para arriba, hasta llegar a mi cara. Eso la sobresaltó muchísimo: — ¡Lo siento mucho, perdona! ¡Yo no…! ¡Yo no sé cómo he llegado hasta aquí! ¡No era mi intención, te lo juro! ¡No quería dormir sobre ti, ni sobre tus pech….! — Salió de la cama como loca, avergonzada y llena de arrepentimiento, aunque me costaba entender por qué.

Eso me daba igual, empecé a quitarme el pijama rápido: — ¡Tenemos que vestirnos rápido, hay algo que tenemos que hacer! —

Al salir de la habitación, ya vestidas, nos fuimos hacia el comedor del hotel, teniendo que cogerle del hombro a Karenina, que seguía atontada. Allí me encontré al resto del grupo, sentados en torno a una mesa:

— Por fin, las jóvenes se levantan. — Harry nos habló primero, quién se levanto de la silla, al vernos. — Llevamos esperándoos desde las siete de la mañana. —

— ¿¡Nos hemos quedado dormidas!? — Pregunté.

— Bueno, os habéis despertado a las onces y algo de la mañana. — Respondió Vicent, quién estaba viendo embobado una tele en donde echaban un partido de beisbol.

Me dio algo, no me podría creer que hubiera dormida tanto. Me acosté a las once de la noche, dormí más o menos diez horas. Chillé.

— Gritas como si tenías que ir al trabajo, recuerda que estamos de viaje. —

Harry me tapó la boca, mientras me señalaba al resto de la gente del hotel, diciéndome en señas que no debía molestar a los demás. Yo me tranquilicé, entonces. Me senté y dije:

— ¿¡Por qué no nos habéis despertado!? —

— Pegué en la puerta, varias veces, pero ni caso. Y muy fuerte. — Respondió Harry, antes de ponerse a ver el partido junto con Vicent.

— Bueno, es normal, después de estar varios días en coche…— Añadió Adeline.

La miré fijamente, ella estaba cabizbaja, jugando con sus manos, tenía una enorme expresión de angustia y de preocupación. Suspiraba cada dos por tres. Después de eso, ella comentó: — Ya estamos en Chicago, eh…—

No me gustaba mucho que ella, a pesar de haber llegado aquí, debía estar en ese estado de ánimo. Tenía que levantarle los ánimos. Me levanté y le dije esto:

— ¡Ahora vamos a buscar a tu esposo e hija! ¡Como he dicho, sé su actual localización! ¡Vamos a por ellos!  —

— ¡¿Espera, tan pronto!? ¡Pero si hemos llegado a Chicago! — Ella se puso alterada, me movía los brazos de un lado para otro en señal de negación.

— ¡Pues claro que sí, tenemos que buscarlo ahora mismo! —

Intenté levantarla, mientras ella se resistía: — Pero, ahora, yo no, no…—

— ¡No te preocu…! — Entonces, alguien puso una mano en mi hombro. Era Harry, que se levantó de la silla.

— ¡Déjala prepararse, inconsciente! — Me dijo. — Esto es algo muy difícil para ella, ¿acaso no lo recuerdas? —

Entré en razón: — Es verdad. Lo siento. — Me sentí muy arrepentida por meterle prisas a Adeline, me disculpe ante ella.

— No pasa nada, después de todo, eres muy impaciente. Debes aprender a controlarte, Candy. — Me lo dijo como si fuera mi madre.

— Otra más que me regaña…— Susurré, avergonzada.

A continuación, yo y Karenina desayunamos, mientras tanto les preguntaba a dónde habíamos llegado. Ellos me dijeron que era una olvidadiza y les repliqué que cuando llegué a Chicago estaba medio dormida. Al parecer, estábamos situados en una calle cerca del N Milwaukee Ave y de unas vías de tren, en el vecindario de Wicker Park. Al terminar nosotras de comer, salí del hotel y vi como era su exterior. El hotel era, en realidad, una casa residencial, de color marrón claro y de ladrillos, dándole un aspecto tan clásico y tan propio de Chicago. El resto de la calle no se echaba atrás, estábamos rodeados de residencias de todo tipo de formas y colores, pero todos compartían la misma estética. Los arboles cubrían de sombras toda la calle. Les pedí a los demás que saliéramos a dar una vuelta por el barrio. Tras salir a la avenida principal y observar los cientos de tiendas y restaurantes que había en la zona, llegamos al parque:

— Aunque hace mucho frio, el día se ve muy radiante, ¿no os parece, gente? — Eso dije, en mitad de la caminata, mirando hacia atrás.

Karerina y Adeline sólo movieron la cabeza, y no dijeron nada, aunque mi intención era que hablasen y dieran conversación. Detrás de ella vi a Vicent y a Harry hablando de forma muy animada sobre equipos de béisbol y sus opiniones sobre cuáles eran los mejores.

— No sabía que le gustarán tanto el beisbol…— Comenté, algo sorprendido y feliz, al ver que estaban entusiasmados por algo.

— En verdad, ellos, al poner la tele y ver que echaban un partido, dijeron esta mañana que les gustaba, pero al final perdieron el interés y el placer por verlo. — De forma inesperada, Adeline me habló.

— Pues parece emocionados. —

— Al ver descubrir que los dos le gustaba lo mismo, empezaron a recordar los buenos tiempos del beisbol, o algo así. —

Cuando nuestra corta conversación se termino, yo me puse pensativa por unos segundos, mientras miraba la cara larga de Adeline. Me entristecía que pusiera ese rostro, me gustaría que estuviera feliz, por volver a ver a su hija y a su ex marido. Aunque lo entendía, les hizo mucho daño, no era capaz de mirarlos a la cara. Entonces, con esto en mente, le comenté:

— ¡Por cierto, cuando te sientas preparada, dímelo! — Ella me miró algo confundida. Luego, viendo su rostro, se dio cuenta de que estaba hablando yo. — No pasa nada, intentaré estar a tu lado para ese momento…— Hice un gesto de confianza para animarla.

— No sé, Candy…— Suspiró fuertemente. — No creo que lo pueda estar…—

— Yo si fuera esa chica, su hija, si la viera, no sabría qué, sería como si una pesadilla hubiera vuelto a por mí…— Karenina intervino, empeorando aún más el ánimo de Adeline, quien se detuvo y se quedó mirando al suelo, con los hombros caídos, en silencio. Fue bastante inoportuno de su parte decir eso, pero tenía lógico.

— Bueno, bueno, no podemos sacar conclusiones tan rápido…— Intenté, con nerviosismo, evitar ese desánimo que le produjo Karenina.

— Da igual, he sido traída hasta Chicago por ese motivo, ya soy incapaz de echarme para atrás…— Tras varios segundos de silencio, Adeline volvió a hablar: —…y los quiero volver a ver, pero miedo, mucho miedo, por ser rechazada, aún cuando es lo normal. — Cerró los ojos, con una expresión de sufrimiento.

No podría verla de esa forma, así que decidí soltarle esto: — Entonces, si no eres capaz, yo lo haré en tu lugar. Hablaré con ellos, seguro que lo entenderán, de que has venido sólo para pedirles perdón. —

Ella no supo responderme, sólo estuvo en silencio. Pero yo ya me decidí, por la tarde iría en busca de su familiar y hablar con ellos, creyendo que sería fácil ayudarles a comprender el genuino arrepentimiento de Adeline.

Por suerte, para mí, estaban la casa en donde estaban ellos se encontraba situado cerca de nosotros. Bueno, algo. Se encontraba en el área comunitaria de Lincoln Park, cerca del parque Oz. Usando el mapa que me compré por el camino, me fui para allá. Estuve casi una hora andando cuando llegué al parque ese y decidí cruzarlo.

— ¡Vaya con Chicago, todo es tan enorme! Springfield parece un pueblo si se le compara con ella. — Comentaba, admiraba por lo grande que era Chicago, incluso mucha más que Seattle y otras que visitamos, mientras observaba el parque de un lado y para otro.

Y en ese entonces, se produjo una enorme causalidad. En mitad del paseo, mientras estaba embobada, recibí una pelota en toda la cara que me hizo caer al suelo. Di un chillido de dolor.

— ¿¡Estás bien!? — A lo lejos escuché estas palabras.

— Sí, sí, lo estoy. — Añadí, entre pequeños quejidos de dolor, mientras me levantaba del suelo.

Se me acercó un hombre y su hija. La cara de él me sonaba muchísimo, mientras que la niña me recordaba, por algún motivo, a Adeline, tenían casi la misma cara. Cogí la pelota y se la di a la niña.

— ¡Toma la pelota, niña! ¡Ten cuidado para la próxima vez, que puedes hacer daño a alguien! — Le dije estas palabras en un tono amable.

— ¡Gracias, y lo siento, se me escapó la pelota! — Se disculpó, parecía muy educada la chica. Entonces, habló el padre:

— Lo siento mucho, yo la lancé demasiado fuerte y mi hija no pudo alcanzarlo, no ha sido su culpa. — Parecía buena gente.

— No pasa nada. — Mi cerebro no dejaba de mandarme señales, de decirme que aquella cara me era conocida. — Sólo fue un accidente, no me ha pasado nada…— Entonces, di un sobresalto, recordé dónde había visto aquella cara. — Espera un momento…—

Saqué mi móvil y empecé a buscar. Sí, lo reconocí, lo vi en fotos mientras estaba buscando información. A continuación, le pregunté esto:

— Por cierto, señor, ¿es Leisle Ouse? — Él se quedó boquiabierto. — ¿¡Y ella es tu hija Victoria, verdad!? —

Con los ojos abiertos como platos, tardó algo en reaccionar:

— ¿¡Cómo sabes nuestros nombres!? — Preguntó muy consternado.

— Pues, verás, es una historia algo larga…— Reí nerviosamente, con la mente totalmente en blanco. A pesar de que, durante toda mi caminata, había preparado, palabra por palabra, lo que quería decir, pero todo eso se me fue olvidado de golpe.

Intenté hablar, pero sólo balbuceaba como una idiota, mientras me animaba a mi misma a hacerlo, ya que cómo podría decirle yo que le había traído a su ex mujer desde Shelijonia, quién le hizo tanto daño a él y a su hija.

— ¡¿Qué ocurre, papá!? — Le preguntó la hija, mientras agarraba del brazo a su padre.

— Eso quiero saber. — Él me miraba con una expresión de intranquilidad y de impaciencia. Tenía que decir algo ya.

— Pues, verás, he venido desde Shelijonia. Desde el otro lado de los Estados Unidos, recorriendo miles de kilómetros, y es porque alguien, que lo he traído a aquí, le gustaría a pedir…— Lo intenté decir todo de golpe, pero fui interrumpida.

— ¿¡Shelijonia!? ¿¡Desde ahí!? — Su cara se puso blanca por el terror, y dio un fuerte chillido. Se puso muy alterado.

— ¡Tranquilo, no es nada malo! — Moví los brazos incluso, sorprendida ante la actitud que puso él.

