Centesíma decimasexta historia

Nadezha y los niños de Shelijonia: Sexta parte, centésima decimosexta historia.

Al final, para terminar de una vez con la discusión que estaban teniendo los chicos para ser el próximo a hablar con Martha, Nadezha decidió intervenir y elegir ella, porque a ese paso se haría de noche antes de que se decidieran. La persona que eligió así sin más fue Howard Patton.

— Hola, ¡¿tú eres Howard Persing!? — Malan dio inicio a la conversación, al ver que éste no hablaba. — ¡¿O eres Patton!? — Pero no le respondía.

Él no solo era incapaz de decirle algo a ella, sino que no se atrevía a mirarla a los ojos, tenía su cabeza agachada, observando el suelo. Su nerviosismo era tanto que todo su cuerpo temblaba como un flan y su mente se quedó en blanco, incapaz de pensar en otra cosa qué cómo se hacía conversaciones con las chicas y en salir del bloqueo para no quedar fatal delante de Malan.

Al notar lo incómodo que estaba aquel chico y cómo lo estaba contagiando al ambiente, ya que Nadezha le irritaba el silencio de Howard, mostrando unas ganas de gritarle que le dijera algo; decidió seguir hablando hasta que el chico pudiera tener confianza en sí mismo o se sintiera cómodo. Aunque no sabía que tema sacar, decidió ir a ciegas, improvisando con lo primero que se le ocurría.

— ¿Cómo te va en el colegio? — Preguntó esto, a pesar de que ya sabía cómo le iba, ya que estaban en la misma clase. — He escuchado que están yendo muy mal. — Estaba recordando que hace poco un profesor le regañó cruelmente, delante de sus compañeros, por sus notas bajas. — Así que te mando muchísimos ánimos por mi parte, ¡si te esfuerzas, podrás salir del colegio sin repetir! Aunque lo tienes difícil, la verdad. Es normal que te hayan rendido y…— Nadezha tuvo que pararla, porque más que animarlo lo estaba deprimiendo.

Él no respondió, seguía en la misma posición que antes, pero las palabras de Malan le provocaron todo tipos de pensamientos muy exagerados que le hacían pensar que ella le tenía muchísima lástima y creía que era un gordo perdedor y un payaso del que todos se burlaban. Aquel auto tortura solo le provocó ganas de llorar y salir corriendo.

—…“Howard” es una palabra curiosa, puede utilizarse como nombre y a la vez como apellido. — Ella aún seguía en su labor de darle conversación y conseguir que le dirigiera la palabra, liberándolo de su nerviosismo. — Y parece muy común, sobre todo en el segundo caso…—

A pesar de que le estaba hablando de su nombre, él seguía incapaz de abrir la boca.

— Una conocida familia noble inglesa lleva ese apellido y Enrique VIII, rey de Inglaterra entre 1509 y 1547, se casó con algunos miembros de este clan como Ana Bolena o Catherine Howard. —

A pesar de que ella ponía todos sus esfuerzos en empezar una conversación con él, eso le provocaba más nerviosismo y terror.

— Deberías sentir alegría por tener un nombre muy curioso, aunque sea muy común. ¡¿Ah, sabrás quién es Enrique VIII, no!? Él es un rey muy famoso de Inglaterra, seguro que te parecerá interesante conocer un poco su historia. —

Tenía que decir algo, aunque fuera una pequeña exclamación. El no podría dejar que ella siguiera hablando sola, o terminaría mandándolo a la mierda.

— Su reinado, que duró 38 años, se produjo durante el siglo XVI, cuando se estaba descubriendo el Nuevo Mundo y empezó la Reforma protestante. Él tiene un papel muy importante sobre esto último,  rompió la autoridad papal sobre su reino y se puso como jefe de la iglesia en Inglaterra… —

La presión lo estaba llevando al límite. No solo sufría un horrible tembloteo, sino que no dejaba de sudar como un cerdo y su vejiga estaba al tope. Tenía que liberarse de aquel terrible miedo a charlar con las chicas antes de que fuera demasiado tarde.

Mientras Martha Malan le contaba sobre los motivos por las cuales rompió con la Iglesia católica y la suerte que tuvieron sus seis esposas, éste empezó a llenarse de valentía poquito a poco. Buscaba alguna frase fácil de usar y que le evitará meter la pata, porque no tenía ni puñetera idea de que estaba hablando ella. Forzó su mente con todas sus fuerzas, mientras aguantaba por no expulsar lo que tenía su vejiga, que le pedía desesperadamente ir al cuarto de baño. Finalmente, tras pasar varios minutos dudando, él decidió decirle cualquier cosa, aunque fuera una tontería. Y cuando intentó abrir la boca, entonces alguien gritó esto:

— ¡Por el amor de Dios! — Era Nadezha, que no pudo aguantar mucho más y estalló. — ¡Ya no puedo soportar esto más, dile algo de una puta vez, que me tienes amargada! ¡Lo que sea! —

Aquel grito de desesperación calló a Malan y dejó el lugar en un completo silencio. Patton se quedó en blanco, todo aquel esfuerzo que se llenó para poder hablarle a Martha se fue a la basura, y su pantalón y el sofá en dónde estaba sentado se mojaron por un líquido que salía de sus entrepiernas.

Tuvieron que pasar varios segundos para que alguien pudiera reaccionar, eran incapaces de asimilar que Patton se hubiera orinado encima.

— No me lo puedo creer, ¡en serio, no me lo creo! — Protestaba Nadezha, mientras estaba limpiando el sofá. — ¡Qué asco, está lleno de pipí! —

Había pasado diez minutos desde que terminó el turno de Howard Patton. Con arcadas, ella cogía las fundas y las echaba en la lavadora, con la ayuda de Vladimir, Jackie y de Malan, quién le dijo esto:

— Creo que le dimos demasiada ansiedad al pobre, hemos sobrestimado su nerviosismo frente a las chicas, es peor de lo que pensaba. — Lo decía muy pensativa, repasando en su mente todo lo que leyó sobre psicología. — Su timidez hacia al otro sexo llega a ser extremadamente severa. Me pregunto si tiene un trauma que le hace actuar así…— Ella estaba montando en su cabeza un cuadro psicológico de lo que vio.

— ¡¿Y cómo está Patton!? — Preguntó Jackie, muy preocupado. — Casi le dio algo, cuando se dio cuenta de que se meo delante de Malan. —

— Él sigue encerrado en el cuarto de Nadezha, llorando a mares. — Le respondió, mientras recordaba cómo éste se lamentaba de haber hecho el ridículo, agachado en un rincón del cuarto. — Hasta me da mucha pena, la verdad. —

— Creo que esto ha sido mi culpa, si no hubiera gritado. — Añadió la albina, llena de culpabilidad. Luego, dejo de pensar en eso y les gritó a los chicos que estaban vagueando en el sofá limpio. — De todas formas, ¡¿por qué ninguno de ustedes no van a su casa a traerle ropa!? —

Se dirigió hacia a Howard Persing, Sheldon y Charlie, que actuaban como si lo que pasó con Patton nunca hubiera ocurrido:

— ¡Qué lo haga él, es su culpa por haberse meado encima! — Le replicó burlonamente Sheldon. — Eso, eso. — Y Persing le dio la razón, antes de ponerse a reír.

— ¡Oh, sí, sí! ¡Qué vaya él, que no tiene pantalones ni calzoncillos, medio desnudo! ¡Qué listos sois! ¡Realmente listos! ¡Tan listos que una semilla de maíz tiene más inteligencia que vosotros! —

Les gritó con mucha furia Nadezha, tras escuchar aquellos comentarios. No se esperaba que fueran tan horribles. No entendía cómo su amado Vladimir se juntaba con niños tan rastreros, ni tampoco que ella misma tuviera que soportarles. Les obligó a que se fueran a la casa de su amigo.

— Pero es que… ¡yo no sé dónde está su casa! — Y les respondieron con excusas muy malas y estúpidas. — ¡Yo tampoco! —

— Yo, yo quiero…— Entonces, Charlie empezó a gritar esto, mientras levantaba la mano. — ¡Yo le traeré ropa limpia al bebé! —

— ¡Por fin, un buen amigo entre este grupos de capullos! — Eso les decía a Sheldon y a Persing, mientras elogiaba a Charlie. — Deberían aprender de él. — Tenía toda la intención de mostrarles los horribles que son.

A continuación, tanto Vladimir, Jackie y sobre todo Malan, no pararon de elogiar a Charlie, mientras éste decía que esa era su misión, fanfarroneando y echando indirectas muy crueles hacia los otros dos, que se dieron cuenta de que estaban quedando como los malos de la película.

Así es como Charlie, que, hasta hace unos momentos tampoco quería ir a la casa de Patton para traerle ropa limpia, dejó en muy mal lugar a aquellos dos, mientras les sonreía de forma diabólica.

Tras la salida de éste a la casa de Patton, Sheldon le dijo a Nadezha que querían seguir con eso de la práctica.

— ¡¿Queréis continuar!? ¡¿Después de lo que ha pasado!? — Ella ya casi se olvidó de eso. — ¡¿Por qué no lo hacemos otro día!? —

— Pues claro que no, ya estamos llenos de valentía. — Le replicó Sheldon, quién no quería perder esta fantástica oportunidad de hablar con una de las chicas más populares de su colegio. Y Persing añadió esto: — Nosotros no haremos el ridículo como ese idiota. —

Nadezha, creyendo que estaban alardeando inútilmente, quiso replicarles, pero entonces Malan comentó esto: — A mi no me importa continuar con esto. — Y la albina ya no pudo negarse, a pesar de todo.

A continuación, Persing iba a preguntar quién le iba a tocar, pero Sheldon se quitó rápidamente del medio, con la excusa de ir al baño. Él aceptó su turno con mucha decisión y valentía. Aunque, al final, ocurrió lo mismo:

— ¡¿No decías que no ibas a hacer el ridículo como tu amigo!? Pues estás haciendo lo mismo que él. — Eso le gritó Nadezha a Persing, mientras le observaba.

Después de sentarse y mirar frente a frente a Malan, éste empezó a hacer lo mismo que su amigo. Miraba al suelo, incapaz de contemplar el rostro de la africana; mientras sudaba a chorros y temblaba más que un flan, por todo el nerviosismo y temor que tenía. Quería salir corriendo o quitarse del medio antes de que pudiera arruinarlo al igual que Patton. Y así estuvo, durante los primeros minutos, mientras Malan le hablaba sobre las abejas y moscas parasitas.

— ¡Vamos tú puedes, Persing! ¡Intenta hablar, aunque sea una frase, por lo menos! — Jackie le intentaba animar, mientras tapaba sus orejas para no escuchar lo que estaba diciendo Martha, que parecía ser muy desagradable.

— ¡Ah, ese perdedor, por algo se llama Howards! — Y Sheldon decía esto, mostrándose muy creído. — ¡Yo lo haré mucho mejor! —

— ¡Cállate, seguro que lo harás peor! — Le replicó Vladimir. Sheldon intentó protestar, pero Nadezha le soltó esto: — Tiene razón, tienes el don de hablar mucho y después demostrar poco. — Y se calló.

— ¡En serio, empieza a hablar de una vez! Tú puedes hacerlo, ¡vamos! — Y Nadezha intentó animarlo, aunque apenas se esforzaba en que fuera creíble. Solo quería que empezara de una vez.

Persing cerró los ojos y empezó a inspirar y respirar poquito a poco, con la intención de tranquilizarse. Se decía a sí mismo que su objetivo era muy fácil, solo tenía que conversar con una chica, nada más. Si él hacía este primer paso, entonces podrá avanzar y dejar atrás su vida como perdedor. Se vestiría bien, se bañaría todos los días, haría dieta y sacaría buenas notas. Sería un seductor que atraería a un montón de chicas que desearían estar con él. Perderá la virginidad con las mujeres más hermosas y se los contará a todos sus amigos aquellos grandes experiencia. Por supuesto, quitaría a Sheldon de su vida, un niño tan repelente destruiría todo su futuro. Sería feliz y comería perdiz todos los días.

Su mente se llenó de fantasías muy absurdas e irrealistas, también de cosas pervertidas. Su ilimitada imaginación y sus deseos de alcanzar sus sueños, lo llenaron de valor y decisión. Se iba a atrever a hablar con Malan, tener una conversación que dejaría boquiabierto incluso a Nadezha. Se levantó y la miró fijamente:

— ¡¿Oh, ocurre algo!? — Le preguntó Malan, algo sorprendida por aquella reacción y por esa mirada decidida. Todos se preguntaron qué iba a hacer él, mientras los observaba en silencio.

— Y-yo-yo…— Luchó contra el bloqueo. — La verdad es q-que…— Con todas sus fuerzas, intentó decir algo coherente. — Lo q-que tengo que decir es q-que…— Dio un último esfuerzo y gritó fuertemente lo primero que se le ocurrió: — ¡¿Te gustaría tener sexo conmigo!? —

Todos se quedaron boquiabiertos cuando oyeron esas palabras, nadie se lo podría creer. Salvo Malan que, aunque se calló, mantuvo una reacción muy indiferente. Sus fantasías provocaron que dijeran tales cosas y se quedó muy aterrado, después de pronunciar esas palabras:

— ¡N-no es eso l-lo yo que quería decir! ¡De verdad! — Él quería que la tierra le tragase. — L-la verdad es que estás buena, pero muy buena, y tus melones… — Intentaba arreglar la situación, pero solo metía la pata aún más. — Pero yo… Bueno, me gustaría, pero no es eso. Yo es que…—

— Lo siento mucho, pero no me interesa. — Martha Malan le interrumpió, rechazando esa propuesta con toda la naturalidad del mundo. — Soy muy joven para pensar en estas cosas y si tuviese ganas de hacerlo, lo haría con la persona que me gusta y con la cual llevaría una relación estable. — Ella hablaba como si les estuvieran pidiendo un favor normal y corriente.

Howard Persing quería ponerse a llorar a mares y gritar con desesperación a los cuatros vientos, no solo fastidió su primer paso, sino que le dio una horrible impresión a la chica con la cual estaba practicando. Luego, salió corriendo hacia la habitación de Nadezha para lloriquear en su oscuridad, junto con Patton.

— ¡Por el amor de Dios! ¡¿Qué hemos hecho para recibir esto!? — Eso decía Nadezha, mientras ponía su mano sobre la cara para soportar la decepción que sentía.

— Perdón, perdón, él no sabía lo que decía. — Y Vladimir se puso a disculparse a Malan por lo que pasó.

— No pasa nada, por lo menos el chico fue sincero y valiente, aunque se ha adelantado demasiado. — Añadía Malan con una sonrisa, como si lo que le paso fue lo más normal del mundo.

Tras la ida de Howard Persing, ahora solo le quedaba Sheldon. Le intentó echar al marrón a Jackie, a pesar de que éste ya sabía hablar con las chicas.

— Ahora te toca a ti, Sheldon. — Pero Nadezha, poniendo una sonrisa aterradora, le detuvo y le obligo a hacerlo. — Espero que no hagas un espectáculo tan lamentable como los otros dos. —

— ¡N-no te preocupes, de verdad! — Y como vio que no podría alargarlo mucho más, decidió enfrentarse a su destino, mientras temblaba mucho más que los dos Howards juntos. — ¡Y-yo lo haré tan genial que se creerá que soy un g-galán! —

Entonces, empezó a acercarse a Malan, mientras andaba como un robot por culpa del extremo nerviosismo que sentía en su cuerpo.

— ¡Ahora llega el peor! — Y los comentarios de Jackie y Vladimir no le ayudaban mucho, la verdad. — ¡¿Por qué no terminamos con esto!? Ya me estoy deprimiendo con esta gente. —

Tras sentarse en el sofá, Sheldon hizo lo mismo que los otros dos anteriores, él se quedó mirando al suelo sin abrir la boca, mientras temblaba como un flan y sudada como un cerdo. Nadezha y el resto empezó a lanzar suspiro de fastidios y comentarios que mostraban que no esperaban nada de éste.

Sheldon, muy molesto por esas palabras, empezó a pensar. Se dijo que, en el fondo, lo sabía, que no sería incapaz de hablar con esta chica ni con ninguna. A pesar de toda aquella fanfarronería, él aceptaba que nunca conseguiría poder dirigir la palabra a las personas del sexo contrario ni tener novia. Sería un fracaso para siempre, aunque quedaba esperanza, pero ésta se vería bien lejana e imposible. En fin, era una batalla pérdida y por tanto debería gritar que ésta era su derrota, pero el hecho de que se jactó sin parar de hacerlo mejor que esos dos idiotas le impedían que mostrara la bandera blanca. Así que no sabía qué hacer, hasta que se atrevió a observar a Malan, aunque fuera unos momentos.

Aunque ni la alcanzó a mirar los ojos, solo se quedó prendido hacia sus pechos. Aunque no eran nada espectaculares comparado con las mujeres más mayores que ella, era los más grandecitos de la clase e incluso de toda la escuela. Al ponerse a pensar sobre eso, le entraron muchísimas ganas de tocarlas, saber cómo se sentían, si eran como los globos o blanditos como almohadas. Incapaz de controlar sus instintos, se le pasó una idea en la cabeza, manosearle esa parte del cuerpo un poquito. Entonces, empezó a pensar en cómo hacerlo sin acabar muerto. Pensó en levantarse del sofá y hacer como si se cayera, teniendo que apoyar sus manos sobre algún sitio. Lo haría ver como un accidente. Él creyó que era realmente muy buena y decidió ejecutarlo. Tras respirar e inspirar varias veces, para llenarse de valentía, estaba preparado para hacerlo.

Ante la sorpresa de todos, él se levantó de golpe, se dijo a sí mismo que era ahora o nunca. Por desgracia suya, hizo todo lo contrario a lo que pensó. En vez de levantarse y hacer una falsa caída, simplemente alargó su mano hacia los pechos de la chica.

— ¡Es mi última oportunidad! — Eso gritó con todas sus fuerzas y con una cara propia de un desesperado, mientras que los demás, muy sobrecogidos, le gritaban qué estaba haciendo a la vez que se levantaban para detenerlo.

Al final, él no consiguió su objetivo, su mano no alcanzó sus pechos, ya que fue detenido a tiempo. Boquiabierto, veía como Martha Malan le detuvo, atrapándole el brazo en cuestión de segundos, con una velocidad que le pareció sobrehumana. Y ella le empezó a apretarlo con tanta fuerza que Sheldon empezó a gritar del dolor, incapaz de liberarse.

— En cierta manera, no me esperaba esto…— Le decía una Malan cuyo rostro solo mostraba una sonrisa y tranquilidad que daba terror. — No deberías hacer ese tipo de cosas, ¿sabes? A nadie le gusta que le toquen partes del cuerpo tan íntimos como el que me querías tocar. — Él le pedía perdón, suplicándole que le soltara la mano que se le iba a arrancar, pero ella siguió hablando. — No solo intentaste violar mi espacio persona, sino que casi estabas a punto de cometer un delito de acoso sexual y eso está muy mal. No deberías intentarlo de nuevo, ¿ok? —

Ella se calló por unos segundos, sin soltarle el brazo a Sheldon. Luego, continuó: — Además, supongo que aprenderás bien la lección. Hacer esto delante de Nadezha tiene sus riegos, que comprobarás ahora. —

Con esto dicho, le soltó el brazo. Sheldon ya no se quejaba del dolor, ahora se puso muy pálido al recordar que seguía en la casa de Nadezha. Giró la cabeza poquito a poco, lleno de miedo y pánico. Y ella estaba detrás de él, con una cara endemoniada y llena de ira, mientras apretaba los puños con una horrible y aterradora hostilidad.

