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14 de Febrero, centésima decimoquinta historia

Mientras la nieve caía y se acumulaba en las calles de Springfield, Martha Malan, llevando un enorme abrigo de cuero; se dirigía velozmente hacia la casa de Mao. Al llegar al parque que estaba cerca, se encontró con Josefina, que le saludaba animadamente. Tras el saludo, ellas empezaron a charlar:

— ¡Q-qué f-frío hace, y eso que la tele decía que iba a subir un poco la maldita temperatura! — Protestaba Josefina, que, a pesar de llevar un grueso abrigo, tiritaba de frío.

— Eso no debería importarnos mucho, ya que vamos a estar todo el día en casa de Mao. — La mexicana le dio la razón a su amiga y luego añadió alegremente, con una gran sonrisa, mientras recordaba lo calentito que era el hogar del chino:

— Y además, vamos a estar en la cocina… —

Malan sonrió también, diciéndole que era verdad. Había una razón especial para que en aquel día decidieran estar en la cocina, algo que unos días atrás, igual de lluviosos que ahora; se gestó como una propuesta:

— Muy pronto será catorce de febrero, ¡y yo sin tener novio, qué pinche aburrimiento será el día de San Valentín! — Protestaba Josefina, mientras pataleaba como una niña pequeña.

Estaba acostada en el suelo del salón de la casa de Mao, junto con las demás, que le replicaron a su vez:

— Bueno, no eres la única. Este lugar está lleno de solteras. — Eso le dijeron las gemelas. — ¡Así que no te quejes, siempre puedes mandar cartas a tus amigas! — Josefa les dijo molesta que no era lo mismo.

— ¡¿Por cierto, dónde está Mao!? Llevo un rato sin escucharle…— Luego, Jovaka interrumpió la conversación, mientras daba pausa al videojuego que estaba jugando ella, junto con Diana, que protestó. Su pregunta provocó sorpresa en las chicas que le dijeron esto:

— ¡¿No te diste cuenta!? ¡Si hace unos cinco minutos que nos dijo que se iba a su cuarto, a tomar una siesta! — Jovaka se quedó algo boquiabierta, incapaz de creer que no se dio cuenta; mientras las demás empezaron a decirle de forma burlesca que eso le pasaba por estar enganchada a los videojuegos. Después de que la serbia las replicará, Alsancia atrajo la atención de Malan, tocándole un poco el hombro:

— ¿¡Qué quieres!? — Le preguntó Malan y la napolitana le dijo, utilizando el lenguaje de los signos; si había notado algo raro en Mao últimamente.

Empezaba a darse cuenta de que él estaba más vago, menos animado de que costumbre, también se echaba muchas siestas y a veces se le notaba muy deprimido. Y sin saber si su intuición estaba en lo correcto o no, se lo preguntó a Malan, que era bastante más lista que ella. La africana se quedó pensando, si darle la razón o no, porque sabía muy bien lo que le pasaba al chino.

Al final, Martha le respondió: — Tienes razón Alsancia, está bastante raro últimamente…— Y la italiana, con algo de pena, añadió que le gustaría animarlo, algo que también quería la africana. Ella empezó a pensar un poco sobre cómo podrían darle ánimos, aunque fuera un poquito.

Entonces, a Malan se le ocurrió una idea y se levantó del suelo de dónde estaba sentada y les dijo esto: — ¡Chicas, tengo un plan para el día de San Valentín! —

Y así llegamos a un día antes de San Valentín, en dónde toda la tropa se iba a reunir para preparar el plan que se le había ocurrido a Malan.

Tras entrar al barrio de Mao y cruzar algunas callejuelas, se encontraron con Alex, Sanae y Alsancia, transportando un montón de bolsas. Josefina y Malan la saludaron y se acercaron a ellas:

— ¡Oh, cuántas cosas lleváis! — Soltó Josefina, algo sorprendida.

— Pues sí, y pesan una barbaridad. — Le dijo Sanae, mientras le mostraba lo que llevaban. Luego, Alex añadió eufóricamente: — De esto, haremos un gran pastel de bizcocho. —

Después de todo, lo que habían planeado las chicas era simplemente un simple pastel de bizcocho y chocolate para Mao, para dárselo como regalo el día de San Valentín.
Mientras Malan obligaba a Alsancia que le diera las bolsas que llevaba, porque apenas podría sostenerlas, pero no quería soltarlos, no deseaba mostrar que ni siquiera podría llevar las compras; las gemelas empezaron a hablarle a Josefina de todos los ingredientes que compraron.

El viento helador y los copos de nieve que caían delicadamente sobre ellas, le hicieron recordar que tenían que volver a la casa de Mao y empezaron a moverse. Al llegar, pegaron en la puerta y las abrió Diana que las recibió con un animado saludo. Después, las gemelas le preguntaron esto:

— ¡¿Ya se han llevado a Mao de compras!? — Lo decían en voz baja, por si éste seguía en la casa y descubriera la sorpresa que le querían preparar.

— Sí, mamá se llevó a Mao y al tito Leonardo. — Les respondió.
Le contaron a Clementina lo que querían hacer, para que se llevara a Mao mientras ellas hacían el bizcocho; y ésta, bastante conmovida con el gesto, no se negó y se lo llevó de compras, junto con su primo. Aunque su gerente se resistió un poco, porque no tenía ganas de moverse y salir en un día tan frio.

— ¡¿Entonces, has estado sola, Diana!? — Gritó Josefina, que casi le dio algo al escuchar eso. Ya que veía a Diana como una hermana pequeña y se tomaba su papel muy enserio, llegando a ser algo sobre protectora y pesada, pues eso la asustó muchísimo.

— No, Jova está aquí. — Hablaba de Jovaka, quién estaba en el salón, esperándola. — Estoy a punto de dellotarla en un juego. —

Eso no tranquilizó a Josefina, añadiendo esto: — ¿¡Jovaka!? Eso es como dejarle cuidar la casa a una niña de tres años. —

Jovaka, que lo oyó desde el salón, se molestó mucho con ese comentario, pero no dijo nada.

A continuación, las chicas entraron muy animadas a la casa, dejando atrás el frio del crudo invierno para sentir la calidez del hogar.

— ¡Ay, qué calentito! — Exclamaban las gemelas al unísono, mientras se metían en el kotatsu; Josefa, que hizo lo mismo, añadía: — ¡Dios bendiga a Mao y a los chinos por crear esta cosa! —

Malan le quería explicar a la mexicana que eso era algo japonés, no chino, pero era más prioritario decirles esto a las que se sentaron.

— ¡¿Chicas, no deberíamos empezar ahora mismo!? Ya tendremos tiempo para calentarnos ahí. — Le replicaron a Malan, protestando y pidiéndola que le dieran unos cinco minutos para calentarse el cuerpo.

— Entonces, empezaremos nosotras primero. — Les decía Martha Malan, mientras se iba a la cocina, llevándose a Alsancia con ella; y con Diana gritando alegremente que iba a acompañarlas.

Al ver que no iban a esperarlas, las gemelas y Josefa decían: — ¡Espera, espera, Malan! ¡No empiecen sin nosotras! — Salieron del kotatsu y se fueron a la cocina a toda velocidad, como Martha había planeado; mientras Jovaka las observaba, con una cara que mostraba que algo le molestaba.

Ya en la cocina, Malan sacó su tablet y empezó a buscar la receta de la tarta de bizcocho que iban a hacer, mientras las demás se le acercaban y miraban su búsqueda, preguntando impacientemente qué deberían hacer para empezar. No todas, Diana se dedica a sacar las cosas de las bolsas.

Primero sacó los huevos con poca delicadeza, aunque ninguno se rompió, por suerte; después unos limones y un paquete de mantequilla. Entonces, se encontró con algo que le pareció extraño, aunque familiar:

— ¡¿Pol cielto, qué es esto!? — Y se lo preguntó a las mayores, mientras lo sacaba para enseñárselos.

— Es azúcar glas. — Eso les respondió Malan.

Diana se quedó maravillada ante el hecho de encontrar algo que parecía azúcar, pero que no lo era de verdad. Más bien, creyó encontrar una versión superior de ésta y empezó a buscar otras cosas que ella no conocía.

— ¡¿Y esto!? — Sacó otro pequeño saco y se los preguntó a las demás.

— Es bien obvio, Diana. Es harina. — Le respondió Josefina, actuando como si fuera una sabionda, algo que le causó gracia a las demás.

Diana siguió con lo suyo, sacando una bolsa transparente que traía algo que le dejó muda. Parecía carne, pero no lo era. Tras observarlo asombrada por unos segundos, preguntó otra vez: — ¡¿Y esto!? —

— Pues es atún. — Eso le respondieron las gemelas al unísono, antes de seguir con lo que estaba haciendo.

Entonces, el resto se dio cuenta de que había algo raro.

— Espera, un momento…— Josefina le replicó a las gemelas. — ¿¡Por qué habéis comprado carne de atún!? ¡No nos sirve para el bizcocho! —

Tanto Alsancia, que se quedó muy sorprendida, ya que no se había dado cuenta de que habían comprado algo así; como Malan, que no le dio tiempo a formular la pregunta, también se preguntaban lo mismo.

— Pues, verán…— Rieron nerviosamente, antes de continuar. — ¡Estaban de oferta, pero no una cualquiera, sino una súper oferta! —

Estaban justificando un impulso consumista que tuvieron y ellas se dieron cuenta de que habían enfadado un poco a las demás. Mientras sacaban otras excusas para no ser regañadas, Alsancia, avergonzada por no haberse dado cuenta de que ellas hubieran comprado tal cosa y detenerlas, intervino para que nadie se enfadara. Malan se acercó a Diana y sacó todo lo que faltaba. Ahí se dio cuenta de que faltaban cosas.

— ¡¿Y dónde están los yogures!? — Eso dijo Malan, tras comprobar una y otra vez que uno de los ingredientes esenciales no estaban en la bolsa.

— ¡¿No están ahí!? — Gritaron las gemelas, esperando que no hubieran metido la pata. Malan movió la cabeza negativamente y éstas se pusieron a buscar por su cuenta.
— ¡Al parecer, nos lo hemos olvidado…! — Al final, ellas tuvieron que reconocerlo. — ¡Lo sentimos mucho! —

— ¡Compran algo que no necesitamos y se olvidan de algo importante! ¡Deberían tener más cuidado! — Protestó Josefina. — Cada vez que me pasa algo así, mi madre se pone como una furia. — Terminó la frase con su suspiro de fastidio, añadiendo que no tenían remedio.

Alsacia, a su modo, también les pidió disculpas por el error que ellas cometieron. Malan intervino en tono reconciliador:

— No pasa nada, todos cometemos errores. Así que ahora debemos ir por los yogures. — Y las gemelas tuvieron que hacer los honores, yendo a la tienda de comestibles más cercanos para comprarlos.

Tras este pequeño contratiempo, ya estaban listas para empezar con la tarta de bizcocho. Las chicas se pusieron los delantales, solo porque necesitaban sentirse unas verdaderas cocineras, y consultaron lo primero que tenían que hacer. Malan observó su tablet de nuevo y las demás hicieron lo mismo, buscando el primero paso que había que dar.

— Lo primero que tenemos que hacer es cascar los huevos…— Eso soltó Malan tras leerlo, aunque no pudo terminar la frase, fue interrumpida por Diana.

— ¡¿Así!? — Ella cogió uno de los huevos que sacaron y lo iba a cascar contra el filo de la mesa de la cocina de forma violenta.

— ¡No, Diana! ¡No lo hagas! — Le gritaron las chicas, intentado detenerla, pero fue demasiado tarde. Ella cascó el huevo y lleno la mesa de yema.
Tuvieron que perder un poco de tiempo para explicarle a Diana lo que hizo mal, mientras limpiaban la mesa:

— ¡¿Entonces, hay que cascalo en esa cosa!? — Eso preguntó Diana, tras escuchar a Malan, quién le mostraba un bol gigante de cristal para dejarle claro cómo tenía que hacerlo.

— No exactamente. Solo tienes que provocarle una grieta en el huevo lo suficiente grande para separarlo con las manos y echar la yema dentro del recipiente. — E hizo una muestra para que la pequeña lo entendiera, algo que dejó a Diana muy sorprendida y asombrada.

Ésta repitió lo mismo dos veces, mientras les decía a las chicas muy feliz que lo estaba haciendo muy bien. No dejaban de darle la razón, mientras se derretían por la monosidad de la más pequeña de la casa. Después de eso, gritó que había terminado.
Diana estaba poniendo caras de sorpresa y de asombro, mientras observaba como Josefina, Malan, Alsancia y las gemelas estaban batiendo por turnos, echando todo lo necesario para forma la masa con la cual harían la tarta. Estaba tan concentrada viéndolas que eso empezaba a molestarlas:

— Me incómoda un poco que Diana no nos deje de mirar. — Le dijo Josefa en voz baja a Malan. — ¡¿Y si está molesta con nosotras!? —

Después de lo del huevo, Diana espero que alguien le mandara hacer algo, pero como nadie le decía nada, solo estaba observando. Aunque le entró la flojera y esperaba que nadie le dijera algo.

— Sí así fuera, estaría llorando. Solo nos quiere observar, nada más. — Le respondió Malan, mientras echaba la levadura a la masa.

— Aunque hay otra persona que nos está observando…— Entonces, las gemelas Alex y Sanae intervinieron, mientras señalaban hacia la puerta de la cocina. Malan, que dejó de batir, y Josefina miraron hacia esa dirección y lo vieron.

Era Jovaka que, tras percatarse de que le habían descubierto, se escondió de golpe. Las chicas no esperaban que le interesara lo que estaban haciendo, ya que decía que no tenía ganas de hacerlo ni le interesaban.

— ¡¿Qué haces ahí, Jovaka!? — Le preguntó Josefina.

Al ver que ya no podría disimular que no estaba, tuvo que mostrarse e intentó decirle alguna excusa para que no sospecharan.

— ¡¿Eh, yo!? Pues, bueno…— Pero su nerviosismo dejaba claro que estaba ocultando algo. — Nada en realidad, solo pasaba por aquí. Sí, eso es…—

Las chicas adivinaron rápidamente las razones por la cuales las estaban observando, poniendo una sonrisa traviesa. Malan le soltó esto:

— ¡¿Entonces, te interesa participar!? —

— ¡¿Yo!? No sé nada de hacer dulces, ni siquiera cocinar. Me parece muy aburrido y todo eso. — Dieron en el clavo y Jovaka se percató de que ya su cara era como un libro abierto, añadiendo esto: — ¡¿Se me nota, no!? —

Todas movieron afirmativamente la cabeza.

— B-bueno, la verdad es que y-yo…— Le costaba muchísimo decirles la verdad. — También…—

— ¡¿Quieres ayudarnos en hacer la tarta de bizcocho para dárselo como agradecimiento a Mao, no!? — Intervino Malan de nuevo.

— ¡Eso no es…! — Se sentía muy avergonzada. — ¡Sí, es verdad! —

Al ver la reacción de Jovaka, que mostraba una cara que pedía que la tierra la tragase, las chicas empezaron a reírse, ya que les parecía muy gracioso que ella le daba tanto corte decidí ayudarlas. Aunque Malan y Alsancia entendían un poco el porqué actuaba así, no pudieron evitar las risas.

— Bueno, sé que es gracioso y todo eso, pero, pero… ¿¡qué tengo que hacer!? — Añadió Jovaka algo molesta, mientras se acercaban a las chicas.

Las chicas se quedaron pensando en qué tarea podría ocupar Jovaka hasta que se acordaron de que aún no habían pelado el limón, ya que para hacer la receta tenían que rallarlo y usar su piel.

Después de que le explicaron lo que tenía que hacer, Jovaka no se sentía muy segura de poder hacerlo. Con un pelador de patatas en una mano y con un limón en la otra, se quedó en blanco, incapaz de entender cómo empezar.

— Pero yo no sé cómo hacer esto, ¿¡de verdad queréis que haga esto!? —Se puso muy nerviosa, además de que le parecía absurdo. — Además, ¿¡que tiene que ver con la tarta o pastel o cómo se llame!? —

— No querías ayudar, ¡pues, no te quejes tanto! — Le replicaba Josefa muy creída, mientras abría un poco el pequeño paquete de harina. — ¡Aprende de mí, que lo estoy haciendo muy bien! —

Por hablar demasiado, mientras intentaba echar la harina sobre la masa, el pequeño agujero del paquete se abrió al completo y salió todo de golpe, formando una nube de harina que cubrió la cocina durante unos pocos segundos. Las chicas, tras dar un grito de sorpresa, empezaron a hablar:

— ¡Sí, lo estás haciendo muy bien! — Ironizó Jovaka.

— ¡Jo, esto debe ser un castigo de Diosito por no tener mantener la boca cerrada! — Se lamentó Josefa, ignorando las palabras de la serbia.

— ¡No van a matar! — Decían las gemelas, mientras se observaba como la cocina se llenó de blancura. — ¡¿Ahora cómo vamos a limpiar esto!? —

— ¡Genial, esto es como tener nieve en la casa! — Diana, por su parte, le encantó lo sucedido, gritando de emoción y felicidad.

