Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Vigésima quinta parte, centésima decimanovena historia.

Fue un milagro haber salido ilesos del propio aparcamiento, él estuvo a punto de chocar su automóvil con otros coches e incluso contra un poste de la luz. También estuvo a punto de atropellar a alguien. Al final para poder recordar cómo se movía el cacharro, estuvo dando vueltas por las calles hasta que pilló el truquillo. Luego, pudimos salir del polígono industrial.

— Por cierto, ahora que me doy cuenta, este auto me suena muy familiar, demasiado, diría yo…— Luego, mientras yo le indicaba los caminos que habíamos que tomar, éste no dejaba de tener déjà vu en todo el viaje.

— T-tal vez, tal vez lo hayas visto antes, es imposible que esto sea tuyo. — Y yo tenía que hacer todo lo posible para que no recordaba nada que nos pusiera en peligro.

Tras cruzar el rio, fuimos por la carretera que rodeaba la ciudad por el norte, ir por el centro sólo perdería mucho tiempo. Mientras cruzábamos por la periferia más norteña de Springfield, alternando entre barrios marginales y espectaculares urbanizaciones de lujo; se oyó un pitido que provocó que casi el coche saliera de la carretera.

— ¡¿Qué ha sido eso!? — Gritaba muy sorprendido, a la vez que el muy idiota soltará las manos del volante. — ¿¡Qué haces tú!? — Le grité yo.

El todoterreno por poco estuvo a punto de entrar en la acera y chocar contra una tienda, pero, por suerte, éste no se olvidó de frenar.

— ¡He escuchado algo! — Se excusó. — ¡No ha sido culpa mía! — Entonces, esa cosa sonó de nuevo. — ¡Lo ves, lo ves, se ha vuelto a escuchar! ¡Ese maldito pitido! —

Ahí me di cuenta de dónde provenía ese ruido, del bolsillo del traje. Era su móvil, que se lo había quitado.

— Pero si es tu… — Casi iba a meter la pata. — ¡mi mó…! — Pero me callé por segunda vez, al pensar que decirle el nombre podría provocar que le recordará algo. Yo tuve que decir esto al final. — ¡Esta cosa! ¡Sí, esta cosa! — Mientras me lanzaba miradas recelosas y veía como yo sacaba el móvil del bolsillo.

— ¡¿Qué mierda es eso!? — Al parecer, su amnesia también borró lo que era un móvil. — ¡Sea lo que sea, apágalo, su sonidito es insufrible! —

Y mientras el coche seguía su camino, yo me puse a ver su móvil. Creía que estaba protegido con algún tipo de contraseña, pero se podría entrar fácilmente. Fui directa hacia al origen de esos pitidos y eran de una red social. Vaya con esta gente, si que estaban en la vanguardia, hablando de sus crímenes por las redes sociales. Vi muchísimas notificaciones de sus lacayos informándole de todo lo que había ocurrido, y no sólo le hablaron ellos, sino que, entre ellos, se encontraban la de aquella persona. Sentí un gran torrente de sentimientos en mi interior, ninguno de ellos agradable.

Me quedé mirando atónica a eso, incapaz de ver su mensaje. Y hubiera estado así si no fuera porque el conductor me gritó, al haberse encontrado un cruce, que le dijera adónde íbamos a ir.

Al salir ya de la ciudad y entra en la autopista, decidí a verlo. Tragué saliva y observé los últimos mensajes que les mandó.

¿¡Cuánto tiempo más vas a hacerme esperar!? ¡¿No habéis atrapado a ese desgraciado aún!? ¡No os pago para que, por dos veces seguidas, se os haya escapado! ¡Estoy harta de vuestra incompetencia!

Ese fue lanzado al mediodía, dos horas después lanzó:

¡¿No lo habéis capturado aún!?

Y el último era de hace cuatro horas, cuando ya era de noche:

No me importa muerto o vivo, pero capturarlo de una puñetera vez.

Me entraban unas grandes ganas de mandarle un mensaje y burlarme de ella con todo el desprecio y odio del mundo, deseaba gritarle que la que iba a estar muerta sería ella, que le iba a romper los huesos uno por uno hasta dejarla irreconocible. Y estuve a punto a hacerlo, pero me pude contener.

— ¡¿Te pasa algo!? — Me decía el conductor, extrañado, al ver mi cara de rabia y dolor. Le tuve que decir, controlando mi tono de voz, que no era nada. Sentía que si diría algo, el maldito se acordaría de todo y yo ya estaría condenada, ella conseguiría su deseado objetivo.

Tuve que tomar y expulsar aire varias veces y poner mi mente en frio, para pensar bien en la respuesta que le iba a dejar. Tardé un poco más de lo previsto, pero escribir algo:

¡No te preocupes! Lo he capturado y te lo estoy llevando. Espera aún en el templo, que allí apareceré con él, mañana por la mañana.

Y lo mandé apenas lo terminé. Luego, empecé a dudar si ella se lo tragaría o se le haría sospechoso, pero ya era demasiado tarde, ya estaba hecho. Con expresión desoladora, miré mi mano y me pregunté en voz baja:

— ¿Seré capaz de hacerlo…? —

A pesar de que era dominada por la ira, de que necesitaba eliminar como fuera aquellos sentimientos que me torturaban y me carcomía por dentro, de que ardía en deseos de hacerle tener el mismo destino que le dio a mis padres; estaba estupefacta por el hecho de que iba a matar a alguien. No sólo me aterraba acabar en la cárcel, sino en que iba a tener una mancha que jamás podría quitar hasta en la próxima vida. Pero ya no podría dudar, ya había llegado muy lejos para arrepentirme.

— Por cierto, ¿puedes parar en la próxima estación de servicio? Tengo que hacer alguna cosa…—

Me protestó, pero ni siquiera fui capaz de escucharle. Estaba más absorta en mí misma y, aceptando que mi destino ya estaba sellado, quería hacerle una última conversación con cierta persona.

— ¿Estará bien despertarle a estas horas? — Me decía mientras ponía el número de teléfono en el móvil. — Estamos en plena madrugada…—

Había salido del coche, después de haber llegado a una gasolinera, y estaba a punto de llamar a Mao. Pero me quedé paralizada, con el dedo a punto de tocar el botón de la llamada.

Aparte de que hay que ser bastante idiota para llamar a alguien en estas horas de la madrugada, no me sentía capaz de hacerlo, pensaba que si lo hacía sería la última vez que me atrevería a hablarle a la cara, no deseaba que me mirara como una asesina. O peor aún, que después de esto, no tendría otra oportunidad para charlar con él, porque ya estaría muerta.

— ¡No puedo perder más tiempo! — Al final, me cansé de tanta indecisión, gritando como una loca. — ¡Qué sea lo que los dioses quieran! — Y apreté el botón.

El teléfono estuvo un buen rato conectándose, pero nadie lo cogió. Al final, el pitido paró y la llamada no se realizó. Sentí un poco de alivio, pero a la vez me decepcione, había perdido mi oportunidad. Y cuando estaba a punto de volver el coche, el móvil empezó a sonar.

— ¿¡Será..!? — Eso gritaba muy nervioso, mientras mis manos, que temblaban, cogían el teléfono. — ¡¿Será Mao!? —

— ¡¿Quién es y por qué está llamando a las cinco de la madrugada!? — No había duda era Mao. — ¡¿Es usted estúpido, o estúpida, o qué!? ¡Estamos durmiendo, durmiendo! — A pesar de que estaba enfurecido, me alegré mucho de oír su voz.

— ¡Mao, Mao, soy yo, Nehru! — Le decía muy feliz, como si hubieran pasado siglos desde la última vez que lo vi. — ¡¿Te acuerdas de mí!? —

— ¿¡Y por qué me llamas a estas horas de la noche, estúpida!? —

Gritó con tanta fuerza que casi me dejo sorda, pero eso me hizo gracia.

— Era para volver a oír tu voz, princesita. — Forcé un tono encantador y burlón. Él me replicó: — ¡Déjate de tonterías, no has despertado a todos, idiota! ¡¿En qué estabas pensando!? —

— Perdón, lo siento mucho, pero no iba a tener otro momento…— Añadí con pesadumbre.

— ¿¡Cómo que no ibas a tener otro momento!? — Entonces, Mao calló por un segundo, y luego añadió, muy suspicaz: — ¿¡Qué me intentas decir con eso!? —

— ¡Ignora eso…! — Al ver que él se dio cuenta, intenté tranquilizarlo, cambiando de tema: — ¡¿Te acuerdas de nuestra última conversación!? ¿¡De qué cuando me preguntaste si yo estaba bien así, yendo como un hombre!? —

— Sí, perfectamente, ¡¿qué pasa ahora con eso!? —

— Pues, la verdad es que…— A mitad de la frase me quedé atascado, incapaz de continuar. Estaba a punto de romperme, al recordar en todo lo que me había ocurrido. Pero no quería hacerlo delante de Mao, tenía que aguantar y actuar como si nada, aunque fue en vano. Tuve que obligarme a mí misma para poder continuar:

— Yo he estado reflexionando mucho sobre lo que me dijiste. No, más bien, unos ciertos acontecimientos me han hecho pensar sobre tus palabras, sobre la farsa que estamos haciendo, al actuar como personas del sexo contrario; sobre cómo nosotros hemos engañado a los demás o nuestra máscara nos ha absorbido y todas esas.

La verdad es que, tengo que reconocer que yo también entiendo nada, en cuestión de días todo se ha vuelto loco. Mi papel, mi máscara o lo que sea, ha hecho mucho más daño de lo que podría creer y todo se ha derrumbado. Ahora no sólo me he dado cuenta de que he sido absorbido, sino que es lo único que me queda, mi farsa es lo que única que tengo…

El pasado, mis acciones pasadas, todas sus consecuencias, han venido de golpe hacia mí y…— Las lagrimas se me humedecían y cada vez me costaba más hablar bien. —…ha sido horrible, y todo es por mi culpa… Mi absoluta culpa. A-ahora, me he dado cuenta de que no hay más remedio que dejar de huir, tengo que valiente por una vez y hacer lo que tengo que hacer. —

Al recordar todo lo que me pasó, todo el daño que hice y todas las consecuencias nefastas que cometí, no pude más y rompí a llorar.

— ¿¡Qué te pasa!? ¡¿En qué lio te has metido!? — Creo que Mao pudo oír mis gimoteos y pudo confirmar que yo estaba metido en un grave problema.  Se me puso a gritar como loco: — ¡¿Dónde estás!? ¡Voy a ayudarte! —

— Lo siento, no quiero meterte en este problema, yo lo voy a solucionar, como sea…— Le decía entre gimoteos.

— ¡Eso no es algo que dirías!— Se le escuchaba muy preocupado y alterado. — ¡Mierda, voy a por ti enseguida, no voy a dejar que hagas alguna estupidez! —

Me hizo muy feliz que, a pesar de todas las protestas y quejas, sentía un cariño hacia mí, al punto de ser capaz de salir en plena madrugada para buscarme. Eso provocó que gimoteara y llorará más fuerte.

Incapaz de hablar bien, intenté tranquilizarme, mientras él me preguntaba de forma desesperada si estaba bien. En cuestión de segundos, mientras me limpiaba los ojos, le dije esto:

— Ya lo tengo decidido. — Era mi responsabilidad, tenía que cumplirlo.

— Tal vez, pueda ser la última vez que nos podamos a oír… — Mao siguió  diciéndome cosas, asustado, pero lo ignoré. Quería decirle algo, que fuera digno de ser recordado y que le pudiera ayudar en la depresión en la que él estaba metido. Así que lo intenté:

— Pero, quiero decirte, aunque creo que no te pueda ayudar en algo, tú eres Mao, por mucho que te pases por una chica, por mucho que seas un chico, tú eres así. Tal vez, tu máscara te haya absorbido, o algo parecido, pero tú eres más que eso. Si alguna vez tienes que retirarte del teatro, seguirás siendo Mao, para mal o para desgracia. —

No sé cómo terminó actuando como una chica, pero él no se inventó una personalidad alternativa para pasárselo bien y escapar de una vida gris. Tampoco nadie le había quitado su identidad y se pasaba por él, quedando sólo el disfraz que se puso. Nehru es pequeña parte de mi verdadero yo, de una chica acomplejada y que para poder sentirse segura se pasaba por un hombre. Ahora soy esa parte, lo demás se me fue robado.

— ¡¿Y tú qué!? ¡Te daré una paliza si haces alguna burrada, lo oyes! ¡Ni se te ocurre hacer en lo que estás pensando! — Me reí con amargura. Supongo que se olía a kilómetros que planeaba hacer algo horrible y así que decidí terminar esta conversación.

No podría alargarlo mucho más, sería mucho más doloroso para mí, y para mí. Así que decidí despedirme de él:

— Aunque un buen caballero siempre tiene que atender los deseos de una dama, tendré que rechazar tu petición. Lo siento, princesa Mao, ha sido muy divertido estar contigo. — Y corté la llamada.

Había muchas cosas que quería decirle, quería seguir tomándole el pelo y decirle que, aunque haya sido poco tiempo, los sentimientos que él me ha creado. Pero eso sólo sería agravar aún la situación y no es una cosa que sería digna de un caballero como yo.

— ¡Has tardado mucho! ¡Casi me he quedado dormido! — Me gritaba el delincuente ese, muy molesto; mientras yo subía al coche.

— ¡Perdón, perdón, es que se me ha hecho muy largo, Renamanujan!  —

Casi me dio un puñetazo, al darse cuenta de que le dije el nombre muy mal.

— Mi nombre es Ramanujan, ¡es la última que me llames así, o te rajo la cara! —

Antes, mientras me contaba su vida, o lo que había recordado de ella, me dijo su nombre y me explico que sus padres se lo pusieron en honor a un matemático muy famoso de la india, para que tuviera suerte y sacará la familia de la mediocridad haciéndose famoso. Ni idea de lo que estaban pensando sus padres, pero el karma les reservó otro camino para su hijo.

En fin, seguimos nuestro camino hacia la ciudad de Bogolyubov. Al ver la ciudad desde la lejanía, fuimos recibidos por los primeros rayos de sol, ya era por la mañana.

— ¡¿Hemos estado toda la noche despiertos!? — Me quedé estupefacto al ver el sol. — ¡Por eso me siento tan agotado y horrible, qué ganas tengo de ir a dormir! — Me miré en el retrovisador y parecía un zombi. Todos estos días, en los que apenas he podido dormir y comer bien, me estaban pasando factura.

Al introducirnos en la ciudad, entrando por la avenida principal, él me pregunto esto:

— ¡¿Ahora dime dónde está el templo de mi hermano!? —

Tardé en responder, tenía el temor de que actuará de una forma un poco desagradable al decirle la verdad. Pero su mirada asesina, al ver que no abría la boca, provocó que tuviera que decirlo.

— No me acuerdo cuál es su dirección. — Trague saliva, pero no me pasó. Sólo me dijo con una expresión malhumorada: — Pues bájate del coche y pregúntaselo a alguien. —

Entramos en una calle pequeña y me hizo bajar. Yo me dirigí a preguntarle a una señora que había cruzado la carretera. Pero entonces, tras alejarme unos cuantos pasos de, él me habló:

— ¡Una cosa, yo ya he recordado dónde está el templo de mi hermano! —

— Pues vamos para allá. — Qué conveniente fue escuchar eso, me giré hacia él e iba a montarme en el coche.

— Tú no. — Añadió con un gran desagrado. Me dejó un poco confundida: — Espera, ¿¡qué!? —

— Me voy a quedar con tu coche, es muy bonito. No voy a perder más el tiempo contigo. —

Encendió el motor y el todoterreno salió a toda velocidad. Entonces, me di cuenta de que había engañado, me hizo bajar del coche para dejarme tirada.

— Pero, ¿qué? — No podría salir de mi asombro. Luego, le grité: — Por lo menos, dime dónde está el templo. —

Pero desapareció de mi vista, rápido y audaz. A pesar de que seguía siendo amnésico, hizo algo muy rastrero e ilógico, seguía siendo un hijo de puta. Aunque lo gracioso es que había robado su propio coche y aún conservaba gran parte de sus enseres.

— Bueno, por lo menos ha podido traerme hasta Bogolyubov. — Fue una gran suerte que quiso hacerlo cuando estaba en la estación de servicio.

Entonces, me di cuenta de que dejarlo ir podría ser contraproducente para mí.

— ¡Mierda, si llega antes que yo al templo, todo puede empeorar! — Casi me iba a dar algo. — ¡Tengo que llegar antes que él! —

Y entonces salí corriendo, sin saber a dónde, en busca del lugar en dónde se encontraba mi objetivo de mi venganza.

FIN DE LA VIGÉSIMA QUINTA PARTE

 

 

 

 

 

 

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Centésima decimonovena historia

El príncipe y la paria: Primera parte, centésima decimonovena historia.

Iba a comenzar a contar mi historia, pero me di cuenta de que no sé cómo empezarla. En serio, ¿cómo se comienza a escribir un relato?

Es decir, llevo más de diez minutos y no he podido encontrar una forma de empezar que sea increíble y os deje a todos impresionados. Y no ha habido manera, no se me ocurre nada. Ni empezando por el final ni el medio, ni parafraseando alguna frase de algún famoso como Rabindranath Tagore, Gandhi o Buda; o poniéndome muy profundo, incluso mencionando cosas de la mitología hindú, etc. En fin, no se me ha ocurrido nada genial y lo mejor que he hecho es sincerarme.

Y si esto es difícil de empezar a contar, ni me imagino cómo será el contar el resto de la narración. ¿¡Cómo hacen los escritores para ponerse a narrar historias!? La mía es real, me ha pasado de verdad y no tengo ninguna idea de cómo empezarla ni de organizarla.

Qué difícil ser tu propio narrador, ¡ojalá alguien venga a sustituir mi lugar y lo cuente por mí! Y de paso, si lo van a hacer en algún medio audiovisual, que pongan la voz bonita de alguien famoso como Salman Khan o Emraan Hashmi ¿¡No lo conocen!? ¡Pero si son muy famosísimos…! ¡Bueno, en la India, eso tiene merito, eh! ¡En fin, les estaría agradecido si me hicieran ese favor! ¡O agradecida, ya da igual!

