Centésima treceava historia

Una noche psicológica: Primera parte, centésima treceava historia.

En el primer viernes de Marzo, Martha Malan apareció por la casa de Mao, con una mochila a cuestas. Tras entrar en la tienda y saludar educadamente a Leonardo y Clementina, que estaban manteniendo una conversación muy trivial; se dirigió hacia al salón, en dónde estaba el resto.

― ¡Buenas tardes! ― Saludó alegremente al resto, pero se dio cuenta de que faltaba alguien. Después de que las tres chicas que estaban en el salón le devolvieran el saludo, que eran Alsancia, quién estaba muy escondida en el kotatsu, calentando su pequeño cuerpo como si fuera un lagarto; Jovaka y Diana, que estaban cooperando en equipo en un videojuego; ella miró por todo el lugar buscando su presencia y después les preguntó: ― ¡¿No está Mao con vosotras!? ―

― Está ahí arriba, en el cuarto de baño. Se está duchando,…. ― Jovaka le respondió, sin quitar los ojos de la pantalla. ―…aunque no es normal que tardé mucho. ― Mao siempre era muy rápido para bañarse, pero aquel día llevaba casi una hora entera dentro.

― ¡Qué talde, Qué talde! ¡Melor para mí! ― Añadió Diana, que no tenía ni ganas de echarse una ducha, como su madre quería; jugar al videojuego era lo primordial.

― ¡Ya veo! ― Malan tuvo, entonces, una especie de mal presentimiento. ― ¡De todos modos, voy a comprobar si está bien! ― Y subió hacia al cuarto de baño.

― Alsancia hizo eso hace cinco minutos y le dijo que no le pasaba nada. ― Le avisó Jovaka, pero eso no fue suficiente  para detener a Malan, quién golpeó educadamente la puerta.

― ¡Buenos días, Ojou-sama! Perdón por molestarla, mientras te estás duchando, pero quería comprobar si estás bien. ―

Tras pronunciar Malan estas palabras, Mao tardó unos pocos segundos en responder, diciéndole esto nerviosamente:

― ¡¿Tú también!? ¡No te preocupes, estoy bien! ¡Ya iba a salir, solo he estado un poco ocupado, nada más! ―

Y unos varios segundos después, Mao salió del cuarto del baño, el cual parecía una verdadera sauna. Tenía el pelo suelto y se estaba ajustando el kimono que se había puesto, como si lo hubiera puesto hace un segundo.

Malan se fijó en que sus ojos estaban colorados, como si estuviera llorando durante un buen rato; y se dio cuenta de que Mao les mintió, no estaba bien. Es más, su rostro, por unos segundos, denotaban una especie de tristeza que empezó a disimular, diciendo estas palabras:

― ¡Solo me tardó una hora y no vea cómo os ponéis! ― Rió, aunque a Malan le parecía muy forzado. Luego, Mao se dirigió hacia a los demás, antes de bajar al salón: ― ¡El servicio ya está libre, por si alguien quiere usarlo! ―

Malan no se atrevió a preguntarle ni obligarle a que le dijera la verdad, solo actuó como siempre, mientras recordaba amargamente los acontecimientos que ocurrieron en fin de año, cuando se enfrentó con Nadezha, volviendo a revivir viejas y horribles heridas en él. ¿Había llorado en relación con eso? Aparentemente, no hay nada que indique que fuera esa la razón, pero, por culpa de ese incidente, parecía que Mao estaba deprimido, aunque siempre intentaba disimularlo. Y no solo ella estaba preocupada, también Alsancia y Jovaka, que miraron de reojo la escena.

A continuación, Malan bajó al salón, mientras Mao iba a su habitación para ponerse la coleta. Después de arreglarse definitivamente el cabello, volvió a dónde estaban ellas y se sentó en el suelo, antes de preguntarle a Martha:

― ¡¿Y esa mochila qué es!? ¡¿Quieres quedarte a dormir está noche o qué!? ― Preguntó Mao, mientras observaba lo que trajo Malan, que se encontraba en el suelo.

― ¡¿No lo sabías!? Llamé anticipadamente y Clementina me contestó y me dijo que sí. ― Malan se quedó algo sorprendida.

― ¡¿En serio!? ― Pero Mao estaba más sorprendido que ella, con la boca totalmente abierta. Nadie le dijo nada.

Y entonces, un recuerdo vino a la cabeza de Jovaka que la puso blanca al momento, se le olvidó completamente. Fue hace unas pocas horas, mientras ella y Diana se peleaban por quién jugaba primera al juego. Clementina miró en el salón si estaba Mao, quién se había ido a comprar algo urgente junto con Alsancia; y al ver que no estaba, les dijo, después de detenerlas, a aquellas dos que se lo dijeran al gerente cuando volviera a casa.

Éstas, más ocupadas en quién iba a jugar primero, le respondían que sí indiferentemente, mientras empezaban a dialogar la una con la otra para conseguir un acuerdo mutuo. A los pocos segundos, se olvidaron de lo que les dijo Clementina.

Diana no dijo nada, ni siquiera se acordó; solo seguía en lo suyo, pero Jovaka dio pausa y le dijo a Mao esto:

― Ah, ¡Ya recuerdo, Clementina nos dijo que cuando te viéramos, te lo dijera! ― Rió nerviosamente, mientras juntaban las manos en señal de que lo sentía. ― ¡Perdón, perdón, se me olvido! ―

Y Diana, que protestó un poco al ver que había pausado el juego, también lo recordó cuando oyó las palabras de Jovaka y gritó de sorpresa, antes de ponerse a pedir perdón a Mao. Éste les contestó:

― Vale, vale, no es para tanto. ― Después de todo, Clementina le dijo que sí a Malan, sin su permiso. Aunque, de todas maneras, no le importaba que se fuera a dormir, ya que lo hace diariamente. ― Pero la otra vez no os olvidéis de decírmelo…―

Luego, se dirigió hacia a Malan y le preguntó: ― ¡¿Y cuál es tu razón para querer dormir aquí!? Bueno, si tienes alguna….―

― La verdad,…― Se lo pensó un poco, antes de decirle la razón. ― Mis padres quieren tener una noche de pasión y les sería incomodo hacerlo si estoy en la misma casa, así que decidí dejarles solos y que aprovechen. ―

Le respondió Malan con toda la sinceridad del mundo, con una expresión realmente tranquila y relajada, apenas le daba vergüenza decirlo. Todo el mundo se quedó de piedra, no se esperaban tal razón y se pusieron muy rojos, al imaginar lo que iban a hacer los padres de Martha, mientras ella ponía una sonrisa despreocupada.

― ¡¿Una noche de pasión!? ¡¿Qué es eso!? ― Aunque Diana no entendió nada de lo que quería decir Malan y le pidió explicaciones, y ella se lo iba a dar, pero Mao lo detuvo.

― No es nada, Diana. No es nada. ― Interrumpió, antes de decirle esto a Martha:

― ¡Demasiado información, Malan! ¡Hubieras dicho que querían estar solos o algo! ¡Ahora no me lo puedo quitar de la cabeza! ―

― Pero si lo he adornado lo suficiente para que no pareciera indecente…―

Nadie comentó nada, todo se quedó en silencio durante unos segundos, que se rompió cuando la pequeña Diana empezaba a pedirles sin parar, llena de curiosidad, que le explicarán cuál era la razón de que Malan se fuera de casa, mientras todos esquivaban la pregunta e intentaban que ella pensará en otra cosa. A continuación, en las próximas horas, no pasó nada especial que mencionar. Mao estaba acostado en el suelo, vagueando como siempre y viendo la televisión, después de obligarle a aquellas dos a que dejarán de jugar con la consola durante un buen rato; Martha y Alsancia hablaban sobre varios temas tranquilamente, utilizando el lenguaje de los signos; Clementina estaba haciendo algunas tareas en la casa y Leonardo seguía en la tienda atendiendo a los pocos clientes que pasaba por ahí, o distraerse con su móvil o hablando con alguien de la casa. En fin, nada importante, hasta llegar la noche, después de que todo el mundo se acostará y el hogar estuviera en total silencio, o eso parecía.

En mitad de la noche, Martha Malan se despertó, abriendo los ojos poquito a poco. No había tenido una pesadilla, tampoco hubo algo que hiciera que se despertara, así que no había ninguna razón especial para despertarse. Por eso, le parecía tan curioso que se hubiera despertado a tan solo una hora o dos después de acostarse, como si solo se hubiera tomado una siesta.

Entonces, se dio cuenta de varias cosas. Primero, solo ella y Alsancia, que dormía como un tronco, estaban acostadas en sus respectivos futones, en los que deberían estar durmiendo Mao y Jovaka estaban vacios. Segundo, hay una leve luz que procedía del salón y atravesaba la puerta corrediza que estaba media cerrada.

Curiosa por el origen de esa luz, se levantó del futón y observó hacia afuera de la habitación y vio como Jovaka estaba jugando al mismo videojuego de esta tarde, apretando como loca los botones del mando de la consola, con enormes auriculares que tapaban sus orejas. Malan, al ver que no era nada interesante, se quedó preguntando si acercarse a ella o volverse a dormir durante unos segundos. Al final, deseosa de saber dónde estaba Mao, decidió bajar al salón y preguntárselo a la serbia.

― ¡Buenas noches, Jovaka! ― Eso le decía flojito, mientras se acercaba a ella sigilosamente, a pesar de que sabía que había muchísima posibilidades de que no le iba a escuchar. ― ¡¿No crees que es demasiado tarde para estar ocupada con un elemento destinado al entretenimiento? ―

Al comprobar que los auriculares parecían bastantes buenas, ya que Jovaka ignoró totalmente esas palabras; Malan empezó a pensar en cómo atraer su atención sin que ésta diera un gran grito de sorpresa y despertar a todo el mundo. Estuvo totalmente pensativa durante varios segundos, hasta que se dio cuenta de que ella iba a gritar de fastidio, al ver que había perdido otra vez y tiró el mando al suelo. Con la rapidez de un rayo, tapó la boca de la serbia.

― ¡No te pongas así, que es solo un videojuego! ― Murmulló Malan.

A Jovaka casi le iba a dar algo cuando notó como alguien le tapaba la boca, pero cuando vio que era Malan y que le había salvado, se alivió mucho.

― ¡Oye, Malan! ¡No era necesario eso! ― Le reprochó muy molesta Jovaka, después de que Martha le quitara la mano de la boca.

― Yo creo que ha dado resultados muy favorables…― Añadió con una sonrisa Malan.

Jovaka puso un gesto de molestia, después de oír esas palabras. Volvió a coger el mando e iba a seguir con lo suyo. Entonces, Malan se sentó a su lado y empezó a observar cómo jugaba, cuya mirada curiosa solo ponía de los nervios a la pobre serbia.

― ¡¿No te vas a la cama!? ― Le preguntó Jovaka, a continuación; y la africana le respondió con estas palabras:

― Curiosamente, yo tampoco tengo sueño. ―

― ¿¡Tú también!? ― Se sorprendió un poco. ― ¡Ya somos tres!―

― ¡¿Tres!? ¡¿Te refieres a Mao!? ― Se lo dijo, a pesar de que dudaba si decir aquello era necesario porque era muy obvio.

― Sí, a ella también. ― Afirmó Jovaka, moviéndole la cabeza para arriba para abajo para dejárselo muy claro. Y Malan le mandó otra preguntar:

― ¿Y dónde está ella? ¡No parece que está en la casa! ―

Jovaka tardó un poco en contestar aquella respuesta, ya que intentaba salir viva de un escenario del videojuego. Luego, le puso pausa y le respondió:

― Eso es porque salió a dar un paseo. ―

― Es muy tarde para salir a pasear…― Le decía Martha Malan, muy sorprendida. ― Y Mao es demasiado vago para darse un paseo, menos a estas horas de la noche. ―

― Pues sí, pero eso ha hecho. Yo también estoy bastante sorprendida. ― Tras decir eso, dio una pequeña pausa, que provocó que todo estuviera en silencio por unos pocos segundos, antes de continuar:

― La verdad es que Mao se despertó de golpe, parecía que había tenido una horrible pesadilla, hasta estaba sudando frío. Y de paso, eso también me hizo despertar. ― Como estaba utilizando a Mao como si fuera una almohada, el movimiento brusco que hizo él para levantar medio cuerpo trajo a la serbia del mundo de los sueños. ―Yo le pregunté qué le pasó varias veces y solo me respondía que tuvo un mal sueño, nada más, que no era nada. Y luego me dijo que iba a dar un paseo y salió a la calle. ―

Terminaba sus palabras con un gesto de preocupación, porque sabía que aquel sueño le había perturbado tanto a Mao que decidió dar un paseo a estas horas para calmar su mente. También estaba algo molesta, debido a que no le hacía mucha gracia el hecho de que no quería decirle nada sobre aquella pesadilla. Malan se preguntó cómo era aquel sueño que tuvo, igual de preocupada que la serbia.

― Entonces, ¿vas a estar despierta hasta que vuelva Mao? ― Le preguntó Martha, después de pasar casi un minuto dominado por el silencio; y Jovaka le respondió esto, con algo enfado en su voz:

― Sí, no voy a estar tranquila hasta que vuelva, ¡a pesar de que dijo que me durmiera, que no hacía falta estar despierta, que ella tenía llave! ―

Esa respuesta le hizo bastante gracia a Malan, porque le parecía un niño pequeño que desobedecía a su padre. Luego, se sentó elegantemente en el suelo y añadió esto:

― ¡Entonces, yo también le esperaré! ― Aunque Jovaka ya sabía que esa sería la respuesta de Malan, maldijo un poco la situación, porque apenas hablaba con ella y sentía que iba a estar un poco incómoda.

Entonces, Martha Malan decidió decir algo más que dejó un poco confundida a la serbia:

― ¡Además, estamos solas y será un buen momento para relacionarnos y conocernos un poco mejor! ―

Jovaka se quedó muy cortada al oír esas palabras que le hacían malpensar, ¿qué intentaba decir Martha con aquellas palabras?

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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centésima doceava historia

Ser simpática en una mañana: Última parte, centésima doceava historia.

― ¡¿Y bueno, qué vais a hacer ahora!? ― Les preguntaba Jovaka, mientras veía cómo las gemelas subían hacia las habitaciones. Ella no sabía lo que tenía en mente esas dos y sentía que lo mejor era mejor no saberlo. Después de varios segundos de espera, volvieron con una cámara digital en las manos.

― ¡Sonríe a la cámara! ― Le gritaron a Jovaka, quién giró la cabeza al ver que volvieron, y le sacaron una foto. El flash hizo que ella pusiera una cara que daba muchísimo pavor.

― ¡¿Qué estáis haciendo!? ― Les preguntó a gritos Jovaka, mientras sus ojos se recuperaban del flash.

― ¡Solo vamos a empezar nuestro entrenamiento especial para ser más simpática! ― Le respondió Alex, mientras miraba cómo quedaba la foto.

La desechó al momento, porque había quedado feísimo.

― ¡Primera prueba, sonreír a la cámara! ― Por su parte, Sanae añadió esto.

Jovaka gruñó de fastidio con una mueca de desagrado, al ver que querían hacerle fotos. Odiaba hacérselos y siempre los evitaba a toda costa. Y esta vez no era una excepción, menos cuando las gemelas le pedían que pusiera su mejor sonrisa.

― ¡No quiero fotos, no quiero! ― Les replicó Jovaka, al ver que Alex iba a hacerle otra fotografía. Se tapó la cara y se alejó de ellas.

― ¡Vamos, mujer, solo son fotos! ―

Y Alex se acercó a Jovaka e intentaba conseguir un primer plano de la cara de ésta, quién escondía la cabeza o la giraba de un lado para otro para que su rostro no fuera fotografiada.

― ¡Solo tienes que sonreír y ya! ― Añadió Sanae, mientras le mostraba una gran sonrisa como ejemplo. Al ver que su hermana la iba a fotografiar, se dejó y además hizo el gesto de la paz.