— N-no era mi intención, d-de verdad…— Le titubeó Sheldon, dándose cuenta de que esta vez la había jodido muy bien.

— ¡¿No era tu intención!? — Le decía Nadezha, acercándose a Sheldon con intenciones poco agradables. — ¡No me fastidies, voy a hacer que no vuelvas a tener ganas de hacer algo como esto nunca más! —

Vladimir y Jackie se quitaron al momento, ignorándolo cruelmente, cuando éste les pedía que tranquilizaran a la albina. Estaban muy decepcionados por lo que hizo y no querían saber nada de él por un rato. Al saber que no se iba a librar de recibir el castigo más horrible de su vida, Sheldon dio un fuerte grito de horror, el más fuerte que había soltado.

FIN DE LA SEXTA PARTE

 

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Centesíma decimasexta historia

Nadezha y los niños de Shelijonia: Quinta parte, centésima decimosexta historia.

— En fin, eso lo que pasa. Sinceramente, me da cosa haberte metido en esto, pero estos idiotas son muy pesados y creo que eres la única chica que podría tolerarlos. —

Estas palabras eran de Nadezha que, a regañadientes, estaba hablando tranquilamente con alguien en el salón. Esa persona le respondió con esto:

— ¡No te preocupes! Lo haré encantada, siempre es bueno ayudar a personas con problemas de personalidad y socialización. —

Lo dijo con una sonrisa, dejando claro que estaba bien contenta por haberle dejado tal honor. Aquella chica no era nada más ni nada menos que Martha Malan, entendiendo que lo que hacía Nadezha era una especie de terapia  psicológica y deseaba participar en él.

Nadezha le pidió ayuda a Malan, después de que los chicos le pidieran a ella sin parar que trajese a alguna amiga suya para poder practicar con una chica de verdad, ya que Jackie se negaba a hacer aquel papel. Y, aunque Charlie les intentaba decir que podrían usar a la rusa, sin mucho éxito; ésta tuvo que ceder, a pesar de que no quería que ninguna de las chicas que conocía tuviera algún trauma por culpa de aquellos idiotas. Al final, eligió a Martha, creyendo que ella podría soportarlos bastante bien. La llamó y la trajo a casa a explicar le situación.

— ¡¿Y entonces, cuándo vamos a hacerlo!? — Le preguntó a continuación, muy ansiosa. Nadezha le respondió que cuándo ella quisiera.

— Pues hoy mismo…— Esas palabras de Malan le dejaron sorprendida, no se lo esperaba.

A continuación, llamó a Vladimir, a quién le encargó la misión de distraer a los chicos para que no vieran a Malan. El pobre, que lo estaba pasando fatal, soportando las ocurrencias de Sheldon y de Charlie; recibió con alegría la llamada de su novia. Después de contestar, mientras les pedía a sus amigos que no le molestasen, ya que intentaban escuchar la conversación; exclamó esto, cuando la rusa le explicó cómo fue su charla con Martha:

— ¡¿En serio, ha aceptado tan rápido!? — Nadezha le dijo que sí. — ¿Y entonces, lo hacemos? — Su amor añadió que no tenía más remedio, así que podría traer a los chicos a la casa. Vladimir cumplió la orden.

— ¡¿Y qué clase de chica es, es una de verdad!? ¡¿Cómo es su aspecto, está buena!? Espero que éste muy buena. ¡¿Y cómo es su personalidad!? Espero que sea muy tímida, pero luego una fiera en la cama. ¡¿Y…!? — Sheldon no paraba de hablar, estaba tan entusiasmado por la idea de conocer a una chica que no paraba de preguntarle a Vladimir, mientras su imaginación no dejaba de mostrarle cómo sería aquella persona. Al final, provocó que el novio de la albina se hartara de él:

— ¡Cállate, por favor! ¡Solo vas a practicar a hablar con ella! ¡No es una primera cita ni nada parecido! — Eso gritó totalmente furioso, ya le dolía la cabeza de tanto escucharlo.

— ¡Qué aguafiestas eres, Vladimir! ¡Cómo tú tienes novia, me tratas como una escoria…! — Y Sheldon protestó desagradablemente, provocando que su amigo, que se preguntaba cómo podría tener una amistad con alguien así, le dio un buen golpe en la cabeza. Él le exigió a gritos por qué le hizo eso, pero Vladimir no le dijo nada.

— Es que haces mucho ruido, para luego no hacer nada. Como el dicho ese del perro. — Aunque Charlie aprovechó para replicarle.

— ¡¿Perro labrador, poco mordedor!? — Como él no se acordaba de forma exacta, Jackie le dio una pequeña empujón, soltando esas palabras.

Charlie movió la cabeza afirmativamente y todos se sorprendieron por lo acertado que estaba. Sheldon se iba a quedar petrificado desde el primer momento en que le vería la cara a aquella chica.

— ¡¿Y si ella es muy fea!? — Y las dudas, mientras ignoraban los quejidos de Sheldon, empezaron a surgir entre los dos Howards. — ¡Seguro que Nadezha habrá cogido a una horrible porque las demás no quisieron! —

— Sois feos también, así que no deberíais decir esas cosas. — Les replicó Jackie, muy molesto por aquellas palabras. Fue una respuesta tan agresiva y desagradable que los hundió fuertemente, lo sintieron como si le hubieran apuñalado en el corazón.

Entonces, para que no estuvieran tan molestos con la identidad de la chica con quién iba a practicar, Vladimir decidió decirles esto: — En verdad, ya la conocéis. Bueno, nunca habéis hablado con ella en persona, pero está en nuestra clase. — Aunque no se atrevió a revelarles su identidad.

— ¡¿Espera, en serio!? — Le gritó con mueca de terror Sheldon. Vladimir le dijo que sí, que era en serio. Luego, soltó con mucho pánico: — Pero, pero, ¿¡qué has hecho!? Cuando nos vea, saldrá corriendo, porque ya nos conoce. — Él sabía que todas las chicas de su clase y de otras más no se le acercaban ni un metro. Se puso extremadamente nervioso, al igual que los dos Howards, que empezaron a temblar como flanes.

— De todos modos, ella se ha ofrecido. Si no quieren hacerlo, pueden decirlo. — Sorprendido por sus reacciones, soltó esto.

— ¡No, no y no! — Le gritaron de golpe los tres. No querían perder aquella gran oportunidad. — ¡Ya que hay una chica conocida que se ha ofrecido a ayudarnos, entonces no podemos defraudarla de este modo! —

Vladimir decidió callarse, al ver que ni ellos mismos sabían lo que querían, a pesar de que los chicos le empezaron a preguntar sobre la identidad de la niña, la cual mantuvo en secreto hasta llegar a la casa de Nadezha.

— ¡Buenas tardes, sé que ya me conocen, pero déjenme presentarme! ¡Soy Martha Malan, estoy muy encantada de participar y espero poder ayudaros en superar vuestra extrema timidez hacia las chicas, aunque sea algo! —

Al entrar en la casa de la albina, lo primero que se encontraron era con la chica que fue considera hasta hace poco como la más perfecta y popular de todo el colegio. Ella les recibió con una gran sonrisa que, junto a su belleza, deslumbró a los presentes, era tan brillante que creían que se iban a quedar ciegos por haber contemplado tal maravilla. Ellos se quedaron totalmente boquiabiertos, incapaces de reaccionar por varios segundos, salvo Vladimir, que, después de saludarla, se lanzó a Nadezha para darle un gran beso y un amoroso abrazo. No se lo podrían creer, jamás de los jamases imaginarían que Martha Malan, con la cual ni siquiera se atrevían a acercarse, estuviera delante de ellos, diciendo aquellas palabras. También estaban sorprendidos por su inusual vestimenta, llevaba un vestido bastante bonito procedente de la época en dónde vivieron los ninjas. Y no sabían qué decir o actuar, no querían quedar mal, como unos raritos, delante de la africana, aunque el silencio no les ayudaba mucho a que tuviera buena imagen de esos chicos:

— Pues parece que esa timidez es mucho más extrema de lo que parece. —

Concluyó Malan, mientras los observaba detenidamente, poniéndolos muy nerviosos.

Al escuchar esas palabras, ellos empezaron a intentar liberarse de su bloqueo, mandándole frustradamente órdenes a su cuerpo para que pudieran reaccionar de una vez, aunque era en vano.

— Parecen estatuas…— Añadió Nadezha, incapaz de asimilar que llegarán a reaccionar así. — ¡Por el amor de Dios, qué exageración! —

No podrían seguir actuando así, tenían que reaccionar de alguna manera, así que los chicos empezaron a llenarse de valor para poder, aunque solo fueran unas palabras, responderle a aquella chica. Tras varios segundos, inspirando respirando fuertemente, intentando poquito a poco liberar las ataduras del miedo que tenían sus mentes; sintieron que ya era capaces de hablarla y decidieron actuar de una vez:

— ¡N-no, yo no puedo! —Pero, al final, Sheldon no fue capaz de hacerlo y salió corriendo a toda velocidad, sintiéndose muy humillado y con ganas de llorar. — ¡Nosotros tampoco! — Y tanto Patton como Pershing se les unió, no fueron capaces de tener la valentía para hablarle a Martha Malan. Solo quedaron Jackie y Charlie, quién se presentó de esta forma:

— Soy Charlie Uladh, ¡encantado de conocerte, acosadora de Vladimir! —

— No la llames así…— Le replicó Vladimir muy molesto, pero Malan intervino: — ¡Da igual, da igual! Me lo merezco, después de todo. —

Charlie observó en primera persona cómo Martha Malan le reveló a toda su clase que ella había estado acosando a Vladimir. Era obvio que él tuviera esa imagen de ella, algo que la africana decidió tolerar.

— Aún así, hace tiempo que estás perdonada, así que Charlie debería callar la boca y no soltar eso nunca más. — Pero Nadezha, al igual que Vladimir, no estaba dispuesta en que echarán en cara lo que hizo Malan en el pasado, por lo menos delante de ellos, algo que le confundía mucho a Jackie:

— No lo entiendo. — Añadía, boquiabierto. — Bueno, siempre lo quise preguntar, desde que los chicos me dijeron que te acosando… ¡¿pero cómo te has hecho amigo de ella!? — Su mente no podría asimilarlo. — Y lo que me parece más fuerte es que Nadezha la trata como si fuera una amiga. —

Si se quedó paralizado como el resto de sus amigos al ver a Malan, no fue tanto por su belleza, sino por el recuerdo vigente de que ella le había hecho acoso escolar a su amigo.

No podría comprender cómo él se volvió amigo de esa chica después de acosarlo, algo que le dejó en shock cuando supo la noticia y Vladimir se lo confirmo. Ni menos que su novia, que siempre lo defendía, también lo hubiera hecho. En su lugar, el nunca podría perdonar.

— Es una amiga, más o menos. Es una larga historia, que no tiene sentido contarlo ahora. — Le respondió Nadezha, antes de añadir: — Ahora solo quiero empezar con esto y terminarlo lo más rápido posible. — Tras dar un suspiro de fastidio, salió a la caza de aquellos tres, que estaban en la calle, incapaces de volver a entrar en casa.

— ¡¿De verdad tanto miedo os da ella!? — Les decía Nadezha. — Fueron vosotros los que quisiste que trajese a una chica de verdad. —

— Pero es que, pero es que…— Estaba tan alterado que no podría hablar bien. — ¡Has traído a lo más hermoso que ha habido en todo el colegio! ¡Aunque haya confesado hace poco que acosa a chicos! —

A pesar de que éste quería una chica “buenorra” para poder practicar con ella y aprender a hablar con las mujeres, le trajeron la más inalcanzable de todas. De todos modos, ya todos prevenían que él iba a actuar así, fuera quién fuera la persona que hubiera traído la albina.

— ¡Ojala nos hubiera acosados a nosotros y no a Vladimir! —Comentaron Patton y Pershing con mucha envidia. A Nadezha le dejó muy boquiabierta oír tal cosa, quiso decirles que estaban idiotas por querer ser acosados, pero decidió que lo mejor era pasar de esos estúpidos.

— En fin, ¡¿lo hacemos, sí o no!? No quiero gasta inútilmente el tiempo de Malan. — Les preguntó Nadezha, a continuación.

Sheldon y los dos Howards se quedaron muy pensativos, dudando durante varios segundos. Querían hacerlo, pero no se atrevían, estaban dominados por el pánico. Al final, tras mucha espera, decidieron hacerlo.

— ¡Vamos, Nadezha! — Aunque tuvieron que pedirle a Nadezha que les obligarán a entrar por la puerta, porque ellos no podían: — ¡Empújanos más fuerte, tienes que meternos en la casa! —

— ¡¿Por qué tengo que hacer esto, no tienen nada de voluntad o qué!? — Se quejaba Nadezha con muy mala leche, mientras intentaba meterlos en la casa, aunque sus cuerpos se resistían a hacerlo.

Después de volver a meterlos en la casa, algo que le costó mucho sudor a Nadezha, finalmente decidieron hacerlo. Malan se sentó de forma elegante en el sofá, mientras esperaba que los chicos que querían practicar con ella decidieran quién iba a ser el primero en hablarla.

— ¡¿E-entonces, v-vamos a ver, quién va a empezar!? — Les preguntó Sheldon a los chicos en voz baja, después de pedirles que formaran un círculo alrededor de él, para ponerse hablar en secreto, aunque todos los oían perfectamente.

— Pues tú, ¡¿no!? — Le soltó Patton a él y Persing añadió: — ¡¿No eres el que estaba más entusiasmado con eso de aprender a hablar con chicas!? —

— Lo haría gustosamente, p-pero, pero, no puedo…— Les replicó Sheldon, temblando un montón por culpa de los nervios y del miedo. Los otros dos le dijeron lo mismo. Tras ver que ninguno de ellos tres podría hacerlo, le echaron el muerto al único que no hablaba en la conversación:

— ¡Empieza tú, Jackie! — Le decía Sheldon. — Eres casi una chica, seguro que lo harás bien. —

— ¡¿Cómo que “casi soy una chica”!? ¡No digas eso de nuevo, o te muelo a golpes! — Le gritó Jackie, muy molesto. Luego, añadió: — Además, yo no soy el que no puede relacionarse con las chicas y necesita practicar con una para poder hacerlo, solo para tener novia. — Los chicos le replicaron, ya que esas palabras, aunque eran la pura verdad, le dolieron muchísimo. Éste, tras unos segundos de silencio, tuvo que admitir esto: — Aunque, me da cosa hablar con ella, no se me puede quitar el hecho de que le hizo acoso a un amigo. — Le daba miedo hablar con Martha Malan, pero con razones muy diferentes a los del resto.

Entonces, Nadezha se acercó a ellos y les interrumpió su charla con estas palabras: — ¡¿Qué estáis haciendo!? Mientras vosotros intentáis a quién le toca, Charlie os ha adelantado. —

— ¡¿Espera, qué!? — Gritó muy enfadado Sheldon, quién giró su cabecita hacia dónde estaban ellos. — ¡Será hijo de p…! — Él no terminó la frase, porque Nadezha le hizo callar a golpes, mientras le decía que no insultara.

Todos hicieron lo mismo que Sheldon y vieron que Charlie, quién pidió ser el primero, pero fue ignorado por sus amigos; le estaba hablando a Martha Malan.

Pero se quedaron muy consternados, lo que se encontraron no fue una conversación normal, provocando que todos se preguntaran esto:

— ¡¿Qué están haciendo!? — Aunque Jackie fue el único que lo dijo, todos los demás pensaban lo mismo. Nadezha le respondió que tampoco lo sabía.

— Aquí tienes, son los papeles que robe del despacho del alcalde. — Eso le decía a Martha, mientras simulaba que le estaba dando algo. — Me costó mucho conseguirlos, tuve que engañar a la señorita secretaria con unas piruletas. —

Consternados, los chicos estaban viendo como Malan y Charlie, actuaban de forma seria y de forma muy sobreactuada. Los dos estaban sentados en cada lado de la mesa y, a veces, intentaban hacer como si ellos estuvieran fumando o haciendo algún gesto de frustración, intentando dar lo mejor de sí mismos haciendo aquel improvisado teatro, el cual nadie podría entender cómo llegaron a convertir una simple conversación en algo como esto.

Malan hizo como si los estuviera viendo y, mientras ella intentaba poner rostros muy forzados de seriedad y preocupación, soltaba esto: — Es como lo sospechábamos, el alcalde está detrás del contrabando de diamantes. Se está ganando millones con la sangre de miles de inocentes. —

— Eso es cierto. Tienes que darles estos papelitos a los periodistas para que sepan la verdad. —

— ¡Lo haré, aunque me cueste la vida! — Y Martha intentó decirlo de la forma más heroica posible, pero le salió tan exagerado que casi provocó que Charlie se pusiera a reír de ella, aunque pudo aguantar la risa.

— ¡Oh no! — Entonces, Charlie se levantó de golpe y miró hacia arriba. Luego, gritó: — ¡Alguien nos está apuntando con una pistola! — Extendió las manos, como si estuviera protegiendo a Malan, y soltó varios estúpidos gritos. — ¡Me ha dado! ¡Me voy a morir! — Intentaba imitar que él había sido alcanzado con una bala y cayó al suelo de forma muy irrealista.

Malan dio un chillido forzado de horror y corrió hacia Charlie, le cogió con los brazos, tratándolo como si fuera un herido y ella empezó a gritar estas palabras: — ¡Vamos, Resiste! ¡No puedes morir aquí y ahora! ¡Amigo, te necesitamos, sin ti no podemos vencer al alcalde! —

Mientras actuaba, de forma muy horrible, como un moribundo, Charlie soltó estas palabras de forma exageradamente dramática antes de cerrar los ojos: — ¡No llores por mí, yo ya estoy muerto! —

Malan empezó a gritar “no” como una desquiciada, intentando mostrarse lo más trágica posible. Tras esto, terminaron de hacer teatro.

— Uf, realmente es difícil improvisar así tan de repente. De todos modos, no has estado tan mal. — Concluyó Malan, mientras daba un respiro de alivio. Ella tampoco se lo esperaba y le costó un poco seguir la corriente.

— Ni tú tampoco. — Y eso le decía Charlie, fanfarroneando. — Has podido estar a mi altura. —

— He participado algunas veces en el teatro. — Añadió Malan con mucho orgullo.

— ¡En serio, necesito saber qué ha ocurrido! — Comentó Jackie, incapaz de asimilar lo que había pasado.

Y así es cómo el turno de Charlie había terminado. Él se acercó a los chicos y les preguntó a quién le tocaba, poniéndolos igual de nerviosos. Mientras ellos otra vez se ponían a discutir por quién iba a ser el siguiente, Vladimir le dijo esto a su querida Nadezha con una cara larga: — Esto parece que va para largo…—

— Ni que lo digas…— Dio un suspiro de molestia. — Si Charlie empezó a montar teatro, yo no me quiero imaginar que hará el resto cuando hablen con Malan. —

FIN DE LA QUINTA PARTE

 

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14 de Febrero, centésima decimoquinta historia

Mientras la nieve caía y se acumulaba en las calles de Springfield, Martha Malan, llevando un enorme abrigo de cuero; se dirigía velozmente hacia la casa de Mao. Al llegar al parque que estaba cerca, se encontró con Josefina, que le saludaba animadamente. Tras el saludo, ellas empezaron a charlar:

— ¡Q-qué f-frío hace, y eso que la tele decía que iba a subir un poco la maldita temperatura! — Protestaba Josefina, que, a pesar de llevar un grueso abrigo, tiritaba de frío.