— ¡No pasa nada, podemos arreglarlo, supongo! ¡Es solo harina, después de todo, es fácil de limpiar! — Y cuando Malan terminó esta frase, se oyó unos fuertes ruidos. Todas se preguntaron qué era, aunque lo descubrieron rápidamente, descubriendo con horror lo que había pasado.

Alsancia, que empezó a toser sin parar por culpa de la nube de harina, dio un codazo al bol de cristal en dónde estaban mezclando la mesa y lo tiró al suelo, rompiéndose en mil pedazos.

Al darse cuenta de lo que hizo, a Alsancia casi le dio algo, su cara se puso pálida, como si estaba a punto de gritar, aunque los nervios hicieron que no pudiera hacerlo.
— Ahora sí que Mao se va a enfadar mucho con nosotras…— Dijeron las gemelas al unísono, al ver que habían roto algo de la cocina.

— ¡L-l-lo siento-o m-mucho! — Y Alsancia, que pudo salir del bloqueo, más o menos; intentó disculparse. — Y-yo no…—

Se sentía muy culpable y estúpida, no solo por haber arruinado algo que les estaba costando realidad, sino porque ella era la mayor y no debería estar cometiendo tales errores. Las demás chicas se pusieron manos a la obra rápidamente, porque no querían que Alsancia se pusiera triste solo por una metedura de pata; diciéndola que no pasaba nada, que no estaban enfadadas ni nada parecido. Entre ellas, Jovaka, que añadió esto:

— No es tu culpa, es de Josefina, en todo caso. — Su acusación molestó mucho a la mexicana, que le replicó muy enfadada:

— ¡Oye, fue un accidente, no me esperaba que se rompiera de esa manera! ¡La culpa la tiene lo que hicieron el paquete! —

Y podrían haber tenido una pelea, sino fuera por Malan que intervino al momento y les dijo que nadie tenía la culpa, fue solo un accidente y que no era la hora para montar una discusión, porque tenían cosas que hacer.

— ¡No sabemos cuándo van a volver, pero creo que aún tenemos tiempo suficiente! ¡Así que vamos a reorganizarnos, chicas! — Gritó Malan a pleno pulmón, a continuación, como si fuera de repente se hubiera vuelto el líder de algún escuadrón o ejercito. Todas le preguntaron cómo iban a hacer eso y ella les respondió de forma clara, mandándoles órdenes:

— ¡Alex, Sanae, salgan a comprar de nuevo los ingredientes que hemos desperdiciados! ¡Jovaka, Alsancia, empezar a limpiar la harina que se desperdigado por la cocina! ¡Josefina, Diana, llamad a Clementina y pedirle que alargue las compras! ¡Yo me pondré a recoger los cristales! ¡Vamos, apenas hay tiempo! —

Un fuerte entusiasmo se apoderó de las chicas, que gritaron en alto que sí, mientras empezaban a prepararse para cumplir con sus obligaciones.

Dos horas después, ellas habían conseguido su cometido. A pesar de varias pequeñas meteduras de pata, pudieron superarlas y terminar con la dichosa tarta de bizcocho. Ahora la estaban sacando del horno, mientras preparaban el chocolate líquido para echárselo encima.

— ¡No sé cómo lo hemos conseguido, pero por fin hemos hecho esto! — Decía Josefina, incapaz de creérselo. El accidente de la harina la hizo creer que le habían maldecido con mala suerte y no podrían terminarlo.

— ¡Y nosotras creíamos que íbamos a tener muchísima mala suerte y no tendríamos tarta para mañana! — Algo que también pensaba las gemelas.

— No exageren tanto, solo tuvimos unos percances de nada. Pequeños contratiempos que se podría superar fácilmente. — Les replicó Malan, mientras terminaba los últimos preparativos para la tarta.

Si no fuera por Malan, que gestionó perfectamente la situación, mandando órdenes, animando a las chicas, explicándoles todo lo necesario de forma clara y concisa; pudo evitar que algo que parecía tan fácil como hacer una tarta se volviera una verdadera odisea. Aunque le hubiera gustado ver como sus amigas hubieran enredado la situación hasta llegar a niveles absurdos, ella tenía un deber que cumplir.

Éste era un regalo de agradecimiento para su querido y amado Mao, no solo de ella, sino de todas las demás. Además de tener como objetivo animarlo para que superarse aquella depresión que estaba sumiendo.

— Ahora que lo pienso, tiene una pinta deliciosa. — Y las gemelas, con solo verlo, le entraron hambre. — ¡Deberíamos probar un poco! —

— ¡No! — Les replicó autoritariamente Malan. — ¡Esto es para Mao, recuerden! —

— Pero es que…— No había excusa que vagará, casi todas le dijeron que no, que le habían costado mucho sudor y sangre hacerle la tarta.

Y así es como ellas terminaron con aquella tarta que hicieron con todo su corazón, escondiéndola en un lugar seguro para que ni Diana, que también quería probarlo y les pidió un trozo, ni las gemelas intentaran probar ni un solo bocado del bizcocho. Aquel helador trece de Febrero terminó para dar paso al catorce, al día de San Valentín, igual de fresco que el anterior.

— ¡Qué aburrido se ve la tele hoy! ¡Lo único que salen son programas hablando sobre cosas románticas o cómo le están yendo este día! — Eso decía Mao, mientras cambiaba de canal compulsivamente. Estaba tan aburrido que no dejaba de dar bostezos.

— Es normal, hoy es San Valentín, el día de los enamorados. — Le replicó alegremente Clementina, quién estaba de muy buen humor, poniendo una cara de boba feliz tan inusual que Mao se preguntaba, muy extrañado y algo asustado, qué le había ocurrido. También le pasaba algo parecido a Leonardo, que actuaba igual. Aún así, no le daba mucha importancia.

— Eso ya lo sé, el día en que a alguien le matan porque casaba a la gente o algo así…— Añadió su gerente, recordando cómo Malan le explicó esta curiosidad alguna vez.
Clementina no respondió, seguía estando en sus fantasías, bastante alejada de la vida real. Y no solo ella y su primo estaban raros.

— ¡¿Por cierto, qué os pasa a vosotras, por qué estáis tan inquietas!? —
Les preguntó a Alsancia, Jovaka y a Diana, las cuales estaban esperando impacientemente a algo. La serbia iba de un lado a otro con los brazos cruzados, susurrando; la pequeña de la casa no paraba de decir una y otra cuando iban a llegar, mirando el reloj una y otra vez, y la napolitana no dejaba de tener tics nerviosos que mostraban que estaba muy agitada.

Al preguntar, las chicas le respondieron nerviosamente: — ¡No es nada, nada de nada! —

Mao sabía que tenían algo en mente, pero en vez de presionarlas y saberlo, decidió no insistir y esperar. De todos modos, no creía que fuera algo grave y siguió con lo que estaba haciendo, es decir, no hacer nada.

Alsancia, Diana y Jovaka esperaban que las demás llegasen pronto a la casa de Mao, para poder darle la tarta todas juntas. Eran las tres y media de la tarde, hacía un buen rato que se terminaron las clases, así que ya deben estar yendo hacia aquí.

Y por fin llegaron. Entraron como un huracán, anunciando que llegaron a gritos, como anunciando la venida de una nueva era. Las que estaban en el salón saltaron de alegría, concluyeron así su impaciente espera.

— Hoy también vienen muy animadas…— Añadió Mao, sin saber lo que le estaba esperando. —…más que de costumbre. —

Las chicas que estaban en el salón se fueron a recibir a las que estaban en la tienda, mientras hablaban en voz baja, con la intención de que Mao no se hubiera dado. Éste, aunque picado por la curiosidad, siguió observando la televisión como un zombi, porque le daba mucha pereza moverse. Éstas, entre cuchicheos, yendo de un lado para otro, sacaban la tarta de bizcocho de su escondijo.

Cuando ya estaban preparadas, todas se pusieron detrás de él y gritaron su nombre: — ¡Mao! —

— ¡¿Qué pasa!? — Y éste se levantó de dónde estaba acostado y giró su cabeza hacia ellas.

Entonces, vio a Jovaka, Malan, Alsancia, Diana, Alex, Sanae y a Josefina, a todas las chicas, gritarle con gran alegría esto, con una tarta de bizcocho y chocolate siendo sostenida entre las manos de la mexicana:

— ¡Feliz Día de San Valentín, Mao! —

Se quedó callado, mostrando una cara de sorpresa que apenas se notaba. Entonces, recordó la insistencia de Clementina de llevarlo de compras el día anterior y todo encajaba. Las chicas le habían preparado una tarta dedicado para él. Y tras quedarse mudo, lanzó esta conclusión:

— Así que esto era lo que estabais tramando…—

— ¡¿Y esa reacción!? — Josefa se sintió algo desilusionada, se imaginaba algo mejor. También las gemelas, que añadieron esto: — ¡Deberías estar gritando de felicidad porque te hicieron algo para no sentirte mal por ser una solterona! —

Esas palabras que soltaron ellas provocaron que Mao empezará a reírse, dando carcajadas de felicidad. Sabía que ellas tramaron algo, pero él no se esperaba esto. No solo fue una grata sorpresa, sino que lo emocionó tanto que le entraron ganas de llorar, algo que no desearía mostrarle a aquellas chicas. No solo por la vergüenza ni porque era una especie de líder para éstas y tenía que aparentar que era fuerte, también porque no deseaba preocuparlas.

— ¡De verdad, ha sido una buena sorpresa! ¡No es mi culpa por no poner caras exageradas ni gritar, ni me hace falta hacerlo! — Eso añadió con una gran sonrisa que dejaba claro que le gustó aquella sorpresa. Todas las niñas se pusieron muy felices.

— ¡¿De verdad!? — Dijo Josefina. — ¡¿En serio!? — Exclamaron las gemelas. — Me alegra mucho…— Añadió Malan.

— ¡Lo hemos hecho con todo…! — Jovaka casi iba a decir una cursilería y tuvo que cambiar de frase. — ¡Bueno, nos hemos esforzado mucho y todo ese rollo! — Todas le miraron con una sonrisa burlona, al adivinar lo que iba a decir, mientras la serbia miraba hacia otro lado, ruborizada.

— ¡Yo también he alludado! ¡Yo también! — Intervino Diana, gritando esto con muchísima honra, para que Mao se sintiera orgulloso de ella.

— ¡E-esto es un a-agradeci…! ¡Es…! — Y Alsancia se llenó de valentía para decirle esto. — ¡E-es un agradecimiento! — A pesar de su tartamudeo no se lo permitía. — ¡G-gracias por todo! — Al final, lo consiguió.

Entonces, las demás, queriendo imitar a Alsancia, no se contuvieron y le dijeron todo esto, a pesar de lo vergonzoso y cursi que parecía decirlo:

— ¡Gracias por ser nuestra amiga! ¡Por ayudarnos cuando has podido, por soportarnos, por todo! ¡Absolutamente todo! —

Mao se quedó tan conmovido que no pudo más y, de sus ojos humedecidos, empezó a correr lágrimas por su rostro. Las chicas le preguntaron qué le pasaba y éste respondió, mientras intentaba ocultar su cara:

— ¡No es nada, solo me han entrado algo en los ojos! ¡O estoy sudando por ellos o lo que sea! ¡Pero no estoy llorando! —

Las niñas empezaron a cachondearse de la insinceridad de éste, mientras él no dejaba de soltar tonterías, incapaz de aceptar que les habían hecho llorar.

— ¡Se nota que te quieren mucho! — Añadió Clementina con una sonrisa alegre, en voz baja, mientras veía la escena.

— ¡Ya no importa que haya llorando! ¡Ahora nos vamos a comer la tarta, todos juntos! ¡Porque esto es demasiado para mí! — Soltó el chino esto a continuación, intentando cambiar de tema.

Las gemelas y Diana gritaron de alegría al ver que iban a probar aquella tarta que hicieron. Malan añadió burlonamente que eso era parte del plan, mientras Mao llamaba a Leonardo para que se uniera. Josefa le preguntaba a Clementina si aún seguía en dieta, quién esquivó aquella pregunta, para no perder la oportunidad de comer aquel postre que tenía buena pinta. La pobre de Alsancia no se atrevía a decirles a los demás que ella no podría comerlo, ya que crecía que solo iba para el chino, mientras Jovaka dudaba un poco en coger algún trozo, porque no sabía si estaba bueno o malo.

Y así, con todo el mundo comiendo, se termina esta historia sobre el Día de San Valentín.

FIN

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Quinta parte, centésima decimacuarta historia

— ¿¡De verdad te has encontrado con papá!? — Le gritaban las gemelas, muy sorprendidas y preocupadas. — ¡¿No te habrá hecho daño, no!? —

Josefina les respondió que no le hizo daño y luego empezó a explicarle cómo fue su encuentro con él. En resumen, apareció delante de ella, le preguntó su nombre y le explicó que era el padre de las gemelas. Cuando ella oyó se puso tan pálida que no pudo atreverse a correr, mirándolo con una cara de puro horror. Éste, al notarlo, le dijo que no le iba a hacer nada, solo le quería pedir un favor, que les dijera a sus queridas hijas de que se volvió buena persona, dejó la horrible secta y se dio cuenta de todo el mal que les hizo y que desearía tener una nueva vida con ellas, empezar de cero. Ya no iba a volverse loco nunca más, ni les iba a amenazar, ni se olvidaría de comprarles todo lo necesario. A partir de ahora, sería un buen padre.

Como era de esperar, pudo conmover fácilmente a Josefina, que incluso le entraron ganas de llorar mientras escuchaba sus palabras. E incluso se puso a soltar lágrimas, mientras se los explicaba a sus amigas Alex y Sanae.

— ¡¿Entonces, es eso lo que te ha dicho nuestro papá!? — Le preguntaron las gemelas, cuando terminaron de escuchar a Josefina. No sabían cómo reaccionar.

— ¡En serio! ¡Él está muy arrepentido, de verdad! ¡Denle una nueva oportunidad! — Les respondió Josefa.

Alex y Sanae se quedaron muy pensativas, con las cabezas cabizbajas y muy serias. Malan se quedó observándolas, preguntándose qué estarían pensando, seguramente estaban enfrentándose a un gran dilema. Entonces, Jovaka intervino inesperadamente, solo para decir esto:

— Yo si fuera vosotras, no debería confiar en ese hombre. —

— ¡¿Por qué, dices eso!? ¡Él está muy arrepentido, de verdad! ¡Me lo dijo! ¡Ya no harán más cosas malas y vivirán como una familia feliz! — Le replicó duramente Josefina. Jovaka suspiró y continuó:

— Como siempre, no te has dado cuenta de que esto es muy raro. — Josefa le preguntó qué quería decir con eso y Jovaka cambió de tema: — De todas formas, hagan lo que quieran, pero yo desconfiaría y mucho. —

Con esto dicho, Jovaka volvió hacia lo que estaba haciendo, es decir, seguir jugando a algún videojuego, mientras Josefa se quejaba de su actitud.

Entonces, Malan habló: — Aunque me sorprende, estoy de acuerdo con la chica ex-misógina. — Jovaka protestó, preguntándole qué quería decir con que le sorprendía. — Yo también dudaría. —

— ¡¿Tú también, Malan!? — Le preguntó Josefina, algo consternada. No se lo esperaba. Ella solamente le movió afirmativamente la cabeza muy seria.

Malan no se atrevió a contarles lo sospechoso y aterrador que les pareció su padre cuando se encontraron, de que parecía planear algo oscuro. Solo se quedó de nuevo en silencio, al igual que las gemelas, que apenas dijeron nada. Alex y Sanae estaban llenas de dudas, se miraban mutuamente, con unos rostros que decían claramente qué iban a hacer. Josefina, al ver como el silencio se volvió tan incómodo, intentó decir algo:

— Por cierto, hace un buen tiempo hoy, ¿a qué sí? — Pero nadie contestó.
Entonces, las dos gemelas se levantaron de repente y le preguntaron a Josefina esto:

— Bueno, ¿papá te ha dicho algo más? —

— Pues, él me dijo que cuando os decidías, él os estará esperando en la casa. Bueno, tenéis que llamar antes y todo eso. — Les respondió.

— Entonces tenemos que pensarlo. — Le dijeron las gemelas a Malan y a Josefina. — Así que vamos a subir a la habitación de Mao a hablar entre nosotras, ¿vale? —

Y tan rápido como dijeron eso, se fueron a la habitación de Mao. Luego, Josefina, al ver el feo ambiente que provocó aquella gran noticia, empezó a sentirse algo preocupada:

— ¿Estarán bien, verdad? — Le preguntó a su amiga Malan, pero ésta no contestó.
Estaba preguntándose qué podría hacer con esta situación. Deseaba que las gemelas decidieran no volver con él, pero sabía que era su padre y que ellas le querían, a pesar de todo. Si un ser querido te dijera que había cambiado para bien y deseaba rehacer su relación contigo y empezar de nuevo, lo normal es que aceptarás. Por esa razón, creía que ellas aceptarían volver a su casa.

Mientras no hayas sido engañado con la misma promesa varias veces o el odio hacia esa persona, aunque haya sido querida, no sea muy fuerte, entre otras ciertas condiciones, cualquiera aceptaría eso, volver a empezar con alguien querido.