― ¡Es que no me gusta que me hagan fotos! ― Les replicó Jovaka y las gemelas decidieron imitar a Josefina. Empezaron a desistir que se dejará, que nada malo iba a pasar; sin parar y cómo la paciencia de la serbia era tan limitada en aquellos momentos, se rindió fácilmente, diciéndoles:

― ¡Vale, vale! ¡Pero solo una vez! ―

Protestaron, diciéndoles que era necesario más intentos  y Jovaka tuvo que aceptarlo. A continuación, empezó su “primera sesión de fotos”, con Alex mandándole órdenes:

― ¡Vamos, muévete al centro! ― Jovaka se puso en el centro del salón.

― ¡Ahora, agáchate y dóblate de rodillas al máximo! ¡Luego, también junta sus brazos y cierra los dos puños! ¡Al final, saca la lengua como si estuviera muriendo de sed! ―

Jovaka, a pesar de que le parecían extrañas esas órdenes, le hizo caso y al ponerse así, las gemelas rompieron a reír, después de aguantarse durante unos segundos. Ahí se dio cuenta de que se estaban burlando de ella y le hacían parece como si fuera un perro. Se puso tan roja como el tómate:

― ¡No os burléis de mí de esa forma! ¡¿Para esto queríais hacerme foto o qué!? ― Les gritó esto, muy enfadada y humillada. Las gemelas, mientras se obligaban a dejar de reír, añadieron:

― ¡Lo siento mucho, Jovaka! ― Dijo Alex, que no pudo detener sus risas, y terminó la frase su hermana: ― ¡Pero no nos pudimos resistir! ―

Y tardaron unos pocos segundos más en dejar de reír. Al ver la cara furiosa de Jovaka, le dijeron esto:

― ¡No te preocupes! ― Juntaron sus manos en señal de perdón. ― ¡No vamos a hacerlo más! ― Jovaka decidió perdonarlas para terminar rápido eso de la fotografía.

A continuación, las gemelas solo le dijeron que pusiera una postura, la que más le pareciera cómoda, y que sonriera. Jovaka, que estaba muy nerviosa y temblaba como un flan, se puso totalmente recta, juntó piernas y manos y miraba hacia la cámara, intentando poner una sonrisa. Parecía que intentaba ser una estatua, apenas movía ni un músculo. Alex la estuvo mirando por un buen rato con la maquina hasta que la serbia se hartó:

― ¡¿Qué esperan!? ¡Hacerme la foto de una vez! ― Le replicó Jovaka, que no podría aguantar más mantener esa postura estática.

― Pero la postura que tienes es muy antinatural. Tienes que actuar como si no te estuviéramos fotografiando, o por lo menos, que deseas realmente hacerte una. ―

Añadió Alex muy insatisfecha de tener a una modelo tan mala y Sanae dijo algo:

― Parece como si fuera tu primera vez sacando una foto. O como cuando el que te gusta pasa cerca de ti e intentas actuar normal pero no te sale. ―

― ¡Desde el primer momento no quería ser fotografiada! Y además hace años que no me hago uno…― Protestó Jovaka, al ver que empezaron a criticarla. Solo quería que terminaran de una vez.

Pero se alargó muchísimo para ella, por desgracia. Las gemelas no dejaban de darle órdenes, diciéndole que se pusiera una postura u otras, llegando al punto de poner algunas que parecían muy sugestivas, mientras les animaba a sonreír lo máximo posible. Muerta de vergüenza, les pedía que hicieran la foto de una vez o terminaran con su sufrimiento.

― ¡Así no, debes ponerte un poco más! ¡Vamos, sonríe más, todo lo que puedas! ― No dejaba de escuchar estos órdenes una y otra vez.

Pero, al final, terminaron tras unos veinte minutos que para la pobre de Jovaka fueron una eternidad. Tras escuchar a las gemelas decir que ya terminaban, porque se aburrieron de ser fotógrafas, tuvo una grandísima alegría, soltando una sonrisa muy natural y bonita que fue ignorada, ya que éstas empezaron a ver los resultados de sus trabajos.

― No ha salido como esperaban, pero están decentes…― Le decía Alex a su hermana, mientras observaban las fotografías. Jovaka, al verlas, decidió saber cómo eran.

― Parece como si fuera una…― Sanae no pudo terminar la frase, ya que la serbia la interrumpió de golpe con un chillido que expresaba su vergüenza y humillación, al ver que le hicieron fotos sugerentes,

― ¡Denme eso! ― Les quitó las cámaras de las manos ― ¡¿Pero qué es esto!? ― Las gemelas les pedían que se lo devolviesen.

― ¡¿Por qué me hicisteis hacer estas cosas!? ― Y Jovaka les gritaba esto.

― Pues solo estábamos haciendo buenas fotos de ti…― Le dijeron orgullosamente. ― ¡Esa siempre fue nuestra intención! ― Luego, se dieron cuenta de que los estaban borrando. ― ¡No las borres, nos costó mucho hacerlo! ―

Al final, ninguna fotografía sobrevivió.

― ¡Con lo que nos ha costado hacer esas fotos! ― Dijeron con mucha pena las gemelas, mientras observaban que los había borrado todos. Jovaka les replicó que no hubieran hecho eso, antes de añadir:

― En fin, ¿ya debéis estar contenta, no? ¿Hemos terminado este juego?―

― ¡¿Pero, qué dices!? ― Le replicó Alex y su hermana Sanae terminó la frase: ― ¡Ya viene la segunda ronda! ―

Al oír eso, Jovaka mostró en su rostro un gesto de fastidio y molestia, al ver que iban a seguir con esto de “enseñarle a ser más simpática”. Lo único que hicieron fue hacerle fotos con posturas sugerentes y estaba temiendo por lo próximo que iban a hacer. Por eso, tragó saliva y les preguntó con miedo:

― ¡¿Qué tenéis en mente!? ― Y al oír esa pregunta, las gemelas se quedaron en silencio, algo pensativas, durante varios segundos:

― Aún nada. ― Luego, le contestaron esto: ― ¡Estamos improvisando, ya se nos ha ocurrirá algo! ―

Jovaka se quedó mirándolas muy mal. Ni siquiera tienen idea de cuál sería la segunda ronda y querían seguir jugando a ese estúpido juego, ¿por qué no se rendían y le dejan en paz? Por desgracia para ella, mientras pensaba molesta en estas cosas, a las gemelas se les ocurrió una idea.

― ¡Ya lo tengo! ― Gritó Sanae, como si una bombilla se le encendiese en la cabeza. A continuación, su hermana Alex le preguntó: ― ¿Es lo mismo que estoy pensando yo? ―

Y ella se lo dijo en voz baja, en el oído. Alex gritó que era una buena idea, mientras Jovaka se preguntaba con horror qué otra cosa alocada se les había ocurrido a las gemelas.

― Bueno, ahora que has estado aprendiendo a sonreír con la cámara, ahora lo harás con una conversación. ― A continuación, Alex le dijo esto.

― ¿Qué quieres decir exactamente? ― Jovaka no entendía muy bien lo que dijo Alex y su hermana Sanae tuvo que explicárselo mejor:

― Debes de actuar contenta y sonriendo mientras estamos practicando con contigo, ¡de eso se trata! ―

― ¿¡Y eso es…!? ― Jovaka, algo decepcionada, creía que iba a ser algo peor. ― ¡¿Todo!? ―

― Ah, pues sí…― Añadió Sanae, algo dudosa; mientras Alex gritaba esto muy convencida: ― ¡¿A qué es una buena idea!? ―

Jovaka se quedó callada, incapaz de decirle que era una idea muy estúpida. A pesar de eso, pensaba que era mejor que cualquier otra idea que se les ocurriese, aunque se preguntaba si sería capaz de actuar como si estuviera feliz. Mientras ella estaba en silencio, las gemelas se miraron la una a la otra y, como si tuvieran telepatía, decidieron dar comienzo esta ronda:

― ¡Buenos días, idiota! ― Le soltó esto de repente Alex de forma alegre y animada.

― ¡¿Espera, por qué me llamas idiota!? ― El hecho de que le insultará enfadó a Jovaka, que le gritó esto. Alex se quedó callada, mientras su hermana hablaba en su lugar:

― ¡Sonríe, no pongas cara de enfado! ― Le replicaba esto, como si fuera una entrenadora dura. ― ¡A pesar de todas los insultos que te hagamos, debes sonreír! ¡De eso se trata la segunda ronda del entrenamiento! ―

― ¡¿En serio!? ― Puso una cara de molestia, al ver que se estaban aprovechando de este entrenamiento para burlarse de ella.

― ¡Vamos, hazlo nerd! ― Y Alex, con una gran sonrisa supuestamente angelical, le dijo esto. Aunque aquel insulto no le molestó tanto, ni siquiera lo consideraba como tal.

― ¡Qué fastidio! ― Dio un gran suspiro, al ver que tenía que hacerlo sí o sí.

Entonces, forzó su boca al máximo para mostrar una sonrisa e intentó decir unas palabras, que les costaba pronunciar: ― ¡B-buenos d-días! ―

Y el salón se quedó unos segundos en silencio, con las gemelas mirándola fijamente, mientras ésta mantenía su sonrisa forzaba con todas su fuerzas.

Y al final, esas dos empezaron a reír descontroladamente, porque su sonrisa era tan forzada que daba muchísima risa. Jovaka les replicó muy molesta:

― ¡No se rían, me estaba esforzando! ―

― Pero es que…― Apenas podrían hablar, por culpa de las risas. ―Pero es que…―

― Bueno, ¿¡podremos continuar!? Quiero terminar esto de una vez. ― Les replicó Jovaka, que, muerta de vergüenza, controlaba sus ganas de mandar esta estupidez al carajo.

Y las gemelas pudieron mantener la compostura y seguir con su cometido, diciéndole insultos a Jovaka, mientras ésta intentaba esbozar una sonrisa, que parecía menos forzada que antes; y les intentaba replicar amablemente; pero esas dos no paraba de recordar lo de antes y se ponían a reír:

― ¡Otra vez…! ― Dijo Jovaka, tras lanzar un suspiro de molestia. Era la quinta o sexta vez que empezaron a ponerse a reír de repente y con estas interrupciones parecía que esto no iba a terminarse nunca.

― ¡Lo sentimos, pero es que…! ― Sus risas las interrumpieron. ― ¡Era tan gracioso! ―

― ¡Bueno, entonces…! ― Entonces, Jovaka, que ya estaba enfadada, se levantó de golpe y les iba a decir que ya terminaba de jugar con ellas.

― ¡Espera un momento! ― Entonces, las gemelas la interrumpieron con este grito. Luego, Alex soltó esto:

― ¡Ya que estás harta de la segunda ronda, podemos empezar con la tercera! ―

― ¡¿Teníamos una tercera!? ― Le preguntó Sanae, que no se lo esperaba; y le respondió así:

― Ahora sí. ―

A Jovaka le entraron más ganas de mandarlas al carajo, quería terminar de una vez. Así que empezó a andar hacia al cuarto de Mao para hacerse la dormida. Las gemelas la agarraron rápidamente para evitar que se fuera:

― Solo es una cosa pequeñita, y nada más. ― Empezaron a convencerla desesperadamente. ― ¡No tienes que hacer gran cosa! ―

Y al final, tras mucho insistir, Jovaka fue convencida otra vez, mientras se maldecía una y otra vez, preguntándose por qué era tan fácil de convencer.

― ¡¿Y ahora que quieren hacer!? ― Les preguntó Jovaka, mientras volvía ponerse en medio del salón.

Y las dos gemelas le gritaron al unísono: ― ¡Bailar! ―

Jovaka se quedó sin palabras, incapaz de creer lo que le habían exigido, ni siquiera tenía ninguna relación con ese estúpido entrenamiento para ser más simpática. Así, que tras segundos de silencio, intentó dirigirse a la habitación de Mao, pero las gemelas se interpusieron:

― ¡Vamos, mujer! ¡Es solo un pequeño favor! ¡De verdad! ― Le dijo Alex.

― Sí, haz esto y te dejaremos en paz, ¡palabra de honor! ― Añadió Sanae.

― Yo…― Jovaka pensó un poco, antes de continuar. ― Nunca he bailado y seguro que os vais a reír de mí, además, ¿qué tiene bailar en todo esto? Por eso, me rehusó. ―

Las gemelas, entonces, pusieron cara de cachorritos y juntaron sus manos fuertemente. No paraban de pedirle que lo hiciera, que no se fueran a reír y sacaban la excusa de que bailar mostraba alegría, que sería útil para que se volviera más simpática. Y otra vez Jovaka cayó en la trampa.

― Y bueno, ¿qué queréis que baile? ― Les preguntó la serbia, cuando estaba lista para bailar.

― Cualquier cosa. ― Eso le respondió Alex y esto añadió Sanae: ― Lo que te pida el cuerpo. ―

― ¡¿En serio!? ― Decía incrédula. Jamás había bailado en toda su vida, ¿cómo bailar cuando ni siquiera tenía instrucciones para hacerlo?

De todas maneras, tenía que hacerlo, así que empezó a mover el cuerpo. Primero, movía torpemente los brazos y las caderas de un lado para otro, con una cara avergonzada.

― ¡Ahora, una sonrisa! ―

Gritaron al unísono las gemelas, mientras le animaban, dando palmadas, mientras luchaban por no ponerse a reír, porque les estaba pareciendo muy gracioso. Jovaka puso una sonrisa, tan forzada como la de antes, y empezó a moverse más rápido. Daba un paso y retrocedía de forma penosa, movía la cabeza hacia atrás y hacia delante, como si intentaba romper el aire; los brazos los meneaba como si estuvieran llenos de insectos e intentaba desesperadamente quitárselos. Cada segundo que pasaba a Alex y a Sanae les era muy difícil poder contener las risas.

― ¡¿Ya están contentas!? ¡Puedo terminar ya! ― Les soltó esto Jovaka, harta ya de hacer el payaso.

― Aún no, ¡aguanta un poco más! ― Y las gemelas decidieron alargarlo algo más, haciendo que Jovaka las maldijera de nuevo, mientras seguía bailando de forma torpe y patética.

Y sin que ninguna de las tres que estaban en el salón se diera cuenta, Mao, Alsancia y la pequeña Diana entraron en la casa, habían atravesado la tienda y ya estaban en el pasillo. Desde ahí, se oía claramente las voces de las gemelas animando a Jovaka.

― ¡¿Qué espectáculo están haciendo esta gente!? ― Se preguntaba Mao, al oír el jaleo que estaban haciendo.

Alsancia no dijo ni una palabra, aunque también le daba mucha curiosidad qué estaban haciendo; y Diana, que no estaba satisfecha tras jugar sin parar en el parque, al ver que parecía que se estaban divirtiendo ahí dentro; no tuvo tiempo que perder y abrió la puerta corrediza para unirse a ellas.

Entonces, vieron a Jovaka bailando y se quedaron sin palabras. Ellos no se sorprendieron por el hecho de que estaba haciendo un baile muy ridículo y patético, sino por el hecho de que ella estaba haciendo un baile. La serbia tardó unos segundos en parar y darse cuenta de que había sido pillada. Se quedó paralizada, mientras se le ponía toda la cara como un tomate. Las gemelas fueron las únicas que reaccionaron:

― ¡Por fin, han vuelto! ― Protestaron al unísono. ― ¡¿Por qué se fueron sin nosotras!? ―

Mao dudó si explicarles que no quería despertarlas o preguntarles qué les estaban haciendo a Jovaka. Diana reaccionó, diciendo que quería bailar.

Entonces, Jovaka gritó con todas sus fuerzas, su orgullo había sido herido: ― ¡Qué vergüenza! ¡Tierra trágame! ― Y salió hacia al cuarto de Mao para esconderse y no ver jamás la luz del sol.