— ¿¡Por qué has venido desde ahí, y ese alguien no será…!? —

Se puso las manos a la cabeza, verle así era como si estuviera viendo a alguien que estaba recordando los sucesos de la Guerra de Vietnam. Puso su brazo delante de su hija, como si estuviera protegiéndola. La niña estaba algo confundida por la reacción de su padre, parecía que no lo entendía. Quise quitarme del medio, pero decidí seguir adelante.

 

— Bueno, su nombre su Adeline Woolf. Ha venido a pedirt…— Intenté explicárselo, pero mencionarle aquel nombre fue un error.

— ¡¿Qué esta bruja en Chicago!? — Dio un gran vozarrón. — ¿¡Cómo nos ha encontrado!? — Parecía que, de un momento para otro, me iba a coger del cuello o me iba a pegar. Me puse a temblar.

— Tranquilo, ella…— Intentaba explicarlo de nuevo, pero él ni hacia el esfuerzo por escuchar. Me interrumpió de nuevo, gritándome con mucha fueria:

— ¡¿Acaso eres amiga de ella!? —

Yo no pude responderle, me entró mucho miedo, parecía un demonio.

— ¡Mamá, ¿hablas de mamá?! ¡¿Ella ha venido!? — La niña, que se le veía muy preocupada, le preguntaba a su padre esto. Intentando controlar su tono de voz, sólo le dijo esto a ella:

— ¡Vamos a irnos, hija! — Y se alejaron de mi a toda velocidad, como si huyeran de la peste.

— ¡Esperen un momento, ni siquie…! — Aún así, tenía esperanzas de que me escuchará.

— Ni una palabra más, ¡ni loco esa loca se acerca a nosotros! ¡Aléjate de nosotros, no queremos saber nada de ti! — Hasta me hizo un gesto para indicarme que estuviera alejada de ellos.

— Ella ya no es mala persona, sólo quiere…— Susurré, cabizbaja, al ver como esos dos desaparecían de mi vista.

Tardé unos cuantos segundos en reaccionar, después de aquello. Ser tratada como si fuera un monstruo despiadado, cuando sólo quería ayudar, me hizo mucho daño.

— ¿¡Por qué me ha tratado así, yo sólo quería decirle que ella quería pedirles perdón por todo!? —

Protestaba muy indignada, con ganas de llorar, mientras volvía al hotel, andando como si estuviera sonámbula.

Pero lo peor de todo es que cómo podría comunicárselo a Adeline, si se lo decía, ella se hundiría otra vez y todo este viaje no tendría sentido y mi promesa de darle un final triste se iría al traste.

— Ya he vuelto…— Eso, dije, de una forma muy desanimada, cuando entré al hotel. Y todo el grupo apareció, al ver mi voz.

— ¡Por fin has vuelto! ¡Has tardado mucho, creíamos que te había pasado algo malo! — Habló primero, Harry, quién parecía muy preocupado por mí.

Después, fue Vicent, que comentó: — Por la cara que tienen, parece que algo le ha pasado. —

— ¡¿Qué pasa, Candy!? — Me preguntó Karenina, algo asustada.

Levanté mi cara y los miré, no sabía que decirles. Entonces, me fije en la que estaba última del grupo, de Adeline, quién me miraba muy consternada.

— ¿Te encontraste con él, verdad? — Me preguntó esto.

— ¡¿Qué quieres decir con eso!? — Sorprendido, Harry le dijo.

— Ella ha ido ha intentado a hablar con mi ex. —

— ¿¡En serio!? — Moví la cabeza afirmativamente. — ¡¿Por qué nos has mentido, dijiste que sólo era un paseo!? — Se le veía enfadado.

Sólo les dije que, al marcharme, que iba a hacer un paseo, no me atreví a decirles toda la verdad.

— Pero fue un paseo, algo largo. Viven casi al lado. — Intenté excusarme, pero vino los remordimientos. Me sentía mal por haberlos preocupado de esa manera. — Lo siento mucho, pero sólo quería ayudar. —

Adeline se quedó mirándome, en silencio, con los ojos abiertos como platos. Entonces, soltó esto: — Lo sabía, era lo normal, después de todo…— Sus ojos se le llenaron de lágrimas y puso una expresión que dio muchísima lastima. A continuación, lanzó un grito de dolor: — ¡Todo este estúpido viaje ha sido para nada! — Y salió corriendo hacia su cuarto.

— Espera, Adeline, yo no he dicho aún nada…— Intenté detenerla, quería buscar una forma para que ella no se sintiera mal, aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo. Fui detenida por Harry y Vicent.

— Tu cara lo dice muy bien, ese hombre no la quiere ver ni en pintura. — Me dijo Harry, mientras lanzaba un fuerte suspiro.

— Déjala sola, seguramente quiere estar sola. — Agregó Vicent.

Y los hice caso, estaba muy decaída para oponerme, sintiendo muy culpable de que ella se hundiera de esa forma. Adeline se encerró en la habitación del hotel y estuvo horas metida ahí, sin que nadie pudiera sacarla.

FIN DE LA DECIMONOVENA PARTE

 

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimoctava parte, centésima vigésima historia.

— ¡Mirad, mirad! — Les gritaba a los demás, mientras le señalaba hacia al norte. — ¡Es la isla de Vancouver! ¿¡Por qué se llamará isla de Vancouver si ahí no está la ciudad que se llama así!? —

— ¡Mirad en el otro lado, es el estado de Washington! — Y luego hacia al sur. — ¡¿Ese tendrá que ser el parque nacional Olympic, no!? —

Estaba emocionada, era mi primera vez yendo en ferry, ya que yo había venido a Shelijonia en avión. El enorme barco transportaba lentamente a cientos de automóviles y personas por el estrecho de Juan de Fuca en dirección a Seattle. Estábamos situados en el centro y, aunque algo difumados, se veían las montañas de las tierras que estaban situados de un lado para otro. Lo más extraño es que, en cierta manera, nos movíamos por la frontera que separaba Canadá y Estados Unidos.

Al fondo, sin separarse de la furgoneta, casi el resto del grupo me miraba.

— Y luego se molesta de que le diga niña pequeña, no deja de ir de un lado para otro como un mono, soñándolo todo lo que ve, como si fuera un espectáculo. — Dijo Harry.

— Hay personas que aún siguen atrapadas en la infancia…— Añadió Vicent.

— ¡Yo aún conservó a mi niña interior, no como otros! — Como yo los oí, pues les dije esto. Comportarse como una niña era mejor que estar todo el día amargada.

— ¡No corras, a ver si chocas contra alguien! ¡Y tranquilízate, o si no vas a molestar a los pasajeros! — Adeline me dijo, como si fuera mi madre. La verdad es que me dijo dar cuenta de que estaba muy alterada y podría tropezarme con alguien y hacerle daño.

— ¡Vale! — Repliqué, con vergüenza. Harry y Vicent se rieron de mí. Por tanto, decidí hacer otra cosa:

— ¡Karenina, vamos a ver si hay salmones por aquí! — Ella, en silencio, no dejaba de seguirme de un lado para otro.

— ¡Ah, vale! — Movió la cabeza con una sonrisa, mientras nos pusimos a observar el mar, en busca de aquel pez que era muy abundante en esta parte del mundo.

Habían pasado horas desde que salimos de Shelijonia, desde el puerto de Bogolyubov, después de que casi metiéramos la pata y fuéramos directo a Victoria. Me sorprendió mucho de que se pudiera ver las montañas de la península Olimpic desde esa ciudad, eso decía lo muy cerca que estábamos del continente. También se veía la isla de Vancouver. Estábamos frente a ellos. Tal vez, el estrecho de Shelijonia debía tener casi la misma distancia que el de Juan de Fuca. Lo más sorprendente era ver las montañas shelijonianas mientras nos alejábamos de ella, eran gigantescas, parecían titanes.

El trayecto fue muy divertido, pero fue más largo y lento de lo que imaginé. Habíamos perdido un día entero en él. Al día siguiente, llegamos a Seatle.

— Esta ciudad quería conocerla, pero nunca tuve la oportunidad. ¡Deberíamos visitar el Space Needle, es el símbolo por excelencia de Seatle! ¡O visitar su monorraíl! ¡O el Pike Place Market! ¡O…! —

Empecé a divagar mientras observaba muy emocionada el Yesler Way, después de salir del ferry, visitar lugares nuestros era una experiencia increíble.

— ¿¡No estabas asustada por el hecho de que hemos tardado más de lo que imaginabas!? — Me replicó Harry, quién era el conductor.

— Es verdad…— Se me olvido que hace unas horas antes, mientras estábamos rodeados de islas y el paisaje estaba salpicado de pequeñas bahías, pasando por la isla Whidbey; estaba muy preocupada por el hecho de que el trayecto en ferry era mucho más largo de lo que calculé. Aún así, no quería irme de Seattle sin hace un poco de turismo: — Pero hay visitar una cosa, alguna antes de irnos de esta ciudad. —

Y accedieron, aunque lo único que pudimos visitar fue a un parque del Dr. Jose Rizal. Todo lo que me interesaba estaba al norte de nosotros y no podríamos hacer un largo rodeo. Pero al final fue una buena elección, tuvimos hermosas vistas de la ciudad y era un lugar muy bonito, con muchos árboles, pudimos hacer un picnic ahí y todo. Karenina se llevo un pequeño susto, ya que fue perseguida por dos perros que la atraparon en cuestión de minutos. No le pasó nada, porque sólo estaban jugando con ella, sólo le lamieron la cara y estuvieron muy cariñosos con ella. El dueño nos pidió perdón.

Tras salir del parque, nos perdimos durante una hora por la ciudad, buscando la autopista Interestatal 40, que estaba al lado de nosotros. Dejamos atrás Seattle, pasando por los impresionables puentes que pasaban por el Lago Washington y que unían la isla Mercer con la ciudad.

Siguiendo la autopista, cruzamos el Bosque Nacional de Wenatche, del cual saqué muchas fotos. Al pasar las montañas en donde se encontraba este tesoro nacional, el paisaje empezó a cambiar. Pasamos de unos paisajes lleno de arboles a reventar, similares a Shelijonia; a unos más seco, aunque, de vez en cuando se veía zonas de cultivos. El cambio ya era total al llegar al Rio Columbia, en el cual hicimos una foto todos juntos, con él detrás. La noche nos sorprendió pasando por un pueblo llamado Ritzville.

En los siguientes dos días, yendo a nuestro ritmo, cruzamos de este a oeste el estado de Montana y el de Dakota del norte, yendo en la Interestatal 94. Vimos muchas cosas, hablamos con un montón de gente y nos lo estábamos pasando bien, más o menos. A veces, protestábamos por el largo viaje, cansados ya de tanto coche, pero eso era lo normal. Pero yo hacía todo lo posible para que no se aburrieran, poniéndome a cantar o a hacer juegos. Aunque ellos me decían que yo parecía la que más me aburría por estar todo el rato proponiendo cosas, aparte de compararme de nuevo con una niña.