— ¿Malan? ¡Tierra llamando a Malan!— Por otra parte, Josefina no dejaba de llamar a su amiga, que estaba tan concentrada en sus pensamientos que parecía que estaba en otro mundo.

Y ésta seguía pensando, preguntándose aún qué podría hacer. Intentó dudar sobre sus sospechas, creerse que solo fue una impresión errónea, y de que realmente había cambiado y quería volver con sus hijas. Josefina podría tener razón y que ella solo estuviera imaginando cosas y no debería estar tan preocupada por las gemelas. Aún así, le era imposible, su intuición le decía que aquel hombre era peligroso y que deseaba hacerles algo malo a sus amigas. ¿¡Entonces, qué podría hacer!?

— ¡Vamos, Malan! ¡Respóndeme! — Al final, esas palabras devolvieron a Martha a la realidad, después de que Josefina se pusiera a balacear los hombros de la africana de un lado para otro.

— ¡Ah, ¿qué quieres lenta simpática?! — Le preguntó Martha y ella le dijo esto:

— ¡¿Crees que estarán bien!? —

— Eso espero…— Eso fue lo único que pudo responder la africana.
Durante las próximas dos horas el silencio, que solo era roto por la música del videojuego que estaba jugando Jovaka; dominó el lugar. Martha no dejó de pensar sobre la situación y Josefa se quedó dormida, esperando a que la situación dejara de ser tan seria. Entonces, fue cuando las gemelas salieron del cuarto. Al notarlo, Malan se levantó, las miró y les preguntó:

— ¡¿Cuál es vuestra decisión!? —

— Pues verás, lo hemos estado pensando detenidamente…— Les decían las gemelas, algo avergonzadas. — Y nosotras creemos en nuestro padre, esto puede ser una locura, pero vamos a volver a nuestra casa. —

Malan no pudo evitar ocultar su cara de desánimo, al ver que había acertado. Luego, añadió, ocultando lo apenada que estaba:

— Ya veo, así que eso lo que habéis decidido. — Si esto era lo que habían elegido, no se sentía capaz de hacerles cambiar de opinión y que denegaran de esa opción. Tenía que respetar la decisión que acordaron ellas.

— Realmente nosotras queremos mucho a nuestro papá y si él nos dice que ha cambiado, es que tiene razón. — Comentaron las gemelas, justificando su elección. — Él es nuestra única familia, después de todo. —

Dieron una pequeña pausa y observaron detenidamente toda la casa de Mao, recordando los buenos momentos que pasaron entre estas paredes y una parte de sus corazones les decía que no querían irse. Luego, siguieron hablando:

— Aunque bueno, nos hemos divertido mucho en la casa de Mao. — Se dieron cuenta de que parecía una despedida y modificaron sus palabras: — De todas maneras, iremos a dormir aquí cuando sea posible. —

Exageraban un montón, pero es que no solo iban a echar de menos dormir todos los días en aquella casa, sino también las deliciosas comidas que se preparaban, porque tendrían que aguantar la pobreza que había en la suya.

— ¡Qué bien por vosotras, me alegro mucho! ¡Espero que seáis muy felices con vuestro padre! — Eso les decía una Josefina muy somnolienta, que se frotaba los ojos mientras bostezaba; pero muy feliz, por ver que una familia se había reunido de nuevo.

Entonces, Diana apareció en escena, que se levantó de su larga siesta y lo oyó. Bajó las escaleras como un huracán, gritando como loca:

— ¡Espelan, ¿Alex y Sanae se ban? — No se lo podría creer.

Josefina le explicó lo qué pasó y lo que consiguió fue esto:

— ¡N-no se vallan, no se vallan! — Eso gritaba descontroladamente Diana, mientras lloraba como una magdalena. No quería que ellas se fueran de su casa, se divertían mucho con las gemelas e incluso las estaba considerando como sus propias hermanas. Mientras que Alex, Sanae y Josefa intentaba consolar a la pobre niña desesperadamente, Martha Malan tuvo una idea para comprobar si sus sospechas estaban en lo cierto y a la vez proteger a sus amigas si sus temores se hacían realidad. Con la futilidad de un rayo, el berrinche de Diana provocó, de alguna manera, que diera con la solución.

— ¡No te preocupes, mujer! — Las gemelas seguían intentando consolar a la pequeña Diana. — ¡Seguiremos yendo por aquí! —

Pero aún así ella no paraba de llorar, Alex y Sanae, algo felices porque Diana les había cogido mucho cariño, les daba tanta pena que no tuvieron más remedio que decir esto:

— Además, estaremos una última noche aquí, ¡así que no llores! — Le dijeron al unísono.

— ¿¡En serio!? — Y Diana soltó esto, mientras se limpiaba las lágrimas.

— Sí, no nos iremos así como así. — Las dos chicas se pusieron a hacer poses ridículas, mientras decían esto al unísono. — Mañana volveremos a casa, pero ahora vamos a celebrarlo a lo grande, con una gran fiesta y una pijamada inolvidables. —
Gracias a Diana, tuvieron esta idea. Quería una despedida a lo grande, una cena inolvidable; antes de volver a vivir con su padre.

Aunque Mao parecía un poco rácano y algo obsesionado con el dinero, con él siempre podrían comer bien y comprar algunos caprichos y no era nada comparado con el padre de las gemelas, que era la mezquindad en persona.

— ¡Es una buena idea! ¡¿A qué sí, Diana!? — Le dijo Josefa a la pequeña, muchísimo más entusiasmada con la idea que ella, que movió la cabeza afirmativamente.
Mientras las cuatro chicas empezaron a hablar de cómo montarlo, muy animadas y felices; Malan las observaba con una mirada de intranquilidad, convenciéndose de que no era el momento más indicado de decirle a las gemelas lo que tenía planeado hacer, podría fastidiar todo el buen ambiente que se habían montado. Jovaka, que tampoco recibió muy entusiasmada lo que querían hacer ellas, la observó durante unos segundos, antes de volver a sus videojuegos. A continuación, ellas decidieron llamar a Clementina y a Alsancia por teléfono para decirles la noticia y que compraran lo necesario:

— Me alegro muchísimo por vosotras, la verdad. Por fin, esa horrible secta dejó de controlar a vuestro papá, ahora podréis vivir felices. — Eso decía una Clementina eufórica a las gemelas, antes de rebañar su plato de comida. Hasta le estaba entrando muchísimas ganas de llorar de pura felicidad.

Eran las nueve y media de la noche, habían pasado varias horas de que las chicas le dijeron a Clementina y a Alsancia por teléfono la buena noticia. Ésta se puso tan feliz que compró tanta comida que iba a sobrar para los días siguientes. Con estas inesperadas compras, mentalmente le pedía perdón a Mao por utilizar más dinero del que iban a necesitar.

La comida, que fue preparado junto con todas las chicas, salvo Jovaka; le salió perfecta y todas estaban disfrutándolo. Y para que fuera una fiesta, pusieron un canal en dónde solo salían videoclips, a un volumen apropiado para no molestar a los vecinos.

— ¡¿A qué sí!? ¡Al final, las cosas han acabado muy bien! — Comentó Josefina, igual de feliz que ella, mientras le echaba un poco de jugo a Diana.

Clementina se acordó de algo y le preguntó a Josefina y a Malan si habían llamado a sus familias. Después de que las dos chicas le dijeran que sí, la mexicana observó la expresión de intranquilidad que tenía Alsancia, que estaba a su lado; y le preguntó esto:

— ¡¿Por qué esa cara tan larga, Alsancia!? — Ésta quiso mentirla, pero no pudo hacerlo, así que dijo la verdad. Utilizando el lenguaje de los signos, le dijo que esto le parecía muy raro y extraño. No quería aguar la fiesta que estaban teniendo ni la felicidad de las gemelas, pero ella también tenía un mal presentimiento.

— ¡¿Tú también!? Malan y Jovaka también han dicho eso… — Protestó Josefina, quién se preguntaba por qué todas desconfiaban tanto de aquel hombre.

— No te preocupes, Alsancia. Tienes que ser positiva. —

— ¡Estaremos bien! — Intervinieron las gemelas, poniendo poses ridículas, para tranquilizar a su amiga. — ¡Seguro que sí! —

Alsancia no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa, aunque esas palabras no ayudaban mucho a que dejara de sentirse inquita. Además, había otra razón que le ponía algo triste, algo que todas las chicas tenían en mente, pero intentaban ignorar, hasta que Jovaka dijo cabizbaja y en voz baja:

— Ojalá Mao estuviera aquí…— Al darse cuenta de que dijo esto sin pensar, se tapó la boca y les soltó a los demás que no había dicho nada. Ellas que lo habían oído perfectamente comentaron muy apenadas:

— Tienes razón, ojalá que Mao estuviera aquí…— Comentó Josefina con tristeza, como si él estuviera muerto.

— Es un poco aburrido sin sus quejas. — Añadieron las gemelas. — ¡¿Por qué se tuvo que ir!? —

Ellas aún no habían asimilado que Mao se había marchado a un viaje de autodescubrimiento y las dejarán en casa.

— Tampoco Leonardo está aquí,… —Y Clementina añadió esto, mientras se acordaba de su primo. — Me preguntó cómo estarán…—

Echaba de menos a Mao, pero muchísimo más a su primo, ella se sentía realmente sola sin él y no dejaba de preguntarse cómo estaba y cuándo volverá. Le entraron ganas de llorar, con solo recordarlos.

— Jo, yo quielo estal con el tío Leonardo y Mao. — Y Diana también estaba así, y muy enfadada con ellos, por no haberla llevado a aquella aventura.

Al ver que el buen ambiente que consiguió tener aquella fiesta empezó a desaparecer, Josefina actuó e intentó animarlos:

— ¡No os pongáis así! ¡A Mao no le gustaría que os pongáis tristes porque se fue! —

— Mao volverá, así que nosotras no debemos entristecernos. Es más, ¡hay que celebrarlo más que nunca en su honor, y el de Leonardo también! —

Y Martha Malan ayudó a Josefina, animando la fiesta con una actuación tan sobreactuado que hizo reír a los presentes. Todas las demás chicas le dieron la razón y decidieron, con una gran sonrisa, celebrar esta fiesta a lo grande.

Y después de dos horas de pura diversión, y tras ser regañadas por los vecinos por el ruido que provocaron, todas las chicas empezaron a preparar los futones para dormir:

— Hoy ha sido muy divertido. — Eso decía Alex, mientras terminaban su cama. Añadió su gemela: — De verdad, debemos repetirlo. —

— Cuando vuelva Mao, le haremos una gran fiesta a su honor. — Comentó Josefina, quién se tiró al futón así sin más, y se quedó dormida tan rápido que ni le dio tiempo ponerse entre las mantas.

Al ver eso, las gemelas se sorprendieron con su rapidez y lo comentaban. Malan la tapó con las mantas, para que no tuviera frío, con mucho cuidado para que no se despertara. Después de eso, las gemelas le preguntaron esto:

— ¡¿Lo has pasado bien, Malan!? —

— Sí, ha sido divertido, aunque os habéis pasado un poquito. — Les respondió Malan.

— No nos eches la culpa, no pudimos evitarlo. — Le molestaron un poco eso, pero no le dieron mucha importancia. — Pero lo importante es que nos hayamos divertido. —

— Tal vez…— Y las tres empezaron a reírse, tapándose la boca al darse cuentan de lo que estaban haciendo. No querían despertar ni a Josefina ni a Alsancia, que también se había quedado dormida como un tronco.

Entonces, Martha Malan se dio cuenta de ya era hora para comentarles algo importante: — Por cierto, tengo que deciros una cosa…—

— ¡¿Qué es!? — Preguntaron muy curiosas las dos gemelas. — Eso, eso, ¿¡qué es!? —

— No me sentiré segura con el hecho de que volváis con vuestro padre, así que me iré a dormir mañana a vuestra casa…—

Esas palabras llenas de seriedad dejaron a las gemelas muy boquiabiertas, no se esperaban que su amiga fuera capaz de hacer eso por ellas.

— ¡¿Malan…!? — Decía Sanae, incapaz de soltar algo más. Su hermana dijo a continuación esto: — ¡No te preocupes, nosotras estaremos bien! ¡Así que no hace falta…! — Intentó convencerla de lo contrario, pero Martha la interrumpió:
— No, no puedo, estoy muy preocupada. A decir verdad, yo…— Y decidió decirles lo que le pasó, con el siniestro encuentro que tuvo con el padre de las gemelas, con todo lujo de detalles.

— ¡¿De verdad, pasó eso!? — Eso gritó Alex, después de escucharlo.

— Es por eso que pudiste adivinar lo que quería decirnos Josefina, cuando volvió. — Añadió su hermana Sanae.

Se sintieron un poco mal por el hecho de que su padre tuviera que comerles el cerebro a sus amigas para convencerlas. Más bien, les daba rabia que no se atreviera acercarse a ellas para que le pidieran perdón.

— Eso ya nos parecía muy sospechoso. — Continuó Alex.

— Es normal, Mao se fue a viajar y al día siguiente nuestro padre aparece, meses después de que aquel incidente y sin contactar con nosotras; eso es muy sospechoso. — Le entraron ganas de llorar. — Pero aún así creíamos que tal vez nuestro padre se volvió bueno. —

Malan recordó cuando dijeron que aún querían a su padre y entendía un poco sus sentimientos. Después de todo, era un ser querido para ellas, a pesar de todo el mal que les haya causado; y no hay mejor alegría que el hecho de que hayan cambiado para mejor.

— Tal vez haya mejorado como persona, pero aún así creo que sería mejor que os acompañase. — Añadió Malan muy compasiva, pero dejando claro que no iba a las iba a dejar solas con ese hombre.

— No sé,… — Decía Alex, muy indecisa. — Sería divertido llevarte con nosotras a nuestra casa, aunque sea muy pobre…—

— Pero si papá sigue siendo el mismo de siempre, te pondremos en peligro. Si te pasará algo, nos sentiríamos muy tristes. — Y Sanae terminó la frase.

Por esa razón, intentaban negarle a Malan esa idea. Jamás invitaron a sus amigas a su casa por el miedo de que su padre, a pesar de que él siempre intentaba mantener las apariencias, se volviera loca y les hicieran daño. Ni menos ahora, que no sabían cómo iba a actuar. Aún así, esa idea de llevarla a dormir a su hogar era muy tentadora y deseaban decirles que sí.

— Entiendo. De todas formas, seguiré insistiendo. Seguro que si estoy con vosotras, puede evitar que vuestro padre pierda la razón, tal vez. Además, he aprendido algunas cosas de autodefensa y técnicas de diferentes artes marciales. Podré defenderme yo sola. — Comentó Malan, decidida a convencerles.

— ¡¿En verdad…!? — Dijeron al unísono las gemelas. Se miraron la una a la otra, preguntándose qué podrían hacer, qué iban elegir. Así estuvieron unos cuantos segundos, hasta que finalmente cedieron:

— ¡No tienes remedio! — Decían alegremente. — Esperemos que no tengas que arrepentirte de esto…—

— ¡No se preocupen, no lo haré! — Añadió Malan, intentando mostrar una imagen de seguridad.

Entonces, apareció Jovaka, que tuvo que dejar el videojuego por órdenes de Clementina, y ya se iba a acostar. Les preguntó de qué estaban hablando y ellas le respondieron nerviosamente que no era nada, extrañando un poco a la serbia, pero que no le dio mucha importancia.

Y tras esto, se acostaron en los futones y apagaron las luces. Martha Malan se quedó observando el techo, con los ojos abiertos. No dejaba de pensar en todo lo que había pasado aquel día y las cosas que le podrían ocurrir en los siguientes. No podría dejar de recordar aquella última frase que pronunció el padre de las gemelas:

— Bueno, ya no te molestaré más, Martha Malan. Solo espero que no te arrepientas. —

Con solo recordarlo, ya le entraba escalofríos. Sabía que aquel hombre no iba a hacer algo bueno y necesitaba detenerlo. Intentó asimilar el hecho de que podría acabar muy mal, sobre todos los riegos que ella iba a sufrir; y al pensar en esas cosas solo le provocaba mucho miedo y pánico. Algo que le frustraba, porque sabía que eligió aquella decisión por su propia voluntad y tenía que aceptar todas las consecuencias.
Aún así, estaba decidida a soportar cualquier problema, no solo por sus amigas, sino por Mao, porque le pidió que protegiera a esas chicas en su lugar y no quería defraudarlo.

— ¡¿Qué haría Mao!? — Se preguntaba en voz baja, antes de cerrar sus ojos y ponerse a dormir.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Cuarta parte, centésima decimacuarta historia

Al día siguiente, en plena tarde; Malan se dirigía hacia la casa de Mao, le habían llamado las gemelas, que le pidieron que jugara con ellas. Aunque le sentaba muy mal volver allí, ya que él no estaba; por otra parte, deseaba estar con sus amigas. Y tras entrar en aquel barrio lleno de calles estrechas y pequeñas, alguien se puso delante de su camino, que a ojos de Martha, parecía bastante sombrío:

— ¡Buenas tardes, señorita! — Le saludaba, con una gran sonrisa. — Tú eres Martha Malan, ¿no? —

Eso puso en alerta a Martha Malan, un hombre que desconocía totalmente se le apareció ante ella y conocía su identidad. Empezó poquito a poco a ponerse en posición para salir corriendo, mientras le decía esto, intentando actuar calmada y tranquila: — Sí, esa soy yo, ¿qué quieres de mí? —

— No te preocupes, no es nada especial. Solo soy el padre de tus amigas, esas gemelas que se llaman Aleksandra y Sanacja; ¡¿podrías ped…!? —

No pudo terminar la frase, porque al oír que era el padre de las gemelas, Malan reaccionó enseguida, salió corriendo como un cohete. Después de todo, Mao le aviso que si lo viera, debería salir huyendo, llamar a la policía y avisar a todas sus amigas.