En fin, este es el mundo real y no puedo tener derecho a ese lujo, ¿¡o tal vez sí!?

Creo que ya tengo más o menos una idea de cómo comenzar esto, gracias a toda esa charla innecesaria. Tendré que conformarme con empezar con el principio, como hacen todas las demás historias. ¡Damas y caballeros! ¡Espero que estén preparados!

Miré la ventana con tranquilidad, observando cómo la lluvia de abril caía con gran intensidad sobre la ciudad, cuando la persona que estaba a mi lado me decía esto:

— Entonces, ¡¿puedes decirme qué es lo quieres de una vez!? — Se le veía molesto, frunciendo las cejas. Ponía un rostro que solo me entraba ganas de hacerle alguna broma. — ¡Me has sacado de casa, y además con este horrible tiempo, de un momento para otro vamos a salir en canoa! —

— ¡Relax, relax, Mao! ¡Tampoco es para tanto, esto no es nada comparable con los monzones! — Le replicaba con buen humor. — ¡Ya te lo diré, no seas impaciente! —

Eso fue lo que dije porque no me acordaba de la excusa que le conté para que decidiera comer conmigo. Mi verdadera intención era llevarle a cenar al restaurante indio más famoso de la ciudad.

— Entonces, ¿significa que eso de que quieres venderme algo es una mentira? — Me miró con mala leche. Me pilló.

— ¡No es eso, es verdad! — Exclamé muy nervioso. Luego, añadí esto para cambiar la conversación: — ¡Ah, y ahí viene el curry! ¡Ya lo estuve esperando! —

Me acordé. Tenía una estatua rara de Mahavira, el iniciador del Jainismo, que cogí de mi abuelo. No tenía necesidad alguna de librarme de él, pero tampoco lo aprecio, así que se lo podría vender.

A continuación, empecé a saborear el curry madrás con pollo que había pedido y era exquisito. Fui interrumpido porque Mao, tras coger un poco del plato que pidió, dio un fuerte chillido:

— ¡Oh, mier…! ¡Oh, oh, como pica! — Si que hizo un gran esfuerzo en censurarse, mientras buscaba de forma desesperada el agua. Y tuve que coger la botella y echárselo en el vaso, porque estaba a punto de tirar cosas al suelo, buscando lo que quería tomar. No pude evitar reír, fue gracioso.

— ¡¿De qué te ríes!? ¡Casi iba a escupir fuego! ¡No vea como arde esto! —Me replicaba muy molesto, mientras llenaba de nuevo el vaso.

— Se me olvido decirte que el vindaloo es unos de los curry más picantes que uno puede probar. Y eso que aquí siempre lo pone muy suavecita. —

Fue sin querer, no me acordaba de ese detalle cuando pidió cordero y patatas con vindaloo.

— ¡Genial, ¿ahora cómo voy a comer esto?! ¡Esto tiene demasiado picante para mi gusto! — Lo miraba con cara de asco, mientras yo seguía riéndome.

— Entonces, no te lo comas. —

— ¡No puedo desperdiciarlo ahora! —

Me replicó, para luego echarle otro bocado y soportar con todas sus fuerzas el picante. Añadió, tras beber agua como un condenado: — ¡Por lo menos, no es como el pozole! —

Era un espectáculo bastante divertido y tierno verlo tragarse ese plato hasta hartarse. Él se daba cuenta y me protestaba:

— No puedo concentrarme en terminar esto contigo mirándome. Sé que es gracioso, pero preferiría que miraras hacia otra parte. No sé, a tu plato o lo que sea. —

— Lo que usted diga, mi madam. No era mi intención ponerla incómoda, le pido mis disculpas. — Me miró con mala cara, pero luego dio un suspiro y siguió comiendo.

— Mi estomago esta hecho polvo. — Decía, al terminar. — Si me pongo enferma, será por tu maldito descuido. —

— ¡Si eso pasa, me iré a tu casa a cuidarte y ser tu enfermero! ¡¿Te gustaría, no!? —

— No, por nada del mundo. Antes tapo mi casa con tablones de madera para que no entres a hacerme cuidados. —

— Ay, eso es muy cruel. — Me reí. Me encantaba molestarlo y ver sus respuestas. — ¡Si lo hago con toda la buena intención del mundo! —

— Bueno, por mi corta experiencia, he visto como las mejores intenciones del mundo lo mandan todo al garrete, si no tienes ni idea de lo que estás haciendo. — Dio una pequeña pausa, para beber agua. — En fin, ahora me puedes explicar lo que quieres de una vez. —

Y se lo expliqué con señas y señales. Se puso muy profesional, hablándome de muchas cosas que ni entendía, en torno al precio y demás cosas. Me dijo que quería verlo y comprobar su validez como objeto y antigüedad para que fuera algo rentable para su tienda. Se nota que entendía el negocio.

— Cuando estés disponible, ya me lo traerás y acordarnos el negocio. — Finalizó con esto nuestro acuerdo, yo le dije que sí, aunque no entendí apenas nada de lo que dijo. Daba igual, ya me lo explicaría de nuevo la próxima vez. Lo bueno es que tenía una excusa legítima para poder verle de nuevo.

Entonces, Mao se quedó callado y empezó a mirar de forma muy triste y desoladora hacia la ventana. Dio unos cuantos suspiros. De golpe se vino una atmosfera muy deprimente, algo que yo intentaba evitar.

En verdad, desde Enero, cayó en una especie de depresión y se ha vuelto más flojo y desánimo que nunca. Toda la pandilla que se ha formado en torno a él está muy preocupada y hacen lo posible por animarlo. También estaba poniendo mi granito de arena, invitándole a esta cena, más o menos. Y creo que lo estaba consiguiendo, así que intenté decir algo:

— ¡¿Quieres pedir algo más!? ¡Con mucho gusto, yo te invito el postre, puedes pedir el mejor de todos! ¡Y si no se encuentra en este restaurante, lo buscaría por todo el mundo solo para traértelo! ¡Bueno, es broma, sólo lo haré por la ciudad! —

Exageré mi caballerosidad al máximo, me mostré lo más fabulosa posible solo para que me replicará o se riera de mí. La respuesta que conseguí fue muy diferente:

— Si como postre, voy a vomitar…— Estaba muy serio, me asustó un poco. — Ahora mismo, quiero hablar contigo sobre algo que llevo pensando hace tiempo…— Me puse nerviosa y le iba a preguntar qué era, pero se me adelantó. — No lo quiero decir aquí, sino en la calle. Además, ya no está cayendo tan fuerte. —

Tragué saliva, ¡¿de qué trataba aquello!? No parecía ser una cosa bueno y eso me atormentaba un poco. Con una sonrisa nerviosa, le dije que sí, con ganas de quitarme de medio. Luego, intenté preparar mi cuerpo para que poder prepárame ante lo que venía.

A continuación, pagamos la cuenta y salimos al exterior. Mao tardó unos cuantos minutos en atreverse a hablar, provocando que mi nerviosismo se pusiera en puntos críticos.

— Te puedo hacer una pregunta…— Tragué de nuevo saliva. — ¿Estás cómoda así? —

Me dejó algo boquiabierta, no entendí para nada aquella pregunta. Al ver mi cara confusa, Mao tuvo que explicarse mejor:

— Quiero decir, si estás cómoda con el hecho de estar todo el rato vestida o actuando como un hombre…—

— Pues, lo normal, supongo…— Me rasqué un poco la barbilla, mucho más confundida que nunca. — Bueno, no sé… ¡¿Por qué me preguntas esto!? ¡¿Ya estás cansado de ser una chica o qué!? —

Me dejó la mente en blanco aquellas palabras, a mi cerebro le costaba mucho traducir lo que intentaba decir.

Más bien, no fue aquello que dijo en sí, sino el hecho de que me había preguntando algo que jamás me había cuestionado. Fue la primera vez que alguien me preguntó si estaba cómoda haciendo el papel de hombre.

Cómo ya sabrán, yo, bajo esta imagen de indio caballeroso y elegante indio que portaba el esmoquin más caro que encontró, soy del sexo contrario. Y aquella chica rubia y asiática que estaba a mi lado, que portaba con mucha elegancia unos ropajes tradicionales del Japón, es un hombre. Así es, cada uno se hacía pasar por el género que no pertenecía.

— En teoría, debería estarlo…— Tras tardar un poco en hablar, añadió esto cabizbajo. — Nunca quise actuar como tal, pero…— Se le veía muy serio y muy confundido, como ni siquiera sabía cómo explicármelo. — Estoy bien así, estoy tan acostumbrado a ser esto que no me interesa cambiar…— Y yo estaba igual o más confusa que él. ¡¿Sí estaba bien así, por qué debe estar preocupado por eso!? Mi cerebro apenas lo podría comprender.

— ¡¿Entonces, cuál es el problema!? — Le pregunté y éste no dijo nada. Solo quedó en silencio de forma muy preocupante. Intenté traerle al mundo real, zarandeándole: — ¡¿Mao!? —

— ¿¡Cuál es el problema…!? — Entonces, él dio una pequeña carcajada y quitó mi mano de su hombro. — ¡Este es el problema, soy un chico y me siento cómo tal! ¡No me siento atrapada en el cuerpo de otra persona ni nada parecido! ¡Por tanto, debería actuar como soy realmente, como un chico! ¡Pero estoy tan acostumbrado a ser una chica, a actuar como tal, que estoy bien así y no me interesa cambiar! ¡Pero siento que esto es un tipo de engaño hacia a los demás, debería haber revelado mi propia naturaleza y no seguir esta farsa durante más tiempo! ¡Aunque la verdad, si quiero que esta farsa continúe! ¡Estoy bien así! ¡Tanto que creo que me he tomado esto tan en serio, tal vez mi mente sea de una chica! ¡O no sé, mierda! ¡No entiendo nada! — Se puso las manos a la cabeza, gritando de frustración.

— ¡¿Entonces, lo qué quieres decir!? Bueno…—

Lo comprendí, pero estaba tan abrumada que me costaba encontrar las palabras necesarias. Entonces, Mao decidió hablar por mí:

— Más bien, debería de dejar de actuar, pero quiero seguir actuando en este papel de chica…—

— Más o menos entiendo…— Añadí y luego le di mi opinión: — Si quieres seguir actuando, pues hazlo, no pasa nada malo, supongo… —

Después de todo, hay miles de personas que interpretan papeles en su vida real, actúan lo que no son realmente por cientos de razones. No son malas, muchas veces es una cuestión para sobrevivir en un mundo basado en las apariencias. Por tanto, no debería preocuparse tanto.

— Pero al interpretar este papel, estoy engañando a los demás. Diciéndoles que soy una chica, cuando no lo soy. Y cuánto antes peor, más fuerte es el engaño. — Apretó los puños, con una expresión de rabia. — ¿¡Y si llega el momento en que tenga que quitarme la máscara ante todos, qué podría hacer!? ¡¿Y si la máscara, mi papel, ya me ha absorbido!? ¡Entonces, entonces…! —

A continuación, se calló y lanzó un fuerte suspiro. Tras estar un ratito en silencio, tranquilizándose, volvió a hablar:

— No es nada, perdón por esto, no es mi intención decir estas cosas…— Se sentía muy arrepentido por haberme explicado eso, como si yo fuera la menos indicada para escucharle. — Solo quería saber si te sientes cómoda así, en tu papel de casanova, si no te sientes mal por ejercer ese papel o deseas volver a ser como eres realmente, como una chica…—

No dije nada, me quedé muy pensativa, repitiendo en mi cerebro aquellas palabras que él dijo. “Pero al interpretar este papel, estoy engañando a los demás”, “Y si llega el momento en que tenga que quitarme la máscara ante todos”, “Y si la máscara, mi papel, ya me ha absorbido”; esas fueron las que más se repitieron en mi cerebro. Por alguna razón, en mi interior algo se quebró, como si hubiera recordado algo terrible, pero no sabía qué era exactamente. Más bien, todo eso se sintió como si me hubieran revelado unas cuestiones que me podrían turbar el corazón. Apenas entendía aquel extraño y desagradable sentimiento que se alojó en mí. Dudé, entonces.

¿¡Me siento cómoda actuando como un hombre!? ¡¿Está bien hacerles creer a las personas lo que no soy realmente, cuando ni yo misma me siento así!? ¡¿Y si realmente llevo tanto rato siendo un hombre que ya pienso como uno de verdad…!?

En aquellos momentos, me dije a mí misma que no me tenía que preguntar eso, que si no estuviera cómoda, entonces hubiera dejado de actuar como un hombre; que no pasaba nada con engañar a los demás, todos lo hacen, incluso a sí mismos; y que aún sabía que era una mujer, era imposible para mí confundirme de esa manera. Aún así, no estaba satisfecha con el hecho de decirme esas respuestas.

— Por supuesto que sí, mujer. — Le respondí de forma tajante, aunque, en el fondo, me sentía algo dudoso. — ¡No te preocupes por esas cosas, esas tonterías solo amargan la vida! ¡Estás bien como eres, sigue viviendo así, vive así hasta el fin de tu vida, que esas dudas no te hundan la vida! —

Más bien, estas palabras eran dedicadas para mí.

— Creo que es demasiado tarde para decirme eso…— Dio una pequeña pausa y añadió: — En fin, eso es todo. Ya voy a volver a mi casa, es de idiotas seguir paseando debajo de la lluvia. —

A continuación, nos despedimos y le vi alejarse poquito a poco bajo la lluvia y el paraguas. Entonces, quise decirle algo y así lo hice.

— ¡Y anímate! ¡Si eso es lo que provoca tu depresión, entonces mándalo al carajo! ¡Como si fuera,…! ¡Bueno, como…! ¡Da igual, solo mándalo lejos! ¡Son solo tonterías sin sentido! — Le grité esas palabras, pero él ni se dio cuenta, siguió como si nada. Ya apenas lo podría distinguir.

— ¡Maldición, debí haberle dicho esto antes! — Añadí muy molesta, antes de seguir por mi propio camino. Ya que Mao se quitó del medio, no había sentido a que estuviera bajo la lluvia, mejor volver a casita y a disfrutar de una maratón de mis películas favoritas.

Durante aquella larga caminata que me di, no dejaba de recordarme esas malditas palabras. A pesar de que me dije que no tenía que pensar en esas tonterías, una y otra vez mi cerebro me lo recordaba, como si me quería torturar o intentaba mostrarme que algo no estaba bien.

— ¡Ya, ya, Nehru! — Me decía a mí misma en voz baja. — ¡Olvídate de eso, estoy muy bien así, no tiene sentido que me ponga a pensar en esto! —

— Tendré que salir esta noche a ver si divertirme un poco en las discotecas y bares me ayuden a olvidarme de esto. — Añadí, al ver que era imposible de quitarme aquellos pensamientos de encima.

Al fin, llegué a mi hogar, pero, entonces, me percaté de que algo raro había pasado.

— ¡Qué extraño, la puerta está abierta! — Mis ojos se abrieron como platos al ver eso. Y no era una torpeza mía, me di cuenta de que habían forzado y destrozado mi cerradura. Mi cara se puso morada por el terror y entré a mi casa con la esperanza de que no hubieran robado nada en ella.

Y a primera vista, parecía que me habían robado, todo estaba hecho un lio. Había cosas tiradas en el suelo, incluso los cajones de mis muebles; y no había lugar en dónde no habían tocado.

Entonces, oí como un coche arrancaba de golpe y saliera pitando de la calle, dejando marcas de neumático en el suelo por la drástica aceleración que hizo. Estaba a pocos metros de mi casa, ¿¡eso quería decir que eran los ladrones!?

A pesar de lo desagradable y desolador que es descubrir que te robaron en tu casa, me sentí aliviado de que no lo hubieran hecho cuando yo estaba en mi hogar o a punto de entrar. Hay algunos tan violentos que me matarían en el acto solo por no decirle dónde estaba el dinero. Lo que no sabía es que aquel simple asalto sería el principio de toda una verdadera pesadilla.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Última parte, centésima decimoctava historia.

Bueno, ya hemos llegado al fin de esta historia, o más bien al epílogo. Ha sido más largo de contar de lo que creía, y creo que no me he olvidado de nada imprescindible. Ahora les resumiré las cosas que vinieron después de esto, lo que pueda.

Después de que esa mujer desapareciera, nos pusimos a pensar en qué hacer con los amantes chiflados de la naturaleza, que se despertaron y, al ver perdieron la batalla, lloriqueaban en un rincón sin ninguna ganas de hacer nada. Bueno, unos tuvimos que quedarnos a vigilarlos, mientras otros se fueron en coche al pueblo más cercano para avisar a la policía, situada a más de veinticinco kilómetros. Tardaron como tres horas en irse y volver, ya que se perdieron varias veces por el maldito bosque. En fin, al regresar, se trajeron varias patrullas.

— ¡¿Entonces, según vosotros, eso es todo lo que ha pasado!? — Eso nos preguntaba uno de cientos de policía, mientras anotaba todo lo que nosotros habíamos vivimos. — ¿¡No creen que es algo difícil de creer!? — Bueno, le doy la razón, había algunos puntos que llegaban a ser muy absurdos. Si yo fueron él, también dudaría.

— ¡Es cierto, es toda la verdad! — Aún así, le pedimos que hiciera el favor de creer aquella historia tan loca. — ¡Tiene que creernos! —

Se rascó la cabeza de forma dubitativa, preguntándose si hacernos caso o no. Al final, hizo como si nos creía, porque se le veía en la cara, y en sus palabras, que no era una exageración por nuestra parte:

— Bueno, bueno, supongo que tiene sentido, pero…— Entonces, el policía empezó a regañar a Ekaterina y a los demás que nos rescataron. — ¡¿Por qué vosotros habéis tenido que ir a rescatarlas!? ¡Ese es el trabajo de la policía, no de vosotros! — Luego, se dirigió a Mao, que lo habló con una gran familiaridad. Él le llamaba al agente por su nombre, dejando que se conocían muy bien. — ¡Sobre todo te lo dijo a ti, Mao! ¡En serio, siempre te veo en algún problema, siempre! ¡Debe ser la cuarta o quinta vez que te involucras en un secuestro! ¡Y esto es solo la punta del iceberg, ¿qué te crees, una heroína o qué?! —

Parece ser que Mao era demasiado conocido en la comisaria, todo los policías de la zona deben de conocerle o algo así.