Por otra parte, el paisaje más o menos seco de Montana desapareció para dar paso a las praderas verdosas de Dakota del Norte.

A 634 millas de Chicago, nos detuvimos en Fargo, era de noche y elegimos un hotel al lado de la autopista para descansar. Después de inscribirnos en él, vi a Adeline salir del hotel, en el aparcamiento. La seguí.

— Oye, ¡¿a dónde vas Adeline!? — Le grité, mientras salía del hotel. Ella estaba mirando al cielo, con una expresión melancólica. Al notar mi presencia, se giró hacia mí y me dijo:

— A ninguna parte. — Se acercó un poco a mí. — Sólo quería salir un rato, nada más. —

— ¿Con el frio que hace? — Estaba tiroteando, con mis brazos abrazando mi cuerpo. Salía humo de mi boca.

Adeline, en vez de responderme esto, cambió de tema radicalmente:

— Aún no me puedo creer que voy a volver a verlos, ¿de verdad qué están en Chicago? —

Moví mi cabeza de arriba abajo: — Sí, me costó mucho tiempo encontrarlos, pero viven ahí. Hasta sé dónde está su casa. —

— Espero que no hayas hecho nada ilegal…— Me miró con ganas de saber cómo lo conseguí.

— ¡Por supuesto que no, me daría mucho miedo acabar en la cárcel! Una vez me confundieron con una ladrona y me eche a llorar, pensaba que mi vida había acabado y todos me odiarían. Hasta la persona que me echo la culpa, me tuvo que consolar al ver lo que hizo. Debía de tener dieciséis años. —

Ella se rió, no le di mucha importancia, aunque aquello fue una experiencia horrible, no fue nada de risa para mí. Es más, me gustó que sonriera.

— ¡Así me gusta, tener esa cara larga no te favorece! —

— Es cierto…— Ella se quedó sorprendida, como si no se hubiera dado cuenta. — Hacia tanto tiempo que no me había sentido bien… Es raro, después de pasar años en ese estado, diciéndome una y otra vez que lo mejor para mí y para los demás era estar muerta, que no había nada bueno en mi vida…— Se quedó observando sus manos. — Ahora, llevo varios días metida en una furgoneta, harta de estar sentada y ver paisajes, y aún así me encuentro mejor. Esos sentimientos aparecen menos. Sólo me asaltan cuando estoy a punto de dormir, cuando mi cabeza me dice tantas cosas horribles. Pero es cada vez menos. — Me miró y añadió: — ¿¡Qué tipo de milagro has hecho!? —

— Pues nada, de verdad. — Reí algo avergonzada. — Pero, sea lo que sea, supongo que cualquier profesional lo hubiera hecho mejor. — A pesar de haber metido tanto la pata, de haber cometido esta locura, de no entender ni siquiera la diferencia entre un psicólogo y un psiquiatra, pude haber alegrado la vida de ellos, eso debía ser una gran suerte. Recuerden, vayan a los profesionales, ellos seguro que le ayudarán de verdad en sus problemas.

— Pues te recuerdo que en mi caso ningún psicólogo que me atendió consiguió eso. Mi familia se ha gastado millones conmigo. — Dio un pequeño suspiro.

— Hasta estuvieron a punto de pagarme la mejor psicóloga de la ciudad, su nombre era Antonina o algo así, pero su precio era muy elevado. —

Me dio escalofríos imaginarme gastar tanto dinero para alguien que ni quiso atender a las sesiones, comprendí un poco a la hermana de Adeline.

— Cuando una es muy, muy pesada, puede hacer milagros. — Añadí esto, inflando el pecho con orgullo de forma cómica. Adeline rió, conseguí mi objetivo. Luego, hablé en serio:

— Pero supongo que también necesitabas algo, que ningún psicólogo u otro profesional podría conseguir, por muy buenos que sean. Tal vez necesitabas más apoyo por parte de lo que te quieren, que estuvieran, como fueran, a tu lado escuchándote y obligándote a observar más allá de tu visión. O algo así, no sé cómo explicarme. Tal vez, me equivoque y sólo son tonterías mías. — Me toque la nuca, mientras me reía sin ganas.

Tenía que reconocer que, a pesar de todo lo que me había pasado, aún sentía que no había aprendido gran cosa. Sólo sé que no sé nada, como decía el Platón ese, ¿o era Sócrates? Bah, uno de esos filósofos griegos.

— ¿Quieres decir que mi familia no me ha apoyado suficiente? — Me preguntó Adeline. Me sentí muy mal, porque creí que le había dicho indirectamente que su familia no se esforzó lo suficiente. Esa no era mi intención, para nada. Intenté explicárselo:

— Bueno, no exactamente. Ellos podrían haberte dejado en tu casa y pasar de ti. Pero aún así tu hermana, quién está harta de tu actitud, te visita y te soporta. Más que no te han apoyado, es que no han podido hacerlo. También tienen su propia vida, sus propios problemas, que deben hacer frente. Si tener que soportar tu propia vida es un engorro, tener que soportar a la del otro que, además se niega a mirar hacia adelante, debe ser muy agotador. —

Eso entristeció mucho a Adeline, que miró cabizbaja al suelo, con una mirada de culpabilidad:

— Lo siento mucho por ellos, por tener a alguien como yo. Debí haberles hecho mucho daño, no sólo a él y a mi hija, sino a mi hermana y al resto de toda mi familia…— Adeline se tapó la cara por un momento, creí que iba a llorar. — Debo haber sido una carga. —

Metí la pata de nuevo, la había hundido de nuevo. Alterada, moviendo los brazos de un lado para otro, intentaba pensar en algo que pudiera levantar el ánimo.

— Si para mí no eres una carga que soy una perfecta desconocida, para ellos, que son tu familia, seguro que muchos menos. —

Me quedó tan genial aquella frase que sentí orgullo en mí.

— Tal vez…— Se veía dubitativa. Luego, cambié de tema:

— Al otro lado, a pocos kilómetros de nosotros, se encuentra el estado de Minessota, ahí es donde está Chicago. — Señalé hacia el este, donde estaba nuestro destino.

— No, Chicago no está en ese estado, sino en Illionis. —

Me quedé de piedra, muy avergonzada. Había cometido un error muy básico en materia de geografía. Normal, ya que nunca pasaba del seis en mis exámenes sobre ese tipo de materia.

Al día siguiente, salimos de Fargo, cruzando el estado de Minnesota, con algunas zonas en donde se veían lagos hermosos desde nuestra autopista. Al parecer, parte del estado que estábamos cruzando estaba lleno de cientos de ellos y era una pena no visitarlos, pero no podríamos detenernos. Nuestro destino estaba tan cerca, que pasamos por delante de Minneapolis sin echarle una ojeada. Había una parte de mí que deseaba visitar aquella ciudad. Pero pudimos conseguir unas fotos hermosas del rio Mississippi. Al poco tiempo, pasamos a Wisconsin. En la tarde, nos encontrábamos cerca de una ciudad llamada Medison. Sólo nos faltaba alrededor de 140 millas para llegar a Chicago.

Y finalmente, en la noche.

— ¡¿Ya estamos en Chicago!? ¡¿De verdad!? — Grité esto de golpe.

— ¡No grites, no dañes mi oído con tus gritos! — Me regañó Harry, que se encontraba a mi lado. Me quedé sorprendida, él era el conductor.

— No tienes que gritar, ya estamos en Chicago, desde hace un rato. — Pero la que estaba conduciendo era Adeline, que me dijo eso. Bostecé y me refregué los ojos, sintiéndome bastante atontada, ahí fue cuando me di cuenta de que me había quedado dormida.

Miré a mí alrededor y vi que seguíamos en la enorme autopista, rodeados de casas. A lo lejos, ocultos a medias por puentes, veíamos cientos de edificios y rascacielos enormes, brillando bajo la luz de la luna y sobre las luces de las calles, formando un espectacular escenario nocturno.

— Por fin, ¡por fin, hemos llegado! — Gritaba llena de felicidad, mientras les mostraba al resto lo que estaba viendo. — Es impresionante, ¡mirad cuantos edificios ahí! ¡Son altísimos, se ven desde aquí! —

— ¡Duerme otra vez! — Me gritaba Harry, a quién aplasté sin querer. Le pedí perdón y le pregunté esto, que también estaba a mi lado:

— ¿¡Qué habéis visto desde que dormía, Karenina!? —

Ella tardó en contestar: — Pues autopistas y muchas calles, y casas, y edificios. Hay muchísimo, es enorme. Hasta da angustias con sólo verlo. —

Le dije que no se angustiara y decidí saca la cabeza de la ventana del coche. Harry me preguntaba a gritos que estaba haciendo, porque tuve que aplastarle, ya que yo estaba en el centro del vehículo y él estaba entre esa ventana y yo. Le pedí perdón otra vez y grité esto, al sacar mi cabeza:

— ¡Buenos días, Chicago! — Grité con todas mis fuerzas. Luego, me di cuenta de que lo hice mal: — Espera, eso no…— Y dije esto: — ¡Hola, Chicago! —

Habíamos a la ciudad de los vientos, a la tercera ciudad más poblada de los Estados Unidos, nuestro recorrido de Shelijonia a Illinois había finalizado. Aunque ahora tocaba la parte más complicada del asunto.

FIN DE LA DECIMOCTAVA PARTE

 

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimoséptima parte, centésima vigésima.

Al sábado siguiente, el grupo se reunió, no faltaba nadie. Cuando Adeline lo vio, se quedó muy sorprendida.

— ¿¡Qué hacen ellos aquí!? — Me preguntó muy consternada, en voz baja. — Yo creía que no iban a querer ver mi cara. —

Cuando su hermana abrió la puerta y le dijo que tenía compañía, ella bajó las escaleras y, en mitad de ellas, se quedó paralizada al ver que yo entré junto con el resto del grupo de auto-ayuda. Se acercó a mí para preguntarme aquello.

— Y así era, pero yo consigo grandes milagros. — Dije estas palabras para quedar muy bien. Más bien, aturdí aún más a Adeline.

— ¿Sois del grupo de auto ayuda? Perdón, pero mi hermana lo había disuelto, yo tuve que hacer el papeleo. —

Por el otro lado, la hermana de Adeline empezó a hablar con el resto del grupo, los cuales se miraron los unos a los otros, buscando al primero que le pudiera dar una respuesta. Yo intervine, con la rapidez de un rayo:

— Ya lo sabemos, pero no importa que ya no tenemos una sala prestada en el ayuntamiento o se haya disuelto oficialmente. Seguimos aquí. Nada de eso importa, porque mientras nos volvamos a reunir, seguiremos siendo un club. —

Vi gestos de alivio en sus rostros. La hermana de Adeline se quedó algo pensativa por unos segundos. Luego, habló:

— Oh, vale. — Su rostro empezó a esbozar una pequeña sonrisa. Entonces, ella empezó a meter sus cosas en su bolso, antes una Adeline confundida. Cuando terminó, añadió esto: — Pues, yo ya me voy. —

— Espera…— Un débil grito intentó detenerla, mientras ella abría la puerta.