— Eso no debería importarnos mucho, ya que vamos a estar todo el día en casa de Mao. — La mexicana le dio la razón a su amiga y luego añadió alegremente, con una gran sonrisa, mientras recordaba lo calentito que era el hogar del chino:

— Y además, vamos a estar en la cocina… —

Malan sonrió también, diciéndole que era verdad. Había una razón especial para que en aquel día decidieran estar en la cocina, algo que unos días atrás, igual de lluviosos que ahora; se gestó como una propuesta:

— Muy pronto será catorce de febrero, ¡y yo sin tener novio, qué pinche aburrimiento será el día de San Valentín! — Protestaba Josefina, mientras pataleaba como una niña pequeña.

Estaba acostada en el suelo del salón de la casa de Mao, junto con las demás, que le replicaron a su vez:

— Bueno, no eres la única. Este lugar está lleno de solteras. — Eso le dijeron las gemelas. — ¡Así que no te quejes, siempre puedes mandar cartas a tus amigas! — Josefa les dijo molesta que no era lo mismo.

— ¡¿Por cierto, dónde está Mao!? Llevo un rato sin escucharle…— Luego, Jovaka interrumpió la conversación, mientras daba pausa al videojuego que estaba jugando ella, junto con Diana, que protestó. Su pregunta provocó sorpresa en las chicas que le dijeron esto:

— ¡¿No te diste cuenta!? ¡Si hace unos cinco minutos que nos dijo que se iba a su cuarto, a tomar una siesta! — Jovaka se quedó algo boquiabierta, incapaz de creer que no se dio cuenta; mientras las demás empezaron a decirle de forma burlesca que eso le pasaba por estar enganchada a los videojuegos. Después de que la serbia las replicará, Alsancia atrajo la atención de Malan, tocándole un poco el hombro:

— ¿¡Qué quieres!? — Le preguntó Malan y la napolitana le dijo, utilizando el lenguaje de los signos; si había notado algo raro en Mao últimamente.

Empezaba a darse cuenta de que él estaba más vago, menos animado de que costumbre, también se echaba muchas siestas y a veces se le notaba muy deprimido. Y sin saber si su intuición estaba en lo correcto o no, se lo preguntó a Malan, que era bastante más lista que ella. La africana se quedó pensando, si darle la razón o no, porque sabía muy bien lo que le pasaba al chino.

Al final, Martha le respondió: — Tienes razón Alsancia, está bastante raro últimamente…— Y la italiana, con algo de pena, añadió que le gustaría animarlo, algo que también quería la africana. Ella empezó a pensar un poco sobre cómo podrían darle ánimos, aunque fuera un poquito.

Entonces, a Malan se le ocurrió una idea y se levantó del suelo de dónde estaba sentada y les dijo esto: — ¡Chicas, tengo un plan para el día de San Valentín! —

Y así llegamos a un día antes de San Valentín, en dónde toda la tropa se iba a reunir para preparar el plan que se le había ocurrido a Malan.

Tras entrar al barrio de Mao y cruzar algunas callejuelas, se encontraron con Alex, Sanae y Alsancia, transportando un montón de bolsas. Josefina y Malan la saludaron y se acercaron a ellas:

— ¡Oh, cuántas cosas lleváis! — Soltó Josefina, algo sorprendida.

— Pues sí, y pesan una barbaridad. — Le dijo Sanae, mientras le mostraba lo que llevaban. Luego, Alex añadió eufóricamente: — De esto, haremos un gran pastel de bizcocho. —

Después de todo, lo que habían planeado las chicas era simplemente un simple pastel de bizcocho y chocolate para Mao, para dárselo como regalo el día de San Valentín.
Mientras Malan obligaba a Alsancia que le diera las bolsas que llevaba, porque apenas podría sostenerlas, pero no quería soltarlos, no deseaba mostrar que ni siquiera podría llevar las compras; las gemelas empezaron a hablarle a Josefina de todos los ingredientes que compraron.

El viento helador y los copos de nieve que caían delicadamente sobre ellas, le hicieron recordar que tenían que volver a la casa de Mao y empezaron a moverse. Al llegar, pegaron en la puerta y las abrió Diana que las recibió con un animado saludo. Después, las gemelas le preguntaron esto:

— ¡¿Ya se han llevado a Mao de compras!? — Lo decían en voz baja, por si éste seguía en la casa y descubriera la sorpresa que le querían preparar.

— Sí, mamá se llevó a Mao y al tito Leonardo. — Les respondió.
Le contaron a Clementina lo que querían hacer, para que se llevara a Mao mientras ellas hacían el bizcocho; y ésta, bastante conmovida con el gesto, no se negó y se lo llevó de compras, junto con su primo. Aunque su gerente se resistió un poco, porque no tenía ganas de moverse y salir en un día tan frio.

— ¡¿Entonces, has estado sola, Diana!? — Gritó Josefina, que casi le dio algo al escuchar eso. Ya que veía a Diana como una hermana pequeña y se tomaba su papel muy enserio, llegando a ser algo sobre protectora y pesada, pues eso la asustó muchísimo.

— No, Jova está aquí. — Hablaba de Jovaka, quién estaba en el salón, esperándola. — Estoy a punto de dellotarla en un juego. —

Eso no tranquilizó a Josefina, añadiendo esto: — ¿¡Jovaka!? Eso es como dejarle cuidar la casa a una niña de tres años. —

Jovaka, que lo oyó desde el salón, se molestó mucho con ese comentario, pero no dijo nada.

A continuación, las chicas entraron muy animadas a la casa, dejando atrás el frio del crudo invierno para sentir la calidez del hogar.

— ¡Ay, qué calentito! — Exclamaban las gemelas al unísono, mientras se metían en el kotatsu; Josefa, que hizo lo mismo, añadía: — ¡Dios bendiga a Mao y a los chinos por crear esta cosa! —

Malan le quería explicar a la mexicana que eso era algo japonés, no chino, pero era más prioritario decirles esto a las que se sentaron.

— ¡¿Chicas, no deberíamos empezar ahora mismo!? Ya tendremos tiempo para calentarnos ahí. — Le replicaron a Malan, protestando y pidiéndola que le dieran unos cinco minutos para calentarse el cuerpo.

— Entonces, empezaremos nosotras primero. — Les decía Martha Malan, mientras se iba a la cocina, llevándose a Alsancia con ella; y con Diana gritando alegremente que iba a acompañarlas.

Al ver que no iban a esperarlas, las gemelas y Josefa decían: — ¡Espera, espera, Malan! ¡No empiecen sin nosotras! — Salieron del kotatsu y se fueron a la cocina a toda velocidad, como Martha había planeado; mientras Jovaka las observaba, con una cara que mostraba que algo le molestaba.

Ya en la cocina, Malan sacó su tablet y empezó a buscar la receta de la tarta de bizcocho que iban a hacer, mientras las demás se le acercaban y miraban su búsqueda, preguntando impacientemente qué deberían hacer para empezar. No todas, Diana se dedica a sacar las cosas de las bolsas.

Primero sacó los huevos con poca delicadeza, aunque ninguno se rompió, por suerte; después unos limones y un paquete de mantequilla. Entonces, se encontró con algo que le pareció extraño, aunque familiar:

— ¡¿Pol cielto, qué es esto!? — Y se lo preguntó a las mayores, mientras lo sacaba para enseñárselos.

— Es azúcar glas. — Eso les respondió Malan.

Diana se quedó maravillada ante el hecho de encontrar algo que parecía azúcar, pero que no lo era de verdad. Más bien, creyó encontrar una versión superior de ésta y empezó a buscar otras cosas que ella no conocía.

— ¡¿Y esto!? — Sacó otro pequeño saco y se los preguntó a las demás.

— Es bien obvio, Diana. Es harina. — Le respondió Josefina, actuando como si fuera una sabionda, algo que le causó gracia a las demás.

Diana siguió con lo suyo, sacando una bolsa transparente que traía algo que le dejó muda. Parecía carne, pero no lo era. Tras observarlo asombrada por unos segundos, preguntó otra vez: — ¡¿Y esto!? —

— Pues es atún. — Eso le respondieron las gemelas al unísono, antes de seguir con lo que estaba haciendo.

Entonces, el resto se dio cuenta de que había algo raro.

— Espera, un momento…— Josefina le replicó a las gemelas. — ¿¡Por qué habéis comprado carne de atún!? ¡No nos sirve para el bizcocho! —

Tanto Alsancia, que se quedó muy sorprendida, ya que no se había dado cuenta de que habían comprado algo así; como Malan, que no le dio tiempo a formular la pregunta, también se preguntaban lo mismo.

— Pues, verán…— Rieron nerviosamente, antes de continuar. — ¡Estaban de oferta, pero no una cualquiera, sino una súper oferta! —

Estaban justificando un impulso consumista que tuvieron y ellas se dieron cuenta de que habían enfadado un poco a las demás. Mientras sacaban otras excusas para no ser regañadas, Alsancia, avergonzada por no haberse dado cuenta de que ellas hubieran comprado tal cosa y detenerlas, intervino para que nadie se enfadara. Malan se acercó a Diana y sacó todo lo que faltaba. Ahí se dio cuenta de que faltaban cosas.

— ¡¿Y dónde están los yogures!? — Eso dijo Malan, tras comprobar una y otra vez que uno de los ingredientes esenciales no estaban en la bolsa.

— ¡¿No están ahí!? — Gritaron las gemelas, esperando que no hubieran metido la pata. Malan movió la cabeza negativamente y éstas se pusieron a buscar por su cuenta.
— ¡Al parecer, nos lo hemos olvidado…! — Al final, ellas tuvieron que reconocerlo. — ¡Lo sentimos mucho! —

— ¡Compran algo que no necesitamos y se olvidan de algo importante! ¡Deberían tener más cuidado! — Protestó Josefina. — Cada vez que me pasa algo así, mi madre se pone como una furia. — Terminó la frase con su suspiro de fastidio, añadiendo que no tenían remedio.

Alsacia, a su modo, también les pidió disculpas por el error que ellas cometieron. Malan intervino en tono reconciliador:

— No pasa nada, todos cometemos errores. Así que ahora debemos ir por los yogures. — Y las gemelas tuvieron que hacer los honores, yendo a la tienda de comestibles más cercanos para comprarlos.

Tras este pequeño contratiempo, ya estaban listas para empezar con la tarta de bizcocho. Las chicas se pusieron los delantales, solo porque necesitaban sentirse unas verdaderas cocineras, y consultaron lo primero que tenían que hacer. Malan observó su tablet de nuevo y las demás hicieron lo mismo, buscando el primero paso que había que dar.

— Lo primero que tenemos que hacer es cascar los huevos…— Eso soltó Malan tras leerlo, aunque no pudo terminar la frase, fue interrumpida por Diana.

— ¡¿Así!? — Ella cogió uno de los huevos que sacaron y lo iba a cascar contra el filo de la mesa de la cocina de forma violenta.

— ¡No, Diana! ¡No lo hagas! — Le gritaron las chicas, intentado detenerla, pero fue demasiado tarde. Ella cascó el huevo y lleno la mesa de yema.
Tuvieron que perder un poco de tiempo para explicarle a Diana lo que hizo mal, mientras limpiaban la mesa:

— ¡¿Entonces, hay que cascalo en esa cosa!? — Eso preguntó Diana, tras escuchar a Malan, quién le mostraba un bol gigante de cristal para dejarle claro cómo tenía que hacerlo.

— No exactamente. Solo tienes que provocarle una grieta en el huevo lo suficiente grande para separarlo con las manos y echar la yema dentro del recipiente. — E hizo una muestra para que la pequeña lo entendiera, algo que dejó a Diana muy sorprendida y asombrada.

Ésta repitió lo mismo dos veces, mientras les decía a las chicas muy feliz que lo estaba haciendo muy bien. No dejaban de darle la razón, mientras se derretían por la monosidad de la más pequeña de la casa. Después de eso, gritó que había terminado.
Diana estaba poniendo caras de sorpresa y de asombro, mientras observaba como Josefina, Malan, Alsancia y las gemelas estaban batiendo por turnos, echando todo lo necesario para forma la masa con la cual harían la tarta. Estaba tan concentrada viéndolas que eso empezaba a molestarlas:

— Me incómoda un poco que Diana no nos deje de mirar. — Le dijo Josefa en voz baja a Malan. — ¡¿Y si está molesta con nosotras!? —

Después de lo del huevo, Diana espero que alguien le mandara hacer algo, pero como nadie le decía nada, solo estaba observando. Aunque le entró la flojera y esperaba que nadie le dijera algo.

— Sí así fuera, estaría llorando. Solo nos quiere observar, nada más. — Le respondió Malan, mientras echaba la levadura a la masa.

— Aunque hay otra persona que nos está observando…— Entonces, las gemelas Alex y Sanae intervinieron, mientras señalaban hacia la puerta de la cocina. Malan, que dejó de batir, y Josefina miraron hacia esa dirección y lo vieron.

Era Jovaka que, tras percatarse de que le habían descubierto, se escondió de golpe. Las chicas no esperaban que le interesara lo que estaban haciendo, ya que decía que no tenía ganas de hacerlo ni le interesaban.

— ¡¿Qué haces ahí, Jovaka!? — Le preguntó Josefina.

Al ver que ya no podría disimular que no estaba, tuvo que mostrarse e intentó decirle alguna excusa para que no sospecharan.

— ¡¿Eh, yo!? Pues, bueno…— Pero su nerviosismo dejaba claro que estaba ocultando algo. — Nada en realidad, solo pasaba por aquí. Sí, eso es…—

Las chicas adivinaron rápidamente las razones por la cuales las estaban observando, poniendo una sonrisa traviesa. Malan le soltó esto:

— ¡¿Entonces, te interesa participar!? —

— ¡¿Yo!? No sé nada de hacer dulces, ni siquiera cocinar. Me parece muy aburrido y todo eso. — Dieron en el clavo y Jovaka se percató de que ya su cara era como un libro abierto, añadiendo esto: — ¡¿Se me nota, no!? —

Todas movieron afirmativamente la cabeza.

— B-bueno, la verdad es que y-yo…— Le costaba muchísimo decirles la verdad. — También…—

— ¡¿Quieres ayudarnos en hacer la tarta de bizcocho para dárselo como agradecimiento a Mao, no!? — Intervino Malan de nuevo.

— ¡Eso no es…! — Se sentía muy avergonzada. — ¡Sí, es verdad! —

Al ver la reacción de Jovaka, que mostraba una cara que pedía que la tierra la tragase, las chicas empezaron a reírse, ya que les parecía muy gracioso que ella le daba tanto corte decidí ayudarlas. Aunque Malan y Alsancia entendían un poco el porqué actuaba así, no pudieron evitar las risas.

— Bueno, sé que es gracioso y todo eso, pero, pero… ¿¡qué tengo que hacer!? — Añadió Jovaka algo molesta, mientras se acercaban a las chicas.

Las chicas se quedaron pensando en qué tarea podría ocupar Jovaka hasta que se acordaron de que aún no habían pelado el limón, ya que para hacer la receta tenían que rallarlo y usar su piel.

Después de que le explicaron lo que tenía que hacer, Jovaka no se sentía muy segura de poder hacerlo. Con un pelador de patatas en una mano y con un limón en la otra, se quedó en blanco, incapaz de entender cómo empezar.

— Pero yo no sé cómo hacer esto, ¿¡de verdad queréis que haga esto!? —Se puso muy nerviosa, además de que le parecía absurdo. — Además, ¿¡que tiene que ver con la tarta o pastel o cómo se llame!? —

— No querías ayudar, ¡pues, no te quejes tanto! — Le replicaba Josefa muy creída, mientras abría un poco el pequeño paquete de harina. — ¡Aprende de mí, que lo estoy haciendo muy bien! —

Por hablar demasiado, mientras intentaba echar la harina sobre la masa, el pequeño agujero del paquete se abrió al completo y salió todo de golpe, formando una nube de harina que cubrió la cocina durante unos pocos segundos. Las chicas, tras dar un grito de sorpresa, empezaron a hablar:

— ¡Sí, lo estás haciendo muy bien! — Ironizó Jovaka.

— ¡Jo, esto debe ser un castigo de Diosito por no tener mantener la boca cerrada! — Se lamentó Josefa, ignorando las palabras de la serbia.

— ¡No van a matar! — Decían las gemelas, mientras se observaba como la cocina se llenó de blancura. — ¡¿Ahora cómo vamos a limpiar esto!? —

— ¡Genial, esto es como tener nieve en la casa! — Diana, por su parte, le encantó lo sucedido, gritando de emoción y felicidad.

— ¡No pasa nada, podemos arreglarlo, supongo! ¡Es solo harina, después de todo, es fácil de limpiar! — Y cuando Malan terminó esta frase, se oyó unos fuertes ruidos. Todas se preguntaron qué era, aunque lo descubrieron rápidamente, descubriendo con horror lo que había pasado.

Alsancia, que empezó a toser sin parar por culpa de la nube de harina, dio un codazo al bol de cristal en dónde estaban mezclando la mesa y lo tiró al suelo, rompiéndose en mil pedazos.

Al darse cuenta de lo que hizo, a Alsancia casi le dio algo, su cara se puso pálida, como si estaba a punto de gritar, aunque los nervios hicieron que no pudiera hacerlo.
— Ahora sí que Mao se va a enfadar mucho con nosotras…— Dijeron las gemelas al unísono, al ver que habían roto algo de la cocina.

— ¡L-l-lo siento-o m-mucho! — Y Alsancia, que pudo salir del bloqueo, más o menos; intentó disculparse. — Y-yo no…—

Se sentía muy culpable y estúpida, no solo por haber arruinado algo que les estaba costando realidad, sino porque ella era la mayor y no debería estar cometiendo tales errores. Las demás chicas se pusieron manos a la obra rápidamente, porque no querían que Alsancia se pusiera triste solo por una metedura de pata; diciéndola que no pasaba nada, que no estaban enfadadas ni nada parecido. Entre ellas, Jovaka, que añadió esto:

— No es tu culpa, es de Josefina, en todo caso. — Su acusación molestó mucho a la mexicana, que le replicó muy enfadada:

— ¡Oye, fue un accidente, no me esperaba que se rompiera de esa manera! ¡La culpa la tiene lo que hicieron el paquete! —

Y podrían haber tenido una pelea, sino fuera por Malan que intervino al momento y les dijo que nadie tenía la culpa, fue solo un accidente y que no era la hora para montar una discusión, porque tenían cosas que hacer.

— ¡No sabemos cuándo van a volver, pero creo que aún tenemos tiempo suficiente! ¡Así que vamos a reorganizarnos, chicas! — Gritó Malan a pleno pulmón, a continuación, como si fuera de repente se hubiera vuelto el líder de algún escuadrón o ejercito. Todas le preguntaron cómo iban a hacer eso y ella les respondió de forma clara, mandándoles órdenes:

— ¡Alex, Sanae, salgan a comprar de nuevo los ingredientes que hemos desperdiciados! ¡Jovaka, Alsancia, empezar a limpiar la harina que se desperdigado por la cocina! ¡Josefina, Diana, llamad a Clementina y pedirle que alargue las compras! ¡Yo me pondré a recoger los cristales! ¡Vamos, apenas hay tiempo! —

Un fuerte entusiasmo se apoderó de las chicas, que gritaron en alto que sí, mientras empezaban a prepararse para cumplir con sus obligaciones.

Dos horas después, ellas habían conseguido su cometido. A pesar de varias pequeñas meteduras de pata, pudieron superarlas y terminar con la dichosa tarta de bizcocho. Ahora la estaban sacando del horno, mientras preparaban el chocolate líquido para echárselo encima.