Por culpa de esto, a Mao le llevó medio día sacarla del cuarto, al ver que ésta exageraba por haber sido vista bailando, mientras maldecía a las gemelas, que intentaban pedirle perdón sin parar.

FIN

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centésima doceava historia

Ser simpática en una mañana: Primera parte, centésima doceava historia.

A mediados de marzo, Jovaka estaba jugando con uno de los juegos más difíciles que se había enfrentado. Estaba enfrentándose contra el jefe final y llevaba toda la mañana sufriendo como nunca, muriendo ciento de veces en el proceso. No dejaba de gritar y soltar insultos.

― ¡Mierda, mierda! ¡Solo me queda poco de vida! ¡Hay que aguantar! ― Decía inesperadamente, mientras intentaba esquivar desesperadamente las balas del enemigo. ― ¡No, no, eso no! ― Entonces, cometió un error y no pudo escapar del ataque. Fin de la partida.

A lo primero se quedó boquiabierta, entonces tiró el mando al suelo y, con muchísima desesperación en su cara mientras se ponía las manos sobre la cabeza, empezó a gritar esto:

― ¡Maldito seas, bicho! ¡Qué frustración, maldito videojuego! ¡¿Por qué es tan difícil de ganar!? ―

Mientras se quejaba sin parar, dos personas, que se despertaron por culpa de los gritos de Jovaka, salieron de la habitación en dónde dormían y se acercaron sigilosamente hacia ella. Y cuando estaban detrás suya, después de observar durante unos segundos la causa de aquel griterío, dijeron:

― ¡¿Así que, por eso hacías tanto escándalo!? ― Sorprendieron a Jovaka, quién miró hacia atrás, viendo a las gemelas Alex y Sanae.

― ¡¿Seguíais durmiendo!? Yo pensaba que habíais salido con Mao, Alsancia y Diana. ― Añadió indiferentemente Jovaka.

Se fueron al parque, por Diana. Aparte de ellas, Leonardo y Clementina habían salido afuera, por razones que apenas le interesó conocer a la serbia.

― ¡¿Se fueron sin despertarnos ni siquiera!? ― Protestaron molestas las gemelas. ― ¡Qué rollo! ―

― Es vuestra culpa por haberos despertado tan tarde…― Les replicó Jovaka, mientras pensaba seriamente si seguir con aquel juego horrible o pasar d él por un buen rato.

Entonces, las gemelas decidieron preguntarle esto al unísono:

― ¡¿Por cierto, aún sigues con este juego!? ―

― Sí, estoy intentando pasarme el “modo lunático”. ―

Eso sonaba demasiado extremo, y lo era. Se quedaron muy sorprendidas de que estuviera muy perseverante con aquel horrible juego. Las gemelas lo intentaron y solo pudieron pasarse el modo fácil. Y lo peor de todo, es que no podrías guardar durante el proceso. Es decir, era corto, pero tener que superar desde el principio seis o siete escenarios para llegar al final era algo agotador y frustrante. Más cuando tenías en cuenta que era un “danmaku”, un tipo de videojuego en el cual tenías que evitar las enormes cortinas de balas que te lanzaba tus enemigos.

― En serio, eres bastante masoquista. ― Le dijeron ellas burlonamente. ― Nosotras nos hubiéramos cansado de ese juego hace largo tiempooo…―

― Tal vez…― Decía muy pensativa, mientras apagaba la tele y la consola. ― Es un juego horrible…― Las gemelas, al ver la actitud tan relajada que tenía, se sintieron algo decepcionadas. Querían que protestará, así estarían menos aburridas.

Entonces, pasaron algunos segundos de puro silencio, y las gemelas le volvieron a hablar:

― Por cierto, Jovaka…― Dijo Alex, para luego Sanae terminará la frase: ― Queríamos preguntarte una cosa que llevamos tiempo pensado…―

― Ah, sí…― Añadió Jovaka, algo indiferente, pero algo extrañada, ¿de qué estaban hablando? ― Bueno, ¿de qué trata eso? ―

― ¿Ya no te damos miedo? ― Le preguntaron seriamente. ― Es decir, ¿ya no te dan terror las mujeres? ―

Jovaka se quedó boquiabierta, al ver que también se dieron cuenta de que ella ya no le tenía miedo a las mujeres, por lo menos solo las de su alrededor.

― Pero, ¿qué decís? Aún me dan miedo las mujeres, ustedes también. ―

Añadió Jovaka nerviosamente, entonces las gemelas se pusieron a reír por un largo rato, molestándola.

― ¡¿Por qué os reís!? ― Les replicó.

― ¡Bueno, es que no tiene sentido que digas que aún nos tienes miedo, cuando no es así! ― Jovaka no pudo decir nada, ya que era verdad.

― No somos tontas, cualquier se da cuenta de que ya nos tienes miedo. Fíjate, ahora. Estamos a tu lado y no te has puesto como una chalada. ―

Eso le decía Alex, mientras le tocaba uno de los hombros. Jovaka pensó si debería ponerse a actuar para demostrarle que estaban equivocadas, pero creyó que lo mejor era no hacer nada. Entonces, Sanae habló, mientras ponía su mano sobre su otro hombro:

― Y no solo eso, desde diciembre, no has actuado de esa manera cuando algunas de nosotras estábamos a tu lado o te tocábamos sin querer, como si ya no te importará. Hasta Diana se daría cuenta de eso. ―

Y añadieron al unísono: ― Bueno, Josefina es una excepción… Es muy lenta para comprender las cosas. ― Para luego, soltar unas pequeñas carcajadas. Jovaka también se les unió, porque era cierto.

― ¿¡Entonces, lo confiesas o no!? ¡¿De qué no nos tiene miedo!? ―

Dijeron burlonamente las gemelas, actuando como si fueran unas detectives que ya tenían pillado al asesino de turno.

― Bueno, yo…― Jovaka se sentía acorralada, no se atrevía a darles la razón, y las gemelas decidieron acelerar el proceso para que abriera la boca:

― ¡¿O quieres que te hagamos confesar a la fuerza, Jovaka!? ¡Haciéndote cosquillas! ― Eso decían con sonrisas traviesas, mientras le mostraban a Jovaka como movían los dedos de sus manos, para demostrarle que iban en serio.

Ésta, que no deseaba para nada que le hicieran reía a la fuerza, tuvo que decir la verdad: ― ¡Vale, vale, yo lo confieso! ¡En realidad, no me dan miedo las mujeres! ¡Bueno, ahora me da miedo todos los extraños que conozco, pero he dejado de odiarlas y pensar estupideces sobre ellas! ¡Y b-bueno, estar con ustedes no es tan malo…! ―

― ¡Tal como sospechábamos! ― Gritaron felizmente las gemelas, chocándose las manos.― ¡Qué gran trabajo, el nuestro! ―

― ¡¿De verdad!? ― Decía Jovaka muy extrañada, que se preguntaba qué gran trabajo hicieron, si solo le habían obligado a confesar eso.

― Bueno, ha sido muy fácil. Eres muy mala actuando. ― Eso le molestó a Jovaka. ― La verdad es que no podemos considerarlo como una victoria, realmente. ― Rieron nerviosamente.

― ¡¿Victoria!? ― Preguntó Jovaka, que seguía igual de extrañada o más. ― ¿¡Desde cuándo esto es una competición!? ―

― No es nada de eso…― Le replicaron las gemelas.― Sino de nuestro trabajo como espías. ―

Jovaka se calló por unos segundos, intentando comprender que tenía eso que ver. Al final, tras muchos pensar en vano, este fue su conclusión:

― Ahora entiendo menos, ¡¿qué tiene que ver ser espías con todo esto!? ―

― Pues…― Se quedaron en silencio y se pusieron a pensar durante unos cuantos segundos. Al final, soltaron esto: ― No mucho, realmente. ―

Jovaka comprendió que esta conversación ya no tenía ningún sentido y lo mejor era reconducirlo a buen puerto. Así que decidió preguntarles algo a las gemelas, que se le apareció de repente:

― Por cierto, ¡¿De verdad, os gustan tanto eso de los espías!? ―

Recordaba todas esas veces en que ellas decían orgullosamente que sabían espiar o cuando, muertas de aburrimiento, les preguntaba a Mao si tenían a algunos rivales o enemigos para investigarlos. O también el hecho de que, a veces, hablaban románticamente sobre todas las películas de espionaje que vieron. En fin, ya que mencionaron eso, a Jovaka le entró curiosidad del porqué tanto amor a eso.

― Pero qué tonterías dices…― Dijeron ellas esto a lo primero, pareciendo indignadas por la preguntar; antes de gritar orgullosamente:

― ¡Por supuesto que sí! ¡Muchísimo! ¡Y será el trabajo que vamos a tener cuando seamos mayores! ―

Y tras decir esas palabras, se pusieron a posar de formar ridícula, como si fueran parte de los Power Rangers; y soltaron una especie de slogan, con toda la pasión y alegría del mundo:

― ¡Alex y Sanae! ¡Agentes secretos, las espías gemelas! ―

Jovaka se quedó boquiabierta al ver eso, mientras empezaba a aplaudir torpemente. Jamás había visto algo tan ridículo en toda su vida. Luego, en vez de ponerse a reír como loca, añadió indiferentemente esto:

― Creo que habéis visto muchas películas de ese 007 o cómo se llame, a mi me parece una profesión horrible…― Eso las molestó bastante, ya que se pusieron a quejarse, a decirle que el espionaje no era así, explicándole supuestas razones, que, a ojos de Jovaka, eran demasiados alejados de la realidad. A pesar de eso, la serbia se quedó callada. Luego, ellas añadieron:

― Por otra parte, estás muy equivocada, si crees que queremos ser espías solo por ver James Bond. ― Le replicó Alex.

― Después de todo, esto viene de familia. Nuestro abuelo fue espía, y nuestros padres también. ― Y terminó la frase Sanae.

― ¡¿En serio!? ― Jovaka se quedó boquiabierta.

― ¡¿A qué estás sorprendida!? ― Inflaron el pecho de orgullo, y entonces le empezaron a explicar sobre el espionaje en su familia.

― Papá nos contó varias cosas. Nuestro abuelo fue un espía americano que estaba trabajando secretamente en Polonia, en Alemania del este y en la URSS. Le dio mucha información al gobierno. ―

Alex dejó de hablar, y Sanae continuó la historia:

― Pero le descubrieron y lo mataron en la invasión de Af…afga…― Se puso muy roja, al ver que no podría pronunciarlo bien: ¡No me acuerdo de la maldita palabra! ¡Bueno, es un país con un nombre muy raro y feo! ―

― Yo tampoco me acuerdo del nombre…― Añadió Alex, mientras estrujaba su cerebro para poder reproducir bien el nombre.

Jovaka, a lo primero no sabía qué estaban intentando decir, pero entonces se dio cuenta de que país intentaba mencionar y lo dijo:

― ¡¿Afganistán, así se llama!? ―

― ¡Sí, así se llama! ― Gritaron al unísono, al ver que Jovaka dijo el país correcto. A continuación, decidieron dar una aclaración:

― Pero no fue cuando le invadieron los Estados unidos, sino anterior, cuando los soviéticos los atacó, o eso recordamos. ―

Ellas se referían a la Invasión soviética de Afganistán, o también llamada Guerra ruso-afgana, que duró supuestamente desde 1978 hasta 1992. Jovaka se quedó pensando seriamente si aquel país había sufrido otra invención que no fuera la de los Estados Unidos  y la OTAN, que empezó en el año 2001. Al final, solo duró unos minutos, se cansó enseguida, ya que le daba igual saber la existencia de un conflicto anterior a otro.

― Eso recordamos nosotras, porque la historia a nosotras nunca se nos ha dado bien. ― Mientras tanto, añadieron esas palabras, al ver como Jovaka ponía cara de que ellas se estaban equivocando. Rieron nerviosamente, antes de continuar:

― De todos modos, después de caer la Unión soviética, papá, que siguió los pasos del abuelo, se hizo parte de la CIA y estuvo investigando las mafias de Europa del Este y de Rusia. Él estuvo enfrentando a muchos hombres malos y ha vivido miles de aventuras. Los engañaba y se burlaba de todos esos idiotas con gran facilidad, hacía que se mataban entre ellos o acabarán en la cárcel. ―

Jovaka ya no sabía si estaban hablando de un superhéroe o de su padre, ya que empezó a creer que lo estaban exagerando. Después de todo, la imagen que tenía ella y los demás de él era de un hombre loco y aterrador, algo que observaron cuando vino en busca de sus hijas, después de que ellas huyeron de casa, porque les iba a obligar a entrar por la fuerza en una secta siniestra. De todas maneras, dejó que siguieran hablando:

― Al final, se casó con nuestra mamá, que también era una espía, ¡sí, como en una película! ¡¿A qué es romántico!? ―

Añadió Sanae, mientras en su mente empezaba a fantasear hermosas escenas de amor entre sus padres en medio de un mundo propio del cine negro. Al ver que su hermana estaba soñando con los ojos abiertos, como si fuera Josefina; y que Jovaka pusiera en su rostro una mueca de extrañeza, continuó la historia:

― Bueno, nos dijo que también era espía, pero no nos contó nada más, salvo que también era muy buena en su trabajo. ― Dio una pequeña pausa.

― Por desgracia, la pillaron y la mataron al poco tiempo. ― Añadió con tristeza. ― Después de eso, papá se jubiló de aquel trabajo y decidió vivir una vida normal. ―

Y así es como las gemelas terminaron de contar la relación de su familia con el espionaje. Jovaka tardó bastante en reaccionar, porque no sabía que decirles. Le costaba muchísimo creerse que lo que les contó el padre a las gemelas fuera cierto, porque le parecían simples fantasías de un loco, o más bien, sentía que todo lo que él les decía estaba demasiado adulterado. No tenía pruebas de que mintiera realmente, pero tenía un presentimiento, o tal vez estaba comparándolo con su propia madre, cuando les contó, a Mao y a ella, con medias verdades y mentiras su historia, después de que ésta le pidiera ayuda al chino para salvar la vida y la de su hija. En definitiva, para no provocar una discusión innecesaria, decidió callarse por el momento.

― Se nota que te hemos dejado sin habla, ¿eh? ― Dijeron orgullosamente las gemelas, cuando vieron que Jovaka decidió callarse.

― Es algo que esperábamos, la verdad. ― Y luego añadieron, con unos aires de superioridad que molestaron muchísimo a Jovaka, quién protestó:

― No os pongáis tan arrogantes…―

― ¿Lo estábamos haciendo? ― Preguntaron al unísono. Ni siquiera se dieron cuenta de que lo estaban haciendo, pero Jovaka puso una leve cara de molestia, creyendo que se estaban volviendo a burlar de ella, y éstas dijeron esto:

― No seas tan desagradable, mujer…― Jovaka no se espero para nada aquel comentario y les replicó:

― No estaba siéndolo. ―

― ¡Sí, lo estabas siendo! ¡Reconócelo!― Añadieron al unísono.

― ¡¿Y qué, si fuera así!?―

Tras esa replica de Jovaka, Alex y Sanae se quedaron calladas por unos segundos, muy pensativas. Luego, empezaron a decirle estas cosas:

― ¡Bueno, siempre eres así! ¡Pareces que siempre estás de mal humor y que odias al mundo, que solo eres pura amargura! ―

Jovaka se preguntaba si eso era cierto, porque ella no se sentía así; mientras las gemelas seguían explicándole como de amargada era:

― ¡Siempre tienes una cara que hace llorar a los niños pequeños y que hace que los demás se alejen de ti por mal rollo! ¡Serías perfecta para ser una mala de Disney…! ―

― Creo que lo estáis exagerando un poco…― Les interrumpió Jovaka levemente, al ver que se estaban pasando de la raya.