— No me quiero entrometer en las cosas de tu grupo, Adeline. — Le guiñó el ojo y luego cerró la puerta. — Espero que lo pases bien. —

Con una mueca de nerviosismo, movió su cabeza hacia nosotros, parecía como le daba miedo estar con nosotros.

— ¿A qué habéis venido? ¿¡Por qué queréis volver a verme!? —

— Pues, para ayudarte, por eso hemos venido, ¿a qué sí, chicos? — Se lo dije con el mayor entusiasmo del mundo.

Ellos tardaron lo suyo en contestar, pero lo hicieron.

— Yo ni loco lo haría, pero…— Con actitud de viejo amargado, Harry me respondió. —…con esta pesada nadie le puede decir la contraria. —

— ¿Alguna vez podrás decir algo bueno de mí…? — Protesté, aunque sabía que no estaba siendo sincero, que le daba vergüenza mostrar sus intenciones de verdad.

— No tengo nada que hacer con mi vida. Cosas de un jubilado. — Añadió Vicent con muchísima indiferencia

— Yo sólo sigo a Candy, nada más. — Karenina lo dijo como si fuera una especie de subordinada leal a mis servicios.

Adeline quedó callada, mientras yo les pedía que se sentaran en el sofá a hablar sobre lo que yo quería hacer. Así inicié la conversación:

— Ahora que ya estamos reunido con la voz cantante, la jefa, la organizadora de este grupo de ayuda llamado “Sonrisas felices”. —

Sentí la mano sobre mi hombro. Era Adeline, quién me interrumpió, agregando esto con gran seriedad: — Yo no soy la jefa de nada, eres tú, Candy. —

— ¿Otra vez con esas? ¡Yo no tengo madera para eso! — Reí de manera forzada, con la idea de cambiar de tema, porque para mí ella seguía siendo nuestra organizadora. Pero, entonces, los demás intervinieron:

— Aunque sea entrometida, insoportable, inmadura y un poco estúpida, prefiero a ella como líder. — Ni cuando me estaba diciendo eso, Harry era incapaz de decir algo bonito.

— Igual. — Vicent quería ahorrar saliva, al parecer.

— Yo sólo sigo a Candy, nada más. — Y Katerina volvió a repetir esta misma frase.

— Pero, yo…— Me puse a temblar. Me sentí como si me hubieran puesto dos kilos de hormigón sobre mi espalda. Me aterraba ser responsable.

— Tú has tenido la iniciativa, has hecho todo lo posible para mantener el grupo unido y has atendido a cada uno de nosotros, eso, por lo que recuerdo, es liderazgo. — Me replicó Adeline.

Y no pude negárselo, porque era verdad. Pero me costaba asimilar que todo lo que hice fue algo considerado propio de un líder.

— Pero yo no puedo soportar el peso de ser jefa de algo, ya me estoy poniendo muy nerviosa al pensar en eso. —

Les movía las manos y la cabeza de un lado para otro, como si me estaba negando, aterrada de miedo. Aquella reacción provocó que Harry dijera esto:

— ¿En serio? Después de todo lo que has conseguido, te pones a temblar al ver que todos te consideramos líder. —

Y todos se pusieron a reír, así de golpe. Reían con naturalidad, como si fueran amigos charlando y diciendo cosas graciosas entre ellos. Eso, que era lo más normal del mundo, me asombro y me hizo dar cuenta del cambio que habían tenido. En los primeros días, sólo eran capaces de mirar al suelo y hacer como si los demás no existieran. En estos momentos, a pesar de que seguían atrapados en sus sentimientos negativos, en su tristeza y culpabilidad, eran capaces de reír entre ellos. Pensar en eso me hizo borrar mi nerviosismo y mis miedos y añadí esto:

— Bueno, si no hay más remedio, lo haré…—

Después de eso, Adeline me preguntó esto:

— ¿¡Y qué es lo que tienes planeado hacer, Candy!? — Lo decía con algo de miedo, como si no confiaba en mí. — ¿¡Cómo me vas ayudar, mejor dicho, en qué quieres ayudarme!? —

— A nosotros nos lo ha contado y creo que una locura. — Agregó Harry.

— Saldrá muy mal, es una estupidez, pero…— Y Vicent también dijo algo.

Eso no ayudo a que Adeline se sintiera mucho más segura de conocer lo que yo deseaba hacer.

— ¡No digan eso, yo creo que es posible, que podemos conseguirlo! — Les replique. Entonces, aclaré la garganta y le dije lo que tenía planeado:

— Vamos a embarcarnos en un viaje hacia Chicago, en donde están tu hija y tu ex marido, para pedirles perdón por todo lo que has hecho, ¡será muy fácil! —

Adeline se quedó paralizada, con la boca abierta en una expresión llena de incomprensión. Tardó en reaccionar.

— ¡¿Entonces, vas a hacer en serio de que yo les diga perdón a él y a mi hija!? ¡Estás loca! — Se sobresaltó. Adeline se levantó y empezó a dar vueltas por el sitio, repitiéndose como un loro, en voz baja, que no puede ser.

— Sí, facilísimo. — Ironizó Harry, mientras tanto. — ¿Sabes dónde está Chicago? En la otra punta de los Estados Unidos. —

— Casi, casi. No lo recuerdo bien, pero deben ser muchísimo más de 2.000 millas. —

Harry me miró con la ceja fruncida, como si pensaba que yo lo estaba tomando muy a la ligera. Y no le faltaba razón, me costaba mucho imaginarme lo largo que sería el trayecto, pero con lo rápido y eficaz que son las comunicaciones hoy en día podríamos llegar en un pispas.

— ¿¡Y cómo vamos a ir!? ¡¿En avión o qué!? — Me volvió a replicar Harry.

— Pues en coche nos saldrá mucho barato, creo…— Reí nerviosamente, aún no había calculado lo que nos iba a costar el viaje y se me notaba, sólo dije lo primero que se me ocurrió. Luego, para no bajar los ánimos de los demás, decidí soltar esto:

— ¿¡Pero no es una buena oportunidad para conocer parte de Estados Unidos!? ¡¿No quieren salir de la isla y ver nuevos paisajes, nuevas carreteras y ciudades!? — Ir en avión o en tren debían ser una pasada, pero creo que ir en coche debería ser una experiencia muy única.

— ¿¡Y cómo sabes que están en Chicago!? — Me preguntó, entonces, Karenina. Le respondí con esto: — Pues es un secreto. —

Vicent y Harry me miraron mal y me preguntaba el porqué tanto secretito sobre eso, mientras Karenina lo aceptaba de buena gana. Así, mientras yo les intentaba explicar que no podría revelarlo, Adeline habló de repente:

— Iré, quiero ir…— Aquellas palabras, casi tan débiles como un susurro, nos distrajo de nuestra charla y nos hizo mirarla. Estaba cabizbaja, apretando los puños y cerrando los ojos por unos segundos. — Aunque tengo mucho miedo, a pesar de que no sé qué decirles cuando les vea de nuevo la cara, quiero verlos, una última vez…— Estaba a punto de llorar.

Al final, no sacó ni una lagrima y se quedó así, en silencio. Nosotros tardamos en reaccionar.

— Entonces, ¿¡has dado el visto bueno!? — Le preguntó Harry. Adeline sólo movió la cabeza. Ver ese gesto me llenó de alegría. Me levanté y dije con todo mi entusiasmo:

— Pues manos a la obra, yo lo prepararé todo. El alquiler del coche, los presupuestos, el trayecto…— Luego, me acordé de algo y añadió, algo avergonzada: — ¿¡Por cierto, alguien tendrá carnet de conducir, no!? —

Todos, salvo Karenina, me miraron de una forma extraña, como si decían por la mirada que yo no tenía remedio. En fin, con esto dicho, empecé los preparativos para nuestro viaje a Chicago.

Primero, me puse a calcular todos los gastos en comida, en gasolina y en el alquiler del coche, aunque horrorizándome el total de lo que salía. Pensé en pedir un préstamo, pero al final se lo pedí, de nuevo, a Bonnie.

— ¿¡Estás majara o qué!? ¿¡Me pides dinero para que tú y esa gente os vayáis a Chicago!? ¿¡Qué te pasa en la cabeza!? —

Se puso muy borde cuando se lo dije. Fue unos días después, me fui a su casa, y no podría irme con las manos vacías. Había pasado poco tiempo desde que el devolví el dinero que me prestó en las navidades.

— Pero es que…— Junté las manos, pidiendo clemencia por su parte, arrodillada. — Aunque hago los cálculos una y otra vez, las cuentas son enormes. Además, tengo que ayudar a esa mujer. —

— ¿¡Por qué no se lo pides a otra persona!?  — Gruñó, mientras me hacía señas para que me fuera. Pero no me hundió, seguí insistiendo.

Al final, sucumbió, ella me prestó dinero. Aunque tuve que acceder a limpiarle la casa durante un mes entero, una pocilga igual que la mía, o peor.

La horrible sonrisa que me mostraba tras el pacto parecía indicar que no tenía buenas intenciones. De todas maneras, ya conseguí financiación. Más tarde, lo que faltaba fue dado por parte de todo el grupo.

Tras eso, iniciamos los primeros preparativos; Alquilamos un coche, compramos gasolina, sacos y tiendas de campaña, entre otras cosas. Mientras tanto, Enero terminaba y Febrero estaba a punto de llegar, y con él la llamada Semana Negra, siete días de vacaciones, o más bien de luto, porque en esas fechas se produjo un genocidio o algo así. Lo importante es que podríamos aprovechar ese tiempo en ir a Chicago y volver. Esperaba aquellos días con muchísimo nerviosismo y emoción.

Pero antes de que llegara el día, necesitaba avisarle a alguien. La llamé por teléfono, a sabiendas de que apenas tenía tiempo para vernos en persona.

— Hola, madrina, ¿¡cómo va el trabajo, todo bien!? — Me replicó que estábamos en la misma empresa, extrañada. — Bueno, sí, pero como eres la jefa, pues debe ser diferente a…—

Me interrumpió, preguntándome qué quería: — ¡No quiero pedirte nada, en serio! — Pero ella no creía en mis palabras. Tuve que ir directa al grano y decirle lo que iba a hacer: — Bueno, yo sólo quería avisarte de que la semana que viene haré un pequeño viaje, por si llego un día o más tarde al trabajo. — Le daría un susto del corazón si no supiera donde estaba.

— Sí, sí, ya se lo he dicho a mis padres. — A veces creo que actúa como si fuera mi niñera, se le notaba algo preocupada y me pedía que tuviera cuidado. — No te preocupes, estaré muy bien, ¡no haré ninguna locura, lo prometo! — Aunque ella no parecía confiar en mis palabras.