Mao, al ver que lo estaban regañando, dio un gran suspiro de molestia y le dijo:

— Ya me gustaría a mí no meterme en estas cosas, pero siempre acabo de alguna manera…—

El policía le quería algunas cosas, pero le ignoró con gran desánimo, yendo al coche alquilado con la idea de dormir ahí dentro. Andaba como si fuera un muerto, con una cara de alguien que daba la apariencia de que apenas tenía ganas de vivir. A todos nos preocupó verle así, incluso el mismo policía:

— ¡¿Está ella bien!? ¡¿Le ha pasado algo!? ¡La veo muy deprimida, no es la misma Mao de siempre! —

No pudimos contestarle, nosotros tampoco sabíamos muy bien lo que le estaba pasando con él.

Nuestra preocupación por Mao fue interrumpido por los gritos de júbilo y de felicidad de las personas que nos secuestraron.

— ¡¿No hacia hace un momento que estaban llorando!? ¡¿Por qué ahora están celebrando!? — Nos preguntaba Candy, igual de desconcertada que el resto.

— Jamás había visto a gente tan feliz de pasar una temporada en la cárcel…— Dijo Jane.

— Es por las últimas noticias. El proyecto de buscar petróleo ha sido detenido. Por ahora, las marismas no serán usadas. —

Entonces, Nabila apareció y nos dijo la razón. Ahí ya tenía sentido.

— ¡Somos unos héroes! — Alzaban sus manos esposadas, con caras y lágrimas de enorme felicidad. — ¡Hemos salvado a la naturaleza! — Hasta se abrazan entre ellos ante la incomprensión de los policías que los metían en las múltiples patrullas. — ¡Hurra, hurra! —

A pesar de todo esto, se había conseguido el objetivo por el cual nos había secuestrado. A pesar de que escapados de sus garras y la jefa que había comandado esta operación se retiró, acabando este secuestro en saco roto; la persona que ordenó esto, el cliente, consiguió lo que deseaba. Una sensación agridulce invadió mi cuerpo.

— ¡¿Esto es en serio!? — Aún así, me era difícil asimilarlo.

— Déjalos, hermanita. Si están felices así, pues no le vamos a quitar la alegría. — Me dijo Jane.

— Final feliz para todos, ¿eh? — Añadió Candy con una sonrisa forzada.

Podrán haber salvado las marismas, pero pasarán una temporada entre rejas, siendo considerados por todos como unos lunáticos sin remedio. Han salido perdiendo, aún así, no soy nadie para decirles que no se pongan felices.

Ignorando a estos merluzos, que tardaron un buen rato en dejar de gritar a todo volumen que eran unos verdaderos héroes, me acerqué al todoterreno para hablar con Mao:

— ¡¿Estás bien!? ¡Pareces más vaga que de costumbre! — Le pregunté a Mao, quién tardó en contestarme, como si le costaba responderme o no sabía qué excusa decirme para no centrarme en su tristeza.

— No sé. Si te diría que sí, sería una mentira…— Con gran sinceridad, me respondió esto. Estaba tan desanimado que era incapaz de levantarse de los asientos traseros en dónde se había acostado para poder hablar cara a cara conmigo.

Entonces, me quedé atrancada, no sabía qué decirle. Aún así tenía que continuar la conversación y animarle de alguna manera, evitando algún tema que le podría sacar de sus casillas. Entonces, recordé mi propia experiencia e intenté hablar:

— Bueno, yo…— Entonces, Mao me interrumpió y me dijo: — Lo siento por preocuparte, no hace falta que digas nada más. Por mucho que lo oculte, ya es visible para todos…—

Se escuchó un resoplido por su parte, como si fuera una manera de expresar su descontento por poder a todos tristes. Le comprendí bastante bien, sabía bien lo que estaba sintiendo. Y eso me dio más fuerzas para hablarle de mi propia experiencia, para dejar claro que no estaba solo, que todos sufríamos eso en algún momento de nuestras vidas. Con seriedad y afabilidad, le dije:

— Yo también estuve así, durante unos pocos días. No tenía ganas de hacer nada, solo lo veía todo negro, sentía que todo apenas había sentido para mí. Pero, al final, lo pude superar, a pesar de todo…—

Mao se mantuvo callado, así que yo seguí hablando: — No sé qué tipo de problemas tendrás o cómo de graves deben ser, pero lo podrás superarlo. Si lo hice yo, que soy muchísimo más débil que tú, lo conseguirás…—

Inesperadamente, Mao se levantó un poco y parecía tener cara de echarme en cara que todo lo que decía yo era ánimos inútiles, que en vez de haberle animado, le había provocado indignación; a gritos. Pero no lo hizo, ya que cuando abrió la boca, soltó esto con tranquilidad:

— ¡¿Por qué piensas eso!? ¡Tú, lo has podido superar en unos cuantos días, llevo meses atrapado en esta puta mierda, incapaz de ver la salida! ¡Yo creo que eso al revés…! —

Me miraba perplejo, como si no entendía que él fuera fuerte. Pero lo era, lo demostró y lo estaba demostrando. Así que, sin ningún atisbo de duda, le dije, mientras me ponía bien las gafas:

— Yo no digo las cosas por gusto, nadie con depresión se lanzaría sin pensarlo a salvar a una amiga que ha sido secuestrada, salvo tú. A pesar de tus profundos problemas, los dejaste a un lado y viniste a rescatarme, junto con Ekaterina y los demás. Por mi parte, estuve sumergida en esos terribles sentimientos, incapaz de mover un dedo para ayudar a los demás. Lo único que pensaba en mis desgracias y en mi sufrimiento. Por eso, eres más fuerte que yo. —

— Ya veo… Tiene mucho sentido… — Rió levemente, mostrando una tímida sonrisa. Creo que le animé un poco y reconozco que me hizo feliz. Al ver mi rostro, él añadió, mientras me daba un abrazo: — Gracias, espero que mi fuerza me ayude en salir de esto. — Me puse muy roja y alterada, entre chillidos nerviosos, le decía que no era nada, mientras salía corriendo.

— ¡Bueno, bueno, me alegro que eso te haya ayudado! ¡Ah, mi hermana me está llamando, me tengo que ir! — Lancé una pequeña mentirijilla para no fuera tan evidente que yo estaba saliendo corriendo como una gallina porque no me esperaba tal abrazo. En serio, fue de golpe, no supe cómo reaccionar bien. Solo duró unos pocos segundos, pero fue demasiado para mí. Y me costó olvidarlo durante un buen rato, no dejaba de recordar cómo se sentía al notar como sus brazos me rodearon y su cuerpo se tocaba con el mío. No piensen nada raro, es que no estoy acostumbrada a este tipo de cosas.

Y creo que me dijo algo más, pero fue tan débil como un susurro, que da lugar a que me lo había inventado. Era esto, o lo que creí oír, no estoy muy segura: — Ojalá mi fuerza me saque pronto de esto. No puedo dejar que los demás sigan preocupándose…—

Al poco tiempo, aparecieron los padres de Jane, que se abalanzaron hacia ella entre ríos de lágrimas:

— ¡Gracias a Dios que estás bien, que ya estás aquí con nosotros de nuevo! ¡No sabes todo lo que he sufrido al saber que estabas secuestrada! —

Eso gritaba su madre mientras la abrazaba con todas sus fuerzas, como si intentaba que nadie más se la pudiera quitar de nuevo. Su hija la intentaba tranquilizarla, diciéndole que ya estaba bien; pero no se la pudo quitar de encima, ella la abrazó durante largos minutos.

Y a su lado, estaba su padre, que decía: — ¡Lo siento Jane, de verdad! ¡Yo no quería que pasase esto! ¡No lo deseaba! ¡De verdad! — Al parecer, se sentía muy culpable y arrepentido.

A pesar de todo, me sentí feliz al ver esa escena desde la lejanía. Ella, al cambio que yo, tenía a unos padres que le querían de verdad. Me alegré por su buena suerte.

— ¡¿Está bien que no entrés en escena!? ¡Tienes asuntos que tratar con ese hombre que es tu padre! — Me preguntó Ekaterina y yo le respondí:

— Ya da igual, no me voy a entrometer en dónde me llaman…— De todas maneras, él me seguiría odiando, tal vez incluso se creería que yo tuve algo de culpa en todo esto y me lo reprocharía. Por ahora, lo mejor era que no me viera. Con esa idea en mente, decidí quitarme del medio antes de que él me viera, pero, entonces, alguien me gritó:

— ¡Espera! — Era el padre de Jane, mi padre; que me detuvo y me dijo con voz seca y severa: — ¡Tendré que darte unas disculpas, creía que utilizaste a mi hija por robar documentos importantes, pero no ha sido cierto! — Y se quedó callado, con cara de decirme algo, pero que no se atrevía. Al final, su orgullo le concedió la capacidad de soltar estas simples palabras, aunque fuera a regañadientes:

— ¡Lo siento! — Se le notaba que le dolía muchísimo reconocer que se equivocó conmigo.

Yo tardé en responder, dudando entre mandarle a la mierda o agradecerle ese gesto:

— Supongo que los aceptaré…— Al final, también a regañadientes, le dije esto. Ya que se había dignado a disculparse, lo mínimo era aceptarlo. No era suficiente, pero es mejor algo que nada.

Y con actitud altanera, me dio este honor, antes de alejarse de mí con desprecio: — Puedes seguir siendo amiga de mi hija, te dejaré ese privilegio…—

Él no tuvo el valor para reconocerme como hija y seguía odiándome con todas sus fuerzas, viéndome como la mujer que tanto le enferma; pero pudo aceptar que su niña, mi hermana, siguió juntando conmigo.

Y hablando de aquella mujer que no puedo considerar mi madre, ni ella me puede considera como hija, sino como obstáculo; no vino, era obvio. Ni se digno en mostrar su careto por aquí para decirme que ojala me hubiese muerto y cosas parecidas. Mejor así. No la quería ni ver ni en pintura.

Al volver a Springfield, supe el gran alcance que tuvo nuestro secuestro. Hubieron grandes protestas en contra del petróleo, distintas asociaciones ecológicas utilizaban nuestro drama en su favor, llorando por nuestros raptos, pero dándoles la razón a los ecos terroristas, perdonándolos y llamando al gobierno y a las empresas petrolíferas como los verdaderos monstruos de la historia. Esos lunáticos de la naturaleza se volvieron virales, siendo unos completos héroes para algunos y unos monstruos para otros, ellos no paraba de disfrutar de su fama y de publicitarse, a pesar de que estaban metidos en un juicio que los condenó a unos cuantos años de cárcel. Las petroleras siguieron con sus negocios, sin perder la esperanza de tocar los recursos que los gobiernos, tanto estatal como nacional, ordenaron proteger. Los periodistas nos persiguieron durante varios días, llegando yo a mantener unas pocas entrevistas con ellos. Sí, para mal o para bien, salí en la televisión y en los periódicos.

Fue agobiante tener que escuchar todos los días los debates estúpidos sobre el asunto y la extremada atención mediática que tuvo nuestro secuestro. No pararon de estrujarlo hasta dejarlo seco, o lo que es lo mismo, hasta que la gente se hartará de la noticia. En serio, evitaba todo lo posible en ver o escuchar algún medio de comunicación, porque ya no lo podría aguantar.

Y tras esto la normalidad volvió a nuestras vidas. Bueno, radicalmente transformada para mí. Ya no podría volver a la escuela, ya que mi madre me anulo la matricula que tenía ahí, no sé muy bien cómo; no tenía ni un céntimo, todo el dinero y ahorros que tenía me lo quitó; apenas conservaba algo mío, todas mis cosas fueron tiradas y quemadas; no podría volver a ese hogar, etc. No puedo negar que mi situación era bastante peliaguda, pero no me sentía mal ni una desgraciada.

Candy me dejó vivir en su apartamento, con la promesa de que íbamos a pagarla entre la dos, aunque llegará a significar que yo fuera ir a trabajar. Aunque no fue necesario eso, porque, a pesar de que me negué, Ekaterina me empecé a dar un sueldo, ya que, según ella e incluso su padre, tenía un trabajo en la hermandad.

Es divertido estar con esa friki de Candy, es bastante ruidosa y graciosa. Tenía dudas al principio de convivir con ella, pero ahora no me arrepiento. Y creo que siente muy feliz de que ya no está sola en su hogar, no para de hacerme meter en sus aficiones o de convencerme de hacer algo interesante. Además, siempre que puede, trae a Ekaterina y su hermanita, a Jane y a Nabila para que nos visite. E incluso deja que el trabajo lo hagamos aquí, llegando a colaborar junto con nosotras. Le gustó nuestra hermandad, tanto que exageraba. Y hubiera invitado a Mao, si no fuera porque él no estuviera en su depresión, ya que aún no puede. Pero creo que, pronto o temprano, lo hará y será el mismo de siempre.

Mi relación con Jane, aunque apenas cambió, se hizo algo más profunda y estrecha. Ahora nos veíamos cada día, siempre junto con su amiga Nabila, que siguió mostrando en todo su esplendor su estupidez. Y lo sorprendente es que seguían interesadas en hacer una banda de metal, teniendo que ir yo a verlas practicar en la mansión esa. Y lo sorprendente es que no habían mejorado nada, seguían tocando tan mal como en las primeras prácticas.

A pesar de todo, de vez en cuando, este asunto de nuestro secuestro y del petróleo se me volvía a la cabeza. Aún había muchísimas cosas que no entendía de ese suceso, que me hacían sospechar muy fuerte, ¿¡quién se aprovechó de nosotras y de Nabila, utilizando el secuestro, para conseguir que no explotarán oro negro en la costa norte de Shelijonia!? ¿¡Cuáles eran sus verdaderos intereses y cómo llegó a la idiota esa y convencerla de que todo eso era un fraude con la finalidad de atraparnos!?

Estos eran algunas de las muchas cuestiones que tenía encima e intenté descubrirlas, aprovechando un día en que íbamos a casa de Nabila.

Creía que la única persona que me iba a decir alguna respuesta o que podría saber del asunto era esa mujer musculosa, la madre de Nabila.

— ¿¡Así que me preguntas si yo sé algo sobre cómo se pudo realizar vuestro secuestro!? ¡¿Eso es lo que estás preguntando!? —

Eso me dijo, cuando se lo pregunté. Le pedí que me escuchara y ésta me llevo a una especie de despacho situado en la segunda planta, muy lujoso y elegante, propio de un noble inglés. Allí se lo expliqué todo. Le respondí:

— Sí, necesito saberlo, aunque fuera una mísera pista. Todo ha sido muy extraño, el caso se ha cerrado con muchas incógnitas, esa Schlieffen no existe para los documentos oficiales, a pesar de que le dijimos una y otra vez que ella ha existido, que no fue una invención nuestra ni nada parecido; etc. En fin, no puedo pasarlo por alto. —

Algo en mí decía que la persona responsable de todo esto, estaba mucho más cerca de mí del que creía. Y que me volvería a usar si la situación le fuera propicia, a mí, a mi hermanita, a Nabila, a todos mis amigos. No quería eso por nada del mundo.

Entonces, se quedó callada y pensativa, algo que duró unos segundos. Luego, habló:

— ¿¡De verdad!? Yo, si fuera tú, me olvidaría de este asunto. Después de todo, ustedes están sanas y salvas, buena parte de los criminales han sido arrestados, la costa norte no será expoliada por las grandes empresas. Ha sido un pequeño susto, no una tragedia. No hay que hurgar la herida, solo empeorarás la situación, sacando cosas que te pondría en peligro, a ti, a tu hermana y a tus amigos. —

— No sé, una parte de mi está de acuerdo, la otra…— En cierta manera, tenía razón. Si fuera hasta lo más profundo de este asunto, lo que podría descubrir, toda esa mierda que encontraría, me llevaría al peligro, algo que quería evitar. Pero, por otra parte, quería entender este suceso y evitar que algo así volviera a suceder. Sus palabras me hicieron dudar, la verdad.

— Haz caso a la que está de acuerdo conmigo, céntrate ahora en tu vida, tienes mucho que hacer y además a alguien que quiere recibir tu atención con mucho anhelo. —

Entonces, me señaló a la ventana y yo miré. Ahí vi, en un enorme campo que servía para la equitación, a Jane diciéndome esto:

— ¡Hermanita, mira, mira! ¡Ya puedo dominar al caballo este, ¿a qué es genial?! — Estaba emocionada, su cara brillaba, al ver como el poni que había cogido era muy manso y se dejaba llevar.

— Ya lo veo, ¡estás aprendiendo rápido! ¡Sigue así! — Le grité muy orgullosa, me sentí como una madre que apoyaba a su hijo en un partido. Era tan adorable y genial verla dar sus primeros pasos en la equitación.

— ¡Vamos, bájate! ¡Tienes que ver a Nabila y a mi montada en los caballos! ¡Sobre todo a ella! ¡Es graciosísimo! —

Supe enseguida a que se refería. A su lado, estaba Nabila gritaba de terror, mientras intentaba agarrarse al lomo de un caballo negro que galopaba a toda velocidad.

— ¡No te rías, esto es serio! — Le replicó Nabila a su amiga. Luego siguió chillando: — ¡Socorro, el maldito caballo no para y me voy a caer de un momento para otro! ¡Qué alguien paré a esta bestia! —

— Parece ser que tendré que parar a ese animal…— La madre de Nabila rió un montón, después de verla y soltar un suspiro. — ¡No tiene remedio, siempre tiene que escoger al más bravo! —

Entonces, se dirigió hacia afuera del despacho, mientras yo seguía mirando en la ventana. Al abrir la puerta, me dijo:

— Grábate esto en tu mente, disfruta de tu vida ahora que puedes, no te centres en cosas sin importancia que solo te traerán desgracias. — Eso se sintió como una amenaza, pero creo que fue mi imaginación. Luego, ella añadió: — ¡Vamos, tienes a alguien que te está esperando! —

Moví la cabeza de forma afirmativa y la seguí. Acepté su consejo, lo mejor era olvidarme del secuestro y del maldito petróleo, y miré al futuro llena de esperanza y alegría. A pesar de mis complicaciones, estaba feliz, ya tenía un hogar en dónde sentirme a gusto y mucha gente que me quiero.