― Solamente decimos que ser así es muy malo futuro para ti. ― Eso le dijo Alex, y Sanae añadió: ― Pero muy malo…―

Actuaban como si estuvieran muy preocupadas por algo así, y Jovaka, que no sabía si estaban hablando en serio o no, empezó a pensar en eso.

Más bien era sobre el futuro, porque se dio cuenta de que jamás pensó en que iba a hacer o cómo iba a vivir dentro de unos años. Nunca le dio mucha importancia, y tampoco quería hacerlo ahora, estaba muy satisfecha con su presente.

― ¡¿En serio…!? ― Dijo muy pensativa y en voz baja estas palabras, sin que realmente deseaba hacerlo.

― Te quedarás muy sola…― Las gemelas le estaban respondiendo esa pregunta con estas palabras. ― Y serás conocida como la gruñona del barrio, al que los niños llaman “bruja”. ―

― ¡De verdad, qué horrible futuro te espera! ― Y añadieron esto, como si estuvieran teniendo lástima y tristeza por ella.

― ¡¿Hay algo que hacer para evitar eso…!? ― Entonces, Jovaka, que empezó a preocuparse de verdad, preguntó esto y las gemelas sonriendo de golpe, haciendo que le diera muy mala espina.

― ¡Esperábamos esa pregunta! ― Añadió Alex, y luego Sanae terminó la frase: ― ¡No hemos sacado el tema solo porque sí…! ―

Ahí es donde Jovaka comprendió las verdaderas intenciones de las gemelas, y se levantó de golpe. No tenía ganas de jugar con ellas y soltó esto:

― ¡Ya sé lo que intentáis hacer conmigo! ¡Estáis usando eso como pretexto para hacerme participar en un juego extraño de los vuestros! ―

Intentó correr hacia a los cuartos y encerrarse ahí, pero, con una velocidad asombrosa, Alex cubrió la escalera que llevaba al segundo piso.

― ¡No creerás que podrás escapar de nosotras tan fácilmente! ― Decía ella, riendo siniestramente.

Entonces, Jovaka giró hacia atrás para dirigirse hacia al pasillo que llevaba a la cocina y a la tienda, pero Sanae lo estaba taponando, añadiendo esto:

― ¡Vamos, mujer! ¡No será tan malo! ―

Al ver que no podría escapar de ellas tan fácilmente, les gritó esto, con el propósito de entender que querían hacerle:

― ¡¿En qué juego absurdo me queréis meter!? ―

― No es solo un juego, también es una inversión en tu futuro. ― Le respondió Alex.

― Solo vamos a hacer que seas un poco más simpática y menos gruñona. Ya no los agradecerás cuando seas más grande. ― Y añadió Sanae.

Al oír eso, menos ganas tenía de participar en lo que querían hacer las gemelas, que estaban tan aburridas, que no tuvieron mejor idea que hacerle entrenar para ser más simpática y menos amargada. Tampoco, estaba tan mal para participar en algo así. Pero, al ver que no podría escapar y que éstas podrían volverse tan pesadas como Josefina, decidió desistir.

― ¡Maldición…! ― Dio un fuerte suspiro de fastidio. ― No tengo ganas de jugar ahora mismo, solo espero que sea rápido…―

― ¡Menos mal que has sido inteligente! ― Gritó victoriosamente Alex, mientras se acercaba a su hermana para chocarse mutuamente las manos.

― ¡De verdad, no te arrepentirás de esto! ― Y añadió su hermana, antes de que las dos se pusieron a cuchichear lejos de Jovaka, dándose ideas para cómo poder entrenarla.

Al ver eso, menos ganas le daban de hacer un juego o entrenamiento para volverse ser simpática, mientras se volvía a preguntar si de verdad es tan gruñona como ellas decían.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima novena historia

La falsa cita: Última parte, centésima novena historia.

Según el plan apresurado que se sacó Josefina, lo primero que tenía que hacer era ir a al centro comercial, dónde irían primero a mirar ropa, solo mirarla porque no había dinero suficiente para eso; y luego cenar en algún restaurante, jugar en las recreativas, ir al cine y finalmente dar un paseo por el parque. A Jovaka, todo eso le parecía demasiado agotador, pero había que aguantarse.

Y ahora estaba sentada en un banco, en medio de una tienda de ropa, con una cara que expresaba puro aburrimiento, mientras observaba como la mexicana se estaba vistiendo en el mostrador. Ella estaba viviendo en vivo el típico estereotipo del novio aburrido que tenía que soportar un día de compras.

— ¿Aún no has terminado de ponerte la ropa? — Le preguntó a Josefina, después de estar un buen rato escuchando a Josefina quejándose y lanzando gruñidos.

Este era el quinto conjunto que se estaba probando la mexicana, después de ir a tres tiendas, perdiendo casi dos horas; y pues no le quedaba bien, por lo menos la parte de abajo:

— ¡Es que aún no me entra el maldito pantalón! ¡Vamos, entra! — Gritaba desesperadamente. A pesar de eso, intentaba ponérselo a toda costa.

— ¡Oye, déjalo a ver si lo rompes! — Le replicó Jovaka, antes de dar un fuerte suspiro.

— ¡Pero debería entrar, es de mi talla! ¡Lo miré, de verdad! — Lo que no sabía Josefina, es que su trasero estaba algo grande para aquel pantalón ajustado. Jovaka no dijo nada más, solo esperaba que se cansara y lo dejara antes de romperlo.

A los pocos minutos, ella se hartó y le dijo esto a Jovaka, mientras sacaba el pantalón del vestidor: — ¡Jovaka, búscame unos pantalones que me entren, por favor! —

— ¡Oye, oye! ¡No me mandes eso, no soy tu sirvienta! — Protestó Jovaka y Josefina le replicó.

— Pero hoy tienes el papel de “novio”. —

— No creo que los novios hacen eso. — Jamás había escuchado que la novia le pidiera a su enamorado que hiciera tal cosa.

— ¡Vamos, por favor! ¡Hazlo por mí! — Le empezó a suplicar Josefa y Jovaka, que sabía lo insistente que llegaba ser ella, decidió hacerlo.

Cogió el pantalón de mala gana y añadió: — ¡Lo haré, lo haré! ¡Pero, antes dime tus medidas! —

— ¡Pero, Jovaka…! ¡Eso no es algo que un “novio” diría! ¡Ni menos en medio de una tienda de ropa, ¿no ves que eso es vergonzoso?! — Josefina se quejaba, con la cara completamente roja.

— Pero como voy a elegir un pantalón para ti, tengo que saber eso. —

Josefina se quedó callada durante unos segundos, pensando que ella tenía razón. Por eso, le dijo a Jovaka que se acercará y le susurró sus medidas en su oído. Ésta lo memorizó y se fue en busca de un pantalón perfecto para Josefa, malhumorada.

Mientras se quejaba y se maldecía sin parar, miraba cada pantalón de mujer que había en la tienda, buscando algunos, que podrían contentar a Josefina. Se aseguró de coger unos cuantos, por si no le quedaban bien. Al llegar, anunció su llegada:

— ¡Por fin, has llegado! ¡Jo, me estaba aburriendo, no deberías dejar que una dama espere tanto, ¿sabes?! — Protestó Josefina, mientras sacaba su cabeza de entre las cortinas.

— ¡Toma todo eso, a ver si te convence alguno! — Añadió Jovaka, mientras le tiraba todo esos pantalones, con harta indiferencia.

— ¡Buena idea, si uno no me queda bien, entonces tengo más que usar! — Decía alegremente Josefina, al ver que Jovaka perdió bastante tiempo coleccionando pantalones para ellas.

Y decidió probárselo cada uno de ellos, y para desgracia suya, ninguno le cabría. Más bien, le entraban, pero cuando llegaba a la altura de su trasero ya no podría continuar.

— ¡¿Este tampoco!? ¡¿Por qué no me cabe ninguno!? ¡Qué pedo, si son todos supuestamente de mi talla! ¡Vamos! —

Josefina no paró de gritar y quejarse, mientras intentaba desesperadamente ponerse un pantalón que le quedaba bien.

Jovaka, mientras esperaba aburrida que ella terminara de una vez ponerse toda esa ropa, entre suspiros, se decía que tuvo que haber buscado ropa que no fuera tan ajustada. Luego, decidió añadir algo: — ¡¿No crees que tus medidas podrían estar algo incorrectas!? —

— ¡No, lo están! — Replicó Josefina.

— Pues parece que te ha crecido un poco el trasero. —

Hubo un pequeño silencio, antes de que la mexicana le gritara: — ¡Eso no es verdad! —

— Si no te entra, es porque te ha crecido el trasero. —

Josefina se quedó callada, con la cara algo roja; y con el pantalón que se estaba probando subido a medias, empezó a tocarse el trasero para comprobar algo:

— ¡¿De verdad, tengo el culo tan gordo!? — Eso se preguntaba Josefa, totalmente acomplejada.

— No es eso lo que quería decir…— Añadió Jovaka, al ver que Josefa empezó a malinterpretar sus palabras e iba a montar un molesto numerito.

Aunque ya era un poco tarde, Josefina ya empezó a desvariar un poco:

— ¡Es enorme! ¡¿Cómo no me di cuenta antes de esto!? ¡Y he salido a la calle con este culo! — Estaba muerta de vergüenza, quería que la tierra la tragase viva. — ¡Es por eso que la gente últimamente me mira tan raro! ¡Ay, virgencita, ¿por qué se me ha puesto tan grande?! —

Jovaka dio un gran suspiro de fastidio, al ver como se puso Josefina, y se arrepintió bastante de decir aquellas palabras. Quería pararla, ya que hasta le estaba dando vergüenza ajena. Además, ella pensaba que no lo tenía tan grande, o eso creía, porque no es como que se fijara en su trasero. De todas formas, tenía que hacer algo para tranquilizarla y tras mucho pensar esto fue lo que se le ocurrió:

— ¡¿Por qué no nos vamos a comer algo!? ¡¿No decías que había un lugar en dónde los pasteles estaban deliciosos!? —

Josefina de repente se calló por varios segundos y Jovaka por un momento creyó que esa frase podría haberla molestado.

— Es verdad… ¡Me está entrando hambre con solo pensarlo! — Al final, no fue eso ni nada parecido. — ¡Vamos a comer, Jovaka! — Le decía eso, mientras se ponía la ropa que estaba usando y olvidándose totalmente sobre el asunto de su trasero.

Jovaka suspiró de alivio, al ver que Josefina tenía una mente tan simple; y también de alegría, porque por fin podrían salir de la tienda de ropa. Tras salir de ahí, la serbia se empezó a preguntar una cosa:

— ¿De verdad, la tiene tan grande…? — Se decía Jovaka en voz baja, mientras intentaba mirar disimuladamente al trasero de Josefina. Le entró la curiosidad e intentaba comprobar cómo de enorme se había vuelto.

— ¿Has dicho algo? — Le preguntó Josefina, que lo oyó, más o menos. La serbia nerviosamente le respondió que no y la mexicana siguió con lo suyo y la serbia decidió olvidarse sobre eso.

A continuación, llegaron a la pastelería que quería ir Josefina para la cita.

— ¡Bueno, vamos a pedir algo…! — Y lo primero que hizo fue coger el menú y la serbia la imitó. — ¡Todo se ve tan rico…! — Jovaka le dio la razón.

Habían cientos de pasteles y dulces con aspectos tan deliciosos que solo con mirarlo se les hacia la boca agua. No solo eso, también estaban muy indecisas, no sabían que elegir. Y tras ver que llevaba un buen rato sin decidirse, Josefina soltó esto: — ¡¿Ya sabes lo que quieres, Jovaka!? —

— No. — Eso le respondió francamente Jovaka y ella, al que estaban en las mismas, infló sus mofletes con una mirada que molestó un poco a la serbia, quién le preguntó esto: — ¡¿Por qué pones esa cara!? —

— No es nada…— Y luego, añadió: — Entonces, ¿tenemos que echarlo a suerte? — Jovaka, que no se enteró de nada, le preguntó qué quería decir con eso y Josefina se lo tuvo que explicar. Mientras se lo decía, la serbia encontró algo en el menú:

— ¡¿Y qué te parece eso, Josefina!? — Se lo enseñó y Josefina se quedó de piedra.

— ¡¿En serio, quieres que elijamos eso!? — No se podría creer que Jovaka eligiera tal cosa, reaccionando exageradamente a ojos de la serbia.

— ¡¿No es algo que hacen los “novios”!? Además, si lo conseguimos, será gratis. — Le replicó Jovaka, aunque dudaba realmente que lo que había dicho tenía sentido.

— Es verdad, pero hacer eso es un poco vergonzoso… — Estaba bastante roja con solo pensarlo.

— ¡Como hacer cita de mentira! — Dio un suspiro de molestia. — ¡No, eso es incluso más vergonzoso aún! —

— ¡Es verdad! — Añadió Josefa, convencida. — ¡Será una buena práctica para cuando tenga una cita de verdad! —

Así las dos chicas decidieron empezar un reto gastronómico propuesto por el mismo local: Enfrentarse al enorme parfait “The Indegora”, llamado así en honor de unos de los picos más altos de toda Shelijonia. Dos personas, compartirán un enorme postre de dos pistas de alturas, situado en una copa  enorme, totalmente repleto de todo tipo de frutas, galletas, helados y otros postres, más unas cuantas cosas más. Deben devorar a aquel gigante en menos de una hora, si lo consiguen no pagarían nada, tendrían una camiseta para cada una y unos cupones para la pastelería. Y a Josefina, quién le daba un poco de vergüenza comer del mismo plato que Jovaka, al final era la que estaba emocionada y preparada para el asalto.

— Bueno, ahora que lo pienso,… ¡creo que eso ha sido una mala idea, un poco,… tal vez! — Por el contrario, Jovaka se arrepintió en el último momento, después de que ellas pidieron hacer el reto. No solo era porque no creía poder comer algo tan grande, sino por la gente que las rodeaban, cuando vieron que habían aceptado el desafío. Estar rodeada de tantos extraños mirándola fijamente la hacían temblar mucho de miedo.

— ¡¿Ahora, te vas a arrepentir!? ¡Ya no hay vuelta atrás! ¡No te preocupes, si no puedes, yo lo haré por ti! ¡Porque seguro que lo conseguiré, soy toda una experta en comer! — Josefina, estaba muy confiada.

Aquella gran confianza se fue en un periquete, cuando le trajeron el parfait gigante. Al ver su tamaño, esas dos se quedaron con los ojos bien abiertos y boquiabiertas.

— ¡Es enorme! — Eran incapaces de creer que podrían devorar tal cosa en menos de una hora. Aún así, tenían que intentarlo.

— ¡Preparadas, lista, ya! — Gritó el camarero, mientras pulsaba el cronometro, comenzando así la dura prueba para Josefina y Jovaka.

Al escucharlo, lo primero que hicieron fue coger la cuchara y empezar a comer como locas, mientras gritos de ánimos se escuchaban en todo el local. Jovaka y Josefina se olvidaron de todo lo demás, para solo centrarse en una sola cosa: devorar aquel enorme postre.

“Lo conseguiré, está chupado”, se animaba a sí misma Josefina con cada bocado que probaba. “¡Esto es demasiado, no podré aguantar por mucho tiempo!”, se decía Jovaka, cada vez que miraba aquella gigantesco postre, mientras le daba un bocado. Aún así, lo intentaba lo mejor que podría. A los diez minutos, las dos ya mostraban signos de agotamiento.

— ¡Mi pobre cabecita, el frío me está congelando la cabecita! — Eso gritaba Josefina, dejando de comer por un segundo, después de devorar medio helado, ya le estaba doliendo la cabeza.

— ¡No hables, tienes que seguir comiendo! — Le replicó Jovaka, mientras se llevaba en la boca los últimos trozos de plátano. Ya estaba reventada y sentía muchas ganas de vomitar, se sentía muy mal.

No duraron ni cinco minutos más.