Luego, para mi sorpresa, me preguntó esto: — ¿¡Qué dices, me preguntas si estoy en un grupo de auto-ayuda!? — No le conté nada, no quería que conociera mi metedura de pata. — Oh, te lo ha dicho Bonnie, ¿verdad? —

Ella me regañó fuertemente y me preguntó seriamente si estaba bien, si estaba teniendo problemas mentales o algo por el sí: — Perdón por no habértelo dicho, y estoy bien, no me pasa nada. —

Aquella preocupación me hizo pensar en algo. Después de conocer todo lo que habían pasado aquellas personas, me sentí muy suertuda, como si hubiera tocado la lotería.

Tuve la suerte de tener a gente que me ha apoyado y se ha preocupado por mí, a pesar de todas las estupideces que haya cometido. A diferencia de ellos, de Karenina, Vicent, Harry y Adeline, yo he podido vivir bien gracias a la gente que me ha rodeado. Creí en ese momento en que lo que esas pobres personas necesitaban era el apoyo y la comprensión de otros que no pudieron recibir, por las circunstancias que fueran. Por muy traumáticas que fueran sus experiencias, creo que podrían superarlas. No sé, yo no he sufrido nada de eso, gracias a Dios. De todos modos, sentí una necesidad muy grande de agradecimiento, y aproveché para decírselo a la persona que tenía al otro lado del teléfono.

— Gracias por preocuparte. Estoy muy agradecida contigo, de verdad, también con mis padres y con mis amigos. Todos me han estado apoyando y ayudando, a pesar de todo, por eso, gracias. —

Ella me preguntó, muy extrañada, por qué le decía eso. Yo le respondí, entre risas y nervios, que no era nada. Con esto dicho, llegó el día de la partida.

En plena mañana, una chica estaba despidiendo de sus tíos. — ¡Cuídate mucho! — Le decían ellos, con algo de preocupación y muchos nervios, pero felices, porque jamás se imaginarían que aquella muchacha que sólo se encerrada en su cuarto iba a hacer un viaje muy lejos de la casa. — Eso, eso, ¡estate muy abrigada, hace mucho frio! —

— Lo tendré, igual a vosotros…— Les replicaba aquella chica, bastante roja y poco acostumbrada a ese tipo de despedidas tan cálidas, como la montaña de abrigos que llevaba encima.

— ¡No se preocupen, yo evitaré que ella coja un resfriado, le daré mucho calor! — Y allí estaba yo, dándole un abrazo a Karenina. Luego, añadí esto, después de observar aquella escena: — Por cierto, me alegra mucho de que ya puedan hablar entre vosotros, ya parecéis una familia de verdad. —

Los tres se quedaron muy rojos y no dijeron nada. A nuestro lado, se encontraba una furgoneta, en la cual estaban apoyados Harry y Vicent.

— Aún no me creo que vamos a hacer esto, ¡es una locura! — Protestaba Harry, como siempre. A pesar de había pasado semanas desde que aceptó a acompañarnos, no dejaba de repetir eso y otra.

— Pero tú sigues aquí, aún así, dispuesto a ir a Chicago. —

Le replicó Vicent. Sin darme cuenta, aquellos dos empezaron a mantener conversaciones entre ellos y parecían que se llevaban bien. Poquito a poco, empezaron a ser amigos, después de meses ignorándose el uno con el otro, a pesar de pertenecer en el mismo grupo de auto-ayuda.

— ¡Qué remedio! Alguien tiene que ser el conductor, y además no podría dejar a Candy sola, es capaz de hacer cualquier tontería. —

— ¡Qué te oído, ¿por qué siempre te tienes que burlar de mí?! — Solté a Karenina, me fui a él, molesta; y empecé a darle golpecitos en el pecho.

— No es mi culpa si eres así. — Me respondió muy burlón, Harry, que disfrutaba de mis reacciones. Últimamente se volvió un hobbie para él molestarme.

Entonces, fui interrumpida: — ¿¡Ya estamos todos, no!? — Me preguntó Adeline.

— Sí, Karenina era la última. Ya estamos todos reunidos. Ahora, directos a Chicago. —

Se acercó a mí y con una expresión llena de inseguridad y miedo, me dijo esto: — ¿¡Estás segura de esto!? — Estaba muy nerviosa, se le notaba en el cuerpo. — ¿¡Y si todo va a acabar mal, y si ellos no quieren…!? —

Le puse mi mano sobre su hombro y la tranquilicé con estas palabras:

— ¡No te preocupes, este viaje terminará en un final feliz! —

Bonnie me dijo que los finales felices son los más imposibles de conseguir en la vida real, pero deseaba demostrarle que en este caso estaba equivocada.

Con esas palabras en mente, los cincos subimos en la furgoneta. Entonces, yo dije estas palabras sin querer, muy entusiasmada:

— Ahora, ¡vamos a Egipto, a derrotar a Dio! —

Todos se me quedaron boquiabiertos, con cara de preguntarse qué había dicho. Me morí de la vergüenza, no era el momento para hacer referencias. Alterada, les solté esto:

— Perdón, perdón, era sólo una tontería mía, nada más. — Movía nerviosamente los brazos de un lado para otro. A continuación, señalé con mi dedo hacia el este y grité: — ¡Vamos a Chicago, chicos!  —

Y nos pusimos en marcha, directos hacia un viaje a la otra punta de los Estados Unidos.

FIN DE LA DECIMOSÉPTIMA PARTE

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimosexta parte, centésima vigésima historia.

— ¡¿Hace un día perfecto, no!? — Me dijo Adeline, muy irónica.

— Los días de lluvia también tienen su encanto. A muchas personas les encanta como el agua cae y llena el aire de humedad. Y es bueno para las plantas y la tierra. — Le repliqué con nerviosismo, intentando sacarle el lado bueno de que estuviera diluviando.

Había llovido por la mañana, pero el sol salió y el cielo parecía despejado, con alguna que otra nube. Y así estuvo hasta que casualmente pude sacar a Adeline de su prisión, el lugar se cubrió por un manto gris y las gotas volvieron. Era muy raro observar gotas de lluvias, mientras aún veías nieve en el suelo.

— Creo que es perfecto para mí, mi corazón está igual de gris que el tiempo. — Se detuvo por un momento y estuvo observando el paisaje, para luego comentar esto.

No se me ocurrió nada para replicarla, sólo estaba más ocupada en los rasguños que me hizo Adeline, que parecía actuar como si fuera un gato que estaba a punto de ser bañado. En serio, yo la cogí y la intenté sacar de la habitación. Sí, lo estaba haciendo por la fuerza, pero no había manera de sacarla de ahí. Se agarró de la cama y la intenté arrastrar. La hermana de Adeline subió y, en vez de detenerme, me ayudó. Según me dijo, lo hizo porque estaba harta de que estuviera todo el rato ahí, necesitaba limpiar el dormitorio y su presencia lo impedía. Nos costó sudor y sangre hacer que soltará la cama, y luego con cada puerta que pasaba, que lo agarraba con muchísima fuerza.

Al final, se cansó y vio que lo mejor era soportarte durante un buen rato.

Al andar unos cuantos metros en silencio, mientras nos introducíamos por un camino de tierra que parecía llevar a unas granjas. Yo decidí hablarle, necesitaba decirle lo que pensaba:

— Yo creo que estás muy arrepentida de todo lo que has hecho. No, es bien obvio. Es por eso que has estado actuando de esa manera. —

— ¿Y qué? — Me respondió de una forma muy borde.

La miré de reojo, ella se puso algo nerviosa e intentaba evitar mi mirada. Continué hablándole:

— Por eso dices que no te mereces ser ayudada. Pero…— Puse un tono muy animado, intentando así llenarla de esperanzas. — Eso significa que has cambiado, que ya no eres una persona horrible, ¿¡no te parece!? —

Había pasado mucho tiempo viéndola y a pesar de que siempre ha parecido muy distante, nunca actuó como una mala persona. No niego que no lo fuera, pero había cambiado. Más bien, ella se hundió y sucumbió a su oscuridad.

— Sigo igual de siempre…— Y aún era incapaz de salir de ese agujero, se negaba a moverse.

— No es así. — Pero alguien tendría que obligarla a salir de ahí. Yo lo iba a hacer.

Ella me miraba muy incrédula, como si era incapaz de entenderme. Luego, soltó un suspiro y me preguntó esto:

— Y si fuera así, como tú dices, ¿habrá cambiado algo mi situación, todo lo que se hizo se desaparecerá y volveré a estar como antes? —

Ahí me pilló. Me quedé en silencio durante unos segundos, buscando una buena respuesta. Pero, al final, tuve que decirle esto:

— Es verdad, pero puedes empezar de nuevo. Eso es, no te quedes encerrada en tu casa, esperando a que todo termine. —

— ¿Y si quiero estar así? —

— ¿De verdad, quieres estar así? — Le pregunté muy seriamente. — ¿Cambiará algo si te pasas el día auto torturándote por tus acciones? —

Ella no respondió, sólo miró cabizbaja al suelo, con una cara que parecía indicar que aquello le había dolido.

— Has dado el primer paso, dejaste el alcohol, ¿verdad? — Ella levantó la mirada por un momento. — Entonces, puedes levantarte de nuevo, sólo ten fe y sé paciente. — Su rostro se llenó de dudas.

— Sólo fue suerte. — Lanzó un gruñido. — Y para mí me es imposible empezar desde cero, ¿qué sentido tendrá? No tengo nada que me haga mirar hacia delante, lo perdí todo. —

Dio una pausa. Luego, mientras apretaba las manos con fuerzas, controlando sus ganas de llorar, añadió esto:

— Cuando abrí los ojos, me di cuenta de que perdí cosas muy valiosas para mí, que nunca lo podré recuperar. Ya te lo dicho ella, ¿no? Yo perdí primero mi trabajo, luego mi cordura y finalmente mi familia. —

Quise decirle algo, pero ella siguió hablando:

— Ya no hay nada que hacer. — Tapó su cara y gritó: — ¡No tengo una cosa a la que aferrarse y sentir que debo seguir viviendo! —

Se dio la vuelta e intentaba alejarse con mucha prisa. Yo no me atreví a seguirla. A medio metro se detuvo y agregó esto:

— Ningún psicólogo, de todos los que me han atendido, han conseguir que yo me haya mejorado, ¿crees tú hacerlo? —

Aquello me hizo dudar. Lo cierto es que si gente con mucha más experiencia y sabiduría no había conseguido ayudarla, entonces yo menos. Entonces, recordé a los super héroes que siempre he admirado, de cómo ellos siempre salían victoriosos, a pesar de todas las dificultades que pasaban. Aquel mensaje que transmitían se había imprimido en mí, siempre me habían ayudado a salir de mis problemas. También me decían lo bueno que era ayudar a los demás y era algo que iba a hacer, no caería en la negatividad, en pensar de que no hay más salida.