Eso está bien, me conformo con esto. Una nueva etapa de mi vida ha empezado y se ve muy prometedor.

FIN

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Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Vigésima primera parte, centésima decimoctava historia.

En aquellos momentos deberíamos haber estado temblando de miedo y rezando con todas nuestras fuerzas para que nos saliera bien la cosa, que ya lo teníamos bastante complicado; pero, una vez más, lo surrealista se dio paso y no sabíamos si lo que estábamos viendo era una broma o ellos se estaban cachondeando de nosotros.

— ¿¡Qué coño está pasando!? — Nos preguntó Mao, incapaz de asimilar lo que estaba viendo, mientras observábamos a las personas que nos querían atrapar. — ¿¡Esto, de verdad, es la vida real!? — Hasta se frotó los ojos, para ver que no estaba siendo engañado por la vista.

— Esto se me hace muy raro, tengo sentimientos encontrados. — Y no solo era él, sino todos. Candy dijo aquellas palabras, igual de aturdida que los demás, y Ekaterina comentó esto con la boca abierta:

— Pues si que aprovechan muy bien su tiempo…—

— La verdad es que hoy hace un buen tiempo, después de tantos días nublados. A uno le entra ganas de hacerlo…— Añadió Jane, intentando justificarlos.

— Pues se van a resfriar esas personas, aún no ha llegado el verano…— Y estos fueron los comentarios que dijeron Nehru y Leonardo. — Con lo fría que debe estar el agua…—

Por mi parte, yo no dije nada, estaba más ocupada en racionalizar lo que estaban viendo mis pobres ojos. Es que lo que nosotros veíamos era algo muy absurdo, completamente. Después de chantajearnos, de decirnos que teníamos que rendirnos y de que, sea cual fuera la respuesta, iban a ir a por nosotros cuando la marea bajase; decidieron pasar el tiempo como si esto fuera un día de playa. Es decir, los ecos terroristas esos se quedaron en paños menores, en calzoncillos y se metieron en el agua. Sí, de verdad, empezaron a jugar, a nadar, a tomar el sol, hacer castillos de arenas, etc.

Incluso la misma sicaria, quién les dijo además que pasaran el tiempo como quisieran, ya que quedaba mucho para la bajada de la marea; entró en su deportivo y salió en un traje de baño, bastante provocativo. Obligó a unos cuantos lacayos a sacar de su coche una reposera plegable y un parasol. Me imagino que quería descansar de sus crímenes un día de estos y ya que estaba en la playa e iba a tener tiempo de sobra, pues aprovechó.

— Eso se ve tan divertido…— Decía Nabila, llena de envidia. — ¿¡Por qué no han traído trajes de baños!? ¡Han traído de todo menos eso!—

No me digné a explicarle que nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido llevar trajes de baños en un rescate. Ya tuvimos suficiente con que alguien trajera un instrumento musical de la India. Y si así fuera, ¡¿quién tendría ganas de darse un baño en nuestra delicada situación!?

Y lo peor de todo, mientras la sicaria trataba a algunos de sus lacayos como sus esclavos, haciéndoles de camareros para ella, se burlaba una y otra vez de nosotros.

— ¡¿Cómo lo estáis pasando ahí, en vuestra bonito islote!? ¡¿Os estáis divirtiendo!? ¡El agua ya está empezando a bajar, elegid pronto! —

Eso nos decía con el megáfono, con un tono burlesco y desagradable y una sonrisa victoriosa. Se sentía horrible escucharla, incapaces de poder hacer nada para salir de dónde estábamos.

— Ojala le picase los mosquitos…— Eso fue lo que dijo Nabila, y creo que era mutuo, por parte de todos. Añadió Jane: — Sí, eso, ¡eso! ¡Qué le destrocen ese cuerpo del que presume bastante esa bastarda! — Aunque creo que el motivo de estas dos eran algo diferentes al que teníamos nosotros.

Bueno, supongo que es normal que tengan envidia de esa mujer, pues, se podría considerar que tiene un buen cuerpo, bastante equilibrado, con unos atributos muy notables para que atraiga suficiente al sexo opuesto. Creo que muchos de ellos no se resistían a observarla, aunque ésta le devolvía una mirada asesina que daba mucho pavor. Por otra parte, se notaba que no era rubia natural, se le podría ver grandes sectores de color castaño en su pelo, aunque he oído que hay gente que le salen mezclas de colores en sus cabellos, pero es raro que eso sea natural. Perdón, me estoy desviando del tema.

Por desgracia, los mosquitos no se la comieron. Un milagro consiguió que ella no fuera tocado por ninguna, mientras sus hombres lloraban ante el picor horrible de los insectos que le atacaban. ¡Ahí tienen a la naturaleza, dándoles las gracias a sus “paladines”!

Al final, nos cansarnos de observar aquella grotesca y surrealista escena y decidimos sentarnos en el suelo, esperando y rezando para que nos saliera todo bien cuando ellos irían a por nosotros.

El nerviosismo estaba a flor de piel y sentía que, de un momento para otro, iba a perder la cabeza por la incertidumbre.

Y creí que Ekaterina lo perdió, al verla sacar petróleo del suelo y luego mezclarlo con barro que se encontraba cerca. No entendía lo que estaba haciendo ella.

— ¡¿Qué estás haciendo!? — Le preguntamos muy sorprendidos. — ¡Este no es el mejor momento para ponerse a jugar! — Éramos incapaces de entender lo que estaba haciendo. — La pobre no ha aguantado la presión…—

— ¡No es nada de eso! — Nos replicó muy seria Ekaterina. — ¡Confiad en mí! ¡Se me ha ocurrido algo mejor para poder distraerlos! —

Todos nos quedamos mirando los unos a los otros, llenos de preguntas y dudas. Pero, entonces, decidimos imitarla y hacer lo mismo. Era mejor que nada, no podríamos esperar tranquilos, teníamos que perder el tiempo de alguna forma.

Y así el tiempo pasó, la marea poquito a poco bajó hasta que finalmente se divisó un camino entre ellos y nosotros. La hora de la verdad había llegado.

— ¡¿Estáis todos listos!? — Nos preguntó Mao a todos. Y fuimos sinceros, le movimos la cabeza de forma negativa, como indicativo de que aún no nos sentíamos seguros de vencer con nuestro plan.

— Bueno, si no lo estáis, ya es hora de prepararse…— Nos replicó él, antes de añadir: — ¡Ahí viene ella! ¡Preparaos! —

Mirando hacia al otro lado, viendo como esa sicaria, ya vestida con ropa normal, se puso en el borde de la orilla que ya no lo era y, con el megáfono, nos dijo esto con un tono muy amenazador:

— ¡Os hemos dejado demasiado tiempo para mi gusto, así que quiero una respuesta ahora mismo! ¡No importa si me roguéis más tiempo porque me lo pasaré por el coño! ¡Decid que sí, entregaos fácilmente, no hay otra opción para vosotros! —

Lo que ella recibió fue nuestro silencio, ni siquiera Mao se atrevió a decirles algo. A esa mujer le molestó bastante:

— El silencio tampoco es una opción, ¡¿saben…!? —

Aún así, no tuvimos aún la osadía de decirle algo, mejor hacerla enfadar y que la ira, produjera que ella se volviera más torpe. Si eso conseguía el efecto contrario, que Dios nos coja confesados:

— ¡No tienen remedio! ¡En fin, vamos a ir a por vosotros! — Entonces, dio un suspiro de molestia y enfado, para luego gritarles a toda potencia a su tropa: — ¡Ustedes, idiotas, moved el culo! ¡Iremos a por esos niñatos! —

Un enorme entusiasmo domino a los ecos terroristas que lanzaron gritos de guerras mientras levantaba el puño hacia al cielo. A continuación, todos salieron corriendo, como si fuera un ejército, contra nosotros.

— ¡Por las marismas! — Gritaron al unísono.

Eso nos puso la carne de gallina, pero no era el momento de ser paralizados por el miedo. Nos preparamos para darle todo nuestro contraataque.

— ¡Al ataque! — Entonces, al ver que llegaban a la pequeña cuesta que conducía al islote que dejo de serlo, Mao dio el pistoletazo de salida: — ¡Qué no quede ni uno! — Y nosotros, embutidos por la adrenalina, salimos de nuestro escondite para recibirles con un regalo que le habíamos preparado.

Y no era lo que estaba planeado, sino otra cosa. Le tiramos bolas de barros, llenos de petróleo.

No se lo esperaron, gritaron sorprendidos, incapaces de esquivarlos. A muchos se le cayeron en la cara, provocándoles incluso la caída al suelo.

— ¿¡Qué es esto!? — Con muchísima desesperación se lo intentaban quitar, pero no podrían. — ¡No veo nada! — Algunos incluso solo gritaba de dolor, tendidos en el suelo. — ¡Mis ojos, mis ojos duelen! —

Y los pocos que evitaron nuestros ataques y estaban a un metro de nosotros, recibían la segunda oleada. Esta vez eran puras piedras y muchas cosas que Mao y los demás trajeron y que eran igual de duros. Perdón por nuestra brutalidad, pero no podríamos hacer otra cosa.

— ¡Mi cabeza, mi pobre cabeza! — Gritaban. — ¡Ay, qué dolor! —

En nuestra defensa, diré que no tirábamos piedras muy grandes. Bueno, las que recogimos hacían daño, pero no tanto. O eso espero.

Entonces, era la hora de que Mao y Nabila entrarán en acción. Salieron de sus escondites y se lanzaron hacia ellos, tan veloces como liebres y brutales como tigres. No hizo falta mucho esfuerzo esta vez, ya que esos dos solo dejaron inconscientes a unos pocos.

— ¡Oh, mierda! ¡Esas locas! —  Gritaron con mucha conmoción. — ¡Esta vez nos van a matar! — Y sus caras se llenaron de horror, creo que las palizas de estas dos le dejaron un fuerte trauma. — ¡Auxilio! — Muchos salieron pitando, volviendo a cruzar el puente de tierra.

Además de esto, para los que sufrieron el ataque del barro, el descubrir que le habíamos lanzado petróleo provocó que se volvieran majaretas:

— ¡Oh, madrecita naturaleza! ¡Ayuda, estoy contaminado! —

— ¡Vamos a morir todos! — Decir que estaban exagerando era poco.

— ¡Ah, tengo restos de animales y plantas muertas de hace miles de años en la cara! —

Aquí empezó el caos absoluto. Mientras muchos huían como locos hacia la otra orilla, otros se lanzaban hacia al agua para poder limpiarse.

— ¡Agua, agua! ¡Necesito agua! — Pero eso provocaba peleas con otros, que intentaban defender al rio de la contaminación. — ¡No la contamines, eres un paladín de la naturaleza! — Creo que no se dieron cuenta de que este lugar ya llevaba siglos contaminado por petróleo.

Sí, muchos empezaron a pelearse de forma brutal, entremezclándose con el fango y el agua. Otros intentaban pararlos. Algunos que huían chocaban con otros, cayendo al barro. Era una escena muy patética y que incluso me daba mucha pena ajena. Si todo esto hubiera sido una batalla militar de verdad, quedaría como una de la más deshonrosa que uno haya visto.

— ¡Mirad a esos estúpidos! ¡Son tan patéticos que hasta la madre tierra se burlaría de ellos! — Gritaba Nabila, con una sonrisa victoriosa en su rostro, entre grandes carcajadas. Casi se moría de la risa. Eso deja claro lo bajo que habían caído esta gente.

Aún así, el elemento más importante, el más peligroso, no estaba aquí. No había ido a por nosotros. Y eso no era bueno, porque ese era el contrincante de verdad y, si se hubiera quedado quieta, el factor sorpresa se había ido al garrete. Como así fue.

— ¡¿Dónde está esa bruja!? — Gritaba Mao, mientras buscaba su silueta entre los que huían. — ¡Debería estar aquí! —

— ¡Sigue ahí, en la otra orilla! — Eso le dijo Nehru, mientras se lo señalaba. Oír eso fue como un chorro de agua fría.

— ¡Mierda! — Gritó de horror Mao.

Esa sicaria seguía en el mismo lugar, manteniendo un silencio que daba mucho pavor. Miraba al suelo, mientras apretaba los puños con fuerzas y su boca estaba gestando una terrible expresión de enfado. Desde la lejanía, se le notaba, estaba envuelta en un aura de ira. Al final, explotó:

— ¡Verdammt, sois una panda de retrasados y subnormales! ¡¿No sabéis hacer otra cosa que arruinarlo todo!? ¡Idioten, eso es lo que sois! —

El grito fue tan fuerte que los pájaros salieron volando y casi nos dio un ataque al corazón. Aún así, los ecos terroristas lo ignoraron totalmente, incapaces de salir de su pérdida de cordura. Entonces, empezó a maldecir en alemán, o eso parecía entender yo; mientras pateaba, de forma violenta y continuada, al suelo de la rabia.

— ¡En fin, ya no importa! ¡Ya lo haré yo misma! ¡Esos niños se van a enterar de quién soy! —

Entonces, al soltar estas palabras, ella empezó a caminar hacia nosotros, mientras sacaba una pistola con un gesto de gélida y aterradora seriedad. Ahí ya sonaron las alarmas.

— ¡Vamos, Nabila! ¡Tenemos que detenerla antes que dispare! — Eso gritó Mao, quién estaba dispuesto a salir a por ella. Al parecer, ya había perdido la cordura.

Pero unos cuantos disparos, lanzados al tun tun, pero hacia nuestra dirección, hizo cambiar de idea a Nabila:

— ¡Demasiado tarde! ¡Ya lo ha hecho! ¡Voy a dar marcha atrás! — Con esto dicho, salió disparada como un cohete hacia al peñón.

Aún así, el loco de Mao seguía dispuesto a ir a por ella.

— ¡Vuelve rápido! ¡Ya pensaremos en algo! — Le gritó Ekaterina a Mao, muy histérica, sin darse cuenta de que ya no había manera de pensar en algún plan. Éste, al escucharla, no tuvo más remedio que ir hacia atrás.

— ¡¿Ya no sois tan valientes con una pistola, verdad!? ¡Miraos ahora, sois los que corréis como cobardes! — Nos gritaba esa sicaria, en una mezcla de ácida burla y enfado.

Con pasos muy ligeros y rápidos, aunque con tranquilidad; llegó a nuestra posición muy pronto, no pudimos generar alguna estrategia desesperada para enfrentarla.

Al verla frente a frente, nuestro grupo sucumbió, nosotros salimos por patas, siguiendo la ley del “salvase quién pueda”. Corrimos por todas direcciones, pero yo, al punto de huir, vi que Jane estaba en su punta de mira. Ella cayó, por culpa de los agujeros que hicimos en el suelo e intentaba levantarse, y esa mujer la iba a agarrar.

Ahí, al ver a Jane en peligro, algo se activó en mí, que me dijo claramente que debía salvar a mi hermana pequeña, ese era mi deber como la mayor. Giré de dirección y, gritando como una posesa, me puse en medio.

— ¡¿Hermana!? — Ella lanzó un grito de sorpresa. Yo solo le dije: — ¡Vamos, corre! —

Pero ella no lo hizo, solo extendió la mano hacia mí. Los demás, al verme en peligro, giraron hacia nosotros y corriendo, gritando nuestros nombre.

Entonces, yo fui atrapada. Aquella sicaria me agarró fuertemente y me puso la pistola en la cabeza. Yo me puse blanca del horror, al ver que tenía un arma sobre mi pobre cerebro. Había faltado muy poquito para que gritara. Los demás se detuvieron secamente, paralizados al observar la escena.

— ¡Atrás, os dijo! ¡O ella morirá! ¡No tengo reparos en matar a alguien! — Eso les gritaba, mientras daba unos pasitos atrás, arrastrándome.

— ¡Suéltala, hija de puta! ¡¿No ves la locura que estás haciendo!? — Se atrevió a decir Mao, bastante alterado.

Era el único que podría hablar, los demás eran incapaces de hacerlo, que mostraban unas caras igual de horrorizadas que la mía.

Sobre todo las de Jane y Ekaterina, que estaban a punto desmayarse al ver que estaba entre la vida y la muerte.

— ¡Sí lo sé, muy bien! — Le replicaba con gritos, demostrando que estaba igual de nerviosa que nosotros. — ¡¿Qué creen que he estado haciendo durante todo este tiempo, Verdammt!? ¡Bajen los ánimos, o no la verán nunca más! —

Mao tuvo que cerrar la boca y, tras unos segundos de silencio, ella siguió hablando:

— ¡Eso está mejor,…! — Sonrió de forma macabra. — ¡No me alteren más de lo que estoy! —

— ¡Resistir ha sido una pérdida de tiempo, ¿lo ven?! ¡Con lo fácil que hubiera sido que se entregarán fácilmente y esperar ser rescatados! —

Empezó a reírse frenéticamente, mientras veía los rostros de impotencia que mostraban los demás ante ella. A continuación, me habló:

— ¡Por cierto, piensa esto como una buena suerte, si fueran los otros, tus rescatadores, ya le hubiera tirado un tiro…! —

— ¡Tengo una pistola en la cabeza, ¿eso es buena suerte?! — Ironicé, me salió del alma. No era mi intención soltar eso, pero no pude evitarlo.

Cerré los ojos para evitar ver como su ira se descontrolaba y me volase la cabeza. Pero, menos mal que se lo tomó muy bien.