— ¡Qué fastidio, esta niñata me va a hacer correr…! — Añadía molesto el padre de las gemelas, antes de empezar a perseguir a Martha.

Por culpa de la adrenalina y de la urgencia de huir, Martha se desorientó y no sabía por dónde iba, solo daba vueltas por el maldito barrio, incapaz de encontrarse la salida o la casa de Mao.

— ¡Aquí estás! ¡No corras chiquilla, gastarás tus energías tontamente! —Y lo peor para ella, es que se el padre de las gemelas la encontró fácilmente, ya que se memorizó el laberíntico barrio y se aprovechó bastante bien de la desorientación. Apareció delante de las narices de la africana, que frenó en seco y se dio media vuelta.

— ¡Te he dicho que no corras! — Y él la atrapó a tiempo, cogiéndola de brazo. — ¡No te voy a hacer daño! — Aunque le estaba apretando tan fuerte que le dolía. Al darse cuenta, la soltó y añadió esto:

— Perdón, perdón. No era mi intención, señorita. —

Martha, se tocaba el brazo, en la zona dónde le agarró fuertemente Roman; y, con desconfianza y hostilidad, le preguntó esto:

—Ya veo. Bueno, ¿qué quiere usted de mí? —

— Te lo dije antes, pero saliste corriendo. Solo te quiero pedir un favor, nada más. — Se quedó observando el rostro de Malan y se rió. — No debes mostrarte tan hostil, no tengo intención de hacerte algo malo. —

No dijo nada, sospechaba totalmente de aquel hombre. Aún así, decidió no actuar por el momento, al ver que el hombre no realizó ninguna acción realmente hostil hacia ella. Y éste, al ver que ella ya no reaccionaba de forma negativa, le dijo esto:

— Ya que por fin te has tranquilizado, te pido que hables con mis hijas y les convenzas de que hablen conmigo, quiero pedirles perdón…—

A pesar de que lo dijo de una forma aparentemente triste y muy arrepentido, poniendo una cara que parecía expresar esos sentimientos; Martha Malan desconfió bastante de esas palabras y se quedó pensando.

Pasaron meses desde el día que se fue a la casa de Mao e intentó llevarse a las gemelas por la fuerza. Después de aquel incidente, jamás apareció por ellas, y ahora que su Ojou-sama no estaba, casualmente él había vuelto. Y no solo eso, sino que en vez de pedirle perdón directamente, le pedía a una de sus amigas que lo hicieran por él. Todo eso provocaba que Martha oliera algo malo en el comportamiento de aquel hombre, de que aquella aparente tristeza y arrepentimiento que intentaba mostrar no fuera más que pura falsedad. A continuación, decidió decirle algo:

— ¡¿Por qué no lo intentas usted, señor!? Son tus hijas, no creo que sea muy útil que yo las intente convencer. Ni siquiera le conozco. Es más, no creo que sea muy inteligente pedirme tal favor. Deberías hacerlo usted mismo. —

Se dio cuenta de que el hombre la quería utilizar para atraer a sus hijas de nuevo a sus brazos, así que ella indirectamente le estaba negando hacer tal favor. Entonces, en un solo instante, sintió como la cara del hombre puso un gesto desagradable, como si no le hubiera salido bien el truco.

— Tal vez tengas razón, pero después de lo que hice no creo que quieran verme de nuevo. Tampoco la gente de la casa en dónde ellas viven me acogerían de buena manera. —

Martha se dio cuenta de que éste no cejaba en su intento de utilizar e intentaba ablandarla con argumentos sentimentales.

— Realmente me siento muy arrepentido y muerto de vergüenza. Es muy normal que no me atreva a presentarme delante de ellas. Me serías de gran ayuda si tú, una de sus queridas amigas; les dijera que nos habíamos encontrado de casualidad y te había hablado de lo mal que estoy, que las necesito de nuevo en mi vida. —Empezó a suplicar, incluso. — Hazlo por este pobre hombre y sus hijas. —

Aquel comportamiento lastimero no afectó para nada al corazón de Malan, quién empezó a sentirme muy incómoda y molesta por tener que soportar esto. No dejaba de recordar la súbdita aparición que hizo aquel hombre, de cómo apareció de repente, como si él estuviera esperándola; y de cómo la persiguió siniestramente. Si no hubiera hecho tal cosa, tal vez podría haber conseguido que ella dudara. Pero gracias a que actuó así, más las cosas que le contaron sus amigas; no se iba a dejar convencer con esas palabras.

— Lo haría gustosa. — Mintió elegantemente. — Pero son cosas de familia, y no debería meterme en medio. Solo soy su amiga, nada más que eso. —

— Entiendo. — Puso cara de cachorrito y siguió insistiendo. —Tienes razón, pero…— Entonces, Malan lo detuvo en seco.

— No quiero que insista más. — Y se lo dejó claro. —No lo haré. —

Tenía que terminar con esto lo más rápido, y la firmeza de su respuesta hizo que el padre perdiera la paciencia:

— Pues vaya amiga tienen mis queridas hijas…— Decía muy indignado, aunque intentando mantener la compostura. — ¡¿Los amigos no están para ayudar!? Podrías ayudarlas a reconciliarse con su querido padre, que ya pudo escapar de las garras terribles de aquella secta, que me volvió un ser lamentable. Ya soy un nuevo hombre, alguien que quiere recuperar lo que más quiere en este mundo. Como buena amiga que eres de ellas, deberías ayudarnos, a que comprendan que he vuelto a ser buena persona. —

Al ver que eso tampoco surtió efecto, él supo que tenía la batalla pérdida y, poniendo una expresión de pena, añadió esto:

— Bueno, ya no te molestaré más, Martha Malan. Solo espero que no te arrepientas. —

Eso último que dijo casi se sintió como si fuera una fútil amenaza, rodeado de una aparente y falsa amabilidad, o eso lo sintió Martha Malan. Después de soltar esas palabras, el siniestro padre de las gemelas despareció de entre las sombras del barrio.
La africana soltó un gran gesto de alivio, al ver que se había alejado. Con incomodidad y escalofríos, rápidamente se dirigió hacia la casa de Mao. No dejó de preguntarse en todo el camino si avisar a las gemelas o mantenerse callada. Por una parte, tenía malos presentimientos sobre aquel hombre y debería mantenerlas lejas de él, incluso ocultado el hecho de que ella se lo encontró. Por otra, creía que Alex y Sanae necesitaban saberlo lo más antes, y ponerse a predecir cuáles eran sus verdaderas intenciones y sus próximos movimientos. El viaje se alargó muchísimo gracias a estas dudas, ya que estaba tan concentrada viendo los pros y los contras de cada opción que no se percató de que estaba dando vueltas por el barrio.

Cuando llegó ante la puerta de la tienda, se quedó mirándola fijamente, durante unos minutos:

— Ya estoy aquí, y aún así no he tomado una decisión… — Dijo en voz baja, mientras observaba con tristeza el cartel, recordando a Mao.

Al ver que empezó a ponerse melancólica, enfrió sus pensamientos y se centró en decidir que iba a hacer. Entonces, la puerta se abrió de repente. Eran las gemelas, que le decían esto, muy felices:

— ¡¿Cuándo piensas quedarte parada ahí!? — Soltaba Alex, mientras su hermana añadía: — ¡Entra de una vez! —

— Vale, vale. — Y Malan entró. — Me sorprende que os dieseis cuenta de que estaba en la puerta. —

— Es que estamos tan aburridas que decidimos esperar en la puerta. — Le comentó Sanae, y su hermana añadió: — Y ha sido mucho más aburrido, porque tardabas mucho. —

No tenían a nadie con quién jugar, estaban aburridas. Diana se tomó una siesta. Alsancia, que cogió un catarro veraniego; estaba en el médico, junto con Clementina, que no tuvo más remedio que acompañarla. La única libre era Jovaka, pero no era realmente una persona muy divertida que digamos. Así que esperaban impacientemente la llegada de Malan.

A continuación, se dirigieron hacia al salón. Las gemelas no dejaban de hablarle de las cosas graciosas y cotidianas que habían pasado en la casa en los últimos veinticuatros horas. Martha asentía y reía por sus comentarios, mientras su mente aún se debatía por decirles lo que le ocurrió u ocultarlo. Al final, cuando ya se sentaron y las gemelas se ponían a pelear con Jovaka por el control del mando de la televisión, tuvo una decisión, se los iba a decir.

Y cuando iba a abrir la boca, las gemelas abrieron la suya antes, diciendo esto, después de que no pudieron quitarle el mando a Jovaka:

— ¡Cuánto tarda Josefina! — Protestaba Sanae y su hermana añadió: — ¡Es verdad! ¡¿Qué pasa hoy!? —

Había pasado una hora y media desde que llamaron a Josefina y ésta aún no había llegado. Al oír eso, Malan tuvo un mal presentimiento. Al igual que ella, la lenta simpática se encontraría cara a cara con el siniestro padre de las gemelas. Después de todo, no dejaba de sospechar que su encuentro con él no era nada casual, ese estaba esperando a alguna amiga de sus hijas para mostrarles que estaba muy arrepentido y que las convencieran de volver a su casa en su lugar. Y Josefa era una presa fácil para los sentimentalismos.

— Tienen razón, voy a ver si ella se ha perdido por el barrio. — Eso les dijo a las gemelas, mientras se levantaba del suelo. Iba a salir a la calle urgentemente con la intención de buscarla, evitar que se encontrará con aquel hombre o, por lo menos cortar su conversación por la mitad su ya se hubiera encontrado con Josefina.

— Josefina ya conoce el camino. — Le replicaban las gemelas. —Es imposible que le pase eso. —

— Aunque estés muy familiarizada con la zona, hay momentos en que te puede pasar eso. — Y le dieron razón, recordando que Josefina se perdió junto con Alsancia por el barrio hace meses. Y también porque todas ellas también se habían perdido por el lugar en fechas recientes.

Las gemelas se levantaron para acompañarla y Martha, que sabía muy bien que sería muy chocante para las gemelas encontrarse con su padre, intentó hacerlas desistir:

— ¡No hace falta que vengáis, mejor os quedéis aquí! —

— ¡¿Por qué no!? — Le dijeron las gemelas. — Será mucho más divertido que quedarse con Jovaka. —

— Yo no tengo culpa de que sea tan aburrida. — Les replicó una Jovaka molesta.
Martha Malan no se le ocurría ninguna buena excusa para evitar que le acompañasen, así que dudó si llevarlas o no. Entonces, escucharon como alguien estaba pegando en la puerta frenéticamente:

— ¡Chicas, chicas! ¡No os lo vais a creer, tengo noticias importantes! —

Eso les gritaba desde la calle y todas reconocieron rápidamente su voz, era Josefina, que parecía estar muy ansiosa. Malan, con un gesto de alivio; y las gemelas, que se preguntaban muy curiosas qué eran esas noticias tan importantes; se dirigieron rápidamente hacia la puerta para abrirla:

— ¡Ya estamos aquí! — Le decían las gemelas, al llegar, antes de abrirla. — Ya puedes dejar de tocar la puerta. —

Josefina, al oír las voces de sus amigas, les dijo que sí y dejó de golpear. A los pocos segundos, la puerta fue abierta. Josefina ni siquiera espero a que dijeran algo, porque les puso a contar lo que le había pasado, hablando tan rápido y tan denso que sus amigas se quedaron en blanco:

— ¡Tranquilízate, lenta simpática, apenas se te entiende! — Le decía Malan, al ver lo alterada que estaba ella.

Josefina la escuchó e intentó decirlo mejor, pero solo volvió a hablar de forma incontrolable e inentendible. Ahí se dieron cuenta que hasta no se tranquilizará, no les podría contar bien lo que pasó y saber cuáles eran esas buenas noticias:

— ¡Josefina, vamos al salón! — Les decía las dos gemelas, mientras la llevaban hacia allí. — ¡A ver si te tranquilizas ahí! — Ella asintió, bastante avergonzada, mientras se obligaba a sí misma a tranquilizarse a la fuerza.

Al pasar un buen rato, las gemelas, hartas de esperar; le preguntaron impacientemente esto:

— ¡¿Ya te has tranquilizado!? — Dijo Alex y añadió su hermana: — ¡¿Qué son esas noticias tan importantes!? —

— Pues…— Estaba tan concentrada en tranquilizarse que se olvidó lo que les quería decir a las chicas y se puso a recordarlo.

— ¿¡No me digas que se te ha olvidado!? — Le dijo Jovaka muy burlona, algo que le molestó a Josefa que se defendió, diciendo esto:

— Eso no es cierto… — Mintió Josefina muy avergonzada. Luego, lo admitió. — Bueno, un poco… — Hizo una pose para pensar mejor y, después de tardar unos segundos, ella pudo acordarse. —… pero ya lo recuerdo. — Añadió dramáticamente.

— ¡¿Y qué es!? — Y todas le gritaron esto. Menos Martha, que empezó a tener una cierta sospecha sobre aquellas noticias tan importantes. Más bien, intentaba pensar que era otro motivo y no él que estaba imaginando, pero era imposible, parecía encajar demasiado bien.

— ¡¿Estáis intrigadas, verdad!? ¡Entonces, yo os lo voy a decir ya! — Y Josefa, al ver que sus amigas estaban dándole mucha atención; aumentó innecesariamente la intriga.

Y entonces, Malan interrumpió, que decidió aventurarse y preguntarle esto: — ¡¿Te has encontrado con el padre de Alex y Sanae, no!? —

Josefina se quedó boquiabierta y en silencio durante algunos segundos, antes de gritar como loca: — ¡¿C-cómo lo has adivinado!? —

Malan dio un suspiro de molestia y de rabia, al ver que sus sospechas eran reales y el padre de las gemelas le había manipulado. Las gemelas y Jovaka al escuchar eso, quedaron bastante conmocionadas y gritaron al unísono:

— ¡¿Espera, qué!? — Sus caras decían que eso no eran buenas noticias precisamente.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Tercera parte, centésima decimacuarta historia

Una hora después de aquel incidente, todo volvió a la normalidad en la casa de Mao. Después de que éste les explicaba a los dos agentes de policía con pelos y señales como un loco pegó en su casa y les amenazó de muerte en la calle, rodeado de vecinos que le confirmaban eso o solo cotilleaban; entró en su querido hogar para ir a acostarse al salón y olvidarse de aquel horrible incidente, mientras veía la televisión. Se sentía tranquilo, porque le dejaron a alguien afuera vigilando. Al entrar a la tienda, se encontró con el resto de los habitantes de la casa, que estaban esperándolo nerviosamente:

— Bueno, gente. La policía estará atenta por si él vuelve a pasarse por aquí, ¡Así que no os preocupéis, todo está controla…! —

Les dijo esas palabras a los demás, aparentando seguridad, con el propósito de tranquilizarlos. No deseaba que todos estuvieran asustados después de lo qué pasó. Mao no pudo terminar esa frase porque fue sorprendido por las gemelas, que se abalanzaron sobre ella y le abrazaron fuertemente mientras les gritaba esto entre lágrimas:

— ¡L-lo sentimos muchísimo, j-jefa! — Ellas dos se sentían muy fatal por lo ocurrido. — ¡D-de verdad, n-nosotras jamás podríamos pensar que papá fuera a a-actuar así! —

Mao, quién se sentía bastante incómodo, al igual que el resto; les decían sin parar que no importa, que ellas no tenían que sentir nada, porque no eran culpables de nada. Aunque tuvo que dejar que Alex y Sanae se desahogarán.

Después de eso, todos volvieron al salón para seguir con su vida cotidiana. Bueno, eso era lo que quería Mao, pero el susto no dejaba de perturbar el día:

— ¡¿Aún sigues disfrazada!? — Eso decía Mao, después de comprobar que Jovaka aún seguía puesta con su armadura imprevista. — Ya dije que todo está controlado. —

— ¡Es por si acaso! ¡No podemos ser precavidos! — Le replicó Jovaka con gran seriedad.

— Y-yo también. — Y añadió Diana, que también se puso lo mismo que ella, a pesar de que su madre intentó evitarlo. Al final, la insistencia de la pequeña supero a la de Clementina.

Mao, al ver que no iban a cambiar de idea, soltó esto, antes de suspirar y de volver su mirada al televisor: — H-hagan lo que quieran. —

Entonces, se acordó de algo importante y le dictó esto a Clementina:

— Puedes llamar a las demás chicas para decirles que no vengan hoy, es por su seguridad. —

Le aterraba el hecho de que aquel loco, después de fracasar y ver como no podría acercarse a su casa, estuviera por los alrededores y decidiera atacar o secuestra a algunas de las amigas de las gemelas, si veía a alguna entrar en el barrio.