Por eso, con una mirada decidida, con gran seguridad, repetí eso mismo que vi en tantas historias:

— Sí, ¡no me voy a rendir! — Grité con todas mis fuerzas, alzando el brazo hacia al cielo. — ¡Si uno no lo intenta, nunca lo sabrá! —

Tiré el paraguas sin querer, mojándome todo el cuerpo.

Sólo hubo un silencio que duró durante unos minutos, que sólo era roto por los alejados gritos de los animales y la caída de la lluvia. Ella se me quedó mirando de una forma muy extraña y un poco desagradable, que yo no era incapaz de interpretar, ¿acaso le molesto, la hice enfadar, o sólo era una mueca rara?

Entonces, mientras yo intentaba comprender la cara que ponía, ella rompía el silencio con esto:

— Me muero de envidia, realmente te envidio. — Miró hacia otro lado y se puso a reír, con una expresión llena de dolor. — Desearía tanto brillar tanto como tú, ser capaz de decir frases estúpidas como esas sin avergonzarse, pensar en que todo tiene una solución, animar a los demás para que se sienten bien. Por algo te volviste en la verdadera líder de mi grupo de autoayuda. —

— ¿Verdadera líder? — Me quedé confundida, mi cerebro no comprendió que intentaba insinuar con aquello. — ¿Qué dices? Tú eres la organizadora, jamás te quitaría tu puesto, ni nada parecido. —

— Pero lo hiciste…— Lanzó un fuerte gruñido y puso una cara llena de tristeza y de ira, tal vez por ella misma, tal vez por mí. — Mientras yo me permanecía hundida en mi miseria en un rincón, tú estabas atendiendo e intentando animar a todo los demás. Esa debía ser mi labor, pero, como te habrás dado cuenta, no sirvo ni para eso. —

— ¿Por qué monté ese grupo de auto ayuda? Porque fui convencida por mi familia, al recordar mi antigua capacidad de liderazgo. — Parecía como si estuviera hablando consigo mismo antes que a mí. — Creían, y yo también llegué a creer, que al animar a otros saldría de mi depresión, pero ni eso. Al principio, estaba algo esperanzada, creía estar dando un paso. Pero luego vi la realidad, me cansé de estar proactiva, harta de que los demás no fueran capaces de animarse y hacer actividades. No duré ni un mes y volví a encerrarme en mi tristeza. Supongo que tuve que hacerles caso a la gente que me decía que incluyera a un especialista, pero aún conservaba en mi la necesidad de llevar las riendas de lo que hago. —

Entonces, volvió a alejarse de mí, esta vez ladeando de un lado para otro, como si estuviera en trance.

— ¡Detente, Adeline! — Le grité. — Te ayudaré a encontrar la luz, te lo prometo. Y si eres incapaz de empezar de nuevo, entonces tienes que terminar de cerrar tu pasado. —

Su cabeza volvió a girar hacia mi cara, con la boca y ojos abiertos como platos: — ¿¡Qué quieres decir!? —

— Pídele perdón a tu ex marido y a tu hija por todo lo que hiciste. Cierra ese capítulo de tu vida. —

— ¿¡No sabes lo que me estás pidiendo!? — Lanzó un fuerte chillido, no se podría creer lo que yo dije. — ¿¡Crees que, después de lo que he hecho, pueda mirarles a la cara!? —

Sabía a la perfección que le estaba pidiendo algo que podría parecer imposible, e incluso contraproducente. Pero me di cuenta de que ella aún se estaba aferrando con fuerzas al pasado, necesitaba conciliarse con él para volver a caminar de nuevo:

— La verdad es que puede ser algo duro, pero si se lo dices de corazón, puede que acepten tu perdón. —

Ella se quedó boquiabierta, parecía que se quedó paralizada. Yo continué hablando:

— ¿¡Además, no quieres ver a tu hija!? —

Con un tono débil, me respondió: — Sí, quiero verla, a ella. Y a él…—  Adeline cayó de bruces bajo el barro del camino que estaba entrmezclado con la nieve. — Pero, pero…— Empezó a llorar.

— J-jamás desearán volver a verme, ¡es normal! ¡E-es natural! ¿¡Q-quién narices desearía encontrarse con alguien que les haya hecho tantísimo daño!? —

Yo me acerqué a ella y, mientras le daba la mano para ayudara a levantarse, le dije esto con toda la confianza del mundo:

— ¡Seguro que te perdonarán! ¡Porque tú estás muy arrepentida de todo lo que hiciste! — Y le regale una gran sonrisa, mientras la lluvia que nos empapaba empezó a convertirse poquito a poco en nieve.

A los días siguientes, decidí ir en busca del resto de los integrantes de nuestro grupo de auto-ayuda. Al primero que visité fue a Harry.

— ¡Ah, eres tú! — Eso me dijo, cuando abrió la puerta y me vio. — ¿¡Qué haces en mi casa!? —

— Quiero hablar contigo. —

— Me imagino de que se trata, más o menos. — Dio un gruñido y luego me dijo con cara de pocos amigos: — Y me niego a escuchar. Adiós. —

Iba a cerrar la puerta, pero lo detuve, gritándole esto:

— ¡Te lo pido, por favor, escúchame! ¡Hazme este favor! — Junté las manos y, con una expresión que le pedía misericordia, recé con todas mis fuerzas para me escuchase.

— No es no. — Lo dijo de una forma tan tajante y desagradable. Entendía por qué actuaba así, pero necesitaba su ayuda.

— Pero…— Intenté insistir, pero me callé con la frase a medias. Empecé a mirarle a Harry, con unos ojos que le exigían que me escuchara.

Él intentaba esquivar mi mirada, pero siempre me veía y un gesto de culpabilidad se le veía en su cara. Al final, no aguantó más:

— ¡Vale, vale, pero deja de mirarme con esos ojos! ¡Me estás poniendo fatal! —

Yo me puse tan feliz que salte de alegría, mientras Harry se puso la mano en el pecho, y soltó un gran suspiro de alivio, de una forma muy desesperada.

— ¿¡Por qué quieres ayudar  a esa mujer!? — Ya, en su comedor, nos pusimos a hablar, diciéndome esto con una cara llena de seriedad: — ¿¡No ha oído lo que dijo esa desgraciada!? —

— Sí, lo sé perfectamente. Aún así, ella está muy arrepentida. Quiere enmendar el daño que ha hecho, a pesar de sea casi imposible. Y además lleva tiempo castigándose a sí misma, incapaz de aceptarlo y seguir adelante. Necesita la ayuda de los demás, como sea.  —

Estuvo debitando por unos cuantos segundos. Luego, me dijo esto con mucha incredulidad: — ¿¡En serio!? — Yo, con una cara decidida, moví la cabeza de abajo arriba. Eso fue suficiente para convencerlo. — Entendido, ¿¡cómo vamos a ayudar a Adeline!? — Y se lo conté.

El siguiente en visitar fue Vicent. Harry estaba conmigo, después de insistir tanto en convencerle para que me acompañase.

— Hola, Vicent. Somos nosotros, Candy y Harry. Por favor no nos confunda con vendedores ambulantes o testigos de Jenová. —

Añadí, tras pegar en su puerta, mientras Harry me miraba con ganas de comprender por qué dije eso. Vicent abrió tan rápido como pudo.

— Entrad, entrad. — Nos decía con mucha hospitalidad. — ¿¡Quieres hablar de algo, sobre lo que paso unos días, no!?  — Fuimos a la cocina y ahí nos pusimos a hablar.

— La verdad es que se le veía carcomida por la culpa, destruida por sus propios errores. Creo que Adeline ha cambiado, sabe lo mal que se ha comportado de una forma inexcusable y quiere pagarlo. Por tanto, yo la ayudaré, en todo lo que pueda.  — No hizo falta ni convencerle.

— Muchas gracias, de verdad. — Le hacía gestos de agradecimiento, llena de felicidad.

Luego, le pregunté cómo lo llevaba con su horrible hijo:

— Pues mi hijo me llamó, explicándome a quién le mandé para amargarle el rato. Pase de él, le dije que eso le pasaba por desentender a su padre, pero se hizo pasar por víctima y me dijo que iba a volver a pasar por mi casa. Yo le dije encantado, hasta que cambie de parecer, no le abriría ni en broma. —

Sólo nos quedaba Karenina. Se me hacía un nudo en la garganta sólo con pensarlo. Después de cómo ella reaccionó al escuchar la revelación de Adeline, recordando todo el sufrimiento que tuvo ella con sus padres, era muy cruel de mi parte pedirle que nos ayudara. Por eso, pensaba que era mejor dejarla de lado. Aún así, no pude.

— ¿¡Estás segura de hacer esto!? — Me preguntaba Vicent, con un rostro lleno de dudas. — ¿¡No crees que es pedirle demasiado!? —

— Es verdad lo que ha dicho el viejo, esa chica se puso histérica, creo que lo que vas a hacer es una burrada. — Le dio la razón Harry, que intentaba mostrarse frio, pero se veía a lenguas que estaba muy preocupado.

Me lo decían mientras estábamos delante de la casa de Karenina, observando como yo llevaba un buen rato dudando, temblando como un flan, mientras mi dedo índice estaba a escasos centímetros del timbre.

— Pero no quiero dejarla fuera, eso me haría sentar muy mal. Ella también pertenece  a este grupo, debe participar también. —

Me sinceré con ellos, sabía bien lo que le iba a pedir a ella era bastante desagradable, pero tenía que hacerlo.

— Haz lo que quieras. — Harry lanzó un suspiro y se dio la vuelta, ya que antes les pedí que me dejarán sola con ella.

— ¡No te preocupes, seguro que lo conseguiré! Ella lo entenderá. — Le dije esto con todo mi entusiasmo, haciendo el gesto de la victoria, llena de determinación.

— ¡Qué envidia, ojalá yo pensará así, de que todo saldrá bien! — Añadió Vicent, antes de seguir a Harry.

Después de verlos partir, decidí hacerlo de una maldita vez y me forcé a apretar el timbre. En cuestión de segundos, oí de nuevo aquel concierto de pisadas apresuradas.

— ¡Candy! — Gritaron los tíos de Karenina, con muchísima desesperación, como si me estuvieran esperando desde hace años. — ¡Bienvenida a nuestro hogar! — Y me metieron en la casa de un golpe.

— ¡Gracias por la calurosa bienvenida…! — Añadí, algo sorprendida por sus reacciones. Ellos estaban desbocados, me hablaban y me preguntaban a una velocidad pasmosa, como si hubieran tomado un chute de cafeína:

— ¡¿Qué ha pasado en los últimos días!? ¡Karenina se encontraba más contenta, nos hablaba y salía a comer! ¡Ha vuelto a ser como antes, ¿qué le ha pasado?! ¡Ayúdala a sentirse mejor! —

— ¡Tranquilizasen, apenas me entero de nada…! — Intentaba calmarlos, pero ni me escuchaban. Seguían hablando, ya apenas podría comprender lo que me decían.