— Bueno, si lo piensas bien, tienes razón. No es buena suerte, si hubiera sido tu supuesta hermana…— Arqueé las cejas al escuchar eso, ¿¡qué intentaba insinuar esa hija de puta con Jane!? Siguió hablando: — ¿¡Sois hermanas!? Yo creía que solo erais amigas…— Jane se atrevió a decirle que si lo éramos, algo que la dejó un poco sorprendida, aunque cambió de tema. — En fin, eso me importa un Scheiße…—

Se tomó un pequeño descanso, soltó un pequeño suspiro, inspiró y respiró unas pocas veces y luego continuó:

— A lo que íbamos, te voy a contar algo que no te va a gustar nada. Al contactar con mis contactos, quienes avisaron a las empresas y a vuestras familias de vuestro secuestro, tu madre me sorprendió mucho. Si a eso se le llamar madre…— Dio un gesto de asco.

— ¡¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto!? — Le interrumpí. Sin darme cuenta, escuchar algo relacionado con mi madre solo me produjo una enorme rabia, e incluso arcadas.

— ¡Cállate, te lo estoy contando! En fin, cuando lo supo, lo único que dijo es que ella no tenía nada que ver con tu secuestro y te dejo tirada. Apagó el teléfono y siguió con su vida como si nada. No aceptó cambiar la política de su empresa por ti, ya que tú ya no valías nada para nada…—

En fin, era lo esperable. Ya, con esto, no había formar de dudar de que yo no era más que un obstáculo para su estúpida ambición. Ella continuó:

— En serio, ¡qué asco de mujer! ¡No me podría creer encontrarme con una hija de puta como ella! ¡Mujeres como ella solo hace el mundo peor! —

— No creo que tengas la autoridad moral para dictar esto…— Eso le dije, incapaz de asimilar que alguien que estaba a punto de volarme la cabeza se indignará con el tipo de persona que era mi maldita madre. Por suerte, otra vez se lo tomó bien:

— Tal vez,… — No, no había duda alguna sobre eso, no tenía derecho a indignarse. — Pero, como se negó a rescatarte, al desentenderse de ti, provoca que tú no me das beneficios económicos. Bueno, el secuestro en sí está hecho por otros motivos, aún así, si no obtengo beneficio extra en ti, lo más fácil es volarte la cabeza. —

Me perdí aquí, ¿¡qué tipo de lógica era ésta!? ¿¡Acaso no se escuchaba o qué!?

— Creo que es bastante triste, una persona cuya misma madre la abandona no tiene futuro, sería mejor para ti si te matase. Si ella no te quiere, no creo que nadie más lo haga. ¿¡Sabes por qué!? Es simple, sin una figura materna, las personas son débiles y caerán en un espiral de auto-destrucción hasta que desean el suicidio, y los que entran en ese ciclo son aislados por los demás, que se quitan del medio para no tener a gente nefasta…— Intenté ignorar sus palabras, si la escuchará solo serviría para desanimarme y hundirme en la desesperación. Y ya lo había superado, no podría caer de nuevo. — No hay nada peor para ellos que alguien que consideran nocivo y tú das la perfecta imagen de eso, amiga. Cuando vean lo fea que eres por dentro, lo debilucha y triste que es tu mente, te abandonaran y no querrán saber más de ti. Ya sean estos o tu hermanita…—

Ella siguió hablando, pero yo oí una pequeña y sorprendente palabra, que salían de Jane: — ¡Cállate! —

— Y lo peor del asunto es que luego se convierten en alguien como yo, más competencia para mí y eso no quiero. —

Entonces, Jane gritó con furia y lágrimas en sus ojos: — ¡No digas más mentiras! — Me dejó muy sorprendida el rostro que mostraba, era la primera que veía algo así en ella. Parecía que, de un momento para otro, iba a saltar sobre ella y destrozarle la cara.

También sorprendida por esas palabras, la sicaria calló por un momento, para luego decir con molestia:

— ¿¡Mentiras!? —

— Mi hermana no es nefasta, jamás lo ha sido y lo será. — Le replicó Jane con una increíble seriedad, sin ningún atisbo de duda.

Esa mujer dio unas risas de burla, antes de seguir: — Creo recordar que solo os lleváis conociendo cuantos meses, ¡no creo que no es suficiente para que digas eso con seguridad! —

— ¡¿Y qué!? — Se lo dijo con una gran insolencia que dejó cuadrada a Schlieffen, al igual que el resto. — Ella no es nefasta, no es esa persona que tú dices ver o lo que sea…— Eso me empezó a conmover, mis ojos se llenaron de lágrimas de felicidad, que intentaba no expulsar, con todas mis fuerzas. — Aún cuando no haya tenido una buena madre, ella, ella no es débil…— Se sentía tan hermoso ver cómo me decía que era fuerte.

Entonces, Ekaterina se llenó de coraje y con la misma seriedad le dijo:

— Es cierto, Grace no es el tipo de persona que describes. Si aún fuera eso cierto, yo no me alejaría de ella, ¡por nada del mundo! —

Eso último lo gritó a los cuatros vientos, alzando el dedo hacia al cielo, como si quería que hasta los dioses se dieran cuenta de sus palabras.

— Ni yo, mi hermana es fuerte. Aún si no ha podido tener una madre que le cuidase, eso no significa que sea nociva ni que nadie la quiere. —

A pesar de que estaba entre la vida y la muerte, me sentía feliz, llena de felicidad.

Una verdadera prueba estaba antes mis ojos, de que yo no iba a estar sola, ni lo estuve. Eso me llenó de esperanzas, de que mi futuro no iba a ser tan gris como mi imagen de burócrata se veía. Y siguieron hablando:

— No está sola, nos tiene a nosotras. Y yo no la abandonaré, porque no lo ha hecho ella. Yo quise que estuviera a mi lado y lo aceptó encantada. Me ha aguantando todas las tonterías que he hecho, siempre me ha ayudado en todo lo que quería y se ha preocupado por mí, y muchas más cosas. Ella ha demostrado ser una gran hermana. —

— Grace es mi mejor amiga, sin ella yo no sería nada, la necesito. —

Y los demás también se atrevieron a intervenir, a plantarle cara a las palabras de aquella mujer:

— ¡Yo no la conozco de mucho, pero es buena gente, ha demostrado que no es alguien nocivo! — Dijo Candy, que estaba tan conmovida que estaba llorando a mares.

— Reconozco que hemos tenido unos ciertos problemitas al principio, pero no es mala gente, y si le haces algo malo a ella, ¡haré lo mismo a ti! —

Aunque lo de Mao fuera una amenaza en toda regla, a pesar de la cara de psicópata que le dirigió a la sicaria, me hizo mucho más feliz. Vi que me apreciaba, a pesar de que quise hacer cosas que no debería mencionar.

— Bueno, yo también debo decir algo,… — Esperaba que Nabila dijera algo tonto, pero se puso igual de amenazante que Mao: — ¡Ponle triste a Jane y las cosas se volverán muy infernales…! — Su tono de voz se volvió muy tétrico y puso un rostro propio de un verdadero demonio. De todos modos, eso muestra que, a pesar de todo, quería a su amiga.

— Algo así, opino igual que ellas…— Lo de Leonardo fue más seco, es normal.

— Hacerle algo así a una hermosura de chica como ella es un delito muy grave, ¡el karma te lo pagará caro! — Y creo que el maldito de Nehru solo aprovechó el momento para lucirse con esa frase, pero lo agradezco.

La sicaria se quedó sin palabras, al ver como todos los que estaban temblando ante ella, ahora se la oponían. No le gustó mucho:

— ¡¿Lo ves!? Ella no es nociva, todos estamos a su lado. No huimos de ellas, porque sea nociva. — Jane siguió hablando. Entonces, también le mandó una amenaza: — ¡Y si la matas, te ganarás a un enemigo mortal! ¡Te perseguiré a dónde sea para matarte de la misma forma a ti! ¡Y todos juntos lo haremos, te perseguiremos hasta al fin del mundo para darte a la caza! — Era doloroso verla así, le gritaba tales cosas, en una mezcla de osadía y clemencia, mientras lloraba de forma desesperada. — ¡No me quites a mi hermana, ella me necesita, yo a ella, por poco tiempo que llevamos juntas! ¡Suelta el arma y devuélvemela! —

Schlieffen tardó mucho en responder, no sabía cómo reaccionar. Yo no podría ver su cara, pero se notaba que estaba titubeando. No sabía qué hacer. Finalmente, empezó a reírse de nosotros. Más bien, se forzaba a burlarse de nosotros, antes de añadir:

— ¡¿Creen que con todo este bonito discurso me van a convencer!? ¡¿De que no la mate porque me da la gana!? ¡Yo soy una asesina a sueldo, una persona que mata gente! ¡Ya no tengo piedad, pero…! —

Yo cerré rápidamente los ojos, no quería ver lo que iba a hacer esa loca a continuación, porque dio la impresión de que me iba a matar. Los demás salieron corriendo hacia nosotros para impedirlo, mientras le gritaban con todas sus fuerzas que no lo hiciera.

Entonces, sonó un disparo.

Pero yo seguía viva. Abrí los ojos y los veía a todos. Cayendo al suelo, no por ninguna bala, sino por un sentimiento de alivio que los hizo caer al ver que nada malo pasó.

Yo miré a mi lado y la vi con la pistola hacia arriba. Había disparado al cielo. Lo que me sorprendió fue ver su rostro envuelto en lágrimas.

Sí, esa sicaria, Schlieffen se puso a llorar como una magdalena, mientras tiraba de forma violenta la pistola:

— ¡Mierda! — Gritaba desconsoladamente. — ¡Maldición, ya he matado a mucha gente, debería tener el corazón de piedra, pero me habéis…, me habéis conmovido…! — Pateaba al suelo por la rabia.

— ¡Ha sido hermoso, esto ha conmovido mi corazón…! ¡Scheiße, esto no debería estar pasando! ¡Esto es una pura cursilada, que yo debería haber ignorado, a pesar de todo! —

Me costaba mucho asimilar esto. De alguna manera, habíamos conmovido el corazón de una terrorífica delincuente. Por una extraña razón, hicimos que decidiera tirar el trabajo por la borda. Supongo que eso es increíble.

— ¡Estúpidos niñatos, me habéis ganado! ¡Aquí tienen mi derrota! ¡Por vuestra culpa, he perdido tres millones de dólares en efectivo, estaréis contentos, ¿no?! —

Nosotros no pudimos decir nada, la veía boquiabierta, viéndola llorar como una niña pequeña mientras recogía la pistola y empezará a caminar por la lengua de tierra. Ella no paró de decir que era una estúpida, que había perdido un buen trabajo por culpa del sentimentalismo.

Y al pasar al lado de los ecos terroristas, les dijo esto:

— ¡Hey, vosotros, os pasaré todo el marrón! ¡Cualquier contacto entre nosotros jamás ha existido ni existirán, podrán inventarse lo que sea, pero los hilos lo taparan todo! — Ninguna le contestaban. Por alguna misteriosa razón, todos estaban desmayados. — Nuestra alianza ya está rota, ¡y es mejor así, no vuelvan a contactarme! —

Hasta le dio una patada a uno, como una forma muy infantil de quitarse la rabieta. O de mostrarle la manía que les cogió por ver cómo hicieron tan mal su trabajo, parece ser que hasta en el mundo de los delincuentes la incompetencia no es muy bien recibida.

Al llegar a su coche, cogió su megáfono y nos dio sus últimas palabras:

— ¡Ah, sí! ¡Mi existencia aquí será borrada, toda prueba será destruida, nadie os va a creer chicos! ¡El cliente, no, los clientes de este trabajo son muy poderosos y sumirán el caso en la más absoluta oscuridad! ¡No tenéis oportunidad de llevar la verdadera verdad a los tribunales de este país! —

Eso fue bastante desagradable de oír, pero se cumplió, hubo de todo para que dejar claro que los ecos terroristas no fueran los únicos castigados y cerrar el caso con ellos solos. Fuerzas muy superiores lo impidieron.

FIN DE LA VIGÉSIMA PRIMERA PARTE

Estándar
Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Vigésima parte, centésima decimoctava historia.

Al día siguiente, me desperté con mucha dificultad y con un dolor enorme en el cuerpo, sobre todo en la espalda. Bueno, es normal, había dormido en el coche. No les recomiendo que duerman ahí, es muy incómodo.

Yo no era la única, Jane dormía en el asiento del conductor y Leonardo y Nehru en la parte de atrás. Con algo más de suerte, Mao, Candy, Ekaterina y Nabila pudieron dormir en una tienda de campaña. Y había dos, pero se descubrió que el otro estaba roto, cuando lo íbamos a usar; así que unos pocos tenían que dormir en el automóvil.

Tras abrir los ojos poquito a poco y ver que la luz ya nos estaba iluminando, me levantó del asiento y empecé a estirar los músculos para poder quitarme el dolor. Vi que era la primera y me pregunté si debería despertarlos a los demás. No pude, dormían como bebés, no quería despertarlos, aún cuando dormir de esa manera les iba a destrozar las espaldas.

Sin quitarme las mantas de encima, incapaz de hacerlo por culpa del frío húmedo que dominaba el lugar; salí a afuera. Me fui al maletero y saqué todo lo necesario para lavarme los dientes. Entonces, miré de frente y vi algo que me dejó espantada, con la boca muy abierta, y que provocó que diera un grandísimo grito:

— ¡¿Qué…!? — Esta simple palabra fue tan fuerte que asustó a los pájaros, que salieron a bandadas; y despertó a los demás, que me preguntaban qué me pasaba, mientras abrían sus ojos y salían de dónde dormían.

— ¡¿Ahora qué te ocurre!? — Estos eran algunas de las muchas cosas que me decían los demás. — ¡¿Ha pasado algo!? — Los puse muy nerviosos y alterados. A una solo le molesto que la hubiese despertado. — ¡¿Por qué has gritado!? Estaba teniendo un sueño hermoso con Clint Eastwood. — Se nota muy bien de quién es.

Entonces, ellos se dieron cuenta y soltaron unos gritos de conmoción, igual de fuertes o más que los míos, sobre todo los de Mao, que expuso de forma innecesario muchas palabras malsonantes.

Para nuestra sorpresa, estábamos totalmente rodeadas de agua. La pequeña elevación en dónde nos pusimos a descansar, al lado de aquel peñasco, se volvió de la noche a la mañana en una isla. Aquel caminito que habíamos cruzado se volvió azul y nos separaba de la otra orilla, en dónde estaba situado el bosque. Estábamos rodeadas, incapaces de poder salir de ahí.

— ¡¿Cómo es posible esto!? ¡Si anoche todo esto estaba más seco que un desierto! — Gritó de nuevo Mao, mientras se acercaba a la improvisada orilla, como si necesitaba verlo de cerca para comprobar que sus ojos no le engañaban.

— ¡Y no solo eso, miren a nuestro alrededor! ¡Las marismas, las marismas, estamos rodeados de ellas! — Nos dijo Candy, maravillada al ver lo que nos rodeaba.

Salvo por el lado en dónde estaba el camino que nos llevo a aquí, el resto del brazo del rio estaba lleno de todo tipo de fauna y flora. Muchas plantas que veíamos eran enormes, parecían que alcanzaban las alturas de Nabila y Jane. Los pájaros iba de un lado para otro, muchos de ellos tomaban el sol sobre la roca o en el techo de nuestro coche. En el agua se observaba una cantidad sorprendente de peces. Ese lugar estaba totalmente lleno de vida y nosotras estábamos en medio, sin habernos percatado de aquella diversidad.

— Por eso, había tanto jaleo por aquí. — Añadió Jane, aunque el ruido que producían los bichos era igual que en el bosque, así que era normal que no nos diésemos cuenta en ese simple aspecto.

— ¡¿Cómo no nos pudimos haber dado cuenta de esto!? — A Ekaterina casi le dio algo. — Ahora, nuestra situación es peor. —

— Entonces, ¡¿todo el plan que ideamos ayer fue un desastre!? — Le preguntó Candy.

— No del todo, pero habrá que cambiarlo de forma sustancial. —

En la noche anterior, bajo la luz de la fogata, ella nos estuvo contando un plan que se le había ocurrido, que luego fue añadiéndose por observaciones que hicimos los demás, sobre todo Mao, a quién tuvimos que sacar del coche y convencerle para que comiera algo, ya que nos decía muy desanimado que ni ganas de comer tenía ahora mismo.

— ¡¿Entonces, señorita Ekaterina, qué es lo que tiene en mente!? — Le preguntó Nehru, mientras tocaba, más mal que bien, un instrumento que se había traído, parecida a la guitarra, llamado “sitar”. Me quedé preguntando por qué se le ocurrió traer tal cosa y fui incapaz de encontrar respuesta a ese enigma.

— Pues bueno, podría idear un plan que me parece arriesgado, pero creo que se podrá hacer. — Todo el mundo trago saliva, mientras escuchábamos atentamente las palabras de Ekaterina. — Propongo que hagamos una táctica de distracción, vamos a engañarlos…—

En definitiva, el plan era esperar a que vinieran a por nosotros y dejar el coche a la vista. Ellos se acercarían a observar al vehículo y nosotros, que nos habíamos escondido detrás de las rocas, le empezaríamos a tirar todo tipo de productos para distraerlos y atacarlos. Había que ir a por la sicaria y quitarle la pistola de encima, era el elemento más peligroso. Seguramente, decía Ekaterina, con solo capturarla, ellos se rendirían rápido.

— Realmente, ¡¿crees que va a funcionar!? Las únicas que valemos para el combate somos yo y la Nabila ésta. — Le dijo Mao.

— Los demás van a colaborar, distrayéndolos. No sé cómo, tal vez seguir tirándoles productos u otra cosa. Vosotras sois las que vais contra esa mujer y luego de reducirla, id por los demás. —

Nabila gritó que lo iba a hacer con mucho gusto, encantada de participar en tal plan. Por dar tortazos a diestro y siniestro a la peña, esa chica haría cualquier cosa. Mao aún no estaba seguro:

— ¡¿Y si se adelantan y miran hacia el peñasco, en vez del coche!? —

— Pues…— Ekaterina cruzó los brazos y se puso a pensar durante unos segundos. Luego, añadió: — Entonces, haremos otro engaño, les haremos creer que estamos ahí dentro. —

Ahí nos quedamos un poco perdidos, ¡¿cómo podríamos simular eso!? Y la forma que se le ocurrió no nos convenció de mucho, ni siquiera ella estaba muy segura de que eso podría funcionar. Pero aceptamos hacerlo, porque no nos quedaba otro remedio.