— ¡Eso haré! — Se levantó y se fue hacia al teléfono fijo, antes de pedirle a Leonardo que le acompañará ir al pasillo porque tenía miedo.

Después de que estos saliesen al pasillo, y mientras Mao cambiaba sin parar de canal, porque no había nada interesante; sintió como alguien le daba pequeño toques sobre su hombro.

Al girar hacia un lado, vio que era Alsancia, que tenía una cara de pura preocupación, y quería decirle algo. Mao le preguntó que quería y ella, usando el lenguaje de los signos, le preguntaba si estaba seguro de que la policía evitara que aquel hombre intentara llevarse a Alex y Sanae.

— ¡No te preocupes, Alsancia! Tengo confianza en la policía, porque cada vez que ellos me ven en la comisaría para reclamarles algo, empiezan a temblar. — Esa fue su respuesta y la napolitana le preguntó otra cosa más, si había alguna manera de animar a las gemelas.

Mao se quedó pensativo unos segundos, antes de mirar hacia atrás suya, al kotatsu; y verlas mirando a la mesa, con una expresión triste en sus caras. Al igual que Alsancia, no podría soportar verlas así y decidió hablar con ellas:

— ¡¿Queréis ver algo en la tele!? — Les preguntó.

— ¡No, gracias! — Y con voz decaída, le respondieron con estas palabras. — ¡No tenemos ganas! —

— Ya veo…— Se quedó en silencio durante unos segundos. — Bueno, es normal. Después de todo lo que ha pasado. —

Entonces, las gemelas le hablaron:

— Estamos bien, jefa. — Dijo Alex, mientras ponía una sonrisa forzada, mientras Sanae añadía esto, haciendo lo mismo que su hermana. — No deberías intentar animarnos. —

Le mentían, no querían hacerle preocupar de más. Ya sentían que le habían provocado muchos problemas aquella mañana. Pero era muy obvia y Mao les soltó esto seriamente.

— Lo siento, pero no puedo soportar veros así, me pone muy deprimida a mí también. Además… —

Dio una pausa, para luego gritar a los cuatro vientos, lleno de ira y de frustración:

— ¡Estoy muy furioso! ¡Me han destrozado la puerta! ¡Una de las caras! ¡Y nos amenazo con quemar mi casa! ¡Si vuelve aquí a por vosotras, no me voy a contener, le daré una paliza de muerte! ¡No os tocará ni un pelo! ¡Ni a ninguna de las dos, ni a nadie que viva en esta casa, ni a nuestras amigas, ni a mi casa! ¡Y además, vengaré mi puerta! —

Todos se quedaron callados, mirándole fijamente, tras terminar su vocifero. Aprovechando el silencio, añadió algo más nerviosamente:

— Bueno, lo que quiero intentar decir es que os protegeré, y me molesta mucho ver esas caras tristonas. Tal vez sea pedir demasiado, pero quiero animaros de alguna manera…—

Mao se puso muy rojo, mientras pronunciaba estas palabras; ya que le dio mucha vergüenza decirles que les iba a proteger, y no entendía muy bien el porqué. Además, se maldecía a sí mismo por no encontrar alguna buena forma de animarla, y estar soltando estas chorradas.

Entonces, oyó unas leves risas que procedían de las gemelas, que le parecieron muy gracioso que Mao se pusiera como un tomate.

— ¡¿He dicho algo gracioso!? — Añadía, algo sorprendido. — B-bueno, no importa, ¡me alegro de haberlo dicho! — Y luego rió nerviosamente.

En cuestión de horas, Mao pudo conseguir que ellas estuvieran alegres y que el resto se animara. Rezó para que el padre no volviera al día siguiente. Y le funcionó, porque al día siguiente nadie alteró la paz de la casa.

Por suerte, tampoco apareció en el siguiente ni en el otro. Pasó una semana y no ocurrió nada. Llegó abril y aquella amenaza llamada Roman Pilsudki solo era un mal recuerdo para los habitantes de la casa. Las gemelas Sanae y Alex, como antes dormían más en el hogar de su jefa que en la suya, no se tuvieron que acostumbrar a su nueva vida, ellas se volvieron una parte más de la familia fácilmente.
A lo primero, Mao las vigilaba durante todas sus salidas a la calle con el miedo de que su padre apareciera y le hicieran algo malo; pero jamás lo vieron. Luego, él intentó investigar un poco dónde estaba aquel hombre y qué hacía, pero desapareció como si fuera polvo y las autoridades no solo desconocían su paradero, también apenas podrían tener información sobre su persona. ¿Pero qué era ese hombre, por qué tanto secretismo? Nunca lo supo, porque sus problemas personales se volvieron en la máxima prioridad.

A pesar de toda la normalidad que vivieron, poquito a poco todo el mundo se dio cuenta de que algo malo le pasaba a Mao, que lo ocultaba e intentaba parecer bien. Era un secreto a voces. Y entonces, al llegar Junio, había desaparecido del hogar.
Finales de mes, eran las doce de la mañana y Martha Malan corría a toda velocidad hacia la casa de Mao, necesitaba urgentemente comprobar una cosa. Al llegar ante la puerta, se quedó parada ahí durante varios segundos, para recuperarse un poco del esfuerzo; y luego se dio cuenta de que en la puerta había un cartel, que decía esto:

“La tienda estará cerrada de forma indeterminada. Disculpen las molestias.”

Era una prueba más de lo que Martha intentaba evitar creer, que murmuró esto: — ¡¿En serio!? —

Tocó la puerta para ver si había alguien en la casa. Entonces, ella escuchó, como dentro del hogar, empezó a haber un gran griterío. Después, oyó una avalancha de pisadas.

La puerta fue abierta de forma brusca, que fue abierta por un montón de chicas que gritaron esto, antes de caerse al suelo torpemente:

— ¡¿Mao!? — Se dieron cuenta enseguida de que era Malan y, sin darle tiempo a reaccionar, toda le empezaron a preguntar como locas.

— ¡¿Has visto a Mao!? ¡¿Ha hablado contigo!? ¡¿Sabes algo de él!? —

Esos eran algunos de las cientos de preguntas a gritos que le hacían sin parar, totalmente alteradas y muy preocupadas. Aquel grupo no era nada más ni nada menos que Jovaka, Diana, quién preguntaba también por su tío, que también no estaba; y las gemelas Alex y Sanae; y viéndolas así, tuvo que aceptar la verdad, que aquel mensaje de texto que le envió Mao era verdadero. Se había marchado.

Tras tranquilizarlas un poco, todas entraron en la casa y Martha se encontró con una Alsancia con una gran cara de preocupación y una Clementina que molesta, que estaba refunfuñando con los brazos cruzados.

— Bueno, ¡¿qué está ocurriendo!? — Les preguntó Malan a las chicas.

— ¡¿De verdad, no sabes algo!? — Entonces, Jovaka gritó bruscamente, totalmente preocupada y nerviosa. Martha fue sincera y se lo dijo:

— La verdad es que sí, pero primero deberían explicarme la situación. —

Todas las chicas se miraron las unas a las otras, como si se preguntaban quién haría el favor de hablárselo. Las gemelas decidieron hacerlo, le explicaron que cuando ellas despertaron no vieron a Mao, ni tampoco a Leonardo ni a Clementina. Lo buscaron por toda la casa, pero no le dieron muchísima importancia. Cuando vieron como la madre de Diana volvió a casa, le preguntaron sin parar y ella intentó decirles lo ocurrido. Al final, estaban tan alteradas que no entendieron ni una palabra, solo que se había ido, y eso las puso peor. La canadiense, incapaz de poderles entrar en razón, se enfadó muchísimo y no quiso decir nada más.

Estaban muy preocupadas, incapaces de creer que Mao se había ido sin decirles nada, ni un adiós; y creían que estaba metido en un gran lio.

Tras escucharlo, dio un gran suspiro de fastidio. Estaba muy molesta y enfada por el hecho de que Mao se hubiera ido sin que le dijeran adiós. Menos mal que le había dejado un mensaje de texto a Malan, que le explicaba toda la situación.

— Ya veo. Entonces,… — Concluyó Martha, mientras se preparaba para hablarles y mostrarle sobre el mensaje de texto, ya que parecía que Clementina no quería hablar.
Pero fue interrumpida por alguien, que abrió bruscamente la puerta corrediza, mientras gritaba totalmente aterrada:

— ¡¿Qué ha pasado con Mao!? ¡¿Qué le ha pasado!? — Era Josefina, quién entró como un rayo en la casa, después de comprobar que la puerta estaba abierta y se le olvidaron cerrarlo.

Después de tener que tranquilizar a Josefina, que estaba igual o más alterada que el resto, se preparó para decirles esto:

— Vamos a ver, Mao me ha mandado este mensaje. —

Y sacó su móvil y les mostró a todas el contenido de un mensaje que le mandó por una red social. Este era su contenido:

Perdón por comunicártelo a última hora, a ti y a las demás, pero seguro que si lo hubiera dicho al momento, no dejaríais de insistir. Tampoco tenía el valor de decirlo. He decidido marcharme de la cuidad y estar lejos de todo por un tiempo, hacer un viaje de auto-descubrimiento. Es la única solución que he encontrado para salir de esta molesta depresión que no me ha dejado en paz todos estos meses. Suena estúpido, y creo que lo es, pero lo voy a intentar, además de que tengo una buena excusa para hacer un viaje de provecho. Me paseare por las montañas en dónde estuve con Josefina una vez, en busca de un tesoro. Si, al final, por ese lugar hay una de verdad, y no el producto de la obra de un psicópata. No os preocupéis, no estoy solo, me he llevado a gente conmigo. Entre ellos, Leonardo.

Me hace sentir mal no haberos llevado, pero, después de lo mal que lo pasó Josefina cuando estuvimos en aquellas montañas, no os podría llevar. Ella lo entenderá, supongo. Así que no se enfaden conmigo. Yo no sé cuando volveremos, pero será pronto, antes de que termine el verano, supongo.

Las chicas lo miraron fijamente, mientras Malan les mostraba el larguísimo mensaje.

— ¡¿Es solo esto!? — Decía Jovaka, bastante confundida. — No sé qué decir…—

Estaba aliviada por una parte, ya que no era algo grave; pero por la otra, estaba muy enfadada porque Mao la dejó en Springfield.

— ¡No es justo, ¿por qué nos dejan en tierra?! — Protestaron las gemelas, igual de enfadadas. — ¡Nosotras también queremos viajar por las montañas! —

— ¡¿Qué quería decir Mao con lo mal que pasaste tú en aquellas montañas, Lenta simpática!? — Le preguntó Martha Malan a Josefina, mientras todo el mundo estaba quejándose molesto por lo ocurrido.

— ¡Cuantas veces te he dicho que no me llames así! — Protestó ella, antes de ponerse pensativa y añadir esto: — En fin, ella habla sobre esa vez que fuimos a buscar un tesoro…—

Las gemelas Alex y Sanae se dirigieron hacia a Josefina, preguntándole totalmente emocionadas sobre eso. Querían saber con todo lujo de detalles qué era aquella gran aventura en que participó ella. Diana refunfuñó, con ganas de dar un fuerte berrinche, al ver que le dejaron por segundo vez sin hacer una búsqueda de un tesoro. Alsancia recordó tristemente como todo eso empezó por su culpa, y la culpabilidad le carcomía el cuerpo. Malan se quedó en silencio, mientras Josefina decidía contarles su gran periplo.

Después de media hora de Josefa relatando aquella historia, todo el mundo se quedó callado. Luego, de esos segundos de silencio, está fue la reacción del personal:

— Entiendo, por eso Mao no deseaba llevarnos con su viaje. — Concluyó Malan, al dar cuenta de que Mao lo hacía por el propio bien de las chicas. Dio una pequeña sonrisa, mientras seguía molesta por haber ido al viaje.

— En verdad, fue algo muy horrible. Hasta tengo pesadillas por culpa de eso, pero, pero… ¡Esta vez podría ser muy diferente! ¡Mao es nuestra amiga, deberíamos haberla acompañado! — Protestó Josefina, muy enfadada con Mao.

Quería ayudarle y estar a su lado, haciendo todo lo posible para hacer que su depresión desapareciera, además de viajar y tener una gran aventura.

— Aún no me creo eso de que tesoro era eso…— Mientras tanto, las gemelas no podría asimilar el final de aquella historia. — ¡De verdad, es muy feo! —

También preguntaron por el paradero de una tal Lafayette, que apareció en aquella tremenda aventura; Josefa les respondió que jamás la volvieron a ver, estaba desaparecida desde entonces. Las gemelas empezaron a soltar todo tipo de teorías absurdas sobre dónde estaba esa persona. Malan le preguntó varios detalles a la mexicana sobre aquel incidente.

Después de esto, le preguntaron a Clementina si ella sabía algo, y esta fue su respuesta:

— Bueno, el gerente me lo explicó todo hace tiempo. Me dijo que no os lo dijera. Perdón por haberlo ocultado, chicas; pero yo tampoco creo que deberían haber ido. —

Todas las chicas pusieron una cara de enfado y molesta, y Clementina para tranquilizar la situación, añadió:

— Por otra parte, Leonardo le acompaña y un montón de amigos más. Estarán bien, ¡No se preocupen! —

Y Diana empezó a soltar su berrinche, gritando enfadada por qué su tío se fue con Mao. Mientras Clementina le decía que no pasaba nada, que ellos iban a volver; aunque mostró por unos segundos una cara que decía que los iba a echar de menos. Las gemelas dijeron estas cosas:

— ¿Y cuál es la excusa? ¿El estar deprimida o el tesoro? Conociendo a Mao, sería lo primero…— Dijo Alex, y luego añadió Sanae: — Puede que esté deprimida, pero le gusta mucho el dinero. Es propio de ella buscarlo. Por lo menos, no es nada grave. — Y todo el mundo se río.

— Espero que le vaya bien…— Luego, Martha comentó esto, mientras se preguntaba cómo estaba. Ya empezó a sentir como le echaba de menos.

— ¡Y que traiga un gran tesoro! — Gritaron al unísono las gemelas.

— ¡Ya es muy tarde para mandarle mucha suerte! — Soltaba Josefina, mientras se tiraba al suelo y empezaba a ver el techo. — Espero que vuelva pronto…—

— ¡Cuando vuelva, se va a entera por dejarme aquí! ¡Maldita estúpida! — Añadía Jovaka, quién seguía muy enfadada, e incluso tenía ganas de llorar. Ella no paraba de imaginarse cómo iba a regañarle cuando iba a volver. Alsancia, por su parte, empezó a rezar a su santo, para que le ayudase a Mao a superar su depresión y volver sano y salvo a casa.

Lo único que ellas podrían hacer por Mao era esperar que volviese y que volviera a ser el de antes. A pesar del poco ánimo que tuvieron aquella tarde, todas pasaron la tarde en la casa, intentando no pensar en el vacío que el chino dejo en el hogar, distrayéndose con videojuegos y la televisión. Al final, al ver el anochecer, Malan y Josefina tenían que irse de allí.

A los pocos pasos de salir de la casa de Mao, Malan se paró y miró a su móvil, observando de nuevo aquel mensaje. Estaba releyendo una parte, que había ocultado a las demás chicas, sin razón aparente.

De todas formas, Malan, protege y ayuda a las chicas en mi lugar, ¡nunca descansan, siempre se meten en problemas!

— No hace falta que lo digas, Mao…— Añadió esto, mientras reía débilmente. — Ojala ese viaje te ayude a encontrarte a ti mismo y a enfrentar a tu propio pasado. —
Y cerró el móvil y lo guardo para seguir caminando hacia su casa. Entonces, oyó unas pisadas y miró hacia atrás, dónde no había nadie. Creyendo que era solo su imaginación, siguió adelante, aunque sentía un mal sentimiento, sin saber exactamente por qué.

Ella no se dio cuenta, pero sí había alguien, que se encontraba escondido entre las callejuelas laberínticas del barrio, observando sospechosamente la casa de dónde Malan había salido. Esa siniestra persona iba a aprovechar la partida de Mao para aparecer en escena. Roman Pilsudki había vuelto.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Segunda parte, centésima decimacuarta historia

Iban a dar las siete y media de la mañana, Clementina y Leonardo eran las únicas personas que estaban levantadas, preparando el desayuno para Mao y las demás; cuando alguien del exterior empezó a golpear violentamente la puerta, y eran tan fuertes y constantes que parecía que iban a romperlo de un momento y despertó a todo el mundo.

— ¡¿Pero qué es todo este escándalo!? — Eso fue lo primero que gritó Mao mientras se levantaba, muy malhumorado, tras despertarse por culpa del ruido. Le entraron ganas de tirarle agua fría al que estaba pegando de esa manera.

— No lo sé, pero molesta…— Añadió Jovaka, mientras intentaba dormir, tapándose las orejas con una almohada.