— ¡No sé cómo lo hemos conseguido, pero por fin hemos hecho esto! — Decía Josefina, incapaz de creérselo. El accidente de la harina la hizo creer que le habían maldecido con mala suerte y no podrían terminarlo.

— ¡Y nosotras creíamos que íbamos a tener muchísima mala suerte y no tendríamos tarta para mañana! — Algo que también pensaba las gemelas.

— No exageren tanto, solo tuvimos unos percances de nada. Pequeños contratiempos que se podría superar fácilmente. — Les replicó Malan, mientras terminaba los últimos preparativos para la tarta.

Si no fuera por Malan, que gestionó perfectamente la situación, mandando órdenes, animando a las chicas, explicándoles todo lo necesario de forma clara y concisa; pudo evitar que algo que parecía tan fácil como hacer una tarta se volviera una verdadera odisea. Aunque le hubiera gustado ver como sus amigas hubieran enredado la situación hasta llegar a niveles absurdos, ella tenía un deber que cumplir.

Éste era un regalo de agradecimiento para su querido y amado Mao, no solo de ella, sino de todas las demás. Además de tener como objetivo animarlo para que superarse aquella depresión que estaba sumiendo.

— Ahora que lo pienso, tiene una pinta deliciosa. — Y las gemelas, con solo verlo, le entraron hambre. — ¡Deberíamos probar un poco! —

— ¡No! — Les replicó autoritariamente Malan. — ¡Esto es para Mao, recuerden! —

— Pero es que…— No había excusa que vagará, casi todas le dijeron que no, que le habían costado mucho sudor y sangre hacerle la tarta.

Y así es como ellas terminaron con aquella tarta que hicieron con todo su corazón, escondiéndola en un lugar seguro para que ni Diana, que también quería probarlo y les pidió un trozo, ni las gemelas intentaran probar ni un solo bocado del bizcocho. Aquel helador trece de Febrero terminó para dar paso al catorce, al día de San Valentín, igual de fresco que el anterior.

— ¡Qué aburrido se ve la tele hoy! ¡Lo único que salen son programas hablando sobre cosas románticas o cómo le están yendo este día! — Eso decía Mao, mientras cambiaba de canal compulsivamente. Estaba tan aburrido que no dejaba de dar bostezos.

— Es normal, hoy es San Valentín, el día de los enamorados. — Le replicó alegremente Clementina, quién estaba de muy buen humor, poniendo una cara de boba feliz tan inusual que Mao se preguntaba, muy extrañado y algo asustado, qué le había ocurrido. También le pasaba algo parecido a Leonardo, que actuaba igual. Aún así, no le daba mucha importancia.

— Eso ya lo sé, el día en que a alguien le matan porque casaba a la gente o algo así…— Añadió su gerente, recordando cómo Malan le explicó esta curiosidad alguna vez.
Clementina no respondió, seguía estando en sus fantasías, bastante alejada de la vida real. Y no solo ella y su primo estaban raros.

— ¡¿Por cierto, qué os pasa a vosotras, por qué estáis tan inquietas!? —
Les preguntó a Alsancia, Jovaka y a Diana, las cuales estaban esperando impacientemente a algo. La serbia iba de un lado a otro con los brazos cruzados, susurrando; la pequeña de la casa no paraba de decir una y otra cuando iban a llegar, mirando el reloj una y otra vez, y la napolitana no dejaba de tener tics nerviosos que mostraban que estaba muy agitada.

Al preguntar, las chicas le respondieron nerviosamente: — ¡No es nada, nada de nada! —

Mao sabía que tenían algo en mente, pero en vez de presionarlas y saberlo, decidió no insistir y esperar. De todos modos, no creía que fuera algo grave y siguió con lo que estaba haciendo, es decir, no hacer nada.

Alsancia, Diana y Jovaka esperaban que las demás llegasen pronto a la casa de Mao, para poder darle la tarta todas juntas. Eran las tres y media de la tarde, hacía un buen rato que se terminaron las clases, así que ya deben estar yendo hacia aquí.

Y por fin llegaron. Entraron como un huracán, anunciando que llegaron a gritos, como anunciando la venida de una nueva era. Las que estaban en el salón saltaron de alegría, concluyeron así su impaciente espera.

— Hoy también vienen muy animadas…— Añadió Mao, sin saber lo que le estaba esperando. —…más que de costumbre. —

Las chicas que estaban en el salón se fueron a recibir a las que estaban en la tienda, mientras hablaban en voz baja, con la intención de que Mao no se hubiera dado. Éste, aunque picado por la curiosidad, siguió observando la televisión como un zombi, porque le daba mucha pereza moverse. Éstas, entre cuchicheos, yendo de un lado para otro, sacaban la tarta de bizcocho de su escondijo.

Cuando ya estaban preparadas, todas se pusieron detrás de él y gritaron su nombre: — ¡Mao! —

— ¡¿Qué pasa!? — Y éste se levantó de dónde estaba acostado y giró su cabeza hacia ellas.

Entonces, vio a Jovaka, Malan, Alsancia, Diana, Alex, Sanae y a Josefina, a todas las chicas, gritarle con gran alegría esto, con una tarta de bizcocho y chocolate siendo sostenida entre las manos de la mexicana:

— ¡Feliz Día de San Valentín, Mao! —

Se quedó callado, mostrando una cara de sorpresa que apenas se notaba. Entonces, recordó la insistencia de Clementina de llevarlo de compras el día anterior y todo encajaba. Las chicas le habían preparado una tarta dedicado para él. Y tras quedarse mudo, lanzó esta conclusión:

— Así que esto era lo que estabais tramando…—

— ¡¿Y esa reacción!? — Josefa se sintió algo desilusionada, se imaginaba algo mejor. También las gemelas, que añadieron esto: — ¡Deberías estar gritando de felicidad porque te hicieron algo para no sentirte mal por ser una solterona! —

Esas palabras que soltaron ellas provocaron que Mao empezará a reírse, dando carcajadas de felicidad. Sabía que ellas tramaron algo, pero él no se esperaba esto. No solo fue una grata sorpresa, sino que lo emocionó tanto que le entraron ganas de llorar, algo que no desearía mostrarle a aquellas chicas. No solo por la vergüenza ni porque era una especie de líder para éstas y tenía que aparentar que era fuerte, también porque no deseaba preocuparlas.

— ¡De verdad, ha sido una buena sorpresa! ¡No es mi culpa por no poner caras exageradas ni gritar, ni me hace falta hacerlo! — Eso añadió con una gran sonrisa que dejaba claro que le gustó aquella sorpresa. Todas las niñas se pusieron muy felices.

— ¡¿De verdad!? — Dijo Josefina. — ¡¿En serio!? — Exclamaron las gemelas. — Me alegra mucho…— Añadió Malan.

— ¡Lo hemos hecho con todo…! — Jovaka casi iba a decir una cursilería y tuvo que cambiar de frase. — ¡Bueno, nos hemos esforzado mucho y todo ese rollo! — Todas le miraron con una sonrisa burlona, al adivinar lo que iba a decir, mientras la serbia miraba hacia otro lado, ruborizada.

— ¡Yo también he alludado! ¡Yo también! — Intervino Diana, gritando esto con muchísima honra, para que Mao se sintiera orgulloso de ella.

— ¡E-esto es un a-agradeci…! ¡Es…! — Y Alsancia se llenó de valentía para decirle esto. — ¡E-es un agradecimiento! — A pesar de su tartamudeo no se lo permitía. — ¡G-gracias por todo! — Al final, lo consiguió.

Entonces, las demás, queriendo imitar a Alsancia, no se contuvieron y le dijeron todo esto, a pesar de lo vergonzoso y cursi que parecía decirlo:

— ¡Gracias por ser nuestra amiga! ¡Por ayudarnos cuando has podido, por soportarnos, por todo! ¡Absolutamente todo! —

Mao se quedó tan conmovido que no pudo más y, de sus ojos humedecidos, empezó a correr lágrimas por su rostro. Las chicas le preguntaron qué le pasaba y éste respondió, mientras intentaba ocultar su cara:

— ¡No es nada, solo me han entrado algo en los ojos! ¡O estoy sudando por ellos o lo que sea! ¡Pero no estoy llorando! —

Las niñas empezaron a cachondearse de la insinceridad de éste, mientras él no dejaba de soltar tonterías, incapaz de aceptar que les habían hecho llorar.

— ¡Se nota que te quieren mucho! — Añadió Clementina con una sonrisa alegre, en voz baja, mientras veía la escena.

— ¡Ya no importa que haya llorando! ¡Ahora nos vamos a comer la tarta, todos juntos! ¡Porque esto es demasiado para mí! — Soltó el chino esto a continuación, intentando cambiar de tema.

Las gemelas y Diana gritaron de alegría al ver que iban a probar aquella tarta que hicieron. Malan añadió burlonamente que eso era parte del plan, mientras Mao llamaba a Leonardo para que se uniera. Josefa le preguntaba a Clementina si aún seguía en dieta, quién esquivó aquella pregunta, para no perder la oportunidad de comer aquel postre que tenía buena pinta. La pobre de Alsancia no se atrevía a decirles a los demás que ella no podría comerlo, ya que crecía que solo iba para el chino, mientras Jovaka dudaba un poco en coger algún trozo, porque no sabía si estaba bueno o malo.

Y así, con todo el mundo comiendo, se termina esta historia sobre el Día de San Valentín.

FIN

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Última parte, centésima decimacuarta historia

En lo más profundo del bosque se encontraba ese hombre llamado Roman Pilsudki, buscando entre la maleza y los árboles algún tipo de rastro, como si fuera un cazador que perseguía a su presa. En realidad, eso era lo que él estaba haciendo. Sus presas no eran simples animales, sino personas, que no eran nada más ni nada menos que sus propias hijas y su amiga, unas pobres niñas que decidió ejecutar por motivos estúpidos y fuera de toda lógica. Fastidiado por llegar más de dos o más horas buscándolas, aquel monstruo no dejaba de soltar insultos y de exigirles a gritos que saliesen de su escondite. Llegó al punto de desperdiciar una bala con la intención de asustarlas y provocar que saliesen corriendo como ciervos asustados.

— ¿Os creísteis muy listas, no? Pues, lo siento mucho, pero sé que estáis cerca, ¡Vuestras huellas os delata! ¡Seguid escondidas, no pasa nada, porque os encontraré! —

Eso dijo él, después de disparar aquella bala; y luego soltó unas risas muy aterradoras. Y al pasar quince minutos, Roman no vio ninguna reacción, aún no las había encontrado.

— ¡Mierda, ¿por qué no salen de una puta vez?! — Comentaba, muy molesto. — ¡¿Por qué me tienen que obligar a buscarlas!? —

Gracias a las pocas huellas que ellas dejaron en su precipitada carrera, él pudo suponer que se fueron al sur y poquito a poco se acercaba hacia la cueva en dónde ellas tres se escondieron. Aún así, estaba de muy mala leche, tener que buscar sus rastros en medio de la noche, a pesar de que tenía una linterna, le ponía de los nervios.

Y estaba tan absorto en buscar cualquier huella de niña en el suelo que ignoraba que él estaba siendo observado desde unos pocos minutos.

Entonces, ahí fue cuando una de esas personas se mostró y le dijo esto:

— ¡Ya puedes dejar de buscar, papá! ¡Aquí estoy! —

El padre, que estaba agachado en el suelo, se levantó y observó como su hija Aleksandra se interpuso en medio de su camino, intentando mostrarse desafiante y valiente, aunque se le notaba el miedo que le tenía, ya que temblaba como un flan. Éste rió siniestramente, antes de hablar:

— ¡No sé si eres realmente estúpida o valiente…! Pero me alegro de que hayas aparecido, así puedo matar a alguien. —

Sanae no dijo nada, solo estaba observándolo, mientras recordaba lo que habían acordado antes:
— ¡Es un plan estúpido y suicida! ¡Papá te matará al momento! — Le gritó Sanae a Alex, tras escuchar el plan que ella decidió hacer. Le horrorizó, ya que su querida hermana iba a ponerse en peligro.

— Es verdad, es bastante arriesgado… No podemos dejar que actúes como cebo. — Y Malan le dio la razón a Sanae. Era un plan decente, pero quería evitar riesgos innecesarios.

— Yo, la verdad… — Las replicó con muchísima duda. — Sé que es una locura y una tontería, quizás…— Ni ella misma confiaba que saliera bien. — Aún así, creo que es nuestra última oportunidad. Por alguna razón, sé que papá no me matará de repente. —

Hubo varios momentos en que su padre perdió el tiempo o cometió errores tan tontos que parecían haber sido a consciencia, como si una parte de él se negaba a matarlas. Con esa débil certeza, ella pensaba que podría salir ilesa. Aún cuando el padre de las gemelas perdiera un minuto o dos, armándose de crueldad para darle una bala en la cabeza; tenía tiempo para sobrevivir.

— La otra vez, cuando entró en el cuarto a apuñalarnos, perdió un tiempo muy valioso. También cuando estábamos en el coche y escapamos de esa forma tan tonta…— Malan se también se dio cuenta de eso. — Pero, no podemos garantizar que haga lo mismo por tercera vez. —

Al ver que no podría convencer a Sanae y a Malan, Alex, que creían que no tenían más oportunidad, salió corriendo hacia dónde estaba su padre.

A pesar de que intentaba creer que podría sobrevivir y de su miedo a morir, a dejar sola a la persona que más quería en este mundo; en su interior crecía poquito a poco una especie de sentimiento que ella apenas entendía, que le decía que tenía que hacerlo, era su deber como hermana, y como amiga.

Si con ella como cebo, aunque cuando resultase herida o muriese, podría salvar la vida de Sanae, no le importaría. Tampoco con Malan, que con ella tenía una gran deuda. Decidió ponerse en peligro, ir a la boca del lobo, solo para poder salvarlas. Y eso hizo, evito que las hubieran acuchillados mientras dormían tranquilamente en la cama. Sin la africana, a pesar de que no pudieron escapar, estarían muertas.

Aún así, sabía que no debía morir. Sanae la necesitaba, le prometió que iban a estar juntas siempre. Todo el esfuerzo de Martha sería en vano. Le daría un gran disgusto a su jefa. Josefina y las demás se deprimirían.

— Entonces, ¡vamos a demostrarlo! — Eso les gritó a las otras dos, totalmente decidida a acabar con esta pesadilla.

Sanae le dijo que no lo hiciera y Malan que se detuviera. Al ver que no tenían más remedio que comenzar con su alocado plan, la empezaron a seguir.

El padre, tras ver su sepulcral silencio, siguió hablando de forma altanera:

— Y bueno, ¡¿has venido aquí a detenerme o dejarte morir, mientras dejas que las otras dos se escapen!? Eso es muy noble de tu parte, pero será en vano. Morirás como un perro, completamente sola…— Entonces, alguien le interrumpió.

— Ni una mierda…— Era Sanae, quién salió de entre los árboles y cogió de la mano a su hermana y miró hacia su padre. — Alex no morirá sola, si lo hace será junto a mí. —

— ¡¿Por qué!? — Preguntó consternada Alex. Su plan era que ella fuera el cebo, no que su hermana se le uniera.

— Tú lo prometiste, íbamos a estar juntas como siempre. — Le respondió con lágrimas en los ojos. — Hasta que la muerte nos separe. No, estaremos juntas hasta después de morir. —

Emocionada por las palabras de su hermana, Alex movió afirmativamente la cabeza, mientras empezaba a llorar sin parar. Éstas se miraron la una a la otra durante varios segundos, decidiendo con la mirada que iban a hacer.

— ¡Papá, es tu última oportunidad! — Entonces, le dijeron al unísono estas palabras.

— Sabemos que lo has pasado muy mal, que no pudiste soportar el peso que te pusieron. No sabemos qué es lo que realmente te ha pasado ni de cómo perdiste la cabeza, pero nosotras hemos intentando no huir de ti, de soportar algo que no entendíamos y que era demasiado para unas niñas. Al final, fue demasiado, te volviste de un padre amoroso y amable a un loco que podría acabar con nuestras vidas. —

Dieron una pequeña pausa para ver si su padre reaccionaba. Éste no dijo nada y ellas continuaron:

— Pudimos aguantar mucho tiempo, porque eras nuestro padre, porque te queríamos y éramos una familia. Y después de todo lo que hemos pasado, no podemos odiarte, porque lo sigues siendo… —

Entonces, le gritaron esto, apelando desesperadamente al padre que ellas tuvieron una vez, a los restos de cordura que quedaban dentro de aquel loco llamado Roman Pilsudki:

— ¡Por eso, te pedimos, te rogamos, que pares esta locura! —

Aquel grito se oyó por todo el bosque y como un débil eco en las montañas más próximas, y dejó al padre de las gemelas sin hablar, con la boca abierta y con los ojos abiertos como platos. Esas palabras lo paralizaron, lo dejaron en blanco; como si hubieran atravesado a su podrido corazón como si fuera una bala. Las gemelas rezaban fuertemente, mientras seguían cogiéndose de la mano, apretándolos con más fuerza que nunca, como si estuvieran pidiendo un deseo a una estrella. Pasó varios segundos, hasta que él pudo reaccionar.

Puso una sonrisa enferma, para luego reír monstruosamente. Las gemelas, con un rostro lleno de horror y de tristeza, supieron que no podrían hacer nada por él. Hace tiempo que su padre murió, ese solo era un monstruo que llevaba su cuerpo:

— ¡¿Os creísteis que me vamos a ablandar con esas tonterías!? — Gritaba de forma perversa y burlona, mientras cogía la pistola, decidido a hacer una locura. — Os tengo que matar, es la única manera…—

Entonces, mientras se ponía en posición para dispararlas, algo chocó contra él y le tiró al suelo de forma muy violenta, destrozándole el hombro con el sostenía la pistola. Dio grandísimos gritos de dolor, mientras comprobaba como el hombro le sangraba por la herida que le dejo aquel artefacto, que era solamente una piedra.

Entonces, giró la cabeza hacia atrás y la vio:

— ¡¿Qué decías, qué tenías que matar a tus hijas!? — Alguien le soltó esto, con una sonrisa desafiante. — Si es así, entonces tendré que detenerlo, señor Pilsudki. —
Era Martha Malan y llevaba la honda que había preparado con sus propias manos. Con él, lanzó una piedra que salvó a las gemelas, y ella se estaba preparando para lanzar otra hacia al padre de las gemelas.

Y este era otra fase del plan que se le ocurrió a Alex. Ésta no iba a aparecer delante de su padre a ejercer de cebo, así como así. Era una distracción para que Malan se pusiera detrás del padre y ésta le atacará con piedras. Parecía que todo estaba funcionando como lo habían planeado.

— ¡Serás hija de puta, maldita niñata insolente! — Le gritó muy enfurecido Roman, mientras intentaba llegar a la pistola, que estaba a medio metro de él.

Malan tiró otra piedra a la velocidad del rayo con la intención de alcanzar la pistola y que ésta se rompiera o, por lo menos, se alejará. Al ver que falló y el padre pudo coger la pistola, ella les gritó a las gemelas:

— ¡Chicas, escondeos, rápido! — Y éstas le hicieron caso, escondiéndose detrás de unos árboles lo más rápido posible.

Martha perdió el tiempo en coger otra piedra y lanzárselo al padre, el cual se levantó del suelo y la disparó. La bala salió volando hacia la cabeza de la africana, mientras ésta se tiraba al suelo. La piedra se dirigía hacia la frente de Roman, quién apenas pudo soportar el retroceso del arma. Iba a caer al suelo, pero se mantuvo en pie, mientras se lastimaba aún más el hombro. Esa fue su perdición. Las gemelas gritaron de horror, porque creyeron que habían alcanzado a su amiga.