— ¡¿Entonces, sigue vigente!? — Le preguntó Mao a Ekaterina, mientras observaban la orilla. — ¡Sí, más o menos! ¡Pero no tenemos vía de escape por si nos salen mal las cosas! —

— ¡Bueno, ni ellos podrán llegar hasta aquí! — Le replicó Nabila. No teníamos salida, pero tampoco había una entrada para ellos, así que era muy raro sentir que teníamos una ventaja y a la vez desventaja.

— De momento…— Le dijo muy pensativa a Nabila. — Al parecer, hay una especie de marea por aquí. Si nos encuentran, esperarán hasta que el agua baje. —

Era lo lógico. Si yo fuera ellos, esperaría tranquilamente en la otra orilla, porque no nos íbamos a ninguna parte. Y no creo que fueran muy tontos de lanzarse al agua e ir a por nosotras. Si así fuera, esa sicaria, que se ve muy lista a comparación de esos ecos terroristas, lo impediría.

Por suerte, no estaban ahí y si no fuera por el agua, tal vez podríamos haber cruzado e ir por la costa. Ahora, con la luz del sol, se veía que al lado del camino había una playa muy extensa, con grandes dunas. Sería imposible ir por ahí montado en una furgoneta o un deportivo, pero con un todoterreno, como el nuestro se podría.

— En fin, no nos podemos distraer. Tenemos mucho trabajo que hacer, ¡preparen todos los preparativos para el plan! ¡De un momento u otro, llegarán! ¡Sabrán que no tenemos salida y al ver el sol nos buscarán, así que rápido! —

Y nos pusimos manos a la obra, preparamos el plan con mucha rapidez, en menos de cinco minutos. Yo organicé a los chicos, mientras Ekaterina nos lanzaba sus órdenes. Los demás nos escucharon con atención e hicieron lo mejor que pudieron, incluso Nabila. Fue un buen trabajo en equipo.

Al terminar los preparativos y a raíz de que aún no habían aparecido, nos pusimos a descansar y a relajarnos, con un centinela que nos avisara de algo sospechoso.

— ¡¿Van a tardar mucho esa gente!? — Protestaba Nabila. — ¡Yo quiero que lleguen ya! —

— ¡¿Solo han pasado diez minutos y ya te quejas!? — Di un suspiro de fastidio, no quería escucharla tan temprano. — Y si llegaran, habría que esperar a que bajara la marea, así que te vas a aburrir de sobra. —

Ella lanzó rugidos de protestas, mientras se ponía a exclamar que esto era un rollo. Candy le dijo:

— ¡No te preocupes! ¡Si el aburrimiento te vence, pues haz algo! ¡Mientras no salgamos de la sombra de la roca, no pasa nada! —

— Pues me pondré a excavar. — Y ella sacó una pala de plástico de una de las maletas que teníamos a mano, con los objetos que más daño se podría hacer.

— ¿¡De dónde ha sacado esa pala!? ¡¿Quién la ha traído!? — Eso pregunté yo, muy sorprendida. Los demás también se quedaron igual, nadie sabía de quién era esa pala.

Bueno, ignorando el cómo llegó aquel objeto inservible a nuestras manos, al final se volvió más o menos útil, nos sirvió para que Nabila estuviese calladita y ocupada. Como si tuviera cinco años, ella empezó a hacer un agujero en el suelo.

Entonces, me senté a los pies de la roca y Jane hizo lo mismo, poniendo su cabeza sobre mi hombro, se veía algo agotada y desanimada. Lanzó unos suspiros. Le pregunté: — ¡¿Quieres que esto se termine ya, no!? —

Casi le iba a decir si estaba bien, pero en el último momento cambié de frase.

— No sé, hermana…— Me decía con una expresión de tristeza. — Solo me preguntaba cómo estarán mis papás. Es raro, llevo dos días sin saber nada de ellos y eso…—

— Me imagino que estarán muy preocupados, supongo que deben haber llorado un montón por su hija…— A pesar de todo, yo creía que ellos quieren a su hija. — Es normal, creo. O eso me imagino. —

No puedo negar que me dio un poco de envidia, a diferencia de mí, ella debía haber recibido bastante amor de sus padres. Ni tampoco que oír eso me entristeció un poco.

— ¡Seguro que mi papá estará pensando en ti! — Se cambiaron los papales, ahora ella intentaba animarme. — O incluso esa mujer tan horrible que es tu mamá, seguro que está sintiendo algo por ti, por saber que has sido secuestrada…—

No dije nada, solo contesté con el silencio. No quería que saliera por mi boca una burla ácida ni palabras desagradable. Yo ya sabía que ningún de esos dos elementos se iban a sentir mal por mi secuestro. Y así fuera, ya era demasiado tarde para ellos.

Al ver que todos me miraron con preocupación y notar que mi hermana se arrepintió de decirme eso, dándose cuenta de que me sentó más mal que bien; le acaricié la cabeza y le dije con una expresión de discreta felicidad:

— Me cuesta imaginar eso, pero gracias por la intención…—

Y Jane me dijo algo más, pero no lo logré escuchar, ya que Nabila empezó a chillar, a la vez que escuché un sonido muy fuerte, como si un líquido que estaba presionado hubiera encontrado un escape y salía a todo gas. Miré rápidamente hacia ella y me quedé abobada.

— ¡Ay, qué asco! ¡¿Qué es esta mierda negra!? — Gritaba Nabila, mientras se tocaba la cara y el pelo, que se llenaron de un líquido viscoso y oscuro. — ¡Esto apesta, no puedo ver! —

— ¡¿Qué cojones has hecho!? — Le decía Mao, después de recuperar del susto que nos dio eso. — ¿¡De dónde sale esto!? —

Nadie se lo esperaba, salió de repente y de golpe, por poco nos íbamos a morir del susto. Aquel líquido negro salía como una fuente del suelo.

— Solo excavé un poquito y ha salido de repente…— Estaba bastante alterada la pobre. — ¡Qué alguien me lo quite! —

Y Nehru se sacó unos pañuelos y se lo dio con aquella caballerosidad tan molesta que se gastaba, más o menos. Ella se limpió más o menos, con su ayuda, y de Mao, que no dejo de protestar. Al final, pudo abrir los ojos, aunque su cara estaba muy negra.

Tras aquella sorpresa, nos fijamos en aquel líquido.

— No me puedo creer, esto es…— Dijo Ekaterina, incapaz de asimilar lo que estaba viendo. Mao le terminó la frase: — No hay ninguna duda, es petróleo. —

Ya sabíamos que había petróleo bajo nuestros pies y que, en algunas zonas, salían del agua; pero no nos esperábamos que, con solo excavar un poco la tierra, saliera aquel oro negro, el origen de aquella disputa entre empresas que nos llevó a esta situación surrealista. Ni siquiera hacía falta hacer un maldito pozo.

— ¡Increíble, en  otros lugares tienes que excavar un montón para sacarlo y aquí sale a ras del suelo! ¡No me lo creo! — Gritó Candy, de una forma muy exagerada, pero que expresaba muy bien lo que sentimos todos.

— Con esta reserva, es normal que se hayan peleado. Con esto, uno se puede hacer rico, muy rico de una forma muy fácil. — Y Mao recuperó algo de ánimo, mirando con algo de avaricia. No sé cómo sentirme al verle así, pero era mucho que verlo lleno de desánimo.

— No solo eso, gerente. Miré a nuestro alrededor con mayor detalle. Hay grandes manchas negras por toda la marisma. — Entonces, nuestro centinela, Leonardo, intervino y nos mostró todo nuestro alrededor.

Miles de machas negras y ríos de tinta recorrían las aguas de las marismas, y algunos pájaros pasaba a su lado, sin impórtales mucho llenarse con aquel liquido negro.

— ¡¿No les pasa nada malo a los animales y plantas convivir con esto!? —

Añadió Candy y nadie se atrevió a responder esa pregunta, porque no teníamos ni idea de cómo había tanta naturaleza alrededor de unos de los combustibles más contaminantes de la tierra. Era algo chocante y un poco extraño, si les digo la verdad.

La verdad es que todos estábamos más preocupados en cómo decirle que la camiseta que llevaba puesta se lleno de petróleo por la espalda. Al parecer, de la roca también salía eso. No vean cómo se puso, al descubrir que su ropa de “Nichijou” (no sé qué es eso, pero debe ser la serie o las chicas anime que estaban impresos en él) se llenó de oro negro.

A continuación, tuvimos que seguir esperando. Tras soportar los quejidos de aburriendo del personal, tras jugar a varias partidas de cartas, tras ver a Mao echarse una siesta muy larga y hablar sobre Jane, muy entusiasmada, sobre lo que estaba descubriendo del mundo del metal; Leonardo empezó a chillar, mientras se escondía detrás del peñasco:

— ¡Ya están aquí, ya están aquí! — Supimos enseguida lo que estaba pasando, había llegado lo inevitable.

— ¡¿Cuánta gente ves ahí!? ¡¿Ves a la sicaria esa!? — Le preguntó Mao.

— Pues hay dos furgonetas, la de la otra noche y otro que no hemos visto. A su lado está el deportivo y de ahí sale esa chica que nos quería matar ayer. Deben ser como unas veinte personas, por lo menos. —

Oír esa cifra me ponía los pelos de punta, ¿¡cómo podríamos ser capaces de derrotar a tantos!?

— ¡¿De dónde habrá sacado ese monstruo a tantos idiotas!? — Añadió Mao, muy molesto. — ¡Son demasiados, incluso para nosotras! —

— ¡Eso serás tú! ¡Yo me puedo encargar de todos fácilmente! — Nabila, por su parte, aún se creía capaz de luchar contra tantos. Bueno, después de lo que he visto, se nota su gran confianza. Aún así, alguien debía bajarla de las nubes, por muy fuerte y peligrosa que sea. Hay un límite que uno no puede superar, y creo que veinte y picos personas ya es exagerado, incluso para ella. Mostraba una sonrisa orgullosa y preparada para lo que venía encima.

Leonardo nos siguió contando lo que veía por el periscopio. Sí, también trajeron algo así, así de preparados estaban. En fin, con todo lujo de detalles, nos decía:

— Ya sale ella del coche. Se está acercando a la orilla. Nos está mirando fijamente. Tiene un megáfono. Va a decir algo. —

Y lo oímos perfectamente, una voz fría y siniestra nos habló:

— ¡Ni las ratas caerían en algo como esto! ¡Os agradezco mucho que vosotros solitos os hayáis acorralado! ¡Menos trabajo para mí! ¡Danke! ¡Tausend Dank! —

E intentó parecer burlona, pero se le escuchaba muy forzado. Hasta las risas que soltó parecían más de alguien a quién le obligaban a reírse que una persona que intentaba burlarse de su enemigos. Es decir, no tenía ganas realmente. No sé, pero eso fue lo sentí. Y no fui la única:

— Ni siquiera lo ha intentando…— Añadió Nabila por lo bajo. Menos mal que esa mujer no lo pudo escuchar.

A diferencia de ella, nadie más se atrevió a decir algo más, ya sea por el miedo o por incomodidad. Al no recibir respuesta, siguió hablando:

— Perdón, es difícil reírse cuando hace años que no tengo la oportunidad de experimentarlo. — Entonces, ¡¿esas risas eran de verdad!? — Bueno, normalmente no muestro la cara, ni aparezco en público, pero me habéis complicado mucho la situación. Creía que esta tarea iba a ser muy sencillo y tranquilo, y va y un par de niñatos me lo han arruinado. —

Soltó un suspiro de molestia y espero a que dijéramos algo. Pero nadie fue capaz de decir nada:

— ¿¡No habláis aún!? — Parece que le enfadaba bastante que nadie le dijera nada, pero, ¿¡cómo podemos hacerlo cuando estamos hablando con una mujer que llegó a dispararnos en una persecución!? Siguió hablando: — En fin, os voy a dar una oferta. Más bien, es una rendición honrosa, que podrá satisfacer a las dos partes. —

— ¿¡Crees que vamos a creerte!? — Entonces, alguien habló, era Mao, quién se puso detrás del coche, usando también un megáfono, ¿¡de dónde habían sacado eso!? ¡¿Cuántas cosas han traído más, qué se creen él y los demás, el bolsillo mágico de Doraemon o qué!?

Dejando eso aparte, Mao estaba escondido detrás del coche para hacer más real la ilusión de que estuviéramos dentro del todoterreno. En su interior, había un montón de ropa y mochilas que estaban puestos de un modo que, desde fuera, parecía que había gente en el automóvil. Era nuestra técnica de distracción, cutre, pero era lo único que teníamos a mano.

— No es cuestión de creerme o no. No tenéis opción. U os entregáis a nosotros o iremos a por vosotros por la fuerza. No hay otra salida. —

Era muy consciente de que tenía la ventaja y nos dejaba muy claro que no teníamos derecho a exigirle nada. Y me daba muchísimo pavor pensar que cualquier cosa que ella vería como resistencia la motivaría para hacernos cosas muy horrendas, al momento de atraparnos. Se mostraba como alguien que haría algo así.

— Eso, ¡eso! ¡Si no nos hacéis caso, os detendremos con el poder de la naturaleza! — Y los “paladines de la naturaleza”, también se sintieron muy seguros y valientes con nosotras. Aunque eso le costó a uno muy caro, que fue el blanco de la ira de la sicaria. Le dio una patada en la entrepierna que lo hizo gritar de dolor y sufrimiento, mientras caía fuertemente al suelo.

— ¡No tenéis derecho a hablar, ha sido culpa de vuestra torpeza que hayamos terminado así! — Eso les dijo con una terrible ira, y los calmó a todos. Más bien, los aterrorizó y ni se atrevieron a decir ni mu.

Luego, nos siguió hablando desde su superioridad:

— Entregaos a mí, os prometeré que no os haré nada. Los salvadores no serán aniquilados, aunque vuestros familiares tendrán que pagar para que tengáis de nuevo la libertad. No lo pondré muy caro, la verdad. Será un precio asequible y estaréis en buen estado ¿¡es un buen trato, no!? —

Eso era de todo menos un buen trato. A nadie le gustaría acabar siendo secuestrado, sobre todo después de rescatar a otros de un secuestro. Ni tampoco confiábamos en esas palabras. Pero, debido a nuestra situación, ninguno pudo decir nada, cualquier cosa que diríamos podría ponerlo a nuestra contra.

Yo le miré a Ekaterina y le pregunté que podríamos hacer. Ella me dijo que le siguiéramos el juego. Pero, entonces, Mao se nos adelantó:

— Eso se llama chantaje y no un trato…— Cuestionándola con muy mala leche, además. Casi nos dio un ataque al corazón, ¡¿no se había parado a pensar Mao que hablar así puede empeorar nuestra situación, más de lo que estaba!? — ¿¡Por qué no dejas el trabajo y nos dejas en paz!? ¡Mandarlo a la mierda y olvidarte del tema! —

— No hagáis esto más difícil…— Intentó controlar su tono de voz, pero se veía que su ira se estaba aumentando. — ¡¿Creen que hago esto por gusto!? No soy una persona que haga las cosas a medias ni voy a romper un trato con algún cliente mío, que además paga muy bien. Si hago eso, mi fama caerá y ya no tendré más clientes, ni billetes. Buscarse otro medio de vida no es una opción. —

Mientras ella hablaba, nosotras intentando atraer la atención de Mao, sin éxito ninguno. Al terminar, cerramos los ojos, en una medida desesperada para no lo que iba a decir él, porque parecía que iba a enfrentarla:

— ¡¿Así que no hay más remedio!? — Le preguntó a ella con seriedad, casi de forma borde.

— ¡Eso se ha dejado muy claro! —

— Pues,… — Y tardó un poco en hablar. Nosotras deseamos con todas sus fuerzas que no dijera otra cosa que empeorará la situación— ¡dejadnos pensar un rato! ¡Deja que yo y mis compañeros hablemos del asunto! —

Soltamos un gran suspiro de alivio, menos mal que Mao no desafiará a esa mujer o le dijera que no. Eligió lo ambiguo, lo que se necesitaba en estos momentos. Y esa aceptó la propuesta, con una sonrisa victoriosa, como si se imaginaba que nosotros íbamos a caer como fruta madura:

— Tengo todo el tiempo del mundo. La marea no bajará hasta las tres y media de la tarde. Cuando llegué ese momento, nosotros cruzaremos sin más dilatación. —

Bajó el megáfono y giró hacia atrás. Dio unos cuantos pasos, antes de añadir:

— Por cierto, no quiero quedar muy descortés, así que creo que os puedo decir cómo me llaman la gente: Schlieffen. No es mi nombre verdadero, por supuesto. —

Y con esto dicho, siguió andando hacia su coche.

— Eso se siente como si estuviéramos dando clases de la Primera Guerra Mundial. — Dijo Ekaterina. Añadí yo, al recordar que había oído esa misma palabra en nuestros libros de texto sobre historia: — Ya sé a qué te refieres…—

— Eso suena más a nazi…— Si esto fuera un examen de historia, Jane perdería muchos puntos. — O a salchichas. — Y no sé de dónde ha sacado Nabila esto.

La cuenta atrás había comenzado, solo nos quedaba esperar a que la marea bajara y enfrentarnos a ellos, a todo o nada. La impaciencia y el deseo de que esta espera se alargara lo máximo posible se mezclaban en nuestros corazones.

FIN DE VIGÉSIMA PARTE

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Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Decimonovena parte, centésima decimoctava historia.

A continuación, después de habernos subido al coche, éste empezó a rodar por los caminos del maldito bosque, en busca de alguna carretera asfaltada. Sí, aún seguíamos perdidos, dando vueltas por los mismos sitios una y otra vez.

— ¡¿No entiendo cómo no podemos salir de aquí!? ¡Con lo fácil que fue entrar y encontrar a esta gente! — Mao no dejaba de protestar. Estaba bastante irascible, quería llegar a la casa pronto.