Alsancia, que también tuvo un mal despertar, intentaba mirar por la ventana para saber quién era, evitando que la persona que pegaba la puerta la viese. Mao, al ver que ella estaba haciendo, le preguntó:

— ¿¡Sabes quién está afuera, pegando como loco!? —

Alsancia le movió la cabeza negativamente, para luego dejar la ventana y dirigirse hacia Mao con el propósito de decirle, utilizando el lenguaje de los signos y en una mezcla de preocupación y miedo, que era una hombre que nunca había visto en su vida, pero tenía una cara que daba miedo y parecía muy violento. Entonces, las gemelas, que ya sospechaban desde el primer quién era, gritaron esto:

— ¡E-es p-papá, s-seguro que es él! ¡Y-y está muy enfadado!— Eso le decía Sanae a Alex, mientras la abrazaba fuertemente, temblando como un flan.

— ¡¿C-cómo es posible q-que nos haya e-encontrado!? N-nunca le hemos contado dónde vivía Mao…—Añadió Alex, que también temblaba como su hermana, mientras intentaba mostrarse fuerte.

Ellas fueron las primeros de la habitación en levantarse al oír esos golpes y no se atrevieron a mirar por la ventana, por el miedo de ver a su padre ahí afuera. Solo se quedaron en un rincón del cuarto, esperando en vano que terminara ese horrible ruido, que parecía mostrar lo enfurecido que estaba. Mao, al ver cómo estaban ellas, decidió salir afuera y dijo esto:

— Pues, tendré que tener una charla con ese tipejo…—

Las gemelas, sorprendidas antes la valentía que presentaba Mao, le preguntaron incrédulas esto:

— ¡¿En serio, vas a hablar con nuestro padre!? —

— El maldito me está destrozando la puerta, así que le voy a mandar a la mierda lo más rápido que puedo. — Y esa fue su respuesta, mientras salía de la habitación y bajaba las escaleras.

Al entrar en el pasillo, se encontró con Clementina y Leonardo, que estaban paralizados, incapaces de abrir la puerta por el miedo o llamar a su gerente para que lo abriera él. Cuando estos le vieron, le dijeron:

— ¡Gerente! ¡P-perdón por no abrir la puerta! — Decía Leonardo, por su parte. — P-pero no es n-normal los golpes que están dando. —

— ¡D-deberíamos llamar a la policía! ¡El que pega la puerta parece un psicópata! — Y Clementina añadió esto.

— Sí la cosa se vuelve grave, lo llamaremos… De todas formas, me alegra de que ustedes no hayáis abierto la puerta. — Y con esto dicho, Mao cruzó el pasillo y llegó a la tienda.

Al ponerse delante de la puerta que daba a la calle, añadió: — ¡Ya voy, ya voy a abrir! — Y con estas palabras, los continuos y violentos golpes que iban contra la puerta pararon súbditamente. A continuación, Mao abrió la puerta sin pensárselo dos veces y se quedó mirando.

Antes sus ojos, se encontraba un hombre de mediana edad, alto y robusto, cuya cara pecosa y afilada puso una sonrisa de oreja a oreja que estremeció a Mao, mientras éste escondía sus manos rápidamente y le decía esto con aparente amabilidad:

— ¡Buenos días, chiquilla! — Mao le devolvió nerviosamente el saludo a aquel hombre. — ¿¡Por causalidad, no estarán aquí una dos chicas que son gemelas, cuyos nombres son Aleksandra y Sanacja!? Dijeron que se fueron a dormir a una casa de una amiga, pero no recuerdo de quién era. Supongo que eres tú… — Ya estaba confirmado, era el padre de las gemelas y no daba buenas vibraciones, su sonrisa parecía demasiado siniestra.

— N-no, aquí no están. Te has equivocado. — Titubeó Mao. Esperaba que esta simple respuesta lo alejara de ahí lo más rápido, pero éste insistió.

— No, no estoy equivocado. Ellas están aquí…— Rió el hombre, antes de ponerle carne de gallina al chino con esta frase: — ¿Verdad, Mao? —

— ¡¿Quién es Mao!? Espero que no me estés confundiendo por el padre del comunismo chino… ¡También se llama así! —

Aturdido ante el hecho de que le había reconocido, soltó algo tan estúpido como una manera de comprobar si le conocía realmente o solo eran simples conjeturas de aquel pobre hombre.

— ¡No te hagas la tonta! ¡Sé quiénes son todas las amigas de mis hijas! —

Y sus sospechas eran ciertas, ese tipo que nunca había visto en su vida le había investigado, y no solo a él, sino a las demás. Le entraron escalofríos oír esas palabras frías mientras mantenía una sonrisa que ya se tornaba muy falsa; el padre de las gemelas cada vez le parecía muy siniestro. Y éste se dio cuenta de la reacción de Mao, que añadió esto:

— Perdón, supongo que te parece siniestro oír eso… Ellas me hablan de ti, y me muestran foto tuyas y todo. — Rió nerviosamente, antes de callarse.

Entonces, aún con la sonrisa falsa rostro, soltó seriamente esto:

— Puedes decirles que bajen de una vez y que vayamos juntos a la casa. No voy a tolerar más que duerman en casas ajenas más que en nuestro propio hogar. Y que lo hagan rápido, no quiero perder más tiempo. —

Mao, a pesar de lo intimidado que estaba con aquel tipo que le daba grima, se resistía. No iba a dejar que las gemelas fueran con él, ni menos ahora que lo había conocido en persona:

— Te lo he dicho, no están. Así que busca en otra casa. —

Tras pronunciar estas palabras, hubo un corto silencio que duró unos pocos segundos, antes de que fuera violentamente interrumpido por unos de los puños del padre de las gemelas, que golpeó fuertemente contra la pared. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que su mano estaba llena de sangre, de que estaba totalmente destrozada, como si hubiera golpeado mil veces contra algo muy fuerte. Él lo escondió rápidamente y puso una cara de molestia que duró pocos segundos, al ver que había mostrado la ira que llevaba encima a un desconocido. Puso su sonrisa falta y añadió esto:

— No seas bromista, chica. No debes tomarles el pelo a los adultos, o podrías sufrir una horrible lección. — Era perfectamente una amenaza, edulcorado hablando de forma comprensiva y una sonrisa de angelito, terminado con risas amigables.

Lo primero que pensó Mao era mandar a aquel hombre lejos de su casa lo más rápido posible, estaba demostrando ser una persona muy inestable y peligrosa. Y lo peor es que no sabía cómo poder actuar, quería avisarles a los demás para que llamasen a la policía, pero sin que él se diera cuenta. Al ver que no era posible, intentó seguir conservando, engañarlo para que se fuera y les dejará tranquilo.

— Y si supongamos que están en casa, pero no quieren estar contigo, ¿¡qué harías, entonces!? — Eso le preguntó, antes de tragar saliva. Con aquel hombre, cualquier reacción, sobre todo violenta, parecía posible.

— Pues, la obligaré a la fuerza. Las hijas deben hacer caso a sus padres en todo, absolutamente todo. — Y le respondió fríamente, poniendo una cara de puro psicópata que duró solo unos pocos segundos.

A Mao, esas palabras le dieron tanto coraje que gritó esto, sin importarle el hecho de que ese hombre no parecía estar en su sano juicio:

— ¡¿Incluso cosas que normalmente un adulto no obligaría a unas niñas, cosas que no están nada bien!? —

Ser obedientes a sus padres es una cosa y otra es obligarles a aceptar cosas que saben que no deberían obedecer, que nadie aceptaría en su sano juicio. Para Mao, obligarles de esta manera, no solo estaba demostrando que él no estaba muy cuerdo, sino que también era padre horrible.

El padre de las gemelas se quedó callado durante unos pocos segundos, intentando controlar las facciones de su cara y la ira que tenía en su cuerpo, luchando para evitar enmascarar su máscara de persona amable. Después, añadió esto, ignorando la pregunta de Mao:

— Si no salen ellas, entonces iré yo a por ellas. Entraré en tu casa. — Ya apenas podría controlar su tono de voz, que se volvió autoritario y violento.

Mao reaccionó a esas palabras, poniendo los brazos extendidos, como si estuviera protegiendo la puerta de su casa de aquella persona.

— ¡No tienes mi permiso! — Gritó con una mirada totalmente seria y decidido a proteger a las gemelas de su padre.

Al ver que se resistía, que no iba a ceder; el padre de las gemelas no pudo más.

Empezó a temblarle todo el cuerpo, mientras apretaba sus puños con mucha fuerza. Su falsa sonrisa se derrumbó y se convirtió en un rostro de puro enfado y odio, que parecía un demonio.

— Será… Será…— Decía esto en voz baja, antes de gritar: — ¡Te he avisado amablemente que no debes molestar a los adultos, o si no recibirás una horrible lección! — Y se abalanzó hacia Mao, con el propósito de destrozarle la cara. — ¡Te lo he avisado, puta chinita de mierda! —

Mao reaccionó rápidamente, se metió en la puerta y la cerró. Usando su cuerpo para evitar que entrara, el padre de las gemelas empezó a embestir la puerta, gritando esto:

— ¡Aleksandra y Sanacja! ¡Bajad, ahora mismo! ¡Si no lo hacéis, iré a por vosotras, sé que estáis ahí! ¡¿Os enteráis o qué!? ¡No me hagáis enfadar más de lo que estoy! —

Rápidamente, Clementina y Leonardo aparecieron en la tienda, preguntado aterrados qué estaba pasado. Mao les ordenaba que llamaran a la policía, y también le dieran las llaves de la casa cuanto antes y que comenzara el plan de emergencia, mientras aguantaban estoicamente las embestidas.

— ¿¡Plan de emergencia!? — Se quedó algo pensativa, pero la gravedad del asunto le hizo acordar. — ¡Ah, es verdad! ¡Las llevaremos ahí! —

— ¡Abre la puerta, china de mierda! — Le gritaba encolerizado a Mao, mientras embestía como una bestia. — ¡O te enseñaré una lección que nunca olvidarás! ¡Maldita perra! —

— ¡No voy a abrir esta puerta, por nada del mundo! ¡Así que vete a la mierda! ¡Fuera de aquí y no vuelvas más!— Añadió Mao.

— ¡Entonces, la derribaré! — El padre de las gemelas estaba totalmente descontrolado. — ¡No pararé hasta que saque a mis hijas de tu casa! ¡Así que hacerme caso y que salgan de una vez! —

— ¡Por nada del mundo, te dejo a Alex y a Sanae en tus manos! ¡Estás como una puta cabra! ¡Ellas tienen miedo de ti! ¡¿No te das cuentas?! ¡Por esto, están escondidas en mi casa, no pueden estar seguras contigo! —

Luego, gritó que se dieran prisa con las llaves, que le estaba costando resistir, porque aquel hombre era demasiado fuerte para él.

— ¡Pues que me teman! ¡Son mis hijas y me las llevaré! ¡Ya está bien de que no me hagan caso, ni siquiera tienen derecho, después de todo el mal que han hecho! —
Mao no se podría creer lo que había oído. “Después de todo el mal que han hecho”, no entendía qué quería decir con eso, pero le sentó fatal. Ellas eran unas chicas traviesas, pero jamás harían algo que podría provocar tal ira, ¿por qué, entonces, lo decía como si las odiaba fuertemente, como si le hubieran matado a alguien; y se lo quería devolver? ¡¿Qué le pasaba a ese hombre para actuar así y soltar tales palabras de sus propias hijas!? Era incapaz de entenderlo. De todas formas, siguió resistiendo, mientras escuchaba como le empezaba a amenazar:

— Y a ti te voy a enseñar una lección que nunca olvidarás, ¡jamás volverá a ver a mis hijas, ni ellas a ti! ¡Tú eres la razón por la que me desobedecen, pura escoria humana! ¡Si no fuera por ti, ellas ya estarían pagando! —

No entendía ni una palabra, ¿¡ahora por qué le estaba echando la culpa a él!? ¡Ni siquiera le conocía! ¡¿Y qué quería decir con “pagar”!?! Llegó a la conclusión de que estaba loco y no sabía lo que hacía. Entonces, apareció Leonardo, con las llaves en la mano.

— ¡La Policía ya está en camino! ¡Y no solo le hemos avisado nosotros, los demás vecinos también, al ver cómo se comportaban ese, lo ha reportado rápidamente! — Le decía esto, mientras se acercaba a Mao. — ¡Llegarán pronto! —

— Eso espero. — Comentó Mao, que le gritó a Leonardo esto, que le costaba meter la llave en el cerrojo por culpa de los nervios. — ¡Vamos cierta la puerta, rápido! —
Eso le puso más nervioso al pobre, pero era inevitable que Mao no le diera prisa, las continuas embestidas ya le estaban haciendo mucho mal y no podría resistir mucho más tiempo. Al final, Leonardo lo consiguió.

El padre de las gemelas seguía dando embestidas, pero el cerrojo ayudaba mucho la defensa de la puerta, aliviando el esfuerzo que hacia Mao para proteger la puerta. Entonces, apareció alguien más en la tienda.

— ¡Ya estoy aquí! — Gritó Jovaka, actuando como si fuera un soldado. — ¡Vamos a echar ese loco de aquí! — E iba con una pinta ridícula.

— ¡¿Pero qué haces con eso!? — Le preguntó Mao tras observarla de pies a cabeza.

— Tengo arma para defendernos y una armadura, ¡no me importa que sea el padre de Alex y Sanae, le daré su merecido! — Gritaba valientemente, dispuesta a proteger a Mao y al resto de aquel chiflado.

Iba armada con una sartén en la mano, usaba de casco una olla, se ató unas almohadas alrededor suyas con una cuerda y se puso unas rodilleras. A ella le llevó un tiempo ponerse eso, pero estaba preparada para luchar o, más bien, para hacer el ridículo.

— ¡Guarda eso, por favor, que la policía ya está al venir! — Eso le gritó Mao y Jovaka iba a protestar pero los gritos del loco que hacia embestidas contra la puerta de la casa me mezclaban con otra que procedía del salón.

— ¡Yo también quielo, yo plotegeré la casa! — Era la pequeña de la casa, que también quería defender a su familia como Jovaka; pero Clementina evitaba desesperadamente que se fuera a dónde estaba Mao. — ¡Diana, no te vayas ahí, tú te tienes quedar aquí! —

— ¡Vamos, vamos, tú quédate con ellas! — Insistió Mao. — ¡Vamos, rápido! —

— Pero aún no hemos podido mover el armario, es demasiado pesado. —
A Jovaka le parecía estúpido quedarse en el salón, mientras movían un estúpido armario que escondía una puerta que conducía un sótano del que no había sabido nada hasta ahora. Quería proteger a Mao a toda costa, o ayudarle a luchar contra aquel chalado que le estaba dando embestidas a la puerta.

— Pues más motivos para estar con ellas, ¡si quieres hacer algo útil de verdad, ayúdales! — Al final, la insistencia de Mao pudo convencer a Jovaka, quién volvió al salón.

— ¡Abre la puerta de una vez, puta chinita de mierda! ¡Si no la abres, os quemaré a todos! ¡No me importa que estén mis hijas o no! ¡No es una amenaza, es lo que voy a hacer! —

Aquellas palabras dejaron sin habla a Leonardo y a Mao, que no se esperaban para nada que fuera capaz de llegar a tal cosa. Después del intento de agresión y las continuas embestidas, esas declaraciones no podrían tomarse como pura habladuría para abrirle la puerta.

Pero, para Mao, lo peor es que había demostrado que no amaba a sus hijas, porque no le importaba carbonizarlas.

— Este viejo es un completo psicópata…— Dijo en voz baja Mao, lleno de rabia y frustración.

— Oh, Dios santo, ¡nos va a matar a todos! — Mientras Leonardo gritaba de terror, incapaz de creer lo que había oído.

Desde el otro lado de la puerta, el padre de las gemelas siguió hablando:

— ¡Tengo lo necesario para provocar fuego ahora! — Se puso a reír como un perturbado. — ¡Abre la puerta o sufrirás las consecuencias! —

Entonces, oyó sirenas de policías y toda aquella valentía que mostraba se esfumó como huyo, se puso a temblar de miedo.

— ¡Oh, mierda! — Y empezó a gritar. — ¡Tengo que salir corriendo! — Luego, antes de correr, le soltó esto a Mao, muy enfadado:

— ¡¿Por qué habéis llamado a la policía!? ¡Maldición, me la pagarás, niñata de mierda! —

A continuación, se fue corriendo como alma que llevaba el demonio, a toda velocidad; y desapareció entre las estrechas callejuelas del barrio.

Al desaparecer la amenaza, Mao observó el exterior, abriendo la puerta que daba a la calle poquito a poco. Salió a la calle, dando unos pequeños pasos y dio un grandísimo suspiro de alivio:

— Menos mal que se ha ido…— Y giró hacia su casa y se dio cuenta de una cosa que le dejó boquiabierto: — ¡¿Pero, qué…!? —

Su puerta de madera estaba llena de sangre y su preciosa y carísima madera estaba totalmente destrozada. Mao no se podría creer que alguien hubiera dejado algo de tan buena calidad en tal estado, aunque hubiera estado golpeando sin parar con las manos hasta sangrar o embistiéndolo una y otra vez.

— ¡Mi puerta, mi pobre puerta! ¡¿Qué te han hecho!? —Gritaba Mao, lleno de dolor y tristeza, mientras la policía llegaba al lugar y los vecinos salían de sus casas, al ver que aquel loco se fue.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Primera parte, centésima decimacuarta historia

En una gélida noche de Marzo, mientras el viento soplaba fuertemente, dos pequeñas sombras, tiritando de frio, recorrían rápidamente las callejuelas estrechas del barrio en dónde estaba la casa de Mao, y ahí es dónde iban. En su destino, ya estaban haciendo los preparativos para acostarse, eran las once y media de la noche.