— ¡Ya no puedo más! ¡Si sigo así, siento que echaré la pota! — Eso le decía Jovaka, quién apenas ni podría hablar.

— ¡¿Tan pronto te rindes, ni siquiera hemos llegado ni a la mitad!? — Le gritó Josefina, quién también sentía ganas de vomitar.

— ¡Es que no puedo más! — Eso le decía, mientras dejaba su cuchara en la mesa, poniéndose a descansar de todo eso que había comido.

— Entonces, seguiré yo. — Pero Josefina no se iba a rendir e iba a dar otro bocado más. — ¡Allá voy! — Entonces, se puso morada. Le empezaron a dar ansias y tuvo que salir corriendo al cuarto de baño para echar la pota.

Al final, ni siquiera pudieron llegar a devorar medio plato y salieron de la pastelería, totalmente arrepentidas de tomar tal desafío.

— ¡Es la última vez que te hago caso, Jovaka! — Le decía Josefina a la serbia, mientras caminaban sin rumbo.

Al final, se tuvo que tachar varias cosas que Josefina planeaba hacer y terminaron haciendo un corto paseo por el parque. Estaban agotadas y aún sentían pesadez en su estomago. Y cuando las dos se sentaron en un banco, mientras miraban el atardecer, Josefa protestó:

— Al final, no ha salido como lo planeaba, Ya es muy tarde y yo quería experimentar varias cosas más.  Me gustaría haber ido al cine. —

— Es normal, las cosas nunca salen como planeas. — Le replicó Jovaka, recordando las palabras que una vez oyó a Mao. Luego, se quedó callada por varios segundos, preparándose para decir esto:

— La verdad es que…— Aunque no se atrevía. —…todo esto ha sido muy extraño. —

— ¡¿Extraño, el qué!? — Le preguntó Josefina.

— Estar contigo haciendo una “cita de mentira”, o cómo quieras llamarlo. Es bien obvio. —

Josefina se quedó en silencio, muy pensativa. Después, dijo: — Pues es verdad. —

Jamás habría creído hacer una cita de mentira con una amiga, ni menos con la fastidiosa de Jovaka. Y ahora que lo pensaba, le estaba dando vergüenza haberle pedido hacer eso, menos mal que no hicieron, como práctica, varias cosas que hacían habitualmente los “novios”, o si no hubiera deseado que la tierra la hubiese tragado.

Las dos se quedaron en silencio de nuevo. Josefina, pensando sobre lo que había pasado hoy; Jovaka, preparándose para decirle esto:

— Yo pensaba… — Le daba mucha vergüenza. —Bueno, pues que me odiabas…—

— Bueno, me caías mal. Siempre poniéndote histérica y violente cuando me acercaba a ti, y diciendo esas estupideces todo el tiempo. Tampoco es que seas muy agradable y siempre me molestas. Pero, últimamente, ya no me caes tan mal. —

Le contestó inmediatamente Josefina, con toda naturalidad y con una sonrisa. Jovaka le costaba entender que tuviera ese rostro feliz, a pesar de que estaba con alguien que supuestamente a ella le caía mal. Y tampoco que ella también lo tuviera, cuando creía todo este tiempo que la odiaba.

Ya no estaba tan segura de eso, tal vez ya le tenía algo de cariño a esa molesta charlatana, cuya mente iba más despacio que una tortuga.

— Tú…— Tardó mucho en decírselo. — Bueno, tú tampoco me caes muy mal. — Estaba tan roja que deseaba que la tierra la tragase.

Entonces, Josefina dio un salto y le miró a Jovaka, con una cara sonriente, mientras le decía esto: — Bueno, entonces la próxima vez que lo haremos, ¿iremos al cine? —

— Oye, oye… ¡ya no quiero tener más citas de mentiras! — Ya tenía suficiente con esa.

— Pero necesito practicar, para estar preparada para el primer amor. — Añadió Josefina, mientras Jovaka se levantaba y empezaba a caminar, mientras le decía que no sin parar.

Así las dos se dirigían de vuelta hacia la casa de Mao.

FIN

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Centésima novena historia

La falsa cita: Primera parte, centésima novena historia.

Josefina, harta del aburrimiento de su casa y de sus fastidiosos hermanos, salió de su casa hacia a la de Mao. Cuando llegó, entró por la tienda como un rayo:

— ¡Buenos días, Leonardo! — Le gritó al único empleado de Mao, quién estaba viendo videos de gatos en su móvil y no le dio tiempo a saludar a Josefina, quién ya estaba en el salón. Ni siquiera a decirle que casi nadie estaba en la casa.

— ¡Buenos días a todos! — Eso gritó a todo pulmón, pero la única persona que estaba ahí era la que menos quería ver Josefina: Jovaka.

Ésta, quién estaba jugando a un videojuego retro, detuvo el juego y la miró por unos segundos. Al ver quién es, dio un gran suspiro de fastidio y le soltó esto:

— Hola. — Eso le dijo de forma seca, antes de seguir jugando y añadir esto: — Mao y las demás están fuera, jugando al parque, creo. —

Josefina se quedó bien molesta, al ver que la única que estaba ahí era Jovaka, quién no le caía muy bien y siempre se peleaban. Ésta, que sabía muy bien lo mal que se llevaban, también estaba fastidiada por el hecho de que apareciese cuando no había nadie más que ella.

— Pues, ¡voy a esperar aquí hasta que ellas vuelvan! No tengo ganas de buscarlas. — Josefa gritó esto, antes de caer al suelo para acostarse y soltar aullidos de fastidio y de aburrimiento, durante varios minutos. También se ponía a dar vueltas y a mover sus piernas sin parar.

La presencia de Josefina y las tonterías que hacía mientras esperaba la vuelta de los demás, provocaron que Jovaka se sintiera muy incómoda jugando a aquel juego, quién se preguntaba qué debería hacer.

A medida que pasaban los minutos, el silencio que reinaba el salón se volvía tan incómodo, y Josefina se aburría tanto; que la mexicana decidió romper el hielo:

— ¡¿Qué juegas!? — Le preguntó a Jovaka.

— Un videojuego. —

La seca respuesta que le dio Jovaka, solo sirvió para que ella protestara:

— ¡Eso lo sé! ¡Se ve a simple vista! ¡Qué desagradable eres, de verdad! —

Jovaka no le respondió, intentaba estar tan absorta en el juego, ya que estaba a punto de matar al jefe de una mazmorra y no podría distraerse. Josefina, al ver que le estaba prestando más atención a eso que a ella, se acercó y empezó a zarandearla sin parar.

— ¡¿Pero, qué haces!? — Le gritaba Jovaka, al ver cómo era eliminada por el jefe por culpa de Josefina.

— ¡Hazme caso de una vez, estoy muy aburrida! — Eso le gritaba Josefa, totalmente fastidiada. Jovaka le gritó que no, que quería seguir jugando al videojuego y que le dejará tranquila.

— ¡No, es un fastidio! ¡Tú estás jugando, mientras yo me aburro! ¡Eso no es justo! ¡Para nada! —

— ¡Ahora te voy a hacer caso! ¡Te vas a arrepentir! — Y ésta gritó eso, con ganas de darle una lección

Entonces, Jovaka soltó el mando del videojuego y puso a Josefina contra al suelo, y ésta se puso sobre ella, mirándola fijamente. Por la forma en que ellas dos estaban posicionadas, la serbia tardó unos segundos en reaccionar, pensando que estoy era raro; y Josefina se preguntaba con mucho miedo qué le quería hacer a ella.

— ¡¿Q-qué me vas a hacer!? — Eso le preguntó Josefina, tras mucho silencio.

— ¡Esto! — Pero eso ayudó a Jovaka a salir de sus pensamientos y hacer ese castigo, antes de que alguien llegase y malinterpretará esa escena.

Y empezó a hacerle cosquillas a Josefina, quién se puso a reír como loca, mientras le pedía desesperadamente que parase, llegando a soltar lágrimas por las risas. Jovaka le gritaba que ese era su castigo por haber molestado con una sonrisa maléfica, mientras le toqueteaba varias partes del cuerpo de Josefa sin parar.

Y esto duró unos segundos hasta que Jovaka paró de repente. Josefina, quién suspiro de alivio, le preguntó que ocurría, sin darse cuenta de nada.

— Nada, nada. — Se levantó y se alejó de ella. — No es nada. —

Josefina tardó en darse cuenta de que se había acercado a Jovaka, e incluso la había tocado con sus propias manos; y ésta ni se inmutó, no se puso nada histérica ni nada parecido. Y la serbia, que intentaba hacer que ella seguía temiendo a las mujeres, había metido la pata y no se acordó de actuar.

— Es verdad…— Gritó, unos segundos después, al darse cuenta del hecho. — ¿¡Tú no te ponías como loca demente cuando me acercaba a ti!? —

— A-aún sigo temiendo a las mujeres. — Le replicaba nerviosamente Jovaka. — Lo de antes, lo de antes…— No pudo explicarlo y solo se quedó callada, incapaz de decir una mentira para escapar de eso.

Hubo un silencio incómodo que solo duró segundos, cuando Josefina recordó algo, que fue para ella toda una revelación.

— Entonces, es verdad…— Dijo esas palabras totalmente sorprendida.

— ¿El qué? — Y preguntó Jovaka con mucho nerviosismo.

— De que ya no tienes miedos a nosotras. — Ella apenas podría asimilarlo. — Siempre te pones mal cuando sales a la calle y te acercas a desconocidos. Pero no, cuando están las demás. La verdad es que no me lo creía, pero es verdad. —

— ¿Todo el mundo se ha dado cuenta? — Decía Jovaka avergonzada, al ver que sus intentos de parecer que seguía teniendo esa aquella fobia había fracasado. — En verdad, Alsancia y las gemelas lo saben, ¿pero todos los demás? —

— Pues sí…— Luego, intentó ocultar un hecho, pronunciando estas palabras: —Yo también sospechaba, la verdad. N-no es como que ahora me doy cuenta ni nada parecido. —

Estaba muerta de vergüenza por no haberse cuenta antes y ser la última de todos. Porque todos los demás ya lo sabían, salvo ella, a pesar de que se lo dijeron unas cuantas veces. Por eso, intentó parecer que también lo sabía.

— Se te nota en la cara, no mientas. — Le replicó Jovaka, al ver esa reacción. — Supongo que siempre era la última en darte cuenta, después de todo. — Al terminar, dio una risa burlona.

Esas últimas palabras fueron un gran golpe para Josefina, quién se sentía humillada y tonta, y se sentó bajo el kokatsu, con muy pocos ánimos.

Así es como volvió el silencio en la habitación, aunque duró nada más ni nada menos que casi cinco minutos, ya que Josefina empezó a protestar sin parar, no tenía deseos de esperar silenciosamente.

— ¡Jo, jo! ¡¿Cuándo van a venir!? ¡Esto es muy aburrido! ¡Con Jovaka, esto es muy aburrido! — Decía Josefa sin parar, mientras observaba la hora de su móvil. — ¡Vamos, es muy triste esto! ¡Esto es como estar sola, con estar hablando con la pared! —

También es que estaba protestando a propósito para hacer que Jovaka la hiciera caso y se pusiera a hablarla o a molestarla otra vez, en vez de seguir jugando con el maldito videojuego. Y Jovaka, que ya estaba poniendo una cara de puro enfado y con ganas de darle un puñetazo en la cara; intentó aguantar e ignorarla. Al final, no pudo conseguirlo y le gritó:

— ¡¿Por qué no te busca un novio, maldición!? ¡Eres una pesada! — Eso le decía furiosamente y Josefina se calló de repente, con una cara pensativa.

Jovaka, al ver que ya estaba en silencio, intentó seguir con el videojuego, pero el silencio le empezó a ser incómodo. Empezó a sentirse un poco mal por gritarla de esa manera, a pesar de que intentaba pensar que fue culpa de Josefa, que se le merecía. Al pasar casi un minuto, la miró.

— ¡No pongas esa cara, qué es la verdad! — Eso le decía, al ver su rostro, que parecía, a ojos de Jovaka, una mezcla de enfado y fastidio contra ella.

En realidad, las palabras de Jovaka hicieron pensar a Josefina, que estaba reflexionando sobre eso de tener novio. Y de repente, empezó a hablar:

— La verdad es que si que me gustaría tener un novio, pero… — Dio un suspiro, antes de tirarse al suelo y mirar al techo. Jovaka dio una pequeña exclamación de sorpresa, al ver que sus palabras dieron un efecto que no esperado. Josefina, tras esa pequeña pausa, siguió hablando:

— Pero parece bastante molesto tener uno. Quiero que me den mimos y me cuiden, me den besos y todo eso, pero no quiero tener que soportar a algún chico. —

— Como si alguien podría soportarte a ti… — Añadió burlonamente Jovaka. Le parecía irónico que Josefina, quién era la persona más insoportable que había conocido, dijera eso.

— ¡Qué mala eres! — Respondió Josefa, muy molesta, antes de tirar un cojín a Jovaka. Ésta lo esquivo y le soltó que no le tirase cosas. Ella siguió hablándole:

— En fin, lo que quiero decir es que… los chicos de mi edad son unos inmaduros y me da cosa salir con alguien mayor que yo. Y además, todos seguramente querrán hacerme “eso”, y me da miedo. —

Jovaka, al principio, se quedó preguntando qué quería decir con “eso”, luego se dio cuenta de que estaba hablando ella y decidió ignorarlo.

— Además, no me gustaría sufrir todo lo malo del amor. — Josefa seguía hablando. — ¡Ya sabes! ¡No quiero que me rompan el corazón, sufrir cuando te peleas o te engañen, o que mi novio sea megaceloso y mandón, y muchas cosas más! Cuando pienso en eso, se me quitan las ganas de tenerlo, ¡pero luego, veo a parejitas felices, y deseo tener uno! —

— ¡No seas tan impaciente! ¡Ya te llegará la hora de tener uno o, por lo menos, gustarte a alguien y sufrir de lo lindo! — Añadió indiferentemente Jovaka, mientras jugaba con el jefe final.

— ¡Es verdad, mejor debería esperar…! — Se puso a pensar y, tras varios segundos de silencio, exclamó: — ¡Tal vez, debería practicar, para poder aguantar todo ese sufrimiento cuando llegué mi primer amor! —

Y ella miró a Jovaka por un buen rato, mientras se estrujaba su cerebro. Estaba teniendo una idea que podría usar para poder pasar la tarde y a la vez prepararse para el amor. Se acercó a ella, mientras le decía esto:

— ¡Buena suerte! —

Entonces, provocando que ella perdiera la batalla, Josefina empezó a tirarla del brazo muy fuerte para levantarla: — ¡Ayúdame a practicar, ahora! —

— ¡¿Espera, qué haces!? — Le gritaba la serbia, enfadada.

— ¡Vamos, tú pareces un chico! ¡Juega videojuegos, no te gusta arreglarte, ni siquiera ir de compras! ¡Eres perfecta para simular una cita! ¡Solo es eso, una cita de mentira, una práctica! — Jovaka se preguntaba si ella había tenido un cortocircuito, porque estaba proponiendo algo absurdo.

— ¡No voy a hacer algo así, ni menos contigo! ¡Tengo que pasarme este maldito juego! — Se lo dijo bien claro.

Solo le interesaba terminar el maldito juego de una vez, que se le estaba haciendo realmente eterno. Entonces, Josefina empezó a protestar:

— ¡Entonces, déjame jugar un poco a mí! ¡O a eso o a cualquier juego, qué me aburro muchísimo! — En esas palabras Jovaka vio las verdaderas intenciones de Josefa.

— Solo quieres hacer eso, porque te aburres, ¿no? — Aunque ella no lo ocultaba.

— ¡Por supuesto! — Le gritó Josefina, mientras miraba a la consola con ganas de jugarlo.

O era hacer una cita de mentira o dejarla jugar videojuegos, Jovaka tenía solo dos opciones, y eligió la menos mala de las dos.