— Bueno, ¡ya saben lo que dicen, entrar es fácil, difícil es salir! — Y Candy, Nehru y otros le intentaban tranquilizar. — ¡No te preocupes, hermosa dama, no debes dejar que los nervios te alteren, van a destruir tu bonita figura! — Aunque a su manera, y con malos resultados. Sobre todo, ese indio, que no dejaba de cortejarle. No niego que me estaba molestando, pero me aliviaba al saber que se estaba ligando a alguien de su mismo sexo. Bueno, más bien, creo que disfrutaba molestando a Mao, actuando como un ligón con él. No dejaba de reírse y tomarlo todo a cachondeo, mientras éste le decía con furia que cerrará la boca.

Además de ellos, y de Nabila y Jane, que estaban haciendo estupideces entre ellas, como si estuviéramos yendo en un día normal de campo; los demás estábamos en silencio, muy preocupados por la situación. Si no salíamos del bosque pronto de un momento para otro, nosotros nos íbamos a encontrar con esa loca y con sus secuaces.

Y entonces, vimos las luces de un coche a lo lejos, que iba a una velocidad que no debía estar permitida en aquel camino de tierra. Nos pusimos a temblar con el temor de que fuera aquella mujer.

— ¡Mierda, nos ha pillado! — Grité.

— No te adelantes, ¡seguro que serán otro automóvil! — Mao me replicó.

— ¡Haced cómo si no hubiéramos hecho nada! — Esa fue la propuesta de Candy, que empezó a actuar de una forma tan falsa que solo se volvía muy sospechosa.

— Por favor, que no sea ese coche, por favor…— Y Jane se puso a rezar.

Y pasó por nuestro lado, raudo y veloz, aunque nos dio tiempo a saber qué tipo de automóvil ere ese. Por desgracia, era el mismo modelo que llevaba aquella persona.

Eso nos puso la carne de gallina. Leonardo pisó un poco más fuerte el acelerador, mientras el resto mirábamos hacia atrás, preguntándonos si el automóvil iba a cambiar de dirección para ir a por nosotros o seguía su camino. Pero, al final, parecía que nos había ignorado. Habían pasado unos cuantos minutos y nadie nos perseguía. Dimos grandes suspiros de alivio.

— ¡Uff, eso estuvo cerca! ¡Parece que Lakshmi nos ha sonreído! — Eso dijo Nehru, con tono victorioso.

— Casi me iba a dar un ataque al corazón. — Añadió Candy, y Jane empezó a burlarse de esa mujer: — ¡Jajaja, toma eso, eres una idiota por no haberte dado cuenta de hemos pasado a tu lado! —

Entonces, Nabila nos avisó, mientras seguía mirando hacia atrás: — Yo no estaría tan segura, ahí viene, como si fuera Cruella de vil. —

Y todos miramos hacia atrás y lo vimos, como el automóvil venía a por nosotros a toda velocidad.

— ¡Mierda, acelera! ¡Acelera! — Le gritaba Mao.

— No puedo acelerar más, ¡ir a más de sesenta por esta carretera nos va a matar! — Ese Leonardo tenía razón, pero estábamos muy alterados. Venían a por nosotros.

Y lo peor es que escuchamos un fuerte sonido que reconocimos enseguida. Todos agachamos la cabeza instintivamente, poniéndonos más histéricos de lo que estábamos.

— ¡La hideputa nos está disparando! ¡Está loca de la cabeza! — Gritó Mao.

— ¡¿Y cómo puede disparar y a la vez conducir!? — Añadió Candy.

— ¡Eso ni me importa ni me da, corre, corre! ¡Mucho más! — Hasta Nehru actuaba como una señorita asustada.

— ¡Tranquilizaos, tranquilizaos! — Ekaterina también estaba alteradísima, pero luchaba por recuperar la serenidad, algo casi imposible en aquellos momentos.

Mientras mi pobre Jane aún estaba agachada, llorando de miedo; Nabila demostró ser la única que no estaba asustada, llegando a comentar esto:

— ¡Parece que esto se ha puesto demasiado intenso! —

Hasta dio unas risas, eso me reventó tanto que tuve que decirle esto: — ¡No es momento de bromear, estamos en peligro! — En verdad, ¿¡en su cerebro tiene un problema para analizar las situaciones o qué!?

Esta vez Leonardo aceleró lo máximo que pudo, alcanzando los ochenta kilómetros por hora. Ir así en una camino de tierra era una locura, a pesar de que era muy ancha y con pocos baches, situados la mayoría en los márgenes.

Eso no era suficiente, el otro automóvil iba a una velocidad tremenda y nos estaba alcanzando en cuestión de segundos. Parecía que la conductora no le importaba alcanzar los cien kilómetros y más, una pura suicida. Y para el colmo, nos seguía disparando, mientras Leonardo hacia zigzag con el coche para evitar las balas. ¡¿Cómo era posible esto, qué clase de entrenamiento ha recibido esta mujer para disparar y conducir a la vez!?

Se cansó de disparar, algo que nos alivio muchísimo; para luego, con mucho horror, comprobar que era porque nos estaba pisando los talones e intentaba arrollar nuestro coche.

— ¡¿Qué mierdas haces, idiota!? — Mao le gritaba lleno de ira, mientras nuestro coche sufría una y otra vez los horribles atropellos del otro, que estaba destrozando el maletero. — ¡Este automóvil es alquilado, no puede destrozarlo así como así, que luego hay que pagar los daños! —

— ¡¿Qué hacemos!? ¡Si sigue así, nos va a lanzar fuera de la carretera y nos estrellaremos contra los árboles! — Gritaba Candy, rompiendo en llanto. La situación era muy desesperada.

Entonces, Leonardo en una especie de acción reflejo, hizo un movimiento muy arriesgado. Antes de que el otro coche frenara un poco y se lanzará hacia nosotros para cargar de nuevo, éste movió el todoterreno bruscamente hacia al otro lado del carril y frenó en seco. Nuestra perseguidora pasó de largo y salió del camino, pero, para nuestra desgracia, no se chocó contra nada y empezó a cambiar de sentido.

— ¡Vamos, vamos, Leonardo! — Le gritábamos desesperadas, mientras él cambia de dirección. — ¡Da la vuelta y salgamos pitando! —

 

Pues, en fin, empezamos a recorrer todo el camino inverso, esta vez yendo lo más rápido posible para que ella no nos alcanzará. Estábamos al borde de la locura, ya ni nos importaba que pudiéramos tener un accidente o nada parecido. De un modo u otro, estábamos en peligro de muerte.

Y entonces, a lo lejos, vimos otro automóvil, era la misma furgoneta en la cual la usaron para secuestrarnos, poniéndose en medio, como una medida para cerrarnos el paso.

— ¡¿Pero qué hacen estos locos!? — Gritó Nehru, poniéndose las manos sobre la cabeza.

— ¡Tuvieron que aparecer esos idiotas! ¡Maldición! — Exclamó Mao, por su parte.

— ¡¿Y ahora cómo nos lo podemos quitar de encima!? — Añadí, incapaz de mantener la calma.

Esos malditos idiotas querían matarnos, y matarse ellos. No sabían lo que estaban haciendo. Y lanzaban gritos de guerra hacia nosotros, con mucho entusiasmado, como si fuéramos sus enemigos, los malos malosos que contaminan la tierra.

— ¡Pues, pues…! ¡A todo o a nada! — Entonces, Leonardo gritó con todas sus fuerzas, como si fuera un guerrero desesperado o un animal que, al verse totalmente acorralado, decide hacer lo que sea para salvar su vida.

Sí, iba a hacer una locura y, viendo su rostro empapado de sudor frio y con una expresión de terror, él sabía que lo que hacía podría matarnos, pero no había otro remedio. El resto, en vez de preguntarle qué estaba haciendo, gritamos como locos de forma inconsciente, sin saber o no si íbamos a morir o no.

Mientras gritábamos a todo voz, Leonardo se acercó como un kamikaze hacia a la furgoneta, cuyos ocupantes, al ver que no nos deteníamos, se le borraron la sonrisa de la cara para pasar a una de horror.

— ¡Están locos! — Se pusieron a gritar, mientras salían pitando del coche. — ¡Nos quieren matar! — El vehículo se vació. — ¡Socorro! — A la vez que esta gente desaparecía entre el bosque.

A continuación, sin disminuir la velocidad del coche, Leonardo dio una maniobra muy peligrosa. Giró de forma brusca hacia la izquierda, para ponerse en los márgenes de la carretera y esquivar el coche. Estábamos muy cerca de haber atropellado a algún árbol, pero la suerte nos sonrió y nuestro conductor pudo volver al camino, evitando aquel obstáculo.

Todos soltamos un gran suspiro de alivio, mientras Leonardo se ponía a llorar de alegría al ver que salimos vivos de ésta.

— Espero que sea la última vez que hagas…— Le dijo Mao, quién se estaba recuperando del susto. Los demás le dieron la razón.

— ¡Eso ha sido increíble! ¡Tenemos que hacerlo de nuevo! — Salvo Nabila, que lo gritaba muy emocionada. Todos le miramos mal, ¡¿qué se creía, qué esto era un parque de atracciones o qué!?

No le dijimos nada más, yo estuve más atenta a ayudar a Jane a vomitar por la ventana, porque esa maniobra le sentó muy mal.

Gracias a Dios, perdimos de vista a esos chalados y el viaje se torno mucho más tranquilo, tanto que Leonardo bajo la velocidad un poco.

— ¡Parece que ya nos hemos librado de ellos! — Comentó Candy, mientras vigilaba por detrás, después de haber pasado casi una media hora.

— ¡No te confíes mucho, seguro que se están organizando de nuevo para ir a por nosotros! — Le replicó Mao, quién también hacia lo mismo que ella.

— O también que la mujer del coche lujoso haya sufrido un accidente…— Añadió Nabila con tono de burla, respondiendo a un deseo que habitaba en todos nosotros. Ojala hubiera sido así.

Y tras varias curvas, salimos del bosque, pero no llegamos a la civilización. El camino chocaba frontalmente contra una gran masa de agua, la de un rio que se estaba ensanchando a medida que se acercaba al mar. A pesar de la oscuridad reinante, se diviso ciento de pequeñas islas. Al ver que no que no podríamos subir el cauce del rio, tuvimos que dirigirnos al mar, ya que la carretera de tierra lo seguía.

— ¡No me gusta, si llegamos a la costa del norte estaremos totalmente incomunicadas! — Comentó Ekaterina con mucha preocupación.

La franja costera del norte de Shelijonia era un lugar en dónde apenas hay pueblos costeros, sobre todo en la parte occidental. Un mal sitio para poder escapar de esta gente.

— ¡Qué remedio, no podemos volver hacia atrás! — Le replicó Mao, tras soltar un fuerte suspiro. Parecía que estábamos entre la espada y la pared.

Y Nehru soltó esto: — Entonces, ¡¿nosotros nos estaremos dirigiendo hacia las famosísimas marismas!? —

Eso nos dejó pensando, sin habernos dado cuenta, por culpa de la nula visibilidad, que ya estábamos en ellas.

Y tras unos cuantos kilómetros más, llegamos al final del camino. Tras bajar una pequeña cuesta, atravesar un campo de arena, nos encontramos con un promontorio, algo bastante inusual en un lugar totalmente plano como éste. Al subir unas cuantas cuestecillas, nos pusimos bajo aquella roca, escondiéndonos por el lado oeste, mientras salíamos afuera del coche.

— ¡¿Hemos llegado a la costa!? — Mao fue el primero a salir y el que lanzó el primer comentario.

— Pues parece que sí, ¡ahí está el mar! — Candy le señalo hacia al norte, como el mar se extendía de oeste a este, reflejando la luna que ya estaba bajando hacia al poniente. Me imaginé que ya había pasado bastante desde que dieron la media noche.

— Es un camino sin salida…— Ekaterina empezó a analizar la situación, llena de preocupación. — ¿¡Y ahora qué podemos hacer!? —

Yo compartía el mismo sentimiento, ya estábamos en el final de todo y no podríamos volver atrás. De un momento para otro, íbamos a estar rodeados. No teníamos armas ni alguna herramienta que nos podría servir, ni tampoco aquella roca en mitad de la nada nos ayudaría como un castillo improvisado.

Estos pensamientos eran interrumpidos por los gritos de los demás, entre ellos Nehru, que gritaba desesperado: — ¡Ah, qué fastidio, éste lugar está lleno de zancudos! — No dejaba de azuzar las manos de un lado para otro para alejar a los bichos, pero éstos le estaban comiendo.

Bueno, no era solo a él, sino a todos. Yo me di cuenta de que mi brazo estaba rabiando de dolor porque recibí más de cinco picaduras en él.

Al único que no le picaba era a Mao, ¡qué suerte tuvo el maldito!

— ¡Tengo hambre! — Y aparte de esto, Nabila estaba actuando como una niña pequeña. Yo le repliqué esto: — ¡Pero si has comido antes! — Y me dijo: — Pero eso no es nada suficiente. — Al parecer, su estomago es tan grande como su estupidez.

En fin, entre las quejas por los zancudos, o mosquitos, o cómo quieran llamarlos; las de Nabila porque quería comer más y las palabras que le estaba dedicando Candy al mar, como si la inspiración le hubiese llegado y se puso poética, que intentaba hacer poemas, sin darse cuenta de que ni se sabía lo básico; aquello fue una completa gallinería.

— ¡Paren, paren de hablar! ¡Vamos! — Y Mao tuvo que poner silencio en la roca, por no decir en la sala. Al callarnos y esperar a ver qué quería decirnos, imaginándonos que nos iba a contar algún plan genial que se le había ocurrido, porque eso nos hacía creer su rostro serio; escurrió el bulto y se lo dejó a otra persona: — Le daré el honor a Ekaterina a dictaminar lo que vamos a hacer, ya que para algo es la líder de la hermandad. —

Una expresión de decepción se gravó en nuestras caras, mientras Ekaterina, algo sorprendida, se preparaba para hablarnos:

— ¡Oh, gracias, hermana Mao! — Dio un suspiro y añadió, algo cortada: — Bueno, por ahora, todos vamos a comer. No sé si será suficiente, pero tenemos alimentos de sobra para dos o tres días. — Nabila gritó de alegría, mientras Candy nos puso a hablar sobre lo que le costó conseguirlos. — Ya pensaremos algo, mientras cenamos. — Y con esto, ella finalizó.

Para ser Ekaterina, ese breve discurso no le era propio. No hubo aquella actitud de liderazgo tan típico de ella, sino que se mostró bastante tímida e incluso avergonzada. Supongo que ni siquiera ella podría asimilar todo lo que nos había pasado y la habían pillado en el peor momento. Aún tenía que saber cómo podríamos salir de aquella dramática situación.

— Tenemos varios espray para alejar los mosquitos, así como otros elementos que nos servirán de para algo, mientras descansamos aquí. —

Añadió ella, al escuchar las quejas de los demás con los insectos, que salieron pitando al coche en busca de aquellos necesarios repelentes.

Además de eso, me mostró a mí, a Nabila y Jane todo lo que trajeron, se notaba que se habían preparado muy bien, parecía como si su verdadera intención era ir al campo en vez de rescatarnos.

En fin, Nabila y Jane se pusieron a comer los paquetes de patatas que ellos trajeron, mientras Ekaterina y yo hacíamos un fuego, con ayuda de una inexperta Candy:

— ¡En serio! ¡Yo hacía esto cuando era una cría! ¡Me pasaba largas temporadas en los bosques de Oregón con las Girl Scouts! ¡Debería recordar cómo se hacía esto! —

La pobre nos intentaba convencer que ella hizo estas cosas, a pesar de que su torpeza no ayudaba. Y no paraba de hablar del mismo tema, como si se iba a sentir menospreciada por nosotras solo porque no tenía ni idea de lo que era un maldito fuego. Llegamos al punto de que nosotras una y otra vez le dábamos la razón como si fuera una loca. Aunque, bueno, por lo menos, se dignaba a ayudarnos.

— ¡¿No creen señoritas, que el cielo que tenemos ante nosotros es muy, muy hermoso, tanto como ustedes!? ¡Es una verdadera delicia, esta gran bodega celestial! ¡Y tiene razón la gente, en las ciudades hay mucha contaminación…! ¡…de las luces! ¡Bueno, algo así! —

El muy maldito hindú se hacía el caballero, mientras miraba acostado a las estrellas, viviendo la buena vida; a la vez que nosotras intentábamos hacer encender el fuego. Me estaba dando ganas de darle una patada. Para ser alguien tan educado y adulador con las mujeres, tenía una jeta enorme. Incluso el amigo de Mao, Leonardo, nos ayudaba, buscando material para usarlo como combustible para nuestra fogata.

Bueno, no era el único, Mao también estaba vagueando. Aunque, en este caso, más que enfado era preocupación. Con un gran desánimo y un rostro bastante deprimido, nos dijo que iba a estar en el coche. Al parecer, aún no había salido de esa depresión que llevaba arrastrando hace tiempo. Tenía ganas de acercarme y preguntarle cómo estaba, pero, primero, habíamos qué hacer el fuego.

En fin, esto parecía más una acampada que una situación desesperada, una completa ironía.

Mientras todos nosotros estábamos en peligro de muerte, perseguidos por una especie de sicaria y sus lacayos ecos terroristas, perdidos en mitad de ninguna parte, en medio de un secuestro que debía estar tambaleando la misma isla; pasábamos el rato como si hubiéramos ido a pasar una semana en el campo. Completamente esperpéntico.

FIN DE LA DECIMONOVENA PARTE

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Centésima decimoctava historia

Hermanas de sangre: Decimoctava parte, centésima decimoctava historia.

— Vuelvo a repetir la pregunta… — Repitió Mao la pregunta, tras ver que solo dominó el silencio. — ¿¡Ya sabemos qué hacer!? —

Esta vez, sí hablamos, por lo menos yo: — Pues bueno, creo que lo mejor es coger el coche y alejarnos rápido de aquí. —

— ¡¿Entonces, vamos a volver a la ciudad!? — Me preguntó Mao. — ¡¿Lo comunicaremos a la policía!? —

— Sí, lo lógico debería ser eso. — E intervino Ekaterina, muy pensativa.