— ¡Jovaka, ¿aún no has terminado?! — Eso le preguntó Mao a la serbia, mientras veía cómo ella aún seguía estando jugando a un videojuegos.

— ¡No te preocupes, estoy a punto de terminar! — Le respondió, mientras pulsaba botones compulsivamente, poniendo una cara que daba mucho miedo y pavor. Intentaba vencer de una vez al jefe final del videojuego que llevaba tiempo intentado pasar.
— ¡Sí, ya lo veo! — Ironizó Mao, mientras miraba lo mucho de vida que le quedaba al jefe y lo poco que le quedaba a
— ¡No me distraigas, por favor! — Añadió antes de cometer un error y perder. Entonces, gritó y pataleó furiosa: — ¡Maldición, maldición! ¡He perdido de nuevo! ¡Qué frustrante! —

Mao se quedó pensando seriamente que los videojuegos no tenían ni una pizca de divertido, al ver cómo Jovaka perdía una y otra vez inútilmente.

— ¡No grites, que hay gente durmiendo! — Le regañó y ésta le dijo que perdón.

Entonces, Diana, quién llevaba un buen rato observándolo, soltó estas palabras: — ¡Ahora, me toca a mí, tenjo que vengal su muerte! —

Por raro que parezca, tanto Diana como Jovaka, se intercambiaban de lugar cada cierto tiempo mientras jugaban la misma partida.

Mao le dijo esto que lo hiciera mañana, que era hora de dormir; y Diana le replicó: — Pero hay cosas que solo lo haces al momomento. —

Entonces, desde la tienda, se empezaron a oír fuertes golpes provenientes del exterior, que sorprendieron a todos los de la casa, salvo a Alsancia, que cayó en un sueño muy profundo.

— ¡¿Han oído esos ruidos!? ¡Alguien está pegando en la puerta! — Gritó Clementina totalmente aterrada, que salía de la habitación del piso de arriba. — ¡A estas horas de la noche! —

— ¡Sí, lo hemos oído! — Le respondió Mao, quién empezó a dirigirse hacia la puerta. — ¡¿Quién será!? —

— ¡Ten cuidado Mao! — Añadió Jovaka, algo preocupada. — ¡Sea lo que sea, debe ser una emergencia! — Él le dijo que gracias y se fue.

Al ver lo tensos que estaban, Diana intentó tranquilizar a su madre.

— ¡No selá pala tamto! ¡¿No puede ser un vendendol?! — Jovaka le replicó que a estas horas nadie hacia eso. Diana, intentó validar su idea, diciendo esto: — Uno vampiro, tal vez. —

Solo provocó que su madre, que tenía la piel de gallina, casi gritara de terror, menos mal que su primo le tapó la boca a tiempo para no despertar al vecindario y le dijera que eso no existía, no debería ponerse asustada por algo así. Mientras tanto, Mao abrió la puerta y al ver quiénes eran y en qué condiciones habían llegado, se quedó boquiabierto.

— ¡¿Alex y Sanae!? ¡¿Qué hacéis…!? — Soltó Mao y no pudo terminar la frase, porque ellas, muertas de frío, entraron rápidamente a la casa, directas al salón para meterse de lleno en el kokatsu y calentarse.

— ¡Qué frío hace afuera! — Eso gritaban, mientras estornudaban al unísono. — ¡Siento que voy a coger una gripe! —

— ¡Qué calientito! — Y eso dijeron, cuando se introducían bajo la manta del kokatsu, ante el asombro de Jovaka, Diana y los canadienses.

— ¡Ah, menos mal! ¡Eran ellas! — Exclamó Clementina, muy aliviada.

— Pero no os habíais ido hace unas horas,… ¿¡Por qué estáis aquí otra vez!? — Eso preguntó Jovaka, mientras Diana hacia lo mismo que ellas y se metía dentro.

— Es una larga historia… — Habló Alex, Sanae añadió: — No es tan largo, pero, en fin…—

Entonces, Mao llegó al salón e intervino con estas palabras: — ¡¿Seguro que está relacionado con vuestro padre, no!? —
Ellas quedaron en silencio durante unos minutos, antes de atreverse a decirle que sí.

Después de todo, se lo suponía. No, era la única explicación razonable para que las gemelas aparecieran en su casa a esas horas de la noche, vestidas con sus pijamas favoritos y con una manta encima para soportar el gélido frío de la calle, huyendo de algo tan rápido que ni siquiera les dio tiempo de vestirse. Y por tanto, debía ser algo gordo, e incluso peligroso.

— Diana, Jovaka, ¡iros a dormir de una vez! — Jovaka le dijo que sí y se dirigió al cuarto de Mao, Diana protestó. — ¡Yo me quedaré con ellas un rato, mientras se calientan! —

— ¡¿Pol qué!? ¡Yo quiero estal también aquí! — Quería quedarse con ellas, no deseaba dormir.

— No puedes, mejor nos vamos a dormir, ¿vale? — Y Clementina, que se dio cuenta de la gravedad del asunto, la sacó a la fuerza de la mesa y ésta empezó a montar un berrinche, mientras su madre la llevaba a brazos hacia al cuarto.

Tras eso, solo quedaban en el salón Mao, quién se metió también en el kokatsu, y las gemelas. Entonces, habló totalmente serio:

— Si no quieren hablar ahora, pues no les obligaré. Eso es todo. —

— ¡¿Pero no estarás tranquilo hasta saberlo, no!? — Le replicó Alex y Mao añadió:

— Eso es lógico. —

Las gemelas se pusieron pensativas, sobre si contarle o no ahora lo que les pasó, y el salón cayó en un silencio que duró varios minutos. Mao volvió a recordar lo que había pasado hace unas horas, antes de que ellas se fueran a su casa:

— ¡¿De verdad, están seguras de volver!? — Eso les preguntó Mao, cuando vio que se iban a ir a su casa.

— Pues claro que sí, nuestro padre ya debe estar de buen humor. — Ya llevaban varios días fuera de casa, después de ver cómo a su padre le dio un ataque de ira que casi provocó que fuera a quemar el jardín del vecino.

— ¡Realmente me preocupa! Es decir, estáis viviendo con una persona que cuando se pone tan aterradora tenéis que salir de patas. No es normal. —

Mao llevaba meses preocupado por ellas, desde aquel día que les contó que su padre le daban ataques de locura muy fuertes y formaba parte de una secta. Siempre les preguntaba si deseaban quedarse una noche más o acompañarlas hasta su casa. No se sentía seguro.

— ¡Bueno, es verdad que no es normal! — Le dijo Alex y luego, Sanae añadió: — ¡Pero, qué se le va a hacer, es nuestro padre! —

Al ver la cara de preocupación de Mao, estás se miraron la una a la otra y gritaron payasamente al unísono: — ¡No te preocupes, no las vamos a apañar, jefa! —

Las palabras de Alex le hicieron volver a la realidad:

— Realmente, ha sido estúpido que te dijéramos que no las íbamos a apañar y al cabo de un rato, ir corriendo a tu casa. —

Y luego, añadió: — Te lo contaremos, Mao…— Y empezaron a contarle lo que les pasó.

Entraron alegremente por la puerta, charlando sobre las cosas divertidas que le pasaron, sin saber que su padre les esperaba en la entrada con una cara seria y terrorífica. Las dos chicas se quedaron paralizadas y tragaron saliva, preguntándose por qué estaba así.

Luego, se dio la vuelta y se dirigió hacia la cocina en total silencio, en ese momento fue cuando las gemelas empezaron a pensar que fue una mala idea regresar a casa. A pesar de la angustiosa tensión que se desarrolló en la casa, ellas hicieron como siempre. Se pusieron sus pijamas, antes de cenar, más bien, prepararse alguna comida precalentada que tenía su padre en la nevera, casi vacía. Cuando terminaron de comer, volvió a aparecer.

— Os lo diré por última vez… — Y de repente, su padre les decía estas cosas de forma muy desagradable. — Entraréis a forma parte de mi iglesia, no… a Nuestra iglesia de las personas felices. No os estoy dejando a elegir, os estoy obligando. Ya no podéis negaros más. —

Se quedaron calladas durante unos segundos, sorprendidas de que volviera a sacar ese tema de nuevo, y de decirlo de esa manera. Alex le gritó:

— ¡¿Otra vez con eso!? ¡Te lo hemos dicho mil veces, no vamos a meternos a ese lugar! ¡No nos obligues a mí hermana y a mí! —

— ¡¿No queréis la salvación!? ¡Vuestras almas impuras, manchadas por el pecado, deben ser limpiadas! ¡Ese es el motivo por el cual debemos ir al planeta de los países felices! ¡El viaje os limpiará y os hará felices, por toda la eternidad, borrará toda la suciedad que están acumulado en nosotros! —

Gritaba como loco, mientras alzaba las manos hacia al techo, con sus ojos realmente dilatado y una sonrisa perturbadora que hizo que las gemelas empezaran a alejarse de él, poquito a poco, con una cara de horror.

— ¡¿Por qué os alejáis!? ¡¿Acaso te da miedo?! ¡No lo sentirán! ¡Cuando llegué la hora de la verdad, ni siquiera os daréis cuenta! — Y él se acercaba a ellas, con una mirada que no dejaba dudas que no tenía muy buenas intenciones.

— No es eso…— Le respondía débilmente Alex, mientras protegía su hermana. — ¡Tú eres el que da miedo! —

— ¡¿Cómo qué…!? — Se detuvo y empezó a reír como demente. — ¡Me lo decís vosotras, cuyas manos están manchadas de sangre! —

Las gemelas, tiritando de terror, no entendían nada de lo que estaba diciendo su padre. ¿Sus manos manchas de sangre? ¡Les estaban acusando de algo que jamás habían hecho! Se dieron cuenta de que su padre ya estaba perdiendo la poca cordura que le quedaba.

— Creo que realmente me estoy pasando, así que lo diré sin rodeos y amablemente… — Decía con total tranquilidad, con un rostro afable en el rostro; antes de gritarles demoniacamente: — ¡Uniros a la iglesia de una puta vez, me importa una mierda vuestra escusas! ¡Ese es vuestro lugar y os llevaré a la fuerza! — Y para dar más impacto, cogió una botella de cristal y la rompió con todas sus fuerzas en mil pedazos sobre la mesa, llenándolo todo.

— ¡No vais a salir de aquí, hasta que aceptéis a vuestro destino! — Añadía esto con falsa amabilidad, mientras salía de la cocina para poder cerrar la puerta. — ¡Será muy divertido, tendréis amigas de verdad allí y viviréis rodeada de paz y de amor! —

Al ver que se fue, las dos chicas, que se abrazaron fuertemente de miedo, cayeron de rodillas al suelo, en silencio y asimilando durante un buen rato aquella situación tan horrible que vivieron.

— ¡¿En serio!? ¡Eso es bastante fuerte…! — Añadió Mao, cuando oyó eso. Estaba bastante conmocionado, jamás pensaba que vivían con un sujeto tan peligroso.

— No paró de insistir que entráramos en la secta que se unió él, pero nunca quisimos. Jamás podríamos pensar que llegará al punto de actuar así. —

Con solo recordarlo, Alex empezaba a temblar de miedo y su hermana también.

— Daba muchísimo miedo, como si de un momento para otro, intentará matarnos o deseaba hacerlo. —

Mao, al verlas, se estaba sintiendo muy culpable por dejarlas vivir con un individuo que debería estar un manicomio. Era normal que intentarán en la medida de lo posible estar en su casa, huyendo de ese horrible ambiente.

— Bueno, la verdad es que a veces se pone bastante violento, y a gritar, y a llorar, y decir cosas sin sentidos, pero… — Le dijo Alex esto, y su hermana terminó la frase: —…esta vez no pudimos aguantar y cuando vimos la mínima oportunidad, mientras nos hacíamos las dormidas, escapamos por la ventana y salimos corriendo. — Y se rompió a llorar.

— Definitivamente, vosotras dos estáis viviendo con un loco… ¡No entiendo por qué seguís aguantando! — Les soltó Mao.

— Es nuestro padre, después de todo. Seríamos unas desagradecidas, si lo abandonamos así por así; y somos su única familia. — Alex se lo explicaba, mientras luchaba por no ponerse a llorar: — ¡Hemos intentando aguantar, pero al final, al final…! ¡No podríamos estar ni un minuto más cerca de él, sentimos que acabará haciendo algo horrible! —
Pero, al final, rompió a llorar, junto a su hermana. Mao no dijo nada, creía que eso fue lo mejor hasta que se tranquilizaran. Pasó un rato hasta que se atreviera a hablar:

— ¡Perdón, Mao! Es que…— Le decía Alex totalmente avergonzada, mientras se secaba las lágrimas.

— Lo entiendo, ha sido demasiado dura para vosotras…— Añadió secamente Mao.

— Por eso,… — Entonces, ella se levantó y se postró ante Mao, quién ya sabía que quería pedirle: — ¡Deja que nos quedemos a vivir en tu casa a partir de ahora, por una temporada, por favor! —

No se esperaba que Alex llegara al punto de inclinarse ante él, jamás la vio hacer algo así totalmente en serio. Entonces, la levantó y le dijo:

— Eso es bien obvio, no os voy a dejar en la calle. —

— ¡¿En serio!? — Gritaron eufóricamente las dos gemelas.

— La duda ofende. — Añadió Mao, mientras se preguntaba qué clase de opinión tenían ellas sobre él.
Tanto Sanae como Alex se lanzaron de golpe hacia Mao y empezaron a abrazarle fuertemente, mientras le gritaban totalmente felices:

— ¡Por eso, eres genial, jefa! — Decía Alex por un lado. Añadía Sanae por el otro: — ¡Muchísimas gracias! —

— ¡Vale, vale, pero no gritéis! — Mao se estaba muriendo de vergüenza. — ¡Qué es de noche y vais a molestar a los vecinos! —

— ¡Es verdad! — Dijeron al unísono antes de reír levemente, mientras soltaba a Mao.

— Además, casi siempre estáis por aquí, esto parece más vuestra propia casa que la que tenéis de verdad. Así que vosotras dos podréis quedar todo lo necesario. — Añadió Mao.

Entonces, las chicas empezaron a hablar de que la casa de Mao era mil veces mejor que la suya, dándole varios ejemplos de cómo de mal estaban las tuberías, la luz y las paredes. Tras eso, él les dijo que se dejarán de tanta cachará, que tendrían que dormir. A pesar de sus quejas iníciales, Alex y Sanae le hicieron caso y los tres se fueron a la habitación del chino.

— Por cierto…— Pero, mientras subían, Mao les empezó a hablar: — En este tipo de caso, deberíamos llamar a la policía y explicarles lo sucedido. Pero creo que no os gustará la idea, ¿no? —

Las gemelas se quedaron en silencio durante varios segundos, bastante pensativas. O más bien, como si no se atrevieran a decirle lo que pensaban de verdad.

— La verdad es que…— Al final, se lo dijeron sinceramente.

— No. —

— Si se enterasen de que nuestro padre no está bien de la cabeza, podemos acabar en un orfanato…— Añadió Alex.

— Incluso podrían llegar a separarnos. Por nada del mundo, desearíamos algo así…— Y terminó la frase Sanae.

Las dos tenían mucho miedo de que ese destino fuera lo que le iban a tocar si se lo decían a la policía. Si no fuera por esa razón y por su amor a su trastornado padre, se hubieran salido de esa casa hace tiempo.

Mao suspiró, ya sabía que esa era la respuesta. Lo correcto sería llamar a la policía, pero tampoco quería pisotear el deseo de las gemelas así por así. Es más, creía que ellas intentarían todo lo posible por detenerle si los llamará:

— Entiendo. Pero si aparece aquí y se pasa de la raya, yo no tendré más remedio que hacerlo. —

Se los dejo muy claro y ellas asintieron tímidamente. No iba a permitirle que aquel hombre les obligara a forma parte de su secta, ni les iba a tocar ni un pelo. Mientras Mao estuviese en esta casa, ese sujeto no hará lo que quiera con sus hijas. Esa fue su decisión.

Y a la mañana siguiente, aquella persona apareció delante de la casa de Mao, dispuesto a llevarse a Alex y a Sanae, aunque sea a la fuerza.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima treceava historia

Una noche psicológica: Última parte, centésima treceava historia.

Después de escuchar esas palabras y de malpensar un poco, Jovaka recordó las varias veces en que Martha Malan intentaba hablar con ella, cuando aún temía a las mujeres, quién le ignoraba desesperadamente. Por lo que había escuchado de Mao, la africana quería actuar como si fuera su “psicóloga”, escucharla e indagar en sus recuerdos y pensamientos para averiguar cuáles son los orígenes de su extraña fobia hacia las mujeres. Por eso, rechazaba cualquier intento de comunicación con esa chica, porque le daba mucho miedo que viera a través de su mente.