Una media hora después, esas dos salían de la casa, con ropa bonita cogida del armario y directas hacia al centro comercial más cercano. Jovaka dio un gran suspiro de fastidio, al ver que, al final, tenía que participar en aquella idea estúpida de Josefa. Pero, por lo menos, era mucho mejor que dejarla toquetear sus videojuegos, podría poner en peligro todas sus partidas.

Al salir del barrio, para romper el hielo, Josefina empezó a hablar, antes de reír nerviosamente: — ¡Qué suerte que había tanta ropa mía en casa de Mao!—

— Siempre dejas tus ropas allí cada dos por tres… — Jovaka le replicaba esto, mientras la observaba. La veía muy nerviosa y bastante roja, mirando por todos lados, como si tuviese miedo de algo.

Bueno, ella estaba igual, que estaba agarrando fuertemente el brazo de Josefina, con el miedo de que algún extraño, ya sea hombre o mujer, pero sobre todo lo último; se acercase a ella.

— Eso lo hacen todas. — Añadió ella, antes de decirle esto: — Aunque,… Ahora que llevo la falda, me da mucha vergüenza… —

Josefina llevaba un conjunto más lindo que pudo encontrar, una camisa negra con lunares blancos, más una falda del mismo color que le llegaba a las rodillas. Ella creía que era buena idea usarlo, hasta que salió a la calle.

También había otra razón y es que le daba mucho corte, que Jovaka le cogiera del brazo de esa manera, mientras miraba compulsivamente por todos lados, como si alguien quería matarla. Es verdad que propuso que iban a hacer una cita de mentira, pero no tenía que llegar a estos extremos, además de que ese papel lo tenía que hacer la “novia”, no el “novio”. De todas formas, le daba mucho más corte el llevar falda que eso.

— ¡¿No decías que eras la chica y por tanto querías usar falda o vestidos lindos!? Además llevas medias…— Josefa se lo puso porque no deseaba congelarse las piernas, hacia mucho frio para eso. —…nadie te va a ver las bragas. — Jovaka dio otro suspiro, ya que sabía que iba a pasar algo así.

Por su parte, ella tuvo que vestirse como un chico, según como Josefa le mandó hacer. Llevaba unos pantalones vaqueros de color negro, más una camisa azul. Además, llevaba una gorra, parecida al que usaban los niños useños durante la primera mitad del siglo veinte, para ocultar su larga melena.

— Sí, pero… — Protestó Josefa. — ¡¿Y si se levanta el viento o alguien me lo ve, mientras subo por la escaleras!? ¡No estoy acostumbrada a usarlo! —

— Podrías haberte puesto unos pantalones, entonces. — Añadió Jovaka, que no deseaba soportarla de esta manera durante toda la presunta cita.

— No, yo quería usar falda. — Ya que se lo había puesto, tenía que soportarlo. — Solo que da vergüenza. —

— Pues, ¡vaya cita tan problemática voy a tener! — Decía en voz baja Jovaka, con una cara de cansancio. Sabía que esto solo era el preludio de lo iba a pasar a continuación, mientras Josefina no seguía hablando sobre lo vergonzoso que era ir en falda por la calle.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima séptima historia

Una africana muy hiperactiva: Última parte, centésima séptima historia.

Alsancia dio un gran suspiro de alivio y de felicidad, cuando llegaron a la puerta de la casa de Mao. Había tenido unos de sus paseos más horribles y estresantes de su vida, mientras intentaba controlar a una Martha Malan totalmente fuera de sí, la culpable de que hubieran tenido un viaje muy movidito:

— ¡Genial, realmente genial! ¡Por fin, hemos llegado! ¡¿Mao, Mao, estás ahí!? ¡Soy yo, Malan! ¡Y Alsancia está conmigo! ¡Bueno, nos fuimos a tomar café, jejeje…! —

Eso decía la africana, quién se soltó de la napolitana, y empezó a golpear la puerta sin parar, mientras no dejaba de temblar y de reír tontamente. Una voz, procedente del interior, les decía:

— La puerta está abierta, no hay necesidad de pegar. —

Era Leonardo, quién estaba limpiado un poco el mostrador de la tienda; y un poco sorprendido de que pegaran en la puerta. No se esperaba para nada, lo que iba a presenciar con sus propios ojos.

— ¡Ah, es verdad! ¡Qué torpe por mi parte, jejeje…! ¡Pues vamos, a abrir la puerta! — Abrió la puerta de un golpe y entró a toda velocidad, cruzando la tienda.

— ¡Buenas Leonardo! — Le saludó a gritos, sin detenerse; y cuando iba a entrar en el pasillo que le iba a llevar al interior de la casa, chocó y calló.

Alsancia entró, incapaz de seguirle el ritmo y con ganas de decirle que se tranquilizara y de preguntarle si estaba bien. Leonardo se le adelantó y se acercó a ella a ayudarla, pero ésta se levanto y añadió:

— ¡No es nada, nada grave! — No paraba de saltar carcajadas. — ¡He sido muy cuidadosa con la caída, no me he roto nada! — Eso decía con mucha seguridad, pero se veía que incluso le costaba andar bien.

Tras decir eso, se levantó de golpe y corrió por el pasillo, mientras se zarandeaba de un lado para otro, parecía que en cualquier momento se volvería a caer al suelo. Alsancia y Leonardo se quedaron mirando la escena. Sobre todo éste último estaba de piedra, incapaz de asimilar lo que estaba pasando, porque eso no era normal.

— ¿Esa es Malan? — Le preguntó a Alsancia. — ¿Qué le ha ocurrido? —

Alsancia solo le pudo decir que le sentó muy mal el café, antes de dirigirse al salón. Leonardo se quedó muy pensativo, porque parecía más que había tomado alcohol antes que eso. Al entrar, se encontró con esta escena:

— ¿Qué te pasa? — Eso preguntaba Jovaka totalmente aterrada. — ¡¿Por qué actúas de esa manera!? —

En aquel salón, a excepción de Alsancia, estaba Jovaka y Malan. La serbia estaba en una esquina, temblando de miedo; mientras observaba cómo Martha cayó sobre el kotatsu y reía como loca.

— ¡No lo sé, realmente no lo sé, jejeje! ¡Solo me siento muy animada! — Se giró y cayó al suelo, mientras añadía: — ¡No importa, no importa! ¡¿Quieres qué sea tu psicóloga, Jovaka!? ¡No pediré dinero, solo haré por el amor a la ciencia, jejeje…! —

Al oír esto, Jovaka gritó como una furia:

— ¿¡Qué dices!? ¡Por nada del mundo voy a ver un psicólogo! ¡Lo oyes! ¡Tú sí que deberías al psicólogo, o al médico, o lo qué sea! —

Malan solo se rió tontamente, sin levantarse del suelo; y Jovaka se dio cuenta de que Alsancia estaba de pie, en la entrada del salón, incapaz de cómo actuar. Le pidió explicaciones a ella, al ver que la otra no era capaz.

— ¡¿Qué le ocurre, Alsancia!? ¡Antes de salir contigo, no estaba así! ¡¿Qué le ha pasado!? — La napolitana se lo iba a decir, pero Martha se adelantó:

— ¡Yo te lo diré! — Se levantó del suelo, con mucha dificultad. — ¡Porque ya sé el porqué de todo este asunto! — Señaló con el dedo el techo. — ¡Al parecer, hemos descubierto que soy muy sensible a la cafeína y cuando ha llegado a mi cerebro, pues me tiene toda alterada! ¡Leí en un libro que le efecto puede durar seis horas jejeje…! — Al final, cayó al suelo, después de luchar por mantenerse de pie. Alsancia se le acercó para ayudarla a levantarla.

— Más que sensible, parece que estás borracha…— Añadió Jovaka, con un rostro de terror.

— ¡Eso parece! ¡Debo de ser realmente sensible a la cafeína, jajajaja…! — Y soltó Martha con sonoras carcajadas, mientras se apoyaba en Alsancia para estar de pie.

Y entonces, cuando la napolitana pensaba en sugerirle en llevarla a las habitaciones para que descansara y no molestara a nadie, ésta puso de repente muy mala cara.

— ¿Ahora qué ocurre? — Preguntó Jovaka, cuando se dio cuenta de eso, adelantándose a Alsancia, quién le iba a preguntar si estaba bien, mientras observaba cómo intentaba escupir algo.

— S-solo tengo ansias, jejeje… — Respondió Malan, intentando mantener una sonrisa.

Lo dejó completamente claro, estaba teniendo ganas de vomitar. Alsancia se puso realmente nerviosa, quedándose paralizada, mientras no dejaba de preguntarse qué tenía que hacer. Jovaka tuvo que gritarle esto, al ver que no se movía:

— ¡No te quedes ahí parada, Alsancia! ¡Llévala al cuarto de baño, cuanto antes! —

Movió afirmativamente la cabeza y empezó a andar, arrastrando a Malan, subiendo a las escaleras que le llevaban al segundo piso, directas al baño:

— ¡Me está empezando a doler el cerebro muy fuerte! — Mientras tanto, Malan cada vez se ponía peor, mientras aguantaba todo lo que podría por no vomitar. — ¡Mi sistema digestivo se siente fatal! —

Alsancia se dio toda la prisa del mundo, a pesar de que le costaba mucho esfuerzo en trasladar a su amiga y de que a ella le estaba entrando también ganas de potar. Al llegar ante la puerta, que estaba cerrada, intentaba abrirla, pero sus nervios no dejaban que cogiera bien el pomo de la puerta del baño, apenas podría controlar los exagerados temblores de su mano.

— ¿¡Qué estás haciendo, Alsancia!? — Le gritaba Jovaka, desde el primer piso. — ¡Abre la puerta de una vez! — Ya se estaba desesperando, porque la napolitana tenía la puerta en sus narices y no podría abrirlo por culpa del temblor de su cuerpo. Ésta le quería replicar que lo intentaba, mientras lo maldecía todo.

— ¡No puedo más, mi cuerpo me lo pide desesperadamente! — Malan le gritaba esto. Ya no podría más, su estomago ya estaba escupiendo todo la comida que devoró ella por el esófago.

Y Alsancia, al ver que ésta ya estaba a punto de potar la comida, el asco que le dio eso, fue suficiente para que ella no aguantara más sus ansias y empezará a ponerse a vomitar.

— ¡Mierda, no te pongas a vomitar tú también! — Eso gritó Jovaka, cuando vio que Alsancia quitó su mano del pomo y se pusiera a escupir saliva.

Jovaka, con pocas ganas de acercarse a ellas, decidió tener que echarles una mano, antes de que ensuciaran con su vomito el suelo.

— ¡Ya les abro la puerta! — Gritó, mientras subía corriendo las escaleras lo más rápido posible.

— ¡No lo hagan! — Pero no pudo llegar a tiempo. — ¡Aguanten un poco más! — Se detuvo, al ver que no pudo evitarlo, y miró hacia al otro lado.

Después de todo, mutuamente Alsancia y Martha expulsaron lo que habían comido en el café contra el lindo suelo que fregó Clementina, formando un enorme charco de una asquerosa y desagradable papilla delante de la puerta del cuarto del baño.

— ¡Qué mal me encuentro…! — Decía Malan, cuando terminó de vomitar y se recuperaba del esfuerzo. — P-perdón, Alsancia…. —

— ¡Q-qué a-as…! — Ella solo soltó esto, incapaz de pensar en algo, salvo del dolor que le produjo vomitar, mientras recuperaba el aliento.

Al ver cómo estaban ellas, aunque fuera de reojo, Jovaka comentó en voz baja: — En serio, parece que habéis vuelto de una juerga universitaria de esas, no de una simple cafetería. —

Tras eso, Alsancia se levantó del suelo, mientras evitaba ver el vomito; y ayudó a Malan a levantarse. Ella se quedó pensando qué podrían hacer, mientras la africana no dejaba de quejarse. Entonces, Jovaka habló:

— ¡Qué fastidio! ¡Hasta os habéis llenado la ropa! — Alsancia se miró y vio que ella tenía razón. — ¡Llamaré a Leonardo, para que lo limpié! — Pensó en hacerlo ella misma, pero le daba mucho asco y no sabía fregar. Antes de ir a buscarlo, les recomendó esto: — ¡Deberíais cambiar de ropa o bañarse o algo!—

— En estos casos, hay que bañarse. — Dijo Martha, tras escucharla.

Alsancia movió afirmativamente la cabeza y, liberada de la presión que estuvo sometida antes y la cuál era la culpable de que estuviera temblando como un flan, abrió fácilmente la puerta con mucho cuidado. Luego, ella levantó a la africana y las dos se metieron en el cuarto de baño.

— ¿Nos vamos a bañar juntas? ¡Eso me trae tantos recuerdos…! — Eso gritó Malan alegremente, antes de cambiar de tema y decir esto con muy mala cara: — ¡Qué mal me siento! —

Alsancia no dijo nada más, solo empezó a intentar quitarle la ropa a Malan, y estuvo un buen rato liada con el yukata que llevaba la africana, no sabía por dónde se tenía que empezar para desajustar aquel vestido, y además tenía que contener a su amiga, quién intentaba ir a la bañera rápidamente y meterse en él así sin más. Al final, lo consiguió, no sabe cómo.

— ¡Oh, la ropa! — Eso dijo muy sorprendida Malan, cuando vio que el yukata se le cayó al suelo. — ¡Se me había olvidado de que la tenía puesta! ¡Muchas gracias, Alsancia! — Y empezó a reír, olvidándose el hecho de que no estaba muy bien. Se puso las manos sobre la cabeza, quejándose del dolor, mientras se balanceaba de un lado para otro, apenas podría estar de pie.

— ¡C-cuidad…! — Gritó Alsancia de terror cuando que Malan iba a caer de cabeza hacia la bañera, quién ya perdió totalmente el equilibrio.

Reaccionó rápidamente, atrapó a Malan y evitó que su cabeza chocase contra la bañera. Cuando vio que la pudo salvar, dio un suspiro de alivio, antes de darse cuenta de la parte del cuerpo de la africana que ella había agarrado.

Se preguntó qué estaba tocando al momento, mientras los estrujaba con sus pequeñas manos. Eran bultos de carnes blanditas, suaves, y no eran ni muy pequeñas ni tampoco muy grandes. Supo enseguida que estaba manoseando.

Como tenía los ojos cerrados, para no ver la escena que iba a presenciar si Malan se hubiera estrellado contra la bañera; los abrió poquito a poco, con toda la cara totalmente roja. Y vio cómo la estaba agarrando por su pecho, la cual estaba desnuda.

— ¿Y e-el sostén? — Eso preguntó realmente conmocionada, porque se dio cuenta de que ella había estado todo el rato sin sujetador.

— ¡Ah, eso! ¡A veces, cuando uso el kimono, ya sea usando el yukata o el komon,  no me pongo el sostén! ¡Sobre todo cuando me aprietan y tengo que comprarme otros! — Le respondió Malan, que parecía no importarle el hecho de que Alsancia le estuviera agarrando el pecho. Ésta, tras oír la explicación, se quedó en blanco.

Más bien, estaba totalmente absorta en otra cosa e ignoró aquellas palabras, ella estaba comprobando el hecho de que sus pechos siguiesen creciendo a pasos agigantados. Sabía que siempre los tuvo muy grandes comparados con las demás chicas de su edad, así que no debería sorprenderse, pero aún así le costaba asimilarlo, sobre todo cuando ella era más plana que una tabla de planchar. Al final, Martha la hizo devolver a la realidad:

— Por cierto, cada vez me siento peor, ¡quiero bañarme de una vez! — Eso decía Martha con voz cansada, con un rostro que parecía al de un zombi.

— ¡P-perdón! — Eso dijo Alsancia totalmente colorada, mientras soltaba sus manos de su pecho.