La bala literalmente la pasó por los pelos, sin sufrir daño alguno; mientras chocaba contra el suelo y caía sobre la maleza. Sin embargo, Roman no tuvo tanta suerte. La piedra chocó contra su cabeza y lo tiró contra al suelo, provocándole la segunda herida que tenía en esa parte del cuerpo en aquella noche; mientras gritaba de dolor.
Las gemelas estaban paralizadas, creyendo que Martha murió, pero ésta se levantó, incapaz de creerse de haber salido viva. Lo primero que dijo fue gritarles esto:

— ¡Coged la pistola, rápido! ¡Antes de que se levante! —

Gracias a eso, pudieron salir de la parálisis y se acercaron a su padre. Alex cogió la pistola y la puso sobre él. Martha también se acercó con la honda preparada.

— ¡Papá, ya es momento de rendirse! — Le gritó Alex. — ¡Podemos matarte! —

— Nosotras no queremos ensuciar nuestras manos de sangre, ¿lo entiendes? Esto es cuestión de defensa propia. — Comentó Malan.

— No queríamos llegar a esto…— Añadía Sanae, llena de tristeza. — Por eso, ríndete. Si sigues en ese plan, no podemos tener más remedio que matarte. Y yo no quiero eso…—

Todo había terminado, ahora Roman estaba en desventaja. Si se resistía o decidía seguir su idea de matarlas, no tenían más remedio que convertirse en asesinas. Ninguna lo deseaba, sobre todo las gemelas, que querían a su padre, aunque estuviese tan loco para querer matarlas. Rezaban con todo su corazón para que él se rindiera de una vez, esperando su respuesta.

Tardó casi un minuto en reaccionar, mientras se tapaba con las manos la herida que le dejó aquella piedra, poniendo una cara de sufrimiento que desgarraba a las gemelas, las cuales intentaba mostrarse fuertes.

Entonces, empezó a gritar como loco, diciendo una y otra vez lo mucho que le dolía la cabeza. Y empezó a salir lágrimas en sus ojos.

— ¡¿Por qué!? ¡Duele mucho! ¡¿Por qué, por qué!? ¡¿Qué son todos estos recuerdos…!? ¡Son horribles,…! ¡Duelen, estos recuerdos…! —

— ¡¿Qué te ocurre, papá!? — Le gritaron muy asustadas las gemelas.

— Es tan gracioso, muy gracioso…— Y empezó a reírse. — ¡¿Por qué, por qué hice eso!? — Con una expresión llena de dolor y horror. — ¡¿Por qué maté a mi mujer, por qué!? —

— Espera, ¿¡qué!? — Las gemelas, horrorizadas, apenas comprendían nada.

— Ya lo recuerdo todo… No, siempre lo supe… — Miles de toneladas de información torturaban su cabeza. — Yo fui el que puse la bomba, yo fui el que motivara a mis hijas a jugar con el mando a distancia del coche, que ella las matará, porque no me atrevía…—

El hecho de oír de que su padre les confesará que, en realidad, él fue quien ideó el atentando e usar a sus propias hijas para matar a su madre, destrozó los corazones de Sanae y Alex.

— No puede ser verdad…— Comenta incrédula Sanae. Alex añadió, llena de furia: — Y luego, tú nos hechas en cara que fuimos nosotras… —

Y casi iba a apretar el gatillo, incapaz de controlar su rabia y odio; pero Malan la detuvo, diciéndole que no hiciera una locura.

— Yo la amaba, de verdad. La quería tanto…— Reía amargamente. — Eso me pregunto yo. Eso me pregunto yo…— Se puso las manos en la cabeza, mientras ponía cara de psicópata. — pero fueron órdenes… de la CIA…—

— ¡¿Cómo que órdenes!? — Ya no sabían si perdió definitivamente la razón o la piedra le traumó tanto que le hizo ver la verdad.

— Supongo que no lo sabéis, pero no hay nada más horribles y enfermo en este mundo que las agencias de inteligencia. Los espías somos muñecos de usar y tirar, personajes que solo pueden estar en la sombra y solitarios. Yo me uní por desesperación. Creía que solo iban a robar y pasar información de mafias y organizaciones malignas. Pero fui usado, engañaba y me aliaba con mafiosos y otros monstruos, para provocar monstruosidades en todas partes de Europa del Este y Oriente Medio, por presuntos intereses de unos pocos, que ni siquiera eran de la nación. Mis malditos superiores creaban y se montaban operaciones sucias de todo tipo para hundir países y regiones solo por motivos económicos. A veces, ni eso, necesitaban crear problemas para justificar su propia existencia. Yo tenía que participar, marcharme las manos una y otra vez. Era vomitivo. No sé cómo aguante, pero todo llegó a tener su sentido cuando la conocí en una misión… —

— ¡¿A nuestra madre!? — Gritaron las gemelas. Éste no dijo nada, ya que era bien obvia la respuesta; y siguió hablando:

— Era inteligente, perspicaz, culta, adorable, con una fuerza de voluntad de hierro. Además de que era muy buena en la…— Cambió de tema, aunque las chicas sabían exactamente a qué se refería. Se pusieron rojas. — Bueno, eso no importa. Nos juntamos en varias misiones y nos enamoramos. Ya sabeís, nosotros estuvimos mucho tiempo juntos, nos hicimos novios y nos casamos…Y tuvimos adorables hijas. Aún así, seguimos trabajando para nuestras agencias de inteligencia, hasta que un buen día…— Mostró un gesto de puro dolor, al recordarlo. — Ella había descubierto los trapos sucios de varias organizaciones, entre ellos, la suya y la mía; e iba a sacarlo todo a la luz. Iba a crear un escándalo que podría afectar a todo occidente, así que me obligaron a hacerlo…— Todos recuerdos no paraban de hacerle daño. — Tenía que matarla, fuera lo que fuera, y si les desobedecían yo también me volvería una objetivo. No tuve más remedio. —

— Por eso, ser espía es horrible. Las agencias de inteligencia son una horda de enfermos que solo crean un mundo horrible. Es un estado dentro de un estado que destruye todo lo que toca. Naciones, personas, vidas…—

Y volvió a reírse, después de levantarse del suelo y gritar esto:

— Son horribles, ¿¡por qué participe con ellos?! —

— Alex y Sanae, ¿¡por qué queréis ser espías!? — Luego, se dirigió hacia ellas, que apenas pudieron reaccionar. — Vosotras, estáis locas…—

Malan quiso replicarle que no era la persona más adecuada para eso, pero no dijo nada, intenta seguir escuchando lo que estaba diciendo.

— Os dije que mi excusa para mataros era por qué asesinasteis era vuestra madre, ¿no? Era mentira, como todo lo que dije…—

Dio una pequeña pausa, para soltar un suspiro de fastidio, mientras se limpiaba las lágrimas. Luego, continuó:

— ¿¡Por qué quería mataros!? ¡¿Es por qué yo tenía miedo de vosotras, al querer ser espías como yo!? ¿¡Es por qué eráis mi propia sangre, el de un asesino, creyendo que así podría purgar por todas las cosas que hice!? ¡Yo, ahora, no lo sé! Ni siquiera entiendo por qué lo odio todo y deseo matar todo lo que pueda. — Por primera vez en mucho tiempo, sentía una especie de liberación y se dio cuenta de lo que era. — ¡¿Cuándo me convertí en esto!? ¡¿Cómo empecé a ser un psicópata, que solo deseaba matar a gente, ya sea montando un suicidio colectivo en una secta o eliminar a punta de pistola a mis propias hijas!? —

Ni él mismo entendía lo que le pasaba, era como si esos sentimientos de odio y de rabia hacia todo lo que quería quemar habían desaparecido de golpe.

— Papá…— Para ellas, era como si su padre, el verdadero; había vuelto de su encierro. — Nosotras…— E iban a decirle algo, pero las interrumpió:

— ¡Odiarme, yo lo llevo hace tiempo! — Esa era la única certeza que tenía, él se volvió en un ser horrendo, que perdió la cordura hace tiempo. ¿Fue por la depresión que le causo la muerte de su esposa, la culpabilidad de haberla matado o el deseo de sus hijas por ser espías? ¿O todos a la vez? No lo sabía, pero entendía muy bien que hizo mucho mal al mundo.

— Has hecho cosas horribles, pero sigues nuestro padre…— A pesar de todo, las gemelas tenían la esperanza. — Aún así, a pesar de todo, no podemos…—
Tenían la esperanza de que pudieran ser una familia de nuevo, de que su padre, que pudo escapar de la demencia, podría volver el de siempre. De poder superar esta horrible pesadilla que tuvieron con él. Después de todo, aún cuando él mató a su madre, intentó provocar un suicidio colectivo e intentó asesinarlas querían perdonarlo, aunque pensaba que tenía que pagar por sus crímenes o ir al manicomio.
Pero él las interrumpió drásticamente, diciendo esto con una voz amarga y desoladora:

— Lo siento mucho, pero ya he hecho demasiado daño. No es seguro que sigan estando conmigo. Saben, no solo quería matarlos, también deseaba suicidarme. Mi plan, desde el principio, también era acabar conmigo mismo. Y es lo que haré. —
— ¡¿Papá!? — Gritaron las gemelas. — ¿¡Qué vas a ha…!? —

Ni siquiera tuvieron tiempo para poder reaccionar a tiempo, él sacó una pistola, mostrando que tenía dos en realidad; y se pegó un tiro en la cabeza con total frialdad. La bala atravesó la cabeza y el cuerpo sin vida cayó al suelo.

Alex y Sanae, que fueron salpicadas por la sangre de su padre, dieron un fuerte grito de horror que se oyó por todo el bosque. Luego, empezaron a decir su nombre una y otra vez, con la falsa esperanza de que siguiera vivo, mientras lloraban desesperadamente. Malan, sobrecogida por la escena, no pudo sostenerse y cayó al suelo, mientras se ponía a vomitar. No importaba cuanto intentaban creer las hijas que se pudiera salvar, la realidad es que había fallecido. Roman Pilsudki se suicidó en pleno amanecer, delante de los ojos de unas pobres niñas.

Dos horas más tarde, la policía llegó al lugar, junto a una ambulancia que vino para darles asistencia médica a las niñas. Estaban en el mismo claro dónde Roman dejó el coche. Fueron llamados gracias al móvil de éste, que Martha encontró dentro del coche, evitando que tuvieran que recorrer un largo camino hacia la civilización, ya que apenas podrían andar, después de todo lo que había pasado.

Y ellas se encontraban dentro de la ambulancia, sentadas en cada lado del automóvil y con mantas. Pasó unos pocos minutos desde que un psicólogo habló con las chicas. Había un silencio bastante incómodo, ya que ninguna estaba en condiciones de hablar.

Martha Malan no dejaba de mirar de reojo a las pobres gemelas. Con una expresión triste, se sentía muy preocupada por sus amigas. A diferencia de ella, que intentaba desesperadamente olvidar aquella escena que vivió, cuya mente no dejaba de recordárselo y le provocaba más que horror y ganas de vomitar; Alex y Sanae parecían no tener vida, como si se hubieran vuelto unas muñecas. El choque que les causó la muerte de su padre obviamente fue muy fuerte para ellas. Apenas reaccionaban y hablaban, solo miraban cabizbajas al suelo, mientras se sostenían fuertemente las manos. Si no fuera por la africana, que las cogió de las manos y se las llevó, sin que estás mostrarán resistencia; seguirían abrazadas ante el cuerpo inerte de su padre.
Se sentía muy enfadada por cómo habían terminado las cosas y no dejaba de preguntarse si hubiera podido haber evitado esta fastidiosa situación. Se preguntaba sin parar qué hubiera hecho Mao en su lugar, que haría él para poder consolar a las gemelas; porque se sentía incapaz de hacerlo. Por lo menos, consiguió haber protegido a Alex y Sanae, tal y cómo le prometió.

Entonces, ella escuchó a alguien gritar su nombre. La reconoció enseguida, era su madre que corría como una condenada hacia su preciosa hija.

— ¡Martha, Martha! ¡Gracias a Dios qué estés bien! ¡Oh, no me vueltas a dar ese susto otra vez, jamás de los jamases! —

Saltó sobre ella y la abrazó con todas sus fuerzas, mientras lloraba como un bebé.

— ¡Menos mal! — Y su padre también estaba, dando un gran suspiro de alivio y felicidad al verla sana y salva. También lloraba a mares. — ¡Estás bien! —

Martha no sabía cómo explicarles los que les paso. Ella solo les dijo que iba a pasar unos cuantos días en la casa de unas amigas. No se atrevía que, en realidad, tenía la sospecha de que el padre de las gemelas iba a matar a sus propias hijas y ella intentó evitarlo, poniéndose en peligro. El problema no era que la historia fuera absurda, sino que a sus padres les daría un gran infarto si se los contará. Aún no se sentía preparada para decírselos.

— Papá, mamá, yo…— Intentó decirlo. — ¡Lo siento mucho, de verdad! ¡Yo no quería preocuparos! ¡Ha sido horrible, realmente horrible! ¡H-he, pasado muchísimo miedo! ¡Creía que iba a morir!—

Pero, al recordar todo lo que sufrió y todo el miedo que pasó, ella no pudo evitar ponerse a llorar, mientras abrazaba fuertemente a su madre. Fue demasiada fuerte durante toda aquella noche, a pesar de todo; pero aquella fortaleza tenía un límite y se rompió. Después de todo, seguía siendo una niña, a pesar de su madurez y sangre fría.

Y aquel llanto desgarrador, que no dejaba de pedirles perdón a sus padres por haberles preocupado de esta manera; hicieron reaccionar a las gemelas, las hizo volver a la realidad.

— ¡¿Podrías explicarnos lo qué ha pasado!? — Le preguntó su padre, con mucha seriedad, como si se preparaba para regañarla. — ¡Tú jamás nos has dado un disgusto, no entiendo cómo has terminado así…! —

Y eso que no sabía que ella ha pasado por un montón de cosas que podrían darles más de un disgusto, pero ella era una experta en ocultarles cosas a sus padres.
Entonces, las gemelas intervinieron, para ayudar a Martha Malan:

— ¡No la regañen! — Le decían al padre. — ¡Ellas nos salvó! ¡Es nuestra culpa! ¡Solo nuestra! —

— ¡¿Chicas!? — Decía una Martha algo sorprendida, al ver que ellas pudieron volver del choque emocional.

— ¡Vuestra hija es una heroína! — Gritaban al unísono. — ¡Sí, una de verdad! —

— ¡Ella fue increíble! — Intentando actuar muy enérgicas, apenas de lo deprimidas que estaban. — ¡Deberían estar muy orgullosos de ella! —

— Creo que están exagerando…— Les replicó, mientras se limpiaba las lágrimas.
Después de todo, ella no podría tener todo el crédito. Las tres colaboraron e hicieron todo lo posible para poder sobrevivir a aquella pesadilla.

— ¡Es la pura verdad! — Gritaron fuertemente. — ¡De la buena! —

— Si lo decís, entonces, es verdad. — Eso les decía amablemente a las amigas de Malan. — No, la regañaré, os lo prometo. Aunque quiero que me expliqué todo lo ocurrido y darles unos cuantos consejos para que no se ponga en peligro inútilmente. —

— ¡¿Eso quieren decir que la van a regañar…!? — Protestaron las gemelas, ya que dejaba claro que iba a regañar de forma muy sutil.

— No importa, yo asumí los riesgos…— Les respondió Martha Malan, mostrándose muy confiada. — Los soportaré. —

— ¡Pues, yo también te voy a regañar como Dios manda! — Gritaba la madre de Malan, muy enfadada. — ¡Darle estos sustos a tu madre debería estar prohibido, ahora más que estoy embarazada! —

Las tres niñas se quedaron de piedra al oír lo último que dijo la madre, algo que no esperaban para nada. Al unísono, gritaron:

— ¡¿Estás embarazada!? —

En definitiva, Martha Malan iba a tener una hermanita, ¿qué mejor noticia se podría traer después de la muerte de alguien que una nueva vida?

FIN

Estándar
Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Octava parte, centésima decimocuarta historia

— ¡Ya he vuelto! — Les decía Roman con un tono siniestro y burlón, mientras se acercaba al coche. — ¡Preparaos, que ya estáis cerca de ir al cielo…! —

Y se quedó con la boca abierta, al ver que no estaban ellas en el automóvil. Entonces, se dio cuenta de su grave y estúpido error y gritó de rabia a todo volumen, mientras empezaba a golpear violentamente contra la carrocería.

A pocos metros de ahí, las tres chicas corrían sin descanso por el bosque, sin saber a dónde dirigirse, solo tenía en mente alegarse lo más rápido del peligro. A veces miraban hacia atrás en su huida, para espantar el miedo de ser perseguidas por aquella persona que quería matarlas. El final de aquella precipitada carrera fue cuando llegaron a los pies de la ladera de una gran montaña que parecía elevarse hasta tocar las mismísima nubes.

— ¡C-cuánto hemos corrido! — Decía Alex, mientras se recuperaba. Cayó de culo al suelo solo para poder sentarse, mientras inspiraba y respiraba sin parar. — ¡C-casi me da algo! —

— Y me duele mucho los pies, creo que me he hecho heridas. — Añadió su hermana Sanae, que también se sentó por el cansancio, mientras observaba sus piecitos desnudos. Había muy poca iluminación, pero se los tocaba y comprobaba que se había hecho daño.

— Es normal, estamos descalzas. — Comentó Alex. — ¡Ya entiendo lo importante que es el calzado en nuestra vidas! —

Después de todo, ellas estaban en pijama y el padre ni siquiera les dejó la posibilidad de cambiarse de ropa y ponerse los zapatos. Y como no tenían tiempo para ir cuidado, pues sus pies sufrieron todo tipo de daño. Mientras ellas dos se quejaban, Malan estaba observando todo el lugar, intentando averiguar a qué dirección habían ido y en dónde estaba exactamente. Tras mucho suponer, Malan les avisó, al verlas muy tranquilas:

— No debemos estar tan relajadas, vuestro padre podría aparece en algún momento. —

Le dieron la razón, mientras se levantaban del suelo con toda rapidez. No era hora para descansar, estaban en peligro de muerte. Le preguntaron a su amiga qué podrían hacer y ésta empezó a hablar:

— Primero les diré que nos hemos dirigido hacia al sur, es fácil de adivinar por el hecho de que hemos llegado ante las grandes cordilleras que separan la llanura que ocupa el norte de Shelijonia con el resto de la isla. También por el hecho de que la Estrella Polar, que siempre indica el norte, ésta por esa dirección. — Eso les decía, mientras les señalaban a las gemelas hacia al cielo, a aquel pequeño punto luminoso.

— Ahora, bien… Deberíamos ir directas hacia la dirección opuesta, si queremos pedir ayuda. Por solo ver cómo de brillantes están los astros, estamos situados muy alejados de la civilización. Si nos adentramos más en la cordillera, apenas encontraremos algún sitio para poder cobijarnos. —

— Tienes razón…— Le dijeron las gemelas, muy maravilladas ante cómo pudo averiguar dónde estaban. — Pero,… — Y no se atrevieron a hablar.

— Sí, lo sé. — Aún así, era lo mismo que pensaba la africana. — Si nos volvemos a adentrar al bosque, volveremos a encontrarnos con vuestro padre. Aunque sea un sitio muy frondoso, no podemos correr el riesgo de ser atrapadas. —

Estaban en una situación desesperada, se convirtieron en las presas de un loco que las estaría buscando por todo el lugar para matarlas, en mitad de ninguna parte, incapaces de pedir auxilio o encontrar un buen refugio.