Y hasta ahora, ya que aquella fobia se había ido, no se sentía muy cómoda estar con Malan, sobre todo cuando estaban totalmente solas. Había pasado casi un minuto desde que ella pronunció esas palabras y aún no sabía qué decir exactamente, para evitar una charla profunda con ella.

― ¿Eso fue bastante chocante? Yo había pensado que era una buena forma de expresarse…― Añadió Martha, extrañada, cuando vio que sus palabras produjeron un silencio incómodo.

― B-bueno,… ― Y Jovaka intentó decir algo, pero no se le ocurrió nada más.

― Entonces, ¿puedo hacerte una pequeña pregunta? ― Dio una pequeña pausa y alegremente dijo: ― ¡¿Ya no sufres de ginefobia, verdad!? ―

― ¡¿Por qué dices eso de repente!? ¡Ni siquiera hemos empezado una c-conversación! ― Preguntó nerviosamente Jovaka, diciendo lo primero para cambiar de rumbo aquella charla, mientras se sentía totalmente acorralada.

― Yo creía que sí…― Continuó Malan. ― De todas maneras, me alegro de que hayas superado ese miedo, y también de la misoginia. Aunque me parece raro, entonces, que intentes parecer como si aún lo tuvieras…―

Al final, no había manera de poder seguir mintiendo, le habían pillado de forma muy rápida y sin salidas.

― A veces, me aterra mucho que seas un genio…― Comentó Jovaka, al pensar que era normal que Malan se diera cuenta, ya que era una chica superdotada. Pero ese comentario molestó muchísimo a la africana:

― No, ¡no soy un genio ni nada parecido! ― Le replicó secamente Malan. ― Solo soy una chica normal que solo sabe un poco más que los demás. ―

Esas palabras dejaron boquiabierta a Jovaka, que no podría creer que ella, quién se jactaba cada dos por tres de ser una chica genio; ahora decía con un tono desolador, como si le daba cosa ser considerada como tal, que no lo era. Se preguntó si tenía fiebre u otra cosa, porque le costaba asimilarlo.

― En fin, lo que me parece muy interesante es el hecho de que quieras seguir actuando como alguien que teme o odia a las mujeres, cuando no es así. Da para pensar…― Por su parte, Martha siguió hablando.

A Jovaka le molestó un poco oír ese “da para pensar”, aunque no entendía bien la razón. Luego, se puso a la defensiva, diciendo esto:

― Y yo qué sé…― Martha Malan no le preguntó cuál era el origen de esa contradicción, pero lo soltó como si le había hecho esa pregunta. ― No sé por qué hago eso. ―

Martha se quedó en silencio por unos segundos, poniéndose algo pensativa, ya que esa esas palabras le hicieron pensar.

― Así que no lo sabes, ya veo… ― Malan soltó este argumentar: ―Sabes, es imposible para una persona no entender por qué hace tal cosa u otra. Cuando dice “que no lo sabe o no entiende por qué lo hace”, en realidad es que no sabe cómo poder expresar el porqué o la razón que lo induce a comportarse. ―

― ¡¿Quieres decir que yo no sé cómo explicarte el por qué sigo actuando como si les tuviera terror a las mujeres, cuando, en realidad, ya he superado el miedo!? ¡¿Eso intentas decir!? ― Le replicó Jovaka, algo temerosa.

―Obviamente. ― Eso le dijo tajantemente Malan, antes de añadir, llena de emoción: ― ¡Y te podría ayudar a explicar ese extraño comportamiento, me hundiré a los más profundo de tu subconsciente para encontrar aquella oculta razón! ―

Ahí comprendió ella las verdaderas intenciones de Martha Malan, que ya llevaba sospechando, de que quería explorar su mente y hacer “psicología”, o algo parecido. Le aterraba el hecho de que la africana se “hundiera a los más profundo de su subconsciente” y se lo negó:

― ¡No me interesa, me importa bien poco saber por qué actúo así! ―

― ¡¿En serio!? ¡¿No te interesa entenderte!? ―

Preguntó Malan, un poco desilusionada. Aún así decidió insistir un poco:

― ¡A mi parece algo fascinante, me gustaría comprenderlo! ―

― ¡Pues te quedas con las ganas! ― Le replicó algo molesta Jovaka.

― Ya veo…― Se dio cuenta de que Jovaka era hostil ante la idea de indagar en su mente. ― Supongo que te incómoda contarme algo de ti, ¿no? Si ese es el caso, mejor dejaré de desistir. ―

― Eso, eso, no quiero que violes mi mente. ― Eso añadió la serbia, antes de coger el mando y seguir jugando al videojuego. Esas palabras hicieron mucha gracia a Malan, porque no entendía cómo llegó a esa conclusión tan extraña. Sus risas molestaron a Jovaka, que protestó:

― ¡¿De qué te ríes!? ― Y Malan le respondía que no era nada, para no enfadarla.

Y así el silencio volvió a ocupar toda la habitación durante varios segundos. Jovaka siguió jugando a los videojuegos, mientras Malan estaba mirando al techo, reflexionando sobre varias cosas. Poquito a poco, la serbia empezó a sentir ganas de hablar con ella y poder preguntarle algunas cosas, mientras se empezaba a preguntarse inconscientemente por qué intentaba seguir actuando como si temía a las mujeres, cuando dejó de tenerles miedo y odio. Movía la cabeza cada dos por tres, con la intención de dejar de pensar en esas cosas y seguir con el juego. Aún así, sus dudas no dejaron de aumentar hasta que no podría concentrarse bien. Al final, cuando vio que había perdido la partida, su boca soltó unas palabras que no pensaba decir:

― En realidad, tal vez sepa por qué actuó como si seguía odiando a las mujeres…― Soltó en voz alta Jovaka, antes de taparse la boca, al ver lo que dijo.

― ¡¿De verdad!? ― Preguntó Malan y Jovaka le respondió que no había dicho nada. Ésta se le quedó mirando y la serbia no pudo aguantar nada la presión:

― Bueno, si he dicho algo, pero es solo tonterías, nada más. ― Rió Jovaka nerviosamente, antes de continuar. ― En realidad, he estado pensando en que tal vez intento seguir actuando como alguien que teme a las mujeres, porque era… Bueno, que mi principal característica, lo que me hacia ser Jovaka era eso. Y ahora que no lo tengo, es como que soy nada…―

― Es decir, podríamos explicarlo así. Imaginas que eres un personaje de una obra de ficción, tal vez de comedia, y que tu odio hacia las mujeres, hacia las personas de tu mismo sexo; es lo que define cómo eres y los chistes que haces siempre se hacen en torno a eso. Si superas tu principal defecto, el que hace tu personaje cómo es, ya has terminado con tu cometido, ya no sirve en la obra. Es esto a lo que te refieres, ¿no? ―

― Algo parecido. Pase toda mi vida estando orgullosa de tener esa fobia, aunque eso sea estúpido; y ahora que lo he superado, siento que ya no soy yo, que no soy Jovaka. Me siento algo vacía. ― Añadió Jovaka, bastante avergonzada y algo tristona. Se sentía mal al pensar que estaba orgullosa de tener tal miedo histérico. Y Malan dio unas pequeñas risitas.

― ¡¿Por qué te ríes!? ― Protestó Jovaka, algo molesta.

― Solo me parece curioso que sientas con orgullo esa fobia, aunque tiene algo de sentido. Después de todo, era extraño y curioso que una mujer odiaba y temiese a las mujeres. ― Jovaka no pudo negar esas palabras.

― Tienes razón, porque lo único especial en mí, que me hacia diferente de los demás; era esa fobia. Y ahora yo soy una chica común y corriente, nada interesante…―

Puso una cara que mostraba gestos de molestia hacia ella misma, por estar orgullosa de tenerle miedo atroz hacia algo y sentir nostalgia por él.

― Esto parece una pequeña crisis de identidad, la verdad…― Malan, que se puso a reflexionar de nuevo, hizo este comentario.

― ¿Una crisis qué? ― Y Jovaka no entendió nada.

― Sientes que has perdido parte de tu identidad y para compensar el vacio, has estado actuando como si lo seguías teniendo. ―

― Eso es, supongo…― Soltó esto, a pesar de que no estaba muy segura de entender lo que le dijo Malan. A continuación, hubo un silencio que duró poco segundos, siendo interrumpido por la africana:

― Sabes, Jovaka, me pregunto qué es lo que te ocurrió en diciembre para que pudieses dejar atrás esa fobia, cual fue el acontecimiento que lo cambió todo. Mao nunca quiso hablarme de eso, porque eran cosas privadas tuyo y no tenía permitido decirlo. ―

Se sorprendió de que Mao no le hubiera dicho nada a Malan, cuando ella era la chica con la cual tenía más confianza. Es normal que no se dijera a las otras, pero no a la africana. Se sintió muy feliz al ver lo considerado que era y añadió:

― ¡¿Quieres qué te lo diga!? Solo me enfrente a mi pasado, creo…― No quería decirle lo que le ocurrió en aquel entonces, porque aún no lo había asimilado, hasta tenía pesadillas con eso.― No te diré nada más. ―

― ¡Qué lástima, la verdad! ¡Estaba muy interesada sobre lo que pasó!― Decidió no indagar nada más sobre aquel incidente por respeto a la serbia. Luego, le preguntó esto, deseando saber cómo fue el resultado de haber conseguido explicar la contradicción que había en su comportamiento:

― En fin, tú ya sabías el por qué de ese comportamiento desde el principio, solo que no lo podrías explicar. Ahora que hemos explicado cuál es la raíz, ¿¡cómo te sientes!? ―

― Pues… Bien, supongo…― Jovaka estaba aliviada y feliz, aunque de una forma normal y tranquila.

― Ya veo…― Estaba algo decepcionada por la reacción normal de Jovaka, esperaba ver un sentimiento de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima. ― Bien por ti. Ahora que hemos llegado hasta aquí, hay que dar el siguiente paso. ―

― ¡¿Qué siguiente paso!? ― Jovaka preguntó algo consternada al oír eso, y Malan se lo explicó:

― Para superar el hecho de que sigas simulando que aún tienes una fobia, hay que rellenar ese vacío que te dejó con otra cosa. O superarlo. De todos modos, no tiene sentido que sigas haciendo eso…― Pero algo interrumpió súbditamente su explicación.

Escucharon un ruido tan fuerte que se oyó por toda la casa y alteró tanto a Malan como a Jovaka, que se levantaron de golpe del suelo.

― ¡¿Qué ha pasado!? ― Preguntó aterrada Jovaka.

― Tal vez haya sido Mao, quién ha vuelto del paseo, supongo…― Le respondía Malan, aunque muy dudosa con su explicación, ya que fue lo primero que se le ocurrió. A continuación, añadió:

― De todos modos, vamos a ver qué es…― Y empezó a dirigirse poquito a poco hacia a dónde creía que era el origen del ruido, hacia la tienda.

― ¡Y-yo te sigo! ― Y Jovaka se puso detrás de ella, con el mismo propósito de saber qué era ese ruido.

Y cuando ellas entraron al pasillo en dirección a la tienda, oyeron más ruidos que procedían de la cocina, como si alguien estuviera tirando cosas al suelo.

― ¡¿Q-qué ocurre ahí!? ― Volvió a preguntar llena de temor a Malan, mientras temblaba como un flan.

― Tal vez…― Respondía Martha, seria y muy preocupada. ― Una cosa que no es nada bueno…― Casi iba a decir un ladrón, pero no quería poner a Jovaka histérica ni tampoco tenía mucho sentido que alguien que iba a robar buscase en la cocina.

Durante unos pocos segundos, Malan se quedó pensando si conseguir un arma antes de continuar o entrar a la cocina así sin más. También ella se preguntaba si era necesario mandar a Jovaka para que llamase a la policía.  Entonces, oyeron una voz quejándose que les era muy familia, mientras se volvió a escuchar golpes. Más bien, parecía un grito de frustración y alertó a las dos chicas:

― ¡¿E-esa no es…!? ― Preguntó muy aterrada Jovaka, al reconocer a la propietaria de la voz; y Malan también lo reconoció y lo primero que hizo fue salir corriendo hacia la cocina.

― ¡Espera, Malan! ― Le gritó Jovaka, mientras la perseguía.

Y al abrir la puerta corrediza que estaba al final del pequeño pasillo y que comunicaba a la cocina, Malan y Jovaka se encontraron con una escena peculiar, mientras encendían la luz.

Había cientos de cosas tiradas al suelo o sobre la mesa y los muebles de la cocina, incluso una silla había sido tirada. Y en el centro de aquel desastre, se encontraba Diana, que se quedó paralizada  al ver que le pillaron con las manos en la masa, con un gato que intentaba liberarse de ella, mientras le sostenía fuertemente:

― ¡N-no es lo que palece! ― Les dijo nerviosamente la pequeña.

A continuación, hubo unos minutos de silencio algo incómodos, antes de que Malan y Jovaka dieran suspiros de alivio, al ver que no era nada grave.

― ¡Qué susto nos has dado! ― Dijo alegremente Malan, mientras sonreía.

― Al final, solo era Diana y un maldito gato…― Añadió, molesta ante el hecho de que le hicieron temblar de miedo para nada. Entonces, ella se dio cuenta de que había algo que no tenía que estar en la casa: ― ¡¿Espera, qué hace un gato aquí!? ―

Diana les intentó decir algo, pero el gato se puso a forcejear fuertemente para librarse de ella y ésta lo agarró con más fuerza que antes.

― ¡Así que estabas escondiendo un Felis silvestris catus! ― Martha, por su parte, se puso a observar detenidamente a aquel animal, con una gran emoción que se le notaba con mirarle los ojos. ― Y además, parece un Burmés, ¡qué lindo! ―

Supuso que esa era su raza por el corto pelo marrón y cuello que tenía, y también por sus orejas, que no eran ni grandes ni pequeñas; y sus ojos amarillos brillantes. Parecía estar bien cuidado, porque estaba el gato estaba muy rechoncho; y que tenía dueño legitimo, por el hecho de que llevaba un collar. Aunque lo que le sorprendía era el hecho de que no maullase, levantaba la boca varias veces, pero no decía ni mu.

Jovaka, al ver que Malan estaba tan interesada en el gato que se había olvidado de todo los demás, sintió que tenía que explicarle esto a Diana:

― ¡¿Por qué has metido un gato en casa!? ¡¿No sabes que Mao no quiere animales dentro!? ―

Era bien conocido que a Mao impedía a toda costa tener animales en casa, por el hecho de que Alsancia era alérgica a varios animales, sobre todo a los gatos. Y algo que Diana debería saber también.

― Lo sé. ― Eso lo que le pudo responder ella, mientras intentaba impedir que el gato se saliese de sus brazos. Jovaka le iba a regañar, pero Martha intervino:

― Como cualquier niño, solo quería tener una mascota, ¿a qué sí? ―

Decía con ternura hacia ella, ya que parecía ser el típico caso en dónde un niño escondía una mascota, dispuesto a cuidarlo; algo que le parecía muy adorable. La respuesta de ella sorprendió:

― Yo no quielo una mascota, no lo he metido aquí. Es él, que se ha metido en la casa. ―

En realidad, Diana, mientras dormía con su madre y su tío, fue despertada por los rasguños que algo le estaba haciendo a la ventana. Ésta se levantó y lo abrió para saber que pasaba y el gato entró en la habitación con mucha rapidez y sigilo. Salió corriendo hacia al salón, pasando por el hueco que la puerta, que estaba media abierta, había dejado. Le siguió para atraparlo y sacarlo de la casa. Al ver que Malan y Jovaka estaban despiertas, mientras se estaban hablando; pasó sin que se dieran cuenta de su presencia y entró en el pasillo para dirigirse hacia la cocina. Luego, sin encender la luz, se decido a intentar atraparlo, creando un gran estropicio.

A Diana le costó bastante poder explicarles la situación, con el maldito gato intentando liberarse de ella; pero pudo conseguir que ellas lo entendieran, de alguna forma.

― Ya veo, me sorprende que no nos hayamos dado cuenta antes. ―

Concluyó Martha Malan, sorprendida ante el sigilo que demostraron Diana y el gato, que habían pasado por su lado como si fueran ninjas.

― Da igual, hay que sacarlo rápido, antes de que Mao lo vea. ― Añadió Jovaka, que se acercó con cuidado hacia Diana para coger el gato y sacarlo de la casa.

Entonces, una voz que no esperaban para nada dijo: ― ¿¡De que yo vea qué!? ―

Las tres chicas miraron hacia al pasillo y vieron a Mao, que había vuelto del paseo; ahí parado, delante de la puerta; con los brazos cruzados y con una mirada que les preguntaba, como si fuera una madre antes de regañar, qué estaban haciendo.

Jovaka y Diana gritaron de la sorpresa, al ver sido pilladas; y el gato, ya libre de los brazos de la pequeña, saltó instintivamente hacia Mao, con el inesperado propósito de atacarle y dejarle lleno de arañazos.

― ¡¿Pero qué le pasa a este bicho!? ¡¿Por qué me está atacando!? ―

Gritaba Mao como loco, mientras salía corriendo para evitar que el gato le rompiese el kimono, con Jovaka, Malan y Diana detrás de ellos para coger al endemoniado animal. Los gritos de los cuatros no solo hicieron despertar al resto de la casa, sino al vecindario entero.

FIN

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