— ¿¡Eh, y ya está!? ¡Volver a casita y hablar con la policía! ¡Eso es muy aburrido! — Entonces, Nabila protestó. No podría entender cómo podría decir tal cosa, nosotras ya sufrimos bastante, era suficiente con haber sido secuestradas. No está en una película de acción, ¡por el amor de Dios!

— ¡Ya nos hemos divertido bastante! — Eso le dije muy seria, mientras me ponía bien las gafas. — Ahora hay que irse. —

Y nos pusimos manos a la obra, nos dirigimos hacia al coche, pero nos habíamos encontrado con un problema bastante gordo en el camino:

— ¡¿Por cierto, alguien sabe dónde está el coche!? — Eso dijo Mao, con una cara de horror, tras detenerse de golpe, después de haber andado un montón. Se había dado cuenta de que estábamos dando vueltas.

— Pues, debe estar por…— Candy iba a señalar el lugar, pero no pudo reconocer por dónde habían venido. Empezó a dar vueltas como un pato mareado, en busca de algún indicio, muy preocupada. — ¡¿Por dónde debería!? —

— ¿¡Entonces, nos hemos perdido!? — Jane gritó de horror.

— ¡No pasa nada! ¡Tengo esa aplicación, buscaremos su móvil! — Le replicó Mao y, al sacar su teléfono, se quedó blanco. — ¡No te apagues ahora, maldita sea! ¡Mierda, mierda, no tiene batería! — Intentó revivirlo, pero fue en vano.

— ¡¿Y ahora qué hacemos!? ¡Ninguno más de nosotros lo hemos instalado en nuestros móviles! — Añadió Ekaterina.

— Mientras creamos en nosotros mismos, podemos encontrar el camino a casa. — Eso dijo Nehru, intentando hablar como si fuera un poeta.

Y si eso no nos ayudaba mucho, lo de Nabila menos, quién empezó a reírse como una loca, burlándose de forma infantil de Mao y de los demás que vinieron a rescatarnos: — ¡En serio, se ha apagado! Puf, jajaja… ¡eso os pasa por confiar demasiado en la tecnología! —

Y luego, tras terminar de reírse, añadió: — ¡Miren las estrellas como hacen los antiguos, así encontrareis el camino! ¡Yo os lo demostraré! — Y miró al cielo con una sonrisa triunfante. Al pasar unos segundos, dijo con una sonrisa: — ¡¿Cómo hacían eso de saber dónde están solo mirando esos puntitos!? —

Todos le miramos muy mal, pero nadie se atrevió a dejarle claro su estupidez, ella ya lo hacía solita. Lo mejor que hicimos fue ignorarla y pasar de largo.

— En fin, habrá que usar el instinto o algo así para poder llegar al coche. Es lo único que podemos hacer si estamos perdidos. —

Eso concluyó Mao, antes de empezar a caminar. Como nadie tuvo una idea mejor, hicimos lo mismo que él. Dar vueltas tontas sin parar por el maldito bosque, agotando la energía de nuestros móviles, haciéndolos de linternas, de forma inútil. Nuestros oídos estaban alertas, cualquier ruido que oíamos nos sorprendía, pensando que eran esos malditos ecos terroristas, cuando era producto de algún animal pequeño o incluso del viento. Mientras tanto, aproveché para contarles nuestro breve secuestro:

— ¡¿Y cuántos chalados de ese tipo habían en ese lugar!? — Me preguntó Mao, muy atento a mi historia. Yo le respondí que no pude calcular, pero obvio que eran muchos, más de los que fueron derrotados por él y Nabila. Añadió esperanzando: — Espero que todos esos que atamos fueran los únicos. —

No lo mencioné, pero para mayor seguridad, los chicos sacaron unas cuerdas y ataron a aquellos hombres desmayados.

— ¡¿Y cómo os han capturado a vosotras!? — Le preguntó Mao a Jane y a Nabila, a continuación.

— Es una historia compleja para contar. Ya, otro día será…— Lo soltó como si fuera un anciano que ya había pasado de todo.

— En verdad, es fácil. Nabila me dijo que saliera a casa, que el plan ya estaba a punto de comenzar. Como papa no me dejaba salir ni menos que cualquier amigo viviera, tuve que escapar. Y al reunirme con ella, van y aparece la furgoneta y nos metió. Luego, me explicó que todo era de mentira. — Jane, por su parte, nos lo contó.

Aún así, había un detalle del secuestro qué no sabíamos ni Jane ni yo, y que Mao intentó saber, preguntándole esto a Nabila:

— ¡¿Y cómo sabías que os iban a secuestrar!? ¡¿O más bien, a creerte que esos idiotas te iban a secuestrar de mentira!? —

Es una buena pregunta, yo hubiera hecho lo mismo si los acontecimientos no me hubieran perturbado. ¡¿Cómo llegó a Nabila a esa información, o cómo llegó a cooperar con esa gente, creyendo, o eso decía, de que era esto un secuestro de mentirijilla!? Además, hay otras cuestiones, cómo el hecho de fuera tan idiota para hacer tal plan.

— Pues, verán…— Se puso muy pensativa, poniendo caras raras y cruzada de brazos. Tras hacer eso durante unos segundos, dijo esto sin vergüenza alguna. — No me acuerdo apenas…— Parecía una excusa muy barata, pero siguió argumentándolo. — Creo que, cuando lo hice, estaba somnolienta, no sabía lo que hacía…—

Y ella empezó a soltar un montón de chorradas y sinsentidos para poder explicar eso, provocando que nos confundiéramos y ya ni sabíamos lo que estaba hablando. Al final, tuvimos que ignorarla, parecía que no se atrevía a contarnos la verdad, volviéndose un interrogante que sigue durando.

Entonces, avistamos a lo lejos un coche, que era visible por las luces que transmitían. Al momento, las prisas por llegar al coche hizo que casi todo el grupo saliera corriendo hacia allí, algo que la prudencia recomendaba no hacer.

— ¡¿Pero qué hacéis!? — Pero Ekaterina, con su faceta de líder, las detuvo con su voz, con muchísima facilidad. — No sabemos si ese coche es nuestro o del enemigo, ¡parad! —

— ¡Ekaterina, tiene razón! ¡Es de locos hacer eso! — Añadí yo, mucho más cortada que ella.

— ¡Ay, qué tienen esta gente con tanto correr! ¡Mejor ir sin prisas! — Comentó Mao, viendo al grupo con cara de pereza. Era muy curioso verlo actuar así, cuando se mostró muy ágil y energético al intervenir en la pelea de Nabila.

Haciéndonos caso, nos acércanos con mucho sigilo al coche hasta poder comprobar si era el de ellos o no. Por desgracia, no lo era.

— ¡Oh, vuestro coche es guapísimo! ¡Es de lujo y pura bestia alemán! ¡¿De verdad lo habéis alquilado!? —

Decía Nabila, actuando como si estuviera muy sorprendida por lo que estaba viendo. Y dijo “actuar”, porque parecía muy falso, como si ella se hubiera dado cuenta y se estaba burlando de ellos.

— No, ¡¿cómo vamos a ir por el campo con esa cosa!? ¡El nuestro es un todoterreno, de esos que parecen británicos! — Le replicó Mao.

Y la conversación hubiera seguido si no fuera por Ekaterina, que, con un gesto de silencio, nos hizo callar, para luego señalarlos que alguien salía del automóvil. Vimos que estaba hablando por teléfono, y que no parecía muy contento. Se puso a gritar en mitad del bosque.

— ¡¿Qué me calme, realmente piensas que puedo calmarme!? — Supimos enseguida de qué estaba hablando. — Habéis arruinado todo el plan, ¡¿cómo podréis mantener un secuestro sin las secuestradas!? —

Habíamos tenido la suerte de encontrarnos con la que había planeado nuestro secuestro. Y digo “la que”, porque su voz nos dejaba claro que era una mujer. La tenue luz no nos ayudaba a ver muy bien cómo era físicamente, pero parecía usar una ropa muy holgada.

— ¡¿Qué no lo diga tan alto, que alguien me podría escuchar!? ¡¿Sabes en dónde estoy!? ¡En mitad del puto bosque, y aquí nadie me escucha! ¡Así que deja de utilizar eso como excusa para hacerme callar, idiota! — Si fueran otras condiciones, me hubiera parecido hasta gracioso que alardeara  de que no tenía a nadie cerca suya, gritándolo lo más fuerte posible.

— Esa voz me suena mucho, es como si la hubiera escuchado en otra parte, pero no sé qué…— Entonces, esto comentó Mao en voz baja. — No estoy muy seguro, pueden ser cosas mías, pero me recuerda a una…— Todo el mundo le preguntó qué quería decir.

— No es nada… ¿O sí? ¡No puedo ser…! — Entonces, puso una cara de estupefacción, como si ya hubiera recordado algo horrible. Eso nos alertó.

— ¡¿Qué te pasa!? ¡¿Ya recuerdas!? — Añadí esta pregunta muy obvia, después de tragarme la saliva. Por lo que se veía en el rostro de Mao, se dejaba claro que no se trataba de nada nuevo.

— Pues la verdad es que creo que sí. No, estoy seguro. Esa mujer es una delincuente, la cual una vez espié una conversación suya en dónde el cliente le mandaba claro que debía matar un político. —

Casi dimos un grito de consternación cuando oímos esas palabras, menos mal que nos pudimos tapar la boca los unos a los otros, al momento.

Si en aquellos momentos suponíamos que ella era la presunta jefa de los ecos terroristas, o la que mandaba; y luego añadimos lo que nos dijo Mao, nos dejó claro que estábamos ante una persona muy peligrosa.

Quisimos saber más información sobre el tema, pero él nos dijo: — No me preguntéis más, eso es todo lo que puedo ofrecer. Por favor, ¡no puedo contar más, podría ser peligroso para vosotros! —

Decidimos callarnos y olvidar ese, después de ver en su rostro una cara de miedo, que nos dejaba claro que se la jugaba si decía más de lo necesario.

— ¡Vamos a seguir viendo, tenemos que comprobar que planea, ahora que hemos escapado! — Intervino Ekaterina, mostrándose muy serena. Y la hicimos caso, necesitamos conseguir más información sobre lo que quería hacer esa mujer.

— ¡Sabes, el cliente me ha pagado muy bien y no puedo perder ese dinero, ni tampoco tú! ¡Si esas chicas vuelven a la ciudad, todo está arruinado! ¡Todos tus esfuerzos por salvar las marismas será inútil, el petróleo será sacado y está alianza que tengo contigo lo mandaré a la mierda! ¡¿Y tú no quieres eso, verdad!? ¡Y no solo por eso, también vosotros vais a estar metidos en problemas! ¡Sin mi protección, vuestras travesuras os mandarán a la cárcel u os cazaran como perros! ¡¿Te recuerdo qué hace un año atrás, lo más que hacíais por proteger la naturaleza, era robar ganado!? ¡Así que, por favor, encuéntralas cómo sea! ¡Molerlas a palos y piedras, incluso! ¡No me importa, solo tienes que hacerlo, estúpido! —

Dio unos cuantos golpes al coche para liberar la furia que tenía, antes de colgar de forma violenta. Entonces, habló en voz alta:

— Tuve que haber elegido a unos mercenarios de verdad, no a los payasos estos. Ahora todo el plan ha ido al traste. Sin esas niñatas, no podemos obligar a las empresas petrolíferas a rechazar sus planes y que no toquen las marismas…—

Estaba confirmado de más que nuestro secuestro tenía mucho que ver con el tema del maldito y estúpido petróleo, pero lo que no sabíamos es que alguien, que parecía poderoso, no le interesaba que alguien buscará el oro negro en el norte de la isla. Tiene mucha lógica, esos idiotas no hubieran hecho tal cosa si no fueron manipulados y convencidos. Les tuvieron que dar muchas facilidades, entre ellos el refugio, para aquel trabajo. Tal vez, esa persona estuviera ayudando ahora mismo a entorpecer la labor de la policía, así se explica cómo los ecos terroristas han salido ilesos en hacer el crimen, a pesar de su evidente torpeza. Y lo más importante todavía, ¿¡fue también parte del plan de ese pez gordo manipular a Nabila, a decirle que solo iban a hacer un falso secuestro y atraernos a una trampa!? De alguna forma, que no nos quiere decir, fue incluida en este juego siniestro. Sea quien sea ese alguien, sabía que era amiga de Jane, y que ésta y yo éramos las hijas de los principales responsables de sus respectivas empresas en su lucha para conseguir aquel preciado recurso.

Y más preguntas se me vienen ahora mismo, ¿¡fue esa persona, ya sea con los ecos terroristas o no, en filtrar los documentos que causarían una gran revuelta en aquella reunión!? ¿¡Era una parte de su plan el secuestrarnos después de aquello, o fue una improvisación al creer que había fracasado en sus objetivos!?

Mientras yo estaba preguntándome todas estas cuestiones, esa mujer siguió hablando:

— ¡No entiendo al cliente, para qué quiera mantener esa mierda de lugar intacto, solo es tierra encharcada llena de mosquitos y de pajarracos! —

Al parecer, ni ella misma sabía de las intenciones de su cliente. Luego, añadió:

— ¡¿Y por qué estoy hablando sola!? ¡Parezco que estoy chalada! En fin, creo que es hora de intervenir…—

Entonces, vimos una escena que nos heló el corazón. Ella sacó una pistola y la llenó de balas. Me daba mucho miedo imaginarme lo que quería hacer con esa arma. Y lo mismo pensó los demás. Luego de esto, se montón en el automóvil y se fue.

Nos costó bastante poder reaccionar, después de ver eso. Y la primera que lo hizo fue Nabila, que se dio cuenta de un detalle que nadie vio.

— ¡Ah, por cierto! ¡Ya que ella ha usado su móvil, eso quiere decir que nosotras también! Debe haber cobertura, o algo así…— Eso me dejo muy sorprendida, ¡¿cómo no nos dimos cuenta de ese detalle tan revelador!?

— ¡Es verdad! — Gritamos todos, mientras sacábamos nuestros móviles. — A veces, no eres tan tonta como pareces…— Añadió Mao, y lo curioso es que Nabila se lo tomó muy bien, riendo de vergüenza, como si le hubieran dicho un cumplido.

Entonces, vimos algo fuera de toda lógica, que nos boquiabierta: — ¿¡Qué, cómo puede ser posible…!? — Cada uno gritamos algo parecido a estas palabras, incapaces de entender aquel misterio. — ¡¿Cómo que no hay cobertura!? — Miramos una y otra vez, probamos con llamadas y nada. Era imposible comunicarse con el teléfono. — ¡Es imposible, pero si ella ha estado hablando por el móvil hace escasos momentos, y parecía tener buena cobertura…! —

Sí, no era un error de lógica por parte mía. De forma misteriosa, y podría decirse conveniente al guión; ella pudo comunicarse con gran normalidad y nosotros no. ¿¡Su móvil era especial o tenía un aparato que le ayudaba a tener señal o es un misterio que nunca podemos comprobar!? Bueno, esto es solo un simple detalle, había más cosas que preocuparse que comprender el mecanismo de su teléfono. Es decir, estábamos en peligro, al igual que el chico que debía esperarnos en el automóvil que los trajo aquí.

— ¡¿Y ahora qué vamos a hacer!? — Preguntó Candy, temblando como un flan. — ¡Seguro que nos quiere cazar como si fuéramos conejos! —

— ¡Mierda, esto ha empeorado la situación! ¡Si esa loca ve el coche y a Leonardo, él no va a salir vivo de aquí! — Y Mao, con una cara llena de profundo terror, salió corriendo como un cohete, mientras los demás le gritábamos, sorprendidos y asustados, adónde iba.

— Ya recuerdo esta parte, esta es la carretera en dónde hemos pasado… ¿¡Dónde está el coche!? — Eso fue lo que nos dijo con gran nerviosismo, antes de mirar por un lado y otro, y salir corriendo hacia nuestra derecha.

Nosotras, a pesar del miedo, le seguimos, intentando estar a su altura. La única que lo conseguía era Nabila, los demás nos agotamos en menos de cinco minutos. Al final, nos encontramos con el automóvil.

— ¡¿Estás ahí, Leonardo!? — Mao empezó a gritar como loco, pero no había respuesta. — ¡Vamos, contéstame, hombre! —

Aceleró y alcanzó el coche en un periquete. Entonces, lo observó y casi le dio algo. Lo vio acostado en los asientos traseros, como si no tuviera vida.

— ¡¿Estás bien!? — Gritaba muy aterrado, mientras abría la puerta con los nervios a flor de piel. — ¡¿Sigues vivo!? —

Nosotras, al ver cómo se comportaba Mao, creíamos que había pasado algo horrible y la adrenalina nos ayudo a alcanzar al coche cuanto antes, rezando desesperadamente para que nada malo hubiera pasado.

Mao, que parecía tener ganas de llorar, le cogió el camisón y empezó a zarandearlo, mientras le gritaba:

— ¡Por favor, responde! ¡Joder, di algo! —

Entonces oímos su voz: — Ay, ¡¿ya estáis de vuelta!? — Dio un bostezo muy fuerte, mientras abría sus ojos adormilados. — ¡Perdón, gerente, me parece que me he quedado sobado! —

Un gran sentimiento de alivio dominó entre nosotros. Sobre todo a Mao, que además de dar un fuerte suspiro, lo soltó de forma muy brusca y añadió muy molesto: — ¡No me des estos sustos, hombre! —

Leonardo le pidió perdón, antes de observarnos y ver que habíamos sido rescatadas. Al vernos, gritó de alegría por nuestro logro, pero Mao añadió:

— Aún no podemos cantar victoria, parece que ha aparecido la jefa o una intermediaria muy peligrosa y que si nos ve, nos va a matar, tal vez. Y por estábamos asustados, creíamos que ella te había hecho algo malo al ver el coche aparcado por aquí. —

Leonardo se quedó boquiabierto, al parecer se estremeció al escuchar que podría haber muerto mientras dormía.

— De todos modos, ya no importa eso. Ahora que ya hemos encontrado el coche, es hora de salir pitando de aquí. — Intervino Ekaterina, y tenía razón. Deberíamos salir raudos de aquí.

FIN DE LA DECIMOCTAVA PARTE

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