— Seguramente… — Continuó Malan. —… debe pensar que nos hemos dirigido hacia al norte, seguro que debe estar peinando la zona por esa dirección. — Entonces, ella vio sobre la ladera una pared rocosa y lo que parecía una cueva y tuvo una idea. — Tal vez, lo mejor es escondernos y esperar un poco. — Y se las señaló a las gemelas.

— ¡¿Estás segura de que ahí podemos estar a salvo!? — Le preguntó Alex un poco dudosa.

— Creo que hay más posibilidades de supervivencia ahí dentro que estando fuera, además está en un sitio alto, podemos vigilarlo y avistar su posición si está cerca. — Concluyó su amiga y estas decidieron hacerla caso.

Las tres subieron rápidamente por la ladera hasta llegar a la cueva. Alex y Sanae se iban a meter de golpe, pero Malan las detuvo. Antes tenían que comprobar si había algún animal salvaje dentro de ahí. Al final, la africana pudo saber que no había nadie más en aquel lugar y se metieron poquito a poco en aquel lúgubre lugar.

Con un poco de hierba seca, que Malan cogió por el camino de la ladera; y usando las múltiples piedras que se encontraron en el lugar, ellas pudieron encender una pequeña flama que no querían agrandar por el miedo de que el padre las encontrarían por el humo. Por lo menos, le permitían alumbrar, aunque fuera un poquito, el lugar. Alex se puso en la entrada del sitio, ya que se propuso voluntaria para ser la vigilante y aceptaron su proposición. Tras pasar unos cuantos minutos en silencio, Martha decidió hablare a la gemela que estaba vigilando, preguntándole si había visto algo sospechoso. Ella le contestó con esto:

— Apenas se ve algo…— Le decía, mientras forzaba a sus ojos ver entre la oscuridad. —Todo esta tan oscuro…— Y rió nerviosamente. — Bueno, es normal, sigue siendo de noche. —

Se preguntó cuánto quedaba para que el sol saliera, antes de que Malan le dijera esto:

— Él no irá a oscuras, supongo. Estará usando una linterna o algo parecido mientras cruza el bosque. Con solo ver una tenue luz en entre esos árboles, es señal de que llegó. Más bien, espero que lo haga así, porque podemos avistarlo y prepararnos a tiempo. —

Alex se quedó pensando cómo podrían prepararse para evitar la muerte, pero entonces recordó que Malan comentó que las piedras de la cueva podrían servirles y ella preguntó:

— ¡¿De verdad, nos servirá todas estas piedras!? —

— Con solo lanzarlas con la fuerza suficiente pueden hacer mucho daño. No es nada comparado con su arma de fuego, pero es algo, por lo menos. Además, gracias a que no nos hemos deshecho de las cuerdas, yo estoy haciendo una honda. —
Alex se quedó algo extrañada, porque era la primera vez que escuchaba algo así y le preguntó a su amiga qué era. Ésta le explicó que era un arma bastante simple y primitiva, que consistía en el uso de dos cuerdas en cuyos extremos se sujeta una especie de receptáculo más o menos flexible desde el que disparaba un proyectil, que normalmente eran piedras. Aprendió a hacerlos, gracias a su padre, mientras vivían en las sabanas de Sudáfrica, como medida preventiva de protección y por otras razones menos cruciales.

Al final, terminó su explicación, mientras terminaba con muchísima rapidez la honda y se lo mostraba a su amiga, con esto:

— Creo que nos será más útil que la navaja, ya que es un arma a media o larga distancia y podemos tener algo de ventaja frente a armas como una pistola. —
Alex estaba tan asombrada que exclamó: — En serio, ¡eres increíble, Malan! — Malan le replicó avergonzada que no era nada. Luego, ésta se dirigió a su gemela para que le diera razón: — ¿A qué sí, Sanae? —

Ahí es dónde se dieron cuenta de que Sanae se quedó dormida, acostada sobre el suelo al lado del fuego.

— ¡Pobrecita…! — Añadió Malan compasivamente. — Debe haber estado muy exhausta, después de todo lo que hemos pasado…—

— ¡Qué envidia, yo también tengo mucho sueño! — Se quejó, antes de abrir la boca para soltar un sonoro bostezo. Luego, siguió hablando: — Se va a resfriar, si tuviéramos algo para taparla…—

Aunque estaba en verano, la noche en Shelijonia siempre es muy fresca y tenían un poco de frío. Sanae estaba muy acurrucada, intentando mantener calentita; y a Alex le entró tanta lástima verla así que no vio más remedio que quitarse la parte superior de su pijama y ponérsela como manta.

— ¡¿Estarás bien así!? Puedes coger también un resfriado…— Comentó Malan algo preocupada, a la vez que aquel gesto le causo ternura. Alex iba a estar media desnuda, con solo un sujetador en la parte de arriba.

— ¡No te preocupes! — Le replicó la gemela, mientras intentaba mostrarse fuerte. — ¡No hace tanto frio para ponerme a moquear! —

A pesar de que se jacto de eso, rápidamente se abrazó con los brazos para no perder calor, mientras empezaba a temblar un poco. Luego, siguió a seguir con la vigilancia y Malan decidió seguir hablando con ella, porque había algo que llevaba tiempo preguntándose y creía que era un momento oportuno para soltárselo:

— Por cierto, Alex, hay una cosa que llevo yo preguntándome desde hace tiempo…— Alex le preguntó qué era y Martha le respondió:

— ¡¿De verdad tu padre fue un espía!? Vosotras siempre habláis de cómo fueron sus aventuras, pero siempre era bastante contradictorio, si te digo la verdad. Una vez dijisteis que vuestro padre fue un gran espía de la Polonia comunista en la Alemania comunista, en otra ocasión decíais que fue un espía americano que estuvo en la URSS antes de la caída del muro o que participó en la guerra de Afganistán. También que él trabajada como un agente de la CIA en Europa del Este, luchando contras las mafias. En fin, hay muchísimas cosas que se contradicen una y otra vez. No es que confíe en vosotras, pero llevo dudando si lo que decís es verdad. —

Alex se quedó callada, muy pensativa. Parecía como si no sabía qué decirle o no se atrevía. Al final, solo se demoró en contestar varios segundos:

— Siempre nos inventábamos gran parte de lo que decíamos sobre nuestro padre. O lo exagerábamos. Pero, pero, es cierto, era un espía. La verdad es que nunca no los contó, jamás digo nada. Lo descubrimos nosotras hace varios años, cuando venidos de Polonia a Estados Unidos, después de que nuestra madre muriera. En aquellos tiempos, él estaba bien de la cabeza y nos cuidaba bien, intentando que nosotras pudiéramos superar la horrible muerte que tuvo mamá. — Dio un pequeño suspiro de tristeza. — Cuando lo descubrimos, tuvo que aceptarlo y nos lo contó que lo era…—
Dio una pequeña pausa, solo para ponerse algo más cómoda mientras estaba sentada en el suelo. Malan no se atrevió a preguntarle cómo lo descubrieron. Luego, continuó: — Y lo más increíble es que nuestra madre también lo era, eso nos dejó muy boquiabiertas. Nos sentíamos tan orgullosas de ser hijas de unos espías que quisimos serlo de mayor, se lo decíamos a todo el mundo, a pesar de que papá nos pedía que no se lo dijéramos a nadie. —

Malan le preguntó si les contó algo sobre su actividad, ella le respondió:

— No nos contó nada más, salvo que estaba en Polonia, como agente de la CIA, con la intención de dar apoyo e información contra varias mafias de Europa del Este. Mamá también ayudaba con ese cometido, pero era de los servicios de inteligencia rusos. Nosotras nacidos frutos de su amor en suelo polaco. —

— ¡¿Algún vez os atrevisteis preguntarle cómo murió vuestra madre!? —

— Bueno, sabíamos que estaba muerta y que murió de una forma horrible. Pero jamás nos preguntamos cómo fue, ni nos atrevíamos, teníamos miedo de conocerlo.

— Le respondió Alex, que puso una cara de enorme tristeza al recordar lo que les contó su padre y lo que ocurrió con su madre.

— O de volver a recordarlo. — Intervino Malan. — Vosotras enterrasteis lo que visteis en lo más profundo de vuestra inconsciencia y vuestro padre lo ha sacado a la luz a la fuerza, culpándoos de algo terrible que no podéis ser culpables. Sois unas victimas más. — Así, la africana intentaba hacer que su amiga no se sintiera mal por lo que dijo aquel hombre. — Aún así, no lo podréis recordar con claridad, porque erais muy pequeñas. Vuestro padre seguramente habrá deformado gran parte de esa historia que nos contó en el coche a su favor. —

Eso creía firmemente Malan, ya que había muchas cosas que no parecían encajar en su narración. Además de que él ya había demostrado antes lo que sus palabras no eran de fiar. Por su parte, Alex añadió esto:

— Yo ya no sé en qué pensar. —

Y con esto dicho, el silencio volvió a la cueva. Martha terminó de hacer la honda y la probó, tirando una piedra. Comprobó su eficacia y empezó a llenar la mochila de piedras. Alex dio varios bostezos, mientras seguía vigilando el lugar. Entonces, se oyó un disparo lejano que las alarmó.

— ¡¿Q-qué, qué ocurre!? — Gritaba Sanae, mientras ella se despertaba sobresaltada. Luego, se dio cuenta de su hermana no tenía la parte de arriba y le preguntó: — ¡¿Qué haces media-desnuda!? —

— No hay tiempo para preguntas…— Le respondió Alex, mientras observaba hacia al exterior muy aterrada. — Papá está cerca. —

Luego, ella cogió la parte de arriba que le había dejado a su hermana Sanae para que lo usara como manta y se lo puso. Malan, que cogió el arma y la mochila, observó hacia al exterior en busca de alguna señal misteriosa:

— Aún está en el bosque. — Concluyó, mientras oía a los pájaros volar despavoridos. — Seguro que ha disparado para asustarnos y que salgamos de nuestro escondite. —

— ¿¡Él ya sabe dónde estamos!? — Le preguntaron al unísono las gemelas.

— No lo sé, la verdad es que no lo sé. Habrá que esperar un poco. — Les respondía nerviosamente Malan. Luego, dijo esto: — ¡Tenemos que apagar el fuego! — Y las gemelas lo apagaron.

Martha Malan no dejaba de observar el bosque en busca de alguna señal que le podría indicar la posición del padre de las gemelas, a pesar de la oscuridad reinante. Entonces, vio una débil luz entre aquel enorme mar de árboles y no tenía duda. Era de una linterna, que era portaba por la persona que quería matarlas. Tuvo que decirles a sus amigas que era él, su padre.

— ¡¿Y qué haremos!? — Preguntó desesperadamente Sanae y Malan le respondió esto:

— Creo que lo mejor será esperar y a rezar para que no se acerqué. —

Y entonces escucharon una horrible voz que parecía ser lejana, cuyo eco llegaba a su oídos. No había duda era del padre de las gemelas:

— ¿Os creísteis muy listas, no? Pues, lo siento mucho, pero sé que estáis cerca, ¡Vuestras huellas os delata! ¡Seguid escondidas, no pasa nada, porque os encontraré! — Y terminó la frase con una risa psicópata.

— ¡Maldición, nuestras huellas! ¡No me había dado cuenta de eso! — Se maldijo Malan, que no creía que él sería capaz de localizar las pisadas que dejaron sus pies desnudos en mitad de la oscuridad.

— ¡¿Y ahora qué haremos!? — Les preguntó Sanae, que parecía que iba a tener un ataque de pánico. — ¡Papá nos encontrará y nos matará! —

Sanae estaba temblando de puro terror y de nerviosismo, mientras lanzaba un sudor frio. A punto de llorar y de caer al suelo porque los pies no les sostenían, su hermana tuvo que tranquilarla:

— ¡No te preocupes, Sanae! ¡Yo te protegeré, no haré que te pasa nada, absolutamente nada! — Le dio un abrazo muy fuerte, mientras juntaba su frente con la de su hermana. — No dejaré que mueras, por nada del mundo. Sin ti, yo no sería nada. Me quedaría sola y abandonada en el mundo. Por eso, te lo garantizo, ¡saldremos las tres vivas de esto! —

Sanae gritó su nombre, tras oír esas palabras; y rompió a llorar, mientras abrazaba fuertemente a su querida hermana.

No dejaba de gritar que tenía mucho miedo, que no quería morir, ni ella ni su hermana ni a Malan, a la vez que ponía su rostro lloroso sobre el pecho de Alex, la cual no dejaba de decirle palabras dulces. La africana se quedó mirándolas, observando con mucha ternura lo afectuosas que llegaba a ser aquella relación que mantenían aquellas chicas que crecieron en el mismo útero. Cuando Sanae se pudo tranquilizar, su gemela, con una mirada seria, le dijo a Martha:

— No podemos escondernos todo el día ni huir de él todo el rato, al final llegará a nosotras y nos esconderá…—

— Tienes razón. — Añadió Malan, muy pensativa. — Pero no nos podemos enfrentar cara a cara con tu padre. —

Después de todo, él era un adulto y ellas eran unas niñas, aunque fueran tres; tenía un arma de fuego y ellas una simple honda y nada más. Tenían grandes desventajas y pocas posibilidades de sobrevivir. Entonces, Alex, comportándose como si fuera una especie de estratega, les soltó esto:

— Por eso mismo, se me ha ocurrido un plan. —

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Séptima parte, centésima decimacuarta historia

No era tiempo para quedarse para inmovilizada por el miedo, su vida y la de sus amigas estaban en peligro. Malan tenía que actuar rápido, encontrar un plan para evitar las evidentes intenciones que tenía el padre de Alex y Sanae, que se quedó en la puerta, riendo macabramente, con cuchillo en mano. Tenía que aprovechar ese momento antes que decidiera acercarse a ellas y apuñarlas sin que ella pudiera evitarlo. Después de todo, estaban en una situación desesperante, las chicas estaban indefensas y él portaba un arma, su siniestra figura bloqueaba la única salida, que era la puerta, ya que no podrían escapar por la ventana; y también estaba el hecho de que era un adulto y era obvio que sería capaz de noquearlas fácilmente si se tenían que enfrentar directamente. No tenían muchísimas posibilidades de salir vivas. Entonces, recordó que sobre el pequeño escritorio que estaba a su lado se encontraba su móvil, que lo puso ahí antes de dormir. Ahí es cuando se le ocurrió algo muy arriesgado, pero, en el caso de que funcionaria, podría salvarlas. Y para suerte de Martha, Roman estaba distrayéndose:

— Vamos a ver, tengo todo el tiempo del mundo, así que debería ponerme cuál sería la mejor forma de quitarles la vida…— Se puso a hablar en voz alta, a espaldas de las niñas que deseaba asesinar. — No tendré suficiente con acuchillarlas, debo hacer más…— Y él se calló y se puso a pensar, imaginándose varias cosas perversas, mientras soltaba alguna risita.

Sin que éste se diera cuenta, Malan poquito a poco sacó su brazo de la cama y cogió su móvil de una forma muy discreta y rápida. Entonces, decidió actuar y gritarle: — ¡Mira aquí, señor asesino! —

Y Roman, sobrecogido por esa voz, miró hacia atrás y un objeto chocó contra su propia cara de una forma muy violenta. Era el móvil de Malan que ella lo tiró como si fuera un shuriken o una carta, una idea que se le ocurrió gracias por el hecho de que fuera tan plano. La africana no sabía si funcionaría, pero tenía que intentarlo. Y fue bastante efectivo, porque se le incrustó unos pocos milímetros en la frente, provocándole una herida que le hizo gritar a toda velocidad. Luego, El teléfono salió de su frente y cayó al suelo rompiéndose la pantalla, mientras el padre se arrodillaba y no dejaba de chillar de dolor, mientras se tocaba el lugar en dónde fue herido.
Y él no se esperaba recibir otro golpe más, no pudo reaccionar a tiempo cuando recibió una fuerte patada en toda la mandíbula que lo tiró al suelo, rompiéndole incluso un diente. Era de Malan que aprovechó ese momento.

Todos esos gritos y ruidos obviamente hicieron despertar a las gemelas, que gritaban sobresaltadas al unísono: — ¡¿Qué está ocurriendo!? —

Entonces, vieron la escena que estaba delante de sus ojos, a su padre en el suelo, sosteniendo un cuchillo en la mano y con sangre en la frente; y a una Malan que les gritaba esto, al ver que se despertaron:

— ¡Alex, Sanae, hay que salir corriendo, ahora! —

Ellas no preguntaron nada ni se quedaron en shock, no entendían nada de lo que estaba pasando; pero supieron enseguida de que estaban en peligro y saliendo a toda velocidad de la habitación.

Corrieron por el pasillo hasta que oyeron un chillido de Martha y una voz aterradora las hizo detener: — ¡No deis un paso más, o vuestra amiga morirá! —

Ellas se detuvieron en seco y miraron hacia atrás, y vieron a su querido padre sosteniendo fuertemente a la africana con un brazo, mientras con la otra ponía su cuchillo sobre su cuello. Él pudo levantarse y aprovechar el momento en que Martha Malan intentó coger su arma mientras las gemelas escapaban. Al ver que sus hijas se quedaron paralizadas, éste habló:

— ¡Te tengo que felicitar, Martha Malan! Creía que solo eras una mocosa insolente, pero has demostrado un ingenio fuera de lo común. ¿¡A quién se le ocurría usar un móvil como arma!? ¡Me podrías haber matado! Aún así, no ha servido de nada. — Y empezó a reír como malnacido.

Las gemelas, incapaces de asimilar que su padre las intentó matar y de que estaba poniendo un cuchillo sobre el cuello de Martha Malan, tardaron en poder reaccionar y solar estas palabras:

— ¡¿P-por qué estás haciendo esto, papá!? ¡¿N-no te habías v-vuelto una buena p-persona!? — Gritó Sanae, con lágrimas en los ojos, temblando de miedo. Su padre no había mejorado, sino se había vuelto en un verdadero psicópata que iba a matarlas.

— ¡Puto mentiroso, nos has engañado! ¡Eres un malnacido! — Por su parte, Alex, que también empezó a llorar, estaba llena de rabia, quería golpear a su padre por haberlas mentido. Se maldecía a sí misma por haber creído en él, había metido la pata hasta al fondo. Y ahora no solo ella y su hermana estaban en peligro, también su amiga.

— ¡No me hables en ese tono, Aleksandra! — Le replicó furiosamente su padre. — ¡¿No ves que podrías rajarle el cuello a tu amiga!? —

Una Alex rabiosa y enfadada tuvo que callarse, aterrada ante el hecho de que Malan muriera. Sanae, intentó decirle algo, pedirle que se tranquilizara y soltará el cuchillo; pero éste ni la dejó hablar, diciéndole a gritos que tapará su estúpida boca.

— ¡No se saldrá con la suya! — A pesar de que podría morir, Martha tenía la osadía de decir esto, algo que el padre se lo tomó muy bien.

— ¡Tienes razón, yo tenía un buen plan! ¡Pero tú lo arruinaste, estúpida niñata! ¡Aún así! ¡Aún así! ¡Creo que el resultado sí que me saldrá bien! ¡¿A qué es gracioso, Martha Malan!? ¡Al final, voy a salir ganando! —

— ¡¿De qué estás hablando!? — Preguntó Sanae, incapaz de comprender sus palabras. Más bien, su cerebro intentaba bloquearlo desesperadamente.