Martha, liberada de las garras de la napolitana, se metió en la bañera y se iba a sentar en él. Entonces, Alsancia la detuvo:

— ¡E-espera! — Con un débil chillido. Martha se detuvo y le preguntó:

— ¿Qué ocurre? —

Alsancia la señaló, ésta se miró y vio que aún le quedaba los calcetines, las bragas y soltarse el moño que siempre usa.

— Ah, ¡aún me quedaba ropa por quitarme! — Eso dijo, riéndose sin ganas, y empezó a quitárselas.

Entonces, Alsancia dio un gran suspiro de cansancio. Ni habían empezado a bañarse y ya estaba agotada. Ella jamás pensó que Martha sería capaz de darle tantos problemas, ni menos que la razón de que se pusiera de esa manera fue solo porque tomó café. Las ganas de quitarse del medio eran realmente grandes, pero era una adulta y su responsabilidad era de cuidarla. Así que decidió dar un pequeño esfuerzo y aguantar esta situación un poco más. No dejaba de decirse que siguiera así, que iba por el buen camino; mientras se quitaba la ropa. Entonces, sintió como un fuerte chorro de agua fría se estrelló contra su cuerpo violentamente.

— ¡M-Malan…! — Gritó Alsancia, después de aquel ataque sorpresa.

Giró su cabeza hacia ella y veía como la manguera de la bañera se movía como una serpiente, llenando de agua todo el cuarto de baño.

— ¡Solo abrí el grifo y la manguera no deja de moverse violentamente! — Le explicaba la situación, mientras torpemente intentaba coger la manguera. Sin querer, lo abrió al máximo y despertó a la bestia.

Alsancia tuvo que actuar y coger la manguera, al ver que Malan estaba tan mal que le costaba poder atraparla. La atrapó y apagó el grifo, en cuestión de segundos. Las dos chicas miraron fijamente a su alrededor:

— Todo el cuarto de baño ha quedado empapado… — Añadió Martha secamente.

Alsancia no dijo nada, tenía una cara de leve preocupación, porque creía que todo el mundo se iba a enfadar con ellas, sobre todo Mao; por haber puesto el cuarto de baño perdido. Dio un suspiro, tras pensar en que lo podría arreglar más tarde, porque lo primero era bañarse.

Después de llenar la bañera con agua caliente, la situación mejoró, Martha ya estaba mucho más relajada, aunque tenía muy mala cara. Aquel baño tranquilo les sintió muy bien a ambas, sobre todo a Alsancia, quién sentía que se había quitado todo el estrés y el cansancio que acumuló.

Cuando salieron del cuarto del baño, con Alsancia llevando a Malan a hombros, Jovaka, quién seguía estando en el salón, le preguntó esto:

— ¿¡Ya está mejor ella!? — Alsancia movió la cabeza afirmativamente. Luego, Jovaka añadió:

— ¡¿También lo habéis liado en la bañera!? — Durante todo el rato, no sé dejaba de preguntar qué rayos hacían en el cuarto del baño. — ¡No habéis parado de hacer ruido! —

Alsancia volvió a mover la cabeza afirmativamente, mientras deseaba que ella terminara de hablar, porque la toalla que estaba usando para taparse se le estaba cayendo poquito a poco.

— ¡Dejen de hablar, qué quiero dormir! — Entonces, una Martha que no dejaba de exclamar quejidos y gestos de molestias intervino.

Jovaka se calló y se dirigió hacia la tienda para decirle a Leonardo que tenía que mirar el baño, mientras ellas dos se metían en el dormitorio de Mao. Alsancia sacó el futón y le puso ropa, mientras Martha se quedó dormida del tirón.

Al verla dormir tan plácidamente, dio un gran suspiro de alivio, mientras la tapaba. Por fin, Alsancia podría descansar tranquilamente. Entonces, pensó en lo que ha ocurrido, después de vestirse.

Había sido bastante fastidioso y agotador hacerse caso de la pobre Martha, que probó el café y se comportó como si se hubiera emborrachado; pero ella se sentía satisfecha. Había cuidado a alguien y, más bien que mal, pudo sentir que lo hizo bien, como lo haría un adulto. ¿Esto era responsabilidad, la carga por la cual las personas que han madurado tienen que soportar y aguantar, la misma que muchos desearían librarse de ella y volver a ser niños? No lo sabía a ciencia cierta, la verdad; y le daba un poco de miedo pensar cómo sería ser una verdadera persona adulta, aún así, se sentía muy feliz de haber podido hacer algo bien.

Y entonces pensó en sus padres, preguntándose cuánto tuvieron que  aguantar, cuánto esfuerzo y sacrificios hicieron, qué sintieron; mientras la cuidaban y la mimaban. Tuvo que ser algo tan titánico que ella jamás podría ni imaginar. Por eso, en lo más profundo de su corazón, con un sincero agradecimiento, les decía mentalmente que muchísimas gracias por soportarla y aguantarla todos esos años y perdón por todo.

Por otra parte, se sentía algo mal por Martha, la pobre tuvo que pasarlo muy mal y ella estaba feliz, a pesar de todo. Con una débil voz, le dijo perdón, mientras se acostaba a su lado y se quedaba dormida.

Al día siguiente, por la mañana, aquellas dos estaban totalmente hechas polvos, parecían que estuvieran teniendo una resaca. Mao y la canadiense estaban en la cocina preparándoles comida caliente, ya que cogieron un buen resfriado.

— ¿Sabes, Alsancia? — Dijo Martha, mientras temblaba de frío e intentaba aguantar el fuerte dolor de cabeza y de cuerpo que tenía encima, y después de ser llamada por su madre, que, a pesar de ser comunicada de que su hija se quedó en la casa de Mao, estaba un poco preocupada.

— ¿S-sí? — Le replicó Alsancia, quién no dejaba estornudar y usar cientos de pañuelos para sacarse los mocos.

— Odio el café, jamás volverá a tomar eso. —

Alsancia se quedó en silencio unos segundos, tras oírlo eso. Al final, añadió: — Yo c-creo igual… — Ella ya empezó a repudiar el café.

FIN

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Centésima sexta historia

El paquete olvidado: Centésima sexta historia, última parte.

― Bueno, creo que ya nos hemos lamentado bastante. ― Eso dijo Jovaka, unos cuantos minutos después de actuar de esa forma tan exagerada. Las dos ya se habían tranquilizado y se dieron cuenta de que hicieron el ridículo.

― S-sí… ― Y eso añadió Alsancia, muy avergonzada por haber actuado de aquella forma, sobre todo por el hecho de que era la adulta.

― ¿Y qué hacemos entonces? ― Le preguntó Jovaka y Alsancia, viendo que no podría explicarle eso con las palabras, se lo explicó con el lenguaje de los signos, de que tenían que preguntar a otra persona. La serbia lo entendió perfectamente.

― Ya veo, eso parece fácil… ― Añadió Jovaka, un poco preocupada, ya que para alguien normal le podría parecer facilísimo, pero para ellas eran algo totalmente diferente.

― P-perdón s-s-señ… ― Llamó Alsancia la atención a un hombre calvo y trajeado que pasaba por ahí e iba deprisa. No podría terminar la frase porque se quedó trancada, como siempre; y era incapaz de preguntarle dónde estaba la oficina de correos.

― ¿Qué quieres niña? ¡Qué tengo prisa! ― Y el hombre, quién estaba impaciente y quería terminar de una vez, le soltó con un tono desagradable.

-P-pues…- Eso solo provocó más nerviosismo en Alsancia, que ya era incapaz ni de pensar en lo que le iba a decir.

― ¡Vamos, Alsancia! ¡Di algo! ― Y Jovaka, quién estaba detrás de ella, le pidió que lo dijera de una vez.

― ¡¿Qué quiere tú amiga!? ― Entonces el hombre se dirigió a Jovaka.

― P-pues verás… ― Y ella también se quedó paralizada, incapaz de decirle algo al impaciente hombre. Le entró el miedo y no sabía qué hacer o decir, le temblaba todo el cuerpo y le entraron ganas de salir corriendo.

Alsancia se quedó boquiabierta, mientras se decía sin parar maldición; al ver que ella no solo tenía pánico a las chicas desconocidas, sino también a los hombres que no conocía. Así, ninguna de las dos le pudo decir dónde estaba la oficina de correos.

― ¡No me molesten, chiquillas! ¡Qué tengo cosas qué hacer! ― Eso les gritó molesto, antes de mandarlas a la mierda. Y esto solo era el primer intento.

A continuación, lo intentaron con otras personas, que tuvieron diferentes tipos de reacciones. Algunas de ellas le dijeron cosas como estas:

― Lo siento. ― Eso decía una muchacha intentando ser amable. ― No entiendo nada. ―

― ¡Déjenme en paz! ― Gritó una vieja gruñona que pasaba por ahí.

― ¡Qué tías más raras! ― Eso añadió un niñato que soltó lo que pensando, hiriendo a las dos chicas cruelmente.

Ninguno de las personas con las cuales habían preguntado no tuvieron ni la capacidad ni la paciencia de saber que querían Jovaka y Alsancia. Después de todo, eran incapaces de decirles los que querían, siendo en el caso de la napolitana sus problemas del habla y en el de la serbia aquel inexplicable y molesto miedo.

― ¡Mierda, mierda! ― Al final, Jovaka estalló con gran furia y gritaba estas cosas. ― ¡Maldición, tan difícil no es! ¡Solo tenemos que preguntar dónde está la maldita oficina de correos! ―

― ¡T-tranqu…! ― Eso intentó decir nerviosamente Alsancia, antes de su maldita garganta se volviera a atrancar de nuevo y no podría terminar ni siquiera la palabra. Incapaz de hablar, deseaba gritar de furia, maldiciendo su voz una y otra vez. Si no fuera tartamuda, esto no estuviera pasando.

Entonces, una chica que pasaba por ahí, escuchó gritar a Jovaka y les dijo amablemente: ― Si quieren, puedo decirles dónde están la nueva oficina de correos. Lo trasladaron hace poco. ― Fue la salvación para las dos chicas.

Tras explicarles con pelos y señales dónde lo habían puesto, ellas les pidieron nerviosamente las gracias y fueron yendo hacia sus indicaciones, sin saber realmente que ella sin darse cuenta se había equivocado torpemente.

― ¡¿No decía que girábamos hacia la derecha!? ― Eso decía Jovaka, tras mirar  la próxima calle que tenían que cruzar supuestamente. ― No hay salida y no veo ninguna oficina. ―

En ese momento, tras un buen rato dando vueltas cerca de la plaza en dónde había estado la antigua oficina de correos, se dieron cuenta de que había algo raro en esas indicaciones.

― Q-qué raro… ― Eso soltó Alsancia, bastante preocupada. Le aterraba que sus peores sospechas fueran cumplidas, que metería de nuevo la pata, a pesar de que la verdadera culpable no era ella.

Jovaka al ver el rostro de terror que tenía Alsancia, decidió intervenir y soltar esto: ― Tal vez, se habrá equivocado y dijo a la izquierda. ―

Y así, yendo sin rumbo aparente, Jovaka y Alsancia intentaron buscar la oficina de correos ellas solitas, dando rodeos sin parar y alejándose del centro cada vez más, hacia al noreste de la ciudad. Al final, acabaron a los pies de un barrio desconocido.

― ¡¿En serio, dónde estamos!? ― Eso preguntó Jovaka consternada y lo mismo se preguntaba a sí misma Alsancia, en ver que estaban en un sitio que jamás habían estado, que parecía ser lo primero que se veía desde los coches que viajaban desde la autopista que lo conectaba con Bogolyubov. Aparte de eso, no tenía nada de especial.

Entonces, se dieron cuenta de lo obvio. Jovaka le preguntó a Alsancia: ― ¡¿Nos hemos perdido!? ―

Y ésta, sintiéndose muy mal por no haber hecho nada bien, tuvo que afirmarlo con la cabeza. Jovaka casi cayó de rodillas dando un gran suspiro de fastidio, mientras Alsancia, que le deseaba pedir perdón por no poder haber sido de ayuda, se puso a descansar, apoyándose las manos sobre las rodillas. Llevaron casi tres horas caminando, les dolían los pies y estaban realmente cansadas. Y al ver un banco a los lejos, las dos corriendo hacia él para sentarse y estar un rato recuperando el aliento.

Tras un rato en silencio, Jovaka, incapaz de aguantar su enfado, abrió la boca: ― Esto no es normal, para nada; se están burlando de nosotras o algo. Es imposible que nosotras tengamos tantos problemas para ir solo al maldito correos. ― No sabía de quién hablaba, pero se sentía muy frustrada y enfadada, harta de aquel paseo. Luego, siguió hablando sola y añadió: ― Debe ser una señal de que no deba coger ese dichoso paquete. ―

Mientras Jovaka hablaba sola, Alsancia no dejaba de pensar una y otra vez en lo inútil que había sido en este paseo hacia a la oficina de correos. Había metido la pata unas cuantas veces y demostró que era una adulta desastrosa. No solo deseaba perdirle a la serbia perdón, sino que tenía ganas de llorar porque siempre le pasaba lo mismo.

Llegó a preguntarse si en verdad ella estaba maldecida o es que había nacido con la estrella de la mala suerte. Miles de pensamientos tontos interrumpían en su pobrecita cabeza y la ponían peor de lo que estaba.

― Se preocupa demasiado… ― Eso dijo en voz baja Jovaka, al darse cuenta de que Alsancia se estaba calentando la cabeza. No sabía el porqué, pero a ella le molestaba eso, que siempre se pusiera muy triste porque se pensaba demasiado las cosas.

En realidad, si lo sabía pero no podría explicarlo en palabras; aquella faceta suya solo conseguía que atrajera la atención de Mao, que haría todo lo posible para que ella estuviera feliz y no se centrará tanto en lo malo. Dio un gran suspiro de molestia. Ahora mismo, lo único que le importaba es que Alsancia no estuviera triste.

Entonces, se levantó de repente y le dijo: ― ¡No es hora de ponernos tristes, tenemos que llegar a la maldita oficina de correos, o si no se nos hará de noche! ―

Y sin poder reaccionar, cogió a Alsancia de la mano y pareciendo estar molesta le añadió: ― ¡Me molesta mucho que estés así! ¡No sé el porqué pero me molesta, así que no te pongas de esta manera! ¡¿Entendido!? ―

― P-perdón,… ― Le dijo entrecortada Alsancia, sintiéndose un poco culpable. Eso solo provocó que Jovaka, que estaba bastante roja, le gritara esto:

― No, eso no. Solo que no te pongas así, ¡es mi problema, no el tuyo! ¡Yo solo debo ponerme así! ¡Por eso, deja de sentirte mal! ―

Entonces, comprendió lo que intentaba hacer Jovaka, quién lo hacía a su manera. Intentaba animarla, aunque de una forma un poco inusual. Eso le hizo mucha gracia, preguntándose por qué no lo decía de forma normal, tanta vergüenza le daba reconocer que quería levantarla la moral.

Y rápidamente, con Alsancia siendo arrastrada por Jovaka, ellas dos empezaron a caminar hacia algún lado. La serbia empezó a buscar una manera de poder preguntar a alguien, porque había gente por las calles, pero era incapaz de dirigirles la palabra. Al final, se centró tanto pensado en eso que no se dio cuenta de que le tuvieron un enorme golpe de suerte. Tras andar sin rumbo por tres o cuatros calles, pasaron al lado de una oficina de correos.

― ¡J-jo..Jov…! ― Pero Alsancia se dio cuenta de su presencia e intentó llamar atención a la persona que la estaba llevando de la mano, intentando decir su nombre, aunque no podría ni vocalizar ni la mitad.

― ¡Ya te he dicho que no pasa nada! ― Y Jovaka, creyendo que era otra cosa mientras seguía en lo suyo, no se daba cuenta de lo que realmente quería ella.

― N-no es eso… ― Pero Alsancia se esforzó en que se diera cuenta. ― ¡A-a-atrás! ― Intentó gritar con todas sus fuerzas con su débil voz, mientras le señalaba hacia atrás.