Entonces, una voz débil y llena de tristeza, que venía de las escaleras, los calmó, diciéndoles solamente esto:

— Por favor, ¡paren de preguntar cosas a Candy! —

Los tres miramos, a la velocidad del rayo, hacia la propietaria de esa voz, Karenina. Quién saltó hacia mí y me abrazó con todas sus fuerzas, intentando esconder su cabeza entre mi pecho.

— ¡Sobrina! ¡¿Estás mejor!? — Al momento, volvieron a estar muy alterados. — ¿¡Quieres qué te preparemos algo!? ¡Has comido muy poco estos días y eso! —

— Vale, pero dejen de molestar a Candy, ella está asustada. — Sacó su cabeza para decirles eso, para luego esconderla de nuevo.

Los tíos se disculparon de una forma muy exagerada, como si hubieran cometido un crimen.

— Más que asustada, es abrumada. — Concluí, riendo nerviosamente.

Después de eso, de estar un buen rato pidiéndole que me soltara, que ya se estaba volviendo incómodo; nos fuimos a la habitación de Karenina.

— Lo siento mucho, pero ellos sólo estaban preocupados. La verdad es que se me quitaron las ganas de comer de nuevo, de salir y hablar con los demás. Y pensar que por fin estaba mejorando. — Ella me decía esto con muchísimo desánimo, soltando algún que otro suspiro.

— Ya veo…— Me sentí incapaz de decir algo mejor. Karenina siguió hablando:

— Esos horribles recuerdos han vuelto a atormentarme, ¡quiero que paren de una vez! ¡Estoy harto de ellos…! —

Se puso las manos en la cabeza y cerró sus ojos llorosos, repitiendo una y otra vez que estaba harta de eso. Parecía como si se hubiera olvidado de mí y me puso muy nerviosa verla así. Por alguna razón, me imaginaba que ella se pusiera a gritar como loca y a golpear su cabeza contra algo. Decidí actuar antes de que mis sospechas se confirmaran.

— ¡Intenta ignorarlos, pasa de ellos! — Le cogí las manos, las junté y las agarré con fuerza, mientras le daba todo tipo de ánimos. Ella sólo hacía gestos con la cabeza y decidió hacerme caso. Estuvimos un buen rato, hasta que Karenina preguntó esto con mucha seriedad:

— ¿¡De verdad, esa mujer le hizo cosas malas a su hija!? —

Me reí, ella también se dio cuenta de por qué había venido a visitarla. Me sentí aliviada, no me hacía falta explicárselo. A continuación, se lo dije con mucha claridad:

— Sí, pero está arrepentida. Se siente muy mal por todo lo que hizo, por eso nos lo dijo de esa manera, para que alejáramos de ella. Es como un intento de auto castigo. — No sentí ningún tipo de reacción notable en ella.

— Si aún mis padres me pidieran perdón por lo que hizo, yo aún así no se los perdonaría, por nada del mundo…— Cabizbaja, cerró los ojos por un momento. Y cuando los abrió, veía odio y rabia en ellos. — Quiero que mi padre esté en la cárcel hasta que muera, y a mi madre también…— Luego, levantó su rostro y me miró fijamente: — ¿¡Su hija pensará lo mismo!? —

Yo no supe que decirle, me era incapaz de enfrentarme a esa pregunta.

— Pero, aún así, ella no se veía como una mala persona. Adeline, se llamaba, ¿no? — Se le veía muy confundida, no sabía en que debía pensar o creer. — No la veía capaz de hacer eso. —

Yo sólo pude decirle que yo también pensaba igual.

— ¡¿Por qué quieres ayudarla!? — Me preguntó, a continuación. — ¿¡Por qué quieres ayudarnos!? — Mientras agarraba mis manos con fuerza.

Me quedé en blanca, sabía que me iba a preguntar algo así, pero aún así no era incapaz de articular alguna respuesta sencilla.

— Vaya pregunta, es como si te pidieran responder qué es la vida y cosas filosóficas y complicadas. — Me reí como idiota. Luego, ella me miró con cara de arrepentimiento, como si hubiera cometido algo malo en preguntar eso. Yo decidí improvisar:

— Bueno, lo cierto es que es bastante egoísta, creo que es quedar bien, como los superhéroes y personajes de anime que tanto me gustan. Salvar a otras personas y que estos se sientes agradecidos es un sentimiento que te hace sentir genial. Es decir, que vosotros me miráis como yo miré a la chica que me salvó. — Se me salió del alma. Ella me interrumpió, llena de curiosidad:

— ¡¿Alguien te salvo!? ¿¡Qué es lo que te pasó!? — Y le expliqué lo que me pasó en aquel día, en el parque de atracciones, en donde iba a perder la vida, y en el cual fui salvada gracias a dos heroínas. Se lo dije todo al detalle, tal vez exagerándolo un poquito para que fuera más dramático, pero lo conté tal como lo viví. Ella se veía muy absorta, como cuando le cuentas a un niño un cuento.

— No vea, no sabía por lo que habías pasado…— Añadió, con algo de lastima hacia mí. Yo le repliqué que, comparado con lo suyo, no era nada.

Ella tardó en contestar, se quedó pensativo. Por un momento, creí que había metido la pata. Y estuve a punto de pedirle perdón, pero entonces ella soltó esto de repente: — No creo que ese tipo de egoísmo esté mal. —

Tardé un poco en darme cuenta a lo que se refería. Entonces, con algo de timidez, Karenina me dijo esto:

— También. — Le pregunté qué quería decir con eso exactamente. — Yo t-también te ayudaré. —

Sentí un gozo de felicidad en mi interior, no me lo podría creer. — ¡¿De verdad!? — Grité de alegría, mientras la abrazaba con todas mis fuerzas. — ¡Muchas gracias, de verdad! ¡Sabía que podría confiar en ti! — Reía sin parar, mientras movía a Karenina de un lado para otro.

— N-no es nada, de verdad. — Balbuceaba ella, muy roja. — N-no ha sido nada. —

FIN DE LA DECIMOSEXTA PARTE

 

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Centésima vigésima historia

Sonrisas felices: Decimoquinta parte, centésima vigésima historia.

Tras llegar a casa, caí a la cama como si fuera un saco de cemento. Lancé un gran quejido, mientras me arrastraba como una oruga. Me puse a mirar al techo y empecé a pensar sobre lo que había pasado, muy desanimada.

Aún me costaba muchísimo asimilar lo que había descubierto de Adeline Woof. A diferencia de Karenina, quién fue una víctima inocente, que estuvo a manos de personas muy malas; y de Vicent y de Harry, que fueron tocados por la desgracia de perder a seres queridos; ella había sido una agresora.

Cerré los ojos, recordando lo que leí. En la carta ponía que ella había sido denunciada por su marido por amenazas de muerte, golpes y otros tipos de delitos, que fue realizado contra él y su propia hija. Es más, uso a su propia niña para chantajearle y amenazarle. Pedía un juicio y una fianza contra ella.

También me costaba asimilar por qué me lo mostró, ¿sólo por qué ella quería que yo la rechazara al saber eso? No tenía ni idea de cómo contestar aquella pregunta que me estaba haciendo.

“Además, eres demasiado brillante para mí. No puedo ni mirarte a la cara”,  aquella frase que me dijo no dejaba de repetirse en mi cabeza una y otra vez. No le encontraba ningún sentido.

Empecé a dar vueltas por la cama, intentando pensar. Mi cabeza estaba en blanco, sólo sentía mucha molestia en mi interior.

— ¿Y ahora qué debo hacer? — Di un chillido, ya que caí de la cama. — Con el grupo ya desmontado, ya no tiene sentido seguir ayudándolos. —

En el suelo, aún seguí pensando, en vano. Me sentía muy mal para entender la situación y hacer algo. Así que decidí pasar la noche viendo animes y comics hasta reventar de sueño y al día siguiente buscaría a mis amigas para hablar del asunto. Al día siguiente:

— ¡Hace muchos días que no nos reuníamos! ¡¿Qué tal a todas!? — Entró Hermione, muy animada, saludándonos con la mano mientras entraba en la sala del karaoke. Entonces, dio un chillido al verme.

— No muy bien que digamos…— Añadí, lanzando un fuerte suspiro. Estaba cabizbaja, con los hombros caídos y con una cara que daba mucho verlo.

— ¿¡Por qué Candy está suspirando y decaída, qué le ha pasado!? — Hermione, asustada por aquella actitud impropia de mí, le preguntó al resto esto.

— No lo sé, pero seguro que tiene mucha relación con ese grupito. — Le contestó Bonnie.

— ¡¿Qué grupito!? — Tardó en decir esto, algo confundida. Al parecer, se había olvidado de lo que estaba haciendo yo.

— ¡Da igual! — Bonnie también lanzaba suspiro, mientras Hermione, con cara de no entender nada, le exigía que le explicase lo del grupito.

— ¡No estés triste, Candy! ¡Sólo tenemos una vida por delante, hay que disfrutarla! ¡Carpeta día! — Boudicca intentó animarme.

— ¡Dirás, carpe diem!  — Aunque Bonnie le corregía. — También se dice así. —

A continuación, yo alcé mi cabeza y empecé a contarles a mis amigas todo lo que paso en los últimos días. Al terminar, agregué esto:

— Y ahora no sé qué hacer, el grupo se ha disuelto y no sé si está bien ayudar a alguien como Adeline. — Di otro suspiro más.

Las chicas no tardaron a comentar:

— Eso te pasa por meter tus narices en los asuntos de los demás. — Bonnie regañándome, como siempre. — Ella no quiere ayuda, ¿por qué no la dejas en paz y que se pudra ella sola? —

— Pero…— Intenté replicar, pero Bonnie añadió algo más:

— Además si ella reconoce que ha sido una hija de puta con su familia, pues no hay remedio, ¡qué se joda! —

No pude decirle nada. Más bien, no tenía el ánimo suficiente para hacerlo. Todos habían negado mi ayuda, pero al final lo aceptaron. El caso de ella no tenía que ser distinto, pero el hecho de que Adeline hubiera hecho unas cosas muy feas a su familia me impedía darle la mano.

No se lo merecía, hasta ella misma lo dijo. Aún así, una parte de mí me pedía ayudarla.

Entonces, Hermione comentó esto: — Pero si ella ha hecho eso, ¿¡no es por qué está muy arrepentida!? —

Abrí los ojos como platos, esas palabras fueron una revelación para mí. Ahora ya entendía el por qué se comportó así, ella estaba llena de culpabilidad por lo que hizo. Se auto castigaba por todo lo que hizo.

— ¿¡Por eso no quiere mi ayuda!? — Di un brinco que me hizo levantar del sofá del karaoke, dando un gran chillido de sorpresa.

Bonnie se tapó la cara muy avergonzada, Hermione se rió de mí y Boudicca empezó a tocar un arpa que se trajo. Parecían muy sorprendidas, como si yo fuera una tonta.