— ¡¿Plan…!? ¡¿No querrás decir…!? — Alex lo entendió a la perfección y quedó más horrorizada que nunca. — ¡Somos tus hijas, ¿por qué quieres hacernos esto?! ¡Estás loco! — Y Sanae observando a su hermana, con la esperanza de que lo que estaba pensando no fuera lo mismo que ella creía y se negaba a aceptarlo. Entonces, el papá hundió sus esperanzas con esto:

— Sí, es eso cierto. Aprovechando que esa estúpida china se quitará del medio, aproveché lo que yo tenía que hacer, ¡vengarme de vosotras dos, eliminaros de este mundo! Yendo al grano, quería matarlas. Y no es algo que se me ocurrió el día siguiente, sino hace años que lo tenía en mente. —

— ¡No puede ser! ¡Eso es mentira! ¡¿Estás de broma, verdad!? ¡Los papás no hacen eso, ellos aman a sus hijas, jamás le harían eso! — Sanae se tapó las orejas y gritaba lo más fuerte posible, como si eso evitara que las cosas que dijo su padre fueran falsos. Casi parecía que le iba a dar un ataque, sino fuera por su hermana:

— Sanae, ¡tranquilízate, por favor! — La cogió de los hombros y le decía con una mirada seria: — Yo tampoco puedo creérmelo, pero es verdad…—

Ésta se quedó callada mientras susurraba el nombre de su hermana y pudo aceptar la horrible realidad. Por mucho dolor que le producía aceptarlo, se pudo tranquilizar, aunque fuera un poco. Alex, por su parte, decidió decirle esto: — ¡¿Por qué, qué te hemos hecho nosotras!? —

— ¡No os preocupéis por eso ahora! Es más, vosotras no tenéis ni derecho a exigirme nada, yo soy el que va a cortarle el precioso cuello de esta chica. Así que, seáis buenas niñas, y haced todo lo que yo diga, ¿¡entendido!? —

Y acortó la poca distancia que el cuchillo tenía con el cuello de Martha para dejarles claro que pasaría si desobedecían y las gemelas no tuvieron más remedio que acometer sus órdenes.

Lo primero que les dijo a sus hijas fue que se dirigieran hacia la cocina y sacarán unas cuerdas que habían en uno de los cajones del mueble. A continuación, les pidió que se ataran las manos la una a la otra un nudo muy fuerte. Luego, que cogieran otras para atar a Malan. A pesar de que era imposible hacerlo con las manos inmovilizadas, tuvieron que hacerle caso y lo consiguieron, de alguna manera.
Después de eso, el padre buscó entre los cajones y sacó una pistola, que sustituyó al cuchillo que llevaba. Tras observarlo palmo a palmo, con una mirada psicópata, que dejaba claro a las tres pobres chicas que antes de que terminará la noche él las iba a matar. La frase que pronunciaría después de guardarse el arma solo alimentó aún más aquella terrible premonición:

— ¡Bueno, niñas! ¡Hoy vamos a salir a dar un paseo! —

Con la pistola sobre la espalda de Malan, dispuesto a dispararla si sus hijas saliesen corriendo; salieron a la calle. No sabían si era pura estupidez o una osadía, pero éste se atrevió a salir afuera, en medio del barrio. Esperaban que alguien les viera y llamará a la policía, pero se dieron cuenta de cuál era la razón para que no tuviera miedo de ser pillado. Apenas las farolas de la calle funcionaban y ni se veía un alma, además de que solo anduvieron unos pocos metros, hasta llegar a un automóvil, que el padre abrió con la llave. Las gemelas se quedaron boquiabiertas, su padre jamás tuvo un coche, ya que era mucho dinero para él. Esté, al ver su reacción, mientras las obligaba a meterse en los asientos traseros; les dijo:

— ¡¿Os sorprende tanto que tenga un cochecito!? No os preocupéis, no es mío, es robado. — Luego, él se puso a reír como maniático, mientras se burlaba del pobre que le robo hace semanas y se metía en él. Y añadió:

— Por cierto, modifiqué un poco este coche… Yo puedo, con un solo botón, impedir que mis pasajeros puedan abrir las puertas traseras, tampoco pueden romper el cristal, es muy fuerte. Así que no hay escapatoria. —

Y tenía razón, las gemelas lo comprobaron, a pesar de que era una odisea hacerlo con las manos atadas; no podrían abrir las puertas del coche. Luego, encendió el coche y éste empezó a andar. Tras salir del barrio en dónde ellos estaban, las chicas empezaron a atreverse a hablar, después de golpear histéricamente las ventanas para avisar a alguien de que iban a matarlas:

— ¡¿Qué quieres hacer con nosotras!? — Le preguntó Malan y éste le respondió, riéndose de forma desagradable:

— Creo que lo sabéis perfectamente…—

— ¿¡Sabe que está cometiendo un delito!? Si matas a tus hijas y a mí, se volverá perseguido por la policía y acabará en la cárcel, ejecutado en el peor de los casos. —
Sus palabras enfadaron a Roman que golpeó de una forma muy violenta el cristal de su ventana. Luego, le dijo esto lleno de furia:

— ¡Pues claro que lo sé, niñata! ¡¿Crees que a estas alturas me importa la legalidad o no de las cosas!? — No soportaba que esa niña le replicará, solo era una estúpida niña. — ¡Ya ni me importa la ley y llevo esperando hacer esto desde hace muchísimo tiempo! —

Las tres callaron, al ver que podría cometer alguna locura solo porque alguien le estaba yendo la contraria. Y éste, tras tranquilizarse, se puso a hablar:

— A estas alturas de la película, ya debe ser hora de que cuente algunas verdades, ¡¿no creen!? Seguro que estáis deseosas de por qué yo estoy haciendo todo esto. Es más, lo pedisteis antes y os prometí que lo iba a decir más adelante…— Dio un pausa. — En primer lugar, es verdad que decidí que esta noche fuera vuestra muerte o, mejor dicho, que cuando volvierais a la casa iba a asesinarlas. Eso se me ocurrió después de descubrir que vuestra insolente amiga se fuera, la única que podría detenerme. Pensaba engatusar a vuestras amigas para darles lástima y convenceros para volver. Pero Martha Malan no fue engañada y la muy tonta destruyó mis planes, para aparecer en la misma casa. Aunque fuiste muy estúpida, la verdad. Eso no evito que siguiera con mi plan, que no era otro que hacerlas dormir con somníferos y apuñalarlas hasta la muerte. Por ahora, he tenido que reescribirlo todo y ahora vais a morir de un balazo y con vuestros cuerpos enterrados en lo más profundo del bosque. —

Tras soltar eso, volvió a reír de forma demente y las gemelas dijeron:

— ¡Eso es horrible! — Exclamó Sanae, sabía que su padre perdió la cabeza hace tiempo, pero jamás podría creer que fuera capaz de ser alguien tan horrible y monstruoso.

— ¡¿Ni siquiera puedes tener piedad de Malan!? — Le replicó Alex, que deseaba haber golpeado hasta la muerte a su propio padre.

— Si no se hubiera entremetido, ésta pequeña zorra podría seguir viviendo. Se atrevió a desafiarme, así que ella será la que menos piedad va a recibir de mí. — Y volvió a golpear con todas sus fuerzas la ventana de su asiento, mostrando la ira que le daba Martha Malan.

El coche ya había salido de la cuidad y estaba en la zona industrial, con la intención de dirigirse hacia al suroeste, hacia un profundo bosque situado en los pies de las montañas.

— Siguiendo con lo de antes…— Continuó Roman. — Ese no era mi plan original, el verdadero el que gesté durante meses fue arruinado. Más bien, era parte de otro, o los fusioné para formar uno. No sé…— Rió como un villano. — En fin, lo que quería hacer, para acabar con vuestras vidas, era meteros en la secta y hacer que vosotras acabarías como los demás…—

— Yo nunca fui un miembro menos de aquella secta, es más, yo era el líder, el que lo controlaba todo en las sombras. La Doncella, otra niñata estúpida; era solo mi peón. En realidad, todo eso era una farsa que ella montó con sus amigos y para burlarse de los que entraban ahí. Una broma cruel y horrible, pero que poquito a poco se volvía realidad. Muchísimos de sus miembros iníciales huyeron de él y la muchacha se negaba a terminar. Y ahí entré yo, como uno más pero que terminó siendo lo que dominaba todo el cotarro y convirtiéndolo en algo verdadero. Conseguí que se financiara, extenderlo por todo el norte de la isla y que miles de estúpidos desesperados entraran, terminando trabajando en unas casuchas en unas de las mansiones de la familia de la niña, volviéndolo. Y lo mejor era el final que preparé, que todos íbamos a montar un suicidio colectivo y que no quedará ni uno. ¿¡Y que tienen que ver vosotras con todo esto!? —

Las tres chicas no dijeron nada, estaban boquiabiertas ante lo que habían escuchado, literalmente el padre de las gemelas era un vil monstruo.

— Quise meterlas en eso, aunque fuera a la fuerza o no, para que vosotras murierais con los demás idiotas esos, ¡es decir, ir al planeta de las personas felices! ¡Así mataría dos pájaros de un tiro! — Y además añadió esto, con una actitud burlona que solo provocaba asco entre sus propias hijas, que se sentía horrorizadas antes el hecho de que hubieran vivido bajo el mismo techo que aquel psicópata.

— ¡¡Estás loco!! — Gritaron las gemelas, indignadas. — ¡Matar a cientos de personas, eres peor que Hitler! —

El padre golpeó violentamente contra el cristal del coche y las hizo callar, pero Malan que no se atrevió a hablar, porque no sabía cómo reaccionar y estaba llenas de interrogantes y dudas; decidió preguntarle esto:

— No lo entiendo… ¡¿Por qué querías condenar a esas pobres personas!? Tampoco entiendo porque deseas matar a tus hijas, pero aún así…—

¡¿Qué pasaba por la mente de ese hombre!? Desde el principio, sentía que mostraba claros signos de sufrir algún trastorno, como el antisocial de la personalidad o la psicopatía, pero no esperaba que llegara a este punto. ¡¿O le pasó algo grave en el pasado qué lo llegara a este nivel de peligrosidad!? Las gemelas siempre se jactaban de que fue un espía, aunque no les hacía mucho caso, porque no dejaba de modificar su pasado. Tal vez, decían la verdad y le ocurrió un suceso que lo trastornó. Necesitaba saber que le motivaba a montar un plan con la intención de provocar la muerte de cientos de personas. Y esperó un poco la respuesta de Roman.

— Odio este asqueroso mundo, a todas las personas en general…— Tras varios segundos en silencio, habló. — Me irritan, no los soporto. No sé realmente el por qué ni me importa. Solo quería hacer daño, satisfacer mis deseos de verlos a todos arder. Me conformaría solo con provocar el suicidio indirecto de cientos de personas. Tal vez, es una razón estúpida y poco racional, ¡me importa una mierda! — Lo único que comprobó Malan era que éste era un misántropo de cuidado. Tras dar una pausa, continuó:

— Aún así, me salió mal. — Apretó de la rabia el volante. — Vosotras no quisisteis ir a la secta e incluso cuando lo intenté hacer a la fuerza vuestra amiga Mao os salvó el trasero. Me conforme con no matarlas hasta otra ocasión. Luego, otra niñata me arruinó mi plan y no hubo suicidio colectivo. Pero esta vez, saldré airoso, me conformaré con mataros. —

Y luego volvía a reír de forma demente y enferma, mientras golpeaba de nuevo violentamente contra el cristal. Tras esto, siguió hablando:

— Y ahora os diré algo más…— Soltó unas risitas. — Sobre mi razón de querer matar a mis propias hijas…— Dio una pausa dramática. — Después de todo, ellas mataron a la persona que yo más quería en este mundo, su propia madre. —

Un silencio extremadamente incómodo apareció de repente en el automóvil y las chicas se quedaron atónicas, con unos rostros llenos de incredulidad. Al ver que no pudieron responder, al padre de las gemelas le entró un gran ataque de risa que ayudo a que las niñas le pudieran responder:

— ¡¿Te estás burlando de nosotras, papá!? — Le gritaban las gemelas, con ira. — ¡Mamá murió cuando nosotras éramos muy pequeñas! ¡¿Crees que unas niñas pequeñas pueden matar a su propia madre!? ¡Es absurdo! —

Malan se preguntaba qué intentaba decir con aquellas tan acusaciones tan fuertes, ¿intentaba trastocar a sus propias hijas echándoles la culpa de algo horrible o se estaba burlando cruelmente de ellas, o quizás él creía que ellas fueron realmente las que provocaron la muerte de su propia madre? Ella iba a intervenir, a exigirle que se explicara y dejará de reírse como loco; pero no tuvo tiempo. Éste reaccionó fatal antes las palabras de las gemelas que, en mitad de la carretera, paró en seco y giró la cabeza con un rostro que daba tanto terror que parecía que las iba a dar unos balazos ahí mismos:

— ¡No es una puta broma! ¡Es la pura verdad! ¡Vuestra madre murió gracias a vosotras! — Eso les decía mientras les mostraba la pistola.

— ¡E-es mentira…! — Las gemelas se negaban a creerle. — ¡N-no, no es verdad! — Estaban tan asustadas que cerraban los ojos para no presenciar lo que llegaría a hacer aquel loco, mientras luchaban por no llorar.

Malan, la única que se le atrevía a mirarle, con gran seriedad le preguntó:
— Si es la verdad, entonces, ¿¡por qué no la cuentas!? ¡Explícanos cómo ellas mataron a su propia madre! ¡¿O solo es una pobre excusa para poder justificar tus viles actos!? —

— ¡Maldita insolente…! — Iba a darle un disparo ahí mismo a Malan, pero se tranquilizó. — Si tanto lo deseas, lo diré…. —

Malan, que cerró los ojos, creyendo que iba a morir; dio un fuerte suspiro de alivio. Alex y Sanae, que llegaron a rezar con todas sus fuerzas para que no la mataran, mientras abrazaban aún más a la africana; al ver que había pasado el peligro, abrieron poquito a poco los ojos. El padre de las gemelas puso el coche en marcha y empezó a hablar:

— Todo ocurrió en un octubre de 2005, en Varsovia, Polonia. Nosotros habíamos viajado desde el sur del país hacia la capital para tener unas pequeñas vacaciones. — Las chicas cuestionaron eso, pero decidieron callarse y seguir escuchándole. — Estábamos en unos de los hoteles más caros de la ciudad, después de un largo recorrido en coche. Al pasar varias horas de que hubiéramos llegado, ella bajó al parking junto con vosotras. Mientras bajáis por la escalera alguien me llamó diciéndome que habían puesto una bomba bajo el automóvil y que si lo encendían con el mando de apertura explotaría. Yo corrí a toda velocidad para evitar el desastre, pero fue demasiado tarde…— Apretó el volante fuertemente, como si intentaba evitar no recordar algo: — Cuando llegué os vi en el suelo, con el mando de apertura entre vuestras manos. Os levantasteis y, al ver el automóvil en llamas, os pusisteis muy alteradas, llorando y gritando sin parar, pidiendo ayuda desesperadamente. Yo también me puse así, incapaz de creer lo que había pasado. Después de que ella abriera con la llave manual y estuviera buscando lo que se le había olvidado, os pusisteis a jugar con esa cosa, intentando ver cómo de lejos llegaba. ¡Si no hubierais hecho eso, ella tal vez seguiría viva! ¡Pero no, fue vuestra culpa por jugar con esa cosa! —

— ¡¿E-es, es eso verdad….!? — Decía Sanae destrozada, sintiéndose muy culpable. Empezó a recordar cosas que su subconsciente había ocultado por larguísimo tiempo. Solo eran pequeños recuerdos, tan débiles que parecían una ilusión, pero que no paraban de aparecer sin parar en su cabeza y que empezaba por relacionarlo por lo que dijo su padre.

— No puede ser…— Y a su hermana Alex también le estaba pasando lo mismo. — Creo que lo yo estoy recordando, hubo una explosión, era un coche…— No dejaba de murmurar cosas. — Murió alguien…— Mientras ponía una cara de horror. — ¡¿Entonces, de verdad, nosotras hemos matado a nuestra madre!? —

Malan, que encontraba muchísimas lagunas en esa historia, no iba a dejar d que sus amigas fueran torturadas por una falsa culpabilidad e intervino:

— ¡¿Por esa estúpida razón quieres matarlas!? — Le replicaba con mucha seriedad. — Si aunque fuera cierto, ellas no tienen la culpa. No sabían la existencia de una bomba en el automóvil ni que el mando de apertura lo activaba. Es más, tuvieron la suerte de salir vivas de morir en la explosión. Culparlas es injusto para tus propias hijas, que perdieron a su propia madre; y no tengo que decir cuál de horrible es querer matarlas por tal motivo. —

Aquellas palabras que pronunció Martha Malan dejaron un gran silencio incómodo y angustioso, callando al padre de las gemelas, que parecía que iba a estallar de un momento para otro. Éste no mostró alguna reacción, solo siguió conduciendo, mientras se adentraba en lo más profundo del bosque por un caminito de tierra. Alex y Sanae con el miedo de que su papá se pusiera violento e incluso matará a su amiga, se quedaron muy pensativas sobre lo que dijo ella.

Malan tenía razón, no eran culpables de nada, aún cuando se arrepentían de haber pulsado el mando de apertura, si realmente eso fue lo que les contó su padre.
Poco tiempo después, llegaron al final del presunto camino, que era más que un simple claro en mitad del bosque, a los pies de grandes montañas. Paró el coche en el centro de aquel lugar y dijo secamente:

— Ya hemos llegado a nuestro destino, señoritas. — El padre se levantó de su asiento. — Aquí es dónde estarán nuestras tumbas, pero antes… — Y salió del automóvil. — Me voy a estirazar un poco afuera, que los viajes en coche me destrozan. — Y se alejó un montón del coche y se puso a tomar un cigarrillo.

Al ver que se alejo lo suficiente, las gemelas empezaron a hablar en voz baja:

— Ni que lo crees tú…— Eso decía Alex, mientras mostraba sus manos libres de cuerdas.

— ¡No nos vamos a morir tan fácilmente! — Y añadió su hermana Sanae, que también estaba liberada de las ataduras.

— ¡¿Chicas…!? — Exclamó muy sorprendida Malan, quién era la única cuyas manos estaban atadas. No habían perdido el tiempo, se desataron durante el recorrido.

— Perdón por no poder desatarte los nudos, pero nos podría notar. — Le dijo a continuación Alex, mientras juntaba sus manos en señal de que lo sentía y observando desde la ventana qué estaba haciendo su viejo.

— Tampoco lo podríamos soltar, él habrá puesto un nudo imposible de desatar. — Comentó Sanae, mientras comprobaba cómo era el nudo que hizo su padre para atar las manos de su amiga.

Malan comprendió rápidamente que ellas se hicieron un nudo fácil de desatar y cuyo padre no se dio cuenta. Rió un poco ante la astucia de sus amigas y les respondió que no pasaba nada.

— Aún así, papá se cree muy listo, pero siempre mete la pata en el momento más oportuno. —

Se burlaron de su propio padre al unísono, mientras sacaban varias cosas que había debajo de los asientos. Muchas de ellas eran bastantes inútiles para la situación, pero encontraron cosas como una navaja que cortó las cuerdas que ataban las manos de Malan. Tras coger algunos objetos y meterlo en una pequeña mochila que encontraron, se escabulleron de la forma más fácil y estúpida posible, pasaron a los asientos delanteros y salieron del coche.