― ¡¿Atrás!? ― Le preguntó Jovaka, deteniéndose al momento. ― ¡¿Qué pasa con eso!? ―  Y hizo lo que Alsancia le pedía desesperadamente.

― ¡¿Desde cuándo está esa oficina de correos ahí!? ― Eso gritó boquiabierta al ver el local que tanto buscaban. ― ¡¿Cómo no me he dado cuenta de eso!? ― Y se maldijo por el hecho de haber pasado al lado de eso y no darse cuenta.

Tras gritar como loca, hubo un corto silencio entre las dos, que tenían cara de póker. Se miraron mutuamente, intento asimilar lo que estaban viendo.

― ¡Bueno, eso no importa! ― Y Jovaka fue la primera en reaccionar, dando un grito de alegría.- ¡Por fin lo hemos encontrado!- Y abrazó fuertemente a Alsancia, mientras no dejaba de repetir aquella frase.

― ¡P-por fin! ― Y añadió Alsancia, mientras les entraba las ganas de llorar.

Tras muchas vueltas y caminatas, habían llegado a su destino, el cuál creyeron por un momento que no iba a llegar.

Por eso, estaban tan eufóricas que protagonizaron de nuevo una reacción muy exagerada por parte de la gente que pasaban por el lado. Lo que no sabían es que aquella felicidad no les iba a durar mucho.

― ¡¿Espera, qué!? ― Eso gritó fuertemente Jovaka, totalmente incrédula. ― Pero,… ― Luego, iba a decir algo más pero se calló. Alsancia se quedó con la boca abierta, incapaz de asimilar lo que oyó.

― No te pongas así. Solo digo que este paquete no es de nuestra zona postal y os habéis confundido de lugar. ― Eso añadió una mujer que parecía tener más de cuarenta años, una empleada que estaba en el mostrador.

Tras aguantar una cola infernal de una casi una hora, les llegó su turno a Alsancia y a Jovaka. Como la serbia, quién no soltaba el brazo de la napolitana por nada del mundo mientras temblaba de miedo como un flan, no se atrevía a hablar, la otra, a sabiendas de que le era imposible decirle algo a aquella mujer, les dio el aviso y ésta lo revisó cautelosamente y lo que concluyó es que equivocaron del lugar.

Y al ver la reacción de desosiego que provocó sus palabras a aquellas dos niñas, dio un suspiro de molestia y les dijo amablemente:

― Oye, no es para tanto. Solo ha sido una equivocación. ― Pero eso no ayudó en nada, ellas ni reaccionaron.

― ¡Vamos niñas, qué hay gente detrás de vosotras! ― Y los que esperaban detrás de ellas, ya les estaban dando prisas. Entonces la empleada decidió

― Qué remedio. ― Se levantó y buscó entre los papeles de su mesa. Con mucha rapidez, encontró lo que buscaba y se los dio, antes de poner algo en él: -Os daré un mapa para que sepáis dónde está eso.-

Alsancia y Jovaka reaccionaron de muy buena manera, cuando oyeron eso. Observaron el mapa detalladamente y mostraban las oficinas de correos que habían en la cuidad de Springfield. Había uno que había sido rodeado por un círculo y que fue señalado como el sitio en dónde estaba el paquete.

Los ojos de aquellas chicas brillaron de emoción y felicidad, al ver que tenían algo para llegar al dichoso paquete. Ellas aceptaron aquel gesto de amabilidad con muchísimo gusto. La napolitana le dio las gracias por las dos, ya que a la serbia le daba mucha vergüenza y salieron de ahí. No sin antes escuchar una advertencia de la empleada de la oficina del correo.

― Deben darse mucha prisa, porque falta una hora para que cierren. ―

Lo malo es que estaba en la otra punta de la cuidad, mucho más cerca de la casa de Mao que en dónde estaba antes. No sabían cuánto tiempo tardarían, pero tenían que darse prisa. Así que salieron corriendo, aunque esa carrera no duró ni diez minutos.

― ¡V-vamos, Alsancia! ― Decía Jovaka, jadeando, cuando se detuvo y vio que dejó a la napolitana detrás suya. ― ¡Tenemos que llegar a tiempo! ―

Entonces vio como ella estaba de rodillas en el suelo, jadeando fuertemente y tenía la cara como si le iba a dar algo.

― ¡¿Oye, qué te pasa!? ― Jovaka le preguntó aterrada y se acercó a ella rápidamente.

― N-no… ― Le intentó decir que ella no podría más, pero incapaz de expresárselo en palabras. -N-no…-

― ¿¡Qué intentas decir!? ― Preguntó nerviosamente Jovaka, a punto de llorar por lo asustada que estaba. Alsancia no le pudo dar respuesta alguna.

― ¡Oh, mierda! ― Eso gritó desesperadamente, mientras miraba a todos lodos. ― ¿¡Qué hago!? ―

Quería pedirle auxilio a alguien, pero era incapaz de hacerlo; y los estaban pasando por delante de ellas, absortos en sus problemas y en sus teléfonos móviles, no se dignaba ni siquiera a pararse.

― E-estoy… ― Entonces, Alsancia, sintiéndose culpable de preocuparla de estaba manera, reunió fuerzas y se levanto, mientras le intentaba decir que estaba bien. ― b-bien… ―

― Eso no lo parece. ― Le replicó Jovaka, que estaba a un paso de entrar en pánico.

Alsancia, quién sabía que correr no le sentaba muy bien, pero que de todas maneras corrió; utilizó el lenguaje de los signos para decirle que lo estaba de verdad y que deseaba seguir.

― ¡¿Quieres seguir!? ― Preguntó Jovaka para confirmar lo que le decía Alsancia. ― ¡¿No quieres abandonar, ahora que estamos cerca?! ―

La napolitana le respondió afirmativamente con la cabeza, mientras intentaba hacer como si estuviera bien.

― Pero, ¡no te ves bien! ― Pero Jovaka ya estaba reacia a seguir con eso.

Entonces, Alsancia le dijo en el lenguaje de los signos que quería seguir corriendo, tal vez ir caminando a largas zancadas, pero ir lo más rápido para llegar a la oficina del correos a tiempo. No quería volver a ser una carga, ya que solo le había provocados más que problemas extras, no solo en este fastidioso viaje, sino en todo lo demás.

― Oye, oye, ¡no eres una carga, de verdad! ― Le replicó Jovaka muy molesta, mientras la ayudaba a mantenerse en pie.

― Me has ayudado mucho. ― Y luego, añadió con toda su sinceridad: ― No sería capaz de haber podido hablar con nadie, no podría haber salido a la calle si no fuera por ti. ― Estaba roja, porque era la primera vez que le decía esas cosas. Aún así, continuó: ― Así que… ― Finalmente le gritó: ― ¡No digas eso! ―

― ¡¿Q-qué…!? ― Y para sorpresa de Alsancia, Jovaka intentó cogerla y levantarla en brazos.

― Lo que hace Mao siempre. ― Eso le gritó, mientras intentaba emular a Mao, cuando éste la cogía como una princesa. Alsancia, muerta de vergüenza, no se quedó en blanco.

A pesar de lo ligera que era la napolitana, Jovaka no era tan fuerte como Mao y no la pudo sostener ni medio minuto. Ésta, tras rugir del esfuerzo que le suponía hacer tal cosa, dejó que sus piernas se derrumbaran, con cuidado de no hacer caer a Alsancia mientras sus brazos caían al suelo.

Mientras Jovaka jadeaba desesperadamente, Alsancia, quién aún no se podría asimilar lo ocurrido, vio un autobús parando cerca de ellas y se dio cuenta de que había una solución muchísima más fácil que correr como locas.

― ¡¿Podríamos darnos cuenta de esto antes!? ― Protestó Jovaka, bastante molesta, después de recordar aquel espectáculo que montaron hace unos minutos. Alsancia, con su cara totalmente roja, movió afirmativamente la cabeza.

Tuvieron otro golpe de suerte, en el que había un autobús que pasaba por la oficina de correos y que paró ahí, unos minutos después de que ellas dos se dieran cuenta.

Y ahí estaban, sentadas juntas en el final del autobús, mientras éste iba directo hacia su parada a su ritmo, que era bien lento.

― ¡¿Cuánto falta!? ― Y Jovaka estaba muy impaciente, deseosa de llegar rápido a la parada en dónde quería bajar. Alsancia le señaló con el dedo un reloj que había en una parte del gran vehículo.

― Solo tenemos media hora. ― Eso dijo Jovaka, mirándolo. ― Espero que este cacharro llegué. ―

Y entonces observó y vio que iban a meterse con una calle muy transitada.

― Odio el tráfico. ― Protestó Jovaka, quién maldijo la existencia de tantos coches en la cuidad.

El trayecto que tuvieron les pareció eterno, no dejaban de observar el reloj y cada minuto que pasaba se les hacia insoportable, sobre todo cuando veían como el tráfico impedía que el autobús llegará a su destino.

Y cuando llegaron, bajaron como locas del autobús.

― ¡Vamos, vamos! ― Jovaka le gritaba a Alsancia mientras ésta sacaba el mapa. ― ¡¿Dónde está!? ―

Pero Jovaka se dio cuenta de que estaba a unos metros de ellas y de que había un hombre que estaba cerrando el local.

― ¡No lo cierres, maldito cartero! ― Entonces, gritó como psicópata y se fue directa a toda velocidad hacia la oficina de correos.

― ¡Ah, policía! ¡Una loca viene a por ti! ― El empleado cuando la vio, casi le dio un ataque de corazón y salió corriendo. Paró, cuando se dio cuenta de que Jovaka se detuvo súbitamente en las puertas del correo.

― ¡¿Estás bien!? ― Le preguntó Alsancia, cuando la alcanzó y vio que estás estaba jadeando de todo aquel esfuerzo que hizo.

― Yo soy ninguna loca. ― Luego, le gritó al empleado. ― ¡Solo quería entrar! ―

Éste puso una risa nerviosa, al ver que hizo el ridículo y empezó a acercarse a esas niñas con normalidad. Aunque no quería acercarse mucho a Jovaka.

― ¡No te acerques demasiado! ―  Y ésta, creyendo que ese hombre estaba molesto con ella y que le podría hacer algo, le soltó aquello mientras se apresuraba a ponerse detrás de Alsancia, temblando como un flan.

Ésta le mostró el aviso y él lo leyó tranquilamente:

― ¡Ah, ya veo! ― Soltó esto, con gesto de sorpresa. ― Les daré su paquete. ―

Miró a las dos niñas con una cara extraña para ellas, como si se preguntaba algo que no parecía buena cosa. Ignoraron, ya que por fin iban a conseguir el dichoso paquete.

Pues entonces, abrió las puertas de la oficina y las dejaron entrar. Después de encender las luces y pedirles que se sentaran, les dijo esto:

― ¡Esperen un segundo! ― Ellas movieron afirmativamente la cabeza de forma tímida y el empleado salió a la calle y llamó a alguien por el móvil. De vez en cuando, miraba como si las dos chicas fueran sospechosas de algo y Alsancia se daba cuenta, aunque decidió ignorarlo.

― ¡Por fin, por fin, hemos terminado! ― Jovaka, por su parte, soltaba esto feliz. Y luego le dijo a Alsancia esto: ― Y todo gracias a ti. ―

Ella se puso muy contenta y roja, al oír eso.

― ¿¡E-en serio!? ― E intentó confiarlo, porque no sé podría creer que había sido de ayuda.

-Sí, si no hubieras visto el autobús nunca hubiéramos llegado a aquí. ― Le explicó Jovaka. -Así que siéntate contenta de ti misma. ―

Alsancia, quién siempre sentía que era un estorbo para los demás y no servía para nada, al ver que alguien le decía que había sido útil, de que había ayudado; se puso realmente feliz, tanto que empezó a llorar de la emoción:

― ¡¿Por qué lloras!? ― Eso preguntó Jovaka, quién no se lo esperaba. ― ¡¿He dicho algo malo!? ―

Alsancia le tuvo que decir en el lenguaje de los signos que no estaba triste, sino contenta. Y Jovaka, aunque lo entendió a medias, supo cómo se sentía ella realmente.

― ¡¿Estás feliz!? ― Le preguntó extrañada. ― ¿¡No crees, qué eso es algo exagerado!? ― Luego, puso una sonrisa y añadió: ― Bueno, no importa… ―

Al pasar unos minutos más, el empleado dejó de hablar por el teléfono y les dijo con una sonrisa forzada que lo iba a buscar. Ellas dos solo movieron la cabeza afirmativamente, aunque Jovaka deseaba gritarle que se diera prisa, que ya le hicieron perder mucho tiempo por culpa de su llamada.

Volvió con una caja enorme y pesada, diciendo que esto era el paquete que estaba buscando. En el destinatario estaba escrita mal la dirección de la casa de Mao y el nombre de Jovaka, mientras que el remitente dejaba claro que era de su madre que lo envió desde la cárcel que estaba encerrada.

― ¡E-es gran…! ― Eso intentaba decir Alsancia, que se quedó sorprendida por el tamaño de aquella caja y se preguntaba qué había ahí dentro.

― ¡Pues sí! ― Añadió Jovaka, con una mueca de molestia. ― ¡No sé si podemos cogerlo entre las dos…! ― No tenía ni idea de cómo llevar eso a casa de Mao.

Y ellas se dieron cuenta de algo muy raro, el empleado de correos estaba sudando de nerviosismo y temblando de terror, mientras no dejaba de mirar lo que había detrás de esas dos chicas.

― ¡De todos modos, aquí tienen su paquete! ― Y además éste intentaba darle el paquete a la fuerza, como si se quería librar de eso rápido.

Jovaka y Alsancia se quedaron pensando qué había algo raro y no se atrevían a cogerlo. Pero al final intentaron ignorar eso y lo tocaron.

― ¡Policía, policía! ― Entonces, cientos de policías, armados hasta los dientes, salieron de todas partes. ― ¡Las manos contra la espalda! ―

― ¡¿Qué está pasando!? ― Gritó Jovaka, boquiabierta. ― ¡No hemos hecho nada! ― Mientras las obligaban sentarse en el suelo con las armas sobre sus cabezas. Alsancia haría lo mismo que la serbia, quién gritaba como loca, sino no fuera porque sintió como su garganta le impedía hacer algún sonido. Estaban tan aterradas, que podrían haberse meado del miedo.

Algunos policías abrieron la caja, sacaban el paquete de ahí y lo rajaban violentamente para ver su interior. Cayó una carta y encontraron una cosa extraña, una bolsa de plástico, con imágenes de personajes de series infantiles de algún país del este de Europa, cuyo interior habían cientos de dólares. Al ver esto, uno les gritó esto:

― ¡Quedan detenidas, por tráfico de influencias! ―

― ¡¿Qué!? ― Jovaka gritó eso por las dos, incapaces de entender lo que estaba pasando ni siquiera qué era eso con lo cual la estaban acusando.

A pesar de todo, Jovaka supo enseguida quién era la culpable y empezó a gritar llena de ira: ― ¡Maldita estafadora! ¡Sabía que no tenía que haber venido! ¡Lo sabía! ―

Todas las molestias que le habían ocurrido durante el viaje, ahora tenían sentido. Les estaba avisando de antemano que iba a ocurrir esto y ella se maldigo una y otra vez por no haberlas hecho caso.

Y mientras tanto, la carta que cayó al suelo era ignorada por todos. Su contenido, escrito en serbio y por la mano de la madre de Jovaka era este:

Hija mía, hazme un pequeñito favor, manda este paquete a un conocido mío de Rusia, cuyo dirección lo he dejado escrito detrás de este papel. Es algo muy importante y sin falta. No veas su contenido, no se lo enseñes a nadie ni menos a la policía, ¿vale?

Con amor desde la cárcel, tu mamá.

FIN

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