— ¿¡Candy, no te diste cuenta de que eso es lo que te estaba diciendo esa mujer!? —

Me di cuenta de que había quedado como una estúpida. Tuve que añadir esto:

— Pero hay otra cosa que no entiendo de ella, por qué dice que soy muy brillante para ella. —

— ¡¿Aún no te has enterado!? — Bonnie lanzó un gran grito de exasperación. — Te envidia, mujer. —

Entonces recordé la conversación que tuve con ella en el día antes de Nochebuena, cuando ella me dijo que estaba “rabiando de envidia”. Abrí la boca, mientras me preguntaba a mí misma por qué me olvide de aquellas palabras.

— Es normal, a todas nos pasa lo mismo. — Hermione agregó esto, poniéndome colorada.

— Yo no. — Bonnie le replicó con mucha amargura, como siempre.

— ¡No te hagas la tsundere, mujer! ¡Seguro que también tienes mucha envidia de ella por lo positiva y animada que es! — A partir de este punto, Bonnie y Hermione se empezaron a pelear. Mientras tanto, yo me senté y empecé a pensar en lo que debía qué hacer, era algo muy sencillo.

El shock que me produjo conocer una parte del pasado de Adeline me paralizó. Ahora que estaba bien, debía volver a su casa y ayudarla. También tenía que reunir al grupo.

Al día siguiente, en el lunes, me dirigí hacia su casa.

— Después de lo ha pasado, me pregunto si me abrirá la puerta…— Me dije en voz baja, con la mano a punto de tocar el timbre. Después, tragué saliva. Estaba delante de la entrada, pero me entraron las dudas y estaba paralizada, era incapaz de hacerle saber que había vuelto.

Me quedé ahí durante unos cuantos segundos, como si fuera una estatua. Intentaba llenarme de valentía, pero era en vano. Entonces, algo me hizo chillar:

— Perdone, pero lleva un buen rato delante de esa casa, ¿quiere algo de ahí? —

Alcé las manos hacia arriba y di un salto, mientras le decía: — ¡No he estado haciendo nada malo, de verdad! — Metí la pata, hasta al fondo.

Giré al otro lado y vi a la persona que me dijo aquellas palabras, era una chica más o menos joven, que llevaba gafas y estaba poco arreglada, su cara me recordaba mucho a Adeline.

Me lanzó una mirada de sospecha, parecía como si estaba dudando en llamar o no a la policía. Yo abrí la boca tan rápido como pude, para evitar que hubiera malentendidos:

— Bueno, la verdad es que yo quería hablar con alguien, que vive ahí. — Le dije con muchísimo nerviosismo, mientras le señalaba la casa con el dedo. Ella se quedó algo extrañada y, haciendo lo mismo que yo, me preguntó esto:

— ¿Con la dueña de esa casa? —

— Sí, Adeline Woof. — Aunque innecesario, moví la cabeza de forma afirmativa.

— ¿Conoces a mi hermana? — Me soltó esto, muy boquiabierta, como si no se lo podría creer. Yo di un grito de sorpresa, no me esperaba encontrarme con un familiar de Adeline.

A continuación, ella me invito a entrar en la casa de su hermana y empezó a hacer un café.

— ¡Hermana, ya he vuelto! — Le gritaba a Adeline desde lo más debajo de las escaleras. — ¡Y mira quién ha venido! — Pero no recibía ninguna respuesta. — Una chica que se llama Candy, ¿¡es del grupo de auto-ayuda, verdad!? —

La hermana esperó unos cuantos segundos, pero no recibió respuesta, como si Adeline no estuviera ahí. Esa chica gruñó y le gritó con mucha furia:

— ¡Por lo menos, dígnate a contestar, imbécil! —

Me dejó boquiabierta el hecho de que insultará a su hermana de esa forma, quise decirle que se paso un poquito, pero no me atreví. No quería ser gritada también.

— Como siempre, ignorando a los demás, ¡hay que ser imbécil! — Se sentó con furia en la silla de una mesa que estaba en el sofá.

Entonces, me miró y dio un pequeño sobresalto, como si recordó que yo estaba ahí:

— Perdona, pero es que no puedo soportar que se comporte así, sobre todo, cuando, por primera vez en mucho tiempo, alguien ha venido con la intención de visitarla. —

— La verdad es que yo…— Y decidí contarle que estaba visitándola desde hace unos cuantos días, y todo lo que pasó el día anterior.

— Entonces, ¡¿ella me mintió!? — Apretó el puño y se mordió los labios,  luego se levantó de la silla y, mirando hacia al techo, gritó esto: — ¡¿Eres subnormal o qué, por qué no has mantenido tu promesa, mierda!? —

Casi di un brinco, al verla tan furiosa. Daba mucho miedo la chica. Luego, con la misma violencia, se volvió a sentar.

— No sé le puede dejar sola. — Empezó a mordisquearse las uñas, parecía una forma de tranquilizarse que tenía ella. — Por qué me esfuerzo tanto por alguien como ella…— Más allá de la furia que mostraba, veía en ella mucho sufrimiento, como si le doliera que se hermana se comportará así. La entendía, debía ser muy difícil soportar a alguien así.

Aún así, sabía que ella debería controlarse un poco y así se lo dije, a pesar de que me temía que se lo tomará muy mal:

— Yo no creo que deberías ser tan dura, no creo que insultarla ayude mucho…—

Ella me miró con mucha furia y yo me tape la boca de golpe, muy asustada. Cerró los ojos y dio un fuerte suspiro. No dijo nada más, al parecer vio que le estaba diciendo eso con buena intención y decidió no decir nada más.

El silencio apareció entre nosotros y no tenía muchos ánimos para romperlo. Pero necesitaba seguir hablando sobre este tema:

— Ella, de verdad, ¿hizo tanto daño a su exmarido y a su propia hija? — Pregunté con timidez. La hermana de Adeline tardó en contestar.

— Aún me es difícil aceptarlo, por el hecho de que sea mi hermana, pero sí. Ella me lo confeso, yo lo vi con mis propias manos, e incluso comparecí en su contra en el juicio. —

Miraba a la mesa con un rostro muy lamentable, debía estar recordando los horribles sentimientos que tuvo cuando tenía que comparecer contra su propia hermana. Tenía ser muy duro. Continué hablando:

— ¿¡Por qué, qué es lo qué le pasó exactamente para terminar así!? —

— Es gracioso, normalmente son los hombres que hacen este tipo de cosas, a muchos nos costaba comprender que una mujer hizo tanta cosas feas. Amenazando a su marido con cerrarle el dinero o hacerle daño a su hija, a denunciarle en falso, a pegarle, incluso con una botella de cristal. Ese hombre vivió una pesadilla por tres meses y el colmo fue cuando le hizo una herida muy grave a su niña y casi estuvo a punto de tirarla desde la ventana. —

Me quedé espantada, en mi rostro se veía una cara de completo horror. No me podría creer que aquella persona que era incapaz de salir de su cuarto o de comer fue capaz de hacer algo tan feo.

— Acabó un año en la cárcel. Padre e hija se fueron lejos de aquí. — Entonces, ella dio un gran golpe contra la mesa, mientras concluía con mucho dolor e ira, estas palabras:

— Pero todo eso fue culpa del alcohol, ¡esas estúpidas bebidas la trastocaron y la volvieron en una persona violenta y desagradable! —

— ¡¿Ahora sigue con la bebida!? — Le pregunté a continuación.

— Gracias a Dios que no. Después de salir de la cárcel, ya no volvió a tomar, pero ella ha acabado encerrada en sí misma. —

Entonces, ella empezó a hablarme sobre el odio que obtuvo con el alcohol por culpa de aquella experiencia, no dejó de hablarme que debería prohibirse, que eran una de las peores lacras de la sociedad y que sólo ha servido para mal. También comentaba que no entendía a la gente que defendía la bebida y que le repelía muchísimo los que tomaban alcohol. Yo empecé a sentirme muy incómoda, sobre todo por el hecho de que a mí me encanta beber. Tenía que cambiar de tema cuanto antes:

— ¡¿Y cómo era antes de empezar a beber!? —

— Pues era una mujer normal y corriente, era una mujer inteligente y animada que se sacó una buena carrera y obtuvo un trabajo igual de bueno. Con el tiempo, conoció a un chico maravilloso y con él tuvo una hija. Pero la crisis afecto a la empresa y a la profesión que ella profesaba y todo se hundió para ella. Era incapaz de encontrar trabajo. Su marido, quién también tenía un buen sueldo, también fue despedido y tuvo que trabajar trabajos mal remunerados. El orgullo de mi hermana le era impedía aceptar trabajos como camarera o limpiadora. Incapaz de encontrar algo digno para ella y negándose a ser una simple ama de casa, se hundió en la desesperación. Y empezó a beber, sin parar. —

Dio una pequeña pausa, para luego finalizar con esto:

— La verdad es que ella nunca conoció el fracaso, siempre le salía bien las cosas en la escuela, y eso parecía en la vida real, en un principio. Pero al descubrir cómo eran las cosas en la realidad, pues no resistió. —

Ella finalizó de hablar, intentando terminar el café. Miré cabizbaja al suelo por unos segundos. Luego, inspiré muy fuerte y me levanté de la silla con mucha decisión:

— Si no le importa, ¿puedo subir a la habitación de su hermana? —

Me miró raro y, tras varios segundos de duda, me dijo esto:

— Inténtalo si quieres, ella se negará. Es una imbécil que pasa de todos. Si no quiere ser ayudada, pues que se pudra. Las personas que se ponen en ese plan no merecen que nadie les ayude. —

— Aún así, tú vienes todos los días a traerle comida y hacer las tareas, en esta casa que ya parece abandonada. — Añadí llena de compasión hacia ella.

Aún cuando lo que dijo fue bastante hiriente, entendía perfectamente que aquello era una actitud normal. Si alguien muy querido se niega a recibir ningún tipo de ayuda, a pesar de que lo necesitan desesperadamente; te agotarías y desearías mandarle a la mierda a esa persona.

Ella no se atrevió a contestar, sólo miró hacia al otro lado en silencio. Aproveché el momento para subir al segundo piso.

— ¡Hora de levantarse, Adeline! ¡Hace un día precioso para salir a dar una vuelta, no te quedes ahí! —

Entré, gritando a todo volumen. Entre gruñidos y otros ruidos extraños, una sombra se alzó en la habitación.

— ¿¡Tú, de nuevo!? — Me miró boquiabierta, mientras se restregaba los ojos. Yo me fui a la ventana y abrí las cortinas para llenar de luz la habitación. Chilló como un vampiro, mientras se tapaba la cara. — ¿¡Por qué has venido, no te he dejado claro que no necesitaba tu ayuda!? —

Me giré y la miré a la cara. Le dije esto con una gran sonrisa:

— Perdón, perdón, pero soy una chica muy pesada. Necesitarás algo más que eso para librarte de mí. —

FIN DE LA DECIMOQUINTA PARTE

 

 

 

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