El padre que se estaba tomando más tiempo de lo necesario, ya que se introdujo un poco en el bosque para hacer sus necesidades; se olvidó de cerrar todo el coche y mantenerlas atrapadas, creyendo que estaban tan aterradas que ni siquiera intentarían escapar. Estaba tan confiado en que todo le estaba saliendo bien que no se dio cuenta de sus meteduras de pata.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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Centésima decimocuarta historia

Delirio paternal: Sexta parte, centésima decimacuarta historia

Al día siguiente, tras una mañana algo ajetreada en la casa de Mao, ya que las gemelas empacaron algunas cosas que tenían ahí, más otras que fueron regalo de Clementina; ellas se dirigieron hacia su casa, bien entrada la tarde. Y no estaban solas, alguien más les estaba acompañando.

— ¡¿De verdad, realmente estás segura de dormir con nosotras!? ¡Aún no es demasiado tarde…! — Y a mitad del camino, Alex le preguntó esto a aquella persona. Aún le seguía aterrando el hecho de que le pasará algo malo si ella iba a dormir en su casa.

— Sí, estoy totalmente segura y no voy a cambiar de idea…— Eso le respondió Malan firmemente, ya no podría echarse para atrás.

Después de andar una media hora llegaron al barrio en dónde estaba la casa de las gemelas. Rodeado por barrios residenciales de alta y media gama por el norte y el sur, casi tocando la zona industrial del condado por el oeste y el centro de la cuidad por el este, estaba situado una especie de barriada obrera, que parecía ser un lugar muy deteriorada y humilde.

— ¡¿Así que aquí es dónde vivís!? — Eso preguntó Malan, mientras observaba por primera vez el lugar en donde vivían sus gemelas.

— Sí, es uno de los lugares más pobres y más baratos de la cuidad, por eso el rácano de nuestro padre se instaló aquí. — Le respondió Alex.

— Es verdad, pero no es un mal sitio. No hay apenas violencia y la gente no es horrible como en otros sitios. — Y añadió su hermana Sanae.

Y Malan les dio la razón, porque esa era la impresión que estaba teniendo. Luego, Alex soltó esta pregunta con mucha malicia:

— ¡¿Cómo se siente que alguien que vive en una barrio para ricos visita una de pobres!? —

— Pues igual que si estuviera en un barrio rico, si os digo la verdad. —
Las gemelas pusieron una cara de decepción al oír esa respuesta, esperaban que Malan estuviese muy sorprendida de cómo es el mundo de los plebeyos, como si estuviera descubriendo un nuevo mundo.

Al adentrarse ellas en aquel lugar, siguieron hacia al norte hasta llegar a las líneas de ferrocarril que separaba la cuidad en dos, llegando así a la casa de la gemelas, que estaba al lado.

Era una pequeña casita de solo un piso, rodeado de bloques de edificios, con un estado muchísimo más deteriorado que todo lo que le rodeaba. Sus muros blancos estaban llenos de grafitis y sus ventanas parecían ser de mediados del siglo pasado, con una madera casi podrida, y rodeados por unas rejas descoloridas y oxidadas. Su techo rojo a cuatro aguas era lo único que parecía estar en buen estado. Las gemelas se detuvieron para observar la casa que llevaban meses sin ver y comentaron:

— ¡Está peor que cuando habíamos venido! — Decían, algo asombradas. Creían que era imposible que la casa estuviera peor, parecía que estaba abandonada o algo parecido. — ¡¿De dónde han salido esas pintadas!? —

Se quejaban amargamente del estado en que estaban su casa, avergonzadas por el hecho de que una amiga la estaba observando. Malan las comprendía, pensando que ella también estaría muerta de vergüenza si su hogar, aunque fuera por el exterior, tuvieran tales pintas. Después de esto, se acercaron poquito a poco hacia la casita, con mucho sigilo y preocupación, como si estuvieran a punto de pegar en la puerta de un demonio.

Después de que Alex tocará dos o tres en la puerta de la casa, tragaron saliva y esperaron con mucho nerviosismo a que se abriera. A los pocos segundos, se abrió y se escuchó una voz: — ¡Por fin, habéis vuelto mis queridas hijas! —

Era el padre de las gemelas, Roman Pilsudki, que salió a escena con una sonrisa tan poco natural que daba miedo. Siguió hablando:

— ¡Habéis tardado un montón…! — Pero, entonces, se dio cuenta de algo que no esperaba ver y se quedó callado, mirándola fijamente de una forma muy desagradable. Era Martha Malan. Solo duró un segundo y algo, porque tenía que disimular; pero ella lo notó, aumentando sus sospechas.

— ¡Hola Martha Malan, no me esperaba encontrarte aquí! — Le saludó con aparente amabilidad. Luego, le preguntó: — ¡¿Estabas acompañando a mis hijas hasta su casa?! —

Las gemelas no supieron que responder, no querían saber cómo iba a reaccionar si les dijera eso. Pero Martha se llenó de valentía y le dijo:
— No solo eso, también quería conocer su casa, y quizás quedarme a dormir con sus hijas. —

— ¡¿Espera qué!? — Soltó esto, boquiabierto. Esta reacción alertó a las gemelas, y también a Malan, que aún se atrevió a repetir lo que dijo. Después de tardar algunos segundos, con su típica sonrisa, decidió replicarlas:

— ¿¡No creen que es poco temprano para eso!? Habéis vuelto a casa después de estar fuera de ella por meses y traéis a una amiga…—

— ¡Por supuesto que no! — Le dijeron las gemelas al unísono. Luego, su hija Alex añadió:

— Nunca hemos invitado a una amiga a dormir en nuestra casa. —

— ¡Es verdad! ¡Por una vez no pasa nada, y sobre todo ahora, que hemos decidido volver a casa! — Y Sanae también intervino.

Mientras intentaba mantener su falsa sonrisa, intento hacerlas cambiar de ideas:

— ¡Entiendo, pero ni siquiera la casa está preparada para invitar a alguien! ¡¿Y no os daría vergüenza enseñarles la casa a tus amigas, con lo fea y estropeada que está!? —

Sanae y Alex no supieron que decir, la verdad es que les daba un poco de vergüenza. Y también no se atrevían a decirle que no importaba eso, con el miedo de enfadarle. Malan, al prever que el padre quería alagar lo máximo posible la conversación, llenándolo de excusas, hasta que ellas se cansaran y aceptaran que la africana no durmiera en su casa; decidió jugar con fuego y decirles sus verdaderas intenciones:

— Señor, le diré la verdad. He decidido dormir con ellas esta noche en su casa por la seguridad de sus hijas, para comprobar que no les hace nada malo. No confió en usted para nada. Si de verdad ha cambiado, puede demostrarlo dejándome estar con mis amigas esta noche; y si se niega, entonces — Cogió el brazo de cada gemela como señal de que se las llevaría si su padre no aceptará. — iremos por dónde hemos ido. —

Las gemelas se volvieron a quedar muy sorprendidas por la valentía de Malan y a la vez estaban temblando del miedo al ver la reacción de su padre. Éste se quedó en silencio, mirando a la africana con una cara que daba miedo, mientras respiraba e inspiraba violentamente.

Luego, el papá rompió a carcajadas, tan desagradables que a las gemelas le quitaron las ganas de volver a la casa de Mao. Tras eso, él habló, intentado mostrarse amable y tranquilo:

— Tienes razón, pequeña. Es normal que no puedan confiar totalmente en mí. Me da un poco de tristeza, pero lo entiendo. Yo haría lo mismo. En fin, os demostraré que ya estoy bien, aceptando tus condiciones, pequeña. —

— ¡¿Entonces, quieres decir que dejas a Malan dormir con nosotras!? — Le preguntaron las gemelas con algo de miedo. Él movió la cabeza y ellas empezaron a gritar eufóricamente, mientras abrazaban a Martha. Estaban muy felices, olvidando por un momento por la reacción extraña que mostró su padre cuando la africana le dijo esas palabras. Por su parte, su amiga no podría olvidar aquella reacción y se decía a sí misma que urgía prepararse mentalmente lo que podría ocurrir a continuación.
Tras esa calurosa bienvenida, entraron en la casa. Estaba peor de lo que creían, todos los muebles estaban roto y llenos de polvo, la pintura caía de las paredes e incluso había goteras en el techo y feas humedades por todas partes. Las gemelas no podrían creer que se hubiera deteriorado tanto en tan poco tiempo, ¡¿qué había pasado en su humilde hogar para llegar a ese lamentable estado, mientras ellas no estaban!? Igualmente Martha Malan estaba sorprendida por cómo estaba ese lugar, parecía como si estuviera abandonado desde hace años. Después de pasar por el pasillo en silencio, llegaron al salón y el padre de las gemelas les dijo:

— Perdón por todo este desastre, pero han pasado muchísimas cosas y, por desgracia, toda la casa ha sufrido las consecuencias. Tengo pensando poder reformarla un día de estos… — Él dio una pequeña pausa y añadió. —Si tengo dinero, claro…— Y se puso a reír.

Es decir, las gemelas tradujeron esas palabras como el hecho de que jamás iba a reparar la casa. Más bien, dejaría que se pudriera con ellas dentro. Le entraron muchísima ganas de salir y de volver a la casa de Mao, porque él seguía siendo el tacaño de siempre. Martha Malan le quiso decir que, con el estado tan deteriorado que tenía la casa, lo mejor sería mudarse o derribarla y construirlo de nuevo, pero decidió no hacerlo. A continuación, después de observar el lamentable estado del salón, las chicas se dirigieron a toda velocidad hacia su cuarto, con la intención de saber cómo estaba.

Al abrir la puerta del cuarto, que no estaba en tal mal estado como los demás, se quedaron muy sorprendidas. No porque estuviera en malas condiciones, sino por el hecho de que estaban muy bien, como lo dejaron cuando se fueron corriendo de la casa meses atrás. La gran cama que tenían seguía ahí, con las mismas sabanas cutres de un garabato de una cerdita que era popular entre los niños y que su papá lo compró en un mercadillo. El suelo de baldosas estaba muy bien cuidado, igual que la pared y el papel pintado, que era un fondo rosa llena de corazones. Al lado de dónde dormía, estaba su pequeño escritorio, igual de limpito que lo demás.

— ¡Menos mal! — Gritaron muy aliviadas, mientras entraba y la miraban palmo a palmo. — ¡Nuestro cuarto está como siempre! — No les gustaban mucho su cuarto, les parecía cursi y pobretón; pero estaban felices de que estuviera en buenas condiciones.

— Es muy curioso que este sea el único lugar de toda la casa que no está tan deteriorada. — Añadió Malan, que no entendía entre el gran contraste ente este cuarto y el resto de la casa, mientras entraba también en el cuarto.

— ¡¿Cómo os parece!? Lo he estado cuidando como si fuera mío desde que os fuisteis…— Y entonces le padre le dijo esto, apareciendo en la puerta de repente y dándoles un gran susto a las chicas, tanto que Sanae se sobresaltó y dio un gran chillido, mientras que Alex y Malan se ponían en posición de combate.

— ¡¿Os he asustado!? — Eso les preguntó de forma burlesca, mientras las chicas se relajaban al ver que no había hecho nada peligroso. Le dijeron que sí, antes de añadir esto a gritos:

— De verdad, ¡¿tú los has estado cuidando!? — No se lo esperaban.

— ¿¡De que se sorprenden, hijas mías!? Soy vuestro padre, es normal que haga eso. —

Ese simple comentario alegró bastante a las gemelas, porque el padre de hace unos meses jamás diría eso. Ellas sentían que él ya estaba volviendo a la normalidad, y se relajaron un poco. Malan desconfió mucho de aquellas palabras, después de comprobar cómo sabía manipular a los demás, esto era pan comido. Aunque, por otra parte, el hecho de que éste había cuidado la habitación de sus hijas durante meses le hacía dudar sobre sus sospechas.

A continuación, después de darle las gracias a su padre y que se fuera de la habitación, las gemelas le dieron sus primeras impresiones a Martha Malan:

— Parece que papá se ha vuelto mejor persona. Y eso, después de ponernos esas malas caras cuando supo que Malan iba a estar con nosotras. —
Eso dijo Sanae bastante contenta, luego su hermana Alex intervino:

— Eso parece, nuestro papá está mejor…— Y le preguntó a su amiga: — ¿¡Qué piensas Martha!? —

Ésta se quedó callada durante unos segundos, poniendo una mano cerrada bajo la barbilla como señal de que estaba pensando. Al final, les dijo:

— Bueno, no lo he conocido antes, así que no sé si ha mejorado, pero aún así desconfió mucho de él. No podemos estar seguras. — Y aunque querían creer en su padre, le dieron la razón a Malan. Aún era pronto para llegar a una conclusión.
Luego, el padre de las gemelas les preguntó qué querían ellas de comer, sorprendiendo a Alex y Sanae, ya que él iba a encargar alimentos de verdad por teléfono. Eran tan rácanos que lo único que compraba era comida preparada y rebajada del supermercado, e incluso hubo veces en dónde se traía cosas que tiraron a la basura. Tampoco les hacía de comer, les decía que se buscarán la vida y a veces tenían que mendigar en la iglesia más cercana. Aquella actitud les dejó tan desconcertadas que le preguntaron si tenían fiebre:

— ¡¿Tan raro os parece!? Ya os he dicho, soy una nueva persona. De todos modos, díganme que quieren de comer. —

Eso les respondió, sus hijas le dijeron rápidamente lo que querían, una gran pizza de cuatro quesos de una de las pizzerías más caras de la ciudad. Le preguntaron a Malan si ella también quería y ésta les dijo que sí. Roman se quedó boquiabierta, temblando como un flan; pero se recompuso y no les negó eso. Tardó un poco, pero la pizza pudo llegar a casa salva y sana, y calentito:

— En serio, esto esta buenísimo. — Eso decía Alex, mientras se tragaba un trozo de pizza con la mayor felicidad del mundo. — Jamás de los jamases pensaría que nuestro papá nos compraría algo tan bueno. —

Ella sentía que estaba en el paraíso con cada trozo que se llevaba a la boca, tanto que incluso le entraban ganas de llorar. Sanae también le pasaba algo parecido, añadiendo esto:

— Y tienes razón, parece que se ha vuelto bueno, por fin. —

A diferencia de las caritas llenas de felicidad que tenían ellas, Martha comía las pizzas poquito a poco con una cara llena de seriedad. Al notar eso, Alex le preguntó:

— ¡¿Aún desconfías de él, Malan!? —

Martha tardó un poco en contestar. No se atrevió a decirles que vio a su padre buscar algo cuando llegó la pizza. Si no fuera porque ella lo cogió antes que él, cuando sacó una pequeña bolsa sospechosa.

— ¡¿Ibas a echar alguna cosa para darle más sabor?! — Eso le preguntó Malan con la pizza entre las manos, haciéndose la inocente.

El padre escondió instintivamente la bolsa, poniendo muy mala cara. Luego, recuperó la compostura y le respondió:

— Pues sí… — Se le notaba algo nervioso. — Es algo que le da mucho más presencia a la pizza. —

— Pero creo que sería muy innecesario, ya está llena de ingredientes. —

Y el padre no tuvo más remedio que darle la razón a Martha, mientras ésta se lo llevaba al salón para ser devorado por las gemelas, muy aliviada.

Eso no solo fue muy sospechoso, sino que la alarmó al máximo. Y no se atrevía a arruinarles la esperanza de las gemelas por ver que su padre había mejorado. Tras pensar eso un poco, dijo:

— Bueno, algo así… — Luego, miró por todas partes en busca de su presencia, mientras notaba algo muy raro en la casa, y les preguntó esto:

— ¡¿Pero dónde está vuestro padre!? —

— Se fue al baño hace unos minutos, decía que estaba un poco estreñido y que iba a estar mucho tiempo ahí, así que podemos comerlo todo. —

— ¿¡En serio dijo eso último!? — Dijo Sanae, al recordar lo que les dijo su padre, dándose cuenta de sus últimas palabras fue invención de su hermana. — Bueno, si es eso es lo que dijo, entonces habrá que aprovecharlo. —

Y es ahí cuando Sanae y Alex se dieron cuenta de lo que estaba notando Malan. Sonaban leves ruidos que parecían ser fuertes golpes. La africana preguntó a continuación, muy consternada:

— ¡¿Y esos ruidos!? ¡Parece como si algo está destrozando cosas cerca de nosotras o golpeándolos violentamente! —

— Seguramente serán los vecinos. — Pero las gemelas no les dieron mucha importancia. — O el tren que pasa por aquí cerca. —

Lo que no sabían es que el padre de las gemelas estaba golpeando con una barra de hierro baldosas del cuarto del baño de una forma muy violenta y aterradora. Gracias a que estaba la puerta cerrada y a las paredes que eran muy gruesas apenas se daban cuenta de lo que estaba pasando ahí dentro.

Tras terminar la comida, decidieron ir a la cama y se dirigieron hacia la habitación de las gemelas, encontrándose al padre saliendo del cuarto del baño.

— ¡Has tardado mucho papá! — Se burlaba las gemelas de la pobre dieta de su padre.

— Deberías comer más fibra de esos, dicen que son buena para hacer tus necesidades en condiciones. —

— Tienen razón, debería comer más frutas…— Éste rió alegremente, antes de preguntarles: — ¡¿Y vosotras vais a dormir!? —

— ¡Qué buenas niñas sois! — Y luego se despidió de ellas, antes de pasar a su lado: — ¡Qué tengáis buenas noches! —

Entonces, añadió en voz baja, mientras le ponía la mano sobre el hombro de la africana, de una forma muy desagradable y casi amenazador: — Y sobretodo tú, Martha Malan…—

A ésta le dio muchísimo escalofríos, tanto que se quedó paralizada y se paró. Las gemelas, al darse cuenta de su reacción, le preguntaron si le pasaba algo y está les dijo que no era nada, mientras movía la cabeza negativamente.

Después de entrar en su cuarto y de ponerse sus pijamas, empezaron a hablar de cientos de temas hasta que le entraron sueño y decidieran acostarse, pasando así una hora. Se divirtieron tanto que incluso Malan se olvido de sus terribles sospechas sobre el padre de éstas.

— ¡No me lo puedo creer! Ha sido muy divertido, eh. — Eso decía Alex, mientras las tres se acoplaban en la misma cama.

— Y hasta ahora papá no está actuando tan raro y aterrador. Debe ser cierto que ha mejorado. — Y añadió Sanae. Luego, su hermana le dijo a Martha:

— Así que no sospeches de él, ha demostrado que ya es bueno, Malan. —

Martha solo les dijo que tal vez tenían razón de forma dubitativa y poco convincente. Ellas no le dijeron nada, ya que entendían porque daba esa respuesta; y las tres se dieron mutuamente las buenas noches.

Alex y Sanae se quedaron dormidas en cuestión de segundos, Malan no pudo hacerlo. Se sentía incapaz de hacerlo, alertada por sus sospechas, por todos los indicios siniestros que había mostrado el padre de las gemelas. Se hacía la dormida, intentando comprender qué es lo que deseaba hacer aquel hombre y cómo detenerlo.
Entonces, una luz empezó a filtrarse por la puerta, dejando claro que habían encendido la lámpara del pasillo. Y empezó a oír pisadas muy tétricas que parecían acercase poquito a poco a la habitación. Le puso la piel de gallina, ya que se sentía de repente en una fea película de terror.

Y después de oír cada siniestra pisada, alguien empezó a abrir la puerta, también yendo con cuidado y de forma silenciosa, después de observar por la rejilla. Al estar abierta de par en par y mostrarse toda la luz del pasillo, Malan, consiguiendo que no se diera de que estaba despierta, divisó una figura aterradora, que soltaba una risa enferma a bajo volumen.

Era Roman Pilsudki, el padre de las gemelas; y en su mano derecha llevaba algo que mostraba a Malan que ellas estaban en peligro. Tenía un cuchillo de cocina y uno podría adivinar fácilmente qué quería hacer con ella.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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